El Arrebatamiento: ¿Incidental o Fundamental?

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ESJ_BLG_20261005_00El Arrebatamiento: ¿Incidental o Fundamental?

POR GERALD B. STANTON

Además de los muchos temas tratados en los capítulos anteriores, quedan aún por aclarar las principales diferencias entre el arrebatamiento de la Iglesia y la revelación de Cristo a la tierra. Si la postura postribulacionista es correcta, el centro del pensamiento y de la expectativa cristiana debería ser, con justa razón, la revelación de Cristo, y el arrebatamiento pasaría a ser una parte incidental de Su regreso a la tierra desde la gloria. Pero si el arrebatamiento se sostiene por sí mismo como un acontecimiento independiente, y si es el próximo gran suceso en el programa de Dios, entonces se convierte en el asunto de importancia fundamental para todos los que miran con esperanza hacia el fin del siglo.

Los cristianos deben leer la Palabra de Dios con discernimiento. Por más diligente que sea el estudiante de la Biblia, sus interpretaciones se desviarán si no sabe distinguir entre las cosas que difieren. Si bien es un axioma matemático que «dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí», no siempre se sigue que los acontecimientos bíblicos que guardan cierta semejanza sean, por lo tanto, idénticos. Esto es particularmente cierto en la escatología. No todos los juicios son el mismo juicio, ni todas las resurrecciones son la misma resurrección, por mucho que algunos se esfuercen en meterlos todos en un mismo molde.

Un ejemplo típico de generalización profética puede observarse en la Confesión de Westminster:

1. En el día final habrá una resurrección general de los muertos, tanto de los justos como de los injustos.

2. Todos los que se hallen vivos serán transformados inmediatamente.

3. Inmediatamente después de la resurrección seguirá el juicio general y final de todos los ángeles y los hombres, buenos y malos.[i]

Habiendo evidencia clara en sentido contrario, semejante «amontonamiento» de los acontecimientos proféticos solo puede confundir al estudiante y desacreditar el Texto Sagrado. Aunque el autor no aboga por complicar las cosas de Dios, la tendencia de muchos a simplificar en exceso el programa profético de Dios es, no obstante, un error de primera magnitud.

I. La concepción postribulacionista del arrebatamiento

Cuando los postribulacionistas se niegan a distinguir entre el arrebatamiento y la revelación de Cristo, fundiéndolos en un solo acontecimiento que ocurre «en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final», caen en el mismo error reduccionista. El resultado es convertir el arrebatamiento en un detalle insignificante y sin sentido. En palabras de Reese, es «un mero incidente de la manifestación»,[ii] mencionado solo para mostrar que los vivos no tendrán ventaja alguna sobre los muertos en Cristo en el momento de Su aparición. Según esta postura, «tanto el arrebatamiento de los santos, con la transformación de los creyentes vivos, como la aparición visible de nuestro Señor en gloria y en juicio, ocurrirán en uno y el mismo momento».[iii] El propósito de este capítulo es demostrar que tal teoría está en conflicto con las Escrituras en cada punto de la investigación. Dos hechos en particular sobresaldrán: primero, que el arrebatamiento de los santos y la revelación de Cristo a la tierra están separados en el tiempo; y segundo, que estos acontecimientos difieren entre sí en muchas de sus características principales.

Ahora bien, es bastante evidente que buscará en vano quien espere encontrar una declaración cristalizada como: «El arrebatamiento precederá a la revelación por siete años». Si existiera tal declaración, no habría discusión alguna. Pero, de igual manera, la Biblia tampoco dice con esas mismas palabras que «Dios es una trinidad», y sin embargo abundantes pasajes de la Escritura dan testimonio de este hecho. La ausencia de una palabra o de una definición tiene poca importancia si la doctrina está entretejida en la trama misma de la Escritura. Las soluciones a todos los problemas bíblicos no yacen en la superficie inmediata, sino que deben resolverse por inferencia, comparando Escritura con Escritura, mediante una exégesis reverente enseñada por el Espíritu. Tal es el caso de la cuestión que nos ocupa, y la falta de una declaración clara y concreta queda más que compensada por una abundancia de versículos pertinentes, suficientes, al parecer, para ofrecer una respuesta clara y satisfactoria.

II. ¿Es el arrebatamiento simultáneo con la revelación de Cristo?

Al hacer del arrebatamiento de los santos de la Iglesia una parte secundaria de la misma crisis que la revelación de Cristo a la tierra, los postribulacionistas están solos. Todos los demás —pretribulacionistas y mesotribulacionistas, así como los partidarios del arrebatamiento parcial— coinciden en considerar el arrebatamiento como una fase de la segunda venida, distinta del regreso a la tierra. Fraser, autor postribulacionista, reconoce que el arrebatamiento y la revelación son «dos fases de la segunda venida de nuestro Señor», pero es representativo de su escuela de pensamiento cuando añade: «ocurren juntas al final pleno del siglo». La idea es que los santos se encontrarán con el Señor en el aire «y volverán con Él de inmediato».[iv] En respuesta a la pregunta: «Si Cristo viene por Sus santos en el Día del Señor, ¿cómo hemos de conciliar esto con la declaración de la Escritura de que entonces viene con Sus santos?», Reese responde:

No hay necesidad de conciliarlos; Cristo viene por Sus santos y con ellos en la misma crisis. Cuando viene conforme a 1 Tesalonicenses 4:13-17 y Mateo 24:31, va de camino a la tierra para establecer el Reino mesiánico. Pero antes de que el golpe caiga sobre los impíos, los escogidos son reunidos desde un extremo del cielo hasta el otro para salir al encuentro del Señor que se acerca. Se encuentran con el Señor en el aire y lo siguen en Su comitiva.[v]

Como fundamento de esta postura se cita el significado del término griego en 1 Tesalonicenses 4:17, donde está escrito: «Entonces nosotros, los que estemos vivos y que permanezcamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes al encuentro del Señor en el aire, y así estaremos con el Señor siempre». En opinión de Cameron:

Sin embargo, una verdad muy definida queda establecida por la palabra traducida «al encuentro», la cual tiene un significado claro y definido. Se usa solo tres veces en el Nuevo Testamento, y en todos los casos significa salir al encuentro de alguien y regresar con la persona encontrada. Por lo tanto, los que son arrebatados se encuentran con el Señor y regresan con Él.[vi]

En realidad, el sustantivo ἀπάντησις, que significa «encuentro», aparece cuatro veces en el Nuevo Testamento griego (Mt 25:1, 6; Hch 28:15; 1 Ts 4:17). Reese ha expresado la interpretación postribulacionista de estos versículos con un poco más de precisión que Cameron, de la siguiente manera:

Solo hay otros tres lugares en el Nuevo Testamento donde aparece la frase aquí traducida «al encuentro»; y en todos ellos (Mt 25:1, 6; Hch 28:15) la persona a quien se sale al encuentro continúa, después del encuentro, avanzando en la misma dirección en que se movía antes.[vii]

Al concluir que los santos de la Iglesia que son arrebatados para encontrarse con Cristo continúan en la dirección del Salvador, los postribulacionistas encuentran evidencia de que el arrebatamiento y la revelación están unidos en una sola crisis.

Sin embargo, la evidencia es en verdad muy escasa como para justificar que se le robe a la Iglesia su esperanza pretribulacional. Aunque Hechos 28:15 puede indicar que los hermanos de Roma regresaron con Pablo a esa ciudad, es mucho menos claro (tanto en Mateo 25:1 como en 25:6) qué dirección toma el novio después de que las vírgenes salen a su encuentro. ¿Cómo puede uno estar seguro cuando no se indica el destino? Pero en 1 Tesalonicenses 4:17 el destino del Novio, después de encontrarse con Su esposa en el aire, no está sujeto a discusión. Según Juan 14:2-3, Su venida otra vez para tomar a los Suyos consigo tiene el propósito expreso de llevar a Su esposa a las moradas celestiales que ahora se preparan para ella. He aquí evidencia bíblica clara de que la persona a quien Cristo sale al encuentro no continúa «después del encuentro, avanzando en la misma dirección en que se movía antes». Que los postribulacionistas ataquen la esperanza de la venida pretribulacional de Cristo apoyándose en lo que presuntamente sucedió cuando los hermanos de Roma salieron al encuentro de Pablo es, en verdad, sumamente precario. Acerca de los dos pasajes citados por Reese, Thiessen escribe:

En ninguna de estas Escrituras queda claro que regresaron inmediatamente después del encuentro. Sin duda Pablo tuvo un tiempo de comunión con los hermanos que vinieron a su encuentro antes de que partieran hacia Roma. La palabra griega aquí usada significa simplemente «encuentro», y el verbo griego afín, «ir al encuentro», «encontrarse con». [Thayer, op. cit., s. v.] De hecho, en la lectura del Textus Receptus de Lucas 14:31, y en el texto de la LXX de 1 Samuel 22:17; 2 Samuel 1:15; 1 Macabeos 11:15, 68, así como en otros escritores griegos, la idea de un regreso es imposible. Por lo tanto, afirmamos que, aunque Cristo volverá con los Suyos, el lenguaje en ninguna parte implica que volverá inmediatamente.[viii]

La evidencia contra el argumento postribulacionista resulta aún más devastadora al estudiar el verbo griego que tiene la misma raíz y el mismo significado que el sustantivo en cuestión. El verbo afín ἀπαντάω, «encontrarse con», que Reese no menciona, aparece siete veces en el Nuevo Testamento. Cualquiera que pueda leer por sí mismo la sencilla narración de los pasajes involucrados descubrirá de inmediato que la interpretación sugerida por Reese es arbitraria y engañosa. En Mateo 28:9-10, las mujeres que se encontraron con Cristo no continuaron con Él, sino que fueron enviadas adelante a la ciudad. En Marcos 5:2, un hombre con un espíritu inmundo sale de los sepulcros al encuentro de Jesús. En lugar de continuar juntos en la misma dirección, Cristo le manda ir a su casa, a los suyos, y contarles cuán grandes cosas había hecho el Señor por él (v. 19).

De nuevo, en Marcos 14:13, la idea de Reese y Cameron demuestra ser errónea. Cristo instruye a Sus discípulos que vayan a la ciudad, donde les saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua. El hecho de que Cristo añada luego el mandato «síganlo» muestra claramente que el verbo en sí no comunica la idea de que habían de continuar juntos. Afirmar lo contrario sería acusar al Señor mismo de redundancia.

Igualmente notable es el relato de Lucas 14:31, que trata de reyes en guerra. El léxico de Thayer señala que el verbo «encontrarse» se usa aquí «en sentido militar de un encuentro hostil», lo cual difícilmente implica avanzar juntos en la misma dirección. Liddell y Scott, en su Greek-English Lexicon, confirman también que el verbo se usa con frecuencia en la literatura griega «en sentido hostil, salir al encuentro en batalla». En Lucas 17:12, diez leprosos salen al encuentro de Cristo y son limpiados de su terrible enfermedad. Aunque se usa el mismo verbo, «encontrarse», es significativo que ninguno continúa con Cristo, y solo uno regresa, el tiempo suficiente para glorificar a Dios y dar gracias. Incluso a este, cuya fe lo había sanado, el Señor lo despide para que siga su camino.

De las siete referencias donde se usa el verbo ἀπαντάω, solo Juan 4:51 implica que quienes se encontraron continuaron juntos su camino; pero esto se deduce, no del significado del verbo, sino del hecho de que eran miembros de la misma casa. En la última referencia, Hechos 16:16, la muchacha que tenía espíritu de adivinación y que salió al encuentro de Pablo y Silas difícilmente siguió viajando con estos discípulos, pues ellos casi de inmediato fueron llevados a juicio y echados en la cárcel de Filipos. Tampoco puede suponerse que el espíritu maligno expulsado de la muchacha quisiera seguir viajando en la misma dirección con estos hombres de Dios.

Por lo tanto, es del todo procedente concluir que la postura postribulacionista con respecto al arrebatamiento —es decir, que los santos se encontrarán con el Señor en el aire y regresarán con Él a la tierra en una sola acción simultánea— está irremediablemente equivocada, tanto teológica como lingüísticamente. Tal postura solo puede confundir y desorientar a los miembros de la Iglesia de Cristo. No existe fundamento bíblico ni precedente lexicográfico que exija un regreso inmediato de los santos a la tierra, salvo las exigencias del esquema postribulacionista.[ix]

III. El arrebatamiento y la revelación difieren en el tiempo

A. Un patrón del Nuevo Testamento

Además de 1 Tesalonicenses 4:17 y de estos otros versículos que hacen sumamente improbable un regreso inmediato de la Iglesia con Cristo, la analogía de otras Escrituras del Nuevo Testamento sugiere que es necesario un intervalo entre el arrebatamiento y la revelación. Brookes ha señalado cómo otros tratos de Cristo con Su pueblo favorecen un doble aspecto de la segunda venida:

Cristo, en Su primera venida, se reveló solo a los Suyos que esperaban la consolación de Israel; y luego, después de un intervalo, se manifestó públicamente al mundo a orillas del Jordán… Somos justificados delante de Dios solo por la fe; somos justificados delante de los hombres por las obras. Somos santificados ahora en Cristo Jesús, y somos santificados también progresivamente a medida que pasamos por el mundo. El Señor tiene tratos privados con los Suyos antes de que haya cualquier manifestación pública de Sí mismo o de ellos; y es fácil creer que no hará de la recepción de ellos en Su presencia y de Su revelación en juicio un solo acto simultáneo.[x]

El arrebatamiento previo de la Iglesia está en completa armonía con el testimonio angélico registrado en Hechos 1:11. La ascensión establece el patrón de Su venida, pues Cristo volverá «de la misma manera». Cristo dejó la tierra en presencia de Sus discípulos, sin ser visto por Sus enemigos, como sí lo serán los dos testigos de Apocalipsis 11:12. ¿No se da a entender que el regreso de Cristo será primero por Sus amigos, antes de manifestarse a la vista de todos los hombres? Esta misma verdad se ilustra en la parábola de las minas en Lucas 19. Cuando el noble regresó, primero llamó a sus siervos y les pidió cuentas del servicio prestado durante su ausencia, y después de eso trató con sus enemigos.

Muchas veces a lo largo de esta investigación se ha señalado cómo el patrón general de la doctrina del Nuevo Testamento concuerda con la existencia de un intervalo entre el arrebatamiento y la revelación. Las epístolas paulinas tratan extensamente el andar del cristiano mientras está en la tierra; sin embargo, no hay instrucción alguna sobre la conducta de la Iglesia durante las pruebas del período de la Tribulación y el conflicto con la Bestia. Esto no es un descuido, ni un tema que se considerara innecesario explicar, pues Israel ciertamente sí recibe instrucciones (Mt 24:15-26), con el recordatorio: «Vean que se lo he dicho de antemano».

Tampoco se menciona a la Iglesia en los catorce capítulos del Apocalipsis dedicados a la descripción detallada de la Tribulación y sus protagonistas. En los capítulos dos y tres, donde Juan escribe acerca de «las que son», la ekklesía de Dios se menciona no menos de diecinueve veces; pero cuando la visión pasa a «las que han de suceder después de estas», es decir, durante la Tribulación, la Iglesia ya no es actor en el escenario del mundo. Ni vuelve a vérsela hasta Apocalipsis 19:8, 14, cuando se la encuentra regresando con los ejércitos del cielo para gobernar y reinar con Cristo. Durante la Tribulación, Israel es protegido de la ira de la Bestia (Ap 12:13-17), pero no se registra ningún lugar de protección para la Iglesia, lo cual implica que no lo necesita.

Es importante reconocer esta armonía fundamental entre la postura pretribulacional y los demás temas del Nuevo Testamento. La esperanza de un arrebatamiento previo para la Iglesia no es algo ajeno al Texto Sagrado. De hecho, es parte integral del patrón total.

B. El remanente judío

Aunque es buena doctrina milenaria que Dios todavía avivará a Su antiguo pueblo, Israel, y lo enviará como testigo de Su gracia salvadora en el tiempo del fin, a los postribulacionistas les resulta conveniente ridiculizar a aquellos de Israel que son redimidos durante la Tribulación. Reese derrama su desprecio sobre este «remanente judío medio convertido y medio cristiano (no convertido y no cristiano se ajustaría mejor a los hechos)…»,[xi] pero no parece reconocer que su defensa de una teoría lo ha puesto en conflicto con la Palabra de Dios. Por inspiración divina, Juan los llama «siervos de nuestro Dios», «los que siguen al Cordero», «rescatados de entre los hombres» y «primicias para Dios», y declara que «están sin mancha». Un testimonio como este debería ser suficientemente claro para satisfacer a cualquiera.

Sin embargo, lo importante es que estos redimidos son vistos como judíos. Se los enumera según su genealogía, de las doce tribus de Israel (Ap 7:4-8; 14:1-5); con todo, pertenecen a Cristo, pues tienen Su testimonio (Ap 12:17). He aquí, en verdad, una prueba de que la Iglesia no está en la tierra durante la Tribulación. Probablemente la característica más distintiva de la Iglesia cristiana es que tanto judíos como gentiles han sido colocados en el cuerpo de Cristo por el ministerio bautizador del Espíritu Santo (1 Co 12:12-13).

Contrariamente a todo lo conocido anteriormente, el judío y el gentil han sido reconciliados con Dios en un solo cuerpo mediante la cruz; la pared intermedia de separación ha sido derribada; ambos constituyen ahora «un nuevo hombre» en Cristo, «estableciendo así la paz» (Ef 2:11-18). Ahora bien, si la Iglesia todavía estuviera en la tierra durante la Tribulación, haciendo de ese período simplemente el terrible clímax de la presente Era de la Iglesia, los redimidos de la Tribulación pasarían automáticamente a ser miembros de la Iglesia y no podrían ser clasificados como miembros de un grupo judío distinto. Forzar a la Iglesia a entrar en la Tribulación obliga a suponer la presencia simultánea en la tierra de dos grupos separados, redimidos y testificantes, cada uno conservando su propia identidad; pero hacerlo es negar la vital doctrina paulina de la unidad del cuerpo de Cristo. La única otra alternativa es negar que haya en absoluto un remanente judío redimido durante la Tribulación. Como se ha demostrado, tal es el recurso del postribulacionista. Es evidente que las Escrituras no sostienen su tesis.

Si bien es evidente que la conversión nacional de Israel no será completa hasta la revelación de Cristo, cuando «mirarán a Mí, a quien han traspasado» (Zac 12:10; Ro 11:26-27), no obstante, un remanente de Israel será redimido y llegará a ser el principal cuerpo testificante de Dios durante la Tribulación. La Iglesia, habiendo completado su testimonio, ya estará con el Señor. Así pues, la presencia de judíos redimidos en la tierra durante el tiempo de angustia para Jacob exige un período posterior al arrebatamiento y anterior a la revelación, durante el cual ellos se conviertan y salgan a testificar.

C. Acontecimientos importantes separan el arrebatamiento de la revelación

Según la concepción postribulacionista del arrebatamiento, la Iglesia es arrebatada para encontrarse con Cristo en Su avance triunfal hacia la tierra, y tanto el arrebatamiento como la revelación ocurren casi simultáneamente, «en un abrir y cerrar de ojos», o a lo sumo en cuestión de momentos. Alexander Fraser, ferviente postribulacionista, ha citado con aprobación la opinión de James R. Graham, Jr.:

En el mismo «día», y probablemente con solo unos momentos de diferencia, Él viene por Sus santos y con Sus santos (1 Tesalonicenses 4:16-17). Los muertos y los vivos suben a encontrarse con Él mientras desciende, se unen a Su comitiva y lo acompañan de regreso cuando se pone de pie sobre el monte de los Olivos y destruye al Anticristo y a sus ejércitos.[xii]

Reese es del mismo parecer cuando dice que el arrebatamiento es un mero incidente de la manifestación y que la venida por los santos y la venida con los santos pertenecen a la misma crisis.[xiii] Cameron afirma que estos acontecimientos son «sincrónicos y no pueden separarse».[xiv] Lamentablemente, sin embargo, esta es una opinión sin fundamento. Aunque los postribulacionistas se ven obligados, por la clara revelación, a admitir dos fases distintas de la segunda venida, creemos que no encaran de frente la evidencia de otros dos acontecimientos predichos que exigen un intervalo entre el arrebatamiento y la revelación.

El primero de tales acontecimientos, que no puede ocurrir hasta que haya tenido lugar el arrebatamiento, es el tribunal de Cristo (llamado generalmente el tribunal Bema, del griego βῆμα, «tribunal»). Mencionado principalmente en los escritos de Pablo, constituye una advertencia de que cada creyente dará cuenta a Dios de su mayordomía, y un incentivo para la fidelidad en la vida cristiana y la fecundidad en el servicio cristiano.

Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo (2 Co 5:10).

Ahora bien, si sobre este fundamento alguien edifica con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno se hará evidente; porque el día la dará a conocer, pues con fuego será revelada. El fuego mismo probará la calidad de la obra de cada uno. Si permanece la obra de alguien que ha edificado sobre el fundamento, recibirá recompensa. Si la obra de alguien es consumida por el fuego, sufrirá pérdida; sin embargo, él será salvo, aunque así como a través del fuego (1 Co 3:12-15).

Este no es el gran trono blanco (Ap 20:11); lo que está en consideración no es la salvación, sino las obras cristianas. Ninguno de los que comparecen ante el tribunal de Cristo está perdido, pero algunos llegarán allí casi con las manos vacías, habiendo recogido poco fruto en el campo de la cosecha de Dios (Sal 126:6; Jn 15:8). Pablo habla de una corona de justicia «que el Señor, el Juez justo, me entregará en aquel día» (2 Ti 4:8). También menciona la perspectiva de una corona de gozo en la venida del Señor Jesucristo (1 Ts 2:19). Pedro animó a los creyentes con la esperanza de que «cuando aparezca el Príncipe de los pastores, ustedes recibirán la corona inmarcesible de gloria» (1 P 5:4; cf. Ro 14:10; 1 Co 9:24-27; Jn 5:22).

Este juicio de las obras del creyente está claramente asociado con el regreso del Señor Jesucristo por los Suyos. Ocurre después del arrebatamiento pero antes de la cena de las bodas, pues es inconcebible que la Iglesia sea juzgada y sus obras probadas por fuego después de haber sido unida a Cristo como Su esposa. Esta perspectiva está en completa armonía con los veinticuatro ancianos, que representan a la Iglesia arrebatada en el cielo y aparecen coronados antes de que la ira de Dios caiga sobre el mundo.

El segundo gran acontecimiento que ocurre después del arrebatamiento pero antes de la revelación es la boda de la esposa con Cristo y la cena de las bodas del Cordero:

Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y Su esposa se ha preparado. Y a ella le fue concedido vestirse de lino fino, resplandeciente y limpio, porque las acciones justas de los santos son el lino fino. El ángel me dijo: «Escribe: “Bienaventurados los que están invitados a la cena de las bodas del Cordero”» (Ap 19:7-9).

Este es el momento en que la Iglesia será presentada «como virgen pura a Cristo» (2 Co 11:2), «una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga… sino que fuera santa e inmaculada» (Ef 5:27). Por el relato de Juan resulta bastante evidente que la presentación de la esposa y las bodas del Cordero tienen lugar en el cielo (Ap 19:1, 4, 11). El llamado a las bodas y toda esa maravillosa unión (que Pablo llama un «gran misterio» en Ef 5:32) tienen lugar antes de que se abra el cielo y el Hijo de Dios descienda a la tierra con poder y gran gloria. Si hay alguna cronología en el relato del Apocalipsis, y alguna armonía en la palabra profética, el llamado a las bodas, la presentación de la esposa y las bodas del Cordero ocurren en el cielo antes de la revelación de Cristo sobre la tierra. En su contexto, el acontecimiento está asociado con la adoración celestial, la presencia de los veinticuatro ancianos y de los cuatro seres vivientes, una voz que «salió del trono» y la poderosa voz de la multitud celestial (Ap 19:1-6). Sin duda, toda esta maravillosa escena tiene lugar en el cielo. Todos los santos han sido arrebatados (¡porque no habrá una esposa parcial!), pero la revelación todavía no ha tenido lugar.

He aquí, pues, dos acontecimientos notables —el tribunal de Cristo y las bodas del Cordero—, los cuales deben ocurrir en el cielo después del arrebatamiento pero antes del regreso a la tierra.[xv] Ahora bien, estos acontecimientos han sido esperados por largo tiempo; se los ha aguardado con mucho regocijo (Ap 19:7) y no serán apresurados. La esposa tiene tiempo para prepararse (19:7). Hay adoración y alabanza en la que participan todas las huestes del cielo (19:6). El coro de aleluyas de los redimidos debe ser cantado, y con toda la eternidad por delante, ¡no se limitará a «la primera y la última estrofa»! Antes de las bodas y de la cena tendrá lugar la presentación de la esposa. Esta es la experiencia más gloriosa y culminante de toda la larga historia de la Iglesia, y será un tiempo del mayor gozo para el Cristo que la redimió. Cuando todos los santos entren en marcha triunfal, «debido a la angustia de Su alma, Él lo verá y quedará satisfecho» (Is 53:11).

El tribunal de Cristo, y ahora la presentación de la esposa y la cena de las bodas: estos son acontecimientos literales, no fantasías simbólicas. No pueden cumplirse, ni se cumplirán, todos en un solo instante fugaz. Las vidas de los santos deben ser revisadas, sus obras deben ser probadas, las recompensas serán otorgadas, la esposa se preparará y será presentada a Cristo, la boda debe realizarse y el banquete de bodas debe ser celebrado y disfrutado. Sin embargo, por causa de una teoría que, por pura necesidad, une el arrebatamiento, la revelación y todo lo que media entre ambos en un solo clímax, algunos quieren hacernos creer que todas estas benditas experiencias ocurren en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, como parte del descenso del Señor a la tierra, sin un anticipo del cielo y sin un vistazo de las «muchas moradas» preparadas por un Salvador amoroso para la Esposa a quien recibirá consigo cuando venga otra vez (Jn 14:2-3).

Hay un postribulacionista que ve la grave incoherencia de semejante programa. Él, al menos, encara el hecho ineludible de que se requiere un intervalo de tiempo entre la ascensión de los santos para encontrarse con Cristo y su regreso con Él para reinar. Rose hace la siguiente interesante y notable confesión:

No hay ninguna declaración directa en la Biblia acerca de la duración del tiempo entre la subida al encuentro del Señor en el aire y el regreso con Él. Sin embargo, «cuarenta días» es un período significativo en las Sagradas Escrituras. Las lluvias del diluvio cayeron para destrucción de los impíos durante «cuarenta días y cuarenta noches». Moisés estuvo en el monte con Dios «cuarenta días y cuarenta noches». Cristo se presentó vivo a Sus discípulos durante «cuarenta días» después de Su padecimiento, antes de ascender a Su trono en el cielo (Hch 1:3). Si este es el patrón que seguirán los santos resucitados y trasladados, los «cuarenta días» darán lugar a «la cena de las bodas del Cordero» antes de regresar a la tierra para reinar con Cristo sobre Su trono. No hay un período definidamente declarado durante el cual los santos estarán fuera de la tierra. Puede ser un año completo, o pueden regresar el mismo día. Lo principal es estar preparados para Su venida y escapar del diluvio de la ira derramada.[xvi]

He aquí, pues, la conclusión de un autor postribulacionista cabal, citada de su libro Tribulation Till Translation. Él reconoce la necesidad absoluta de un intervalo de tiempo entre el arrebatamiento de los santos y el regreso con Cristo. Sugiere que cuarenta días podrían ser un intervalo adecuado para los acontecimientos intermedios, pero admite que el tiempo podría ser mayor: «Puede ser un año completo». Esto nos recuerda las palabras de Reese: «Tal es la admisión de un escritor amigo; y si una concesión tan perjudicial se hace desde dentro del campamento, ¿cuál no será la verdad sobria vista desde fuera?».[xvii] La idea de que siquiera un solo acontecimiento medie entre el arrebatamiento y la revelación es fatal para el esquema postribulacionista. Nosotros hemos señalado de dos a cuatro acontecimientos semejantes. ¿Cómo, entonces, pueden ser sincrónicos el arrebatamiento y la revelación? ¿Cómo, entonces, una sola crisis?

Una vez que se admite un elemento de tiempo entre el arrebatamiento y la revelación —como lo hace aquí Rose, y como lo conceden además otros postribulacionistas que guardan un prudente silencio en este punto—, quedan solo unos pocos pasos hacia una postura claramente pretribulacional. A partir de la admisión de Rose, y a la luz de los hallazgos de los capítulos anteriores, razone el lector hacia atrás hasta el lugar que el arrebatamiento debe ocupar en el programa profético de Dios. Obviamente tendrá lugar antes de las bodas del Cordero, pues estas son en el cielo. Los pensadores coherentes concederán que debe ocurrir antes del tribunal de Cristo, pues el momento en que los santos de la Iglesia sean juzgados y recompensados no precederá a su traslado a Su presencia. Además, 2 Tesalonicenses 2:3-10 establece que la remoción de la Iglesia será antes de la manifestación del hombre de pecado, hecho que coloca el arrebatamiento antes de Apocalipsis 13, y probablemente tan atrás en la cronología de ese libro como 6:1, antes de la apertura del primer sello y del jinete del caballo blanco. Desde este punto, un rápido repaso de la naturaleza de la Iglesia y del carácter de la Tribulación, de las promesas que eximen a la Iglesia de toda ira derramada por Dios, y del cambio de perspectiva de la tierra al cielo en Apocalipsis 4:1, que revela a ancianos coronados y glorificados que adoran a Cristo y entonan el cántico de los redimidos —tal repaso— debería convencer a cualquier mente sincera de que el lugar del arrebatamiento en la cronología del Apocalipsis y en el orden de los acontecimientos proféticos es claramente pretribulacional. Por otra parte, puesto que los acontecimientos intermedios exigen un intervalo marcado entre el arrebatamiento y la revelación, toda la idea postribulacionista de que estas dos fases del regreso de nuestro Señor están separadas solo por momentos, si es que no son simultáneas, queda demostrada como completamente insostenible.

IV. El arrebatamiento y la revelación difieren en sus características principales

Establecido un intervalo de tiempo entre el arrebatamiento de los santos y el regreso de Cristo en Su manifestación gloriosa, queda ahora por señalar brevemente que estas dos fases de la venida de Cristo también difieren ampliamente en cuanto a sus características principales. Dado que ambas implican acciones de parte del Señor y de Su Iglesia, con razón uno esperaría encontrar cierta semejanza entre las dos, pero también hay contrastes notables. La exposición que sigue se propone enumerar muchos de estos contrastes: algunos son lo bastante evidentes como para constituir una prueba adicional de que se trata de dos acontecimientos separados; otros ofrecen ejemplos de diferencias adicionales una vez demostrada la distinción principal.

A. Diferencias en relación con los redimidos

Habrá un marcado contraste en el fervor espiritual del testimonio de Dios en la tierra. En el arrebatamiento, la Iglesia, en su mayor parte, estará en un estado de tibieza laodicense (Ap 3:14-19), mientras que antes de la revelación los santos de la Tribulación arderán de celo por Dios (Ap 12:11; 14:4-5; cf. Is 27:6). La apostasía al final de la Era de la Iglesia es tema de clara predicción (2 Ti 3:1-5; 2 P 3:3-4), pero esto contrasta directamente con el testimonio de los santos perseguidos de la Tribulación, que será al rojo vivo. La historia registra que la persecución severa produce una iglesia que es o caliente o fría, con creyentes que sellan su testimonio con su sangre o que capitulan débilmente ante el enemigo. Lo primero caracterizará a los santos de la Tribulación, pero la Iglesia antes del arrebatamiento será nauseabundamente tibia.

Las dos fases del regreso del Señor difieren ampliamente en cuanto a su modo: Cristo viene primero por los santos (1 Ts 4:16) y luego regresa más tarde con los santos (1 Ts 3:13). También es evidente una diferencia en cuanto al lugar: el escenario del arrebatamiento es el aire, mientras que el de la revelación es la tierra. El destino ofrece otro punto de distinción, pues después del arrebatamiento la Iglesia estará con Cristo en las moradas celestiales (Jn 14:1-3), pero después de la revelación reinará con Él sobre la tierra milenaria (Ap 20:6).

Además, estos dos acontecimientos difieren en cuanto a su perspectiva inmediata. En el arrebatamiento, la perspectiva para la Iglesia será la del juicio ante el tribunal de Cristo y las bodas del Cordero, mientras que en la revelación estos acontecimientos ya habrán quedado atrás, y la perspectiva será la culminación del juicio y la ira de Dios sobre Sus enemigos. En el arrebatamiento, la Iglesia es juzgada con miras a las recompensas (2 Co 5:10); en la revelación, Israel y las naciones gentiles son juzgados con respecto a su trato hacia Cristo y a su entrada en el reino (Mt 25:31-46). En el arrebatamiento será una bendición ser tomado, pero en la revelación será una bendición ser dejado en la tierra para entrar en el reino de Cristo, pues los impíos serán quitados en juicio. En el arrebatamiento está en perspectiva la cena de las bodas del Cordero; en la revelación, la «gran cena de Dios» del juicio (Ap 19:17; Ez 39:17-20). Todas estas son distinciones claras que exigen dos acontecimientos completamente separados. Pasar por alto contrastes como estos, fundiéndolo todo en una sola acción o crisis, solo puede conducir a la confusión en cuanto al programa futuro de Dios.

B. Diferencias en relación con Cristo

En el arrebatamiento, Cristo aparece como el Novio, el Señor y la Cabeza de la Iglesia. En la revelación, viene como Rey, Emanuel y Mesías de Israel (Ap 19:16; Sal 2:2; Is 7:14; Zac 12:10; 13:6; 14:4-11). Antes de la Tribulación, Cristo aparece como «la estrella resplandeciente de la mañana» (Ap 2:28; 22:16), pero después de la Tribulación Su aparición al remanente es como «el sol de justicia con la salud en sus alas» (Mal 4:2). Estos son símbolos adecuados de las dos fases de la venida de Cristo, pues la estrella de la mañana es vista por relativamente pocos y se levanta en los cielos antes de que aparezca el sol. En la revelación, Cristo regirá a las naciones «con vara de hierro» (Ap 19:15), pero en el arrebatamiento (para usar el lenguaje de Cantares 2:4) Su estandarte sobre nosotros es el amor.

C. Diferencias en relación con los acontecimientos mismos

En varios factores importantes, la venida de Cristo por la Iglesia difiere de Su regreso a la tierra con la Iglesia. Cuando Cristo aparezca desde la gloria para someter a Sus enemigos y establecer un reino terrenal, todo el orden de la vida tal como es ahora será cambiado y mejorado. La creación será liberada de su esclavitud (Ro 8:19-23) y «se regocijará el Arabá y florecerá como el azafrán» (Is 35:1). El comportamiento de los animales será radicalmente alterado, pues el león se echará junto al cordero, y en ese tiempo «la tierra estará llena del conocimiento del Señor» (Is 11:6-9; Ez 34:25; Os 2:18). Los gobiernos serán transformados y las guerras abolidas (Is 2:2-4); la enfermedad y la muerte disminuirán (Ap 21:4), y toda la tierra sabrá por experiencia que es el Hijo de Dios quien reina sobre el trono de David. Estos y otros vastos cambios ocurrirán cuando Cristo regrese para establecer Su glorioso reinado milenario sobre la tierra; sin embargo, ninguno de ellos tiene lugar en el arrebatamiento de la Iglesia. En el arrebatamiento, el pecado del mundo permanece sin juzgar y la creación continúa sujeta a esclavitud. En cambio, en la revelación no solo será juzgado el pecado, sino que Satanás mismo será atado (Ap 20:1-3) y la maldición del pecado será en gran parte quitada de la tierra. En el primero, los pactos de Israel permanecen sin cumplirse, mientras que en la segunda, Israel entra en su herencia. En el arrebatamiento, los muertos en Cristo son resucitados y arrebatados al cielo; en la revelación, los santos del Antiguo Testamento son resucitados, e Israel comparecerá en juicio ante su Rey con respecto a su entrada en un reino terrenal.

El hecho mismo de que el arrebatamiento de los santos sea declarado un misterio (1 Co 15:51), un misterio «que había estado oculto desde los siglos y generaciones, pero que ahora ha sido manifestado a Sus santos» (Col 1:26), hace imposible fundirlo con la revelación de Cristo a la tierra. Este solo hecho basta para confirmar los muchos contrastes ya expuestos. Un misterio paulino es una verdad que antes no había sido revelada, pero que ahora ha sido declarada abiertamente; una verdad no prevista en el Antiguo Testamento, pero ahora claramente revelada en el Nuevo. El traslado de los santos, «en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final», es uno de esos misterios (1 Co 15:51-52).

Este carácter de «misterio» de la venida de Cristo por Su Iglesia la distingue claramente del regreso de Cristo a la tierra previo a Su reinado. La revelación del Hijo del Hombre no es en ninguna parte un misterio, sino el tema de claras profecías del Antiguo Testamento (Dt 30:3; Is 11:11; 61:2; Zac 14:4, etc.). Judas 14 registra: «De estos también profetizó Enoc, en la séptima generación desde Adán, diciendo: “Vean, el Señor vino con muchos millares de Sus santos, para ejecutar juicio sobre todos…”». ¿Cómo puede, entonces, el arrebatamiento de los santos ser un misterio paulino si no se lo entiende como un acontecimiento separado de la revelación de Cristo? Además, la venida de Cristo a la tierra, tal como la contemplaron los profetas del Antiguo Testamento, está asociada con señales y acontecimientos predichos que primero deben cumplirse. El arrebatamiento, en cambio, es presentado en el Nuevo Testamento como inminente; no está sujeto a acontecimientos previos, ni es tema de la profecía del Antiguo Testamento.

Para la teoría del arrebatamiento postribulacional resulta un claro inconveniente que los santos sean arrebatados en absoluto, pero aun ellos tienen que admitir que la Biblia lo enseña. Y habiéndolo admitido, todavía les falta explicar qué beneficio obtiene la Iglesia de un viaje de ida y vuelta a las nubes, todo ello instantáneo o, a lo sumo, en cuestión de momentos. Todavía les falta armonizar las muchas distinciones evidentes que separan el arrebatamiento de la revelación, y también ofrecer una interpretación ordenada de los acontecimientos proféticos que incluya una postura aceptable del tribunal de Cristo y de la cena de las bodas, con todos sus detalles. La postura postribulacionista no perdería absolutamente nada si los santos no fueran arrebatados en absoluto; sin embargo, no pueden negar que, cuando Cristo regrese a la tierra por segunda vez, los Suyos son vistos viniendo del cielo con Él. Su postura está en desacuerdo con casi todos los detalles de 1 Tesalonicenses 4:13-18, con su consoladora esperanza; no puede conciliar el carácter de misterio del arrebatamiento en 1 Corintios 15:51-52; y tiene muy poco que decir acerca de la promesa de las moradas celestiales en Juan 14:1-3. Y, sin embargo, aun ellos reconocen que estas son las tres Escrituras absolutamente fundamentales en lo que respecta al arrebatamiento de los santos. ¡Si tan solo los hombres dejaran que las Escrituras hablaran por sí mismas! ¡Cuán claro es su testimonio de que el arrebatamiento y la revelación tratan asuntos distintos! No todos dormiremos, sino que seremos arrebatados al encuentro del Señor en el aire; pero «cuando estén diciendo: “Paz y seguridad”, entonces la destrucción vendrá sobre ellos repentinamente». El contraste es claro. Basta comparar 1 Tesalonicenses 4:16-18 con 2 Tesalonicenses 1:7-10 para ver de inmediato que se trata de algo distinto.

V. ¿Quiénes poblarán la tierra milenaria?

Las Escrituras que describen el tiempo del fin dejan bastante claro que habrá hombres justos viviendo sobre la tierra cuando Cristo regrese en la gloria de Su revelación. Ambos Testamentos indican que un remanente creyente de israelitas será preservado a través de la Tribulación para recibir el regreso de su Mesías (Is 11:11; Jer 23:3; Zac 13:8-9; 14:4-5; Ap 12:17). Las tribus de Israel ciertamente estarán sobre la tierra cuando el Hijo del Hombre venga sobre las nubes del cielo y Sus escogidos sean reunidos de los cuatro vientos (Mt 24:30-31). Mateo 25:31-33 no da el menor indicio de que las «ovejas» que están a la derecha de Cristo hayan sido alguna vez arrebatadas de la tierra en una experiencia de traslado. Cuando el Hijo del Hombre venga en el resplandor de Su gloria, tanto las «ovejas» como los «cabritos» serán reunidos delante de Él. Además, las dos multitudes de redimidos de Apocalipsis 7 dan testimonio de que hay hombres que son lavados y emblanquecidos en la sangre del Cordero hasta el momento mismo de la revelación.

Es importante considerar este fenómeno: que hay justos en la tierra que reciben al Señor cuando desciende con muchos millares de Sus santos. Estos forman un grupo importante que entrará en el reino milenario de Cristo. Pocos parecen haber notado que su presencia en el cambio de era tiene una relación vital con la posición del arrebatamiento en el calendario de los acontecimientos del fin.

Si, como sostienen los hermanos postribulacionistas, todos los santos que todavía estén vivos cuando el Anticristo haya hecho lo peor y la Tribulación haya pasado son arrebatados para encontrarse con Cristo y regresar triunfantes en Su comitiva, ¿cómo se explica entonces la presencia de hombres justos en la tierra cuando Cristo desciende para establecer el reino milenario? ¿Habrá que creer que algunos fueron pasados por alto, que hubo una esposa dividida y un arrebatamiento parcial? ¿O simplemente debemos entender que tiene que haber un período entre el arrebatamiento y la revelación durante el cual ellos fueron llevados al conocimiento de la salvación? De las dos alternativas, esta última es la conclusión evidente, lógica y sencilla. Pero tal conclusión es fatal para el postribulacionismo.

Veamos ahora el mismo asunto desde un ángulo ligeramente distinto. ¿Quiénes poblarán la tierra milenaria después del regreso de Jesucristo? Ciertamente no los santos que han sido arrebatados, pues 1 Corintios 15:51-54 testifica, respecto a los muertos y a los vivos en Cristo, que «seremos transformados», y en el arrebatamiento recibirán sus cuerpos glorificados de resurrección. Aun antes de que comience el reinado de Cristo sobre la tierra, ellos ya se habrán vestido de inmortalidad. Tampoco poblarán los injustos la tierra milenaria, pues los que no mueran por los juicios de la Tribulación serán destruidos por el resplandor de Su venida (Ap 19:15; 2 Ts 2:8-12).

Hay muchas indicaciones de que los injustos de ninguna manera heredarán el reino de Cristo. Dios purgará de en medio de Israel a todos los judíos rebeldes (Ez 20:38). La cizaña será arrancada de entre el trigo y quemada en el fuego, y esto antes de que se cumpla lo dicho: «los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre» (Mt 13:30, 40-43). Cristo, en el sermón del monte de los Olivos, advierte constantemente que solo los justos entrarán en Su reino. ¿Quiénes, entonces, poblarán el milenio? ¿Pueden los seres inmortales casarse y engendrar hijos? «Porque en la resurrección, ni se casan ni son dados en matrimonio, sino que son como los ángeles en el cielo» (Mt 22:30). ¿Poseerán propiedades los hombres que se han vestido de inmortalidad, arando sus campos y cultivando cada uno su propia viña? (Mi 4:3-4). ¡Qué desorden produce la teoría postribulacionista de que todos los santos son arrebatados y transformados justo antes del reino!

¿De dónde salen los incrédulos del milenio, si todos los que entran en él son santos que se han vestido de inmortalidad? «Cuando los mil años se cumplan, Satanás será soltado de su prisión, y saldrá a engañar a las naciones que están en los cuatro extremos de la tierra… El número de ellas es como la arena del mar» (Ap 20:7-8). Los que sucumben a este engaño satánico final no son hombres redimidos, y ciertamente nunca fueron arrebatados al encuentro del Señor en el aire.

Prácticamente todo lo que se sabe acerca de la era milenaria queda sumido en una confusión irremediable por la idea de que el arrebatamiento y la revelación ocurren casi simultáneamente en el día que pone fin a la Tribulación e inaugura el reinado de Cristo. La armonía de la palabra profética se logra solo cuando se reconoce un período de tiempo después del arrebatamiento y antes de la revelación de Cristo en gloria. Siete años de Tribulación median entre ambos, durante los cuales Dios habla en ira, pero no tan fuerte que no pueda, en Su gracia, llamar a los pecadores a Sí mismo. Multitudes son salvadas durante la Tribulación. Muchos serán martirizados, pero los que perseveren hasta el fin entrarán al reino en la carne. Los redimidos del período de la Tribulación son quienes poblarán la tierra milenaria.

NOTAS


[i] Citado por A. A. Hodge, Outlines of Theology, p. 576.

[ii] Alexander Reese, The Approaching Advent of Christ, p. 266.

[iii] Alexander Reese, Is There But One Return of Christ?, pp. 9-10.

[iv] Ibíd., p. 14.

[v] Reese, op. cit., p. 237.

[vi] Robert Cameron, Scriptural Truth About the Lord’s Return, p. 116.

[vii] Reese, op. cit., p. 238, citando a John Lillie, Lectures on the Epistles to the Thessalonians, pp. 267-268. Cursivas en el original.

[viii] Henry C. Thiessen, Lectures in Systematic Theology, p. 483. Véase también Thiessen, «Will the Church Pass Through the Tribulation?», Bibliotheca Sacra, XCII (julio-septiembre de 1935), 303.

[ix] Un análisis útil de todo este problema, particularmente en lo que respecta al griego, se encuentra en G. H. Lang, The Revelation of Jesus Christ, pp. 262-265.

[x] James H. Brookes, «Kept Out of the Hour», Our Hope, VI (noviembre de 1899), 156.

[xi] Reese, op. cit., p. 208.

[xii] James R. Graham, Jr. (ed.), Life in the Spirit, p. 55. Citado por Alexander Fraser, The “Any Moment” Return of Christ: A Critique, p. 21.

[xiii] Reese, op. cit., pp. 237, 266.

[xiv] Cameron, op. cit., p. 92.

[xv] Algunos ven cuatro acontecimientos: (1) la Iglesia juzgada (2 Co 5:10), (2) la Iglesia recompensada (1 Co 3:14), (3) la Iglesia presentada (Ef 5:27; Heb 2:13; Jud 24) y (4) la Iglesia desposada (Ap 19:7-9).

[xvi] George L. Rose, Tribulation Till Translation, p. 261.

[xvii] Reese, op. cit., p. 90.

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