Falsa lógica: La Insensatez De Afirmar Que Se Necesita El NT Para Interpretar Correctamente El AT (Parte 3)

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Falsa lógica: La Insensatez De Afirmar Que Se Necesita El NT Para Interpretar Correctamente El AT (Parte 3)

Por PAUL M HENEBURY

La doctrina de la suficiencia de las Escrituras es probablemente la más vulnerada de todas las doctrinas del cristianismo bíblico. Como la Palabra de Dios —la única palabra proveniente de fuera del ámbito humano—, debería ser apreciada, obedecida y seguida.

Sin embargo, incluso dentro de las fronteras de la llamada «cristiandad», rara vez se le concede a la Biblia una posición de autoridad absoluta. Pocas veces se le permite ejercer un poder de veto, en particular cuando, en nuestra sociedad narcisista, sus verdades y preceptos van en contra de nuestras preferencias.

Podemos constatarlo en la insistencia del catolicismo romano y de la ortodoxia oriental de que la Escritura no puede sostenerse por sí sola; de que debe estar respaldada por las interpretaciones y reflexiones de los concilios y pensadores espirituales de un pasado remoto. O en los desafíos más sutiles que adoptan la forma de experiencias subjetivas, las cuales de algún modo adquieren la autoridad de opacar aquellos pasajes inspirados que nos llamarían a arrepentirnos de nuestro enfoque consumista hacia la Iglesia.

Y luego está la postura que mira un pacto del AT, o examina una promesa profética, y simplemente decide que no puede significar lo que dice. No; debido a lo que supuestamente se expresa más adelante en las Sagradas Escrituras —es decir, en el NT—, los juramentos que Dios hizo son refundidos en tipos, transformados en prefiguraciones y silenciados al ser forzados a través del filtro del género literario, emergiendo sumisamente para encajar en las nociones de aquellos que afirman estar sujetos a ellos.

La afirmación de que el NT debe usarse para interpretar —o, más exactamente, para reinterpretar— el AT, obtiene su poder de convicción a partir de la verdad de que Dios tenía más que decir que lo revelado en las Escrituras hebreas. El advenimiento de Jesucristo, Su muerte y resurrección, el nacimiento de la Iglesia; todas estas fueron, indudablemente, revelaciones adicionales. Sin embargo, la venida de Cristo fue predicha en el AT (p. ej., Gén. 3:15; Deut. 18:15-19; Sal. 22; Miq. 5:2; Is. 7:14; 9:6; 53:1-12; 61:1-2a; Zac. 9:9), y no por medio de cuartetos sombríos ni entendimientos esotéricos. Los profetas nos brindaron un cuadro realista, y Jesús señaló este hecho ante sus detractores (Jn. 5:39-40).

Pero ese cuadro no fue del agrado de muchos creyentes quienes, ante la ausencia de Israel de su tierra y la presencia de la Iglesia del NT, construyeron sus teologías para oponerse tenazmente al cumplimiento literal de las promesas de Dios a Israel y a Jerusalén. Todo tenía que encajar con la realidad de la Iglesia. La Iglesia era el pueblo de Dios; ¡y punto! ¿Jeremías 31:1-14, 31-37; 32:36-44 y 33:14-26? Muy fácil: estas promesas del Todopoderoso fueron subordinadas a Mateo 21:43; Juan 10:16; Romanos 2:28-29; 9:8; Gálatas 6:16 y 1 Pedro 2:9-10 —convenientemente interpretados— y convertidas en sombras anticipadas del verdadero Israel: la Iglesia. ¿El templo de Ezequiel? No el templo literal del capítulo 10, sino aquel enorme e inverosímil templo de Ezequiel 40-48. Pues bien, esos capítulos minuciosamente detallados pueden reducirse a la representación simbólica de… la Iglesia, por supuesto. Es más, olvidémonos de usar el NT para reinterpretar el AT: ¡se podría usar el NT para reinterpretarse a sí mismo! ¿La promesa de Jesús a los discípulos de que juzgarían a Israel en la regeneración? Esa es la Iglesia. ¿La minuciosa enumeración de las doce tribus de Israel en Apocalipsis 7:4-8? Son los mismos que la multitud innumerable de toda nación revelada «después de estas cosas» en Apocalipsis 7:9-10; ¡y listo!: la Iglesia.

Emplear la premisa de que el AT debe ser interpretado por el NT ciertamente da como resultado una enorme transmutación de las declaraciones aparentemente lúcidas del AT en tipos y sombras oscuras, en espera de que la Iglesia primitiva tuviera en sus manos un NT completo para poder descifrarlas. Y ese es realmente el gran problema de toda esta postura. No solo ocurre que esta afirmación de apariencia piadosa distrae de su método engañoso —el cual comete petición de principio al proyectar sus propias presuposiciones teológicas dentro del AT—. No solo era una tarea imposible de realizar para los primeros cristianos con los fragmentos dispersos de los libros del NT a los que tenían acceso, sino que, cuando se utilizan sus interpretaciones preferidas del NT para interpretar el AT, este último pierde su carácter de revelación inspirada y comprensible. Se convierte en el felpudo del NT, incapaz de comunicarnos nada sin que el NT interrumpa y declare con rudeza: «Cuando el AT dice eso, en realidad se refiere a esto». Y a quienes consideramos que Dios se expresa con tanta claridad en el AT como lo hace en el NT, se nos mira como a necios a quienes hay que repetirles una y otra vez: «¡El NT debe interpretar el AT!».

Debemos respirar hondo y recuperar la calma. Y entonces necesitamos afirmar, y continuar afirmando, que el AT es tan claro y autoritativo como el NT, y que ambos armonizan mucho mejor si se silencian las voces de la espiritualización, la tipologización y la imposición de géneros. Entonces ocurre algo maravilloso: las voces de los dos Testamentos hablan al unísono, sin que ninguno de ellos dicte condiciones al otro; permitiéndose a ambos decir lo que realmente dicen. Así, las múltiples facetas del asombroso Proyecto de la Creación de Dios se revelan a medida que el AT y el NT se fortalecen mutuamente. Toda la Escritura es suficiente. Pero únicamente cuando el ser humano la escucha, aprende de ella y la deja decir llanamente lo que dice, al margen de nuestros gustos o presuposiciones.

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