Una Hermenéutica de Rendición
Una hermenéutica de rendición
Brad Klassen
Pocas máximas son tan conocidas como «las acciones valen más que las palabras». Es uno de los principios de conducta ética más ampliamente aclamados en cualquier ámbito de la vida. Como era de esperar, incluso se encuentra entretejido en varias de las antiguas fábulas de Esopo (c. 620-564 a. C.), incluida la de «El viajero jactancioso»:
Cierto hombre que visitó tierras extranjeras no podía hablar de otra cosa cuando regresó a su hogar, salvo de las maravillosas aventuras que había vivido y las grandes hazañas que había realizado en el extranjero. Una de las proezas que relató fue un salto que había hecho en una ciudad llamada Rodas. Aquel salto fue tan extraordinario, dijo, que ningún otro hombre podría saltar siquiera cerca de esa distancia. Muchísimas personas en Rodas lo habían visto hacerlo y confirmarían que lo que decía era verdad. «No hacen falta testigos», dijo uno de los oyentes. «Supón que esta ciudad es Rodas. Ahora muéstranos qué tan lejos puedes saltar».
Sí, las acciones valen más que las palabras.
La máxima, por supuesto, es bíblica. Como afirmó con sencillez el apóstol Juan: «Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Juan 3:18). El apóstol Pablo comunicó este mismo principio al inicio de su gran discurso sobre el amor cristiano: «Si yo hablo en lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe» (1 Co 13:1). Santiago, el medio hermano de Jesús, lo expresó de la forma más tajante: «Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta» (Santiago 2:17).
Un descuido pasado por alto
Sin embargo, a pesar de lo ampliamente aclamada y bíblica que es esta máxima, hay un ámbito donde a menudo se pasa por alto. La «acción» —o lo que mejor podría llamarse «obediencia»— con demasiada frecuencia se descuida en el estudio de las Escrituras. Profesamos nuestras interpretaciones, a veces de forma muy apasionada. Pero tristemente, tales aseveraciones habitualmente hablan más fuerte que nuestra obediencia. Una vez más, Santiago describió el problema de manera vívida:
Sean hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos. Porque si alguien es oidor de la palabra, y no hacedor, es semejante a un hombre que mira su rostro natural en un espejo; pues después de mirarse a sí mismo e irse, inmediatamente se olvida de qué clase de persona era. Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace. (Santiago 1:22-25)
Con respecto al lector promedio, este descuido puede originarse por una multitud de factores. En algunos casos, especialmente en aquellos donde el lector trabaja arduamente en la exégesis, resulta tentador tratar «interpretación» como sinónimo de «aplicación». Se considera que comprender la intención del autor equivale a obedecer la intención del autor.
En otros casos, el lector se conforma con una especie de aplicación superficial: un tipo de aplicación que produce el cambio justo y necesario para darle la confianza de que es un «hacedor de la palabra y no solamente oidor», pero no lo suficiente como para exigir el alto precio de someter todo su ser bajo la plena autoridad del texto. Podrían citarse otros factores, pero en resumidas cuentas, la verdadera obediencia es una labor ardua. Sus costos son enormes. De hecho, se puede afirmar con certeza que es más fácil aplicar principios sanos de interpretación a un texto que aplicar los resultados de esa interpretación a la propia vida.
Es fácil ser más diligente en el estudio de un texto que en su aplicación.
Descuido en la erudición cristiana
Pero la falta de vivir conforme a esta máxima no se limita a la lectura bíblica privada del cristiano promedio. De hecho, este fracaso representa un peligro claro y presente en los círculos más educados y refinados del ámbito académico bíblico.
En el círculo más amplio de la erudición, el enfoque común consiste en tratar la Biblia como un documento puramente histórico. Tal enfoque despoja a la Biblia de cualquier autoridad significativa. Considere la propuesta de un erudito y las implicaciones que tiene para la obediencia:
En el ámbito académico, bajo ninguna circunstancia podemos hablar de la palabra de Dios, de lo que Dios ha dicho o hecho, o de cuáles son sus características. En la academia, debemos limitarnos a hablar sobre lo que la Biblia —u otras tradiciones (p. ej., las tradiciones dogmáticas)— dice acerca de Dios. Cada vez que hablamos de la autoridad de la Biblia, honestamente deberíamos añadir que esta no es una autoridad que proviene de Dios; la autoridad de la Biblia es algo asignado a estos textos por los seres humanos. ¿Deberíamos, entonces, dejar de hablar de Dios con «D» mayúscula en el campo de los estudios bíblicos? Creo que al menos sería un buen ejercicio de autodisciplina académica.[1]
La consecuencia de tal ideología es inevitable: puras palabras y nada de acción. Al tratar el texto bíblico como una mera reliquia de la historia, se repudia la necesidad de obediencia. Quizás el teólogo danés Søren Kierkegaard resumió mejor lo que está en juego: «La erudición cristiana es el prodigioso invento de la raza humana para defenderse del Nuevo Testamento, para asegurarse de que uno pueda seguir siendo cristiano sin dejar que el Nuevo Testamento se acerque demasiado».[2]
Descuido en círculos conservadores
Incluso en contextos académicos más conservadores, donde la Biblia es vista como la palabra de Dios, nuestra máxima puede descuidarse lamentablemente. Por ejemplo, esto sucede cuando se decide que es mejor abstenerse por completo de llegar a cualquier conclusión respecto al significado de un texto bíblico, especialmente por respeto a quienes pudieran diferir. En otros casos, la gran cantidad de recursos exegéticos disponibles para el estudio conduce a los eruditos a una «parálisis por análisis», donde las conclusiones se posponen indefinidamente aun después de una investigación prolongada. Ciertamente, se debe enfatizar el procedimiento exegético apropiado.
Pero el no llegar a determinar el significado mantiene la autoridad del texto sobre el intérprete a una distancia prudente.
Si bien se puede apelar a una hermenéutica de la humildad, esto solo se logra en detrimento de una hermenéutica de la sumisión.
Descuido entre aquellos con una alta estima por las Escrituras
No obstante, el fracaso al aplicar nuestra máxima con fidelidad puede verse mucho más cerca de casa, incluso entre aquellos que hacen las confesiones más firmes acerca de una alta estima por las Escrituras. La realidad es que es bastante fácil hacer una firme profesión sobre la naturaleza del texto de las Escrituras —profesiones relativas a cualidades como la inerrancia y la suficiencia— mientras todavía se elude la autoridad de ese texto. No debemos engañarnos. Podemos elaborar argumentos elocuentes y poderosos en respuesta a los críticos de las Escrituras, pero seguir siendo «solamente oidores». Podemos ganar la batalla por la Biblia como la inerrante palabra de Dios, pero fracasar fácilmente en moldear nuestras vidas e iglesias bajo la autoridad de esa palabra. A esto se refería J. I. Packer cuando escribió:
No bastará con luchar y ganar la batalla por la inspiración e infalibilidad bíblica si luego vamos a perder la batalla por entender la Biblia y aprender a vivir bajo su autoridad. Por lo tanto, debemos tener claras las reglas de interpretación bíblica y, junto con ello, trabajar constantemente para quitarnos las anteojeras de nuestros ojos espirituales, de modo que la amplitud y profundidad del discernimiento práctico nos pertenezcan en todo punto.[3]
Afirmar la creencia en la inerrancia de las Escrituras no es un sustituto de vivir la autoridad de las Escrituras. Aunque hacemos bien en seguir refutando a los escépticos de las Escrituras, nuestro objetivo final siempre debe ser la obediencia. Después de todo, de esto se trata la verdadera erudición: de un conocimiento tan bien asimilado que no pueda evitar influir en la vida. La alternativa es una hipocresía molesta. Tomando prestado el lenguaje del apóstol Pablo: «Si hablamos de la inerrancia de las Escrituras con lenguas humanas y angélicas, pero no obedecemos, hemos venido a ser metales que resuenan o címbalos que retiñen».
Notas al pie:
[1] Else K. Holt, «Word of Jeremiah—Word of God», en Uprooting and Planting: Essays on Jeremiah for Leslie Allen, Library of Hebrew Bible/Old Testament Studies, 459 (Nueva York: T & T Clark, 2007), 188.
[2] Søren Kierkegaard, Søren Kierkegaard’s Journals and Papers, ed. y trad. Howard V. Hong y Edna H. Hong (Bloomington, IN: Indiana University Press, 1974), 3:270; citado por Robert L. Plummer, Forty Questions about Interpreting the Bible (Grand Rapids: Kregel, 2010), 189.
[3] J. I. Packer, «Give Me Understanding», en Truth and Power: The Place of Scripture in the Christian Life (Wheaton, IL: Harold Shaw, 1996), 118.