¿Debo Usar La Oración Del Pecador En El Evangelismo?

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ESJ-2019 0710-002

¿Debo Usar La Oración Del Pecador En El Evangelismo?

Por Michael Riccardi


Amado Señor Jesús, sé que soy un pecador y necesito Tu perdón. Creo que moriste por mis pecados. Quiero alejarme de mis pecados. Te invito ahora a entrar en mi corazón y en mi vida. Quiero confiar y seguirte como Señor y Salvador.

En el nombre de Jesús.

Amen.


Creo que muchos de nosotros, en algún momento de nuestras vidas, hemos hecho una oración similar a ésta. Tal vez algunos de nosotros hemos guiado a otros en una oración como esta. Pero, ¿podemos realmente tener la confianza de basar nuestra eternidad en repetir estas palabras después de las de nuestra mamá, papá o líder juvenil? Como líderes o padres, ¿deberíamos asegurar a otros de su salvación eterna simplemente porque recitan estas palabras?

En pocas palabras, ¿qué debemos pensar de la oración del pecador?

Debemos entender varias cosas:

En primer lugar, el acto de oración en sí mismo no salva.

Los defensores de la oración del pecador a menudo declaran que con simplemente repetir esta oración, usted puede tener plena seguridad de la salvación inmediata y eterna. De hecho, dudar de su salvación después de orar esta oración es descrito como una incredulidad malvada en las promesas de Dios. Sin embargo, la Escritura nunca identifica la oración como el medio de nuestra justificación o de nuestra seguridad.

En el Nuevo Testamento, vemos personas que son salvas sin orar (por ejemplo, Lucas 23:39-43; Hechos 10:34-48), y también vemos a aquellos que oran y sin embargo no son salvos (Mateo 7:21-23; Lucas 18:11-12). A través de la Biblia, se hace claro que la oración no es el interruptor que activa la salvación. Sólo la fe es el medio de nuestra justificación. La salvación ocurre en el momento en que alguien se aleja de su pecado y pone su esperanza de salvación en Cristo. Esto se logra únicamente por el poder del Espíritu Santo, y se basa en la obra terminada de Cristo. Una persona arrepentida debe entender que la base para la salvación es la fe arrepentida en Cristo solamente.

Esto no quiere decir que los pecadores no deban orar. La verdadera fe arrepentida se expresará a Dios en la oración. El recaudador de impuestos de Lucas 18:13 oró: “Dios, ten piedad de mí, pecador”, y Jesús dice que fue a su casa justificado (Lucas 18:14). Significativamente, sin embargo, fue el abandono total de cualquier obra -incluyendo las oraciones- lo que trajo la salvación a este hombre.

Segundo, no podemos asegurarle a alguien su salvación.

La salvación no es el resultado de acciones externas (1 Sam 16:7). Así que, si aseguramos a alguien de su salvación meramente sobre la base de un compromiso verbal, podemos traer gran confusión a la vida de esa persona cuando el fruto no aparece y la victoria sostenida sobre el pecado nunca llega.

Jesús dice una parábola con este mismo punto en mente. En la parábola de los terrenos, Jesús ilustra que no podemos conocer la condición del corazón de una persona solamente por su respuesta inicial al evangelio, sino solamente por el fruto que marca su vida (Marcos 4:1-20).

Tercero, podemos asegurarle a alguien que si se arrepiente, Cristo lo salvará.

Lo que podemos -y debemos- asegurar a la gente es que si se arrepienten genuinamente de sus pecados y confían en Cristo, de ninguna manera los echará fuera (Juan 6:37). Pero, ¿cómo puede alguien saber si realmente se ha arrepentido?

Un nuevo creyente debe mirar a las Escrituras para evaluar su salvación. Si no lo hace, entonces continuará mirando hacia atrás a una acción externa -como presentarse en una reunión o hacer la oración del pecador- como la comprobación de su salvación.

La seguridad viene de comparar la vida del que se ha arrepentido con la Escritura en las siguientes áreas:

Patones de Obediencia

La vida del verdadero creyente estará marcada por patrones de obediencia. A medida que crece en amor a Dios, crecerá en obediencia a los mandamientos de Dios (cf. Juan 14:15, 23; 1 Juan 2:3-6; 5:3). Un verdadero creyente también tendrá una fe continua y sostenida en las promesas de Dios (1 Juan 3:23; 1 Tesalonicenses 2:13).

El Fruto del Espíritu

A medida que el creyente aplica las Escrituras y crece en la semejanza de Cristo, el Espíritu Santo produce en su interior “frutos dignos de arrepentimiento” (cf. Lc 3,8; Ga 5,22-23). Estos pasos pueden ser pequeños al principio, y pueden ser frenados por el pecado, pero la santificación nunca se detendrá completamente (Fil 2:13; 1 Ts 5:23-24). Las actitudes y acciones de los creyentes incluso cambiarán y madurarán a medida que crezcan a semejanza de Cristo.

Esto es ilustrado por los comentarios de Jesús de que un buen árbol dará buen fruto (Mateo 7:17). Cualquier experiencia -no importa cuán bien expresada o llena de emociones sea- que no resulte en la producción de frutos en el poder de la gracia no es una salvación genuina.

El Ministerio del Espíritu Santo

El Espíritu Santo toma residencia en cada creyente y está activamente involucrado en la santificación. Por Su misma presencia, Él consuela, convence y da confianza resuelta en que somos hijos de Dios (cf. Rom 8:16; 1 Juan 3:24).

Alternativas a la Oración del Pecador

Entonces, ¿qué hacemos?

Al terminar una interacción con alguien que ha respondido positivamente al evangelio, debe tratar de hacerlo de una manera que no dé falsas seguridades pero que, al mismo tiempo, no arroje sospechas innecesarias sobre su profesión.

Si no es la oración del pecador, ¿qué debes hacer? Aquí hay varias alternativas.

Ore usted mismo por ellos

A menudo, lo mejor que se puede hacer al final de un encuentro evangelístico es sólo orar por la persona. No es meramente una formalidad; genuinamente le estás pidiendo a Dios que envíe a Su Espíritu para usar el poder de Su Palabra para revivir un corazón muerto.

Incluso si alguien se convierte verdaderamente, es probable que no sepa cómo orar. Tu oración con ellos comienza a enseñarles cómo hacerlo.

Pídales que oren con sus propias palabras.

Si la persona a la que está evangelizando expresa el deseo de orar junto a usted, mejor que una oración de “repite después de mí” es dejar que oren a Dios por su cuenta. Es probable que usted haya cubierto mucho terreno en su presentación del evangelio, y esto puede servir como un indicador útil de su comprensión del evangelio y sus implicaciones.

Exhórtelos a que aseguren su vocación y elección.

En lugar de hacerles sentir que usted sospecha de su deseo de arrepentirse y creer, asegúrese de explicarles lo que significa “contar el costo” de seguir a Cristo (Lucas 14:25-33). Luego, como dice Pedro, exhórtelos a hacer seguro su llamado y elección (2 Pedro 1:10). Llámelos para que confirmen lo que Dios ha hecho hoy al dar frutos dignos de arrepentimiento (Lucas 3:8). Al ponerlo de esta manera, usted enmarca el asunto positivamente mientras enfatiza su responsabilidad de caminar en fidelidad.

Continúe con los comienzos del discipulado.

Si viven razonablemente cerca de su iglesia local, haga de ellos sus invitados. También puede invitarlos a su casa a cenar, a tomar café y a comer postre. Tal vez haya otra manera de hacer un seguimiento con ellos que tenga más sentido en su contexto. Lo importante es estar disponible para darles seguimiento y presentarles una iglesia local sana.


Michael Riccardi es profesor asociado en el departamento de teología del Master’s Seminary. También es el pastor de los ministerios de alcance local y pastor del grupo de compañerismo GraceLife en la Iglesia Grace Community.

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