La Teoría Del Rapto A Mitad De La Tribulación
La Teoría Del Rapto A Mitad De La Tribulación
POR GERALD STANTON
Menos objetable que la teoría del rapto postribulacionista, aunque con muy poco que la recomiende, es la postura que sostiene que la Iglesia soportará la primera mitad del período de la Tribulación y será raptada en algún punto intermedio, generalmente asociado con el sonido de la séptima trompeta de Apocalipsis 11. Según esta postura, no solo se le promete tribulación a la Iglesia, sino que la comodidad y la mundanalidad de sus miembros exigen que sea depurada y purificada. Los pasajes que indican que los creyentes estarán exentos de esta hora de prueba no se reconocen, aunque se admite que la Iglesia será librada de todo lo que se caracterice como ira. Se niega el rapto en Apocalipsis 4; el acontecimiento se ubica, más bien, en Apocalipsis 11, simbolizado por la resurrección de los dos testigos. Se dice que la nube de Apocalipsis 11:12 alude a la presencia (parusía) de Cristo, y la séptima trompeta se identifica con la “final trompeta” de 1 Corintios 15.
Al igual que la postura pretribulacionista, los midtribulacionistas por lo general identifican al que detiene, en 2 Tesalonicenses 2, con el Espíritu Santo, e insisten en que la Iglesia debe ser quitada antes de la revelación del Anticristo.
Al igual que el postribulacionismo, niegan el regreso inminente de Cristo, insisten en que la Iglesia aparece en la tierra después de Apocalipsis 4:1 y afirman que la Iglesia necesita al menos una parte de los fuegos purificadores de la Tribulación.
En un sentido real, el midtribulacionismo es una postura de compromiso entre las otras dos posiciones alternas y carece de la solidez de ambas, al tiempo que se ve envuelto en problemas adicionales propios de su particular sistema profético. El reducido número de sus defensores y la escasez de literatura midtribulacionista convincente ponen un gran signo de interrogación sobre la validez de esta postura. Sin embargo, sus afirmaciones principales exigen cierta investigación, y deben observarse las dificultades más importantes que entraña.
I. La Iglesia y la Tribulación
A. A la Iglesia se le promete tribulación
Los midtribulacionistas presentan este argumento en apoyo de sus opiniones, partiendo de la suposición errónea de que, puesto que la persecución es la suerte del creyente en esta era, la Tribulación debe ser su porción en el período venidero.
La persecución, ya sea durante el reinado del Anticristo o en el tiempo presente, es (hablando en general) la porción asignada a quienes quieren vivir piadosamente; por lo tanto, tal sufrimiento durante el tiempo de la tribulación está plenamente en armonía con el carácter y el llamamiento de la Iglesia de Cristo y con la enseñanza del Nuevo Testamento.[1]
Este mismo autor expresa el punto de vista de su escuela cuando pregunta: “¿Cuál es la diferencia de carácter entre la persecución de ahora y la persecución, probablemente más intensa, que está por venir, si ambas son por el testimonio de Jesús?”[2] Puesto que esta pregunta queda suficientemente respondida en el segundo capítulo de esta investigación, no es necesario prolongar aquí la discusión, salvo para reiterar que la Tribulación venidera difiere aun de la persecución más intensa de esta era en su origen, en su grado y en el propósito fundamental por el cual es enviada. Además, a la Iglesia se le ha prometido expresamente la liberación, como se demostró anteriormente a partir de muchas Escrituras, aunque este autor hace la asombrosa afirmación: “¡Buscamos en vano un solo texto que contenga una promesa, expresa o implícita, de que la Iglesia será llevada antes de la Tribulación!”[3] Para dejar las cosas en claro, he aquí varios: Romanos 5:9; 1 Tesalonicenses 1:10; 4:17, 18; 5:4, 9; 2 Tesalonicenses 1:6-9; 2 Pedro 2:5-9; y Apocalipsis 3:10, 11.
B. La Iglesia necesita ser desarrollada y depurada
Las imperfecciones de la Iglesia se admiten con facilidad, pero los tribulacionistas han errado al sostener que la ira venidera incluye valores santificadores:
Así, la Gran Tribulación será una verdadera misericordia para el pueblo del Señor, al desarrollarlo y santificarlo plenamente para su destino y gloria celestiales.[4]
Los pretribulacionistas creen que la convicción de pecado y el progreso hacia la piedad están al alcance mediante la obra del Espíritu (Juan 16:8) y la aplicación de la Palabra de Dios (Juan 15:3). No hay Tribulación a la vista, ni se necesita, en la verdad vital de Efesios 5:25-27:
Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.
Apenas necesita comentario la falsedad de la afirmación de que el pretribulacionismo “implica que el máximo grado de infidelidad o carnalidad en un creyente no lo pone en ningún peligro de perder el supremo honor del rapto ni de tener que soportar los temibles Días Finales”.[5]
Los pretribulacionistas creen, más bien, que la última generación de creyentes vivos no necesita ser depurada más que las demás generaciones que, por medio de la muerte, han pasado de inmediato a la presencia del Señor. Una Iglesia limpiada por la sangre de Cristo y hecha perfecta y completa en Él no necesita ningún “purgatorio protestante” para ser apta para el cielo (Ro. 8:1). Los capítulos 2 y 7 desarrollan con más amplitud este importante tema.
C. La Iglesia será quitada antes de que se derrame la ira
En esta afirmación, los tres grupos estarían en gran medida de acuerdo. La dificultad surge al determinar el momento en que se derrama la ira. Los postribulacionistas se ven obligados a decir que no hay ira sino hasta el arrebatamiento de los santos el día de la aparición de Cristo, es decir, hasta Apocalipsis 19:15. Los midtribulacionistas insisten en que nada anterior al derramamiento de las copas puede llamarse ira, según se indica en Apocalipsis 16:1. Lo siguiente ilustra ese punto de vista:
No creo que la Iglesia pase por ninguna parte de ese período que la Escritura designa específicamente como la ira de Dios, pero sí creo que la abominación desoladora será una señal específica para una huida apresurada, seguida de una persecución muy breve pero terrible, y que a esta le seguirá muy pronto el rapto de la Iglesia, antes del derramamiento de las copas de la ira de Dios.[6]
Los pretribulacionistas insisten en que todo el período comprendido en Apocalipsis 6:1–19:15 es primordialmente un período de ira divina (como se demostró en el capítulo 2), y creen que, puesto que la ira se encuentra desde 6:17 y es imposible desprenderse por completo de la sucesión cronológica de estos juicios, el peso de la evidencia bíblica está de su lado. Basta con leer el contenido de los siete sellos y de las primeras seis trompetas para determinar si algo anterior a la séptima trompeta debe reconocerse o no como ira.
D. La Tribulación dura tres años y medio, no siete
Tal conclusión no solo es necesaria para la postura midtribulacionista, sino que se sostiene como una verdad vital. Refiriéndose a la naturaleza dividida de la semana setenta de Daniel, Harrison declara:
Esto debería librarnos para siempre del error común de hablar de la Tribulación como un período de siete años. La Biblia nunca se refiere a ella así; más bien, comienza a la mitad de los siete. Es la segunda mitad, los últimos tres años y medio. A todo lo que conduce a ella, Jesús lo llama simplemente “principio de dolores”.[7]
Nuevamente, en una publicación más reciente:
Es de gran importancia que en el Apocalipsis nunca se mencione un período de siete años, sino siempre uno de tres años y medio. No tiene relación con la semana setenta de Daniel como tal, sino con los acontecimientos conmovedores relacionados con la revelación del Anticristo a mitad de la semana y posteriores a ella.[8]
Al hacer de la Tribulación un período de tres años y medio en lugar de siete, y al colocar este tiempo de “gran tribulación” después de la séptima trompeta, Harrison afirma que la Iglesia será sacada antes de que se derrame la ira, e incluso llama pretribulacionista a su postura.
“Ira” es una palabra reservada para la Gran Tribulación; véase “la ira de Dios” en 14:10, 19; 15:7; 16:1, etc.[9]
El Día de la Ira apenas ha llegado (11:18). Esto significa que nada de lo que precede en los Sellos y las Trompetas puede considerarse con razón como ira. Él la ha detenido hasta este momento…. No hallamos fundamento en la Escritura, en ninguna forma de su enseñanza, para la idea de que la Iglesia pasará por la Tribulación.
Tengamos claramente presente la naturaleza de la Tribulación: que es “ira” divina (11:18; 14:8, 10, 19; 15:1, 7; 16:1, 19) y “juicio” divino (14:7; 15:4; 16:7; 17:1; 18:10; 19:2).[10]
Esta recompensa se da, sin duda alguna, en su venida pretribulacional.[11]
La Iglesia está en el cielo durante la Tribulación, no meramente para escapar de los juicios de Dios, sino para participar en su administración.[12]
Para Harrison, Apocalipsis 5–11 describe las escenas finales de la Era de la Iglesia y, como se vio al final del capítulo 7, presenta esta primera mitad de la semana como una “dulce anticipación para Juan”, “dulce como la miel”, durante la cual los santos estarán “muy cómodos”. Los sellos no son juicios, sino “la necedad del hombre”, y tampoco son “juicios” las primeras seis trompetas.[13]
Sostiene que los primeros tres años y medio de la semana setenta de Daniel pertenecen al final de la era de la Iglesia,[14] y, para dar un precedente a tal postura, insiste en que, después de la muerte de Cristo, “la Iglesia corrió paralela durante 40 años a la Era Judía, hasta que esta terminó con la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C. Esto apoya un traslape similar al final de la Era de la Iglesia”.[15]
Tales opiniones, aunque sin duda se sostienen con la mayor sinceridad, son muy cuestionables y están expuestas a severas críticas. Varias de estas afirmaciones se considerarán ahora brevemente, recordando siempre que, en toda investigación semejante, la censura se dirige contra las ideas y no contra las personas.
(1) La postura de Harrison es claramente midtribulacionista; ha abandonado el pretribulacionismo normal, aunque elija conservar su nombre.
(2) Es contrario al claro testimonio del libro de Apocalipsis decir que nada anterior a la séptima trompeta es ira o juicio. Podemos llamar a los siete sellos “la necedad del hombre”, pero Dios los llama “ira”. Apocalipsis 6:16, 17 llama dos veces “ira” a los primeros seis sellos: “Caed sobre nosotros y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?”. Es notable que Harrison enumere en dos ocasiones los versículos de Apocalipsis donde se encuentra la ira, una vez con gran detalle, y que en ambas pase por alto por completo Apocalipsis 6:16, 17. ¡Ciertamente, estos versículos no favorecen su argumento!
(3) La Gran Tribulación se identifica correctamente con el tiempo de la ira de Dios, pero, para sustentar su tesis, nuestro autor debe forzarla por completo dentro del período posterior a la séptima trompeta. Apocalipsis 7:14 lo refuta. Puesto que este es el único versículo del libro que emplea el término “gran tribulación”, es significativo que se encuentre antes de la apertura del séptimo sello y antes de que suene trompeta alguna. El escritor “H. W. H.”, mencionado antes, lo previó y, con mayor coherencia, reconoció el quinto y el sexto sellos como parte de la Gran Tribulación.[16] En efecto, hace de la primera mitad de la semana la Gran Tribulación y de la segunda mitad el Día del Señor. Sostiene que, según Mateo 24:29, la Gran Tribulación precede a las señales en el sol, la luna y las estrellas, y que, según Hechos 2:20, estas señales marcarán la venida del día grande y manifiesto del Señor. Puesto que estas señales celestes se hallan en el tiempo del sexto sello (Ap. 6:12, 13), sostiene que la Gran Tribulación se encuentra en los primeros seis sellos.
Aunque no estamos de acuerdo con él en que la Gran Tribulación difiera del Día del Señor, es interesante notar que aquí hay un midtribulacionista cuyos argumentos anulan eficazmente la opinión de Harrison de que la Tribulación se limita al tiempo posterior a la séptima trompeta.
(4) En Apocalipsis 11:18, ήλθεν difícilmente puede traducirse “apenas ha llegado”, como si esto fijara de manera concluyente el comienzo del día de la ira. El aoristo puede tener la fuerza de una acción completada y final, y esto parecería más adecuado al contexto. Si este versículo anticipa (desde el punto de vista del cielo, 11:15) el fin de la Tribulación, puede referirse a la consumación de la ira y no a su comienzo, pues se ha visto que la ira comienza en Apocalipsis 6:16. Además, si se argumenta que el verbo griego de 11:18 significa “apenas ha llegado”, ¿qué decir entonces de 6:17, donde ήλθεν se emplea igualmente en relación con la ira de Dios?
(5) El cumplimiento literal de la semana setenta de Daniel requiere un período futuro de siete años, y Daniel 9:25-27 identifica claramente esta “semana” con el período de la Tribulación y el gobierno del Anticristo. El “príncipe que ha de venir” confirma el pacto por una semana, no por la mitad de ese tiempo. Es imposible apartarse de una Tribulación literal de siete años sin hacer una de dos concesiones: primera, si toda la última “semana” se ha de cumplir en tres años y medio, se destruye la importante cronología del resto de la profecía de las setenta semanas de Daniel; segunda, si solo la última mitad de una “semana” de siete años cae en el período de la Tribulación, entonces la primera mitad debe traslaparse con la era de la Iglesia. Harrison elige el segundo camino, que no es menos precario que el primero.
Como se ha visto en Mateo 24 y Apocalipsis 6–19, la Tribulación tiene un contenido marcadamente judío, y durante este período la Iglesia nunca aparece. Retroceder siquiera la mitad de tal período hasta la era de la Iglesia produciría la mayor confusión. Por ejemplo, ¿cómo podría Dios sellar a 144,000 para el servicio de las doce tribus de Israel en una era en la que su cuerpo de testigos es la Iglesia, en la que los judíos convertidos entran en la Iglesia, en la unidad del cuerpo de Cristo, y pierden su identidad anterior como israelitas? Tal postura también exigiría un comienzo secreto de la semana setenta y unos primeros tres años y medio altamente secretos, algo absolutamente imposible a la luz de los acontecimientos predichos que deben preceder a la séptima trompeta. Los postribulacionistas se burlan de toda idea de un rapto secreto; ¡imagínese la diversión que tendrían con el concepto de una Tribulación secreta!
Una característica sobresaliente de la semana setenta de Daniel parece ser que cada parte de la semana está marcada por algún acontecimiento notable. Las primeras sesenta y nueve semanas comienzan con la orden de restaurar Jerusalén y terminan de manera notable con el cortamiento del Mesías. La semana setenta ha de terminar con el esplendor visible de la segunda venida, y sería por demás singular que el comienzo de toda la semana se diera en un día sin marca y sin nombre, perteneciente a una era anterior.
Sin embargo, no es así, pues el comienzo de la semana setenta estará marcado por la celebración de un pacto público, confirmado por el Anticristo con la nación de Israel conforme a Daniel 9:27. El pacto tiene que ser público, pues implicará que se ganará la amistad de Israel y se restaurará su antiguo culto. Sin embargo, la postura midtribulacionista exige que este sea un pacto secreto entre Israel y la Bestia, algo totalmente imposible tratándose de un acontecimiento tan importante que involucra a toda una nación. ¡Algún reportero astuto se enteraría del asunto y lo divulgaría al mundo! Además, si alguno de los tremendos acontecimientos de la primera mitad de la semana llegara a filtrarse, arruinaría la doctrina de la inminencia y permitiría a los estudiosos de la Biblia fijar con razonable exactitud el tiempo del rapto, otra imposibilidad a la luz de Marcos 13:32, 33 y Escrituras afines. Algunos podrán pensar que los acontecimientos de Apocalipsis 5–11 son el “principio de dolores”, pero si estos acontecimientos se empujan hacia la era de la Iglesia, justo antes del advenimiento de Cristo, ciertamente se convierten en el “principio de problemas” para cualquier exégesis sensata de la santa Palabra de Dios.
La idea de Harrison de un traslape de la era judía sobre los primeros cuarenta años de la era de la Iglesia no hace sino empeorar la dificultad. Dios no inicia una nueva obra hasta haber dejado la anterior, al menos en cuanto a sus economías dispensacionales. Las primeras sesenta y nueve semanas de Daniel terminaron con el cortamiento del Mesías. La era de la ley terminó en la cruz, cuando Cristo redimió a los hombres de la maldición de la ley (Gá. 3:13). Cristo cumplió la profecía de Daniel. Cristo puso fin a la dispensación de Moisés (Juan 1:17, etc.), y no el romano Tito en el año 70 d. C. Los sacrificios y rituales vacíos del judaísmo se observan, en algunos sectores, hasta el día de hoy, y no cesaron cuando la nación fue dispersada y la ciudad destruida. Sin embargo, la teoría que se propone se enreda en un error al comienzo de la era para justificar y sentar precedente a otros errores que se han atado a su final.
(6) La postura midtribulacionista rechaza el regreso inminente de Cristo, al tiempo que fomenta un énfasis antibíblico en fijar fechas. O bien los primeros tres años y medio aún son futuros, en cuyo caso se niega la verdad de un regreso inminente de Cristo, o bien es posible que ya se haya entrado inadvertidamente en la semana setenta, en cuyo caso cabría esperar que los acontecimientos actuales coincidieran con los sellos y las trompetas de Apocalipsis 5–11. Harrison vacila entre las dos posturas. En The End, emplea argumentos típicamente postribulacionistas contra la inminencia:
Para Pedro no había posibilidad de tal experiencia, pues nuestro Señor le había dicho que viviría hasta la vejez y moriría como mártir…. Todo lo que Pedro predicó y escribió lo hizo con la perspectiva de la muerte…. Para Pablo, la comisión de su Señor … lo dejó frente a una larga carrera de predicación que excluía, durante gran parte de su vida, cualquier regreso momentáneo de Cristo. Él advierte que la apostasía debe venir primero … y “que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos”.[17]
Vemos por las Escrituras que Cristo no pudo haber regresado en vida de Pedro ni en los días de los apóstoles; ni antes de la Reforma; ni antes de que se complete el programa misionero; ni antes de que la apostasía nos haya alcanzado; ni antes de los últimos días en los que parece que vivimos.[18]
En His Coming se intenta rescatar un regreso inminente,[19] pero la única manera que el autor encuentra de no abandonar la verdad de que Cristo puede venir en cualquier momento es decir que la Iglesia ya se encuentra en el tiempo de las trompetas, lo cual, por supuesto, conduce a fijar fechas.
En ambos libros de Harrison se ilustra abundantemente la tendencia a fijar fechas que induce la postura midtribulacionista. Se sostiene, por ejemplo, que el “tiempo del fin” comenzó con la guerra mundial de 1914-18, que las trompetas del Apocalipsis comenzaron a sonar en la Segunda Guerra Mundial, ¡y que el espacio de aproximadamente media hora de Apocalipsis 8:1 mide el tiempo entre ambos conflictos! Tal novedad es el resultado natural de la teoría de que la Iglesia pudo haber entrado ya en la primera mitad secreta del período de la Tribulación.
(7) Aun si el rapto se colocara en el capítulo once del Apocalipsis, sería fácil probar que las condiciones de la Tribulación existen mucho antes de ese punto, incluso a lo largo de la primera mitad de la semana. Un examen de Apocalipsis 6–11 revela fácilmente si lo que precede a la séptima trompeta se llama “ira”, si se llama “gran tribulación” o si incluye a los mártires de la Tribulación. Tanto los pretribulacionistas como los postribulacionistas coinciden en que los sellos y las trompetas son claramente parte de la Tribulación y, muy probablemente, ocurren durante la segunda mitad, más severa, de este período. El propio midtribulacionista H. W. H. concede que todo lo que sigue al sexto sello queda dentro de la Gran Tribulación.
Sin embargo, aun desde el terreno pretribulacionista se puede demostrar que prevalecerán condiciones definidas de Tribulación durante la primera mitad, menos severa, de estos siete años. El Espíritu Santo, como Presencia permanente en este mundo, se habrá ido; su ministerio como el que detiene habrá terminado. La influencia preservadora y el testimonio de la Iglesia habrán pasado, pues ella estará con su Señor en el cielo. Satanás será arrojado a la tierra (Ap. 12:7-13), y esto antes de que la mujer, Israel, huya al desierto durante los últimos tres años y medio. Durante este período inicial, el Anticristo y el falso profeta tendrán el control, aunque veladas sus verdaderas identidades, pues hacen un pacto con Israel. Aun en forma velada, el Anticristo conocerá su propósito y su programa y, con Satanás como amo, ¡no será meramente “un estadista amante de la paz y bien intencionado”![20]
Además, esta primera mitad de la semana difiere de la actual era de la Iglesia porque el énfasis principal de Dios está en las naciones impías y en Israel, con su templo, su pacto y sus sacrificios (Daniel 9:27). Los convertidos durante el período de la Tribulación estarán ya sujetos a persecución y martirio. La persecución de Israel comienza, obviamente, en algún punto de la primera mitad de la semana, pues es llevado al desierto durante los últimos tres años y medio (Ap. 12:14). Asimismo, los dos testigos comienzan su profecía, con las plagas y los juicios que la acompañan, durante la primera mitad de la semana. Esto parece obvio, pues el período de su profecía se fija en mil doscientos sesenta días (Ap. 11:3), tres años y medio completos, y sin embargo ascienden al cielo en la misma hora del segundo ay (Ap. 11:12-14). La tercera trompeta del ay, que incorpora las siete copas de la ira de Dios, sigue a su muerte. Si las copas abarcan la segunda mitad de la semana, entonces el testimonio de los testigos cae dentro de la primera mitad. Si las copas ocupan solo una parte de la segunda mitad, entonces la profecía de los testigos se traslapa con ambas mitades. En cualquier caso, comienzan su ministerio durante los primeros tres años y medio, y la naturaleza misma de sus juicios habla de condiciones de Tribulación (Ap. 11:5, 6, 10).
Ya se coloque el rapto en el capítulo cuarto o tan tarde como en el capítulo once del Apocalipsis, es sumamente difícil eludir la conclusión de que la característica principal de los siete años completos es la de una horrenda Tribulación.
II. ¿Está el rapto en Apocalipsis once?
Se han presentado varias razones para colocar el rapto de la Iglesia en el capítulo once del Apocalipsis. Estas merecen al menos un breve comentario antes de pasar al asunto central: la identificación de la séptima trompeta de Apocalipsis 11:15 con la final trompeta de 1 Corintios 15:52 y 1 Tesalonicenses 4:16. Una vez más, el claro compromiso de Harrison con la postura midtribulacionista justifica tomar sus opiniones como la norma para quienes colocan el rapto a la mitad de la semana setenta de Daniel.
(1) Se ve simbolizado el rapto de la Iglesia en la resurrección y ascensión de los dos testigos: “Ahora bien, si los dos testigos son símbolo de una ‘compañía mayor de testigos’, entonces su resurrección y ascensión deben ser símbolo de la resurrección y el rapto de esa compañía mayor”.[21] Pero los dos testigos no son símbolos. La interpretación normal y literal del pasaje, que incluye los detalles de su vestidura, su profecía y sus plagas, indica que son hombres individuales. Se habla de ellos como “dos profetas”, y cuando son muertos, sus cadáveres yacen un período de tiempo determinado en una ciudad literal que se identifica como Jerusalén. No tendría sentido decir que cuerpos simbólicos fueron muertos para luego yacer en calles literales, como tampoco lo tendría negarles una sepultura literal en sepulcros simbólicos. Evidentemente, la narración de los dos testigos debe tomarse literalmente.
(2) Se afirma que estos dos testigos simbolizan las dos clases presentes en el rapto: los “muertos” y los “vivos”.[22] Esta idea se derrumba cuando se recuerda que ambos testigos mueren y tienen que ser resucitados. Tampoco es en modo alguno seguro, como se afirma, que sean Moisés y Elías (otros dicen Enoc y Elías), aunque testifiquen con un poder igual al de aquellos profetas del Antiguo Testamento.
(3) La “nube” de Apocalipsis 11:12 se identifica con la de 1 Tesalonicenses 4:17, “una referencia definida a la presencia del Señor: la parusía”.[23] También aquí, toda identificación de ambas es sumamente precaria. Muchas veces en la Escritura la presencia de Dios se indica mediante una nube, pero eso no indica que dos referencias semejantes en dos libros distintos, de diferentes autores, hablen necesariamente de la misma aparición del Señor, y mucho menos de la parusía de Cristo.
(4) Tampoco la “gran voz” que ordena a los testigos “Subid acá” tiene necesariamente relación alguna, ni siquiera remota, con la “voz de mando” ni con la “voz de arcángel” del pasaje paulino. No carece de importancia que, en el rapto, “el Señor mismo descenderá del cielo”, mientras que aquí, en Apocalipsis 11, la voz viene del cielo y los llama a subir allá.
(5) La mención de que “tu ira ha venido”, una vez que suena la séptima trompeta, se usa para mostrar que la ira comienza después de que la Iglesia es arrebatada, pero, como se señaló, no se cita la referencia anterior a la ira en 6:16, 17.
(6) En todo momento se supone, sin ninguna prueba en particular, que la séptima trompeta cae a la mitad de la semana. Sin embargo, en 11:17-19 el toque de la séptima trompeta se asocia claramente con el reinado de Cristo, el juicio de los muertos y la recompensa a “tus siervos los profetas”, todo lo cual ocurre al final de la Tribulación con la revelación de Cristo y la resurrección de Israel, momento en el cual “los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap. 11:15).
Es muy evidente que la séptima trompeta lleva la cronología del libro hasta muy cerca del tiempo del fin, y hace sumamente difícil identificarla con un supuesto rapto a la mitad de la Tribulación. Los postribulacionistas son un poco más coherentes en este punto, pues identifican la séptima trompeta con el día de la revelación de Cristo, el último día del período de siete años. Sin embargo, aun ellos tienen dificultad al hacerlo, pues las siete copas de la ira, que contienen las siete plagas postreras, siguen todas al toque de esta séptima trompeta, aunque evidentemente en rápida sucesión como la consumación de los juicios de Dios. La séptima trompeta está evidentemente cerca del final de la Tribulación, asociada como está con la resurrección, la recompensa y el reinado, pero no puede estar en el último día, por los siete juicios de las copas que han de seguir. Los midtribulacionistas tienen que esforzarse por explicar por qué creen que nada de lo que precede a la séptima trompeta pertenece a la Tribulación, mientras que los postribulacionistas se ven avergonzados por el registro de siete copas que siguen a la trompeta que presuntamente señala la revelación de Cristo y el fin de todo juicio semejante.
Ambas dificultades surgen de una identificación falaz de la séptima trompeta de Juan con la “final trompeta” de Pablo, problema que se tratará en breve. Los pretribulacionistas, que no hacen tal suposición, son libres de dar a la séptima trompeta un lugar normal y natural en la cronología de la Tribulación, evidentemente bien avanzado el período, pero no en el último día, y ciertamente no a la mitad de la semana. Un rapto en Apocalipsis 11 causa estragos en todo intento de comprender la cronología de un libro que, sin duda, es difícil.
(7) En Apocalipsis 10:7: “sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta, el misterio de Dios será consumado, como él lo anunció a sus siervos los profetas”, los midtribulacionistas encuentran en este versículo la prueba de la compleción de la Iglesia, justo antes de su rapto. El texto es oscuro, como lo indica el hecho de que Harrison lo vincula también con el “misterio de la piedad” (1 Ti. 3:16) y con los “misterios del reino de los cielos” (Mt. 13).[24] Una mejor explicación, al parecer, es la que ofrece Ironside acerca de este “misterio”:
Este es el tema del rollo de los siete sellos: la reivindicación de la santidad de Dios al haber tolerado por tanto tiempo el mal en su universo. ¿Qué mayor misterio enfrenta y confunde a la mente humana que la pregunta: ¿Por qué permite Dios que tan a menudo triunfe la injusticia? Es lo que los hombres llaman el misterio de la Providencia; pero Providencia no es más que otro nombre para Dios. Este es su secreto. Lo revelará a su debido tiempo, y todo quedará claro como el día…. Su triunfo final sobre todo mal es lo que se presenta con tanta viveza en el cuadro, de rápidos cambios, del Apocalipsis. …[25]
Aquí, pues, no se trata del misterio de la compleción de la Iglesia, sino de la consumación del misterio del dominio de Satanás y de la larga tolerancia de Dios hacia la iniquidad, consumado en la atadura de Satanás cuando Cristo destruya a sus enemigos con el resplandor de su venida. Es el llevar a su culminación el “misterio de la iniquidad” que se halla en 2 Tesalonicenses 2:7.
Parece innecesario prolongar estos comentarios sobre la teoría de que el rapto cae en Apocalipsis 11. Decir que “el templo de Dios fue abierto en el cielo” (v. 19) indica que los cuerpos de los creyentes (el templo del Espíritu Santo, 1 Co. 3:16) están ahora en el cielo;[26] decir que los dos testigos simbolizan a los muertos y a los vivos en la venida de Cristo; decir que el “misterio” y la “nube” son los que se hallan en 1 Tesalonicenses 4: todo esto es un intento de probar una doctrina a partir de semejanzas superficiales. Son la cáscara, y no el trigo, de la verdadera exégesis. Es cierto que pueden mostrarse algunos paralelos interesantes entre la experiencia de los testigos y la de la Iglesia, pero esto puede hacerse con la traslación de Elías o con la ascensión de Cristo, pues los paralelos y las semejanzas abundan a lo largo de la Escritura. La verdadera identificación de un acontecimiento con otro debe apoyarse en semejanzas más definidas y más bíblicas que estas. Como escribe Newell (lacónicamente) acerca de Apocalipsis 11 y los dos testigos:
¿Dónde están las iglesias? ¡Hermanos, no están allí! La gente está ocupada en algo completamente distinto. “Y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros; porque estos dos profetas habían atormentado a los moradores de la tierra.” Toda la tierra estaba en sus manos para juzgarla y atormentarla. ¿Dónde está el ministerio de la reconciliación en aquel día? ¿Dónde están los embajadores que antes rogaban en nombre de Cristo que se reconciliaran con Dios? ¡Aquel día ya pasó! Las personas con discernimiento lo ven. Dios está haciendo otra cosa entonces; el juicio está en marcha. E Israel y las naciones están involucrados en él, ¡no la Iglesia![27]
III. La séptima trompeta y la “final trompeta”
La identificación de la séptima trompeta de Apocalipsis 11:15 con la final trompeta de 1 Corintios 15:52 y 1 Tesalonicenses 4:16 es probablemente la clave más importante de la teoría del rapto a mitad de la Tribulación. Toda la estructura de esta postura se sostiene o se cae según la capacidad de sus adherentes para probar tres proposiciones relacionadas: primera, que la séptima trompeta cae a la mitad de la semana; segunda, que nada anterior a esta trompeta es Tribulación; y tercera, que la séptima trompeta es idéntica a la “final trompeta”. Las evidentes debilidades de las dos primeras proposiciones ya se han demostrado, y la falacia de la tercera será aún más transparente.
(1) Toda identificación de estas dos trompetas se basa, en el mejor de los casos, en la semejanza superficial de que una se designa como “final”, mientras que la otra completa una serie de siete. De manera bastante ingenua, tanto los midtribulacionistas como los postribulacionistas suponen que esto es evidencia suficiente para probar que son idénticas.
Entonces el mismo ángel poderoso levanta su mano al cielo y jura que ha llegado el Tiempo del Fin, declarando que durante los días en que el séptimo ángel toque su trompeta, el misterio de Dios sería consumado. Se recordará que el rapto ha de tener lugar, según 1 Corintios quince, cincuenta y dos, al sonar la séptima trompeta, y que a la Iglesia se le llama un misterio. Al parecer, la Iglesia asciende cuando el séptimo ángel toca su trompeta.[28]
La misma suposición se hace con mayor énfasis todavía:
San Pablo, por inspiración del Espíritu, sitúa definitivamente la Resurrección y el Rapto de los santos mediante la venida de Cristo “a la final trompeta” (1 Co. 15:51, 52). Esta es una ubicación específica del acontecimiento. Sin duda alguna, el Espíritu Santo reveló el hecho e inspiró su registro. ¿Cómo se atreve alguien a ubicarlo en otro lugar? … ¿Podemos postular el Rapto en algún otro lugar que no sea el dado por y mediante el apóstol Pablo y pretender mantener la integridad de la Palabra de Dios? … Cuando, sin embargo, lleguemos a la última Trompeta del Apocalipsis, la última de la serie, hallaremos mucha evidencia satisfactoria de que el acontecimiento realmente está ocurriendo.[29]
Esta identificación de las dos trompetas no es nueva. Hermann Olshausen, en su Biblical Commentary on the New Testament, había hecho la misma afirmación casi cien años antes, aunque añadiendo: “Por supuesto, la expresión [última trompeta] debe entenderse figuradamente, como alusiva a alguna estupenda influencia espiritual que despierta a la humanidad para algún propósito poderoso”.[30] Sin embargo, nos inclinamos más a coincidir con Ellicott, quien dice:
No hay fundamentos suficientes para suponer que haya aquí [en 1 Co. 15:52] referencia alguna a la séptima trompeta apocalíptica (Ap. 11:15)…. Esta σαλπιγξ [trompeta] el Apóstol la llama aquí εσχατη [final], no con referencia a una serie anterior … sino en relación con el cierre de este αιωυ [siglo] y la última escena de la historia de este mundo.[31]
Creemos que la “final trompeta” cerrará la era de la Iglesia, pero que sonará varios años antes de las siete trompetas de juicio del Apocalipsis.
(2) Hay muchas referencias a trompetas en la Palabra de Dios. A menos que haya evidencia clara y concreta, es muy precario identificar trompetas halladas en diferentes partes de la Biblia. La “final trompeta” de Pablo no tiene por qué ser la misma que la “séptima trompeta” de Juan, y menos aún cuando están a la vista temas diferentes. Además, las trompetas sirven para diversos propósitos. En Levítico 23:24 había “una conmemoración al son de trompetas, una santa convocación” (cf. Nm. 29:1-6). De Números 10:1-10 se desprende que las mismas trompetas se usaban para propósitos muy distintos: “para convocar la congregación”, “para hacer mover los campamentos”, para reunir a los “príncipes … de Israel”, para “tocar alarma” y para tocar “las trompetas sobre vuestros holocaustos, y sobre vuestros sacrificios de paz”.
El toque mismo de las trompetas no era el asunto central: “Mas cuando hayáis de reunir la congregación, tocaréis, mas no con sonido de alarma” (v. 7). La pregunta importante es: “¿qué melodía tocaban las trompetas?”. Aun cuando dos trompetas puedan identificarse claramente como la misma, eso por sí solo no basta para probar que cada toque de trompeta ordena la misma acción. Tampoco las trompetas de Israel servían para llamar a los paganos ni a ninguna otra nación fuera del campamento. Es sumamente arbitrario afirmar: “Las Trompetas, en su aspecto religioso, sirven para reunir al pueblo terrenal de Dios en su tierra y a su pueblo celestial en el cielo”.[32]
(3) Ahora bien, tratando más directamente el asunto de la identificación de las dos trompetas, se pregunta: “¿Cómo puede sonar una trompeta para la Iglesia antes de otras siete trompetas y seguir llamándose la ‘final trompeta’?”. Es una pregunta justa, pero la respuesta sencilla es que la “final trompeta” y la séptima trompeta son cada una la última en su propio ámbito. La “final trompeta” es la última con respecto a la Iglesia y, si ha de hallarse una mención de ella en el libro de Apocalipsis, que se la identifique con la voz de trompeta de 4:1 que dijo: “Sube acá”, y no con la última de una serie de juicios de trompeta que conciernen, no a la Iglesia, sino a Israel y a las naciones en la Tribulación. La “séptima trompeta” de Apocalipsis 11 es “final” solo con respecto a las otras seis de la serie. Ciertamente no es la última trompeta que sonará en el tiempo y la eternidad, ni siquiera con respecto a la Tribulación y el regreso del Señor. La trompeta de Mateo 24:31, que sirve para reunir a los escogidos de Dios, es “inmediatamente después de la tribulación de aquellos días” (v. 29), y por lo tanto sigue (en el tiempo) al toque de la séptima trompeta. Harrison lo admite,[33] pero Lang se equivoca cuando afirma: “La última trompeta de la Escritura está registrada en Ap. 11:15-18”.[34] El mero hecho de que otra trompeta deba sonar después de la Tribulación, que obviamente es posterior a la séptima trompeta, lleva a creer que el toque de una trompeta tendrá un lugar prominente en la experiencia de Israel durante el Milenio; una expectativa muy normal, a juzgar por la historia de Israel. Sería muy anormal afirmar dogmáticamente que ninguna trompeta hará oír su voz por toda la eternidad, simplemente porque la señal final de la era de la Iglesia se designe como la “final trompeta”.
(4) Nuevamente, cabe preguntar: “¿Cómo puede llamarse con razón ‘final’ a una trompeta tocada para la Iglesia en un rapto pretribulacional, cuando ninguna trompeta la precede y siete la siguen?”. Como se ha visto, el hecho de que haya trompetas posteriores no es un problema. Hasta un escolar sabe que el toque de “la última campana” por la mañana no significa que la campana no sonará a intervalos regulares durante el día. En cuanto a la objeción de que una sola trompeta no puede llamarse propiamente “final”, la explicación de Silver al respecto es muy plausible: “No es improbable que se toquen dos toques en rápida sucesión. Suena la ‘trompeta de Dios’ y los muertos resucitan; casi al instante suena de nuevo y los vivos son transformados”.[35] Si así fuera, puesto que los muertos han de resucitar primero, la trompeta de 1 Tesalonicenses 4:16 despertará a los muertos en Cristo, y la trompeta de 1 Corintios 15:52 (la “final trompeta”) convocará a la presencia del Señor a los que han sido resucitados y a los que están vivos y creen en Cristo.[36]
Tampoco es improbable que haya señales de trompeta adicionales en los últimos días, además de las que indica la Escritura. Aunque los méritos del pretribulacionismo no dependen de detalles como estos, ciertamente no hay nada que derribe o debilite esta postura en la supuesta identificación de la “trompeta” de Pablo con la “séptima trompeta” de Juan.
(5) Además, hay claros puntos de desemejanza entre estas trompetas. Los contextos en cuestión son enormemente distintos. Las trompetas del Apocalipsis introducen juicios de Dios; dan origen a un tiempo de sufrimiento sin paralelo y abarcan a las naciones impías de la tierra. La trompeta de 1 Corintios 15 y 1 Tesalonicenses 4 es claramente para la Iglesia, no implica nada de juicio ni de otra cosa relacionada con los impíos, e introduce para el creyente en Cristo un tiempo de gloria y privilegio sin precedentes, incluso el gozo de su presencia. En la sección de las trompetas del Apocalipsis no hay indicio alguno de traslación, sino una precipitada carrera hacia la culminación de la terrible ira de Dios y de su juicio seguro. Hay indicios de que los toques de las siete trompetas se extienden a lo largo del respectivo período de juicio que cada una introduce, así como en Éxodo 19:19: “el sonido de la bocina iba aumentando en extremo”, y en Josué 6:5, 13, en la conquista de Jericó: “los sacerdotes … iban andando y tocando las bocinas”. Así, Apocalipsis 10:7 habla de “los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta”. No hay aquí paralelo con una señal de trompeta para que las huestes de los redimidos asciendan, señal que ha de caracterizarse como “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta”. Todo esto habla de brevedad, de rapidez, de una traslación instantánea, y ciertamente no de un toque prolongado de trompeta ni de un período de días o semanas durante el cual se derraman los siete últimos juicios de Dios.
Además, la terminología misma que describe las trompetas difiere. Se dice que la séptima trompeta es tocada por un ángel, pero la “final trompeta” se designa claramente como “la trompeta de Dios”. Aunque no se sostiene que cada trompeta angélica no pueda ser una trompeta de Dios, en la medida en que los ángeles han sido comisionados para cumplir la voluntad de Dios, no se sigue automáticamente que la última de estas siete sea la trompeta de Dios. Strombeck comenta:
Por lo tanto, en la búsqueda de “la final trompeta” hay que guiarse por el hecho de que es la trompeta propia de Dios, tocada por el Señor mismo. En vista de esto, difícilmente se estaría dispuesto a sostener que la última trompeta de Dios es la última de una serie de trompetas tocadas por los sacerdotes del sacerdocio aarónico. Estas no eran de la misma clase que la trompeta de Dios. Recordando que los ángeles son solo un poco superiores al hombre, es igualmente contrario a las leyes de la lógica decir que “la final trompeta”, que es la trompeta propia de Dios, es la última de una serie de trompetas tocadas por ángeles. Tanto los hombres como los ángeles son criaturas de Dios. No pueden tocar la trompeta del Creador.[37]
Cuando los midtribulacionistas identifican el rapto de la Iglesia con la ascensión de los dos testigos en Apocalipsis 11:12, parecen pasar por alto por completo el hecho de que la séptima trompeta no suena sino hasta 11:15, con el gran terremoto del “segundo ay” de por medio. Así, en Apocalipsis 11 la resurrección (si es que esta se tipifica allí) precede a la séptima trompeta y se halla en el tiempo de la sexta, mientras que en 1 Corintios 15 la resurrección es “a [έυ] la final trompeta”, y en 1 Tesalonicenses 4 el Señor desciende “con trompeta”. La supuesta identificación de estas trompetas fuerza las Escrituras en cada punto de la investigación, y sin embargo este es el núcleo del argumento midtribulacionista. En lugar de una identificación positiva de las dos trompetas en cuestión, lo mejor que puede ofrecer el midtribulacionismo es una semejanza superficial y endeble, una semejanza que se derrumba dondequiera y cuandoquiera que se examina a la luz de las Escrituras pertinentes.
(6) Por la naturaleza misma de su postura, los midtribulacionistas deben acudir al capítulo once del Apocalipsis, con su relato de la resurrección de los dos testigos y el toque de la séptima trompeta, para hallar algo que siquiera vagamente se asemeje a un rapto de los santos a la mitad de la semana. Desde el punto de vista de quienes se esfuerzan por hallar allí algún apoyo tangible para esta teoría, el capítulo debe resultar muy decepcionante. Lo que se tiene a la vista es la antigua ciudad de Jerusalén, con su templo, su atrio y su altar, difícilmente el escenario donde hallar doctrina vital de la Iglesia. Los testigos y su ministerio dan toda muestra de ser literales y no pueden relegarse a la condición de símbolos, y menos aún de los creyentes en Cristo muertos y vivos. La cronología de todo el esquema es errónea, pues los testigos resucitan en el tiempo de la sexta trompeta y no de la séptima, mientras que esta séptima trompeta se identifica con acontecimientos del final de la semana y no con su punto medio. Si algo anterior al toque de la séptima trompeta cae dentro de la dispensación de la gracia, entonces la gracia ya no es gracia, o bien los sellos y las trompetas tendrían que volverse dulces y deseables, en cuyo caso el lenguaje deja de tener un significado real. Nada menos que la más flagrante espiritualización puede negar que la Tribulación comienza con Apocalipsis 6 y la “gran tribulación” a más tardar en 7:14. Como se demostró, la más mínima semejanza superficial vincula la trompeta de Apocalipsis 11:15 con la “final trompeta” que suena en el rapto de la Iglesia; fuera de eso, todo lo demás es contraste. Harrison presenta “seis evidencias que vinculan la Segunda Guerra Mundial con las Trompetas de Apocalipsis 8”,[38] pero, puesto que el error es tan evidente en la cronología de las primeras seis trompetas, al situar su toque hacia 1941, difícilmente cabe esperar que la cronología de la séptima sea menos errónea. Acerca del capítulo once del Apocalipsis, Ottman dice: “Los intérpretes del Apocalipsis muestran más confusión en la exposición de este capítulo que en cualquier otro”, y cita las palabras del deán Alford de que este capítulo es “sin duda uno de los más difíciles de todo el Apocalipsis”.[39] Es sobre este capítulo que los midtribulacionistas se apoyan con mayor peso para demostrar su tesis, pero, en lugar de confirmarla como verdadera, el capítulo expone su error y hace pedazos la teoría.
IV. Apocalipsis 4 y los veinticuatro ancianos
Queda una línea de argumentación midtribulacionista que exige algún reconocimiento. Expresada en forma sencilla, es la proposición negativa de que no hay indicio alguno del rapto en Apocalipsis 4, ni siquiera de manera simbólica, cuando Juan responde a la convocatoria: “Sube acá”. Harrison propone siete razones por las cuales el rapto no puede ocurrir en este punto del libro y, para dar una audiencia completa, estas se considerarán brevemente, aunque poco se gana con tal negación si no puede establecerse más adelante, en el Apocalipsis, el lugar del rapto.
A. ¿Qué sucede en Apocalipsis 4:1?
(1) “Después de esto miré … oí … yo estaba” registra meramente la experiencia personal del vidente. Se argumenta que es solo un cambio de punto de vista, pues Juan ha visto y registrado “estas cosas” y ahora pasa a registrar “otras cosas”. Pero hay más en el versículo que esto. Están implicados un cambio de tiempo y de lugar, pues con las palabras “sube acá”, la escena se traslada hacia el futuro y pasa de la tierra al cielo. Jesús ya no se ve como un Sacerdote mediador que “anda en medio de los candeleros”, sino que aparece con un carácter completamente distinto y para la ejecución de otros propósitos.[40] Ver el rapto en este punto del Apocalipsis corresponde perfectamente con 1:19, que es la clave cronológica casi indiscutida del libro. La actual era de la Iglesia corresponde a “las que son”, y “las que han de ser después de estas” (μετά ταΰτα) se refiere evidentemente a acontecimientos que sucederán después de que la era de la Iglesia haya concluido. Siendo así, resulta evidente que 4:1 comienza la sección futurista del Apocalipsis, identificada como está por el doble uso de la expresión μετά ταΰτα. Juan ha estado hablando de cosas que conciernen a las iglesias, pero ahora está por desplegar su visión de las condiciones sobre la tierra y de los acontecimientos en el cielo después de que el programa de Dios para las iglesias haya terminado.
(2) Se dice además que “estas cosas” se refieren a las iglesias visibles que continúan en la Tribulación, y (3) que un rapto en este punto es incongruente con el plan estructural del libro: la Iglesia, una vez mencionada, queda para desempeñar su papel aunque no se la vuelva a mencionar. Es difícil hallar peso alguno que sustente estos dos argumentos, pues en gran medida dan por supuesto lo que el autor se ha propuesto probar, a saber, que la Iglesia continúa más allá de este punto del libro.
(4) Se argumenta que el orden revelado de la cosecha, “primero la cizaña” (Mt. 13:30), indica que los sellos y las trompetas deben cosechar la cizaña antes de que el Señor de la cosecha recoja el “trigo” en su granero. Pero esto difícilmente es concluyente, pues en Mateo 13 son los ángeles quienes siegan, no la Bestia ni Satanás. El tiempo de la siega lo fija Dios y comienza en Apocalipsis 14:15, no en el capítulo 6 con la apertura del primer sello. Es muy peculiar que nuestro autor argumente que los sellos y las trompetas cosechan la cizaña, pues, según su postura, estos caen en la mitad dulce de los siete años y no forman parte de la Tribulación en absoluto, sino que pertenecen a las escenas finales de la era de la Iglesia.
(5) No aparece ninguna compañía de redimidos en gloria. La posición y la descripción de los veinticuatro ancianos no sugieren ninguna compañía de personas como la que tendría que estar presente después del rapto. Puesto que tanto los midtribulacionistas como los postribulacionistas sostienen enérgicamente que los ancianos no pueden representar a la Iglesia, la identificación de esta interesante compañía recibirá muy pronto un tratamiento más detallado.
(6) Ninguno de los acompañamientos revelados de la venida de Cristo está aquí en este pasaje. Pero esto no es cierto, pues la traslación se sugiere en las palabras “sube acá”, y hay una voz como de trompeta, una puerta abierta en el cielo y una compañía de redimidos con sus coronas. Todo esto, sin embargo, no viene directamente al caso. No hay necesidad de que todos los acompañamientos del rapto se reiteren en cada mención del acontecimiento. Ni es necesario para el pretribulacionismo hallar el rapto en absoluto en esta experiencia de Juan.
Cronológicamente, lo más probable es que el rapto ocurra entre los capítulos tercero y cuarto. La sección de la Tribulación del Apocalipsis presupone que el rapto ya pasó, y ni el rapto ni la Iglesia se mencionan en ella en absoluto. Está a la vista el juicio, y las personas involucradas son los que moran sobre la tierra. A partir de este punto, los redimidos se ven en gloria, y cuando Cristo regresa a la tierra, trae consigo a sus santos.
(7) La última de estas razones, que se dice concluyente, es que Pablo sitúa el rapto en la “final trompeta”, identificada con la séptima trompeta de Apocalipsis 11. Algunas de las dificultades de esta postura ya se han demostrado. De estas siete razones se puede concluir con seguridad que, aunque la experiencia de Juan no tiene por qué tipificar el rapto, no se ha probado que no pueda hacerlo y, lo que es más importante, tampoco se ha refutado que el rapto ocurra en este punto de la cronología del libro. Los pretribulacionistas creen que, desde el punto de vista de Apocalipsis 4:1, Juan mira hacia abajo a un mundo desgarrado por los juicios de la Tribulación, del cual ya han sido quitados la Iglesia y la restricción del Espíritu Santo. En cuanto a la compañía que se contempla en el cielo, aunque no es esencial para el pretribulacionismo probar que los ancianos representan en efecto a la Iglesia en gloria, si tal identidad puede demostrarse, el caso se vuelve tanto más inexpugnable.
B. ¿Quiénes son los veinticuatro ancianos?
La primera visión trascendental que saludó los ojos del apóstol Juan cuando fue arrebatado al cielo para contemplar “las cosas que han de ser después de estas” fue un trono puesto en el cielo, y Uno sentado en el trono, rodeado de veinticuatro ancianos, cada uno de los cuales estaba sentado en un trono, con coronas de oro y vestiduras blancas. ¿Quiénes son estos individuos gloriosos y privilegiados, sentados en un lugar de tal preeminencia alrededor del Cristo glorificado? ¿Hay alguna manera de determinar su verdadera identidad? Se les menciona doce veces en el Apocalipsis, y solo en la porción en que la Iglesia ya no se ve en la tierra (Ap. 4:4, 10; 5:5, 6, 8, 11, 14; 7:11, 13; 11:16; 14:3; 19:4). ¿Representan ellos, como se cree ampliamente, la imagen de la Iglesia glorificada? Hay varios factores que intervienen para hallar respuesta a estas preguntas.
No son un grupo simbólico. Es muy difícil concebir que Juan sostenga una conversación con la vigésimo cuarta parte de una hueste simbólica (Ap. 5:5). Estos ancianos son individuos, aunque su título y sus acciones indican que funcionan en un sentido representativo (Ap. 5:8). Se recordará que, cuando a Moisés se le ordenó dar el mensaje de Dios a los hijos de Israel, lo hizo por medio de los ancianos del pueblo (Éx. 19:3-8). Asimismo, en el Nuevo Testamento el oficio de anciano es representativo (Hch. 15:2; 20:17); de modo que, aunque los ancianos del Apocalipsis no pueden simbolizar a la Iglesia en gloria, sí pueden ser representantes de la Iglesia y, así, indicar aún la presencia de ese cuerpo glorificado en el cielo antes del juicio de la Tribulación. Reconocer a estos ancianos como representantes de la Iglesia supera la objeción: “Si hubiera estado presente una compañía tan grande de redimidos, su omisión de aparecer y unirse al Nuevo Cántico sería totalmente inexplicable”.[41]
Pero debe recordarse que el rapto solo añadirá un número relativamente pequeño a la multitud de santos que ya están “con Cristo”. Aun si el Dr. Harrison tuviera razón, todavía debería haber un gran número de santos en el cielo. En conversación privada, el Dr. Harrison ha reconocido este hecho, pero declaró que estos creyentes deben estar en alguna otra parte del cielo, pues este es lo bastante vasto para que no aparezcan en la escena descrita en Apocalipsis 4–5. Si es así, ¿por qué no podrían estar también allí, en esa parte remota del cielo, los santos raptados? Es más fácil creer que los veinticuatro ancianos representan a la Iglesia.[42]
Harrison dice que “no hay indicio de que aquellos a quienes representan estén allí con ellos. Todo lo contrario: siempre aparecen y actúan en su capacidad individual”.[43] Si esto fuera cierto, después del rapto que Harrison ubica en Apocalipsis 11:12, su número debería aumentar de manera apreciable, lo cual, sin embargo, no ocurre (Ap. 11:16). Veinticuatro bien puede ser el número mismo de la representación, como ocurría con el número de los turnos del sacerdocio levítico (1 Cr. 24:1-19).
Para avanzar en la identificación de los ancianos: no son ángeles (Ap. 5:11; 7:11), pues los ángeles están agrupados alrededor de los ancianos; ni son lo mismo que los cuatro seres vivientes. Cada vez que se menciona a los ancianos, se les distingue claramente de los seres celestiales. La Escritura nunca habla de ángeles coronados ni sentados en tronos; nunca se les designa ancianos, ni se dice que canten. Tampoco podrían los ángeles unirse jamás al cántico de los redimidos, pues no se proveyó redención para los ángeles que dejaron su primer estado, mientras que los ángeles que no cayeron no necesitan redención. En cambio, todos estos privilegios de los que los ángeles están excluidos están abiertos a la Iglesia (Mt. 19:28; 1 P. 5:4; 2 Ti. 4:8).
Estos 24 ancianos no son ángeles … como lo demuestran … sus vestiduras blancas y sus coronas, las recompensas de la perseverancia … sino representantes de la Iglesia, según se entiende generalmente.[44]
Hay cinco características que parecen suficientes para identificar a los ancianos como representantes de la Iglesia glorificada: su posición, su adoración, su vestidura, sus coronas y su cántico.
Su posición, en proximidad a un trono que evidentemente es el de Cristo, y el hecho de que ellos mismos ocupan tronos, indica que se tiene a la vista a la Iglesia. Se les encuentra en el lugar de honor, con una asociación real entre sus propios tronos y el trono central. Solo a la Iglesia se le promete la co-entronización con Cristo (Ap. 3:21; Mt. 19:28), así como la autoridad para juzgar a los ángeles (1 Co. 6:2, 3). Ni los veinticuatro ancianos ni sus tronos aparecen después de Apocalipsis 19:7-9. A partir de ese punto, la Iglesia se ve como la esposa de Cristo y, evidentemente, se sienta junto con el Hijo de Dios en su trono.
La identificación de los ancianos con la Iglesia se refuerza al considerar su adoración. El primer acto registrado de estos ancianos es que adoran al que está sentado en el trono. De hecho, a lo largo del libro, siempre que los ancianos se encuentran en la presencia de Cristo, están postrados en adoración ante Él.
los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas (Ap. 4:10, 11).
Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los siglos de los siglos (Ap. 5:14).
Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante de Dios en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios (Ap. 11:16).
Y los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes se postraron en tierra y adoraron a Dios, que estaba sentado en el trono, y decían: ¡Amén! ¡Aleluya! (Ap. 19:4).
Esta actitud de adoración, unida a su íntimo conocimiento de Dios y de sus obras (Juan 15:15; Ap. 5:5; 7:13-17), es lo que cabría esperar de santos arrebatados tan recientemente a la presencia de su Señor.
La identificación se hace más segura por su vestidura, pues están vestidos de blanco (Ap. 4:4), lo cual es en todo lugar típico de la justicia de los santos (Ap. 3:4, 5, 18; 7:9, 13, 14; cf. Is. 61:10). A los vencedores de Sardis se les prometió expresamente que serían vestidos de vestiduras blancas, e incluso que andarían con el Señor en vestiduras blancas. Junto con esta vestidura está el hecho de que los ancianos llevan coronas, que recuerdan la promesa hecha a los de Esmirna (Ap. 2:10) y la advertencia a los de Filadelfia (Ap. 3:11). No llevan la corona del monarca, o diadema (διάδημα), sino la corona del vencedor, ganada en el combate (στέφανος; cf. 2 Ti. 4:8; Stg. 1:12; 1 P. 5:4). El hecho de que estos ancianos representativos estén coronados indica también que la resurrección ya pasó, pues los espíritus sin cuerpo no llevan coronas. Como comenta Seiss: “El tiempo de la coronación es el tiempo de la resurrección; y nadie puede ser coronado hasta que sea resucitado, si está muerto, o trasladado, si está vivo”.[45]
Así, los santos, representados por los ancianos, han sido trasladados y han recibido sus cuerpos de resurrección. Han sido recompensados, como el Señor ha prometido (1 Co. 3:12-14; 9:25; 1 Ts. 2:19; 2 Ti. 2:12), y ahora llevan sus coronas. La indicación clara es que la resurrección y el rapto ya pasaron. De hecho, es bastante obvio que acaban de recibir sus coronas, pues ¿por qué habrían de esperar tanto, y precisamente hasta este momento, para echar sus coronas a los pies de Cristo seres angélicos que lo han adorado y reverenciado desde la eternidad pasada? ¿No es más lógico concluir que el rapto y la recompensa de los santos de la Iglesia acaban de tener lugar, que la Iglesia, recién llegada de las escenas del conflicto terrenal, en gratitud y humildad echa todas sus recompensas ante los pies del Salvador, uniéndose a los cuatro seres vivientes para atribuirle toda la gloria, la honra y el poder? (Ap. 4:9-11).
Una quinta señal que identifica a estos ancianos como representantes de la Iglesia se halla en el cántico que entonan y en las importantes declaraciones que en él se hacen:
Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra (Ap. 5:9, 10).
En este punto, tanto los midtribulacionistas como los postribulacionistas introducen su argumento principal contra la identificación de los ancianos con la Iglesia, o con representantes de la Iglesia, o con personas redimidas en absoluto. Hay un problema textual con el pronombre “nos”, tal como aparece en el cántico de los ancianos. El importante Códice Alejandrino, del siglo V, omite la palabra por completo en el versículo 9, y una variedad de manuscritos respalda la tercera persona, “los” y “ellos”, en el versículo 10. De esto se argumenta enérgicamente que los ancianos no cantan su propio cántico de redención, sino que cantan acerca de otros, de toda tribu y nación, que han sido redimidos. Si bien se admite que esta es la lectura preferida por la mayoría de los revisores, es necesario señalar que la evidencia no es de ninguna manera abrumadora.
“Nos has redimido …” (v. 9). Este texto está respaldado por el Textus Receptus, el Códice Sinaítico (siglo IV), el Códice Basiliano (siglo VIII), el Códice de San Petersburgo (aparentemente del siglo VIII), el Minúsculo 1 (de fecha incierta) y varios otros minúsculos de fecha tardía, las versiones copta, latina y armenia (siglo V), y es citado por Cipriano, obispo de Cartago (248 d. C.), y por Primasio (siglo VI).
“Y nos has hecho …” (v. 10). Esto está respaldado por el Textus Receptus, el Códice Fuldense (versión latina del siglo VI), el Códice Coisliniano (siglo X), y es citado por Arethas, obispo de Cesarea de Capadocia (siglo X).
“Y reinaremos sobre la tierra …” (v. 10). Este texto está respaldado por el Textus Receptus, los manuscritos Demidovianus (siglo XII), los manuscritos Lipsienses (siglos XIV y XV), y es citado por Arethas (siglo X), Primasio (siglo VI), Julio Firmico (345 d. C.) e Idacio (nombre bajo el cual Vigilio de Tapso publicó su obra en el 484 d. C.).[46]
También sobre este asunto de la evidencia manuscrita para mantener la redacción de la Versión Autorizada, Seiss escribe:
Ηγορασας ημας: nos has redimido. Algunos críticos y expositores han rechazado este ημας, por la razón de que se omite en el Códice Alejandrino y en la versión etíope, aunque esta última no es mucho más que una paráfrasis libre. El Códice Sinaítico, sin embargo, que fue descubierto en 1860 y que es de igual antigüedad y autoridad que el Códice Alejandrino, lo contiene. El Códice Basiliano, en el Vaticano, lo contiene. Lo contienen las versiones latina, copta o menfítica y armenia, que son de gran valor. Y lo contienen también todos los demás manuscritos y versiones. Y desacreditarlo, simple y únicamente porque no aparece en ese único Códice de Alejandría, es sumamente irrazonable e injusto para con el peso de la autoridad a favor de su conservación. El Dr. Tregelles, tras un examen completo, estaba firmemente convencido de su derecho a un lugar en el texto, antes de que apareciera el Códice Sinaítico; y la presencia de este ημας en ese manuscrito debería resolver para siempre la cuestión de su autenticidad. Las evidencias del contexto también abogan poderosamente por una construcción que necesariamente lo incluye, esté expresado o no. Lo consideramos indudablemente genuino.[47]
Lang ha observado además:
Se dice que Alford, cuando el Dr. Tregelles le aseguró que el Códice Sinaítico tiene la palabra, declaró que la volvería a insertar en su texto. Pero esto no se hizo, según se nos dice, a causa de su muerte.[48]
Puesto que existe tal respaldo textual para la lectura de la Versión Autorizada, difícilmente puede decirse que los defensores de la nueva lectura hayan obtenido una victoria arrolladora. Parecería, por el contrario, que hay mucho a favor de conservar la lectura antigua. Sin embargo, aun si se omitiera el “nos” y estos versículos se pusieran en tercera persona, seguiría sin haber fundamentos adecuados para insistir en que los ancianos cantaban sobre la redención de otros. El cántico de los redimidos, entonado por Moisés y los hijos de Israel, según se registra en Éxodo 15:13, 17, es obviamente cantado acerca de ellos mismos, pero se cantó de manera objetiva, en tercera persona.
Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste; lo llevaste con tu poder a tu santa morada…. Los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad, en el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh Jehová…. [Las cursivas son añadidas.]
Hay otros casos en el Nuevo Testamento donde se usa la tercera persona en lugar de la primera, sin duda por modestia. Pablo evidentemente habla de sí mismo cuando dijo: “Conozco a un hombre en Cristo …” (2 Co. 12:2). De manera similar, Juan se refirió a sí mismo como “el discípulo a quien amaba Jesús” (Juan 21:20). Aun si se amontonara la evidencia textual contra la lectura más antigua de Apocalipsis 5:9, 10, cosa que hasta hoy no se ha logrado, tampoco probaría que los ancianos se refirieran a otros como los redimidos de Dios. Sobre el versículo 10, Bengel escribe: “La construcción hebrea de la tercera persona por la primera tiene una relación gráfica con los redimidos, y además suena más modesta que ‘nos, sacerdotes’”.[49]
A la luz de tal evidencia, parece válido concluir que el cántico de los ancianos no lo entonan unos seres celestiales desconocidos, sino quienes han experimentado por sí mismos el poder limpiador de la sangre de Cristo. Lo que cantan de sí mismos solo puede ser verdad de la Iglesia de Jesucristo, de la cual forman parte, pues la Iglesia ha sido “redimida” (1 P. 1:18); sus miembros son “sacerdotes” (1 P. 2:5, 9; Ap. 1:6); han sido reunidos “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Hch. 1:8); y ciertamente “reinarán” con Cristo sobre la tierra (2 Ti. 2:12). También Israel tendrá un “nuevo cántico” (Ap. 14:3, cf. 15:3) y lo entonará él mismo delante del trono, de los seres vivientes y de los ancianos. No es extraño, por lo tanto, que el “nuevo cántico” de la Iglesia sea entonado por aquellos a quienes les pertenece por derecho. ¿Cómo podrían los santos glorificados permanecer en mudo silencio mientras otros cantan la historia de la redención, sin unirse al estribillo?
Considerando el respaldo textual del cántico de los ancianos y en vista de las muchas otras marcas notables de identificación, resulta sumamente sorprendente con cuánta ligereza algunos hermanos pasan por alto todo esto e insisten en que los ancianos no son redimidos, y que de hecho ni siquiera son humanos. Se ha dicho que el prejuicio “bizquea cuando mira”, y posiblemente esa sea la razón por la cual a los ancianos les ha ido tan mal. Los comentaristas que han reunido todos sus argumentos para probar que los ancianos no pueden representar a la Iglesia han dado solo las ideas más vagas acerca de qué o a quiénes piensan que representan. Lang los llama “los altos funcionarios ejecutivos del Altísimo” y “los más nobles príncipes del cielo”,[50] mientras que Reese se conforma con designarlos como “señores angélicos”.[51]
La mayoría, sin embargo, preferirá usar los nombres que los propios ancianos sugieren, a saber, “redimidos de toda nación” y “reyes y sacerdotes para Dios”. Verán en ellos a la Iglesia de Jesucristo, arrebatada para estar con Dios, recompensada y glorificada, preservada de los fuegos de la Tribulación y atribuyendo toda la gloria y la alabanza al Salvador a quien aman con corazón puro y fervientemente.
Es importante que estos ancianos nunca se ven en el cielo antes del capítulo cuarto del Apocalipsis. En una visión, Isaías vio al Señor y a los serafines celestiales, pero no vio ancianos (Is. 6:2, 3); Ezequiel miró hacia arriba, a la gloria, y vio a los cuatro seres vivientes, pero no los veinticuatro tronos con sus ancianos. Con buena razón, English pregunta:
¿Por qué Isaías, que contempló otras maravillas del cielo, que vio a los serafines, no vio a los ancianos? ¿Por qué Ezequiel, que contempló otras maravillas —las piedras preciosas y de colores, el arco iris, las glorias—, que vio a los cuatro seres vivientes, no percibió a los veinticuatro ancianos sentados en tronos? ¿Por qué no notó Juan su presencia en el cielo en su visión anterior? Estos siervos de Dios no vieron ni describieron los veinticuatro tronos, ni a los veinticuatro ancianos sentados en ellos, porque los ancianos todavía no estaban en el cielo. Fue cuando Juan fue arrebatado al cielo, en una experiencia muy semejante a la venidera traslación de la Iglesia —como espectador, sin embargo, y no como participante—, que los veinticuatro ancianos se ven por primera vez entronizados alrededor del trono del Señor. He aquí un nuevo cuerpo en el cielo, al final de la era de la Iglesia y antes de la tribulación. No son ángeles. No son los serafines. No son los querubines. No son los cuatro seres vivientes. Evidentemente son seres humanos, santos redimidos, como lo confirmará un examen más detenido del pasaje.[52]
En este capítulo se han discutido los argumentos principales a favor del midtribulacionismo, incluidos los dos pasajes principales en cuestión, los capítulos cuarto y undécimo del Apocalipsis, y los problemas clave de las trompetas y los ancianos. Ahora corresponde al lector juzgar si la teoría midtribulacionista ha sido refutada o no, y ello a partir de los pasajes más comúnmente citados a favor de esta postura. Volviendo una vez más a los ancianos, el siguiente análisis de Armerding será de interés para muchos y constituirá una conclusión apropiada para esta fase de la investigación.
De nuevo los vemos, junto con los cuatro seres vivientes, escuchando el nuevo cántico de los 144,000 que están con el Cordero sobre el monte de Sion (Ap. 14:3). Y lo último que se dice de ellos es que se postran, en compañía de los cuatro seres vivientes, y adoran al que está sentado en el trono, diciendo: “¡Amén! ¡Aleluya!” (Ap. 19:4). Este último acto suyo es característico de ellos. En efecto, hay tres cosas que parecen caracterizarlos de principio a fin: (1) su íntimo conocimiento de Cristo, (2) su cercanía a Él y (3) la adoración que le rinden. Y recordamos que nuestro Señor, al orar por los suyos, pidió que lo conocieran, que estuvieran con Él y que contemplaran su gloria (Juan 17:3, 24). Y no eran otros que los hombres que el Padre le había dado del mundo.[53]
Notas
[1] H. W. H., The Church and the Great Tribulation, p. 24. Este es un escritor midtribulacionista que ubica el rapto en Apocalipsis 7, después del sexto sello.
[2] Ibid., p. 41.
[3] Ibid., p. 19.
[4] G. H. Lang, Firstfuits and Harvests, p. 44.
[5] Ibid., p. 37.
[6] J. Oliver Buswell, Jr., extracto de una carta publicada bajo el título: “Let the Prophets Speak …” Our Hope, LVI (junio de 1950), 720.
[7] Norman B. Harrison, The End: Re-thinking the Revelation, p. 229. En este capítulo se prestará considerable atención al comentario del Dr. Harrison sobre el libro de Apocalipsis, porque probablemente es la publicación reciente más destacada que respalda extensamente la postura midtribulacionista.
[8] Harrison, His Coming, p. 50.
[9] Ibid., The End, p. 91.
[10] Ibid., pp. 119, 120.
[11] Ibid., p. 118.
[12] Ibid., p. 152.
[13] Ibid., pp. 111, 112, 94, 105.
[14] Ibid., p. 50; cf. His Coming, p. 51.
[15] Ibid., The End, p. 50.
[16] H. W. H., op. cit., pp. 9-10.
[17] Ibid., pp. 231, 232.
[18] Ibid., p. 233. Estos son esencialmente los argumentos de Cameron, y han sido respondidos en el capítulo seis.
[19] Harrison, His Coming, pp. 10-13.
[20] Ibid., p. 50.
[21] Harrison, The End, p. 117.
[22] Loc. cit.
[23] Loc. cit.
[24] Ibid., pp. 107-9.
[25] H. A. Ironside, The Mysteries of God, pp. 95, 96.
[26] Harrison, The End, op. cit., p. 119.
[27] William R. Newell, The Church and the Great Tribulation, p. 20.
[28] Oswald T. Smith, The Book of Revelation, p. 37.
[29] Harrison, The End, op. cit., pp. 74, 75. Cursivas en el original.
[30] Hermann Olshausen, Biblical Commentary on the New Testament, IV, 398.
[31] Charles J. Ellicott, St. Paul’s First Epistle to the Corinthians, p. 325.
[32] Harrison, op. cit., p. 99.
[33] Ibid., p. 75.
[34] Lang, op. cit., p. 33.
[35] Jesse Forest Silver, The Lord’s Return, p. 235.
[36] Henry C. Thiessen, Lectures in Systematic Theology, p. 485.
[37] J. F. Strombeck, First the Rapture, p. 109.
[38] Harrison, His Coming, op. cit., p. 46.
[39] Ford C. Ottman, The Unfolding of the Ages, pp. 260, 261.
[40] Ibid., p. 103.
[41] Harrison, The End, p. 83.
[42] Miner B. Stearns, reseña del libro The End: Re-thinking the Revelation, Bibliotheca Sacra, 10 (enero-marzo de 1942), 125.
[43] Harrison, op. cit., p. 78.
[44] Henry Alford, The Greek Testament, IV, 596.
[45] Joseph A. Seiss, Lectures on the Apocalypse, I, 250.
[46] R. Ludwigson, Simplified Classroom Notes on Prophecy, pp. 111, 112.
[47] Seiss, op. cit., III, 249.
[48] G. H. Lang, The Revelation of Jesus Christ, p. 126.
[49] J. A. Bengel, cited by Jamieson, Fausset and Brown, Commentary on the Whole Bible, p. 566.
[50] Lang, op. cit., p. 188.
[51] Alexander Reese, The Approaching Advent of Christ, p. 94.
[52] E. Schuyler English, “Re-Thinking the Rapture,” Our Hope, LVII (septiembre de 1950), 149.
[53] Carl Armerding, The Four and Twenty Elders, p. 10.