La influencia continental: Refugiados de la Guerra de los Treinta Años, las guerras hugonotes y la Inquisición española

Posted on

ESJ_BLG_20261001_00La influencia continental: Refugiados de la Guerra de los Treinta Años, las guerras hugonotes y la Inquisición española

POR WILLIAM WATSON

La invasión de la Armada Invencible y la tentativa de descabezar al gobierno entero de Inglaterra mediante la Conspiración de la Pólvora fueron percibidas por muchos como sucesos de proporciones apocalípticas; sin embargo, el inmenso derramamiento de sangre durante la Guerra de los Treinta Años en Europa central y las guerras hugonotes en Francia provocaron un incremento aún mayor en la especulación profética. Uno de los primeros e influyentes milenaristas de este período fue Jakob Böhme, llamado «el zapatero teósofo del Renacimiento». Böhme concluyó que «el Juicio Final está a las puertas; Dios purgará la tierra con fuego…». Aguardaba la pronta venida de Cristo por Su novia, fundamentándose en pasajes de Daniel, Ezequiel y el libro de Apocalipsis, y anticipaba «el llamamiento de los judíos». Todos los autores escatológicos de esta época vinculaban el regreso de los judíos a su patria con el retorno de Cristo.

La tradición del apocalipticismo alemán se difundió en Inglaterra a través de dos premilenaristas historicistas: Paul Grebner y Johann Alsted. Grebner fue un maestro de escuela a finales del siglo XVI en Lüneburg, al sur de Hamburgo. En el verano de 1574 afirmó haber recibido visiones de «una olla hirviente» representativa de la ira de Dios, motivadas por la aparición de una «nueva estrella» dos años antes y por su angustia ante la reciente Matanza del Día de San Bartolomé en Francia. Durante la década siguiente redactó lo que consideraba que ocurriría a lo largo del siglo venidero, apoyándose en su visión y en el análisis minucioso de Apocalipsis. «Abogaba por una coalición de protestantes europeos dirigida en primera instancia contra… los Países Bajos españoles [la actual Bélgica], la cual culminaría con… el retorno final del Mesías». En el verano de 1586 fue convocado a Hamburgo para presentar sus vaticinios ante representantes diplomáticos de diversas naciones protestantes. Al año siguiente entregó un manuscrito en latín de su obra a la reina Isabel I, quien posteriormente lo depositó en la Universidad de Cambridge. Es muy probable que este manuscrito fuera consultado por expositores apocalípticos como Broughton, Brightman y Mede; todos ellos eran hombres de Cambridge influidos por Grebner y con acceso directo a dicho texto. La obra no fue traducida al inglés para consumo del público general sino hasta 1650.

Johann Alsted fue profesor de seminario a principios del siglo XVII en Herborn, Hesse. Asistió como delegado al Sínodo de Dort, compiló la primera enciclopedia alemana y fue un autor milenarista cuya obra influyó poderosamente en el apocalipticismo inglés. Su Diatribe de mille annis apocalypticis vio la luz en 1627 y fue traducida al inglés en 1643 bajo el título The Beloved City or, the Saints Reign on Earth a Thousand Years (La Ciudad Amada, o el reinado de los santos sobre la tierra por mil años). La devastación de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) sumió a Alsted en un estado de profunda desolación apocalíptica, impulsándolo a buscar un milenio futuro en lugar de sostener la interpretación tradicional de los mil años computados desde Constantino. Los escritores ingleses durante la Guerra Civil (1643-1648) recibieron un hondo influjo de Alsted; no obstante, existió con certeza una influencia recíproca, dado que Alsted había leído previamente las obras del autor apocalíptico de Cambridge Thomas Brightman.

Alsted interpretó los sucesos de la Guerra de los Treinta Años como la gran tribulación que antecedería a la manifestación del Mesías y a un milenio terrenal de paz. Apocalipsis 11 declaraba que la ciudad santa y el atrio exterior del templo serían hollados por los gentiles (lo cual Alsted entendía como la dominación eclesiástica por parte de Roma) y que los dos testigos (el Antiguo y el Nuevo Testamento, a su juicio) profetizarían durante 1.260 días (equivalentes a 1.260 años). Tomando como punto de partida el reinado de Juliano el Apóstata en 362 d. C., Alsted calculó que los 1.260 días de hegemonía romana expirarían en 1622 con la muerte de los dos testigos a manos del Anticristo. Precisamente en ese año, las ciudades protestantes de Heidelberg y Mannheim, junto con el resto del Palatinado calvinista, fueron arrasadas por la Liga Católica, integrada en su mayoría por infantería española.

En el relato de Apocalipsis, las fuerzas del Anticristo festejan la caída de los testigos durante tres días y medio (tres años y medio según Alsted), tras los cuales estos resucitan de forma milagrosa (lo que Alsted identificaba con un renacer victorioso de la causa protestante). Desafortunadamente, este pronóstico no se cumplió: tres años y medio más tarde, en 1626, tuvieron lugar dos batallas decisivas en las que las fuerzas católicas destrozaron a los dos principales ejércitos protestantes. La propia ciudad natal de Alsted, Herborn, situada en las inmediaciones de uno de aquellos combates, fue ocupada por tropas católicas y consumida por el fuego, provocando la clausura forzosa de la universidad reformada donde enseñaba. Pocos meses después se erigió un colegio jesuita en sus proximidades. Fue en medio de semejante calamidad cuando Alsted emprendió la redacción de su Diatribe de mille annis apocalypticis. El libro llegó a ser uno de los tratados proféticos más citados en la Inglaterra del siglo XVII. Con todo, ante la progresiva recatolización de Renania, Alsted aceptó un puesto docente en Transilvania, apartándose definitivamente de los círculos teológicos de Europa occidental.

A semejanza de otros teólogos apocalípticos de su siglo, Alsted profesaba que los designios de Dios para con Israel no habían concluido:

«Tocante a las promesas formuladas [a Abraham y a su simiente]… añadid estas dos razones: 1. Los judíos vagan errantes por la redondez del orbe, dispersos, perseguidos y desterrados de su propio suelo natal. Por consiguiente, Dios sin duda los reserva para una obra admirable y excelsa. 2. Habiendo nacido Cristo de entre los judíos, a ellos les fue prometido… Por tanto, es inadmisible suponer que no habrán de reconocerle en algún momento como su verdadero Mesías… en primer lugar, aquellas diez tribus que fueron llevadas cautivas por los asirios se convertirán, a las cuales se unirán más tarde las tribus de Judá y Benjamín… el remanente convertido de los judíos, unido a la asamblea creyente de entre los gentiles, resistirá los embates de los enemigos de DIOS y derribará al Anticristo… y esta Iglesia, congregada de entre judíos y gentiles, será preservada de la persecución de sus adversarios».

La obra de Alsted abunda en pasajes escriturales que anticipan la repatriación física de Israel en los postreros días. Citando al profeta Oseas:

«Y los hijos de Judá y los hijos de Israel se reunirán, y nombrarán para sí un solo jefe, y subirán de la tierra, porque grande será el día de Jezreel» (Oseas 1:11, NBLA).

Insistía: «Ciertamente esto aún no se ha cumplido». Prosiguiendo con Oseas:

«Porque los israelitas se quedarán por muchos días sin rey y sin príncipe, sin sacrificio… Después los israelitas volverán y buscarán al Señor su Dios y a David su rey; y acudirán temblorosos al Señor y a Su bondad en los últimos días» (Oseas 3:4-5, NBLA).

Y del profeta Amós, Alsted aportó otro testimonio que aguarda la restauración de Israel:

«Restauraré el bienestar de Mi pueblo Israel, y ellos reedificarán las ciudades asoladas y las habitarán; también plantarán viñas y beberán su vino, y cultivarán huertos y comerán sus frutos. Los plantaré en su tierra, y no serán arrancados jamás de la tierra que les he dado» (Amós 9:14-15, NBLA).

Cuando en 1628 un ejército católico polaco asoló Prusia Oriental, Samuel Hartlib buscó refugio en Londres. Sus padecimientos personales lo impulsaron a interpretar el libro de Apocalipsis a través de los desastres de la Guerra de los Treinta Años, recibiendo asimismo la influencia de Mede, Grebner y Alsted. Su premilenarismo historicista, modelado a partir de Mede, adoptó la cronología de James Ussher, deduciendo que el Anticristo sojuzgaría a la Iglesia durante 1.260 años: desde la muerte del emperador Teodosio en Constantinopla en el año 395 d. C. hasta el colapso del gobierno papal en 1655, sazón en que Cristo retornaría en gloria en compañía de Sus santos. La trascendencia de la cronología bíblica del arzobispo Ussher fue mayúscula, erigiéndose en la fuente más recurrida por cuantos procuraban establecer fechas para los eventos del fin. Sirviéndose de las fechas de Ussher para apuntalar sus cálculos, Hartlib hizo notar que habían mediado 1.655 años desde la creación del mundo hasta el Diluvio, de idéntica manera a como transcurrirían 1.655 años desde la natividad de Cristo hasta la destrucción del Anticristo.

Hartlib aseveraba que el Anticristo se adueñó del poder tras el colapso del Imperio romano, recordando las palabras del apóstol Pablo: «Ustedes saben lo que lo detiene por ahora, para que a su debido tiempo sea revelado» (2 Tesalonicenses 2:6, NBLA).

«La Bestia de dos cuernos, el papa anticristiano de Roma, emergió silenciosamente de la tierra hacia el año 395 de nuestra era (Apocalipsis 13:11), arrogándose para sí la primacía y la supremacía sobre los órdenes eclesiástico y civil. Con anterioridad al Concilio de Nicea, celebrado en el año 325 de nuestro Señor, la preeminencia del obispo de Roma sobre las demás iglesias era cosa del todo desconocida».

Hartlib segmentó la historia eclesiástica en los siguientes períodos:

Los tres períodos de la historia de la Iglesia según Hartlib

  • El primer período: El tiempo del Dragón, hasta el año 395 de nuestro Señor. Siete coronas ceñían las siete cabezas del Dragón (Apocalipsis 12:3), y el Dragón mismo recibía veneración y culto público bajo los emperadores gentiles, en tanto los creyentes eran perseguidos, proscritos y entregados al martirio. Esto perduró hasta que Constantino el Grande asumió el solio imperial, concluyendo así el señorío idolátrico del Dragón hasta la muerte de Teodosio, sazón en que el diablo abandonó su forma abierta de dragón y confirió su morada, su trono y su gran autoridad a la Bestia de diez cuernos.

  • El segundo período: Desde el año 395 hasta el año 1655 de nuestro Señor, lapso durante el cual el obispo de Roma —erigido en Anticristo y lugarteniente del Dragón— blasfema contra Dios y Su santo nombre, y martiriza a Sus santos por espacio de 1.260 años (Apocalipsis 13:2). Al ser derrotado el Dragón y arrojado del firmamento eclesiástico, viendo que no podía sostener la idolatría abierta donde era adorado descaradamente, transfirió su trono, su ciudad (Roma) y su dilatado dominio imperial a la Bestia montada y guiada por la Ramera de Babilonia. Fue por este tiempo cuando los prelados romanos comenzaron a oponerse al matrimonio pastoral y a pretender la primacía sobre la Iglesia y el Estado. Siguieron a esto los azotes sarracenos (el primer «¡ay!», Apocalipsis 9:1-12) y las invasiones turcas (el segundo «¡ay!», Apocalipsis 9:13-21), castigando las abominables idolatrías, homicidios, hechicerías, fornicaciones y hurtos del papado.

  • El tercer período: Iniciado en el año 1655, cuando el séptimo ángel hace sonar su trompeta y se ejecuta el juicio final sobre los adversarios de la Iglesia bajo el tercer «¡ay!», consumándose el misterio de Dios (Apocalipsis 10:7). Los tres ayes se derraman sobre el imperio romano-papal, dando inicio a la séptima y postrera plaga sobre Babel. Roma es destruida, Alemania sacude el yugo papal, el Imperio otomano llega a su ruina y el Hijo de Dios toma posesión de los reinos de este mundo, gobernando con Su omnipotencia (Apocalipsis 11:15-17).

Los hugonotes —calvinistas franceses expuestos a una persecución sistemática por parte de la mayoría católica en Francia— dieron a las prensas una abundante producción de escritos proféticos a lo largo del siglo XVII, muchos de los cuales fueron vertidos prontamente al inglés. Pierre du Moulin publicó en 1613 The Accomplishment of the Prophecies (El cumplimiento de las profecías), consagrando gran empeño en probar que el papado personificaba al Anticristo. Al examinar 2 Tesalonicenses, donde el apóstol Pablo previene: «no vendrá sin que primero venga la apostasía y sea revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y se exalta sobre todo lo que se llama dios… Y ustedes saben lo que lo detiene por ahora… hasta que él mismo sea quitado de en medio» (2 Tesalonicenses 2:3-4, 6-7, NBLA), Du Moulin aseveró que este «hombre de pecado» era la sede papal, refrenada por el poder de los césares hasta el colapso de Roma. Tras la caída imperial, los obispos de Roma usurparon la autoridad temporal, propiciando la gran apostasía de la fe verdadera.

Para fundamentar su aserto citó a Tertuliano, Agustín, Jerónimo, Juan Crisóstomo, Teodoreto, Benito y Bernardo de Claraval, quienes habían coincidido en que la ruina del Imperio romano allanaría el ascenso del Anticristo, llegando algunos a vislumbrar que este surgiría del propio seno episcopal romano. Du Moulin extractó además testimonios católicos que equiparaban los decretos pontificios a la autoridad de las Sagradas Escrituras.

En 1643, Isaac La Peyrère dio a la estampa Du Rappel des Juifs (Del llamamiento de los judíos), exhortando a los creyentes a priorizar la conversión de Israel y a cooperar en su restablecimiento territorial frente a la dominación turca. Siendo hugonote, trabó cercana amistad poco después con Menasseh Ben Israel, haciéndole saber que multitud de protestantes escudriñaban con reverencia el Antiguo Testamento, creían firmemente que los judíos continuaban siendo el pueblo del pacto de Dios y aguardaban su regreso físico a la tierra prometida. Fue a raíz de su trato con La Peyrère que Menasseh estableció contactos formales con figuras como Oliver Cromwell, con el propósito de alcanzar un clima de tolerancia y cooperación judeo-cristiana.

Pocos meses después de la decapitación de Carlos I, el rabino Menasseh Ben Israel —quien había hallado asilo en Ámsterdam huyendo de la Inquisición española— remitió una epístola a John Dury, parlamentario del Parlamento Rabadilla y miembro distinguido de la Asamblea de Westminster, abogando por la tolerancia del culto judío. Los hebreos habían sido proscritos de suelo inglés desde 1290; no obstante, Inglaterra acababa de abolir la monarquía. Ben Israel argumentaba que, si bien los judíos se hallaban esparcidos, «preservaban su religión con la viva esperanza de ser restituidos a su debido tiempo en la Tierra Santa». Subrayaba que los israelitas se encontraban dispersos por todas las naciones:

«y siendo forzoso que se cumplan cuantos oráculos proféticos anuncian su repatriación a su suelo nativo: en el tiempo determinado por Dios, la totalidad de las tribus convergerán desde los cuatro cabos del orbe… tendrán un solo Soberano, el Mesías… el día del Mesías prometido a nosotros se halla a las puertas, sazón para la cual expongo el testimonio de numerosas profecías».

John Dury desempeñó un papel determinante en la difusión de las obras de Ben Israel entre los teólogos puritanos del régimen republicano, moldeando de forma sustancial su cosmovisión escatológica. El 10 de octubre de aquel año, Oliver Cromwell, Bulstrode Whitelocke, Walter Strickland y Sir Gilbert Pickering fueron comisionados para examinar y responder a la misiva del rabino Menasseh Ben Israel. Aquel trámite significó el paso inicial hacia la readmisión formal de los judíos en Inglaterra, estimulado por la traducción al inglés de The Hope of Israel (La esperanza de Israel), dedicada por su autor al Parlamento británico. Cromwell secundó estas iniciativas movido no solo por convicciones piadosas, sino por su visión geopolítica respecto al concurso financiero y mercantil de las redes de comerciantes judíos.

Ben Israel dedicó formalmente su obra al Parlamento inglés:

«a fin de impetrar vuestro favor e indulgencia para con nuestra nación, que hoy se halla diseminada por casi toda la redondez de la tierra… de suerte que cuantas cosas plugo a Dios anunciar por boca de Sus santos profetas alcancen su pleno cumplimiento… y así Israel, siendo al cabo restituido a su propia morada, inaugure sobre el orbe aquella paz prometida bajo el cetro del Mesías».

La obra de Ben Israel avivó en Inglaterra la memoria de las profecías veterotestamentarias relativas al retorno geográfico de Israel, suceso que abriría paso a la aparición del Mesías y a una era milenaria de concordia universal. Siendo un refugiado de la Inquisición radicado en la Holanda calvinista, Menasseh buscó forjar un frente común con neerlandeses y británicos: tanto los judíos como las iglesias de la Reforma habían experimentado la persecución papal, a la par que los puritanos mostraban un celo devoto por las Escrituras hebreas. Ben Israel gestionó auxilios económicos para facilitar el reasentamiento hebreo en Tierra Santa, asegurando que el cautiverio se acercaba a su fin.

El resultado de este intercambio fue un nuevo empuje milenarista en la teología insular. Dicho fervor cristalizó inicialmente en el movimiento de los «Hombres de la Quinta Monarquía» durante los años cincuenta del siglo XVII, quienes aguardaban la manifestación inminente del Mesías bajo el lema: «¡Ningún rey sino Jesús!». Asimismo, alimentó una persistente corriente de auxilio hacia la causa del restablecimiento judío en Palestina a lo largo de los tres siglos posteriores, desembocando en la Declaración Balfour de 1917 y en la refundación del Estado de Israel en 1948. Moses Wall, traductor inglés de la obra de Ben Israel, anotó en el prefacio:

«para edificación de mis compatriotas que aguardan con anhelo la redención de Israel… cuando sean congregados de su dispersión y afianzados en su propia heredad… a no dudarlo, este judío se levantará en juicio contra aquellos cristianos infieles [que] maldicen a quienes Dios ha bendecido. [Instando a los creyentes] a despojarnos de nuestro odio pecaminoso contra aquel pueblo [para que] demostremos en breve ser verdaderos cristianos».

Ben Israel citó las visiones de Daniel para afirmar que «el tiempo de la Quinta Monarquía permanecería encubierto hasta la hora misma de su manifestación». Sostenía que el Imperio otomano representaba «las dos piernas de la imagen de Nabucodonosor, destinadas a ser desmenuzadas por la Quinta Monarquía», confesando igualmente la inminencia de «la conflagración de Gog y Magog… el Mesías, Hijo de David, la caída de los poderes gentiles, la restauración de Judá, la santificación de Jerusalén y la erección del tercer Templo».

John Dury redactó un comentario al libro de Apocalipsis enfocado en «la salvación de Israel». Registró multitud de testimonios apocalípticos de diversas regiones de Europa (Polonia, Bohemia, los Países Bajos y Francia), observando que:

«los judíos en casi todas partes son advertidos de la proximidad de esta mudanza providencial… “Sion… dará a luz a sus hijos de una vez”».

Este texto corresponde a Isaías 66:7-8, un pasaje recurrente entre los defensores de la restauración nacional de Israel. Dury manifestaba perplejidad ante la ceguera de sus coetáneos:

«Esta profecía no se halla cerrada en cuanto a su contenido esencial; sin embargo, dicho asunto no se encuentra al alcance de cualquier entendimiento por causa de la naturaleza particular de esta dispensación; pues resulta certísimo que la totalidad del consejo de Dios… se encuentra desplegada a lo largo de las visiones del Apocalipsis».

Del mismo modo en que promovió el entendimiento con los puritanos británicos, Ben Israel procuró estrechar lazos con los círculos milenaristas del continente. El quiliasta bohemio Paul Felgenhauer aguardaba el glorioso retorno de Cristo, precedido por la conversión nacional y territorial de los judíos. Dedicó su tratado Bonum Nuncium Israeli a Menasseh Ben Israel, invitándole a dar comienzo a dicho proceso restaurador. Ben Israel correspondió al ofrecimiento en términos de cortesía diplomática, omitiendo toda alusión a una conversión eclesiástica, mas recordando a Felgenhauer que el Mesías redimiría primariamente a Su pueblo y que Israel regiría desde Jerusalén sobre las naciones gentiles.

Prácticamente la totalidad de los temas del dispensacionalismo moderno asoman en los comentarios de Dury: las series de sellos y trompetas, las semanas de Daniel, los dos testigos, los 144.000 sellados, la marca 666, el Anticristo, el Falso Profeta, la Ramera de Babilonia, la batalla de Armagedón y las bodas del Cordero.

La obra de Ben Israel repercutió hondamente en personalidades de la época. Entre ellas figuró un orfebre londinense llamado Theaurau John Tany (nacido Thomas Totney), conocido por negarse a bautizar a su hijo recién nacido, contraer segundas nupcias durante la Cuaresma, sufrir prisión por oponerse al tributo naval de Carlos I y sumarse más tarde a las tropas parlamentarias en la Guerra Civil. En 1649 declaró haber experimentado revelaciones: se circuncidó a sí mismo, comenzó a hablar en lenguas desconocidas, recorrió las calles de Londres proclamando la venganza divina y habitó en tiendas a usanza de la fiesta de los Tabernáculos. Estaba persuadido de que Dios lo había escogido para instar a los judíos a regresar a Jerusalén y reedificar el Templo:

«Proclamo de parte del Señor de los ejércitos el retorno de los judíos de su cautiverio y la reedificación del Templo en esplendor en su propia tierra. Oíd, oh judíos, hermanos míos: soy judío de la tribu de Rubén, lo cual me era oculto hasta que el Señor me habló mediante voz audible [y] mudó mi nombre de Thomas a Theaurau John… A vosotros, oh judíos hermanos míos, soy enviado a proclamar de parte del Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, vuestro retorno de la cautividad, de cualquier nación donde os halléis dispersos. De allí seréis congregados a vuestra propia heredad, y Jerusalén será reedificada con gloria…».

Su tentativa concluyó en fracaso, pues ninguna comunidad judía secundó sus llamamientos. Theaurau —apellidado ahora Tannijahhh— compareció ante la Asamblea de Teólogos de Westminster bajo acusación de blasfemia, no por sus llamados a la repatriación hebrea, sino por sostener públicamente «que toda religión establecida era falsedad y engaño». Los teólogos concluyeron que se hallaba privado de juicio.

En 1648, un año antes de la misiva de Ben Israel al Parlamento británico, Shabtai Tzvi —rabino cabalista de Esmirna— se proclamó Mesías e instó a los judíos a regresar a Palestina para reconstruir la ciudad de Jerusalén y el santuario. Esmirna constituía entonces el enclave comercial más relevante de Levante, y el padre de Shabtai se desempeñaba como agente de navieros ingleses. Resulta verosímil suponer que Shabtai oyese de labios británicos las expectativas que los puritanos albergaban respecto a la pronta repatriación de los hebreos.

La fecha de 1666 (derivada del número de la Bestia en Apocalipsis) había sido señalada con insistencia en diversos tratados ingleses, y el propio Shabtai designó el año 1666 como el momento prefijado para la restauración judía. Durante más de una década su renombre se propagó por toda Europa, y multitud de familias judías liquidaron sus haciendas para viajar a Palestina. Semejante agitación conmovió profundamente a los cristianos que aguardaban el retorno de Israel como señal inminente del fin. No obstante, en la primavera de 1666 Shabtai fue apresado y conducido a presencia del sultán otomano en Estambul, siéndole impuesta una disyuntiva inapelable: abrazar el islam o enfrentar la muerte. Su apostasía sumió a las juderías europeas en el desengaño; con todo, el anhelo de volver a Jerusalén continuó alimentando las expectativas de muchos creyentes en las islas británicas.

Las corrientes de refugiados de fe reformada no procedieron únicamente de tierras germánicas y de la península ibérica, sino de Francia. En 1685, Luis XIV abolió el Edicto de Nantes, clausurando el régimen de tolerancia religiosa. Cerca de medio millón de franceses —en su gran mayoría artesanos y burgueses— abandonaron el reino. Las poblaciones rurales, de forma muy señalada en el sur francés, juzgaron que la historia se adentraba en los días postreros y resolvieron guarecerse en los macizos montañosos (emulando la advertencia del Señor para los tiempos del fin). Se autodenominaron «La Iglesia del Desierto», en memoria de la mujer de Apocalipsis 12 que, huyendo del Dragón, halló amparo en el yermo sostenida por la mano de Dios.

La figura más descollante entre estos teólogos hugonotes emigrados fue Pierre Jurieu. En su tratado L’Accomplissement des prophéties (El cumplimiento de las profecías), publicado en 1686, aseguró que las sevicias desatadas en Francia inauguraban los postreros tres años y medio consignados en Daniel y Apocalipsis, y que el desmoronamiento de Babilonia (Roma) acaecería en 1689. La obra fue vertida al inglés en 1687, y muchos consideraron cumplidos sus vaticinios cuando el monarca católico Jacobo II fue depuesto en la Revolución Gloriosa de 1689 para ser entronizados los soberanos protestantes Guillermo y María. Jurieu aguardaba que los judíos «abrazaran la esperanza del Reino del Mesías» y «que su propia Jerusalén fuese reedificada, siendo ellos congregados nuevamente en su tierra nativa».

Jurieu, considerado por sus compatriotas «el gigante de los reformados», debió refugiarse en los Países Bajos. Tras la revocación del Edicto de Nantes se consagró al examen de las Escrituras proféticas, asimilando la persecución en Francia a los coletazos furibundos de Satanás ante la brevedad del tiempo que le restaba. Al juzgar inminente la ruina del Anticristo papal, buscó confirmaciones cronológicas: computando los 1.260 años de dominio papal a partir del siglo V según las fechas fijadas por Ussher, dedujo que la Iglesia de Roma colapsaría en 1689, dos años después de ver la luz su obra. Los escritos de estos pensadores franceses fueron traducidos al inglés, y sus testimonios avivaron el fervor de los creyentes en Inglaterra. El propio Jurieu citó con veneración al arzobispo Ussher, quien había anticipado «una pavorosa persecución a las puertas» antes de presenciarse «la ruina del imperio anticristiano».

La tragedia de los hugonotes halló profunda conmiseración entre los teólogos ingleses. El obispo William Lloyd consagró grandes esfuerzos a llamar la atención sobre su martirio, identificándolos con los dos testigos de Apocalipsis 11 destinados a perecer en una gran persecución. Obtuvo el asentimiento formal del arzobispo de Canterbury, William Sancroft, durante una conferencia celebrada en el palacio de Lambeth en 1689; ambos prelados convenían en las líneas maestras del premilenarismo historicista de Mede.

Lloyd se entrevistó asimismo con Robert Boyle —considerado padre de la química moderna— a fin de exponerle su esquema profético. Aguardaba que «el llamamiento de los judíos estuviese muy cercano, mas juzgaba que el reino del Anticristo [el papado] no quedaría enteramente consumido sino al cabo de 30 años, sazón en que Cristo inauguraría el Milenio». Al examinar la última semana de Daniel 9, Lloyd concluyó —de modo semejante a como Darby formularía 150 años más tarde— que dicha septuagésima semana (conformada por «años y no días») pertenecía al pueblo de Daniel (los judíos) y a la ciudad de Daniel (Jerusalén), señalando que «el ángel anticipó lo que sobrevendría tras la muerte del Príncipe Mesías, acontecimiento situado al término de las LXIX semanas». Lloyd daba a entender la existencia de un hiato profético: siete años pertenecientes a la historia de los judíos que habrían de cumplirse tras la brecha posterior a la muerte del Príncipe.

Con todo, a medida que la aflicción de los protestantes franceses se agudizaba, ciertas facciones cayeron en desvaríos visionarios. Hacia 1706 arribaron a Inglaterra pregonando sus profecías con singular vehemencia, asegurando la apertura de una «nueva dispensación profética» que daría inicio en suelo británico para abarcar el orbe entero en un lapso de tres años. El teólogo no conformista más respetado de Londres, Isaac Watts, se pasmó ante la concurrencia que congregaban, calificando el fenómeno de «ilusión engañosa de Satanás». Al cabo de pocos meses este movimiento decayó cuando uno de sus cabecillas profetizó en vano que un correligionario recién sepultado resucitaría de su tumba corporalmente, fracasando estrepitosamente la predicción.

Notas del Capítulo IV

[195] Reseña biográfica e histórica de Jakob Böhme y su influjo en el misticismo europeo renacentista.

[196] Jakob Böhme, Mysterium Magnum (1623), comentarios apocalípticos sobre la purificación del mundo.

[197] Ibíd., pasajes sobre el recogimiento final de Israel en consonancia con la escatología del siglo XVII.

[198] Paul Grebner, manuscrito profético Vaticinia o Silua Mundi (1574-1584).

[199] Registros del archivo de manuscritos de la Universidad de Cambridge tocantes a la donación efectuada por la reina Isabel I.

[200] Paul Grebner, edición inglesa: The Prophecies of Paul Grebner (Londres, 1650).

[201] Johann Heinrich Alsted, Diatribe de mille annis apocalypticis (Frankfurt, 1627); versión inglesa: The Beloved City (Londres, 1643).

[202] Archivos de la Universidad de Herborn y crónicas de la Guerra de los Treinta Años en la región de Hesse.

[203] Johann Alsted, The Beloved City (1643), pp. 24-28.

[204] Ibíd., p. 30, citando Oseas 1:11.

[205] Ibíd., p. 31, citando Oseas 3:4-5.

[206] Ibíd., p. 32, citando Amós 9:14-15.

[207] Samuel Hartlib, Clavis Apocalyptica: or, The Revelation Revealed (Londres, 1651), prefacio histórico.

[208] Ibíd., cómputos cronológicos y comparativos fundados en la obra de James Ussher.

[209] Cita de 2 Tesalonicenses 2:6 en el análisis del ascenso papal tras la ruina imperial.

[210] Samuel Hartlib, Clavis Apocalyptica (1651), p. 12.

[211] Ibíd., pp. 14-18, delimitación de la primera y segunda época de la historia de la Iglesia.

[212] Ibíd., pp. 20-22, análisis de las plagas y ayes del Apocalipsis.

[213] Ibíd., pp. 24-26, caracterización del tercer período y la consumación del juicio.

[214] Pierre du Moulin, The Accomplishment of the Prophecies; or, The Third Book in Defense of the Catholicke Faith (Oxford, 1613), pp. 1-8.

[215] Ibíd., compendio de testimonios patrísticos respecto a la caída de Roma y el ascenso del Anticristo.

[216] Ibíd., refutación de las pretensiones pontificias a la luz de la supremacía de las Escrituras.

[217] Isaac La Peyrère, Du Rappel des Juifs (París, 1643); testimonios de sus encuentros con Menasseh Ben Israel en Ámsterdam.

[218] Menasseh Ben Israel, correspondencia con John Dury y teólogos de la Commonwealth (1649-1650).

[219] Menasseh Ben Israel, The Hope of Israel (traducción inglesa de Moses Wall, Londres, 1650/1652), p. 34.

[220] S.R. Gardiner, History of the Commonwealth and Protectorate, registro de las actas de la comisión designada por el Consejo de Estado (1651).

[221] Menasseh Ben Israel, dedicatoria de The Hope of Israel al Parlamento inglés.

[222] Lucien Wolf, Menasseh ben Israel’s Mission to Oliver Cromwell (Londres, 1901).

[223] Moses Wall, prefacio al lector en Menasseh Ben Israel, The Hope of Israel (Londres, 1652).

[224] Menasseh Ben Israel, The Hope of Israel, p. 42.

[225] Ibíd., análisis de Daniel 2 y de las profecías de Ezequiel.

[226] John Dury, An Earnest Plea for the Gospel (Londres, 1654), y comentarios marginales a las profecías del fin.

[227] Ibíd., consideraciones hermenéuticas sobre el término «dispensación» y la revelación apocalíptica.

[228] Paul Felgenhauer, Bonum Nuncium Israeli (1655), y respuesta epistolar de Menasseh Ben Israel preservada en archivos neerlandeses.

[229] Temas del premilenarismo dispensacional presentes en la literatura de John Dury.

[230] Theaurau John Tany, Theauraujohn His Aurora in Tranlagor y High News for Jerusalem (Londres, 1653).

[231] Registros de la comparecencia y proceso por blasfemia instruido contra Thomas Totney ante el Parlamento y comisiones eclesiásticas (1654).

[232] Documentos históricos de los hugonotes de Cévennes y la «Iglesia del Desierto» tras la revocación del Edicto de Nantes.

[233] Pierre Jurieu, The Accomplishment of the Scripture Prophecies, or the Approaching Deliverance of the Church (Londres, 1687), parte II.

[234] Ibíd., argumentación cronológica fundada en el cómputo de los 1.260 años.

[235] Ibíd., alusiones a las predicciones póstumas atribuidas al arzobispo James Ussher.

[236] Minutas de los encuentros teológicos sostenidos en el Palacio de Lambeth en 1689 entre el arzobispo Sancroft y el obispo Lloyd.

[237] Manuscritos y memorias de Robert Boyle consignando sus conversaciones con el obispo William Lloyd.

[238] William Lloyd, An Exposition of the Prophecy of the Seventy Weeks (1690), interpretación literal de Daniel 9:24-27.

[239] Isaac Watts, cartas y testimonios sobre la conmoción desatada por los «profetas franceses» en Londres (1706-1707).

Deja un comentario