Ezequiel 40–48: ¿Habrá sacrificios mileniales?

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Por Peter Goeman

¿Cómo podría alguien creer que los sacrificios de animales volverán después de que Jesús se ofreció a Sí mismo como el sacrificio perfecto por el pecado? ¿No es eso una negación de la suficiencia de la cruz?

Esta objeción surge con frecuencia en las discusiones sobre el reino milenial. Algunos cristianos consideran que la idea de sacrificios futuros es tan evidentemente errónea que la descartan sin mayor debate. Sin embargo, la pregunta merece una atención cuidadosa. Necesitamos entender lo que la Escritura dice acerca de la adoración futura y lo que el sistema de sacrificios realmente lograba.

Creo que hay demasiados pasajes que hablan de un templo futuro como para simplemente descartarlo sin más. Además, considero que cuando comprendemos el sistema sacrificial, los sacrificios futuros son completamente compatibles con la obra consumada de Cristo.

¿De qué templo estamos hablando?

En primer lugar, debemos distinguir un templo reconstruido en incredulidad del templo asociado con el reino del Mesías. A veces se pasa por alto que 2 Tesalonicenses 2 describe un evento futuro cuando el «hombre de iniquidad» entra al templo y se proclama a sí mismo como Dios. Esto aún no ha sucedido, por lo que aguarda un cumplimiento futuro antes del establecimiento del reino de Cristo.

Evidentemente, el templo vinculado a la rebelión descrita en 2 Tesalonicenses 2 pertenece a un escenario distinto del templo descrito en Ezequiel 40–48 o Isaías 2. Reconocer que se reconstruirá un templo no significa que los cristianos deban apoyar un culto que rechaza a Jesús como el Mesías. Los creyentes pueden afirmar que algo sucederá sin necesidad de aprobarlo moralmente. En este caso, habrá un templo futuro que promoverá una adoración falsa antes de que haya un templo que promueva la adoración verdadera.

El templo futuro como tema bíblico recurrente

A veces se despacha este tema como si todo dependiera de un pasaje oscuro y aislado en Ezequiel. No obstante, los profetas describen repetidamente un templo futuro:

  • Isaías 2:2–3 presenta a las naciones acudiendo en masa a la casa del Señor en Jerusalén.

  • Hageo 2:7–9 promete una gloria mayor para la casa de Dios y paz en ese lugar.

  • Zacarías 6:12–13 identifica al «Renuevo» venidero como Aquel que edificará el templo del Señor y se sentará y gobernará en Su trono.

Entiendo que algunos intérpretes tomen estas descripciones de manera simbólica. Sin embargo, debemos preguntarnos cómo las habría entendido la audiencia original. Estas promesas fueron dadas a personas familiarizadas con un templo real, sacerdotes reales y una adoración concreta en Jerusalén.

Ezequiel añade detalles minuciosos a esa expectativa. Sus últimos nueve capítulos describen el templo, su sacerdocio y sus sacrificios. Cualquier interpretación que adoptemos debe dar cuenta de esos detalles. Limitarse a calificar el pasaje de simbólico no resuelve el problema, el cual está respaldado por múltiples profetas.

Tres posturas sobre los sacrificios mileniales

Si habrá un templo futuro, es lógico pensar que habrá sacrificios futuros. Pero ¿cómo funcionarían ahora que el sacrificio plenamente suficiente de Cristo ha tenido lugar en la cruz? Al estudiar este tema, he encontrado de gran ayuda el capítulo de Matt Waymeyer en el libro To Seek… to Do… and to Teach: Essays in Honor of Larry D. Pettegrew. He resumido las tres posturas principales de la siguiente manera:

1. La postura simbólica

Según esta postura, los sacrificios describen la adoración futura empleando el lenguaje familiar a la audiencia de Ezequiel; las ofrendas en sí no ocurrirán de forma literal. Esta posición apela a quienes ven serios problemas teológicos en la continuidad del sistema sacrificial después de la crucifixión.

Debemos admitir abiertamente que la Escritura utiliza lenguaje figurado. La pregunta es si el texto nos da razones para interpretar estas descripciones particulares de esa manera. Ezequiel bien pudo haber descrito alabanza, acción de gracias y adoración sin recurrir a detalladas regulaciones sacrificiales; los Salmos demuestran que ese vocabulario estaba plenamente disponible y se usaba con frecuencia.

Además, existe un problema de consistencia para quienes sostienen un templo literal pero sacrificios simbólicos: ¿por qué debería entenderse el edificio de forma literal y el culto prescrito dentro de él de forma figurada? Esa distinción requeriría respaldo del pasaje mismo.

2. La postura conmemorativa (o memorial)

Esta es probablemente la postura más común entre quienes afirman los sacrificios mileniales. Entiende los sacrificios como recordatorios de la obra consumada de Cristo. Así como la Cena del Señor dirige nuestra atención a Su muerte sin repetirla, los sacrificios futuros mirarían hacia atrás, hacia la cruz. Los sacrificios del Antiguo Testamento anticipaban a Cristo; los sacrificios mileniales lo conmemorarían.

Es una analogía razonable y ciertamente no descarto una función conmemorativa. Sin embargo, dos problemas me impiden aceptarla como una explicación completa:

  1. Ezequiel nunca identifica explícitamente el recuerdo como el propósito de estas ofrendas (a diferencia de lo que ocurre con la Cena del Señor).

  2. Afirma repetidamente que las ofrendas «hacen expiación» (kipur) (Ez 43:20, 26; 45:15, 17, 20); es decir, logran algo concreto. Una explicación puramente memorial no hace plena justicia a ese lenguaje.

3. La postura de la purificación ceremonial

La tercera postura —que considero la más convincente— entiende que los sacrificios proporcionan purificación ceremonial para la adoración en la presencia de Dios.

Esto nos exige reconsiderar una suposición común: que cada sacrificio del Antiguo Testamento estaba motivado por el pecado personal. Esa idea representa una incomprensión importante del sistema sacrificial. Sin duda existían sacrificios destinados a lidiar con el pecado, pero el sistema también incluía expresiones de acción de gracias, comunión, consagración, dedicación y purificación ritual, todas ellas independientes del pecado moral.

Al enseñar Levítico, he notado que este principio suele sorprender a muchos. Estamos acostumbrados a concebir el sacrificio casi exclusivamente en términos de pecado y salvación individual. Sin embargo, Levítico aborda con amplitud cómo las personas y los objetos quedan ceremonialmente aptos para acercarse a la adoración.

Por ejemplo:

  • El parto producía impureza ceremonial y requería sacrificios de purificación (Lv 12). Nadie diría que dar a luz fuera un acto pecaminoso, y aun así se requerían ofrendas para que la mujer pudiera reincorporarse a la adoración formal.

  • Quien se recuperaba de una enfermedad grave de la piel pasaba por rituales de purificación prescritos (Lv 14).

La impureza ceremonial y la culpabilidad moral no eran categorías idénticas, aunque ambas involucraban sacrificios. Esa distinción es fundamental para comprender los sacrificios en Ezequiel.

¿Qué significa «hacer expiación» en Ezequiel?

Alguien podría resistirse a la postura de la purificación ceremonial porque Ezequiel menciona la idea de «hacer expiación» como parte de los sacrificios, asumiendo que siempre debe relacionarse con el perdón del pecado moral.

No obstante, el verbo hebreo traducido comúnmente como «hacer expiación» (kaphar) puede denotar purificación o consagración ritual, además de la expiación ligada al perdón. El contexto determina su alcance:

  • En Ezequiel 43:20 y 26, se hace expiación por el altar. Es evidente que el altar no comete pecado: requiere purificación y consagración para el uso sagrado.

  • Ezequiel 45:20 describe igualmente la expiación por el templo en conexión con el error involuntario humano. Los objetos inanimados no pecan, por lo que estas expiaciones son sacrificios de consagración y santificación del espacio sagrado.

Las referencias a hacer expiación por el pueblo en Ezequiel 45:15 y 17 requieren una lectura atenta. Si bien podrían vincularse al perdón general, el énfasis del contexto en la purificación respalda la idea de que proveen limpieza ceremonial externa. El pasaje no declara explícitamente que otorguen justificación o perdón judicial delante de Dios.

Esto armoniza con el contexto amplio: Ezequiel ya prometió la regeneración y restauración espiritual de Israel bajo el nuevo pacto (Ez 36:25–27; 37:23). Con todo, los sacerdotes aún deben enseñar la distinción entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio (Ez 44:23).

¿Cómo armoniza esto con la epístola a los Hebreos?

Hebreos es tajante: el sacrificio de Cristo logró lo que la sangre de machos cabríos y toros jamás pudo hacer. Los sacrificios animales no podían quitar los pecados ni perfeccionar la conciencia (Heb 9:9; 10:4, 11). Cristo, en cambio, se ofreció a Sí mismo una sola vez y para siempre, habiendo obtenido eterna redención y perfeccionando para siempre a los santificados (Heb 9:12; 10:14). Nada puede añadirse a Su obra expiatoria.

Sin embargo, Hebreos también reconoce que los sacrificios antiguos lograban una purificación externa y ceremonial:

«Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la novilla, rociadas sobre los que se han contaminado, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo… purificará nuestras conciencias de obras muertas para servir al Dios vivo?»

— Hebreos 9:13–14 (NBLA)

La postura de la purificación ceremonial mantiene con precisión esa distinción: Cristo asegura la redención eterna, mientras que las ofrendas de Ezequiel atienden la impureza ritual en un santuario terrenal.

Asimismo, existen omisiones llamativas en la visión de Ezequiel:

  • No se menciona el Día de la Expiación (Yom Kipur) anual.

  • No se menciona al sumo sacerdote.

  • No figuran el velo, el propiciatorio ni el arca del pacto.

Estos elementos eran el núcleo del pacto mosaico y del argumento de Hebreos sobre la obra sacerdotal de Cristo. Waymeyer argumenta que estas omisiones reflejan que Cristo ya dio pleno cumplimiento a esas sombras: Jesús es el gran Sumo Sacerdote que entró al santuario celestial y presentó el sacrificio final. La ausencia de tales elementos en Ezequiel confirma que el templo milenial no constituye una simple reinstauración de la ley mosaica.

¿Qué decir de Hebreos 10:18 (NBLA): «Ahora bien, donde hay perdón de estas cosas, ya no hay ofrenda por el pecado»?

Waymeyer señala la lógica del versículo: habiendo perdón consumado y definitivo, ya no se requiere ofrenda alguna para obtener la remisión de pecados. La declaración atañe estrictamente a una ofrenda con valor expiatorio soteriológico. Puesto que los sacrificios mileniales cumplen una función de consagración y pureza ritual en un recinto terrenal habitado por personas en cuerpos aún no glorificados, no pretenden sustituir ni complementar lo que Cristo ya consumó.

La participación de Pablo en Hechos 21

Un pasaje a menudo soslayado en esta discusión es Hechos 21:23–26. Jacobo y los ancianos de Jerusalén animaron a Pablo a purificarse junto a cuatro hombres y pagar sus gastos para raparse la cabeza, lo cual correspondía a la culminación de un voto nazareo. Dicho ritual requería formalmente la presentación de sacrificios en el templo, incluida una ofrenda por el pecado (cf. Nm 6:13–21).

Pablo accedió. Lucas registra que se presentó la ofrenda por cada uno de ellos. Si toda participación en un sacrificio animal tras la resurrección constituyera automáticamente un agravio o una negación de la cruz, la conducta de Pablo, de Jacobo y de los ancianos de Jerusalén resultaría inexplicable.

No se trata de inferir de Hechos 21 cada detalle del culto milenial, pero este episodio desmonta la premisa de que cualquier intervención sacrificial después del Calvario deba interpretarse indefectiblemente como apostasía o rechazo de Cristo.

Conclusión: Comprender el sacrificio antes de descartarlo

La expectativa de sacrificios en el milenio no contradice el evangelio ni resulta herética. La postura de la purificación ceremonial provee una explicación armónica que preserva intacta la suficiencia absoluta de la cruz.

Gran parte de la resistencia teológica parte de atribuir a todos los sacrificios el mismo propósito de expiación espiritual interior. Levítico nos enseña a distinguir entre impureza ceremonial y pecado moral, y Ezequiel 40–48 exige examinar el texto bíblico con esa precisión exegética.

Antes de descartar los sacrificios futuros, necesitamos una comprensión bíblica del sacrificio en sí mismo. Mi humilde exhortación para los estudiantes serios de la Biblia sería que estudien el sistema de sacrificios en Levítico. Estudiar Levítico puede aclarar esta discusión mucho más de lo que esperamos.

¿Le interesa ver o escuchar una discusión sobre los sacrificios mileniales?

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