¿Cuándo Permite La Biblia El Divorcio?
¿Cuándo Permite La Biblia El Divorcio?
POR PETER GOEMAN
El divorcio es algo común en nuestra sociedad. El divorcio nos afecta a todos, directa o indirectamente. Todos tenemos familiares o amigos que están divorciados. Es parte de nuestra cultura. Pero ¿qué dice la Biblia acerca del matrimonio y el divorcio?
La Biblia presenta incuestionablemente el matrimonio como un pacto permanente.
Dios creó los dos sexos (Gn 1:27), e instituyó el matrimonio (Gn 2:18–25). En Gn 2:24, el matrimonio se describe con los términos “dejar” (עזב) y “unirse” (דבק). Estos términos se usan específicamente en contextos de pacto. La palabra traducida “unirse” (דבק) implica una devoción completa y un vínculo inquebrantable y permanente. Además, el matrimonio da como resultado una relación de “una sola carne” entre el esposo y la esposa. Refiriéndose a este pasaje, Jesús señala: “Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mt 19:6). En otras palabras, esta relación es ahora una unión especial que debe ser permanente y no debe disolverse.
La Biblia permite dos excepciones a la permanencia de por vida del vínculo matrimonial.
- El matrimonio puede disolverse ante la infidelidad sexual (Mt 5:32; 19:9).
Aunque la relación matrimonial está diseñada para ser permanente, Jesús nos dice que el divorcio es permisible por causa de “inmoralidad sexual” (πορνεία). Esta palabra es un término amplio que abarca muchos tipos distintos de pecados sexuales, pero aquí, en su contexto, se refiere al adulterio (las relaciones sexuales fuera del vínculo matrimonial). Puesto que la relación sexual dentro del matrimonio es un símbolo especial de intimidad que solo debe compartirse dentro del matrimonio, si esa relación sagrada es violada, el cónyuge fiel puede buscar el divorcio (aunque de ningún modo está obligado a hacerlo).
- El matrimonio puede disolverse cuando un cónyuge incrédulo abandona el matrimonio (1 Co 7:15).
El mandato de Pablo a la iglesia en Corinto es que, si un creyente está casado con un incrédulo, no se divorcie de él (1 Co 7:12). Sin embargo, habrá casos en que el incrédulo quiera separarse, y en tales casos el creyente no está sujeto a servidumbre y debe dejar que el incrédulo salga del matrimonio (1 Co 7:15). Este principio parece aplicarse en dos situaciones principales: (1) cristianos de primera generación cuyo cónyuge los abandona después de que ellos vienen a Cristo, y (2) un matrimonio cristiano en el que uno de los cónyuges abandona a Cristo y a su cónyuge, y elige una vida de pecado sin arrepentimiento (mostrándose así como incrédulo).
En los casos en que el divorcio ha ocurrido de manera bíblica, es posible volver a casarse.
Cuando Jesús habla del divorcio, afirma: “Cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera” (Mt 19:9). En otras palabras, el divorcio y el nuevo matrimonio están vinculados en la consideración. Así, la excepción de Jesús se aplica al divorcio y al nuevo matrimonio que se da por supuesto. Podría argumentarse que el mismo principio se aplica a la situación en la que un incrédulo sin arrepentimiento abandona a su cónyuge.
Algunas reflexiones pertinentes sobre el tema del divorcio.
- La iglesia no trata el divorcio con la seriedad que debería.
Esto es cierto en general, con algunas felices excepciones. Pero, en gran medida, la iglesia ha relegado el divorcio a un asunto sin importancia del que no se habla ni se confronta en nuestras iglesias. La concesión respecto al divorcio en las iglesias ha tenido consecuencias mortales. Muchos han señalado, por ejemplo, que la razón por la que las posturas a favor de la homosexualidad han logrado infiltrarse con tanto éxito en la iglesia es que la santidad del matrimonio ya estaba bajo ataque mediante la aceptación del divorcio en nuestras iglesias.
- La iglesia debe tratar el divorcio con seriedad, pero no como el pecado imperdonable.
Las iglesias deben volver a una postura bíblica sobre la seriedad del divorcio. Sin embargo, no debemos llevar el péndulo demasiado lejos y despreciar a quienes se han divorciado. En muchos casos (aunque no en todos), el divorcio es un pecado terrible. Sin embargo, podemos tratar con el pecado mediante la confesión y el arrepentimiento, confiando en el sacrificio de nuestro Señor y Salvador. Por lo tanto, nunca queremos que nuestras iglesias se conviertan en un lugar donde quienes han pasado por un divorcio sientan que otros creyentes los desprecian. Necesitamos acogernos unos a otros como una comunidad de pecadores (porque eso es lo que somos).
Conclusión
Este artículo va en contra de la tendencia cultural. Recientemente he leído varios artículos que afirman que los seres humanos nunca fueron hechos para ser monógamos. En esencia, estos artículos argumentan contra el concepto mismo del matrimonio. Sin embargo, la Biblia es clara en que el matrimonio proviene directamente de Dios. El matrimonio fue diseñado para ser un vínculo permanente y de por vida. El concepto de “divorcio sin causa” (una práctica sumamente común en nuestra cultura) es un rechazo del orden creado por Dios. Para tomar prestada una frase de Al Mohler, el verdadero florecimiento humano solo puede darse cuando nosotros, como seres humanos, seguimos el diseño creado por Dios para la familia y el matrimonio.
Si le interesa una exposición completa sobre el divorcio y el nuevo matrimonio, vea el siguiente video
