Su Venida – Nuestra Esperanza

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Su Venida – Nuestra Esperanza

POR GERALD STANTON

Un obstáculo importante para lograr una mayor unanimidad en los temas escatológicos es el hecho de que el campo profético es tan vasto, los pasajes bíblicos involucrados son tan numerosos y las cuestiones se vuelven tan complejas. El problema del momento del rapto en su relación con el período de la Tribulación no es la excepción. De hecho, no es más que una parte de la doctrina más amplia de la fe premilenial; sin embargo, es en sí mismo un asunto importante y determinante. Quienes lo consideren un mero detalle de la escatología, reflexionen en el hecho de que están en juego la esperanza del cristiano, su incentivo para una vida de pureza y su celo por el servicio. Lo que se decida respecto al momento del rapto afectará una parte asombrosamente grande de las Escrituras proféticas, porque la profecía es un tapiz extrañamente entretejido.

Otro obstáculo para una mayor unidad en el área del estudio profético es la tendencia de algunos a evitar la discusión de temas que se consideran controversiales. El comentario de Chafer respecto a un problema enteramente distinto es igualmente aplicable en este punto:

No es fácil disentir de hombres buenos y grandes. Sin embargo, puesto que los hay en ambos lados de esta cuestión, es imposible sostener una convicción sin oponerse a quienes piensan de manera contraria. El desacuerdo que ahora se discute no es entre hombres ortodoxos y heterodoxos; se da dentro de la comunión de quienes tienen más en común y que necesitan el apoyo y el ánimo de la confianza mutua.[1]

Otros evitan la investigación personal de temas que consideran difíciles de entender. La experiencia de James H. Brookes, destacado estudioso de la Biblia de una generación pasada, es un buen ejemplo:

El Dr. Brookes tenía la costumbre de leer la Biblia completa en orden, pero habitualmente se detenía al final de Judas y regresaba a Génesis, considerando que el Apocalipsis no era comprensible y que, por lo tanto, no valía la pena leerlo. Un día fue convencido de que no estaba tratando con justicia a la Biblia, puesto que el Apocalipsis es parte integral de ella. Siguió leyendo hasta entrar en él y terminarlo. Esa lectura cambió todo el curso de su vida. El Dr. Brookes se encontró en posesión de una llave para la verdad bíblica; al usarla llegó a ser conocido como uno de nuestros más grandes eruditos y expositores de la Biblia. Más aún: llegó a ser de extraordinaria ayuda para otros.[2]

Más todavía, por medio de su estudio llegó a ser un ferviente creyente en la esperanza del regreso inminente y pretribulacional de nuestro Señor Jesucristo. Son muy pocos los que así escudriñan las Escrituras por sí mismos. Las exigencias de nuestras vidas excesivamente ocupadas hacen que resulte más fácil seguir las opiniones, a veces no bien digeridas, de un maestro o autor favorito. Aunque el pensamiento de los hombres puede ser una guía valiosa, si va acompañado de una erudición sincera y de un entendimiento piadoso, la autoridad final debe descansar en última instancia en la Palabra de Dios. Que todos seamos más como los de Berea, quienes estuvieron «examinando diariamente las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hch 17:10-11).

Una vez reunidos todos los hechos, aún puede haber algún desacuerdo en cuanto al momento y la manera del rapto, pero esto no debe impedir la unidad evangélica en cuanto a la realidad de esa bendita esperanza. Los creyentes necesitan poner más énfasis en su fe común en las grandes verdades del cristianismo, a fin de que sean de un mismo sentir delante de un mundo incrédulo. No obstante, cualquier problema bíblico que involucre asuntos tan importantes como la unidad del cuerpo de Cristo, la doctrina de la inminencia y la esperanza del creyente, tiene derecho a ser examinado a fondo. Por la naturaleza misma del caso, tres de los cuatro puntos de vista involucrados no pueden estar de acuerdo con la verdad bíblica. Si bien todas las discusiones que arrojen luz sobre el problema son muy oportunas, a través de todo ello la Biblia sostiene un solo programa profético.

La firme conclusión de la presente investigación es que el pretribulacionismo es altamente defendible y tiene mucho más a su favor que cualquiera de los otros tres puntos de vista. Aun Cameron tiene que admitir que «sería algo bendito si esta postura pudiera comprobarse»,[3] y el mismo Reese reconoce que la esperanza pretribulacional es una «postura más luminosa y más consoladora», y que si las Escrituras estuvieran a su favor, el caso sería convincente.[4] El autor cree sinceramente que su tesis ha quedado aquí comprobada, y que se ha demostrado claramente por las Escrituras que la Iglesia no entrará en ninguna parte de la Tribulación. Se han tratado todos los argumentos principales, las objeciones y los pasajes bíblicos usados por los puntos de vista opuestos, junto con no pocos detalles. El autor es consciente de que hay pasajes adicionales, algunas objeciones menos significativas e incluso algunos argumentos a favor del pretribulacionismo que no se han incluido en este estudio, pero en algún punto hay que detenerse. Se cree que cualquier indagación adicional en los detalles involucrados solo servirá para confirmar aún más la conclusión de la presente investigación: que el rapto de la Iglesia es verdaderamente inminente y será pretribulacional.

Se exhorta en particular a los pastores y maestros, y a otros que están en posiciones de autoridad sobre la iglesia visible de Jesucristo, a que estudien estos asuntos por sí mismos y, una vez persuadidos, se mantengan firmes sobre este fundamento. El regreso inminente de Cristo, predicado —no en tono polémico, sino desde un corazón que ama Su venida— despertará dentro del rebaño de Dios un interés vivificante en las cosas espirituales, un nuevo entusiasmo y un deseo de vivir y servir de tal manera que no se avergüencen en Su venida.

No es posible dar un resumen adecuado de toda la evidencia presentada a favor del pretribulacionismo en los capítulos anteriores. Se ha demostrado que el período de la Tribulación difiere en su naturaleza fundamental de cualquier prueba y tribulación que pueda ser ahora un ingrediente normal de la experiencia cristiana. A la Iglesia se le promete expresamente liberación de la ira de Dios y de la hora de la prueba que vendrá sobre los que habitan en la tierra. Se ofreció prueba de que la Iglesia no es Israel, y de que su escatología no puede construirse sobre aquello que claramente se afirma de Israel en el tiempo del fin. Además, se vio que dos cuerpos redimidos y testificantes distintos en la Tribulación al mismo tiempo pondrían a Dios en un serio dilema y anularían la doctrina cardinal de la unidad del cuerpo de Cristo. Se vio que el Día del Señor, entendido como un período y no como un solo día, fortalece más de lo que debilita la postura pretribulacional. Se presentó evidencia para probar que el que detiene, de 2 Tesalonicenses 2, no es otro que el Espíritu Santo, quien será quitado junto con la Iglesia antes de la manifestación del hombre de pecado. Se trataron los argumentos contra la doctrina de la inminencia, y la doctrina fue confirmada por las Escrituras, por la esperanza de la Iglesia primitiva y por el testimonio de los Padres de la Iglesia.

Otras líneas de evidencia incluyeron la identificación de los veinticuatro ancianos, y el análisis de la séptima trompeta y de la final trompeta, así como del momento de la resurrección. Se distinguió el rapto de la revelación de Cristo por la presencia de acontecimientos intermedios y por una veintena o más de sus características principales. Se discutieron las ideas y afirmaciones de algunos de los defensores más prominentes de las tres posturas alternativas, y se señalaron objeciones. Así, el pretribulacionismo ha sido defendido y confirmado por la fuerza acumulativa del argumento positivo, por el análisis de los pasajes bíblicos involucrados y por la exposición de las debilidades de todos los sistemas opuestos.

Se espera sinceramente que muchos de los que lean estas páginas sean confirmados en la verdad del regreso inminente de Jesucristo. Hay abundante evidencia de que la última generación de creyentes será guardada de la hora de angustia, no en respuesta a méritos humanos, sino a causa de la gracia ilimitada de Dios. Mientras los cristianos se mantienen firmes en esta seguridad, que otros que no conocen esta esperanza lleguen a compartir la gozosa expectación de los de Tesalónica, de quienes Pablo escribió:

Porque ellos mismos cuentan acerca de nosotros, de la acogida que tuvimos por parte de ustedes, y de cómo se convirtieron de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a Su Hijo, al cual resucitó de entre los muertos, es decir, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera (1 Ts 1:9-10).[5]

Tal esperanza tiene un valor práctico. Si Cristo puede aparecer en cualquier momento, ¡cuán penetrante es la exhortación de Juan a una vida piadosa!:

Y ahora, hijos, permanezcan en Él, para que cuando se manifieste, tengamos confianza y no nos apartemos de Él avergonzados en Su venida (1 Jn 2:28).

Nuestra ciudadanía está en los cielos, y puesto que la venida de Cristo puede ser pronto, ¡cuán vital es que «ansiosamente esperemos a un Salvador, el Señor Jesucristo»! (Fil 3:20). Sin embargo, este esperar, este aguardar al Redentor, no consiste en quedarse ociosamente «mirando al cielo» (Hch 1:11). Dios no quiere que estemos tan desprendidos del mundo que perdamos nuestra visión de servicio. La segunda venida no es la suma total de la teología. Debe haber equilibrio. Por eso Cristo oró no solo para que estemos con Él y contemplemos Su gloria (Jn 17:24), sino también para que, mientras estamos en el mundo, seamos guardados del mal, y vayamos al mundo para que por medio de nuestra palabra los hombres crean en Él (Jn 17:15, 18, 20).

Con este fin los creyentes han sido comisionados como «embajadores de Cristo». Nuestra oportunidad y privilegio es dar a conocer a los perdidos las buenas nuevas de Su salvación, pues de poco le sirve a un hombre no salvo oír de la segunda venida antes de haber entendido y hecho suyas las bendiciones de la primera venida. Como embajadores, en nombre de Cristo rogamos a los hombres que se reconcilien con Dios (2 Co 5:20). Mantengamos delante de nosotros la solemne responsabilidad de esta tarea, sabiendo bien que quizá no falte mucho para que Cristo comience Su obra de juzgar a los vivos y a los muertos. Para los creyentes existe la luminosa perspectiva de la experiencia del rapto antes del día de la ira de la Tribulación. Los embajadores son llamados a casa antes de que se declare la guerra. Así también nosotros seremos llamados a Su gloriosa presencia.

La promesa de Cristo es: «Ciertamente vengo pronto». Que cada corazón responda con fervor: «Amén. Ven, Señor Jesús» (Ap 22:20). En esta noche oscura, miremos hacia la mañana. Su venida es nuestra esperanza. Estemos entre el número de los que «aman Su venida» (2 Ti 4:8).

Alzad la cabeza, peregrinos cansados,
ved que se acerca el día; el cielo enrojece ya.
Huyen las sombras, y vuestro Amado,
tan anhelado, al fin cerca está.

Oscura fue la noche, el pecado nos combatía;
pesada la carga de dolor que llevamos;
mas hoy vemos señales de Su venida;
arde el corazón, la copa del gozo rebosa.

¡Oh bendita esperanza! ¡Oh dichosa promesa!
Que llena el corazón de gozo divino;
¡Oh día de días! ¡Salve, Tu aparición!
Tu gloria sublime por siempre brillará.

Sección II

Interpretación literal, lenguaje figurado y profecía

Ningún otro libro de la historia humana ha sido tan criticado y atacado como la Biblia. Enemigos de fuera han intentado hacer trizas sus páginas con los dardos punzantes de la sátira y la burla mordaz, mientras que enemigos de dentro —presentándose como eruditos y exégetas— la han atacado de manera más insidiosa, vaciando su contenido de todo significado real o relevante. Los clérigos liberales, habiendo abandonado la doctrina cardinal de la inspiración y haciendo de la Biblia un libro acerca de Dios en lugar de un libro de parte de Dios, se han propuesto ahora determinar, si es posible, «la contribución espiritual de la Biblia a esta era moderna». Cualquier doctrina que no se considere «moderna» la han relegado, en el proceso, a su basurero teológico.

Los hombres que tienden a apartarse en su interpretación bíblica del ancla segura del método literal harían bien en considerar la compañía teológica con la que han decidido viajar, y los extraños destinos a los que han llegado algunos que, sin darse cuenta, trazaron su rumbo según el método alegorizante de Orígenes. Una teoría completamente liberal es la terminal natural y última de todos los que se acercan a las Escrituras sin el compromiso de convicciones acerca de la inspiración verbal y la interpretación gramatical y literal. Que la vergonzosa postura del liberalismo de hoy es el resultado lógico de la negación del método literal lo demuestra Roehr, un crítico de la alta crítica. Al describir a Jesús como un hombre más, producto de su época y de su nación, Roehr exclama: «Los que niegan esto son necios, serviles y literalistas».[6]

Hablando de la escuela alegorizante, Farrar concluye:

Orígenes toma prestado de los platónicos paganos y de los filósofos judíos un método que convierte toda la Escritura, tanto el Nuevo como el Antiguo Testamento, en una serie de enigmas torpes, cambiantes e increíbles. La alegoría le ayudó a deshacerse del quiliasmo, del literalismo supersticioso y de las «antítesis» de los gnósticos, pero abrió la puerta a males más mortíferos.[7]

Orígenes, aunque no era liberal de manera deliberada, no pudo evitar conclusiones liberales una vez que adoptó el método alegorizante. «Ningún hombre, que no fuera del todo falso e hipócrita, dañó jamás a la Iglesia más que Orígenes»,[8] es la conclusión de Milner, el gran historiador inglés del siglo pasado. El método alegorizante fomenta el modernismo. Es bien sabido que muchas de las principales denominaciones protestantes, declaradamente amilenaristas, están ahora librando una lucha a muerte con el liberalismo. Por otro lado, es prácticamente imposible encontrar un premilenarista liberal.

Un segundo alejamiento importante de la escuela literal de interpretación es la postura amilenarista de la escatología. Esta postura, que espiritualiza el reinado de Cristo y hace que las promesas milenarias se cumplan, si es que se cumplen, en esta era presente, se encuentra entre tres grupos distintos: (1) Es la escatología del liberalismo. Entre las doctrinas que aquí se niegan están la de la resurrección literal y la del juicio literal. (2) Es la escatología del sistema católico romano. Significativamente, The Catholic Encyclopedia, una autoridad sobre el amilenarismo de Roma, describe las interpretaciones amilenaristas como «alegóricas».[9] (3) Es la escatología de un número considerable de hombres de fe reformada conservadora, quienes en general aceptan el método literal, pero consideran que la regla no es válida para la interpretación de las porciones proféticas, en particular los pasajes sobre el reino.

Nadie defiende ni emplea el método alegorizante de exégesis. Calvino y los demás grandes estudiosos de la Biblia de la Reforma vieron claramente que el método era erróneo y enseñaron la interpretación literal «gramático-histórica», hoy generalmente aceptada, en lo que respecta a las Escrituras en general. Que conserven el método espiritualizante al exponer muchas de las profecías se debe a que se vieron obligados a hacerlo para ser fieles al Nuevo Testamento.[10]

La diferencia, entonces, entre un premilenarista y un amilenarista conservador no es simplemente que uno sea literalista y el otro alegorista. El amilenarista conservador usa dos sistemas de interpretación: el literal para la mayoría de las áreas del estudio bíblico, pero el alegórico para todos los pasajes que, si se tomaran literalmente, llevarían a una conclusión premilenarista. Ambos grupos están en armonía teológica dondequiera que se sigue el método literal. Debe notarse que el acuerdo doctrinal básico entre los premilenaristas, aun respecto al bosquejo principal de la profecía, argumenta fuertemente a favor de su método interpretativo. Por el contrario, la amplia y fundamental diversidad de creencias amilenaristas revela la débil base de esa estructura. Cualquier sistema que al mismo tiempo fomenta el liberalismo, la escatología católica romana y cierta medida de conservadurismo, está sujeto a serios cuestionamientos.

En el capítulo 7 se demostró que los mesotribulacionistas y los postribulacionistas recurren a la espiritualización de gran parte del período de la Tribulación para sostener sus respectivas tesis. Ahora resta responder a la afirmación amilenarista de que la presencia de lenguaje figurado y simbólico en las Escrituras no armoniza con el método literal y justifica apartarse de él.

I. Tres reglas cardinales de la interpretación bíblica

No es el propósito aquí enumerar y discutir las muchas y variadas leyes de la interpretación bíblica,[11] sino sugerir, en breve, tres de las más importantes. La última de ellas nos llevará directamente a los principales problemas en cuestión.

A. Interpretar según el contexto

En palabras de Myles Coverdale:

Mucho te ayudará a entender la Escritura
si notas no solo lo que se dice o escribe,

sino de quién, y a quién,
con qué palabras, en qué tiempo,

dónde, con qué intención, en qué circunstancias,
considerando lo que va antes y lo que sigue después.
[12]

No hay nada mejor, al interpretar un pasaje difícil, que dejar que el autor se explique a sí mismo. Esta explicación debe tener precedencia sobre cualquier otra interpretación. Con frecuencia, el propósito del autor puede discernirse prestando cuidadosa atención a «lo que va antes y lo que sigue después». También debe tomarse en cuenta el propósito general y el espíritu del libro —de hecho, de toda la Biblia—, pues lo que es un problema en un contexto bien puede reafirmarse y aclararse en otro. En particular, uno debe guardarse de arrancar una frase de su contexto y hacerle decir algo muy lejano del propósito original del autor.

En cierta ocasión, el obispo Wilberforce asistió a un culto matutino y escuchó un sermón sobre «Escucha a la iglesia» (Mt 18:17). Al día siguiente, el predicador le preguntó al obispo qué le había parecido el sermón, que había seguido esta línea: si tienes dudas, escucha a la iglesia; si estás en tinieblas, escucha a la iglesia, etc. El obispo admitió que el contenido, el método y la presentación habían sido buenos, y concluyó su comentario con esta afirmación: «Pero, sabe usted, amigo mío, yo tendría el mismo derecho de predicar sobre “Cuelguen toda la ley y los profetas” [juego de palabras con Mt 22:40 en inglés]. Es imprescindible que consideremos “lo que va antes” y “lo que sigue después”».[13]

B. Interpretar comparando con otras Escrituras

La Biblia no es una colección de buenos textos reunidos sin relación alguna entre sí. Rara vez una doctrina descansa sobre un solo texto aislado; el patrón suele estar entretejido en toda la trama y urdimbre del tejido de las Escrituras. Por lo tanto, es importante atender a la regla de comparar Escritura con Escritura, en lugar de aferrarse a un texto aislado que parezca apoyar alguna opinión preconcebida. «Una doctrina claramente sustentada por la analogía de la fe no puede ser contradicha por un pasaje contrario y oscuro».[14]

Así como en un organismo ningún miembro o parte, por diminuto que sea, puede entenderse plenamente fuera de su relación con el todo, así en la Escritura cada párrafo y cada oración forman parte de su totalidad y deben estudiarse en relación con todo lo demás. El texto será iluminado por el contexto, es decir, por la Escritura que inmediatamente le precede y le sigue. Todo suceso y toda declaración deben estudiarse en su entorno. Cómo, por qué y cuándo se pronunció una palabra o se realizó un acto ayuda a explicarlo; es su colorido local.[15]

C. Interpretar la Biblia literalmente

La Biblia debe interpretarse, siempre que sea posible, según el significado usual y ordinario de las palabras del texto. Deben observarse estrictamente las reglas gramaticales e históricas, incluido el uso de léxicos para resolver problemas de traducción y de otras ayudas para determinar la influencia de las costumbres locales y del contexto histórico. Como ha dicho Neil: «Un pasaje debe tomarse literalmente siempre que no esté limitado por condiciones de la época o por costumbres de la iglesia local».[16] Según Farrar: «La Escritura debe interpretarse de acuerdo con las reglas ordinarias del lenguaje humano».[17] La inspiración verbal exige una interpretación literal, y fundamental para ambas es el estudio gramatical correcto a partir de estas fuentes: el texto mismo, el contexto, los textos paralelos y otros materiales pertinentes, aunque ajenos al texto.[18] Cellerier presenta esta regla fundamental de la siguiente manera:

El intérprete debe comenzar su trabajo estudiando el sentido gramatical del texto, con la ayuda de la filología sagrada. Como en todos los demás escritos, el sentido gramatical debe ser el punto de partida. El significado de las palabras debe determinarse según el uso lingüístico y la conexión.[19]

Concediendo que la interpretación literal de la Biblia incluye dentro de su alcance el uso correcto del lenguaje figurado —pues aun los tipos y las figuras fueron dados para transmitir alguna verdad literal—, ¿cuál es entonces la regla para determinar lo que es claramente literal? Allis cita a H. Bonar: «literal siempre que sea posible», y a Govett: «literal a menos que sea absurdo», pero no puede aceptar estas afirmaciones y lamenta: «Este énfasis literalista se ha manifestado con mayor claridad en su insistencia en que Israel significa Israel…».[20] Clinton Lockhart plantea el asunto de manera más útil:

Busque cuidadosamente un significado literal antes de aceptar uno figurado…. El significado literal o más usual de una palabra, si es coherente, debe preferirse a una significación figurada o menos usual.[21]

Por interpretación literal se entiende aquella que debe interpretarse palabra por palabra en su sentido primitivo o en su sentido corriente más fundamental.[22]

Lockhart da dos pruebas para la interpretación literal: el sentido y el uso, y explica que «si el significado literal de cualquier palabra o expresión tiene buen sentido en sus conexiones, es literal; pero si el significado literal no tiene buen sentido, es figurado».[23] Pascal lo expresa así: «Quien quiera dar el sentido de la Escritura y no lo tome de la Escritura es enemigo de la Escritura».[24] Además: «Si el sentido llano tiene buen sentido, no busque otro sentido, o encontrará un sinsentido».[25] Cooper resume el asunto de manera muy adecuada:

Tome cada palabra en su significado primario, ordinario y usual…, a menos que los hechos del contexto inmediato, estudiados a la luz de pasajes relacionados y de verdades axiomáticas y fundamentales, indiquen claramente lo contrario.[26]

«Hay muchas verdades declaradas de manera definida y directa», escribe Rogers, «mediante las cuales Dios dice claramente lo que quiere decir, y en las cuales quiere decir lo que dice, y que no permiten manipulación ni espiritualización alguna».[27] Esto es claramente evidente, pero parecería que Owen ha expresado una exageración de esta verdad: «Si la Escritura tiene más de un significado, no tiene significado alguno».[28]

La interpretación literal no tiene por qué ser tan restrictiva: incorpora el reconocimiento del lenguaje figurado y permite una aplicación espiritual de aquello que primero ha sido interpretado literalmente. Dentro de ciertos límites, reconoce el doble sentido de algunos pasajes, pero esto de ninguna manera permite que entre una interpretación alegorizada y despoje a las palabras de su significado literal. Por ejemplo, uno puede cantar «Oh Sion, apresúrate a cumplir tu alta misión», y reconocer que «Sion» se usa para referirse a la Iglesia en sentido figurado, pero esto no anula el hecho de que Sion es un lugar geográfico literal en Jerusalén, la ciudad capital y el centro espiritual de la nación de Israel.[29]

Aunque puede haber problemas relacionados con el uso correcto del método literal, sigue siendo cierto que la interpretación literal (bien entendida) es una de las reglas de oro de la hermenéutica bíblica. Permite que Dios diga lo que quiere decir sin forzarlo para que encaje en alguna noción preconcebida, y pone freno a la «espiritualización» de aquellos pasajes que simplemente deberían clasificarse como figurados. La interpretación de los tipos y las figuras bíblicas ha sido por mucho tiempo una piedra de tropiezo exegética, y merece un análisis más detallado.

II. El problema de la interpretación del lenguaje figurado

Todo idioma usado por el hombre abunda en figuras retóricas, y los idiomas originales de la Biblia no son la excepción. Cuando una palabra, que el uso ha destinado para designar una cosa, se traslada a un significado nuevo y diferente, se dice que se usa en sentido figurado. Cuando una palabra se usa en su sentido primitivo, natural o usual, se dice que se usa literalmente. El lenguaje figurado, entonces, es un desvío o una desviación del significado usual y primario de la palabra. Hablamos de un «terreno pedregoso»: esto es literal. Hablamos de un «corazón de piedra»: esto es figurado. Cristo, en particular, acostumbraba revestir Sus pensamientos con las figuras y el lenguaje popular de la época: «Yo soy la vid», «agua viva», «destruyan este templo», «esto es Mi cuerpo que por ustedes es dado», por mencionar algunos ejemplos.

El hecho de que tales figuras estén en la Biblia es una buena indicación de que fueron dadas para ser entendidas, pero la parte debe estar en armonía con el todo, y no debe permitirse que la interpretación ceda paso al libertinaje.

A. Diez sugerencias prácticas

Las siguientes sugerencias quizá no sean exhaustivas, pero se cree que ayudarán considerablemente en la interpretación de las figuras bíblicas:

(1) ¿Cuándo es figurado el lenguaje? En la mayoría de los casos, el hecho de que el lenguaje es figurado se manifiesta en la naturaleza misma del lenguaje o en la conexión en que se encuentra. Cristo es la puerta al cielo, pero no una puerta literal. Los cristianos son las ovejas de Su prado y la sal de la tierra, pero no son literalmente ovejas ni sal.

Una figura se llama tropo, de la palabra griega στρέφω, «yo vuelvo». Es el giro de una palabra desde su significado común y ordinario, como en la expresión «tantas cabezas de ganado», generalmente sobre el principio de la semejanza. Si lo que se dice, tomado según la letra, no puede armonizar con la naturaleza esencial del tema del que se habla, el lenguaje debe considerarse tropológico. O, a la inversa, si el lenguaje tomado literalmente implicaría algo incongruente o moralmente impropio, presumiblemente el sentido figurado es el correcto. Si lo literal resulta absurdo, o incoherente con lo que se está tratando, se puede concluir con al menos una certeza razonable que el lenguaje es figurado.

(2) El uso y la interpretación del lenguaje figurado no comprometen la interpretación literal, ni son contrarios a la inspiración verbal. El intérprete no debe limitarse al significado literal de las palabras individuales que componen la figura, sino buscar el sentido literal que la figura en su conjunto pretende e ilustra. Esto no es una concesión al método espiritualizante o alegorizante, pues permite que la figura rinda su significado pleno y obviamente intencionado.

La espiritualización también ataca las porciones no figuradas de la Escritura. Busca diluir el texto y lo despoja de todo significado verdadero y relevante. No está sujeta a las reglas del lenguaje ni de la razón, sino únicamente a la fantasía del intérprete. Pablo dice: «no se ponga el sol sobre su enojo» (Ef 4:26), queriendo decir, no que el enojo sea permisible por un tiempo, sino que, si surge la ira, no debe albergarse continuamente en la mente, sino que uno debe dominarla antes de que termine el día. Pero vea cuán fantasiosamente desarrolla Thomas Fuller el pasaje, haciéndolo significar llevar a otro mundo la noticia de la naturaleza vengativa de uno, y diciendo que, si se entendiera literalmente, «los hombres de Groenlandia, donde el día dura cerca de una cuarta parte del año, tendrían amplio margen para la venganza».[30]

El premilenarista insiste en que la espiritualización es un elemento ajeno a la Escritura, a la retórica y a la lógica, puesto que es una sustitución directa e inmediata de una idea por otra, arbitraria en su método y a menudo violenta en su uso.[31]

La forma más peligrosa de interpretación de «segundo sentido» es aquella en la que el intérprete suple las conexiones propuestas a partir de su propia imaginación. Sobre esto no hay control. La interpretación de doble sentido no es un mal en sí misma; pero como método está llena de dificultades y peligros. Por lo tanto, afirmar que el significado principal de la Biblia es un significado de segundo sentido, y que el método principal es «espiritualizar», es abrir la puerta a una especulación e imaginación casi descontroladas. Por esta razón hemos insistido en que el control en la interpretación es el método literal.[32]

Por lo tanto, el significado «literal» de una palabra es la designación básica, acostumbrada y social de esa palabra. El significado espiritual o místico de una palabra o expresión es uno que surge después de la designación literal y depende de ella para su existencia.[33]

(3) Se prefiere primero el significado literal. Puesto que lo literal es el uso acostumbrado de una palabra, este sentido aparece con mucha más frecuencia que el figurado. Por lo tanto, el término se considerará literal hasta que haya una razón buena y suficiente para considerarlo de otro modo.

(4) Cuando haya duda en cuanto a si el lenguaje es literal o figurado, el intérprete debe procurar disipar la duda recurriendo a los pasajes paralelos (si los hay) que traten el mismo tema en términos más explícitos.

(5) Hay una diferencia vital entre interpretación y aplicación. La primera muestra el único y verdadero significado según las leyes de la hermenéutica. La segunda permite un mayor grado de libertad al aplicarlo a las diversas necesidades espirituales de los hombres. Algunos pueden abusar de esta libertad, pero si es así, se trata de un error de grado y no de naturaleza.

(6) Debe tenerse cuidado de dar a la figura retórica, en la medida de lo posible, un significado justo y natural, en lugar de una interpretación rebuscada o fantasiosa. La Biblia fue dada para señalar a los hombres hacia Dios y dirigir sus pasos en su peregrinaje terrenal. No fue dada para justificar la curiosidad ni para fomentar imaginaciones fantasiosas. Esta regla puede aplicarse a toda interpretación bíblica, y quienes tienden a buscar novedades teológicas, particularmente en el campo de la profecía, harían bien en atenderla.

(7) En relación con el lenguaje figurado que se refiere al orden eterno de las cosas, a Dios y a Su Hijo Jesucristo, debe recordarse que las figuras ofrecen solo una expresión muy inadecuada de la realidad perfecta. A Dios se le llama Luz, Roca, Fortaleza, Torre, Sol y Escudo. Cristo es la Puerta, la Vid, el Buen Pastor, el Cordero de Dios. Se requiere mucho más que una figura para expresar la naturaleza de Dios; por lo tanto, tales expresiones no deben forzarse demasiado, sino entenderse a la luz de todas las demás descripciones figuradas semejantes.

(8) Si se tiene duda acerca del significado de una figura, uno puede probar su comprensión de su significado intentando expresar su interpretación en lenguaje literal.

(9) Descubra la idea principal de la figura, sin dar demasiada importancia a los detalles que la acompañan. En las figuras de semejanza o de analogía, normalmente se esperan muy pocos puntos de comparación. Cuando se analizan figuras extensas basadas en la semejanza, deben interpretarse primero los puntos principales, y a partir de ellos desarrollarse con reserva los puntos secundarios. Debe seguirse con cuidado cualquier indicación de interpretación sugerida por el autor. Las doctrinas no deben basarse en los detalles; de hecho, la figura debe interpretarse por la doctrina, y no la doctrina por la figura. Las parábolas, en particular, enfatizan una verdad o señalan un principio. Cuando la venida de Cristo se compara con la de un ladrón, es obvio que la figura no debe forzarse más allá de su propósito.

(10) Puesto que el uso figurado de las palabras se funda esencialmente en la semejanza o similitud, debe hacerse todo esfuerzo por tener una concepción clara de las cosas en las que se basa la figura. Los detalles no deben suplirse con la imaginación, sino con un estudio histórico de los tiempos y un estudio geográfico de los lugares. Esto es importante, pues las figuras bíblicas se toman con mucha frecuencia de las características físicas de la Tierra Santa, de las instituciones religiosas de Israel, de la historia de los judíos y de la vida diaria y las costumbres de los diversos pueblos que ocupan un lugar tan prominente en la Biblia.

Se espera sinceramente que los diez principios expuestos arriba sean lo bastante completos como para ayudar al estudiante de la Biblia en su interpretación de las figuras bíblicas. Que le ayuden a escoger significados que abran las Escrituras, y le impidan cerrarlas con especulaciones ociosas.

B. Cómo reconocer las figuras retóricas

Para ayudar a reconocer las figuras bíblicas, puede ser útil dar las clasificaciones generales en las que caen la mayoría de ellas, junto con una ilustración (en la forma más breve) de cada una:

Las figuras retóricas se dividen en dos grandes clases: figuras de palabras y figuras de pensamiento. «La distinción es sencilla, pues una figura de palabras es aquella en la que la imagen o semejanza se limita a una sola palabra, mientras que una figura de pensamiento puede requerir para su expresión muchas palabras y oraciones».[34] Las figuras de palabras incluyen la metáfora y la metonimia, en las que la comparación se reduce a una sola expresión (como en Lucas 13:32: «Vayan y díganle a ese zorro»). Las figuras de pensamiento se ven en los símiles, las alegorías y las parábolas, donde ninguna palabra sola puede transmitir la comparación intencionada.

(1) El símil es una figura en la que la comparación se expresa de manera explícita, marcada por las palabras «como» o «semejante a». «Su aspecto era como un relámpago» (Mt 28:3). «¿No es Mi palabra como fuego —declara el SEÑOR— y como martillo que despedaza la roca?» (Jer 23:29; cf. Mt 7:24; Sal 2:9; 59:6; Pr 10:26. Isaías 55:10-11 es un hermoso ejemplo de símil).

(2) La metáfora es una comparación directa muy parecida al símil, pero no va introducida por las palabras «como» o «semejante a». A menudo más breve y más contundente que el símil, en ella un objeto se compara con otro por el simple recurso de afirmar o implicar que es el otro. «Cachorro de león es Judá» (Gn 49:9). «Toda carne es hierba» (Is 40:6). «Ustedes son la sal de la tierra» (Mt 5:13). «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos» (Jn 15:5). ¡Cuánto dolor y derramamiento de sangre se habría evitado con una correcta comprensión de Mateo 26:26, 28!: «Esto es [representa] Mi cuerpo…. Esto es [representa] Mi sangre».

Si tomar literalmente una declaración de este tipo que aparece en las Escrituras implicara un absurdo, fuera contrario a la evidencia de nuestros sentidos, contrario a la razón y contrario a otras declaraciones de la revelación, entonces podemos y debemos concluir que se trata de una metáfora.[35]

(3) La metonimia (del griego μετά, que denota cambio, y ὄνομα, nombre) es una figura retórica en la que se cambia un nombre por otro, a fin de producir una impresión que de otro modo no se lograría. «Por el testimonio [lit. “por la boca”] de dos o tres testigos» (Dt 17:6). Así también cuando se usa la parte por el todo: «…harán descender mis canas con dolor al Seol» (Gn 42:38). También es metonimia cuando se usa un objeto para representar algo íntimamente relacionado con él, como en Isaías 51:3: «Ciertamente el SEÑOR consolará a Sion», y en Mateo 10:13: «Y si la casa es digna, que su saludo de paz venga sobre ella». «Sion» se usa por el pueblo que habita allí, y «casa» habla figuradamente de sus habitantes (cf. Lc 16:29; Is 22:22).

(4) La sinécdoque es muy parecida a la metonimia, excepto que enfatiza una semejanza física más que mental. Generalmente se encuentra cuando se usa una parte por el todo, o el todo por una parte. En Lucas 2:1, «todo el mundo habitado» se usa para referirse al Imperio romano en su mayor extensión. En Hechos 27:37, «doscientas setenta y seis almas» [así en el griego] se refiere, desde luego, a doscientas setenta y seis personas.

(5) La personificación, frecuente en la Escritura, ocurre siempre que se habla de objetos de la naturaleza, cosas inanimadas o incluso ideas abstractas como si fueran seres vivos, o como si estuvieran dotados de las características de la vida. Tanto Números 16:32: «la tierra abrió su boca y se los tragó», como Mateo 6:34: «Por tanto, no se preocupen por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo», ilustran esta figura en particular.

(6) El apóstrofe ocurre cuando un orador se aparta de sus oyentes inmediatos para dirigirse a alguna persona ausente, ya sea viva o muerta. David lo hace cuando lamenta la muerte de su hijo, clamando como si el alma del difunto estuviera presente para oírlo: «¡Hijo mío Absalón; hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto yo en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!» (2 S 18:33). Si se dirige la palabra a un objeto inanimado, las figuras del apóstrofe y la personificación se combinan en un mismo pasaje. Esto queda bien ilustrado en el Salmo 114:5-7: «¿Qué te pasa, oh mar, que huyes? ¿Y a ti, Jordán, que te vuelves atrás?… Tiembla, oh tierra, ante la presencia del Señor, ante la presencia del Dios de Jacob».

(7) La hipérbole es una figura retórica que consiste en la exageración o magnificación de un objeto más allá de la realidad. «¡Quién diera que mi cabeza se hiciera agua, y mis ojos fuente de lágrimas, para que yo llore día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo!» (Jer 9:1; cf. Gn 49:11; Sal 6:6; Jn 21:25).

(8) La ironía es una figura retórica en la que el orador dice, para causar efecto, precisamente lo contrario de lo que quiere decir. Las palabras de Elías a los profetas de Baal: «Clamen en voz alta, pues es un dios…» (1 R 18:27) son un ejemplo de ironía. Las palabras de desprecio y escarnio, como la burla de los soldados en Mateo 27:29: «¡Salve, Rey de los judíos!», podrían considerarse más bien ejemplos de sarcasmo que de ironía.

Pasando ahora a las figuras retóricas menos comunes que se encuentran en la Biblia, hallamos fábulas, acertijos, enigmas, alegorías, parábolas, proverbios, tipos y símbolos,[36] de los cuales solo dos o tres necesitan mencionarse aquí.

(9) La alegoría se define generalmente como una metáfora extendida, que guarda con la parábola la misma relación que la metáfora guarda con el símil. Lo importante en la interpretación de una alegoría es captar la verdad principal que pretende presentar, interpretando los detalles menores en armonía con esa verdad. El Salmo 80:8-15 es un ejemplo de alegoría, pero la más famosa es la de Pablo en Gálatas 4:21-31.

Quienes buscan tomarse libertades con la teología de la Biblia afirman constantemente que la presencia de alegorías en la Escritura confirma su método alegorizante de interpretación. ¡Nada podría estar más lejos de la verdad! Interpretar correctamente una figura retórica claramente alegórica según las leyes del lenguaje figurado no ofrece justificación alguna para el método alegorizante, que toma aun las declaraciones más llanas, les arranca su significado obvio y pone en su lugar algo enteramente diferente, incluso opuesto. La interpretación legítima procura determinar el propósito del autor al dar la alegoría, mientras que los alegoristas procuran cambiar la intención clara del autor.[37] Volviendo a la alegoría de Pablo en Gálatas, el significado espiritual descansa sólidamente sobre un fundamento literal, pues los lugares geográficos y los personajes involucrados son todos literales. Lightfoot lo expresó bien:

Para san Pablo, en cambio, la trayectoria de Agar es una alegoría porque es historia. El símbolo y lo simbolizado son de la misma clase. Este sencillo pasaje de la vida patriarcal representa en miniatura la obra de la providencia de Dios que más adelante habría de manifestarse en proporciones más grandiosas en la historia de la Iglesia cristiana. Para Filón, la alegoría es toda la sustancia de su enseñanza; para san Pablo es solo un accesorio. La usa más como ilustración que como argumento.[38]

Parece evidente que el uso ocasional de alegorías, junto con otras figuras retóricas legítimas, de ninguna manera constituye un alejamiento del método básico de interpretación literal.

(10) A la parábola se le ha llamado «una breve historia terrenal con un significado celestial». El nombre se deriva del verbo griego παραβάλλω, «arrojar» o «colocar al lado de», y conlleva la idea de poner una cosa al lado de otra con el propósito de compararlas. Es, en cierto sentido, un símil extendido, pero a diferencia del símil, sus imágenes nunca se apartan de lo que es real y verídico. Terry dice: «Se mueve en un elemento de sobria seriedad, sin traspasar jamás en sus imágenes los límites de lo probable, o de lo que podría ser un hecho real».[39]

El propósito general de las parábolas, como el de todas las demás clases de lenguaje figurado, es embellecer y presentar ideas y verdades morales en formas atractivas e impresionantes. Muchas lecciones morales, si se expresan en estilo desnudo y literal, pronto se olvidan; pero revestidas con ropaje de parábola, despiertan la atención y se fijan en la memoria. Muchas reprensiones y advertencias punzantes pueden expresarse en una parábola y así ofender menos y, sin embargo, producir mejores efectos que la franqueza abierta. La parábola de Natán (2 S 12:1-4) preparó el corazón de David para recibir con provecho la aguda reprensión que estaba a punto de darle.[40]

Algunas de las reprensiones más incisivas del Señor contra los judíos se presentaron revestidas de parábolas. Según Mateo 13:10-17, la parábola tiene un doble uso: revelar la verdad divina a quienes están dispuestos a recibirla, y ocultar esa misma verdad a quienes responderían a los preceptos claros con escarnio. Así, Cristo instruyó a Sus seguidores por medio del mismo instrumento que en otras ocasiones usó para reprender a quienes habían rechazado Sus palabras.

C. La tipología de la Escritura

Aunque los tipos y los símbolos, estrictamente hablando, no son figuras retóricas, puesto que su presencia en las Escrituras también se ha usado para justificar el método espiritualizante, merecen una breve consideración en este punto.

Tipo, del griego τύπος, denota la marca de un golpe, la impresión hecha por un sello, o un ejemplo o modelo. «Los tipos son los emblemas diseñados por Dios para representar y prefigurar algunas cosas grandes y buenas por venir».[41] Muchos versículos del Nuevo Testamento respaldan la tipología (Lc 24:27; 1 Co 10:11; Mt 12:40). Con razón se ha dicho: «La tipología del Antiguo Testamento es el alfabeto mismo, o el lenguaje, en que está escrita la doctrina del Nuevo Testamento».[42]

Los tipos tienen tres características principales: (1) Debe haber un punto real y notable de semejanza entre el tipo y su antitipo. (2) El tipo debe haber sido designado por disposición divina para guardar semejanza con el antitipo, aunque no necesariamente esté señalado así en el Nuevo Testamento. (3) El tipo siempre prefigura algo futuro, y difiere de la profecía predictiva solo en la forma.[43]

Se han distinguido cinco clases de tipos: (1) personas: Adán, Abraham, Elías, David, etc.; (2) instituciones: los ritos levíticos, el día de reposo, la Pascua, etc.; (3) oficios: el oficio profético, el sumo sacerdote, Melquisedec, etc.; (4) acontecimientos: el éxodo, la roca golpeada, la serpiente de bronce, etc.; (5) acciones: el ministerio del sumo sacerdote en el Día de la Expiación, etc.[44]

Al interpretar los tipos deben observarse las siguientes reglas: (1) Lo que es malo no puede tipificar lo que es bueno. Debe haber congruencia. (2) Los tipos del Antiguo Testamento también eran símbolos de verdad espiritual en su propia época. (3) El tipo solo puede entenderse plenamente a la luz de su antitipo en el Nuevo Testamento. (4) Los tipos no son de naturaleza compleja, sino que tienen un significado fundamental. (5) El antitipo debe estar en un plano espiritual más elevado.[45] Roma pierde esto de vista cuando encuentra el antitipo del sacrificio del Antiguo Testamento en la misa, ve en el sacerdocio del Antiguo Testamento el tipo de la sucesión apostólica de sacerdotes y obispos, y en el sumo sacerdote un tipo del papa. (6) Debe tomarse primero el significado histórico y literal, y luego el típico. De este modo, la interpretación de los tipos bíblicos queda dentro del marco del método literal y de ninguna manera constituye un alejamiento de él.

Por lo tanto, puede concluirse que el énfasis del fundamentalista premilenarista en el método literal de interpretación bíblica es válido, aun en aquellas áreas más acaloradamente debatidas, a saber, la tipología y el lenguaje figurado. El literalista no menosprecia la presencia de tipos y figuras en el lenguaje de la Biblia, pues los literalistas han formulado principios y definiciones ordenados para ayudar al intérprete tanto a reconocerlos como a determinar su aporte al pasaje en su conjunto. Las figuras retóricas son un ingrediente normal de cualquier idioma, pero aun una figura debe construirse con elementos literales básicos; además, no estaría en el texto sagrado si no hubiera sido dada para transmitir o ilustrar un pensamiento literal.

III. Reglas especiales para la interpretación de la profecía

En estos días de inquietud y confusión mundial, con naciones convulsionadas, con Israel cumpliendo sin saberlo antiguas profecías, y con un número creciente de voces que claman «Miren, aquí está» o «allí está» (Mt 24:23), los estudiosos de la Biblia se han sentido impulsados a volver con renovado interés al examen de las Escrituras proféticas. Lamentablemente, las conclusiones a las que se ha llegado han diferido tanto que la Iglesia ha aparecido ante el mundo como una trompeta que da «un sonido incierto» (1 Co 14:8), incapaz de unificar su testimonio o de pronunciar con persuasión sus advertencias. Puesto que la profecía, como el resto de la Escritura, es inspirada por Dios y útil, y puesto que Dios mismo no es Autor de confusión, es bastante evidente que la mayoría de las interpretaciones erróneas provienen de principios incorrectos y de una exégesis defectuosa.

Los premilenaristas están convencidos de que la regla básica de la interpretación literal sigue siendo válida para la profecía, aun cuando sus problemas particulares puedan requerir reglas adicionales que rijan la interpretación. Los amilenaristas lo niegan, afirmando que la profecía exige abandonar el principio literal y adoptar un nuevo principio hermenéutico, al menos en esta área. Terry dice: «Son principalmente aquellas porciones de las Escrituras proféticas que predicen el futuro las que requieren una hermenéutica especial».[46] Hamilton afirma que apartarse del sentido literal se justifica si ese sentido crea una contradicción aparente:

Una buena regla práctica a seguir es que debe aceptarse la interpretación literal de la profecía a menos que (a) los pasajes contengan lenguaje obviamente figurado, o (b) el Nuevo Testamento dé autoridad para interpretarlos en un sentido distinto del literal, o (c) una interpretación literal produzca una contradicción con verdades, principios o declaraciones de hecho contenidos en los libros no simbólicos del Nuevo Testamento.[47]

Esto podría estar bien, de no ser por el hecho de que el amilenarista favorece en gran manera su propio sistema cuando elige lo que es «obviamente figurado» o lo que «produciría una contradicción» con otras verdades del Nuevo Testamento. El mismo Hamilton dice: «Ahora bien, debemos admitir con franqueza que una interpretación literal del Antiguo Testamento nos da precisamente el cuadro de un reinado terrenal del Mesías tal como lo describen los premilenaristas».[48] Pero en lugar de renunciar a una teoría favorita, renuncia a su regla hermenéutica básica, y así ilustra el hecho de que los amilenaristas conservadores rechazan la interpretación literal, no solo en el área de la escatología, sino dondequiera que las Escrituras tocan la cuestión milenaria.

Aunque existe una considerable diferencia de opinión entre los amilenaristas en cuanto al mejor método para deshacerse de la gran cantidad de profecías del Antiguo Testamento que parecen indicar un futuro reino terrenal para Israel, coinciden en el principio fundamental, es decir, que estas promesas no se cumplirán para Israel en una era del reino que siga a la dispensación presente. Ya sea que se consideren canceladas por el rechazo de Cristo como Mesías, o espiritualizadas según la fórmula de Calvino, el amilenarismo condena a una sola voz cualquier cumplimiento literal de estas promesas.[49]

Que tal rechazo del principio literal se considera injustificado aun por algunos amilenaristas se ve en la declaración de Case:

Los premilenaristas están plenamente justificados en su protesta contra aquellos oponentes que alegorizan o espiritualizan los pasajes bíblicos pertinentes, conservando así las frases de la Escritura mientras pervierten por completo su significado original.[50]

Sin embargo, alegorizar los pasajes milenarios es la única alternativa que les queda a quienes rechazan un reino terrenal literal. Lo que el amilenarismo exige es un regreso a la alegoría, un regreso a un método teológicamente defectuoso e históricamente desacreditado. Literal para todo lo demás, pero alegoría cuando se trata del reino prometido por pacto. Hacer otra cosa sería conceder la postura premilenarista. Esto ya se ha visto en la admisión de Pieters de que los reformadores no podían defender el método alegorizante de exégesis en lo que respecta a las Escrituras en general, pero que conservaron el método espiritualizante al exponer muchas de las profecías.[51]

No debe perderse de vista el hecho de que un gran número de las profecías contenidas en la Biblia ya se han cumplido, y que en todos los casos el cumplimiento fue literal y no de otra manera. Feinberg ilustra este punto recordando la quíntuple promesa del ángel a María, registrada en Lucas 1:31-32:

Todas las profecías del Mesías sufriente se cumplieron literalmente en la primera venida de Cristo. No tenemos razón para creer que las predicciones de un Mesías glorificado y reinante se cumplirán de alguna otra manera. Tomemos, por ejemplo, las palabras de Gabriel en el primer capítulo de Lucas, donde anuncia el nacimiento de Cristo. Conforme a las palabras del ángel, María literalmente concibió en su seno; literalmente dio a luz un hijo; Su nombre fue literalmente Jesús; Él fue literalmente grande; y fue literalmente llamado Hijo del Altísimo. ¿No se cumplirá con la misma literalidad que Dios aún le dará a Cristo el trono de Su padre David, que reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y que Su glorioso reino no tendrá fin?[52]

En palabras de Todd: «Si se examina cualquier profecía que claramente se sabe que se ha cumplido, se hallará que el cumplimiento fue literal».[53] La armonía básica de las Escrituras exigiría, podría juzgarse, que todo cumplimiento futuro siga el mismo patrón.

También debe recordarse que, aunque el literalismo estricto quizá no haya conducido a la unanimidad de opinión en cada detalle de la profecía, el patrón general al que se ha llegado es armonioso, y se han tratado todos los pasajes involucrados. Quienes se apartan de los procedimientos literales rara vez intentan tratar todos los pasajes, y aún no han producido un sistema que sea básicamente armonioso.

En cuanto a las reglas concretas para la interpretación de la profecía no cumplida, las sugerencias han sido muchas y variadas. Ramm ofrece un compendio de los principios interpretativos de varias autoridades destacadas: Oehler, Von Orelli, Meyrick, R. T. Chafer, Terry, Angus y Green, y Davidson. Puesto que este resumen está fácilmente disponible,[54] no tiene mucho sentido repetir aquí las diversas reglas. El mismo Ramm ha sugerido los siguientes principios:

(1) Determine el trasfondo histórico del profeta y de la profecía.

(2) Determine el significado y la importancia plenos de todos los nombres propios, las referencias geográficas, las referencias a costumbres o a la cultura material, y las referencias a la flora y la fauna.

(3) Determine si el pasaje es predictivo o didáctico.

(4) Si es predictivo, determine si está cumplido, no cumplido o es condicional.

(5) Determine si el mismo tema o concepto se trata también en otro lugar.

(6) Como recordatorio, tenga muy presente el hilo del pasaje; es decir, preste atención al contexto.

(7) Observe el elemento de la profecía que es puramente local o temporal.

(8) Tome la interpretación literal de la profecía como la guía que delimita la interpretación profética.[55]

Se ha visto que, en la interpretación de la profecía aún no cumplida, las profecías que ya se han cumplido proporcionan el patrón. El cumplimiento literal de decenas de predicciones del Antiguo Testamento acerca de la primera venida de Cristo es un asunto bien conocido. W. E. Blackstone, en Jesus Is Coming, enumera unas tres docenas de profecías claras acerca de muchos aspectos diferentes de la segunda venida, y la presunción es que estas se cumplirán de la misma manera, es decir, literalmente. No debe pasarse por alto que al judío del Antiguo Testamento le habría sido fácil espiritualizar muchísimos de los detalles que Cristo cumplió minuciosamente, como la virgen de Isaías 7:14; Belén, de Miqueas 5:2, aquella diminuta aldea a la que despectivamente se llamaba «un simple matorral junto a un camino romano»; y así a lo largo de toda la vida del Siervo Sufriente hasta la vergüenza de la cruz.

Quizá no sea ir demasiado lejos decir que, si los amilenaristas actuales fueran transportados a la época en que estas predicciones se pronunciaron por primera vez, habrían insistido en espiritualizarlas por ser «obviamente figuradas». Sin embargo, el cumplimiento fue consistentemente literal, y como señala escuetamente Walvoord: «Un método que ha funcionado con tanto éxito en el pasado ciertamente merece proyectarse hacia el futuro».[56]

Las reglas anteriores para la interpretación de la profecía no son exhaustivas. Se ha dado énfasis a la ley del cumplimiento: que en la interpretación de la profecía no cumplida debe seguirse el patrón de las que ya se han cumplido. Existe también la ley de la relación temporal: que dos acontecimientos colocados uno junto al otro en una profecía no necesariamente se cumplirán de manera simultánea, ni siquiera en sucesión inmediata. Existe la ley de la doble referencia: que puede encontrarse tanto un cumplimiento inmediato como uno futuro de la misma predicción. Existe el principio de que los profetas a menudo abarcaban grandes períodos de tiempo en una sola mirada, lo que Delitzsch llamó «el escorzo del horizonte del profeta». Y existe el principio de que, aun cuando el lenguaje contenga símbolos, no por ello es necesariamente simbólico de principio a fin.

Cuando Joel habla de langostas, se refiere a esas criaturas. Cuando habla del sol, la luna y las estrellas, se refiere a esos astros. Cuando dice: «¡Cómo muge el ganado!», se refiere a los animales, y no, como piensa Hengstenberg, a «las naciones del mundo pagano que están fuera del pacto».[57]

Estos son, en lo principal, los principios que rigen la correcta interpretación de la profecía. Unidos a las reglas para reconocer e interpretar las figuras bíblicas, deberían permitir al intérprete cuidadoso trazar su rumbo a través de las dificultades de la profecía predictiva sin sacrificar ni comprometer el principio básico de la interpretación literal. Estudiar el Libro y enfrentar sus problemas interpretativos según reglas establecidas y métodos aceptados: este es el camino ordenado, el que honra a Dios, para interpretar correctamente la Palabra de verdad. Leer la Biblia a la ligera, espiritualizando todo lo que parezca difícil o contrario a una teología preconcebida: este es el camino lleno de peligros, el camino que abre la puerta para que el liberalismo espiritualice las doctrinas esenciales, y no solo los detalles secundarios, de la fe cristiana.

Las leyes especiales para la interpretación de la profecía no destruyen el literalismo como principio básico, sino que simplemente llegan a ser parte de su aplicación. Payne ha resumido la situación adecuadamente:

Si ha de haber un alejamiento del sentido literal generalmente aceptado del lenguaje, debe justificarse de manera positiva. Entonces debe establecerse una nueva regla para asegurar la uniformidad, y esa regla a su vez debe respaldarse con evidencia en cuanto a su exactitud. Este es el único enfoque verdadero y académico del problema de la interpretación espiritualizante.[58]

Este es el meollo del problema profético, y una conclusión que harían bien en atender todos los que aplican a la Escritura dos principios de interpretación diferentes y opuestos, ya sean tribulacionistas o amilenaristas. Eliminar el principio literal de la interpretación de la profecía es admitir el método espiritualizante. Una vez admitido, el método espiritualizante se vuelve sumamente difícil de regular, pues tiende automáticamente a extenderse a otras áreas de la doctrina cristiana. ¡Y cuando lo hace, puede destruir el mismo Libro que en un principio se propuso interpretar!

IV. El simbolismo del libro de Apocalipsis

Para algunos, el Apocalipsis es un libro oscuro, lleno de profundos misterios y dichos enigmáticos, y tan cargado de simbolismo profético que la posibilidad de una comprensión clara de su significado es sumamente dudosa. Por el contrario, el título mismo del libro revela su verdadera naturaleza. «No es un oscurecimiento, sino una revelación; revela, no oculta. Sus símbolos no son para esconder el significado, sino para iluminarlo. Los símbolos forman parte de su método de enseñanza, pero enseñan, no confunden».[59] Es un libro no sellado, destinado a ser leído y entendido, pues contiene una promesa de bendición para quienes guardan las palabras de la profecía de este libro (Ap 22:7).

Se han hecho muchísimos intentos de alegorizar el Apocalipsis para que sus acontecimientos parezcan haberse cumplido durante alguna época particular de la historia. A quienes así han trabajado se les llama preteristas, y el tiempo por sí solo ha servido para revelar la absoluta bancarrota de sus métodos interpretativos. En este sentido, Walvoord comenta:

Hay literalmente decenas de interpretaciones del libro de Apocalipsis por parte de amilenaristas que han intentado interpretar este libro según el contexto histórico que les era contemporáneo. La historia de la interpretación está sembrada de los restos de múltiples esquemas de interpretación, cada uno de los cuales contradice a todos los demás. Este autor ha examinado personalmente unas cincuenta interpretaciones históricas del Apocalipsis, todas las cuales serían rechazadas hoy por cualquier persona inteligente. El método literal, que considera futura la mayor parte del Apocalipsis, es el único enfoque coherente posible. El método espiritualizante de interpretación es una plaga para la comprensión de las Escrituras y constituye un obstáculo importante para el estudio de la Biblia.[60]

A los intérpretes que creen que las profecías del Apocalipsis (particularmente a partir del capítulo cuatro) se cumplirán en alguna fecha futura se les designa simplemente como futuristas. Aun entre estos hay una considerable división de opinión en cuanto a la medida en que puede aplicarse el método literal. No es nuestro propósito aquí intentar resolver esta faceta del problema, sino más bien demostrar que el libro de Apocalipsis, aunque es conocido por sus símbolos, no carece de un abundante contenido literal, y que aun en este libro no hay necesidad de apartarse del método básico de interpretación literal.

Algunos expositores han puesto tanto énfasis en el simbolismo apocalíptico que uno se pregunta si no han pasado por alto cuánto contenido de naturaleza literal tiene el libro de Apocalipsis. Los personajes principales involucrados son todos literales: Dios el Padre, Cristo, el Espíritu Santo, el arcángel Miguel, Satanás, el anticristo, ángeles, hombres, etc. También los lugares son literales: el cielo, la tierra, el abismo, montes, islas, mares, Jerusalén, Babilonia y las siete ciudades de Asia Menor, por nombrar algunos. Apocalipsis 11:8 habla de «la gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto», y al hacerlo emplea una metáfora, pero la ciudad no es por ello menos literal, pues se identifica claramente como aquella «donde también su Señor fue crucificado». Los veinticuatro tronos y los veinticuatro ancianos del capítulo cuatro son literales y no simbólicos, como insisten muchos oponentes del pretribulacionismo, pues Juan registra que uno de los ancianos conversó con él (Ap 7:13). Es mucho más sensato entender que el anciano es un individuo literal que sostener que la vigésima cuarta parte de un grupo simbólico conversó con el apóstol. De igual manera, los dos testigos de Apocalipsis 11:3-12 evidentemente son literales. No simbolizan a la Iglesia, como lo indican los detalles de su ministerio, muerte y resurrección (aunque Lenski pasa por alto tales detalles y los convierte en el principio del «testimonio legal competente»,[61] signifique eso lo que signifique durante los tormentosos días de la Tribulación). Después de la muerte de los testigos habrá un gran terremoto. La décima parte de Jerusalén caerá y perecerán siete mil pecadores. Los que negaron sepultura a los dos profetas de Dios yacen ahora sepultados bajo los escombros de sus propios edificios. Sobre este incidente, Lang ha escrito: «Los intentos de “espiritualizar” tales detalles son inútiles; su sentido llano es sencillo».[62] Así también los cuarenta y dos meses deben ser literales y no simbólicos, pues comprenden la mitad del período de siete años de la «semana setenta» de Daniel, medido también en días y mediante la fórmula «un tiempo, tiempos y medio tiempo» (Ap 11:3; 12:14). Una interpretación no literal de períodos y acontecimientos tan específicos introduciría mucha confusión, si no es que llevaría todo el libro al caos.

Sin embargo, es el capítulo veinte del Apocalipsis, interpretado literalmente, el que recibe la mayor parte del desprecio y la crítica. Charles R. Erdman, hablando de este capítulo y del milenio, escribe:

Este pasaje oscuro y difícil de la Escritura contiene una descripción sumamente figurada de un tiempo limitado durante el cual Satanás está atado, las naciones están en reposo y los mártires resucitados reinan con Cristo; pero después de estos «mil años» Satanás es soltado y conduce a las naciones de la tierra contra «el campamento de los santos y la ciudad amada»; pero sus huestes son destruidas por fuego del cielo y él es «arrojado al lago de fuego y azufre». Todo esto está lleno de misterio. Estos símbolos no pueden interpretarse con certeza ni con confianza. En ninguna otra parte de la Biblia se encuentra una predicción de tal período limitado de paz y bienaventuranza.[63]

Las Escrituras desafían toda incertidumbre vacilante de este tipo. Los profetas del Antiguo Testamento están llenos de predicciones de la edad de oro de Israel, y pueden citarse puñados enteros de pasajes para respaldar el reinado de Cristo en el reino del que habla Apocalipsis 20. Obsérvese, en una selección al azar, la promesa de la tierra y de una descendencia eterna (Gn 26:2-4; 28:13-15; Ez 37:24-25); la restauración final y permanente a la tierra y la extensión de sus fronteras (Am 9:15; Os 3:4-5; Gn 15:18-21); la perpetuidad de la nación a pesar de la desobediencia (Jer 31:35-37; 2 S 7:14-15; Sal 89:30-37); el tiempo de la plenitud de Israel y de su conversión nacional (Jer 31:33-34; Ro 11:12, 23); el trono y el reino eternos (Is 9:7; 2 S 7:12-13; Lc 1:31-33); el período de seguridad bajo el Rey davídico (Jer 33:14-17, 20-21); su paz y su bienaventuranza (Jer 23:5-6; 30:8-9), con la maldición en gran parte quitada de la naturaleza (Is 11:6-9). Otras porciones del Apocalipsis armonizan con su capítulo veinte, como Apocalipsis 5:10, que registra que los santos reinarán sobre la tierra, y Apocalipsis 12:12, que insinúa el atamiento de Satanás al decir que él sabe que le queda poco tiempo.

Este es el tiempo de reposo y paz sobre la tierra del que habla específicamente Apocalipsis 20. En un lenguaje que no es ni oscuro ni sumamente figurado, la duración del período se establece mediante una séxtuple referencia a una duración de mil años. Es a la vez interesante y lamentable observar cómo los alegoristas descartan la fuerza llana de estos pasajes en su esfuerzo por cambiar lo que Dios ha dicho por un significado más acorde con sus propias ideas. Auberlen ofrece la siguiente muestra significativa de «exégesis»:

Mil simboliza que el mundo está perfectamente impregnado de lo divino, puesto que mil es diez, el número del mundo, elevado a la tercera potencia, el número de Dios.[64]

¡Otro quisiera hacer que los mil años simbolicen una «ecumenicidad potenciada»![65] Ante semejantes frivolidades, bien cabría preguntar: suponiendo que Dios realmente quisiera decir mil años, ¿de qué otra manera lo escribiría o podría escribirlo? Este solo capítulo del Apocalipsis repite la cifra seis veces en otros tantos versículos.

El atamiento de Satanás, en este mismo capítulo, se ha convertido en otro foco de confusión en manos de quienes buscan una interpretación alegorizada del acontecimiento. Lenski dice: «El atamiento de Satanás significa que él no impedirá esta proclamación del evangelio a todas las naciones».[66] Warfield, sin embargo, proporciona un ejemplo más notable de cómo hombres sensatos y juiciosos pueden ser desviados al separarse del principio de la interpretación literal. Acerca del atamiento y la liberación de Satanás, Warfield escribe:

…El elemento del tiempo y de la sucesión cronológica pertenece al símbolo, no a lo simbolizado. Por lo tanto, el «atamiento de Satanás» es en realidad no por un tiempo, sino con referencia a una esfera; y su «liberación» no es después de un período, sino en otra esfera; lo que se sugiere no es posterioridad, sino exterioridad. De hecho, no debe pensarse en absoluto en un «atamiento de Satanás» literal: lo que sucede no le sucede a Satanás, sino a los santos, y solo se representa como algo que le sucede a Satanás para efectos del cuadro simbólico. Lo que en realidad sucede es que los santos descritos son quitados de la esfera de los ataques de Satanás. Los santos descritos están libres de todo acceso de Satanás (él está atado con respecto a ellos); fuera de su círculo encantado, su horrible obra continúa.[67]

Todo lo cual sirve para demostrar que el significado llano de la Escritura puede invertirse por completo mediante la aplicación de un principio alegorizante. No es de extrañar que se cause estragos en la fe cuando este método pernicioso se aplica a puntos más cardinales de la doctrina cristiana. Pedro lo ha declarado claramente: «Sean de espíritu sobrio, estén alerta. Su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar» (1 P 5:8; cf. 1 Co 7:5; 2 Co 4:3-4; 2 Ts 2:9; 1 Ti 1:20; 1 Jn 3:8). Sin embargo, en lo fundamental, la postura amilenarista moderna todavía abraza este concepto agustiniano antibíblico de que Satanás fue atado en la primera venida de Cristo. A juzgar por la actividad satánica actual, ¡debe de estar atado con una cadena muy larga!

La declaración de Warfield es sumamente significativa, pues ilustra el poder del método espiritualizante, aun en manos de un destacado teólogo conservador, para alterar, si no invertir, la enseñanza llana de la Palabra de Dios. Además, muestra cómo la alegorización puede invadir otras áreas de la teología (aquí, la angelología) además de la escatología.

En cuanto al tratamiento concreto de los símbolos contenidos en el libro de Apocalipsis, el autor hace las siguientes cinco sugerencias:

(1) El Apocalipsis es un mensaje a la Iglesia directamente desde el trono de Dios. Puesto que evidentemente fue dado para ser entendido, busque la interpretación del libro mediante el estudio cuidadoso y la meditación en oración. Las profundidades de Dios están abiertas solo a quienes andan en plena comunión con Dios. El Apocalipsis es la gran línea divisoria de aguas de toda la doctrina bíblica; por lo tanto, es esencial comprender la enseñanza de toda la Biblia, en particular el libro de Daniel, el sermón del monte de los Olivos y otros pasajes proféticos importantes. La profecía debe estudiarse con gran dependencia del poder docente del Espíritu de Dios, quien ha venido no solo para guiar a los Suyos a toda la verdad, sino también para hacerles saber «lo que habrá de venir» (Jn 16:13).

(2) No todas las imágenes verbales del Apocalipsis son símbolos. Muchas son figuras retóricas sencillas y cotidianas, y deben identificarse e interpretarse mediante las reglas especiales del lenguaje figurado, tal como uno interpretaría una figura en las porciones no proféticas de la Palabra de Dios. Por ejemplo, Apocalipsis 1:12 introduce una metonimia: «la voz que hablaba conmigo». El libro abunda en símiles: «Su cabeza y Sus cabellos eran blancos como la blanca lana… Sus ojos eran como llama de fuego»; «la luna toda se volvió como sangre»; «las estrellas del cielo cayeron a la tierra, como la higuera deja caer sus higos verdes al ser sacudida por un fuerte viento»; «el cielo desapareció como un pergamino que se enrolla»; «las naciones… el número de ellas es como la arena del mar» (Ap 1:14; 6:12-14; 20:8). Apocalipsis 20:9 usa la figura de la personificación: «descendió fuego del cielo y los devoró». Los ejemplos de lenguaje figurado en el libro podrían multiplicarse casi indefinidamente, pero puesto que toda figura legítima queda incorporada dentro del alcance del método literal de interpretación, ciertamente no hay necesidad de confundir las muchas figuras del Apocalipsis con lo que realmente es simbólico.

(3) En el estudio de las visiones apocalípticas de Juan, no deje de distinguir entre las «cosas vistas y oídas» en una visión y los hechos que evidentemente le fueron dados a Juan directamente por Dios o por Su ángel aparte de la visión. Por ejemplo, Juan podía ver un ángel o un anciano, una ciudad celestial o el pozo del abismo, pero aun transportado al cielo no podía ver «mil años». Es evidente que la duración del atamiento de Satanás y la extensión del reinado de los santos tuvieron que serle dadas a Juan por revelación directa. Como tal, la cifra de mil años no puede someterse a los azares de la «interpretación simbólica».

(4) Cuando aparece un símbolo o señal en el Apocalipsis, a menudo se designa claramente como tal en el contexto inmediato, junto con lo que el símbolo representa. Lange da esta regla:

Nada podría interpretarse simbólicamente que no se demuestre que es simbólico en el mismo Apocalipsis o por las visiones del Antiguo Testamento. Nada debe entenderse literalmente que se demuestre que es un símbolo.[68]

En Apocalipsis 12:3, «apareció otra señal en el cielo: un gran dragón rojo…», que en el versículo nueve se identifica claramente como «el gran dragón… que se llama el diablo y Satanás». Otro ejemplo es Apocalipsis 17:18, donde se identifica a la mujer sentada sobre una bestia de color escarlata: «La mujer que viste es la gran ciudad, que reina sobre los reyes de la tierra». Es la Babilonia religiosa donde hay siete montes (versículo nueve), el lugar de la púrpura eclesiástica y de la sangre de los mártires, evidentemente la ciudad de Roma.

(5) Debe recordarse que el libro de Apocalipsis no es independiente de la profecía anterior. Hay en el libro unas trescientas alusiones a otras partes de la Biblia, y las raíces principales del libro están en Daniel. Algunos temas se desarrollan a lo largo de todas las Escrituras, siendo el libro de Apocalipsis su terminal final. Por lo tanto, es de esperarse que gran parte de las imágenes del Apocalipsis se encuentren, y hasta cierto punto se expliquen, en algunos de los libros anteriores de la Biblia. Y así es en efecto. Como explica Ironside:

Este libro es un libro de símbolos. Pero el estudiante cuidadoso de la Palabra no necesita ejercitar su propio ingenio para descifrar el significado de los símbolos. Puede establecerse como principio de primera importancia que todo símbolo usado en el Apocalipsis se explica o se alude a él en alguna otra parte de la Biblia.[69]

Así, la espada afilada de Apocalipsis 19:15 bien puede hablar de juicio mediante la aplicación de la Palabra de Dios, conforme a Hebreos 4:12. La estrella que cayó del cielo a la tierra, en Apocalipsis 9:1, se identifica en su propio contexto como una persona (versículo dos: «abrió»), pero bien puede ser un ángel o un gobernante celestial, según pasajes paralelos como Números 24:17, Isaías 14:13 y Apocalipsis 12:4. Se arroja luz sobre la naturaleza de los cuatro «seres vivientes» de Apocalipsis 4:6-8 al compararlos con los cuatro «seres vivientes» de Ezequiel 1:5-14. Del mismo modo, los «veinticuatro ancianos» deben interpretarse a la luz de aquellos a quienes en otras partes de la Biblia se llama «ancianos».

La visión de Cristo en el primer capítulo del Apocalipsis es especialmente simbólica, pero aquí también la clave está en las Escrituras. Daniel 7:9 habla de uno llamado el Anciano de Días, con «el cabello de Su cabeza como lana pura». Isaías 11:5 señala que «la justicia será ceñidor de Sus lomos». Su voz, «como el ruido de muchas aguas», forma parte de las imágenes del Salmo 29. Juan cayó a Sus pies como muerto, pero lo mismo hicieron Isaías, Moisés, Job y otros cuando contemplaron Su gloria. Puesto que el patrón es claro, la conclusión es obvia. El intérprete debe escudriñar el resto del texto sagrado, y no su imaginación, para interpretar los símbolos proféticos. Como tantas veces se ha dicho, las Escrituras se explican a sí mismas, y aunque el Apocalipsis no es el libro más fácil de entender, muchos de sus problemas básicos ceden ante un estudio bíblico diligente y guiado por el Espíritu.

Estas conclusiones y sugerencias, aunque son apenas una introducción al vasto campo del estudio profético, deberían ser de valor para el estudiante de la profecía, pues todas están en armonía con el principio de la interpretación literal. Solo este método, aplicado al libro de Apocalipsis, produce respuestas coherentes a sus problemas interpretativos, y despliega un programa profético en completa armonía con el resto de la Escritura.

La interpretación literal, ya sea examinada históricamente o en el laboratorio de la exégesis concreta, es el principio fundamental de la teología protestante conservadora. No necesita ser apuntalada, ni confundida, ni modificada por la alegorización ni por nada que se le parezca. La interpretación literal, volviendo a las sabias palabras de Bonar, es «la única máxima que lo llevará a uno a través de toda la Palabra de Dios, de Génesis a Apocalipsis».

Notas

[1] Lewis Sperry Chafer, Systematic Theology, III, 183-184.

[2] Norman B. Harrison, The End: Re-Thinking the Revelation, p. 27.

[3] Robert Cameron, Scriptural Truth About the Lord’s Return, p. 168.

[4] Alexander Reese, The Approaching Advent of Christ, p. 225.

[5] El original cita la traducción de W. J. Conybeare y J. S. Howson, The Life and Epistles of St. Paul, I, 392. En esta versión se cita la Nueva Biblia de las Américas (NBLA).

[6] Citado por W. A. Criswell en el sermón publicado «The Curse of Modernism», Dallas: First Baptist Church, 1948.

[7] F. W. Farrar, History of Interpretation (Londres: Macmillan and Co., 1886), p. 196. Cursivas añadidas.

[8] Charles Feinberg, Premillennialism or Amillennialism? (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1936), p. 51, citando a Milner.

[9] J. P. Kirsch, «Millennium», The Catholic Encyclopedia, X, 307-309.

[10] Albertus Pieters, «Darbyism vs. The Historic Christian Faith», Calvin Forum, II (mayo de 1936), 225-228.

[11] Pueden obtenerse en cualquier buena obra de consulta. Se recomienda Bernard Ramm, Protestant Biblical Interpretation (Boston: W. A. Wilde Co., 1950), pp. 78-96.

[12] Citado por F. J. Miles, Understandest Thou? (Londres: Marshall, Morgan & Scott, 1946), p. xi.

[13] Ibid., p. 25.

[14] Charles Ellicott y W. J. Harsha, Biblical Hermeneutics (Nueva York: Anson D. F. Randolph & Co., 1881), p. 181.

[15] Arthur T. Pierson, citado por James H. Todd, Principles of Interpretation (Chicago: Bible Institute Colportage Association, 1923), p. 21.

[16] James Neil, Strange Figures: or the Figurative Language of the Bible (Londres: Simpkin, Marshall & Co., 1895), p. 56.

[17] Farrar, op. cit., p. 475.

[18] Ellicott y Harsha, op. cit., p. 78.

[19] Ibid., p. 73.

[20] Oswald T. Allis, Prophecy and the Church (Filadelfia: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1945), p. 19.

[21] Clinton Lockhart, Principles of Interpretation (Fort Worth: S. B. Taylor, 1915), pp. 159-160.

[22] Ibid., p. 49.

[23] Loc. cit.

[24] Pascal, citado por Wm. H. Rogers, Things That Differ (Nueva York: Loizeaux Bros., 1940), p. 17.

[25] Loc. cit.

[26] David L. Cooper, The World’s Greatest Library Graphically Illustrated (Los Ángeles: Biblical Research Society, 1942), p. 17.

[27] Rogers, op. cit., p. 3.

[28] Owen, citado por Lockhart, op. cit., p. 24.

[29] Cf. Homer Payne, Amillennial Theology as a System (tesis doctoral inédita, Dallas Theological Seminary, 1948), pp. 102-125. Payne examina el uso de tres términos específicos: Sion, Reino e Israel. Teólogos amilenaristas representativos afirman que estos términos se espiritualizan abiertamente en el Nuevo Testamento para referirse a la Iglesia, haciendo de esta era el cumplimiento del reino israelita prometido. Payne ofrece evidencia convincente de que no puede decirse legítimamente que estos términos se espiritualicen en el Nuevo Testamento, sino que deben tomarse literalmente, en conformidad con la postura premilenarista.

[30] Patrick Fairbairn, Hermeneutical Manual (Edimburgo: T. & T. Clark, 1858), pp. 148-149.

[31] Gerrit H. Hospers, The Principle of Spiritualization in Hermeneutics (East Williamson, Nueva York: edición del autor, 1935), p. 10.

[32] Ramm, op. cit., p. 65.

[33] Ibid., pp. 64-65. Cursivas en el original.

[34] Milton S. Terry, Biblical Hermeneutics (Nueva York: The Methodist Book Concern, 1883), p. 160.

[35] Neil, op. cit., p. 25.

[36] Terry, op. cit., ha dedicado varios capítulos a las figuras retóricas bíblicas y les ha dado un tratamiento completo y, en general, satisfactorio. Algunas de las definiciones anteriores se han tomado de esa sección.

[37] R. T. Chafer, The Science of Biblical Hermeneutics (Dallas: Bibliotheca Sacra, 1939), p. 80, comenta: «Los defensores de los sistemas posmilenarista y amilenarista abrazan abiertamente la alegorización de pasajes claros de la Escritura para satisfacer las necesidades de sus sistemas de interpretación; un buen ejemplo es la obra bastante reciente de Wyngaarden, The Future of the Kingdom in Prophecy and Fulfillment».

[38] Lightfoot, citado por Hospers, op. cit., pp. 21-22.

[39] Terry, op. cit., p. 189.

[40] Loc. cit.

[41] Joseph Samuel Frey, Frey’s Scripture Types (Filadelfia: American Baptist Publication Society, 1841), p. 13.

[42] Sir Robert Anderson, citado por Ada R. Habershon, The Study of the Types (Londres: Pickering and Inglis, s.f.), pp. 10-11.

[43] Sugerido por Louis Berkhof, Principles of Biblical Interpretation (Grand Rapids: Baker Book House, 1950), p. 145.

[44] Sugerido por George H. Schodde, Outlines of Biblical Hermeneutics (Columbus: Lutheran Book Concern, 1917), pp. 219-220.

[45] Reglas 1 a 5 sugeridas por Berkhof, op. cit., pp. 146-148.

[46] Terry, op. cit., p. 315.

[47] Floyd Hamilton, The Basis of Millennial Faith (Grand Rapids: Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1942), p. 53.

[48] Ibid., p. 38.

[49] John F. Walvoord, «Amillennial Ecclesiology», Bibliotheca Sacra, CVII (octubre de 1950), 428.

[50] Shirley Jackson Case, The Millennial Hope (Chicago: The University of Chicago Press, 1918), p. 216.

[51] Véase la nota 10.

[52] Feinberg, op. cit., p. 39.

[53] Todd, op. cit., p. 44.

[54] Ramm, op. cit., pp. 157-162.

[55] Ibid., pp. 162-173.

[56] Walvoord, «The Theological Context of Premillennialism», Bibliotheca Sacra, CVIII, 274.

[57] Davidson, Old Testament Prophecy (Edimburgo: T. & T. Clark, 1903), p. 171.

[58] Payne, op. cit., p. 90.

[59] G. H. Lang, The Revelation of Jesus Christ (Londres: Oliphants Ltd., 1944), p. 70.

[60] Walvoord, «Amillennialism as a System of Theology», Bibliotheca Sacra, CVII, 156-157.

[61] R. C. H. Lenski, The Interpretation of St. John’s Revelation (Columbus: Lutheran Book Concern, 1935), p. 332.

[62] Lang, op. cit., p. 186.

[63] Charles R. Erdman, «Parousia», International Standard Bible Encyclopaedia, IV, 2251.

[64] Citado por Jamieson, Fausset y Brown, Critical and Experimental Commentary, VI, 720.

[65] «Lo que puede suceder cuando los hombres se desligan de la literalidad puede verse en la exposición del libro de Job hecha por Gregorio Magno, donde aprendemos que los tres amigos del patriarca representan a los herejes; sus siete hijos son los doce apóstoles; sus siete mil ovejas son el pueblo fiel de Dios; ¡y sus tres mil camellos jorobados son los gentiles depravados!». Alva J. McClain, «The Greatness of the Kingdom», Bibliotheca Sacra, 446: 111-112.

[66] Lenski, op. cit., p. 580.

[67] B. B. Warfield, Biblical Doctrines (Nueva York: Oxford University Press, 1929), p. 651. Cursivas añadidas.

[68] John Peter Lange, The Revelation of John (Nueva York: Scribner, Armstrong & Co., 1874), p. 77.

[69] H. A. Ironside, Lectures on the Book of Revelation (Nueva York: Loizeaux Bros., 1919), p. 13.

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