Arraigados en el Lugar Correcto: el Discipulado Bíblico en Una Era Terapéutica
Arraigados en el Lugar Correcto: el Discipulado Bíblico en Una Era Terapéutica
Por Paul Tautges
Vivimos en lo que muchos han llamado una «era terapéutica». En nuestro momento cultural, con frecuencia tratamos los sentimientos como autoridad, vemos al yo como la solución y a menudo hablamos de sanidad sin hacer referencia al arrepentimiento, a la santidad ni a la reconciliación con Dios.
El lenguaje terapéutico está en todas partes. La gente habla de trauma, límites, detonantes, autocuidado y autenticidad casi por instinto. No todo esto está mal. Algunos de estos términos pueden describir luchas humanas reales e inquietudes legítimas. Pero, cada vez más, nuestra cultura ha convertido la terapia en su propio sistema de discipulado: una manera rival de enseñar a las personas a dónde acudir cuando la vida duele. Se puede rastrear este cambio cultural a lo largo de varias décadas.
En las décadas de 1960 y 1970, la autoridad misma quedó cada vez más bajo sospecha. Los padres, las instituciones, el gobierno e incluso la iglesia eran vistos con una desconfianza creciente. La pregunta pasó a ser: «Si no se puede confiar en la autoridad externa, ¿a dónde acudo?».
En las décadas de 1980 y 1990, la respuesta fue cada vez más: «Confía en ti mismo». El yo ascendió a la categoría de terapeuta y guía. La autenticidad personal y la autoexpresión se convirtieron en valores supremos.
Desde la década de 2000 hasta hoy, el yo ya no se ve simplemente como herido o necesitado de sanidad. El yo se ha convertido en la autoridad misma. Nuestra cultura ahora dice: «Soy quien digo que soy. Mis sentimientos definen la realidad. Mi felicidad es lo supremo».
El mensaje que nos rodea es notablemente constante: «Mira en tu interior. Confía en ti mismo. Tus sentimientos te dirán lo que es verdad. Tu felicidad es suprema».
Nuestros hijos respiran este aire todos los días. Y nosotros también.
Nada de esto sorprende a Dios. Mucho antes de que existieran las redes sociales, la cultura de la autoayuda o el lenguaje terapéutico moderno, el Señor expuso el peligro de confiar en uno mismo y la bendición de confiar en Él. Jeremías 17 habla directamente a nuestro momento. El profeta escribe:
«Maldito el hombre que en el hombre confía, y hace de la carne su fortaleza, y del Señor se aparta su corazón…
Bendito es el hombre que confía en el Señor, cuya confianza es el Señor. Será como árbol plantado junto al agua…» (Jer. 17:5, 7–8)
Si se pudiera resumir el pasaje en una sola oración, podría ser esta: toda persona arraiga su vida en algún lugar. Confiar en uno mismo conduce a la esterilidad; confiar en el Señor conduce a la fecundidad.
El arbusto estéril
Jeremías primero pinta un cuadro aleccionador de la persona que confía en el hombre y «hace de la carne su fortaleza». Describe a esta persona como «un arbusto en el desierto». Es una imagen vívida de sequedad espiritual: aislada, sin raíces, incapaz de florecer.
Observe que Jeremías no está describiendo simplemente una rebelión abierta contra Dios. Una persona puede seguir asistiendo a la iglesia, hablar con vocabulario cristiano y mantener una moralidad externa mientras se apoya en la sabiduría humana, en la fuerza humana o en la autosuficiencia. Ese es el peligro sutil de nuestra era terapéutica. Con el tiempo, el yo pasa de ser consultado a ser entronizado.
Dios diseñó el corazón humano para confiar. El corazón siempre se está apoyando en algo. Si la confianza en el Señor disminuye, la confianza en uno mismo inevitablemente crece. Algo siempre llena el vacío.
Por lo tanto, lemas culturales como «sigue tu corazón» o «vive tu verdad» son espiritualmente peligrosos. Suenan liberadores, pero Jeremías expone la realidad más profunda. Una vida arraigada en el yo no puede sostener la salud espiritual. Como el arbusto del desierto, puede sobrevivir por un tiempo, pero no puede florecer verdaderamente.
El árbol fructífero
En contraste, Jeremías describe al que confía en el Señor como «árbol plantado junto al agua». Sus raíces se extienden hacia la corriente. Aun cuando llega el calor y viene la sequía, el árbol sigue dando fruto. ¡Qué cuadro tan esperanzador!
Observe que la Biblia no presenta la confianza en Dios como una experiencia emocional de una sola vez. Es una postura firme del corazón. «Bendito es el hombre que confía en el Señor, cuya confianza es el Señor». Dios mismo —no las circunstancias, las emociones ni la fuerza personal— es el fundamento de la confianza.
Jeremías también nos recuerda que la estabilidad espiritual se desarrolla con el tiempo. El árbol extiende sus raíces hacia la fuente de agua. Hablando espiritualmente, este es el creyente que continuamente se alimenta de la Palabra de Dios, busca al Señor en oración y aprende a depender de Sus promesas. El Salmo 1 usa la misma imagen. La persona que se deleita en la ley de Dios y medita en ella de día y de noche llega a ser «como árbol plantado junto a corrientes de agua». Las raíces determinan los frutos.
Quizá lo más importante es que Jeremías deja claro que confiar en Dios no nos exime del sufrimiento. El calor sigue llegando. La sequía sigue llegando. Las pruebas siguen viniendo. La diferencia no es la ausencia de dificultades, sino la presencia de una fuente que sustenta.
Cuando la vida se vuelve dolorosa, la persona arraigada en sí misma a menudo se marchita bajo el peso del temor, la ansiedad o la desesperación, porque el yo nunca fue diseñado para cargar con ese peso. Pero el creyente cuyas raíces se hunden profundamente en el carácter y las promesas de Dios sigue dando fruto, aun en medio de las lágrimas.
El peligro de «confía en tu corazón»
Jeremías luego explica por qué confiar en uno mismo es tan peligroso:
«Más engañoso que todo es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?» (Jer. 17:9)
Ese versículo va directamente a contracorriente de la cultura moderna. Nuestro mundo dice: «Mira en tu interior y encontrarás la verdad». Jeremías dice lo contrario. A causa del pecado, el corazón humano no es una guía confiable.
Cuando la Escritura habla del corazón, se refiere al centro de control interior de la persona: el lugar donde se cruzan los pensamientos, los deseos, las emociones y la voluntad. Y Jeremías dice que el pecado corrompe este centro de mando interior. Esto no significa que los sentimientos carezcan de sentido. Las emociones son reales y a menudo revelan cosas importantes. Pero los sentimientos no son infalibles. Debemos interpretarlos a través del lente de la verdad de Dios.
Jerry Bridges escribió sabiamente: «Confiar en Dios no es cuestión de mis sentimientos, sino de mi voluntad». Esa distinción es crucial. Si edificamos nuestra vida sobre emociones fluctuantes, seremos constantemente inestables. La verdadera estabilidad proviene de anclarnos en el carácter inmutable de Dios.
Esta es una de las razones por las que el discipulado bíblico es tan urgentemente necesario hoy. Muchas personas saben expresar sus sentimientos, pero no saben interpretarlos bíblicamente. Saben buscar validación, pero no arrepentimiento. Saben proteger el yo, pero no saben morir al yo. Solo la Palabra de Dios puede diagnosticar con precisión el corazón humano.
A dónde corremos cuando llega el calor
Jeremías también nos obliga a hacernos una pregunta incómoda pero reveladora: ¿a dónde corremos cuando la vida se vuelve difícil?
Las pruebas exponen nuestros refugios.
Para algunos, el refugio es el entretenimiento o pasar el dedo por la pantalla sin fin. Para otros, es la comida, las compras, el trabajo, la pornografía, el ajetreo o el aislamiento emocional. Todos buscamos instintivamente algo que acalle el temor, la vergüenza, la tristeza o la ansiedad. Estos refugios son cisternas rotas. No pueden retener el agua. Jeremías, en cambio, nos señala el único refugio seguro: «Tú eres mi refugio en el día de calamidad» (Jer. 17:17).
La vida cristiana no se trata simplemente de afirmar la doctrina correcta. Se trata de aprender a dónde correr cuando llega el calor. La fe entrena al corazón para huir hacia el Señor en lugar de volverse hacia adentro en busca de autosalvación.
Esto es lo que nuestras familias, iglesias y ministerios de consejería deben reforzar continuamente. Las personas no necesitan simplemente mecanismos para sobrellevar las cosas; necesitan a Cristo. Necesitan saber que, cuando la vergüenza las abruma, cuando el sufrimiento las confunde, cuando el temor se apodera de ellas, el Señor mismo es su refugio.
En esta era terapéutica, el discipulado consiste en entrenar los reflejos de la confianza. Cada día, las personas están siendo discipuladas por algo: las redes sociales, el entretenimiento, la presión de grupo, las ideologías políticas o las filosofías de autoayuda. La pregunta no es si el discipulado está ocurriendo. La pregunta es: ¿en qué están siendo discipuladas las personas?
Jeremías 17 pone dos caminos delante de nosotros. Uno produce arbustos en el desierto: personas arraigadas en sí mismas, llevadas de un lado a otro por las emociones y las tendencias culturales. El otro produce árboles plantados junto a corrientes de agua: personas arraigadas en el Señor, que dan fruto aun en temporadas de dificultad.
Que Dios nos ayude a ser personas cuya confianza esté verdaderamente en Él.
