Día: 10 octubre 2008
El Antídoto Divino Contra la Impureza Sexual
EL ANTÍDOTO DIVINO CONTRA LA IMPUREZA SEXUAL
Por
Albert N. Martin
Cuando el evangelio llegó al mundo greco-romano en el primer siglo, arribó a un mundo que estaba lleno de nocivo y amargo fruto del paganismo y de la adoración idolátrica. Una de las extensiones más abominables de este amargo fruto del paganismo fue la impureza sexual y la inmoralidad. Parte del ritual de adoración en muchos de los templos paganos involucraba entrar en actos sexuales ilícitos con aquellos que habían sido apartados para esta dimensión de la llamada “adoración de los dioses”.
Siendo estos los hechos, no debe sorprendernos la atención que se presta en el cuidado pastoral de la iglesia primitiva, como aparece en Hechos y en las epístolas, al tema de la impureza sexual. En otras palabras, en la mente de los apóstoles no existía la idea de que este problema de la inmoralidad, impureza y desviación sexual sería automáticamente resuelto doquiera que el evangelio se enraizara en el corazón de un hombre o en medio de un grupo de hombres y mujeres que se constituyeron en una iglesia de Cristo. Antes bien, ellos atacaron el tema directamente en el lenguaje más explícito y con una multitud de perspectivas por las cuales armar al pueblo de Dios para resistir la tremenda presión de avanzar en esta característica dominante de la vida y la religión pagana, llamada impureza sexual.
Por ejemplo, cuando hubo un concilio en Jerusalén en el que la iglesia y sus líderes se reunieron con los delegados de la iglesia de Antioquía, juntamente con los apóstoles, le envió un decreto a todas las iglesias. Estas eran las palabras que tenían que ir a las iglesias de todo el mundo greco-romano: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación [término general para cualquier forma de impureza sexua]; de las cuales cosas sí os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien” (Hechos 15:28-29).
Nos suena extraño que a estas iglesias infantes se tuviera que dirigir una regulación, no sólo acerca de la libertad cristiana y cosas indiferentes (carne ofrecida a ídolos, animales estrangulados), sino que también necesitaban una directriz específica con respecto a la prohibición de la fornicación. Se tenía que mandar un mensaje a todas las iglesias para que se abstuvieran de la impureza sexual. Tan torpe se habían convertido las conciencias de los hombres de esa generación como fruto de la religión pagana y de la adoración de los ídolos, que el concepto de que la impureza sexual es algo ofensivo a Dios se había borrado de la conciencia de ellos.
Más aún, vemos en un pasaje como 1 Tesalonicenses que aunque Pablo estuvo en la ciudad por un breve tiempo (aproximadamente tres semanas), una de sus notas dominantes mientras estuvo allí dando instrucciones prácticas en cuanto a los frutos del evangelio fue este tema:
“Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más. Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús; pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación; que cada uno de vosotros sepa tener su propia esposa en santidad y honor (4:1-4).
Vemos que Pablo no se pasó de fastidioso hablando de este tema; no tomó el punto de vista de que el asunto iba a surgir automáticamente bajo la impresión general y el poder del evangelio; antes bien, y como ya hemos indicado, enfrentaron el tema directa y explícitamente.
En un sentido muy real, nosotros, en esta civilización occidental del siglo XXI, hemos degenerado al nivel de las antiguas perspectivas y prácticas paganas como existían en el mundo greco-romano del primer siglo. Y por tanto, como pueblo de Dios, necesitamos desesperadamente tener nuestras mentes y perspectivas apegadas a las Escrituras en este tema de la pureza sexual. Por un lado, todo el sistema del mundo está en contra del criterio de Dios, y no necesito hablar de los detalles para demostrar esa declaración. Vivimos con las evidencias innegables de la verdad de esa aseveración. Sin embargo, al reaccionar en contra de la impureza del mundo, la iglesia del primer siglo fue vulnerable a una perspectiva igualmente impía: el ascetismo. Somos siempre víctimas de los extremos, y en la reacción en contra del hedonismo y la entrega a la sensualidad en el primer siglo, una de las primeras herejías calificada como “doctrina de demonios” fue la idea de que la sexualidad humana era esencialmente impura y que el camino para ser santo era vivir por encima de la expresión de la sexualidad. Por ende, desde una perspectiva pastoral he estado interesado en dirigirme a ustedes con este tema para que nosotros, como pueblo de Dios, podamos estar armados con todo principio y motivación bíblicos posibles que nos guarden de ser absorbidos por la arrolladora corriente de la inmoralidad en nuestros días, y que podamos, por el otro lado, ser guardados de la perspectiva que igualmente deshonra a Dios llamada el ascetismo, que nos introduciría en las llamadas doctrinas de demonios que rebaja todas las facultades y apetitos que Dios nos ha dado.
Si les preguntara cuál es el gran capítulo del amor, espero que ustedes me refirieran a 1 Corintios 13. Si les preguntara cuál es el gran capítulo de la resurrección, espero que me dijeran, 1 Corintios 15. Si fuéramos a hablar del capítulo que traza el panorama de la salvación desde la elección hasta el sello del Espíritu, espero que supieran que es Efesios 1. Pero si les preguntara qué sección de la Palabra de Dios es la cuenca más rica en el NT sobre principios que nos guarden de la impureza sexual, ¿cuál sería su respuesta? Confío que su respuesta sería 1 Corintios 6:12-20. Esta es la destilación más rica de la mente del Espíritu de Dios con referencia al tema de la pureza sexual.
En esta sección de su Palabra, Dios nos da una gran colación de los principios que de ser guardados siempre en oración ante nosotros, pueden ser usados por Dios para ayudarnos a alcanzar una vida de pureza en medio de una época impura.
Cuando Pablo escribió este pasaje, no lo hizo en el vacío. Todo lo que dijo en este capítulo con respecto a cómo podemos huir de la fornicación está unido a la doctrina general de la sexualidad humana. Todas las cosas específicas de los versículos del 12 al 20 encajan dentro del marco general de la enseñanza bíblica respecto a la sexualidad humana. Por ello debemos ver, aunque sea brevemente, este marco general, para así evitar tener una visión distorsionada de lo que el apóstol está diciendo en este pasaje.
TRES REALIDADES FUNDAMENTALES SOBRE LA SEXUALIDAD HUMANA:
Pablo asume tres realidades fundamentales sobre la sexualidad humana:
1. Nuestra sexualidad, incluyendo nuestra capacidad para el placer sexual, se origina en Dios y no en el diablo.
Esto lo sabemos de los primeros capítulos de Génesis.
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creo” (1:27).
Todo lo que está incluido en la masculinidad y feminidad, con toda la capacidad del placer sexual, se originó en la mente de Dios y vino a existencia por la actividad creadora de Dios. Y por ende, el primer capítulo concluye con estas palabras: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (v. 31). Esto incluye al hombre como hombre, con su masculinidad distintiva y sus capacidades masculinas distintivas para el placer sexual, e incluye a la mujer en toda su feminidad y toda su capacidad para el placer sexual. De ello Dios dijo: “Es bueno, me gusta lo que he hecho”.
Si nosotros no comenzamos cualquier discusión de la pureza sexual con este punto, terminaremos en algún error en el camino. Nuestra sexualidad tuvo su origen en Dios y no en el diablo. Esto que leímos en Gn. 1:27 es precisamente amplificado en el capítulo 2. Dios vio al hombre en toda su masculinidad sin su contraparte y dijo: “Le haré ayuda idónea para él” (v. 18). Obviamente Dios hizo a Adán con sus órganos sexuales y su capacidad para el placer sexual; y cuando dijo que iba a hacer su contraparte, no hizo una criatura asexual o andrógena, hizo una mujer con todo lo que constituye una mujer, incluyendo su sexualidad distintiva y capacidad para el placer sexual.
“Y de la costilla que Jehová Dios tomó al hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (vv. 22-25).
Ellos se vieron a sí mismos como habiendo venido de la mano de su creador en toda la sexualidad plenamente desarrollada de masculinidad y feminidad. Más aún, el relato de la creación no termina poniendo una cortina sobre ellos por su desnudez, sino quitándola. Y esta es la última palabra de la creación prístina y gloriosa: que Adán y Eva se amaban maritalmente sin avergonzarse, y Dios aún sonriendo dijo: “Es bueno, me gusta lo que he hecho”.
Permíteme preguntarte: ¿Tienes algún problema con eso? ¿Te sonrojas y arden tus oídos al escuchar al predicador hablando de esa manera? Todo lo que he hecho es exponer la Biblia brevemente. Si eres más quisquilloso que Dios, necesitas ordenarte; en algún punto tienes manías en tu sique y en tu forma de pensar sobre la dignidad y, reverentemente añado, la majestad de la sexualidad humana.
Todo lo que Pablo dice para ayudarnos a huir de la fornicación en 1 Corintios 6 asume este primer elemento del mayor general de la enseñanza bíblica: que nuestra sexualidad, incluyendo nuestra capacidad para el placer sexual, tiene su origen en Dios y no en el diablo. Por tanto, nunca debemos tomar la posición de que el placer sexual es sucio y malo o que es el trato necesario para preservar la raza humana.
En la medida en que ustedes, jóvenes, crecen y se desarrollan, Dios ha ordenado que las muchachas lleguen al punto que digan: “¡Varones, mm!” y los muchachos: “¡Hembras, mm!” Esa percepción y deseo en desarrollo hasta su cumplimiento en la intimidad sexual que emerge de su sexualidad humana, no viene del infierno, ni del abismo, ni del diablo. Viene de Dios, que te hizo a su imagen y semejanza.
2. El Dios que nos concibió en su mente y nos creó con nuestra sexualidad es el único que tiene el derecho de regular sus funciones legítimas.
Antes que el pecado entrara, el hombre no tenía la libertad de regularse por sus impulso y anhelos. Dios les ordenó con revelación proposicional explícita: “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla” (Gn. 1:28). Ellos debían tener intimidad sexual, concebir y tener hijos por mandamiento divino. En el capítulo 2 se presenta que fueron unidos en la intimidad total de la unión sexual por la misma mano de Dios. Él es el único que tiene derecho de regular las funciones legítimas de nuestra sexualidad. No debemos regular sus funciones por el consenso de la sociedad ni la opinión de los llamados “expertos”. Él ha expresado claramente, tanto en los relatos de la creación como en la economía mosaica, que él tiene el derecho de regular la actividad sexual del hombre. Vemos en todas las regulaciones levíticas cómo Dios metía sus narices en toda la vida sexual de su pueblo, dándoles directrices específicas sobre muchos detalles acerca de cómo debían conducirse. Muchas de esas cosas no tienen aplicación para nosotros; eran parte de su sistema de tipos y sombras. Pero el principio es éste: Cuando Dios hizo pacto con su pueblo, él dice que parte de ese arreglo pactual es: “Yo tengo el derecho de regular los detalles de sus actividades sexuales”. Por eso vemos en el decálogo la expresa prohibición: “No cometerás adulterio” (Ex. 20:14). Solo el Dios que nos hizo tiene el derecho de regular las funciones legítimas de nuestra sexualidad.
3. El Dios que creó nuestra sexualidad generalmente tiene el propósito de que sea consumada gozosamente en deliciosa autoentrega dentro de los límites del matrimonio.
Pablo presenta esto abundantemente claro en 1 Corintios 7. Comienza diciendo que “el marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido” (v. 3). Debe haber respeto de las necesidades mutuas. Dentro de los límites del matrimonio tiene que haber esa autoentrega frecuente que satisface esas necesidades.
“Sea bendita tu fuente, y regocíjate con la mujer de tu juventud, amante cierva y graciosa gacela; que sus senos te satisfagan en todo tiempo, su amor te embriague para siempre” (Pr. 5:18-19; Biblia de las Américas).
“Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla” (He. 13:4)
La Escritura enseña claramente que el Dios que creó nuestra sexualidad generalmente tiene el propósito de que sea gozosamente consumada en deliciosa autoentrega dentro de los límites del matrimonio. Si tienes problemas con mis palabras, hay algo extraño en tus pensamientos sobre la sexualidad humana. ¡Gozosamente consumada! No el mero cumplimiento de un deber para que el hombre no vaya a otra mujer. Esa es la perspectiva de algunas mujeres cristianas: “Si me quieres, aquí estoy, así que si vas y persigues a otra mujer, no me culpes”. Ese no es el concepto de la Biblia. Lee Cantar de los Cantares, y también Proverbios 5.
Dije también “generalmente”. Algunas veces nuestra sexualidad debe ser sublimada en soltería impuesta sobre nosotros por la providencia divina. Algunas veces debe ser subyugada para fines más elevados (1 Corintios 7 habla de esto). Por eso hablé de “generalmente”. Usé mis palabras cuidadosamente y con propósito.
Con esos conceptos fundamentales condicionando todo lo que sigue, comencemos a considerar siete trompetazos que nos llaman a una vida de pureza sexual. Para cambiar la ilustración, miremos a las siete murallas que por la gracia de Dios podemos construir a nuestro alrededor para mantenernos limpios de una vida de impureza sexual.
SIETE MURALLAS CONTRA LA IMPUREZA SEXUAL:
1. Debo tener la convicción de que un patrón o estilo de vida de impureza sexual me excluirá del cielo.
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1 Co. 6:9-11).
“No os dejéis engañar”, cualquiera cuyo estilo de vida esté marcado por impureza sexual de cualquier tipo está excluida del cielo. ¿Cómo podemos permanecer firmes? Tenemos que poseer esta convicción grabada en la profundidad de nuestra alma por el poder del Espíritu Santo: El patrón o estilo de vida de impureza sexual, me excluirá del cielo y me arrojará al infierno. Debes comenzar con este principio fundamental.
Pido a los jóvenes que me escuchen. Todos a su alrededor están diciendo: “Todos lo hacen; no hay nada de malo en ello”. Alguno dirá: “Si el predicador está enseñando que mi sexualidad es un don de Dios y que no es sucio, ¿por qué debo esperar cuatro, cinco, seis, ocho y diez años hasta que Dios me dé un esposo o una esposa?” Te diré por qué – porque el Dios que te hizo dice que debes hacerlo. Si te entregas a un patrón de impureza sexual y continúas impenitente en ese estado, éste te llevará directamente al infierno.
Cuando ustedes, muchachos, llenos de curiosidad sobre cómo luce una mujer, vayan a la tienda a buscar algo para sus padres, y vean esas revistas satinadas con mujeres, ¡no se acerquen a esa suciedad y asquerosidad! Escuchen a su pastor. Ese puede ser el primer estirón de brazo, la primera visión de pornografía que puede ser el anzuelo con que el diablo puede eventualmente atarte con cadenas y causar que tenga una vida cristiana miserable. Aun si no eres cristiano, dí “¡no! no tengo nada que ver con ello.” Huye de eso como si huyeras del infierno mismo.
Si alguien se acerca a ustedes, muchachas, y les dice: “Mira, esta novela romántica es tremenda, debes leer esto” – novelas llenas de descripciones de besos apasionados y todo lo demás, que parecen tener romances inocentes; no es así, están calculadas para despertar en ti deseos y apetitos que están empezando a emerger en tu mente, alma y cuerpo juvenil; y no debes tenerlos despiertos, porque así te harás más vulnerable. Oh, jóvenes y preciosas vírgenes, deseo que tengan el gozo que mi hija tendrá dentro de veinte días, parándose ante la iglesia como una virgen pura para entregarse a su marido. Deseo que tus padres sientan el gozo que tendrá al entregar una hija que ha sido guardada. Eso no quiere decir que los de ustedes que pasaron por el camino del libertinaje son rechazados por nosotros. El próximo versículo dice: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (v. 11). Hay algunos de aquí que dirán: “Oh, si hubiera oído esa advertencia antes. Fui ciado en un hogar en el que se me decía que el sexo es sucio, y en mi curiosidad y pubertad me metí en cosas en las que nunca debí meterme. No puedo dar marcha atrás. ¿Hay esperanza para mí?” Sí, había corintios que llegaron a introducirse en los templos y participaron de esa adoración de los dioses paganos donde hombres se asociaban con prostitutas del templo: mujeres con mujeres, mujeres con hombres. Había personas sentadas en la iglesia cuando Pablo escribió la epístola que sabían muy bien en qué consistía esa adoración pagana. “Y esto erais algunos”.
Y si en este momento está inmerso en un curso de impureza sexual de cualquier tipo, escucha: “No os dejéis engañar” (Biblia de las Américas). No te dejes engañar por lo que el mundo está diciéndote: “Todo está bien”. No te dejes engañar por lo que muchas llamadas iglesias cristianas están diciéndote: “Todo está bien”. Las preferencias sexuales no son un asunto de libertad. El curso de actividades sexuales contrarias a la voluntad de Dios sin arrepentimiento te llevará directo al infierno. Necesitamos cargar nuestras conciencias con esa verdad día tras día. Nunca la quites de tu conciencia hasta que llegues al cielo. Allá podrás no temer de la impureza sexual. Pero hasta que llegues allá, continúa cargando tu conciencia con esa verdad. Pablo sabía que los corintios la necesitaban; y estaba escribiendo a una iglesia de personas que profesaban ser discípulos.
No jueguen, jóvenes. No digan: “Yo sé hasta dónde llegar”. Si comienzas a jugar con tus pasiones y a debatir con tus hormonas, vas a perder el debate; y todo lo que obtendrás será una conciencia sangrante y la pérdida de la pureza, y en muchos casos, una esclavitud miserable. Si tuviera libertad de hablarte sin vergüenza ni indiscreción, no creerías lo que puedo narrarte sobre lo que he tenido que escuchar en mi estudio en el curso de los años, sobre la horrible esclavitud de la pornografía y perversiones de todo tipo. Le he dicho más de una vez a mi esposa: “Oh, querida, si pudiera regresar a la inocencia de mis veinte”. El cuarto de consejería ha sido una horrible educación sobre lo que pasa cuando los cristianos se descuidan y no cargan sus conciencias con esta tremenda verdad fundamental. “Ese camino lleva al infierno. Yo voy al cielo. No voy a caminar en él, ni a mirar en su dirección, ni a jugar con él; le daré la espalda. Mi rostro mira a Dios, a Cristo, al cielo, a la pureza y a la santidad”. Como hombre casado puedo disfrutar a plenitud la gozosa entrega del amor marital santificado. Como mujer cristiana puedo disfrutar la gozosa entrega de amor con el esposo que Dios me dio. Y si estoy desprovisto en este momento de un esposo o esposa, puedo conocer la consoladora promesa de Dios: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla” (1 Co. 10:13, Biblia de las Américas).
Nadie necesita ser sexualmente impuro por la razón de que tenga impulsos sexuales. El camino a la pureza no es negar la realidad de esos impulsos; es encontrar gracia en Jesucristo para encausarlos por los canales ordenados por el Dios vivo.
2. Debo tener la convicción de que mi cuerpo, incluyendo mis partes y capacidades sexuales, existe para el servicio del Señor.
“Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna. Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1 Co. 6:12-13).
Algunas personas dicen: “Tengo un estómago; le da hambre; Dios hizo los alimentos para satisfacer esa necesidad, por ello las viandas son para el vientre y el vientre para las viandas. Así también tengo un cuerpo, el cual tiene apetitos y capacidades sexuales, por tanto tengo que satisfacer esos apetitos del modo que yo escoja, ¿no es así?”
“No”, dice Pablo. Ese paralelismo es incorrecto. El cuerpo no se hizo para la impureza sexual, sino para el servicio de Dios, y el Señor es para el cuerpo. El paralelismo no es apetito sexual-fornicación, fornicación-apetito sexual, sino apetito sexual canalizado para el servicio del Señor y el Señor comprometido con el cuidado y la preservación del cuerpo, incluyendo sus partes y capacidades sexuales. ¿Y cómo sabemos eso? “Y Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder”
(v. 14). A Dios le servimos en el cuerpo ahora y en el mundo venidero. De lo que sé de las Escrituras, nuestro cuerpo no es para la fornicación, sino para el servicio del Señor.
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Ro. 12:1)
¿Le has dicho al Señor: “Oh, Señor Jesucristo, quiero que este cuerpo sea para tu servicio. Quiero que todas sus facultades, capacidades, fuerza y energía se gasten haciendo tu voluntad”? No pongas entre paréntesis tus facultades sexuales. No debemos pensar como paganos, sino como cristianos. Presenta todo tu cuerpo. Debes tener la convicción de que tu cuerpo, incluyendo sus capacidades y órganos sexuales, existen para el servicio de Dios. Encontrarás como un gran medio de la gracia el desarrollar el hábito cada día de consagrar ante él todos los miembros de tu cuerpo, especialmente a la hora del baño, estando en completa desnudez entre tú y Dios. “Señor, toma mis ojos; que sólo miren las cosas que te agradan. Toma mis oídos; así como los limpio ahora con agua y jabón, límpialos de todo lo que han escuchado que no debieron. Toma mis manos para que hagan tu voluntad”. Y así presentas a Dios todo lo que eres y desarrollas el pensamiento de que el cuerpo sirve para el servicio de Señor, incluyendo sus capacidades sexuales.
¿Pueden ver, jovencitas, qué gran incentivo es éste para que se mantengan puras? Puede que un joven empiece a mostrar interés en ti; y quizás él no esté bien instruido en las Escrituras. [La gracia no niega la existencia de las hormonas]. Cuando él vaya a tomar libertades que no le son debidas, dile con misericordia: “Juan, Pedro, Miguel (cualquiera sea su nombre)…este cuerpo existe para el servicio del Señor. Esas partes que tú deseas tocar y tentar son territorio prohibido. Están guardadas para la hora en que en el servicio a Cristo pueda entregarlas gozosamente al hombre que Dios me dé como esposo”.
¿Has encontrado eso ofensivo? ¿Encuentras chocante que alguien te hable así en una asamblea cristiana? A Pablo aparentemente no. Porque en el contexto de urgirles a huir de la fornicación, les dio este tremendo segundo incentivo; el conocimiento y la convicción de que sus cuerpos, incluyendo sus partes sexuales, existen para el servicio del Señor.
¿Ven lo contrario que es esto al pensamiento del mundo? El mundo dice: “Ese cuerpo es mío; es mi propio terreno de juego, y es asunto mío el cómo lo use”. Esa es la filosofía del mundo; pero no es cierta. Dios hizo el cuerpo; es su dueño por creación, y como dice al final del pasaje, le pertenece a Dios por redención. Necesitas pensar como Dios dice que eres en realidad.
3. Debo tener la convicción de que mi unión con Cristo incluye mi cuerpo, y que no es cancelada ni suspendida en una experiencia sexual ilícita.
“¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo” (v. 15).
Pablo está aseverando y asumiendo que la doctrina de la unión del creyente con Cristo incluye el cuerpo. Tú y yo, que somos el pueblo de Dios, unidos a Cristo por la fe, estamos unidos a él en la totalidad de nuestra humanidad – cuerpo y alma – de una forma que no podemos entender ni expresar con precisión. Nota lo que Pablo dice: “¿No sabéis que vuestros cuerpos [incluyendo esas partes que son empleadas en las relaciones sexuales] son miembros de Cristo?” ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo [los que están en unión con el puro y santo Hijo de Dios en el privilegio redentor] y los haré miembros de una ramera?” ¡Tal pensamiento es detestable! Cuando un creyente tiene una experiencia sexual ilícita, su unión con Cristo, incluyendo su cuerpo, no es cancelada ni suspendida. Ese es el horror de la impureza sexual. Cuando un creyente cae en este tipo de pecado, una de las marcas de su caída es que él quitó deliberadamente en su mente el pensamiento de esta realidad.
El tener tal pensamiento ante nosotros nos impedirá entrar al templo pagano, pasar quince minutos con las prostitutas y quitarnos los miembros de Cristo y hacerlos miembros de una ramera. Alimenta tu alma de la realidad de tu unión con Jesucristo. Es sólo cuando te olvidas de esa realidad que eres vulnerable a los pecados de la impureza sexual.
4. Debo tener la convicción de que no existe la actividad sexual casual y sin compromiso.
“¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne. Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él”
(vv. 16-17).
No olvidemos las implicaciones. La idea del sexo recreativo, casual y sin compromiso no es algo que comenzó ahora; es una reversión del concepto greco-romano que regía en los días de Pablo. Pero su enseñanza aquí enfatiza que tal cosa no existe. Si pasas quince minutos con las prostitutas del templo, vienes a ser un solo cuerpo con ella; se efectúa una atadura misteriosa con esa intimidad sexual.
¿De dónde sacas eso, Pablo? Lo obtuve de la institución original de la sexualidad humana en Génesis
2:24: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” Cuando dos personas, en compromiso mutuo, consumen, celebran y demuestran sacramentalmente ese compromiso en el acto sexual inicial, esa es la consumación del matrimonio; y dentro de la relación matrimonial cada encuentro sexual entre el esposo y la esposa debe ser una afirmación de ese contexto total.
Pablo, al repetir la última frase, está diciendo que aun la intimidad sexual que se sostiene fuera del contexto del compromiso mutuo de por vida, no niega de ninguna manera el nivel misterioso que está involucrado en la intimidad sexual. Si vamos a ser guardados de la presión que nos rodea en el área de la inmoralidad sexual, debemos tener la convicción de que no hay tal cosa como actividades sexuales recreativas, casuales y sin compromiso. Tal cosa es imposible.
Queridos jóvenes, escúchenme. Hay muchos adultos en esta congregación que hubieran deseado creer esto antes de creer en la mentira de que podían dar rienda suelta al sexo recreativo, casual y sin compromiso, porque los fantasmas de esas intimidades estarán con ellos hasta la tumba. Y aunque sepan, el v. 11, que han sido lavados, santificados y justificados, nunca pueden borrar a plenitud los remanentes de la unión que ocurre en las intimidades sexuales ilícitas, porque Dios ha ordenado que esas relaciones nunca sean recreativas, casuales y sin compromiso. Y no hay libros ni charlas que puedan cambiar esa institución divina.
5. Debo tener la convicción de que la impureza sexual es una forma única de autodestrucción.
“Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (v. 18).
La declaración “cualquier otro pecado está fuera del cuerpo” no debe ser tomada en abstracción como una aseveración absoluta. La codicia no es cometida fuera del cuerpo, sino en el corazón. El orgullo, la envidia y los celos no están fuera del cuerpo. Lo que creo que Pablo está diciendo es que toda forma de pecado que sea de manera particular un pecado fuera del cuerpo, viene de fuera del cuerpo. ¿Cuáles son esos pecados? Las borracheras, ese pecado que hace tanto daño al cuerpo, vienen de fuera del él. La Biblia pone la glotonería en el mismo tipo de pecado que la borrachera, y lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. Las personas cavan su propia tumba con los dientes, por los resultantes paros cardíacos, hipertensión arterial y todos los demás frutos físicamente destructivos de la glotonería. Pecan contra sus propios cuerpos por la comida que viene fuera de éste. La glotonería es altamente destructiva para el cuerpo.
Pero lo que Pablo está diciendo es que, entre los pecados que destruyen el cuerpo, el de la impureza sexual es único. Son sus propios apetitos y órganos sexuales los que involucrados en un uso ilegítimo se convierten en su propia destrucción. Las mismas capacidades dadas por Dios vienen a ser nuestros asesinos y destructores.
Salomón advirtió a su hijo de uno de los resultados de acercarse a una ramera: su cuerpo quedaría consumido (Pr. 5:11). No se puede hablar de las “víctimas” del sida, la gonorrea y la sífilis, sino de los justos recipientes del juicio de Dios. Amigo, aunque no seas cristiano, es de tu interés personal evitar la impureza sexual. Y si tú, hijo de Dios, quieres, al igual que Pablo, que Cristo sea magnificado en tu cuerpo, debes orar para ser librado de la impureza sexual.
6. Debo tener la convicción de que mi cuerpo es el santuario mismo de Dios por un acto soberano de la gracia y el poder de Dios.
“O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios?” (v. 19a)
En este versículo hallamos dos verdades: (a) El cuerpo es el santuario mismo de Dios, y (b) éste ha sido constituido así por la actividad soberana y la gracia de Dios.
Cuando Dios intervino redentoramente en nuestras vidas no dijo que habitaría en todo nuestro cuerpo, excepto en las partes privadas y órganos sexuales. El Espíritu Santo mora en la totalidad de tu humanidad redimida; el cuerpo es convertido en el santuario de Dios. Dondequiera que vayas, allí va Dios, porque eres el lugar de su morada. Él ha prometido que habitaría en el corazón del humilde y contrito de espíritu. La bendición que corona el nuevo pacto es que quitaría nuestro corazón de piedra, nos daría uno de carne y colocaría su Espíritu dentro de nosotros. ¿Y de quién obtuvieron esto? “El cual tenéis de Dios.” Esto es así porque Dios vino a ti cuando tu cuerpo y alma no eran otra cosa que el santuario y hogar de las influencias demoníacas del paganismo. “Esto erais algunos”, con sus cuerpos y almas ardiendo con pasiones ilícitas; entregados a un curso de autodestrucción que les dirigiría al infierno. ¿Y qué pasó? Dios hizo que el evangelio llegara a ustedes, abrió sus ojos enceguecidos y sus sordos oídos, y les capacitó para abrazar a su Hijo, y al hacerlo, puso el Espíritu de adopción dentro de ustedes, “el cual tenéis de Dios”, en gracia y misericordia.
¡Qué profanación tan horrible del templo santo! ¿Ven cómo la motivación de la gracia es más poderosa que cualquier mandamiento? El apóstol hubiera podido simplemente presentar las implicaciones del séptimo mandamiento, pero no hace eso. Utiliza un antídoto lleno de motivaciones evangélicas y realidades redentoras.
Tú y yo necesitamos aprender a vivir con esa convicción; decirnos a nosotros mismos cada mañana al levantarnos; “Este cuerpo es el santuario de Dios, y es así por la gracia soberana de Dios”.
7. Debo tener la convicción de que mi cuerpo, incluyendo mis órganos sexuales, es la propiedad adquirida de Cristo.
“¿… Y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio” (vv. 19b-20a).
Ahora Pablo toma la cruz y la planta justo en medio de este problema de inmoralidad en Corinto. “No sois vuestros”, no solamente porque fueron creados por otro, sino porque fueron comprados. Tal es el lenguaje de la redención. El precio nos lo dice Pedro: “No con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:18-19).
El apóstol les dice: “¿Cómo podéis acercarse al templo donde están esas prostitutas, ustedes que invocan a Cristo?” En lenguaje actual; “¿Cómo podéis estar en el asiento trasero de un automóvil y utilizar sus cuerpos como terreno de juego?”
O tú, hombre de negocios, ¿cómo puedes convencerte de tener sexo recreacional ante la excusa de que “Dios entiende que todos los hombre tienen necesidades”? ¿Cómo puedes hacerlo, sabiendo que todo lo que eres es propiedad del Dios encarnado? ¡Qué implicaciones tiene esto!
Jóvenes, entienda esto: la gracia no neutraliza las hormonas. La gracia batalla contra el pecado, no contra la naturaleza. Cuando en la providencia de Dios tienes el privilegio de comenzar a desarrollar una relación con un joven o una joven, y encuentran que sus intereses comunes son el deseo de agradar a Cristo; y entonces comienzan a ver que hay otros intereses comunes por los que se atraen, es inevitable (a menos que por algún lado haya un corto circuito y algo tenga que ser enmendado) que habrá una búsqueda por los primeros niveles de intimidad: el tocarse, agarrase las manos, los brazos, los besos. Luego surgirán los anhelos por plenas y largas expresiones de intimidad. ¿Qué es lo que les librará del sexo prematrimonial? El hecho de que seas cristiano no es una garantía en sí misma, porque hubo cristianos en Corinto que cayeron en este pecado. Lo que te librará, por la gracia de Dios, será esta convicción: SOY PROPIEDAD REDIMIDA DE CRISTO.
Cuando el joven, en su debilidad, permite que sus deseos naturales dados por Dios se exceden de los límites de una conducta decorosa y comienza a manosear donde no debe, tu responsabilidad es decirle: “Juan, Pedro (cualquiera sea su nombre), tú sabes que creo haber empezado a amarte, y que busco a honrar a Dios en nuestra relación, lo que buscas tocar no es tuyo ni mío, estos senos fueron comprados en la cruz de Cristo para ser guardados hasta el día de bodas, cuando pueda con gozo presentárselas a mi esposo; y si ése eres tú, quiero ser capaz de hacerlo con buena conciencia. Son propiedad de Cristo; no tengo ningún derecho de dártelos”.
Y si una joven te dice; “Tú no confirmas tu amor en la manera en que los otros lo hacen”. Necesitas decirle a la jovencita María: “No hay nada que ame más que abrazarte, besarte y tocarte, pero mis manos no son mías, fueron compradas por precio. Mis labios no son míos, fueron comprados por precio. Y los estoy preservando conforme a las directrices del dueño, hasta que los pueda entregar a la esposa escogida de Dios. Y hasta ese día no voy a violar los derechos del dueño.”
¿Suena eso cruel e irracional? ¿De qué otra forma podemos interpretar el pasaje? “No sois vuestros”. ¿Cuál es el contexto? No es una lección general sobre santificación o dedicación, sino el del antídoto contra la impureza sexual. Es el reconocimiento de que no soy mío, de que fui comprado por precio, lo que Dios utiliza para preservarme. Eso es lo que guardará a una pareja a través de todas las vicisitudes de una larga vida juntos, aun cuando es perfectamente posible que parejas felizmente casadas experimenten infatuación con otras personas y tener las hormonas procurando profundamente “carne extraña”. La gracia no te inmuniza contra ese fenómeno peculiar llamado infatuación.
¡Cuánto se necesita tener la convicción de haber sido comprados por Cristo en esta generación que piensa que si algo se desea entonces es correcto! Una vez me haya comprometido con un esposo o esposa, debo mantener sagrada toda dimensión de erotismo para ser canalizada sola, total, plena y gozosamente a mi esposo o esposa, pero a ellos y sólo a ellos. No debe haber fantasías de la mente dirigidas a ninguna otra mujer u hombre, NADA QUE CONLLEVE ESTIMULACIÓN ERÓTICA. Todo debe ser guardado 100% al cónyuge dado por Dios.
Planta la cruz en medio de tus hormonas y ora que Dios haga que la cruz crezca y florezca en medio de ellas.
CONCLUSIÓN
Este es el antídoto Pablo ofrece con sus siete ingredientes mezclados. Y en medio de ellos incluye dos imperativos: uno es negativo y el otro positivo. En el v. 18 dice: Huid de la fornicación”. Algunas partes de la Biblia nos llaman a resistir ciertas cosas. Pero cuando se habla de impureza sexual, Dios dice CORRE. Ni siquiera permanezcas debatiendo el asunto. Conocemos el ejemplo clásico: José. Creo que fue en cierto modo ingenuo. La primera vez que la esposa de Potífar le sugirió algo, debió ir donde su esposo y decirle: “Tu mujer puso sus ojos en mí, y antes de que algo suceda y quede atrapado en una situación embarazosa, habla con ella o trasládame a otro lugar”. Creo que fue ingenuo en dejar que las cosas pasaran día tras día tras día. El hecho es que no sucumbió; huyó y fue puesto en prisión. [Es mejor ir a la prisión con una buena conciencia que caer en el corazón de una relación ilícita, porque la Escritura dice que el pecado te seguirá y te hallará]. “El que encubre sus pecados, no prosperará” (Pr. 28:13). Huye de la impureza sexual – eso incluye todo lo que alimente los deseos eróticos.
Alguno dirá: “Pero es que si huyo de todo, la gente pensará que estoy loco. Ni siquiera podré ver televisión, porque encuentro que hasta los comerciales son eróticos. Me avergüenzo aun decírselo a mi esposa”. Amigo, avergüénzate y díselo, si así tienes que hacer lo que la Biblia dice de huir de la fornicación: “No puedo ni siquiera ver la revista Time. Pues no lo veas. No andes quejándote de tus fracasos, ¡huye de la fornicación! Si tienes que evitar personas, evítalas. El hecho es que el antídoto de este texto sólo funciona mientras se está corriendo.
Huir es el mandamiento negativo. El apóstol concluye entonces en el positivo: “Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo”. No es suficiente llegar simplemente al final de la semana y decir: “Lo logré, ninguna fornicación”. Debe ser un compromiso positivo con la glorificación de Dios en mi cuerpo. La mejor manera de vencer un pecado es encaminarnos en dirección opuesta por la senda de justicia. El que tenga ese compromiso será el menos vulnerable a las actividades sexuales ilícitas.
Glorificar a Dios en nuestro cuerpo significa que aceptamos la descripción divina del origen de nuestra sexualidad. No nos avergoncemos de ella. Si no tienes la visión divina de la sexualidad no vas a presentar el asunto en oración a Dios. Te avergonzaría el hacerlo.
Preséntale tu cuerpo como un sacrificio vivo (Ro. 12:1). Preséntale tus mismos miembros a Dios (Ro. 6:19). Desde la cabeza hasta los pies, presenta toda la facultad en consagración sagrada y pídele que guarde tus miembros de ser utilizados para la injusticia. Eso es lo que significa glorificar a Dios en el cuerpo.
Si eres casada, harás lo que dice en 1 Corintios 7 y Proverbios 5, con gozo te entregarás a tu marido, porque eres un gran preservativo contra la impureza sexual, y si retienes lo que le es debido, vivirá en vulnerabilidad.
E igualmente ustedes, maridos, aprendan a entender las necesidades de la esposa. Comunícate con ella con respecto a su sexualidad. ¿Estás satisfaciendo sus necesidades? Discute esto libre y abiertamente; oren juntos sobre ello. Glorifiquen a Dios en sus cuerpos.
A los que no están casados, vayan a Dios y digan: “Señor, me hiciste con estos deseos y apetitos, pero en tu providencia no me has dado el canal de la realización normal. Dame gracia para contenerme y ser puro. Dame gracia para no aceptar la filosofía del mundo”. Eso es lo que significa glorificar a Dios en tu cuerpo.
Esto que hemos visto es la aplicación del evangelio al problema de la impureza sexual. Enfatizo esto porque si no eres cristiano, si no eres alguien en quien mora el Espíritu Santo, si no eres unos a quien el pensamiento de Cristo crucificado es una fuerte motivación para resistir todas las presiones del mundo y de tu propia carne, hay pocas probabilidades de que puedes mantenerte sexualmente puro en esta era. Si un creyente necesita todas las motivaciones y dinámicas del evangelio para poder hacerlo, ¿qué esperanza hay para ti si no eres cristiano? Huye a Cristo para que seas de él, para que puedas ser guardado del estilo de vida que te llevará al infierno.
Y tú, hijo de Dios, “el que piensa estar firme, mire que no caiga”. Si piensas que no necesitas todos los ingredientes de este antídoto, Dios te puede hacer aprender hasta las amarguras de tu alma lo insensato que eres. Que Dios nos ayude a brillar como luz en medio de una generación inmoral, mostrando que el antídoto de Dios es suficiente para guardarnos puros en una época impura.
El autor es pastor de
Trinity Baptist Church Montville, New Jersey
¿Cómo Acercarse a Dios?
Horatius Bonar
Hemos de ir a Dios con nuestros pecados, porque no tenemos nada más que llevar con nosotros, que podamos decir que sea nuestro. Ésta es una de las lecciones que más nos cuesta aprender; con todo, si no la aprendemos no podemos dar un paso correcto en lo que llamamos una vida religiosa.
El buscar algo bueno en nuestra vida pasada, o el hacer algo bueno ahora, si vemos que el pasado no contiene nada que sea bueno, es la primera idea que tenemos cuando empezamos a inquirir acerca de Dios, con miras a resolver las diferencias que hay entre nosotros y Él en cuanto al perdón de nuestros pecados.
«En su favor hay la vida»; y el estar sin este favor es ser desgraciado aquí, y ser excluidos del gozo del más allá. No hay vida digna de este nombre de no ser la que fluye de su amistad segura. Sin esta amistad, nuestra vida aquí es una carga penosa; pero con esta amistad no tememos ningún mal, y toda aflicción se transforma en gozo.
« ¿Cómo voy a ser feliz?» fue la pregunta de un alma atribulada que había probado cien maneras diferentes para llegar a la dicha y había fallado en todas.
«Asegúrate del favor de Dios», fue la respuesta inmediata de uno que había probado, él mismo, que «el Señor es bueno».
« ¿No hay ningún otro modo de ser dichoso?» «Ninguno, ninguno», volvió a contestar decidido el otro. «El hombre ha estado intentando seguir otros caminos para conseguirlo desde hace miles de años, y ha fallado completamente; ¿y tú, esperas conseguirlo?»
«No, no; no quiero seguir haciendo pruebas. Pero este favor de Dios me parece una cosa muy nebulosa; Dios está muy lejos, y no sé por dónde ir para llegar a Él.»
«El favor de Dios no es nebuloso ni es ninguna sombra; es mucho más real que las realidades que te rodean; y Él mismo está más cerca de ti que los objetos más cercanos, y su gracia no es menos segura que cercana.»
«Este favor de que me hablas, siempre me ha parecido algo intangible, algo que se me escapa de los dedos.»
«Di más bien que es como el sol, y que, la nube de que hablas, te lo esconde.»
«Sí, sí, creo lo que dices; pero ¿cómo voy a penetrar en esta nube y llegar al sol que hay detrás? ¡Parece muy difícil y requiere mucho tiempo!»
«Tú eres el que hace distante y difícil lo que Dios ha hecho simple, fácil y cercano.»
« ¿No hay dificultades? ¿Esto es lo que quiere decir?»
«En un sentido, las hay a miles; en otro, no hay ninguna.»
« ¿Qué quieres decir?»
« ¿Puso el Hijo de Dios alguna dificultad al camino del pecador cuando dijo a la multitud:
«Venid, a mí, y os haré descansar?»
«No, eso no; lo que quería decir era que todos fueran al instante a Él, allí donde estaba, y donde estaban ellos, y que Él les haría descansar.»
« ¿Si hubieras estado en aquel lugar, qué dificultades habrías hallado?»
«Ninguna, claro; el hablar de dificultad estando al lado del Hijo de Dios, habría sido una necedad, o peor.»
« ¿Sugirió el Hijo de Dios alguna dificultad para el pecador cuando Él estaba sentado junto al pozo de Jacob, al lado de la Samaritana? ¿No fue prevista o eliminada toda dificultad con estas maravillosas palabras de Cristo: «Lo que pidáis, esto os daré?»»
«Sí, sin duda; el pedir y el dar es todo lo que se menciona. Todo el negocio se termina aquí. El tiempo, el espacio; la distancia y la dificultad, no tienen nada que ver con el asunto; el dar iba a seguir al pedir como una cosa natural. Hasta aquí todo está claro. Pero quisiera preguntar: ¿No hay obstáculos ni barreras aquí?»
«Ninguna en absoluto, si el Hijo de Dios vino realmente a salvar a los pecadores; si hubiera venido sólo para aquellos que estaban perdido en parte, o que se podían salvar a sí mismos en parte, la barrera sería infinita. Esto lo admito; es más, insisto en ello.»
«El hecho de estar perdido, pues, ¿no es ninguna barrera para poder ser salvo?»
«Esta pregunta es una pregunta sin sentido y la respuesta ha de ser una analogía. Si tienes sed, ¿va a ser esto un obstáculo para poder aceptar el regalo de un amigo?»
«Es verdad; es la sed lo que me hace apto para el agua, y mi pobreza, para el regalo.»
«Claro, el Hijo del hombre no vino para llamar al arrepentimiento a los justos, sino a los pecadores. ¡Si no eres del todo pecador, entonces aquí hay un obstáculo; pero, si lo eres del todo, entonces no hay ninguno!»
« ¿Pecador del todo, completamente? ¿Éste es mi carácter?»
«No lo pongas en duda. Si dudas ve y busca en la Biblia. El testimonio de Dios es que eres del todo un pecador, y los tratos que tengas con El han de ser como tal; y los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.»
«¡Totalmente pecador, bien!; pero ¿no he de quitarme algunos de los pecados antes de que pueda esperar bendición alguna de Él?»
«En modo alguno; sólo Él puede quitar de ti pecado alguno, aunque sea uno sólo; y tú tienes que acudir a Él con todo lo que tienes de pecaminoso, por mucho que sea. Si tú no fueras del todo un pecador, no necesitarías totalmente a Cristo, porque Él es un Salvador completo; Él no te ayuda a ti a salvarte, ni tú le ayudas a Él a que te salve. Él se hace cargo de todo o de nada. Una salvación a medias sólo tiene interés para los que no están completamente perdidos. «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo en el madero» (1 P. 2:24).
Cuando Lutero halló su camino a la paz y libertad de Cristo, se hallaba en una situación semejante a la descrita anteriormente. La historia de su liberación es instructiva, ya que muestra cómo las piedras de tropiezo de la justicia propia son quitados por la exhibición plena del evangelio en su calidad de gratuito, como buenas nuevas del amor de Dios a los que no aman ni pueden ser amados, las buenas nuevas de perdón para el pecador; sin méritos y sin dinero, las buenas nuevas de la PAZ CON DIOS, sólo por medio de la propiciación de Aquel que hizo paz por medio de la sangre de su cruz.
Una de las primeras dificultades de Lutero fue que él creía que tenía que efectuar el arrepentimiento él mismo; y una vez realizado, había de llevar este arrepentimiento como una ofrenda de paz o como una recomendación a Dios. Si este arrepentimiento no podía ser presentado como una recomendación positiva, por lo menos podía ser alegado como atenuante para el castigo.
« ¿Cómo puedo creer en el favor de Dios —se decía— en tanto que no hay en mí una conversión real? Tengo que ser cambiado antes que Él pueda recibirme.»
La respuesta que se le dio fue la «conversión», o «arrepentimiento que tanto procuraba, no puede tener lugar en tanto que se considera a Dios como un Juez estricto y distante. Es la bondad de Dios que nos lleva al arrepentimiento (Ro. 2:4), y sin reconocimiento de esta «bondad», no hay modo de que se ablande el corazón. Un pecador impenitente es el que desecha las riquezas de su bondad y paciencia, y longanimidad.
El consejero experimentado de Lutero le dice de modo simple y claro que tiene que poner de lado todas las penitencias y mortificaciones, y todos los preparativos de justicia propia que le procuren o le compren el favor divino.
Esta voz, nos dice Lutero de modo conmovedor, le pareció como si viniera del cielo: «Todo arrepentimiento verdadero empieza con el conocimiento del amor perdonador de Dios.»
Cuando está escuchando se hace la luz, y le llena un gozo hasta entonces desconocido. ¡No hay nada entre él y Dios! ¡Nada entre él y el perdón! ¡No hay bondad preliminar ni sentimientos preparatorios! Aprende la lección del apóstol: «Cristo murió por los impíos» (Ro. 5:6). «Dios justifica al impío» (Ro. 4:5). Todo el mal que hay en él no puede impedir esta justificación; y toda la bondad que pudiera haber en él (si la hubiera), no le puede ayudar a obtenerla. Tiene que ser recibido como pecador, o no puede ser recibido. El perdón que se le ofrece reconoce sólo su culpa; y la salvación que se le proporciona en la cruz de Cristo, le considera simplemente como perdido.
Pero el sentimiento de culpa es demasiado profundo para ser aquietado con facilidad. El temor regresa, y una vez más va a su anciano consejero clamando: «¡OH, mi pecado, mi pecado!» como si el mensaje de perdón que había recibido recientemente fueran nuevas demasiado buenas para ser verdaderas, y como si pecados como los suyos, no pudieran ser perdonados de un modo tan fácil y simple.
« ¿Cómo? ¿Quieres decirme que sólo haces ver que eres un pecador, y que por tanto sólo necesitas a un Salvador que pretenda serlo?»
Así le contestó su venerable amigo y luego añadió solemnemente: «Sabe que Jesucristo es el Salvador de pecadores grandes y reales, que no merecen sino la peor condenación.»
«Pero ¿no es Dios soberano en su amor electivo? —dice Lutero— quizá yo no soy uno de los escogidos.»
«Mira las heridas de Cristo —fue la respuesta— y ve en ellas la gracia que hay en la mente de Dios para los hijos de los hombres. En Cristo leemos el nombre de Dios, y aprendemos lo que Él es, y cómo Él ama; el Hijo es el que revela al Padre; y el Padre envió al Hijo para ser el Salvador del mundo.»
«Creo en el perdón de los pecados», dijo Lutero a un amigo, un día que estaba enfermo en cama; «pero ¿en qué me afecta esto?».
«Ah —dijo su amigo— ¿no incluye esto tus propios pecados? ¿Crees en el perdón de los pecados de David, en los pecados de Pedro, y por qué no en los tuyos propios? El perdón es tanto para ti como para David y Pedro.»
Así, Lutero halló descanso. El evangelio, creído de esta forma, le dio libertad y paz. Supo que estaba perdonado porque Dios había dicho que el perdón era la posesión inmediata y segura de todos los que creían las buenas nuevas.
En la resolución de esta gran cuestión entre el pecador y Dios, no tenía que haber consideración a precios ni regateos de ninguna clase. La base del acuerdo fue fijada hace diecinueve siglos; y la gran transacción de la cruz hizo todo lo que se necesitaba en cuanto al precio. «Todo ha sido hecho» es el mensaje de Dios a los hijos de los hombres cuando inquieren: «¿Qué tenemos que hacer para ser salvos?» Esta transacción completa hace innecesarios todos los esfuerzos del hombre para salvarse a sí mismo o ayudar a Dios a justificarse. Vemos a Cristo crucificado, y Dios en Cristo reconciliando al mundo a sí, no imputando a los hombres sus faltas; y esta no imputación es el resultado únicamente de lo que fue hecho en la cruz, donde la transferencia de la culpa del pecador al sustituto divino fue hecha de una vez y para siempre. Y es de esta transacción que el evangelio nos trae las «buenas nuevas», y todo aquel que cree, participa de todos los beneficios asegurados por aquella transacción.
«Pero ¿no estoy en deuda al Espíritu Santo por su obra en mi alma?»
«Indudablemente; porque ¿qué esperanza puede haber para ti sin el Espíritu Todopoderoso, que aviva a los muertos?»
«Si es así, ¿no tendría que esperar sus impulsos, y teniéndolos, no puedo presentar los sentimientos que Él ha obrado en mí como razones de que he sido justificado?»
«En modo alguno. No estás justificado por la obra del Espíritu, sino sólo por la de Cristo; ni son las actividades del Espíritu en ti, la base de tu confianza, o las razones de que esperes perdón del Juez de todos. El Espíritu obra en ti, no para prepararte para ser justificado, o para hacerte apto para el favor de Dios, sino para llevarte a la cruz, tal como eres. Porque la cruz es el único lugar donde Dios trata con misericordia al trasgresor.»
Es en la cruz que somos recibidos por Dios en paz y nos da su favor. Allí no sólo hallamos la sangre que nos limpia, sino también la justicia que nos viste y hermosea, de modo que a partir de entonces somos tratados por Dios como si nuestra propia injusticia hubiera desaparecido y la justicia de su propio Hijo fuera realmente la nuestra.
Esto es lo que el apóstol llama «justicia imputada» (Ro. 4:6, 8, 11, 22, 24), o justicia que es considerada por Dios de tal modo que por medio de ella tenemos a todas las bendiciones que esta justicia puede obtener para nosotros. La justicia que nosotros obtenemos, o que otro pone en nosotros la llamamos infusa, o impartida o inherente; pero la justicia que corresponde a otro y que es considerada por Dios como si fuera nuestra, la llamamos justicia imputada. Es de esta justicia que habla el apóstol, cuando dice: «Vestíos del Señor Jesucristo» (Ro. 13:14; Gá. 3:27). De modo que Cristo nos representa; y Dios trata con nosotros como siendo representados por Él. La justicia dentro seguirá por necesidad y de modo inseparable; pero no hemos de esperar para tenerla antes de ir a Dios para la justicia de su único Hijo Jesucristo.
La justicia imputada tiene que venir primero. No puedes tener la justicia dentro hasta que tengas la justicia fuera; y el hacer tu propia justicia el precio que tú das a Dios por la de su Hijo es deshonrar a Cristo y negar la cruz. La obra del Espíritu no es el hacernos santos a fin de que podamos ser perdonados, sino el mostrarnos la cruz, donde pueden hallar el perdón de los no santos; de modo que, habiéndolo hallado, puedan empezar la vida de santidad a la que han sido llamados.
Lo que Dios presenta al pecador es un perdón inmediato: «No por obras de justicia que nosotros hayamos hecho», sino por la gran obra de justicia cumplida por nuestro Sustituto. Lo que nos califica para obtener esta justicia es que seamos injustos, tal como lo que califica al enfermo para que le vea el médico, es que está enfermo.
El evangelio no dice nada de una bondad previa, o de un perdón preparatorio. De un estado preliminar de sentimiento religioso necesario como introducción a la gracia de Dios, el apóstol, no dice nada. Los temores, las dificultades, las preguntas que uno se hace, los clamores amargos pidiendo misericordia, los presentimientos de juicio, y las resoluciones de enmienda, pueden haber precedido a la recepción de las buenas nuevas por parte del pecador, en cuanto al tiempo; pero no constituyen su aptitud ni le califican. Habría sido bien recibido sin ellas igualmente. No hace su perdón más completo, ni más gratuito, ni más por gracia. La necesidad del pecador era todo su argumento. «Dios, ten misericordia de mí, pecador.» Necesitaba salvación y fue a Dios para conseguirla, y lo obtuvo sin mérito y sin dinero. «Cuando no tenía con qué pagar, Dios le perdonó simplemente.» Fue el hecho de que no tenía con qué pagar que ocasionó el perdón franco y simple. ¡Ah, esto es gracia! «El amor es esto, no que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero a nosotros.» Él nos amó, aun cuando nosotros estábamos muertos en nuestros delitos y pecados. Él nos amó, no porque éramos ricos en bondad, sino porque El era «rico en misericordia»; no porque nosotros fuéramos dignos de su favor, sino porque Él se deleitó en su bondad. La bienvenida que nos dio procede de su gracia, no de que nosotros seamos dignos de ser amados. «Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» «¡Cristo invita a los cansados! Es este cansancio lo que nos hace aptos para Él, y Él para nosotros. Aquí está nuestro cansancio, allí está nuestro lugar de reposo.» Están uno al lado del otro. Dices: « ¿Este lugar de reposo no es para mí?»
¿Qué? ¿no es para el cansado? Dices: «Pero no puedo usarlo.» «¿Qué? ¿Quieres decir que estás tan cansado que no puedes descansar?» Si hubieras dicho: «Estoy tan cansado que no puedo estar de pie, que no puedo andar, que no puedo subir», te habría podido entender. Pero, dices: «Estoy tan cansado que no puedo descansar.» Esto es simplemente absurdo, o algo peor, porque haces un mérito y una obra de tu descansar: parece que piensas que el descansar tiene algún mérito, que es hacer algo importante, que requiere un esfuerzo prolongado y prodigioso.
Escucha, pues, las graciosas palabras del Señor: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva» (Jn. 4:10). Tú la habrías pedido y Él te la hubiera dado. Esto es todo. ¡Cuan real, cuan verdadero, cuan simple, cuan gratuito! O, escuchemos la voz del siervo en la persona de Lutero: «OH, mi querido hermano, aprende a conocer a Cristo y a Cristo crucificado. Aprende a cantar un nuevo canto; a dejar por inútil tu obra anterior, y a clamar a Él, Cristo Jesús: «Tú eres mi justicia y yo soy tu pecado. Tú has tomado sobre ti lo que es mío. Tú lo has pasado a ser, y para que yo pudiera ser lo que no era. Cristo habita sólo con los pecadores. Medita con frecuencia en este amor de Dios, y saborearás su dulzura.» Sí; perdón, paz, vida, todos ellos son dones, dones divinos de Dios, presentados personalmente a cada pecador necesitado por el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. No han de ser comprados, sino recibidos; como los hombres reciben el sol, completamente gratuito. No han de ser ganados ni merecidos con esfuerzos o sufrimientos, u oraciones ni lágrimas; sino aceptados al instante como comprados por el trabajo y sufrimientos del gran Sustituto. No hay que esperar para conseguirlos, sino que han de ser aceptados al instante sin ninguna vacilación o desconfianza, como los hombres aceptan el don de amor de un amigo generoso. No han de ser reclamados a base de aptitud o de bondad, sino de necesidad y de inmerecimiento, de pobreza y de carencia total.