La Marca Distintiva del Cristiano
La Marca Distintiva del Cristiano
por Robb Brunansky
Una de las cosas que continuamente me ha sorprendido a lo largo de mi vida es el ataque incesante contra la Palabra de Dios, especialmente por parte de quienes profesan ser cristianos. A veces, estos ataques son sutiles, dando a entender que la Palabra de Dios es insuficiente porque es demasiado difícil de entender. En otras ocasiones, los ataques son descarados, como la promoción de una teoría evolutiva como alternativa a la creación bíblica.
Como hemos observado a lo largo de nuestro estudio de 1 Corintios, esta realidad estaba sucediendo esencialmente en Corinto, donde aquellos creyentes iban tras la sabiduría mundana. Vivían como si la Biblia fuera insuficiente para sus necesidades o como si la Escritura fuera inferior a las filosofías o psicologías del momento. También consideraban que la sabiduría del hombre era superior a la de Dios, lo cual socavaba y atacaba la verdad de Su santa Palabra.
Pablo abordó este problema en 1 Corintios 2:6-16, recordándoles a los corintios que los cristianos tienen la mente de Cristo, la cual es infinitamente superior a la sabiduría del mundo. La mente de Cristo se describe como eterna, oculta y gloriosa. Además, la mente de Cristo solo puede venir por revelación divina del Espíritu de Dios, cuyo conocimiento es amplio, exhaustivo y exclusivo. Esta revelación ha sido transmitida a través de los escritos apostólicos y proféticos de la Escritura.
Al dirigir nuestra atención a los versículos 12-16, pasamos a la recepción de la mente de Cristo. Si renovamos nuestra mente conforme a la mente de Cristo, no hay duda de que debemos recibir esta mente. La mente de Cristo solo puede ser conocida —y será conocida— por aquellos que han recibido el Espíritu Santo.
Pablo hace aquí una declaración clara: los cristianos han recibido el Espíritu que proviene de Dios (v. 12a).
Una vez más, debemos seguir a Pablo de cerca, porque utiliza la palabra «nosotros» de diferentes maneras a lo largo de esta sección. En el versículo 6, Pablo habló de sí mismo y de sus compañeros apóstoles cuando dijo que hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez. En el versículo 7, afirmó que Dios predestinó la sabiduría del evangelio para nuestra gloria, lo cual hace referencia a todos los que aman a Dios. En el versículo 10, Pablo se refiere exclusivamente a los apóstoles, porque el Espíritu no otorga revelación divina a todo creyente. Sin embargo, en el versículo 12, Pablo dice: «Y nosotros hemos recibido… el Espíritu que viene de Dios», lo cual es una verdad aplicable a todo creyente en Jesucristo.
Es importante señalar que Pablo establece un contraste inequívoco en este versículo: hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios.
Muchos han intentado adivinar el significado de la referencia de Pablo sobre el «espíritu del mundo», pensando que esta frase apunta específicamente a Satanás o a un espíritu demoníaco. Sin embargo, eso es poco probable, ya que resultaría bastante inusual que los escritores bíblicos hablaran de recibir un espíritu maligno o al diablo. Además, dado que el diablo no es omnipresente, más de una persona no podría recibirlo simultáneamente.
Más bien, el espíritu del mundo se refiere en realidad a una mente dominada por el pensamiento mundano. Podríamos comparar esto con lo que Pablo escribe en Romanos 8:15, donde dice que no hemos recibido un espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor. Los cristianos no han recibido el espíritu del mundo, lo que nos colocaría en la misma condición que el incrédulo, pensando de manera semejante al mundo.
Esta dicotomía entre el espíritu del mundo y el Espíritu de Dios es una reprensión implícita a los corintios, quienes estaban amoldando su pensamiento al mundo mientras buscaban una posición y un prestigio que impresionara a los demás. Como cristianos, nuestro pensamiento no debe ser moldeado por el criterio de los impíos. Cuando consideramos que el evangelio es insuficiente, o que la sabiduría de Dios es necedad, pensamos exactamente igual que el mundo. Cuando no reconocemos el poder de la Palabra de Dios y la sabiduría en el mensaje de la cruz, vivimos como aquellos cuyas mentes están dominadas por la carne.
Los creyentes, por lo tanto, no hemos recibido un espíritu para pensar como el mundo, sino que hemos recibido el Espíritu que proviene de Dios.
Esta recepción del Espíritu Santo es la marca distintiva del cristiano, que es exactamente lo que Pablo les dijo a los gálatas cuando los confrontó por haberse desviado del evangelio hacia la Ley. Los cristianos recibieron el Espíritu cuando pusieron su fe en Cristo, y eso no tuvo nada que ver con la Ley ni con su obediencia a la Ley. El Espíritu marca al pueblo de Dios, y la manera en que recibimos esta señal distintiva es únicamente por medio de la fe.
Pablo continuaría diciéndoles a los gálatas que la promesa de Dios a Abraham era la morada de Su Espíritu. Por esta razón Jesús murió en una cruz: para que esta bendición prometida a Abraham alcanzara también a los gentiles por medio de la fe, a fin de que todo el pueblo de Dios tuviera la morada de Su Espíritu.
En Romanos 8:9, Pablo afirmó que si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él. No existe tal cosa como un cristiano que no haya recibido el Espíritu Santo. Es fundamentalmente imposible ser un creyente en Jesucristo y no tener el Espíritu Santo.
Surge aquí una pregunta legítima: ¿Cómo sé si he recibido el Espíritu de Dios?
Existe mucha teología errónea en cuanto al Espíritu, lo que da pie a respuestas desacertadas a esa interrogante. Es probable que a ningún miembro de la Trinidad se le haya atribuido tanto abuso y tergiversación como al Espíritu.
Por ejemplo, todo un movimiento dentro de la iglesia asevera que los cristianos saben que han recibido el Espíritu Santo si hablan en lenguas. No obstante, hablar en lenguas no es la evidencia de haber recibido el Espíritu, porque Pablo afirma con claridad: «¿Acaso tienen todos dones de sanidad? ¿Acaso hablan todos en lenguas?» (1 Corintios 12:30, NBLA). Incluso durante la iglesia primitiva del Nuevo Testamento, cuando el don de lenguas estaba activo, no todos los creyentes lo tenían. De modo que hablar en lenguas, o no hablar en lenguas, no era el factor determinante para saber si alguien había recibido el Espíritu Santo.
Muchos objetan estos argumentos contra el don de lenguas enfocándose en los pasajes del libro de Hechos donde nuevos creyentes, al recibir el Espíritu Santo, hablaron en lenguas. En efecto, algunas personas en Hechos que recibieron el Espíritu hablaron en lenguas como una evidencia visible para los apóstoles de que verdaderamente lo habían recibido. Este don fue una señal clara e inmediata de su conversión en aquel momento histórico, y ocurrió de manera sistemática cada vez que un nuevo grupo étnico entraba inesperadamente en el reino. Dios decidió autenticar la salvación de samaritanos y gentiles facultando a los primeros convertidos de esos grupos para hablar en lenguas, como un testimonio visible de la presencia del Espíritu en sus vidas, tal como vemos en Hechos 8 y 10.
Estos acontecimientos singulares con los samaritanos, con Cornelio y con los discípulos de Juan el Bautista en Éfeso fueron casos excepcionales que nunca tuvieron la intención de establecerse como normativos para la totalidad de la iglesia. Dios dejó muy en claro que personas de todas las naciones son bienvenidas en Su presencia si creen en el evangelio. El don de lenguas no es el instrumento que Dios utiliza hoy para certificar que alguien ha recibido el Espíritu Santo.
En cambio, en Gálatas, Pablo expone una lista de virtudes procedentes del Espíritu, denominadas el fruto del Espíritu. Aquellos que han depositado su fe únicamente en Cristo para el perdón de sus pecados Y manifiestan el fruto intrínsecamente vinculado al Espíritu Santo, pueden tener la certeza absoluta de que esta Persona de la Deidad mora en sus corazones, dirigiendo sus vidas para que conduzcan su andar conforme a la mente de Cristo. Todos los verdaderos creyentes en Jesucristo han recibido el Espíritu; esto no se evidencia mediante experiencias extáticas ni el hablar en lenguas, sino viviendo una vida que agrada al Señor en conformidad con Su santo carácter.