La Predicación, Los Atributos Divinos Y La Consejería Bíblica
La Predicación, Los Atributos Divinos Y La Consejería Bíblica
POR DAVE DUNHAM
¿Qué significa decir: «Dios es bueno»? No se trata simplemente de una pregunta teológica; en el fondo, es una pregunta profundamente personal. Experimentamos tristeza y dolor; pecamos y sufrimos; y en esos momentos queremos saber —saber de verdad— quién es Dios. La consejería cristiana requiere una manera de hablar con verdad acerca de Dios que no pretenda tener un conocimiento exhaustivo de Él ni Lo reduzca a un solo atributo moldeado por la experiencia. La doctrina de la predicación —fundamentada en el ser trino de Dios— ofrece un marco para nombrar la plenitud del carácter de Dios de una manera que preserva tanto el misterio divino como la claridad pastoral en el cuidado de las almas.
El problema
Todo trabajo teológico se ve inquietado por dos preguntas relacionadas:
(1) ¿Cómo podemos decir algo verdadero acerca del Ser divino supremo?
(2) ¿Cómo puede el único Dios de las Escrituras ser descrito de tantas maneras diversas?
Algunos teólogos han sostenido que, puesto que Dios es Dios, todo nuestro lenguaje acerca de Él es, en el mejor de los casos, una expresión de nuestra percepción o experiencia de Dios, y no puede ser estrictamente verdadero respecto a Su naturaleza. Si pudiéramos hablar con verdad acerca del ser divino, según este argumento, Dios ya no sería verdaderamente incomprensible. Al mismo tiempo, las Escrituras nos presentan el enigma de la unidad y la diversidad divinas: «el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es» (Dt 6:4). Sin embargo, este único Dios es descrito como bueno, justo, fiel, amoroso, misericordioso y cercano. Si predicamos atributos tan diversos de Dios, ¿estamos insinuando que Dios está compuesto de partes o cualidades? ¿Estamos, en efecto, socavando la doctrina de la simplicidad divina al tratar a Dios como complejo y no como simple en Su naturaleza?
Estos no son simplemente problemas abstractos para los teólogos. Moldean la manera en que entendemos a Dios en medio del sufrimiento, la culpa y la confusión. El concepto de predicación ofrece una forma de abordar estas tensiones doctrinales sin sacrificar ni la integridad teológica ni el realismo pastoral.
La solución
Necesitamos una manera de decir cosas genuinamente verdaderas acerca de Dios, aunque nunca podamos hablar de Él de forma exhaustiva. También necesitamos una manera de afirmar múltiples verdades acerca de Dios sin disolver Su unidad ni fragmentar Su ser en partes. La categoría teológica de la predicación ofrece ese marco, pero solo cuando está fundamentada en la naturaleza trina de Dios.
La reflexión teológica ha empleado desde hace mucho tiempo la categoría de la predicación para describir cómo hablamos de Dios con significado. La predicación se refiere al acto de decir algo verdadero de un sujeto, como «Dios es bueno» o «Dios es fiel». Cuando decimos «Dios es bueno», estamos haciendo una afirmación real acerca de quién es Dios. Esa afirmación solo tiene sentido si el predicado «bueno» es genuinamente significativo y si su aplicación a Dios no es engañosa ni vacía. Por lo tanto, nuestro lenguaje acerca de Dios se vale analógicamente de la experiencia de las criaturas. Sabemos lo que significa «bueno» porque usamos ese predicado con significado dentro del mundo en que vivimos.
Sin embargo, la predicación no puede fundamentarse, en última instancia, solo en la analogía o la experiencia humana. Si bien el lenguaje cotidiano muestra que un sujeto puede tener muchos predicados, dicha práctica lingüística presupone una coherencia metafísica más profunda entre la unidad y la diversidad. Los filósofos han luchado durante mucho tiempo con el problema de «lo uno y lo múltiple»: ¿cómo pueden coexistir la unidad y la diversidad sin que una disuelva a la otra? La predicación parece ofrecer una salida a esta tensión, pero si la unidad y la diversidad no son igualmente últimas en la estructura de la realidad, la predicación misma carece de un fundamento estable.
La teología cristiana sitúa la resolución de esta tensión en el ser trino de Dios. En Dios, la unidad y la diversidad coexisten eternamente: un solo Dios en tres personas. El mundo que Dios creó refleja este patrón trinitario de unidad y diversidad (Ro 1:20). Por lo tanto, la posibilidad de predicar muchas cosas verdaderas de un solo sujeto no es una mera conveniencia lingüística; está arraigada en la naturaleza misma del Dios que creó todas las cosas. La predicación sirve a nuestra reflexión teológica sobre los atributos divinos precisamente porque está fundamentada en el Dios trino, cuyo propio ser mantiene unidas la unidad y la distinción personal sin contradicción. Este fundamento metafísico puede parecer abstracto, pero sostiene silenciosamente nuestra confianza de que, cuando hablamos de Dios a personas que sufren, no estamos ofreciendo un consuelo poético, sino nombrando a un Señor real y vivo.
El valor
¿Por qué importa todo esto? ¿Por qué adentrarse en estas aguas filosóficas tan profundas? No se trata de un escrúpulo teológico. El beneficio práctico de la predicación en la consejería bíblica es este: nos da una gramática teológica para resistir la tendencia del pecado y del sufrimiento a reducir a Dios a un solo atributo o a una fuerza impersonal, y restaura un encuentro relacional con el Dios vivo en la plenitud de quien Él es.
Nuestras experiencias de vida a menudo encogen nuestro mundo y, con él, nuestra teología. En la sala de consejería, el sufrimiento y el pecado tienden a comprimir nuestra visión de Dios en una sola dimensión. En nuestro pecado, podemos llegar a pensar en Dios principalmente como un Juez al que hay que temer, despersonalizándolo sutilmente en un veredicto en lugar de relacionarnos con Él como un Señor vivo. Otras veces, podemos aferrarnos a la misericordia de Dios de una manera que Lo reduce a mera permisividad, minimizando la seriedad de nuestro pecado. En el sufrimiento, la soberanía de Dios puede sentirse menos como el gobierno de un Padre personal y más como la fría operación de una fuerza abstracta. Incluso la bondad de Dios puede experimentarse simplemente como una bendición tangible, y no como el carácter de un Dios que sigue siendo bueno cuando la bendición está ausente. En cada caso, Dios queda reducido a un solo atributo desligado de Su ser personal.
La predicación ofrece una resistencia amable, pero teológicamente fundamentada, a esta reducción. Nos recuerda que un solo sujeto puede tener muchos predicados verdaderos. Podemos —y debemos— decir más de una cosa verdadera acerca de Dios al mismo tiempo. Dios es justo y misericordioso; soberano y tierno; santo y compasivo; fiel y cercano. Ningún predicado agota quién es Dios, y ninguna experiencia aislada tiene autoridad para redefinirlo.
De esta manera, la predicación también vuelve a personalizar a Dios. Si el pecado y el sufrimiento nos inclinan a relacionarnos con Dios como una fuerza, un veredicto, una bendición o un principio, la predicación nos llama de vuelta a la gramática de la relación: todo predicado tiene un sujeto. No estamos haciendo afirmaciones acerca de un «qué», sino acerca de un «quién». Por lo tanto, la predicación no es simplemente una herramienta lingüística, sino una disciplina que personaliza. Al nombrar continuamente a Dios como el sujeto de múltiples predicados verdaderos, los consejeros ayudan a quienes sufren a reorientarse hacia el Dios vivo mismo, y no hacia una construcción teológica empobrecida, moldeada por el dolor o la culpa.
Conclusión
La predicación, fundamentada en el ser trino de Dios, da a los consejeros bíblicos una manera de hablar con verdad acerca de Dios sin reducirlo a un solo atributo moldeado por la experiencia. Al hacerlo, vuelve a ampliar la visión que el que sufre tiene de Dios y restaura un encuentro relacional con el Señor vivo y personal, que siempre es más que cualquier verdad que podamos decir acerca de Él.
