La Teoría del Arrebatamiento Postribulacional

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ESJ_BLG_20261003_00La Teoría del Arrebatamiento Postribulacional

POR GERALD B STANTON

Nunca es tarea agradable refutar creencias apreciadas por quienes son hermanos en Cristo, en particular hombres de una fe igualmente preciosa, no solo respecto a la persona y la obra de Cristo, sino también en cuanto al hecho y la certeza de Su regreso premilenial. Si bien es posible llenar un libro con las diferencias de opinión sobre la relación entre el arrebatamiento y la Tribulación, no sería difícil llenar muchos más con los puntos de acuerdo: la importancia, la certeza y la bendición del regreso de Cristo; la expectativa de recompensas y del reinado; la tarea de la Iglesia antes del arrebatamiento; y muchos otros rasgos importantes de nuestra común fe premilenial.

Los puntos de desacuerdo son en verdad pequeños si se comparan con las opiniones tan divergentes del amilenialismo, y los premilenialistas harían bien en recordar la unidad básica que existe a pesar de sus diferencias. No obstante, también debe recordarse que la Biblia no enseña dos sistemas distintos de profecía, ni tres, ni cuatro; y estando en juego asuntos vitales como la esperanza y el consuelo de la Iglesia, el creyente entendido procurará saber “qué dice el Señor” sobre estos temas. La interpretación de una porción asombrosamente grande de las Escrituras depende directamente de que uno acepte o rechace el pretribulacionismo.

Gran parte de los primeros siete capítulos se ha dedicado a la defensa de esa postura, o al análisis de problemas comunes tanto a la posición mesotribulacional como a la postribulacional. En este capítulo se examinarán varias de las afirmaciones y problemas propios del postribulacionismo, prestando especial atención a la postura de su principal defensor.

I. Actitudes y métodos postribulacionales

A. Actitudes ofensivas

En toda investigación donde hay una marcada división de opiniones, nunca faltan quienes recurren a un lenguaje imprudente y destemplado. Así ha ocurrido con el asunto que nos ocupa. Sin embargo, cualquiera que lea ampliamente la literatura de los cuatro puntos de vista en cuestión se verá obligado a concluir que buena parte del lenguaje áspero y de las actitudes ofensivas proviene del campo postribulacional. Algunos de los que argumentan con tanto empeño que deben pasar por la Tribulación reflejan en sus escritos una actitud de bravuconería, mezclada con desprecio hacia quienes, ya sea por ignorancia o por cobardía, no comparten esa convicción. Fromow, por ejemplo, lo expresa así: “Preguntamos con amor: ¿no hay en esta idea de escapar de la tribulación un dejo de sentimentalismo débil, invertebrado y sin carácter?”1 Para Reese, los pretribulacionistas son “darbistas” que siguen “la manía del Rapto, engendrada por teóricos”, y cuyas opiniones se consideran “basura suprema”.2 Scruby, en sus escritos, parece no conceder ni siquiera las cortesías elementales del debate, sino que habla (todo en una sola página) de llevar “la guerra al país del enemigo (enfrentar al león en su guarida, por así decirlo)… apuntar mis cañones… contra estas doctrinas engañosas… absurdos rotundos… útil en la lucha contra este engaño de los últimos días”.3 Ciertamente, esta no es la manera de convencer a los hermanos de su amor; y, por fortuna, no todos los postribulacionistas son tan mordaces.

El libro que se ha destacado como el ataque más franco contra la posición pretribulacional es un voluminoso tomo de Alexander Reese titulado The Approaching Advent of Christ (La cercana venida de Cristo). El título es algo engañoso, pues en lugar de ofrecer un análisis ordenado y provechoso de la doctrina de la segunda venida, es un ataque agudo y abierto contra los escritos de Darby y de la escuela dispensacional, ocupado principalmente en los supuestos méritos del postribulacionismo sobre el pretribulacionismo. Para que no se piense que en este punto predominan las convicciones del presente autor, he aquí parte del análisis de Hogg y Vine, comentaristas británicos conservadores:

El libro, publicado por Marshall, Morgan & Scott, Londres, 1937, no debe su volumen a la variedad ni a la abundancia de su contenido, ni a las necesidades de su argumentación. Si se eliminaran sus ataques al carácter y a la competencia de maestros —todos ellos hombres temerosos de Dios, que procuraron vivir honradamente y escribir con sinceridad, y muchos de los cuales eran al menos tan competentes y tan bien preparados como el propio Sr. Reese—, el tamaño del volumen se habría reducido considerablemente y su ambiente general se habría endulzado. Con la misma ventaja podrían haberse omitido citas extensas, de apariencia erudita e irrelevantes… Concede amplio espacio a las traducciones modernas del Nuevo Testamento… Los parafraseadores dejan de ser traductores para convertirse en intérpretes de las Escrituras. Sus lectores siempre deben tenerlo presente. Wade, por ejemplo (p. 128), parafrasea Tito 2:13 así: “Esperando con anhelo la esperanza (tan colmada de felicidad) de presenciar la Manifestación”. El Sr. Reese llama a esto una “traducción”, lo cual ciertamente no es. Puede que sea “idiomática”, pero no es lo que Pablo dijo. El cristiano no espera ser espectador de “la manifestación de la gloria”, sino participar de ella, conforme a Romanos 8:19, 29 y Colosenses 3:3-4.4

Esto da una idea del tipo de argumentación que se usa en el libro; pero, respecto a la actitud censurable que prevalece en todo él, Hogg y Vine continúan:

Acabo de leer, en una revista secular, acerca de “las cortesías del debate” que se observan en el mundo, pero estas han escapado a la atención del Sr. Reese… El Sr. Reese no parece haber decidido si aquellos a quienes ataca con tanta dureza son necios o solo bribones; ¡de hecho, su lenguaje a menudo sugiere que son ambas cosas! He aquí algunas de las cosas que dice de ellos, tomadas al azar al pasar las páginas: son culpables de “sofistería agresiva y exégesis fantástica”, y de “razonamientos mezquinos”. Prefieren “cualquier disparate a la explicación verdadera y evidente” de un pasaje, y “tuercen las Escrituras”. Su preferencia por la línea de enseñanza que favorecen “ya no es una cuestión de exégesis… Es simplemente una cuestión de ética… ¿Tenemos la disposición moral correcta hacia la verdad, o seguiremos aferrados al error…? ¿Actuaremos contra la verdad o a favor de la verdad?”. (¡Esto, en la p. 244, inclina la balanza más bien hacia la teoría del bribón!). No son lectores de la Biblia temerosos de Dios, sino “teóricos” que “muestran poca familiaridad con la gran exégesis”. Su enseñanza es “coherente y ridícula” en su “absurdo”. Su efecto es arruinar “el estudio bíblico y la comunión cristiana en todo el mundo”. “Ha sido una maldición para el movimiento (de los Hermanos) desde el principio”. “Escribieron sus errores en sus anchas filacterias”. (Para entender el alcance de este grave juicio, véase Mateo 23:5 y su contexto). “Son maestros extraviados y engañosos”… La lista no se agota, pero baste con esto.5

Reese sigue la censurable práctica de atacar no ideas ni conclusiones, sino personas, ¡calificando de saduceos y darbistas a los hombres de Dios con quienes no puede estar de acuerdo! En una sección dice:

Debo dejar para otro lugar las contorsiones exegéticas de William Kelly sobre la naturaleza de la Gran Tribulación, expuestas con estudiada ofensividad en sus dos libros sobre la Segunda Venida. Su afirmación, tan miserable como inexacta…6

Pero aun si el Apóstol hubiera mencionado un Rapto en 2 Tesalonicenses 1:7, los darbistas idearían tres artimañas para deshacerse de él. Esto no es cruel ni descortés, sino el simple hecho.7

El lector tendrá que juzgar si estas declaraciones son “crueles o descorteses”, o si Reese, en sus denuncias, manifiesta el fruto del Espíritu, que es (para citar al traductor favorito de Reese, Moffatt) “buen carácter, bondad, generosidad” (Gálatas 5:22). En efecto, si al tratar con sus hermanos un hombre no manifiesta ese fruto del Espíritu —que incluye el amor, la paciencia, la mansedumbre y el dominio propio—, ¿se le puede confiar como alguien enseñado por el Espíritu en la comprensión de las cosas venideras? (Juan 16:13). Una cosa es reprender la falsa doctrina; otra muy distinta es azotar a los hermanos.

B. Métodos cuestionables

Podrían mencionarse muchos métodos indeseables, pero bastarán tres o cuatro. Uno de ellos consiste en insinuar que quienes esperan un arrebatamiento pretribulacional no están capacitados para juzgar, son de intelecto inferior y desconocen la literatura verdaderamente importante sobre el tema. ¡En cambio, los de convicción postribulacional se cuentan entre los más grandes exégetas! Reese manifiesta una actitud de falsa humildad cuando dice: “Me he abstenido de incluir una bibliografía; una larga lista de obras eruditas suele dar la impresión de que el autor es un erudito o un teólogo; como no soy ninguna de las dos cosas, la he omitido”.8 Luego echa todo esto a perder hablando con todo el dogmatismo de un papa y concluyendo el libro con página tras página de autores y publicaciones citados o mencionados.9 Algunos de los autores examinados revelan que, para ellos, el postribulacionismo se convirtió en la afición de toda una vida, llevada a cabo como una campaña proselitista: ganando adeptos y asegurando siempre que destacados pretribulacionistas vieron la luz justo antes de morir. Es evidente que Scruby dedicó la mayor parte de su tiempo a ganar adeptos para el postribulacionismo. Reese habla en su Prefacio de un amigo que mantuvo interés en la empresa de su libro por más de veinte años antes de su publicación. Acerca de Cameron, Newell escribe:

Robert Cameron, de Watchword and Truth, cuyos últimos años fueron en gran medida una campaña proselitista a favor del postribulacionismo, solía afirmar que el Dr. Brookes, de San Luis, había abandonado esta esperanza “¡antes de morir, en una entrevista con él!”. Pero tanto los últimos libros como los colaboradores posteriores del Dr. Brookes lo niegan. Otros afirmaban que el profesor W. G. Moorehead la abandonó, etc., etc. Alguien me dijo que R. A. Torrey había flaqueado. Lo desafié. ¡No pudo presentar prueba alguna! La señora Torrey, al enterarse de que una revista canadiense había asegurado que su esposo había abandonado la esperanza de la venida de Cristo por toda la Iglesia, se afligió mucho y escribió al editor para que publicara su desmentido de tan falso informe.10

Mucho provecho se ha sacado del hecho de que el venerado George Müller de Bristol, inducido a error por la mala traducción antes aludida [“día de Cristo” en 2 Tesalonicenses 2:2, en lugar de “día del Señor”], declaró su creencia de que la Iglesia pasaría por la Gran Tribulación. El Sr. Scruby lo cita como uno de sus testigos [como también Reese, Cameron, Fraser y otros]. ¿Cuál fue el resultado de este lamentable error del amado George Müller? Hablo ahora por conocimiento personal. La verdad de la venida del Señor era tabú en Bethesda, donde me crié y donde fui durante muchos años miembro y asistente muy regular a los cultos. Pero nunca oí al Sr. Müller ni a ningún otro predicador decir que creyera que la Iglesia pasaría por la Gran Tribulación. Y lo que es más, mucho después de que yo dejara Bristol, el Sr. Müller, en la última conferencia en que habló, dijo claramente que creía que el Señor podía venir en cualquier momento… Evidentemente el Sr. Müller cambió de opinión por segunda vez, como era de esperarse, pues él “nada podía hacer a sabiendas contra la Verdad”.

C. H. Spurgeon es otro de los supuestos partidarios del Sr. Scruby [y de Reese, etc.]. Aquel valiente y poderoso hombre no se avergonzó de confesar públicamente que en otro tiempo creyó que el Señor no volvería hasta que el mundo se hubiera convertido, pero que llegó a ver que eso no podría lograrse ni en “una eternidad y media”. El Sr. Spurgeon no creía entonces que el Señor vendría antes de la Tribulación; pero yo escuché al Sr. Spurgeon en el Tabernáculo poco antes de su muerte. Fue en una conferencia sobre la venida del Señor. Otros oradores fueron el Dr. Alexander Maclaren y el Dr. John McNeill, y la impresión que me quedó, a falta de cualquier declaración en contrario, fue que todos los oradores creían en la venida inminente del Señor sin señales premonitorias ni la revelación del Anticristo. Estos hechos muestran cuán inútil es apoyar nuestra fe en lo que hayan creído grandes hombres. Cuanto más grande es el hombre, más dispuesto estará a revisar sus conclusiones si recibe nueva luz de la Palabra de Dios.11

Esta última cita procede de la pluma de F. W. Pitt, quien indica que se le enseñó la posición del arrebatamiento postribulacional “desde mi juventud”, pero quien dijo, después de examinar cuidadosamente las Escrituras por sí mismo: “Cuando vi estas cosas, no tuve que renunciar al ‘rapturismo postribulacional’; simplemente se desvaneció”.12 Sin embargo, los postribulacionistas a menudo argumentan que quienes creen la doctrina pretribulacional lo hacen solo porque se la enseñaron, y que la mayoría de los “grandes hombres” finalmente ven la luz.

Más censurable aún es el método de torcer los hechos para acomodarlos a la fantasía postribulacional. Miles escribe acerca del libro de Reese:

Yo… abrí el libro con espíritu expectante. Las primeras cien páginas, más o menos, me llenaron de asombro. Es casi increíble que un número considerable de cristianos pudiera creer en las teorías fantásticas y grotescas que allí se tratan. Me parecieron otros tantos muñecos de feria colocados para ser derribados…

El autor es tan minucioso que resulta chocante encontrarlo confundiendo cosas que difieren y torciendo los hechos para favorecer su caso, mientras critica a otros por hacer lo mismo, cosa que ciertamente muchos han hecho.13

Pollock, quien ofrece esta cita, añade: “Nos parece una lástima haber desenterrado tantas opiniones tontas y fantásticas de este o aquel escritor. Se parece mucho al truco del abogado con un caso débil, quien, para suplir su deficiencia, recurre a insultar a la parte contraria”.14

Tales incongruencias abundan en el libro. Por todas partes se critica el pretribulacionismo como algo nuevo y novedoso; pero, cuando se trata de la postura pretribulacional sobre los veinticuatro ancianos, “la antigua interpretación se abandona, excepto por quienes la necesitan como puntal de un edificio levantado sobre cimientos inseguros”.15 Se descartan las posiciones extremas, y se da preferencia, por un lado, a Darby con sus opiniones peculiares, o, por otro, a Bullinger, quien enturbia las aguas con el hiperdispensacionalismo y las teorías de “dos iglesias”. Sin embargo, cuando surge la necesidad, se puede apelar tanto a Darby como a Bullinger (tan duramente atacados en otros asuntos) cuando sirven para probar un punto.

En la página 71, Reese escribe acerca de “las descabelladas teorías dispensacionales del Dr. Bullinger”; sin embargo, cuando se trata de los ancianos: “Bullinger también, creo yo, da la verdadera interpretación… en su comentario sobre el Apocalipsis”.16 En la página 123: “Por fortuna, solo un expositor excéntrico como Bullinger priva a los cristianos de la Epístola a los Hebreos”; y, sin embargo, en las páginas 59, 295, etc., Bullinger vuelve a ser la autoridad, o bien lo son las opiniones de Moffatt, que es liberal. También se cita con aprobación a Dalman, quien ve a Cristo en la tierra como “un mero hombre”.17 Sobre esta práctica de atacar posturas extremas y citar autores “de otra marca”, Pitt escribe en el Advent Witness:

Encontramos que el Sr. Reese no solo enfrenta a un bando contra el otro, sino que elige a los autores que han de participar en la controversia y selecciona de sus escritos los pasajes que convienen a su propósito. Arrancados así de su contexto, a los darbistas se les hace decir lo que el Sr. Reese quiere que digan, ni más ni menos; mientras que a los antidarbistas, sin consideración del tema en cuestión, se les pide expresar sus opiniones sobre los diversos asuntos secundarios que apuntalan la proposición principal.

Esto es como jugar una partida de ajedrez contra uno mismo. Si usted lleva las blancas, mueve las negras a posiciones donde sabe que puede vencerlas.18

Ciertamente, el gran número de autoridades que cita el Sr. Reese es asombroso. Uno preferiría que hubiera expuesto las Escrituras de una manera tan clara que produjera convicción de la verdad. Llegar a entender lo que dicen las Escrituras dependiendo de lo que dicen otros es una manera más bien débil de alcanzar la verdad, y ciertamente llena de peligros.19

Hay que señalar otro método censurable antes de pasar a asuntos más constructivos. Reese afirma: “Los defensores darbistas… allanan mil dificultades de su programa del futuro profético guardando un juicioso silencio sobre los textos incómodos y esperando lo mejor”.20 Reese cae de manera bastante notoria en la misma condenación, escogiendo lo que le conviene y dejando pasar el resto. Por ejemplo, admite que Juan 14:3 es uno de los tres textos principales sobre el arrebatamiento; pero ¿dónde, en su voluminoso tratamiento de otros asuntos, le concede a ese versículo algo más que una mención pasajera? Ciertamente, el hecho de que, cuando Cristo venga, tomará a los Suyos para que estén con Él, donde se preparan muchas moradas, no favorece el argumento de quienes dicen que el arrebatamiento es solo un incidente en el descenso de un Rey que regresa airado.

Semejante es la tendencia a atacar posiciones no representativas, mientras se descartan los asuntos principales. Un ejemplo de ello es adoptar la postura de Darby sobre la venida y la manifestación, y sobre el Día del Señor, como la norma del pretribulacionismo, descartando por completo la interpretación más aceptable de otros líderes de los Hermanos, Hogg y Vine, cuya postura en estos asuntos evita totalmente tanto el ataque como las conclusiones de Reese.21

Para quien desee estudiar el tomo de Reese, es importante tener presentes estos métodos, pues hacerlo contribuye mucho a responder sus argumentos y quita el aguijón a muchas de sus reprensiones. Observar el enfoque y el método que emplea un autor es particularmente importante cuando su obra es voluminosa, pues es evidentemente imposible responder a todos los argumentos punto por punto y línea por línea sin que la réplica resulte tan extensa como el documento original.

II. El problema histórico

El principal de los argumentos postribulacionales es la afirmación de que cualquier otra postura es nueva y novedosa, y de que el pretribulacionismo en particular no existió sino hasta alrededor del año 1830. Aunque encierra el dudoso valor de un “argumento del silencio”, esta acusación se considera irrefutable y se lleva hasta el límite. El pretribulacionismo se ha atribuido diversamente a los escritos de Edward Irving, a las declaraciones de una profetisa en trance, a los escritos de Darby y sus colaboradores, a un piadoso clérigo llamado Tweedy, ¡y en última instancia al mismo diablo! Las siguientes citas ilustran el tono general de las afirmaciones postribulacionales:

Estas ideas, que comenzaron a propagarse hace poco más de cien años en los movimientos separatistas de Edward Irving y J. N. Darby, se han extendido hasta los rincones más remotos de la tierra.22

Sin embargo, hacia 1830 surgió dentro del redil del premilenialismo una nueva escuela que procuró derribar lo que, desde la era apostólica, todos los premilenialistas habían considerado resultados establecidos, e instituir en su lugar una serie de doctrinas jamás oídas antes. La escuela a la que me refiero es la de “los Hermanos” o “Hermanos de Plymouth”, fundada por J. N. Darby.23

Darby, autor de un nuevo programa del fin: una Parusía secreta y pretribulacional, seguida del surgimiento del Anticristo…24

Darby… patrocinó la doctrina de un Rapto secreto y pretribulacional, traída de las Indias Occidentales por un piadoso clérigo. [¡Al Sr. Reese le cuesta decidir quién fue el autor de la doctrina, y en qué hemisferio!]25

No tengo conocimiento de que existiera una enseñanza definida de que habría un arrebatamiento secreto de la Iglesia en una venida secreta, hasta que esto fue proclamado como una “expresión profética” en la iglesia del Sr. Irving.26

La teoría de que “la gran tribulación viene después del arrebatamiento” no se enseña en la Biblia. Puede rastrearse hasta los irvingitas y los Hermanos de Plymouth, entre quienes se demuestra con toda claridad que se originó hacia el año 1830. Se dice que la sugirió por primera vez Mary McDonald, una mujer irvingita que supuestamente hablaba en una “lengua desconocida”, lo cual se interpretó así: “La Iglesia no pasará por la tribulación”.27

Quedó a cargo de una mujer “irvingita” del siglo diecinueve introducir esa doctrina que agrada a la carne, y eso en un tiempo en que, según se reconoce, el irvingismo había comenzado a corromperse. Y la “carne” “débil” hace que la inmensa mayoría de los premilenialistas sostenga hoy esa doctrina, aunque rechacen casi todo lo demás que enseñaron los irvingitas.28

En efecto, nadie, en toda la historia cristiana desde los apóstoles hasta Edward Irving, oyó jamás otra postura (es decir, distinta de que la verdadera Iglesia no tiene esperanza de la venida del Señor en cualquier momento, sino que debe permanecer en la tierra durante el tiempo de la Gran Tribulación). Tal cosa ni siquiera se insinúa como posibilidad hasta que las profetisas de la asamblea de Irving la proclamaron en aquellos terribles días de engaño demoníaco. [Cursivas en la cita original.]29

He aquí, pues, el supuesto origen del pretribulacionismo: Darby, o Irving, o Tweedy, o Margaret McDonald, o Satanás. Se originó tanto en Gran Bretaña como en las Indias Occidentales. Surgió por cobardía servil, para agradar a la carne y, en última instancia, por engaño demoníaco. Reese concluye que “el Rapto secreto y pretribulacional es una ocurrencia gentil del siglo diecinueve”,30 pero aun él es superado por otro que habla de manera desmedida de “la doctrina del rapturismo pretribulacional, que tuerce las Escrituras, insulta a Dios, deshonra a Cristo y engaña a los santos”.31 Y este no es el peor ejemplo de amargura postribulacional, pero baste con él. El punto es que el pretribulacionismo es visto como una doctrina nueva y novedosa, sin “ningún indicio de tal creencia… desde Policarpo en adelante… jamás enseñada por un Padre o Doctor de la Iglesia en el pasado… sin un solo amigo, ni siquiera… entre los maestros ortodoxos o las sectas heréticas de la cristiandad: una doctrina tan huérfana de padre y madre…”.32 ¿Qué puede decirse, entonces, en respuesta a tales afirmaciones?

(1) En el mejor de los casos, todo esto es un argumento del silencio, y la ausencia de un registro nunca prueba la ausencia de una creencia. Ha habido épocas en la historia en que aun las doctrinas más fundamentales del cristianismo quedaron oscurecidas por la ignorancia o el eclesiasticismo. ¿Acaso las grandes doctrinas de la Reforma recuperadas por Lutero y Calvino, como la justificación solo por la fe, eran “nuevas y novedosas” simplemente porque habían permanecido en la oscuridad durante siglos?

(2) Como se demostró en el capítulo 6, la iglesia primitiva vivía a la expectativa del regreso inminente de Cristo. Veían Su venida como una posibilidad en cualquier momento, a tal grado que algunos habían dejado su trabajo y todos tenían que ser exhortados a la paciencia. Se inquietaron por el falso informe de que el Día del Señor ya había llegado, lo cual difícilmente es la actitud de hombres que ven la Tribulación como el preludio de la venida de Cristo. En una palabra, la pronta venida de Cristo era la esperanza y la expectativa de la iglesia primitiva, lo cual nunca habría sido así si primero esperaran la Tribulación y al Anticristo, por no decir la certeza de una muerte de mártir. A este respecto, Anderson escribe:

Es un hecho de gran importancia que la venida del Señor nunca se menciona en las epístolas del Nuevo Testamento sino de manera incidental: ni una sola vez como una doctrina que necesitara ser expuesta, sino única y siempre como una verdad con la que se suponía que todo cristiano estaba familiarizado… Es claro, pues, que en los tiempos apostólicos se enseñaba a los convertidos a esperar el regreso del Señor.33

(3) Asimismo, puede demostrarse que, aunque los detalles desarrollados de una teología pretribulacional no se encuentran en los antiguos Padres de la Iglesia, la creencia en un regreso inminente estaba ampliamente difundida; y si era inminente, entonces era pretribulacional. La creencia en la pronta venida del Señor Jesucristo fue doctrina común en la Iglesia durante los tres primeros siglos. Casi cualquier historiador de la Iglesia concederá que “los primeros Padres vivían a la expectativa del pronto regreso de nuestro Señor”,34 aunque en los escritos de los Padres no hay demasiadas referencias claras a la Tribulación en sí.

Según Moffatt [Expositor’s Greek Testament, sobre Apocalipsis 3:10], “la piedad rabínica… esperaba que solo quedaran exentos de la tribulación de los últimos días quienes estuvieran absortos en buenas obras y en estudios sagrados”. Había, pues, un trasfondo judío para la expectativa de que algunos hombres no pasarían por la Tribulación. Cuando llegamos a los primeros Padres, encontramos un silencio casi total en cuanto al período de la Tribulación. Testifican abundantemente del hecho de las tribulaciones, pero dicen poco sobre el período futuro llamado por excelencia la Tribulación. Este hecho no debe causarnos perplejidad. Estos escritores vivieron durante los siglos segundo y tercero, y todos sabemos que esos fueron los siglos de las grandes persecuciones romanas. La Iglesia atravesaba duras pruebas y no se preocupaba mucho por la cuestión de la Tribulación aún futura… Silver dice acerca de los Padres Apostólicos que “esperaban el regreso del Señor en sus días… Por tradición conocían la fe de los apóstoles. Enseñaban la doctrina del regreso inminente y premilenial del Señor”.35

No es necesario entrar en un análisis detallado de la creencia de los primeros Padres de la Iglesia acerca de la venida de Cristo. Existe abundante literatura que prueba que, casi sin excepción, fueron premilenialistas hasta finales del siglo tercero. También hay evidencia suficiente para probar que muchos de ellos consideraban la venida de Cristo como un acontecimiento inminente, como se ve en las siguientes citas.

Clemente de Roma, sin duda colaborador de Pablo según lo indica Filipenses 4:3, escribió en su Primera Epístola a los Corintios (alrededor del año 95 d. C.):

Ustedes ven cómo en poco tiempo el fruto de los árboles llega a su madurez. En verdad, pronto y de repente se cumplirá Su voluntad, como también lo atestiguan las Escrituras, diciendo: “Vendrá pronto, y no tardará”; y: “El Señor vendrá de repente a Su templo, el Santo, a quien ustedes esperan”.36

Y nuevamente, en su Segunda Epístola:

Si, pues, hacemos lo que es justo delante de Dios, entraremos en Su reino y recibiremos las promesas, “cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre”. Por tanto, esperemos a cada hora el reino de Dios en amor y justicia, porque no sabemos el día de la manifestación del Señor.37

Leemos en la Didajé, fechada alrededor del año 100 d. C.:

Velen por su vida. Que no se apaguen sus lámparas ni se desciñan sus lomos; antes bien, estén preparados, porque no saben la hora en que viene nuestro Señor.38 [La oración poscomunión de la Didajé termina con “Maranata: el Señor viene”].

De especial interés es un pasaje tomado de El Pastor de Hermas, escrito alrededor de los años 100-120 d. C., cuyo autor muchos creen que es la persona mencionada por Pablo en Romanos 16:14. En una visión, se le dijo a Hermas:

Has escapado de la gran tribulación a causa de tu fe, y porque no dudaste en presencia de la bestia… Ve, pues, y declara a los escogidos del Señor Sus grandes obras, y diles que esta bestia es figura de la gran tribulación que viene. Si, pues, se preparan, y se arrepienten de todo corazón, y se vuelven al Señor, les será posible escapar de ella, si su corazón es puro y sin mancha, y pasan el resto de su vida sirviendo al Señor de manera irreprensible.39

Para que no se afirme que todo lo que enseña el pasaje es la esperanza de ser preservados en la Tribulación, nótese que, según el diálogo, solo los “de doble ánimo” entran en la Tribulación para ser purificados. Hermas, quien “abrió (su) corazón al Señor, creyendo que la salvación no puede hallarse por ningún otro medio sino por el grande y glorioso nombre”, escapó por completo de la bestia y “pasó de largo”. La palabra griega empleada en todo el pasaje (ekphugō, escapar) es muy explícita, como lo confirmará una comparación cuidadosa con su uso en el Nuevo Testamento. No habla de soportar con paciencia la tribulación, sino de una exención completa del juicio de Dios (Lucas 21:36; Romanos 2:3; Hebreos 2:3; 1 Tesalonicenses 5:3). Además, la doncella de la visión simboliza a la Iglesia, como se afirma expresamente. Está “adornada como si saliera de la cámara nupcial”, ¡lo cual difícilmente describe a alguien trabado en un temible combate con la bestia!

Si bien los pretribulacionistas obtienen su doctrina directamente de la Biblia y no de escritores cristianos primitivos como Hermas, este pasaje, procedente directamente del cambio del primer siglo, anula por completo el argumento de que el concepto de escapar de la Tribulación es algo “nuevo y novedoso”, originado con Darby, Tweedy, etc.

Cipriano, obispo de Cartago, quien floreció como escritor entre los años 220 y 250 d. C., declaró:

Sería contradictorio e incompatible que nosotros, que oramos para que el reino de Dios venga pronto, anduviéramos buscando una larga vida aquí abajo… Estemos siempre, con solicitud y cautela, aguardando la segunda venida del Señor; porque así como han sucedido las cosas que fueron predichas, así seguirán las que aún están prometidas, pues el Señor mismo lo asegura diciendo: “Cuando vean que suceden estas cosas, sepan que el reino de Dios está cerca”.40

Podrían citarse fácilmente pasajes similares de otros escritores de este período. Aunque los Padres no siempre fueron coherentes en sus opiniones, es evidente que no pocos de ellos consideraban inminente el regreso de Cristo, y expresaban la firme convicción de que la Iglesia podría escapar de la Gran Tribulación. En cuanto al testimonio de los apóstoles mismos, su creencia en la inminencia de la venida de Cristo resplandece en casi todos los libros del Nuevo Testamento. Para reiterarlo: creer en la inminencia implica creer que el arrebatamiento precederá a la Tribulación; este hecho queda confirmado además por el amargo ataque que el postribulacionismo ha lanzado contra la idea misma de un regreso inminente. A la luz de tal evidencia procedente de la iglesia primitiva y de Padres apostólicos y antenicenos representativos, difícilmente puede sostenerse que las creencias pretribulacionales “son nuevas y novedosas, y nunca se han oído en toda la historia de la Iglesia cristiana desde la era apostólica”.41

(4) El propio Cameron sugiere una solución lógica de por qué la doctrina de un regreso pretribulacional aparentemente comenzó hacia el año 1830. Aunque afirma que no se encuentra mención alguna de esta doctrina “desde el siglo primero hasta el año 1830 d. C.”,42 un poco más adelante señala que “la doctrina de la venida del Señor fue recuperada hace unos noventa años”.43 Ahora bien, noventa años antes de la publicación del libro de Cameron en 1922 nos llevan justo a la fecha que él fija para la primera mención del pretribulacionismo. En otras palabras, hasta el primer cuarto del siglo diecinueve, toda la doctrina del regreso del Señor había estado oscurecida, si no casi perdida para la Iglesia. Los Hermanos y otros hombres piadosos de ese período fueron usados por el Señor para restaurar a la Iglesia toda la verdad de la segunda venida de Cristo, ¡y cuando esa verdad fue restaurada, era pretribulacional! Durante siglos, el estudio profético había estado desacreditado. Durante el tiempo de la supremacía romana, aun la justificación por la fe casi se perdió y tuvo que ser recuperada. Los reformadores, ocupados como estaban con los asuntos fundamentales del evangelio, conservaron en gran medida una escatología amilenial romanista; y cuando por fin se restauró la doctrina de la segunda venida, las distinciones pretribulacionales participaron de esa restauración.

(5) Debe señalarse un hecho importante más, pues ayuda a explicar el resurgimiento del interés en la profecía que ha marcado el curso del último siglo. Los primeros siglos se ocuparon principalmente de la bibliología y de la teología propiamente dicha: los problemas de la inspiración y la canonicidad, la deidad de Cristo y la relación entre Sus dos naturalezas, y problemas afines. Siglos posteriores debatieron la angelología. En tiempos de la Reforma, el asunto principal fue la soteriología. Luego siguió el surgimiento de las grandes denominaciones, cuyos asuntos principales se ubicaron mayormente en el área de la eclesiología.

Durante estos diecinueve siglos ha habido un refinamiento progresivo de los detalles de la teología cristiana, pero no fue sino hasta los últimos cien años que la escatología pasó al frente para recibir la mayor atención y el escrutinio de los principales eruditos bíblicos. No es que la doctrina de la venida de Cristo, o alguno de sus rasgos particulares, sea nueva o novedosa, sino que la doctrina ha llegado finalmente al lugar de prominencia que legítimamente merece. Con esa prominencia ha venido un mayor discernimiento de los detalles proféticos. Una cordillera lejana, al examinarla más de cerca, puede resultar ser dos cordilleras distintas con un gran valle entre ellas. Del mismo modo, una visión general de la segunda venida puede revelar un solo acontecimiento unificado; pero, al examinarla más de cerca, pueden distinguirse dos aspectos separados. Esta atención progresiva a la doctrina cristiana y su refinamiento explican satisfactoriamente por qué, antes del siglo diecinueve, no se hizo énfasis más que en el bosquejo más evidente de la profecía. Bien puede citarse a James Orr, en su obra The Progress of Dogma (El progreso del dogma), para sostener esta tesis:

¿Les ha llamado alguna vez la atención… el singular paralelo que existe entre el curso histórico del dogma, por un lado, y el orden científico de los manuales de teología sistemática, por el otro? La historia del dogma, como pronto descubrirán, es simplemente el sistema de teología desplegado a lo largo de los siglos —la teología, como diría Platón, “escrita en grande”—, y esto no solo en cuanto a su contenido general, sino incluso respecto a la sucesión definida de sus partes… Si ahora, situándose al cierre de la era apostólica, recorren con la vista el curso de los siglos siguientes, tomando como guía sencilla las grandes controversias históricas de la Iglesia, encontrarán que lo que tienen es simplemente la proyección de este sistema lógico sobre una vasta pantalla temporal… Una cosa, creo, muestra de manera inequívoca, a saber, que ninguna de las dos ordenaciones es arbitraria, que hay una ley y una razón que las sustentan; y otra cosa que se nos impone es que la ley de estos dos desarrollos —el lógico y el histórico— es la misma.

… Usando, pues, como hilo conductor las controversias que impulsaron a la Iglesia en la formación de su credo, observen, en un rápido repaso, la exactitud del paralelo. El segundo siglo en la historia de la Iglesia, ¿qué fue? La era de la apologética y de la vindicación de las ideas fundamentales de toda religión —de la cristiana en especial— en conflicto con el paganismo y con los gnósticos.

… Pasamos a la siguiente etapa del desarrollo, y ¿qué encontramos allí? Precisamente lo que sigue en el sistema teológico: la teología propiamente dicha, la doctrina cristiana de Dios y especialmente la doctrina de la Trinidad. Este período abarca las controversias monarquiana, arriana y macedoniana de los siglos tercero y cuarto.

… ¿Qué viene después? Así como en el sistema lógico a la teología le sigue la antropología, así en la historia del dogma a las controversias que he mencionado les siguen, a comienzos del siglo quinto, las controversias agustiniana y pelagiana, en las cuales… el centro de interés se desplaza de Dios al hombre.

… A partir de la muerte de Agustín vemos a la Iglesia entrar en esa larga y perturbadora serie de controversias conocidas como cristológicas —nestoriana, eutiquiana, monofisita, monotelita—, que la mantuvieron en continua agitación y la desgarraron con las pasiones menos semejantes a Cristo durante los siglos quinto y sexto, e incluso hasta cerca del final del séptimo.

… La teología, la antropología y la cristología habían tenido cada una su momento; en el orden del sistema teológico, que la historia sigue todavía con cuidado, era ahora el turno de la soteriología… el siguiente paso, el que dieron los reformadores en el desarrollo de la doctrina de la aplicación de la redención. Esta, como vimos, es la siguiente gran división del sistema teológico…

¿Qué diré ahora de la rama restante del sistema teológico, la escatológica? Ciertamente hubo una escatología en la iglesia primitiva, pero no fue concebida teológicamente; y hubo una escatología mítica en la Iglesia medieval —una escatología del cielo, el infierno y el purgatorio…—; pero la Reforma barrió con ella y, con sus estados de dicha y desdicha marcadamente contrastados, difícilmente puede decirse que haya puesto algo en su lugar, ni siquiera que haya enfrentado con mucha claridad las dificultades del problema… Probablemente no me equivoco al pensar que, además de la necesaria revisión del sistema teológico en su conjunto —que no podía emprenderse debidamente hasta que el desarrollo histórico que he bosquejado hubiera seguido su curso—, la mente moderna se ha entregado con especial empeño a las cuestiones escatológicas, movida a ello quizá por la solemne impresión de que a ella han llegado los fines de los siglos y de que se aproxima alguna gran crisis en la historia de los asuntos humanos.

… Estoy muy lejos de negar que todavía haya lugar para nuevos desarrollos en la teología… No pongo en duda, por tanto, que aún haya facetas y aspectos de la verdad divina a los que no se les ha hecho plena justicia… Todo lo que sostengo es que tal desarrollo debe ser un desarrollo dentro del cristianismo y no un alejamiento de él.44

Los postribulacionistas debieron haber visto este progreso en el estudio doctrinal como la solución lógica al problema que han planteado, aunque no hayan percibido el concepto de inminencia en la iglesia primitiva ni en los escritos de los Padres. Aun Reese admite: “Darby tuvo su lugar en hacer que nueva luz brotara de la Palabra de Dios… Y la gran obra continúa: siempre brota nueva luz de la Palabra de Dios, en todos los sectores de la Iglesia”.45

Si Dios usó a Darby y a sus colaboradores para restaurar a la Iglesia doctrinas por largo tiempo oscurecidas y descuidadas, su nombre debe recordarse con gratitud y no profanarse como el originador de una herejía del siglo veinte. En todo este asunto relativo a la historia del regreso inminente y pretribulacional de Jesucristo, hay poco apoyo en los hechos, o en las actitudes adoptadas, que recomiende a los escritores de la escuela postribulacional.

III. La resurrección de los santos

El argumento contra un arrebatamiento pretribulacional basado en los textos relativos a la resurrección de los muertos recibe poca atención de la mayoría de los escritores postribulacionistas, y evidentemente se le considera de poca importancia. En manos de Reese, sin embargo, el asunto se infla hasta proporciones gigantescas y se convierte en el argumento número uno, tanto por el énfasis como por el lugar que se le da en su tratado. Acerca de este argumento, un discípulo de Reese dice a manera de resumen:

El argumento basado en el tiempo de la primera resurrección arroja mucha luz sobre esta teoría de la doble venida de Cristo. Alexander Reese, en su estudio The Approaching Advent of Christ, ha dedicado sesenta páginas a desarrollar este argumento, que parece casi irrefutable. Presenta evidencia del Antiguo Testamento, de los Evangelios, de las epístolas paulinas y del Apocalipsis. En resumen, el argumento es este.

Claramente, la resurrección de los santos muertos tiene lugar en el Arrebatamiento de la Iglesia (1 Tesalonicenses 4:16). Por tanto, “dondequiera que esté la resurrección, allí estará también el Arrebatamiento”. Al examinar los pasajes que hablan de la resurrección de los santos muertos, que es la primera resurrección (Apocalipsis 20:5-6), encontramos que esta primera resurrección está asociada con la venida del Señor (Isaías 26:19), la conversión de Israel (Romanos 11:15), la inauguración del Reino (Lucas 14:14-15; Apocalipsis 20:4-6), la entrega de recompensas (Apocalipsis 11:15-18), y con la Gran Tribulación que viene antes de ella (Daniel 12:1-3).46

Aquí se sugiere la línea principal del argumento, junto con las Escrituras más importantes que Reese emplea en su extenso tratado, todo lo cual se califica de “casi irrefutable”. No es el propósito aquí emprender un análisis y una refutación punto por punto del argumento (aunque el autor está seguro de que podría hacerse), sino exponer las premisas erróneas sobre las cuales se construye, dejando su aplicación al lector que recorra estas páginas y las de Reese. Cuando David se levantó contra Goliat de Gat, escogió del arroyo cinco piedras lisas, cualquiera de las cuales bastaba para derribar al gigante. Del mismo modo, una larga argumentación caerá, sin necesidad de examinar todos sus detalles, mediante la aplicación correcta de unas cuantas verdades fundamentales, bien colocadas, de las Escrituras y de la lógica.

En su examen de “La resurrección de los santos en el Antiguo Testamento”, el argumento de Reese toma la forma de un silogismo: la premisa mayor es (1) que las Escrituras del Antiguo Testamento prueban que la resurrección de los santos del Antiguo Testamento ocurre en la revelación de Cristo, justo antes del reino milenial; la premisa menor es (2) que todos los darbistas están de acuerdo en que la resurrección de la Iglesia coincide con la resurrección de Israel; de ahí se extrae la conclusión de que (3) la resurrección de la Iglesia fija el tiempo del arrebatamiento como postribulacional. Para expresar el argumento en palabras de nuestro autor:

Pero hasta un ciego puede ver que la verdad es exactamente lo contrario. La resurrección sigue a la tribulación. El ángel le dice a Daniel que en aquel tiempo Israel sería librado, es decir, librado del tiempo de angustia recién mencionado [Daniel 12:2]. Es entonces cuando los que duermen en el polvo despiertan para heredar la vida eterna y la gloria de la resurrección…

Ahora bien, el final de la semana se caracteriza por dos acontecimientos, entre otros: primero, la destrucción del Anticristo; y segundo, la liberación del pueblo de Daniel… Nada puede ser más seguro que el hecho de que aquí estamos al final de la tribulación. ¿Qué sucedió entonces? La resurrección de los santos…47

La premisa menor se expresa de varias maneras distintas:

Los propios escritores darbistas afirman que, si podemos fijar la época de esta resurrección, podemos conocer el tiempo de la resurrección de la Iglesia, ya que ambas coinciden.48

Debo recordar nuevamente al lector que no estamos buscando la resurrección de la Iglesia en este pasaje. Solo nos interesa la cuestión de si el texto enseña la resurrección de los santos muertos del pueblo de Daniel, los judíos… Bastará con que podamos probar que los justos muertos de Israel son resucitados, pues son estos escritores [Darby, Kelly, etc.] quienes nos dicen que la Iglesia será resucitada al mismo tiempo.49

Uniendo estas premisas, Reese concluye que la resurrección de la Iglesia, y por lo tanto el arrebatamiento, es postribulacional:

Estas conclusiones son fatales para las nuevas teorías de la Segunda Venida, porque es un punto fundamental de esas teorías que los santos dormidos de Israel resucitarán algunos años antes de la destrucción del Anticristo, la liberación de Israel y la venida de Jehová y de Su Reino.50

En este capítulo, Reese insiste en la interpretación literal de los pasajes del Antiguo Testamento sobre la resurrección, lo cual es sumamente encomiable. Pero, en cuanto a su línea principal de razonamiento, incorpora una premisa falsa y por necesidad llega a una conclusión falsa. Darby y sus colaboradores, a quienes tanto debemos, no siempre tuvieron razón. Cuando insistieron en que la resurrección de los muertos de Israel ocurre al comienzo de la Tribulación, es decir, al mismo tiempo que la de los santos de la Iglesia, muy probablemente estaban equivocados, pues Reese aporta pruebas concretas de las Escrituras de que la resurrección de Israel sigue a la Tribulación. El silogismo debería seguir, con más exactitud, este orden: (1) los santos del Antiguo Testamento son resucitados después de la Tribulación; (2) Darby dice que la resurrección de Israel ocurre antes de la Tribulación, junto con la resurrección de los santos de la Iglesia; (3) por lo tanto, Darby se equivocó en cuanto al tiempo de la resurrección de Israel. Tal conclusión es todo lo que este capítulo de Reese justifica; sin embargo, conviene a su teoría adoptar una premisa errónea para llegar a la conclusión que el postribulacionismo exige.

Un ciclo de argumentación similar se encuentra en el tratamiento que Reese hace de “La resurrección de los santos en los Evangelios”. Su primera premisa es que el Día del Señor es un punto definido en el tiempo, el último día de esta era, inmediatamente antes del Milenio. Esto se ha expresado de varias maneras:

Además de esto, pudimos ubicar con relativa exactitud el tiempo de esa resurrección. Ha de tener lugar en el Día del Señor, cuando el Anticristo sea destruido, Israel convertido y la era mesiánica inaugurada por la venida del Señor… La “resurrección de los justos”… en todos los casos… tiene lugar “en el día final”. He aquí un punto de tiempo muy definido… Y considerando Sus [de Cristo] ideas fundamentales sobre la escatología, no puede caber duda de que “el día final” es el día que cierra la era que precede al Reino mesiánico de gloria.51

La prueba que se cita para identificar “el día final” de los Evangelios con el día que precede al Reino mesiánico sigue la línea de que era una idea fundamental de la escatología hebrea que el tiempo se divide en dos eras, “la era mesiánica” y la que la precedía; y que esta idea fue adoptada por nuestro Señor y Sus apóstoles… “El apóstol Pablo, como Cristo, sigue empleando las expresiones habituales de la escatología hebrea: ‘este siglo’ y ‘el siglo venidero’”.52

En este punto, convendría preguntar: ¿cuándo se convirtieron las ideas de la escatología hebrea en la norma para determinar la escatología de la Iglesia, sobre todo siendo la Iglesia un cuerpo totalmente distinto de Israel, que difiere de Israel en muchísimos aspectos y que no aparece en ninguna parte de la profecía del Antiguo Testamento? Los pretribulacionistas creen que, cuando se usa la expresión “últimos días” y la Iglesia está a la vista, se trata de los últimos días para la Iglesia; y que, cuando Israel está a la vista, se trata de los últimos días para Israel. Esta es la interpretación normal y natural de la frase. Para respaldar aún más su punto, Reese cita a Bullinger, de quien dice en el capítulo siguiente: “No es mi intención entrar en las descabelladas teorías dispensacionales del Dr. Bullinger; hay que poner un límite en algún punto al investigar el laberinto de modas y teorías proféticas”.53 Pero eso está en el capítulo 4; aquí, en el capítulo 3, Bullinger es la autoridad, según consigna Reese:

El verdadero sentido de la frase “el día final” lo da también Bullinger en su Apocalipsis: “Marta expresó su fe en la resurrección ‘en el día final’ (Juan 11:24); es decir, el último día, al final de la era presente, e inmediatamente antes de la introducción de la nueva era de los mil años”.54

La segunda premisa del argumento se establece rápidamente: que “todos los darbistas están de acuerdo” en que la resurrección de los santos de la Iglesia ocurrirá “años o décadas” antes del Día del Señor:

En otras palabras, ¿indica que la resurrección de los santos ha de ocurrir varios años o décadas antes del Día del Señor, como insisten los darbistas?… Según su teoría, la resurrección pertenece en el tiempo a “este siglo presente”, una década o una generación antes de que comience el Día del Señor.55

Por tanto, se concluye que los “darbistas” están equivocados cuando hablan de una resurrección de los santos de la Iglesia anterior al Día del Señor.

Si nos atenemos a la sencilla terminología de nuestro Señor y de Pablo acerca de “el día final”, “el siglo presente” y “el siglo venidero”, todo quedará claro, y desde el principio nos libraremos del peligro de perdernos en un laberinto de tradiciones dispensacionales que nada pierden en comparación con las sutilezas de los rabinos.56

Una vez más, se introduce una falacia en el argumento al tomar todas las opiniones de Darby y de los primeros Hermanos como la norma absoluta del pretribulacionismo. En el capítulo 4 de esta investigación se demostró que el Día del Señor no es el día final de la era, sino un período que incluye la Tribulación y, muy probablemente, también la era milenial. Reese lo ha visto, pues dice:

Algunos podrían objetar que la expresión “día final” no se refiere a un día literal, sino al último período del trato de Dios con los hombres en el tiempo; es decir, a la era del reino, que sigue a esta era presente y se extenderá hasta el Juicio Final, cuando sean resucitados los demás muertos. Algo podría decirse a favor de esto, pues Pedro afirma que para el Señor un día es como mil años; y el Día del Señor, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, se refiere a veces no solo al día en que el Mesías viene en gloria, sino también al período de Su reinado. Pero aun esta concesión no ayuda al objetor, pues según su teoría la resurrección pertenece en el tiempo a “este siglo presente”, una década o una generación antes de que comience el Día del Señor.57

Así, descarta el Día del Señor como un período de tiempo únicamente sobre la base de la postura de Darby, según la cual el Día del Señor es el día de la revelación de Cristo. Pero si el Día del Señor se entiende como un período que incluye la Tribulación, queda sin fundamento la afirmación de que entre él y el arrebatamiento media una década.

Como en el argumento anterior, la segunda premisa se da por sentada solo porque Reese y Darby coinciden en ese punto. La conclusión lógica del argumento no es que no haya una resurrección previa de la Iglesia, sino simplemente que Darby —al igual que Reese— se equivocó al hacer del Día del Señor un solo día, lo cual exige un intervalo entre él y el arrebatamiento. De hecho, en este argumento en particular, tanto la premisa mayor como la menor de Reese son erróneas, lo que hace muy escasa la posibilidad de extraer conclusiones exactas y aceptables.

Antes de seguir con el argumento de Reese sobre la resurrección, conviene considerar con provecho algunas sabias palabras tomadas de la conclusión de su propio libro:

Los lectores descuidados, y otros que creen lo que agrada a su fantasía, son engañados por razonamientos especiosos, ya que no se detienen a examinarlos y probar su validez. En una de las mayores obras maestras polémicas de nuestra lengua… un gran teólogo y matemático se expresa así sobre el arte de presentar un mal caso:

“Es un artificio retórico común en el hombre que tiene que imponer una conclusión falsa, deducida de un silogismo en el que una premisa es verdadera y la otra falsa, dedicar una inmensidad de tiempo a probar la premisa que nadie niega. Si dedica suficiente argumentación y declamación a este tema, lo más probable es que sus oyentes nunca pidan prueba de la otra premisa” [Provost Salmon, Infallibility of the Church, p. 63].

… Con brillante argumentación y declamación se demostraba fácilmente la premisa mayor, que nadie discutía; la premisa menor se despachaba con un gesto de la mano y el comentario casual de que su verdad era “evidente por sí misma”; luego se imponía la conclusión con fácil éxito, pues a la mayoría de la gente se la persuade fácilmente de creer lo que quiere creer.58

Todo esto Reese lo aplica luego a la argumentación pretribulacional, en particular en lo que se refiere a escapar de la Tribulación:

Pero, aun a riesgo de parecer fastidiosos o lentos de entendimiento, deseamos recordarles algo que ha escapado a su atención. ¿Por qué no prestan alguna atención a la premisa menor y nos prueban que la Gran Tribulación es la ira de Dios? Esto, sin embargo, es lo último que se puede lograr que hagan los darbistas. Decenas de folletos lo pasan por alto. Y es natural, porque esa parte de su silogismo que hábilmente pasan de prisa es completamente falsa. Es un desatino afirmar que la Gran Tribulación consiste en la ira de Dios; por lo tanto, su conclusión de que la Iglesia escapará de la Gran Tribulación es falsa, ya que si la falsedad afecta a una de las premisas, afecta también a la conclusión.59

¡Bien pudo Reese haber meditado en esta verdad de su propia pluma!

Es muy dudoso que los pretribulacionistas eviten con tanto cuidado probar que la Gran Tribulación consiste en la ira de Dios. Las Escrituras están totalmente de su lado, como se demostró con cierto detalle en el capítulo 2. No obstante, el razonamiento falso es un error en el que cualquier autor puede caer, sobre todo uno demasiado celoso por probar su caso, y Reese no es la excepción. Supone que el Día del Señor es un punto en el tiempo. Supone que equivale al día de la revelación de Cristo. Supone que los santos del Antiguo Testamento son resucitados junto con la Iglesia, sobre todo porque Darby así lo dijo. Y “si la falsedad afecta a una de las premisas, afecta también a la conclusión”. En esto estamos de acuerdo.

Los lectores de Reese se sentirán estimulados a emprender un nuevo estudio de las Escrituras, en especial si han aceptado las posiciones pretribulacionales únicamente sobre la base de la investigación de otros y no de su propio esfuerzo. Tal estudio y reevaluación puede ser inmensamente provechoso. Sin embargo, debe añadirse esta advertencia para quienes, sin darse cuenta, encaucen sus pensamientos según el patrón del argumento de Reese: ¡cuidado con las premisas falsas! A menudo aparecen en la primera o segunda página de un capítulo, y si se aceptan a la ligera, el lector corre el riesgo de ser llevado adondequiera que el autor quiera.

Después de argumentar a partir de “el día final” de Juan 6, Reese dirige su atención a otros tres pasajes, todos de los evangelios sinópticos y todos de contenido mayormente judío. Por ejemplo, en el contexto de Lucas 14:14-15, Jesús responde a intérpretes de la ley judíos y a fariseos, y el tema en discusión es la sanidad en el día de reposo, en su relación con la ley mosaica. ¡Difícilmente es el escenario para la verdad de la Iglesia, a menos que se conceda la suposición de que Israel y la Iglesia son idénticos y resucitan el mismo día! En cuanto a Mateo 13:43, basta con señalar que el reino en su forma de misterio es la forma que adopta durante la ausencia del Rey. Continúa a través de la Tribulación e incluye esta era presente de la Iglesia, sin ser coextensivo con ella.

Pasando al tratamiento que Reese hace de “La resurrección de los santos en las epístolas de San Pablo”, el argumento se apoya en cuatro pasajes principales: Romanos 11:15; 1 Corintios 15:50-54; 1 Tesalonicenses 4:13-18; y 1 Corintios 15:21-26. Puesto que el segundo y el tercero de estos pasajes son fundamentales, y además reciben la mayor atención de Reese, la discusión se limitará a ellos. La esencia del argumento basado en el pasaje de Corintios es la siguiente:

Pablo no solo describe la resurrección y la transformación de los santos: indica enfáticamente el tiempo del cumplimiento de estos maravillosos acontecimientos. Estas son sus palabras: “Pero cuando esto corruptible se haya revestido de incorrupción, y esto mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘Devorada ha sido la muerte en victoria’” (v. 54).

Nada podría ser más claro que el argumento del Apóstol aquí. La resurrección y la transformación de los fieles difuntos tendrán lugar en cumplimiento de una profecía del Antiguo Testamento. Esta se encuentra en Isaías 25:8… La resurrección de los santos y la victoria sobre la muerte coinciden con la inauguración del Reino teocrático, la venida de Jehová y la conversión del Israel vivo.60

Es evidente que Pablo escribe acerca de la Iglesia en 1 Corintios 15; luego cita un pasaje del Antiguo Testamento para destacar que la resurrección trae la victoria sobre el enemigo, la Muerte; este pasaje de Isaías tiene por contexto la entrada en la era del reino. Para Reese, es transparente que Pablo “indica enfáticamente el tiempo del cumplimiento de estos maravillosos acontecimientos”. Sin embargo, hay eslabones débiles en esta cadena de pensamiento. Se hace depender demasiado del adverbio demostrativo entonces (τότε). Siendo principalmente un adverbio de tiempo, también puede usarse en el sentido del waw consecutivo hebreo, simplemente para continuar la narración. Aun cuando se usa en sentido temporal, no significa necesariamente “en ese mismo momento” o “sin acontecimientos intermedios”, como en Juan 8:28: “Cuando ustedes levanten al Hijo del Hombre, entonces sabrán que Yo Soy”. En lugar de que el Apóstol use esta cita del Antiguo Testamento para fijar el tiempo de la resurrección en relación con el reino, parecería que simplemente expone la relación sencilla y evidente entre la resurrección futura y el reinado presente de la Muerte. Desde la victoria de Cristo sobre la muerte en Su resurrección, la Muerte ha sido un enemigo derrotado, aunque todavía tiene aguijón hasta el momento en que el cristiano se revista de su cuerpo de resurrección. Entonces, cuando esto ocurra y no antes, la Muerte perderá su aguijón. La relación de este acontecimiento con el tiempo del reino difícilmente está a la vista. Si lo estuviera, y si fuera tan evidente como Reese parece pensar, el hecho de que tantos de los mejores comentaristas pasaran por alto todo el asunto sería sin duda motivo de asombro.

En las Escrituras proféticas siempre es arriesgado suponer que dos acontecimientos vistos uno al lado del otro ocurren necesariamente juntos. Si Isaías 25:8 prueba por su contexto que la resurrección está asociada con el establecimiento del reino, entonces sobre la misma base, y con mucha más claridad, es posible probar que la resurrección de Isaías 26:19-21 precede a la Tribulación; pues después de decir a Israel: “Tus muertos vivirán”, el profeta continúa: “Escóndete por un breve momento, hasta que pase la indignación. Porque el Señor va a salir de Su lugar para castigar la iniquidad de los habitantes de la tierra”. Todas estas dificultades argumentan contra la conclusión de Reese, pero hay todavía otras tres:

(1) Apocalipsis 21:4 cita la misma profecía del Antiguo Testamento, pero el escenario se ubica ya más allá de la era del reino, al entrar en el estado eterno después de la creación de un cielo nuevo y una tierra nueva. Si la alusión a la resurrección en Isaías 25:8 tiene algún significado temporal, ¿en qué momento ocurre la resurrección a la luz de Apocalipsis 21:4?

(2) Es evidentemente imposible fechar acontecimientos de la Iglesia mediante las Escrituras del Antiguo Testamento. Puede verse la victoria final sobre la muerte, pero la Iglesia misma, así como la manera de su resurrección y arrebatamiento, son misterios que no fueron revelados sino hasta el Nuevo Testamento.

(3) Es muy discutible que 1 Corintios 15:54 aluda siquiera a Isaías 25:8; la mayoría de los comentaristas ven aquí una alusión a Oseas 13:14, que es un paralelo más cercano, y en el cual se evita la dificultad planteada por Reese. Sin embargo, Reese opta por convertir la enseñanza de estos dos pasajes en una “grave discrepancia” con “el nuevo esquema del Fin”, y añade: “Hasta donde sé, ningún escritor darbista ha enfrentado jamás la cuestión con honestidad”.61 Quizá no fue que el argumento se considerara irrefutable, sino que no se consideró necesario responder a un argumento que revela tantas dificultades.

El segundo argumento principal de las epístolas paulinas se refiere al conocido pasaje de 1 Tesalonicenses 4:13-18. Reese dice que el pasaje no aporta evidencia sobre el tiempo del arrebatamiento; aunque, habiendo dado tanta importancia al orden de los acontecimientos en el contexto de Isaías 25:8, debió haber notado que el contexto aquí, en 1 Tesalonicenses 4, es “que tengan por su ambición llevar una vida tranquila” (v. 11) antes del pasaje (difícilmente un escenario de Tribulación), y “el día del Señor vendrá así como un ladrón en la noche” (5:2) después del pasaje: un orden de acontecimientos perfectamente pretribulacional. Pero escuchemos la razón que da nuestro autor para presentar este pasaje:

Los propios darbistas nos proporcionan razones que destrozan su posición central. Todos admiten, en primer lugar, que esta resurrección de 1 Tesalonicenses 4 incluye la resurrección de todos los justos muertos desde Abel; este es un punto fundamental del esquema.62

He aquí la premisa falsa, en esencia la misma que se introdujo antes en el estudio de la resurrección en el Antiguo Testamento. A los pretribulacionistas no les agrada particularmente que se les llame constantemente “darbistas” (en otros lugares, darbistas y saduceos), pero con buen humor pueden pasar por alto el estigma que se pretende. Sin embargo, en su mayoría no “admitirán” que todos los justos muertos desde Abel resucitan en el arrebatamiento. Lejos de ser un punto fundamental del pretribulacionismo, muchos lo consideran incompatible con las Escrituras y por eso lo rechazan.

Daniel 12:1-2 sobresale entre los pasajes del Antiguo Testamento sobre el tema de la resurrección, y aquí el tiempo sin precedentes de angustia de la Tribulación precede al despertar y la resurrección de los muertos de Israel del polvo de la tierra. De manera semejante, en el versículo trece de Daniel 12, la resurrección del propio profeta se identifica con los días finales de la Tribulación, después del desenmascaramiento del Anticristo y de la abominación de su gobierno. En Isaías 25:8, cuando la muerte sea devorada en victoria, entonces el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros. La implicación parece clara: la resurrección de Israel está asociada con la gloria y el consuelo de la manifestación de Cristo, pues difícilmente se seguiría que todas las lágrimas serán enjugadas antes del “tiempo de angustia para Jacob” (Jeremías 30:7). En lugar de hacer coincidir la resurrección de los justos muertos de Israel con el arrebatamiento de la Iglesia —un grupo totalmente distinto, con una escatología propia—, parecería mucho más acorde con la Palabra profética hacerla coincidir con el sonido de la trompeta que reunirá a los escogidos de Dios de los cuatro vientos, desde un extremo de los cielos hasta el otro (Mateo 24:31), y esto ocurre “después de la tribulación de aquellos días”.

Asimismo, Apocalipsis 11:18 y su contexto inmediato se explican mejor si se entiende que “el tiempo de juzgar a los muertos”, cuando santos y profetas serán juzgados y recompensados, se refiere a la resurrección de Israel al final de la Tribulación y no a algún remanente pequeño y no identificado del tiempo del fin. No sin razón muchos pretribulacionistas deben separarse de Darby en este punto particular del tiempo de la resurrección de Israel, y es una gran insensatez hacer de la postura de Darby no solo la norma, sino también la piedra de toque de todo el pretribulacionismo. Sin embargo, Reese construye todo su caso en este punto sobre la postura de Darby:

Muy bien, entonces esto significa que 1 Tesalonicenses 4 coincide con la resurrección de Isaías 25:8; 26:19; Daniel 12:1-3, 12-13 [etc.]. Y ya hemos probado que estos pasajes ubican claramente la resurrección de los santos de Israel al comienzo del Reino mesiánico, cuando el Anticristo sea destruido e Israel se convierta por la manifestación de Jehová.63

Tampoco esta segunda premisa carece de dificultades, pero avanzamos hacia la conclusión del argumento:

Todo el caso darbista se derrumba, por tanto, ante su admisión de que 1 Tesalonicenses 4 incluye la resurrección de los santos del Antiguo Testamento.64

Una vez más, una conclusión falsa ha surgido de una premisa falsa. La verdadera conclusión debería ser que Darby se equivocó en cuanto al tiempo de la resurrección de Israel: eso, y nada más. Sin embargo, Darby tuvo razón en tantas otras cosas que su caso no se derrumba por una o dos incongruencias; y aunque así fuera, el pretribulacionismo normal, que no hace tal concesión, no se debilita en lo más mínimo. Al no estar de acuerdo el pretribulacionista con Darby en este punto particular, es el argumento de la oposición el que se derrumba.

Reese concluye su argumento de sesenta páginas acerca del tiempo de la resurrección con una discusión de “La resurrección de los santos en el Apocalipsis”, la cual gira en torno a dos capítulos discutidos y difíciles: el undécimo y el vigésimo.

El primer pasaje considerado es Apocalipsis 11:15-18, lo cual plantea el conocido asunto de la séptima trompeta. De inmediato aparece una premisa incierta:

Y aquí, en Apocalipsis 11:15, tenemos estos mismos acontecimientos bajo la séptima o última trompeta, que también suena en el Día del Señor. La conclusión es inevitable, por tanto: la Última Trompeta de Pablo y la de Juan son una y la misma. Tenemos razón, por tanto, al inferir la resurrección a partir de Apocalipsis 11:15-18.65

Reese intenta reforzar un poco su argumento, pero evita el hecho de que la séptima trompeta no puede caer en lo que él llama el Día del Señor, porque le siguen todavía siete copas de ira sobre la tierra antes de que termine el período de la Tribulación. Hay una gran dificultad inherente a cualquier postura que agrupe en un solo día el Día del Señor, el Día de Cristo, la revelación del Hijo de Dios y otros acontecimientos que las Escrituras se esmeran en separar. Sin embargo, la séptima trompeta “consuma el misterio de Dios y anuncia la introducción del Reino de Cristo y de Dios, la resurrección, el juicio y la recompensa de los santos, y la venida del Señor”.66 Se incluyen también las bodas del Cordero y la Cena de las Bodas, ¡y todo en un solo día! Otras dificultades para identificar la séptima trompeta con la “trompeta final” se trataron en el capítulo anterior (donde con igual determinación se argumentaba que la séptima trompeta marca el punto medio exacto de la semana), por lo que no es necesario detenernos aquí.

A continuación sigue el ataque de Reese contra la postura de que la Iglesia está representada en Apocalipsis 4 por los veinticuatro ancianos. Esto también se trató al considerar la postura del arrebatamiento mesotribulacional. Reese sí señala la incongruencia de Kelly y otros, quienes sostenían que los ancianos representan tanto a los santos del Antiguo Testamento como a la Iglesia; pero tal dificultad desaparece cuando se ve que los ancianos representan solo a la Iglesia. Si los santos del Antiguo Testamento resucitaran junto con la Iglesia, los ancianos podrían representar a ambos; pero aquí se sostiene que Israel resucita al final de la Tribulación, lo cual evita su inclusión entre los ancianos y explica además la recompensa de ciertos santos en Apocalipsis 11:18. La expresión “Tus siervos los profetas” también es más adecuada para Israel que para la Iglesia, pues en el tiempo de estos acontecimientos la Iglesia se ve como la gloriosa esposa de Cristo. Reese afirma: “Por cuanto Apocalipsis 11:18 describe la entrega de recompensas a toda la compañía de los redimidos, podemos estar seguros de que este es también el tiempo de la resurrección de los justos”.67 Si hablara solo de Israel, estaríamos de acuerdo; pero, como incluye a la Iglesia, no podemos estarlo. No hay en Apocalipsis 11 contradicción alguna con la postura que ve a la Iglesia arrebatada y recompensada antes de la Tribulación, y a los santos del Antiguo Testamento resucitados y recompensados al final de ella. Tanto aquí como en otras partes, las dificultades surgen solo cuando se confunde a Israel y su programa profético con la Iglesia y su escatología propia y distinta.

Un problema más apremiante surge al considerar Apocalipsis 20:4-6. Reese sabiamente limita la discusión, aceptando dos resurrecciones literales según el patrón premilenial normal y considerando innecesario entrar en la controversia milenarista que se ha librado en torno al pasaje. Prepara el terreno para la presente disputa de la siguiente manera:

¿Qué conclusión podemos sacar de la visión de Apocalipsis 20:1-6? Simplemente esta: que aquí tenemos la refutación más clara posible del sistema darbista; pues, según esas teorías, la primera resurrección ha de tener lugar por lo menos siete años antes del Día del Señor y del milenio, incluso algún tiempo antes del surgimiento del Anticristo; según esta visión del Apocalipsis, la primera resurrección tiene lugar en relación inmediata con la destrucción del Anticristo y el establecimiento del Reino mesiánico. Así tenemos exactamente la misma enseñanza que en todas las Escrituras anteriores.68

La posición del pretribulacionismo es que la resurrección de los santos ocurre en un momento anterior a la visión registrada aquí en Apocalipsis 20. A esto Reese presenta dos objeciones: que Juan no registra ninguna resurrección anterior, y que no podría haber una resurrección previa a la que se llama la primera. En sus propias palabras:

Juan no dice una sola palabra, en todo el Apocalipsis, acerca de semejante resurrección. No se encuentra nada de una resurrección anterior, ni aquí ni en ninguna otra parte de la Palabra de Dios. Si Juan hubiera conocido tal resurrección previa —como la teoría presupone—, ¿cómo es concebible que llamara a esta resurrección la primera?… Pero el que escribiera primera resurrección será prueba, para todo lector sincero, de que no conocía ninguna antes de ella.69

Puesto que este es el corazón del argumento de Reese, y puesto que él lo presenta como “la refutación más clara posible del sistema darbista”, bastará con responderle en estos dos puntos. La primera objeción, que Juan no registra ninguna resurrección anterior, es fácil de refutar. Reese depende del conocido y poco confiable argumento del silencio. A menos que haya algo que respalde un argumento extraído del silencio, es mejor argumentar a partir de lo que el texto sí dice y no de lo que deja de decir. El pasaje más extenso y completo de todos los Evangelios sobre el tema de la Tribulación y el regreso de Cristo a la tierra es Mateo 24. Sin embargo, al considerar la resurrección de los santos en los Evangelios, Reese prefiere aludir a otros pasajes. ¿Será la razón que Mateo 24 guarda silencio sobre cualquier resurrección, mientras Reese insiste en que donde esté la resurrección, allí estará el arrebatamiento? Si el argumento del silencio es válido, esta ausencia de resurrección en Mateo 24 es sumamente llamativa. En cuanto a que Juan no mencione la resurrección de los muertos en Cristo, difícilmente cabe esperar tal mención en un libro que contempla a la Iglesia en gloria y trata del juicio de Dios sobre la tierra, y no principalmente de Su misericordia hacia los santos que ya están en el cielo. En cuanto a la idea de que “Juan no dice una sola palabra” de una resurrección anterior, ¿qué decir entonces de la resurrección de los dos testigos en 11:11-12, y de la gran multitud de todas las naciones, vestida de blanco y de pie delante del trono, en 7:9-17? Estos son santos resucitados, identificados como “los que vienen de la gran tribulación”. Los pretribulacionistas creen que el arrebatamiento ocurre, cronológicamente, en 4:1. ¿Qué decir entonces de los veinticuatro ancianos, representantes de la Iglesia y vistos en gloria mucho antes de Apocalipsis 20? ¿No sugieren estos una resurrección anterior?

Esto, sin embargo, anticipa la respuesta a la segunda objeción de Reese: que no puede haber una resurrección anterior porque la de Apocalipsis 20:5 se llama “la primera”. ¿Es una resurrección anterior tan imposible como Reese presume?

Todos los premilenaristas están de acuerdo en que hay dos resurrecciones: la primera es la resurrección de los justos muertos antes del reino milenial, y la segunda es la resurrección de los impíos muertos mil años después, en el juicio del gran trono blanco (Apocalipsis 20:11-15). La primera resurrección es la de los justos; la segunda, la de los injustos. Todos los que tienen parte en la primera resurrección son salvos; todos los que son resucitados para comparecer ante el gran trono blanco están perdidos. Dos resurrecciones están a la vista, y dos clases de hombres.

Esto por sí solo indica que el rasgo distintivo importante entre ambas es la clase de resurrección, más que el tiempo de la resurrección. Los pretribulacionistas creen que la expresión “primera resurrección” indica que los resucitados son los primeros en clase, y que tal distinción es mucho más importante que el factor tiempo. Creen que la primera resurrección no habla necesariamente de un acontecimiento, sino más bien de un orden de resurrección. Puede ocurrir en varias etapas sucesivas, pero todos los salvos están en la resurrección designada como primera, a diferencia de quienes están en la segunda, que están perdidos. Y este concepto no carece de respaldo bíblico:

Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo en Su venida (1 Corintios 15:22-23).

Así como la recolección de las primicias es la señal y la garantía de la cosecha completa, así Cristo resucitó primero y constituye el modelo de la resurrección de quienes creen en Él. Como Él vive, así viviremos nosotros en Su presencia; como Su cuerpo fue resucitado incorruptible, así también nosotros seremos resucitados incorruptibles. “Y tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:49). La resurrección de Cristo es el sello y la garantía de la resurrección de los que son Suyos.

Y si no hay resurrección de muertos, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también la fe de ustedes… todavía están en sus pecados. Entonces también los que han dormido en Cristo están perdidos. Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima (1 Corintios 15:13-19).

He aquí, pues, un orden de cosecha: Cristo, las primicias, y después de Él, “cada uno en su debido orden”. Cristo tuvo parte en la “primera resurrección”, e indica que otros “órdenes” han de completar la cosecha. ¿Cuáles podrían ser algunos de esos otros órdenes?

En ese momento el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló y las rocas se partieron; los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos que habían dormido resucitaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Jesús, entraron en la santa ciudad y se aparecieron a muchos (Mateo 27:51-53).

Porque el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con la trompeta de Dios, y los muertos en Cristo se levantarán primero (1 Tesalonicenses 4:16).

Después de esto miré, y vi una gran multitud, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos… Y él me dijo: “Estos son los que vienen de la gran tribulación, y han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (Apocalipsis 7:9, 14).

Gente de todos los pueblos, tribus, lenguas y naciones contemplarán sus cadáveres por tres días y medio, y no permitirán que sus cadáveres sean sepultados… Pero después de los tres días y medio, el aliento de vida de parte de Dios vino a ellos y se pusieron en pie, y gran temor cayó sobre quienes los contemplaban. Entonces oyeron una gran voz del cielo que les decía: “Suban acá”. Y subieron al cielo en la nube, y sus enemigos los vieron (Apocalipsis 11:9, 11-12).

…Y será un tiempo de angustia cual nunca hubo desde que existen las naciones hasta entonces; y en ese tiempo tu pueblo será librado, todos los que se encuentren inscritos en el libro. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán, unos para la vida eterna… (Daniel 12:1-2).

Es muy evidente que aquí hay distintos órdenes de cosecha: Cristo, las primicias; los santos que resucitaron después de Su resurrección, probablemente llevados al cielo cuando Cristo ascendió a Su Padre; los muertos en Cristo en el arrebatamiento, antes de la Tribulación; los santos martirizados durante el período de la Tribulación; los dos testigos; y los santos del Antiguo Testamento al final de la Tribulación. Ninguno de ellos está en la resurrección de los injustos; por lo tanto, todos deben tener parte en la resurrección de los justos, que se llama “la primera resurrección”. Cada uno resucita, pero en su debido orden. La palabra traducida “orden” es un término militar que significa tropa, brigada o división de un ejército. Cristo recoge en casa al ejército de los redimidos de todas las épocas, pero estos llegan en distintas tropas. Sin embargo, todos están en la única resurrección de los redimidos. No hay dificultad aquí, excepto para quienes pasan por alto toda indicación de una resurrección anterior a Apocalipsis 20 con el fin de proteger la teoría de que no puede haber arrebatamiento antes de la Tribulación.

Hay que admitir que en las palabras “Esta es la primera resurrección” no hay una indicación clara de diversas etapas de resurrección; pero una doctrina nunca se construye sobre un solo versículo de las Escrituras cuando hay otros sobre el mismo tema que deben considerarse. También es muy característico de las Escrituras proféticas que el elemento tiempo no siempre se exprese con claridad. En algunos casos, acontecimientos colocados uno al lado del otro en la profecía se cumplen en realidad con cientos de años de diferencia. Un ejemplo conocido se encuentra en Isaías 61:1-2, donde ambas venidas de Cristo se ven una al lado de la otra. Cuando el Señor leyó estos versículos en la sinagoga de Nazaret, “cerró el libro” a mitad del segundo versículo de Isaías 61, diciendo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que ustedes acaban de oír” (Lucas 4:16-21). El resto del versículo, acerca del “día de venganza de nuestro Dios”, no se cumplirá sino hasta la segunda venida; sin embargo, Isaías ve ambas venidas en una sola visión y las registra juntas en un solo versículo. Juan 5:28-29 puede citarse como otra ilustración del mismo principio:

No se queden asombrados de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán Su voz, y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida, y los que practicaron lo malo, a resurrección de juicio.

En este pasaje no hay el más mínimo indicio de que la resurrección de vida vaya a diferir en el tiempo de la resurrección de juicio. Otras Escrituras dejan claro que toda la era del reino, de mil años, media entre ambas; pero el pasaje de Juan trata del hecho de las resurrecciones y no del elemento tiempo. ¿Quién podría prever, sin escudriñar otras Escrituras, que “la hora” de la que habla Juan incluye en realidad un intervalo de mil años? La falacia surge cuando se supone que dos acontecimientos mencionados uno al lado del otro deben ocurrir necesariamente juntos. Sobre esa base, uno podría deducir que la Navidad cae el 31 de diciembre a partir de expresiones que unen la Navidad y el Año Nuevo, o que relacionan ambas con el fin de año.

Además, en Apocalipsis 20:14 está escrito: “La Muerte y el Hades fueron arrojados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda”; pero en Apocalipsis 19:20, hablando del Anticristo y de su falso profeta, Juan registra: “Los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego…”. Sin embargo, lo primero ocurre después del milenio, y lo segundo, antes. Si la “muerte segunda” abarca dos juicios separados por mil años, ¿quién puede negar legítimamente etapas sucesivas en la “primera resurrección”? La terminología de 20:14 es exactamente la misma que la de 20:5: “Esta es la muerte segunda”, “Esta es la primera resurrección”.

Reese comenta que, sobre bases pretribulacionales, “Juan debió haber escrito: ‘Esta es la segunda resurrección; bienaventurado y santo es el que tiene parte en la segunda resurrección’”.70 Con la misma línea de razonamiento, Juan debió haber escrito: “Esta es la muerte tercera”; pero, por supuesto, no lo hizo. McPherson escribe que tener un “primero” antes de un “primero” es un acertijo, y que incluir resurrecciones anteriores en la primera resurrección es una “pesadilla matemática”.71 Sin embargo, el “acertijo” se resuelve fácilmente cuando se ve que “primera” es un orden de resurrección que se refiere a todos los redimidos, y esto en armonía con otras Escrituras donde se recalca el hecho, y no el tiempo, de un acontecimiento. Los postribulacionistas todavía tienen que explicar el hecho de las resurrecciones anteriores, si Apocalipsis 20:5 fuera realmente la primera en cuanto al tiempo.

Los demás argumentos de Reese basados en la resurrección de los santos en el Apocalipsis son de poca importancia y no necesitan detenernos mucho. Toca el tema de la séptima trompeta y entra en algunos detalles sobre quiénes no son los veinticuatro ancianos, pero estos asuntos se trataron adecuadamente en el capítulo anterior. Argumenta que los veinticuatro tronos de Apocalipsis 4 estaban vacíos, sobre la base de 20:4, donde dice: “También vi tronos, y se sentaron sobre ellos”. Para Reese, esto prueba que Juan los ve como “una compañía en el acto mismo de sentarse en sus tronos”,72 pero esta es una evidencia muy endeble para construir una doctrina. Pregunta: “Si los veinticuatro ancianos representan a los santos arrebatados en el cielo antes de la Septuagésima Semana, ¿por qué no vemos a los santos mismos en lugar de veinticuatro símbolos?”.73 Aparte del hecho de que los ancianos son individuos y no símbolos, es igualmente razonable preguntar por qué Cristo es visto en todo el libro como un Cordero. Se argumenta: “Si en el Apocalipsis no se menciona el Arrebatamiento, ciertamente corresponde al estudiante cuidadoso investigar si la esperanza cristiana no está representada bajo otras imágenes y expresiones”.74 Siendo este un principio aceptable, todo favorece que la Iglesia sea vista en el cielo antes de la Tribulación bajo la imagen de los ancianos. Sin embargo, Reese no trata la evidencia principal que determina la identidad de los ancianos, parece desconocer el respaldo textual de la lectura antigua del cántico de los ancianos, los llama “señores angélicos” a pesar de que siempre se les distingue de los ángeles, ¡y se consuela con el hecho de que Bullinger concuerda con él en cuanto a su identidad!

El capítulo no presenta ningún principio ordenado para interpretar el libro de Apocalipsis, y la mera crítica de las opiniones ajenas es un cascarón vacío si no se ofrece algo genuino y concluyente en su lugar. El problema de la resurrección es el principal énfasis y argumento de Reese, y uno lo deja con la conciencia de que no ha fundamentado su posición, de que ha dejado mucho sin decir, y de que gran parte de lo que se ha dicho a manera de burla era totalmente innecesario.

IV. Otros argumentos postribulacionales

Puesto que cada capítulo anterior a este (con la posible excepción del capítulo 8) aporta una o más respuestas a algún aspecto del argumento postribulacional, no es necesario dedicar aquí espacio adicional a la misma consideración. En palabras de otro: “Hay que poner un límite en algún punto al investigar el laberinto de modas y teorías proféticas”. Sin embargo, para que no se diga que en un capítulo dedicado a examinar esa teoría se omitieron muchos argumentos postribulacionales, conviene al menos enunciar otros puntos principales del postribulacionismo e indicar los capítulos donde puede hallarse una discusión más completa.

A. El trigo y la cizaña

El argumento es que las parábolas de Mateo 13 describen la forma de misterio del reino de Dios y exponen el curso de esta era presente. Así como el trigo y la cizaña crecen juntos hasta la cosecha, así los cristianos y los incrédulos coexisten hasta el “tiempo del fin”, que Mateo 24:31 identifica con la revelación de Cristo. Por lo tanto, los cristianos están en la tierra hasta el juicio final, y se afirma que el arrebatamiento es postribulacional.

En respuesta, el capítulo describe la forma de misterio del reino de los cielos —la forma que el reino ha de adoptar durante la ausencia del Rey—, período que incluye tanto la era de la Iglesia como la Tribulación. El argumento contrario no viene al caso, pues Mateo 13 y la era de la Iglesia no son del todo coextensivos; la forma de misterio continúa después de que la Iglesia es quitada. La parábola del trigo y la cizaña simplemente ilustra la presencia de justos e injustos, unos junto a otros sobre la tierra. Dios es paciente en Su trato con los hombres no regenerados; no obstante, la cizaña madura constantemente para la cosecha y para un juicio seguro. Hacer de la parábola una prueba del postribulacionismo es injustificado, pues, aun según esta postura, en la revelación de Cristo Él quitará primero a Su Iglesia, mientras que la parábola insiste: “Recojan primero la cizaña”. Tampoco son los ángeles quienes reúnen a la Iglesia en el arrebatamiento, sino Cristo mismo. Ni siquiera es del todo seguro que la parábola tenga a la Iglesia a la vista, pues en Mateo 8:1-13 es a Israel a quien se llama “los hijos del reino”. Además, en la parábola no hay resurrección. En lugar de esforzarse por hallar en ella una prueba del tiempo del arrebatamiento, ¿no es razonable limitar su enseñanza a lo más evidente, es decir, la paciencia presente de Dios con los injustos y su segura maduración para el juicio?

B. La parusía de Cristo

La posición de Reese es que la parusía de Cristo (tratada en el capítulo 1), “lejos de ser un período prolongado, es una sola crisis que irrumpe con la mayor rapidez”.75 Insiste en que la traducción correcta de la palabra es “llegada” y no “presencia”, y habla de ella como una “palabra regia”. Así, procura hacer de parusía un término técnico para una visita real, caracterizada como una crisis repentina, pues de ese modo se fortalece su teoría del arrebatamiento. Sin embargo, parusía es una palabra muy común para “venida”, usada, por ejemplo, de la venida de Estéfanas (1 Corintios 16:17; cf. 2 Corintios 7:6), y en un sentido nada regio en 2 Corintios 10:10: “la presencia física es poco impresionante, y la manera de hablar despreciable”. Este último versículo, junto con Filipenses 1:26; 2:12 y muchos otros, ilustra el uso de parusía en el sentido de presencia. En 2 Corintios 7:6-7, no fue simplemente la llegada de Tito lo que consoló a Pablo, sino más bien su presencia continua con él después de esa llegada. Del mismo modo, la importancia de la parusía de Cristo no radica tanto en el esplendor repentino de Su aparición como en el hecho de que el cristiano estará con Él donde Él esté.

En The Church and the Tribulation (La Iglesia y la Tribulación), de Hogg y Vine, hay un excelente resumen de los versículos donde se usa parusía, junto con sus implicaciones doctrinales. C. F. Hoff concluye su discusión diciendo:

Pero basta ya de esta palabra que, como reconoce el Sr. Reese, es una clave para entender los tiempos del fin. Sirva esto de disculpa por dedicarle tanto espacio. Creo que puede afirmarse que sus testigos, sometidos a interrogatorio, no lo respaldan en su afirmación de que “el más humilde del primer siglo sabía que la palabra significaba la llegada triunfal del Mesías para someter toda autoridad, y luego reinar”. Y el propio Sr. Reese no sale mejor parado. Procura impresionar a sus lectores poco críticos con una masa de citas mal digeridas, muchas de ellas de fuentes dudosas, calculadas para confundir la mente de quienes no están en condiciones de estimar el verdadero valor del formidable despliegue de “autoridades” que, en su mayor parte, solo tienen opiniones que ofrecer, no hechos.76

C. ¿Se le prometió tribulación a la Iglesia?

“Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios”. Rehuir el sufrimiento por Cristo es señal de degeneración en la vida cristiana. Los pretribulacionistas aceptan su doctrina por cobardía, o por un deseo obsesivo de comodidad mundana: estos son los postulados del postribulacionismo. La verdadera naturaleza del sufrimiento cristiano, la distinción entre persecución e ira, la naturaleza y el origen de la Tribulación venidera, el hecho de que todo Apocalipsis 6-19 se caracteriza como ira, y algunas de las promesas expresas de la Palabra de que la Iglesia será librada de la ira venidera —estos y otros temas afines— se encuentran en el capítulo 2 de esta investigación.

D. ¿Están de acuerdo Cristo y Pablo?

Mateo 24:29 ubica la venida de Cristo “inmediatamente después de la tribulación de esos días”. Se argumenta que, si el arrebatamiento de 1 Tesalonicenses 4 ocurre antes de la Tribulación, entonces se pone a Pablo en desacuerdo con Cristo. Pero esto es suponer que no hay un arrebatamiento separado de la manifestación, lo cual es la falacia de argumentar en círculo. El capítulo 3 expone algunas de las distinciones básicas entre el cristianismo y el judaísmo, y prueba que el postribulacionismo se basa en gran parte en Escrituras dadas directamente a Israel. Una comparación de Mateo 24 con 1 Tesalonicenses 4 revela algunas semejanzas, pero sobre todo produce contrastes llamativos y convincentes.

E. El Día del Señor

Según Reese, “aquel día”, “el Día del Señor” y “el Día de Cristo” son expresiones sinónimas para el día de la parusía, que cierra la era presente e inaugura la era venidera. Los postribulacionistas logran algún avance al mostrar las incongruencias de la postura de Darby sobre el Día del Señor; pero, cuando este Día se entiende como un período que incluye la Tribulación, como se demostró en el capítulo 4, su argumento se viene abajo.

F. El que detiene, en 2 Tesalonicenses 2

Reese identifica al que detiene con el Imperio romano, un magnífico sistema de ley y justicia que sobrevive en el papado, ¡“el fantasma del difunto Imperio romano”! Otros postribulacionistas están divididos en su opinión: uno acepta la identificación con el Espíritu Santo; otro identifica al que detiene con Satanás. Si bien el pretribulacionismo no depende de identificar al que detiene con el Espíritu, el capítulo 5 presenta las razones por las que se considera que esta es la postura más razonable y aceptable. Si esta tesis puede sostenerse, asesta un golpe demoledor a la teoría del arrebatamiento postribulacional.

G. La doctrina de la inminencia

Los postribulacionistas son opositores vehementes de la doctrina del regreso inminente de Cristo, pues niegan que la actitud cristiana deba ser la de esperar en cualquier momento al Hijo de Dios desde el cielo. Su argumento se extrae de ciertas predicciones del Nuevo Testamento aplicadas a la Iglesia del primer siglo, objeciones que se responden en el capítulo 6. Es evidente que los primeros cristianos esperaban el regreso del Salvador y se les animaba a hacerlo, y la actitud cristiana normal siempre ha sido velar y esperar Su venida. El postribulacionismo despoja a la Iglesia de una doctrina que por largo tiempo ha sido una fuente primordial de bendición y consuelo, así como uno de sus principales incentivos para la santidad y el servicio. Newell escribe:

¿Quiénes han sido los maestros y predicadores de la venida inminente de Cristo? Tenemos hombres como John Darby, quien probablemente fue el mayor intérprete de las Escrituras desde Pablo, junto con aquellos primeros Hermanos como C. H. Mackintosh, J. G. Bellett, Wm. Kelly y los demás: un grupo maravilloso. Luego está C. H. Spurgeon. Es inútil afirmar que él no esperaba la venida de Cristo. No se andaba con sutilezas como lo hacen los postribulacionistas, sino que proclamaba con valentía y constancia la segunda venida de Cristo como una posibilidad real y diaria. D. L. Moody fue un testigo maravilloso de toda verdad que Dios le reveló, y su sermón “La segunda venida de Cristo” es un clásico. Él esperaba la venida del Señor. George C. Needham, el amado irlandés; Wm. E. Blackstone, cuya vida ha sido esperar a su Señor; James H. Brookes, un poderoso guerrero, ahora con el Señor; A. B. Simpson, de quien Moody dijo: “Todo lo que dice llega a mi corazón”. Todos ellos esperaban la manifestación de Cristo. Era la esperanza de su vida. H. M. Parsons, de Toronto, y el Dr. Weston… testigos igualmente fieles. El gran anciano I. M. Haldeman, de Nueva York, así como J. Wilbur Chapman, ahora con Cristo. A. T. Pierson, de maravillosa penetración en el significado de las Escrituras; A. J. Gordon; George E. Guille… consagrado, apacible, sensato, y aun así defensor de la venida inminente de Cristo; nuestro hermano Ironside, cuya alabanza está entre las verdaderas iglesias de Cristo; Lewis Sperry Chafer, en Dallas; A. C. Gaebelein, de Nueva York, editor de Our Hope, quizá el testigo más persistente y fiel, por más de cincuenta años, del regreso inminente de nuestro Señor… James M. Gray, ex presidente del Instituto Bíblico Moody de Chicago… una multitud de testigos fieles de la venida inminente de Cristo, en Gran Bretaña, Escandinavia, los campos misioneros y Australia.77

H. El arrebatamiento y la revelación

Los postribulacionistas argumentan que “el encuentro con el Señor en el aire” significa salir al encuentro del Señor y regresar rápidamente con Él a la tierra, todo en una sola crisis. Afirman además que el arrebatamiento no puede separarse en el tiempo de la revelación de Cristo, y que el arrebatamiento no es más que un detalle insignificante en el descenso del Señor a la tierra en Su manifestación gloriosa. Para todas estas afirmaciones hay prueba clara de lo contrario. Parte de esta evidencia ya se ha presentado, mientras que el capítulo siguiente tratará en particular las distinciones entre el arrebatamiento de la Iglesia y la revelación del Señor a la tierra. Casi no hace falta decir que, si el arrebatamiento y la revelación pueden distinguirse el uno de la otra, solo por ese motivo el argumento postribulacional está perdido.

V. Una palabra final

Nunca es una responsabilidad grata oponerse a las opiniones de hombres que son hermanos en Cristo, en particular en asuntos sobre los cuales aun los premilenialistas están divididos. Si bien hay sabiduría en las palabras del obispo Butler: “Una vez establecida una verdad, las objeciones no son nada; la una se funda en nuestro conocimiento, las otras en nuestra ignorancia”,78 el establecimiento de una doctrina no está completo hasta que se hayan tratado al menos los principios básicos de las posturas contrarias. Esto es particularmente cierto cuando uno de los oponentes argumenta tan voluminosa y vociferantemente como lo hace Reese: una voz así no puede ignorarse. En palabras de otro, que escribe acerca del libro de Reese: “¡Si hubiera un poco más de buena voluntad, menos discusión y una indagación más humilde, cuánto podríamos aprender juntos!”.79

Este investigador cree que, al terminar el capítulo siguiente, se habrán atendido plena y justamente las principales posturas y las objeciones centrales del sistema postribulacional. Tocar todos los detalles sería prolongar el análisis hasta una extensión tediosa, pues resulta más o menos fastidioso ser persuadido en exceso sobre puntos acerca de los cuales hay, de entrada, muy poca duda.

El postribulacionismo ha sido enfrentado y respondido en su propio terreno, en particular en los tres asuntos que a menudo se consideran irrefutables: el argumento de que el pretribulacionismo es nuevo y novedoso, el argumento sobre el tiempo de la resurrección, y el argumento contra la posibilidad de que el regreso de Cristo sea inminente. Entre las principales debilidades del postribulacionismo, aparte de la actitud intolerante de muchos de sus defensores, se encuentran: la tendencia a apartarse del principio fundamental de la interpretación literal; la incapacidad de comprender que la Tribulación es esencialmente un tiempo de retribución divina; la tendencia a tomar palabras comunes de las Escrituras y forzarlas en el molde de un uso técnico; la negativa a reconocer la verdad y apreciar el valor de un regreso inminente; un firme rechazo a aceptar a Pablo como el revelador principal para la Iglesia de Dios; y un legalismo persistente, unido a la incapacidad de captar el verdadero carácter y alcance de la gracia divina.

Notas

1. George H. Fromow, Will The Church Pass Through the Tribulation?, p. 4.

2. Alexander Reese, The Approaching Advent of Christ, pp. 142, 207.

3. John J. Scruby, The Great Tribulation: The Church’s Supreme Test, p. 19.

4. Hogg y Vine, The Church and the Tribulation, pp. 9, 10.

5. Ibid., pp. 10, 11.

6. Reese, op. cit., p. 222.

7. Ibid., p. 211.

8. Ibid., p. xlv.

9. McPherson, seguidor cercano de Reese, habla de sí mismo de manera semejante, como quien “no pretende ser ni erudito ni teólogo”, aunque muestra un espíritu considerablemente mejor, pero tampoco bibliografía. Norman S. McPherson, Triumph Through Tribulation, p. 4.

10. William R. Newell, The Book of the Revelation, p. 399.

11. F. W. Pitt, “The Great Tribulation”, Our Hope, XLI (octubre de 1934), pp. 240, 241.

12. Ibid., p. 238.

13. F. J. Miles, The Friend of Russia, citado por A. J. Pollock, Will the Church Go Through the Great Tribulation, p. 7.

14. Pollock, loc. cit.

15. Reese, op. cit., p. 94.

16. Ibid., p. 94.

17. Ibid., p. 253.

18. F. W. Pitt, Advent Witness, citado por Pollock, op. cit., p. 6.

19. Pollock, loc. cit.

20. Reese, op. cit., p. 72.

21. Ibid., pp. 28, 183.

22. Ibid., p. 41.

23. Ibid., p. 19.

24. Ibid., p. 60.

25. Ibid., p. 316; en la p. 174 se le identifica como el Sr. Tweedy.

26. S. P. Tregelles, The Hope of Christ’s Second Coming, p. 35. En la misma página se hace una concesión interesante: “Pero cuando se propuso por primera vez la teoría de una venida secreta de Cristo (hacia el año 1832), fue adoptada con avidez; convenía a ciertas opiniones preconcebidas”.

27. George L. Rose, Tribulation Till Translation, p. 245.

28. Scruby, op. cit., p. 78.

29. Cita de A. C. Gaebelein, “The Attempted Revival of an Unscriptural Theory”, Our Hope, XLI (julio de 1934), 19.

30. Reese, op. cit., p. 174.

31. Citado por Gaebelein, op. cit., p. 24. En este artículo, Gaebelein examina los escritos de Irving y encuentra que las enseñanzas proféticas de Irving son “más bien confusas”, pero sin referencia alguna a profetisas que inventaran un regreso inminente de Cristo, ni a las demás enseñanzas que se le atribuyen.

32. Robert Cameron, Scriptural Truth About the Lord’s Return, pp. 72, 73.

33. Sir Robert Anderson, Forgotten Truths, pp. 68, 69.

34. T. G. Crippen, History of Doctrine, p. 231.

35. Henry C. Thiessen, “Will the Church Pass Through the Tribulation?”, Bibliotheca Sacra, XCII (abril-junio de 1935), pp. 189-190. Este artículo contiene un excelente resumen de la expectativa de los Padres antenicenos.

36. Alexander Roberts y James Donaldson, The Ante-Nicene Fathers, I, 11.

37. Citado por Silver, The Lord’s Return, p. 59.

38. Roberts y Donaldson, op. cit., VII, 382.

39. Ibid., II, 18.

40. Citado por Silver, op. cit., pp. 67, 68.

41. Reese, op. cit., p. 29.

42. Cameron, op. cit., p. 138.

43. Ibid., p. 150. Cursivas añadidas.

44. James Orr, The Progress of Dogma, pp. 21-31. Cursivas en el original.

45. Reese, op. cit., p. 316.

46. McPherson, op. cit., p. 41.

47. Reese, op. cit., pp. 44, 45, 46.

48. Ibid., p. 34.

49. Ibid., p. 42.

50. Ibid., p. 49.

51. Ibid., pp. 52-54.

52. Ibid., pp. 53, 55.

53. Ibid., p. 71.

54. Ibid., p. 53.

55. Ibid., p. 71.

56. Ibid., p. 56.

57. Ibid., p. 55.

58. Ibid., p. 283. Cursivas añadidas.

59. Ibid., p. 283. Cursivas añadidas.

60. Ibid., p. 63. Cursivas en el original.

61. Ibid., p. 65.

62. Ibid., p. 68.

63. Loc. cit.

64. Loc. cit.

65. Ibid., pp. 73, 74. Así también en la p. 78.

66. Ibid., p. 75.

67. Ibid., p. 77.

68. Ibid., p. 81.

69. Reese, loc. cit.

70. Ibid., p. 81.

71. McPherson, op. cit., p. 40.

72. Ibid., p. 83.

73. Ibid., p. 87.

74. Ibid., p. 89.

75. Ibid., p. 152.

76. C. F. Hogg y W. E. Vine, The Church and the Tribulation (reseña del libro titulado The Approaching Advent of Christ), pp. 27, 28.

77. William R. Newell, The Book of the Revelation, pp. 400, 401.

78. Citado por Reese, op. cit., p. 225.

79. Hogg y Vine, op. cit., p. 15.

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