Actitudes Reformadas Y Puritanas Hacia Los Judíos
Actitudes Reformadas Y Puritanas Hacia Los Judíos
Por William Watson
Aunque el cristianismo nació como una secta judía, hacia el siglo II estaba compuesto en su inmensa mayoría por gentiles, con escaso apego emocional hacia el judaísmo. De forma paulatina, el cristianismo primitivo comenzó a desvincularse de sus raíces hebreas. Esta deriva inició a mediados del siglo II con el rechazo del Antiguo Testamento por parte del hereje gnóstico Marción, y culminó en la teología amilenarista del reemplazo formulada por Agustín, así como en el abierto antijudaísmo de Ambrosio de Milán y Juan Crisóstomo. Esta nueva teología gentil llegó a dominar el cristianismo medieval, sentando los cimientos de una larga tradición de atrocidades antisemitas.
El apóstol Pablo advirtió expresamente a los creyentes: «no seas arrogante… no eres tú quien sustenta a la raíz, sino que la raíz [los judíos y sus Escrituras] es la que te sustenta a ti» (Romanos 11:18, NBLA) [36]. Una vez que el cristianismo gentil comenzó a menospreciar a los judíos, empezó a distanciarse de la raíz en la que había sido injertado. No fue sino hasta la Reforma que los creyentes volvieron a escudriñar por sí mismos aquellas Escrituras hebreas —en Inglaterra, de manera muy señalada tras la publicación de la Biblia King James—. Al hacerlo, comenzaron a creer una vez más en las promesas que Dios hizo a los descendientes de Abraham.
Durante el siglo XVI, la mayoría de las investigaciones escatológicas se apartaron muy poco del consenso católico romano heredado de la Edad Media. Si se admitía un milenio literal, se entendía que este había dado inicio con Constantino, y los mil años de paz se atribuían a la hegemonía papal sobre la cristiandad. Los judíos no tenían prácticamente cabida en los tiempos del fin, más allá de una eventual y abstracta conversión al cristianismo [37]. La postura de varios reformadores fue similar a la de los teólogos medievales, descartando una conversión masiva de Israel en los postreros días:
«En cuanto a la gran masa de los judíos… no abrigo esperanza alguna para con ellos, ni conozco pasaje alguno de la Escritura que la sustente. Ni siquiera podemos convertir a la gran masa de nuestros propios “cristianos”… muchísimo menos posible resulta la conversión de todos estos hijos del diablo. De suerte que el hecho de que algunos deduzcan del capítulo once de la Epístola a los Romanos la noción de que todos los judíos están destinados a ser convertidos al fin del mundo, nada significa. San Pablo da a entender allí algo enteramente distinto» [38].
Asimismo, se rechazaba cualquier expectativa de que los judíos regresaran físicamente a su propia tierra:
«todas las profecías que declaran que Israel y Judá habrán de retornar a sus tierras y poseerlas material y perpetuamente, se cumplieron hace ya largo tiempo. Las esperanzas de los judíos son vanas y están enteramente perdidas… Esto se consumó por medio del rey Ciro y los persas con anterioridad al nacimiento de Cristo, cuando los judíos regresaron a su suelo patrio y a Jerusalén… Pero la pretensión judía de que aún ha de ocurrir un nuevo retorno material… esto no es más que una quimera de su propia cosecha, y ni una sola letra en los profetas o en la Escritura dice o da a entender semejante cosa… Cuando los profetas anuncian respecto a Israel que todo él ha de volver o ser congregado… se refieren al nuevo pacto y al nuevo Israel» [39].
Calvino sostuvo apreciaciones semejantes: «Dios cegó de tal modo a todo aquel pueblo que se volvieron como perros montaraces. He trabado conversación con multitud de judíos: jamás he hallado en ninguno de ellos ni una gota de piedad, ni un adarme de verdad o ingenuidad; más aún, en ninguno he hallado sentido común» [40].
Hasta el siglo XVI, los cristianos creían de forma generalizada que sus propios compatriotas constituían el pueblo escogido y que el milenio tendría su sede en su propio territorio nacional. Teodoro de Beza, no obstante, sostuvo que las referencias bíblicas a Israel aludían en verdad a los judíos étnicos y no a la Iglesia gentil, anticipando una conversión masiva de los hebreos en los días postreros. Su influjo permeó las notas marginales de la Biblia de Ginebra, lo cual hizo que «la doctrina de la conversión del pueblo judío alcanzara una amplia difusión en Inglaterra, Escocia y Nueva Inglaterra» [41].
Los protestantes que huyeron de las persecuciones de María Tudor cayeron bajo la influencia de Beza. Entre ellos figuraba John Bale, quien vislumbraba que «el Evangelio… al final de todo habrá de volver a los judíos… pues Aquel que dispersó a Israel, lo recogerá de nuevo en Su redil» [42]. Es muy probable que Bale influyera en John Foxe, célebre autor de El libro de los mártires, quien asimismo aguardaba el retorno de los hebreos: «Permaneciendo las promesas aún en pleno vigor. Del mismo modo los judíos… un lugar prometido en Sion… el bienaventurado y gozoso retorno de los judíos» [43].
Edmund Bunny, subdiácono de la catedral de York, continuó en esta misma línea al redactar The Scepter of Iudah (El cetro de Judá) en 1584, exhortando a los creyentes a amar a los judíos como pueblo de Dios. Prosiguió con The Coronation of David (La coronación de David) en 1588, abrigando la pronta restauración de los judíos en su heredad [44]. En 1585, Francis Kett, miembro del claustro de Cambridge, también instó a que los judíos retornaran a su tierra; sin embargo, más tarde fue acusado de herejía y quemado en la hoguera [45].
En 1608, Thomas Draxe escribió The Worldes Resvrrection, or The generall calling of the Iewes (La resurrección del mundo, o el llamamiento general de los judíos), afirmando:
«Dios, quien de entre todas las naciones de la redondez de la tierra eligió y separó a los judíos para ser Su pueblo peculiar y amado, con el cual concertó un tan singular pacto de misericordia y salvación… constituye una obra maravillosa del Altísimo… que los judíos (por más errantes y esparcidos que se hallen en casi todas las comarcas) continúen siendo en todo momento una nación tan distinguible e inconfundible…» [46].
Draxe recordaba incansablemente a sus lectores que Dios «es inmutable en Su decreto y en Su pacto, y Sus piedades jamás desfallecen». Él jamás «desecharía… a Su pueblo» con el cual trabó «un pacto tan solemne… no ha desechado a Su pueblo… descansa exclusivamente en DIOS que es inmutable, y no en el hombre… el pacto divino es un pacto eterno, y Su misericordia se prolonga por mil generaciones» [47].
Draxe insistía en que los cristianos debían:
«reconocernos deudores para con los judíos, hallándonos profundamente comprometidos para con ellos; hemos de estar tan lejos de devolverles mal por bien, que estamos obligados a orar por su restauración y consagrar nuestro más diligente esfuerzo… para atraerlos y ganarlos… al Evangelio… no debemos condenar precipitadamente a los judíos, ni desterrarlos de nuestras costas y reinos, sino esperar lo mejor para con ellos, orar por ellos y afanarnos por ganarlos mediante nuestro celo santo y ejemplo cristiano… no debemos vejarles ni vituperarles, no sea que Dios, al acogerlos nuevamente en Su favor, con sobrada justicia nos excluya y deseche a nosotros por causa de nuestro desprecio e ingratitud… No despreciemos a los judíos… Si Dios ama a los judíos por amor a sus padres y en virtud del pacto concertado con ellos… en esto habremos de seguir e imitar el modelo del Señor» [48].
Hugh Broughton, en su comentario de 1610 sobre el Apocalipsis, reconocía que los judíos anhelaban retornar y reedificar su templo, aunque negaba que tal anhelo tuviese cabida legítima en la profecía bíblica, argumentando que «Cristo mismo es el templo: por tanto, para refrenar a los talmúdicos [judíos observantes], que hasta el día de hoy aguardan un tercer templo… él [el autor de Apocalipsis] demuestra que el patio del sacrificio ha sido entregado a los gentiles» [49]. Broughton aseveraba que un templo material ya no era menester puesto que «Cristo el Rey, mediante Su muerte, puso fin al sacrificio y a la ofrenda» [50]. Con todo, Broughton desligó a los judíos de la culpa primordial por la muerte de Cristo. En un grabado en madera de «La ramera de Babilonia» en su obra A Concent of Scripture, escribió: «El imperio de Roma, aquel que crucificó a nuestro Señor y sirve a Satanás en poder y en hipocresía» [51].
Los puritanos ingleses impulsaron el estudio de la lengua hebrea con un vigor jamás visto entre los cristianos desde los tiempos de la Iglesia primitiva. Escudriñaban con devoción las Escrituras hebreas e impusieron nombres veterotestamentarios a sus vástagos. En palabras de un erudito judío de la época victoriana:
«entre los puritanos abundaban los más fervientes admiradores del “Pueblo Antiguo de Dios”, e incluso el propio Cromwell participó de esta admiración. Fue precisamente mediante este movimiento bíblico y hebraísta que la opinión pública en Inglaterra quedó preparada para una acogida favorable hacia la readmisión de los judíos en suelo inglés» [52].
Otro investigador judío del período victoriano observó:
«El interés de los ingleses hacia el pueblo judío y hacia una Palestina judía se remonta a los días del Protectorado. La misma corriente de pensamiento que autorizó a los judíos a regresar a Inglaterra conjeturó ulteriormente sobre la restauración judía en Palestina; y este celo piadoso, alimentado en las páginas de la Biblia y en el protestantismo, ha sobrevivido con singular vigor hasta nuestros mismos días…» [53].
En fecha más reciente, Stephen Spector ha reparado en este cambio de actitud hacia los judíos durante el siglo XVII:
«Muchos puritanos dejaron de aplicar las narrativas del Antiguo Testamento única y exclusivamente a sí mismos como el Israel refundado. Antes bien, llegaron a convencerse de que el pacto continuaba plenamente vigente para los descendientes biológicos de los hebreos. Y el regreso de los judíos a Sion constituía, a sus ojos, el preludio indispensable para la venida del Mesías» [54].
Los premilenaristas historicistas de los siglos XVI y XVII anticipaban la conversión de los judíos y su restablecimiento en su propio territorio. El puritano de la era isabelina Thomas Brightman llamó a los judíos «nuestros hermanos» [55], asegurando que habrían de convertirse a Cristo y que en los postreros días «los judíos reedificarán Jerusalén», lo cual «acelerará una cadena de sucesos proféticos que culminarán en el retorno glorioso de Jesús» [56]. Pocos años más tarde, Joseph Mede, catedrático del Christ’s College de Cambridge, vaticinó «una conversión masiva de Israel». Asimismo, rechazó la acusación de que, al sostener un milenio futuro, estuviese incurriendo «en el mismo sentir de los judíos»; por el contrario, subrayó cuánto tenían verdaderamente en común los creyentes bíblicos con el pueblo de Israel. Desde muchacho, Mede había aprendido hebreo de manera autodidacta con un manual antes de ingresar en Cambridge; habiendo residido allí el resto de sus días, disfrutó del trato cotidiano con varios de los hebraístas cristianos más notables de su generación [57].
Giles Fletcher, quien sirvió como embajador de la reina Isabel I ante la corte de Rusia en 1588, conjeturó que las tribus tártaras que habitaban en las inmediaciones del mar Caspio bien podían ser descendientes directas de las Diez Tribus Perdidas de Israel; pues si estas tribus habrían de retornar a su suelo en los postreros días, «estas diez tribus israelitas subsisten en alguna parte y, por la providencia de Dios, son preservadas como un pueblo íntegro y sin mezclarse con las demás naciones… no enteramente extinguidas… por cuanto todo Israel ha de ser llamado…» [58].
En 1621, Sir Henry Finch —insigne jurista, parlamentario y allegado de Sir Francis Bacon— dio a la estampa The World’s Great Restauration, or Calling of the Jews (La gran restauración del mundo, o el llamamiento de los judíos), un tratado consagrado al examen de aquellos textos bíblicos que apuntaban tanto a una conversión espiritual de los hebreos a la piedad (entendida como fe en Cristo) cuanto a un retorno geográfico a Judá y a Jerusalén (interpretado como señal fehaciente del fin de los tiempos). Finch previno a sus lectores contra el yerro de confundir las promesas divinas otorgadas a Israel con las conferidas a la Iglesia, insistiendo en que dichos pasajes atañen de forma ineludible al Israel biológico y no a la Iglesia gentil, la cual venía siendo la exégesis dominante:
«Dondequiera que en este argumento se nombre a Israel, Judá, Sion, Jerusalén, etc., el Espíritu Santo no se refiere al Israel espiritual o Iglesia de Dios congregada de entre los gentiles, ni tampoco a la unión de judíos y gentiles (pues cada uno de ellos posee promesas dadas por separado e individualmente), sino al Israel propiamente descendido de los lomos de Jacob… Estos y otros textos semejantes no son meras alegorías que prefiguren… la liberación obrada por Cristo (de las cuales aquellas fuesen tipos o figuras), sino que aluden real y literalmente a los judíos… a que un día retornarán a Jerusalén, se constituirán en reyes y monarcas eminentes de la tierra, y regirán y gobernarán sobre todo…» [59].
Finch sustentó su tesis recorriendo casi todos los libros de la Escritura; por ejemplo, al comentar Ezequiel 37–39 argumentaba:
«El primer paso es la conversión de los judíos… una suerte de resurrección… El segundo paso es un mayor progreso de su conversión, bajo la parábola o semejanza de dos maderos… La unión de entrambos en uno solo… El conducirlos a su propia tierra de entre todos los confines donde fueron dispersados… habitando en su suelo para siempre… La perpetuidad del pacto de Dios… Se hace el recuento de los enemigos, siendo el adversario principal Gog… es decir, el turco; pues Magog designa a la nación escita, de donde proceden los turcos… La destrucción de este enemigo… La batalla que Dios librará contra ellos desde los cielos… su caída en la tierra de Israel… el exterminio total del nombre turco… la espantosa mortandad que se hará de ellos… manjar para las aves de los cielos y las bestias de la tierra… Tras la derrota de Gog y Magog… La fecundidad de la tierra, merced a las aguas que fluirán abundantemente desde el Santuario… Los confines de la tierra serán tan dilatados, o aún mayores, de lo que jamás fueron» [60].
A partir del libro del profeta Daniel, identificó con minuciosidad a los adversarios de Israel que combatirán en la conflagración de Armagedón:
«Los sarracenos [árabes], señalados bajo la figura del rey del Sur. Quienes al tiempo del fin, esto es, en la declinación del esplendor del Imperio romano, acaudillados por Mahoma, asaltaron los dominios romanos emergiendo de Arabia y otras regiones más australes. Y por último, el rey del Norte. A saber, el turco, a quien las regiones más septentrionales arrojaron al mundo a través de las Puertas Caspias… arremetiendo contra los judíos de las comarcas orientales y boreales [sefardíes y asquenazíes], convertidos a la fe de Cristo… [estos enemigos se verán] cercados por el frente por nosotros, los cristianos de Occidente, y por la retaguardia por los judíos recién convertidos a Cristo, [experimentando] su ruina y desbarate total en los campos bélicos de la tierra de Judea» [61].
Su firme expectativa en un Estado judío restaurado que algún día alcanzaría preeminencia mundial le valió el encarcelamiento y un proceso judicial. Se le conminó a reconocer con solemnidad la soberanía incontestable del rey Jacobo I por encima de cualquier futuro monarca hebreo. Semejante revés no disuadió a William Gouge de reimprimir la obra de Finch, arrostrando por ello su propia reclusión en prisión [62].
John Archer, pastor de una congregación puritana inglesa exiliada en los Países Bajos, confesaba de igual modo el retorno nacional de los judíos:
«Israel y Judá formarán un solo pueblo para siempre, bajo un solo rey David, esto es, Cristo tipificado en David… de suerte que las ciudades de las tribus serán reedificadas y habitadas por israelitas biológicos, señaladamente Jerusalén, la cual llegará a ser la urbe más encumbrada del orbe, o la más gloriosa que jamás existió sobre la tierra… cuando el Señor sea el único Rey sobre toda la tierra, entonces Jerusalén será reedificada… los israelitas gozarán de mayor gloria… y de los israelitas descenderá la bendición hacia los gentiles, del mismo modo en que el Evangelio fluyó de ellos al principio… tras la restitución de los israelitas nuevamente como pueblo de Dios… manifestando que todo Israel será salvo» [63].
La totalidad de estos autores que aguardaban la restauración de Israel descansaban sobre una lectura e interpretación literal de los pasajes proféticos, en abierto contraste con el método alegórico que había señoreado el pensamiento eclesiástico desde el siglo V hasta el XV.
De acuerdo con Thomas Goodwin, rector del Magdalen College de Oxford a mediados del siglo XVII, recurrir a la alegoría para desvanecer las realidades proféticas conculca y desvirtúa la verdad de la Palabra de Dios:
«¿Por qué habríamos de tomarlo como una simple contemplación espiritual?… aquel pasaje no apunta a eso, no es ese el sentido que encierra… adoptad esta sola regla: todos los textos han de comprenderse literalmente, a menos que colisionen abiertamente con otros pasajes de la Escritura, o a menos que la coherencia interna y la ilación del texto evidencien lo contrario» [64].
Goodwin advirtió que la certidumbre de un reinado milenario literal de Cristo y Sus santos:
«fue una verdad recibida en los tiempos de la Iglesia primitiva. Justino Mártir… hablaba de esto como de una realidad unánimemente confesada por los creyentes… ha sido el yugo del anticristianismo el que ha sepultado esta verdad. Los hombres no se atreven a musitar verdad alguna salvo las permitidas por la Iglesia de Roma; mas cuando amanezca la libertad en las iglesias y los creyentes puedan escudriñar sin trabas en esta verdad, la ciencia aumentará… si forzamos sentidos alegóricos, podremos desvirtuar cualquier porción de la Escritura; pero si nos ceñimos a su sentido literal, ¿por qué no habríamos de abrazarla?» [65].
Goodwin, aun inscribiéndose en el premilenarismo historicista, insistía en que cuando menos la segunda mitad del libro de Apocalipsis demandaba un cumplimiento estrictamente futuro. En su Exposition of the Book of Revelation, publicada de manera póstuma, argumentó que si bien los diez primeros capítulos habían tenido ya cumplimiento histórico, el resto del libro permanecía en el porvenir. Tanto los tres años y medio del ministerio de los dos testigos como los tres años y medio de apogeo del Anticristo los ubicaba en el porvenir, justamente antes de la segunda venida de Cristo, delimitando así los siete años finales de tribulación:
«La porción propiamente profética da comienzo en el capítulo cuarto… el capítulo octavo… prefigura la ruina del Imperio de Occidente… el capítulo noveno… la ruina del Imperio de Oriente, quebrantado inicialmente por los sarracenos y asolado finalmente por los turcos… La muerte de los dos testigos… del capítulo 11… El lapso de sus tres años y medio aún no se ha cumplido… esta muerte de los testigos ha de ser consumada por y bajo la potestad de la Bestia romana: y por ende no pudo referirse a ninguna de las iglesias pretéritas… El tiempo en que la Bestia disfrutará de esta victoria incontestable será de tan solo tres años y medio» [66].
Peter Bulkeley, expulsado de su ministerio por el arzobispo William Laud en 1634, emigró a Nueva Inglaterra y fundó la localidad de Concord en 1637, sirviendo como su primer pastor hasta su muerte en 1659. En su obra The Gospel-Covenant exhortó a sus lectores a «buscar la paz de Jerusalén, la prosperidad de Sion» [67]. Aunque tal afirmación pudiera haberse interpretado espiritualmente respecto a la Iglesia, Bulkeley descartó frontalmente la tesis preterista de que tales anuncios estuviesen ya agotados en el pasado, sosteniendo una perspectiva inequívocamente futurista sobre la restauración de Israel:
«Esta liberación de su cautiverio presente… En virtud del pacto concertado con sus padres, habrán de ser librados de la servidumbre que hoy los oprime. [Esta liberación] se sitúa con posterioridad a la manifestación y venida de Cristo en la carne… a la venida corporal de Cristo a Jerusalén… y por tanto no puede restringirse única ni principalmente a la liberación de aquella Babel babilónica oriental. Puesto que aquello acaeció muchísimos años antes del advenimiento de Cristo» [68].
Argumentos de Bulkeley para refutar el preterismo
- «La promesa aquí se formula tanto a Judá como a Israel… no existe registro histórico alguno en la Escritura que demuestre que las diez tribus de Israel fuesen restituidas desde su dispersión, o unificadas jamás con Judá… ambas han de ser convocadas nuevamente y soldadas en unidad… ¿A qué época, pues, ha de remitirse esta profecía? Sostengo que a estos tiempos postreros, en los cuales tanto Judá como Israel serán llamados otra vez».
- «Y no puede aplicarse a la época del retorno de Babilonia… pues había de manifestarse una mudanza en el culto [mientras que] tras la salida de Babilonia, el culto ceremonial continuó inalterable: la hora de la Reforma consumada no había despuntado; por consiguiente, esta profecía no habla de aquel tiempo».
- «Porque al tiempo del cumplimiento de estas profecías, todas las naciones habrán de congregarse en Jerusalén para sumarse a la asamblea de los judíos en la adoración a Dios. Y ciertamente no todas las naciones se unieron a ellos a su salida del cautiverio babilónico».
- «Habrá una convocación y llamamiento a Sion muchísimo más pleno para los judíos que cuanto se experimentó en cualquiera de las épocas antes aludidas, y afluirán en incomparablemente mayor abundancia, Rom 11:12» [69].
Ratificando su futurismo en torno a la conversión y restauración física de Israel, concluye:
«habiendo sido formulada la promesa aquí en mi texto tanto a Judá como a Israel, se desprende con claridad que esta profecía pertenece a los tiempos venideros, cuando entrambos se vuelvan enteramente al Señor… Así en Zacarías 12:10: “Y me mirarán a Mí, a quien han traspasado, y se lamentarán por Él”. Esta profecía está pendiente de cumplimiento, por cuanto semejante llanto y quebranto jamás se ha presenciado en aquella nación hasta el día de hoy… Permanece en aquel pueblo un apego entrañable y singular hacia su propia tierra; multitud de ancianos… emprenden fatigosas travesías… solo por expirar en Jerusalén… En Romanos 11, a lo largo de todo el capítulo, el Apóstol expone deliberadamente el tropiezo y rechazo de los judíos, mas cuidando de advertir que no fue total ni definitivo… pasando de inmediato a proclamar su llamamiento futuro» [70].
Bulkeley se pregunta entonces: «¿Qué deberemos hacer para coadyuvar a su llamamiento y conversión?»
«1. Removed las piedras de tropiezo que estorban su ingreso; tales escollos son… Por una parte, la idolatría de las iglesias cristianas, señaladamente la de Roma… por otra, la carnalidad y disolución en la conducta de los creyentes… que contemplen un espíritu de gracia resplandeciendo sobre nosotros y manifestándose en nuestras vidas…»
«2. Rogad al Señor a favor de ellos… intercedamos ante Dios por su causa, clamando: “Señor, restaura a Tu pueblo antiguo”… De ellos nos vinieron los medios de salvación; la Ley es llamada su Ley… El propio Cristo nos asevera que la salvación viene de los judíos, Juan 4:22. Les somos, por ende, deudores de esta piedad… considerad quiénes son: nada menos que los hijos de nuestro padre Abraham… son nuestros hermanos y nuestra misma carne; ¿y cómo no habríamos de conmovernos al contemplar a los hijos de nuestro padre en la mazmorra y en el foso del cautiverio? ¡Oh, orad por ellos, para que la bendición de su padre Abraham descienda sobre sus cabezas!» [71].
Acto seguido, Bulkeley recalca que el pacto abrahámico conferido a los judíos es perpetuo e incondicional:
«… Su pueblo puede reposar seguro de que la virtud, la bendición y la eficacia del pacto jamás quedarán anuladas; antes bien, se perpetuarán sobre vosotros y sobre vuestros hijos para siempre; en virtud de dicho pacto tenéis tal asidero en Dios, que podéis descansar en que Él será vuestro Dios, no solo para con vosotros, sino para con mil generaciones venideras: no se niega que medie una interrupción temporal, mas el vigor del pacto volverá a imponerse con tal fuerza que no habrá de fallar… el pacto mismo los traerá de regreso…» [72].
Robert Maton cursó estudios en Oxford durante la década de 1620 y sirvió como vicario rural en los años treinta; mas al abolirse la censura de imprenta en 1642, dio a las prensas varias obras arremetiendo contra la espiritualización alegórica de las profecías. Sostenía que la Escritura rebosaba de promesas explícitas tocantes a la venida del Mesías y a la repatriación de los judíos como para desvanecerlas bajo ropajes místicos. No solo los hebreos las leían literalmente, sino que los propios apóstoles y los Padres de la Iglesia primitiva las habían abrazado en ese mismo sentido [73].
Maton combatió asimismo el preterismo, aduciendo que la restauración prometida a Israel «no provendría de Babilonia, sino de los cuatro confines de la redondez de la tierra; y ello en consorcio con Efraín, con las diez tribus dispersadas desde Asiria, las cuales jamás han regresado; por lo cual esta palabra permanece sin cumplir». En respuesta a quienes sostenían que la Iglesia había reemplazado a Israel y que las promesas de Abraham le pertenecían a ella con exclusión de los judíos, Maton replicó con agudeza: «¿Cómo podría pertenecer a los gentiles aquello que fue prometido taxativamente solo a los judíos?». Rematando: «No debemos desertar del sentido llano y literal de la Escritura a menos que una necesidad palmaria nos obligue a ello» [74].
Recordó a sus contemporáneos que la esperanza misma de los apóstoles descansaba en que el Señor «restituiría la monarquía de Israel». ¿Acaso no interrogaron los discípulos a Jesús: «Señor, ¿es en este tiempo que vas a restaurar el reino a Israel?», a lo cual el Maestro respondió: «No les corresponde a ustedes saber los tiempos ni las épocas…» (Hechos 1:6-7, NBLA) [75]. Hace cuatro siglos, Maton esgrimía con precisión los mismos textos proféticos que siglos más tarde emplearía el dispensacionalismo moderno: Jeremías, Ezequiel, Isaías, Amós, Zacarías, Romanos, Daniel y Apocalipsis [76].
La Asamblea de Westminster, designada por el Parlamento en 1643 para reformar la Iglesia de Inglaterra, poseía una impronta mayoritariamente calvinista; con todo, integró a numerosos eruditos premilenaristas y resueltamente filosemitas: John Dury (diplomático escocés clave en la readmisión de los judíos tras 365 años de destierro); Thomas Goodwin (capellán de Cromwell y autor de un esquema dispensacional primigenio); William Gouge (presidente del comité redactor de la Confesión de Fe); William Twisse (primer moderador de la Asamblea y autor del prefacio a la Clavis Apocalyptica de Mede); y Herbert Palmer (rector del Queen’s College de Cambridge y redactor del Catecismo Menor) [77].
La literatura apocalíptica y filosemita floreció con ímpetu durante el período del Interregno. En una obra anónima titulada Doomes-day (El día del juicio), publicada en 1647, el autor aseveraba:
«que el día del juicio se halla a las puertas, conforme a los oráculos proféticos; y que antes de la llegada de aquel día se verificará una restauración de Israel, reuniéndose aquel pueblo de los judíos en un solo cuerpo procedente de todas las comarcas donde fueron arrojados, con la determinación inquebrantable de reconquistar la Tierra Santa de manos del Imperio otomano» [81].
Alegaba incluso que se hallaban congregados en Anatolia central preparándose «para la reconquista de la Tierra Santa».
Rumores semejantes inflamaban las expectativas escatológicas. El retorno territorial de Israel era tenido por el termómetro supremo del fin. El autor anticipaba asimismo «el derrumbe de la ramera de Babilonia» (el catolicismo romano) e identificaba al Anticristo con «aquel hombre de pecado, el pontífice, que se sienta en el templo de Dios haciéndose pasar por Dios», sobre quien se derramaría la ira del Altísimo. Advertía: «el día del juicio sobrevendrá… Cristo pisará de nuevo esta tierra y reinará personalmente con Sus escogidos por espacio de mil años… la segunda venida de Cristo se aguarda por días y por horas…» [82].
Aquel mismo año, Elizabeth Avery publicó Scripture-Prophecies Opened [83]. Sus expectativas respecto a la repatriación judía antecedieron por poco tiempo las gestiones del rabino Menasseh Ben Israel, quien apeló a Oliver Cromwell procurando la tolerancia civil y la reapertura de Inglaterra para los hebreos. Su embajada en Londres exacerbó el anhelo puritano por la restauración territorial de Israel.
En 1645, John Dury predicó ante el Parlamento Largo el sermón Israel’s Call to March out of Babylon unto Jerusalem. Aunque lo aplicó a la purga de los vestigios papistas en Inglaterra, citó Isaías 65 asegurando respecto a los judíos «que al fin de los tiempos habrán de ser renovados y llamados otra vez, y glorificarán a Dios juntamente con los gentiles» [84]. La aspiración de Dury era ecuménica, atizada por el recelo ante el poderío papal. En los años treinta había recorrido Europa durante la Guerra de los Treinta Años forjando alianzas protestantes con el concurso de Samuel Hartlib y Joseph Mede. Al aguardar una conversión inminente de los judíos, hablaba confiadamente de «la Iglesia, integrada tanto de judíos como de gentiles» [85]. Al haber huido Ben Israel de la Inquisición española, se le percibía como un alma gemela: todos ellos eran refugiados que padecían la opresión romana [86].
Moses Wall, quien vertió al inglés la célebre obra de Menasseh Ben Israel The Hope of Israel (La esperanza de Israel) en 1652, rubricó una encendida defensa del pacto de Dios hacia los judíos:
«Creo con firmeza, y no temo proclamarlo abiertamente, que los judíos habrán de ser llamados como nación —tanto Judá como Israel—, retornarán a su propia tierra y gozarán una vez más de un reino terrenal. Para constancia de lo cual… si cito argumento alguno que Menasseh Ben Israel emplee en su favor, créaseme que no lo tomo de él, sino de mis propias pesquisas en las Sagradas Escrituras llevadas a cabo años atrás [citando Miqueas 4:8 y Zacarías 10:6-10]. No se me responda que esto quedó consumado en el retorno de aquel exiguo remanente del cautiverio babilónico; pues los que entonces regresaron de las diez tribus no fueron más que unos pocos rebuscos; y de Judá misma apenas si retornó la mitad [citando Ezequiel 37:16-25]. Decidme con el corazón en la mano: ¿se ha cumplido ya este pasaje? ¿Acaso Judá y Efraín han llegado a ser un solo madero en la diestra del Señor, una sola nación, de suerte que no vuelvan a ser dos naciones jamás? [citando Romanos 11:12-28 e Isaías 66:7-8]… Os complacéis en endilgarme el marbete de milenarista… y añadís en vuestra posdata que no debemos aguardar una Quinta Monarquía material arguyendo que Cristo ya reina ahora. Os replico que, si bien reina de iure, aún no reina de facto. Pues en la Escritura el diablo es denominado expresamente kosmokrátor [príncipe de este mundo]; él es el tirano supremo y el gran usurpador… mas lejos está de mí negar a Cristo un reino presente, espiritual e invisible; lo que sostengo es que aguardo un reino visible que está por manifestarse» [87].
Cercano a Dury, Sterry y Jessey fue el Dr. Nathaniel Homes, pastor milenarista independiente de Londres. En 1653 publicó Apocalypsis Anastaseos: The Resurrection Revealed (La resurrección revelada), abordando «el levantamiento de los judíos y la ruina de todos los poderes seculares y anticristianos», así como el reinado milenario de Cristo sobre la tierra. Remarcó que el apóstol Pablo catalogó «el llamamiento de los judíos» y «la resurrección de los santos» bajo la noción de misterios, procurando Homes desentrañarlos [88].
Homes fue un futurista consumado que esperaba la repatriación de los hebreos y su posterior confrontación con:
«… los turcos, a quienes juzgo ser GOG y MAGOG en Ezequiel, retratados allí como los grandes adversarios de los judíos que invaden la tierra de Judea. Y los doctores hebreos coinciden en que aquella guerra de GOG y MAGOG está aún por acaecer. Podría objetarse aquí que el Gran Turco ya es dueño y señor de la tierra de Canaán; lo reconozco. Mas cuando despunte la hora para el llamamiento de los judíos —el cual el señor Mede juzgó que se obraría de una manera portentosa, mediante la manifestación visible de Cristo a ellos, tal como se le apareció a Pablo en su conversión—… entonces afirmo que, tras esta conversión suya, habrán de congregarse desde todas las latitudes hacia la tierra de Canaán… Ante cuya llegada de los judíos al suelo de Canaán, el Gran Sultán se verá instigado a movilizar todo su poderío, reclutado de entre todas las naciones que le rinden vasallaje, a fin de oponérseles, prevaleciendo al principio… mas en el desenlace final los judíos triunfarán… lo cual presupone el llamamiento y retorno de los judíos un poco antes…» [89].
Homes interpretó Mateo 24:34 («no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca», NBLA) no en alusión a los contemporáneos del siglo I, sino al linaje nacional judío que preservaría su identidad hasta el fin:
«… el nudo principal estriba en las palabras: ESTA GENERACIÓN y TODO CUMPLIDO; es decir, la nación de los judíos, en tanto que pueblo claramente discernible de todas las demás naciones, no se extinguirá jamás, ni en concepto ni como pueblo, hasta que todas aquellas cosas antes pronunciadas por los labios de Cristo se hayan cumplido. Y si Cristo se les apareciere personalmente con anterioridad al día postrero del Juicio —pues habrán de ser convertidos súbitamente, en un instante y de manera milagrosa… para luego ser congregados de nuevo en virtud de dicha conversión, con arreglo al tenor unánime de todos los santos profetas… mientras que infinidad de naciones han desaparecido para siempre y han sido borradas de la faz de la tierra… esta nación de los judíos no será destruida ni aniquilada, sino que permanecerá como nación inconfundible, al menos en renombre y existencia, hasta que todas estas cosas sean cumplidas…» [90].
La expectativa de Homes descansaba en la perpetuidad incondicional del pacto concedido a Abraham:
«se nos dice previamente en Génesis 17 que este pacto… estaría en su carne por pacto eterno; por cuanto… Dios perpetuaría un sello de Su pacto para siempre (hasta la restitución de todas las cosas), en tanto que el pacto mismo posee vigencia eterna… Les otorgó… toda la tierra de Canaán, y ello por posesión perpetua… jamás fueron expulsados de ella de forma absoluta e irrevocable; y allí conservarán derecho de posesión hasta que sean restituidos gloriosamente a la tenencia efectiva de ella» [91].
Uno de los testimonios más elocuentes del filosemitismo puritano es el tratado publicado en 1654 por J. J. bajo el seudónimo de «Philo-Judaeus» (Amigo de los judíos). Frente a quienes alegaban que el Señor había desechado a Israel, sentenció:
«Jamás hallamos (lector cristiano) que el Señor haya repudiado jamás a Su pueblo… cuando el general romano Tito se los llevó cautivos… y aun esparcidos en este mismo día por los cuatro cabos del orbe: arrojados permanecerán hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; [mas] la restauración de Israel no puede estar lejana… abundan hoy los escarnecedores que dicen: “¿Cuándo serán llamados los judíos? ¿Y dónde está la promesa de Su advenimiento?”. Ellos recibirán su justo pago… Esto debería impeler a los creyentes… cuando los hebreos pisen por divina providencia esta nación… de tal modo es indispensable que Israel sea convocado antes de que Él venga a juzgar al mundo… Jerusalén ha de ser hollada por los gentiles… Conforme al juicio puramente humano, Israel parecería desahuciado; empero, a tenor de las promesas sobrenaturales del Dios vivo, jamás estuvo tan próximo a su restauración como en esta hora… cuando el Señor compruebe que no hay hombre que preste socorro, Su propio brazo levantará e infundirá hálito de vida en estos huesos secos y muertos de Israel… entre tanto, os ruego que hagáis memoria de la desolada Sion en todos vuestros ruegos ante el trono de la gracia…» [92].
Philo-Judaeus inauguró su tratado con estos versos:
«Los sabios se pasman de que ames al judío,
raza exhausta, vejada por el mundo impío;
cuyos padres sufrieron el yugo egipcio cruel,
mas tú ves más amarga su servidumbre actual;
y al contemplar de José el celo y providencia,
abrazas de Dios la gloria y la clemencia» [93].
Lamentó que Jerusalén permaneciese sometida como «residencia principal del infiel turco; tildada de Sion desfalleciente y oprobio de los pueblos; y para mayor dolor de Israel, exhibiendo erigida la abominación desoladora de la que habló el profeta Daniel», aludiendo a la Cúpula de la Roca musulmana. Y reflexionando sobre cómo Dios había derrocado la monarquía en Inglaterra, arguyó que de igual modo quebrantaría el dominio otomano para restablecer el reino de Israel:
«Hemos presenciado en esta última época muestras tan palpables del poder omnipotente de Dios en la mudanza de nuestro gobierno… y sin embargo subsisten entre nosotros quienes (desoyendo el testimonio de las Sagradas Letras) persisten en creer que la triste suerte de Judá jamás mudará para bien, y que nuestra fe en el retorno del (supuestamente) perdido Israel se asienta sobre cimientos arenosos e inciertos» [94].
Philo-Judaeus rebatió el preterismo: «Afirmar que cuanto se prometió tocante a Israel ya aconteció en el pasado, es falsedad manifiesta… San Pablo testifica que no sobrevendrá sino hasta que la plenitud de los gentiles haya entrado». Además, recordó que el fin no amanecerá sin que el Evangelio sea predicado a todo el orbe, señalando que «este nuevo continente americano permanece sumido en gran oscuridad… denominándolo nuestros más avezados geógrafos Terra incognita» [95]. Aportó un tercer argumento citando Isaías 11:11:
«“Entonces acontecerá en aquel día que el Señor ha de recobrar de nuevo con Su mano, por segunda vez, al remanente de Su pueblo que haya quedado de Asiria, de Egipto, de Patros, de Cus, de Elam, de Sinar, de Hamat y de las islas del mar” [NBLA]… De modo que podéis comprobar que cuando plugo al Señor hacer retornar del cautiverio a Su pueblo la primera vez, se trataba únicamente de un residuo de la casa de Judá… mas este segundo retorno redundará en provecho de entrambas casas… evidenciado por la vasta distancia geográfica entre los lugares donde se halla este residuo de Israel [las diez tribus] y los países donde hoy moran dispersas las otras dos tribus [Judá y Benjamín]» [96].
Censuró con vehemencia el trato que los ingleses habían dispensado históricamente a los judíos, recordando Jeremías 30:17 («Te han llamado desterrada, diciendo: “Esta es Sion, nadie se preocupa por ella”», NBLA):
«¡Ojalá esto conmoviera nuestros corazones aquí en Inglaterra! Pues nosotros, excediendo la crueldad de pueblos bárbaros, no mostramos piedad para con ellos… Mejor suerte les cupo a los árabes, aquellos moradores de Cedar, si hubiesen cumplido con su deber y con lo que el Señor les mandó, que era cobijar a los judíos y serles amparo en el día de la matanza, y no entregarlos a las garras del saqueador; ¡mas cuán lamentable es que nosotros, que presumimos de poseer el más alto conocimiento de Dios en Cristo… añadamos aflicción a su desdicha, y mofándonos de su tribulación, pasemos de largo [como el sacerdote y el levita ante el herido], sin arbitrar medio alguno para rescatarlos de su quebranto! Sobrepasamos al turco en sevicia implacable; él, temo grandemente, se levantará en juicio contra nosotros… pues si bien el turco retiene sus moradas… les otorga más clemencia y favor que nosotros, no solo permitiéndoles morar pacíficamente en su seno, sino concediéndoles lugares de asiento como una dilatada porción de Salónica. De suerte que vivo persuadido de que, a no ser por la humanidad de tales paganos, nuestra caridad cristiana se ha mostrado tan vil y desnaturalizada que difícilmente habríamos dejado un solo judío vivo sobre la faz de la tierra. Mucho mejor nos fuera si nuestros antepasados no los hubiesen arrojado de Inglaterra; y con certeza el Señor no cesará de castigarnos hasta tanto no dejemos de recordar sus faltas pasadas, perdonándolos con generosidad y recibiéndolos nuevamente para que moren entre nosotros…» [97].
Concluyó subrayando que el sufrimiento de Israel no anulaba la fidelidad divina:
«Dios aún no ha consumado Su obra sobre el monte Sion; falta tan solo un poco de tiempo, y el que ha de venir vendrá, y no tardará… Mas en cuanto a Inglaterra, nada puedo decir sino que ha sido dura de corazón… Vosotros que creéis tener parte en la gloria futura… cuando os topéis con estos pobres y despreciados hebreos, imitad la compasión del buen samaritano… Y del mismo modo que Dios mostrará piedad en días aciagos, muestren los creyentes clemencia para con los ignorantes judíos… desgarraría el pecho de cualquier creyente conocer sus calamidades: cómo de improviso se promulga un edicto por mandato de algún príncipe proscribiendo a los hebreos en un plazo de dos o tres días… hoy el rey de Polonia les veda el ingreso y la estancia en Ucrania, con el único fin de extorsionarles sus riquezas… en tanto los nobles en comarcas de Alemania hacen escarnio y diversión vejando a los israelitas. Así se han vuelto viles ante los ojos de cristianos profanos; mas el Dios vivo ha jurado por Sí Mismo que renovará Su pacto con ellos» [98].
Aseguró que la maldición divina pende sobre quienes maldicen a Israel: «un pesado anatema se abatió sobre Tiro y Sidón por cuanto vendieron los hijos de Judá, el propio pueblo del Señor, a los griegos» [99]. Y añadió:
«Dios será muro de fuego alrededor de ellos… Él inclina Su oído a los gemidos de Su pueblo… en aquel día establecerá sobre ellos un solo Pastor, a Mi siervo David… Ciertamente hoy no solo turcos e infieles, sino los propios cristianos se aprovechan de su orfandad y se ceban en ellos. Mas no por ello se atreva hombre alguno a darlos por eternamente desechados, hasta tanto no haya desentrañado el decir de aquel bendito apóstol San Pablo, quien clama en Romanos 11: “¿Acaso ha desechado Dios a Su pueblo? ¡De ningún modo!”… su tropiezo no fue para caída irreversible… aunque cayeron, se levantarán… Dios exaltará al fin a Su pueblo Israel por encima de las naciones… y sabrán con certidumbre de verdad que el Señor su Dios mora en medio de ellos para siempre… Aunque una madre pueda olvidar al hijo de su vientre, Él jamás se olvidará de ellos… grabados los lleva en las palmas de Sus manos… no guardará Su enojo para siempre, sino que se acordará del pacto sellado con sus padres: Dios preservará un remanente que poseerá las heredades asoladas…» [100].
Philo-Judaeus imploró a Inglaterra emular a Mardoqueo ante Ester: «porque si guardas silencio en este tiempo, liberación y consuelo vendrán de otra parte para los judíos, pero tú y la casa de tu padre pereceréis». En sus palabras: «si rehusamos arrimar el hombro a empresa tan justa y gloriosa… tengamos por cierto que la salvación les vendrá de alguna otra nación» [101]. Suplicó «socorrer a los israelitas ahora que estamos a tiempo» [102], un ánimo que siglos después inspiraría la diplomacia de figuras como Lord Balfour.
El restablecimiento de Israel, sentenció, se verificaría de forma portentosa:
«A la manera del Fénix, del cual relatan los cronistas que de sus cenizas resurge una criatura viva: así, cuando el Señor sople Su aliento sobre aquellos huesos carentes de médula, no solo se revestirán de tendones y carne, sino que, para asombro de las naciones, de aquel desvalido remanente se levantará un ejército en extremo numeroso… pues en Ezequiel 37 dice el Señor: Haré de la casa de Judá y de los hijos de Israel una sola nación, y no volverán a estar divididos jamás. He aquí una doble promesa: primero el rescate de su cautiverio, y luego la restitución de su cetro; volverán a ser nación aquellos que poco antes no lo eran…» [103].
Previno a sus lectores contra las difamaciones populares: «no agraviéis a los judíos con calumnias infundadas, no sea que toquéis a la niña del ojo de Dios» [104]. Deploró que «los supersticiosos… para oprobio de la religión cristiana en comarcas de Italia y Alemania, si algo sale mal o estalla un incendio, achacan de inmediato el siniestro a los hebreos» [105]. Añadió que la acogida de los judíos reportaría bendición para Inglaterra:
«Estoy persuadido de que no acarreará quebranto alguno, sino bendición el permitirles habitar entre nosotros. Raro y bienaventurado trueque será darles nuestras cosas carnales y cosechar a cambio los frutos de sus futuros dones espirituales, de los cuales disfrutarán cuando el Señor los injerte de nuevo… Dios tendrá misericordia de nosotros por causa de ellos cuando quebrante con indignación a las naciones… ¿Acaso no fue preservada Rahab por cobijar a los siervos de Dios frente a la furia del rey de Jericó? ¿Y no fue Meroz maldecida con dureza porque sus moradores no acudieron en auxilio del Señor y de Su pueblo? Por donde colegimos que Dios castiga con igual rigor a la nación que desatiende el socorro a Su obra como a la que se levanta para combatirla» [106].
Recordó que los cristianos son deudores de los hebreos: «Dios toma nota estricta de cómo nos conducimos tanto para con ellos como para con los creyentes. ¿Acaso no tuvimos todos un mismo Padre? ¿No somos todos hermanos?» [107]. Aguardaba la consumación en que Dios:
«detendrá aquel día de lobreguez en que juzgará al orbe hasta que todos los siervos del Altísimo, tanto judíos como gentiles, hayan sido sellados, y cuando Dios los haya congregado en Su reino de luz admirable, otorgándoles la certidumbre de su fe y esperanza, quedando preservados de aquellas plagas pavorosas que están a punto de sobrevenir sobre el mundo» [108].
Cuando aquel año el Parlamento debatió la readmisión de los judíos, Philo-Judaeus propuso aprovechar la ocasión para manifestarles el amor de Cristo: «Creo firmemente que los judíos han de ser ganados por el amor… estimulando sus afectos para que abracen a nuestro Mesías» [109]. Celebró ver en Menasseh Ben Israel una actitud receptiva hacia el diálogo teológico con los creyentes ingleses [110], señalando que las libertades concedidas en Inglaterra ofrecían «un refugio y abrigo para ellos, ¡hasta tanto Dios haga ingresar la plenitud de los gentiles!» [111]. Mas advirtió que el Imperio otomano reaccionaría con crudeza en cuanto percibiera el declive de su poder sobre Palestina [112].
En diciembre de 1655, el rabino Menasseh Ben Israel compareció en Whitehall ante Oliver Cromwell, teólogos, juristas y comerciantes. Solicitó formalmente que a «la nación hebrea» se le permitiese reasentarse en Inglaterra, gozar de sinagogas públicas, camposanto propio y libertad de comercio [113]. El comité parlamentario fundamentó su visto bueno en las siguientes consideraciones:
Razones del Comité Parlamentario para autorizar la readmisión de los judíos en Inglaterra
- Es voluntad de Dios usar de benevolencia para con los extranjeros y afligidos (Éxodo 23:9).
- Singular respeto ha de guardarse a los judíos (Isaías 14:1), pues somos sus deudores (Romanos 15:27).
- Son hermanos del mismo padre Abraham: ellos según la carne, nosotros según el Espíritu.
- Confiamos en que aquellas ramas naturales han de retornar, lo cual redundará en riquezas para los gentiles.
- Muchos judíos padecen persecución extrema en otras naciones, habiendo sido desterrados.
- Bajo el dominio español se les constriñe a portar distintivos infamantes o fingir conversión al catolicismo so pena de confiscación de bienes y pérdida de la vida [114].
- Ninguna nación ha orado con mayor celo y constancia por Israel que Inglaterra. Aunque rechazaron a Jesús, «son amados por causa de los padres… los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables» (Romanos 11:28-29, NBLA). Dios los restaurará (Levítico 26:44-45; Miqueas 7:19-20) [115].
Un folleto anónimo atribuido a John Dury y Henry Jessey (pastor bautista y eminente hebraísta) exhortó a la cristiandad a clamar por Sion y socorrer materialmente a las empobrecidas comunidades judías de Jerusalén [116]. Basándose en informes remitidos por el milenarista holandés Petrus Serrarius, retrataron la angustia de los judíos en Judea, quienes dependían de las donaciones enviadas desde Polonia, Lituania, Prusia y Rusia, interrumpidas entonces por las catástrofes de la Guerra de los Treinta Años [117, 119, 120].
Los autores interpretaban esta creciente conmoción internacional como la «angustia de las naciones» y los «días de tribulación» que anticipan la redención [118]. Mencionaban que cristianos holandeses habían enviado fondos sustanciales para salvar a los judíos de Jerusalén de ser vendidos como esclavos por el bajá turco ante el impago de tributos desorbitados [121, 124]. Asimismo, registraban informes sobre una milagrosa lluvia que brotó tras el ruego de los judíos en 1651 [123] y un reverdecimiento inusual de la tierra en Canaán [125]. Destacaban además cómo rabinos eruditos admitían que textos como Isaías 53 apuntaban al Mesías sufriente [126, 127], instando a los creyentes a bendecir generosamente a Israel [128].
Años más tarde circularon noticias apasionadas —atizadas en gran medida por la conmoción mesiánica que rodeó a Shabtai Tzvi en 1666— sobre supuestos ejércitos de las tribus perdidas marchando hacia el Levante [129, 130, 131, 132, 133].
William Sherwin, apoyándose en Joseph Mede, aguardaba en cualquier momento la caída del poder otomano por retener la tierra del Templo e impedir la entrada de los judíos [134]. Enumeró las promesas irrevocables otorgadas a los hebreos:
- «Serán devueltos a Jerusalén y habitarán de nuevo en Judea.
- Derramará sobre ellos el Espíritu de gracia, y mirarán a Aquel a quien traspasaron.
- Los fortalecerá para derrotar a sus enemigos, reedificarán las ruinas y poblarán Jerusalén» [135].
La poesía de John Milton plasmó de igual modo esta convicción escatológica. En El paraíso recobrado (1671) escribió: «Recordando a Abraham, por un llamamiento admirable; los traerá de regreso arrepentidos y sinceros… mientras marchan con premura hacia su tierra nativa» [136, 137].
Praise-God Barebones, predicador londinense y parlamentario del Interregno, otorgó a los judíos preeminencia sobre los gentiles durante el Milenio venidero, interpretando que los 144.000 sellados de Apocalipsis 7 y 14 son israelitas literales [138, 139], y recordando que el pacto divino de conceder la tierra de Canaán a la simiente de Abraham permanece por mil generaciones [140].
En 1688, el tratado anónimo The Jews Jubilee describió un diálogo con judíos en Londres en torno a la profecía de los huesos secos de Ezequiel 37. Respaldándose en la cronología de James Ussher, el autor calculó que las 2.300 tardes y mañanas de Daniel 8:14 expirarían entre 1698 y 1700, anticipando que los hebreos estarían asentados en su tierra unos siete años antes para purificar el santuario de las profanaciones perpetradas por el papado y los turcos [141], instándolos a disponerse para el retorno [142].
La benevolencia hacia el pueblo judío y la certidumbre de su restauración geográfica en Canaán constituyeron elementos medulares de la teología premilenarista inglesa mucho antes de Darby. Resulta llamativo constatar cómo insignes teólogos puritanos del siglo XVII compartían plenamente las premisas que hoy algunos sectores reformados contemporáneos desestiman como invenciones decimonónicas.
Sionistas cristianos que aguardaban la restauración de Israel siglos antes de Darby
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Nombre |
Fecha |
Convicciones filosemitas y proféticas destacadas |
|
Edmund Bunny |
1584 |
Exhortó a los cristianos a amar al pueblo judío. |
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Francis Kett |
1585 |
Reclamó el retorno físico de los judíos a su tierra patria. |
|
Thomas Draxe |
1608 |
Amor a los judíos; siguen siendo pueblo peculiar; pacto inmutable y eterno. |
|
Hugh Broughton |
1610 |
Imputó a Roma, no al pueblo judío, la crucifixión de Cristo. |
|
Thomas Brightman |
1615 |
Amor a los judíos; su repatriación precipitará la segunda venida de Cristo. |
|
Henry Finch |
1621 |
Distinción entre Israel físico e Israel espiritual; promesas particulares; Armagedón en Judea. |
|
William Gouge |
1621 |
Distinción Israel/Iglesia; promesas literales; encarcelado por reeditar a Finch. |
|
John Archer |
1642 |
Las promesas al Israel biológico son eternas; Jerusalén reinará sobre el orbe. |
|
Robert Maton |
1642 |
El pacto abrahámico con Israel es perpetuo e incondicional; refutó el preterismo. |
|
Peter Bulkeley |
1646 |
Refutó el preterismo; el pacto abrahámico jamás quedará anulado; retorno literal. |
|
Autor de Doomesday |
1647 |
Judíos congregándose para reconquistar la Tierra Santa del dominio turco. |
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Elizabeth Avery |
1647 |
El regreso de los judíos a su tierra es señal precursora del fin inminente. |
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Moses Wall |
1652 |
Israel volverá a poseer un reino terrenal; Cristo reina hoy espiritualmente. |
|
Nathaniel Homes |
1653 |
Pacto perpetuo; el retorno judío desencadena la invasión turca de Armagedón. |
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J.J. «Philo-Judaeus» |
1654 |
Inglaterra debe asistir a los judíos en su restauración; pacto inquebrantable. |
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Henry Jessey |
1656 |
Amor activo a los judíos; socorro a Jerusalén; preeminencia futura de Sion. |
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John Dury |
1658 |
Promotor de la readmisión judía; Jerusalén reinará con esplendor. |
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Petrus Serrarius |
1658 |
Socorro humanitario a los judíos en Judea; heraldo del retorno mesiánico. |
|
William Sherwin |
1665 |
Jerusalén será la capital del orbe; caída del Imperio otomano. |
|
John Milton |
1671 |
Proclamó en verso el retorno de los judíos a su suelo ancestral. |
|
Praise-God Barebones |
1675 |
Pacto eterno con Israel; preeminencia judía en el Milenio terrenal. |
Notas del Capítulo II
[36] Cita de Romanos 11:18 en advertencia a la soberbia del cristianismo gentil frente a la raíz judía.
[37] Postura común en la escolástica medieval: la conversión judía se limitaba a un asentimiento individual tardío sin implicación territorial o política.
[38] Martín Lutero, De los judíos y sus mentiras (1543), expresando su profundo escepticismo ante la conversión de la masa hebrea.
[39] Ibíd., rechazando frontalmente toda lectura que admitiese una restitución física o geográfica de los judíos en Palestina.
[40] Juan Calvino, Comentario a Daniel 9, manifestando valoraciones negativas generalizadas respecto a los judíos de su época.
[41] Influjo de las notas de Teodoro de Beza incorporadas al aparato crítico de la Biblia de Ginebra (1560) en torno a Romanos 11.
[42] John Bale, The Image of Both Churches (1545), interpretación del Apocalipsis con miras a la reconciliación final de Israel.
[43] John Foxe, Actes and Monuments (El libro de los mártires), pasajes relativos al cumplimiento profético del llamamiento de los judíos.
[44] Edmund Bunny, The Scepter of Iudah (1584) y The Coronation of David (1588).
[45] Francis Kett, místico y erudito de Cambridge, procesado y ejecutado en Norwich en 1589 por proclamar la inminencia del retorno judío a Palestina y la aparición del Mesías.
[46] Thomas Draxe, The Worldes Resvrrection, or The generall calling of the Iewes (1608), pp. 1-3.
[47] Ibíd., pp. 12-15.
[48] Ibíd., pp. 88-91.
[49] Hugh Broughton, A Revelation of the Holy Apocalyps (1610), comentario a Apocalipsis 11.
[50] Ibíd., p. 164.
[51] Hugh Broughton, A Concent of Scripture (1590), grabado e inscripción relativa a Roma y la crucifixión del Señor.
[52] Lucien Wolf, Menasseh ben Israel’s Mission to Oliver Cromwell (Londres: Macmillan, 1901), Introducción histórica.
[53] Albert M. Hyamson, British Projects for the Restoration of the Jews (1917).
[54] Stephen Spector, Evangelicals and Israel: The Story of American Christian Zionism (Oxford University Press, 2009), p. 16.
[55] Thomas Brightman, The Revelation of St. John Illustrated (1615), pp. 478-480.
[56] Ibíd., pp. 520-525.
[57] Joseph Mede, Clavis Apocalyptica (1627); correspondencia epistolar con teólogos contemporáneos sobre la restauración de Israel.
[58] Giles Fletcher, The Tartars; Or, A Treatise of the Ten Lost Tribes of Israel (publicado póstumamente en 1677).
[59] Sir Henry Finch, The World’s Great Restauration, or Calling of the Jews (1621), pp. 2-6.
[60] Ibíd., pp. 58-72.
[61] Ibíd., pp. 142-150.
[62] Registros de las actas de la corte del rey Jacobo I relativas al proceso instruido contra Henry Finch y William Gouge por cuestionar la soberanía del monarca inglés ante el futuro reinado judío.
[63] John Archer, The Personal Reign of Christ upon Earth (1642), pp. 20-25.
[64] Thomas Goodwin, An Exposition of the Book of Revelation (en Works, vol. 3), sermones predicados a mediados del siglo XVII.
[65] Ibíd., p. 74.
[66] Ibíd., pp. 110-125.
[67] Peter Bulkeley, The Gospel-Covenant; or The Covenant of Grace Opened (Londres, 1646), sermones pronunciados en Concord, Massachusetts.
[68] Ibíd., p. 15.
[69] Ibíd., pp. 16-18.
[70] Ibíd., pp. 19-21.
[71] Ibíd., pp. 22-24.
[72] Ibíd., p. 26.
[73] Robert Maton, Israel’s Redemption (1642), pp. 1-10.
[74] Ibíd., pp. 18-24.
[75] Ibíd., pp. 31-33.
[76] Ibíd., catálogo de citas bíblicas coincidentes con el dispensacionalismo premilenarial contemporáneo.
[77] Registros y biografías de los teólogos de la Asamblea de Westminster y su postura respecto a la restauración hebrea.
[81] Anónimo, Doomes-day: or, The Great Day of the Lords Iudgement, Proved by Scripture (Londres, 1647), pp. 3-5.
[82] Ibíd., pp. 8-12.
[83] Elizabeth Avery, Scripture-Prophecies Opened, which are to be accomplished in these last times (Londres, 1647).
[84] John Dury, Israel’s Call to March out of Babylon unto Jerusalem (Londres, 1645), sermón ante la Cámara de los Comunes.
[85] John Dury, The Plain Way of Peace and Unity (1660).
[86] Archivos epistolares de Samuel Hartlib documentando la correspondencia entre Dury y Menasseh Ben Israel.
[87] Moses Wall, prefacio y adiciones a la traducción inglesa de Menasseh Ben Israel, The Hope of Israel (Londres, 1652), pp. 45-48.
[88] Nathaniel Homes, Apocalypsis Anastaseos: The Resurrection Revealed (Londres, 1653), dedicatoria e introducción.
[89] Ibíd., pp. 488-490.
[90] Ibíd., pp. 510-514.
[91] Ibíd., pp. 520-522.
[92] J.J. («Philo-Judaeus»), The Resurrection of the Dead, or the Calling of the Jews (Londres, 1654), prefacio al lector cristiano.
[93] Ibíd., poema introductorio.
[94] Ibíd., pp. 4-6.
[95] Ibíd., pp. 8-10.
[96] Ibíd., pp. 14-16.
[97] Ibíd., pp. 22-26.
[98] Ibíd., pp. 30-36.
[99] Ibíd., p. 38.
[100] Ibíd., pp. 40-48.
[101] Ibíd., pp. 52-54.
[102] Ibíd., p. 56.
[103] Ibíd., pp. 62-64.
[104] Ibíd., p. 66.
[105] Ibíd., p. 68.
[106] Ibíd., pp. 72-74.
[107] Ibíd., p. 78.
[108] Ibíd., p. 82.
[109] Ibíd., pp. 86-88.
[110] Ibíd., p. 92.
[111] Ibíd., p. 96.
[112] Ibíd., p. 100.
[113] Menasseh Ben Israel, The Humble Addresses of Menasseh Ben Israel, a Divine and Doctor of Physic, in Behalf of the Jewish Nation (Londres, 1655).
[114] Informes y minutas de la Conferencia de Whitehall presidida por Oliver Cromwell en diciembre de 1655.
[115] Ibíd., argumentos esgrimidos por los comisionados eclesiásticos partidarios de la readmisión.
[116] Folleto anónimo atribuido a John Dury y Henry Jessey, An Information, Concerning the Present State of the Jewish Nation in Judea (Londres, 1658).
[117] Ibíd., pp. 1-4.
[118] Ibíd., pp. 5-7.
[119] Ibíd., p. 8.
[120] Ibíd., pp. 9-11.
[121] Ibíd., pp. 12-14.
[122] Ibíd., pp. 16-17.
[123] Ibíd., pp. 18-19.
[124] Ibíd., pp. 20-21.
[125] Ibíd., pp. 22-23.
[126] Ibíd., pp. 24-25.
[127] Ibíd., pp. 26-28.
[128] Ibíd., pp. 29-32.
[129] Petrus Serrarius, carta fechada en Ámsterdam sobre los reportes escoceses (1665).
[130] Ibíd., transcrita en publicaciones apocalípticas londinenses de 1666.
[131] Ibíd., epístola complementaria.
[132] Tract anónimo atribuido a Gorion ben Syrach («Philo-Judaeus»), A New Letter from the Great Prophet (Londres, 1671).
[133] Ibíd., correspondencia apócrifa atribuida al movimiento sabatiano.
[134] William Sherwin, Prodromos: The Fore-runner of the Christ’s Kingdom on Earth (1665), p. 14.
[135] Ibíd., pp. 18-20.
[136] John Milton, alusiones escatológicas e interés por la redención hebrea en su prosa y lírica.
[137] John Milton, Paradise Regained (1671), Libro III, versos 434-440.
[138] Praise-God Barebones, Good Things to Come (Londres, 1675), pp. 12-15.
[139] Ibíd., pp. 38-42.
[140] Ibíd., pp. 48-50.
[141] Anónimo, The Jews Jubilee: or, The Great Restauration and Resurrection of the Dry Bones of the Whole House of Israel (Londres, 1688), pp. 10-18.
[142] Ibíd., exhortación final, pp. 24-28.