La Realidad De La Muerte

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La Realidad De La Muerte

Por Chad Wiles

La muerte es un siervo curioso. Por un lado, es el recordatorio constante de la maldición y una advertencia de juicio; pero por el otro, para el cristiano, es el pasaje hacia la gloria eterna a través de Cristo (2 Corintios 5:6–10). Debido a la desobediencia de Adán, los seres humanos enfrentan la realidad de la muerte desde el momento de la concepción hasta el último suspiro que dan sobre la tierra. Trágicamente, los bebés en el vientre no están exentos de la maldición de la muerte, ni los jóvenes con futuros brillantes, ni los ancianos que esperan tener unos días más. La única constante en la vida es la muerte, y nadie sabe el día ni la hora en que esta pueda presentarse. Es esta realidad la razón por la cual Moisés en el Salmo 90:12 ora: «Enséñanos para que contemos nuestros días, para que alcancemos un corazón sabio». Es prudente considerar la brevedad de la vida, porque la muerte sirve como una advertencia y una anticipación de lo que sucede más allá del sepulcro.

La sombría advertencia de la muerte

La muerte sirve como una advertencia de juicio. El hombre ha sido creado a imagen de Dios. Aunque esa imagen está desfigurada por el pecado, el hombre tiene un destino más allá de esta vida. Jesús explica: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien teman a Aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno» (Mateo 10:28). La muerte debería traer una medida de temor y sobriedad a nuestras vidas. Para el cristiano, produce un corazón sabio y humilde al contar nuestros días (Salmo 90:12). El pensamiento de la muerte también produce gozo y anticipación por el cielo, porque la obra redentora de Cristo quita el temor al castigo futuro (Hebreos 2:14–15 y 1 Juan 4:17–18). Sin embargo, para los no creyentes que están suprimiendo la verdad y justificando su temor con filosofía humana y lugares comunes vacíos, existe una realidad de la ira y el castigo de Dios que les aguarda (Romanos 1:18). George Swinnock escribe: «El pecado es finito en cuanto a su sujeto, porque es el acto de una criatura limitada. Sin embargo, es infinito en cuanto a su objeto, porque se comete contra un Creador ilimitado… El abismo infernal es el lugar de esos castigos, al cual los hombres descienden por la escalera de la muerte (Mateo 7:23; 25:41; Marcos 9:49)».¹

La perfecta justicia de Dios exige un pago por quebrantar Su santa ley. La paga del pecado es muerte tanto física como eterna (Romanos 6:23a). Todos comienzan la travesía en esta vida por el camino a la destrucción, porque todos han pecado y están destituidos del santo requerimiento de Dios (Romanos 3:10–12; 23). Para aquellos que rechazan a Dios o intentan reemplazar al Dios de la Biblia con un dios falso, no hay esperanza en la muerte. La ira y el castigo están aguardando al otro lado del sepulcro.

¿Con qué frecuencia contemplas la realidad de la muerte?

¿En quién depositas tu esperanza para tu futuro eterno?

La gozosa anticipación de la muerte

Para el cristiano, la muerte sirve como un recordatorio del glorioso camino al paraíso. Cuando Dios expulsó a Adán y Eva del huerto en Génesis 3:22–24, fue un castigo, pero también un medio de Su gracia. Había un desenlace peor que la muerte, y era comer del árbol de la vida después de haber caído en el pecado. Si hubieran comido del árbol de la vida, todos los seres humanos habrían vivido en un estado perpetuo de pecado y separación de Dios (Génesis 3:22–23). Aunque Dios cerró el pasaje de regreso al huerto, los envió fuera con una promesa de Aquel que proveería el camino de regreso al paraíso (Génesis 3:15). También los vistió como un símbolo del sacrificio que su pecado requeriría (Génesis 3:21; Isaías 61:10). Warren Wiersbe escribe: «Animales inocentes tuvieron que morir para que el hombre y la mujer pudieran tener un nuevo comienzo y volver a estar en comunión con el Señor. Es una imagen de lo que Jesús hizo por los pecadores en la cruz cuando murió por un mundo pecador (2 Corintios 5:21)».²

Adán y Eva nunca más podrían volver a entrar al huerto ni disfrutar de la comunión con Dios que alguna vez disfrutaron. No obstante, Dios en Su misericordia abrió un nuevo camino para entrar al paraíso por medio de Su Hijo Jesucristo. Jesús dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Juan 14:6). Aquellos que han puesto su confianza en Jesús arrepintiéndose de sus pecados y siguiéndole como Señor tienen un hogar garantizado en la santa presencia de Dios (Juan 14:2–3; Efesios 1:11–14; 1 Pedro 1:3–4). Esta esperanza es la razón por la cual Pablo afirma que el morir es ganancia, porque hay un hogar eterno esperando a todos los hijos de Dios al otro lado de la puerta de la muerte (Filipenses 1:21–24).

La muerte insta al cristiano a meditar en Cristo y en la esperanza prometida con total certeza. Meditar en el cielo y en las realidades eternas ayuda a fortalecer el alma para la corta travesía por el oscuro sendero de la muerte. Contemplar las ricas verdades del cielo que la Escritura provee le da al cristiano una saludable anticipación del hogar que nos espera, y nos permite vivir las pruebas de esta vida con un valor humilde (2 Corintios 5:1; Juan 14:2–3; Isaías 6:1–7). George Swinnock escribe: «Dios también ha determinado conceder una corona incomparable e inmutable a los miembros de Cristo. Es el beneplácito de su Padre darles un reino… El alma debe ser librada de la prisión del cuerpo, para que pueda gozar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios».³

¿Con qué frecuencia meditas en el evangelio y en la realidad del cielo?

¿De qué maneras te estás aferrando pecaminosamente a esta vida? ¿De qué necesitas arrepentirte?

Esperanza en el duelo

Para el cristiano, guardar duelo por la muerte de un ser querido que es salvo por gracia mediante Cristo es un dolor bendito. Por un lado, es motivo de celebración porque ya ha corrido la carrera y ahora está con Cristo. Solo el cristiano puede pasar por el duelo verdaderamente con esperanza (1 Tesalonicenses 4:13–14). No obstante, el dolor del duelo es, de todos modos, una realidad pesada y dolorosa. ¿Por qué estamos de duelo? Por la pérdida preciosa, aunque temporal, de la comunión. El amor y la comunión que los cristianos disfrutan entre sí en esta vida es un reflejo del cielo y una misericordia del Padre (Colosenses 3:12–16; Hebreos 10:24–25; Hechos 2:42). Es duro perder a un familiar, a un amigo, a un mentor, a un cónyuge o a un hijo, aun si esa pérdida es solo temporal. Mi consejo y ánimo es: guarda duelo, llora y regocíjate. Permite que las promesas de Dios sean el consuelo en tu dolor. Recibe el amor y la bondad de los santos que te rodean para que lleven la carga contigo (Romanos 12:15; Gálatas 6:2). Por ejemplo, hace poco tuve una conversación con una miembro de nuestra iglesia cuyo esposo falleció este año, y ella acaba de enterarse de que tiene cáncer de hígado en etapa terminal (etapa 4). Ella está pasando por el duelo y luchando con la realidad de la muerte. Al sentarme con ella en su casa, oramos y nos regocijamos en el consuelo de Dios en todas nuestras aflicciones, en cómo el aguijón de la muerte es quitado gracias a la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, y en su gozosa anticipación de estar con su Salvador en el cielo (1 Corintios 15:54–55; 2 Corintios 1:3–11; Juan 14:1–3; Filipenses 3:20–21).

Aquellos que marchan hacia la puerta de la muerte como pecadores apartados de Cristo son los más dignos de lástima. Que los que estamos en Cristo seamos motivados por la muerte a predicar vida a todos los que escuchen. Como escribe Pablo: «Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros, en nombre de Cristo les rogamos: ¡Reconcíliense con Dios!» (2 Corintios 5:20).

¿De qué manera el evangelio y las promesas de Dios transforman la forma en que vives el duelo?

¿Cuál es tu grado de urgencia para compartir el evangelio con otros?

¹ George Swinnock, The Fading of the Flesh and the Flourishing of Faith, ed. Stephen Yuille (Reformation Heritage Books, 2009), 16.

² Warren W. Wiersbe, The Bible Exposition Commentary: Old Testament, The Pentateuch (Colorado Springs, CO: Victor, 2002), 34.

³ George Swinnock, op. cit.

URL del artículo: https://biblicalcounseling.com/resource-library/articles/the-reality-of-death/

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