El poder de predicar a Cristo crucificado, Parte 1

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por Robb Brunansky

Hemos llegado a un nuevo capítulo en 1 Corintios, donde el apóstol Pablo continúa abordando las divisiones en la iglesia de Corinto. En 1 Corintios 1:18-25, vimos cómo la naturaleza del evangelio, en y por sí misma, es contraria a los caminos y a la sabiduría del mundo. Luego, Pablo muestra en los versículos 26-31 que esta descripción del evangelio de Cristo crucificado como la sabiduría y el poder de Dios concuerda con la experiencia de salvación de los corintios.

Hay una cosa más de la que Pablo quiere hablar a este respecto: su propio ministerio personal entre ellos. Comenzó a hablar de esto en 1:17, pero hizo una pausa para resaltar la naturaleza del evangelio. Ahora está listo para explicar su ministerio entre los corintios y el ejemplo que dio. La naturaleza del evangelio, la experiencia de los corintios y la predicación de Pablo exponen la jactancia de ellos como la necedad que en verdad es.

En 2:1-5, entonces, Pablo expone la predicación de Cristo crucificado, enfocándose en por qué es poderosa y eficaz para sus lectores. Este mensaje es vital para nuestros días, porque la confianza en el poder del evangelio para salvar a los pecadores atraviesa por momentos difíciles.

Muchos líderes en la iglesia de hoy han decidido que predicar la Biblia no es la forma más eficaz de alcanzar a las personas con el evangelio, porque piensan que la Escritura es en gran medida irrelevante para los hombres y las mujeres. En su libro, Communicating for a Change, Andy Stanley escribe que lo que la iglesia necesita hoy es «menos explicación y más inspiración. Menos del siglo primero y más del siglo veintiuno». Trágicamente, Stanley y muchos otros a su alrededor creen que la mayor necesidad de la gente es sentirse inspirada por un comunicador eficaz.

Estos líderes eclesiales progresistas de hoy en día han determinado que lo sucedido hace dos mil años en una cruz en el Calvario no es de gran relevancia en la actualidad. Y así, la iglesia ha abandonado el mandato bíblico de predicar la Palabra. Eso es una tragedia, porque el poder de Dios se desata —no en el diálogo progresional, ni al rediseñar un sermón, ni mediante las estrategias de comunicadores humanos— sino a través de la predicación de Cristo y de Este crucificado.

La época de Pablo estaba repleta de comunicadores y oradores que influían y deslumbraban a la gente con su sabiduría y elocuencia. Él conocía bien a los «Andy Stanley» de su generación, y a otros a lo largo de los siglos, que eran indispensables para sus oyentes porque sus estrategias, métodos y ministerios eran todos fruto de su propio ingenio y creatividad. Pablo fue duramente criticado porque no siguió esas convenciones, sino que, en su lugar, predicó a Cristo crucificado.

Cuando leemos 1 Corintios 2:1-5, vemos el poder de predicar a Cristo crucificado y por qué Pablo hizo de la proclamación de un Mesías crucificado y resucitado su objetivo consciente. Para ver el poder de predicar a Cristo crucificado, debemos comprender tres elementos del ministerio de predicación de Pablo, y en primer lugar examinaremos el método de su predicación.

Los dos primeros versículos del capítulo tratan sobre la metodología, la técnica y la práctica de la predicación de Pablo. Pablo fue a los corintios proclamando el testimonio de Dios. La palabra traducida como proclamar se usa con frecuencia en el Nuevo Testamento para referirse a un heraldo oficial del evangelio: alguien a quien Dios ha designado para predicar. El mensaje predicado es el testimonio de Dios, el cual constituye el testimonio legal de Dios acerca de Su Hijo.

Es crucial entender que Pablo no decidió el método por sí mismo; fue llamado como heraldo o predicador. Pablo no reunió a todos en un círculo para sostener una charla improvisada sobre cómo Jesús podría relacionarse con sus necesidades sentidas. Más bien, declaró el testimonio de Dios como un embajador divino bajo la autoridad del Rey Jesús, el Mesías.

Nótese también que Pablo no viene con su propio mensaje, sino con el testimonio de Dios. Pablo sabía que, como testigo fiel, no tenía la libertad de alterar el mensaje. Sería un pecado gravísimo y un crimen de consecuencias eternas manipular el testimonio mismo de Dios, el cual determina nuestro destino eterno.

Pablo comprendió que la gente no siempre va a querer escuchar el testimonio de Dios. Un peligro constante radica en preocuparse de que las personas no tengan interés en la Biblia y, por ende, darle a los asistentes lo que quieren para garantizar que la iglesia sea «exitosa». Eso es lo que Pablo le advirtió a Timoteo en 2 Timoteo 4:2-4. Se supone que debemos predicar la Palabra a tiempo, cuando el Espíritu de Dios infunde en las personas hambre por la verdad de la Escritura; y fuera de tiempo, cuando están más interesadas en asuntos terrenales. La condición «fuera de tiempo» de la Palabra de Dios en gran parte de nuestra cultura es precisamente la razón por la que muchas iglesias diseñan series de sermones y servicios basados en mitos de entretenimiento, pues creen que el único modo de atraer a la gente es haciéndoles cosquillas en la comezón de oír.

Pablo no describe su método pragmáticamente por el hecho de haber vivido en una cultura que valorara la predicación. Él vivió en una cultura que valoraba la retórica, no la predicación. Lo que Pablo hacía y la forma en que predicaba era considerada una necedad por quienes lo escuchaban. Sin embargo, lo que la gente deseaba oír jamás formó parte de su ecuación. Pablo vino a predicar con autoridad el testimonio de Dios.

La manera en que Pablo predicó el testimonio de Dios se explica en lo que no hizo y en lo que sí hizo. Nótese que Pablo rechazó la superioridad de palabra o de sabiduría. No predicó de un modo jactancioso ni pretencioso, al estilo empleado por los oradores y comunicadores prominentes de aquella cultura con el fin de impresionar e influir en los corintios. De hecho, la opinión de ellos jamás pasó por su mente.

Por otra parte, Pablo se propuso no saber nada sino a Jesucristo, y a Este crucificado. Pablo está diciendo: «He resuelto quitar de la mesa todo tema concebible, toda forma de sabiduría y todo medio potencial para ganarme a la gente, excepto una sola cosa: Jesucristo, y Este crucificado». Aparentemente, esta era la peor estrategia posible, pues el Mesías judío y la crucifixión jamás encabezarían la lista de asuntos que la gente del mundo grecorromano del siglo primero querría debatir. A pesar de ello, Pablo decidió firmemente que no movería la cruz del centro de su mensaje ni tendría ningún otro mensaje.

Lo fascinante de esta sección es que Pablo está tratando con un conflicto eclesial. Podríamos pensar que se requiere a Cristo crucificado sumado a algo más para resolver un problema tan intrincado. Sin embargo, Pablo plantea el problema y va directo a la cruz y a Cristo crucificado. Cualquier otra cosa es conocimiento y sabiduría inferiores y, por tanto, carece de verdadera utilidad práctica. ¿Por qué se propondría Pablo conocer algo ajeno a la cruz cuando esta lo define absolutamente todo para el cristiano? Este es el testimonio de Dios: que Él envió a Su Hijo a morir por los pecadores en una cruz.

Este mensaje tiene implicaciones para cada aspecto imaginable de la vida y del ministerio. Pablo dice: «Si tienen problemas con la unidad de la iglesia, entonces necesitan volver a la cruz y aprender lo que la cruz enseña acerca de la humildad, el amor, la gracia, la misericordia, la debilidad y el perdón». La cruz de Cristo debe moldear nuestras relaciones, matrimonios, crianza, empleo, amistades y vidas enteras.

Cristiano: jamás iremos más allá de la cruz. Cada problema que enfrentamos en nuestras vidas, congregaciones y en el mundo encuentra su solución en Cristo y en Este crucificado. No necesitamos más del siglo veintiuno; necesitamos más del Calvario del siglo primero. Pablo tomó la determinación inquebrantable de no saber cosa alguna sino la cruz de Cristo, porque no existía nada superior que conocer. Ese fue el método de la predicación de Pablo, y nada ha cambiado hoy. Predicar a Cristo crucificado debe ser el método de todo aquel a quien Dios llame a proclamar Su Palabra.

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