Qué Es La Sana Doctrina Y Por Qué La Iglesia No Puede Perderla

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Qué Es La Sana Doctrina Y Por Qué La Iglesia No Puede Perderla

Por Gary Gilley

Sentado en mi sala de estar, conversaba con un matrimonio joven después de haber compartido una buena comida y de disfrutar de una plática centrada en el último año o dos de sus vidas. Luego, la conversación derivó hacia el tema de la iglesia. Habiendo conocido a esta joven pareja y habiéndoles ministrado durante años, en ese momento ya no estaban bajo mi pastoreo ni eran miembros de nuestra iglesia. Cuando se presentó la oportunidad de profundizar en el tema, les pregunté a qué iglesia estaban asistiendo. No me sorprendió cuando respondieron que a ninguna. Habían estado saltando de congregación en congregación, pero nada cumplía con sus criterios, si es que tenían alguno. Lo que sí captó mi atención fue la afirmación de que habían madurado como cristianos después de haber dejado de asistir a la iglesia. La esposa estaba satisfecha con un estudio bíblico ocasional junto a un par de amigas; y el esposo simplemente estaba complacido, o tal vez una palabra más acertada sería apático. La enseñanza teológica sana no era, al parecer, necesaria para su andar con Dios, ni tampoco lo eran la comunión, el ministerio o la vida en el cuerpo. Su actitud era: «¿quién necesita la iglesia?».

Perdiendo el rumbo

No son los únicos. Tanto estadística como anecdóticamente, la iglesia se está convirtiendo rápidamente en un objeto desechable; en el mejor de los casos, obsoleta; un estorbo para la vida cotidiana, e incluso tóxica para muchos. Las encuestas recientes son alarmantes. Ryan Burge, sociólogo e investigador cristiano, afirma que los estudios revelan que en 1972 el 35% de los estadounidenses asistía a la iglesia cada semana; para 2022, era solo el 22%.[1] Durante ese mismo período, aquellos identificados como Nones (sin afiliación religiosa) se dispararon del cinco por ciento al 28%. En términos numéricos, cuarenta millones más de estadounidenses se sumaron a los Nones entre 2004 y 2021,[2] convirtiendo a los Nones en el colectivo «religioso» de más rápido crecimiento y más numeroso de Estados Unidos. La pregunta con la que lidian los investigadores culturales y religiosos es: ¿por qué? ¿Qué le ha sucedido a la religión institucional en general y a la iglesia en particular que ha provocado esta falta de interés por la religión? El consenso indica que algo ocurrió en la década de 1990: una tormenta perfecta de factores e influencias que alteró radicalmente el zeitgeist (un término predilecto del investigador Christian Smith) de la cultura religiosa estadounidense. Smith, en su libro Why Religion Went Obsolete, sostiene que la religión tradicional sencillamente fue incapaz de entregar los bienes que prometía. Al percatarse de esto, los jóvenes posmodernos se marcharon. Sin embargo, no se volcaron hacia el secularismo, sino hacia la espiritualidad. Aproximadamente el 25% de los adultos estadounidenses se consideran hoy «espirituales pero no religiosos».[3]

También se volcaron hacia el interior, intensificando el individualismo expresivo.[4] Smith escribe: «Esta es la postura según la cual cada individuo posee un yo interior singular que necesita ser descubierto y expresado auténticamente… Para autorrealizarse con autenticidad, los individuos deben confiar en sus sentimientos subjetivos y experiencias personales como autoridades definitivas».[5] Brad Edwards, en su galardonado libro The Reason for Church, coincide. Edwards considera el individualismo como la causa principal del declive eclesial en Estados Unidos. Define el individualismo como la necesidad percibida de ser el «autor, héroe y narrador de nuestra propia redención [y constituye] la causa principal del declive de la iglesia en Estados Unidos. Gritamos nuestra verdad unos contra otros porque es la única forma en que podemos importar según el guion del individualismo. Y nos aterra no importar».[6] Edwards estima que el individualismo es el valor fundamental de los Millennials y, dado que el individualismo expresivo promueve centrarse en el yo, queda poco espacio o interés para asuntos mayores que uno mismo, y ciertamente ningún lugar para una autoridad competidora como la iglesia o la Escritura.[7] Otros factores que han contribuido al alejamiento de la iglesia incluyen el fin de la Guerra Fría, el surgimiento de la derecha religiosa y la influencia de internet y las redes sociales, según Jim Davis y Michael Graham, autores de The Great Dechurching.[8] Smith, Edwards y Burge coinciden plenamente, sumando cada uno a la lista otras observaciones y factores, tales como la influencia del movimiento sensible al buscador (seeker-sensitive). La preocupación a largo plazo es que hoy contamos con una generación criada al margen de la iglesia. Aquellos que crecieron en los años setenta en hogares religiosos no criaron a sus hijos de esa manera, y ahora tenemos una generación entera que jamás ha pisado una iglesia y carece de toda noción sobre la importancia de un cuerpo local de Cristo.

Otro dilema, mucho más afín al tema de este artículo, es la cuestión de la verdad y la teología, unida a la autoridad. Las generaciones posteriores a los Baby Boomers no solo han crecido en un entorno posmoderno —en el cual no se reconoce ninguna verdad absoluta y universal, y cualquiera que afirme poseer la verdad es visto como alguien en busca de poder—, sino que además han habitado una cultura saturada enteramente por la psicología. Con la asimilación de la ideología psicológica y terapéutica, el mensaje generalizado es que ya no necesitamos de Dios, de las Escrituras ni de la salvación. La psicología y la terapia han ocupado la brecha que antes correspondía a la iglesia y a la Biblia, y ahora reclaman poseer las respuestas a los dilemas sociales y los medios para sanar nuestras almas atribuladas. El pecado ha sido reformulado como trastornos tratables mediante la psicoterapia y, si esta fracasa, mediante fármacos.[9] No obstante, incluso quienes están empapados de las teorías de la psicología secular admiten su profunda ineficacia. En su popular libro The Body Keeps Score, el psiquiatra Bessel van der Kolk reconoce abiertamente que la terapia conversacional[10] y los fármacos psiquiátricos resultan ineficaces. Pide a sus lectores considerar el caso de la depresión: si la terapia o los fármacos fuesen tan eficaces como nos han hecho creer, «la depresión debería ser un problema menor en nuestra sociedad. Por el contrario, aun cuando el uso de antidepresivos sigue incrementándose, esto no ha reducido las admisiones hospitalarias por depresión. El número de personas tratadas por depresión se ha triplicado en las últimas dos décadas, y uno de cada diez estadounidenses toma actualmente antidepresivos».[11] Esto no significa que Van der Kolk haya hallado la solución a todos estos problemas (no lo ha hecho); pero sí demuestra que, al recurrir a la psicología en vez de a la iglesia como fuente de verdad y ayuda, las personas se están quedando con las manos vacías. Sus cisternas están rotas y no retienen agua (Jer 2:13).

Aun así, la mayoría —incluso aquellos que profesan ser cristianos— no está regresando a la iglesia ni a la sana doctrina bíblica. Edwards sugiere que «las implicaciones de un cristianismo sin iglesia son legión… [y han producido] el deterioro generalizado de la salud mental, una epidemia global de soledad [e] interminables turbulencias políticas».[12]

En busca de un camino hacia adelante

Quizás una mejor manera de plantearlo sea preguntar: ¿existe una salida en medio de una cultura tan rota? Christian Smith considera que no, y sintetiza su tesis con las siguientes palabras: «La religión es obsoleta: redundante e innecesaria en el mejor de los casos; anticuada, desacreditada y perjudicial en el peor».[13] Parafraseando un chiste extraído de otro contexto, el cristiano necesita a la iglesia como un pez necesita una bicicleta, o al menos eso piensa Smith. Burge opina que el porvenir de la religión radicará en colaborar juntos, incluso con musulmanes, para mitigar las problemáticas sociales y evitar extremismos.[14] Davis y Graham proponen que, si hemos de atraer a la gente de vuelta a la iglesia, no podemos lograrlo mediante la verdad, ya que cada vez menos personas se preguntan si Jesús es verdadero; en su lugar, debemos mostrarles que Jesús es bueno y hermoso, puesto que, al fin y al cabo, la gente busca una vida mejor.[15] Sin embargo, como refutación: ¿acaso no mostramos que Jesús es bueno y hermoso al demostrar que Él es la personificación misma de la verdad, tal como Él lo proclamó?

Este es el error inadvertido de Burge en su libro The Vanishing Church. Burge lamenta la desaparición de la iglesia histórica y liberal (a la que califica de moderada). En 1972, el 31% de la población estaba afiliada a iglesias históricas (mainline). En la actualidad, apenas alcanza el nueve por ciento y las cifras decrecen con rapidez.[16] A medida que las «Siete Hermanas» que representaban a estas denominaciones tradicionales volcaron su atención hacia cuestiones sociales y políticas, ignorando progresivamente la teología y las Escrituras, resultó evidente para los estadounidenses que la iglesia no aportaba nada que los organismos gubernamentales y las organizaciones benéficas no hicieran ya, y de mejor manera. Las iglesias históricas olvidaron que una de las piedras angulares de la iglesia —lo que la distingue de cualquier otra institución— es que ella es «columna y sostén de la verdad» (1 Ti 3:15). Aunque muchas organizaciones pueden sostener comedores comunitarios, brindar tutoría a niños, repartir ropa o cavar pozos de agua en África, únicamente a la iglesia del Dios vivo se le ha encomendado la tarea de preservar y proclamar la sana doctrina. Si se prescinde de ese elemento, la iglesia se vuelve indistinguible de cualquier otra entidad filantrópica. Las iglesias tradicionales se encuentran en declive debido a que no tomaron con seriedad el encargo de Pablo a Timoteo de predicar la palabra (2 Ti 4:2) ni de resguardar y propagar las verdades cardinales transmitidas a los santos (2 Ti 2:2; 4:3).

Al ala conservadora de la iglesia estadounidense le ha ido bastante mejor. De hecho, según Burge, el 57% de quienes se autoidentifican como evangélicos asistió semanalmente a la iglesia en 2022. No obstante, en proporción a la población total, los evangélicos alcanzaron su punto máximo en 1993 con un 30% y cayeron al 19% para 2020.[17] En comparación, el 28% de la población se define a sí misma como Nones.[18] Y los evangélicos no gozan de tanta salud como pudiera parecer; pues una cosa es identificarse como evangélico y otra muy distinta serlo. Por ejemplo, cuando Ligonier realiza sus encuestas sobre el «Estado de la Teología», solo clasifica a alguien como evangélico si responde afirmativamente a cuatro afirmaciones teológicas que abarcan la relevancia de la Biblia y el carácter expiatorio de la muerte de Jesús en la cruz. Lamentablemente, aun entre quienes satisfacen los criterios de Ligonier, en la encuesta de 2022 el 56% coincide en que Dios acepta la adoración de musulmanes y judíos, y un 43% parece considerar que Jesús no es Dios.[19] En el mejor de los escenarios, parece que muchos evangélicos arrastran deficiencias graves en su comprensión de puntos doctrinales elementales y esenciales.

Algunos podrían cuestionar, al unísono con Christian Smith: ¿qué sentido tiene intentar enseñar doctrina en nuestra cultura posmoderna? Sin embargo, él mismo reconoce que la perspectiva de la religión tradicional —enfocada en hacer que la gente fuera moralmente buena mientras descuidaba las verdades eternas, la adoración divina, la salvación eterna y las doctrinas teológicas— resultó decisiva para la obsolescencia religiosa.[20] Por desgracia, considera que ya es tarde: la gente ya no anhela la verdad ni la sana enseñanza.[21] Además, aduce, las personas pueden ser buenas sin Dios, sin la iglesia o sin doctrina.[22]

Nuestra respuesta

¿Cómo responder ante semejantes desafíos? Podríamos comenzar con las últimas palabras inspiradas de Pablo a Timoteo: «Predica la palabra… Porque vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, acumularán para sí maestros conforme a sus propios deseos; y apartarán sus oídos de la verdad…» (2 Ti 4:2-4). Nuestro mandato consiste en confiar las palabras sanas a hombres fieles que sean capaces de enseñar también a otros (2 Ti 2:2). ¿Por qué reviste tanta importancia obedecer esta instrucción, aun en un entorno al que poco le importa? Existen múltiples respuestas, pero he aquí tres:

Para que los creyentes no sean engañados por modas seductoras y falsas enseñanzas que constituyen una epidemia en nuestro mundo. Si los santos no son capacitados mediante la Palabra de Dios (Ef 4:12; 2 Ti 3:16-17), serán presa fácil de «todo viento de doctrina, por la estratagema de hombres, por las artimañas engañosas del error» (Ef 4:14). El único remedio ante esta espiral hacia una vida de falsedad consiste en hablar la verdad en amor (Ef 4:15). Tras declarar que su meta consistía en presentar perfecto en Cristo a todo hombre (Col 1:28), Pablo dedica la totalidad del capítulo dos de Colosenses a advertir contra las falsas filosofías y los huecos engaños. La necesidad apremiante de esta hora es la sabiduría de Dios (Col 1:28).

En un sentido positivo, es indispensable que los creyentes renueven su mente para que disciernan y vivan la voluntad de Dios (Ro 12:1-2). El cometido de la Escritura radica en enseñarnos, reprendernos, corregirnos e instruirnos en justicia. Solo cuando la Palabra opera su obra en nuestras vidas seremos «perfectos, equipados para toda buena obra» (2 Ti 3:16-17). Quienes suponen que basta con dejarse guiar por su intuición, escuchar a su propio corazón o acoplarse a las corrientes del momento, se hallarán radicalmente incapacitados para comprender a Dios, la vida o a sí mismos.

Contrario a las posturas populares, no existe dicotomía alguna entre la mente y el corazón, ni entre conocer la verdad y vivir vidas piadosas. Resulta revelador advertir que, en las últimas epístolas inspiradas de Pablo —conocidas habitualmente como las Epístolas Pastorales—, el concepto de doctrina ocupa el núcleo del mensaje que Pablo comunicaba. Si mis cálculos no fallan, a lo largo de estas tres breves cartas Pablo alude de forma directa al término «doctrina» 12 veces; a enseñar, enseñanza o instrucción, 19 veces; a declaraciones fieles, seis veces; a verdad, 12 veces; a fe, 28 veces, y a «la fe», 14 veces. Indudablemente, la doctrina, bajo cualquier designación con la que se mencione, reviste una trascendencia capital. Asimismo, la carta de Pablo a Tito vincula estrechamente la sana doctrina con las «buenas obras» en la iglesia (1:9), en el hogar (2:1-10) y en la sociedad (3:1-2). El mensaje resulta patente: la teología correcta es enteramente indispensable para una vida piadosa.

Cuál debería ser nuestra metodología

Si nos proponemos combatir con eficacia las múltiples fuerzas desatadas contra la iglesia y retornar a nuestro mandato bíblico de sostener y proclamar la verdad teológica, requerimos una transformación tanto de mentalidad como de intencionalidad. Nuestras mentes se encuentran tan saturadas que únicamente pueden ser despejadas rindiendo lealtad a Cristo, a las Escrituras y a la iglesia. Debemos creer firmemente en el poder transformador de la Palabra de Dios.

Acto seguido, debemos estructurar de manera deliberada los ministerios en torno a la exposición bíblica y a la sana doctrina. Conviene destacar que la Biblia no nos fue entregada bajo el formato de una teología sistemática, por valiosas que resulten tales obras. La verdad de Dios es impartida en los crisoles de la vida cotidiana y debe enseñarse de ese mismo modo. Los cursos formales de teología sistemática poseen su lugar, pero desentrañar de forma minuciosa y constante la Biblia y sus ejes doctrinales medulares resulta indispensable para toda congregación local. Sumado a la predicación y enseñanza expositiva en la iglesia que pastoreo, guiamos a nuestra congregación a través de estudios que hemos formulado, tales como: «Lo que todo cristiano necesita saber», «Panorama bíblico», «Lo que creemos», «Creciendo en Cristo», métodos de estudio bíblico y hermenéutica, teología sistemática e historia de la iglesia. Por descontado, abordamos otras temáticas complementarias, pero procuramos asegurarnos de instruir de continuo en el contenido bíblico y las doctrinas cardinales.

Habrá quienes se pregunten si el creyente promedio en una congregación típica es capaz de asimilar semejantes enseñanzas. Lo que he comprobado en la práctica es que el apetito se educa. Una vez que las personas comienzan a probar la Palabra de Dios, empiezan a tener hambre de más. Pero mientras no hayan degustado un verdadero banquete bíblico, desconocen por completo lo que se están perdiendo. Dispongámonos, pues, a servir las comidas más selectas y teológicamente nutritivas que nos sea posible.

[1] Ryan Burge, The Vanishing Church: How the Hollowing Out of Moderate Congregations Is Hurting Democracy, Faith, and Us (Grand Rapids, MI: Brazos Press, 2026), p. 26.

[2] Ibíd., pp. 70-71.

[3] Christian Smith, Why Religion Went Obsolete: The Demise of Traditional Faith in America (New York, NY: Oxford University Press, 2025), p. 31.

[4] Ibíd., pp. 89-93.

[5] Ibíd., p. 89.

[6] Brad Edwards, The Reason for Church: Why the Body of Christ Still Matters in an Age of Anxiety, Division, and Radical Individualism (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2025), p. 158.

[7] Ibíd., p. 5.

[8] Jim Davis y Michael Graham, The Great Dechurching: Who Is Leaving, Why Are They Going, and What Will Bring Them Back (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2023), pp. 5-7.

[9] Bessel van der Kolk, The Body Keeps Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma (New York, NY: Penguin Books, 2015), p. 27.

[10] Ibíd., p. 47.

[11] Ibíd., p. 37.

[12] Brad Edwards, p. XXI.

[13] Christian Smith, p. 330.

[14] Ryan Burge, pp. 182-188.

[15] Jim Davis y Michael Graham, p. 134.

[16] Ryan Burge, p. 37.

[17] Ibíd., pp. 26, 126-127.

[18] Ibíd., pp. 70-71.

[19] Ibíd., pp. 173-174.

[20] Christian Smith, p. 107.

[21] Ibíd., pp. 254-258.

[22] Ibíd., pp. 218-223.

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