Vida Cristiana

¿Responde Dios las Oraciones de los Incrédulos?

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¿Responde Dios las Oraciones de los Incrédulos?

Does God answer the prayers of unbelievers?

Tomado de Pulpit Magazine

clip_image002Dios es soberano y puede elegir responder cualquier oración que a El le plazca. Pero la Escritura claramente indica que Dios no escucha o responde cualquier oración. De hecho, la Escritura da al menos quince razones para una oración sin respuesta. Dios no responde la oración de aquellos:

1. Quienes tienen motivos personales o egoístas.

Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites (Santiago 4:3).

2. Quienes guardan iniquidad en su corazones.

Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, El Señor no me habría escuchado (Sal. 66:18).

3. Aquellos que permanecen en pecado.

Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír. (Isaías 59:2).

Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye. (Juan 9:31).

4. Aquellos que ofrecen un servicio indigno a Dios.

En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable. Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio,(C) ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos. Ahora, pues, orad por el favor de Dios, para que tenga piedad de nosotros. Pero ¿cómo podéis agradarle, si hacéis estas cosas? dice Jehová de los ejércitos (Malaquías 1:7-9)

5. Aquellos que le dan la espalda a Dios.

Así ha dicho Jehová acerca de este pueblo: Se deleitaron en vagar, y no dieron reposo a sus pies; por tanto, Jehová no se agrada de ellos; se acordará ahora de su maldad, y castigará sus pecados. Me dijo Jehová: No ruegues por este pueblo para bien. Cuando ayunen, yo no oiré su clamor, y cuando ofrezcan holocausto y ofrenda no lo aceptaré, sino que los consumiré con espada, con hambre y con pestilencia. (Jeremías 14:10-12)

6. Aquellos que rechazan el llamado de Dios

Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, Extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, Sino que desechasteis todo consejo mío Y mi reprensión no quisisteis… Entonces me llamarán, y no responderé; Me buscarán de mañana, y no me hallarán. (Proverbios 1:24-25, 28)

7. Aquellos que no prestan atención a la ley de Dios.

El que aparta su oído para no oír la ley, Su oración también es abominable (Proverbios 28:9).

Pero no quisieron escuchar, antes volvieron la espalda, y taparon sus oídos para no oír; y pusieron su corazón como diamante, para no oír la ley ni las palabras que Jehová de los ejércitos enviaba por su Espíritu, por medio de los profetas primeros; vino, por tanto, gran enojo de parte de Jehová de los ejércitos. Y aconteció que así como él clamó, y no escucharon, también ellos clamaron, y yo no escuché, dice Jehová de los ejércitos (Zacarías 7:11-13)

8. Aquellos que hacen oídos sordos al lamento del pobre.

El que cierra su oído al clamor del pobre, También él clamará, y no será oído. (Proverbios 21:13).

9. Aquellos que son violentos.

Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. (Isaías 1:15; vea también 59:2-3).

10. Aquellos que adoran ídolos.

Por tanto, así ha dicho Jehová: He aquí yo traigo sobre ellos mal del que no podrán salir; y clamarán a mí, y no los oiré. E irán las ciudades de Judá y los moradores de Jerusalén, y clamarán a los dioses a quienes queman ellos incienso, los cuales no los podrán salvar en el tiempo de su mal. Porque según el número de tus ciudades fueron tus dioses, oh Judá; y según el número de tus calles, oh Jerusalén, pusiste los altares de ignominia, altares para ofrecer incienso a Baal. Tú, pues, no ores por este pueblo, ni levantes por ellos clamor ni oración; porque yo no oiré en el día que en su aflicción clamen a mí. (Jeremías 11:11-14; vea también Ezequiel 8:15-18)

11. Aquellos que no tienen fe.

Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor. (Santiago 1:6-7)

12. Aquellos que viven en hipocresía.

Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. (Lucas 12:1).

13. Aquellos que son orgullosos de corazón.

Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes (Santiago 4:6; 1 Pedro 5:5).

14. Aquellos que son arrogantes.

El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido (Lucas 18:11-14).

15. Aquellos que maltratan al pueblo de Dios.

Has hecho que mis enemigos me vuelvan las espaldas, Para que yo destruya a los que me aborrecen. Clamaron, y no hubo quien salvase; Aun a Jehová, pero no los oyó. (Sal. 18:40-41).

Vosotros que aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, que les quitáis su piel y su carne de sobre los huesos; que coméis asimismo la carne de mi pueblo, y les desolláis su piel de sobre ellos, y les quebrantáis los huesos y los rompéis como para el caldero, y como carnes en olla. Entonces clamaréis a Jehová, y no os responderá; antes esconderá de vosotros su rostro en aquel tiempo, por cuanto hicisteis malvadas obras. (Miqueas 3:2-4)

Así que, ¿Dios responde las oraciones de los incrédulos? Responder estrictamente si o no es difícil sin antes considerar la respuesta en varias maneras. Sin embargo, es notable que los principios arriba mencionados representen algunas de las características clave de un incrédulo. Así en forma segura podemos decir que, en general, Dios no responde las oraciones de un incrédulo.

Por Qué Es Importante la Membresía (Parte 2)

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Por Qué Es Importante la Membresía (Parte 2)

Why Membership Matters (Part 2)

Tomado de Pulpit Magazine

clip_image001 Este artículo es una continuación de la discusión de ayer sobre la membresía de la iglesia. Ayer consideramos el ejemplo de la iglesia primitiva. Hoy consideraremos a) la existencia del gobierno de la iglesia, b) el ejercicio de la disciplina de la iglesia, y c) la exhortación para a mutua edificación.

La Existencia del Gobierno de la Iglesia

El patrón coherente a todo lo largo del Nuevo Testamento es que una pluralidad de ancianos supervise cada cuerpo local de creyentes. Los deberes específicos dados a estos ancianos presuponen un grupo claramente definido de miembros de la iglesia que están bajo su cuidado.

Entre otras cosas, estos hombres piadosos son responsables pastorear al pueblo de Dios (Hechos 20:28; 1 Ped. 5:2), para trabajar diligentemente entre ellos (1 Tes. 5:12), para estar a cargo de ellos (1 Tes. 5:12; 1 Tim. 5:17), y para el cuidado de sus almas (Heb. 13:17). La Escritura enseña que los ancianos darán cuenta a Dios pues los individuos asignados a su cargo (Heb. 13:17; 1 Ped. 5:3).

Esas responsabilidades piden que haya una membresía distinguible, mutuamente sobreentendida en la iglesia local. Los ancianos pueden pastorear a las personas y rendir cuentas a Dios para su bienestar espiritual sólo si saben quiénes son; pueden proveer supervisión sólo si conocen aquellos por quienes son responsables; Y pueden cumplir con su deber de pastorear el rebaño si saben quién es parte del rebaño y quién no es.

Los ancianos de una iglesia no son responsables del bienestar espiritual de cada individuo que visita la iglesia o que asiste esporádicamente. Más bien, son primordialmente responsables de pastorear a aquellos que se han sometido al cuidado y autoridad de los ancianos, y esto se hace a través de la membresía de la iglesia.

Por el contrario, la Escritura enseña a los creyentes que deben someterse a sus ancianos. Hebreos 13:17 dice, “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos”. La pregunta a cada creyente es: “¿quiénes son sus líderes”? El que ha rehusado a unirse a una iglesia local y encomendarse al cuidado y autoridad de los ancianos no tiene líderes.

Para esa persona, la obediencia de Hebreos 13:17 es imposible. Para ponerlo de una manera simple, este verso significa que cada creyente sabe a quién se debe someter, el cuál, a su vez, asume una membresía de la iglesia claramente definida.

El Ejercicio de la Disciplina de la Iglesia

En Mateo 18:15-17, Jesús esboza la forma en que la iglesia debe buscar la restauración de un creyente que ha caído en pecado – un proceso de cuatro pasos comúnmente conocido como la disciplina de la iglesia. Primero, cuando un hermano peca, este debe ser confrontado de manera privada por un individuo solamente (v. 15). Si él se rehúsa a arrepentirse, ese individuo debe tomar a uno o dos creyentes para confrontarle otra vez (v. 16). Si el hermano en pecado se rehúsa a escuchar a lo dos o tres, entonces deben decirlo a la iglesia (v. 17). Si aun así no hay ningún arrepentimiento, el paso final es expulsar a la persona de la asamblea (v. 17; Cf. 1 Cor. 5:1-13).

El ejercicio de disciplina de la iglesia según Mateo 18 y otros pasajes (1 Cor. 5:1-13; 1 Tim. 5:20; Tito 3:10-11) presupone que los ancianos de una iglesia saben quién son sus miembros. Por ejemplo, los ancianos de la Iglesia Grace Community no tienen responsabilidad ni autoridad para disciplinar a un miembro de la iglesia que esta en la otra calle. Tristemente, la falta generalizada de entendimiento de la membresía de la iglesia ha hecho necesaria para nuestros ancianos disciplinar no sólo a miembros formales sino también a aquellos que regularmente tienen compañerismo en Iglesia Grace Community. Sin embargo, la enseñanza de la Biblia sobre la disciplina de la iglesia asume una membresía de la iglesia.

El Exhortación a la Edificación Mutua

El Nuevo Testamento enseña que la iglesia es el cuerpo de Cristo, y que Dios ha llamado cada miembro a una vida dedicada al crecimiento del cuerpo. En otras palabras, la Escritura exhorta a todos los creyentes a edificar a los otros miembros practicando lo “el uno al otro” del Nuevo Testamento (e.g., Heb. 10:24-25) y ejercitando sus dones espirituales (Rom. 12:6-8; 1 Cor. 12:4-7; 1 Ped. 4:10-11). La edificación mutua sólo puede tener lugar en el contexto del cuerpo corporativo de Cristo.

Las exhortaciones para esta clase de ministerio presuponen que los creyentes se hayan comprometido a otros creyentes en una asamblea local específica. La membresía de la iglesia es simplemente la manera formal de hacer ese compromiso.

Conclusión

Experimentar un compromiso hacia una iglesia local implica muchas responsabilidades: Ilustrando un estilo de vida piadoso en la comunidad, ejercitando los sones espirituales de uno en el servicio diligente, contribuyendo financieramente a la obra del ministerio, dando y recibiendo amonestación con mansedumbre y en amor, y participando fielmente del culto corporativo. Mucho se espera, pero mucho está en riesgo. Porque sólo cuando cada creyente es fiel a esta clase de compromiso, la iglesia es capaz de estar a la altura de su llamado como el representante de Cristo aquí en la tierra. Para ponerlo de manera simple, la membresía tiene importancia.

Los Cristianos y el Día de Reposo

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Los Cristianos y el Día de Reposo

Christians and the Sabbath

Tomado de Pulpit Magazine

¿Están las leyes del Día de Reposo Atando a los Cristianos de Hoy?

clip_image001 Creemos la observancia de las leyes del Antiguo Testamento sobre la observancia del día de reposo (Sabbath) son ceremoniales y no aspectos morales de la ley. Como tal, ya no está en vigencia, sino que ha dejado de existir con el sistema sacrificatorio, el sacerdocio Levítico, y todos los demás aspectos de la ley de Moisés que se figuró de anunciaban con antelación a Cristo.

Aquí están las razones por las que mantenemos este punto de vista:

 

  • En Colosenses 2:16-17, Pablo explícitamente se refiere al sábado como una sombra de Cristo, lo cual es ya no es obligatorio puesto que la sustancia (Cristo) ha venido. Es realmente claro en esos versos que el día de reposo semanal está incluido, con la frase “o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo” refiriéndose a los días santos anuales, mensuales, y semanales del calendario judío (cf. 1 Crónicas 23:31; 2 Crónicas 2:4; 31:3; Ezequiel 45:17; Oseas 2:11).
  • El día de reposo era la señal para Israel del Pacto Mosaico (Exodo 31:16-17; Ezequiel 20:12; Nehemías 9:14). Puesto que estamos ahora bajo el Nuevo Pacto (Hebreos 8:7-13), ya no estamos obligados a observar la señal del Pacto Mosaico.
  • El Nuevo Testamento nunca ordena a los cristianos que observen el día de reposo. Por otra parte, cada uno de los otros nueve mandamientos son reiterados en el Nuevo Testamento.
  • En nuestro único destello de un servicio de adoración de la iglesia temprana en el Nuevo Testamento, la iglesia se reunía en el primer día de la semana (Hechos 20:7).
  • En ninguna parte del Antiguo Testamento se les ordena a las naciones Gentiles a observar el día de reposo o se les condena para no guardarlo. Esto es extraño si la observancia del día de reposo se pretendiera que fuese un principio moral eterno.
  • No hay evidencia en la Biblia de alguien guardando el día de reposo antes del tiempo de Moisés, ni hay algún mandato en la Biblia de guardar el sábado antes de que se diera la ley en el Monte Sinaí.
  • Cuando los Apóstoles se reunieron en el concilio de Jerusalén (Hechos 15), no impusieron guardar el día de reposo en los creyentes gentiles.
  • El apóstol Pablo advirtió a los gentiles sobre muchos pecados diferentes en sus epístolas, pero quebrantar el día de reposo no está nunca incluido entre ellos.
  • En Gálatas 4:10-11, Pablo reprende a los Gálatas por pensar que Dios esperaba que ellos observara los días especiales (incluyendo el día de reposo).
  • En Romanos 14:5, Pablo prohíbe a aquellos que observaban el día de reposo (éstos sin duda eran creyentes judíos) por condenar a aquellos que no lo guardaban (creyentes gentiles).

Los padres de la iglesia primitiva, desde Ignacio hasta Augustín, enseñaron que el día de reposo del Antiguo Testamento había estado abolido y que el primer día de la semana (domingo) era el día cuando los cristianos deberían reunirse para adorar (contrario a las afirmaciones de muchos séptimo sabatistas del séptimo día que afirman que el culto dominical no fue instituido hasta el siglo cuarto).

El domingo no ha reemplazado sábado como el día de reposo. Más bien el Día del Señor es un tiempo cuando los creyentes se reúnen para conmemorar Su resurrección, lo cual ocurrió en el primer día de la semana. Todos los días para el creyente es un día de reposo, puesto que ha cesado nuestra labor espiritual y estamos descansando en la salvación del Señor (Hebreos 4:9-11).

Así es que mientras todavía seguimos el patrón de designar un día de la semana un día en que el pueblo del Señor se reúne en adoración, no nos referimos a ello como “el día de reposo”.

Juan Calvino tomó una posición similar. Él escribió:

Hubo tres razones para dar este [cuarto] mandamiento: Primero, con el séptimo día de reposo el Señor deseaba darle al pueblo de Israel una imagen de reposo espiritual, por medio del cual los creyentes debían cesar de sus obras para dejar al Señor trabajar en ellos. En segundo lugar, él deseaba que hubiera un día establecido en el cual los creyentes podrían reunirse para oír sus Leyes y adorarle. En tercer lugar, él quería que un día de descanso se les concediera a los sirvientes y a aquellos que viven bajo el poder de otros a fin de que pudieran tener un descanso de su trabajo. Lo último, sin embargo, es más bien deducible que una razón principal.

En lo que se refiere a la primera razón, no hay duda que cesó en Cristo; porque él es la verdad por la presencia de la cual todas las imágenes desaparecen. Él es la realidad de cuyo advenimiento todas las sombras se disipan. Por ello San Pablo (Col. 2:17) que el sábado ha sido una sombra de una realidad que aún es. Y él declara en otro lugar su verdad cuándo en la carta a los romanos, cap. 6:8, él nos enseña que estamos sepultados con Cristo con el propósito de que mediante su muerte que pudiésemos morir a la corrupción de nuestra carne. Y esto no se hace en un día, sino durante todo el curso de nuestra vida, hasta que muramos por completo, podemos llenarnos de la vida de Dios. Por lo tanto, la observancia supersticiosa de días debe quedar lejos de los cristianos.

Las dos últimas razones, sin embargo, no deben ser contadas entre las sombras de lo antiguo. Más bien, son igualmente válidas para todas las edades. Por lo tanto, aunque el sábado es abrogado, ocurre que entre nosotros todavía nos reunimos en asamblea en ciertos días para escuchar la Palabra de Dios, para el rompimiento del pan (místico) de la Cena, y ofrecer oraciones públicas; y, además, con el fin de que cierto descanso de su trabajo sea dado a los sirvientes y a los obreros. Como nuestra debilidad humana no permite tales asambleas a reunirnos todos los días, el día observado por los judíos ha sido substraído (como un buen dispositivo para eliminar la superstición) y otro día ha ido destinado para este uso. Esto fue necesario para asegurar y mantener el orden y la paz en la Iglesia.

Por consiguiente al darse la verdad a los judíos bajo una figura, así para nosotros por el contrario la verdad es mostrada sin sombras con el fin, ante todo, de que meditamos toda nuestra vida en un perpetuo sábado de nuestras obras a fin de que el Señor pueda obrar en nosotros por su espíritu; en segundo lugar, para que observemos el orden legítimo de la Iglesia para escuchar la Palabra de Dios, para administrar los sacramentos, y para las oraciones públicas; en tercer lugar, para que no oprimamos inhumanamente con trabajo a aquellos que nos están sujetos. [Tomado de Instruction in Faith, Calvin ‘s own 1537 digest of the Institutes, sec . 8, “The Law of the Lord”].

Lea además los sermones sobre este tema:

¿Requiere Dios que yo dé un diezmo de todo lo que gano?

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clip_image002[10]¿Requiere Dios que yo dé un diezmo de todo lo que gano?

Hay dos tipos de ofrenda que se enseñan consistentemente en las Escrituras: ofrendar al gobierno (que siempre fue obligatorio), y ofrendar a Dios (que siempre fue voluntario).

Sin embargo, este tema ha sido confundido en gran manera por aquellos que malinterpretan el motivo de los diezmos del Antiguo Testamento. Las ofrendas no fueron principalmente regalos para Dios, sino impuestos para financiar el presupuesto nacional de Israel.

Como Israel era una teocracia, los sacerdotes Levíticos actuaban como el gobierno civil. Así que la ofrenda Levítica (Levítico 27:30-33) fue el precursor de los impuestos de hoy, como lo era también la segunda ofrenda anual que Dios requería para el financiamiento del festival nacional (Deuteronomio14:22-29). Impuestos de menos cantidades también fueron requeridos de la gente por la ley (Levítico 19:9-10; Éxodo 23:10-11). Así que el total de las ofrendas requeridas de los Israelitas no fue diez por ciento, sino quizás más del 20 por ciento. Todo ese dinero se usaba para que funcionara la nación.

Toda la ofrenda que se daba, aparte de lo que era requerido para la nación, era totalmente voluntaria (vea Éxodo 25:2; 1 Crónicas 29:9). Cada persona ofrendaba lo que estaba en su corazón ofrendar; ningún monto fue especificado.

A creyentes del Nuevo Testamento nunca se les ordeno que ofrendaran. (Mateo 22:15-22 y Romanos 13:1-7) nos relatan, sobre la única ofrenda que fue requerida durante el tiempo de la iglesia, y esa era para pagar impuestos al gobierno. Es interesante que hoy, tanto en Estados Unidos como en otros países de l mundo, pagamos entre el 20 a 30 por ciento de nuestros ingresos al gobierno—una figura muy similar al requisito bajo la teocracia de Israel.

La directriz para nuestra ofrenda a Dios y Su obra se encuentra en 2 Corintios 9:6-7: “Pero esto digo: El que siembra escasamente, escasamente también segará; y el que siembra abundantemente, abundantemente también segará. Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre.”

Para estudio más profundo: Henry Tolopilo, El modelo Bíblico para ofrendar (serie en casetes).

© 2006 Grace to You –La enseñanza Bíblica de John MacArthur

La Persectiva Bíblica de la Imagen Propia

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 La Perspectiva Bíblica de la Imagen Propia

The Biblical View of Self-Image

(September 1996 – Volume 2, Issue 11)

Tomado de www.svchapel.org

La realidad es que el movimiento de la imagen propia no es ni Bíblico ni científico. Es una moda pasajera que eventualmente pasará después de hacer un daño increíble en nuestra sociedad y desafortunadamente en muchas iglesias. Por la gracia de Dios y la verdad de Su Palabra, los creyentes necesitan no dejarse engañar por las mentiras de Satanás. ¡Podemos elegir vivir de acuerdo con la infalible e inmutable Palabra de Dios!

Pocos estarían en desacuerdo con la siguiente declaración: Cómo piensan las personas de sí mismas en alto grado determinará el cómo pensarán acerca de otros, cómo pensarán acerca de Dios, cómo obtendrán y mantendrán todas sus relaciones, y cómo tomarán decisiones. No hay un área de la vida que no sea directa o indirectamente afectada por la forma en que nos veamos a nosotros mismos. Sin embargo, hay dos puntos de vista vastamente diferentes en el asunto de la imagen propia:

La Perspectiva Anti-bíblica de la Imagen Propia, La Autoestima, y La Valía Personal

La enseñanza básica en la psicología popular de hoy es que las personas en general tienen una baja autoestima, baja imagen propia, bajo ego, etc. No piensan que son muy buenas, no se aman a si mismos, no se aceptan en la forma que son, les falta confianza en sí mismos, etc. Las personas se comportan pobremente porque se miran de esta manera. Si las personas pudiesen mejorar su imagen propia, entonces se sentirían mejor acerca de ellos mismos y actuarían mejor en la vida. Todo el mundo, claro está, tiene una imagen propia mala, hay sin embargo, varios grados. También, puesto que las personas no quieren que los otros sepan qué tan mal se perciben, tienden a esconder su pobre imagen propia con métodos diferentes: Una cierta cantidad de timidez – a fin de que las personas no perciban qué tan malas realmente son. Otros pueden presumir intentando probar que ellos están realmente bien.

Para obtener una percepción de lo que realmente está siendo enseñado, veamos lo que algunos de los  proponentes de la imagen propia de hoy , tanto en círculos seculares como en cristianos, están diciendo:

“Si pudiese escribir una receta para las mujeres del mundo, proveería a cada uno de ellas una sana dosis  de autoestima y de valor personal… No tengo duda de que ésta es su máxima necesidad (James Dobson, What Wives Wish Their Husbands Knew About Women, p35).

“Sentirse bien acerca de nosotros mismos de hecho, puede ser la piedra angular de todo nuestro bienestar” (Barnett, Baruch and Rivers, “The Secret of Self Esteem,” The Ladies Home Journal, Feb. 1984, p54).

“Las madres que eligen abortar lo hacen por una muy pequeña autoestima, no por demasiada autoestima” (Philip A. Captain, Eight Stages of Christian Growth).

“La falta de autoestima realmente puede extinguir el deseo de seguir viviendo (James Dobson, High or Seek, p80).

“Una vez que una persona cree que él es un ‘pecador indigno’ es dudoso que él  pueda honestamente aceptar la gracia salvadora que Dios ofrece en Cristo” (Robert Schuller, Self-Steem, p98).

“La depresión siempre tiene una pérdida de autoestima en primer plano….Sea cuidadoso en dirigir a una persona deprimida a la Sagrada Escritura…. Sin predicación. Yo recomendaría un receso de la iglesia si hay predicación en la iglesia” (Jeff Boer, “Is Self-Esteem Proper for a Christian?The Journal of Pastoral Practice, Vol 5, #4, p78).

“Bajo la influencia de los psicólogos humanistas como Carl Rogers y Abraham Maslow, muchos de nosotros  los cristianos hemos comenzado a ver nuestra necesitad de autoamor y autoestima” (Bruce Narramore, You’re Someone Special, p22).

“El autoestima es el prerrequisito y el criterio para nuestra conducta hacia nuestro prójimo… Sin autoestima no puede haber amor hacia los demás…Usted no puede amar a su prójimo, usted no puede amar a Dios a menos que usted primero se ame a sí mismo” (Walter Trobishch, Love Yourself, p11).

“Realmente, nuestra capacidad para amar a Dios y amar a nuestro prójimo es limitada por nuestra capacidad de amarnos a nosotros mismo. No podemos amar más a Dios de lo que amemos a nuestro prójimo y nosotros no podemos amar más a nuestro prójimo de lo que nos amamos a nosotros mismos”(Captain, Eight Stages of Christian Growth, p157).

“Una baja autoestima puede conducir a la depresión y a otras enfermedades emocionales y físicas, abuso de sustancias, promiscuidad sexual, e incluso al suicidio” (Shirley Sherrif, Contact, Vol. II #1; Enero. 1991).

“Usted tiene que pensar que usted es alguien si quiere mantener una buena salud mental” (Arthur Rounder, You Can Learn To Like Yourself, p3).

“La autoestima o el orgullo existente en un ser humano es la única y máxima necesidad que enfrenta la raza humana el día de hoy” (Robert Schuller, Self-Steem, p19).

“Las personas tienen una necesidad personal básica que requiere dos clases de imputación para su satisfacción. La necesidad más básica es un sentido de valor personal, y la aceptación de uno mismo como una persona completa y verdadera” (Lawrence Crabb, Effective Biblical Counseling, p80).

Según los proponentes de la imagen propia: La promiscuidad sexual, el suicidio, el crimen, el aborto, la depresión, la pobre salud mental, el estrés, la infelicidad, la falta de éxito en la vida, la incapacidad para amar a Dios y aceptar Su regalo gratuito de la salvación, la incapacidad para amar a los demás, y la incapacidad de amarse así mismo, son todos resultados de una pobre imagen propia o una baja autoestima.

¿Cuál es la cura entonces para todos estos problemas? Según los defensores de la imagen propia, es construir una buena imagen propia (y un sentido fuerte de autoestima) en las vidas de todas las personas. Si lo que dicen es cierto, entonces nosotros como cristianos deberíamos dar un salto al partido triunfador de la imagen propia. De hecho, si las personas son incapaces de amar a Dios y a los demás por una pobre imagen propia, entonces construir una autoestima en nuestros niños, nuestros conyugues, nuestros amigos no salvos, en nosotros y en el mundo entero debería convertirse en una meta primaria de la iglesia.

La Perspectiva Bíblica de la Imagen propia, Autoestima, y la Valía Personal

El poder de la mente humana para engañarse parece infinito. Necesitamos orar el Salmo 139:23,24 Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.” ¡a menudo! Un estudio de doscientos criminales reveló que ninguno de esos criminales creía que fuera malo. Cada criminal pensaba acerca de sí mismo que era básicamente una buena persona incluso en el momento en que planeaban un crimen (El Washington Star, agosto. 15, 1976).

Una de las metas principales de la Biblia es corregir la perspectiva elevada del hombre acerca de sí mismo; no obstante,  ahora es interpretado por líderes cristianos para probar justo lo contrario. ¿Cómo pueden las criaturas a quienes constantemente se les dice (en la Palabra de Dios) que tienen un demasiado alto concepto de sí mismos, ser convencidos de que su problema está de hecho en su baja autoestima? Dejados a nuestras observaciones y nuestras imaginaciones tal cosa es posible (Jer. 17:9: “Engañoso es el corazón, más que todas las cosas…”), Pero la Biblia no alimenta nuestro engaño, sino que trata de corregirlo.

C.S. Lewis, escribiendo antes de que la moda pasajera de la autoestima despegara, hizo esta interesante observación, “el niño que es palmeado al dorso por hacer una lección bien, la mujer cuya belleza es alabada por su amante, el alma salvada de quien Cristo dice, ‘bien hecho,’ está agradecida y debería. Pues aquí el placer recae no en lo que usted es sino en el hecho de que usted ha complacido a alguien a quien usted quería (y correctamente quiso) complacer. El problema comienza cuando usted pasa de pensar, ‘le he complacido; todo está bien,’ a pensar, ‘qué buena persona debo ser para haber hecho eso.’” Si Lewis escribiera tales palabras hoy, ¿serían bien recibidas? ¡Lo dudo!

¿Qué tienen que decir las Escrituras sobre como nos vemos a nosotros mismos?

Jesús enseñó la virtud de la humildad (Luc 18:14), y la importancia de la auto-negación, en vez del auto-amor (Mat. 16:24).

Las epístolas están fuertemente de acuerdo con las palabras de Jesús (cp. 1 Tim. 1:15; Rom. 7:24; 12:3; y Filip. 2:3-8). De hecho, en ninguna parte de la Biblia nos advierte sobre no pensar menos de nosotros mismos de lo que deberíamos. Pero, debería haber muchas Sagradas Escrituras si nuestro problema fuera la falta de autoestima. Hay, sin embargo, cinco hojas y media en la Biblia de Tópicos Nave acerca del orgullo, incluyendo a Prov. 16:5,18 y 19. Además, hay tres páginas sobre la autonegación. No hay referencias a la imagen propia o a cualquier palabra que pretenda decir algo semejante. Sólo 2 Tim. 3:2 hace aparecer el concepto del autoamor, y es un vicio (ver abajo). Claramente, la Biblia no presenta la autoestima como el problema del hombre. De hecho, lo opuesto a la autoestima, el orgullo, es ciertamente indicado como un problema.

En el Nuevo Testamento, ni Juan el Bautista (Luc. 3:16) ni el hijo Pródigo (Luc. 15:21) fueron corregidos cuando se  declararon a sí mimos como indignos. Pero Norman Wright dice, “el merecimiento es un sentimiento de ‘yo soy bueno.’”Si esto es cierto, entonces ¿que haremos con la declaración de Jesús,: ‘no hay ninguno bueno sino solo Dios.’?

Note los ejemplos del Antiguo Testamento sobre Gedeón (Jud. 6:15); Isaías (Isa. 6:5); Amos (Amos 7:14); Job (Job 42:6); y Moisés (Exod. 3:11; 4:10-13). Cada uno de estos hombres fue usado por Dios cuando reconocieron la grandeza del Señor y su propia insignificancia. 2 Cor. 12:9,10 también nos enseña que encontramos la fortaleza de Dios sólo cuando reconocemos nuestra debilidad.

2 Tim. 3:16,17 y 2 Pedro 1:3 explica que la Palabra de Dios es suficiente para equiparnos para ser personas piadosas, y que todo lo concerniente a la vida y a la piedad  se encuentra en Su Palabra. Siendo este el caso, debemos hacer la pregunta: “¿por qué no hay mención alguna de la autoestima en toda la Escritura?”

La respuesta a esa pregunta seguramente recae en el hecho de que nuestra relación con Dios no se basa en nuestra rectitud o nuestro valor hacia El, sino en Su gracia (Tito 3:4-7). Más bien, somos pecadores que no podemos hacer nada para impresionar o agradar a Dios (Rom. 3:23; 5:6-8).

(Esta gráfica sin duda fue tomada prestada de una fuente, la cuál no puedo localizar. Mis disculpas para el autor.)

DIFERENCIAS CLAVE ENTRE LA IMAGEN PROPIA Y LA IMAGEN BÍBLICA:

DIOS EN SU PALABRA:

  1. Ame a Dios y a los demás (Mt. 22:37)
  2. Edifique a los demás (Heb. 10:24,25)
  3. Nadie es justo (Rom. 3:23)
  4. El Corazón es engañoso (Jer. 17:9)
  5. Ponga otros primero (Filip. 2:1-4)
  6. Sea Humilde (Rom. 12:3)
  7. Somos pecadores (Rom. 3:10,11)
  8. Camine en el Espíritu (Gal. 5:16)
  9. Niéguese a Sí Mismo (Mt. 16:24-26)
  10. Ponga su confianza en Dios (Fil. 4:13)
LOS DEFENSORES DE LA IMAGEN PROPIA DICEN:

  1. Ámese a usted mismo
  2. Edifique su autoestima
  3. Usted es bueno
  4. Crea en usted mismo
  5. Póngase usted primero
  6. Tenga Un Alto Concepto de sí mismo
  7. Usted es de gran valor
  8. Haga lo que usted quiera hacer
  9. Encuéntrese a sí mismo
  10. Tenga confianza en sí mismo

RESPUESTA A ALGUNOS ENGAÑOS

Nos debemos amar a nosotros mismos

Los defensores de la imagen propia afirman que la Sagrada Escritura nos ordena que nos amemos. El verso principal que usan para apoyar esta afirmación es Mateo 22:39b que dice, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Basado en una interpretación defectuosa de este pasaje muchos maestros – de la teoría de la imagen propia – ven esto como un mandato Bíblico evidente para que nosotros nos amemos a nosotros mismos. Sin embargo, en ninguna parte de este pasaje (Mat. 22:36-40) existe una orden del Señor para que nosotros nos amemos a nosotros mismos.

De hecho, no hay ningún lugar en las Escrituras dónde se nos diga que debemos amarnos a nosotros mismos. En lugar de eso, siempre se asume que ya nos amamos a nosotros mismos (Nota: “como a ti mismo” en el pasaje en estudio). No obstante, se nos dice que lo que Jesús quiso decir es que tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos primero, antes de que podamos amar a otros. En otras palabras, hay realmente tres mandatos dados aquí (aún cuando Jesús dijo que hay “dos”). Se nos ordena a amar a Dios y nuestro prójimo; luego, Jesús llega a una conclusión diciendo: “De estos dos mandamientos depende toda la Ley. . .” Si Jesús dice que hay dos mandamientos aquí ¡cómo es que nos atrevemos a afirmar que hay tres!

Efesios 5:28,29 es otro pasaje usado por los maestros de la filosofía de la imagen propia para promover la autoestima. Se nos dice que primero debemos aprender a amarnos nosotros mismos antes de que podamos amar a nuestro cónyuge, pero el pasaje claramente manifiesta que nunca ha existido una persona que no se ame a sí misma. Nuestro problema nunca ha sido la falta de autoestima, sino la mucha preocupación por el ego. Hay sin embargo una vez en las Escrituras donde la autoestima es mencionada: 2 Tim. 3:2. Allí encontramos el amor al ego en el primer lugar de una lista de pecados que caracterizarán a los postreros días. Es interesante notar, igualmente, que la palabra griega utilizada para el amor en este verso (phileo) habla de amor emocional a diferencia del amor abnegado (agapao) en otros pasajes. En otras palabras, el único verso en el Nuevo Testamento que habla de amarnos a nosotros mismos emocionalmente (sintiéndonos bien acerca de nosotros mismos, etc.) es una advertencia de que éste es un pecado que debemos evitar.

Somos dignos del Amor de Dios

William Kirwin en Biblical Concepts of Christian Christian Counseling (p107) dice: “Pareciera que Cristo hubiera dicho, ustedes son de tal valor para mí que voy a morir; aun experimentaré el infierno a fin de que ustedes puedan ser adoptados como mis hermanos y hermanas”. Donna Faster escribió: “Por supuesto que la demostración más grande del valor  de una persona para Dios fue mostrada al darnos a Su Hijo” (Building a Child’s Self-Steem, p6). Incorrecto, el envío del Hijo de Dios no es una comprobación de nuestro valor, sino la máxima comprobación del amor, la gracia, la misericordia y la bondad de nuestro Dios. La verdad es que Dios no nos salva porque él vea alguna cosa de valor en nosotros, sino que a pesar de que no hay nada en nosotros digno de salvar (Rom. 5:6-10; Tito 3:4-7; Efes. 2:4-9). Tal declaración hiere nuestro orgullo, pero no obstante es cierto.

Los defensores de la autoestima destruyen el concepto de la gracia. La misma definición de gracia es que Dios nos da lo que no merecemos. Si somos dignos de Su salvación entonces la vida eterna no es un regalo de la gracia sino una recompensa basada en nuestro valor, o las buenas obras. Éste es un concepto completamente refutado en la Sagrada Escritura (Efes. 2:8,9). Para que una persona venga a Cristo, primero debe reconocer su necesidad de la salvación. Enseñarles que son dignos a los ojos de Dios es cometerles una injusticia terriblemente cruel y no bíblica. Entre más nos veamos bíblicamente a nosotros mismos, más precioso se vuelve el amor, la gracia y la misericordia de nuestro Dios. Si nos consideramos dignos de cualquiera de las bendiciones de Dios habremos groseramente abaratado Su regalo gratuito de amor y de gracia.

A Satanás Le gusta Cuando Tenemos una Mala Imagen de Nosotros Mismos

A los maestros de la imagen propia les gustaría que nosotros creyésemos que debemos tener una buena imagen propia o de lo contrario el diablo tendrá un punto de apoyo firme en nuestra vida. Creen que una pobre imagen propia nos impedirá reconocer nuestro valor para Dios y por consiguiente no aceptaremos Su regalo de salvación. En verdad a Satanás no le importa lo que pensamos acerca de nosotros mismos con tal de que estamos preocupados con el EGO. Si él puede mantenernos atrapados en nuestro ego él nos puede mantener sin estar ocupados en Dios y en los demás tal y como se nos instruye en las Escrituras (Fil. 2:3-8).

El problema del hombre siempre ha sido el orgullo. Desde el principio el hombre ha querido ser como Dios (Gen. 3:5). El diablo mismo, es el autor del orgullo pecaminoso (Isa. 14:13,14). Esta clase de actitud y opinión elevada de sí mismo no sólo echó fuera a Satanás del cielo y condenó al castigo eterno, sino también se convirtió en su herramienta favorita para abstenerse de confiar en Dios.

LA PERSPECTIVA BIBLICA DEL EGO

Jay Adams en The Biblical View of Self-Steem, Self-Love and Self-Image dice: “mientras no hay una preocupación evidente en la Biblia acerca del tener muy poca autoestima, y por consiguiente ninguna instrucción para elevar la autoestima, Dios señala que él quiere que nosotros nos evaluemos – hasta donde sea posible hacerlo – correctamente” (p113). En Romanos 12:3 Pablo instruye a sus lectores sobre como evaluarse con respecto a los diferentes dones que Dios les ha dado. Al hacer esto, él provee el principio que deberíamos usar para evaluarnos a nosotros mismos con respecto a cada área de nuestras vidas. En ese pasaje, “un juicio sano” quiere decir (y demanda) que un juicio razonable, basado en la evidencia, sea hecho. Note que la advertencia de Pablo va en contra tener un concepto demasiado alto de nosotros mismos. Él no dice nada acerca de cuidarse de no pensar en bajo concepto de nosotros mismos, puesto que éste nunca es un problema discutido en la Sagrada Escritura.

Cuando nos evaluamos a nosotros mismos de acuerdo a un sano juicio ¿qué encontramos? ¡Como creyentes nos encontraremos con que Dios se ha acercado a nosotros completamente por gracia para salvar a pecadores indignos, haciéndonos verdaderamente hijos de Dios! Hemos sido hecho dignos por Dios (cp Apoc. 3:4), no porque lo merezcamos sino por el amor de Dios. También ahora conocemos, por las Escrituras, que Dios únicamente nos ha equipado para servir y ministrar para Él en este mundo y en Su iglesia. Nuestro valor no se basa en una comparación de nosotros mismos con los demás (de hecho eso está prohibido, 2 Cor. 10:12), sino en la posición que tenemos en Cristo y en los dones con los cuales él nos ha equipado para vivir para él.

Como cristianos, ¿se supone que debemos pensar mal acerca de nosotros mismos? ¡De ningún modo! La posición Bíblica es que debemos enfocar la atención en Dios y en los demás, no en nosotros mismos (Mat. 22:36-40; Fil. 2:3-8). Cualquier preocupación por el ego (ya sea en pensar demasiado elevado o demasiado bajo), es una respuesta no bíblica a la Palabra de Dios. La Sagrada Escritura comienza desde la posición de que ya nos amamos a nosotros mismos y nos ordena a amar a los demás de igual forma. De hecho, debemos anteponer los intereses de los demás al de los nuestros (Fil. 2:3,4).

INVESTIGACION

La mayoría asumiría que como  los segmentos seculares y cristianos de nuestra sociedad se han subido al tren de la imagen propia, aparentemente la investigación científica ha revelado que la baja autoestima se ha extendido y la necesidad de edificar una buena imagen propia es de suprema importancia. Tal no es el caso. De hecho, la mayoría de la investigación ha mostrado que tanto niños como adultos en nuestra sociedad realmente se estiman demasiado así mismos. Además, parece no haber correlación entre la imagen propia y el comportamiento. Lo siguiente son algunos de tales ejemplos:

* Las conclusiones del Consejo Universitario (a través de las encuestas tomadas de millones de estudiantes de la escuela secundaria que tomaron sus pruebas) se encontraron con que setenta por ciento se evaluaba así mismo por encima del promedio; dos por ciento por debajo del promedio. Sesenta por ciento de veían por encima del promedio en “habilidad atlética”; sólo seis por ciento dijeron que se veían así mismos por debajo del promedio. En “habilidad para llevarse bien con los demás” cero por ciento se evaluó por debajo del promedio; sesenta por ciento se evaluó a sí mismo en el diez por ciento superior y veinticinco se veía sí mismos en el uno por ciento superior (The Inflated Self, p.23,24).

* En un estudio, noventa y cuatro por ciento de los miembros de la facultad universitaria se creen mejor que su colega promedio (“A New Look At Pride” en You Better Self, p.90).

* En una publicación reciente de Phychological Review, hecha por la Asociación Psicológica Americana, un artículo fue escrito con el subtítulo: “El Lado Oscuro de la Elevada Auto-estima”. Los autores indicaron, después de estudiar numerosos estudios empíricos serios: “en nuestro punto de vista, los beneficios de una opinión propia favorable se incrementan primordialmente para el ego, y son, si algo,  una carga y problema potencial para todos los demás”. (Registrado en Fortune, 29 de abril de 1996, pp. 211-212). Newsweek afirmó que aunque más de diez mil estudios científicos sobre la autoestima se han realizado, los expertos aun no pueden estar de acuerdo en lo que es (Newsweek, feb. 17, 1992, “Hey, I am Terrific,” pp. 48-51).

* Quizás el estudio más integral en su género fue el que se hizo por la California State Task Force sobre la Autoestima. U.S. News and World Report (2 de abril, 1990), dice con respecto a este estudio: “La era del Presidente Bush resultó en un tiempo perfecto para los programas sobre autoestima. Cuestan poco. Ofrecen la luz del optimismo expuesto al sol de California en un tiempo de gran pesimismo. Son simples – comprendidos fácilmente, extendidos fácilmente. Y en los sistemas de escuelas públicas rotos por grupos de presión irreconciliables, no tenían enemigos naturales. Tienen sólo un desperfecto: Son una idea terrible. Ante todo, a pesar de los informes de primera mano de muchos maestros, no hay casi ninguna prueba de investigación de que estos programas funcionan. El libro Social Importante of Self-Steem, elcuál es básicamente toda la investigación levantada por la fuerza de trabajo de California, dice francamente, ‘Uno de los aspectos decepcionantes de cada capítulo en este volumen… es qué tan baja es la asociación entre la autoestima y el problema potencial a todos los demás” (Reportado en la Fortune, 29 de abril, 1996, pp211-212).

Por Gary E. Gilley

¿Oras?

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¿ORAS?

 J.C. RYLE

«También les refería Jesús una parábola sobre necesidad de orar siempre. » (Lucas 18: l.)

«Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar.» (1ª  Timoteo 2:8.)»

Te presento una pregunta para que la consideres seriamente. Es la que encabeza la página. Contiene una palabra: ¿Oras?

Sólo tú puedes contestarla. Si asistes a los cultos lo puede decir el pastor. Si tenéis oración en la familia, lo saben tus parientes. Pero si oras en privado, es algo que sólo lo sabéis tú y Dios.

Lector, no te ofendas por lo directo de la pregunta. Si tienes el corazón en regla para con Dios, no tienes por qué asustarte de ella. No desvíes la pregunta diciendo que «repites tus oraciones». Una cosa es recitar oraciones y otra orar. No me digas que la pregunta es innecesaria. Escúchame v voy a mostrarte las razones por las que la pregunto.

II. Te pregunto si oras, porque la oración es absolutamente necesaria para la salvación del hombre.  

Digo absolutamente necesaria y lo digo con razón. No hablamos de niños o débiles mentales. No nos referimos al problema de los paganos. A quien se le da poco, poco le es requerido. Hablo especialmente de los que se llaman cristianos en países cristianos. Y aquí, ninguna persona puede esperar salvarse si no ora.

Defiendo la salvación por la gracia. Yo ofrecería de buena gana perdón pleno y gratuito al mayor pecador que ha existido. No vacilaría en decirle en su lecho de muerte: «Cree en el Señor Jesucristo, ahora, y serás salvo.» Pero no veo en la Biblia que un hombre pueda salvarse sin pedir la salvación, sin tan sólo levantar su corazón interiormente y decir: «Señor Jesús sálvame.» Esto no se halla en la Biblia. No puedo hallar que nadie vaya a salvarse por sus oraciones, pero tampoco que pueda salvarse sin oración. 

No es absolutamente necesario que un hombre lea la Biblia para salvarse. Puede que no sepa leer o que sea ciego y, con todo, tener a Cristo en su corazón. No es absolutamente necesario que oiga la predicación pública del Evangelio, pues puede vivir donde no se predique, o ser sordo, o estar imposibilitado en la cama. Pero, con la oración, ya es distinto: es absolutamente necesario para salvarse que el hombre ore.

Hay cosas que no las puede hacer una persona por otra. Todo el mundo sin excepción tiene que atender a las necesidades de su propio cuerpo o su mente. Nadie puede comer o dormir por cuenta ajena. Ni aprender a leer. Todas estas cosas las tiene que hacer cada uno por sí mismo. 

Tal como ocurre con la mente y el cuerpo, ocurre con el alma. Hay ciertas cosas absolutamente necesarias para la salud del alma. Cada uno debe efectuarlas por sí mismo. Tiene que arrepentirse. Tiene que suplicar el favor de Cristo él mismo. Debe hablar a Dios y orar. 

¿Cómo puedes esperar ser salvo por un Dios «no conocido»? ¿Cómo puedes conocer a Dios sin orar? Para conocer a las personas, en el mundo, tienes que hablar con ellas. No puedes conocer a Dios, en Cristo, a menos que le hables en oración. Si quieres ir al cielo tienes que ser su amigo en la tierra. Para serlo, debes orar.

Lector, habrá muchos a la diestra de Cristo en el último día. Los 5antos, congregados de los cuatro puntos cardinales, serán una multitud que nadie podrá nombrar. El cántico de victoria que brotará de sus gargantas, cuando su redención sea por fin completa será verdaderamente glorioso. Será más fuerte que las muchas aguas, y los truenos poderosos. Pero no habrá discordia alguna en este canto. La experiencia común a todos ellos será que habrán creído. Todos habrán sido lavados por la sangre de Cristo. Todos habrán nacido de nuevo. Todos habrán orado. Hemos de pasar por la escuela de la oración, si hemos de ser aptos para el festival de alabanza. 

Lector, el no orar es estar sin Dios, sin Cristo, sin gracia, sin esperanza y sin cielo. No te maravilles, pues, de la pregunta: ¿Oras?

II. Te pregunto de nuevo si oras, porque el hábito de la oración es una de las marcas seguras del verdadero cristiano.  

Todos los hijos de Dios en la tierra son iguales a este respecto. Desde el momento que su religión pasa a ser viva N, real, oran. Es como el primer signo de vida de un niño cuando nace, que es el respirar; el que nace de nuevo, ora.

Esta es una de las marcas comunes de todos los elegidos de Dios: «Claman a é1 día y noche.» (Lucas 16: l.) El Espíritu Santo, que los hace nuevas criaturas obra en ellos el sentimiento de adopción, y hace que exclamen: «Abba, Padre.» (Romanos 8:15.) El Señor Jesús, que los vivifica, les da voz y lengua para que no se queden mudos. Dios no tiene hijos mudos. El orar es parte de su naturaleza, como la del niño es llorar. Ven su necesidad de misericordia y gracia, su vaciedad y debilidad. Sólo pueden orar. 

He considerado cuidadosamente las vidas de los santos de Dios en la Biblia. No he hallado uno sólo que no fuera un hombre de oración. Veo que se menciona como una característica de las personas piadosas que «invocan al Padre», que «invocan el nombre del Señor Jesucristo». Hallo que la característica de los malos es que «no llaman al Señor» (I Pedro 1: 17; I Corintios 1: 2; Salmo 14: 4).

He leído sobre las vidas de muchos cristianos eminentes desde los días bíblicos. Los había de todas clases y denominaciones. Algunos enamorados de la liturgia y otros sin interés en ella. Pero todos tenían una cosa en común. Eran hombres de oración. 

Los informes de las sociedades misioneras de nuestros días nos dicen que hay paganos que reciben el Evangelio en varias partes del globo. Hay conversiones por todo el mundo. Las personas que se convierten son muy distintas en muchos aspectos. Pero observo que todos ellos son personas que oran. 

Lector, no niego que un hombre puede orar sin poner en ello el corazón, sin sinceridad. No digo que el mero hecho de que una persona ore demuestre algo sobre su alma. Como en otras partes de la religión, aquí también hay engaño e hipocresía. 

Pero esto puedo decir, que el no orar es una prueba clara de que el hombre no es un cristiano todavía. No puede realmente sentir sus pecados. No puede amar a Dios. No puede sentirse deudor a Cristo. No puede anhelar la santidad. No puede desear el cielo, Todavía tiene que nacer de nuevo. Tiene que ser hecho una nueva criatura. Es posible que se jacte de su confianza en ser uno de los elegidos, de tener gracia, fe, esperanza y conocimiento, y engañar a las personas ignorantes. Pero puedes estar seguro que todo esto son palabras vanas, si no ora. 

Y además, diré que de todas las evidencias de la obra real del Espíritu, se puede considerar un sano hábito de oración privada como uno de los más satisfactorios. Un hombre puede predicar por motivos deficientes. Puede escribir libros y hacer discursos elocuentes, y parecer diligente en buenas obras y, con todo, ser un Judas Iscariote. Pero un hombre raramente va a su aposento, y derrama su alma delante de Dios en secreto, a menos que lo haga en serio. El Señor mismo dio su sello a la oración como la mejor prueba de la verdadera conversión. Cuando envió a Ananías a Saulo, que estaba en Damasco, le dio como única evidencia de su cambio de corazón: «He aquí él ora.» (Hechos 9: 1 l.)

Sé que pueden haber ya muchas cosas en la mente de un hombre antes de ser conducido a orar. Puede que ten-Ea muchas convicciones, deseos, sentimientos, intenciones, resoluciones, esperanzas y temores. Pero todas estas cosas son una evidencia muy incierta. Se hallan a veces en personas no piadosas y, con frecuencia, quedan en nada. En muchos casos no son más duraderas que una nube de verano, o el rocío matutino. Una oración sana, sincera, sentida, de un espíritu contrito y quebrantado, vale más que todas estas otras cosas juntas. 

Sé que los elegidos por Dios han sido escogidos para la salvación desde toda la eternidad. Sé que el Espíritu Santo, que los llama a su debido tiempo, en muchos casos los conduce muy lentamente al conocimiento de Cristo. Pero el ojo del hombre sólo puede juzgar por lo que ve. No puedo decir que nadie esté justificado hasta que cree. No me atrevo a decir que alguien cree hasta que ora. No puedo comprender una fe muda. El primer acto de la fe es hablar con Dios. La fe es para el alma lo que la vida es para el cuerpo. La oración es a la fe lo que el respirar a la vida. No se puede comprender que un hombre viva sin respirar, pero tampoco puedo comprender que alguien crea y no ore. 

Lector, nunca te sorprendas si oyes a los ministros del Evangelio que hacen mucho énfasis sobre la oración. Este es el punto que queremos hacer ver, queremos asegurarnos de que oras. Tus puntos de vista sobre la doctrina puede que sean correctos. Tu amor al protestantismo es cálido, es indiscutible. Pero esto puede ser sólo conocimiento intelectual y espíritu de partido. Lo que falta saber es si estás en tratos con el trono de la gracia y si puedes hablar con Dios, no sólo hablar de Dios. 

Lector, ¿quieres descubrir si eres un verdadero cristiano? Si quieres, ten la seguridad que mi pregunta es de importancia capital: ¿ORAS? 

III. Te pregunto si oras, porque no hay deber en la religión que sea descuidado tanto como la oración privada.   

Vivimos en unos días de abundantes manifestaciones de carácter religioso. Hay más lugares de culto público que nunca antes. Hay más personas que asisten a ellos que en el pasado, por lo menos en nuestro país. Y con todo, a pesar de toda esta religión pública, creo que la oración privada es muy descuidada. 

Esto no lo habría dicho hace unos pocos años. Creía, tiempo atrás, que la mayoría de los cristianos oraban de modo regular. Pero luego he visto que me equivocaba. Hoy he llegado a la conclusión que un gran número de cristianos profesos no oran en absoluto.

Sé que esto es algo que apena, y a muchos les va a asombrar oírlo. Pero estoy convencido que la oración es simplemente una de las cosas que se considera como «natural», y que como muchas cosas semejantes es tenida en gran descuido. Es una de las transacciones privadas que tienen lugar entre Dios y el alma, oculta a la vista, y por ello hay la tentación de pasarla por alto, y dejarla sin hacer. 

Creo que hay millares que nunca dicen una palabra en oración. Comen y beben y hacen todo lo demás necesario al sostén del cuerpo. Respiran el aire de Dios, disfrutan de su sol y gozan de su misericordia. Tienen cuerpos mortales y les espera el juicio y la eternidad. Pero nunca hablan con Dios. Viven como si carecieran de alma. No tienen una palabra que decir al que tiene la vida de ellos en sus manos, y de cuya boca van a recibir la sentencia de su destino eterno. ¡Cuán espantoso es esto! Pero, ¡cuán común 

Creo que hay millones, para los cuales las oraciones no son más que una mera fórmula, una serie de palabras repetidas de memoria, prácticamente sin significado alguno. Algunos repiten unas cuantas frases aprendidas en la infancia. Algunos se contentan con repetir el Credo, sin acordarse de que no hay ninguna petición en él. Algunos añaden el Padrenuestro, sin el menor deseo de que las solemnes peticiones que con él se expresan, sean concedidas. 

Muchos, aun los que usan formas adecuadas, repiten sus oraciones una vez se han metido en la cama; o las van diciendo mientras se lavan o se visten por la mañana. Los hombres pueden pensar lo que quieran, pero a la vista de Dios esto no es oración. Las palabras dichas sin pensar son completamente inútiles para el alma, como el batir un tambor ante un ídolo, como hace el pagano. Donde no hay el corazón sólo hay servicio de labios, pero esto no lo escucha Dios: no es oración. Saulo dijo muchas oraciones antes de encontrar al Señor en el camino de Damasco. Pero no fue hasta que su corazón estaba quebrantado que el Señor dijo: «He aquí él ora.» 

Lector, ¿te sorprende el oír esto? Escúchame y te mostraré que no hablo sin motivos. ¿Crees que mis afirmaciones son exageradas? Préstame atención. 

¿Has olvidado que no es «natural» que nadie ore? La mente carnal es enemiga de Dios. El deseo de la carne es mantenerse alejado de Dios, y no tener nada que ver con él. El sentimiento que muestra hacia él no es amor, sino temor. Como podría orar un hombre si no posee un sentido real de pecado, de necesidades espirituales, no tiene convicción sobre las cosas invisibles, y no tiene deseo de santidad o del cielo? Todas estas cosas, la gran mayoría de personas, no las conocen ni las sienten. Las multitudes andan por el camino ancho. No puede olvidarse esto. Por ello insisto en que pocos oran.

¿Has olvidado que no está de moda orar? Es una cosa de la que muchos se avergonzarían. Muchos preferirían desafiar una tempestad a declarar públicamente que tienen el hábito de la oración. Muchos se, avergonzarían de orar ante otro al irse a dormir en la misma habitación en una posada y preferirían meterse en la cama sin orar. El vestir elegante, ir a bailes y conciertos, todo esto se considera estimable y está de moda, pero no el orar. Por ello creo que los que no oran son la mayoría. 

Hay que recordar también la clase de vidas que vive la gente. ¿Es posible suponer que oran contra el pecado noche y día, cuando se lanzan al mismo con entusiasmo, Podría decirse? ¿Podemos suponer que oran contra las asechanzas del mundo cuando se dejan atraer por él? ¿Podemos pensar que piden realmente gracia a Dios para servirle, cuando ni tienen el menor deseo de hacerlo? ¡Oh, no!, es más claro que el agua que la gran mayoría no oran, y si lo hacen, no dan ningún sentido a lo que dicen. El orar y pecar no pueden ir juntos. 0 la oración consume el pecado, o el pecado ahoga la oración. Por esto creo que pocos oran. 

Recuerda también la hora de la muerte de muchos. Muchos al llegar la hora de su muerte parecen totalmente extraños a Dios. No sólo no conocen su Evangelio, sino que carecen incluso del poder de hablar a Dios. Se sienten terriblemente desconcertados, tímidos cuando tienen que acercarse a Él. Se ve que no tienen la costumbre de hacerlo. Recuerdo haber oído a una señora que estaba ansiosa de que hubiera un ministro del Evangelio a su lado en su última enfermedad. Deseaba que orara por ella, pero cuando el ministro le preguntó qué es lo que quería que pidiera a Dios, la anciana no supo contestar. Ni tan sólo tenía idea de que había de pedirle a Dios la salvación de su ¡alma. Daba la impresión que todo lo que quería era la fórmula de las oraciones del ministro. Puedo comprender esto, porque el lecho de muerte es un gran revelador de secretos. Yo mismo he visto a muchos enfermos y moribundos. Esto me conduce a creer que son pocos los que oran. 

IV. Te pregunto si oras, porque la oración es el acto en  la religión al que más se nos estimula. 

Dios trata de hacer la oración fácil, si el hombre quiere hacer uso de ella. Todo está dispuesto por parte de Él. Ha previsto todas las objeciones y dificultades. El camino quebrado ha sido allanado y, por tanto, no queda ninguna excusa para el hombre que no ora. 

Hay un camino por el que todo hombre, incluso el más pecador e indigno, puede acercarse a Dios el Padre. Jesucristo ha abierto este camino por medio del sacrificio que hizo en la cruz. La santidad y la justicia de Dios no tienen que asustar al pecador y mantenerle lejos. Sólo los que invocan a Dios en el nombre de Jesús, sólo los que se acogen a la sangre expiatoria de Jesús, hallarán a Dios en el trono de la gracia, dispuesto a escucharlos. El nombre de Jesús es un pasaporte infalible para nuestras oraciones. En este nombre, un hombre puede acercarse a Dios con confianza, y pedir con osadía. Dios se ha comprometido a escucharle. Lector, recuérdalo. ¿No te anima esto? 

Hay un Abogado o Intercesor siempre esperando para presentar las oraciones de aquellos que le emplean. Este abogado es Jesucristo. Él mezcla nuestras oraciones con el incienso de su propia todopoderosa intercesión. Unidas así asciende su suave fragancia delante del trono de Dios. Aunque son pobres de por sí, son poderosas en las manos de nuestro Sumo Sacerdote y hermano mayor. Un cheque sin firma al pie carece de valor: es un pedazo de papel. Unos rasgos con la pluma le dan todo su valor. La oración de un pobre hijo de Adán es una cosa muy endeble, pero endosada por la mano del Señor Jesús, vale mucho. Había un empleado en la ciudad de Roma que estaba designado para que tuviera las puertas siempre abiertas, para recibir a cualquier ciudadano romano que solicitara ayuda. De la misma manera el oído del Señor Jesús está siempre abierto para todos los que quieren gracia y misericordia. El cargo que tiene es para ayudarles. Se deleita en oír sus oraciones. Lector, al pensar esto, ¿no te sientes animado? 

Hay el Espíritu Santo que siempre está dispuesto a ayudarnos en nuestras debilidades en la oración. Una parte de sus oficios especiales es ayudarnos en nuestros esfuerzos para hablar con Dios. No tenemos por qué estar abatidos y afligidos por el temor de no saber lo que tenemos que decir. El Espíritu nos dará palabras con sólo que busquemos su ayuda. Él nos suplirá «pensamientos que respiren y palabras que ardan». Las oraciones de los que pertenecen al Señor son inspiradas por el Espíritu del Señor: la obra del Espíritu Santo que mora en ellos como el Espíritu de gracia y de súplica. Sin duda los hijos de Dios esperan ser escuchados. No es ya que ellos oren, simplemente, sino que el Espíritu Santo ruega en ellos. Lector, Piensa en esto. ¿No te da ánimos? 

Hay grandes y abundantes promesas para los que oran. Esto lo vernos cuando consideramos las palabras del Señor- Jesús: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad ~ se os abrirá. Porque, todo aquel que pide, recibe; Y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.» (Mateo 7: 7, S.) «Si tenéis fe… todo lo que pidáis en oración, creyendo, lo recibiréis.» (Mateo 21:22.) «Cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, la haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.» (Juan 14:13, 14.) ¿Qué quería decir el Señor cuando les refirió a los discípulos las parábolas del amigo a medianoche, y de la viuda importuna? (Lucas 11: 5, 18: 1). Lector, piensa en estos pasajes. Son sin duda un estímulo a la oración, o no tienen sentido. 

Hay maravillosos ejemplos en la Escritura sobre el poder de la oración. No hay nada que parezca demasiado grande, o demasiado difícil para que lo pueda realizar la oración. Ha obtenido cosas que parecían inalcanzables, imposibles. Ha ganado victorias sobre el fuego, el aire, la tierra y el agua. La oración abrió paso a los israelitas a través del mar Rojo. Trajo agua de la roca y pan del cielo. La oración hizo parar al sol: trajo fuego del cielo sobre él sacrificio de Elías. La oración trastornó el ejército de Senaquerib. Bien podía decir María, reina de Escocia, que «temía más las oraciones de John Knox que un ejército de diez mil hombres». La oración ha curado enfermos, ha resucitado muertos. La oración ha procurado la conversión de almas. «El hijo de muchas oraciones -dijo la madre de Agustín- nunca perecerá.» La oración, y la fe lo consiguen todo. Nada parece imposible para el hombre que tiene el espíritu de adopción. «Déjame», es la notable respuesta de Dios a Moisés, cuando Moisés estaba tratando de interceder por los hijos de Israel. (Éxodo 32: 10.) La versión caldea dice: »Deja de orar.» En tanto que Abraham siguió pidiendo clemencia por Sodoma, el Señor fue cediendo. Nunca cesó de hacerlo, hasta que Abraham dejó de pedir. Piensa esto, lector. ¿No te da ánimo para orar? 

¿Qué más se necesita para inducir a un hombre a tomar cualquier paso en religión, que las cosas que acabo de decir sobre la oración? ¿Qué más puede hacerse para facilitar el acceso al propiciatorio, o eliminar toda ocasión de tropiezo en el camino del pecador? Si los demonios en el infierno tuvieran una puerta abierta así delante de ellos, saltarían de contento. 

Pero, ¿dónde va a esconder el hombre su cabeza al fin de la edad si descuida estos gloriosos estímulos? ¿Qué puede decirse en descargo del hombre que muere sin oración. 

Sin duda, lector, tienes por qué sentirte ansioso de no pertenecer a ellos. Sin duda, hago bien preguntándote: ¿ORAS? 

V. Te pregunto si oras. porque la diligencia en la oración es el secreto de la santidad.   

Es evidente que hay una gran diferencia, individualmente, entre los cristianos. Un inmenso intervalo entre la vanguardia v la retaguardia de las huestes de Dios. 

Todos luchan en la misma batalla; pero, los unos pelean con más ardor que los otros. Todos hacen la obra del Señor; pero, algunos trabajan más. La luz de unos brilla más que la de otros. Algunos corren más rápido que otros en la misma carrera. Todo el mundo puede ver estas cosas. 

Hay algunos, que nunca parecen progresar después de su conversión. Han nacido de nuevo, pero permanecen como niños recién nacidos toda la vida. Aprenden en la escuela de Cristo, pero no progresan más allá del A B C en sus estudios. Todos pertenecen al mismo redil, pero algunos se echan y ya no andan más adelante. Año tras año, se les ve cometiendo los mismos pecados. Su apetito espiritual es escaso, y son remilgados y difíciles: sólo aceptan leche, no se les puede dar carne espiritual fuerte: les sienta mal. Siempre en la infancia, débiles, con la mente poco desarrollada y el corazón angosto: les falta interés más allá de su pequeño círculo, como diez años atrás. Lamento tener que decirlo, pero es así. 

Hay otros que siempre están progresando. Crecen como hierba después de la lluvia, como Israel en Egipto. Siempre van añadiendo gracia sobre gracia, fe sobre fe, esfuerzo a esfuerzo. Su estatura espiritual crece. Aumenta su fuerza. Cada año saben más, ven más, creen más y sienten más. Hay en ellos no sólo buenas obras para probar la realidad de su fe, sino que son celosos de las mismas. No sólo hacen bien, sino que no se cansan de hacer bien. Intentan hacer cosas grandes, y las hacen. Si fracasan, lo intentan otra vez. Y si caen, pronto se levantan. Y con todo, se consideran siervos inútiles. Son ellos los que hacen parecer la religión deseable a los ojos de los extraños. Incluso los no convertidos tienen que alabarlos. Cuando los ves te da la impresión que, como Moisés, acaban de salir de la presencia de Dios. Cuando te separas de ellos tienes la impresión que en su compañía, tu alma ha estado junto al fuego. Sé que no hay muchos de esta clase, aunque podría haber más. 

Ahora bien, ¿cómo explicar la diferencia entre estos dos tipos descritos? ¿Por qué algunos creyentes brillan más y son más santos que otros? Creo que la diferencia, en casi todos los casos, procede de sus hábitos de oración privada, que son diferentes. Creo que los que viven una vida santa oran mucho y los otros, oran poco. 

Temo que esta opinión pueda sobresaltar a algunos lectores. Es indudable que muchos creen que la santidad sobresaliente es una especie de don, y que sólo unos pocos pueden aspirar al mismo. Lo admiran a distancia, en los libros. Creen que es hermoso cuando ven un ejemplo cerca. Pero nunca se les ha ocurrido que pueda tratarse de algo que todos pueden alcanzar, no un monopolio concedido sólo a unos pocos creyentes favorecidos. 

Yo creo que ésta es una equivocación peligrosa. Creo que la grandeza, tanto espiritual como natural, depende mucho más del uso de medios que están al alcance de cualquiera, que de nada más. Naturalmente, no digo que tengamos el derecho a esperar una concesión milagrosa de dones intelectuales. Pero sí digo esto, que cuando un hombre se ha convertido a Dios, el que rebose en él la santidad o no, depende principalmente de su propia diligencia en el uso de los medios designados. Afirmo confiadamente que el medio principal por el que la mayoría de los creyentes pueden llegar a ser grandes en la Iglesia de Cristo, es el hábito de la oración privada diligente.

Considera las vidas de los siervos de Dios más notables y útiles, sea en la Biblia o fuera de ella. Ve lo que se ha escrito de Moisés, de David, de Daniel y de Pablo. Nota lo que se ha escrito de Lutero, de Bradford, de los reformadores. Observa lo que se nos dice de las devociones privadas de hombres como Whitefield, Cecil, Venn, Bickersteth v M’Ches,ne. Dime de uno solo de la compañía de santos y mártires que no tuviera esta marca de modo prominente: era un hombre de oración. Lector, puedes estar seguro de ello, la oración es poder! 

La oración consigue nuevos y continuos derramamientos del Espíritu Santo. Sólo Él empieza la obra de gracia en el corazón del hombre. Sólo Él puede hacerla progresar. Pero el Espíritu quiere que se le suplique. Y aquellos que piden más, siempre serán los que son más influidos por Él. 

La oración es el remedio más seguro contra el diablo y la tentación. Nunca puede permanecer adherido y resistirse un pecado contra el que se ora con fervor. Si invocamos al Señor para que le eche, el diablo nunca va a tener un largo dominio sobre nosotros. Pero hemos de presentar nuestro caso delante del Médico Celestial, si nos ha de conceder alivio. Hemos de arrastrar a los diablos que nos acosan a los pies de Cristo y pedirle que los empuje al abismo.

 

Lector, ¿quieres crecer en la gracia y ser un cristiano santo? Puedes estar seguro que nunca se te puede hacer una pregunta más importante que ésta: ¿ORAS? 

VI. Te pregunto si oras, porque el descuido de la oración es una de las principales causas de que los cristianos se vuelvan atrás. 

Hay algo que es volverse atrás en la religión, después de haber hecho una buena profesión de fe. Personas que van bien durante una temporada, como los gálatas, pero que luego se desvían para seguir a falsos maestros. Hombres que dan testimonio en voz muy alta, cuando sus sentimientos arden, pero que luego, como Pedro, niegan al Señor en la prueba. Personas que pierden el primer amor, como los cristianos de Efeso. Personas cuyo celo para hacer el bien se enfría, como Marcos, el compañero de Pablo. Hombres que siguen al apóstol un tiempo y, luego, como Dimas, se vuelven al mundo. Todo esto pasa. 

Es muy triste ser un apóstata. Quizás es una de las peores cosas que puede sucederle a un hombre. Un barco sin timón, un arpa sin cuerdas, una iglesia en ruinas, o un jardín lleno de malas hierbas, todo esto son cosas tristes, pero un apóstata es algo más triste aún. La verdadera gracia nunca se extingue, y la verdadera unión con Cristo nunca se rompe, de esto no me cabe duda. Pero un hombre puede apartarse tanto, que pierde de vista su propia gracia y desespera de su salvación. Y si esto no es el infierno, es lo que más se le parece. Una conciencia herida, una memoria llena de reproches, un corazón atravesado por las flechas del Señor, esto es un anticipo del infierno. 

¿Cuáles son las razones de este volverse atrás? Creo que, como regla general, el motivo principal es el descuido de la oración. Esta es mi opinión como ministro de Cristo, y estudioso del corazón humano. 

Cuando se lee la Biblia sin oración, o se escuchan sermones, o se contrae matrimonio, o se hacen viajes, en fin, se hacen toda clase de actividades sin oración, estamos descendiendo peldaños hacia la condición de parálisis espiritual, y se llega al punto en que Dios permite que esta persona haga una tremenda caída. 

Éste es el proceso que vemos en el contemporizador Lot, el inestable Sansón, el apasionado Salomón, el inconsistente Josafat, y el de tantos que podemos hallar en la Iglesia de Cristo. Con frecuencia, la historia de estos casos es simple: descuidaron la oración privada. 

Lector, puedes estar bien seguro que los hombres caen primero en privado antes de caer en público. El problema fue que no doblaron las rodillas. Como Pedro, descuidaron el aviso del Señor de velar y orar y, por ello, sin fuerzas, en la hora de la tentación negaron al Señor. 

El mundo toma nota de su caída y se mofa. Pero el mundo no sabe nada de la verdadera razón. Los paganos consiguieron que el anciano cristiano, Orígenes, ofreciera incienso a un ídolo cuando le amenazaron con un castigo peor que la muerte. Fue un gran triunfo para ellos el hacerle caer en la cobardía y la apostasía. Lo que los paganos no sabían y que nos cuenta el mismo Orígenes, es que aquella mañana se había levantado y dejado su cuarto de prisa, sin haber terminado sus oraciones acostumbradas. 

Lector, si eres un verdadero cristiano, confío que nunca caerás en la apostasía. Pero, si no quieres hacerte atrás, recuerda la pregunta: ¿ORAS? 

VII. Te pregunto, finalmente, si oras, porque la oración es una de las mejores recetas para conseguir felicidad y contento.   

Vivimos en un mundo en que abundan las penas. Éste es el estado del mundo desde que el pecado entró en él. No hay pecado sin aflicción. Y hasta que el pecado sea expulsado del mundo, es en vano intentar escapar de las penalidades. 

Para algunos, la copa de penas que han de beber es mayor que para otros. Pero pocos son los que se escapan de ellas. Nuestros cuerpos, propiedades, familias, hijos, amigos, vecinos, todo ello es una posible fuente de cuidados y desazón. Enfermedades, muertes, separaciones, ingratitudes… todo esto es común. Cuanto mayores son nuestros afectos, más profundas serán nuestras aflicciones, y cuanto más amor, más lágrimas. 

Y ¿cuál es la mejor receta para procurarse el contento en un mundo así? ¿Cómo podemos cruzar este valle de lágrimas con un mínimo de dolor? No conozco mejor receta que el hábito de llevarlo todo a Dios en oración. 

Éste es el simple consejo que da la Biblia, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo. ¿Qué dice el Salmista? «Llámame en el día de la angustia, y yo te libraré, y tú me glorificarás.» (Salmo 1:15.) «Echa tu carga sobre Dios y Él te sustentará: No, no dejará para siempre caído al justo.» (Salmo 55:22.) ¿Qué dice el apóstol Pablo? «Por nada os inquieteis, sino que sean presentadas vuestras peticiones delante de Dios mediante oración y ruego con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa a todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.» (Filipenses 4:6, 7.) ¿Qué dice el apóstol Santiago? «¿Hay alguno afligido entre vosotros? Que ore.» 

Esta fue la práctica de todos los santos cuya historia registra la Escritura. Fue lo que hizo Jacob cuando temía el encuentro con Esaú. Lo que hizo Moisés cuando el pueblo estaba a punto de apedrearle en el desierto. Lo que hizo Josué cuando Israel fue derrotado en Hay. Esto es lo que hizo David cuando estaba en peligro en Keila; Ezequías, cuando recibió las cartas de Senaquerib. Esto es lo que hizo la Iglesia cuando pusieron a Pedro en la cárcel, y Pablo cuando fue echado a la mazmorra de Filipos. 

El único modo de ser realmente feliz en un mundo así es echar siempre todos los cuidados sobre Dios. Es el tratar de llevar las propias cargas lo que entristece a los creyentes. Si le presentaran sus cuitas a Dios, podrían llevarlas con más facilidad que Sansón llevó las puertas de Gaza. Si quieren acarrearlas sobre sus hombros están siempre abrumados. 

Hay un amigo que está esperando siempre para ayudarnos, si queremos abrirle el pecho cuando estamos afligidos. Un amigo que se compadecía de los pobres, enfermos y afligidos cuando estaba sobre la tierra; un amigo que conoce el corazón del hombre, pues anduvo treinta y tres años entre nosotros, un amigo que llora con los que lloran, experimentado en quebrantos, un amigo que puede ayudarnos, pues no hay mal para el que no pueda ofrecer remedio. Este amigo es Jesucristo. El camino de la felicidad es tener siempre abierto nuestro corazón a Él. ¡Oh!, si todos fuéramos como el pobre cristiano negro a quien amenazaron castigarle: «Voy a contárselo al Señor», respondió. 

Jesús puede hacer feliz a aquellos que confían en Él e invocan su nombre, cualesquiera que sean sus condiciones externas. P-1 puede darles paz en el corazón aunque estén en una cárcel, contento en medio de la pobreza, consuelo en la desolación, gozo al borde de una tumba. Hay plenitud en Él para los miembros que creen, una plenitud que está dispuesto a derramar sobre todo aquel que se lo pide en oración. ¡Oh, si los hombres quisieran entender que la felicidad no depende de las circunstancias exteriores, sino del estado del corazón! 

La oración puede aligerar una cruz, por pesada que sea. Puede poner a nuestro lado a Aquel que nos ayudará a llevarla. La oración puede abrir puertas que a nosotros nos parecen cerradas a piedra y lodo. Puede traernos a Aquel que dice: «Éste es el camino, anda por él.» La oración puede dejar pasar un rayo de esperanza a través de las tinieblas más densas. Puede hacernos oír las palabras: «No te desapararé ni te dejaré.» La oración puede aliviarnos cuando se van aquellos a quienes amamos. Puede llenar los huecos de nuestro corazón y hacer que sus olas agitadas se calmen. ¿Por qué los hombres no se darán cuenta, como Agar, de que tienen a su lado el pozo del que pueden sacar agua en abundancia, en tanto que se están muriendo de sed? 

Lector, quiero que seas feliz. Lo mejor que puedo hacer para conseguirlo es preguntarte: ¿ORAS? 

Y ahora, tengo que terminar. Espero que te he hecho notar cosas que debes considerar seriamente. Ruego a Dios que bendiga tu alma. 

1. Sólo voy a decir unas pocas palabras a aquellos que no oran. Algunos que leen estas páginas no pertenecerán al grupo de los que oran. Quiero darles el mensaje que Dios ha puesto en mis manos para ellos. 

Lector que no oras. Quiero advertirte, y muy solemnemente. Estás en grave peligro. Si mueres en tu estado presente tu alma será perdida. Te volverás a levantar, pero será para un estado de miseria eterna. Quiero decirte que de todos los cristianos profesos, tú eres el que tiene menos excusas. No hay una sola buena excusa para que vivas sin oración. 

Es inútil decir que no sabes orar. La oración es el acto más simple en toda la religión. Es simplemente orar a Dios. No se necesita sabiduría ni conocimientos especiales para empezar. Lo que se requiere es corazón y voluntad. El niño más débil llora cuando tiene hambre, y el mendigo más pobre extiende la mano y no pide con lenguaje adornado. El hombre más ignorante tiene palabras para dirigir a Dios; basta con que quiera decirlas. 

Es inútil decir que no hallas lugar apropiado para hacerlo. Cualquier sitio es apropiado. Nuestro Señor oraba en una montaña; Pedro en un terrado; Isaac en el campo; Natanael bajo una higuera; Jonás en el vientre de una ballena. Cualquier sitio puede ser un aposento, un oratorio, un Betel, para ponernos delante de la presencia de Dios. 

Es inútil decir que no tienes tiempo. Hay tiempo en abundancia, si se quiere usar. Puede que no sobre, pero siempre basta. Daniel se cuidaba del reino v oraba tres veces al día. David era rey de una poderosa nación Y, con todo, decía: «Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré, y Él oirá mi voz.» (Salmo 55:17.) Cuando se quiere tener tiempo, se encuentra. 

Es inútil decir que no puedes orar hasta que tengas fe y un nuevo corazón, y que tienes que aguardar hasta poseerlos. Esto es añadir más pecado al pecado anterior. Es malo no convertirse e ir al infierno. Pero aún es peor decir: «Lo sé, pero no pediré misericordia.» Éste es un tipo de argumento que no se halla respaldado en la Escritura. «Llamad a Jehová en tanto que está cercano», dice Isaías (55:6). «Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle … » (Oseas 14:2.) «Arrepiéntete… y ruega a Dios», le dijo Pedro a Simón el Mago (Hechos 8:22). Si quieres tener fe y un nuevo corazón, ve al Señor y pídeselos. El mismo intento de orar ha significado el avivamiento de muchas almas muertas. ¡Ay, no hay diablo tan peligroso como un diablo mudo! 

Oh, lector que no oras! ¿Quién eres tú que no vas a pedirle nada a Dios? ¿Has hecho un pacto con la muerte y el infierno? ¿No tienes pecados para que te sean perdonados? ¿No le temes al tormento eterno? ¿No tienes deseo de ir al cielo? ¡Ojalá despertaras de tu presente locura! ¡Que consideraras tu fin! ¡Que te levantaras y acudieras a Dios! ¡Ay, llega un día en que muchos dirán: «Señor, Señor, ábrenos»!, pero será tarde: en que muchos dirán a las rocas que los cubran, y a los collados que los escondan; lo dirán aquellos que nunca invocaron el nombre de Dios. Lector, con afecto te aviso. Evita este fin para tu alma. La salvación está cercana. No te pierdas ir al cielo por no pedirlo. 

2. Una palabra, ahora, para aquellos que tienen verdaderos deseos de salvación, pero que no saben los pasos que han de seguir o cómo han de empezar. Deseo que muchos de mis lectores se hallen en este estado mental, Y aunque fuera para uno sólo, diría estas palabras de aviso y ánimo. 

Hay que dar el primer paso en todo viaje. Tiene que haber un cambio que venza la inercia de estar quieto. El viaje de Egipto a Canaán duró cuarenta años para Israel, y fue largo y penoso; por fin atravesaron el Jordán; pero tuvieron que dar el primer paso. ¿Cuándo da el hombre el primer paso para salir del mundo y el pecado? Lo da el primer día en que ora de todo corazón. 

En todo edificio hay que poner la primera piedra. Noé tardó 120 años en construir el arca, pero tuvo que dar el primer golpe de hacha. El templo de Salomón era un edificio glorioso, pero hubo que colocar la primera piedra. ¿Cuándo empieza a aparecer el edificio del Espíritu en el corazón del hombre? Empieza, por lo que podemos juzgar, el primer día que derrama su corazón a Dios en oración. 

Lector, si deseas ser salvo y quieres saber lo que tienes que hacer, te advierto que vayas hoy mismo a Jesucristo, y en el primer lugar aparte que encuentres, le pidas en oración que salve tu alma. 

Dile que has oído que recibe a los pecadores, y que ha dicho: «Al que a mí viene no le echo fuera.» Dile que eres un vil pecador, y que acudes a P-1 por fe en su invitación. Dile que te pones enteramente en sus manos, que te sientes ruin, impotente y sin esperanza en ti, y que a menos que él te salve, no puedes ser salvo. Pídele que te libre de tu culpa, del poder y las consecuencias del pecado. Pídele que te perdone y te limpie con su propia sangre. Pídele que te dé un nuevo corazón y ponga el Espíritu Santo en tu alma. Pídele que te dé gracia, fe y la voluntad y poder de ser su discípulo y siervo el resto de tu vida y para siempre. Lector: ve este mismo día, y dile estas cosas al Señor Jesucristo, si piensas seriamente en tu alma.

 

 

Díselo con tus propias palabras, como le dirías a un médico dónde te duele si lo necesitaras. Si tu alma se siente enferma, puedes decírselo a Cristo.

 

No dudes, por el hecho de que eres un pecador, de su buena voluntad para salvarte. Ésta es su misión, salvar a los pecadores. De sí mismo dice: «No he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento. » (Lucas 5:32.)

 

No esperes a sentirte digno. No esperes nada ni a nadie. El esperar es del diablo. Tal como estás, ve a Cristo. Cuanto peor te consideres, más necesitas ir a él y pedirle ayuela. Por más que lo intentes tú nunca vas a mejorarte por tu cuenta sin ir a Él.

 

No temas, aunque tu lenguaje sea pobre, tu lengua débil N, tartamuda. Jesús te entiende, como una madre entiende al niño que balbucea. Jesús puede leer un suspiro o un gemido.

 

No te desanimes si no recibes respuesta inmediata. Mientras estás hablando, Jesús te escucha. Si demora la respuesta es por razones de prudencia, y para ver si eres sincero. Sigue pidiendo, y la respuesta no tardará mucho en llegar. Aunque se demore algo, llegará al fin.

 

Lector, si tienes deseo de ser salvo, recuerda este consejo. Obra con sinceridad y serás salvo.

 

3. Voy a decir algo, finalmente, a los que oran. Espero que algunos que leen este libro saben bien lo que es la oración y tienen el espíritu de adopción. A los tales ofrezco unas palabras de exhortación y fraternal consejo. El incienso ofrecido en el tabernáculo tenía que ser preparado en una forma especial. No se podía usar cualquier clase de incienso. Del mismo modo, seamos cuidadosos en la forma y fondo de nuestras oraciones.

 

Hermano que oras, sí, yo conozco el corazón del cristiano, sé que muchas veces estás cansado de tus propias oraciones. Cuando estás de rodillas es cuando te das más cuenta de las palabras del apóstol: «Quisiera hacer el bien, pero hallo que el mal está en mí.» Puedes comprender las palabras de David: «Los pensamientos vanos aborrezco.» Puedes simpatizar con el pobre hotentote convertido que decía: «Señor, líbrame de todos mis enemigos, especialmente de esta mala persona que soy yo.» Pocos son los hijos de Dios que no encuentran a menudo la hora de oración una hora de conflicto. El diablo se llena de coraje contra nosotros cuando nos ve de rodillas. Y con todo, creo que las oraciones que no nos cuestan conflicto, deben ser consideradas con alguna sospecha. Creo que juzgamos pobremente de la bondad de nuestras oraciones, y que la oración que menos nos complace es la que más complace a Dios. Permíteme decirte, pues, como compañero en la milicia cristiana, unas palabras de exhortación. En un punto somos de un mismo sentir: hemos de orar. No podemos dejar de hacerlo.

 

Insisto, pues, en la importancia de la reverencia y humildad en la oración. No olvidemos quiénes somos y cuán solemne es hablar con Dios. Nada de prisas en su presencia, nada de descuido o liviandad. Digámonos a nosotros mismos: «El lugar en que estoy es tierra santa. No es nada menos que la puerta del cielo. Si digo lo que no siento, estoy jugando con Dios. Si abrigo iniquidad en mi corazón, el Señor no me va a escuchar.» Recordemos las palabras de Salomón: «No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra.» (Eclesiastés 5:2.) Cuando Abraham habló a Dios, dijo: «Soy polvo y ceniza.» Cuando Job lo hizo, exclamó: «Soy vil.» Haz tú lo mismo.

 

En segundo lugar, te recuerdo la importancia de orar espiritualmente. Quiero decir que debes esforzarte siempre para tener la ayuda directa del Espíritu en tus oraciones, y abstenerte de formas hueras. No hay nada tan espiritual que no pueda, con el tiempo y rutina, transformarse en una forma o molde, y esto es especialmente verdad de la oración privada. Podemos entrar en la costumbre de usar las palabras más apropiadas, y ofrecer las peticiones más escriturales y, con todo, hacerlo todo por rutina, sin sentimiento, e ir dando vueltas, como un caballo en la noria. Deseo mencionar este punto con cuidado y delicadeza. Sé que hay algunas cosas que queremos diariamente, y que no hay nada formalístico en pedirlo con las mismas palabras. El mundo, el demonio y nuestro corazón son los mismos, cada día iguales. Por necesidad, pues, tenemos que pasar por terreno trillado. Pero, como dije, hemos de ser muy cuidadosos en este punto. Si el armazón de nuestras oraciones se vuelve por hábito una fórmula, esforcémonos por vestir y llenar las oraciones, en tanto que sea posible, con el Espíritu. En cuanto a orar leyendo palabras de un libro, no lo puedo aprobar. Si le podemos decir al médico el estado de nuestro cuerpo sin un libro, deberíamos poder decirle a Dios el estado de nuestra alma. No tengo nada en contra de que después de una fractura de la pierna el individuo use muletas. Es mejor usar muletas que no poder moverse. Pero si veo a estas personas en muletas toda su vida, no será una situación de la que podamos felicitarle. Lo deseable es que se ponga bastante fuerte para tirar las muletas.

 

Te recomiendo, luego, la importancia de hacer de la oración un asunto regular de la vida. Podría decir algo sobre el valor de las horas regulares, durante el día, para la oración. Dios es un Dios de orden. Las horas para el sacrificio matutino y vespertino en el templo judío estaban fijadas con un propósito. Uno de los frutos más visibles del pecado es el desorden. Pero no quisiera poner a nadie una camisa de fuerza. Sólo digo que es esencial para la salud del alma orar como un asunto importante durante el día, cada día. Tal como dedicamos cierto rato a comer, dormir o a los negocios, debemos dedicarlo a la oración. Escoge tú mismo las horas y ocasiones. Por lo menos, tienes que hablar con Dios por la mañana, antes de hablar con el mundo: tienes que hablar con Dios por la noche, después de haberlo hecho con el mundo. Pero deja establecido en tu mente que la oración es una de las cosas importantes a hacer durante el día, cada día. No se trata de usar un rato perdido y ocioso, que así se aprovecha, sino que se trata de un asunto muy importante y necesita su tiempo designado.

 

Te recomiendo, luego, la importancia de perseverar en la oración. Una vez has empezado el hábito, no renuncies a él. Tu corazón puede decir: «Ya tengo las oraciones con la familia; ¿qué daño puede causarme si dejo las oraciones privadas?» 0 bien tu cuerpo puede decirte: «Estás fatigado, soñoliento; no tienes por qué orar hoy.» 0 tu mente dirá: «Tienes un asunto muy importante que atender: haz las oraciones más cortas.» Todas estas sugerencias proceden directamente del diablo. Es como si dijéramos: «Descuida tu alma.» No digo que todas las oraciones tengan que ser de la misma duración; pero sí que no tienes excusa para dejar de orar. «Orad sin cesar», dice Pablo. No quería decir que hemos de estar constantemente de rodilla, como alguien ha defendido en el pasado. Lo que quería decir era que nuestras oraciones tenía que ser como el holocausto continuo: algo en que hemos de perseverar cada día, que debe ser como la rotación permanente de siembra y siega, verano e invierno; algo que se hace de modo regular, como el fuego del altar, que no siempre consume sacrificios, pero que nunca se apaga. No olvides que puedes unir las devociones de la mañana y de la noche con oraciones cortitas durante el día. Incluso en compañía de otros, en los negocios, en la calle, puedes estar enviando mensajeros alados, en silencio, a  la presencia de Dios, como hizo Nehemías en la misma presencia de Artajerjes. Y no pienses nunca que el tiempo que dedicas a Dios es perdido. Una nación no se vuelve más pobre porque pierde un año de trabajo cada siete, al guardar el Día de Reposo. El cristiano nunca hallará que pierde, a la larga, por el hecho de perseverar en la oración.

 

Luego, te recomiendo la importancia de la sinceridad y simplicidad en la oración. No es necesario gritar, ni aun hablar alto, para demostrar que se es sincero. Pero es deseable fervor y sinceridad. Hemos de asegurarnos si realmente estamos interesados en lo que hacemos. La oración «eficaz del justo, tiene mucha fuerza». Una oración no es eficaz cuando es indiferente, perezosa, indolente. Esta es la lección que nos enseñan las expresiones usadas en las Escrituras sobre la oración. Se usan palabras como «luchar, trabajar, esforzarse, clamar, llamar». Esta es, también, la lección de los ejemplos de la Escritura. Jacob lo hizo. Le dijo al ángel en Penuel: «No te dejaré si no me bendices.» (Génesis 22:26.) Daniel también. Oigamos cómo ruega a Dios: «¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Señor, presta atención y actúa! ¡No tardes más, por amor de ti mismo, Dios mío!» (Daniel 9:19.) Nuestro Señor Jesucristo es otro: «En los días de su carne, habiendo ofrecido ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas … » (Hebreos 5:7.) ¡Cuán distintas son muchas de nuestras súplicas, cuán tibias y apáticas! Es muy probable que Dios diga de muchos: «¡No quieres realmente lo que estás pidiendo!» Tratemos de corregir esta falta. Llamemos con más energía a la puerta de la gracia, como Misericordia, en El Peregrino, como si tuviéramos que perecer si no nos oyen. Hemos de dejar claro en nuestra mente que las oraciones frías son como un sacrificio sin fuego. Recordemos la historia de Demóstenes, el gran orador, a quien un individuo visitó para pedirle que defendiera su causa. El gran orador le escuchó con displicencia y sin prestar mucha atención, pues el otro le relataba su historia mostrando poco celo o afecto. El hombre se dio cuenta del desinterés de Demóstenes y, alarmado, le dijo gritando con ansiedad que todo era verdad. «¡Ah! -contestó Demóstenes- Ahora ya empiezo a creerte.»

 

Luego, te recomiendo que ores con fe, pues es muy importante. Deberíamos esforzarnos en creer que nuestras oraciones siempre son oídas, y que si pedimos cosas conforme a la voluntad de Dios, siempre serán contestadas. Ésta es la simple orden de nuestro Señor Jesucristo: «Por eso os digo que todo cuanto rogáis y pedís, creed que lo estás recibiendo, y lo tendréis.» (Marcos 11:24.) La fe es a la oración como la pluma a la flecha: sin ella no dará en el blanco. Deberíamos cultivar el hábito de reclamar promesas en nuestras oraciones. Deberíamos tomar una promesa y decir: «Señor, aquí has dado tu palabra. Haz por nosotros tal como has dicho.» Ésta era la costumbre de Jacob, de Moisés y de David. El Salmo 119 está lleno de peticiones «conforme a tu Palabra». Sobre todo, deberíamos tener la costumbre de esperar respuestas a nuestras oraciones. Deberíamos hacer como el mercader que envía sus barcos al mar: no deberíamos estar satisfechos hasta que vemos que regresan. Los cristianos suelen quedarse cortos en este punto. La Iglesia de Jerusalén oraba sin cesar para Pedro en la prisión; pero cuando recibieron respuesta a la oración, les costó trabajo creerlo. (Hechos 12: 15.) «Es una marca segura de no tomar la oración seriamente el descuido en cuanto a lo que se recibe de la misma.»

 

Es necesario insistir, también, en la importancia de la osadía confiada en la oración. Algunas veces se ora de un modo familiar que me parece impropio. Pero la santa osadía es muy de desear. Con esta expresión quiero decir la actitud de Moisés, el cual, cuando suplicaba a Dios que no destruyera a Israel, dijo: «¿Por qué han de hablar los egipcios diciendo: Para mal los sacó, para matarlos en los montes, y para raerlos de sobre la faz de la tierra? Vuélvete del ardor de tu ira Y arrepiéntete de ese mal contra tu pueblo.» (Exodo 32:12.) Quiero decir atrevimiento como el de Josué, cuando los hijos de Israel fueron derrotados en Haí, que dijo: « … ¿Qué harás tú a tu gran nombre.)» (Josué 7:9.) Es la osadía con que oraba Lutero. Alguien que le había oído orar dijo: «¡Qué espíritu, qué confianza había en sus expresiones! Con qué reverencia suplicaba, como quien pide a Dios, pero al mismo tiempo con tal confianza y seguridad, como el que habla con un padre amoroso o un amigo.» Ésta es la osadía que caracterizaba a Bruce, el gran predicador escocés del siglo xvii. Se dice que sus oraciones eran «como dardos disparados al cielo». Aquí me temo que también nos quedamos cortos. No comprendemos bastante bien los privilegios del creyente. No pedimos con la frecuencia que deberíamos: «Señor, ¿no somos tu pueblo? ¿No es para tu gloria que debemos ser santificados? ¿No es en tu honor que el Evangelio ha de prosperar?»

 

Te recomiendo, luego, la importancia de la plenitud y abundancia en la oración. No olvido que nuestro Señor nos advierte contra el ejemplo de los fariseos, que hacían largas oraciones para hacerse ver; y que nos manda que no usemos vanas repeticiones al orar. Pero, por otra parte, aprueba actos de devoción a fondo, pues Él mismo se pasa toda la noche orando a Dios. En todo caso, en nuestros días, no es probable que caigamos en el error de orar demasiado. ¡Lo que deberíamos temer es que muchos oren demasiado poco! ¿No son hoy día muy pocos los cristianos que se dedican a la oración? Temo que las devociones privadas de muchos sean escasas y raquíticas, sólo lo suficiente para demostrar que se está vivo, nada más. Parece que tienen poco a confesar, a pedir o de qué dar gracias. Todo esto está mal. No hay nada más común que oír a creyentes que se quejan de que no progresan. Nos dicen que no crecen en la gracia como deberían. ¿No será porque muchos no la piden? Tienen tanta gracia como piden. Si tienen poca es porque piden poca.

 

La causa de su debilidad se halla en que sus oraciones son minúsculas, contraídas, apresuradas, estrechas, atrofiadas. No tienen porque no piden. ¡Oh, lector! No estamos en apuros por culpa de Cristo, sino por culpa nuestra. El Señor dice: «Abre tu boca y la colmaré de bienes.» Somos como el rey de Israel que golpeó el suelo tres veces y se paró, cuando debería haber dado seis o más golpes.

 

Te recomiendo, luego, la importancia de ser específico en la oración. No deberíamos estar contentos con peticiones generales. Deberíamos especificar nuestras necesidades delante del trono de la gracia. No basta con confesar que somos pecadores, deberíamos mencionar aquello de que la conciencia nos dice que somos culpables. Deberíamos mencionar las gracias de las que carecemos o tenemos en escasez. No basta con decir al Señor que estamos atribulados, hemos de decir lo que nos aflige con todas sus particularidades. Esto es lo que hizo Jacob cuando temía la ira de su hermano Esaú. Le dice al Señor exactamente lo que teme. (Génesis 32: 1 l.) Es lo que hizo Eliezer, cuando fue a buscar esposa para el hijo de su amo. Presenta delante de Dios exactamente lo que quiere (Génesis 24:12). Esto es lo que hizo Pablo cuando tenía la espina en la carne. Presentó su súplica clara al Señor (2.a Corintios 12:8). Esto es verdadera fe y confianza. Deberíamos creer que no hay nada demasiado pequeño para ser nombrado delante de Dios. El paciente le dice al médico, no sólo que está enfermo, sino que entra en detalles. ¡Oh, lector! Cristo es el Esposo del alma, el Médico del corazón, el Padre de su pueblo. Mostrémosle lo que pensamos y sentimos, no teniendo reservas en nuestra comunicación con él. No le escondamos nada. Abrámosle el corazón.

 

Te recomiendo, luego, la importancia de la intercesión en nuestras oraciones. Todos somos egoístas por naturaleza, y nuestro egoísmo es muy capaz de persistir en nosotros aun después de convertidos. Hay la tendencia en nosotros a pensar sólo en nuestras almas -nuestro propio conflicto espiritual, nuestro progreso religioso- y a olvidar a otros. Para contrarrestar esta tendencia tenemos que vigilar y esforzarnos, y aún más, orar. Deberíamos esforzarnos a poner a otros delante de nosotros ante el trono de la gracia. Deberíamos llevar en nuestro corazón la carga de todo el mundo, los paganos, los judíos, los católicos, el cuerpo de verdaderos creyentes, incluidas las iglesias protestantes, el país en que vivimos, la congregación a que pertenecemos, nuestra casa, los amigos y parientes con quienes nos relacionamos. Deberíamos orar por todos ellos. Esta es la caridad más elevada. El que me ama más, me ama en sus oraciones. Esto es para la salud de nuestra alma. Amplía nuestras simpatías y corazones. Es para el beneficio de la Iglesia. Las ruedas de la maquinaria para extender el Evangelio son lubricadas por la oración. El que intercede, como Moisés en el monte, por la causa de Dios, hace tanto como el que lucha como Josué en lo más reñido del combate. Esto es ser como Cristo. £1 lleva los nombres de los suyos en su pecho y hombros, como su Sumo Sacerdote delante del Padre. ¡Oh, qué privilegio el ser como Jesús! Esto es ayudar verdaderamente a los ministros del Evangelio. Si he de poder escoger una congregación, dadme gente que ore.

 

Te recomiendo, además, la importancia del agradecimiento en la oración. Sé bien que un cosa es pedir a Dios, Y que el alabar y agradecer es otra. Pero veo en la Biblia una relación tan íntima entre la oración y la alabanza, que me atrevo a decir que la verdadera oración lleva siempre consigo la alabanza. No es en vano que Pablo dice: «Presentad vuestras peticiones delante de Dios mediante oración y ruego con acción de gracias.» (Filipenses 5:6.) «Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias.» (Colosenses 4:2.) Es por su misericordia que no estamos en el infierno. Por ella tenemos esperanza del cielo. Por ella vivimos en un país con luz espiritual. Por su misericordia hemos sido llamados por el Espíritu, y no abandonados para que cosechemos el fruto de nuestros actos. Por misericordia todavía vivimos y tenemos oportunidades de glorificar a Dios de modo activo o pasivo. Sin duda deberíamos pensar en esto cuando hablamos con Dios. Nunca deberíamos abrir los labios en oración sin bendecir a Dios por esta gracia gratuita por la que vivimos, y por su longanimidad que permanece para siempre. Nunca hubo un santo que no estuviera lleno de agradecimiento. Hombres como Whitefield en el pasado siglo, y Bickersteth en el nuestro, nunca se quedaron cortos en agradecimiento. Oh, lector, si queremos que nuestras lámparas brillen en nuestros días, hemos de albergar un espíritu de alabanza. Y sobre todo, hemos de hacer de nuestras oraciones acciones de gracias.

 

Te recomiendo, finalmente, la importancia de velar en tus oraciones. La oración es un punto en que hay que vigilar de un modo especial. Aquí es donde empieza la verdadera religión, donde florece o se marchita. Dime lo que son las oraciones de un hombre y te diré cuál es el estado de su alma. La oración es el pulso espiritual. Por él se pone a prueba la salud espiritual. Por medio de ella sabemos lo que hay recto o torcido en nuestros corazones. ¡Oh, vigilemos nuestras oraciones privadas constantemente! Aquí se halla el tuétano y la médula del cristianismo práctico. Los sermones, los libros, los tratados, las reuniones de comités, la compañía de personas piadosas, todo es bueno a su manera, pero no compensan el descuido de la oración privada. Vigila las situaciones, circunstancias, relaciones que desconectan tu corazón de la comunión con Dios y hacen que tus oraciones se arrastren. Hay que estar alerta. Observa qué amigos u ocupaciones dejan a tu alma en la mejor actitud para hablar con Dios. A éstos tienes que adherirte. Lector, si cuidas tus oraciones, te aseguro que nada irá mal en tu alma.

 

Lector, te ofrezco estos puntos para tu consideración privada. Lo hago con humildad. Yo soy el que tiene que recordarlos más. Pero creo que es la verdad de Dios, y todos hemos de tenerlos presentes.

 

Quiero que oremos. Quiero que los cristianos de nuestros días sean cristianos que oren. Quiero que la Iglesia de nuestra época sea una Iglesia que ore. El deseo que hay en mi corazón, al escribir estas páginas, es incrementar y propagar el espíritu de oración. Quiero que aquellos que nunca han orado se levanten e invoquen el nombre de Dios, y que, los que ya lo hacen, vean que no oran en vano.

 

Y ahora, si alguien empieza a orar, u ora con más fervor como resultado de la lectura de este volumen, le pediré que haga un favor a su autor: que le recuerde en sus oraciones.

 

El Arrepentimiento

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El Arrepentimiento

Gary Gilley

Si hay un elemento del mensaje del evangelio que es minimizado hoy en día es la doctrina del arrepentimiento. Algunos lo han eliminado totalmente; otros han distorsionado y suavizado su significado. Algunos lo han hecho sobre fundamentos teológicos, otros por razones más pragmáticas. En el nivel pragmático tenemos que admitir que el arrepentimiento no se desarrolla muy bien en una sociedad narcisista y orientada al yo. Muchos están muy contentos en recibir a Cristo obteniendo vida eterna sin ninguna interferencia fundamental en sus estilos de vida pecaminosos. Si el arrepentimiento es echado a la mezcla, todo cambia. Si el mensaje del evangelio es que Jesucristo murió por nuestros pecados, nuestra respuesta al evangelio es creer y poner nuestra fe en El para perdón de pecados. Pero, ¿es posible confiar en nuestro Señor para perdón y la justicia correspondiente de Dios (2 Cor. 5:21) y al mismo tiempo continuar aferrándonos a nuestros pecados e ídolos? En otras palabras, ¿podemos volvernos a Cristo para perdón y no tener ninguna intención de volvernos del pecado? Pablo no lo creía (Hechos 26:18-20). La palabra bíblica para volvernos del pecado es “arrepentimiento”, la cual, como intentaré demostrar, es esencial para la experiencia de la salvación. El arrepentimiento no es un paso adicional de fe, representa los dos lados de la misma moneda.

El entendimiento de que la salvación es el resultado de la sola gracia de Dios, recibida a través de solo la fe en Cristo solamente, fue la piedra angular de la reforma y es universalmente reconocida por todos los verdaderos cristianos fundamentales/evangélicos. Sin embargo, todos los aspectos de esta triple declaración de las solas están bajo ataque hoy dentro de los círculos evangélicos. Por ejemplo, el evangelio son las buenas noticias que Dios ha provisto el regalo del perdón, la redención y la reconciliación, solo por gracia. Pero, mientras que todas las ramas cristianas defienden la idea de la gracia, se está haciendo cada vez más popular el entendimiento de que la gracia puede ser administrada a través de ciertos sacramentos u obtenida como resultado de ciertos esfuerzos de nuestra parte. Por consecuencia, algunos negarían que la salvación esta basada en Cristo y su sangre derramada, pero algunos afirman que aun aquellos que nunca han escuchado acerca de Cristo o de la cruz pueden encontrar la redención. Afortunadamente, aun cuando estas herejías están ganando popularidad aun se mantienen al margen de la iglesia conservadora. Aun no han penetrado profundamente al corazón del cristianismo que cree en la Biblia.

De una naturaleza más divisiva es la batalla reciente sobre la segunda de las “solas”- una vez más, todos los verdaderos evangélicos están de acuerdo que la gracia de Dios es recibida a través de la fe sin obras de ningún tipo. El debate es sobre la naturaleza de la fe salvadora. Exactamente, ¿Qué es la fe? En el pasado, desde la reforma hasta la mitad del siglo veinte, había solo la cuestión entre los creyentes conservadores de que la fe salvadora incluía un volver del pecado y volverse a Dios. Algunas citas representativas de un amplio rango de perspectivas teológicas pueden ayudar a demostrar este hecho. No aprueba la teología de cada individuo mencionado abajo: Ellos solamente sirven para mostrar el amplio rango de acuerdo sobre el tema entre líderes cristianos importantes del pasado:

Charles Spurgeon (Bautista Reformado)

“Cristo Jesús ni vino con el fin de que usted pudiera continuar en el pecado y escapar de su penalidad; el no vino tampoco para prevenir la enfermedad mortal, sino para alejar lejos esa enfermedad… Cristo ni vino para salvarnos en nuestros pecados, sino para salvarnos de nuestros pecados”[i]

William Booth (Metodista)

“El principal peligro del siglo veinte será: la religión sin el Espíritu Santo, el cristianismo son Cristo, el perdón sin arrepentimiento, la salvación sin la regeneración, y el cielo sin el infierno”.[ii]

A.W. Tozer (Evangélico – Alianza Cristiana Misionera)

“Los cuasi-cristianos siguen un cuasi-Cristo. Ellos quieren Su ayuda pero no Su intervención. Lo halagarán pero nunca lo obedecerán.”[iii]

“Es totalmente dudoso que un hombre pueda ser salvo quien venga a Cristo pidiendo Su ayuda, pero sin la intención de obedecerle en absoluto”.[iv]

Benjamín Warfield (Anglicano)

“No podemos decir que creemos en aquello que desconfiamos demasiado para comprometernos a ello”[v]

J.I. Packer (Anglicano)

“El arrepentimiento que Cristo demanda a Su pueblo consiste en una negación firme de poner limites a los reclamos que El pueda hacer sobre sus vidas… El no tiene ningún interés en reunir una vasta muchedumbre de profesantes quienes se dispersen tan pronto como se enteren lo que realmente demanda seguirle.”[vi]

Más recientemente, sin embargo, algunos se han levantado un desafío de este entendimiento de nuestra gran salvación. El Catecismo Menor de Westminster de 1647 (el cual representa el entendimiento teológico de los cristianos conservadores de esa época y aun permanece representativo de muchos el día de hoy) declara: “El arrepentimiento para vida es una gracia evangélica… Y al comprender la misericordia de Dios en Cristo, para aquellos que se arrepienten, el pecador se aflige y aborrece sus pecados, de manera que se aparta de todo ellos y se vuelve hacia Dios.” Y, “EL arrepentimiento para vida principalmente consiste en dos cosas: volverse del pecado y abandonarlos”.[vii]

Algunos, como Charles Ryrie, por el otro lado, han declarado que el arrepentimiento no es nada más que un cambio de mente acerca de Cristo y no tiene nada que ver con el cambiar nuestras mentas acerca del pecado[viii]. Otros, como Zane Hodges, van más allá y dicen que la predicación del arrepentimiento a un crédulo es agregar obras al evangelio[ix]. Mientras que ambos hombres estarían de acuerdo en que la salvación es salvación no solo para justicia y vida eterna sino también salvación (liberación, rescate) del pecado, no creen que cuando un incrédulo se vuelve a Dios este debe también por lo tanto y de acuerdo a estos hombres, pueda volverse a Cristo, confiar en El para salvación, y pedir perdón y aun no tener una intención ni desear absolutamente volverse del pecado. Ya aun ser salvos del pecado y declarados justos.

Algo seriamente esta mal aquí. ¿Es parte del mensaje del evangelio el volverse del pecado así como el volvernos a Dios o no lo es? Como hemos visto, hombres piadosos están formados en ambos lados del tema. Pero las declaraciones de hombres, mientras que sirven como un punto de referencia, no son la fuente final de la verdad. Por esto debemos volvernos a las Escrituras.

La Conversión

Hay tres palabras griegas, epistrepho, metamelomai y metanoeo, encontradas en el Nuevo Testamento que tratan con el concepto de volverse del pecado y volverse a Dios. La primera de estas palabras es episthrepho a menudo traducida “dar la vuelta, regresar o ser convertido”. Alrededor de la mitad de sus usos involucran un cambio físico o secular. Por ejemplo, el demonio exorcizado de un hombre dice: Volveré (epistrepho) a mi casa de donde salí (Mat. 12:44). El resto de los usos de epistrepho tienen una implicación teológica o espiritual –es este el que queremos examinar.

“El significado básico de epistrepho es volverse en el sentido físico, mental o espiritual del término; y esto por lo tanto cuando la palabra se mueve en el mundo del pensamiento y de la religión, significa un cambio de perspectiva y una nueva dirección dada ala vida o a la acción”[x]. Un cambio de cualquier clase involucra dos cosas: volverse de algo y volverse hacia algo. En la esfera de la conversión espiritual (epistrepho) significa, por una parte, un cambio hacia Dios. “Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron (epistrepho) al Señor.” (Hechos 9:35). “Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió (epistrepho) al Señor.” (Hechos 11:21). “Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten (epistrepho) a Dios” (Hechos 15:19). “Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto (epistrepho) al Pastor y Obispo de vuestras almas.” (1 Ped. 2:25). Aun en el evangelio de Juan, donde a menudo encontramos el concepto del arrepentimiento, si no la palabra, nos topamos con epistrepho. “Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón; Para que no vean con los ojos, y entiendan con el corazón, Y se conviertan (epistrepho), y yo los sane.” (Juan 12:40). A mi entender, pocos tendrían problema con la idea de que la fe salvadora involucra un cambio hacia Dios.

Por el otro lado, una persona no puede volverse a alguien o a algo sin antes volverse de algo. Es en este punto que mucho de la controversia irrumpe. Cuando una persona se convierte a Dios por la gracia salvadora ¿de se convierte ella? Un examen de los textos clave claramente revela que cuando uno se convierte a Dios, simultáneamente se convierte del pecado. Miremos las Escrituras: En 1 Tesalonicenses 1:9 Pablo escribe: “porque ellos mismos cuentan de nosotros la manera en que nos recibisteis, y cómo os convertisteis (epistrepho) de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero”. Al convertirse a Dios, los tesalonicenses se convirtieron de sus ídolos. ¿Puede uno convertirse a Dios y aun continuar y aun aferrase a sus ídolos? Pablo no lo creía. Convertirse a Dios de los ídolos es un paquete –ligado inseparablemente.

Cuando Pablo predicaba el evangelio en Iconio el fue claro: “Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis (epistrepho) al Dios vivo” (Hechos 14:15). Es obvio que Pablo no preveía a alguien convirtiéndose a Dios sin antes convertirse de “estas vanidades”. Y recuerde, esto fue en el contexto de la predicación del evangelio, no dando instrucciones sobre la santificación.

En la conversión de Pablo el fue comisionado a los gentiles con el propósito de “para que abras sus ojos, para que se conviertan (epistrepho) de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.” (Hechos 26:18). El evangelio predicado, a través del poder del Espíritu Santo, preparará a las personas a ver la verdad con el fin de que puedan convertirse de algo hacia algo. Se convertirán de la oscuridad (pecado, maldad) a la luz (justicia), del dominio o señorío de Satanás al dominio o señorío de Dios. Y justo cuando no malentendamos la comisión de Pablo, note como él lo aplica a su propio ministerio: el fue a los gentiles predicando: “anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen (metanoeo- vea el significado de esta palabra) y se convirtiesen (epistrepho) a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento (metanoeo)” (Hechos 26:20). Pablo no vaciló en llamar al arrepentimiento y a la conversión. El no veía incongruencia entre la fe y el arrepentimiento del pecado. No había pasos separados, sino que eran parte y conjunto de una misma cosa: el evangelio.

El Diccionario de Teología del Nuevo Testamento (una fuente y estándar valioso para el estudio de palabras) dice esto: “Cuando un hombre es llamado en el Nuevo Testamento para conversión, significa fundamentalmente una nueva conversión de la voluntad humana hacia Dios, un retorno a casa de la ceguera y error hacia el Salvador de todos (Hechos 26:18; 12 Ped. 2:25)… La conversión involucra un cambio de señores. Uno quien hasta entonces había estado bajo el señorío de Satanás (Efesios 2:1-2) viene hacia el señorío de Dios, se lleva a cabo una rendición de vida a Dios en fe incluyendo toda su ser (Hechos 26:20).”[xi]

Un Lamento

La siguiente palabra griega que debemos considerar es metamelomai, una palabra que es a menudo confundida con el verdadero arrepentimiento. No lleva la idea de un cambio de mente o de arrepentimiento, sino más bien un nivel de sentir que de un nivel cognitivo. La idea básica de metamelomai parece ser un lamento, un lamento que puede o no puede llevar a alguien a convertirse a Dios. Por ejemplo, Judas “sintió remordimiento” (metamelomai) de su traiciona Jesús pero el no se arrepintió (Mat. 27:3). Es importante señalar que muchos usan el relato de Judas para probar que el arrepentimiento no es parte de la fe salvadora. Ellos dicen: “Miren a Judas, el se “arrepintió”, pero obviamente no se hizo cristiano”. Sin embargo, la palabra no es metanoeo (arrepentimiento) sino metamelomai (lamento). Judas estaba triste por sus acciones –por cosas que no resultaron como las había esperado. Pero el no estaba arrepentido –el no se volvió de sus pecados hacia Dios para perdón. Ni tampoco se convirtió (epistrepho) en el sentido de convertirse a Dios. El simplemente sintió remordimiento.

En 2 Corintios 7:8, 9 la distinción es clara. Pablo escribe: “Porque aunque os contristé con la carta, no me pesa (metamelomai), aunque entonces lo lamenté (metamelomai); porque veo que aquella carta, aunque por algún tiempo, os contristó. Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento (metanoia)”.

El verdadero arrepentimiento puede incluir aspectos de lamento y remordimiento y lo más probable que así será, pero estrictamente hablando, el arrepentimiento es un cambio de mente acerca de algo.

Arrepentimiento

El verbo más importante en nuestro estudio es la palabra griega metanoeo. Esta es la palabra mas a menudo traducida como “arrepentimiento” en el Nuevo Testamento. El uso secular significa el cambio de mente acerca de algo –que es algo que depende del contexto. En el uso del Nuevo Testamento, como lo veremos, metanoeo siempre tiene una referencia al cambio de mente acerca del pecado en tal manera que el individuo realmente se vuelve del pecado.

El Arrepentimiento en el Antiguo Testamento

Un número de palabras en los registros del Antiguo Testamento son traducidos o llevan el significado de “arrepentirse” o “arrepentimiento”. Walter Kaiser escribe que “el uso antiguo profético del término “arrepentimiento” “volverse” al Señor, aparece en 1 Samuel 7:3:[xii]

“Habló Samuel a toda la casa de Israel, diciendo: Si de todo vuestro corazón os volvéis a Jehová, quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros, y preparad vuestro corazón a Jehová, y sólo a él servid, y os librará de la mano de los filisteos.”

Note que Samuel llama al pueblo no solo a volverse a Dios sino también a volverse de sus ídolos. Este es el entendimiento típico del Antiguo Testamento del concepto del arrepentimiento y el mensaje constante de los profetas. “Jehová amonestó entonces a Israel y a Judá por medio de todos los profetas y de todos los videntes, diciendo: Volveos de vuestros malos caminos, y guardad mis mandamientos” (2 Reyes 17:13). Al arrepentimiento del Antiguo Testamento incluye un volverse del pecado y volverse a Dios. Este tema es llevado al Nuevo Testamento y es también un mensaje constante y consistente.

El Arrepentimiento en el Nuevo Testamento

Antes de que exploremos el significado y uso del arrepentimiento en el Nuevo Testamento debemos primero examinar el pasaje favorito de aquellos que niegan que el arrepentimiento tiene lugar en el momento de la salvación. En Hechos 16 tenemos el relato del carcelero de Filipos quien, debido a una poderosa manifestación de Dios, pide a Pablo y a Silas: “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” (vv. 30, 31). Puesto que Pablo dice “cree” y no menciona el arrepentimiento o el convertirse del pecado a Dios, la conclusión es que el arrepentimiento es un acto innecesario, de hecho es una agregar obras para la salvación. Si el arrepentimiento fuera necesario Pablo lo hubiera mencionado. ¡Caso cerrado!

Peor no tan rápido. De acuerdo, la salvación es través de la fe solamente en Cristo solamente, pero hay un ciertos de asuntos que tenemos que investigar aquí. Esta simple respuesta de Pablo: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” hacen surgir una serie de preguntas: “¿Qué quiere decir con creer? ¿Quién es el Señor Jesucristo? ¿Qué quiere decir son ser salvo? El carcelero quería ser salvo, pero, ¿salvo de que?

La salvación significa “rescate” o “liberación”. Podemos asumir que el carcelero quiso ser salvo de su pecado y de sus consecuencias. Implícitamente, si no que explícitamente, esto es arrepentimiento. Pero más relacionado a esta discusión es que información adicional con respecto al evangelio ha sido proporcionada. Es cierto que Pablo no menciona el arrepentimiento, peor también es cierto que el no menciona la gracia, la cruz, la resurrección, la muerte substitutoria de Cristo, y muchos otros aspectos del mensaje del evangelio. ¿Significa esto que estos temas no están relacionados y son innecesarios? Prácticamente hablando puedo ir con un incrédulo y decirle “cree en el Señor Jesucristo” y el puede afirmar fe en Cristo. Pero sin más información el nunca podría conocer quien es Cristo o que es lo que ha hecho. El podría “creer” pero no ser salvo.

Seguramente en nuestros esfuerzos evangelísticos bien podemos no pedirle a alguien que crea en Cristo sin antes primero explicarle todo el evangelio –y tampoco lo hizo Pablo. En el siguiente versículo se nos dice: “Y le hablaron la palabra del Señor a él” (v. 32). No sabemos el contenido de esta instrucción, pero podemos confiar que antes que el carcelero verdaderamente colocara su fe en Cristo el conoció el evangelio desde el principio hasta el fin. El punto es que es muy difícil e incorrecto, basar una doctrina en un pasaje sencillo, tal como este lo es, en el cual no conozcamos exactamente que fue lo que se dijo.

Por el otro lado, mientras que no sabemos los detalles de lo que se le dio al carcelero, no sabemos el contenido de algunos sermones apostólicos. En Pentecostés, en el primero sermón de Pedro concluye con esta invitación: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). Pedro no perdió el tiempo, en su siguiente oportunidad el demandó: “arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” (Hechos 3:19). Ni es solo una doctrina de los labios de Pedro. Pablo proclamó en el Areópago: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). Después cuando Pablo estaba defendiendo su comisión apostólica al Rey Agripa el explica que el Señor lo envió “para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí (Cristo), perdón de pecados y herencia entre los santificados.” (Hechos 26:18). El evangelio que Pablo predicó llamaba a los hombres a convertirse (epistrepho), por la fe, de las tinieblas a la luz y del dominio de Satanás al dominio de Dios. Ahora, antes de que comencemos a decir lo que esto significa, todo o que tenemos que hacer es ir a los versos 19 y 20 y ver lo que Pablo quiere decir. “…no fui rebelde a la visión celestial, sino que anuncié primeramente a los que están en Damasco, y Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, que se arrepintiesen (metanoeo) y se convirtiesen (epistrepho) a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento.” Sin preguntar Pablo veía su ministerio llamando a hombres y mujeres a arrepentirse y convertirse a Dios el cual resultaba en una vida transformada.

Pero ¿qué significa arrepentimiento?

Seguramente nadie puede estar en desacuerdo con las palabras claras de la Escritura. Así que ¿cuál es el problema? El debate recae ampliamente en el área de la definición. La palabra griega más importante (metanoeo) significa cambio de mente acerca de algo. Charles Ryrie y los demás como él enseñan que el arrepentimiento es un cambio de mente acerca de quien es Jesucristo. Al arrepentimiento, en su entendimiento, no tiene nada que ver con el pecado. Cambiar nuestras mentes acerca de Cristo es parte de la fe salvadora, pero cambiar nuestras mentes acerca del pecado y de su señorío sobre nuestras vidas son “obras”, como ellos dicen. ¿Es esto cierto? ¿El arrepentimiento no tiene ninguna referencia al pecado? Bueno, la única manera de saberlos es estudiando la Escritura misma.

Examinando el uso del verbo “arrepentirse” (metanoeo) y el sustantivo “arrepentimiento” (metanoia) podemos determinar como es usada la palabra en el Nuevo Testamento. No todas las referencias que examinaremos están en el contexto de la salvación o del evangelio, porque no es nuestra intención en este punto unir el arrepentimiento y la fe salvadora (lo haremos después). En este punto simplemente queremos ver como los escritores del Nuevo Testamento usaron las palabras metanoeo/metanoia. Cuando los lectores originales del Nuevo Testamento encontraron la palabra “arrepentirse” ¿Qué creyeron que significaba?

Metanoeo y Metanoia en los Evangelios

Anteriormente señalé el concepto del Antiguo Testamento del arrepentimiento (y la conversión). Esta más allá de la duda que cuando los profetas del Antiguo Testamento llamaron al arrepentimiento, estaban llamando al pueblo a convertirse de sus pecados. La idea de “cambiar su mente” acerca de Cristo sería completamente extraña para los escritores del Antiguo Testamento. Esto debemos tenerlo en mente al irnos al los evangelios. Cuando Juan el bautista y Jesús vinieron predicando el arrepentimiento ¿Qué fue lo que su audiencia entendió acerca de su significado? Seguramente la primer cosa que cruzó por sus mentes fue arrepentirse del pecado y convertirse a Dios. A menos que Juan, Jesús o los escritores de los evangelios específicamente redefinieran el arrepentimiento en otros términos, podríamos esperar que el arrepentimiento llevara la misma connotación que había tenido por siglos. Pero no vemos tal cambio.

En el Nuevo Testamento el significado de metanoeo/metanoia no es definido por el contexto en numerosos pasajes. En otras palabras, las palabras mismas son usadas pero su significado específico es discutible (Mat. 3:2; 3:8, 11; 4:17; Mar. 1:15; Luc. 3:8; 16:30). Como ejemplo, Juan el bautista llamó al pueblo a “arrepentíos por que el reino de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2). Jesús aun no había venido a escena cuando Juan pronunció estas palabras, entonces, podríamos esperar que el pueblo judío vieran de la misma manera lo que veían en mensajes similares de los profetas del Antiguo Testamento, i.e., volverse del pecado y volverse a Dios. Dando el beneficio de la duda, no podemos probar que esto fue lo que quiso decir Juan.

Por el contrario, en muchos otros casos el contexto en el cual metanoeo/metanoia son usados, el sujeto es claramente el pecado y la necesidad de convertirse de ello (Mat. 9:13; 11:20; 12:41; Mar. 1:4; 2:17; Luc. 3:3; 5:32; 6:12; 10:13; 11:32; 13:3, 5; 15:7, 10; 17:3). Algunos pasajes representativos dicen: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lucas 15:7); “Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente.” (Luc. 15:10); “Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.” (Luc. 17:3, 4). En la Gran Comisión, Jesús informa a sus discípulos: “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones” (Luc. 24:47). En cada uno de estos casos es irrefutable que el arrepentimiento/arrepentirse significa un cambio de mente o convertirse del pecado. Ni una sola vez es definido el arrepentimiento como un cambio de mente acerca de Jesús.

Metanoeo y Metanoia en el Libro de los Hechos

Al dejar la escena Jesús, encontramos a los apóstoles, en obediencia a la Gran Comisión, predicando arrepentimiento. De los once usos de mentanoeo/metanoia en el libro de los Hechos, dos (5:31; 8:22) están en el contexto del pecado en general. Hablando a Simón el mago, por ejemplo, quien decía ser un creyente pero había cometido un gran pecado, Pedro dice: “Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón” (hechos 8:22). Simón debía convertirse de su pecado si quería ser perdonado.

En Hechos 11:18; 13:24; 19:4 el contexto no es suficientemente específico para determinar dogmáticamente que el arrepentimiento significa convertirse del pecado, sin embargo esto sería la conclusión más probable en cada caso.

Las otras cinco referencias son todos en el contexto de la salvación. Hemos visto en algunas de ellas antes pero note cuidadosamente cada contexto. En Hechos 2:38 los judíos se les dice que se arrepientan para el perdón de pecados. En Hechos 3:19 se les dice que se arrepientan para que sus pecados sean borrados. Hechos 17:30 dice que Dios llama a hombres en todo lugar a arrepentirse. En Hechos 20:21 Pablo dice que el predicó tanto a judíos como a griegos la necesidad del “arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo”. En Hechos 26:20 esta la declaración de la misión de Pablo la cual es llamar a hombres a arrepentirse y convertirse a Dios. En ninguno de estos ejemplos el arrepentimiento es redefinido como un cambio de mente acerca de quien es Jesús. En el menos tres de los casos metanoeo/metanoia están definitivamente en el contexto del pecado y el perdón de pecados. Nuestra conclusión a través del libro de los Hechos es que nada ha cambiado –el arrepentimiento aun significa lo que siempre ha significado: convertirse de pecado.

Metanoeo y Metanoia en Apocalipsis

Cada mención de metanoeo/metanoia en Apocalipsis esta en el contexto inmediato del pecado (2:5, 16, 21, 22; 3:3, 19; 9:20, 21; 16:19,11). Apocalipsis 2:21 dice: “Y le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación.” Apocalipsis 9:21 dice así: “y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías, ni de su fornicación, ni de sus hurtos.”. Esto es instructivo puesto que Apocalipsis es el último libro del Nuevo Testamento escrito y encontramos que el significado del arrepentimiento ha permanecido constante. En cada pasaje claramente definido en el Nuevo Testamento, el arrepentimiento tiene siempre el significado de convertirse del pecado. Metanoeo/metanoia no son siempre usados en referencia a la salvación sino siempre conlleva la connotación de convertirse del pecado.

Metanoeo y Metanoia en las Epístolas

En las epístolas metanoia es encontrada varias veces. Ocasionalmente, su significado es indeterminado (Rom. 2:4; 2 Tim. 2:25; Heb. 6:1, 6). En otros casos el pecado es indiscutiblemente el contexto (2 Cor. 7:9, 10; Heb. 12:17). El único uso de metanoeo en las epístolas es 2 Corintios 12:21; “que cuando vuelva, me humille Dios entre vosotros, y quizá tenga que llorar por muchos de los que antes han pecado, y no se han arrepentido de la inmundicia y fornicación y lascivia que han cometido”. Aquí, una vez más, el arrepentimiento es usado en el contexto del pecado. Ninguna vez encontramos lo contrario. Ninguna vez encontramos arrepentimiento haciendo alguna referencia a cambiar nuestras mentes acerca de quien es Cristo. El contexto, cuando puede ser determinado, siempre esta en la esfera del pecado; en ningún pasaje esta la idea de convertirse del pecado extraña a su contexto.

Con esto en mente 2 Pedro 3:9 debe ser considerado cuidadosamente: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (metanoea).” Si, cuando las Escrituras nos llaman al arrepentimiento, significa convertirse del pecado y volverse a Dios como hemos demostrado, entonces, decir a los pecadores que no deben volverse del pecado (solo deben cambiar su mente acerca de Cristo para ser salvos) es un evangelio falso. La salvación es a través de la fe solamente. La fe salvadora significa que nos hemos convertido de nuestros ídolos y del pecado en el cual hemos confiado siendo salvos habiendo sido esclavos por mucho tiempo y convertirnos a Cristo en fe, con el fin de recibir el perdón y la libertad de esos pecados (Rom. 6:12-14) y la justicia de Dios (2 Cor. 5:21). Ser salvos seguramente significa que somos salvos de algo para algo. Somos salvos del pecado para la justicia encontrada en Cristo.

Sin embargo, los oponentes del arrepentimiento rápidamente notan que metanoeo/metanoia es rara vez usada en referencia a la salvación en las epístolas. Por tanto, ellos concluyen, que no es parte del evangelio. ¿Cómo refutamos esto? De varias maneras:

1) El libro de los Hechos registra el mismo período de tiempo durante el cual muchas de las epístolas fueron escritas. Por ejemplo cuando Pablo hablo las palabras registradas en Hechos 26:20 diciendo que su ministerio había sido llamar a las personas a “arrepentirse y convertirse a Dios”, el ya había escrito 1 y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Corintios, Gálatas, y similarmente Romanos. Mientras que el menciona el arrepentimiento solo cuatro veces en estas cinco epístolas. Sin embargo él proclama en Hechos 26:18-20 que llamar a los hombres y mujeres al arrepentimiento siempre había sido su ministerio por todo el tiempo.

2) El Nuevo Diccionario Internacional de Teología del Nuevo Testamento tiene un excelente comentario en este punto:

El hecho de que este grupo de palabras no ocurre a menudo en los escritos Paulinos (solo 5 veces) y no todos en los Joanianos (aparte de Apocalipsis), no significa que la idea de la conversión no esté presente ahí sino que solamente que mientras tanto se ha desarrollado una terminología mas especializada. Tanto Pablo como Juan están de acuerdo en la idea de la conversión mediante esa fe. Pablo habla de la fe como “siendo de Cristo”, como “la muerte y resurrección del hombre junto con Cristo”, como “la nueva creación”, como “vistiéndose del nuevo hombre”. La literatura joanina representa la nueva vida en Cristo como el “nuevo nacimiento”, como pasando de la muerte a la vida y de la oscuridad a la luz, o como la victoria de la verdad sobre la falsedad y el amor sobre el odio.[xiii]

3) Puesto que la Escritura nunca contradice la Escritura es un precedente peligroso marcar una parte de la Escritura en contra de otra. Debemos reconocer las distinciones de su contexto, pero rechazar una enseñanza cara de doctrina solo porque no es encontrado en ciertos pasajes favoritos es un serio error. Por ejemplo, nuestro Señor ni una sola vez utilizó la palabra “gracia” (y es solamente encontrada cuatro veces en los cuatro evangelios, y nunca es usada en la primera epístola de Juan) pero ¿quien lo descartaría de su lugar de prominencia en el mensaje del evangelio? Es posible aislar las Escrituras. Si, Es cierto que las epístolas fueron escritas principalmente para enseñar doctrina a la iglesia –pero esto no significa que la doctrina no pueda ser encontrada en otras partes de la Escritura. El arrepentimiento, definido como convertirse del pecado como parte de la fe salvadora, es claramente enseñado en muchos pasajes de las Escrituras. Quienes somos para redefinir esa palabra, o eliminarla totalmente, solo porque no es encontrada en pasajes en los cuales algunos dicen que debe estar (tales como el evangelio de Juan)

Estudios de Palabras

En realidad el peso de la prueba están en aquellos quienes deben luchar con los llamados claros al arrepentimiento encontrados en la Escritura (e.g. Hechos 2:38; 3:19; 26:18, 20). Hay solo en realidad tres opciones cuando es examinada la evidencia. Pedro y pablo sabía de que estaban hablando y llamaban a las personas a la fe a convertirse de sus pecados y volverse a Dios. O, estos hombres y otros más estaban en un error en lo que enseñaban (una posición impensable). O, el arrepentimiento significa algo más, i.e. cambiar la mente acerca de quien es Jesús. ¿Cuál de estas es?

Creemos que hemos mostrado una prueba conclusiva de que en cada caso, donde puede ser determinado su significado, metanoeo/metanoia en el Nuevo Testamento significa convertirse del pecado. Por el otro lado, no hay ni un solo uso claro de cualquier palabra para arrepentimiento que específicamente y exclusivamente cambie la mente acerca de Cristo. ¡Ni uno!

Sigamos adelante y examinemos las definiciones dadas por los expertos sobre estudio de palabras:

Estudio de Palabras de West: El Arrepentimiento en el Nuevo Testamento “incluye no solo el acto de cambiar la actitud hacia una opinión sobre el pecado sino también renunciar a él… El acto de arrepentimiento es basado primero que todo principalmente sobre una comprensión de el carácter del pecado, la culpa del hombre con respecto a ellos, y el deber del hombre de apartarse de ellos”[xiv]

Vines: “En el NT el asunto tiene referencia principalmente al “arrepentimiento” del pecado, y este cambio de mente incluye tanto volverse del pecado como volverse a Dios.”[xv]

El Nuevo Diccionario Internacional de Teología del Nuevo Testamento: “convertirse (en el OT) significa dar completamente una nueva dirección al hombre como un todo y volverse a Dios. Esto incluye apartarse de la maldad… (en el NT) el entendimiento intelectualmente predominante de metanoia como cambio de mente juega un apequeña parte en el NT. Más aún la decisión del hombre a darle la vuelta es enfatizada. Es claro que no estamos preocupados por un cambio externo simplemente ni con un simple cambio intelectual de ideas.”[xvi]

Kittel: el arrepentimiento es una “conversión radical, una transformación de naturaleza, un volverse definitivo de la maldad, un cambio decidido a Dios en obediencia total”.

Conclusión

Algunos han concluido que incluir el arrepentimiento como parte de la fe salvadora es “obras de justicia”. Esto es, es un acto en el que un hombre deben agregar a la fe con el fin de ser salvo. Hemos mostrado desde la Escritura que ese no es el caso. Además, de acuerdo a la Escritura, el arrepentimiento es un don de Dios (vea Hechos 11:18; 2 Tim. 2:25). As1= nadie puede confiar en Cristo para salvación a menos que Dios lo capacite para hacerlo, así, nadie se arrepiente si Dios no le concede el arrepentimiento. El arrepentimiento no es una obra más de lo que lo la fe es.. El punto es, cuando una persona verdaderamente se convierte a Cristo el también se convierte del pecado. Esto es claro en la enseñanza de la Palabra de Dios.

Tomado del libro:

This Little Church Went To Market


[i] Charles Spurgeon, Metropolitan Tabernacle Pulpit Vol. 11, (Banner of Truth 1992), p. 138.

[ii] Como se cita en The Day Drawing Near, Vol. 2 no. 2, p. 4.

[iii] A.W. Tozer, Man: The Dwelling Place of God (Harrisburg: Christian Publications, 1966), p. 143.

[iv] A.W. Tozer, The Root of Righteous (Harrisburg: Christian Publications, 1955), p. 85

[v] Benjamin B. Warfield, Biblical and Theological Studies (Presbyterian & Reformed, 1952), p. 403.

[vi] J.I. Packer, Evangelism and the Sovereignty of God (Downers Grove: Inter-Varsity Press, 1961), p. 403.

[vii] The Westminster Shorter Catechism section LXXXVII

[viii] Vea Charles Ryrie, So Great Salvation (Chicago: Moody Press, 1997), pp. 96-99.

[ix] Vea Zane Hodges, The Gospel Under Siege (Dallas: Redención Viva, 1981).

[x] William Barclay, Turning to God (Philadelphia: The Westminster Press, 1964), p. 20.

[xi] Colin Brown (Editor General), The New International Dictionary of New Testament Theology, Vol. 1 (Grand Rapids: Zondervan, 1979), p. 355.

[xii] Walkter C. Kaiser, Jr. Toward an Old Testament Theology (Grand Rapids: Zondervan, 1978), p. 137.

[xiii] Ibíd., p. 359.

[xiv] Kenneth Wuest, Studies in the Vocabulary of the Greek New Testament (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans, 1976), p. 28.

[xv] Vines Complete Expository Dictionary of Old and New Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1985), pp. 1002-1003.

[xvi] Gerhard Kittle, Theological Dictionary of the New Testament (Grand Rapids: Eerdmans, 1985), pp. 1002-1003