Joseph Pipa Jr.

Tratando con la Lujuria

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Por Joseph Pipa Jr.

Ellos están tan cerca como nuestra piel, la troica de deseos descritos por el apóstol Juan: los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16). Estos anhelos desordenados y prohibidos del pecador son la fuente del pecado, como señala Santiago cuando enseña que Dios no nos tienta a pecar: “Pero cada uno es tentado cuando es arrastrado y seducido por su propia pasión. Entonces la concupiscencia, que ha concebido, da a luz el pecado, y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:14-15).

El hombre natural es esclavo de sus pasiones (Rom. 3:10-18), pero en nuestra conversión, a causa de nuestra unión con Cristo, somos liberados del dominio de la concupiscencia: “esto es, para ser mutuamente confortados por la fe que nos es común a vosotros y a mí. Pero no quiero, hermanos, que ignoréis que muchas veces me he propuesto ir a vosotros (pero hasta ahora he sido estorbado), para tener también entre vosotros algún fruto, como entre los demás gentiles. A griegos y a no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor.” (6:12-14).

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