¿Por qué la vida parece pasar más rápido a medida que envejecemos?

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¿Por qué la vida parece pasar más rápido a medida que envejecemos?

por Brad Hambrick

¿Has tenido la experiencia de detenerte a pensar y darte cuenta de que un suceso que creías que ocurrió el año pasado en realidad pasó hace 5 años? En momentos como ese nos impacta lo rápido que, como adultos, parece volar el tiempo. Lo comparamos con nuestra niñez, cuando la Navidad tardaba una eternidad en llegar. Ahora, no podemos creer que ya casi esté aquí de nuevo.

¿A qué se debe este cambio? Nuestros relojes no se aceleraron. Una hora sigue teniendo sesenta minutos. Un año sigue teniendo 365 días (a menos que sea año bisiesto). Pero nuestra percepción del tiempo sí cambia. ¿Por qué?

Probablemente haya muchos factores que contribuyan a esto. En este artículo, quiero centrarme en uno. Después de describirlo, quiero profundizar en cómo esta perspectiva sobre la forma en que percibimos el tiempo nos ayuda a aplicar de manera más reflexiva e intencional varios pasajes de las Escrituras.

Dinámica clave: Cuando somos jóvenes, todo es nuevo. A medida que envejecemos, una mayor parte de la vida pasa a formar parte de una rutina. Las experiencias nuevas demandan toda nuestra atención. Estamos atentos, conscientes, expectantes, asombrados, anhelantes y esforzándonos por comprender.

Por el contrario, la familiaridad pone la vida en piloto automático. Nos encontramos distraídos, desconectados y actuando por inercia. Cuando las experiencias se vuelven cotidianas, requieren menos atención. Una semana vivida sin prestar atención, al recordarla, puede sentirse como un solo día. Un mes dominado por la rutina, al mirar atrás, parece una semana. Este es un factor determinante en cómo experimentamos el paso del tiempo.

Lo que percibimos como «el tiempo acelerándose» es en realidad la vida recibiendo menos de nuestra atención. ¿Cómo nos invita la Escritura a reflexionar sobre esto y nos ayuda a desacelerar lo suficiente para apreciar plenamente todo lo que Dios está haciendo en nuestras vidas?

Cuando la vida se vuelve repetitiva

Eclesiastés comienza con una observación que suena notablemente moderna.

«Generación va y generación viene… Sale el sol y se pone el sol… Soplando hacia el sur, y girando hacia el norte, dando vueltas y vueltas va el viento… Todos los ríos van hacia el mar, y el mar no se llena». (Eclesiastés 1:4–7)

Luego viene la famosa conclusión:

«Lo que ha sido es lo que será… no hay nada nuevo bajo el sol». (Eclesiastés 1:9)

Traduzcamos lo que esto nos transmite. Nos levantamos, vamos al trabajo, volvemos a casa, cenamos y nos vamos a dormir. Hacemos esto los lunes, martes, miércoles, jueves y viernes. El fin de semana nos encargamos de las tareas básicas del hogar y vamos a la iglesia. Hacemos esto en enero, febrero, marzo, abril, etc. Hacemos esto año tras año tras año. El primer capítulo de Eclesiastés pone en palabras algo que todos experimentamos: la vida es sumamente repetitiva.

Pero no siempre ha sido así. No vivíamos de esa manera en nuestra infancia. De niños, parecía que cada día estaba (o al menos podía estar) lleno de «primeras veces». Incluso cuando íbamos a la escuela, aunque el horario fuera predecible, se enseñaba nueva información, se aprendían nuevas actividades y se hacían nuevas amistades.

Pero fíjese en algo importante. Eclesiastés no nos dice que las cosas repetitivas carezcan de sentido. El amanecer es repetitivo; eso no le quita lo impresionante. Las estaciones son repetitivas; eso no hace que la primavera sea menos hermosa. La cena con tu familia puede repetirse cientos de veces; eso no hace que la cena de esta noche sea intrascendente.

El peligro (o dicho de forma más moderada, la desventaja) de la rutina aparece cuando pensamos: como ya he vivido esto antes, puedo desconectarme mental y emocionalmente del momento. Eso es vivir en automático. Eso es lo que hace que el tiempo pase rápido. Más importante aún, eso es lo que nos lleva a perdernos y a no asombrarnos (como un niño) ante las cosas frescas que Dios hace en los momentos ordinarios.

Cuando la vida entra en piloto automático

Eclesiastés nos ayuda a comprender por qué la repetición y la rutina aceleran la manera en que experimentamos el paso del tiempo. El Salmo 90 nos orienta sobre cómo involucrarnos más plenamente en cada momento, para que el tiempo no se nos escape de las manos.

«Los días de nuestra vida llegan a setenta años;

y en caso de mayor fuerza, a ochenta años…

porque pronto pasa, y volamos…

Enséñanos a contar de tal modo nuestros días,

que traigamos al corazón sabiduría». (Salmo 90:10, 12)

Esta oración no es una instrucción para marcar una rayita por cada día de la vida. Moisés, el autor del Salmo 90, no estaba intentando calcular cuántos días hay en 70 años (que son 25,550 días, por si te lo preguntas). Moisés señalaba que la longevidad de la vida nos tienta a restarle valor a la importancia de cada día. En esencia, se trata de una oración que dice: «Señor, no permitas que desperdicie ni pase por alto un solo día de los que me concedes».

Esta oración, y la actitud que refleja, señala algo crucial. Muchos pasamos gran parte de nuestras vidas deseando estar en otro lugar (en otro sitio o en otro tiempo). Vivimos preocupados por lo que pasará después del trabajo, durante el fin de semana o en las próximas vacaciones. Irónicamente, ya en casa, durante el fin de semana o de vacaciones, seguimos igual de absortos pensando en otro lugar u otro momento.

¿Deseas que el tiempo pase más despacio? Mantente plenamente presente. Cuenta este día, este momento, este lugar. Comprométete por completo y te preguntarás con menor frecuencia: «¿A dónde se fue el tiempo?». Conocerás mejor a tu cónyuge, a tus hijos y a tus amigos. Ellos disfrutarán más de ti y tus relaciones se profundizarán. Rehúsate a tratar los momentos cotidianos de hoy como algo desechable.

Cuando las bendiciones cotidianas se vuelven invisibles

Esto nos conduce a la mayor tragedia espiritual respecto a nuestra percepción del tiempo. Las rutinas inconscientes que tratan los momentos cotidianos como algo desechable hacen que pasen inadvertidas innumerables bendiciones de Dios. Piensa en lo que sucede cuando un niño visita el zoológico o cuando un adulto disfruta de unas vacaciones memorables: lo notan todo. Ese es el fruto de estar plenamente compenetrado con la vida. Los detalles no se pasan por alto; se disfrutan.

A la luz de esta reflexión, consideremos Deuteronomio 8. En este punto, Israel culminaba sus 40 años en el desierto. Durante ese tiempo comprendieron lo que significaba depender de Dios para su provisión diaria. Ahora se disponían a entrar en la Tierra Prometida, un lugar donde la vida sería más estable. Moisés les advierte:

«No sea que cuando hayas comido y te hayas saciado, y hayas construido buenas casas y habitado en ellas, y cuando tus vacas y tus ovejas se hayan multiplicado, y tu plata y tu oro se hayan multiplicado…». (Deuteronomio 8:12–13)

Cuando eran nómadas, cada día requería la provisión activa de Dios. Ahora tendrían una casa con despensa para almacenar provisiones en lugar de recoger el maná cotidiano. Por eso, Moisés advierte:

«Cuídate de no olvidar al SEÑOR tu Dios». (Deuteronomio 8:11)

Ir al mercado una vez por semana altera su relación con Dios y su vivencia del tiempo. Sabemos bien cómo es eso. ¿Cuántas bendiciones diarias (que solemos llamar necesidades) conseguimos en cantidades suficientes para despreocuparnos y fijar la atención en otras cosas? Pronto, solo nos quejamos si tales bendiciones se retrasan, demandan un esfuerzo adicional o cuestan más.

La familiaridad provoca que las bendiciones reiteradas comiencen a verse como bendiciones invisibles (es decir, dadas por sentadas), las cuales solo captan nuestra atención cuando surge un motivo de queja. La gratitud se desvanece. El tiempo se acelera porque vivimos desatentos hasta que surge un contratiempo, y entonces protestamos.

Observa que Deuteronomio no le ordena a Israel abstenerse de construir casas con despensas ni de acudir al mercado a comprar al por mayor. En cambio, Dios les recuerda que no olviden (es decir, que vean, que reconozcan) Su fidelidad diaria. La solución a la sensación de que la vida se escapa velozmente no reside en acumular más vivencias extraordinarias, sino en percibir y valorar cada muestra de la fidelidad divina.

Cómo envejecer bien y desacelerar el paso del tiempo

A la luz de esto, ¿cuáles son las conclusiones prácticas? ¿Cómo vivimos más años sin permitir que el tiempo se nos escape? Afortunadamente, la respuesta es menos compleja de lo que tememos. Vive este día como si no lo hubieras vivido ya y como si el día de mañana no fuera más trascendental. ¿Cómo se vería esto en la práctica?

  • Mira a tu cónyuge. Haz contacto visual. Sonríe.

  • Escucha a tus hijos y amigos. Haz preguntas. Invítalos a expresarse.

  • Saborea tu comida. Disfruta cada bocado. Recíbela como un regalo de Dios.

  • Observa el clima, no solo para adaptarte a él, sino para descubrir qué tiene de especial.

  • Entona un himno. Medita en la verdad que encierra.

  • Lee la Biblia. Presta atención a aquellos detalles que antes pasaste por alto y que revelan nuevas enseñanzas.

  • Ora con la convicción de que Dios realmente escucha y se interesa por tu vida.

  • Rompe periódicamente aquellas rutinas que generan estancamiento. Ejercita la disciplina de encarar las tareas habituales de formas renovadas.

Ciertamente, nuestras vidas estarán colmadas de rutinas, deberes habituales y las mismas personas a nuestro alrededor. Sin embargo, conservar una fe semejante a la de un niño (incluso al envejecer) no solo implica una confianza firme en la provisión paternal de Dios, sino también la disposición a abrazar cada jornada como una oportunidad que ofrece algo nuevo. Si procedes así, el tiempo empezará a transcurrir con mayor calma. Disfrutarás más de la vida al reconocer con mayor claridad lo que Dios obra en ti, a través de ti y a tu alrededor.

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