Señales de una verdadera conversión — George Whitefield

Artículo

Señales de una verdadera conversión

Por George Whitefield

George Whitefield (1714-1770)

George Whitefield fue un evangelista anglicano inglés y uno de los principales predicadores del Despertar evangélico del siglo dieciocho. Pionero de la predicación al aire libre, proclamó el evangelio a multitudes en Gran Bretaña y América.

“En verdad les digo que si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos”.

Mateo 18:3

Supongo que puedo dar por sentado que todos ustedes, entre quienes estoy a punto de predicar el reino de Dios, están plenamente convencidos de que está decretado que los hombres mueran una sola vez, y que creen de verdad que después de la muerte viene el juicio. La consecuencia de ese juicio será que tendrán que habitar en la más densa oscuridad o ascender a vivir con el Dios bendito por los siglos de los siglos.

También puedo dar por sentado que, sea cual sea su conducta en la vida diaria, no hay uno solo de ustedes —ni siquiera el más disoluto y perdido— que no espere ir, al morir, al lugar que la Escritura llama cielo. Y, si conozco algo de mi propio corazón, el anhelo de mi corazón y mi oración a Dios por todos ustedes es poder verlos sentados en el reino de nuestro Padre celestial.

Sin embargo, aunque todos esperamos ir al cielo cuando muramos, si juzgamos por la vida de las personas —y nuestro Señor dice que por sus frutos los conoceremos—, me temo que encontraremos que miles y miles que esperan entrar en ese lugar bendito después de la muerte no van ahora por el camino que conduce allí. Nos llamamos cristianos, y lo tomaríamos como un insulto si alguien pusiera en duda que lo somos. Sin embargo, muchos que llevan el nombre de Cristo ni siquiera saben qué es el verdadero cristianismo.

Pregunten a muchas personas en qué descansa su esperanza del cielo, y les dirán que pertenecen a esta o aquella denominación o rama del cristianismo, en las que la cristiandad se ha dividido tan tristemente. Pregunten a otros qué fundamento tienen para su esperanza, y les dirán que fueron bautizados, que sus padres y madres los presentaron al Señor Jesús en su infancia. Aunque han peleado contra Cristo casi desde su bautismo, en lugar de pelear bajo Su estandarte, esperan que creamos que, porque fueron admitidos en la iglesia y sus nombres quedaron inscritos en el registro parroquial, sus nombres también deben estar escritos en el libro de la vida.

Muchos no edificarán su esperanza de salvación sobre un fundamento tan pobre y podrido. Sin embargo, si son lo que generalmente llamamos gente decente —si viven de tal manera que sus vecinos no pueden decir que han hecho daño a nadie—, no dudan de que serán felices cuando mueran. De hecho, he visto morir a muchas personas así, de las que, como dice la Escritura, “no hay dolores en su muerte”. Si alguien es lo que el mundo llama una persona honrada y moral —si actúa con justicia, muestra un poco de misericordia, a veces es bondadoso, da a los pobres, participa de la Cena del Señor una o dos veces al año y parece sobrio y honesto—, el mundo lo considera un verdadero cristiano. Desde luego, debemos juzgar con caridad a todos los de esa clase.

Hay también muchos que cumplen una rutina regular de deberes y prácticas religiosas, pensando que eso los llevará al cielo. Pero examínenlos y descubrirán que, aunque tienen a Cristo en la cabeza, no tienen a Cristo en el corazón.

El Señor Jesucristo sabía esto muy bien. Sabía cuán desesperadamente perverso y engañoso es el corazón humano. Sabía cuántos irían al infierno aun por las mismas puertas del cielo; cuántos subirían hasta la misma puerta, se acercarían tanto como para llamar, y aun así serían despedidos con estas palabras: “En verdad les digo que no los conozco”. Por eso el Señor nos dice claramente qué gran cambio debe ocurrir en nosotros, y qué debe hacerse por nosotros, antes de que podamos tener una esperanza bien fundada de entrar en el reino de los cielos.

Él le dice a Nicodemo que el que no nace de nuevo, de lo alto, y no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Entre todas las declaraciones solemnes de nuestro Señor sobre este tema, las palabras de nuestro texto son quizá de las más solemnes: “Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos”.

Miren el contexto: los discípulos se acercaron a Jesús (v. 1). Whitefield entiende que ya habían recibido la gracia de Dios y tenían fe en Cristo, aunque su fe todavía era débil. Jesús no está diciendo que tengan que ser salvos otra vez, ni que la salvación se alcance gradualmente. Más bien, está confrontando su orgullo y su ambición mundana. Aunque pertenecían a Su reino, el pecado y el egoísmo seguían en ellos. Necesitaban volverse más semejantes a los niños en humildad y crecer en santidad, para que su vida mostrara cada vez más que le pertenecían a Él. Su reino no sería un dominio terrenal de prestigio, como ellos imaginaban, sino un reino espiritual que comienza aquí y llega a su plenitud en el siglo venidero.

El reino al que pertenecían no habría de establecerse con esplendor exterior, como ellos imaginaban. Era un reino espiritual, que comienza aquí y se completa en el reino de Dios que ha de venir.

Aunque las palabras se refieren particularmente a los discípulos, nuestro Señor hace una declaración semejante en otras partes de la Escritura, especialmente en Su conversación con Nicodemo. Creo, por lo tanto, que podemos aplicarlas con razón tanto a santos como a pecadores. Supongo que aquí hay dos clases de personas: algunos que conocen a Cristo y otros que no; algunos que están convertidos y otros que siguen siendo extraños a la conversión. Procuraré hablar de tal manera que, si a Dios le place ayudarme y darles oídos para oír y corazones obedientes, tanto santos como pecadores reciban su porción.

Primero, procuraré mostrar lo que nuestro Señor quiere decir cuando afirma que debemos convertirnos y hacernos como niños. En segundo lugar, hablaré a quienes muestran algo de este espíritu de niño. Por último, hablaré a quienes no tienen razón para pensar que este cambio haya ocurrido alguna vez en su alma.

1. Qué significa convertirse y hacerse como niños

Antes de llegar al punto principal, debo aclarar una o dos cosas.

En primer lugar, las palabras enseñan claramente que, antes de que ustedes o yo podamos tener una esperanza bien fundada y bíblica de ser felices en la vida venidera, debe ocurrir en nuestra alma un cambio grande, notable y asombroso.

Creo que todo adulto en esta congregación admitirá con gusto que nuestro cuerpo ha cambiado mucho desde que llegamos al mundo como bebés, mecidos en las rodillas de nuestras madres. Es cierto que no tenemos más miembros que entonces, ¡pero cuánto han cambiado! En un sentido somos los mismos, en el número de nuestros miembros y en la forma general de nuestro cuerpo. Sin embargo, si alguien que los conoció de bebés hubiera estado lejos durante años y luego los viera ya adultos, lo más probable, mil contra uno, es que no los reconocería. Han cambiado tanto; son tan distintos del niño pequeño que fueron.

Las palabras implican claramente que nuestro cuerpo ha cambiado mucho desde la niñez. De la misma manera, antes de que podamos ir al cielo, debe ocurrir un cambio igual de grande en nuestra alma. Nuestra alma sigue siendo la misma en su ser esencial; no se le hace ningún cambio filosófico. Pero en nuestra disposición, nuestros hábitos y nuestra conducta debemos ser cambiados de tal manera que quienes nos conocieron hace poco en estado de pecado, antes de conocer a Cristo, se asombren de la diferencia, tal como alguien se asombraría al ver a una persona después de veinte años de ausencia, habiéndola conocido por última vez cuando era un bebé.

Los niños no están libres de pecado

En segundo lugar, creo necesario decir algo más, porque este texto es un baluarte de los arminianos y de otros. Han aprendido del diablo a usar textos para apoyar malos principios. Cuando el diablo quiso tentar a Jesucristo, citó la Escritura porque Cristo había citado la Escritura. De la misma manera, quienes quieren que su doctrina y sus falsos principios sean aceptados con más facilidad intentan persuadir a las almas incautas e inestables de que su enseñanza está fundada en la Palabra de Dios.

La doctrina del pecado original está escrita tan claramente en la Escritura que cualquiera que corra puede leerla. Todo lo que está fuera de nosotros y todo lo que está dentro de nosotros proclama con claridad que somos criaturas caídas. Aun los paganos, que solo tenían la tenue luz de la razón natural, se quejaban de esto. Sentían la herida y reconocían la enfermedad, pero no conocían su causa. Sin embargo, demasiados que han sido bautizados en el nombre de Cristo se atreven a hablar contra el pecado original y se enojan con los ministros que pintan a la humanidad con colores tan oscuros.

Dicen: “No puede ser que los niños vengan al mundo con la culpa del pecado de Adán sobre ellos”. Pídanles que lo prueben con la Escritura, y apelan a nuestro texto: “Si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos”. Su argumento es así: “Las palabras implican que los niños pequeños son inocentes, que vienen al mundo como una hoja de papel en blanco. De otro modo, nuestro Señor estaría argumentando de forma absurda: no podría decir que debemos convertirnos y hacernos como criaturas malvadas. Eso no sería conversión”.

Mis queridos amigos, esto hace que Jesucristo diga lo que nunca quiso decir y lo que no puede deducirse de Sus palabras. Que los niños pequeños son culpables —que son concebidos y nacen en pecado— es claro por toda la enseñanza de la Palabra de Dios. David era un hombre conforme al corazón de Dios, y sin embargo dice: “Yo nací en iniquidad, Y en pecado me concibió mi madre” (Sal. 51:5). Jeremías, hablando del corazón humano, dice: “Más engañoso que todo es el corazón, Y sin remedio” (Jer. 17:9). Los siervos de Dios declaran a una voz —y Pablo cita a uno de ellos— que “todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, No hay ni siquiera uno” (Rom. 3:10–12).

Apelo a ustedes, madres y padres: ¿no ven el pecado original y la corrupción en sus hijos desde el momento en que vienen al mundo? A medida que crecen, ¿no descubren en ellos obstinación y aversión a lo bueno? ¿Por qué se resisten tanto sus hijos a la instrucción, sino porque traen al mundo enemistad contra un Dios bueno y misericordioso?

La enfermedad y la muerte entraron en el mundo por el pecado, y no parece compatible con la bondad y la justicia de Dios que un niño pequeño sufra enfermedad o muerte a menos que se le haya imputado el primer pecado de Adán. Si alguien acusa a Dios de injusticia por imputar el pecado de Adán a un niño pequeño, recuerde que tenemos un segundo Adán a quien traer a nuestros hijos.

Así que, cuando nuestro Señor dice: “Si no se convierten y se hacen como niños”, no debemos entender que sugiere que los niños pequeños son perfectamente inocentes. Más bien, habla en sentido comparativo y, como mostraré en breve, en un aspecto particular. Comparen a los niños pequeños con los adultos y parecen inocentes; considérenlos como son en sí mismos, tal como vienen al mundo, y tienen corazones sensuales y mentes carnales.

Menciono esto con profunda preocupación, porque de verdad creo que, a menos que los padres estén convencidos de ello, nunca tendrán el debido cuidado en la crianza de sus hijos. Si los padres entendieran cuán malo es el corazón de sus hijos, no estarían tan deseosos de dejarlos ir a bailes, tertulias y obras de teatro, cuya tendencia natural es corromper su mente y hacerlos hijos del diablo. Si los padres estuvieran convencidos de esto, creo que orarían más cuando traen a sus hijos para ser bautizados y no lo tratarían como una mera formalidad. Si estuvieran verdaderamente convencidos de que sus hijos fueron concebidos en pecado, siempre harían la oración que he oído hacer a una buena mujer antes de que nacieran sus hijos: “Señor Jesús, no permitas que yo dé a luz jamás un hijo para el infierno o para el diablo”.

¡Oh! ¿No es de temer que miles de niños se presenten ante Dios en el gran día y digan en presencia de ángeles y de hombres: “Padre y madre, después de la maldad de mi propio corazón, debo mi condenación a la mala crianza que me dieron”?

Habiendo hecho estas dos aclaraciones, llego ahora a lo que realmente queremos decir cuando afirmamos que debemos convertirnos y hacernos como niños.

Humildad en lugar de ambición mundana

El evangelista nos dice que en ese momento los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es, entonces, el mayor en el reino de los cielos?”. Habían adoptado la idea predominante de que el Señor Jesucristo sería un príncipe terrenal. Soñaban con ser ministros de Estado, sentados a la diestra de Cristo en Su reino y gobernando sobre el pueblo de Dios. Se creían capacitados para altos cargos, como suelen creerse con facilidad los ignorantes.

“¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”, preguntan. “¿Quién de nosotros administrará los asuntos públicos?”. ¡Qué pregunta para unos pobres pescadores que apenas sabían arrastrar sus redes hasta la orilla, y mucho menos gobernar un reino!

Por eso nuestro Señor llama a un niño en el versículo 2 y lo pone en medio de ellos para humillarlos. Su acción fue como si dijera: “¡Pobres criaturas! Sus ambiciones vuelan muy alto. Están discutiendo quién será el mayor en el reino de los cielos. Dejaré que este niño les predique, o les predicaré por medio de él. En verdad les digo —Yo, que soy la Verdad misma y sé cómo deben entrar Mis súbditos en Mi reino— que están tan lejos de tener el espíritu adecuado para Mi reino que, si no se convierten y se hacen como este niño, no entrarán en él. A menos que, en sentido comparativo, estén tan desprendidos del mundo, de coronas, cetros, reinos y cosas terrenales como este niño que tengo en Mis brazos, no entrarán en Mi reino”.

Nuestro Señor no está hablando de la inocencia de los niños pequeños, considerados en su relación con Dios o tal como son en sí mismos al nacer. Quiere decir que, en cuanto a la ambición y al deseo del mundo, debemos hacernos como niños.

¿Hay algún niño o niña en esta congregación? Pregúntenle a un niño pequeño que apenas sabe hablar acerca de una corona, un cetro o un reino: no tiene idea de lo que significan esas cosas. Denle a un niño o a una niña algún juguetito, y les dejará el mundo a los demás. En este sentido debemos convertirnos y hacernos como niños: debemos, en términos comparativos, estar desprendidos del mundo.

No me malentiendan. No voy a persuadirlos de que cierren sus negocios o dejen su trabajo. No voy a decirles que para ser cristianos deben hacerse ermitaños y dejar que sus hijos sean sustentados por milagros. No pueden dejar atrás su corazón perverso cuando dejan el mundo. He descubierto que, cuando estoy solo, mi corazón perverso me sigue adondequiera que voy. No, la religión de Jesús es una religión social.

Jesucristo no nos llama a dejar el mundo, cerrar nuestros negocios y esperar que nuestros hijos sean alimentados por milagros. Sin embargo, hay que decir esto para honra del cristianismo: si estamos verdaderamente convertidos, estaremos desprendidos del mundo. Aunque estemos ocupados en él y tengamos que trabajar para nuestros hijos; aunque debamos ejercer oficios y comercio y servir al bien común, si somos verdaderos cristianos no estaremos atados al mundo. No afirmo que todos los verdaderos cristianos hayan alcanzado el mismo grado de espiritualidad. Este es el significado principal de las palabras de nuestro Señor: debemos convertirnos y hacernos como niños. Pero creo que las palabras encierran también otros significados.

Dependencia, disposición a aprender y sencillez

Cuando nuestro Señor dice que debemos convertirnos y hacernos como niños, creo que también quiere decir que debemos reconocer nuestra debilidad, como lo hace un niño pequeño. Todo el mundo considera débil a un niño pequeño, como alguien que debe ir a la escuela y aprender algo nuevo cada día, y como alguien sencillo y transparente, que todavía no ha aprendido el odioso arte de fingir.

Creo que debemos entender el texto en todos estos sentidos. ¿Son conscientes los niños pequeños de su debilidad? ¿Hay que llevarlos de la mano? ¿Tenemos que sostenerlos, o se caerán? De la misma manera, si estamos convertidos y la gracia de Dios está verdaderamente en nuestro corazón, mis queridos amigos, sea lo que sea que antes pensáramos de nosotros mismos, por elevada que haya sido nuestra opinión de nosotros mismos, ahora reconoceremos nuestra debilidad. Ya no diremos: “Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”. Sabremos que somos pobres por dentro y sentiremos que somos miserables, dignos de lástima, pobres, ciegos y desnudos (Apoc. 3:17).

Así como un niño pequeño da la mano para que lo guíe su padre o su niñera, así los que están verdaderamente convertidos y son verdaderos cristianos entregarán su corazón, su entendimiento, su voluntad y sus afectos para ser guiados por la Palabra, la providencia y el Espíritu del Señor. Por eso el apóstol dice de los hijos de Dios: “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios” (Rom. 8:14).

Los niños pequeños también saben que son ignorantes. Los que están convertidos reconocen también su propia ignorancia. Por eso Juan llama a los cristianos “hijitos”: “Les escribo a ustedes, hijitos” (1 Jn. 2:12). Al rebaño de Cristo se le llama pequeño rebaño, no solo porque es pequeño en número, sino también porque los que pertenecen a él son verdaderamente pequeños a sus propios ojos.

Aquel gran hombre, el gran apóstol de los gentiles y padre espiritual de tantos miles de almas —uno que, en opinión del Dr. Goodwin, “está más cerca del Dios-hombre, el Señor Jesucristo, en la gloria”—, aquel instrumento escogido, el apóstol Pablo, habla de sí mismo como “menos que el más pequeño de todos los santos” y dice que se le concedió la gracia de anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo (Ef. 3:8).

Algunos de ustedes, al leer estas palabras, quizá piensen que Pablo no hablaba con sinceridad, que en realidad no sentía lo que decía. Ustedes juzgan el corazón de Pablo por su propio corazón orgulloso. Pero cuanto más reciban la gracia de Dios y participen de la vida divina, más verán su propia bajeza y vileza, y más pequeños serán a sus propios ojos.

El señor Flavel, en su libro Husbandry Spiritualized (La labranza espiritualizada), compara a los cristianos jóvenes con el trigo verde. Antes de madurar, crece muy alto, pero tiene poca sustancia. Un cristiano maduro es como el trigo ya maduro: no levanta tanto la cabeza, pero pesa más y está listo para ser segado y recogido en el granero del labrador. Los cristianos jóvenes también son como arroyuelos: son poco profundos, pero hacen mucho ruido. Un cristiano maduro hace menos ruido y avanza con suavidad, como un río profundo que desemboca en el océano.

A un niño pequeño también se le considera inofensivo, y por lo general dice la verdad. Si estamos convertidos y nos hemos hecho como niños, estaremos libres de engaño además de ser inofensivos. ¿Qué dijo nuestro amado Redentor cuando vio a Natanael? Fue como si hubiera encontrado algo raro y quisiera que otros lo miraran también: “Ahí tienen a un verdadero israelita en quien no hay engaño” (Jn. 1:47).

No me malentiendan. No digo que los cristianos deban ser imprudentes. Deben pedir a Dios con insistencia prudencia. Sin ella, pueden seguir los engaños del diablo y, por descuido, manejar mal el arca de Dios. Un gran hombre se lamentó en una ocasión: “Dios me ha dado muchos dones, pero no me ha dado prudencia”.

Cuando digo que un cristiano debe ser sin malicia, no quiero decir que deba exponerse a todo ataque. Debemos pedir la sabiduría de la serpiente, aunque por lo general aprendemos esta sabiduría a través de nuestros errores y nuestra falta de prudencia. Tenemos que avanzar algo en el cristianismo antes de entender cuán imprudentes somos.

Una persona verdaderamente convertida puede decir, como se cuenta de un filósofo: “Quisiera que hubiera una ventana en mi pecho para que todos pudieran ver la integridad de mi corazón y de mis intenciones”. El viejo hombre permanece demasiado en nosotros, pero si estamos verdaderamente convertidos no habrá engaño que toleremos deliberadamente. Seremos inofensivos. Por eso el pobre cristiano es engañado con tanta frecuencia: juzga a los demás por sí mismo. Como tiene un corazón honrado, piensa que todos los demás son tan honrados como él y se convierte en presa fácil. Podría decir mucho más sobre cada uno de estos puntos; la verdad es rica e importante. Pero no pretendo multiplicar señales y encabezados.

2. Una palabra de aplicación para quienes muestran este espíritu de niño

Tengo algo que decir a manera de aplicación personal. Así que, con la mayor ternura y al mismo tiempo con fidelidad, permítanme dirigirme a ustedes, mis queridos amigos.

Mi texto se introduce con solemnidad: “En verdad les digo”. Lo que Jesús dijo entonces, se lo dice ahora a ustedes y a mí, a todos los que se sientan bajo la predicación del evangelio y a todos los que el Señor nuestro Dios llame. Permítanme exhortarlos a examinar si están convertidos, si un cambio tan grande y poderoso ha ocurrido en su alma.

Como les dije antes, todos ustedes esperan ir al cielo, y ruego al Dios Todopoderoso que todos lleguen allí. Cuando veo una congregación como esta, si mi corazón está en el estado correcto, me siento dispuesto a dar mi vida con tal de ser usado para salvar un alma. Mi corazón sangra dentro de mí. A veces me hace sentir casi renuente a predicar, por temor a que la palabra que espero que haga bien aumente, por la propia incredulidad de la gente, la condenación de algunos —quizá de muchos— que la oyen.

Permítanme tratar fielmente con sus almas. Tengo en mi mano su sentencia de muerte: Cristo lo ha dicho, y Jesús lo sostendrá. Es como la ley de los medos y los persas; no puede ser revocada. ¡Escucha, hombre! ¡Escucha, mujer! El que tiene oídos para oír, que oiga lo que dice el Señor Jesucristo: “En verdad les digo que si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos”.

Es sábado por la noche, y ustedes se preparan para ir a la iglesia. Sin embargo, quizá no vivan para verlo. Han tenido recordatorios terribles de esto últimamente. Una mujer murió apenas ayer; un hombre murió anteayer; otra persona murió al caerle algo desde una casa. Dentro de otras veinticuatro horas, muchos de ustedes podrían haber entrado en un estado inmutable.

Por amor de Dios, y por amor de su propia alma, si quieren vivir con Dios y no soportan la idea de habitar en el fuego eterno, hagan en silencio esta oración antes de que yo siga adelante, o digan amén a la oración que quisiera poner en su boca: “Señor, escudríñame y conóceme; examina mi corazón y deja que mi conciencia hable. ¡Oh, hazme saber si estoy convertido o no!”.

¿Qué dicen, mis queridos oyentes? ¿Qué dicen, compañeros pecadores? ¿Qué dicen, mis culpables hermanos y hermanas? ¿Ha obrado Dios, por Su bendito Espíritu, un cambio así en su corazón? No les pregunto si Dios los ha hecho ángeles. Eso nunca sucederá. Les pregunto si tienen alguna esperanza bien fundada de que Dios los ha hecho nuevas criaturas en Cristo Jesús, y ha renovado y cambiado su naturaleza de tal manera que puedan decir:

“Espero humildemente que la disposición habitual y la orientación de mi mente estén ahora libres de maldad. Tengo esposo o esposa; tengo hijos; atiendo mi negocio y me ocupo de mi trabajo. Pero amo estas cosas por amor de Dios y lo hago todo para Cristo. Si Dios me llamara ahora, podría decir, como disposición firme de mi corazón: ‘Señor, estoy listo’. Por mucho que ame las cosas que Dios me ha dado, espero poder decir también: ‘¿A quién tengo yo en los cielos, sino a Ti? Y fuera de Ti, nada deseo en la tierra’ (Sal. 73:25). ¿Pueden dar gracias a Dios por Sus dones y decir al mismo tiempo: ‘Estos no son mi Cristo’?”.

Hablo con sencillez; ustedes conocen mi manera de predicar. No quiero hacerme el orador ni que me tengan por erudito. Quiero hablar de una manera que llegue al corazón de la gente sencilla.

¿Qué dicen, mis queridos oyentes? ¿Reconocen su debilidad? ¿Sienten que por naturaleza son pobres, miserables, ciegos y desnudos? ¿Entregan su corazón, sus afectos, su voluntad y su entendimiento para ser guiados por el Espíritu de Dios, como un niño pequeño da la mano para que su padre lo guíe? ¿Son pequeños a sus propios ojos? ¿Piensan humildemente de sí mismos? ¿Quieren aprender algo nuevo cada día?

Menciono estas señales porque creo que quizá sean más adecuadas para el entendimiento de muchos de ustedes. Muchos ya no tienen los sentimientos que tuvieron una vez. Como resultado, están dispuestos a abandonar todas sus evidencias de gracia y a dar lugar a que el diablo entre en su corazón. Ya no son llevados al monte como antes, así que concluyen que no tienen gracia alguna. Pero si el Señor Jesucristo los ha vaciado y humillado, si les está enseñando a ver y saber que no son nada, entonces, aunque no estén creciendo hacia arriba, están creciendo hacia abajo. Aunque no tengan tanto gozo, su corazón está siendo vaciado para que a su debido tiempo sea llenado más plenamente. ¿Puede alguno de ustedes entender lo que digo? Entonces den gracias a Dios y consuélense con ello.

Si están convertidos y se han hecho como un niño, les doy la bienvenida, en el nombre del Señor Jesús, a la amada familia de Dios. En el nombre de nuestro amado Redentor, les doy la bienvenida a la compañía de los hijos de Dios. Queridas almas, aunque el mundo no vea nada en ustedes y quizá no haya ninguna diferencia exterior entre ustedes y los demás, yo los veo bajo otra luz: como hijos e hijas del Rey de reyes. ¡Salve! En el nombre de Dios, de corazón les deseo gozo a cada uno de ustedes, hijos e hijas del Rey de reyes.

¿No vivirán de ahora en adelante con un espíritu de niño? ¿No derretirá este pensamiento su corazón? El gran Dios podría haberlos mirado con enojo y haberlos enviado al infierno por pecados secretos conocidos solo por Dios y por su propia alma. Podría haberlos condenado una y otra vez. En cambio, los ha cubierto con el manto de Su amor. Su voz ha dicho: “Que viva este hombre, que viva esta mujer, porque he hallado rescate”.

¡Oh! ¿No exclamarán: “¿Por qué a mí, Señor?”? Si el rey Jorge mandara llamar a uno de sus hijos y ustedes oyeran que lo adoptaría como hijo suyo, ¡cuán honrado considerarían a ese niño! ¡Qué condescendencia fue que la hija de Faraón tomara a Moisés, un pobre niño abandonado en una cesta de juncos, y lo criara como suyo! Sin embargo, ¿qué es esa dicha comparada con la de ustedes? Hace poco eran hijos del diablo; ahora, por la gracia que convierte, han llegado a ser hijos de Dios.

¿Están convertidos? ¿Se han hecho como niños? Entonces, ¿qué deben hacer? Mis queridos oyentes, obedezcan a Dios. Recuerden que Dios es su Padre. Todos ustedes saben qué carga tan terrible es tener un hijo malvado y desobediente. Si no quieren que sus propios hijos les desobedezcan, entonces, por amor de Cristo, no desobedezcan a su Padre celestial.

Si Dios es su Padre, obedézcanle y sírvanle. Ámenle con todo su corazón, con todo su poder, con toda su alma y con todas sus fuerzas. Si Dios es su Padre, huyan de todo lo que le desagrada y anden como es digno del Dios que los ha llamado a Su reino y gloria.

Si están convertidos y se han hecho como niños, compórtense como niños. Ellos desean la leche y se contentan con ella. Si son niños recién nacidos, deseen la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan (1 Ped. 2:2). No quiero que las cáscaras arminianas los satisfagan. Ustedes son hijos e hijas del Rey, y tienen un gusto más refinado. Deben tener las doctrinas de la gracia. Den gracias a Dios porque viven en un país donde la Palabra pura se predica con tanta claridad.

¿Son niños? Entonces crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 Ped. 3:18). ¿Tienen hijos que no crecen? ¿No se afligen y lloran por ellos? ¿No dicen: “Mi hijo nunca servirá para nada en el mundo”? Si les duele ver que un hijo no crece, ¡cuánto más debe dolerle al corazón de Cristo ver que ustedes crecen tan poco!

¿Serán siempre niños? ¿Estarán siempre aprendiendo los primeros principios del cristianismo sin proseguir nunca hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Fil. 3:14)? ¡De ningún modo! Que este sea el lenguaje de su corazón: “Señor Jesús, ayúdame a crecer; ayúdame a aprender más; enséñame a vivir de tal manera que todos puedan ver mi progreso”.

¿Son hijos de Dios? ¿Están convertidos y se han hecho como niños? Entonces traten con Dios como sus propios hijos pequeños tratan con ustedes. En cuanto quieren algo, o alguien los lastima, corren directo a su papá o a su mamá. Les pregunto: ¿no es eso lo que hacen? Pues bien, ¿son ustedes hijos de Dios? ¿Los molesta el diablo? ¿Los molesta el mundo? Vayan y cuéntenselo a su Padre. Vayan de inmediato y presenten su queja a Dios.

Quizá digan: “No sé expresarlo con palabras bonitas”. Pero ¿esperan ustedes palabras bonitas de sus hijos? Si vienen llorando y apenas pueden balbucear palabras a medias, ¿no se les enternece el corazón por ellos? ¿No tiene Dios una compasión infinitamente mayor por ustedes? Aunque solo puedan hacerle señas, “Como un padre se compadece de sus hijos, Así se compadece el Señor de los que Le temen” (Sal. 103:13).

Así que los exhorto a acercarse con confianza a su Padre, diciendo: “¡Abba, Padre!”. Díganle: “Satanás me atormenta; el mundo me atormenta; mi propia familia está enojada conmigo. ¡Padre celestial, defiende mi causa!”. El Señor hablará por ustedes de una manera u otra.

¿Están convertidos y se han hecho como niños? ¿Han entrado en la familia de Dios? Entonces tengan por seguro que su Padre celestial los disciplinará de vez en cuando: “Porque ¿qué hijo hay a quien su padre no discipline? Pero si están sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces son hijos ilegítimos y no hijos verdaderos” (Heb. 12:7–8).

Se cuenta del obispo Latimer que, estando hospedado en una casa, oyó al dueño decir: “Doy gracias a Dios porque nunca he tenido una cruz en mi vida”. “¡Ah!”, dijo Latimer, “entonces no me quedaré aquí”.

Creo que todo hijo de Dios, cuando está en buena disposición de corazón, ha orado pidiendo gran humildad, gran fe, gran amor y toda gracia del Espíritu. ¿Saben que, al hacer estas oraciones, también estaban pidiendo: “Señor, envíanos grandes pruebas”? ¿De qué otro modo pueden saber si tienen gran fe, humildad y amor, a menos que Dios los haga pasar por grandes pruebas, para que descubran si estas gracias están realmente en ustedes?

Digo esto porque muchos de los hijos de Dios —sé que a menudo ha sido una tentación para mí cuando he estado bajo la vara severa de Dios— piensan, cuando enfrentan grandes pruebas, que Dios los está abandonando. Así que, si son hijos de Dios, si están convertidos y se han hecho como niños, no esperen que Dios sea un padre necio. Él es un Dios celoso. Ama demasiado a Su hijo como para escatimar la vara.

¿Cómo disciplinó a Miriam? ¿Cómo disciplinó a Moisés? ¿Cómo ha disciplinado Dios a Sus hijos más amados en cada época? Así que, si están convertidos y se han hecho como niños, y Dios se ha llevado a un hijo o sus bienes, o ha permitido que los amigos los abandonen, de modo que parezcan desamparados tanto por Dios como por los hombres, digan: “Señor, te doy gracias. Debo de ser un hijo rebelde, o no me golpearías tan a menudo y tan fuerte”.

No culpen a su Padre celestial; cúlpense a ustedes mismos. Él es un Dios amoroso y un Padre tierno. “En todas sus angustias Él estuvo afligido” (Isa. 63:9). Cuando Dios habló a Moisés desde la zarza, fue como si dijera: “Moisés, esta zarza representa a Mi pueblo. Así como esta zarza arde en fuego, así Mis hijos deben arder en aflicción. Pero Yo estoy en la zarza. Si la zarza arde, Yo arderé con ella. Estaré con ellos en el horno y con ellos en las aguas. Aun cuando las aguas pasen sobre ellos, no los cubrirán” (véase Isa. 43:2).

¿Son hijos de Dios? ¿Están convertidos y se han hecho como niños? Entonces, ¿no anhelarán ir a casa y ver a su Padre? Dichosos los que han llegado a casa antes que ustedes; dichosos los que están allá arriba, los que se han elevado por encima de este campo de batalla. No sé qué piensen ustedes, pero desde que supe que algunos en cuyo corazón Dios tuvo a bien obrar se han ido a la gloria, a veces me lleno de tristeza porque a Dios no le place dejarme ir a casa también.

¿Cómo pueden ver tanta frialdad entre el pueblo de Dios? ¿Cómo pueden verlos crecer y menguar como la luna? ¿Quién podría dejar de anhelar estar con el Señor para siempre? Gracias a Dios, el tiempo viene pronto. Gracias a Dios, Él vendrá y no tardará. No sean impacientes: Dios los llevará a casa a Su debido tiempo.

Aunque ahora tengan poco para vivir, y algunos de ustedes estén en apuros, no murmuren. Dios, junto con el evangelio de Cristo y pan moreno, es gran riqueza. En la casa de su Padre hay pan de sobra. Aunque ahora sean atormentados, pronto serán consolados. Los ángeles considerarán un honor llevarlos al seno de Abraham, aunque aquí no sean más que un Lázaro. Mi corazón se inclina a hablar palabras de consuelo al pueblo de Dios.

Solo hay una cosa más que mencionaré. Si están convertidos y se han hecho como niños, por amor de Dios cuídense de no hacer lo que los niños hacen a menudo: pelear entre sí. ¡Oh, ámense unos a otros! “El que permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él” (1 Jn. 4:16).

José sabía que sus hermanos podrían pelear, así que, cuando se despidió de ellos, les dijo: “No riñan en el camino” (Gén. 45:24). Todos ustedes son hijos del mismo Padre, y todos van al mismo lugar. ¿Por qué habrían de pelearse? El mundo tiene bastante contra nosotros, y el diablo tiene bastante contra nosotros, sin que nos peleemos entre nosotros. ¡Oh, anden en amor!

Si ya no pudiera predicar más, si no pudiera llegar al final de mi sermón, diría, como dijo Juan cuando era anciano y ya no podía predicar: “Hijitos, ámense unos a otros”. Si son hijos de Dios, ámense unos a otros. Nada me entristece más que las divisiones entre el pueblo de Dios. ¡Oh, apresura el día en que, o vayamos al cielo, o nunca volvamos a pelear!

3. Una palabra para quienes no están convertidos

Ojalá Dios me permitiera hablarles a todos ustedes de esta manera consoladora. Pero mi Maestro me dice: “No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas delante de los cerdos” (Mt. 7:6). Así que, aunque he estado hablando de manera consoladora, lo que he dicho —especialmente en la última parte de este sermón— pertenece a los hijos de Dios. Es el pan de los hijos.

Si alguno de ustedes está sin gracia, sin Cristo y sin convertir, le ordeno que no lo toque. En el nombre de Dios pongo un límite a su alrededor. Aquí hay una espada encendida que se revuelve en todas direcciones, para impedirles llegar a este pan de vida hasta que se vuelvan a Jesucristo.

Supongo que muchos de ustedes no están convertidos y carecen de gracia. Así que vayan a casa, entren en su cuarto y humillen su corazón obstinado delante de Dios. Si no lo han hecho antes, que esta noche sea la noche. O no esperen a llegar a casa. Comiencen ahora, mientras están aquí de pie. Oren a Dios, y que este sea el clamor de su corazón: “¡Señor, conviérteme! ¡Señor, hazme como un niño! ¡Señor Jesús, no me destierres de Tu reino!”.

Mis queridos amigos, las palabras significan más de lo que dicen explícitamente. Cuando Cristo dice: “No entrarán en el reino de los cielos”, también está diciendo: “Ciertamente irán al infierno. Ciertamente serán condenados y habitarán para siempre en la más densa oscuridad. Irán donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

¡Que el Señor Dios imprima esto en su alma! ¡Que una flecha mojada en la sangre de Cristo —como alguien me escribió hace poco en una carta— alcance el corazón de todo pecador no convertido! ¡Que Dios cumpla el texto en el alma de cada uno de ustedes! Solo Él puede hacerlo.

Si confiesan sus pecados, los abandonan y se aferran al Señor Jesucristo, se les dará el Espíritu de Dios. Si van y dicen: “Hazme volver, oh Dios mío”, no saben qué respuesta les dará Dios.

Si pensara que la predicación podría lograrlo, si pensara que los argumentos los persuadirían a venir, seguiría hablando hasta la medianoche. Y aunque algunos de ustedes me odien sin causa, quisiera que cada persona de esta congregación estuviera tan profundamente preocupada por sí misma como yo, por la gracia de Dios, me siento ahora por ella.

¡Oh, quién diera que mi cabeza se hiciera agua, y mis ojos fuente de lágrimas, para llorar por una generación no convertida, sin gracia, perversa y adúltera! Almas preciosas, por amor de Dios consideren qué será de ustedes cuando mueran, si mueren sin haber sido convertidos. Si salen de esta vida sin el traje de boda, Dios los dejará sin palabra y los desterrará de Su presencia por los siglos de los siglos.

Sé que no pueden soportar el fuego eterno. Así que miren: les estoy mostrando una vía de escape. Jesús es el camino, Jesús es la verdad; el Señor Jesucristo es la resurrección y la vida (Jn. 14:6; 11:25). Su Espíritu tiene que convertirlos. Vengan a Cristo, y lo recibirán.

Que Dios, por amor de Cristo, les conceda esto a todos y los convierta, para que todos nos encontremos en Su reino celestial, para nunca más separarnos. Así sea, Señor Jesús. Amén y amén.


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Fuente

Traducido al español por Armando Valdez para evangelio.blog.

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