El Mayor Regalo que Dios Podría Dar
El Mayor Regalo que Dios Podría Dar
por Robb Brunansky
La Navidad es un tiempo maravilloso para nosotros como creyentes, un momento para adorar a nuestro Señor y recordar la verdadera razón por la que Cristo vino a este mundo pecador hace unos dos mil años. El evangelio de Mateo expone claramente esta razón al escribir: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). En este versículo, el ángel Gabriel anuncia que María dará a luz a un niño. Su nombre será Jesús, que significa “el Señor salva”. Este bebé llevará el nombre de Jesús debido a la obra salvadora que Él realizará más adelante en Su vida terrenal.
Hay dos verdades maravillosas sobre esta salvación.
Primero, Jesús salvará a las personas de sus pecados. La palabra “evangelio” significa buenas noticias, pero las buenas noticias presuponen que estamos en una situación desesperante: malas noticias. Estas malas noticias son nuestro pecado. Todos hemos pecado desobedeciendo la Ley de Dios, amando algo más que a Dios, viviendo para nosotros mismos y haciendo cosas malas a nuestros vecinos, compañeros de trabajo, amigos e incluso a nuestros propios familiares. No hay excepciones: toda la humanidad ha fallado en alcanzar el estándar perfecto del Señor. Y no solo somos pecadores, sino que nuestras vidas están llenas de pecado. De hecho, el pecado define quiénes somos aparte de Cristo. Somos personas con una naturaleza pecaminosa, apartados de Cristo. El pecado nos domina. La Escritura dice que quienes practican el pecado sin confiar en Cristo son esclavos del pecado. Estos hechos describen la realidad de todos los que nacen siendo pecadores. Nacemos presos del pecado e incapaces de salvarnos por cualquier cosa que intentemos hacer.
Sin embargo, las buenas nuevas, el evangelio, es que Jesús ha venido para salvar a las personas de sus pecados. Esta verdad significa que Él ha venido para otorgar perdón. Perdonar a alguien significa liberarlo de la culpa que tiene por su maldad y no contar sus pecados en su contra. Jesús vino a la tierra para perdonar los pecados. Una manera en que Él salva del pecado es perdonándolo. Cristo también salva del pecado otorgando justicia. Él hace que las personas sean justas ante los ojos de Dios. Esta justicia no consiste simplemente en que el Señor decida no ver el pecado de una persona, sino en que Él la ve como alguien que ha hecho todo lo que se nos ordenó hacer. Dios no solo limpia la pizarra, por así decirlo, sino que, después de limpiarla, escribe obediencia sobre ella. Este resultado divino explica por qué Jesús tuvo que venir como un bebé, vivir una vida obediente, morir en la cruz y resucitar de entre los muertos para salvar a las personas de sus pecados. La obediencia y la sangre derramada de Cristo son el fundamento y el mérito sobre los cuales una persona puede presentarse delante del Señor y ser salva. Sin la sangre y la justicia de Jesús —y solo la de Él— nadie tendría esperanza alguna frente al gran Juez del mundo, el Dios del universo.
Obsérvese también que Jesús vino a salvar a ciertas personas. El ángel las describe como “Su pueblo”. Estas palabras implican que no todos terminan siendo salvos. Algunas personas son salvas y otras son condenadas. Muchos serán resucitados para vida, mientras otros serán resucitados para condenación. Jesús no salva a todos. La salvación no es universal. Está reservada únicamente para Su pueblo.
Algunos podrían preguntar: “Bueno, ¿quiénes son Su pueblo?” La Biblia deja claro, de principio a fin, que el pueblo de Dios son aquellos que creen en Él, se arrepienten de sus pecados, confían en Él y se apartan de la desobediencia para confiar en el Mesías, el Señor Jesús, para ser salvos. Los creyentes en Jesús son Su pueblo. El apóstol Pablo resalta esta verdad cuando escribe: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26). Sabemos que somos parte de Su pueblo cuando tenemos fe en Jesús el Mesías. Así, la salvación viene a quienes se arrepienten y creen. No viene a todos. Si creemos en el infierno y entendemos que algunas personas pasarán la eternidad allí, entonces sabemos que la salvación no es universal. El mandamiento de Dios para los pecadores —que se arrepientan de su pecado, crean en el evangelio y tengan vida en el nombre de Jesús— sí es universal. Pero no todos se arrepienten y creen. No todos tienen vida a través de Cristo. Solo los que creen en Él tienen vida eterna y son salvados de sus pecados.
La buena noticia del evangelio es que Dios desea que quienes invocan Su nombre se arrepientan de sus pecados y crean en Su Hijo, Jesucristo. Estas personas saben, con plena certeza, que Dios los ha perdonado de sus pecados y los ha declarado justos mediante la sangre y la justicia de Jesús. Esta Navidad, todos los creyentes debemos reflexionar y celebrar haber recibido el mayor regalo que Dios podría dar a alguien: Su único Hijo, el Señor Jesucristo.
¡Feliz Navidad!