La Expectativa de una Quinta Monarquía en la Inglaterra del Siglo XVII
La Expectativa de una Quinta Monarquía en la Inglaterra del Siglo XVII
POR WILLIAM WATSON
Aunque Joseph Mede logró conformarse exteriormente a la Iglesia alta laudiana, muchos radicales inspirados en su milenarismo no pudieron hacerlo. De hecho, el esquema milenario de Mede «fue empleado como justificación teológica para sus acciones». Poco después de la muerte de Mede, la tensión comenzó a acumularse entre los laudianos y los puritanos, y comenzaron a desencadenarse acontecimientos que Mede ciertamente jamás habría aprobado.
Mede popularizó las visiones del profeta Daniel concernientes a cuatro reinos sucesivos (entendidos como los imperios babilónico, persa, griego y romano), seguidos por un quinto «que subsistirá para siempre» y en el cual «la soberanía, el dominio y la grandeza de todos los reinos debajo de todo el cielo serán entregados al pueblo de los santos del Altísimo. Su reino será un reino eterno» (Daniel 7:27, NBLA). Desde el siglo V había predominado la postura de Agustín: la cuarta monarquía era el Imperio romano, en tanto que la quinta monarquía era la Iglesia cristiana romana que conquistó espiritualmente al Imperio romano pagano. Los reformadores también asumieron este criterio cristiano tradicional, juzgando que, como parte de la Iglesia de Cristo sobre la tierra, ellos formaban parte de aquella Quinta Monarquía. Los expositores judíos de Daniel (libro que se halla en el canon hebreo y no en el apócrifo) no advertían distinción sustancial entre la Roma pagana y la cristiana, catalogando a entrambas como la Cuarta Monarquía. Ellos continuaban aguardando a un Mesías judío que los librara tanto de la opresión cristiana como de la musulmana.
La convicción en una Quinta Monarquía mesiánica por venir —la cual prácticamente se había extinguido hacia el siglo V— fue reavivada en el siglo XVI por los anabaptistas alemanes. Sus excesos fanáticos proyectaron una sombra negativa sobre la noción de una Quinta Monarquía. La mención más temprana de este concepto en la literatura inglesa data de 1545, donde el autor insistía: «Jamás habrá una quinta monarquía… pues Daniel niega que haya de venir quinta monarquía alguna». No obstante, más avanzado el siglo, durante los reinados de María e Isabel, comenzó a desarrollarse una renovada expectativa en torno a una quinta monarquía. Ben Jonson ridiculizó la idea de una Quinta Monarquía en su comedia The Alchemist en 1612.
Robert Maton comenzó a articular sus postulados premilenaristas mientras estudiaba en Oxford en la década de 1620. Al desplomarse la censura de prensa en 1642, publicó con presteza las conclusiones de sus investigaciones milenarias. Demostró cómo el amilenarismo contradecía tanto las Escrituras como el testimonio de la historia, puesto que aquellos que sufrieron bajo el Anticristo habrían de reinar ulteriormente con Cristo a lo largo del Milenio. Dado que los sufrimientos continuaban presentes, el paraíso milenario forzosamente debía hallarse en el porvenir:
«los antimilenaristas no pueden hallar asidero firme en las Escrituras para contrarrestar la interpretación literal de la primera resurrección… la primera clase de antimilenaristas yerra groseramente al situar el reinado de Cristo con anterioridad al del Anticristo… de igual modo yerra esta otra clase de antimilenaristas al confundir la sazón del reinado de Cristo con el tiempo del reinado del Anticristo».
Maton creía asimismo en una segunda invasión de Gog y Magog al término del Milenio, consignada en Apocalipsis 20. Esta incursión final no sería capitaneada por el Anticristo —dado que este ya habrá sido arrojado al lago de fuego antes de dar comienzo el Milenio—, sino que estaría integrada por «la descendencia multiplicada de aquellos que hayan quedado de las naciones al inicio de los mil años… de este Gog y Magog no se hace mención de rey alguno [a diferencia de lo que ocurre] en la convocación del primer Gog y Magog».
Alexander Petrie, un covenanter escocés que ministraba como pastor de una congregación presbiteriana en Róterdam, se alarmó profundamente al comprobar que muchos de sus feligreses leían con avidez los tratados de Maton. En 1644 dio a las prensas Chiliasto-Mastix para rebatir el milenarismo de Maton. Petrie lo consideraba una herejía, «una rancia fábula judía… digna de ser abominada». Sostenía categóricamente que «el reino de Cristo no es un reino terrenal, ni se halla postergado por uno o dos millares de años, sino que Su reino es ahora». Insistía asimismo en que cuando las profecías aluden a los judíos, el pasaje debe interpretarse como referido a los creyentes cristianos, asumiendo que la Iglesia había reemplazado a Israel en calidad de pueblo escogido de Dios.
Maton replicó a Petrie mediante su obra Christ’s Personal Reign on Earth, One Thousand Years with his Saints (El reinado personal de Cristo sobre la tierra por mil años con Sus santos). Afirmó que «la errónea interpretación de estas profecías» nacía de «un odio arraigado contra los judíos», advirtiendo contra el despropósito de aplicarlas:
«a la Iglesia de los gentiles, cuando no existe un solo pasaje en toda la Escritura donde un gentil sea llamado judío o israelita; o donde la Iglesia de los gentiles reciba el nombre de Israel, Sion o Jerusalén… los judíos, con anterioridad a la encarnación de Cristo, jamás denominaron judíos a los convertidos de entre los gentiles, sino siempre prosélitos: inverosímil resulta, pues, que los apóstoles comenzaran a llamarlos judíos en aquel entonces, cuando los propios judíos creyentes habrían de ser llamados cristianos, y no judíos».
El preterismo constituía otro grave extravío en el que incurrían los antimilenaristas, según Maton: «las profecías… tocantes a la futura liberación de los judíos de su cautiverio» no pueden «concernir a su liberación de Babilonia», puesto que «las profecías» de Zacarías relativas a la redención venidera de Israel (las cuales armonizan con tanta exactitud con el resto de los profetas) «fueron reveladas con posterioridad a haberse consumado el retorno de los judíos de Babilonia».
Ante la objeción de Petrie citando la declaración de Jesús: «Mi reino no es de este mundo», Maton respondió que dicha aseveración era enteramente aplicable:
«hasta la segunda venida de Cristo, sazón en la cual serán librados de todas sus opresiones y angustias, y vendrán a ser ellos mismos gobernantes del mundo. Y por ende, estos textos militan directamente contra el reinado de los santos en la actualidad, mientras perduren las tribulaciones de este siglo presente; mas en nada contradicen el reinado de los santos cuando las tribulaciones del mundo hayan cesado… cuando Cristo venga, los santos estarán con Él… morarán por siempre con Él sobre la tierra cuando Él vuelva; en esta tierra mientras reine, y sobre la tierra nueva tras Su reinado».
Puesto que Maton jamás incitó a la insurrección armada ni instó a que los santos usurparan el poder político por la fuerza en el nombre de Jesús, no puede catalogársele formalmente como un militante de la Quinta Monarquía; con todo, los Hombres de la Quinta Monarquía hallaron inspiración en sus escritos y lo reivindicaron como uno de los suyos. Estos entusiastas sostenían que correspondía a «los santos del Altísimo» doblegar a la Cuarta Monarquía (a la cual identificaban con Roma —fundiendo en un solo bloque al Imperio pagano y al papado, tal como había hecho John Foxe en su Libro de los mártires—) para dar apertura a la Quinta Monarquía, un reino imperecedero administrado en el nombre de Dios. Para consumar tal empresa enarbolaron la consigna: «¡Ningún rey sino Jesús!», proclamando:
«La ruina de la jerarquía papista, el exterminio definitivo del Imperio turco, la conversión de los judíos orientales y occidentales juntamente con su restitución en sus antiguas heredades de la Tierra Santa, y la QUINTA MONARQUÍA del reinado universal del Evangelio de Cristo sobre la faz de la tierra».
Adviértanse aquí los componentes esenciales de la escatología evangélica del siglo XX, los cuales muchos pretenden atribuir erróneamente a Darby: el colapso del sistema papal, conflagraciones bélicas en el Medio Oriente, la conversión y retorno de los judíos a la Tierra Prometida y el reinado terrenal de Cristo sobre este mundo; nociones imputadas comúnmente a Darby en el siglo XIX, mas confesadas con toda claridad siglos antes. Para demostrar que no se trata de una coincidencia aislada, he aquí la portada de otro opúsculo de la Quinta Monarquía:
«Un breve examen de… los postreros tiempos… el profético cuerno pequeño u hombre de pecado, y la bestia evangélica con sus siete cabezas y cuernos… la persecución de los santos, la apostasía de las iglesias, la noche de tinieblas, las vírgenes saliendo al encuentro del Esposo, la ramera mística, la predicación del evangelio del Reino a todo el mundo y la convocación de los judíos a su propia tierra».
La profusión de impresos escatológicos dados a luz durante el Protectorado es pasmosa, y aquí solo he consignado una reducida fracción. Debieron de surgir severas críticas cuestionando la capacidad de estos autores para discernir los sucesos proféticos con certeza, pues gran parte de ellos se esmeran en justificar la legitimidad de su método interpretativo.
Otro militante de la Quinta Monarquía, William Hicks, era estudiante en Oxford al estallar la Guerra Civil inglesa. Se alistó de inmediato en el bando antiparlamentario y, merced a su celo puritano, fue promovido a capitán en los ejércitos de la República. En Revelation Revealed (1659), Hicks destacó el abrumador consenso reinante entre los doctores de la Reforma en torno a la interpretación de las profecías bíblicas:
«Se objetará diciendo que este Libro [Apocalipsis] está colmado de misterios recónditos y sellados, resultando de ardua comprensión, por cuya causa la mayoría de los que han consagrado sus desvelos a desentrañarlo han salido mal parados de su osada empresa. Respondo: ciertamente este Libro del Apocalipsis de San Juan rebosa de misterios… Mas cuando mediante la contemplación de los acontecimientos comprobamos su cumplimiento… ya no reviste misterio alguno para nosotros… Que por esta gran ciudad se entiende Roma; de igual modo, todos los expositores de la Reforma convienen unánimemente en que por la bestia de siete cabezas y diez cuernos de Apocalipsis 13:1 ha de entenderse el Imperio romano desmembrado en diez monarquías. Y que la bestia con dos cuernos semejantes a los de un cordero (Apocalipsis 13:11), la cual habla como dragón, personifica a la jerarquía anticristiana del papado; y si los hechos históricos han corroborado con total nitidez que así ha de entenderse y explicarse sin contradicción… ¿por qué habría de parecer extraño que… este Libro sea desprovisto de cerrojos y manifestado llanamente?».
Hicks juzgaba que «todas aquellas conmociones y revoluciones de los Estados constituían muestras de la misericordia de Dios hacia Su Iglesia y Su pueblo». Celebraba la memoria de gobernantes providenciales que favorecieron al pueblo del pacto —tales como Ciro el Grande o Constantino—, encumbrando de manera eminente a Lutero y a los demás reformadores, quienes:
«hicieron temblar el dilatado poderío de Roma con su predicación; de suerte que multitud de príncipes cristianos… comenzaron a aborrecer a la Ramera, con el vino de cuyas fornicaciones se habían embriagado; y ahora comienzan no solo a detestarla, sino a asolarla, desnudarla y devorar sus carnes… pues el término de ella se aproxima velozmente; Dios endurece el castigo sobre ella más y más, e instiga a aquellos cuernos, a aquellos príncipes que en otro tiempo fueron sus más firmes puntales, a desertar de su regazo y aborrecerla. En verdad, los primeros reformadores le despojaron de sus ropajes externos y evidenciaron su desnudez mediante la denuncia de su falsa doctrina… los diez cuernos, o diez reyes que reciben autoridad por una hora juntamente con la Bestia, y que formaron parte de ella, son los mismos que destruirán a la Ramera y la consumirán con fuego (Apocalipsis 17:12, 16)».
No debe pasarse por alto el sesgo revolucionario y beligerante inherente al milenarismo de la Quinta Monarquía. John Archer ansiaba con fervor «nuestro reinado con Cristo en Su reino, en este mundo», aseverando que «la totalidad de los creyentes regirá sobre la tierra». Elizabeth Avery, puritana de convicciones apocalípticas durante el régimen republicano, aseveró que:
«Babilonia y el Anticristo se enseñorean sobre todos aquellos Estados que gobiernan mediante un poder arbitrario, y sobre todas las iglesias… un poder que todo lo abarca; lo cual en tiempos pretéritos se aplicaba con exclusividad al culto de los papistas, mas hoy lo descubrimos… en toda falsa adoración… manifestándose en este presente Estado y en la Iglesia de Inglaterra».
Esta revolución sería consumada por los santos sobre la tierra sin necesidad previa de una manifestación física de Cristo. En The Armies Defence, or, God guarding the Camp of the Saints (La defensa de los ejércitos, o Dios guardando el campamento de los santos y la Ciudad Amada) —tratado en el que procuraba demostrar que toda opresión de los gobernantes cesaría mediante la manifestación de Dios en Sus santos—, William Erbery proclamó, apenas unos meses antes de la ejecución del rey Carlos I, que en la hora presente:
«Dios mora en la carne de los santos… la Deidad corporizada en la carne de ellos… hasta ahora Dios habita exclusivamente en los santos, o se manifiesta únicamente en su carne… Dios ha escogido a una compañía de hombres a quienes manifestará primeramente todo Su amor, luz, vida, gloria y salvación: estos son denominados, por ende, los santos, los escogidos y la casa de Dios… los santos en estos postreros tiempos alcanzarán la gloriosa libertad de los hijos de Dios… para aniquilar los poderes de este mundo que combaten a Dios en ellos; y salvarán al mundo, y serán libertadores de los hombres… los santos en espíritu, quienes han recibido mandamiento y llamamiento de parte de Dios para acometer cuanto el Señor les ordene, aun cuando sea en oposición a reyes, lores, nobles y al mundo entero… en los reinos y en las iglesias, y en los espíritus de los hombres que yacen todavía sumidos en confusión y tinieblas, los cuales han de ser destruidos antes de que el orden sea instaurado… primero destruir, para después redimir y gobernar al orbe… esto es, Dios en los santos juzgará a las naciones con justicia y regirá a los pueblos con Su verdad…».
William Aspinwall emigró a Nueva Inglaterra en 1630. Tomó partido por la radical Anne Hutchinson frente a las autoridades puritanas de Boston, colaboró en la redacción de su petición de defensa y la secundó en su exilio hacia Rhode Island. Tras conocer la decapitación de Carlos I y la proclamación de la República, retornó a Inglaterra resuelto a participar activamente en la fundación de la Quinta Monarquía, prometida por el profeta Daniel para el fin de los tiempos.
En A Brief Description of the Fifth Monarchy (Breve descripción de la Quinta Monarquía), identificó al rey Carlos I como el Anticristo o la Bestia del Apocalipsis que había martirizado a la verdadera Iglesia de Cristo. Aseguraba que «los despojos corrompidos de la realeza, todos ellos sin excepción, han de ser arrasados y destruidos» para que «el reino, el dominio… sean conferidos al pueblo, a los santos del Altísimo». Aspinwall conocía y rechazaba frontalmente el enfoque amilenarista:
«Si se objetare diciendo que el reino aludido en los pasajes precedentes no es más que un reino espiritual o una autoridad moral administrada en el seno de la Iglesia… respondo: ciertamente Cristo ejerce Su potestad real en Su Iglesia… mas no únicamente allí. Él ejecuta asimismo actos de potestad soberana, en calidad de actos de juicio judicial… Sí, esta Monarquía… desmenuzará… a las otras cuatro monarquías, lo cual resulta del todo incompatible con una simple autoridad eclesiástica… Si se insistiere todavía en que todas estas expresiones son meras metáforas, lo niego categóricamente; ni es prudente para nosotros forjar alegorías de la Escritura cuando ninguna necesidad textual lo demanda».
Los partidarios de la Quinta Monarquía se inscribían en el posmilenarismo en el sentido de que creían que Cristo retornaría corporalmente una vez que los escogidos hubiesen erigido y consolidado el milenio en Su nombre. Semejante presupuesto engendró un celo bélico y revolucionario inusitado en los anales de la historia eclesiástica, patentizado en Aspinwall cuando, citando Daniel 7:27, sentenció:
«el reino y la soberanía absoluta… serán entregados al pueblo, a los santos del Altísimo… los santos llamados a ejercer y administrar esta supremacía de poder… son aquellos que han militado activamente con Cristo combatiendo contra la Ramera… me refiero a los oficiales militares del Cordero, en cuyas manos Él encomienda la milicia… hasta tanto, no puede considerarse que se hallen bajo la Quinta Monarquía, sino que continúan siendo partes integrantes de la Cuarta Monarquía, la cual ha de ser desmenuzada… hasta tanto, ninguna nación puede con justicia recibir el título de Ciudad de justicia».
Aspinwall vivía persuadido de que la transición hacia la Quinta Monarquía había principiado de manera irreversible con la decapitación de Carlos I, y que alcanzaría su consumación definitiva hacia el año 1673:
«Será forzoso que los diez cuernos, o reyes, que constituyen la fortaleza de la Bestia, sean desgajados; obra que ha dado comienzo ya con la decapitación de Carlos… y los cuernos o reyes restantes no han de prevalecer sino por un breve espacio más… para aproximarnos al origen de esta Monarquía, está escrito: “Se hizo justicia a los santos, y se les quitó el dominio al cuerno pequeño” (Dan 7:22, 26), lo cual halló cumplimiento en 1648… y ciertamente se ha presenciado ya un pavoroso estremecimiento, y mayores conmociones restan aún; pues la obra no quedará enteramente rematada sino hasta que los judíos sean llamados… clamen, pues, todos los santos: “Ven, Señor Jesús, ven pronto; y venga Tu reino, hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6:10)».
La combatividad de Aspinwall fue secundada al año siguiente en una homilía pronunciada por Thomas Goodwin —capellán de Oliver Cromwell y comisionado de la Asamblea de Westminster—, quien proclamó taxativamente que «la Cuarta Monarquía es desmenuzada por la espada de los santos, los seguidores del Cordero». Los Hombres de la Quinta Monarquía se nutrieron de la convicción de que poseían un derecho divino inalienable para reinar sobre la tierra y deponer a los monarcas seculares:
«Jesús mismo es Rey por naturaleza soberana; posee el trono por derecho de herencia… Él es el Heredero supremo; mas nosotros somos introducidos por medio de Él para ser coherederos con Dios… todas aquellas prerrogativas que residen en Cristo Mismo pertenecen por igual a los santos: somos hijos al igual que Él, somos reyes al igual que Él… nosotros (afirmo) hemos sido constituidos tales por Su gracia».
Goodwin sostenía que los partidarios de la Quinta Monarquía debían tomar las riendas de los Estados y gobernar la sociedad hasta que Cristo se manifestara:
«… de qué manera Dios dispone que el mundo sea administrado con miras al día del Juicio… han sido constituidos reyes con Él… siendo coherederos con Cristo y hallándose comisionados juntamente con Él para la ejecución de los designios consignados en este libro y el cumplimiento de las cosas contenidas en él. Nosotros somos asimismo reyes y sacerdotes. Y la inferencia de ellos lo confirma: Reinaremos sobre la tierra… Tendremos parte en la conducción de los destinos de la tierra… Reinaremos: no obstante, son ya reyes en el tiempo presente, y en cierta medida se halla esto cumplido ahora… “Nos has redimido con Tu sangre, y nos has hecho reyes, y reinaremos sobre la tierra”… los santos son reyes a lo largo de todas las edades; mas afirmo que existe una sazón determinada en la cual esto ha de consumarse plenamente… Antes de que acontezca el fin del mundo… se produce un avance inicial para vencer… pues Él [Cristo] tiene un mundo pagano al cual sojuzgar, un mundo anticristiano que doblegar y un imperio mahometano que conquistar».
En tanto que historicistas, los milenaristas de la Quinta Monarquía asumían que vivían en medio de las profecías del libro de Apocalipsis. En consonancia con ello, Goodwin juzgaba que la Cuarta Monarquía era Roma. Así como la efigie soñada en Daniel 2 contaba con dos piernas, de igual modo Roma se hallaba escindida en dos vertientes: Oriente y Occidente: «cuyos vestigios remanentes subsisten en el turco y en el papa hasta el día de hoy». Concluía que la Cuarta Monarquía (la cuarta bestia, que abarcaba tanto a Roma como a Constantinopla, suplantadas respectivamente por el papa y por el sultán) sería desmenuzada cuando se cumplieran los anuncios de Daniel 7:13-14 y 27:
«Al Hijo del Hombre… Le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas Le sirvieran. Su dominio es un dominio eterno… y la grandeza de los reinos debajo de todo el cielo será entregada a los santos del Altísimo».
Goodwin reconoció que multitud de judíos con quienes había departido «aguardaban con fervor una restitución material», registrando el testimonio de un viajero reformado en el Levante que refirió:
«Habiendo trabado frecuente conversación con los judíos, a quienes halló unánimemente aguardando la aparición de su Mesías; y cuando les expuso estas nociones de benevolencia [profesadas por los puritanos ingleses y los reformados del continente] y cómo su Mesías se manifestaría a ellos en conformidad exacta con sus propias expectativas; refiere que quedaron maravillados y cautivados al escucharlo. Ello cuadraba con todas sus concepciones, con todas sus esperanzas y con las interpretaciones que los rabinos habían formulado de aquellas Escrituras proféticas».
Goodwin rebatió asimismo la postura que en la actualidad se cataloga como preterismo. Tocante al milenio, argumentó:
«Ha habido quienes han pretendido que esto se cumplió en el pasado, a saber: que existió un período durante el cual los santos celestiales que sufrieron martirio en los tiempos primitivos fueron colmados de honra por espacio de mil años, en tanto los santos sobre la tierra disfrutaron de paz; lo cual computan a partir de la época del emperador Teodosio hasta el rebrote de la persecución a manos del papa y de la facción anticristiana, estimándolo en cerca de mil años. Mas resulta evidente que tal no es el sentido del texto. Puesto que la sazón de este reinado aquí anunciado ha de situarse forzosamente con posterioridad a la destrucción de la Bestia: pues en el capítulo 19, versículo 20 se declara expresamente: “La Bestia fue apresada y arrojada al lago de fuego”; y acto seguido, en el capítulo 20, se describe el reinado de ellos con Cristo por mil años».
Goodwin hizo notar que, en tanto la mayoría de los teólogos católicos abrazaban tesis preteristas, los teólogos jesuitas formulaban a su vez la noción de una Quinta Monarquía venidera: «solo que ciertamente la aplican y apropian a su propio beneficio, denominando a dicho imperio… Regnum Jesuiticum». Concluyó declarando:
«aunque los hombres tomen derroteros dispares al desentrañar y aguardar esta sazón —los judíos marchan por una senda, los papistas por otra, y entre nosotros mismos existen discrepancias varias…—; de esto vivo enteramente persuadido: que los cristianos primitivos se consolaban abundantemente con esta doctrina y con la contemplación de la misma. Y aquí comprobáis cómo los santos la tuvieron ante sus ojos desde el principio… Que todas aquellas promesas… que Cristo proclamó y que los Salmos ratifican: “Los mansos heredarán la tierra”… Que se haga en la tierra como se hace en el cielo… Que Abraham y su simiente serían herederos del mundo: Que habrá cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia…».
Edward Ellis dio a las prensas un escrito tan incendiario que indudablemente debió de militar en las filas de los levellers (niveladores). Proclamó «el advenimiento pavoroso del Señor», el cual provocaría «el quebrantamiento de todas las potestades y potestades seculares de la tierra»:
«¡Hombres corrompidos!… ¡cómo habéis pisoteado a los humildes santos!… mas ellos os pisotearán a vosotros. ¡Aullad, magnates de la tierra!, ¡cuán luctuoso día contemplo cerniéndose sobre vuestras cabezas! Vuestro esplendor se ha disipado, los santos os contemplan ahora en vuestra bajeza… muchos de ellos os reverenciaban y ganaban su sustento con angustia de espíritu en medio de vosotros, por causa de la desbordante vanidad que anidaba en vuestros pechos… Vosotros, poderosos, que… oprimís a los santos… La redención de los santos demandará el exterminio de sus adversarios íntimos y externos; vosotros, enemigos del Señor en suelo inglés… os habéis regocijado en los pesares de los piadosos; de igual modo se gozarán ellos en vuestra ruina… Dios derrama oprobio sobre los príncipes y magnates de la tierra; los justos lo contemplarán y se regocijarán».
Por otra parte, subsistían pasajes en la Escritura que preceptuaban: «Sométase toda persona a las autoridades que gobiernan. Porque no hay autoridad sino de Dios… Por tanto, el que resiste a la autoridad, a lo ordenado por Dios se ha opuesto; y los que se han opuesto, recibirán condenación sobre sí mismos» (Romanos 13:1-2, NBLA). No obstante, el militante de la Quinta Monarquía John Tillinghast legitimó la insurrección contra los poderes constituidos:
«Las tres primeras monarquías, y asimismo la cuarta (contemplada en su condición primigenia, con anterioridad a que la Bestia anticristiana fuese parida en el mundo), recibieron su potestad de parte de Dios, en razón de lo cual los apóstoles en el Nuevo Testamento exhortan a la obediencia para con los poderes gobernantes de la época… Mas la potestad de la monarquía romana en su segunda condición, en tanto sometida al Anticristo (Bestia que aún no se había manifestado entonces, sino que ascendería al trono con posterioridad, Apocalipsis 17:8)… difiere sustancialmente de todas aquellas autoridades que le precedieron… aquellas la recibieron de Dios; mas de la autoridad anticristiana se asevera expresamente lo contrario: a saber, que cuando la Bestia blasfema de diez cuernos se levantare, recibiría su poderío del Dragón, esto es, del Diablo (Apocalipsis 13:1-2)».
Frente a quienes insistían en que el reino de Cristo poseía una naturaleza estrictamente espiritual, Tillinghast adujo:
«este reino de Cristo… que sucede al reino del Anticristo… no puede constituir un reino meramente espiritual (como pretenden muchos), sino que ha de ser forzosamente un reino exterior y visible… Las razones son manifiestas: 1. Porque el surgimiento de este reino no acontece sino hasta que los pies de la gran efigie —esto es, la monarquía romana en su estado anticristiano— han alcanzado existencia… 2. Porque Daniel contempla que la Piedra hiere los pies en cuanto queda formada… por consiguiente, los pies debían hallarse en pie con anterioridad a que la Piedra fuese cortada. 3. Porque el reino prefigurado por la Piedra no se instaura sino en los días de los diez reyes anticristianos (Apocalipsis 17:12-14). Habiendo existido el reino espiritual de Cristo mucho antes de que el reino del Anticristo diese principio; y no teniendo existencia el reino de la Piedra sino hasta después, se desprende concluyentemente que el reino de la Piedra no puede reducirse al reino espiritual de Cristo, sino que ha de ser un reino exterior y visible».
Tillinghast sostenía que incumbía a los verdaderos creyentes implantar el reino material de Cristo sobre el orbe:
«El reino de la Piedra es un reino instituido por Dios para ejecutar esta tarea… el quebrantamiento y aniquilación de los poderes de este mundo… siendo la obra primordial del reino espiritual de Cristo otra muy distinta [la cual], de aplicarse, acarrearía consecuencias tan temibles para los gobernantes de este mundo como la propia doctrina de la Quinta Monarquía. Mas afirmo que esta no es la incumbencia del reino espiritual de Cristo; por lo cual, el reino de la Piedra no puede consistir en Su reino espiritual, sino que ha de ser necesariamente exterior».
El segundo capítulo del libro de Daniel, conforme a Tillinghast, establecía que el imperio material de Cristo sería:
«un reino en el cual la potestad de juicio exterior es conferida a los santos derribando los tronos de la cuarta bestia… es un reino del cual se declara que los santos habrán de tomar posesión… es exactamente el mismo reino que con anterioridad se hallaba regido por el cuerno pequeño [el Anticristo], el cual es entregado a los santos… aquel mismísimo reino que los santos arrebatan al cuerno pequeño al juzgarle, pasan ellos mismos a poseerlo ulteriormente».
Tillinghast aseguraba a sus lectores que el Altísimo había investido de autoridad judicial a los santos para deponer reinos:
«Los santos, en el ocaso del imperio del cuerno pequeño, son constituidos por decreto del cielo en un Alto Tribunal de Justicia; comparecen en juicio y, al dictar sentencia, le despojan de su dominio… siéndoles conferido por Dios… al pueblo de los santos del Altísimo… por cuanto este reino ha de ser un reino exterior…».
Instaba vivamente a sus contemporáneos a instaurar de inmediato el reino visible de Cristo:
«la sazón señalada para la erección de este reino se aproxima velozmente y pesa sobre nosotros… todos aquellos que en este día, mediante sus dichos o acciones, sean hallados culpables de estorbar la entronización de Cristo, se hacen con ello reos de alta traición contra este Rey de reyes; y aun cuando escapen al juicio de los tribunales humanos, jamás escaparán de ser emplazados como tales ante Su tribunal supremo en aquel día».
Los partidarios de la Quinta Monarquía no fueron los únicos teólogos de corte apocalíptico a mediados del siglo XVII. Paul Knell, capellán del ejército realista durante la Guerra Civil inglesa, previno a Inglaterra de que podría sobrevenirle una tragedia análoga a la de Israel. Israel se había rebelado contra la casa de David y, por ende, contra el Señor: «ninguna liberación habrán de esperar de parte Suya… han sido dispersados… moran como forasteros en todas las comarcas; han perdido su lugar y su nación». Advirtió a Inglaterra de un juicio semejante: si se rebelaban contra su soberano ungido, se rebelaban contra Dios.
Otro apologista realista creyó discernir en la decapitación de Carlos I la inmolación de uno de los dos testigos de Apocalipsis a manos de las huestes del Anticristo, representadas a su juicio por los puritanos regicidas. Un tercer tratadista monárquico, en una refutación dirigida contra Aspinwall en 1653, aseguró que el Parlamento de la República que había usurpado la soberanía de los Estuardo constituía «aquella Bestia mencionada en Apocalipsis 13… y que la Quinta Monarquía se establecería en breve en la augusta persona de Carlos Estuardo», vaticinio que pareció confirmarse siete años más tarde con la Restauración monárquica.
Otros autores comenzaron a reconsiderar su ardor insurreccional previo respecto a una revolución terrenal impuesta por los santos. William Erbury, quien en 1648 había instado a los santos a «derribar tantas fortalezas, aplastar tantos ejércitos reales y derrotar tales multitudes», hacia 1654 abrazó una postura enteramente mística:
«No hablo para sembrar división entre hermanos… sino para que vosotros y yo nos recojamos en el santuario interior, y no moremos en el atrio exterior, el cual ha sido entregado a los gentiles; ni aguardemos un reinado de los santos con Cristo en gloria y dominio exterior secular… ¿Acaso armoniza con el orden del Evangelio que los ministros de Cristo se inmiscuyan en el gobierno civil, cuando “Su reino no es de este mundo”?… ¿Acaso Cristo, cuando venga a reinar, no “suprimirá toda autoridad, poder y dominio”? ¿No solo el poder monárquico, sino también el aristocrático y el democrático?… No nos entrometamos más en los asuntos seculares, sino proclamemos las glorias del espíritu… el pueblo de Dios puede reposar quieto y morar pacíficamente “bajo su vid y bajo su higuera”, aguardando la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador en lo íntimo de sus corazones…».
Severas impugnaciones contra la Quinta Monarquía procedieron asimismo de Samuel Hutchinson, cuñado de Anne Hutchinson, quien afirmó: «No apruebo a aquellos Hombres de la Quinta Monarquía que empuñan las armas contra las repúblicas y los magistrados civiles, pues esto no acontecerá sino hasta que Cristo Mismo aparezca en las nubes para la restitución de todas las cosas…».
A medida que el Protectorado declinaba y la restauración de la dinastía Estuardo cobraba fuerza, menudearon los impresos combatiendo a la Quinta Monarquía, publicados al principio bajo el anonimato. The Downfall of the Fifth Monarchy (La caída de la Quinta Monarquía) fustigó «los principios y maquinaciones desesperados y subversivos de estos fanáticos extraviados de la Quinta Monarquía». Si bien el autor no reveló su identidad, el librero responsable fue John Andrews, cuyo taller radicaba en Old Bailey —sede de los principales tribunales penales de Londres—, lo cual evidencia cierto patrocinio gubernamental.
El tratado imputaba a los milenaristas de la Quinta Monarquía secundar «el designio supremo del diablo para socavar a la Iglesia… seduciendo a las almas simples y arrastrándolas a los más perniciosos y flagrantes extravíos… artificio sumamente sutil del maligno…». Exhortaba a los creyentes a «someternos sosegada y pacíficamente a cuantos ostentan autoridad sobre nosotros… reconociendo a las potestades superiores; pues el reino de Cristo es un reino santo y celestial, y no un imperio carnal y terrenal como neciamente fantasean mentes vanas, sino un reino eterno en los más altos cielos».
Al año siguiente vio la luz otro tratado profético anunciando el juicio inminente de Dios «con fuego, para purificar o consumir a esta pecaminosa ciudad de Londres». Su pecado radicaba en haber derrocado «al rey puesto por Dios y a Su verdadera Iglesia; mas la restauración de nuestro monarca proviene del Altísimo». Dicha restauración se verificó dos años después, cuando el Parlamento extendió invitación formal a los Estuardo para ceñir nuevamente la corona de Inglaterra.
Sobrevino de inmediato la persecución y el enjuiciamiento penal de los cabecillas de la Quinta Monarquía, acusados «de predicar con alevosía y sedición contra la vida y la corona de nuestro soberano señor el rey, y contra la paz y el sosiego de este reino». En su inmensa mayoría fueron condenados a la pena capital de ser ahorcados, arrastrados y descuartizados vivos.
A partir de entonces, los panfletos de la Quinta Monarquía pasaron a circular en la clandestinidad, firmados únicamente por:
«un Amigo de la Causa Gloriosa (aunque en este día escarnecida) de Cristo… en el cual se abordan los siguientes puntos: 1. El Quinto Reino en sí mismo, el cual el Dios del cielo establecerá en los postreros días. 2. El reino de la Bestia que ha de ser aniquilado. 3. Los instrumentos llamados a consumar la destrucción del uno y la erección del otro… 4. La sazón señalada para el inicio de esta obra: primero, con anterioridad a la venida personal de Cristo; segundo, con anterioridad al llamamiento de los judíos; tercero, probando que ha comenzado ya y ha echado raíces en esta nación, y que Cromwell juntamente con el ejército ha apostatado de ella, y que cuantas autoridades y gobiernos se han instaurado desde entonces descansan sobre el fundamento de dicha apostasía… señalando las transgresiones puntuales en que han incurrido el ejército y cuantos secundan la defección».
Adviértase el abatimiento de este partidario radical, quien acusaba abiertamente a Cromwell, al ejército republicano y a la mayor parte del pueblo inglés de haberse constituido en adversarios del reino de Dios por haber «apostatado… de su solemne deber de separarse de Babilonia… tanto en el orden eclesiástico como en el civil».
Al cambiar el curso político y tornarse inevitable el retorno monárquico, William Hicks se replegó a su natal Cornualles y redactó un comentario expositivo al Apocalipsis. Reconociendo el fracaso de sus tentativas insurreccionales previas, moderó notablemente sus posturas. Al inquirir «si los santos… pueden en justicia aguardar… el gobierno y dominio bajo Cristo sobre la tierra en esta hora presente», adujo seis razones teológicas para desestimarlo:
Argumentos de Hicks para desestimar el milenarismo insurreccional de la Quinta Monarquía
«Razón 1: Si esta época presente constituyera la sazón señalada para el reinado de los santos, todos sus enemigos yacerían ya debajo de sus pies; empero… la Babilonia mística y la Ramera jamás ostentaron mayor opulencia… Por ende, concluyo que esta no es la sazón».
«Razón 2: Si este fuese el tiempo del reinado de los santos, habríamos contemplado previamente… a Cristo, denominado allí el Hijo del Hombre, manifestándose primero en las nubes para la siega y el lagar del furor y de la ira del Dios Todopoderoso… Mas… Babilonia impera todavía y se gloría como soberana; por consiguiente, el reinado de los santos no coexiste con ella…».
«Razón 4: Si esta fuese la hora del reinado de los santos, no se calificaría este tiempo… de permanencia en el desierto, de dar testimonio vestidos de cilicio, de tomar la cruz cotidiana… de días de tribulación… Por tanto, este no es el tiempo…».
«Razón 6: Si esta fuese la sazón señalada para el reinado de los santos, forzosamente deberían sincronizarse con ella otros acontecimientos predichos para concurrir al unísono… a saber: el atamiento de Satanás, la ruina definitiva del Anticristo… los cielos nuevos y la tierra nueva… Mas comprobamos que Satanás no se halla atado, sino más desatado que nunca; el Anticristo más encumbrado que jamás; y los cielos y la tierra —tanto en el orden eclesiástico como en el político— más corrompidos que nunca: por consiguiente, no es la hora para el reinado de los santos. Además, contamos con la palabra del propio Cristo asegurando que Su reino no es de este mundo, esto es, de esta generación y siglo corrompidos».
Griffith Williams, obispo de Ossory, llegó a tildar a «la Asamblea de Presbiterianos congregada en Westminster… de falso profeta… alma mística de aquel Gran Anticristo». Semejante acusación motivó la réplica de James Ussher —para entonces arzobispo de Armagh—, quien advirtió contra la ligereza de «imputar al Anticristo cuanto en materia eclesiástica no se ajusta a nuestras particulares opiniones».
Hacia 1660 el ímpetu revolucionario se había extinguido por completo. Incluso antiguos militantes de la Quinta Monarquía instruían a sus seguidores a profesar sumisión civil a los magistrados o, en su defecto, a «salir de ella» emigrando hacia Nueva Inglaterra. En 1660, Hicks ratificó su certidumbre de que la hora fijada para la Quinta Monarquía no había despuntado aún. Moderando sus pretensiones de forzar la instauración del reino, exhortó a sus lectores a obrar fielmente dentro de la dispensación presente, aguardando con paciencia la venida de la siguiente: «Todas las dispensaciones de Dios hacia Su Iglesia habrán de cumplirse a su debido tiempo y orden; no obstante, abrigo la convicción de que la hora del reinado de los santos no se halla lejana, sino más próxima de lo que el mundo imagina».
A partir de 1660 no vuelve a registrarse tratado escatológico alguno que promueva la violencia armada para instaurar una quinta monarquía. Por el contrario, los escritores apocalípticos reconocieron abiertamente el desacierto de haber pretendido forzar los designios divinos por mano humana, si bien continuaron confesando la esperanza en una quinta monarquía venidera. En 1665, William Sherwin previno contra:
«aquella temeraria presunción y nefasta iniquidad de nuestros postreros tiempos, consistente en que algunos, so pretexto del reino de Cristo prometido a los santos, pretendan apelar a la espada o a cualquier otro medio ilícito para despojar a los magistrados y autoridades civiles de sus oficios, usurpando aquel reino antes de que Cristo Mismo lo confiera a aquellos a quienes pertenece conforme a la designación del Padre en Su debido tiempo, a saber: en la manifestación gloriosa de Cristo… habiendo Dios revelado que Él Mismo erigirá dicho reino, y ello exclusivamente en Su hora prefijada».
La literatura profética no fue patrimonio exclusivo de las facciones radicales; los realistas también la cultivaron con esmero. Un tratado anónimo titulado The Key of Prophecie (La llave de la profecía) vio la luz mientras el ejército del general George Monck avanzaba sobre Londres para restaurar a la dinastía Estuardo. Identificaba al Parlamento republicano como el Anticristo, en tanto que el difunto rey Carlos I y el arzobispo Laud eran ensalzados como los dos testigos martirizados. Aunque admitía que Brightman y Mede «en sus comentarios proféticos erraron en ciertos puntos», ello obedeció únicamente a que «tuvieron que escudriñar a través de densas brumas». El autor presumía: «en tanto Brightman y Mede contaron solo con conjeturas, yo dispongo de demostraciones palpables para acertar en el blanco».
Reiteraba el esquema premilenarista historicista de Mede y aguardaba «la conversión y restauración de los israelitas y judíos»; mas añadía que aquellos que «prendieron, encarcelaron y asieron a Su Majestad por los cabellos hasta degollarle» eran «siervos del Dragón», mientras que los leales a la Corona eran «siervos del Cordero». Concluía asegurando que «Dios y el rey son extraordinariamente misericordiosos» con quienes depongan su rebeldía, dispuestos «a borrar de sus frentes la marca de la Bestia e inscribir en su lugar el nombre de Dios el Padre». En el desenlace, «la Bestia será aniquilada y el Cordero ensalzado; el Parlamento republicano quebrantado para siempre y el rey restaurado perpetuamente en su solio».
En otro folleto anónimo de aquel mismo año, The Mystery of Prophecies revealed, en el cual se procuraba probar mediante las profecías bíblicas la legitimidad del retorno de Carlos II, el régimen de la República volvió a ser denunciado como el Anticristo:
«Mas este régimen ha constituido en estos últimos tiempos una anarquía, comúnmente denominada República, habiéndose manifestado como una tiranía tan arbitraria… aproximándose a la crueldad de la Roma pagana y del imperio mahometano, y asemejándose al mismísimo gobierno del diablo en el infierno: una forma de autoridad sin precedente alguno, salvo el abismo mismo. Y del mismo modo en que el reinado de la Bestia se prolongó por un tiempo, tiempos y medio tiempo; así se ha verificado en este reciente gobierno en Inglaterra: cuyo inicio data del 3 de noviembre de 1640, coincidiendo con la ascensión de la Bestia… y la inmolación de entrambos testigos…».
El Parlamento republicano fue catalogado como la Bestia o el Anticristo; el rey Carlos I y el arzobispo Laud encarnaban a los dos testigos de Apocalipsis 11 cuyos cadáveres yacieron insepultos hasta su gloriosa resurrección (identificada con la Restauración de 1660); los herederos de la Corona personificaban a la mujer de Apocalipsis 12 conducida en alas de águila hacia el desierto (asimilado a Francia); los realistas que permanecieron en Inglaterra representaban la descendencia afligida de la mujer; y «por David, siervo del Señor, llamado a ser el excelso libertador de los judíos, ha de entenderse a no dudarlo Carlos II: pues si su augusto padre fue la cabeza de los testigos inmolados, ¿quién sino su hijo encarnará la cabeza de aquellos que resucitan de entre los muertos?… ¿Qué mortal se asemejó jamás tanto al Hijo del Hombre como este rey bendito?». Concluía colmando de alabanzas a Carlos II: «restaurando la Iglesia derruida… sanando dolencias mediante la imposición de sus manos… declarado el David de estos postreros días, el varón predicho en el Apocalipsis cabalgando sobre las nubes del cielo y preordenado para regir el gobierno… santo insigne al igual que mártir paciente».
Aquel mismo año, Charles Hammond —capitán en el ejército monárquico— dio a luz The Worlds Timely Warning-piece (Amonestación oportuna para el mundo). El texto constituía una vehemente advertencia bíblica sobre la inminencia del juicio divino, conminando a discernir las señales de los tiempos, «como en los días de Noé». Basándose en la cronología de Ussher, dedujo que habían mediado 1.656 años desde Adán hasta el Diluvio, por lo cual debían mediar asimismo 1.656 años desde la venida de Cristo hasta el juicio final por fuego. Hizo notar que dicho término había expirado cuatro años antes, debiéndose únicamente a la paciencia divina que la humanidad no hubiese sido consumida.
Señalaba como señales precursoras del fin las guerras civiles europeas, los recientes terremotos, la peste y hambruna en Irlanda, «el enfriamiento del amor de los ricos hacia los necesitados», «las lluvias de sangre registradas… en Dorsetshire», y la alteración de las estaciones («mañanas y atardeceres invernales que semejaban mañanas de mayo… aves anidando en pleno rigor del invierno»). «Como ladrón en la noche… nos sorprenderá desprevenidos… sembrando espanto en los impíos y albricias de gozo en cuantos se hallen preparados para recibir al Señor en aquel día». Exhortaba a «pelear la buena batalla de la fe contra el mundo, la carne y el diablo, a fin de ser alistados en aquel ejército celestial de santos bajo el mando de aquel Capitán supremo: Cristo Jesús…».
El interés escatológico fue compartido tanto por sectores radicales como por autores conservadores. Walter Garrett, vicario de Titchfield, sugirió en su comentario de 1690 sobre Apocalipsis que la propia Iglesia de Inglaterra bien podía constituir la Quinta Monarquía:
«la quinta monarquía había de inaugurarse a partir de un pueblo reducido… Dios puede dar cumplimiento a Sus designios cuando Le plazca: la pequeñez, la modestia y la aparente insignificancia de la Iglesia de Inglaterra no constituyen óbice alguno contra su llamado a ser la Quinta Monarquía, sino que más bien representan un argumento de peso para corroborarlo».
Por otra parte, la tradición radical subsistió entre numerosos disidentes no conformistas. Isaac Penington (padre) —hijo de un pescador y colaborador cercano de Cromwell— llegó a ser alguacil mayor de Londres en 1638, parlamentario ininterrumpido de 1640 a 1653, lord mayor de Londres y teniente de la Torre hasta su arresto en 1660 por alta traición, falleciendo en prisión al año siguiente. Su hijo, también llamado Isaac Penington, redactó Some Queries concerning the Work of God in the World (Ciertas interrogantes tocantes a la obra de Dios en el mundo) en el año del apresamiento paterno. En dicho opúsculo procuraba discernir qué propósitos guiaban la providencia durante el Interregno, por qué el Señor «había levantado a una generación para servirle» y por qué «conmovía a esta nación, socavando los cimientos del gobierno y los fundamentos mismos de la religión».
Advertía: «Inglaterra, sálvate a ti misma y libra a este pueblo del temible azote de Dios que se halla a las puertas». Celebraba que la generación de su padre hubiese procurado «otorgar a todos los hombres libertad de conciencia para con Dios», lamentando que una «apostasía anticristiana» se enseñorease con el retorno de los Estuardo: «La Reforma que nos apartó del papado fue precaria e imperfecta; el Señor esperó con paciencia su perfeccionamiento; mas en su lugar se produjo un retroceso hacia las antiguas tinieblas… Y cuando el Parlamento Largo fue levantado de improviso, multitud de creyentes creyeron discernir en él el instrumento providencial ordenado por Dios para culminar dicha obra…». Mas denunciaba que «el gran adversario de Dios a lo largo de esta noche de apostasía ha sido el Anticristo… introduciéndose en el templo, arrogándose una potestad usurpadora sobre la conciencia e imponiendo una liturgia forjada por invención humana». Afirmaba que la gran tribulación debía ser soportada pacientemente, y que el efímero dominio del Anticristo tocaría a su fin con la segunda venida de Cristo.
En palabras de Jeffrey Jue: «el interés por el Apocalipsis no se extinguió tras 1660; si bien ciertos visionarios políticos abandonaron sus quimeras insurreccionales, los expositores rigurosos de la profecía continuaron escudriñando y debatiendo aspectos exegéticos minuciosos a fin de comprender con rectitud la Palabra de Dios y el entorno histórico que les rodeaba». Ello se pondrá de manifiesto a lo largo de los capítulos sucesivos.
Notas del Capítulo V
[240] Jeffrey K. Jue, Heaven Upon Earth: Joseph Mede (1586–1638) and the Building of the Millenarian Church (Paternoster, 2006); análisis del uso político y revolucionario de la escatología de Mede durante la Revolución inglesa.
[241] Cita y glosa exegética de Daniel 2 y 7:27 en torno a la sucesión de los cuatro imperios mundiales y la instauración del reino eterno.
[242] Agustín de Hipona, La ciudad de Dios, Libro XX; y la exégesis tradicional protestante sobre la Quinta Monarquía como la Iglesia triunfante en Cristo.
[243] Comentarios rabínicos medievales (Rashi, Ibn Ezra, Abrabanel) a las visiones de Daniel.
[244] Thomas Becon, The Displaying of the Popish Masse (1545), impugnando las pretensiones anabaptistas de una monarquía terrenal milenaria.
[245] Bernard Capp, The Fifth Monarchy Men: A Study in Seventeenth-Century English Millenarianism (Londres: Faber & Faber, 1972).
[246] Ben Jonson, The Alchemist (1612), sátira teatral contra los puritanos anabaptizantes y sus doctrinas proféticas.
[247] Robert Maton, Israel’s Redemption (Londres, 1642), pp. 44–48.
[248] Ibíd., y en Gog and Magog, or The Great Day of God Almightie (1642), distinguiendo la rebelión pre-milenaria de la post-milenaria.
[249] Alexander Petrie, Chiliasto-Mastix, or The Vanity of the Presumed Reign of Christ on Earth (Róterdam, 1644), tratado polémico contra el quiliasmo de Maton.
[250] Robert Maton, Christ’s Personal Reign on Earth, One Thousand Years with his Saints (Londres, 1646), réplica punto por punto a Alexander Petrie.
[251] Ibíd., refutación del preterismo mediante la datación pos-exílica del profeta Zacarías.
[252] Ibíd., pp. 62–66, exégesis de Juan 18:36 aplicada a la presente dispensación de sufrimiento eclesiástico.
[253] Lema emblemático de los Hombres de la Quinta Monarquía («No King but Jesus») enarbolado en sus marchas y sublevaciones armadas en Londres.
[254] Declaración de principios impresa en tratados militantes de la Quinta Monarquía (1653–1655).
[255] Portada y declaración programática de un tratado anónimo de la Quinta Monarquía editado en Londres hacia 1654.
[256] William Hicks, Apokalypsis Apokalypseōs, or The Revelation Revealed (Londres, 1659), dedicatoria y consideraciones hermenéuticas.
[257] Ibíd., p. 12.
[258] Ibíd., pp. 24–28.
[259] John Archer, The Personal Reign of Christ upon Earth (1642), p. 2.
[260] Ibíd., p. 15.
[261] Elizabeth Avery, Scripture-Prophecies Opened (1647), pp. 8–10.
[262] William Erbery, The Armies Defence, or, God guarding the Camp of the Saints, and the Beloved City (Londres, 1648), pp. 14–22.
[263] William Aspinwall, A Brief Description of the Fifth Monarchy, or Kingdom That Shortly Shall Come Upon the Earth (Londres, 1653), pp. 1–6.
[264] Ibíd., pp. 10–12, argumentación contra la espiritualización amilenarista.
[265] Ibíd., pp. 18–20.
[266] Ibíd., pp. 24–28.
[267] Thomas Goodwin, sermón pronunciado ante Oliver Cromwell y los miembros del Parlamento (1654).
[268] Thomas Goodwin, An Exposition of the Revelation (en Works, vol. 3), disertaciones sobre el sacerdocio y la realeza de los santos.
[269] Ibíd., comentarios a Apocalipsis 5:10 y el gobierno milenario.
[270] Ibíd., interpretación de Daniel 2 y 7 aplicada a la disolución del Imperio romano.
[271] Ibíd., registro de testimonios orales de viajeros y mercaderes en tierras otomanas.
[272] Ibíd., refutación del cómputo amilenarista agustiniano a partir de Teodosio.
[273] Ibíd., referencias polémicas a la escatología de los teólogos de la Compañía de Jesús (Ribera, Belarmino y Vieira).
[274] Ibíd., exhortación final a descansar en las promesas veterotestamentarias y en las Bienaventuranzas evangélicas.
[275] Edward Ellis, A Sudden and Dreadfull Blow to the Powers of the Earth (Londres, 1653), invectiva revolucionaria.
[276] Cita de Romanos 13:1-2 y su confrontación con la teología política del siglo XVII.
[277] John Tillinghast, Knowledge of the Times, or, The Resolution of the Question, How Long it Shall Be Unto the End of Wonders (Londres, 1654), pp. 120–124.
[278] John Tillinghast, Generation-Work: or, An Exposition of the Prophecies in the First Chapter of the Revelation (Londres, 1655), parte II, pp. 62–66.
[279] Ibíd., pp. 68–72.
[280] John Tillinghast, Knowledge of the Times (1654), pp. 140–145.
[281] Ibíd., pp. 150–152.
[282] Ibíd., advertencia solemne a los gobernantes civiles de su generación.
[283] Paul Knell, Israel and England Paralelled, in a Sermon Preached before the King (1648), homilía ante el rey Carlos I.
[284] Tratados realistas legitimistas editados clandestinamente tras la muerte del soberano en 1649.
[285] The True Portraiture of the Kings of England (Londres, 1653), réplica a William Aspinwall.
[286] William Erbery, The Armies Defence (1648), apelación al celo marcial de los soldados de Cromwell.
[287] William Erbery, An Olive-Leaf: or, Some Peaceable Considerations to the Christian World (Londres, 1654), retractación del milenarismo armado.
[288] Samuel Hutchinson, A Declaration of a Future Glorious Estate of a Church to Be Here Upon Earth, at Christ’s Personal Appearing for the Restitution of All Things (Londres, 1667).
[289] Anónimo, The Downfall of the Fifth Monarchy: or, The Great Vanity and Folly of Those Who Expect an Earthly Kingdom of Christ (Londres, 1657), impreso para John Andrews.
[290] Ibíd., pp. 14–18.
[291] Anónimo, advertencia profética a la ciudad de Londres fechada en 1658.
[292] Ibíd., p. 8.
[293] Actas y registros procesales de los juicios contra Thomas Venner y los líderes de la sublevación de la Quinta Monarquía en Old Bailey (enero de 1661).
[294] Manifiesto clandestino de la Quinta Monarquía distribuido tras la Restauración de los Estuardo (1661).
[295] Ibíd., denuncia de la capitulación republicana.
[296] William Hicks, The Last Great Assize: or, Day of Judgement (Londres, 1660), argumentos teológicos contra la precipitación milenarista.
[297] Griffith Williams, The Great Antichrist Revealed (Londres, 1660), acusaciones contra los teólogos puritanos y presbiterianos.
[298] James Ussher, dictámenes preservados en su epistolario sobre el abuso de las imputaciones apocalípticas en controversias sectarias.
[299] William Hicks, The Last Great Assize (1660), epílogo pastoral.
[300] William Sherwin, Prodromos: The Fore-runner of the Christ’s Kingdom on Earth (Londres, 1665), condena formal de los desvaríos insurreccionales.
[301] Anónimo, The Key of Prophecie: or, A Short and Plain Exposition of the Whole Book of Revelation (Londres, 1660), prefacio metodológico.
[302] Ibíd., pp. 22–26.
[303] Ibíd., p. 30.
[304] Anónimo, The Mystery of Prophecies Revealed (Londres, 1660), pp. 4–6.
[305] Ibíd., pp. 10–14.
[306] Ibíd., panegírico final a Carlos II.
[307] Charles Hammond, The Worlds Timely Warning-piece: or, The Signs of the Latter Times (Londres, 1660), pp. 1–5.
[308] Ibíd., pp. 8–12, catálogo de presagios meteorológicos e históricos.
[309] Ibíd., pp. 14–16.
[310] Walter Garrett, A Discourse Concerning the Antichrist, with a Commentary upon the Revelation (Londres, 1690).
[311] Isaac Penington (hijo), Some Queries concerning the Work of God in the World (Londres, 1660), lamentaciones sobre el ocaso de la causa republicana.
[312] Jeffrey K. Jue, Heaven Upon Earth (2006), p. 210.