La Mente Oculta y Eterna de Cristo

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ESJ_BLG_20260925_00 - 1La mente oculta y eterna de Cristo

por Robb Brunansky

Las palabras finales en 1 Corintios 2 —«nosotros tenemos la mente de Cristo»— son algunas de las palabras más conmovedoras del Nuevo Testamento.

Las Escrituras tienen mucho que decir acerca de la mente. La Palabra de Dios describe al pecador en su condición natural con una «mente depravada» en Romanos 1:28, con una mente en «la vanidad de su mente» en Efesios 4:17, con una mente corrompida en Tito 1:15, y con una mente carnal («engreído vanamente por su mente carnal») en Colosenses 2:18.

Es por eso que a los creyentes se nos exhorta en las Escrituras a renovar nuestra mente. Efesios 4:23 nos dice «que sean renovados en el espíritu de su mente». Como creyentes, no debemos —y de hecho no podemos— continuar pensando como solíamos hacerlo antes de ser convertidos.

Debido a que gran parte de la batalla espiritual ocurre en la mente, la declaración de Pablo de que los cristianos tienen la mente de Cristo constituye el fundamento de nuestro aliento. No se nos envía a una misión absurda cuando la Biblia nos manda renovar nuestra mente. ¡Dios nos ha provisto la mente de Cristo!

Pablo había llamado a los corintios a renovar sus mentes cuando comenzó esta sección más amplia en 1 Corintios 1:10, exhortándolos a estar unidos. A partir de allí, Pablo les mostró a los corintios cómo sus divisiones eran el resultado de haber adoptado una mente mundana, la cual era contraria al evangelio de Cristo.

Ahora, a Pablo le preocupa que se le pueda malinterpretar como si estuviera en contra de toda sabiduría. Sin embargo, Pablo no se opone a la sabiduría; de hecho, Pablo ama y predica la verdadera sabiduría cada vez que proclama el evangelio.

No obstante, los corintios no reconocían la verdadera sabiduría de Dios, razón por la cual Pablo ahora exalta la verdadera sabiduría y desenmascara la seudosabiduría. La verdadera sabiduría se encuentra únicamente en la mente de Cristo. Los no creyentes poseen conocimiento sobre diversos temas y asuntos como parte de la gracia común de Dios, pero no pueden llegar al meollo del significado de la vida, la verdadera naturaleza de Dios, el camino a la salvación, el remedio para el pecado o la naturaleza del hombre.

Los cristianos con frecuencia piensan que la cultura puede solucionar nuestros problemas de vivir en un mundo pecaminoso como personas pecaminosas. Los corintios no eran diferentes, clamando tras lo que el mundo ofrecía. Así que Pablo los llama a dejar de perseguir una mentalidad mundana, diciéndoles que renueven sus mentes conforme a la mente de Cristo, la cual Dios les ha dado como creyentes.

Con este fin, Pablo describe la mente de Cristo en los versículos 6 al 9. Si deseamos conocer la sabiduría de Dios, debemos acudir a la mente de Cristo. No obstante, esta acción exige que reconozcamos lo que proviene de la mente de Cristo y lo que proviene del mundo. Por lo tanto, Pablo nos presenta múltiples características de la mente de Cristo.

En primer lugar, Pablo nos dice que la mente de Cristo es eterna.

Si hemos de discernir la verdadera sabiduría de la seudosabiduría de este mundo, primero debemos comprender que la mente de Cristo —la sabiduría de Dios— se encuentra eternamente fuera del tiempo. La mente de Cristo no tuvo su origen en un momento determinado.

Esta sabiduría, definida como la mente de Cristo en el versículo 16, no es de este siglo, el cual está marcado por cosas temporales. La sabiduría de Dios no procede del tiempo y el espacio, ni comenzó un día durante esta creación caída.

Además, Pablo señala que la sabiduría de Dios, la mente de Cristo, no proviene de los gobernantes de este siglo. La sabiduría de Dios no se originó en la mente de los hombres, ni siquiera en la de los hombres más ilustres. Ningún ser finito podría ser la fuente de la verdadera sabiduría, porque no habría existido verdadera sabiduría alguna antes de que esa persona existiera.

Pablo añade que los gobernantes de este siglo «van desapareciendo» para mostrar que la mente de Cristo no es temporal. La verdadera sabiduría, entonces, no puede provenir de esta creación pasajera que será destruida por Dios, ni puede originarse en gobernantes que están siendo reducidos a la nada por el justo juicio de Dios.

Por el contrario, la verdadera sabiduría proviene de Dios y es eterna. Esta sabiduría divina es eterna porque Dios la predestinó antes de los siglos. Dios no opera dentro del tiempo y el espacio reaccionando a las decisiones de Sus criaturas para luego responder. Más bien, Dios predeterminó que los pecadores serían salvos por medio del Cristo crucificado, y que oirían este mensaje a través del evangelio.

Si queremos conocer la mente de Cristo, primero debemos reconocer que la sabiduría de Dios es eterna.

En segundo lugar, Pablo nos dice que esta sabiduría de la mente de Cristo está oculta.

Puesto que la sabiduría procede de la mente de Dios y es eterna, sobrepasa nuestra capacidad de discernirla de manera natural. La sabiduría de Dios nos es inaccesible debido a la distancia infinita que existe entre los pecadores y el Santo.

Pablo muestra la naturaleza oculta de la mente de Cristo cuando llama a la sabiduría de Dios una «sabiduría oculta, la cual Dios predestinó». Un misterio oculto en este contexto no denota algo que Dios esperaba que una de Sus criaturas más inteligentes descubriera, sino más bien una verdad inaccesible para la mente del hombre caído abandonado a sí mismo. Ciertamente podemos comprender algunas verdades acerca de Dios a través de la creación, tales como Su eternidad, omnipotencia y santidad, de modo que reconocemos nuestra culpabilidad delante de Él. Sin embargo, comprender la persona y la obra de Cristo, así como la verdad del evangelio, es imposible para la mente natural del hombre caído.

Los poderes terrenales no comprenden la sabiduría de Dios manifestada en Cristo, y la prueba más contundente de esta realidad es la crucifixión misma. Jesús compareció ante Herodes y Pilato como la sabiduría de Dios encarnada, pero ellos no pudieron ver la sabiduría de Dios al encontrarse con Él. Nadie que hubiera comprendido verdaderamente la naturaleza gloriosa de la persona de Cristo lo habría condenado a morir en una cruz como a un vil criminal. La muerte de Jesús fue la prueba más evidente e irrefutable de la historia de que la mente del hombre caído no puede comprender ni percibir la sabiduría de Dios.

Nótese que Pablo afirma que ellos «crucificaron al Señor de gloria», el cual es uno de los títulos más excelsos para Jesús en el Nuevo Testamento. No podemos comprender que el Señor glorioso sangrara y muriera por pecadores en una cruz romana, pero fue la sabiduría del mundo la que lo asesinó. Ellos no entendían —y en verdad no podían entender— la grandeza de la sabiduría de Dios revelada en Cristo debido a la dureza de sus corazones pecaminosos.

Cuando Pablo expresa esto, resalta la inmensa tragedia y necedad de que los creyentes recurran a la sabiduría del mundo para resolver sus problemas o para obtener prestigio. ¿Acaso no entendemos que la sabiduría derivada de la mente de los hombres en lugar de la mente de Cristo llevó a la gente a rechazar al Señor de gloria y a clavarlo en una cruz? ¿Por qué habríamos de amoldar jamás nuestra mente a la mente de hombres pecadores en lugar de hacerlo a la mente del Señor de gloria?

Pablo enfatiza el punto al afirmar que los sentidos humanos y el razonamiento propio son inútiles por sí mismos para alcanzar la sabiduría de Dios. Dado que los sentidos no pueden percibir ni sondear la sabiduría de Dios, no hay esperanza de que el pecador caído comprenda la mente de Cristo por sus propios medios.

La mente de Cristo es tanto eterna como oculta, lo cual podría hacernos pensar que nuestra situación carece de esperanza. ¿Cómo podremos conocer jamás la mente de Cristo si está más allá del espacio y del tiempo en la eternidad, y tan infinitamente por encima y más allá de nosotros que no podemos emplear ninguna de nuestras capacidades naturales para asirla? Sin embargo, este sentimiento de desamparo es precisamente donde Dios quiere que estemos.

No podemos salvarnos a nosotros mismos. Nada de lo que hagamos nos permitirá ver y entender la sabiduría de Dios en la mente de Cristo. Cada uno de nosotros debe reconocer su total dependencia de la gracia divina para comprender y conocer a Dios. El propósito de la sabiduría de Dios es llevarnos al límite de nosotros mismos para que confiemos en Él y no en nosotros mismos. Solo cuando abandonamos toda esperanza de salvarnos por nuestra cuenta y nos volvemos a Cristo en fe, comenzaremos a vislumbrar la mente oculta y eterna de Cristo.

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