El Debate Sobre el Arrebatamiento
El Debate Sobre el Arrebatamiento
POR GERALD B. STANTON
Una creciente ola de interés ha recorrido Estados Unidos y el Reino Unido en torno al tema del regreso de Cristo. Cerca de la cresta de esa ola se encuentra la turbulenta pregunta que se plantea con intensidad cada vez mayor: «¿Regresará Cristo antes de la Tribulación, o tendrá la Iglesia que pasar por esa hora temible?».
A lo largo de los muchos años transcurridos desde la primera publicación de este volumen, ha habido entre los cristianos evangélicos un interés sostenido en esta pregunta tan debatida. Quizá la creciente violencia social y los trastornos gubernamentales de la época actual hayan alentado esa inquietud. Sea cual sea la causa, se ha escrito mucho material nuevo mientras el debate sobre el Arrebatamiento continúa con entusiasmo. El momento del Arrebatamiento y su relación con la Tribulación venidera se ha convertido en uno de los temas candentes del estudio bíblico y de la teología cristiana.
Guardados de la hora (Kept from the Hour) se escribió primero como tesis doctoral, terminada en 1952 y publicada por la editorial Zondervan en 1956, y después por Marshall, Morgan and Scott (Londres) en 1958, cuando el autor era profesor de Teología Sistemática en el Seminario Teológico Talbot, en Los Ángeles. Aunque este volumen no pretende ser exhaustivo, sí presenta las cuatro posiciones principales sobre el momento del Arrebatamiento y la mayoría de los asuntos y pasajes bíblicos fundamentales que están en juego. Volúmenes posteriores de muchos otros autores han desarrollado estos temas y han completado un sinnúmero de detalles exegéticos.
Ya a principios de la década de 1950 había un interés considerable en el momento del Arrebatamiento, avivado sin duda por un ataque feroz contra la entonces predominante postura pretribulacional con la publicación de The Approaching Advent of Christ [La inminente venida de Cristo], escrito por Alexander Reese, misionero presbiteriano en Brasil. Persuasivo y «vergonzosamente grandilocuente» (Gundry), el libro de Reese se convirtió en la polémica postribulacional estándar, y autores posteriores han tomado prestado ampliamente de sus actitudes y argumentos.
Aunque el debate sobre el Arrebatamiento tiene cuatro puntos de vista principales, en los años transcurridos la discusión se ha reducido en gran medida a un debate cada vez más detallado y técnico entre los defensores del pretribulacionismo y los del postribulacionismo. Algunas de las mejores mentes teológicas de nuestros días se han sentido atraídas por cada lado de la cuestión, y se ha generado una literatura considerable.
Con todo el respeto debido a cada autor, nuestro propósito aquí es reseñar los libros que, en opinión del autor, tienen más que aportar o que adoptan posturas dignas de consideración.
LA ESPERANZA BIENAVENTURADA
En 1956, casi al mismo tiempo que la publicación de Guardados de la hora, apareció una importante defensa postribulacional titulada The Blessed Hope [La esperanza bienaventurada], escrita por George E. Ladd, ex profesor de historia y teología en el Seminario Teológico Fuller. El Dr. Ladd expone y defiende la proposición de que «la Esperanza Bienaventurada es la segunda venida de Cristo y no un arrebatamiento pretribulacional». Ladd es un premilenarista que cree en una Escritura infalible y autoritativa, pero que ahora reúne los principales argumentos a favor de un Arrebatamiento postribulacional.
A diferencia de Reese, en general es cortés, aunque abandona ese terreno elevado cuando se une a Oswald J. Smith al calificar la postura pretribulacional como «una herejía peligrosa», porque (en palabras de Ladd) «sacrifica uno de los principales motivos de las misiones mundiales, a saber, apresurar el cumplimiento de la Esperanza Bienaventurada» (146, 150). Esto sencillamente no es cierto, pues misioneros y profesores pretribulacionistas en el extranjero han recorrido el mundo predicando y enseñando a Jesucristo y Su «salvación tan grande», posiblemente en números mucho mayores que sus hermanos postribulacionistas.
En la portada de The Blessed Hope se promociona el libro como «Un estudio bíblico de la Segunda Venida y el Arrebatamiento». Por eso resulta bastante sorprendente descubrir la poca atención que se presta a los tres pasajes reconocidos como principales sobre el Arrebatamiento, a saber, 1 Tesalonicenses 4:13-18, 1 Corintios 15:51-54 y Juan 14:1-3. Tampoco es difícil descubrir por qué se descuidan: ¡sencillamente no enseñan el postribulacionismo! No sugieren en absoluto una Tribulación antes del Arrebatamiento, ni un reinado terrenal de Cristo inmediatamente después. Presentan el Arrebatamiento como una esperanza consoladora, y sería de poco consuelo decirles a santos que sufren que podrían esperarles cosas mucho peores. Distinguen el Arrebatamiento de la Revelación al llamar al Arrebatamiento un «misterio», una verdad hasta entonces no revelada (Col. 2:6), a diferencia de la Segunda Venida, que se enseña claramente en el Antiguo Testamento (Zac. 14:4, 9, etc.). Prometen que los santos trasladados serán llevados directamente a la casa del Padre, una clara referencia al cielo. No es de extrañar que Ladd y otros casi ignoren estos pasajes vitales sobre el Arrebatamiento.
En cambio, escribe un capítulo entero refutando el dispensacionalismo y dos capítulos largos, casi un tercio del libro, sobre el argumento histórico a favor del postribulacionismo. Define erróneamente el dispensacionalismo como «el método de decidir de antemano qué pasajes de la Escritura tienen que ver con Israel» (130) y argumenta falsamente que los pretribulacionistas hacen de la Tribulación algo enteramente judío. En su libro The Rapture Question [La cuestión del Arrebatamiento], Walvoord comenta que Ladd ha levantado «un hombre de paja» para derribarlo, pues los pretribulacionistas concuerdan en que la Tribulación pone fin a los «tiempos de los gentiles» y es un período en el que Dios trae juicio sobre las naciones rebeldes. Ladd empeora las cosas al sugerir que los 144,000 de las doce tribus de Israel (Ap. 7:2-8) podrían representar al «verdadero Israel de Dios», con lo cual se refiere a la Iglesia. Pero no explica por qué la Iglesia se origina de doce tribus: ¿serán estas las principales denominaciones? Es significativo que no logra encontrar ninguna referencia clara a la Iglesia en ninguno de los pasajes sobre la Tribulación.
Respecto a la historia de la doctrina pretribulacional, Ladd afirma: «El pretribulacionismo era una enseñanza desconocida hasta el surgimiento de los Hermanos de Plymouth, entre quienes se originó la doctrina» (162). Señala como fuente de Darby a un predicador carismático temprano, elocuente pero errático, llamado Edward Irving, hacia el año 1830. Muchos se indignarán ante la afirmación: «. . . esa supuesta revelación … no vino de la Santa Escritura, sino de aquello que falsamente pretendía ser el Espíritu de Dios» (41). Esta fea insinuación de que el pretribulacionismo procedió de una fuente satánica es una cita de Tregelles, pero Ladd la incluye como si fuera verdad. También minimiza el hecho de que una multitud del pueblo de Dios está convencida de que la idea de escapar de la Tribulación brotó de las palabras de Cristo, de Juan y de Pablo, y está arraigada en la esperanza apostólica del regreso inminente de Cristo.
Ladd no ofrece ninguna evidencia real de que Irving fuera pretribulacional, aparte del hecho de que proclamaba «la inminencia de la venida de Cristo». Si eso es evidencia suficiente de pretribulacionismo, entonces, según la propia admisión de Ladd, la Iglesia primitiva debió de ser pretribulacional. Aunque la mayoría concordará en que los primeros padres de la Iglesia no fueron del todo claros en los detalles de su escatología, «muchos postribulacionistas, como J. Barton Payne, conceden que los primeros padres de la Iglesia creían en la inminencia y que esta es la postura histórica» (Walvoord 1976, 47).
Cada vez resulta más evidente que muchos estudiantes de la Biblia de la época de Irving creían y enseñaban activamente que la Iglesia no pasaría por la Gran Tribulación venidera. Esto se produjo gracias a un regreso a los estudios bíblicos y al surgimiento del futurismo en la interpretación de la Escritura profética. Tras siglos de descuido, se estaba redescubriendo toda la doctrina del regreso de Cristo, incluido un Arrebatamiento pretribulacional, y ello iba acompañado de poder espiritual y gran bendición dondequiera que se proclamaba.
Aunque Ladd presenta con eficacia la postura postribulacional, hay muchas grietas en su armadura teológica. Como autoridades, prefiere elegir y citar a autores que concuerdan con él, incluso a aquellos que pueden parecer inmaduros o amilenaristas en su escatología. Ataca el concepto de un «Arrebatamiento secreto» y piensa que, al refutar el «secreto», ha despachado una resurrección y traslado pretribulacional de los santos. Dedica un capítulo entero a discutir el vocabulario griego de la Esperanza Bienaventurada y, al hacerlo, ataca una postura no representativa. Si bien es cierto que un autor temprano intentó hacer de parousía un término técnico para el Arrebatamiento, hoy se reconoce ampliamente que las tres palabras griegas distintivas asociadas con el regreso de Cristo no son técnicas y se aplican por igual al Arrebatamiento y a la Segunda Venida (cf. Pentecost 156-8; Stanton 20-22; Walvoord 1957, 155-58). El término «secreto» y un uso técnico de parousía ya no son cuestiones válidas en el debate sobre el Arrebatamiento.
Ladd declara que no podemos aceptar una postura que no se «enseñe explícitamente» en la Escritura, pero más adelante hace esta admisión perjudicial: «Con la excepción de un pasaje, el autor concederá que la Escritura en ninguna parte declara explícitamente que la Iglesia pasará por la Gran Tribulación» (5). Esa única excepción está en Apocalipsis 20, donde «la Resurrección se ubica en el regreso de Cristo en gloria». Pero tal argumento simplemente da por sentado lo que pretende demostrar. Ignora el hecho evidente de que la «primera resurrección» es primera en calidad y no en tiempo. Porque la primera resurrección tiene muchas etapas (1 Co. 15:23), y antes de la resurrección de Apocalipsis 20 hay otras, como la resurrección de Cristo, la resurrección de ciertos santos del Antiguo Testamento (Mt. 27:51-53), la resurrección de los dos testigos fieles de Dios (Ap. 11:11-12) y la resurrección de los muertos en Cristo en el Arrebatamiento (1 Ts. 4:16). Todas estas están incluidas en la «primera resurrección» porque todos son justos.
Al discutir la naturaleza de la Tribulación venidera, Ladd afirma correctamente: «Es inconcebible que la Iglesia sufra la ira de Dios» (122). Pero luego habla de un sufrimiento corporal sin paralelo y de un martirio generalizado de los santos en todo el mundo durante la Tribulación, haciendo de este período «el más espantoso que el mundo haya visto jamás». «El martirio siempre ha sido una marca de fidelidad a Cristo…. ¿Por qué habría de ser diferente al final?» (129).
No explica cómo serán protegidos los santos de los juicios divinos que son mundiales, como el sol que quema a los hombres con fuego, la contaminación de todas las fuentes y aguas, terremotos devastadores y un posible holocausto nuclear. «No hay manera de escapar de ella —dice Blackstone— sino siendo sacados del mundo por el Arrebatamiento, ya que la Gran Tribulación abarca toda la tierra habitada» (Biederwolf, 550).
Además, Ladd diluye el mandato de «velar» por el regreso de Cristo, diciendo que esto no significa «esperar» el acontecimiento, sino simplemente un «estado de alerta espiritual y moral». Apenas considera la remoción del que detiene, con sus fuertes implicaciones pretribulacionales. Hace que Apocalipsis 3:10 enseñe «una promesa de preservación y liberación en y a través de» la hora, en lugar de una remoción física de la hora misma, y no advierte que los santos martirizados no han sido preservados ni librados (Ap. 13:7).
Al argumentar contra un intervalo entre el Arrebatamiento y la Revelación, ridiculiza la idea de que siete años le darían a Dios tiempo suficiente para recompensar a los santos en el Tribunal de Cristo, ¡como si Dios estuviera limitado por la cronología humana! Luego se ve obligado a fusionar la Cena de las Bodas del Cordero con la venida de Cristo para hacer guerra y juzgar.
También queda sin respuesta el importante argumento pretribulacional de que, si todo santo vivo es arrebatado en la Segunda Venida y a ninguno de los impíos se le permite entrar en el Reino, esto haría innecesaria la separación de las ovejas y los cabritos en Mateo 25, y no dejaría a nadie en la tierra en su cuerpo físico natural para poblar el Reino milenial.
El Dr. Ladd merece elogio por su actitud generalmente amable y por su llamado a sostener la verdad de Dios en amor y en la unidad del Espíritu. Ciertamente, los que «aman Su venida» deberían cerrar filas y mantenerse unidos en los grandes fundamentos de la Palabra de Dios. Pero su presentación deja relativamente intacta gran parte de la evidencia a favor de un Arrebatamiento pretribulacional y no logra convencer a este reseñista de que la Esperanza Bienaventurada implique la perspectiva del martirio en la Tribulación en lugar de la esperanza diaria de encontrarse con Cristo cara a cara.
¿ES EL ARREBATAMIENTO LO SIGUIENTE?
En 1956, Leon Wood publicó una presentación bastante sencilla pero eficaz del punto de vista pretribulacional, bajo el título Is the Rapture Next? [¿Es el Arrebatamiento lo siguiente?]. Representa el resultado de un grupo de estudio del profesorado del Seminario Teológico Bautista e Instituto Bíblico de Grand Rapids, quienes «entraron en la consideración con mente abierta para determinar lo que las Escrituras tenían que decir».
Evitando toda cuestión personal y las disputas teológicas menores, el procedimiento consistió en examinar e intentar armonizar dos grupos de pasajes: (1) los que proporcionan las razones más sólidas para decir «Sí, el Arrebatamiento precederá a la Tribulación», y (2) «los que normalmente se piensa que dicen ¡No!, la Iglesia no será librada de ese tiempo». Se llegó a la conclusión final de que el segundo grupo de versículos no dice No en absoluto, sino que, «debidamente interpretados, están muy en armonía con las respuestas de Sí» (9).
Entre las conclusiones que contribuyeron a ello se encuentran las siguientes: (1) La Tribulación venidera es única en su clase, diseñada con el propósito de castigo más que de purificación. «Lógicamente debería esperarse que la Iglesia, cuyo castigo ha sido llevado por Cristo, escape de un tiempo así». (2) Aunque «ningún pasaje definido de la Escritura indica que la Iglesia estará entonces en la tierra», otros pasajes como Apocalipsis 3:10 dicen claramente que no estará aquí. (3) La Tribulación «tiene un carácter judío que es difícil de conciliar con la presencia de la Iglesia». (4) Los pasajes que exhortan a una actitud de vigilancia o de gozosa expectativa de la venida de Cristo «implican claramente que no habrá señal de advertencia para una preparación de último minuto». (5) La expresión «fin del siglo» no connota el cese del tiempo, «sino más bien la culminación de un programa por medio de acontecimientos consumadores». (6) Cuando, en el Discurso del monte de los Olivos, Cristo respondió a las preguntas de Sus discípulos sobre señales y tiempos, limitó Sus respuestas al aspecto judío de las últimas cosas porque «la naturaleza del pensamiento de los discípulos» todavía se relacionaba con el Reino predicho y no con la futura Iglesia. (7) El argumento postribulacional basado en la «primera resurrección» de Apocalipsis 20:4-6 queda claramente respondido cuando se reconoce que «la palabra primera no debe tomarse en el sentido de inicial, sino como referencia a un tipo de resurrección, a saber, la de los justos en contraste con la de los impíos» (117-20).
El autor concluye que nuestra decisión personal respecto al debate sobre el Arrebatamiento es significativa porque produce «una perspectiva muy diferente» mientras esperamos la venida de Cristo.
LA CUESTIÓN DEL ARREBATAMIENTO
En 1957 se hizo una aportación importante a la literatura pretribulacional con la publicación de The Rapture Question [La cuestión del Arrebatamiento], de John F. Walvoord, ex presidente y ahora rector emérito (Chancellor) del Seminario Teológico de Dallas. A partir de toda una vida de estudio y de enseñanza a nivel de posgrado de la escatología bíblica, Walvoord analiza a fondo todos los asuntos principales y ofrece una exégesis detallada de los pasajes bíblicos pertinentes.
Walvoord expone la importancia de la cuestión del Arrebatamiento, que es «una de las principales áreas de controversia en la escatología conservadora» (8). Continúa con un extenso estudio del significado de la Iglesia, importante en el debate sobre el Arrebatamiento porque los postribulacionistas normalmente, y sin prueba alguna, suponen «que la palabra iglesia es sinónimo de los términos escogidos y santos», y sostienen que «los santos de todas las épocas pasadas, presentes y futuras están incluidos en la iglesia». Aunque todos concuerdan en que algunos de los «escogidos» de Dios estarán presentes en la Tribulación (según los pretribulacionistas, se vuelven a Cristo después del Arrebatamiento), si estos han de clasificarse sin espíritu crítico como miembros de la Iglesia, «ello conduce inevitablemente a la conclusión de que la iglesia pasará por la tribulación».
Tan extendida está esta falsa suposición que Walvoord declara: «Por lo tanto, no es exagerado decir que la cuestión del arrebatamiento se determina más por la eclesiología que por la escatología» (16). Podría añadirse que, si la palabra «escogidos» perteneciera exclusivamente a la Iglesia, ¡entonces la Iglesia tendría que incluir a los «ángeles escogidos» y, de hecho, a todos los santos desde Adán!
Walvoord continúa su exposición con el argumento histórico, cuyo rasgo central es la doctrina de la inminencia. Ofrece citas importantes desde el siglo segundo para demostrar que la Iglesia primitiva vivía en constante expectativa de la venida del Señor. Y si el Arrebatamiento es verdaderamente inminente, se sigue que debe ser pretribulacional.
Bajo el «argumento hermenéutico», advierte que muchos postribulacionistas tienden a apartarse de la interpretación literal normal, que es el sello distintivo del premilenarismo, hacia una espiritualización de los pasajes clave sobre la Tribulación. Pasa a mostrar la «total falta de evidencia de la presencia de la Iglesia en la Tribulación», distinguiendo claramente entre «tribulación» como condición general de sufrimiento o persecución y la «Tribulación», que se refiere al período específico de la ira derramada de Dios. «Se ha demostrado que el propósito de la Tribulación es purgar y juzgar a Israel y castigar y destruir el poder gentil. En ninguno de los dos aspectos es la iglesia el objeto de los acontecimientos de ese período» (72).
El Dr. Walvoord analiza la obra del Espíritu Santo en la era presente y el significado de la remoción del que detiene. Presenta el Tribunal de Cristo en el cielo y el juicio tanto de Israel como de los gentiles en la tierra como acontecimientos intermedios necesarios entre el Arrebatamiento y la Revelación, y considera que la opinión de Ladd de que siete años no bastarían para examinar las vidas de los santos de la Iglesia raya en lo ridículo. Responde a la acusación de Oswald T. Allis de que la postura pretribulacional está «singularmente calculada… para apelar a esos impulsos egoístas e indignos de los que ningún cristiano está totalmente inmune», declarando: «A menos que el martirio sea algo que deba desearse fervientemente y buscarse con alegría, es difícil ver por qué es tan contrario a los principios cristianos desear evitar estas contingencias» (133).
Los últimos cuatro capítulos del libro emprenden un examen detallado de las tres posturas alternativas sobre la Tribulación, y cierran con un capítulo de resumen muy significativo titulado «Cincuenta argumentos a favor del pretribulacionismo». Puesto que provienen de un erudito confiable, a quien muchos consideran el decano de los teólogos bíblicos conservadores de las últimas tres décadas, quienes discrepan harían bien en evaluar cuidadosamente estos 50 argumentos.
LAS COSAS QUE HAN DE VENIR
En 1958 se publicó por primera vez un excelente y extenso panorama (633 páginas) de la escatología bíblica llamado Things to Come [Eventos del porvenir], escrito por J. Dwight Pentecost, quien desde 1955 y hasta hace poco formó parte del profesorado del Seminario Teológico de Dallas. Aunque su volumen abarca todo el alcance de la profecía bíblica, es importante para el debate sobre el Arrebatamiento por su examen detallado de las cuatro posturas principales y de otros asuntos relacionados, como la identidad del que detiene, la posición de Israel y de los gentiles en la Tribulación, y las resurrecciones y juicios que normalmente se asocian con la Segunda Venida de Cristo.
Pentecost responde con firmeza a la noción de una resurrección general y final única, y apoya la postura de que la resurrección de la Iglesia es solo uno de los órdenes (tagma) que se encuentran en 1 Corintios 15:23. Por tanto, la mención de la «primera resurrección» en Apocalipsis 20:5-6 no fecha el Arrebatamiento como postribulacional, como proclaman constantemente los opositores de la postura pretribulacional. Como ya se mencionó, hay muchas etapas en la «primera resurrección», pues es «primera» en calidad más que en tiempo, lo que la distingue de la resurrección de los muertos injustos, que es la «segunda resurrección».
Pentecost sostiene que «el arrebatamiento pretribulacional descansa esencialmente en una premisa principal: el método literal de interpretación de la Escritura» (193). Esto lo sustenta con la evidencia acumulada de 28 «Argumentos esenciales del arrebatamiento pretribulacional», todos expresados de manera convincente y bien respaldados por la Escritura.
Entre ellos se incluyen el alcance y el propósito de la septuagésima semana, que es de juicio y en la cual «se verá la ira de Dios derramada sobre toda la tierra». El concepto de la Iglesia como un misterio, «no revelado hasta el rechazo de Cristo por parte de Israel … distinta en su inicio … ciertamente separada en su conclusión». Las distinciones entre Israel y la Iglesia muestran de manera concluyente que estos dos grupos no deben unirse como una sola entidad. La doctrina de la inminencia «prohíbe la participación de la iglesia en cualquier parte de la septuagésima semana». La necesidad de un intervalo entre el Arrebatamiento y la Revelación para dar tiempo al Tribunal de Cristo, a la presentación de la Iglesia como la Novia de Cristo y a la Cena de las Bodas del Cordero. Los 24 ancianos, «representantes de los santos de esta era presente … resucitados, en el cielo, juzgados, recompensados, entronizados … arrebatados antes de que comience la septuagésima semana». Los 144,000 sellados de Israel, redimidos pero con una «relación judía especial», lo que indica que «la iglesia ya no debe estar en la tierra». La cronología del libro de Apocalipsis, que plantea grandes dificultades tanto para la postura del Arrebatamiento a mitad de la Tribulación como para la postribulacional (193-218).
Los 28 argumentos completos apoyan con fuerza una conclusión pretribulacional y demuestran claramente que la importancia del debate sobre el Arrebatamiento va mucho más allá de la mera cronología del regreso de nuestro Señor. También es importante que Pentecost incluya una historia tanto del premilenarismo como del amilenarismo, así como un capítulo que expone las reglas esenciales para la interpretación de la profecía.
LA APARICIÓN INMINENTE DE CRISTO
En 1962 se publicó otra importante defensa de la postura postribulacional titulada The Imminent Appearing of Christ [La aparición inminente de Cristo], de J. Barton Payne, en aquel tiempo profesor asociado de Antiguo Testamento en la Escuela de Posgrado en Teología del Wheaton College. En consonancia con multitud de otros estudiosos de la escatología bíblica, Payne acepta la postura premilenarista del regreso de Cristo. Pero en algunos aspectos de su punto de vista sobre el Arrebatamiento se encuentra solo, pues suscribe la inminencia del regreso de Cristo, que los postribulacionistas normalmente rechazan, y al mismo tiempo la une a una firme conclusión postribulacional. Defiende ambas posturas, declarando que eran opiniones cardinales sostenidas por la Iglesia apostólica. Sin embargo, debió haber visto que muchos de los primeros padres de la Iglesia eran postribulacionistas simplemente porque creían que ya estaban viviendo en la Tribulación. Su teología estaba excesivamente dominada por su intensa experiencia de persecución. Pero, puesto que se equivocaron al equiparar la persecución romana con la Tribulación predicha, se sigue que también se equivocaron al sacar una conclusión postribulacional.
Payne descarta a todos los pretribulacionistas como «dispensacionalistas», mientras que a la mayoría de sus compañeros postribulacionistas los califica de «predominantemente negativos» porque son simplemente «postribulacionistas reactivos». A su propia y singular postura la llama la «esperanza cristiana clásica».
La doctrina de la inminencia, basada en gran medida en la esperanza y el consuelo de la aparición de Cristo, junto con las exhortaciones a mirar y velar con expectativa, normalmente se considera uno de los argumentos de apoyo más sólidos a favor de la postura pretribulacional. ¡Qué asombroso es que un acontecimiento futuro, que tendrá lugar en un solo día del calendario de la historia humana, haya sido expresado de tal manera que se convierta en la esperanza y gozosa expectativa de los cristianos a lo largo de los siglos! No hay nada comparable a esto en la historia de la Iglesia cristiana. Ahora bien, aunque nos alegra que Payne reconozca y apoye la verdad de la inminencia, debe notarse que la aplica a la Segunda Venida de Cristo a la tierra después de la Tribulación y no al Arrebatamiento mismo.
¿Cómo explica entonces los acontecimientos claramente descritos de la Tribulación predicha, como el reinado del Anticristo, la profanación del Templo y los muchos juicios de la ira derramada de Dios tan claramente revelados en el libro de Apocalipsis? Estos «supuestos antecedentes» de la Tribulación, dice Payne, no destruyen la inminencia de la Segunda Venida, pues ya pasaron: ¡se cumplieron en la historia temprana de la Iglesia o en los problemas contemporáneos del cristianismo!
Aunque Payne argumenta con vigor, y quizá de forma convincente para el estudiante principiante, sus conclusiones le parecen a este reseñista poco concluyentes y muy dogmáticas. Para preservar la inminencia del regreso de Cristo se ve obligado a adoptar una interpretación no literal de todo el período de la Tribulación. Dice: «La gran tribulación, tal como se define clásicamente, está potencialmente presente, y quizá casi terminada» (133). La ira de Dios derramada sobre los que adoran a la Bestia y sobre las ciudades de las naciones y la gran Babilonia (Ap. 14:10; 16:19) «parece relacionarse con la caída, ya histórica, de Roma» (140). La septuagésima semana de Daniel, el Templo reconstruido y la abominación desoladora que lo profanará (Ez. 40-46; Dn. 9:26-27; 11:36-37), declara Payne, «todo lo cual se ve que se encuentra en la porción que dejó de tener relevancia profética más allá del tiempo de Tito» (153).
En Apocalipsis, continúa Payne, «el dominio universal (13:7), la adoración al emperador (v. 8) y el martirio de los santos (v. 7) encajan con la antigua Roma, y solo con la antigua Roma» (155). «La actividad comercial que se describe con tanto detalle en 18:11-19 es claramente la del primer siglo». La caída de Roma y el equilibrio de poder que se encuentra en los diez cuernos (17:16) «corresponde con tan inspirada veracidad a la caída del Imperio romano histórico, fechada en el año 476 d. C.» (155). Con presunción, Payne habla de la «audacia» de quienes exigen «una futura repetición de lo que ya se había cumplido por completo».
¿Pero qué hay de las señales predictivas que anuncian el regreso inminente de Jesucristo y que la historia no puede satisfacer, como el ascenso meteórico y la carrera del Anticristo del diablo, las actividades impías del Falso Profeta y la destrucción de tres de los diez reinos que surgirán en el tiempo del fin (Dn. 7:8, 24; Ap. 13:1-18; 17:12)? En cuanto al Anticristo, Payne (en el momento de escribir) sugiere: «¡Un candidato inusualmente apropiado para el Anticristo es Nikita Jruschov hoy mismo!» (121). Para el Falso Profeta, sugiere «el papado, o algún otro desarrollo religioso ecuménico antibíblico». Y para los tres desafortunados reinos que destruirá el cuerno pequeño de Daniel, ofrece: «Si Cristo regresara hoy, ¿quiénes serían? Los húngaros … constituyen una posibilidad lamentable» (108). Todas estas parecen conclusiones extrañas y obviamente erróneas.
Se hace coincidir grandes porciones de Apocalipsis con el escenario contemporáneo. Por ejemplo, «los cuatro jinetes del Apocalipsis —agresión, guerra, hambre y muerte— … nunca estuvieron más vivos que hoy» (112). Los dos testigos de Apocalipsis 11, sugiere, son «una iglesia que da testimonio de la ley y de los profetas … un tormento inevitable para el mundo». Payne continúa: «Parece que en muchos lugares ahora, como nunca antes, cuando los cristianos son liquidados, “los que moran en la tierra se regocijarán por ellos y se alegrarán”». Además, «en América Latina y en otras zonas de dominio católico romano hoy en día, la prohibición del derecho a sepultura para los evangélicos dista mucho de ser desconocida» (118).
Ahora bien, aunque es tristemente cierto que hay cristianos hoy que han entregado su vida por la causa de Cristo, aplicar esto a los dos testigos de Apocalipsis 11 es un ejemplo de flagrante espiritualización de la Escritura profética.
¿Qué hay, entonces, de las señales que obviamente aún no se han cumplido? Dice Payne: «Las señales son breves … dan al cristiano la oportunidad de orillar su coche a un lado del camino, pero quizá no mucho más» (92). ¡Así de breves son las señales restantes antes de que el creyente sea arrebatado! ¡Y todas estas singulares declaraciones simplemente para reconciliar la verdad de la inminencia con la teoría del postribulacionismo!
La única conclusión necesaria es que la Iglesia primitiva tenía razón cuando esperaba el regreso inminente de Cristo, pero estaba muy equivocada cuando identificó la persecución romana con el período de la Tribulación predicho. Si de verdad algunos eran postribulacionistas, fue su sufrimiento, y no las Escrituras proféticas, lo que se convirtió en la base esencial de esa convicción.
El compañero postribulacionista de Payne, Robert H. Gundry, incluye en su libro The Church and the Tribulation [La Iglesia y la Tribulación] un «Apéndice sobre el postribulacionismo inminente», que es una refutación severa y detallada de la postura de Payne. Esta exige la posibilidad, dice Gundry, «de que hayamos avanzado hasta el final mismo de la tribulación» (193). No podemos suponer que todos los grandes acontecimientos del tiempo del fin hayan pasado inadvertidos, pues «son señales reveladoras y, por tanto, deben ser reconocibles cuando ocurran». Así, «el cumplimiento potencial pero incierto de Payne se viene abajo» (194).
Continúa Gundry: Payne se equivoca al negar «el principio del doble cumplimiento». Su postura «carece de perspectiva histórica». No ofrece un cumplimiento adecuado del Discurso del monte de los Olivos, «que describe un complejo de acontecimientos inmediatamente anteriores al regreso de Cristo» (200). Sigue mucho más detalle en apoyo de la evaluación muy crítica que Gundry hace de la postura de Payne.
Además de los conflictos generados por los intentos de reconciliar la inminencia del regreso de nuestro Señor con la llamada postura «pasotribulacional» de Payne, rápidamente asoman otros problemas. Declara el autor que Juan 14:3 es «irrelevante» para el momento del Arrebatamiento porque no enseña un traslado a la casa del Padre. Más bien, «la interpretación que parece más plausible según el contexto es que, a la muerte del creyente, “vendré otra vez y los tomaré conmigo” en gloria» (74). ¡Esto convierte Juan 14:3 en una promesa fúnebre en lugar de una bienaventurada expectativa del regreso de Cristo!
Payne también afirma que Romanos 5:9 y 1 Tesalonicenses 1:10 y 5:9 son igualmente «pasajes irrelevantes», pues «no necesitan implicar más que la condenación segura del pecado por parte de Dios…. Él nos está librando de la ira ahora mismo». Así, no se aplicarían a la cuestión del Arrebatamiento. Pero tal afirmación ignora el hecho de que el contexto de 1 Tesalonicenses 1:10 es «esperar de los cielos a Su Hijo», y que en el caso de 5:9 el contexto previo es «el día del Señor», que ciertamente incluye la Tribulación.
Su análisis del pasaje principal, 1 Tesalonicenses 4:13-18, es extremadamente breve y no explica cómo un Arrebatamiento postribulacional podría haber sido de consuelo para los primeros creyentes. Aunque concuerda en que «la división de capítulos es aquí desafortunada», Payne parece no advertir que Pablo trata el Arrebatamiento antes de tratar el día del Señor: un orden perfectamente pretribulacional.
En cambio, limita su exégesis a la expresión «al encuentro del Señor en el aire», explicando que «los que salen al encuentro se dan la vuelta y acompañan al que han recibido durante el resto de su viaje…. La iglesia ha de encontrarse con Cristo en el aire y así unirse a Su procesión triunfal hacia la tierra». Puesto que «avanzan sin pausa», el Tribunal de Cristo «podría ser instantáneo, en el aire» (136). Esto difícilmente consolaría al Dr. Ladd, quien sostiene, como hemos visto, que siete años no serían tiempo suficiente para juzgar y recompensar a todos Sus santos.
El regreso de Cristo por Su Iglesia es ciertamente una esperanza maravillosa, y The Imminent Appearing of Christ es un tema y un título atractivos. Pero, en opinión del autor, gran parte del contenido de este libro es una interpretación falaz de la Escritura profética. Ciertamente, es un triste deterioro respecto de la Biblia y la teología que le enseñó el profesorado durante sus propios años en Wheaton College y su Escuela de Posgrado. Como teólogo que ha pasado toda una vida en el estudio y la enseñanza de la escatología, este reseñista juzga con gran pesar que la conclusión central de Payne es errónea, que sus objeciones al pretribulacionismo tienen respuesta y que su actitud hacia sus hermanos pretribulacionistas es con frecuencia áspera.
ENCICLOPEDIA DE LA PROFECÍA BÍBLICA
En 1973, J. Barton Payne publicó una obra mucho mayor y menos polémica, llamada Encyclopedia of Biblical Prophecy [Enciclopedia de la profecía bíblica], con el subtítulo «Guía completa de las predicciones bíblicas y su cumplimiento». Por su alcance y su contenido erudito es un volumen de considerable valor, debilitado sin duda por la continua adhesión de Payne a los puntos de vista antes analizados.
Así, el Arrebatamiento queda minimizado y la Iglesia no va más allá de encontrarse con Cristo en el aire y regresar inmediatamente a la tierra sobre el monte de los Olivos. En palabras de Payne, este es «nuestro arrebatamiento a Jerusalén» (561), ¡lo cual es sin duda una postura peculiar! Al que detiene no se le ve como el Espíritu Santo, sino que se le identifica como «el gobierno legítimo», y Pablo habría usado un lenguaje velado «como medio para evitar ofender al poder romano» (565). Apocalipsis 3:10 se aplica solo a la iglesia de Filadelfia del primer siglo, pues «su devoción los llevará a través de la tormenta de la persecución romana» (606). Tal explicación ignora por completo el contexto inmediato que se encuentra en el versículo 11, que es el regreso de Cristo al final de la era de la Iglesia.
La profecía y bienaventurada promesa de Juan 14:1-3 se omite sin mención alguna. Los 144,000 testigos de Apocalipsis 7 se convierten en «un grupo juvenil escogido de la iglesia, el Israel de Dios» (597). ¡Y el Arrebatamiento se identifica con Apocalipsis 14:1-7, donde los grupos representativos de las tribus de Israel se ven ahora en el cielo! Mucho de esto, por supuesto, es la opinión de un solo hombre y no puede sino decepcionar a quienes ahora esperan de los cielos al Hijo de Dios.
LA IGLESIA Y LA TRIBULACIÓN
También en 1973 se publicó otra presentación significativa, de la extensión de un libro, de la postura postribulacional, titulada The Church and the Tribulation [La Iglesia y la Tribulación], de Robert H. Gundry, profesor de Estudios Religiosos en Westmont College.
Mientras que Payne es preterista, y sostiene que gran parte del Apocalipsis se cumplió en la persecución romana de la Iglesia primitiva, Gundry es futurista y se une a los pretribulacionistas y a la mayoría de sus compañeros postribulacionistas al ubicar Apocalipsis 4–22 en el futuro escatológico. Payne cree firmemente en la inminencia del regreso de nuestro Señor, mientras que Gundry la rechaza con la misma firmeza, declarando que quienes «encuentran la inminencia en los padres antenicenos se aferran a un clavo ardiendo» (182). Los postribulacionistas suelen despreciar el dispensacionalismo y sus implicaciones, pero Gundry defiende este método de interpretación de la Escritura, especialmente en su importante distinción entre Israel y la Iglesia. A diferencia de Payne, que piensa que Juan 14:1-3 habla de la muerte del creyente, Gundry sostiene que es una promesa del Arrebatamiento. También, a diferencia de la mayoría de sus compañeros postribulacionistas, no «ignora las distinciones entre la tribulación en general y el tiempo de tribulación sin precedentes al final del siglo» (49).
Tal divergencia extrema de opiniones dentro del campo postribulacional, incluso en los asuntos principales del debate sobre el Arrebatamiento, hace muy difícil el análisis crítico. Lleva a sospechar que la conclusión postribulacional puede basarse más en opiniones humanas divergentes que en una sólida exégesis bíblica. En su libro The Blessed Hope and the Tribulation [La esperanza bienaventurada y la Tribulación], Walvoord analiza cuatro escuelas distintas de postribulacionismo que han surgido en el siglo XX (21ss.), de las cuales el «enfoque totalmente nuevo» de Gundry es solo una. Puesto que la Biblia no se contradice, esta notable falta de unanimidad teológica entre los postribulacionistas refleja un defecto fundamental en su sistema interpretativo.
Los argumentos de Gundry tienen una complejidad considerable. Por necesidad, concuerda con los pretribulacionistas en que la Iglesia estará exenta de la ira derramada de Dios (1 Ts. 1:10; 5:9), declarando «la necesidad teológica de que la ira de Dios no toque a una persona salva» (46). Pero luego se esfuerza por distinguir diferentes tipos de angustia en el período de la Tribulación: la ira de Dios sobre los no regenerados, los estragos de las fuerzas satánicas y demoníacas, la violencia que surge de la propia maldad del hombre, la persecución de los santos por parte del Anticristo y el castigo final sobre Israel (46). Al hacerlo, alivia la severidad de la Tribulación para el santo, convirtiéndola más en un tiempo de ira satánica que de ira divina, y así intenta dar a la Iglesia un paso seguro a través de la Tribulación. Apocalipsis 13:7 niega tal posibilidad.
Reordena la secuencia de los juicios del Apocalipsis de modo que el séptimo sello, la séptima trompeta y las siete copas de ira queden «agrupados al final» del período en una gran «explosión cataclísmica de juicio en Armagedón» (75-77). Argumenta que la ira asociada con los juicios de los sellos (Ap. 6:15-17) cae solo sobre los incrédulos. Al pasaje que describe a la multitud que «viene de la gran tribulación» (Ap. 7:9-17) lo llama una «visión episódica que salta al final de la tribulación» (76). De todo esto, Gundry concluye: «La ira divina no cubre toda la septuagésima semana, probablemente ni siquiera la segunda mitad, sino que se concentra al final» (63). ¡Según este ingenioso esquema, la Iglesia pasa por toda la Tribulación, pero se le libra de sus principales juicios y de la ira derramada de Dios!
Gundry se ve obligado a admitir que no hay ninguna referencia clara en la Biblia a un Arrebatamiento postribulacional de la Iglesia. Pero luego sostiene que, habiendo muchas referencias claras a la resurrección de los santos del Antiguo Testamento y a una reunión de los «escogidos» de la Tribulación, la cual está «indiscutiblemente ubicada después de la tribulación», se da a entender que el Arrebatamiento también ocurrirá allí.
Los postribulacionistas deben entonces añadir a toda esta actividad del tiempo del fin la reunión y el juicio de las naciones, la conversión del Israel nacional, el Tribunal de Cristo, la Cena de las Bodas del Cordero, la derrota de los ejércitos invasores en Armagedón, la destrucción de la Bestia y del Falso Profeta, el cumplimiento de terribles profecías del Antiguo Testamento sobre los juicios del tiempo del fin, además de las catástrofes finales de los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas de ira. ¡Todo ello en estrecha proximidad en la Segunda Venida de Cristo! Así, los postribulacionistas tienen la costumbre de amontonar todos estos acontecimientos futuros en un «día del Señor» ya muy sobrecargado, y lo hacen sin presentar realmente una cronología ordenada de estos acontecimientos.
¿Por qué no un período de siete años de ira y juicio que dé tiempo para toda esta actividad, como parecen indicar las Escrituras? La Iglesia escaparía tanto de la ira divina como de la satánica al ser trasladada con regocijo antes de ese período final de angustia, y habría tiempo suficiente para las muchas otras actividades y acontecimientos que normalmente se asocian con la aparición de Cristo.
Entre sus puntos de vista singulares, Gundry sostiene que «algunos de los impíos sobrevivirán a la tribulación». Por consiguiente, el juicio de las naciones será después del milenio. Cree que los 144,000 serán «judíos ortodoxos (aunque no convertidos)», tanto hombres como mujeres, que resistirán al Anticristo y entrarán en el Reino para «poblar y repoblar el reino milenial de Israel» (82). La multitud redimida que viene de la gran Tribulación «constituye la última generación de la Iglesia» (80).
Escapa de la clara inferencia pretribulacional de Juan 14:1-3 declarando que la «casa del Padre» es simplemente «una metáfora del lugar de los creyentes en el ámbito doméstico del Padre». Así, Cristo no estaría prometiendo que volverá y llevará a los creyentes al cielo, sino que «va a prepararles moradas espirituales dentro de Su propia persona. Habitando en estas moradas, pertenecen a la familia de Dios» (154). Tal enfoque se llama comúnmente «espiritualizar», y produce una interpretación extraña y novedosa de una promesa conocida y bienaventurada.
Respecto al que detiene de 2 Tesalonicenses 2, Gundry da cierto crédito a «la opinión predominante en la Iglesia primitiva» de que la restricción de la iniquidad podría ser la del «gobierno humano ordenado por Dios». Sugiere que Pablo habla vagamente por temor a que «la carta cayera en manos equivocadas y … fuera considerada una enseñanza sediciosa» (124). Pero esta postura falla, pues el gobierno humano no es quitado durante la Tribulación. Más bien se manifiesta por la presencia de diez reyes y luego es tomado y dominado por el Anticristo.
Gundry pasa luego a favorecer la identificación del que detiene como el Espíritu Santo, pues varios de los primeros padres de la Iglesia sostenían esta postura. Además, «parecería que se requiere una persona para detener a una persona». También, el cambio de género del neutro al masculino concuerda con el mismo cambio de género cuando Pablo escribe acerca del Espíritu. Hasta aquí estaríamos de acuerdo. Sin embargo, Gundry argumenta después que la gramática griega no exige una remoción del mundo. Más bien, dice, el Espíritu simplemente bloquea la entrada del Anticristo «hasta el momento señalado en que Él se hará a un lado y permitirá que el hombre de pecado salga a escena ante los ojos admirados de la humanidad» (127).
Declara además: «Su retiro parcial, en un retroceso a los débiles y pobres principios elementales y a la condición inmadura del antiguo pacto, equivaldría a una anulación de la exaltación de Cristo» (126). ¡Qué bien argumenta, y con qué lenguaje tan elocuente! Pero ¿qué está diciendo, y es confiable su argumento? Porque Satanás, arrojado a la tierra con gran furor (Ap. 12:12), sí implica una importante remoción de la restricción durante ese período. Además, declarar que el regreso del Espíritu al cielo disminuiría Su «plenitud y poder pentecostales» podría sugerir, por implicación, que Cristo también ha limitado Su poder y capacidad para salvar solo porque Él también se trasladó de la tierra al cielo. El lenguaje del texto implica claramente una remoción del Espíritu antes de que se revele el Anticristo. Él no simplemente se hace a un lado; más bien, «es quitado de en medio». Entonces, puesto que el Espíritu permanece en la Iglesia para siempre (Jn. 14:16) y dado que la Iglesia no se menciona en los muchos pasajes que describen la Tribulación, es justo concluir que la remoción del Espíritu establece como pretribulacional el momento de la remoción de la Iglesia.
Habría mucho más que decir en respuesta a la compleja defensa del postribulacionismo que hace Gundry, pero probablemente se requeriría otro libro equivalente a sus más de 200 páginas, algo que va mucho más allá del alcance de esta reseña. Escribe con considerable erudición y habilidad polémica, y sus argumentos son estimulantes, aunque no del todo convincentes. Una respuesta mucho más extensa a la postura de Gundry se encuentra en dos libros de John F. Walvoord, The Blessed Hope and the Tribulation y The Rapture Question: Revised and Enlarged Edition [La cuestión del Arrebatamiento: edición revisada y ampliada] (que se reseñarán más adelante en esta serie).
Gundry se aparta con tanta frecuencia de los puntos de vista de sus compañeros postribulacionistas que Walvoord se ve obligado a concluir: «Sus argumentos, en lo principal, son nuevos y proponen una forma de postribulacionismo nunca antes planteada». Esto lo lleva a «refutar a la mayoría de los postribulacionistas que lo precedieron». De hecho, «en varios juicios particulares, si Gundry tiene razón, todos los expositores anteriores de la Biblia se han equivocado» (1976, 19, 60-62).
Otro comentario sobre The Church and the Tribulation se encuentra en el capítulo titulado «The Case for the Pretribulation Rapture Position» [Argumentos a favor de la postura del Arrebatamiento pretribulacional], de Paul D. Feinberg, en el libro The Rapture: Pre-, Mid-, or Post-Tribulational? [El Arrebatamiento: ¿antes, a mitad o después de la Tribulación?]. Sin embargo, la crítica más extensa del libro de Gundry descubierta hasta ahora es el programa de estudio de 75 páginas de John A. Sproule, titulado A Revised Review of The Church and the Tribulation by Robert H. Gundry [Reseña revisada de La Iglesia y la Tribulación de Robert H. Gundry]. Se trata de una presentación erudita, especialmente útil por su exégesis griega de los pasajes cardinales y por sus firmes respuestas al ataque de Gundry contra el concepto pretribulacional de la inminencia. Sobre este tema, Sproule concluye que Gundry da por sentada su conclusión, de modo que «sus argumentos se desmoronan porque sus cimientos se construyen sobre presunciones y no sobre evidencia esencialmente concluyente» (12).
EL INCREÍBLE ENCUBRIMIENTO
En 1973, Dave MacPherson, entonces periodista de Kansas City, Misuri, publicó un vigoroso repudio del pretribulacionismo bajo el título The Unbelievable Pre-Trib Origin [El increíble origen del pretribulacionismo]. Fue revisado y ampliado en combinación con otro folleto del mismo autor, The Late Great Pre-Trib Rapture [El difunto gran Arrebatamiento pretribulacional], y publicado en 1975 bajo el título The Incredible Cover-Up [El increíble encubrimiento].
En la ampliamente distribuida «Carta a los cristianos del Sur» de MacPherson se promovía otro título del mismo autor, The Great Rapture Hoax [El gran engaño del Arrebatamiento], «repleto del tipo de datos impactantes que los líderes pretribulacionistas han conocido —y encubierto— durante décadas». Esta carta afirma además que «la postura pretribulacional no se había oído en ninguna parte de la tierra antes del siglo XIX», que fue «originada por una joven muchacha de Escocia en la primavera de 1830», y que fue «plagiada» y difundida por John Darby, un británico que «consideraba a los estadounidenses criaturas inferiores, dignas de explotación». Entre otras declaraciones desagradables, MacPherson ataca la honestidad y la moralidad de C. I. Scofield y promete que su libro «¡te pondrá de cabeza!».
Se verá de inmediato que los títulos de sus libros son provocadores, si no injuriosos. No ha habido ningún «encubrimiento» ni «engaño», pues los autores y líderes pretribulacionistas han llegado a su conclusión a partir de la exégesis bíblica y no de alguna supuesta historia de la doctrina, y ciertamente sin ningún deseo de defraudar. Además, atacar la moralidad y la integridad de otros creyentes solo para promover una opinión escatológica es una deshonra para el Nombre y la causa de Cristo.
¿Cuál es, entonces, el argumento principal de MacPherson a lo largo de estos diversos libros de bolsillo? En sus propias palabras, «la enseñanza de las dos etapas es una invención de principios del siglo XIX que vio la luz por primera vez en Gran Bretaña y no refleja la enseñanza del Nuevo Testamento» (1975, 6). «La teoría del arrebatamiento pretribulacional surgió de las brumas del oeste de Escocia en la primavera de 1830» (1975, 138). Tuvo un «trasfondo oculto», un «origen extravagante» (1975, 90, 1010), cuando una joven «gravemente enferma» llamada Margaret Macdonald cayó bajo la influencia del avivamiento escocés y tuvo una revelación en la que proclamó una postura totalmente nueva: que la Iglesia escaparía de la Tribulación venidera.
Extensas citas de Robert Norton, quien en el momento de la «revelación» de M. M. era un médico de 22 años, indican que ella, su hermana y sus hermanos eran miembros de la Iglesia Católica Apostólica de Edward Irving y cayeron bajo una temprana influencia carismática con los «dones de profecía» y el «hablar en lenguas desconocidas». Bajo tal influencia, Margaret Macdonald supuestamente reveló que la Iglesia escaparía de la Tribulación. Algunos han llegado al extremo de atribuir su declaración a fuerzas demoníacas. Esta «declaración» de M. M., afirma MacPherson repetidamente, es el origen de la postura pretribulacional de que la Iglesia escapará de la Tribulación venidera.
Los verdaderos hechos del caso demuestran lo contrario. Las declaraciones registradas de Margaret Macdonald muestran claramente que ella no intentaba establecer los detalles del futuro profético, sino más bien lamentar la condición débil y pecaminosa de la iglesia profesante. Clama por «el terrible estado de la tierra», la «angustia entre las naciones», la necesidad de «purgar y purificar a los verdaderos miembros del cuerpo de Jesús». Ora por «un derramamiento del Espíritu» sobre la Iglesia para que los creyentes sean «tenidos por dignos de estar en pie delante del Hijo del Hombre». «Los que estén vivos en Él … serán arrebatados al encuentro de Él en el aire». Pero declara también que la Iglesia pasará por una «prueba de fuego» de parte del «inicuo», que será revelado «con todo poder y señales y prodigios mentirosos». Luego, aún más claramente, declara que «la prueba de la Iglesia viene del Anticristo», ¡lo cual, por decir lo menos, difícilmente es un concepto pretribulacional!
Los interesados en leer la «revelación» completa de M. M. la encontrarán registrada en el Apéndice de al menos dos de los libros de MacPherson, y también en las páginas 169-72 de The Rapture [El Arrebatamiento], de Hal Lindsey.
¿Qué debemos concluir, entonces, de todo este énfasis en Margaret Macdonald? (1) Su importancia ha sido exagerada hasta perder toda proporción por quienes buscan desacreditar el pretribulacionismo. Alexander Reese remonta la postura pretribulacional a los «movimientos separatistas de Edward Irving y J. N. Darby». George Ladd, citando a Tregelles, remonta «la idea de un arrebatamiento secreto» a una «declaración» en la iglesia de Edward Irving, que «no vino de la Santa Escritura, sino de aquello que falsamente pretendía ser el Espíritu de Dios». J. Barton Payne dice que «poco después de 1830 una mujer, mientras hablaba en lenguas, anunció la “revelación” de que la verdadera iglesia sería arrebatada al cielo antes de la tribulación» (156). Incluso Robert Gundry declara que «el pretribulacionismo surgió a mediados del siglo XIX. Lo probable es que Edward Irving fuera el primero en sugerir el arrebatamiento pretribulacional» (185).
Sin embargo, Gundry, con toda justicia, observa que «el origen de una interpretación de la Escritura no es la medida de su exactitud». Dice también de Irving que «las lenguas y las declaraciones proféticas no comenzaron a aparecer en su iglesia sino hasta finales de 1831, es decir, después de la aparición del pretribulacionismo» (187). Le tocó a MacPherson intentar demostrar, fuera de toda duda, que la postura pretribulacional comenzó con una «declaración» de Margaret Macdonald en 1830.
(2) Es cruel insinuar que su declaración fue puramente emocional, o quizá satánica. Ella era una cristiana joven y humilde que procuraba llamar a una iglesia fría y descuidada a volver al poder y al control del Espíritu Santo. El autor concuerda plenamente con Hal Lindsey cuando dice: «Aunque no estoy de acuerdo con la autenticidad de su visión, los registros muestran que era una hermosa hermana en el Señor, llena de amor y compasión por los demás» (1983, 173).
(3) No hay nada en la cita de M. M. que indique que fuera pretribulacionista. No distinguía entre el Arrebatamiento y la Segunda Venida de Cristo, sino que dividía el Arrebatamiento mismo en dos o más partes según la preparación espiritual. Esta es la postura del Arrebatamiento parcial, muy diferente del pretribulacionismo. MacPherson se ve obligado a admitirlo: «Margaret vio una serie de arrebatamientos (y en realidad era partidaria de un arrebatamiento parcial, con o sin esa etiqueta)» (1975, 85). De hecho, parecía creer que la Iglesia ya había entrado en la Tribulación, posibilidad que se ve reforzada por una declaración publicada por Irving en diciembre de 1831 en The Morning Watch: «¡Hemos vivido, bendito sea Dios, para ver el comienzo de la séptima copa, DURANTE CUYO DERRAMAMIENTO VENDRÁ EL SEÑOR!» (Huebner, 23, énfasis suyo). ¡Esto ciertamente no es pretribulacionismo!
Los lectores que deseen investigar en detalle el supuesto origen de la postura pretribulacional en Margaret Macdonald y Edward Irving apreciarán el erudito esbozo histórico de R. A. Huebner titulado The Truth of the Pre-Tribulation Rapture Recovered [La verdad del Arrebatamiento pretribulacional recuperada]. También les resultará interesante The Origin of the Pre-Tribulation Rapture Teaching [El origen de la enseñanza del Arrebatamiento pretribulacional], de John L. Bray, quien encuentra un Arrebatamiento pretribulacional enseñado por un sacerdote jesuita, Lacunza, cuyo libro La venida del Mesías en gloria y majestad se publicó por primera vez en España en 1812 y fue traducido al inglés y publicado por Edward Irving en 1827. Esto arroja un posible concepto pretribulacional al menos dieciocho años antes de Margaret Macdonald. Solo podemos concluir que durante esta época general muchos estaban estudiando la verdad, hasta entonces descuidada, del regreso de nuestro Señor, con cierto desacuerdo respecto al momento real de Su venida, pero con muchos que afirmaban un Arrebatamiento pretribulacional.
(1) En su libro The Rapture Question: Revised and Enlarged Edition (1979), John Walvoord ofrece un extenso análisis del argumento histórico postribulacional que incluye cinco críticas a la postura de MacPherson (150-57). En resumen: este no prueba ningún «encubrimiento», pues la postura pretribulacional se basa en la exégesis bíblica y no en la supuesta historia de la doctrina. Las acusaciones de Tregelles carecen de fundamento, y él era obviamente un testigo parcial. Sus citas de Margaret Macdonald y Edward Irving prueban que ellos no eran pretribulacionistas. No hay evidencia de que Darby derivara sus puntos de vista de tal fuente, sino más bien del estudio de la Biblia misma y de su conclusión de que la Iglesia es el cuerpo de Cristo. «Dadas las circunstancias —dice Walvoord—, parecería que la honestidad más elemental exigiría que Dave MacPherson escribiera otro libro confesando que todo su punto de vista no tiene base en los hechos en lo que respecta a MacDonald e Irving» (155).
Recientemente se ha publicado otra sólida refutación de las ideas de Dave MacPherson sobre el Arrebatamiento en la revista teológica trimestral Bibliotheca Sacra (abril-junio de 1990). En el artículo titulado «Why the Doctrine of the Pretribulational Rapture Did Not Begin with Margaret MacDonald» [Por qué la doctrina del Arrebatamiento pretribulacional no comenzó con Margaret MacDonald], el autor Thomas D. Ice analiza el trasfondo, las afirmaciones y los errores de MacPherson, así como la respuesta de varios eruditos bíblicos a sus afirmaciones. También es importante el análisis que hace el autor del «Progreso del dogma» y su relación con el «Desarrollo de la escatología», y del surgimiento de la doctrina del Arrebatamiento pretribulacional. Todo esto es lectura muy recomendable.
MacPherson sostiene que la postura del Arrebatamiento pretribulacional es una herejía relativamente moderna, con una conspiración por parte de sus partidarios para ocultar su dudoso trasfondo. Lanza la terrible acusación de que en China «la postura del Arrebatamiento pretribulacional ha causado la muerte de miles de personas» porque los misioneros no advirtieron al pueblo de la persecución venidera (1975, 103). Su conclusión final parece ser que «la postura del arrebatamiento pretribulacional está dando sus últimos pasos, ¡si es que alguna vez tuvo un pie en qué sostenerse!».
¿Por qué semejante diatriba de parte de un joven periodista? ¿Será posible que estemos presenciando una vendetta personal?
Dave aprendió su postribulacionismo a temprana edad de su padre y pastor, Norman Spurgeon MacPherson, un buen caballero, pero entusiasta seguidor de Alexander Reese, cuyos argumentos consideraba irrefutables y cuyos puntos de vista promovía activamente. Incluso escribió su propio libro sobre el tema: Triumph Through Tribulation [Triunfo a través de la tribulación], fechado en 1944.
Dave escribe abiertamente sobre la «estrechez de mente profética que estallaba periódicamente en el pastorado de mi padre en California» y su efecto sobre la salud de su madre. Relata su propia expulsión de un instituto bíblico porque discutía puntos de vista proféticos «que diferían en detalle de la posición oficial de la escuela». Dos semanas antes de terminar el semestre, dice, «fui expulsado de las instalaciones…. Mi expulsión fue posiblemente la gota que derramó el vaso. Unos días después murió mi madre» (1973, 15).
Aunque todo esto es sumamente lamentable, uno no debe responder al dolor personal rompiendo la comunión con otros creyentes por detalles proféticos, ni atacándolos y poniendo en duda su integridad porque sostienen un punto de vista diferente.
EL PUEBLO DE LA TRIBULACIÓN
Bajo el lema «Antes de dar por sentado que no pasarás por la Gran Tribulación… ¡lee este libro!», se publicó en 1975 The Tribulation People [El pueblo de la Tribulación], de Arthur D. Katterjohn, ex director del departamento de instrumentos orquestales del Conservatorio de Música del Wheaton College.
Hijo de un ministro bautista, se le enseñó «a respetar la autoridad de la Palabra de Dios y a amar las palabras de Jesús». Afirmando su compromiso con un «debate honesto», escribe su libro «para el cristiano que desea examinar de nuevo la doctrina de los últimos tiempos». ¿Debe la Iglesia prepararse para soportar al Anticristo y una persecución mundial, «o alistarse para un regreso de Cristo sin precedentes y sin anuncio justo antes del período de la tribulación?» (10). Su postura, claramente declarada desde el principio, es entusiastamente postribulacional. Como autoridad, se apoya mucho en los escritos de Ladd y Gundry, aunque estos hombres difieren en muchas cuestiones esenciales.
Katterjohn escribe su libro en un estilo popular y desenfadado, a veces impropio para un debate serio. Por ejemplo, las cinco vírgenes insensatas de la Biblia que no tenían aceite de repente se convierten en «cinco mujeres atolondradas» que «dejaron que se les agotara la provisión de aceite». En otro lugar, la vida cristiana no debería ser «una obsesión frívola por una vida burbujeante», cuando en realidad es una «lucha tensa y a menudo dolorosa». Quizá tales imágenes verbales estén pensadas para captar el interés de los jóvenes en los grupos de discusión de la Escuela Dominical. Ciertamente, sus preguntas de estudio al final de cada capítulo están diseñadas con ese propósito, pero, por desgracia, están muy cargadas de insinuaciones postribulacionales y con frecuencia dan por sentado lo que él debería demostrar con claridad.
Aunque declara erróneamente que la cuestión milenial es un asunto secundario, con «poca diferencia práctica» entre el amilenarismo y el premilenarismo, sostiene que el momento del Arrebatamiento es «la pregunta más apremiante del futuro» (77, 13). Porque el Anticristo y la Gran Tribulación vienen, y nosotros podríamos ser el «pueblo de la Tribulación» que debe sufrir y soportar los estragos del tiempo del fin.
Katterjohn reúne su evidencia a favor de un Arrebatamiento postribulacional bajo tres encabezados principales: (A) los Evangelios y la enseñanza de Cristo; (B) las Epístolas y la enseñanza de Pablo; y (C) el libro de Apocalipsis y la enseñanza de Juan. Esta reseña los considerará brevemente en ese orden.
(A) En los Evangelios, el enfoque principal se pone en el Discurso del monte de los Olivos de Cristo. Katterjohn sostiene que fue pronunciado en la intimidad a «el núcleo de la Iglesia del Nuevo Testamento» y que «no menciona a Israel ni a los judíos». Además, acusa a quienes no concuerdan con él de hacer que lo que Jesús dijo no signifique nada para los cristianos de hoy (17). Esta es una acusación descabellada e indigna, pues, llevada a su fin lógico, también privaría a los cristianos de toda instrucción y bendición del Antiguo Testamento, que ciertamente fue dado primero a Israel. «Toda Escritura es […] útil», y toda ella es para nosotros, aunque no siempre trate sobre nosotros.
La mayoría de los estudiantes de la Biblia afirman que el Discurso del monte de los Olivos, aunque instruye a todos acerca de la Tribulación que aún ha de venir, tiene al menos «un carácter judío», ya que habla de Judea, del día de reposo, del lugar santo del Templo, de las tribus de la tierra, de la costumbre judía del matrimonio y de la venida del Rey y del Reino. Esto es Israel en el tiempo del fin, y no hay ni la sombra de un indicio de que la Iglesia, el «cuerpo de Cristo», estará presente durante ese «tiempo de angustia para Jacob» que Cristo describe (Jer. 30:7; cf. Dn. 12:1).
No hay ninguna prueba legítima para la postura postribulacional que hace de parousía un término técnico para la Segunda Venida, de los escogidos un término técnico para la Iglesia, o que declara que los pretribulacionistas hacen del «evangelio del Reino» algo esencialmente diferente del evangelio que los cristianos conocen y predican hoy. En palabras del autor, los pretribulacionistas enseñan «un camino diferente de salvación para los creyentes acosados bajo el reinado del Anticristo», e incluso enseñan «cuatro evangelios diferentes, como hacen los pretribulacionistas» (19). Si los postribulacionistas tienen que construir su caso sobre semejante calumnia fabricada, quizá eso indique que no tienen un caso legítimo.
Tampoco el pasaje de Mateo 24:40-42, que Katterjohn llama «el arrebato repentino», describe un Arrebatamiento postribulacional como algunos suponen, sino que, en su contexto, es evidentemente la remoción de algunos en juicio, mientras otros quedan en la tierra para recibir el regreso de su Señor y entrar en Su Reino.
Katterjohn afirma que «la venida de Juan 14 y el regreso de Mateo 24 son el mismo acontecimiento» (37). Pero la presencia de ciertas semejanzas no prueba identidad, y sería igual de fácil ofrecer una lista de diferencias. No está seguro de si la dramática promesa «para que donde Yo estoy, allí estén ustedes también» se refiere al «reinado de mil años de Cristo en la tierra o a la inauguración de Su reino celestial». Probablemente, en este contexto no significa ninguna de las dos cosas. Sin embargo, por clara que sea la promesa (a la que él califica de «poética»), un postribulacionista debe negar un Arrebatamiento al cielo, a «la casa de Mi Padre», pues es totalmente contrario a su noción de un regreso inmediato de la Iglesia a la tierra después de su encuentro con Cristo en el aire.
(B) En cuanto a la teología paulina, nuestro autor declara que los términos escogidos, hermanos, santos e Iglesia se usan todos de manera intercambiable, pues esta «unidad de todos los hombres de fe es una de las piedras angulares de la doctrina cristiana y no puede desecharse por causa de una teoría de los últimos tiempos» (41). Esto contribuye a su postura errónea de que el término «Iglesia» abarca a los redimidos de todas las épocas, y de que el Arrebatamiento de 1 Tesalonicenses 4 y el regreso postribulacional de Mateo 24 son un mismo acontecimiento.
Observa que en el pasaje de 1 Tesalonicenses 4:13-18 no se menciona la Tribulación (ni debería mencionarse), «ni una venida secreta del Señor que pueda ocurrir en cualquier momento, ni … nuestro regreso al cielo después del arrebatamiento» (42). Más adelante admite la invalidez de este común «argumento del silencio» cuando observa que incluso «el término “segunda venida”, aunque es una herramienta útil para nosotros, no aparece en la Palabra de Dios» (68).
La «trompeta de Dios» del versículo 16, declara, «no es un caprichoso silbato dirigido a los santos de la era de la iglesia para alertarlos de un arrebatamiento secreto … sino un estruendo, una temible y retumbante fanfarria por la llegada del Rey» (44). La referencia a un «encuentro» en el aire cambia la dirección de los santos, pero no la del Rey, mientras descienden juntos a la tierra. Quizá todo esto sea un poco más de lo que Pablo quiso decir. Este y los demás pasajes principales sobre el Arrebatamiento sencillamente no enseñan el postribulacionismo.
Su exégesis de 1 Corintios 15:51-52 es muy escasa. Dos veces intenta definir el término «misterio» (57, 91) y, a la luz de Colosenses 1:26, se equivoca en ambas ocasiones. Como otros postribulacionistas, identifica la «trompeta final» con «ese último toque de trompeta» de Apocalipsis 11:15, dando a entender que suena en la Segunda Venida de Cristo. Este es un argumento muy trillado, respondido con frecuencia en la literatura pretribulacional. Tal suposición es completamente falsa porque el contexto es radicalmente diferente, y porque los juicios de las siete copas de la ira de Dios claramente se interponen entre la séptima trompeta y la Segunda Venida de Cristo.
Incluso en el asunto de la «ira», Katterjohn está en apuros teológicos, al afirmar: «Hay que recordar que la tribulación no es la ira de Dios, sino la persecución de los fieles, tanto judíos como gentiles, por parte del Anticristo» (41). La «ira» de Dios se entiende como un destello final de indignación divina sobre el régimen del Anticristo. Además, «hay que recordar que los cristianos serán quitados antes de que caiga la ira final de Dios» (98). ¡Así, incluso un ardiente postribulacionista debe admitir que la única manera de que la Iglesia evite el derramamiento de la ira divina es ser quitada por un Arrebatamiento previo!
Katterjohn no encuentra «ningún elemento de tiempo ni de lugar» para el Tribunal de Cristo, aunque 1 Corintios 4:5 parece ubicarlo en el Arrebatamiento (cf. 2 Ti. 4:8; Ap. 22:12). Respecto a la Cena de las Bodas del Cordero, declara: «Es después de que comienza Su reinado cuando se celebra la cena de las bodas» (79). Esto la ubicaría en la tierra después de la Segunda Venida, pero los lectores perspicaces de la Escritura la encontrarán en el cielo antes del regreso del Rey (Ap. 19:7-9, 11-16). De hecho, dos grandes acontecimientos en el cielo después del Arrebatamiento y antes de la Revelación constituyen una sólida evidencia de que el Arrebatamiento no es simultáneo con la Segunda Venida de Cristo.
Su postura sobre el importante pasaje del que detiene (2 Ts. 2:6-8) también se encuentra en dificultades. Admite que «si su conexión entre “el que detiene” y el Espíritu Santo en la Iglesia es correcta, el pretribulacionismo también es correcto, pues la Iglesia ciertamente no puede vivir sin el Espíritu Santo» (49). Sin embargo, opta por identificar al que detiene con el «gobierno civil». En cuanto a la frase «quitado de en medio», prefiere el significado «surgir de en medio». Luego, sin declarar una opinión adicional sobre este asunto, remite a sus lectores a los puntos de vista de George Ladd y Robert Gundry, que, dicho sea de paso, se contradicen entre sí.
(C) Pasando al libro de Apocalipsis, Katterjohn afirma que «la Iglesia no se menciona explícitamente en los capítulos 4-12, como tampoco el arrebatamiento», pero añade que «tampoco se menciona que la Iglesia esté en el cielo» (88). Así, rechaza la identificación pretribulacional de los veinticuatro ancianos, sugiriendo que son simplemente «representantes del Antiguo y del Nuevo Pacto». Aunque tal postura sea mejor que los «señores angélicos» de Reese, los ancianos dan poco consuelo a quienes no pueden encontrar a la Iglesia en el cielo durante la Tribulación. La Iglesia aparece de nuevo bajo una figura distinta, como la Novia de Cristo, una vez más en el cielo antes de la Revelación y el reinado del Salvador.
Katterjohn declara que «Apocalipsis 3:10 es una viga fundamental en la superestructura de la teoría pretribulacional moderna» (86). Cabe mencionar aquí que, aunque Guardados de la hora toma su título de este versículo, cuando Katterjohn lo incluye entre los «Libros para estudio adicional», lo presenta como «Argumentos a favor del pretribulacionismo basados en Apocalipsis 3:10». Esto, por supuesto, es una franca invención, pues un examen más atento habría revelado que el autor trata Apocalipsis 3:10 en cuatro páginas de 320, y en el índice de citas bíblicas tiene apenas dos entradas entre 840. Así que, aunque el versículo es importante, difícilmente es la suma total de la evidencia pretribulacional, como insinúa Katterjohn.
Nuestro autor argumenta que Apocalipsis 3:10 da a la Iglesia una promesa de protección en la Tribulación, pero no una remoción de esa hora. «La promesa de protección para el pueblo de Dios es esencial para todo el tejido de la Escritura» (86). Afirma que el versículo «es una gran promesa de protección a través de la tribulación, tanto en lo histórico … como cuando la persecución final bajo el Anticristo cobre impulso» (87).
¿Qué clase de protección ofrece? En otro lugar ha escrito sobre «la Iglesia sitiada … rumbo a una extinción inevitable» (99), cuando «el Anticristo empujará a los cristianos a cuevas y refugios ocultos» (100). «Resistirlo será fatal para la carne» (101). Será «una persecución horrible» (128) cuando el Anticristo «extienda su dominio sobre todo el globo y finalmente lo pisotee y lo desmenuce» (129), y cuando «muchos sufrirán el martirio» (43).
¿Es esta la naturaleza de nuestra «esperanza bienaventurada» y de nuestra protección prometida en la Tribulación? No hay nada más desesperanzador implícito en toda la escatología cristiana. ¡La muerte, y no un Arrebatamiento postribulacional, se convertiría en nuestra esperanza! En lugar de una profunda angustia y un probable martirio en la Tribulación, sería mucho mejor morir y estar inmediatamente y para siempre con el Señor (2 Co. 5:8).
Katterjohn escribe correctamente que «el momento del arrebatamiento es una cuestión vital, pero no debería ser un asunto que divida a los verdaderos creyentes» (115). Sin embargo, como muchos antes que él, no es su doctrina sino su actitud lo que divide. Declara que «ciertos rasgos distintivos pretribulacionales están fundados sobre arenisca» y son «teorías que solo encuentran apoyo como inferencias vagas del texto bíblico» (101). Quienes distinguen entre el Israel redimido antes de Pentecostés y la Iglesia del Nuevo Testamento, afirma, son culpables de promover «sistemas de castas (que) son invención de líderes egoístas que quieren evitar la humildad de la autoridad compartida» (102). Afirma que, según los pretribulacionistas, el testimonio de los 144,000 es «un cuasievangelio predicado por un remanente de la tribulación sin el Espíritu» (90). Es ese lenguaje inapropiado, y no la doctrina, lo que divide a los verdaderos creyentes.
Para Katterjohn, los pretribulacionistas son «teóricos» y «aficionados a la remoción temprana». ¿Es así como habría llamado al antiguo profesor del autor, el Dr. Henry C. Thiessen, durante muchos años jefe del Departamento de Biblia y presidente del profesorado de la Escuela de Posgrado del Wheaton College? Thiessen fue un profesor cálido y amable, un erudito teológico, un reconocido lingüista bíblico y también un pretribulacionista convencido (Introductory Lectures in Systematic Theology [Lecciones introductorias de teología sistemática], 475-86). Durante años hizo resonar la Palabra del Señor ante los estudiantes del Wheaton College, de manera mucho más armoniosa, al parecer, que esta nota discordante que surgió después del departamento de música.
LA ESPERANZA BIENAVENTURADA Y LA TRIBULACIÓN
Escrito con un espíritu mucho más encomiable que los dos libros considerados antes, es un libro publicado en 1976 por John F. Walvoord, The Blessed Hope and the Tribulation, con el subtítulo «Un estudio histórico y bíblico del postribulacionismo». Lo dice claramente: «El propósito de este estudio es examinar las afirmaciones de los postribulacionistas, su exégesis de pasajes importantes y su manejo de los argumentos pretribulacionales» (8).
En medio de la «confusión casi total» que reina en la interpretación actual de la profecía, en opinión del reseñista este volumen del Dr. Walvoord ofrece la respuesta impresa más completa a las diversas posturas y problemas de la escuela de pensamiento postribulacional.
El debate sobre el Arrebatamiento no es un simple argumento teológico, pues la esperanza del regreso del Señor es una verdad muy preciosa, y «sería difícil presentar un contraste mayor que el que hay entre la esperanza bienaventurada del regreso inminente de Cristo y la perspectiva de un probable sufrimiento y muerte en la gran tribulación» (10). Estas son perspectivas del futuro dramáticamente opuestas para la Iglesia de Jesucristo.
En el último siglo han surgido al menos cuatro tipos diferentes de postribulacionismo. Walvoord analiza primero la «Interpretación postribulacional clásica» de J. Barton Payne, cuya principal aportación al argumento postribulacional es su creencia en la inminencia del regreso de Cristo. Esto ya se trató en la reseña de The Imminent Appearing of Christ. Respecto a este asunto, Walvoord concluye que «los primeros padres de la iglesia obviamente se equivocaban al creer que ya estaban en la gran tribulación» (29), y que «Payne está prácticamente solo» cuando espiritualiza gran parte de la Tribulación e intenta añadir el concepto temprano de la inminencia a una conclusión postribulacional.
Una segunda postura es la «Interpretación postribulacional semiclásica», mejor ilustrada por Alexander Reese en su libro The Approaching Advent of Christ. Reese popularizó la opinión de que la postura pretribulacional surgió hace unos 150 años en los movimientos separatistas de Edward Irving y J. N. Darby. Tomó como doctrina clave la idea de que la Iglesia es el verdadero Israel e incluye a los santos de todas las épocas. Ofreció evidencia de que «la resurrección de la Iglesia ocurre al mismo tiempo que la resurrección de Apocalipsis 20», y de todo ello sacó una firme conclusión postribulacional.
En este tercer capítulo, Walvoord señala de manera contundente que «los postribulacionistas tampoco han resuelto nunca la apremiante pregunta de por qué hay un arrebatamiento en la segunda venida…. ¿Por qué habrían de encontrarse los santos con Cristo en el aire en el arrebatamiento si van a regresar inmediatamente a la tierra? ¿No sería preferible que la iglesia entrara en el milenio en sus cuerpos naturales … y poblara la tierra milenial?» (38-39).
La «Interpretación postribulacional futurista», ejemplificada por George Ladd en The Blessed Hope, es la tercera postura postribulacional considerada. Aunque acepta una Tribulación literal y futura, Ladd hace del trasfondo histórico su argumento principal, y luego «prácticamente ignora los tres pasajes principales que revelan el arrebatamiento» (50).
Al tratar el dispensacionalismo, «Ladd se aparta de su habitual enfoque erudito y acusa a los dispensacionalistas de sostener interpretaciones que ningún dispensacionalista apoyaría» (56). Le resulta difícil armonizar la «esperanza bienaventurada» con la idea de que «la iglesia debe pasar por la gran tribulación y muchos, si no la mayoría, en la iglesia serán martirizados». Comenta Walvoord que sería mucho mejor vivir «una vida normal en un período anterior al arrebatamiento» e ir «al cielo por medio de la muerte en lugar de vivir la gran tribulación» (57). La mayoría de los autores postribulacionistas no reconocen la fuerza de este problema en su propio sistema.
Walvoord incluye en esta tercera postura postribulacional las opiniones históricas de Dave MacPherson, y presenta contra él las cinco críticas ya expuestas en la reseña de los dos libros de MacPherson.
La cuarta postura postribulacional distinta es la «Interpretación postribulacional dispensacional» de Robert H. Gundry. Walvoord comenta favorablemente la «madurez de los estudios eruditos y su habilidad como polemista» de Gundry (61), pero le reprocha usar «argumentos circulares que dan por sentado lo que intentan probar» y presentar «solo la evidencia que apoya su postura» (62).
Los puntos centrales de Gundry incluyen su ataque a la doctrina de la inminencia; su caracterización de la Tribulación como principalmente un tiempo de ira satánica; su ubicación del comienzo del «día del Señor» al final de la Tribulación; su interpretación de que el Discurso del monte de los Olivos trata de la Iglesia y no de Israel; su fusión de los diversos juicios de los justos en un único juicio divino en la Segunda Venida; algunas sugerencias novedosas sobre quiénes entrarán en el Reino milenial; y su ubicación del Arrebatamiento justo antes de Armagedón, antes de la Segunda Venida de Cristo (62).
Walvoord concluye que el enfoque de Gundry es diferente del de cualquier postribulacionista del pasado, y que abandona la interpretación literal siempre que esta conduciría a una contradicción del postribulacionismo (68).
En la segunda mitad de su libro, Walvoord analiza la negación postribulacional de la inminencia y de la ira; la aportación de los Evangelios, especialmente de Mateo 24 y Juan 14; la esperanza consoladora de 1 Tesalonicenses 4 y el Día del Señor en el capítulo 5; la identificación del que detiene; y el Arrebatamiento en su relación con los acontecimientos del tiempo del fin. Cierra con dos capítulos breves pero excelentes: «Problemas no resueltos del postribulacionismo» y «El pretribulacionismo como alternativa al postribulacionismo».
Desde la perspectiva pretribulacional, este libro ofrece un análisis completo y muy valioso de los puntos de vista divergentes y de los problemas no resueltos del postribulacionismo.
EL GRAN DEBATE SOBRE LA TRIBULACIÓN
En 1976 se publicó una presentación considerablemente distinta de la postura postribulacional, llamada The Great Tribulation Debate [El gran debate sobre la Tribulación], de Norman F. Douty. Con el subtítulo «¿Tiene dos etapas el regreso de Cristo?», es una revisión de una publicación anterior fechada en 1956. Douty afirma en ella que fue convertido al postribulacionismo por el «peso de la evidencia», aunque admite que prefiere mucho más su creencia anterior, que era la de un Arrebatamiento pretribulacional (10).
Aunque señala algunos de los peligros de la controversia doctrinal, el autor afirma que el «debate sobre la Tribulación» es de importancia menor y no mayor, «una cuestión de detalle» (Scofield), que requiere «una cabeza fría y un corazón cálido». Luego, tras afirmar su amor y respeto por hombres como I. M. Haldeman, William L. Pettingill y W. H. Griffith-Thomas, además de Scofield, Barnhouse, Chafer y Thiessen, todos ellos pretribulacionistas con quienes está a punto de discrepar, escribe: «Por conveniencia, he elegido principalmente al Dr. C. I. Scofield para representar la enseñanza a la que aquí me opongo» (10). Este es un objetivo muy limitado, pues Scofield no siempre es un pretribulacionista representativo y sus notas ofrecen un tratamiento comparativamente breve del tema. Así, desde el principio mismo se introduce una debilidad inmediata en la evaluación de Douty.
Un rasgo más favorable es su constante apelación a la Escritura y a la lengua griega en asuntos de exégesis. Pero se necesitaría un erudito de primer nivel en griego (lo cual Douty no afirma ser) para comprobar la validez de sus conclusiones. El autor es obviamente un hombre de amplias lecturas y, para apoyar su postura, cita a multitud de otros autores y eruditos, la mayoría de una generación pasada. Sin embargo, resulta bastante tedioso encontrar al Dr. Fulano enfrentado al Dr. Mengano casi hasta el infinito, en lugar de una explicación cálida y erudita de lo que cada pasaje de la Escritura enseña realmente. Los citados ya no están con nosotros para explicar o defender sus puntos de vista.
Tampoco es Douty siempre amable. Considera a los pretribulacionistas sus «oponentes», y haría falta «gracia divina» para concederles una mente abierta, especialmente cuando está en juego el interés propio. «Más fácilmente pasa un camello por el ojo de una aguja que un pretribulacionista que ocupa un lugar de honor puede examinar este tema sin prejuicio» (11).
Este reseñista encontró The Great Tribulation Debate un libro extrañamente desconcertante y exasperante. Ignora argumentos pretribulacionales importantes y a veces ataca puntos de vista no representativos. Con frecuencia tergiversa y acusa injustamente la postura pretribulacional. Por ejemplo, dice Douty: «Es de temer que el pretribulacionismo esté produciendo una generación de cristianos blandos en lugar de una compuesta por quienes pueden sufrir penalidades como buenos soldados de Cristo Jesús» (130). Se dice que la postura pretribulacional del evangelio del Reino «no es la buena noticia de la salvación por la sangre de Cristo» (14). Se presenta a los pretribulacionistas como si creyeran que «lo que Cristo enseñó durante Su ministerio público no estaba destinado a los cristianos sino a los judíos…. Así, de un solo golpe, la Iglesia de Cristo es despojada de una gran porción de su herencia espiritual. Los Evangelios ya no les pertenecen a ustedes, hermanos míos, más de lo que les pertenece el Antiguo Testamento» (17-18). La mayoría de los de convicción pretribulacional encontrarán tales declaraciones completamente falsas y ofensivas.
Se dedican tres capítulos enteros a las palabras griegas para la venida de Cristo, intentando probar que, si estas palabras se usan para ambas etapas del advenimiento de Cristo, en realidad hay una sola etapa, y que esta es postribulacional. Como hemos visto, un uso técnico del griego parousía no es un argumento pretribulacional aceptado. Luego se catalogan las semejanzas entre los pasajes del Arrebatamiento y los de la Revelación, como si la semejanza en los detalles probara identidad y los convirtiera en un mismo acontecimiento.
La «influencia que detiene» de 2 Tesalonicenses 2 se identifica con el gobierno civil, pues «el Espíritu fue derramado después del regreso de Cristo al Padre con otros propósitos que el de detener la anarquía humana. No vino a hacer lo que se asignó al gobierno humano» (98). Además, en Apocalipsis 3:10, «esta preservación no se refiere al cuerpo, sino al alma. Cristo promete, no la exención de la tortura física y la muerte, sino una custodia espiritual, sean cuales sean las circunstancias» (104-5). Por decir lo menos, todas estas son conclusiones sumamente discutibles de parte de nuestro autor.
Peor aún es su tratamiento sumamente limitado de los tres pasajes principales sobre el Arrebatamiento. La triple cláusula de 1 Tesalonicenses 4:16 denota «una y la misma cosa», de modo que la «voz de mando» y la «trompeta de Dios» son idénticas a la «voz de arcángel». Luego, dice nuestro autor, si somos «arrebatados juntamente» debemos estar «unidos aquí en la tierra», de modo que «aquí se describe a Cristo escoltado a la tierra por Sus santos» (76). Por el contrario, la reunión de los santos ocurre cuando nos encontramos juntos «en las nubes … en el aire», y no en un regreso postribulacional a la tierra.
Douty enlaza todo esto con Juan 14:1-3, y cierra con una singular conclusión: «Cristo está en camino a la tierra para librar y convertir al remanente de Israel, para juzgar al Anticristo y su sistema, y para introducir Su glorioso reinado, todo lo cual llevará a cabo con rapidez. Luego conducirá a Sus glorificados a las muchas moradas de la casa de Su Padre y desde allí llevará adelante Su reinado milenial. No es sino hasta que aparezca la nueva tierra, después de ese reinado, que una Cabeza y un Cuerpo glorificados residirán abajo» (76, cursivas añadidas).
¡Imagínese: el Reino mesiánico, con un Rey ausente que reina desde el cielo en lugar de en la tierra! ¿Por qué una postura tan forzada? Porque un postribulacionista tiene que hacer algo con Juan 14:3, ya que tomarlo literalmente conduce directamente al pretribulacionismo. En cuanto al importante pasaje de 1 Corintios 15:51-52, se despacha con el comentario de que «la trompeta final» no precedería a las siete trompetas del Apocalipsis. «Si no es idéntica a la séptima, sin duda debe sucederla para ser la final» (39).
Douty da un énfasis principal al Discurso del monte de los Olivos, el cual, declara, «no es esencialmente profecía judía; es escatología cristiana. Los destinatarios de la última parte del capítulo 23 son judíos, pero los destinatarios de los capítulos 24 y 25 son cristianos» (36). Olvidando que los discípulos aún no entendían ni Su inminente muerte vicaria ni Su posterior resurrección (Mt. 16:21-23), o que estaban ocupados principalmente con pensamientos sobre el Reino mesiánico (Mt. 18:1; 20:21; Hch. 1:6), Douty sostiene que eran representantes de la Iglesia y que por medio de ellos Cristo «se dirige a la futura Iglesia acerca de las cosas por venir» (37). Puesto que la venida de Cristo sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria es «inmediatamente después de la tribulación de esos días» (Mt. 25:29-30), Douty supone que esto abarca el Arrebatamiento de la Iglesia, lo cual lo haría claramente postribulacional.
Su argumento forma un silogismo interesante: el Discurso del monte de los Olivos expone la escatología de la Iglesia. El regreso de Cristo a la tierra es claramente «después de la tribulación de esos días». ¡Por lo tanto, el Arrebatamiento debe ser postribulacional! Sin embargo, no debería olvidar la temprana advertencia de Alexander Reese acerca de los silogismos: si se encuentra un error en la premisa mayor o en la menor, ese error también se adhiere a la conclusión. El error de Douty se encuentra en su premisa mayor, y esto basta para destruir su conclusión.
Douty cierra su libro con «Un ruego por la tolerancia», el más fuerte y extenso que este autor ha visto impreso. «¿Qué daño les hemos hecho? Es cierto que hemos perturbado su complacencia, pero ¿qué pecado hay en eso?», y así sigue durante cuatro páginas completas (133-37). A la luz de cuánto tenemos en común, ruega moderación y comprensión. En este punto nos encontramos sustancialmente de acuerdo. No obstante, el libro mismo parece muy desactualizado en sus argumentos, lo que hace que su aportación sea de dudoso valor actual. Este reseñista no tiene conocimiento de que siquiera sus compañeros postribulacionistas reconozcan el libro o sus argumentos como autorizados.
LAS ÚLTIMAS COSAS: UNA ESCATOLOGÍA PARA LAICOS
En 1978, George E. Ladd publicó otra aportación más al debate sobre el Arrebatamiento, titulada The Last Things, An Eschatology for Laymen [Las últimas cosas: una escatología para laicos]. Ciertamente es un esfuerzo digno poner los temas teológicos en conceptos más sencillos y en un lenguaje adecuado para el creyente laico promedio. Mejor aún, tratar temas pertinentes y alentadores como el curso predicho de la era presente, las «señales de los tiempos» y las condiciones mundiales en el tiempo del fin, el Arrebatamiento como esperanza purificadora e incentivo para el servicio fiel, las recompensas y coronas que se repartirán por una vida victoriosa en el Tribunal de Cristo, nuestra posición como Novia de Cristo en la Cena de las Bodas del Cordero, el poder y la gloria del Rey que viene, y la perspectiva de reinar con Él en Su Reino milenial. Si este fuera el énfasis principal del libro de Ladd, todos lo recibiríamos con agrado y aplaudiríamos al autor.
Pero, en cambio, encontramos ante nosotros una decepcionante serie de problemas relacionados con el momento del Arrebatamiento, con un ataque constante y demoledor contra el dispensacionalismo. Aunque agradecemos ciertas conclusiones que sí compartimos con el Dr. Ladd, quien es un erudito premilenarista teológicamente conservador, este volumen difícilmente es una escatología para laicos. ¡Su subtítulo podría formularse mejor así: «Mi último ataque contra el dispensacionalismo»!
En realidad, Ladd parece ser un dispensacionalista modificado, pues en sus propias palabras reconoce «las eras de la promesa después de Abraham, de la ley bajo Moisés, de la gracia bajo Cristo y del Reino en el futuro» (9). Muy probablemente también reconoce la era de la inocencia antes de la caída de Adán y la situación muy diferente que siguió a su expulsión del huerto. Reconocer seis economías diferentes es un buen comienzo para un antidispensacionalista. Hace años, en una amable conversación personal con este autor, Ladd afirmó que no era judío, que no adoraba en el día de reposo, que nunca oraba para que su huida no fuera en día de reposo (Mt. 24:20), ni llevaba «un cordón azul» en las borlas de sus vestidos (Nm. 15:38). Aparentemente sí distingue entre eras y economías bíblicas y no siempre equipara a Israel con la Iglesia del Nuevo Testamento, cosa claramente prohibida en Apocalipsis 2:9 y 3:9.
Es muy lamentable que se haya desatado semejante tormenta en torno al concepto del dispensacionalismo, cuando la Biblia indica claramente la presencia de diversos siglos o eras (Ef. 2:7; 3:5, 21), de economías diferentes (Mt. 16:18; Lc. 21:24; Jn. 1:17; Heb. 12:18-24), e incluso usa el término «dispensación» en el sentido de una economía planeada por Dios (1 Co. 9:17; Ef. 1:10; 3:2; Col. 1:25, en la versión inglesa Authorized Version). Aunque es cierto que algunos han llevado el principio dispensacional a conclusiones erróneas y extremas, no todos los que usan este principio son «aves de varios colores», como se les ha llamado, ni nadie sostiene «siete caminos de salvación», como otros han afirmado. Tampoco menosprecian el valor de los pasajes obviamente dirigidos a Israel.
Lo que necesitamos es sentarnos a conversar, descubriendo lo que tenemos en común así como las áreas de desacuerdo. Luego, dejar de tratar el dispensacionalismo como un sistema teológico que hay que atacar o defender, y más bien devolverlo a la hermenéutica (la interpretación bíblica) como una extensión de la pregunta básica: «¿A quién, o de quién, habla este pasaje?». Entonces se evaporaría la mayor parte de la amargura generada.
Erróneamente, Ladd hace del pretribulacionismo «la doctrina más característica de los dispensacionalistas» (50). En realidad, las disputas más básicas pertenecen al ámbito de la eclesiología. Usando una «hermenéutica espiritualizadora», supone que la Iglesia es el «Israel espiritual» porque «encuentra que el Nuevo Testamento aplica a la iglesia espiritual promesas que en el Antiguo Testamento se refieren al Israel literal» (24). Esto es suponer demasiado, pues, aunque es cierto que los redimidos de Israel y la Iglesia redimida comparten ciertos privilegios como miembros de la familia de Dios, es una falacia de primera magnitud equiparar a Israel y a la Iglesia solo sobre esta base.
No siempre puede considerarse a Israel como una comunidad redimida. El apóstol Pablo clama con gran angustia de corazón por la salvación de Israel, sus parientes según la carne (Ro. 9:1-3; 10:1). Presenta a los judíos y a la Iglesia de Dios como dos entidades totalmente separadas (1 Co. 10:32), de modo que el momento de la resurrección de Israel no demuestra, ni siquiera implica, que la resurrección de la Iglesia será simultánea. Y cuando encontramos que «inmediatamente después de la tribulación» Dios reúne a «Sus escogidos» de entre «las tribus de la tierra», la clara inferencia es que es Israel, y no la Iglesia, quien ha pasado por la Tribulación.
Hay otros problemas. Ladd no está seguro de que el Siervo Sufriente de Isaías 53 pueda identificarse con el Mesías, el ungido de Dios. Llama a la Tribulación «una lucha breve pero terrible entre Satanás y la Iglesia … un tiempo de martirio espantoso» (49), lo cual difícilmente es una «esperanza bienaventurada» o un tema tan atractivo que podamos «confortarnos unos a otros con estas palabras».
Contrariamente a lo que dice Ladd, los pretribulacionistas no enseñan «dos segundas venidas de Cristo», ni necesariamente siquiera dos «fases de Su venida», aunque esto es simplemente una cuestión de definición. Tampoco necesitan los pretribulacionistas limitar el término parousía al Arrebatamiento y epipháneia a la Revelación. Aunque algunos lo han hecho, Walvoord y otros teólogos pretribulacionistas han indicado claramente que el vocabulario de la venida de Cristo no es técnico y es igualmente aplicable tanto al Arrebatamiento como a la Revelación.
Considera que 2 Tesalonicenses 2:6-7 es «muy difícil» y afirma que la «interpretación clásica» es bastante satisfactoria, a saber, que «el poder que detiene es el principio de la ley y el orden encarnado en el Imperio romano con el emperador a la cabeza» (68). Por el contrario, lejos de ser un freno contra el mal, puede demostrarse que el Imperio romano cayó bajo el peso mismo de su enorme iniquidad.
Tampoco podemos estar de acuerdo cuando Ladd declara: «Los 144,000 son la iglesia en el umbral de la Gran Tribulación», explicando que son «verdaderos judíos espirituales sin ser judíos literales: en otras palabras, la iglesia» (71). Olvida que en la Iglesia ya no se nos ve como judíos o gentiles, sino que todos somos uno en Cristo Jesús (Gá. 3:28; Ef. 2:14). No quiere reconocer un cuerpo redimido de judíos en la Tribulación, claramente identificado como procedente de las tribus de Israel, porque esto equivaldría a confesar que la Iglesia ya no está en la tierra.
En este libro, Ladd demuestra cómo el patrón de pensamiento postribulacional conduce peligrosamente cerca de la postura amilenarista. Se aparta de la interpretación literal premilenarista normal cuando declara: «El número 144,000, como otros números del Apocalipsis, es un número simbólico que representa plenitud» (71). La medida de la Nueva Jerusalén en Apocalipsis 21:16 «es obviamente una medida simbólica» (113) y «el Reino de Dios es también una realidad presente». Cristo «ya está sentado a la diestra de Dios y reinando como Rey» (116). Al definir el amilenarismo, dice: «Hay que admitir que hay cierto apoyo bíblico para tal postura» (111).
Se asemeja a la teología amilenarista cuando equipara a Israel con la Iglesia, llamando a esta última «Israel espiritual». Identifica el juicio de las naciones gentiles en Mateo 25 con el Gran Trono Blanco de Apocalipsis 20, admitiendo que, si esto se siguiera literalmente, no dejaría lugar para un milenio y lo convertiría en amilenarista. Evita esto afirmando que el relato de Mateo 25 es «una parábola dramática» sobre dar la bienvenida y recibir a Cristo. En un volumen anterior declara: «Muchos milenaristas no insistirán en que el reinado terrenal de Cristo haya de durar exactamente 1000 años. Los 1000 años bien pueden ser un símbolo de un largo período de tiempo, cuya extensión exacta se desconoce» (1952, 147). ¡Este tipo de premilenarismo haría muy feliz a un amilenarista!
El reseñista se abstiene de hablar de otros problemas relacionados con el libro de Ladd. Aporta poco nuevo al debate sobre el Arrebatamiento y difícilmente es «una escatología para laicos».
LOS CRISTIANOS PASARÁN POR LA TRIBULACIÓN
En 1978 apareció un libro postribulacional claramente diferente, de James M. McKeever, titulado Christians Will Go Through the Tribulation: And How to Prepare for It [Los cristianos pasarán por la Tribulación: y cómo prepararse para ella]. No es una discusión seria de la evidencia bíblica o teológica sobre el momento y las implicaciones del Arrebatamiento. Se da firmemente por sentada la postura postribulacional, con algunos pasajes de la Escritura y unas pocas citas dispersas de autoridades postribulacionistas para respaldar la convicción del autor. Su propósito, más bien, es dar «sugerencias muy prácticas sobre cómo prepararse para las catástrofes que los cristianos experimentarán durante la Tribulación», tratando de la «preparación física y de la preparación espiritual, que es aún más importante» (19).
Debido a las promesas que eximen a la Iglesia de la ira divina, los autores postribulacionistas normalmente describen a la Iglesia como plenamente protegida por la mano soberana de Dios, pasando a salvo por la Tribulación de manera muy parecida a Noé y su familia sellados en el arca, navegando plácidamente a través de la tormenta y el juicio del gran diluvio de Génesis. McKeever pone esa imagen de cabeza al retratar al cristiano luchando por su vida y por el bienestar de su familia en medio de la tragedia nuclear, la brutalidad humana y la amenaza de una hambruna inminente, en un día en que nadie puede comprar ni vender, salvo los que capitulan ante el Anticristo del diablo y llevan «la marca de la bestia».
Nuestro autor es un ministro ordenado y maestro de la Biblia, con una trayectoria de diez años en IBM y veinte años en el negocio de la computación. Da muestras de ser un hombre de buen espíritu, sincero y dedicado. Sin embargo, el lector tendrá que juzgar por sí mismo la validez de ciertas convicciones que expresa.
El libro de McKeever tiene tres partes principales. La Parte 1 trata de las «Preguntas cruciales» sobre el momento del Arrebatamiento y de los muchos pasajes que, en su opinión, enseñan que la Iglesia debe pasar por toda la Tribulación y soportarla. Ladd y Gundry son sus principales autoridades sobre este asunto, con un poco de ayuda adicional de Katterjohn.
Analiza la evidencia de que podríamos estar viviendo al final del siglo y, si es así, algunas de las «Catástrofes que enfrentaremos». Repasa la extrema severidad de los juicios de la Tribulación, los sellos que se rompen, las trompetas de juicio que suenan y las copas de la ira divina que han de derramarse. Con tono lastimero declara: «Quisiera que el Arrebatamiento fuera a ocurrir al comienzo de la Tribulación, y que mis hermanos creyentes y yo no tuviéramos que experimentar las cosas terribles que vienen». Sin embargo, concluye, «puesto que creo, como un número creciente de cristianos, que los creyentes pasarán por la Tribulación, mi familia y yo nos estamos preparando para ella tanto física como espiritualmente» (56).
Pasando por alto la Parte 2 por el momento, la tercera y última parte del libro trata de la preparación espiritual. Esta incluye un «Llamado a la justicia» con un desafío tomado de Apocalipsis 2 y 3, además de 12:10-11, a ser vencedores sobre el mal y el poder de Satanás. Sigue una exposición de nuestra relación personal con el Espíritu Santo y de la llenura del Espíritu, que es Su control sobre nuestras vidas. La mayor parte de esta enseñanza es esencial y buena, pero en cuanto a los «dones del Espíritu», muchos en el pueblo del Señor declinarán seguirlo.
McKeever cree que todos los dones apostólicos están disponibles hoy y que se ejercerán cada vez más en la Tribulación venidera. Reconoce la discordia que causa el «hablar en lenguas desconocidas», pero afirma la validez del don, incluida la adoración a Dios con un «lenguaje angelical». También afirma la sanidad sobrenatural y, en Indonesia, la multiplicación sobrenatural de alimentos para dar de comer a los cristianos «e incluso a los perros». Escribe sobre el control sobrenatural de serpientes, escorpiones y animales salvajes, y sobre cristianos que ejercen dominio sobre la naturaleza, ordenando a la lluvia que se detenga y a un tornado que pase de largo. Más aún: «¡En el grupo de creyentes con quienes tenía comunión en Pasadena hay un hombre que fue resucitado de los muertos!» (269). Cada lector tendrá que evaluar tales afirmaciones inusuales y leer el resto del libro a la luz de ellas. Porque la Escritura ordena: «Antes bien, examínenlo todo cuidadosamente, retengan lo bueno» (1 Ts. 5:21).
La Parte 2 es la conclusión natural de la teología postribulacional. Los cristianos deben estar preparados para sobrevivir a una guerra nuclear, al caos social y a la amenaza del Anticristo construyendo y abasteciendo algún tipo de refugio antinuclear. «En una casa sin sótano, uno podría meterse en el espacio bajo el piso y cavar un hoyo…» (123). Hay que estar preparado para sobrevivir al hambre. «Sugeriría que una familia tuviera una provisión de tres meses de alimentos enlatados y al menos una provisión de doce meses de alimentos deshidratados, secados al aire y liofilizados» (140). El almacenamiento es un problema: «La provisión de un año de alimentos enlatados para una familia de cinco ocuparía el 60 por ciento de un garaje para dos autos…. Se puede prolongar la vida útil de los alimentos enlatados … volteándolos de cabeza periódicamente» (141-42).
Hay que prepararse para sobrevivir a los terremotos. «La mayoría de los peligros son obra del hombre». Sujete con alambre a la pared los muebles altos para que no se caigan, etc. En zonas costeras, prepárese para los maremotos (167-70). Sin poder comprar ni vender, ni siquiera contar con servicio eléctrico o de drenaje, necesitará desarrollar un «hogar autosuficiente», con tanques para recoger agua de lluvia, una fosa séptica u otro plan para eliminar los desechos, y un generador eólico para la electricidad. Si no puede mudarse a una granja, debe tener un huerto con animales pequeños y aves para alimentarse. Se recomienda mucho un gran tanque de peces para criar bagres. Además, un deshidratador de alimentos, un purificador de agua y posiblemente un inodoro de compostaje. Construya una bodega subterránea y una casa de manantial para almacenar en grande; instale un sistema para captar calor solar y, de preferencia, tenga la mayor parte de la casa bajo tierra para ahorrar energía. Etc., etc., etc. Esto es lo que debería estar haciendo un postribulacionista consecuente, y ¿cuántos de ellos calificarían? Esta es la teología postribulacional puesta en práctica. Por tanto, ¡confórtense unos a otros con estas palabras!
LO QUE USTED DEBE SABER SOBRE EL ARREBATAMIENTO
En 1981, Charles C. Ryrie publicó una reseña breve pero erudita de los principales asuntos implicados en el debate sobre el Arrebatamiento, bajo el título What You Should Know About the Rapture [Lo que usted debe saber sobre el Arrebatamiento]. Los principiantes en este tema apreciarán su clara introducción y sus sencillos cuadros de las cuatro posturas principales, mientras que los estudiantes más maduros reconocerán que «la profecía se está discutiendo más que nunca a nivel académico», cuando Ryrie debate con Gundry, a quien considera el principal portavoz del movimiento postribulacional moderno.
En cuanto al trasfondo histórico del pretribulacionismo, Ryrie trata los diversos intentos que se han hecho para desacreditar la enseñanza de Darby afirmando que no obtuvo sus ideas de la Biblia, sino de un hereje y de una mística. El hereje era Edward Irving, depuesto en 1833 por la Iglesia de Escocia bajo la acusación de sostener la pecaminosidad de la humanidad de Cristo. La mística era Margaret Macdonald, de 15 años, a quien, como hemos visto, MacPherson y otros han presentado como la primera en proclamar un Arrebatamiento pretribulacional.
Ryrie sostiene que la escatología irvingita no era clara, que no había ninguna conexión entre el pretribulacionismo de Darby y la enseñanza irvingita, y que la afirmación de que la doctrina pretribulacional comenzó con un estallido de lenguas en la iglesia de Irving es, en palabras de E. R. Sandeen, «una acusación infundada y perniciosa». Además, «en cuanto a la muy joven y crónicamente enferma Margaret Macdonald, solo podemos calificarla con verdad como una “arrebatista confundida”, con elementos de arrebatamiento parcial, de postribulacionismo, quizá de mesotribulacionismo, pero nunca de pretribulacionismo» (72).
Ryrie sostiene que la mayoría de los postribulacionistas se han concentrado en contrarrestar los argumentos pretribulacionales en lugar de elaborar una cronología adecuada del futuro. La postura pretribulacional no es un «mecanismo de escape», sino un intento de «proclamar con exactitud todo el plan de Dios». Aunque concede que el vocabulario griego usado para describir la venida de Cristo no prueba ni un Arrebatamiento pretribulacional ni uno postribulacional, afirma que una exégesis cuidadosa de los pasajes cardinales de la Escritura sí sostiene una conclusión pretribulacional.
Por ejemplo, 2 Tesalonicenses 1:5-10 enfatiza el juicio de Dios sobre Sus enemigos, con palabras como «justo juicio», «aflicción», «llama de fuego» y «castigo», un vocabulario extrañamente ausente en los pasajes del Arrebatamiento. Esto se debe a que el tema del pasaje es la «vindicación» y no, como dicen los postribulacionistas, una «liberación de los cristianos de la persecución» (54). Además, en todo el pasaje más extenso sobre la Tribulación, Apocalipsis 4-18, no se menciona a la Iglesia ni se la ve en la tierra, sino que se encuentra en el cielo, simbolizada por los 24 ancianos.
Aunque habrá «santos» en la Tribulación, el término se aplica igualmente a los «piadosos» del Antiguo Testamento, de la era presente y de los años de la Tribulación que aún han de venir. Este término, junto con frases como los que «mueren en el Señor» y «los que guardan los mandamientos de Dios», así como la palabra «escogidos», describen a quienes confiarán en Cristo durante la Tribulación. «Los escogidos de los días de la Tribulación no tienen que ser los mismos que los escogidos de la iglesia simplemente porque se use el mismo término para ambos grupos» (62).
Ryrie desarrolla la cuestión de cómo se poblará el Reino milenial. «Cuando comience el Milenio, algunas personas tienen que estar vivas en cuerpos no resucitados, capaces de engendrar hijos y poblar ese reino» (75). Las Escrituras parecen enseñar que todos los impíos serán juzgados antes del Reino, y que todos los que sean arrebatados se vestirán de inmortalidad. Este es un problema importante para quienes creen en un Arrebatamiento postribulacional, pues según esta postura no quedaría nadie en cuerpos humanos normales para entrar en el Reino y poblarlo.
Por parte de los postribulacionistas, Robert Gundry presenta una respuesta doble a este problema: (1) Los 144,000 no serán salvos durante la Tribulación, sino que serán «preservados físicamente» y «convertidos inmediatamente después del arrebatamiento al ver a su Mesías descender a la tierra». (2) Los padres gentiles procederán de los impíos que de alguna manera escaparán de la muerte y del juicio al final de la Tribulación (Gundry, 83, 137).
Ambas respuestas son defectuosas, pues los 144,000 se presentan en Apocalipsis 7 y 14 como testigos redimidos que ganan para Cristo a una multitud innumerable durante la Tribulación, que evidentemente mueren por su fe y son arrebatados con cánticos de regocijo a la presencia del Cordero (Ap. 14:3-5). Y la «destrucción parcial» de los gentiles que propone Gundry, la cual «dejaría a los inconversos restantes para poblar la tierra milenial», causa estragos en el «juicio de las ovejas y los cabritos» de Mateo 25:31-46, que es a la vez definitivo y soteriológico.
La Escritura ubica claramente este juicio en la Segunda Venida de Cristo (Mt. 25:31-32), pero Gundry se ve obligado a ubicarlo después del Milenio. Es mucho más sencillo y bíblico tener un período después del Arrebatamiento pero antes de la Revelación, durante el cual muchos serán redimidos, algunos de los cuales entrarán en el Reino milenial y lo poblarán. Esta es la postura que sostiene el pretribulacionismo.
En breve resumen, Ryrie refuta la postura postribulacional de que Dios de algún modo extiende un «manto de seguridad» sobre la Iglesia en la Tribulación. Muestra también que el «Día del Señor» no puede comenzar con un tiempo de «paz y seguridad» (1 Ts. 5:3) si, como proclaman los postribulacionistas, «comienza con la ira de Dios derramada en Armagedón».
Además, «el postribulacionismo tiene un verdadero embotellamiento (de acontecimientos del tiempo del fin) en la segunda venida de Cristo» (100). No logra mostrar cómo pueden ser protegidos los justos de las diversas iras del período de la Tribulación, sobreviviendo a la ira de Dios pero sujetos a la ira de Satanás. Puesto que muchos morirán, esta sería una «protección muy selectiva».
Apocalipsis 3:10 ofrece una mejor solución. No es un salvoconducto selectivo a través de esa hora, sino la remoción de la hora misma. Como dice Ryrie: «La única manera de escapar de una angustia mundial es no estar en la tierra» (117). El Arrebatamiento no es una amenaza de casi exterminio, sino una esperanza luminosa y bienaventurada que nos hace «amar Su venida» (2 Ti. 4:8).
EL ARREBATAMIENTO: VERDAD O CONSECUENCIAS
Muy leídos y aclamados son los libros proféticos de Hal Lindsey, comenzando con el popular The Late Great Planet Earth [La agonía del gran planeta Tierra] (1970) y llegando hasta The Rapture: Truth or Consequences [El Arrebatamiento: verdad o consecuencias], publicado simultáneamente en Estados Unidos y Canadá en 1983. El lenguaje de estos libros es generalmente contemporáneo más que teológico, porque apunta a otro grupo de edad y a una cultura diferente de la del estudiante promedio de la profecía bíblica. No obstante, Lindsey trata algunos temas bíblicos profundos mientras ejerce su «don de la sencillez». Su libro sobre el Arrebatamiento, en particular, es una discusión seria de los pasajes bíblicos y de los temas doctrinales que indican la relación del Arrebatamiento con la Tribulación, y nos da «un plano de la historia del mañana».
Los lectores apreciarán los cuadros de Lindsey sobre las diversas posturas acerca de la Tribulación y el Milenio, y en los pasajes de exposición bíblica les impresionará su evidente erudición y su uso continuo del griego del Nuevo Testamento. Quienes disfrutan comparar sistemas teológicos encontrarán un útil análisis de la mesotribulacionista Mary Stewart Relfe, When Your Money Fails [Cuando tu dinero falle], y del postribulacionista Robert Gundry, The Church and the Tribulation.
Lindsey comienza su exposición aclarando los asuntos principales que están en juego y destacando las áreas de acuerdo común entre los exponentes del pretribulacionismo, el mesotribulacionismo y el postribulacionismo, muchos de los cuales son eruditos cuidadosos y grandemente usados por el Señor. Aclara la verdadera naturaleza de la Iglesia y la importancia de las distinciones dispensacionales. Analiza la cronología y los juicios que se encuentran en el libro de Apocalipsis, la importante promesa de Apocalipsis 3:10 y la «búsqueda de la Iglesia desaparecida», con lo cual se refiere al Arrebatamiento. En resumen, «la promesa de ser guardados de la hora; la identidad de los que moran en el cielo; la ausencia de la Iglesia de la tierra en los capítulos 4 al 19; la presencia de la novia en el cielo antes de la segunda venida: todo encaja en el patrón de un escenario de Arrebatamiento pretribulacional» (111).
Al tratar «el que detiene» de 2 Tesalonicenses 2, Lindsey presenta una sólida evidencia de que «el que detiene» es sin duda el Espíritu Santo. Concluye que «Sus ministerios singulares en, a través de y a favor del creyente serán quitados junto con la Iglesia» (138). A la luz de la morada permanente del Espíritu en la Iglesia (Jn. 14:16; Ro. 8:9), una afirmación aún más fuerte podría ser que la remoción del Espíritu antes de la revelación del Anticristo establece como pretribulacional el momento del Arrebatamiento.
Argumenta con eficacia a favor de varias etapas en la «primera resurrección», mostrando que «los muertos en Cristo» resucitan antes del traslado de los santos vivos en el Arrebatamiento, mientras que la resurrección de los mártires de la Tribulación ocurre después de la venida de Cristo en Su Revelación (Ap. 20:4-6). Lindsey cierra luego su libro con una lista de acontecimientos mundiales que «avanzan hacia un final catastrófico».
A lo largo de The Rapture se manifiesta una nota cálida, personal y espiritual, que con tanta frecuencia se pierde en medio de la argumentación teológica. Lindsey cierra su exposición de la siguiente manera: «La esperanza del Arrebatamiento es una fuerza muy práctica en mi vida en este momento de la historia. Me motiva a obtener un conocimiento de combate de la Biblia para poder enfrentar los tiempos peligrosos que preceden a la Tribulación». Más aún: «Me motiva a ganar para Cristo a tantos como pueda antes de que sea demasiado tarde…. Aunque me duele el mundo perdido que se dirige a la catástrofe, la esperanza del Arrebatamiento me libra de la desesperación en medio de condiciones mundiales que empeoran cada vez más» (176). A lo cual este reseñista añade un sincero «¡Amén!», ¡pues este es el énfasis principal de la Esperanza Bienaventurada!
EL ARREBATAMIENTO: ¿ANTES, A MITAD O DESPUÉS DE LA TRIBULACIÓN?
Tendiendo un puente sobre la considerable distancia entre los tres principales puntos de vista sobre el Arrebatamiento está un debate «cara a cara» titulado The Rapture: Pre-, Mid-, or Post-Tribulational? [El Arrebatamiento: ¿antes, a mitad o después de la Tribulación?]. Esta publicación de 1984 fue escrita por cuatro amigos personales, tres de los cuales son colegas en el profesorado de Trinity Evangelical Divinity School. De tono mutuamente respetuoso y contenido altamente académico, sus ensayos constituyen una aportación importante a la literatura sobre el Arrebatamiento, especialmente para quienes desean prestar atención cuidadosa al uso y significado de las palabras griegas implicadas en la exposición de los principales pasajes del Nuevo Testamento. Aunque son amigos, estos hombres debaten con vigor, y cada uno tiene oportunidad de responder a las otras dos posturas.
Introduce el debate un excelente ensayo de Richard R. Reiter, «Historia del desarrollo de las posturas sobre el Arrebatamiento». Traza la historia de la controversia sobre el Arrebatamiento y la Tribulación desde la época de la Conferencia Bíblica de Niágara, 1878-1909, pasando por el período de predominio pretribulacional de 1909 a 1952, hasta lo que llama el «resurgimiento del postribulacionismo» desde 1952 hasta el presente. Muchos encontrarán fascinante leer las opiniones de grandes líderes espirituales del pasado, como John N. Darby, D. L. Moody, A. J. Gordon, James H. Brookes, C. I. Scofield, Arthur T. Pierson y Arno C. Gaebelein —todos ellos firmes pretribulacionistas—, junto con el creciente desafío de Robert Cameron, Nathaniel West, William G. Moorhead y W. J. Erdman, todos los cuales abrazaron una escatología postribulacional.
La creciente dureza del debate se revela en «la amargura de la diatriba de West», pasando por el «tono despectivo» de Alexander Reese, hasta los comentarios injuriosos de Robert Cameron, quien habla de «oponerse a esta teoría del Arrebatamiento secreto que sale volando de la tribulación», la cual es «solo un truco del diablo para engañar al pueblo de Dios a fin de que no esté en la línea de fuego por Dios». Tal fue la diatriba virulenta que comenzó a surgir, principalmente del campo postribulacional.
De manera refrescante, los tres autores siguientes se elevan muy por encima de tal denuncia amarga, y abogan por «mayor humildad en cuanto a los detalles» y por una «unidad que dé lugar a la diversidad y promueva la tolerancia». Este es un llamado bienvenido y oportuno.
«Argumentos a favor de la postura del Arrebatamiento pretribulacional» es presentado por Paul D. Feinberg, profesor asociado de Teología Bíblica y Sistemática. Admite que abandonar la postura pretribulacional ampliamente sostenida no es, como algunos han sugerido, «el primer paso en la proverbial pendiente resbaladiza que lleva a estrellarse contra las rocas del liberalismo». No obstante, la cuestión del Arrebatamiento es de la mayor importancia porque «toca los asuntos sumamente importantes de la interpretación bíblica, la relación entre la Iglesia e Israel y el curso de la historia humana» (47).
Feinberg argumenta a favor del pretribulacionismo desde tres posiciones principales: (1) Todo el período de la Tribulación se caracteriza como el «derramamiento de la ira divina penal y retributiva», de la cual se promete exención a la Iglesia de Jesucristo, tanto de la experiencia de la ira como del tiempo de la ira. Distingue correctamente entre la ira divina y las pruebas y sufrimientos normales de la vida presente, incluida la persecución de parte de hombres malos. La Escritura describe la vida cristiana como una batalla que hay que pelear y una competencia atlética que exige disciplina y resistencia. Sin embargo, 1 Tesalonicenses 1:10 y 5:9 prometen claramente la exención de la ira venidera de Dios.
Debate la postura de Gundry de que «la ira divina no cubre toda la septuagésima semana, probablemente ni siquiera la segunda mitad, sino que se concentra al final», observando que la «ira» aparece en el Apocalipsis ya desde el sexto sello, y que es difícil ver cómo el hambre, la guerra y la muerte dejarían de tocar a los creyentes tanto como a los incrédulos. Incluso Apocalipsis 3:10 indica que este período de prueba vendrá «sobre todo el mundo», y promete exención no solo de la ira divina sino también del tiempo mismo de la ira. Argumenta a partir de la literatura clásica, la Septuaginta y el Nuevo Testamento que la preposición griega ek indica «una posición fuera de su objeto», y que la combinación tēreō ek promete «una preservación fuera de un período de tiempo», lo cual exige la remoción de la Iglesia antes del período llamado Tribulación (68).
(2) Feinberg argumenta luego a favor de la necesidad de un intervalo entre el Arrebatamiento de la Iglesia y la Segunda Venida de Cristo, para que algunos puedan ser salvos y entrar en el Reino venidero en cuerpos no glorificados, y así poblar la tierra durante el reinado milenial de Cristo. Habrá gentiles además de judíos en el Reino venidero, aunque Ezequiel 20:37-38 declara que los «judíos rebeldes» no entrarán en él, mientras que Mateo 25:31-46 describe de manera similar la destrucción de los gentiles impíos. Puesto que ningún impío entrará en el Reino de Cristo, «debe haber una separación entre el Arrebatamiento y la Segunda Venida para que personas con cuerpos naturales y físicos puedan ser salvas y poblar el Reino milenial» (79).
(3) Hay una marcada diferencia entre los pasajes de la Escritura que describen el Arrebatamiento y los que describen la Segunda Venida de Cristo para juzgar a los impíos y establecer Su Reino de justicia. Mientras que no hay señales que alerten al creyente de que el Arrebatamiento está cerca, señales y acontecimientos muy definidos conducen al regreso de Cristo desde la gloria y lo anuncian.
Todo pasaje que trata de la Segunda Venida está situado en el contexto de la Tribulación y el juicio, mientras que los pasajes del Arrebatamiento no mencionan tal angustia. Los textos de la Segunda Venida no enseñan el traslado de los santos vivos ni la resurrección de los que han muerto en Cristo, sino que dan promesa solo a los santos martirizados de la Tribulación. Además, cuando se comparan los pasajes del Arrebatamiento con los de la Segunda Venida, hay una clara incongruencia respecto al momento del Arrebatamiento y al destino de los que serán arrebatados.
Feinberg cierra su sección con este ruego: «Que nuestras diferencias nunca empañen el gozo y la expectativa de ver a nuestro Señor en Su regreso visible y personal», y que nuestros desacuerdos solo «sirvan como mayor impulso para el estudio y la claridad» de las Escrituras proféticas (86).
En el tercer capítulo, Gleason L. Archer presenta «Argumentos a favor de la postura del Arrebatamiento a mitad de la septuagésima semana». Prefiere este título a «mesotribulacionismo» porque considera los primeros tres años y medio como una «tribulación menor, no tan aterradora ni destructiva de la vida como esas temibles plagas que dominarán los últimos tres años y medio» (139). Así, afirma que su postura «es en realidad una forma de Arrebatamiento pretribulacional». Sin embargo, su identificación de la «trompeta final» del Arrebatamiento con la «séptima trompeta» de la Tribulación, y su identificación de la Iglesia arrebatada con los 144,000 de Apocalipsis 14, recuerdan mucho más la postura postribulacional.
El capítulo final del libro lo escribe Douglas J. Moo, profesor auxiliar de Nuevo Testamento en Trinity. Merece elogio por escribir con amabilidad, por exponer todos los pasajes principales y por reconocer que «ningún verdadero creyente experimentará la ira de Dios». Sin embargo, armoniza esta afirmación con la postura postribulacional declarando que «la ira parece concentrarse en la última parte del período de la Tribulación». También usa una teoría de la selectividad, diciendo que «el pueblo de Dios puede escapar de la ira divina aunque esté presente durante su derramamiento» (174).
Moo contrarresta el hecho obvio de que muchos juicios de la Tribulación caen sobre toda la tierra habitada apartándose de la interpretación normal y literal. Afirma: «Ninguna descripción de la Tribulación indica que implicará un sufrimiento mayor que el que muchos creyentes ya han experimentado» (176). Esta débil respuesta contradice directamente Daniel 12:1 y Mateo 24:21, que declaran que habrá «una gran tribulación, tal como no ha acontecido desde el principio del mundo hasta ahora, ni acontecerá jamás», un período sin precedentes en la historia de la humanidad sufriente.
A diferencia de muchos postribulacionistas, Moo sí afronta la implicación de Juan 14:1-3, que implica fuertemente que los arrebatados van directamente a la casa del Padre, que es el cielo. Responde: «El hecho de que los creyentes, en un Arrebatamiento postribulacional, se eleven al encuentro del Señor en el aire solo para regresar de inmediato a la tierra con Él no crea ninguna dificultad, pues el texto no afirma que los creyentes irán directamente al cielo … solo que estarán con el Señor siempre» (178). En respuesta a Moo, Archer lo llama «un procedimiento de yoyo de subir y bajar», y declara con razón que, en todo caso, «estos santos que suben y bajan solo estorbarían el impulso de Su carga hacia la tierra mientras desciende a toda prisa para aplastar a las huestes rebeldes de la Bestia y a todos sus secuaces. Lo más que puede decirse de tal “Arrebatamiento” es que es un espectáculo secundario de importancia mínima» (215).
Para hacer postribulacional el Arrebatamiento, Moo identifica la «trompeta final» de 1 Corintios 15:52 con la gran trompeta que reúne a los escogidos de Israel en Mateo 24:31 para el Reino milenial, «un acontecimiento que siempre es postribulacional» (179). Al tratar la «ira» venidera, Moo hace del escape de la ira una recompensa, diciendo: «Pablo exhorta a los tesalonicenses a vivir vidas piadosas a fin de que puedan evitar los aspectos de juicio del Día» (186). Aquí suena más bien como partidario del Arrebatamiento parcial. Sin embargo, puesto que su tratamiento de los principales pasajes del Arrebatamiento es bastante extenso y complejo, quizá lo mejor en este punto sea animar a una lectura cuidadosa de esas páginas y luego considerar la adecuada respuesta de Paul Feinberg que se encuentra en las páginas 223-31 del mismo libro.
Respecto a las semejanzas que Moo señala entre los principales pasajes del Arrebatamiento y los principales pasajes de la Segunda Venida, Archer observa que entre ambos «las diferencias de atmósfera, de tono y de escenario son tan obvias que desalientan toda esperanza de identificarlos como referidos a una y la misma operación» (217).
Estamos en deuda con estos hombres por ofrecernos una presentación justa, amistosa y erudita de las tres principales posturas sobre el momento del Arrebatamiento. Como ya se indicó, han hecho una excelente aportación a la creciente literatura sobre la cuestión del Arrebatamiento.
EL ARREBATAMIENTO: UNA CUESTIÓN DE TIEMPO
En 1985, William R. Kimball publicó otra defensa postribulacional más, titulada The Rapture: A Question of Timing [El Arrebatamiento: una cuestión de tiempo]. Concede que el Arrebatamiento es la «esperanza bienaventurada» de todos los verdaderos creyentes y que está «firmemente establecido como pieza central de la escatología bíblica» (11). En el «Llamado final» del libro, el autor afirma que no desea arrojar «una sombra negativa sobre la integridad, sinceridad o competencia espiritual de aquellos creyentes que puedan discrepar de las posturas proféticas que he adoptado». Además, declara: «Siempre debemos ejercer una actitud de tolerancia hacia los hermanos que puedan discrepar de nuestras posturas proféticas» (180-81).
Esta es, por supuesto, la actitud justa y apropiada en el debate profético. Diferencias aparte, todos somos uno en Cristo Jesús, y en amor debemos honrarnos y respetarnos unos a otros.
Sin embargo, nuestro autor fracasa trágicamente en seguir su propia norma declarada, lo que nos hace preguntarnos si se trata más de palabras piadosas que de una verdadera convicción. Llama a sus compañeros premilenaristas que tienen una postura diferente sobre el Arrebatamiento «los flautistas de Hamelín del pretribulacionismo». Según él, usan «complicadas torceduras y gimnasia exegética» y son culpables de «arrancar las Escrituras de su contexto». Sostienen teorías «novedosas» y «radicales», «innovaciones proféticas» y «caprichos de … especulaciones siempre cambiantes». Sus posturas son «maniobras» «descaradas», «evasivas» y «desesperadas». Abrigan una «esperanza ilusoria» de un «escape en un arrebatamiento secreto», «desconocido antes de 1830», un «arrebatamiento dividido», «secreto, silencioso y misterioso», una «doble venida», un «pantano doctrinal», una «novedad» de «confusión» y «contradicción». La «defensa pretribulacionista podría compararse con el proverbial avestruz que esconde la cabeza en la arena». Su «esquema conveniente» al tratar ciertos pasajes significa el «naufragio irremediable de su postura». Enseñan una «evacuación misteriosa», una «fuga celestial de siete años», «una fragmentación de la segunda venida en dos venidas muy distintas», en realidad «una tercera venida». Otros hombres citados llaman al Arrebatamiento pretribulacional «una perversión de la verdad de la Segunda Venida, un engaño de los últimos días» (121), un «mito» de los más lamentables «en toda la historia de la exégesis extravagante» (59).
Tales comentarios e insultos, esparcidos por todo el libro, tal abuso verbal, dificultan escuchar lo que el autor realmente tiene que decir. Procuremos, sin embargo, hacer una breve evaluación de sus argumentos principales.
Kimball es culpable de ataques generalizados contra posturas no representativas. Es cierto que, al principio del debate sobre el Arrebatamiento, algunos usaron el término «Arrebatamiento secreto» como sinónimo del regreso pretribulacional de Cristo, recalcando que el Arrebatamiento ocurrirá sin señales de advertencia y encontrará a muchos desprevenidos. No significaba «sin sonido» ni que «el mundo no se dará cuenta», sino simplemente que ocurriría de repente y que para muchos sería totalmente inesperado. Sin embargo, tal como lo usaron Tregelles, I. M. Murray y otros, se convirtió en un término de desprecio postribulacional. Como ellos, Kimball ridiculiza el término continuamente, haciéndolo «secreto, silencioso y misterioso», y piensa que, al refutar el «secreto», ha destruido el Arrebatamiento pretribulacional.
La verdad es que los pretribulacionistas son plenamente conscientes de la voz de mando y la trompeta de Dios que acompañan al Arrebatamiento, y concuerdan en que el mundo reconocerá que los cristianos se han ido. Sin embargo, el término «secreto» ha sido tan malentendido y difamado que la mayoría de los pretribulacionistas modernos no ven necesidad de seguir usándolo. No hay victoria para el postribulacionismo en atacar la idea de un «Arrebatamiento secreto». Kimball puede probar que será «un acontecimiento ruidoso, abierto y espectacular» (59), pero está atacando una postura que ya no es pertinente.
Kimball se opone a la idea de que Apocalipsis 4:1 haga en realidad de la experiencia de Juan «un símbolo del arrebatamiento de la iglesia» (77). Una vez más, esta es una postura minoritaria y no representativa. Aunque el autor respeta a quienes la aceptan, prefiere la postura de que el Arrebatamiento cae cronológicamente entre los capítulos tres y cuatro. Aunque la experiencia de Juan en 4:1, así como la resurrección de los dos testigos y la presencia de los 144,000 en la gloria, son acontecimientos significativos en sí mismos, muy probablemente no tipifican la resurrección y el Arrebatamiento de la Iglesia.
De manera similar, E. Schuyler English sugirió en una ocasión que la «apostasía» (literalmente, «partida») de 2 Tesalonicenses 2:3 podría ser una referencia al arrebatamiento de la Iglesia y no a una apostasía del tiempo del fin o un alejamiento de la fe. Su propuesta fue simplemente un globo de ensayo, y los pretribulacionistas fueron los primeros en derribarlo. Ciertamente nunca llegó a ser representativa del pretribulacionismo, pero Kimball la califica de «un intento desesperado de defender la teoría del arrebatamiento en cualquier momento» y, plagiando a Reese, la llama un «ejemplo de exégesis extravagante».
Los postribulacionistas que toman posturas minoritarias e intentan hacerlas representativas de la teología pretribulacional porque parecen fáciles de atacar simplemente están luchando contra molinos de viento teológicos, cuando deberían estar estableciendo una exégesis sólida y una cronología del tiempo del fin.
En cuanto a la historia de la doctrina, Kimball se identifica firmemente con la postura de Dave MacPherson, con todos sus problemas consiguientes. Aunque reconoce correctamente que la Iglesia no sufrirá la ira derramada de Dios, sostiene que «los cristianos resistirán la oposición y las tribulaciones impuestas por los hombres hasta la segunda venida de Cristo» (76). En este punto, debería leer Apocalipsis 13:7 y luego repasar las advertencias e instrucciones de Jim McKeever.
Sostiene que la promesa de consuelo que se encuentra en 1 Tesalonicenses 4:18 es más pertinente para el sufrimiento y el martirio del primer siglo que para la perspectiva de escapar de la Tribulación venidera. Identifica la «trompeta final» del Arrebatamiento con la «séptima trompeta» del libro de Apocalipsis, diciendo que «el momento del arrebatamiento está restringido a la séptima, o última, trompeta» (107). Estas son posturas comunes que han sido respondidas con frecuencia y de manera convincente. Si el Arrebatamiento es simultáneo con la séptima trompeta, debido a las siete copas de ira que se interponen, debe ocurrir considerablemente antes del descenso del Hijo de Dios desde el cielo.
Muchos creen que hay una distinción válida entre «venir por los santos» y «venir con los santos», basándose en la profecía de Judas 14 y en muchos otros pasajes. Kimball se conforma con que esto signifique que Cristo «vendrá otra vez con Sus santos ángeles» (127), aunque es dudoso que los ángeles puedan identificarse como «santos». Las criaturas sin pecado no necesitan santificación.
Comentando Juan 14:1-3, declara que esto no significa que la Iglesia regresará con Cristo al cielo, sino simplemente que lo «acompañará en Su descenso final y victorioso a la tierra» (131). La Iglesia es arrebatada, brevemente «evacuada de la superficie de la tierra junto con el terrible holocausto que se desatará repentinamente sobre una humanidad no regenerada» (132). Así, concuerda en que la Iglesia debe ser arrebatada para escapar del derramamiento de la ira divina. Pero los pretribulacionistas encuentran que la ira derramada comienza temprano en la Tribulación, con Apocalipsis 6:16-17, y no con 19:11, en la gloriosa venida del Rey.
Kimball cierra correctamente su libro diciendo: «Nuestra unidad esencial y nuestra comunión en Cristo nunca deberían romperse ni socavarse por nuestras diferencias en puntos proféticos» (181). En opinión del reseñista, no ha cumplido este elevado propósito, y ha escrito un libro que no añade nada a la armonía y poco o nada al argumento postribulacional. Más bien, el mandato de «amar Su venida» se ha perdido por completo en medio de la amargura de otra polémica postribulacional más.
LA CUESTIÓN DEL ARREBATAMIENTO: EDICIÓN REVISADA Y
AMPLIADA
Como defensa final y más significativa de la postura pretribulacional, hemos elegido reseñar el volumen de John F. Walvoord, The Rapture Question: Revised and Enlarged Edition. Aunque los demás libros aquí reseñados se han considerado en orden cronológico desde 1956, incluida la edición original de The Rapture Question, esta reedición de 1979 merece una mención especial. Pone al día los asuntos y los argumentos al responder a los desafíos más recientes a la esperanza del regreso inminente de Cristo.
Con cien páginas más que la edición anterior, el libro añade un índice temático completo, una bibliografía ampliada y atractivos subtítulos en negrita. Para las citas bíblicas, ha cambiado de la Authorized Version (King James) a la New International Version (NIV), lo que en algunos casos produce una traducción más sencilla y vigorosa. Sin embargo, para algunos estudiantes de la Biblia criados con la expresión familiar de la versión King James, hay algunos casos en que la terminología de la NIV probablemente sonará peculiar, como «la parábola del trigo y la mala hierba» (the wheat and the weeds) y, en Juan 14, «en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones» (many rooms).
Mucho más importante, sin embargo, es el hecho de que el Dr. Walvoord ha añadido a su edición anterior seis nuevos capítulos de exposición bíblica. Trata el Arrebatamiento en los Evangelios, en 1 Tesalonicenses 4 y 5, en 2 Tesalonicenses, en 1 Corintios y en el libro de Apocalipsis. También es significativo que su exégesis incluya una respuesta directa a los vigorosos argumentos de Robert H. Gundry, cuyo libro de 1973 The Church and the Tribulation fue sin duda el desafío más fuerte al pretribulacionismo desde The Approaching Advent of Christ, de Alexander Reese, fechado en 1932.
Resulta una lectura interesante y estimulante descubrir cómo un teólogo maduro y hábil como Walvoord responde a los argumentos ingeniosos, enérgicos y con frecuencia intrincados de un erudito como Gundry, manteniendo ambos el más alto nivel de cortesía cristiana como compañeros premilenaristas y hermanos en el servicio de Cristo. El hecho mismo de que dos eruditos así discrepen sirve para ilustrar la dificultad y complejidad del debate que se considera.
Aunque los argumentos y asuntos son demasiado extensos para un tratamiento adecuado dentro de esta breve evaluación, los puntos más destacados pueden señalarse de la siguiente manera:
EL ARREBATAMIENTO EN LOS EVANGELIOS
Tanto Reese como Gundry adoptan la postura de que en los Evangelios se encuentran referencias explícitas a un Arrebatamiento postribulacional, especialmente en Mateo 13 y 24-25 y en Juan 14. Gundry argumenta a partir de Mateo 13:30, el trigo y la cizaña, que los meros profesantes son reunidos para juicio en la misma crisis que la transfiguración de los justos, lo cual causa gran apuro a quienes separan ambos acontecimientos por varios años. Esto no se sigue lógicamente, pues la expresión «recojan primero la cizaña» desbarata la afirmación postribulacional de que Cristo arrebata a la Iglesia antes de ocuparse en juicio de los impíos. Además, en la parábola de los peces buenos y malos que sigue inmediatamente (v. 48), los peces «buenos» se seleccionan primero, lo cual es el orden opuesto al de la quema de la cizaña antes de recoger el trigo. En estos puntos, Gundry no ofrece ninguna evidencia sólida a favor de un Arrebatamiento postribulacional. De hecho, observa Walvoord, en su contexto Mateo está tratando el juicio de la Revelación de Cristo, y el Arrebatamiento no está a la vista en absoluto.
En Mateo 24-25, el tema tiene que ver con el «fin del siglo», que no es la era de la Iglesia como tal, sino más bien la era entre los dos advenimientos ya tratada en el capítulo 13. El período entre los dos advenimientos de Cristo incluye tanto la era de la Iglesia como la Tribulación venidera. En el Discurso del monte de los Olivos, Cristo responde a preguntas específicas de los apóstoles en relación con el futuro de Israel, hecho que Gundry opta por ignorar. Aunque la mayoría de los premilenaristas concuerdan en que habrá una reunión de todos los «escogidos», tanto de Israel como de los gentiles, al final de la Tribulación, los «escogidos» en cuestión se refieren a los creyentes de la Tribulación y no a los santos de la Iglesia. Porque los dos rasgos principales del Arrebatamiento están totalmente ausentes del pasaje, a saber, el traslado de los vivos y la resurrección de los muertos en Cristo. Nuestro autor concluye: «Sin embargo, falta la prueba de que el relato de Mateo sobre este acontecimiento incluya ya sea un traslado o una resurrección» (187).
Además, el intento postribulacional de encontrar el Arrebatamiento en Mateo 24:40-41 es inexacto, pues el contexto del versículo 39 declara que los que son «llevados» son los que se ahogan, y «sería extraño que una ilustración tan clara como esta se invirtiera por completo en la aplicación de los versículos 40-41» (188). Muchos serán llevados en juicio y algunos serán dejados para entrar en el Reino milenial. El Arrebatamiento como tal no está en discusión, por muy parecido que suene el lenguaje.
El postribulacionismo tampoco logra encontrar el Arrebatamiento en Mateo 25:31-46, pues las ovejas y los cabritos están mezclados y requieren ser separados por un juicio especial inmediatamente después de la Segunda Venida de Cristo. Esto sería del todo innecesario si acabara de ocurrir un Arrebatamiento postribulacional, pues el Arrebatamiento «sería el primer acontecimiento y separaría automáticamente a todos los salvos de los no salvos antes de que los pies de Cristo tocaran siquiera el monte de los Olivos y antes de que se instituyera Su reino» (192).
Muchos consideran Juan 14:1-3 como la primera mención clara del Arrebatamiento en el Nuevo Testamento desde un punto de vista cronológico. Su venida por los Suyos contrasta aquí notablemente con el glorioso acontecimiento de Mateo 24, que se compara con el relámpago que sale del oriente y resplandece hasta el occidente. «En lugar de describir una venida del cielo a la tierra, Cristo describe una venida por Sus santos para llevarlos a la casa del Padre» (194). Los postribulacionistas se esfuerzan por eliminar tal Arrebatamiento porque, como hemos visto, contradice directamente su sistema profético. Por ejemplo, en lugar de un arrebatamiento de la Iglesia a la casa del Padre, Barton Payne refiere Juan 14:3 a la muerte de un cristiano, mientras que Robert Gundry explica que Cristo va a prepararles «moradas espirituales dentro de Su propia persona». Y Douty declara que Cristo regresa primero a la tierra para juzgar al Anticristo e introducir Su glorioso reinado antes de volver al cielo para administrarlo. Tales interpretaciones forzadas indican «cómo los postribulacionistas, incluso los dados a la interpretación literal, espiritualizan cuando el texto claro contradice su punto de vista» (195). Y al hacerlo, se contradicen claramente unos a otros.
EL ARREBATAMIENTO EN 1 TESALONICENSES 4
El comentario sobre 1 Tesalonicenses 4 y 5, tanto de Gundry como de Walvoord, es bastante extenso y debería ser leído con cuidado por todos los que buscan comprender los respectivos puntos de vista. En resumen, la exposición del Dr. Walvoord incluye las siguientes ideas. 1 Tesalonicenses aporta más a la doctrina del Arrebatamiento que cualquier otro libro del Nuevo Testamento, pues menciona el Arrebatamiento en cada capítulo. Si la Gran Tribulación fuera a preceder al Arrebatamiento, este libro sería el lugar natural para declararlo. En cambio, el regreso de Cristo por Su Iglesia se presenta a los cristianos de Tesalónica como un acontecimiento inminente que deben esperar con esperanza y expectativa. En cuanto a sus muertos en Cristo, estos serán resucitados primero, y esta expectativa debería traerles consuelo en medio de la tristeza.
Ahora bien, en 1 Tesalonicenses 4:13-18, la venida del Señor en el Arrebatamiento será «con voz de mando» y estará acompañada de la «voz de arcángel», Miguel, un grito de triunfo y victoria de parte de aquel que ha dirigido a los santos ángeles contra Satanás y sus ángeles a lo largo de los siglos.
La «trompeta de Dios» se usa con frecuencia en el Antiguo y en el Nuevo Testamento para anunciar acontecimientos importantes, pero el sonido de una trompeta no identifica dos acontecimientos como uno mismo. Aquí el Arrebatamiento se presenta como inminente, sin un orden previo de acontecimientos que deban cumplirse. «También debería ser obvio que, si los tesalonicenses tuvieran que pasar por la Gran Tribulación antes del Arrebatamiento, esto sería un asunto de mayor preocupación para ellos que el posible problema de una resurrección demorada de sus seres queridos en Cristo» (203).
Además, los postribulacionistas aún tienen que explicar por qué, según su postura, los santos tendrían siquiera que dejar la tierra, puesto que Cristo se propone que reinen con Él, y puesto que fácilmente podrían ser ellos quienes poblaran el Reino milenial. Para un postribulacionista, el Arrebatamiento es simplemente un breve incidente de dudosa importancia en la secuencia de acontecimientos conocida como la Segunda Venida.
Lo más importante es que este pasaje crucial no da ninguna advertencia de la Gran Tribulación, y a quienes piensan que está implícita: «en lugar de exhortar a los cristianos al consuelo, los postribulacionistas deberían estar preparando a los cristianos para el martirio» (209).
Walvoord concluye que 1 Tesalonicenses 4 es uno de los pasajes más fuertes a favor de la interpretación pretribulacional de la Escritura, y que ofrece el menor consuelo a quienes sostienen la postura postribulacional.
EL ARREBATAMIENTO EN 1 TESALONICENSES 5
1 Tesalonicenses 5 es un capítulo que ha generado algunos desacuerdos acalorados, pues incluye el difícil problema del «día del Señor». Gundry concuerda en que esta expresión no significa un día de 24 horas, «sino un período de tiempo más largo … que incluye el milenio y el juicio final». Nótese que se resiste firmemente a cualquier afirmación de que el día del Señor incluya también la Tribulación. En consecuencia, Walvoord nos recuerda que Gundry intenta reordenar el libro de Apocalipsis de modo que los juicios principales caigan al final, con «todos los juicios catastróficos de los sellos, las trompetas y las copas como si fueran de algún modo simultáneos» (223). Su motivo «es lograr que la iglesia sea arrebatada antes de que tengan lugar los acontecimientos principales del día del Señor». Detrás de todo esto está la suposición de que, si la Tribulación no es un tiempo de ira divina, entonces los cristianos escaparán de la severidad del período.
Walvoord responde que Gundry se equivoca en ambos puntos. No solo sufren severamente los santos, sino que las Escrituras revelan que la Tribulación es principalmente un tiempo de la ira de Dios. Aun si fuera solo un tiempo de ira satánica, los cristianos no podrían evitar un gran sufrimiento y una probable muerte. «La perspectiva de una iglesia que pasa triunfalmente por la Gran Tribulación relativamente intacta no está respaldada por las profecías del libro de Apocalipsis, como lo indican los mártires de los capítulos 6 y 7» (230).
En realidad, los capítulos 4 y 5 de 1 Tesalonicenses exponen el programa general de los acontecimientos del tiempo del fin, con el día del Señor comenzando justo después del Arrebatamiento. La Iglesia no entra en este período, como lo indican (1) el hecho de que el Arrebatamiento se trata primero; (2) el cambio de pronombres de «nosotros», «nos» y «ustedes» (vv. 1, 2, 4-6, 8-11) a «ellos» y «los demás» (vv. 3, 6, 7); (3) el hecho de que la gente estará diciendo «paz y seguridad», lo cual implica que la Tribulación aún no ha comenzado; y (4) la clara afirmación de que Dios no nos ha destinado para ira, sino para obtener salvación.
En este pasaje, el pretribulacionista tiene la ventaja evidente, pues si la Iglesia es arrebatada antes de este tiempo de angustia, entonces todo lo que se dice en el pasaje se vuelve muy claro. «El período de la ira no sorprenderá a la iglesia como ladrón porque la iglesia no estará allí» (221). La Gran Tribulación es expresamente un tiempo de juicio divino sobre un mundo que ha rechazado a Cristo. El postribulacionismo de Gundry lo empuja a «una postura extrema e insostenible al intentar hacer pasar a la iglesia por la Gran Tribulación sin experimentar gran tribulación» (228).
EL ARREBATAMIENTO EN 1 CORINTIOS
La postura de Gundry respecto al que detiene en 2 Tesalonicenses 2 ya ha sido reseñada, así que el autor pasará a 1 Corintios 15:51-58. Este pasaje es importante porque es uno de los dos pasajes principales sobre el Arrebatamiento en todo el Nuevo Testamento. Incluido en el gran capítulo paulino sobre la resurrección, el Arrebatamiento se presenta como la gran excepción a la regla normal de la muerte seguida de la resurrección. «Los que estemos vivos y que permanezcamos» al final de la era de la Iglesia escaparemos de la muerte por un traslado físico a la presencia de Cristo.
Los autores postribulacionistas normalmente dan un tratamiento breve a este pasaje porque, como explica Walvoord, «el pasaje … no aporta prácticamente nada al concepto postribulacional del Arrebatamiento» (247). Porque el Arrebatamiento es un «misterio», no revelado en el Antiguo Testamento, y esto lo distingue de inmediato de la Segunda Venida de Cristo, que sí fue revelada. Por lo demás, «el traslado de la iglesia no se menciona en ninguna parte del Nuevo Testamento en un pasaje que hable claramente de la venida de Cristo después de la Gran Tribulación» (248).
El aspecto principal de la exposición de Gundry gira en torno a la frase «la trompeta final». Los postribulacionistas normalmente asocian esta «trompeta final» con la séptima trompeta de juicio del ángel en Apocalipsis 11:15. Gundry hace la misma identificación, pero con un «quizá» que la matiza, sugiriendo también que podría ser la última «como una que suena al final del siglo, después del toque de las siete trompetas apocalípticas» (Gundry, 148). Esto parece ser una admisión de que la séptima trompeta de Apocalipsis 11 suena en realidad considerablemente antes del final de la Tribulación, hecho que los postribulacionistas normalmente no reconocen. Pero, en lugar de hacer tal reconocimiento, pregunta: «¿Cómo podría Pablo haber tenido en mente las siete trompetas si Juan aún no había escrito el Apocalipsis?».
Su explicación final y más mesurada es que la trompeta será «la última en su esfera, es decir, en la era de la Iglesia, y no la última de una serie». Esto suena muy parecido a la postura pretribulacional, salvo que para Gundry es una conclusión de antemano que la era de la Iglesia incluirá la Gran Tribulación. Por lo tanto, ubica la trompeta al final mismo de ese período, lo cual en realidad es dar por sentado lo que intenta probar. Tampoco resuelve el problema importante de que en Apocalipsis 16 hay siete copas de la ira de Dios que siguen a la séptima trompeta pero que preceden a la Segunda Venida de Cristo.
Walvoord sostiene que las trompetas de 1 Corintios 15, Apocalipsis 11 y Mateo 24:31 son trompetas totalmente distintas, pues la de Mateo tiene que ver con los santos de todas las épocas que son reunidos en el momento de la Segunda Venida; las del Apocalipsis se relacionan con el juicio y las tocan ángeles; mientras que la de Corintios se relaciona con la Iglesia y se llama la «trompeta de Dios». Quienes hacen de «la trompeta final» un término técnico lo hacen basándose en una suposición previa y no en una evidencia bíblica sólida.
Además, la resurrección de 1 Corintios 15:52 es absolutamente única, pues es el único caso en que una resurrección está conectada con el traslado de los vivos. También en el versículo 58 hay una exhortación unida a la doctrina del Arrebatamiento, que la relaciona con nuestro servicio presente a Cristo, pero que de ninguna manera nos advierte que este gran acontecimiento solo puede ocurrir después de que la Gran Tribulación haya seguido su curso.
EL ARREBATAMIENTO EN EL LIBRO DE APOCALIPSIS
El último de estos capítulos específicos trata del Arrebatamiento en el decisivo libro de Apocalipsis. Declara Walvoord: «La perspectiva de una iglesia que pasa triunfalmente por la Gran Tribulación relativamente intacta» no está respaldada por las profecías de este gran libro (230). Esto es muy significativo, pues en el Apocalipsis se revelan detalles específicos sobre la Tribulación y la venida de Cristo que no se dan en ninguna otra parte de toda la Biblia. «Si … el Arrebatamiento forma parte de los acontecimientos de la Segunda Venida, la extraña ausencia de toda mención de él es ciertamente un golpe devastador para los postribulacionistas» (254).
Hay, sin embargo, varios pasajes específicos implicados en el debate sobre el Arrebatamiento y la Tribulación. Entre los más importantes está Apocalipsis 3:10-11: «Porque has guardado la palabra de Mi perseverancia, Yo también te guardaré de la hora de la prueba, esa hora que está por venir sobre todo el mundo para probar a los que habitan sobre la tierra. Vengo pronto; retén firmemente lo que tienes, para que nadie tome tu corona».
Como ya se consideró, el griego tēreō ek y su traducción son importantes para entender el pasaje. Gundry dedica diez páginas a su exposición de Apocalipsis 3:10 e insiste en que la preposición griega significa «desde dentro hacia fuera». Walvoord, respaldado por prácticamente todas las traducciones al inglés, sostiene que tiene el sencillo significado de «de». Más importante aún, «el propósito de la promesa es la liberación de “la hora de la prueba”, un período de tiempo, y no simplemente la preservación a través de las pruebas de ese período» (257). El propósito es guardarlos del tiempo de la persecución, no guardarlos a través de la persecución. Esto hace de «guardados de la hora» una promesa pretribulacional válida.
Apocalipsis 5:8-10 presenta a los 24 ancianos en el cielo, en la presencia de Cristo, a quienes muchos pretribulacionistas ven como representantes de la Iglesia arrebatada antes del derramamiento de los juicios divinos, y a quienes los postribulacionistas ven simplemente como ángeles que entonan un cántico de regocijo por los redimidos. Puesto que la principal diferencia de opinión se basa en lecturas alternativas del texto griego, el asunto «sigue siendo discutible», aunque el uso del texto revisado por sí solo «no prueba que los veinticuatro ancianos sean ángeles» (259).
El hecho de que estén vestidos de vestiduras blancas sugiere más bien que son hombres redimidos, y que se les describa con coronas de oro implica que han sido juzgados y recompensados, como sería el caso si hubiera habido un Arrebatamiento pretribulacional seguido de un Tribunal de Cristo en el cielo.
Walvoord nos recuerda el problema principal relacionado con el libro de Apocalipsis: «No hay ninguna mención clara del arrebatamiento de la iglesia desde Apocalipsis 4 hasta Apocalipsis 18», y esto nos da una fuerte implicación de que ya ha tenido lugar (260). Gundry contrarresta esta ausencia con el hecho de que el libro tampoco menciona que la Iglesia esté en el cielo. Pero tal objeción depende de la identificación de los ancianos y olvida que la Iglesia, como Novia de Cristo, se ve en el cielo antes de la Segunda Venida de Cristo (Ap. 19:7-9).
Walvoord le recuerda a Gundry que «no se menciona ninguna iglesia local en ninguna parte de Apocalipsis 4-18», lo que deja a los postribulacionistas frente no solo al hecho de que no se menciona la Iglesia universal, sino también al de que no se ve ninguna iglesia local en la tierra (261).
Apocalipsis 7:1-8 y 14:1-5 presentan el llamamiento y la autoridad espiritual de los 144,000. La mayoría de los postribulacionistas espiritualizan este grupo y hablan de él como representativo de la Iglesia en la tierra durante la Tribulación. Gundry se aparta de esta postura postribulacional normal ofreciendo un enfoque totalmente nuevo. Sugiere que son judíos ortodoxos no convertidos, destinados a ser protegidos por Dios durante los juicios y luego salvados en el momento del Arrebatamiento. Walvoord refuta esta idea con el hecho de que quienes pasen por la Tribulación sin Cristo deben recibir la marca de la Bestia y así sellar su destino. Además, la postura de Gundry permitiría llamar a hombres no salvos «los siervos de nuestro Dios» y darles después una «segunda oportunidad» de confiar en Cristo. Además, hombres claramente designados como israelitas salvos no pueden ser miembros de la Iglesia del Nuevo Testamento, donde ya no se nos ve como judíos o gentiles, sino como un solo y nuevo hombre en Cristo Jesús.
Otra de las posturas singulares que ofrece Gundry es que «la ira de Dios no se extenderá a lo largo de toda la tribulación», sino que seguirá a Armagedón en lugar de precederlo. Walvoord lo llama «una exégesis extraña y antinatural». Pero cuando, para apoyar su postura, Gundry identifica «la primera siega» del Arrebatamiento con el baño de sangre de Armagedón, en Apocalipsis 14:14-20, Walvoord lo acusa: «Solo un expositor desesperado por apoyar una postura insostenible apelaría a un pasaje como este» (265).
Finalmente, Apocalipsis 19 y 20 constituyen un problema importante para los postribulacionistas, pues no contienen ninguna prueba bíblica de un Arrebatamiento postribulacional precisamente en los pasajes que deberían incluirlo. «En el relato más completo y detallado de la segunda venida de Cristo que se encuentra en toda la Biblia, no se menciona ninguna resurrección ni traslado como acontecimiento que ocurra en la Segunda Venida misma». Es significativo que «el Arrebatamiento postribulacional, que debería haber sido un rasgo prominente del libro de Apocalipsis si de verdad formara parte del gran clímax de la segunda venida de Cristo, está totalmente ausente en el relato» (268).
Apocalipsis 19 y 20 constituyen un problema importante para los postribulacionistas, pues no hay prueba de un Arrebatamiento postribulacional precisamente en los pasajes que deberían incluirlo. Walvoord concluye que «no hay un solo versículo en todo el libro de Apocalipsis que enseñe un Arrebatamiento postribulacional» (268). ¡El Arrebatamiento postribulacional es una teoría sin respaldo bíblico!
EL ARREBATAMIENTO DE LA IGLESIA ANTES DE LA IRA
Recientemente ha surgido un fuerte ataque frontal contra el regreso pretribulacional de Cristo, escrito por alguien que afirma haber sostenido esa postura y haberla predicado con convicción durante unos 35 años. Se titula The Pre-Wrath Rapture of the Church [El Arrebatamiento de la Iglesia antes de la ira], de Marvin J. Rosenthal, ex director ejecutivo de Friends of Israel Gospel Ministry. Su libro de 317 páginas está en general bien escrito y atractivamente editado, con 25 cuadros para aclarar las diversas posturas milenarias y tribulacionales, además de su propia postura, singular y algo compleja, sobre el momento del Arrebatamiento.
Rosenthal es claramente un siervo de Jesucristo que cree en la Biblia, conservador y premilenarista. Se llama a sí mismo un «biblicista» que, aunque «no es un erudito», ha invertido su vida en la predicación de «todo el propósito de Dios». Sin embargo, bajo la insistencia de un amigo, comenzó a reexaminar su postura sobre el Arrebatamiento, particularmente en su relación con la Tribulación venidera. La postura que ahora abraza ya no es el pretribulacionismo, ni el mesotribulacionismo ni el postribulacionismo, sino una que él llama el «arrebatamiento antes de la ira». Aunque es radicalmente diferente de los puntos de vista habituales, Rosenthal predice que dentro de cinco años será una «postura reconocida», y dentro de quince años «una postura importante de la iglesia creyente» (293). Este reseñista pone en duda la validez de esa ambición o la necesidad de añadir una quinta postura a un debate sobre el Arrebatamiento ya sobrepoblado.
El énfasis principal del libro es que la Iglesia de Jesucristo será quitada de la tierra mediante el Arrebatamiento antes del derramamiento de la «ira de Dios», y que el momento correcto del Arrebatamiento lo ubica justo antes del cuarto final de la «septuagésima semana de Daniel». Hablando de la «ira final de Dios sobre un mundo incrédulo», declara que «los hijos de Dios serán librados de ese día. Esa es la “esperanza bienaventurada”» (35). Tal cambio de énfasis es lamentable, pues desplaza la «esperanza bienaventurada» del creyente de la expectativa y el gozo de estar en la presencia de Cristo al deseo más humano de escapar de la ira derramada en el juicio venidero.
Tampoco aporta este énfasis en el «antes de la ira» nada particularmente nuevo. Rosenthal admite abiertamente que todos los pretribulacionistas y mesotribulacionistas esperan ser arrebatados antes de la ira derramada de Dios en la Tribulación venidera. Señala que incluso la variedad de postribulacionismo de Gundry podría calificar como «antes de la ira», aunque Gundry no usa esa designación (59). Gundry simplemente declara «la necesidad teológica de que la ira de Dios no toque a una persona salva».[1]
Una investigación más amplia habría revelado un acuerdo mayor entre los postribulacionistas. George Ladd declara: «Todos deben concordar en que es inconcebible que la Iglesia sufra la ira de Dios».[2] J. Barton Payne comenta: «Los postribulacionistas se unieron para afirmar que “la iglesia soportará la ira de los hombres … pero no sufrirá la ira de Dios”».[3] Arthur Katterjohn escribe: «Hay que recordar que los cristianos serán quitados antes de que caiga la ira final de Dios».[4] William Kimball dice: «Las escrituras nos enseñan claramente que la iglesia nunca sufrirá la ira de Dios…. En este punto todos están de acuerdo».[5] E incluso un postribulacionista tan firme como Alexander Reese nos asegura: «El hecho esencial que debemos saber es que Jesús, por Su muerte, nos ha librado de la ira venidera, y que inmediatamente antes de la plena revelación de la ira divina, reunirá a los santos consigo».[6] Así que la mera declaración de que el Arrebatamiento será «antes de la ira» difícilmente es un descubrimiento espectacular. Es firmemente afirmado por casi todos los de convicción pretribulacional, mesotribulacional y postribulacional debido a las claras declaraciones de la Escritura en este punto.
UNA NUEVA POSICIÓN PARA EL ARREBATAMIENTO
Es evidente que lo que más ocupa la mente de Rosenthal al escribir este volumen es el momento del Arrebatamiento, y no su relación con la ira divina. Acercándose periódicamente a un esquema de fijación de fechas, defiende con entusiasmo la postura de que el Arrebatamiento ocurrirá a tres cuartas partes de la septuagésima semana de Daniel, y que la ira divina se encontrará solo en el último cuarto. Su evidencia para tal conclusión es bastante extensa y complicada, y se basa directamente en su división personal de la «septuagésima semana de Daniel» en tres períodos claramente reconocibles: el «comienzo de dolores», la «gran tribulación» y el «día del Señor», predicho con frecuencia.
Luego ubica el Arrebatamiento inmediatamente entre la Gran Tribulación y el Día del Señor, lo cual, según sus definiciones, es después de la Tribulación pero todavía «antes de la ira». Rosenthal procede a respaldar estos puntos de vista con unas 200 páginas de argumentación fuerte y algo avasalladora, con un ataque mordaz contra cualquier respuesta que le recuerde su anterior postura pretribulacional.
Su terminología y su singular división de la «septuagésima semana» son centrales en su argumento. Procura, con varias excepciones notables de su parte, abstenerse de usar la expresión «período de la Tribulación», diciendo que contiene una predisposición hacia el pretribulacionismo cuando se usa para toda la septuagésima semana de Daniel. Prefiere más bien llamar a los siete años venideros de juicio e ira simplemente la «septuagésima semana de Daniel». Luego subdivide estos siete años de la siguiente manera: (1) los primeros tres años y medio son «el comienzo de dolores». (2) La primera mitad de los segundos tres años y medio (que sería un año y tres cuartos, o veintiún meses) la llama la «Gran Tribulación». (3) Los últimos veintiún meses, el cuarto final de los siete años, los designa como el «Día del Señor», en el cual se encuentra la «ira de Dios». Justo antes del Día del Señor, al sonar la «séptima trompeta», ocurre el Arrebatamiento. Por lo tanto, el Arrebatamiento de la Iglesia tiene lugar entre el tercer y el cuarto cuarto de las «setenta semanas de Daniel», justo antes del derramamiento de la ira de Dios. Así, para Rosenthal, el Arrebatamiento ocurre en un momento profético claramente definido, y es postribulacional pero antes de la ira.
Los trece capítulos de argumentación en apoyo de estas afirmaciones son con frecuencia tediosos y repetitivos, con un dogmatismo que les gana un lugar singular en la literatura del debate sobre el Arrebatamiento. Rosenthal presenta a Walvoord, Pentecost y Ryrie como sus antiguos «héroes» en materia de escatología (25), cuya lógica, a su juicio, es ahora defectuosa y cuya exégesis ya no es confiable. Las opiniones propias de Rosenthal, sin embargo, son «indiscutibles» y «irrefutables» (105, 109). Sus datos «no pueden descartarse», y para sus conclusiones principales «sencillamente no hay duda» (110). La doctrina de la inminencia, a la que llama «un pilar principal del arrebatamiento pretribulacional», es «insostenible», y esa es una «verdad clara e inatacable que no puede desecharse» (150). Al discrepar de los pretribulacionistas, declara que están atrapados en un «dilema insoluble» (112). Tal dogmatismo es, por decir lo menos, malsano e irritante, pues muchísimas de sus afirmaciones claramente justifican una investigación adicional.
Ahora bien, a pesar de todo esto, debe señalarse con toda justicia que hay algunas secciones excelentes en el libro, especialmente los capítulos dos, y del cuatro al siete. Curiosamente, esta sección es casi totalmente irrelevante para el momento del Arrebatamiento. Aquí se da mucha información sobre la historia de Israel, junto con sus costumbres, fiestas y liderazgo. Trata las credenciales del Rey y la certeza de la Segunda Venida de Cristo. Otros temas van desde el nacimiento virginal de Cristo hasta el humanismo moderno, temas tomados sin duda de las conferencias bíblicas del autor. Quizá la impresión deseada sea que, puesto que el autor parece amable, piadoso y bíblico, sería sin duda un estudiante seguro y experimentado de la profecía bíblica, que llega a conclusiones confiables respecto a la esperanza bienaventurada de la Iglesia. Esto último, sin embargo, no es el caso.
Aunque es una tarea poco grata hacer una evaluación crítica de un libro con el que en muchos puntos hay un acuerdo sustancial, debe hacerse con la mayor amabilidad posible. Debe reconocerse, sin embargo, que cuando un argumento es tan extenso y complejo como este, se necesitaría un nuevo volumen de igual extensión para examinar cada detalle. Los siguientes son algunos de los puntos sobresalientes que todos los lectores serios de este volumen deberían evaluar cuidadosamente.
EL PERÍODO DE LA TRIBULACIÓN
Como ya se señaló, Rosenthal declara que la designación «el período de la Tribulación» debería omitirse de toda consideración honesta del momento del Arrebatamiento. No puede usarse como sinónimo de todas las «setenta semanas de Daniel» porque, dice, hacerlo predispone hacia el pretribulacionismo, y la expresión «período de la Tribulación» no tiene justificación bíblica (103). Cree que los pretribulacionistas han acuñado una frase técnica y la han superpuesto a las Escrituras (105). Si tal es el caso, es justo preguntar: ¿dónde está la justificación bíblica de Rosenthal para la nueva expresión «arrebatamiento antes de la ira»? No se encuentra en la Escritura y aparece en escena apenas en 1990.
Es cierto que la Biblia King James no usa la expresión precisa «período de la Tribulación», como tampoco usa los términos «arrebatamiento», «segunda venida» o «premilenial». Pero al menos en seis ocasiones sí habla de una «tribulación» venidera, y Rosenthal admite abiertamente que es un período que se mide en años. Como los demás términos, «período de la Tribulación» es simplemente un término de conveniencia de uso generalizado, menos engorroso y que requiere menos explicación que la expresión «septuagésima semana de Daniel», la cual tampoco aparece en la Biblia. De hecho, en varias ocasiones el propio Rosenthal usa el término «período de la Tribulación» (107, 117, 143), ¡y su propia editorial lo usa en el material promocional de la contraportada del libro! Sin embargo, su intento de anular la expresión «período de la Tribulación» ayuda a preparar el terreno para su novedosa triple subdivisión del mismo período real de siete años.
EL COMIENZO DE DOLORES
Rosenthal llama a los primeros tres años y medio de la «septuagésima semana» de Daniel con el nombre de «el comienzo de dolores», tomado de Mateo 24:8, pues encuentra un paralelo aproximado entre el pasaje de Mateo y los primeros cuatro juicios de los sellos de Apocalipsis 6. Pero semejanza no es identidad, y el parecido es superficial. Hay un mundo de diferencia entre los muchos engañadores de Mateo y el Anticristo del diablo en Apocalipsis; entre las «guerras y rumores de guerras» y batallas tan poderosas que quitan la paz de toda la tierra; entre los terremotos de Mateo y las perturbaciones cósmicas de Apocalipsis 6:12-13. Tampoco Mateo 24:4-8 insinúa siquiera vagamente la existencia de santos martirizados en el cielo, ni de un derramamiento de la ira de Dios tan severo que una cuarta parte de la población de la tierra morirá.
Una postura que merece seria consideración es que el «comienzo de dolores» describe las condiciones predominantes en la tierra al final de la era de la Iglesia, antes del Arrebatamiento y de la Tribulación. Para quienes se preguntan si estas descripciones son pertinentes para nuestros días: en cuanto al hambre, puede notarse Etiopía. En cuanto a la pestilencia, el SIDA es evidente. En cuanto a los terremotos, basta recordar San Francisco y muchas otras ciudades desafortunadas. En cuanto a nación levantándose contra nación, dos guerras mundiales dan testimonio de esa realidad. Llamar a la primera mitad de la Tribulación «el comienzo de dolores» en el libro de Rosenthal es simplemente un recurso para minimizar este período y trasladar lo que él llama la «Gran Tribulación» al tercer cuarto de la septuagésima semana de Daniel.
Es un error grave afirmar que «los primeros tres años y medio no forman parte del período de la Tribulación» porque la ira de Dios no comienza sino hasta «considerablemente más adelante» en la septuagésima semana (106-7). Rosenthal declara: «Los sellos no son la ira de Dios; son la promesa de Dios de protección eterna durante la ira del hombre» (145). Además, «los primeros cinco sellos se relacionan con la actividad del hombre bajo la influencia dominante de Satanás. La ira de Dios aún no ha comenzado» (247). Pero esto no es del todo cierto, pues los sellos también reflejan el juicio del Dios soberano. Los siete sellos son abiertos por Cristo, y los jinetes de los primeros cuatro sellos y sus juicios correspondientes son convocados por cuatro «seres vivientes» que proceden de la presencia misma de Dios (Ap. 4:6-8). Responden a la santidad divina cuando ordenan a estos jinetes, no «ven y mira», sino simplemente: «¡Ven!».
Los juicios de estos cuatro sellos incluyen la espada, el hambre, la pestilencia y las fieras, usados con frecuencia en la Escritura como expresiones de la ira divina. De hecho, todos ellos están incluidos y nombrados cuando Dios habla de enviar «Mis cuatro terribles juicios contra Jerusalén: espada, hambre, fieras y plaga» (Ez. 14:21). Lo mismo sucede en Levítico 26:22, 25; Deuteronomio 28:21-25; Jeremías 15:2-3; 16:4; Ezequiel 5:12, 17, y en multitud de otros pasajes.[7] Es una negación de la Escritura declarar que los primeros cuatro sellos son enteramente actividad de los hombres y no incluyen juicio de parte del Todopoderoso. Y un Arrebatamiento ubicado después de los primeros seis sellos ciertamente no sería un «Arrebatamiento antes de la ira».
LA GRAN TRIBULACIÓN
Rosenthal también tiene posturas peculiares y erróneas en relación con la «Gran Tribulación». De modo similar a los primeros cuatro sellos, la declara «la persecución de los escogidos de Dios por hombres malvados», es decir, la ira del hombre contra el hombre, pero nunca la ira de Dios contra el hombre (105). Limita la Gran Tribulación declarando que será el tercer cuarto del período de siete años, y que de algún modo incluso estos días serán «acortados». No relaciona la Gran Tribulación con las descripciones detalladas del libro de Apocalipsis. Solo puede concluirse que, si los primeros cuatro sellos son el «comienzo de dolores», y el Día del Señor comienza con la apertura del séptimo sello (117), entonces la Gran Tribulación que viene en medio debe limitarse al breve ámbito del quinto y el sexto sello. Esa es exactamente la postura de Rosenthal, ilustrada en un cuadro en la página 161. Con tal postura se queda solo. No encuentra un lugar adecuado para la enseñanza detallada de Cristo en Mateo 24:9-26, y hace de la Gran Tribulación, como de los primeros cuatro sellos, simplemente la actividad del Anticristo y no un juicio de Dios. Luego, para Rosenthal, el resto de los siete años, el cuarto final, comienza con Apocalipsis 8:1 y se convierte en el «día del Señor», o el día final de la ira del Señor.
Rosenthal se mete en serios problemas cuando limita la Gran Tribulación al tercer cuarto del período de siete años. Porque Cristo vinculó la Gran Tribulación con la acción del Anticristo al profanar el Templo judío erigiendo su imagen para recibir adoración, en cumplimiento de «la abominación de la desolación» de Daniel 9:27. Este acontecimiento a mitad de la «semana» es la señal para que los judíos huyan de la ira de Satanás, de quien deben ser protegidos tres años y medio, «lejos de la presencia de la serpiente» (Ap. 12:14). Así, el «tiempo de angustia» para Israel (Dn. 12:1) y la desolación de la «gran tribulación» predicha por Cristo (Mt. 24:21) deben extenderse al menos durante tres años y medio completos y no durante un período de veintiún meses.
De hecho, el poner fin a la «transgresión» de Israel y el término de la «desolación» del Anticristo están vinculados con la totalidad de las setenta semanas y no con una pequeña porción de ellas (Dn. 9:24, 27). Incluso Gabriel testificó que la «guerra» del Anticristo con Israel duraría hasta el «fin» del período en cuestión, evidentemente con una «inundación» de juicio divino. El Anticristo hará guerra contra Israel y contra todos los santos hasta que sea juzgado y ellos tomen posesión del Reino (Dn. 7:22). Profanará la tierra y conducirá a las naciones en la rebelión final y en la guerra de Armagedón, hasta el poder y la gloria mismos de la Segunda Venida de Cristo. En una palabra, las condiciones de la Tribulación no pueden limitarse a una cuarta parte de ese espantoso período de siete años.
EL FUTURO DE LA IGLESIA
Desde la perspectiva del libro de Rosenthal, ¿cómo se relaciona todo esto con el futuro de la Iglesia? En breve, insiste en que la Iglesia debe pasar por los primeros 42 meses del período de la Tribulación bajo el pretexto de que es solo el «comienzo de dolores». Luego la Iglesia debe pasar por veintiún meses adicionales de Gran Tribulación porque la ira divina aún no se ha derramado. Más adelante, Rosenthal evidentemente tiene a la Iglesia de vuelta en la tierra durante el derramamiento de las siete copas de ira, pues «Cristo regresará literalmente para asumir Su reino en la séptima trompeta» (146), justo al final de la «septuagésima semana». La idea de que las siete copas seguirán a la Segunda Venida se afirma claramente en la página 146 y se ilustra en los cuadros de las páginas 247 y 276.
De la Tribulación de siete años, la Iglesia se perderá solo la pequeña porción de veintiún meses que Rosenthal titula el Día del Señor. Así que, aunque los creyentes no experimentarán la ira, según Rosenthal estarán en la tierra durante el severo juicio de los sellos. Caerán bajo el dominio de la Bestia y sufrirán y morirán a manos del Anticristo (Ap. 13:7), e incluso estarán presentes cuando se derramen las siete copas finales de la «ira de Dios». ¡No hay mucho consuelo ni bendición en una escatología como esta!
Todo esto puede evitarse reconociendo que la «Tribulación», «la gran Tribulación» y la «septuagésima semana de Daniel» son sustancialmente una y la misma cosa, y comparten rasgos idénticos. Estos términos son simples descripciones de un período venidero, no nombres técnicos ni definiciones en torno a los cuales construir una teoría profética. Aunque se concede que la última mitad del período de la Tribulación es más severa que la primera, todo él se designa «gran tribulación» (literalmente en griego, «la tribulación, la grande», Ap. 7:14), simplemente porque en medio de las pruebas de la tierra no hay otro período como él (Jer. 1:7; Dn. 12:1). «Tribulación» y «gran tribulación» se mencionan juntas y se equiparan claramente en Mateo 24:21 y 29. Estas descripciones tienen que ver con el contenido, no con la duración de ese período, y ciertamente no designan el momento del Arrebatamiento.
EL DÍA DEL SEÑOR
Los pretribulacionistas normalmente ubican el comienzo del Día del Señor justo después del Arrebatamiento, junto con el inicio de la Tribulación. Rosenthal se opone con bastante violencia a tal ubicación y la convierte en «quizá el error más grande en el debate sobre el momento del Arrebatamiento» (117). Para él, el Día del Señor debe comenzar después de que haya terminado la Gran Tribulación. Ocupa los últimos 21 meses (la mitad de tres años y medio) del «período de la Tribulación» de siete años, comenzando con la apertura del séptimo sello (117). Pero esto pasa por alto el hecho de que en el futuro de Israel solo puede haber un día de angustia totalmente sin precedentes, y Joel 2:1-2 lo llama el «día del Señor», mientras que Daniel 12:1 lo llama el «tiempo de angustia» de Israel, y en Mateo 24:21 Cristo lo identifica como la «gran tribulación». Los tres son uno, no períodos separados que se siguen en secuencia.
Rosenthal repasa correctamente el uso frecuente de «día del Señor» en el Antiguo Testamento, pero niega que se extienda hasta los «cielos nuevos y tierra nueva» según 2 Pedro 3:10-13. Lo hace comenzar en Apocalipsis 8:1 sobre la base de las perturbaciones cósmicas del sexto sello (Jl. 2:30-31; Ap. 6:11-12). Argumenta que el día de la ira del Señor debe comenzar inmediatamente después de que la Iglesia sea arrebatada, de hecho «el mismo día», y cita el comienzo del diluvio el mismo día en que Noé entró en el arca, y el fuego y el azufre que cayeron del cielo el mismo día en que Lot salió de Sodoma. Sin embargo, esta es una evidencia débil para ayudar a establecer una gran doctrina del Nuevo Testamento.
Varios pasajes de la Escritura se unen para demostrar que el Día del Señor sí incluye los primeros seis sellos. Aunque Rosenthal habla de estos sellos como la ira del hombre, las fieras de la tierra y los cuerpos celestes de Apocalipsis 6:8 y 12 no están bajo el dominio del hombre, sino de Dios. Las tinieblas de Amós 5:18-20 coinciden con las tinieblas del sexto sello. El juicio sobre los soberbios y altivos de Isaías 2:12, 17 encuentra un claro cumplimiento en Apocalipsis 6:15, y el anuncio de la ira en Isaías 13:6-13 y Sofonías 1:14-18 encuentra su contrapunto en Apocalipsis 6:17. Isaías 2:19 y Apocalipsis 6:15 afirman que los impíos se esconderán en las cuevas y entre las peñas de los montes, un dato demasiado específico como para ignorarlo a la ligera. Sofonías 2:3 llama a este período el día de la ira del Señor, ciertamente cumplido en sustancia en Apocalipsis 6:8 con la destrucción de una cuarta parte de la población mundial. Es un error declarar que el Día del Señor comienza con Apocalipsis 8:1 cuando sus predicciones encuentran un cumplimiento tan claro en los juicios de los sellos de Apocalipsis seis.
¿Cómo podría el Día del Señor venir inesperadamente, «así como un ladrón en la noche», si los severos juicios de Apocalipsis seis deben venir primero? ¿Por qué se encontraría a los hombres diciendo «paz y seguridad» (1 Ts. 5:2-3) en circunstancias tan espantosas? Sin embargo, es esencial para el sistema profético de Rosenthal que el Día del Señor comience con la apertura del séptimo sello (155), lo cual para él señala el fin de la Gran Tribulación y el momento del Arrebatamiento. Es mucho mejor entender que el Arrebatamiento precede a todo el período de la Tribulación, y que el Día del Señor comienza poco después. Este es el orden y el énfasis de 1 Tesalonicenses 4 y 5, que resultan estar entre los pasajes principales sobre ambos temas proféticos.
Se ha demostrado en el capítulo cuatro de Guardados de la hora[8] que las predicciones del Antiguo Testamento sobre el «día del Señor» y su cumplimiento en el libro de Apocalipsis encajan como mano en guante, incluidos los juicios de los primeros seis sellos. Ubicar el Día del Señor después de la Gran Tribulación es erróneo y artificial, y negar que se extienda hasta los «cielos nuevos y tierra nueva» parece contradecir 2 Pedro 3:10-13. Porque incluso en el Reino mesiánico Cristo debe regir a las naciones con vara de hierro y someter toda injusticia, y finalmente debe purificar tanto los cielos como la tierra. ¡Ciertamente el Día del Señor, tema de una profecía tan extensa, tiene mayor importancia y alcance que veintiún meses o seiscientos treinta días!
El tratamiento que hace Rosenthal de las tres partes que componen la «septuagésima semana» de Daniel es totalmente insatisfactorio. Su postura esencialmente ignora los primeros tres años y medio y distingue artificialmente entre la Gran Tribulación y el Día del Señor, comprimiendo cada uno en apenas una cuarta parte del período de la Tribulación. Este es un fundamento fracturado sobre el cual construir conclusiones confiables respecto a la esperanza bienaventurada del regreso de Cristo.
SEIS ACONTECIMIENTOS FIJAN EL MOMENTO DEL ARREBATAMIENTO
Se ha demostrado que Rosenthal divide dogmáticamente la última mitad de la septuagésima semana de Daniel en dos partes, la Gran Tribulación y el Día del Señor. Entre ambas ubica el Arrebatamiento, pero eso no es todo lo que ubica en ese momento particular. Tan importante es para Rosenthal esta coyuntura profética de la actividad de la Tribulación que le dedica seis capítulos enteros, cada uno con un gran acontecimiento profético, todos los cuales convergen en el momento del Arrebatamiento y demuestran que el Día del Señor se relaciona exclusivamente con el último cuarto del período de siete años. Estos son: (1) las perturbaciones cósmicas; (2) la venida de Elías; (3) el día de la ira de Dios; (4) el sellamiento de los 144,000; (5) la trompeta final; y (6) la apostasía y el hombre de pecado. Sostiene que la convergencia de estos seis acontecimientos antes del séptimo sello forma un argumento «inexpugnable» a favor de un Arrebatamiento «antes de la ira» a tres cuartas partes de la «septuagésima semana». Tales afirmaciones exigen un examen cuidadoso. Porque la gran mayoría de los estudiantes de la profecía siguen convencidos de que el Arrebatamiento no será anunciado, no será precedido por tales señales, no tiene fecha pero es inminente. ¿Qué hay, entonces, de las seis señales que Rosenthal piensa que serán «el preludio del Arrebatamiento de la iglesia y de la ira del Día del Señor» (153)?
PERTURBACIONES CÓSMICAS
(1) Habrá perturbaciones cósmicas, según Joel 2:31: «El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y terrible». Rosenthal identifica esto con el sexto sello y lo usa para fechar el Arrebatamiento y el comienzo del Día del Señor. Pero difícilmente puede dogmatizarse al respecto, pues la Tribulación predicha no se limitará a una sola manifestación de poder cósmico (cf. Ap. 8:10-12; 11:19; 16:8, 21), lo que hace que el argumento de Rosenthal sea, en el mejor de los casos, incierto. En Mateo 24:27, Cristo ubica otra gran perturbación cósmica después de la septuagésima semana, cuando aparezca sobre las nubes con gran gloria e Israel se lamente al identificar por fin a Cristo como el Mesías tan esperado.
De hecho, si debe haber una perturbación cósmica antes de que pueda comenzar el Día del Señor, que sea durante un breve período de transición después del Arrebatamiento pero antes de la aparición del Anticristo. En la Escritura no es difícil encontrar tales períodos de transición. Hubo un período de cincuenta días entre el Calvario y Pentecostés, entre la «ley» y la «gracia». El propio Rosenthal hace mucho énfasis en una transición de setenta y cinco días adicionales entre la «septuagésima semana» y el establecimiento del Reino de Cristo (273). Toda la era de la Iglesia quedó insertada entre las profecías de los dos advenimientos de Cristo, tal como se predijo en el Antiguo Testamento. Sin duda habrá tiempo para el juicio del Gran Trono Blanco entre el Reino milenial y el Reino eterno. De manera similar, no hay ninguna urgencia que exija una cronología estrecha de los acontecimientos posteriores al Arrebatamiento, así que el argumento de nuestro autor sobre la actividad celestial encuentra una respuesta fácil. De hecho, el contexto inmediato de la profecía de Joel 2:30-32 que él usa parece relacionar las maravillas celestiales más con la venida del Reino mesiánico que con una perturbación cósmica antes de la ira (cf. Mt. 24:29).
ELÍAS DEBE VENIR
(2) Luego, Rosenthal enseña que Elías debe venir, y que, si esto ocurre antes de un Arrebatamiento pretribulacional, «la doctrina de la inminencia queda una vez más destruida» (158). No está seguro de si los dos testigos son Moisés y Elías o Enoc y Elías, ni de si se trata de Elías en persona o simplemente de alguien con el espíritu y la semejanza de Elías. Apoya la postura de que Elías reaparecerá y tendrá un ministerio durante los últimos tres años y medio de la Tribulación. Puesto que los testigos mueren en la sexta trompeta después de tres años y medio completos de testimonio, esto hace obligatorio ubicar las siete copas de la ira de Dios (según su cronología) después de la Segunda Venida de Cristo, una postura radical que Rosenthal propone e ilustra en sus cuadros.
Hace mucho énfasis en Malaquías 4:5-6, que parece relacionarse con la Segunda Venida de Cristo, cuando venga y «hiera la tierra con maldición», más que con una manifestación anterior del Día del Señor junto al Arrebatamiento. Debe notarse también que en Mateo 11:14 Cristo declaró que, en un sentido potencial, Elías ya había venido en la persona de Juan el Bautista. Pero si Malaquías de verdad predice la venida de uno de los dos testigos futuros, la comprensión más probable es que la profecía ubica su venida relativamente temprano en la «semana» profética, antes de que el Día del Señor haya llegado plenamente. No hay nada aquí que permita fechar el Arrebatamiento, aun suponiendo que debiera fecharse.
LA IRA DE DIOS
(3) Luego, Rosenthal usa la ira de Dios para probar que el pretribulacionista tiene un problema «más que grande: es montañoso e insuperable» (164). Hace que la expresión «ha llegado el gran día de la ira de Ellos» (Ap. 6:17) signifique, no una experiencia pasada, sino la predicción de «un acontecimiento que está por ocurrir» (166-67). Esto, declara, es un problema flagrante para el arrebatamiento pretribulacional, pues «no puede entenderse que la ira de Dios incluya los primeros seis sellos» (171). «La ira es inminente. Está por suceder; aún no ha ocurrido» (167).
Pero el verdadero problema está a la puerta de Rosenthal. Porque afirma constantemente que la ira derramada de Dios no comienza sino hasta Apocalipsis 8:1, el séptimo sello, que introduce inmediatamente los juicios sin precedentes de las siete trompetas. Sin embargo, su sistema profético queda en apuros, si no refutado, por el hecho evidente de que una de las referencias más fuertes a la ira de Dios está registrada en Apocalipsis 6:16-17, en relación con el sexto sello. Pero, en lugar de revisar su sistema, Rosenthal dedica ocho páginas de argumentación (163-70) a intentar probar dos puntos principales: (1) que esta declaración de la ira derramada es una profecía pronunciada por el profeta Juan, y no un grito angustiado de parte de los impíos que se esconden de la presencia de Dios en las peñas y los montes; y (2) que el uso del aoristo griego en la expresión «ha llegado el gran día de la ira de Ellos» demuestra que «se refiere, no a un acontecimiento pasado, sino a un acontecimiento que está por ocurrir, y eso en concierto con la apertura del séptimo sello» (167).
Incluso la lectura más superficial de Apocalipsis 6:12-17 revela que el clamor de los versículos 16-17 es un grito de terror de los líderes humanos impíos y rebeldes que han soportado la guerra y el hambre, la muerte y la destrucción, un terremoto demoledor y una espantosa alteración de los cuerpos celestes bajo los juicios de los sellos anteriores. Obviamente, están respondiendo a juicios pasados y no a juicios aún por venir, ¡pues los hombres impíos no tienen la capacidad de pronunciar profecía! Es cierto que el tiempo aoristo normalmente no tiene significado temporal. Pero el verbo ēlthen está en tiempo aoristo y modo indicativo, y cuando esto ocurre se refiere a una acción pasada y no futura.[9] Por lo tanto, la traducción correcta es «ha llegado el gran día de Su ira», como lo traducen la gran mayoría de los traductores. Es un error grave forzar la traducción para que diga: «vendrá el gran día de Su ira». Solo puede concluirse que esta fuerte referencia a la ira de Dios es la respuesta directa de los impíos a su demoledora experiencia bajo los primeros seis sellos, y no una profecía velada de los juicios de las trompetas que vendrán.
No solo se equivoca Rosenthal en este asunto, sino que empeora las cosas al hacer de los sellos un símbolo de propiedad y protección, como si eso fuera lo que Dios está haciendo en Apocalipsis 6. Aunque la propiedad y la protección son ciertamente una realidad para la Iglesia mediante el ministerio sellador del Espíritu Santo (Ef. 4:30), esto no tiene ni la más vaga relación con el León de la tribu de Judá que abre los siete sellos del libro del juicio de la Tribulación.
LOS 144,000 SELLADOS
(4) El cuarto pilar que sostiene el argumento inexpugnable de Rosenthal acerca del momento del Arrebatamiento se relaciona con los 144,000 sellados y con la «gran multitud, que nadie podía contar», ambos en el capítulo siete de Apocalipsis. Sostiene que los 144,000 judíos son «sellados para protección» de la ira de Dios, pero no sellados para el testimonio y la evangelización. Una postura más normal es que Israel está comenzando a volverse al Señor, y que estos son sellados para el servicio y la evangelización, a fin de cumplir su destino como testigos de Dios y «luz de las naciones» (Is. 42:6; 43:10, 12; 49:6).
Rosenthal no está seguro de si son regenerados, y dice que eso es «cuestión de especulación». Rechaza rotundamente la postura tradicional, expresada por John Walvoord, de que representan «el remanente piadoso de Israel en la tierra durante la gran tribulación» (183). Al menos insinúa su redención cuando dice: «Los 144,000 deben ser sellados para protección a fin de pasar por el Día del Señor…. Dios no se quedará sin un pueblo en la tierra» (185).
Rosenthal centra inmediatamente la atención en la «gran multitud, que nadie podía contar», y hace esta importante identificación: «Esta gran multitud representa a la verdadera iglesia que entra en la septuagésima semana de Daniel. Son arrebatados al final de la Gran Tribulación, pero antes de que comience el Día del Señor» (185). ¡Aquí, por fin, revela el Arrebatamiento de la Iglesia, a tres cuartas partes de la septuagésima semana, justo antes del Día del Señor, y lo identifica con la «multitud innumerable»!
Pero la septuagésima semana es un período preciso de siete años, cada una de cuyas mitades es de 42 meses o 1,260 días. ¡Así que marque su calendario! No podemos saber la hora, ¡pero podemos predecir el día! A partir del pacto del Anticristo con Israel serán 1,260 más 630 días, un total de 1,890 días. ¡Desde el comienzo de la septuagésima semana, la fecha del Arrebatamiento queda fijada con precisión! Y si Rosenthal tiene razón en que los 144,000 son «el pueblo de Dios», pero distintos de la «multitud innumerable», y pasan por el Día del Señor, que es la «ira de Dios», entonces a toda esta confusión se añade un Arrebatamiento parcial.
Sin embargo, la multitud innumerable no es como la Iglesia, que va al cielo como un grupo en el Arrebatamiento. Más bien, son mártires que, uno a la vez, entregan su vida a lo largo del período de siete años. El tiempo presente griego en Apocalipsis 7:14 recalca que «vienen» continuamente de la gran Tribulación, y obviamente no van al cielo como un solo grupo. Es igualmente extraño, si de verdad representan a la Iglesia, que Juan no pudiera reconocerlos, pues Juan era apóstol de Cristo, miembro de la Iglesia primitiva y parte de su fundamento esencial. Además, la Iglesia está compuesta por todos los creyentes desde Pentecostés, y no puede limitarse solo a los mártires de la Tribulación.
Dígase con la mayor delicadeza posible: esta identificación de la Iglesia con la gran multitud de la Tribulación es errónea y, de hecho, es una escatología radical. Enseña que el Arrebatamiento es después de la Gran Tribulación, lo cual es postribulacionismo. Implica una Iglesia dividida, una parte de la cual es arrebatada mientras 144,000 del pueblo de Dios pasan por el tiempo de la ira de Dios. Y aunque Rosenthal no cuenta el número exacto de días, su datación del Arrebatamiento es tan precisa que ha caído en la trampa de promover un sistema de fijación de fechas.
A LA TROMPETA FINAL
(5) Para su quinto pilar de apoyo, Rosenthal recurre a 1 Corintios 15:51-52, al que llama el texto más claro de toda la Palabra de Dios para determinar el momento del Arrebatamiento. Las palabras «a la trompeta final» revelan de la manera más clara posible la «ocasión precisa» en que ocurrirá el Arrebatamiento de la Iglesia (189). Señala correctamente que tanto los mesotribulacionistas como los postribulacionistas identifican su postura sobre el Arrebatamiento con la «trompeta final». Pero, prosiguiendo su ataque demoledor contra el pretribulacionismo, declara: «Los partidarios del arrebatamiento pretribulacional no apelan con fuerza a la afirmación de Pablo de que el Arrebatamiento ocurrirá antes de la trompeta final para apoyar su postura…. Si mencionan 1 Corintios 15 en una discusión sobre el Arrebatamiento, es de manera breve y sin importancia decisiva» (189-90). Esta es una afirmación sumamente prejuiciada y errónea.
Aunque sí ofrece una buena exposición del uso de la trompeta en el ritual del judaísmo, se conforma con hacer una afirmación enfática que respalda con cursivas pero no con evidencia: «La trompeta final no será nada más, nada menos y nada distinto que el derramamiento final, culminante y escatológico de la ira de Dios» (193). En su pensamiento, esto hace de la «trompeta final» el equivalente de todo el Día del Señor. Declara que «el arrebatamiento ocurriría en la trompeta final» (193), pero también que «Cristo regresará literalmente para asumir Su reino en la séptima trompeta» (146). Esto hace de la «trompeta final» un período de veintiún meses, en lugar de un punto en el tiempo que señale el Arrebatamiento. Esta postura confusa es obviamente inaceptable. Rosenthal vuelve luego a su tesis principal: que el Arrebatamiento debe ocurrir al comienzo del séptimo sello e inmediatamente antes del comienzo de la ira de Dios (194).
Hay una solución más sencilla y aceptable al problema. La «trompeta final» no es una trompeta del Antiguo Testamento propia del ritual judío, ni la misma que la séptima trompeta del juicio de la Tribulación. Es una trompeta singular que suena para la Iglesia en el Arrebatamiento, el cual ocurre a la trompeta final (y no antes de la trompeta final, como afirma Rosenthal). Evidentemente hay dos toques de trompeta, uno para los muertos y otro para los vivos. Por lo tanto, los vivos son arrebatados en el segundo, que es la «trompeta final». Aunque esta postura pueda resultar demasiado sencilla para algunos gustos, recalca que la «trompeta» es una señal gozosa y no un período temido. Registra que los muertos en Cristo y los creyentes vivos serán levantados en rápida sucesión, para disfrutar juntos del reencuentro y el reconocimiento en la presencia de Cristo. Su propósito no es revelar el momento del Arrebatamiento, tema que nuestro Señor ha decidido no revelar. Sí da la seguridad de que los que han muerto en el Señor no se han perdido el Arrebatamiento; si acaso, disfrutan de una ligera ventaja de tiempo porque son arrebatados justo antes que los vivos (1 Ts. 4:13-18).
LA APOSTASÍA Y EL HOMBRE DE PECADO
(6) La última de estas evidencias de apoyo para el programa profético de Rosenthal se encuentra en el capítulo 15 del libro, «La apostasía y el hombre de pecado». Este reseñista lo encontró como una extraña mezcla de verdad, especulación y falsedad. Igualmente inquietante es el redoblado ataque de Rosenthal contra el pretribulacionismo, al atribuirle «problemas imposibles de resolver» cuando se examina a la luz de 2 Tesalonicenses 2. Se afirma que estos dejan al «arrebatamiento pretribulacional herido de muerte» (196, 210), y además repite su acostumbrada negación de la inminencia.
En resumen, lo que es verdad incluiría la prefiguración del Anticristo en la blasfemia y el odio hacia Israel bajo el líder sirio Antíoco Epífanes. Lo especulativo es su postura sobre el Anticristo, quien «una vez vivió y gobernó sobre una nación, luego murió, y será levantado para gobernar sobre el octavo imperio» (209). También es «dudosa» su afirmación de que toda su evidencia es «clara y contundente».
Lamentablemente, lo falso es más abundante. Incluye su declaración de que en 2 Tesalonicenses 2:3-4 «la apostasía a la que Pablo se refería … involucrará a Israel, no a la iglesia» (206). Mientras que la postura normativa de este pasaje es que la «apostasía» es un alejamiento generalizado de la verdadera fe bíblica en el tiempo del fin, a la luz de 1 Timoteo 4:1-3, Rosenthal insiste en que es «un acontecimiento específico, definido e identificable» (199), «cuando muchos de los judíos abandonarán por completo al Dios de sus padres de la misma manera que lo hicieron en los días de Antíoco Epífanes» (201). Esta opinión la respalda principalmente, no con la Escritura, sino con diversas citas de los libros apócrifos.
Además, declara Rosenthal, la apostasía tiene un «significado muy específico y limitado», un «abandono total de Jehová por un dios pagano» (201). Por lo tanto, concluye que la apostasía de 2 Tesalonicenses 2:3 es un acontecimiento identificable en un punto específico del tiempo, limitado a Israel y asociado con el Anticristo y su profanación del templo en Jerusalén a mitad de la Tribulación. El énfasis principal de todo esto es que el Día del Señor no puede venir sino hasta la segunda mitad de la Tribulación, «y el Arrebatamiento, que ocurre al inicio mismo del Día del Señor, no puede de ningún modo ser pretribulacional». Concluye que esto deja al arrebatamiento pretribulacional «herido de muerte» (210).
Estas son conclusiones sumamente cuestionables. Pablo no estaba tratando un punto en el tiempo ni una apostasía final de parte de Israel, sino una condición espiritual entre los cristianos profesantes. En su epístola anterior había enseñado a los tesalonicenses que los muertos en Cristo no se habían perdido el Arrebatamiento y que los creyentes vivos no soportarían la ira del Día del Señor. Ahora, en su segunda epístola, les explicaba que no habían entrado en el Día del Señor por varias razones: el que detiene aún no había sido quitado, la apostasía final aún no había tenido lugar, y el Anticristo, con su dominio mundial, aún no había surgido. Todo esto es una refutación directa del pensamiento postribulacional, incluida la postura de Marvin Rosenthal.
Además, casi todos los puntos del cuadro de resumen de la página 197 son cuestionables. Una comparación con el cuadro de la página 147 revela que Rosenthal se contradice respecto al alcance de la ira de Dios y al momento de la Segunda Venida de Cristo. Aunque su sinceridad esté fuera de duda, muchas de sus definiciones parecen hechas en casa y la evidencia de apoyo es completamente inadecuada. Forma parte del ministerio de enseñanza del Espíritu Santo hacer saber a los creyentes «lo que habrá de venir» (Jn. 16:13), lo cual normalmente produce dentro de la Iglesia de Cristo cierto acuerdo, un consenso piadoso incluso en la interpretación de la verdad profética. Aunque los creyentes no siempre concuerdan en los detalles, es raro que la verdad tenga que sostenerse absolutamente sola.
Aquí se sostiene que Rosenthal comete un grave error cuando intenta fijar el momento del Arrebatamiento a tres cuartas partes de los siete años de juicio e ira, unos 1,890 días después de que el Anticristo haga su pacto sin paralelo con Israel. Entre los cristianos evangélicos de todas las principales perspectivas sobre el Arrebatamiento, Rosenthal recorre un camino solitario cuando afirma que estas seis señales notables se unen para fijar el momento del Arrebatamiento. Los creyentes deben esperar y velar por la venida de Cristo y vivir en consecuencia, pues es su esperanza bienaventurada y purificadora, evidentemente lo siguiente en el programa profético de Dios. Pero el pueblo del Señor no debería confundirse por una argumentación vehemente destinada a fijar el día de Su aparición, que añade una quinta y dudosa postura a un asunto que ya ha sido objeto de más debate del que le corresponde.
EL ARREBATAMIENTO ANTES DE LA IRA
Esta sección final del libro consta de cinco capítulos, diseñados para dar una justificación final a la postura singular de Rosenthal y un golpe definitivo contra el pretribulacionismo. A juicio de este reseñista, que ha seguido de cerca la literatura del debate sobre el Arrebatamiento y la Tribulación durante casi cuarenta años, estos argumentos finales, así como muchos de los anteriores, van de lo «curioso» a lo «radical». Pero quienes los consideren deben ejercer considerable cautela, pues solo pueden evaluarlos correctamente quienes estén bien cimentados en la teología bíblica y tengan amplias lecturas en el área de la escatología. Como siempre, la regla bíblica es: «examínenlo todo cuidadosamente, retengan lo bueno» (1 Ts. 5:21), con mucha oración y con una firme dependencia del ministerio iluminador del Espíritu Santo (Jn. 16:13; 1 Co. 2:10-12).
El capítulo 16 trata las principales palabras griegas usadas para el regreso de Cristo, en paralelo con mucho de lo que ya se ha escrito sobre este tema en la literatura del Arrebatamiento. Rosenthal argumenta que hay una sola «venida», con el rasgo importante de que incluye no solo el Arrebatamiento sino también una «presencia continua» durante la cual Cristo juzga a los impíos en el Día del Señor. También incluye Su regreso final en gloria (218). Para citar al autor: «La venida del Señor … es un todo integral. Hay una sola Segunda Venida. Incluye el Arrebatamiento de la iglesia, el derramamiento de la ira de Dios durante el Día del Señor y el regreso físico de Cristo en gloria» (221-22, cursivas suyas). Además, Rosenthal sostiene que «la venida de nuestro Señor Jesús con todos Sus santos» (1 Ts. 3:13) no habla de Cristo regresando a la tierra con «los muertos en Cristo» o con los santos vivos arrebatados, sino que vendrá con Sus «santos», es decir, seres angelicales. Todo esto introduce otro problema importante.
Rosenthal no explica el destino de la Iglesia en el Arrebatamiento. ¿Qué sucede con todos los santos arrebatados, tanto muertos como vivos, en el intervalo de 630 días en que Cristo tiene una «presencia continua» y derrama Su ira sobre los impíos? La postura de este libro exige que la Iglesia no esté en la tierra durante el tiempo de la ira derramada. Pero tampoco son arrebatados al cielo, pues para Rosenthal eso implicaría «dos venidas». ¿Seguirá la Iglesia triunfante que se encuentra con Cristo «en las nubes» flotando en esas nubes durante una cuarta parte de un período de siete años, mientras Cristo tiene una «presencia continua» y realiza Su obra de juicio en la tierra abajo? Es muy significativo que Rosenthal rechace la idea de que los santos arrebatados vayan a «la casa del Padre». De hecho, salvo una mención de Juan 14:1-3 en una cita de John Sproule, quien lo llama uno de varios «pasajes discutibles» (55), Rosenthal no se refiere en absoluto a este importante pasaje, pues no puede armonizarse con su esquema profético. ¿Qué sucede con la Iglesia durante el «día del Señor» de veintiún meses de Rosenthal? No da respuesta a esto. Simplemente afirma que habrá una sola «venida», que abarca todo, desde el Arrebatamiento hasta el último cuarto de la septuagésima semana, hasta la manifestación final del Rey.
Otra postura cuestionable se refiere a la «señal» de la venida de Cristo, que pidieron los discípulos en Mateo 24:3. Escribe que esta señal será «la manifestación de la gloria de Dios» en Su venida, cuando «se apagará la luz natural y se encenderá la luz sobrenatural (la gloria de Dios)» (221). La mayoría de los observadores ubicarían este acontecimiento en el estado eterno, después del Reino milenial y del juicio del Gran Trono Blanco (Ap. 21:23-25), y no con la apertura del sexto sello. Sin embargo, Rosenthal argumenta que esta «señal» es lo suficientemente clara como para que «la doctrina de la inminencia quede destruida por la pregunta planteada por los discípulos» (224).
El capítulo 17 presenta el tan debatido texto de Apocalipsis 3:10 y la disputada frase «te guardaré de la hora». Rosenthal afirma que la disputa entre los comentaristas surge del hecho de que «no han entendido en general que hay tres secciones en la septuagésima semana: el comienzo de los dolores de parto, la Gran Tribulación y el Día del Señor» (233). O, para decirlo más francamente, ¡no han leído su libro!
Este reseñista está dispuesto a concordar con Rosenthal en que «cada erudito se inclina a interpretar esta frase para respaldar su postura sobre el Arrebatamiento», como él mismo lo hace. Los postribulacionistas entienden «guardados de la hora» como protección divina a través de la Tribulación, mientras que los pretribulacionistas lo interpretan como exención de la Tribulación. Estos últimos construyen un caso más sólido, pues el versículo no promete protección dentro de la hora sino exención de la hora misma. Este punto ha sido bien defendido en la literatura pretribulacional.
Sorprendentemente, Rosenthal adopta un enfoque totalmente distinto del asunto, declarando que este pasaje decisivo en el debate sobre el Arrebatamiento «de hecho no tiene absolutamente nada que ver con el Arrebatamiento». Porque la promesa de Apocalipsis 3:10 «se refiere a la protección de la Gran Tribulación, que ocurre antes del Arrebatamiento y del comienzo del Día del Señor» (234). Puesto que cree que «la hora de la prueba» comienza a mitad de la septuagésima semana, algunos que permanezcan firmes ante la adversidad «serán guardados de esa hora … por remoción física» (¿un arrebatamiento parcial?), mientras que «otros serán guardados “a través de la hora de la prueba” por protección divina directa» (239). Así, Rosenthal quita esta promesa de su aplicación al Arrebatamiento, aplica ambos puntos de vista a la Gran Tribulación anterior y confunde aún más a sus lectores al declarar que esta promesa a la iglesia de Filadelfia no pertenece a toda la cristiandad. Porque «solo a la iglesia de Filadelfia se le promete exención de “la hora de la prueba”» (237), y las demás posturas interpretan este pasaje de manera «no literal». ¡Confuso! En el mejor de los casos, está sugiriendo que la Escritura promete: ¡Te guardaré de una u otra manera del último 25 por ciento de la hora!
En el capítulo 18, Rosenthal plantea la pregunta: «¿Son realmente irrefutables los argumentos del Arrebatamiento pretribulacional?». Aunque admite que «el pretribulacionismo tiene más de su cuota de notables de la fe», añade que «la historia de la iglesia está repleta de hombres distinguidos que tenían puntos ciegos en su teología» (243). Luego presenta once argumentos pretribulacionales y su refutación de cada uno, sacando para su propia postura todo el consuelo que puede de cada asunto.
El espacio no permite una discusión adicional de estos argumentos ni una refutación de las refutaciones de Rosenthal. Basta decir que algunos de los argumentos no son del todo representativos de las posturas pretribulacionales normales, y que muchos argumentos pretribulacionales válidos ni siquiera se presentan. Tanto Walvoord como Pentecost presentan un resumen sustancial de los argumentos pretribulacionales, y estos asuntos se han discutido abundantemente en la literatura sobre el debate del Arrebatamiento. Además, las refutaciones de Rosenthal son en gran medida una reformulación de posturas defendidas anteriormente.
Sin embargo, se introducen dos asuntos no tratados hasta ahora. (1) Comúnmente se cree que los veinticuatro ancianos de Apocalipsis 4 representan a la Iglesia en la gloria antes de la Tribulación, postura defendida con firmeza por Pentecost y también por el presente autor (Guardados de la hora, pp. 198-208). Rosenthal argumenta que los ancianos no son en absoluto la Iglesia, sino que «representaban a los redimidos de la economía del Antiguo Testamento», incluso al «Israel redimido» (252, 254). Pero Israel está claramente identificado en el Apocalipsis y, salvo en 14:1-5, siempre se le ve en la tierra y no como un grupo singular en el cielo. En cambio, la Iglesia, mencionada 19 veces en los primeros tres capítulos, no aparece en absoluto en la tierra en los capítulos 4-18, el pasaje crucial sobre la Tribulación. Es más que una coincidencia que un nuevo grupo aparezca en el cielo y sea presentado con gran detalle antes de la apertura del primer sello. Toda la evidencia identifica a estos 24 ancianos como representantes de la Iglesia arrebatada. Porque han sido redimidos de muchas naciones y vestidos de la justicia de Cristo. Han sido coronados en el Tribunal de Cristo y ahora están sentados en la presencia del Cordero. Todo lo que se dice en el cántico de los ancianos es cierto de la Iglesia. Todos los detalles argumentan que en este punto lo que está a la vista es la Iglesia y no Israel.
(2) También se trata en este capítulo la postura de Rosenthal sobre el que detiene (2 Ts. 2:6-8). La postura pretribulacional normal es que el que detiene es el Espíritu Santo, quitado antes de la revelación abierta del Anticristo, que lleva consigo a la Iglesia de vuelta a la casa del Padre (Jn. 14:2-3, 16). La postura postribulacional normal es que la influencia que detiene la maldad humana es algún aspecto de la ley o del gobierno humano. Rosenthal rechaza ambas, declarando que el que detiene hasta que «sea quitado de en medio» es en realidad el ángel Miguel, quien «se hace a un lado» y ya no estorba al Anticristo en su persecución de Israel (256-57). Esto parece ser exactamente lo contrario de la enseñanza de la Escritura de que Miguel defenderá y librará a Israel en el venidero «tiempo de angustia» sin precedentes (Dn. 12:1; cf. Ap. 12:7-16). No los abandonará en medio de la peor hora de Israel, sino que los salvará de ella (Jer. 30:7).
En el capítulo 19, Rosenthal pregunta: «¿Por qué esta postura ahora?». Defiende la tesis de que su postura no es nueva ni novedosa, sino que solo ahora ha sido sistematizada. Su defensa principal se basa en Daniel 12:4, que enseña que el libro de Daniel sería sellado «hasta el tiempo del fin», cuando el conocimiento del libro aumentaría grandemente. Saca la conclusión de que no debería sorprender que «surgiera un enfoque sistemático nuevo y más detallado del momento del Arrebatamiento y de los acontecimientos de la septuagésima semana» (278).
Aunque es evidente que gran parte de Daniel ha estado «sellado» a lo largo de la historia, y que se va logrando una comprensión mucho mayor de sus profecías a medida que se acerca «el tiempo del fin», este autor discrepa de la idea de Rosenthal de que este sellamiento significa que «Dios estaba garantizando su exactitud» (269). La exactitud, no de uno, sino de cada libro del canon de la Escritura, está garantizada por la inspiración del Espíritu Santo (2 P. 1:21) y no requiere un sellamiento adicional. Tampoco puede usarse Daniel 12:4 para justificar cada teoría profética nueva y novedosa que surja. Ni justifica la postura particular de Rosenthal sobre el momento del Arrebatamiento, pues el Arrebatamiento es un «misterio» del Nuevo Testamento (1 Co. 15:51), que no se encuentra en absoluto en el Antiguo Testamento, ni siquiera en un libro tan maravilloso como Daniel. Es interesado de parte de Rosenthal reclamar apoyo de Daniel 12:4 para sus teorías sobre el momento del Arrebatamiento.
Quizá debería mencionarse en este punto un problema que recorre todo este libro. Rosenthal cita continuamente la Escritura, lo cual es encomiable, pero casi invariablemente, en medio de la cita, intercala su propia definición o explicación, a veces entre corchetes y a veces entre paréntesis. Se da la impresión de que el lector no puede entender cada pasaje a menos que Rosenthal lo ayude o lo empuje. Aunque el comentario por separado es legítimo, cada pasaje está inspirado por el Espíritu, con la posibilidad de ser enseñado por el Espíritu, incluso «las profundidades de Dios» (1 Co. 2:10-12). Esto es cierto incluso del material profético, porque «cuando Él, el Espíritu de verdad venga, los guiará a toda la verdad … y les hará saber lo que habrá de venir» (Jn. 16:13).
El último capítulo de Rosenthal incorpora un resumen final de sus diversas posturas, así como un último y áspero ataque contra el pretribulacionismo y algunos de sus líderes. El capítulo presenta la postura del «Arrebatamiento antes de la ira» como un «catalizador para una vida santa», sin reconocer que gran parte de ese catalizador se pierde si antes deben venir cuarenta y dos meses de «dolores» y otros veintiún meses de batalla y martirio a manos de la Bestia.
Es razonable preguntar por el efecto de estas nuevas posturas proféticas sobre su autor mientras las preparaba por escrito para el público cristiano. Para ello, es esencial volver al capítulo inicial, quizá la porción más sombría de todo el libro. Rosenthal testifica que escribir su libro le causó «los dos años y medio más difíciles, tensos y desgarradores» de su vida (17). Habla de noches de insomnio y de una tensión insoportable, de reuniones de junta tensas y sombrías, de agonía del alma y del trauma de amistades perdidas y de un empleo perdido.
Aunque los lectores responden a esta agonía con profundo pesar, difícilmente es la marca de quien es enseñado y guiado por el Espíritu. Uno pensaría que una nueva aclaración de un problema divisivo de la escatología que ha inquietado a la Iglesia por más de cien años, con el Espíritu cumpliendo finalmente la promesa de Daniel 12:4 y arrojando nueva luz y comprensión, iría acompañada del gozo de la iluminación y de la paz de la guía divina. Evidentemente, no fue así.
Nuestro hermano merece elogio por su diligencia y agradecimiento por cada percepción que lleve el sello claro de la verdad. Debería ser objeto de oración mientras busca más luz sobre el momento del Arrebatamiento. Pero la conclusión ponderada de este reseñista es que las posturas publicadas de Rosenthal son una distorsión de la verdad profética, a veces curiosas, a veces extrañas y con frecuencia falsas. En conjunto, son un sustituto indigno de la esperanza bienaventurada del regreso inminente de Cristo por Su Iglesia en el Arrebatamiento.
NO ES UNA BASE PARA LA COMUNIÓN
Para concluir esta reseña de la literatura principal relativa al Arrebatamiento pretribulacional o postribulacional de la Iglesia, debe notarse que muchos de los autores cierran sus argumentos con un ruego por una mayor tolerancia y una comunión más cálida entre quienes difieren tan fuertemente en diversos puntos de la escatología. Este ha sido nuestro ruego desde la primera edición de Guardados de la hora: que el desacuerdo en cuanto al momento y la manera del Arrebatamiento «no debe permitirse que impida la unidad evangélica en la realidad de esa esperanza bienaventurada» (272).
Es alentador oír a otros hacer sonar una nota conciliadora similar. John Walvoord habla del regreso del Señor por Su Iglesia como «un aspecto precioso de la fe y la expectativa», y se refiere a quienes no siempre han concordado en cuanto a la cronología de esa esperanza como «santos doctos y piadosos» (1979, 276). En un volumen anterior declara: «Pueden encontrarse eruditos dignos en ambos lados de esta cuestión» (1976, 8).
Barton Payne confirma que «escritores de todas las escuelas insisten cada vez más en que las convicciones se expresen con cortesía». Las propias posturas deben defenderse con «un espíritu de caridad cristiana», pues la doctrina en cuestión «no es de importancia suficiente como para causar una división evangélica» (1962, 169).
Robert Gundry escribe acerca de su presentación: «Debería ser innecesario decir (pero no lo es) que, en materia de desacuerdo, la aparición aquí de los nombres de autores sobre los temas en cuestión no debe tomarse como un ataque personal, sino solo como un medio de documentación». Desea que sus páginas estén escritas de una manera caracterizada por «la sabiduría de lo alto», que «es primeramente pura, después pacífica, amable, condescendiente, llena de misericordia y de buenos frutos, sin vacilación, sin hipocresía» (10-11). Tal actitud es muy encomiable.
George Ladd cierra The Blessed Hope declarando: «Ni el pretribulacionismo ni el postribulacionismo deberían convertirse en base de comunión, en prueba de ortodoxia ni en elemento necesario de la doctrina cristiana» (167). Douglas Moo concluye: «No puedo, de hecho no debo, permitir que esta convicción represente ningún tipo de barrera para una relación plena con otros que sostienen convicciones diferentes…» (211). Incluso William Kimball espera que «nuestra unidad esencial y nuestra comunión en Cristo nunca se rompan ni se socaven por nuestras diferencias en puntos proféticos» (181). Tal respeto mutuo debe alentarse continuamente.
Aunque el debate sobre el Arrebatamiento es mucho más que una disputa sobre el momento del Arrebatamiento y su relación con la Tribulación venidera, y aunque posturas muy divergentes no pueden ser igualmente verdaderas o exactas, debe reafirmarse la verdad central de que, puesto que Cristo es nuestro Salvador y Señor, ¡Su posible y pronta venida por la Iglesia es nuestra expectativa común y nuestra esperanza! Nuestro amor por Él y la expectativa de Su regreso son mucho más importantes que un punto de doctrina disputado o una regla hermenéutica preferida.
Todos los que participan en el debate sobre el Arrebatamiento son hermanos en Cristo, premilenaristas y creyentes en la Biblia, y cuando sea que Él venga, subiremos juntos para morar juntos con Cristo por la eternidad. Mientras tanto, como lo ha expresado tan acertadamente Paul Feinberg, que nuestros desacuerdos «sirvan como mayor impulso para el estudio y la claridad», y «que nuestras diferencias nunca empañen el gozo y la expectativa de ver a nuestro Señor en Su regreso visible y personal» (86).
¡Amén! «Ven, Señor Jesús».
[1] Robert H. Gundry, The Church and the Tribulation (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1973), p. 46.
[2] George E. Ladd, The Blessed Hope (Grand Rapids: Eerdmans Publishing Co., 1956), p. 122.
[3] J. Barton Payne, The Imminent Appearing of Christ (Grand Rapids: Eerdmans Publishing Co., 1962), p. 143.
[4] Arthur Katterjohn, The Tribulation People (Carol Stream, Ill.: Creation House, 1976), p. 98.
[5] William R. Kimball, The Rapture: A Question of Timing (Grand Rapids: Baker Book House, 1985), p. 70.
[6] Alexander Reese, The Approaching Advent of Christ (Londres: Marshall, Morgan & Scott, s. f.), p. 226.
[7] Renald E. Showers, Th.D., anteriormente asociado con Marvin Rosenthal en Friends of Israel Gospel Ministry, ha escrito una «crítica y objeción» de 88 páginas a The Pre-Wrath Rapture of the Church. Académica, detallada y sumamente bíblica, en este punto dedica seis páginas de pasajes y argumentos para demostrar que «los primeros cuatro sellos de Apocalipsis 6:1-8 implican un gran derramamiento de ira divina».
[8] Guardados de la hora (Kept from the Hour), pp. 70-91.
[9] H. E. Dana y Julius R. Mantey, A Manual Grammar of the Greek New Testament (Nueva York: Macmillan Co., 1950), p. 178.
