La Iglesia y el Reino

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ESJ-2019 0531-002

La Iglesia y el Reino

JOHN F. MACARTHUR / RICHARD MAYHUE

Durante su ministerio terrenal, el Señor Jesús demostró una y otra vez que era el Mesías y Rey prometido de Israel. A pesar de ello, la nación se negó a recibirlo (Jn. 1:11; 5:43). Aunque el pueblo judío había esperado su llegada durante siglos, y anhelado el tiempo de la restauración y la renovación mesiánica anunciadas por los profetas (Hch. 3:19-26), rechazaron a su Rey de pleno derecho y el reino que ofrecía (Hch. 2:22-23). Por consiguiente, Jesús les dijo a los líderes religiosos judíos de su tiempo: “Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él” (Mt. 21:43). Aquellas palabras de reprensión subrayaron el juicio divino que recaería sobre los líderes de Israel, de corazones endurecidos, y sobre la nación que ellos representaban.

Sin embargo, el rechazo de Israel no socavó las promesas que Dios hizo, por gracia, en el Antiguo Testamento. Esas promesas del reino se cumplirán un día literalmente, cuando el pueblo judío acepte a su Rey en fe salvadora (Ro. 11:25-26). En la segunda venida de Cristo, la nación recibirá a su Mesías (Zac. 12:10; 14:8-9), y su reino se establecerá físicamente en la tierra durante mil años (Ap. 20:1-6; cf. 2 Ti. 4:1). Esa realidad está aún en el futuro. Mientras tanto, Dios está realizando los propósitos de su reino por medio de otras personas, como aclaran las palabras de Cristo en Mateo 21:43. Esa entidad es la iglesia (cf. Ro. 9:25-26; 1 P. 2:9).

Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron detalles tanto respecto al sufrimiento del Mesías (Is. 53:1-12) como de su reino terrenal (cf. Is. 2:1-4; 9:6-7; Zac. 14:8-21). A pesar de ello, no indicaron que transcurriría un período prolongado de tiempo entre estas dos realidades. La noción de un período intermedio entre la primera y la segunda venida de Cristo, durante el cual los gentiles serían incorporados al pueblo de Dios junto a los creyentes judíos (Ro. 11:11-20), fue un misterio no revelado hasta el Nuevo Testamento (cf. Ef. 3:4-7).

Aunque el reino físico de Cristo en la tierra aguarda su cumplimiento futuro, el Señor Jesús introdujo un reino interno, espiritual, en su primera venida (cf. Mt. 13:3-52; Lc. 17:20-21). Ese reino puede definirse como el reino de la salvación. Solo está abierto a quienes han sido regenerados por el Espíritu Santo (Jn. 3:3; cf. Mt. 13:11-16), una vez arrepentidos de sus pecados (Mt. 3:2; 4:17; cf. 5:3) y después de aceptar al Señor Jesús con una fe como la de un niño (Mt. 19:13-14). No se puede alcanzar por medio de la santurronería ni del legalismo (Mt. 5:20; 23:13), sino que se caracteriza por “justicia, paz y gozo en el Espíritu” (Ro. 14:17). El Nuevo Testamento describe a los creyentes como aquellos que han sido librados “de la potestad de las tinieblas, y trasladado[s] al reino de su amado Hijo, en quien [ellos tienen] redención por su sangre, el perdón de pecados” (Col. 1:13-14). En la salvación, se convierten en ciudadanos del cielo (Fil. 3:20-21) y en esclavos reales al servicio de su Rey (cf. Mt. 25:21, 23; 1 Ts. 2:12). El Señor Jesús reina en los corazones de su pueblo cuando se someten a su voluntad y le honran con sus vidas (Tit. 2:14). La magnífica realidad de la salvación es que, por medio de la fe, los pecadores pueden entrar en el reino divino, donde el Dios trino mismo establece su residencia en sus corazones (Jn. 14:17, 23).

El reino espiritual de Cristo crece y avanza por medio de la predicación del evangelio (Mr. 1:14-15; cf. Mt. 22:1-14; 2 Co. 7:9-11), a medida que los hijos de las tinieblas son transformados en hijos de luz (Ef. 5:5, 8). El evangelio proclamado por la iglesia es, ni más ni menos que “el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo” (Hch. 8:12; cf. Mt. 4:23; 9:35; 13:19; 24:14). Después de predicar el evangelio en varias ciudades, en su primer viaje misionero, Pablo y Bernabé regresaron para fortalecer “los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (Hch. 14:22). En su tercer viaje misionero, Pablo “entr[ó] en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios” (Hch. 19:8; cf. 20:25). El apóstol dio, a continuación, testimonio a un grupo de líderes judíos que lo visitaron en Roma, “y les testificaba el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, persuadiéndoles acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas” (Hch. 28:23; cf. 28:31). En consecuencia, Pablo se autodescribe como obrero del reino de Dios (Col. 4:11), explica que “el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder” (1 Co. 4:20), y advierte que “los injustos no heredarán el reino de Dios” (1 Co. 6:9; cf. Gá. 5:21; Ef. 5:5).

Como reino espiritual suyo, la iglesia se somete a Jesucristo como su Cabeza, su Dueño, su Señor y su Rey (Ef. 1:22; Col. 1:18). Su ley es la norma de ella (cf. Gá. 6:2). Su Palabra es el credo de ella (cf. Col. 3:16). Su voluntad es el mandato de ella (cf. He. 13:20-21). Y su gloria es la mayor ambición de ella (cf. 2 Co. 5:9). Así, Pedro pudo alentar a sus lectores cristianos:

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia (1 P. 2:9-10).

Un comentario sobre “La Iglesia y el Reino

    luzparalasnacionesinternacional escribió:
    4 junio 2019 en 12:11 pm

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