¿Apelar a mi propia justicia?
¿Apelar a mi propia justicia?
por Dan Crabtree
¿Debemos orar al Señor pidiéndole que nos trate conforme a nuestra propia justicia? ¿Deberíamos pedir: «Padre, por favor ayúdame porque soy inocente en esto»? ¿Podemos decir humildemente: «Oh Dios, por favor dame lo que merezco»?
Nuestro impulso cristiano inmediato, bueno y humilde es decir: «No, por supuesto que no. Debo orar para que Dios me trate según la justicia de Cristo, la cual es mucho mayor de lo que merezco». Amén a eso. Como ora David en el Salmo 143:2: «Y no entres en juicio con Tu siervo, / Porque no es justo delante de Ti ningún ser humano».
Pero luego leemos algunos de los otros salmos de David:
Salmo 7:8: «El Señor juzga a los pueblos; / Júzgame, oh Señor, conforme a mi justicia y conforme a la integridad que hay en mí».
Salmo 18:20: «El Señor me ha premiado conforme a mi justicia; / Conforme a la pureza de mis manos me ha recompensado».
Salmo 26:1: «Hazme justicia, oh Señor, porque yo en mi integridad he andado, / Y en el Señor he confiado sin titubear».
Entonces, ¿cuál de las dos posturas es? ¿Debemos hacer oraciones puritanas de contrición y autodesprecio, o debemos orar con anhelo para que Dios nos trate como merece nuestra vida justa?
Fundamento en el Evangelio
Sería útil al principio reafirmar algunas verdades básicas del evangelio. «Por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios» (Romanos 3:23). «No hay justo, ni aun uno» (Romanos 3:10). En Lucas 18:9-14, Jesús condena al fariseo que ora a Dios sobre la base de su sentido de superioridad arrogante y de propia justicia, y estima la humilde oración del publicano contrito. Las oraciones humildes son apropiadas para personas pecadoras.
E, incluso cuando Dios nos justifica en Cristo, acreditando Su perfecta justicia en lugar de nuestro pecado (2 Corintios 5:21), seguimos siendo pecadores que batallan contra el pecado que mora en nosotros. «Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros» (Romanos 7:22-23). Dios no justifica al piadoso, sino al impío (Romanos 4:5).
La salvación es completamente por gracia, no basada en nuestra conducta —¡alabado sea el Señor!—, sino en la obra consumada de Cristo. Dios dice por medio de Isaías: «Pero a este miraré: / Al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante Mi palabra» (Isaías 66:2). Nuestras oraciones deben reconocer nuestro pecado, nuestra necesidad y la provisión de justicia perfecta en Cristo. «Por medio de quien también hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes» (Romanos 5:2).
¿Una oración mesiánica?
Entonces, ¿qué hacemos con las apelaciones de David a su propia justicia delante del trono?
Una solución que se ha propuesto es que las apelaciones de David a su justicia son en realidad una apelación velada a la justicia de Cristo. Un autor sostiene: «A la luz del Nuevo Testamento, este enfoque en la justicia que posee el rey davídico puede entenderse como cumplido en la justicia de Cristo el Rey».[1] La idea, según entiendo, es que debido a la interacción entre David y su Hijo mayor en el salterio, el menor puede representar al mayor.
Pero esta explicación, por alentadora que sea, no parece dar cuenta del lenguaje real de los salmos. Primero, David (y los otros salmistas) sabe cómo orar para que Dios lo trate conforme a una justicia ajena, a menudo con la expresión «Tu justicia» (Salmo 31:1, 35:24, 36:10, 71:2, 72:1, 119:40, 143:1). Si hubiera querido referirse a la justicia de Dios, o a la justicia del Mesías, tenía las palabras para expresarlo, pero eligió términos diferentes.
Segundo, nótese que el lenguaje de las apelaciones a la propia justicia de David está formulado con expresiones ineludiblemente conductuales, en contraposición a un lenguaje de imputación. David escribe en el Salmo 26:3-5: «Porque Tu misericordia está delante de mis ojos, / Y en Tu verdad he andado. / No me he sentado con hombres vanos, / Ni ando con los hipócritas. / Aborrezco la asamblea de los malhechores, / Y no me sentaré con los impíos». Adviértase que esas son acciones, no una condición otorgada ante Dios. Ciertamente, cualquier acto de justicia que David realiza es tanto instruido por la Palabra de Dios como capacitado por la gracia de Dios, pero no dejan de ser actos de David.
Considérese también el lenguaje conductual del Salmo 18:20-23:
El Señor me ha premiado conforme a mi justicia;
Conforme a la pureza de mis manos me ha recompensado.
Porque he guardado los caminos del Señor,
Y no me he apartado impíamente de mi Dios.
Pues todas Sus ordenanzas estaban delante de mí,
Y no alejé de mí Sus estatutos.
También fui íntegro para con Él,
Y me guardé de mi iniquidad.
Tercero, David aparentemente no concibe estas apelaciones a su justicia como algo arrogante o de propia rectitud, sino como la súplica de un pecador contrito. Justo después de esta oración en el Salmo 18, David escribe: «Porque Tú salvas al pueblo afligido, / Pero humillas los ojos altivos» (Salmo 18:27). En el Salmo 51, David cataloga la maldad de su pecado con Betsabé. En el Salmo 32, David recuerda su necedad cuando no confesó su pecado. Por lo tanto, sean lo que sean estas oraciones de «mi justicia», no constituyen un menosprecio de superioridad moral ni una exigencia petulante, sino el clamor de un corazón humilde que pide ayuda a Dios.
La súplica por un juicio justo
¿Qué quiere decir David, entonces, al orar para que Dios «júzgame… conforme a mi justicia»? Para desenredar esta tensión, es fundamental recordar que el contexto de todas estas apelaciones en el salterio es el conflicto. David se ve acosado por un enemigo (Salmo 7:2). Es rescatado de un poderoso adversario (Salmo 18:17). Está rodeado de hombres sanguinarios (Salmo 26:9). David ora en medio del conflicto sabiendo que alguien ganará y alguien perderá.
Por lo tanto, cuando David ora a Dios: «sálvame de todos los que me persiguen, y líbrame» (Salmo 7:1), apela a su inocencia en este conflicto específico como una razón para que Dios actúe. En esencia, está pidiendo que Dios juzgue basándose en quién tiene la posición justa en esta contienda. Tómese, por ejemplo, esta parte de su apelación en el Salmo 7:3-5:
Oh Señor, Dios mío, si yo he hecho esto,
Si hay en mis manos injusticia,
Si he pagado con el mal al que estaba en paz conmigo,
O he despojado sin causa a mi adversario,
Que el enemigo me persiga y me alcance;
Que pisotee en tierra mi vida,
Y eche en el polvo mi gloria.
En efecto, David está diciendo: «Dios, juzga entre mi enemigo y yo quién tiene la razón». Nótese bien: no está diciendo «Dios, juzga entre Tú y yo». David sabe que ha sido pecador desde el vientre materno (Salmo 51:5) y que no es digno de presentarse ante la majestad santa, incomparable y sin mancha de Dios. Pero en el tribunal del conflicto humano, David expresa su deseo de que Dios haga justicia frente al ofensor y brinde protección a la víctima.
Tómese, como otro ejemplo, la oración de David por justicia en el Salmo 35. Dice que sus enemigos lo atacan «sin causa» (v. 7), que le devuelven «mal por bien» (v. 12), e incluso afirma expresamente que son «mis enemigos sin causa» (v. 19). Por el contrario, él les mostró bondad y se lamentó por su calamidad (vv. 13-14). Por eso, apela a Dios para que juzgue «por mi causa» (v. 23) y «conforme a Tu justicia» (v. 24). En resumen, David ora pidiendo que Dios juzgue su rectitud con justicia.
David tuvo motivos de sobra para orar conforme a su inocencia a lo largo de su accidentada vida. Considérese el episodio con Saúl en la cueva, donde David, siendo perseguido con perversidad por Saúl, decide no quitarle la vida al rey, sino solo cortar la orilla de su manto. David luego se presenta ante Saúl y le dice en 1 Samuel 24:11-12:
Y mira, padre mío, mira también la orilla de tu manto en mi mano. Porque al cortar la orilla de tu manto y no matarte, sabe y ve que no hay maldad ni rebelión en mis manos y que no he pecado contra ti, a pesar de que tú acechas mi vida para quitármela. Juzgue el Señor entre tú y yo, y que el Señor me vengue de ti, pero mi mano no será contra ti.
Incluso el mismo Saúl se ve obligado a declarar en respuesta: «Tú eres más justo que yo, porque tú me has tratado con bien, mientras que yo te he tratado con mal». La conducta justa de David en esa situación, hacia Saúl, formó la base de su apelación para que Dios juzgara rectamente entre ambos.
Entonces, ¿debe un cristiano orar «conforme a mi justicia»? No si eso significa una justicia propia farisaica ante Dios. Pero David sí nos ofrece un modelo de cómo los cristianos afligidos pueden orar por justicia cuando han respondido con rectitud en un conflicto. Al menos, estos salmos de David nos modelan esa clase de oración.
¿Por qué importa esto? Pensemos en los cristianos que viven bajo la amenaza de la persecución violenta, como en Nigeria hoy en día. ¿Cómo deberían orar? En estos salmos, Dios les proporciona el lenguaje para clamar por liberación, por justicia, por el fin del derramamiento de sangre, de la persecución y del temor, no solo sobre la base de la soberana misericordia de Dios, sino también sobre la base de las obras justas que Él ha obrado a través de ellos. Con fundamento en estos salmos, los cristianos perseguidos en todo el mundo pueden rogarle a Dios que los trate no conforme a una ausencia total de pecado, sino conforme a su inocencia en esa situación concreta. Y nosotros también podemos hacerlo.
Hermano o hermana, cuando estés siendo atacado injustamente, calumniado o vilipendiado, existe una multitud de principios bíblicos para aplicar: no devolver mal por mal (Romanos 12:21), amar a tus enemigos (Mateo 5:44) y confiar en el Dios que juzga con justicia (1 Pedro 2:23), por mencionar algunos. Pero los salmos de David también nos enseñan a orar pidiendo que el Juez de toda la tierra haga lo correcto. Podemos apelar a la justicia de Cristo para nuestra salvación, y en un conflicto también podemos apelar a que el Señor decida por nosotros con justicia.
[1] Christopher Ash, The Psalms: A Christ-Centered Commentary, 154.