Transexualidad
Transexualidad
POR JOHN STREET
Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. – Lucas 9:23
El teléfono sonó en el despacho de Jon después de volver de comer. La voz desconocida al otro lado de la línea era la orientadora del instituto donde estudiaba su hija Patricia. Sintió un leve pánico, pues no recordaba haber sido contactado nunca por un administrador escolar. Las noticias de tiroteos en los institutos eran cada vez más frecuentes y no podía evitar pensar en el peligro potencial al que Patricia se enfrentaba cada día.
El orientador le preguntó a Jon: «¿Estarían usted y su esposa disponibles para pasar hoy por el instituto, digamos sobre las dos y media, para reunirse conmigo y con un par de miembros de nuestro personal?». Respirando hondo, Jon contestó: «¿Le pasa algo a Patricia?». La señora Smith le tranquilizó: «No, no le pasa nada. Sólo es una reunión informativa importante». Un poco aprensivo, Jon aceptó recoger a su mujer, Teresa, y reunirse con ellos en el colegio.
En el corto trayecto de su casa a la escuela, Jon y Teresa especularon sobre el tema y la importancia de esta reunión. Su hija de 16 años era una estudiante brillante y destacaba en los deportes. Tal vez la reunión tuviera que ver con algún premio académico o deportivo para Patricia. Faltaban dieciocho meses para la graduación y cualquier beca sería útil para decidir a qué universidades enviar las solicitudes.
Cuando Jon y Teresa llegaron, les hicieron pasar a una pequeña sala de juntas administrativas donde cinco funcionarios del colegio estaban sentados frente a la mesa y su hija estaba sentada a un lado. Patricia miraba al suelo y no hacía ningún esfuerzo por establecer contacto visual con sus padres, lo que hizo que a Jon y Teresa se les hundiera el corazón por dentro. Toda la escena parecía un tanto incómoda y artificiosa. Allí estaban sentados el director del instituto, el orientador escolar, un miembro del consejo escolar y dos profesores. No se necesitaría un grupo tan formal del personal del instituto para informarles de un premio por logros académicos o deportivos. Era evidente que Jon y Teresa se habían equivocado en el propósito de esta reunión; algo iba muy mal.
La orientadora, la señora Smith, procedió a dar las gracias a Jon y Teresa por haber venido porque estaban a punto de presenciar una transición importante y seria en la vida de Patricia. Su papel en este cambio sería fundamental para el éxito continuado de su hija. Sin más comentarios preliminares, anunció que Patricia ya no quería que la llamaran Patricia. En su lugar, a partir de ese día, quería que la identificaran como varón. No se llamaría Patricia, sino Patrick.
Jon y Teresa sintieron como si todo el oxígeno hubiera sido succionado de la habitación. Estaban completamente desconcertados. La sola idea de que esto le estuviera ocurriendo a su hija parecía surgir de la nada. El shock emocional se apoderó de ellos cuando la Sra. Smith continuó. “Como instituto público, tenemos la intención de apoyar completamente a Patrick, proporcionándole todo el ánimo y la ayuda que necesite para establecer su propia identidad masculina. Creemos que la exploración de la propia identidad de género es crucial para la capacidad de nuestros estudiantes para encontrarse a sí mismos, y por lo tanto ser capaz de hacer su camino en el mundo, tanto aquí en la escuela secundaria y más allá. Es una parte necesaria de su desarrollo como jóvenes adultos. Algunos de nuestros alumnos se identifican como siempre lo han hecho desde su nacimiento; otros se oponen firmemente a la identidad de género con la que han vivido y eligen otra. Ninguna de las dos es correcta o incorrecta; se trata simplemente de una elección y cada alumno es autónomo, completamente libre de elegir lo que tenga más sentido para él. Queremos que nuestros alumnos sean felices, que se sientan cómodos en su propia piel.”
Al percibir la conmoción y la resistencia que se reflejaban claramente en los rostros de Jon y Teresa, la Sra. Smith respiró hondo y procedió a exponer el papel de los padres en este proceso. Dejó claro que la transición de Patrick sería mucho más fácil si sus padres aceptaban apoyarle y ayudarle. Para ser el mejor apoyo, tendrían que dejar de lado cualquier idea preconcebida de lo que está bien o mal que pudieran tener con respecto a la transexualidad.
Había un reconocimiento tácito del ajuste que, como padres, tendrían que hacer en su propia forma de pensar sobre su hijo, pero el personal del colegio esperaba que Jon y Teresa animaran y apoyaran la libertad de Patrick para tomar esta decisión. Al igual que el colegio estaba «de acuerdo» con el cambio, se esperaba que los padres estuvieran totalmente de acuerdo con la decisión de su hijo.
Tanto Jon como Teresa se dieron cuenta de repente de que aquello era algo más que una reunión informativa; pretendía implicar una advertencia y una amenaza si no estaban de acuerdo. La Sra. Smith concluyó diciendo: “Los jóvenes tienen que ser fieles a sí mismos, y si eso significa que su hija se siente más cómoda siendo un chico, entonces estamos aquí para asegurarnos de que nada se interponga en su camino para hacer ese cambio de identidad y de que usted apoye este hecho.” La sorpresa se convirtió rápidamente en ira cuando Jon y Teresa vieron cómo el sistema escolar público se volvía contra ellos con tácticas implícitas de intimidación.
Antes de que se pudiera decir nada más, Jon decidió tomar la iniciativa. Con marcado autocontrol, se puso en pie y agradeció amablemente a cada uno de ellos que compartieran esta información. Luego comentó con cuidado: “Nos habéis dado una cantidad considerable de información para pensar y discutir. Creo que es hora de que mi mujer, mi hija y yo vayamos a casa y discutamos esto más a fondo.”
Todos oyeron que Jon se refería a su hija y no a su hijo. El consejero lo interrumpió de inmediato y le dijo: “Creo que podría ser útil durante esta discusión si me permite acompañar a Patrick.”
“No,” respondió Jon rápidamente, “esto es algo que discutiremos en familia, ¡gracias!.”
Teresa miró entonces al consejero y le dijo: “Estoy segura de que tiene buenas intenciones, pero debe comprender que hemos pasado los últimos diecisiete años criando a nuestra hija, y la información que nos ha proporcionado hoy es importante para nuestra familia, y la discutiremos con cariño como familia.”
Patricia miró a la señora Smith, que asintió con la cabeza. Luego, con los hombros caídos, se unió a sus padres -con los ojos aún bajos- mientras abandonaban el edificio de la escuela. Jon y Teresa querían estrecharla entre sus brazos, pero ella parecía rígida y resistente, mostrando una nueva actitud de audaz independencia que no habían notado antes.
Con los brazos cruzados sobre el pecho, Patricia se sentó en silencio en el asiento trasero del coche. Las lágrimas corrían por el rostro de su madre mientras su mente se agitaba con preguntas sin respuesta. Su padre rompió el silencio asegurándole a Patricia que la habían amado en el pasado, en el presente y también en el futuro. Su amor era una realidad que no cambiaría. Continuó diciendo que esto fue una completa sorpresa para él y para su madre. No sabían que luchaba contra su feminidad. Pero antes de hablar largo y tendido con ella sobre el tema, querían pasar tiempo hablando y orando sobre ello como padres. Jon y Teresa eran cristianos fieles que se habían comprometido a criar a sus hijos en un hogar piadoso. Patricia había hecho una profesión de fe en Jesucristo cuando tenía siete años, y toda la familia asistía fielmente a una iglesia local creyente en la Biblia de la que eran miembros.
Aunque Patricia estaba plenamente convencida de su “masculinidad,” también sabía que esta noticia sería difícil de recibir, y mucho más de aceptar, para sus padres. Sabiendo a lo que se enfrentaría en casa, su orientadora en el colegio le había aconsejado que insistiera en que todo el mundo la llamara Patrick, no Patricia, y que si él tenía algún problema en casa, llamara a la orientadora, y ella intercedería en nombre de Patrick para asegurarse de que no le negaran sus derechos. La orientadora incluso le había sugerido que si sus padres no apoyaban a Patrick como su verdadera identidad, posiblemente podría denunciarlos por maltrato infantil, porque su falta de apoyo emocional era una forma de negligencia parental.
Patricia quería a sus padres y no quería meterlos en problemas, pero también estaba decidida a que se produjera ese cambio. Estaba convencida de que estaba haciendo lo que era correcto y cómodo para ella. Ahora había que ver cómo se desarrollaba todo.
Al llegar a casa, los padres de Patricia le pidieron que se fuera a su habitación y que volverían pronto para hablarlo con ella. Ella se mostró reacia, pero accedió. Jon y Teresa fueron a su habitación y cerraron la puerta. Tras cerrar la puerta, Teresa rompió a sollozar. “¿Qué le ha pasado a nuestra hija y qué vamos a hacer?”
Como padres cristianos, nunca imaginaron que se enfrentarían a tales circunstancias. ¿Iba realmente en serio lo de que su hija quería ser varón? No conocían a ningún otro padre que se hubiera enfrentado a esta dificultad. ¿Dónde podían encontrar ayuda para su hija? Hablaron y oraron durante más de una hora. Al final, decidieron llamar a su pastor después de hablar con Patricia.
La conversación con Patricia fue, cuando menos, difícil. Exigió que la llamaran Patrick y se negó a responder al nombre de Patricia. ¿Por qué se lo había ocultado? Porque creía que no la aceptarían e intentarían hacerla cambiar de opinión. El orientador del colegio le había advertido de que eso ocurriría. Su padre respondió diciendo: “¡Te aceptamos y te queremos plenamente, pero no una redefinición tuya!” Patricia continuó explicando su insatisfacción con la feminidad, que no le gustaba tener pechos, razón por la cual siempre llevaba un sujetador deportivo.
“Soy un chico atrapado en el cuerpo de una chica. No lo siento como mi cuerpo, y quiero que me vean como un varón,” anunció con valentía. Dijo que llevaba varios años angustiada por tener un cuerpo de niña, aunque sus padres no recordaban ninguna señal significativa de su ansiedad hasta ahora. El orientador del colegio le había explicado que podía tener disforia de género porque no le gustaba parecer una chica. Siempre había admirado las cosas que hacían los chicos: competir en deportes de contacto, conducir camiones y trabajar en tareas sucias al aire libre. Desde pequeña despreciaba el maquillaje, los vestidos, los perfumes y todas las cosas con volantes que les gustan a las chicas. Sin embargo, con el paso del tiempo, su forma de vestir se fue volviendo menos femenina y más masculina, con una preferencia por la ropa deportiva por encima de cualquier otra cosa. En el pasado, si se vestía de forma femenina era para complacer a sus padres, no porque fuera lo que le gustaba o lo que quería.
Patricia continuó explicando que tampoco le gustaban las restricciones de ser mujer. “Las chicas reciben un trato diferente al de los chicos. Las mujeres no tienen la misma igualdad que los hombres; incluso la Biblia las trata de forma diferente. Además,” le dijo a su padre, “ahora tienes el niño que siempre dijiste que querías. Antes sólo estábamos mis dos hermanas y yo.”
Jon recordó haber expresado el deseo de tener un hijo varón cerca, y una repentina sensación de vergüenza lo abrumó. Teresa le miró con decepción. Jon admitió: “Sí quería un niño, ¡pero no quería ningún niño que sustituyera a mi preciosa hija! Te quiero y no cambiaría a mi hija por ningún chico.”
Patricia se quedó tranquilamente sentada en silencio con una sensación de alivio y satisfacción. Su secreto había salido a la luz. Ya no tenía que fingir.
“¿Todavía confías en Jesucristo como tu Señor y Salvador?” le preguntó su padre. Silenciosa pero agitada, respondió: “¡Sigo siendo cristiana, papá! Sólo creo que Dios cometió un error al ponerme en el cuerpo de una niña.”
A sus padres les sorprendió la arrogancia de su respuesta, sobre todo cómo elevaba su propia opinión por encima de la creación de Dios. Jon abrió la aplicación de la Biblia de su móvil y leyó el Salmo 18:30 en voz alta: En cuanto a Dios, su camino es perfecto; acrisolada es la palabra del Señor; Él es escudo a todos los que a Él se acogen.”
“Dios no comete errores,” dijo Jon. “Él siempre actúa perfectamente, y no dejó de hacerlo cuando te hizo niña.”
Patricia pensó un momento en lo que había dicho su padre. “Entonces, ¿por qué Dios me dio los deseos y sentimientos de un niño y me metió en el cuerpo de una niña?”
Su madre respondió: “¿Por qué supones que fue Dios quien te dio esos sentimientos de niña? Hay otras explicaciones para lo que sientes.”
“¡Pero ser un chico me parece natural!” continuó Patricia. “¡Tengo que ser fiel a mí misma! No tiene por qué ser para tanto. Aprendí en la escuela que el género es un concepto construido socialmente y no es algo que esté fijado por tu biología.”
Luego Patricia añadió enfadada: “Sólo un sistema patriarcal como la iglesia me obligaría a ser una chica cuando sé que soy un chico. Ahora soy libre de poder pensar en mí misma de forma no binaria.”
Tanto a Jon como a Teresa les dolió oír a su hija expresar tales críticas a Dios y a su Iglesia. Era tan diferente de la niña que recordaban a la que le encantaba ir a la iglesia, leer la Biblia y cantar en el coro. Patricia mostraba actitudes y opiniones que nunca habían visto ni oído antes. Era como si no conocieran a la niña que tenían delante. Era evidente que había dominado el arte del engaño: formaba opiniones y una cosmovisión contrarias a su educación sin dar una pista de lo que le pasaba por dentro. Jon y Teresa se arrodillaron junto a ella, la abrazaron y oraron por ella.
Al cabo de una hora, Jon llamó a su pastor y le explicó los inesperados acontecimientos del día, buscando su consejo. El pastor Steve les recomendó que sacaran a su hija de la escuela pública y empezaran a educarla en casa o a enviarla a una escuela cristiana cercana, a pesar de sus protestas. No todas las escuelas públicas son tan severas con los padres sobre cómo educar a sus hijos, pero esta escuela secundaria y su orientador parecían ser especialmente militantes cuando se trataba de la identidad de género.
El pastor Steve coincidió con Jon y Teresa en que la dirección del instituto había intentado intimidarles para que estuvieran de acuerdo con su doctrina ideológica transgénero. Señaló que el efecto en el pensamiento de Patricia fue similar al de un lavado de cerebro, ya que los administradores la convencieron de que su mayor responsabilidad moral era ser fiel a sí misma rechazando su feminidad. Se trataba de un ataque frontal a los valores cristianos más básicos de Jon y Teresa y a su libertad de educar a sus hijos según los caminos de Dios.
El pastor Steve también recomendó que la familia recibiera asesoramiento bíblico. Aceptó aconsejar a Jon y Teresa y a sus otras dos hijas, pero creía que Patricia iba a necesitar recibir consejo de un consejero bíblico con más experiencia. Conocía a una mujer de una iglesia cercana que era consejera bíblica certificada y tenía varios años de experiencia trabajando con mujeres jóvenes como Patricia. Sus padres pensaron que este era un sabio curso de acción para seguir adelante.
Cuando Patricia se enteró de que sus padres la iban a sacar del instituto, no se puso contenta. Le explicaron que apreciaban la educación que había recibido, pero cuando una escuela socava activamente los valores bíblicos y la autoridad paterna, ha dejado de ser una institución educativa y se ha convertido en una organización de defensa dedicada a reconstruir los valores sociales. Estos valores se basan en una noción anticristiana según la cual el género es una idea artificial de la sociedad y no se fija en el momento de la concepción.
Para el cristiano, sin embargo, el género está fijado desde el momento en que una persona es concebida con un cromosoma homogamético femenino (XX) o un cromosoma heterogamético masculino (XY), y está fijado por Dios.[32] Como padres, ya no podían en conciencia enviar a ninguno de sus hijos a un sistema escolar que negaba pruebas biológicas claras para promover una falsa teoría de construcción social de la realidad.
Jon y Teresa no sólo sacaron a Patricia del sistema escolar, sino también a sus otras dos hijas. Durante el resto del curso escolar, educarían a sus hijas en casa. Al año siguiente, se plantearían enviarlas a la escuela cristiana local.
Al principio, Patricia respondió a sus padres con rabia e incluso con odio. Sus padres conocían su temperamento volátil, y ahora era especialmente malo. Tras soltarles una retahíla de acusaciones infundadas, corrió a su habitación, cerró la puerta de un portazo y se echó a llorar en la cama.
Después de varias horas de intenso enfado y prolíficas lágrimas, Patricia estaba agotada. Aunque acababa de acusar a sus padres de no quererla y de no aceptarla como Dios la había hecho ser, en el fondo de su corazón, Patricia sabía que la querían. También sabía que tenían razón: que había nacido niña por la sabiduría y el amor de Dios; que sus inclinaciones y sentimientos infantiles, aunque fuertes, no podían determinar quién era en realidad.
Patricia había hablado en serio cuando les dijo a sus padres que era una verdadera cristiana, y poco a poco se fue avergonzando de la forma en que había acusado prepotentemente a Dios de haber obrado mal al crearla niña. Patricia razonó correctamente que su madre y su padre estaban tomando decisiones pensando en su bienestar a largo plazo y que ella no tenía poder para hacerles cambiar de opinión, especialmente cuando eso significaba comprometer su compromiso con la verdad bíblica.
Verdaderamente apenada por las dificultades que les había causado, Patricia empezó a reconsiderar sus exigencias y decidió ir a ver a sus padres y pedirles perdón. Ya no exigiría que la llamaran Patrick, pero se debatía sobre qué hacer con sus sentimientos infantiles. Sabía que estaba haciendo lo correcto al reconciliarse con sus padres, pero le costaba poner en orden toda la confusión de su mente. Estaba su amor por la ropa masculina, los deportes y el estilo de vida que parecía encajar con ella: ¿qué iba a hacer con eso? Estaba su sentimiento de vergüenza por su cuerpo femenino y su aversión por la ropa y el aspecto femeninos: ¿qué iba a hacer con eso?
Patricia estaba segura de que había escuchado a las personas equivocadas. Su orientador escolar le había dicho que siguiera sus sentimientos masculinos y que así sería fiel a sí misma. Pero al pensar en las enseñanzas de Jesús, no recordaba que Él hubiera enseñado directamente o siquiera insinuado que un cristiano debía ser fiel a sí mismo. De hecho, seguía recordando Lucas 9:23: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” De alguna manera, eso no sonaba como ser fiel a uno mismo.
Para colmo, Patricia se había fascinado tanto con la posibilidad de un cambio de sexo que se estaba haciendo muy conocida por sus opiniones y popular entre muchos de sus compañeros. Su profesora de literatura inglesa le hizo leer varios libros sobre chicas jóvenes que querían ser chicos. Sus amigas hablaban de la cirugía de reasignación de sexo y de cómo ahora estaba totalmente cubierta por muchos programas de seguros médicos. Patricia disfrutaba de su estatus de «pionera transgénero». Durante un tiempo había conseguido ocultar estas cosas a sus padres, sabiendo que se disgustarían mucho si se enteraban. Pero ahora empezaba a darse cuenta de que su engaño les había causado mucho dolor tanto a ella como a sus padres. ¿Qué iba a hacer ahora?
Jon y Teresa lloraron y abrazaron a Patricia mientras confesaba su elaborado engaño que se remontaba a un período de dos años. Cuando terminó, se arrodillaron junto al sofá del salón y oraron con ella durante más de una hora. Ella se arrepintió por completo y le pidió a Dios que la perdonara por su engaño y su disposición a aceptar consejos mundanos. Le pidió que la ayudara a aprender cómo podía estar contenta y feliz con su feminidad.
Nunca hubo un momento en el que Jon, Teresa y Patricia estuvieran más unidos como familia que aquel día en el que estuvieron de rodillas ante Dios. Después, su padre compartió la recomendación de su pastor para que Patricia viera a un consejero bíblico calificado. Esta vez ella consintió voluntariamente. Si él la hubiera obligado a ir a ver a un consejero en contra de su voluntad, sólo habría servido para enojarla más. Pero ahora estaba receptiva a escuchar lo que decía la Biblia sobre cómo afrontar sus pensamientos y sentimientos transgénero. Esa noche, Patricia durmió mejor de lo que lo había hecho en más de dos años. Su conciencia ya no estaba atormentada por la culpa de su engaño ni por la falsedad de sus deseos.
En menos de una semana, Patricia pudo reunirse con su consejera, Stacey. Le sorprendió gratamente lo bien informada que estaba Stacey sobre el tema de la transexualidad y la Biblia. Stacey era una mujer joven, de casi 30 años, y también una profesora de secundaria totalmente titulada. Pero a diferencia de otros profesores de Patricia, Stacey era una cristiana comprometida. Entendía las presiones únicas de ser estudiante y miembro del profesorado en un sistema escolar público. Hubo un tiempo en que los sistemas escolares apoyaban los valores cristianos sin respaldarlos, pero las escuelas públicas así estaban desapareciendo rápidamente.
Stacey ayudó a Patricia a comprender que las escuelas y universidades públicas estaban experimentando una revolución para normalizar el transgenerismo en la sociedad y la cultura, y que esta revolución aún tenía un largo camino por recorrer. Esta es la razón por la que la Biblia advierte claramente al creyente sobre lo que debe evitar cuando vive en un mundo impío.
Stacey y Patricia discutieron juntas la relevancia del Salmo 1:1-2: “Bienaventurado el hombre que no anda en consejo de malos, ni se detiene en camino de pecadores, ni se sienta en silla de escarnecedores; antes en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche.” Caminar, pararse y sentarse entre consejeros impíos implica que una persona se ha vuelto cómoda con sus formas pecaminosas de pensar y actuar. Eventualmente tal persona se burlará de la cosmovisión bíblica.
Es más, para el impío, la cosmovisión bíblica es patriarcal, opresiva y una imposición sobre lo que realmente desea. Patricia podía ver cómo su pensamiento, actitudes, motivaciones y comportamiento habían sido afectados por sus amigos de la escuela secundaria y la facultad. Había permitido que su paganismo influyera drásticamente en su cosmovisión cristiana y, en el proceso, se había vuelto cada vez más crítica con sus padres y con todos los cristianos. Incluso los baños y vestuarios de su instituto se habían vuelto neutrales en cuanto al género, un hecho que no le había molestado hasta ahora. Cuanto más discutían Stacey y ella sobre estos temas, más se le abrían los ojos para darse cuenta de cómo había sido inoculada contra la importancia de la distinción de género tal y como se establece en la Palabra de Dios
Stacey comenzaba cada sesión de asesoramiento con un tiempo prolongado de oración por Patricia y por ella misma mientras abrían la Palabra de Dios, buscando respuestas autorizadas a las preguntas de Patricia. A partir de su primera sesión, Stacey quería entablar una sólida amistad con Patricia y entender a qué se enfrentaba en su lucha contra la transexualidad. Así que le hizo muchas preguntas de sondeo sobre su vida, sus gustos y aversiones, así como sobre los sentimientos y pensamientos que experimentaba.
Patricia agradeció que Stacey no la juzgara, sino que mostrara un amor genuino y una profunda preocupación por su lucha. Le contó a Stacey que había crecido en un hogar con dos hermanas y que siempre supo, desde que era pequeña, que sus padres también querían tener un hijo, pero nunca pudieron. Su padre había pasado mucho tiempo con ella haciendo deporte, del mismo modo que un padre pasaría con un hijo.
Con los años, Patricia había llegado a disfrutar de verdad de la relación especial que tenía con su padre, una relación que sus hermanas no tenían. A las dos les encantaba hacer cosas de chicos. Por eso, muchas amigas de Patricia la llamaban marimacho. Pero ella decía que no la entendían del todo.
“La diferencia entre una marimacho y un transexual es que una marimacho está completamente contenta con su cuerpo de mujer y un transexual no,” dice Patricia. “A la mayoría de las marimachos les repugnaría un cambio de sexo, pero el transexual tiene una disforia: una inquietud infeliz que se convierte en una perversión rebelde en relación con su cuerpo, y muchos agradecerían un cambio de sexo para resolver el malestar y la incomodidad sexual.”
“Creo que lo entiendo,” comentó Stacey. “Una marimacho disfruta actuando como masculina, pero una transexual disfruta siendo masculino.”
“Sí, una marimacho actúa como un chico, pero en su mente sigue considerándose una chica,” dice Patricia. “Un transexual es una mujer biológica por fuera, pero se considera un hombre por dentro. A mí me encantaban las cosas de chicos y hacer de hijo de mi padre cuando era pequeña. Pero quedé atrapada en la cultura educativa de la autorrealización y la autonomía: desde la guardería te dicen que puedes ser lo que quieras. Esto ha llegado a significar que puedes ser del género que quieras ser, y yo me lo creía. La popularidad que gané sólo alimentó mi deseo de ser fiel a mí misma, y pensé erróneamente que eso significaba que debía convertirme en un chico.”
Patricia había compartido exactamente esos mismos pensamientos con su orientadora del instituto cuando era estudiante de primer año. La Sra. Smith la había animado a seguir sus sentimientos para ser la persona auténtica que necesitaba ser para ser feliz consigo misma. También le había dicho que cualquiera que le negara el derecho a ser el hombre que quería ser tenía prejuicios y era intolerante con los transexuales.
La Sra. Smith también había reorganizado el horario de clases de Patricia para que pudiera tomar un curso del profesor de literatura que la guiaría en la lectura de libros y artículos sobre mujeres que deseaban ser hombres. A Patricia le dijeron que todo esto valía la pena para encontrar alivio a su conflicto de género. A Patricia le dijeron que el gobierno federal lo consideraba tan importante para las necesidades sanitarias del ciudadano medio que incluso Medicare cubría ahora las operaciones de reasignación de sexo. Le dijeron que la cuestión era una parte importante de sus derechos civiles: ser del género que quería ser.
La aportación de la Sra. Smith tuvo el efecto deseado de hacer que Patricia no se sintiera tan aislada con sus anhelos masculinos y de ayudar a legitimar su rechazo del cuerpo femenino. Al principio, la conciencia cristiana de Patricia había estado plagada de un sentimiento de culpa. Sabía que sus padres y otros creyentes de su iglesia no aprobarían un cambio de sexo. Pero no se le ocurría por qué estaba tan mal hacer algo que le parecía tan bien. Pensó que Dios, al crearla, le había dado un cuerpo femenino con un alma masculina. Como no pudo encontrar ningún versículo en la Biblia que prohibiera una operación de cambio de sexo, racionalizó que esto formaba parte de su libertad en Cristo para elegir el sexo de su preferencia.
Cada vez que a Patricia le venían dudas a la cabeza, se decía a sí misma que se trataba de una cuestión de derechos civiles y que no debía verse como algo que debiera prohibirse. Se convenció de que se trataba simplemente de un problema médico: al haber nacido diferente por fuera que por dentro, esta condición era fácilmente corregible con cirugía. Incluso había llegado a investigar el plan de seguro médico de su padre, con la esperanza de que cubriera los gastos de una operación de cambio de sexo para ella.
Stacey había investigado a fondo los efectos a largo plazo en los transexuales que habían decidido someterse a una intervención quirúrgica. Quería que Patricia supiera que la reconstrucción biológica ofrecía alivio a corto plazo, pero arrepentimiento a largo plazo. Las trágicas consecuencias de procedimientos tan radicales solían ser mortalidad prematura, depresión persistente, tristeza implacable y, en muchos casos, suicidio. Es un procedimiento permanente, innecesario y destructivo. Para ilustrárselo, Stacey leyó un artículo relativo a la investigación definitiva sobre transexuales y cirugía de reasignación de sexo:
No se lo dirán quienes defienden la igualdad de los transexuales, pero los estudios controlados y de seguimiento revelan problemas fundamentales con este movimiento. Un estudio realizado en 2011 en el Instituto Karolinska de Suecia arrojó los resultados más esclarecedores hasta la fecha en relación con los transexuales, una prueba que debería hacer reflexionar a los defensores de la igualdad. El estudio a largo plazo -hasta 30 años- siguió a 324 personas que se habían sometido a cirugía de reasignación de sexo. El estudio reveló que unos 10 años después de someterse a la operación, los transexuales empezaron a experimentar dificultades mentales cada vez mayores. Lo más sorprendente es que su mortalidad por suicidio se multiplicó casi por 20 con respecto a la población no transexual… En el centro del problema está la confusión sobre la naturaleza de los transexuales. El «cambio de sexo» es biológicamente imposible. Las personas que se someten a cirugía de reasignación de sexo no cambian de hombre a mujer o viceversa. Más bien, se convierten en hombres feminizados o en mujeres masculinizadas. Afirmar que se trata de una cuestión de derechos civiles y fomentar la intervención quirúrgica es, en realidad, colaborar con un trastorno mental y fomentarlo.[33]
Para Patricia era importante saber que existen estudios fiables y autorizados que cuestionan las afirmaciones transgénero y las devastadoras consecuencias a largo plazo de la cirugía de cambio de sexo. Esta investigación le interesaba especialmente por su experiencia en el Club de Debate. Pensando como una debatiente, Patricia razonó que si entre el 70 y el 80 por ciento de los transexuales acaban volviendo a su sexo original, eso debería hacer reflexionar a una persona, especialmente a una que dice ser cristiana, antes de dar ese paso que altera la vida.
Stacey hizo que Patricia leyera en voz alta 1 Corintios 6:19-20: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros, el cual tenéis de Dios? No sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio. Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.” Para una mujer cristiana mutilar permanentemente los genitales del cuerpo que Dios le ha dado es hacer violencia a algo que Dios considera sagrado. Es Su templo. Su cuerpo pertenece al Señor, y no es algo para ser tratado de manera arrogante como una posesión personal. Y si Dios considera sagrado su cuerpo, es pecado mirarlo con asco y desdén. Con todo esto en mente, Patricia se dio cuenta de que era su forma de pensar la que tenía que cambiar, y no su cuerpo.
Más allá de la investigación y las estadísticas, Stacey supo que había llegado el momento de ayudar a Patricia a encontrar el origen de su interés por la transexualidad. Al escuchar atentamente la historia de Patricia, se dio cuenta de la influencia que habían tenido sus experiencias pasadas en la forma en que veía su vida y su cuerpo. Desde los primeros recuerdos de su infancia, las expresiones verbales de su padre sobre su deseo de tener un hijo habían alimentado el amor de Patricia por los deportes y todo lo relacionado con los chicos, hasta el punto de que llegó a sentirse descontenta y desagradecida por su feminidad creada por Dios. A medida que sus sentimientos masculinos aumentaban y su cuerpo llegaba a la pubertad, se sentía cada vez más incómoda con lo que era.
Al mismo tiempo, a Patricia le resultaba difícil encajar con la mayoría de las chicas del colegio, por lo que tenía muy pocas amigas. Todo eso cambió con la segunda influencia formativa: su introducción en el mundo de la transexualidad a través de sus profesores y su orientador del instituto. No sólo comenzó a creer en la filosofía mundana y antibíblica, sino que encontró un lugar para sí misma, un lugar de comodidad y aceptación. En su segundo año se había unido al Club de Debate, que le dio un lugar para expresar sus opiniones recién formadas sobre el transgenerismo. También se ganó la aceptación de muchos de sus compañeros, porque aunque la mayoría de los estudiantes seguían sintiéndose cómodos con sus propios géneros, la elogiaban verbalmente por su postura liberal sobre esta cuestión social tan “candente.”
Para ayudar a Patricia a superar su apego a la idea de ser hombre, Stacey introdujo un estudio bíblico sobre la palabra acción de gracias. Lejos de estar meramente asociada a una fiesta nacional, Patricia aprendió que dar gracias a Dios es parte integrante de ser cristiano, un hijo de Dios. Esto es particularmente cierto en la vida del creyente en lo que se refiere a la sexualidad. Aquellos que están descontentos y desagradecidos por la forma en que Dios los ha hecho, a menudo se verán muy tentados a caer en la desviación sexual.
Un pasaje que Stacey y Patricia estudiaron juntas y que fue particularmente útil fue Efesios 5:1-21. Aquí Pablo instruye a los cristianos de la siguiente manera En él, Pablo instruye a los cristianos de la siguiente manera:
Pero que la inmoralidad, y toda impureza o avaricia, ni siquiera se mencionen entre vosotros, como corresponde a los santos; ni obscenidades, ni necedades, ni groserías, que no son apropiadas, sino más bien acciones de gracias. Porque con certeza sabéis esto: que ningún inmoral, impuro, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. (Efesios 5:3-5).
También estudiaron Colosenses 3:5-17, donde Pablo instruye a los cristianos a despojarse de todo tipo de pecado, incluida la inmoralidad sexual, y a revestirse de corazones compasivos, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Concluyó este pasaje llamando a los cristianos a ser agradecidos (versículo 15) y amonestándolos: “Todo lo que hagáis, de palabra o de obra, hacedlo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (versículo 17).
Patricia nunca se había dado cuenta de cómo su corazón desagradecido la había llevado a escuchar los errores del mundo. Esta nueva revelación se convirtió en la base para cambiar su forma de ver el cuerpo y la vida que Dios le había dado, y la acción de gracias pasó a formar parte habitual de su vida de oración y de su actitud diaria. El resultado fue que cada vez se sentía menos atraída por sus pensamientos e intereses infantiles y más por las características femeninas. Y se convenció cada vez más de los errores de la transexualidad que le habían enseñado. Un corazón humilde y agradecido fue transformando su vida en una de paz, aceptación de sí misma como niña y determinación de vivir su vida basándose en la verdad de su Dios creador. Cuanto más daba gracias a Dios, menos le interesaba encontrar aceptación entre sus compañeros. Empezó a vivir, como dice la Biblia, en el debido temor del Señor y no en el temor de los hombres (Proverbios 9:10; 29:25).
Mientras Stacey y Patricia continuaban reuniéndose semanalmente, Patricia llevaba una Biblia y un cuaderno a cada sesión y tomaba copiosas notas de los textos que estudiaban juntas. La Palabra de Dios empezó a cambiar radicalmente su visión de su género femenino concebido. Hubo diez verdades transformadoras sobre la transexualidad que aprendió de su asesoramiento bíblico y que le ayudaron enormemente a pensar
1. El objetivo final de la consejería bíblica no es convencerte de que aceptes tu género físico, sino ayudarte a conocer a Jesucristo y Su evangelio.
Stacey explicó a Patricia que limitarse a convencerla de que aceptara su cuerpo femenino era moralista y no cambiaría su corazón. Mientras que el moralismo condena, es la gracia bíblica la que perdona. El moralismo es un falso evangelio que aboga por una forma cristianizada de moralidad porque reduce la verdad cristiana a mejoras en su comportamiento. Como consejera bíblica no era el propósito de Stacey tratar de enderezar el mal comportamiento de Patricia para que ya no dijera mentiras, leyera los libros equivocados, o hablara o actuara como un macho. Los consejeros bíblicos no practican ningún tipo de terapia de conversión que se utilice con homosexuales, ni tampoco técnicas de terapia conductual con transexuales. ¡Tales enfoques reducen las Escrituras a un libro de reglas!
En cambio, los consejeros bíblicos tratan de ayudar a sus aconsejados a entender la justificación por la fe. En Gálatas 2:16, el apóstol Pablo rechazó el moralismo al declarar: “Sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, así que nosotros también hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley, porque por las obras de la ley nadie será justificado.” Cuando el cristiano peca, tergiversa el evangelio, y no es una mera cuestión de ajustes de conducta para corregirlo. Cambiar el comportamiento externo de una persona que dice ser transexual es inútil porque el verdadero problema no es el cuerpo, sino el corazón.
Como cristiana, Patricia fue justificada sólo por la fe y fue salvada sólo por gracia. Su redención vino como resultado de la obra redentora de Jesucristo solamente. El verdadero cambio, entonces, debe venir a través de un arrepentimiento piadoso de su corazón que esté de acuerdo con su posición inmerecida por gracia en Jesucristo (2 Corintios 7:10). De la misma manera que ella había ejercido fe en Jesucristo cuando fue salva, ahora necesitaría ejercer la misma fe en Cristo y Su Palabra para ver un cambio duradero. Vivir por la ley nunca puede impartir vida. Por eso el apóstol Pablo escribió: “Así que la ley era nuestra guardiana hasta que viniera Cristo, para que fuésemos justificados por la fe” (Gálatas 3:24).
Patricia llegó a reconocer que el verdadero cambio comienza con un cambio interior del corazón. Mientras que el mero moralismo puede ayudar a los pecadores a comportarse mejor, es el evangelio de Jesucristo el que transforma realmente a una mujer en hija adoptiva de Dios. El transexualismo dice: “Mi cuerpo es del género equivocado;” el cristianismo dice: “Mi visión de mi género es un pensamiento equivocado.”
Gálatas 4:4-5 dice: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción como hijos.” Era hora de que Patricia pusiera su pensamiento en consonancia con su redención.
2. Tu cuerpo no es la prisión de tu alma para que tu objetivo se convierta en escapar del cuerpo.
Stacey explicó a Patricia que durante los siglos I y II d.C. existía una visión helenística conocida como gnosticismo. Un aspecto notable del gnosticismo era el docetismo. Los docetistas creían que el mundo físico estaba lleno de imperfecciones y era innatamente pecaminoso, pero que el mundo espiritual del alma interior era perfecto e impecable. Podían confiar en su alma interior y en sus inclinaciones. Por lo tanto, los docetistas enseñaban que Jesucristo nunca pudo haber venido en la carne porque esa era una forma pecaminosa. Él sólo parecía haber venido en la carne.
Pero, si esto fuera verdad, negaría el evangelio porque si Jesús vino sólo en forma espiritual sin un cuerpo humano real, entonces Él era meramente un fantasma. Por lo tanto, Él no sufrió en la carne, o murió una muerte física. Tampoco fue resucitado corporalmente de entre los muertos. Una negación tan clara del cuerpo de Cristo destruye las afirmaciones del evangelio y hace que el cristianismo carezca de valor (1 Juan 4:2; 2 Juan 7). El apóstol Juan reconoció el docetismo como una filosofía peligrosa que era contraria a lo que las Escrituras enseñaban sobre Cristo y la realidad creada. Sin embargo, muchos de los primeros cristianos se dejaron influir por esta enseñanza. Llegaron a creer que el mundo creado era esencialmente malo, incluidos sus propios cuerpos, y que su objetivo era escapar del cuerpo y llegar a ser lo que creían más perfecto en el hombre interior.
El transexualismo no es docetismo, pero gran parte de la filosofía es similar. El cuerpo exterior es erróneo, y la visión que la persona tiene de sí misma es la gran realidad. Para la mujer transexual, la salvación pasa por liberar su alma de la prisión de su cuerpo femenino convirtiéndose fisiológicamente en hombre mediante la cirugía de reasignación de sexo y la terapia hormonal. Esta no es la forma de pensar de un cristiano bíblico, sino que está más en consonancia con las religiones orientales. Por ejemplo, el objetivo del budismo es la liberación de los ciclos de la deriva sin rumbo en este mundo mundano. El jainismo busca escapar del ciclo de renacimiento y muerte mediante un comportamiento moralista. Pero el cristiano no ve este mundo físico o su cuerpo como algo malo, algo de lo que escapar. En cada día de la creación, Dios vio lo que había creado y lo llamó bueno. Esto significa que el cuerpo físico también es bueno.
Stacey señaló a Patricia que Dios no creó el cuerpo femenino hasta el sexto día de la creación. Dar vida a Eva fue el acto final de Dios, que llamó «muy bueno» a todo lo que creó (Génesis 1:31). ¿Cómo podía entonces Patricia seguir creyendo que Dios se había equivocado al crearla con un cuerpo femenino? El salmista dice: “¡Cuán numerosas son tus obras, oh Señor! Con sabiduría las has hecho todas; llena está la tierra de tus posesiones” (104:24). Entre otras cosas, esto significa que la sabiduría de Dios se reflejó en la forma en que Dios creó el cuerpo de Patricia.
Más adelante, el salmista dijo de Dios: “Tú eres bueno y haces el bien; enséñame tus estatutos” (119:68). Y cinco versículos más adelante, después de subrayar la bondad de todo lo que Dios hace, dijo: “Tus manos me han hecho y modelado; dame entendimiento para que aprenda tus mandamientos” (119:73). Dios no sólo había creado algo bueno cuando creó el cuerpo femenino de Patricia, sino que también le había dado buena salud y fuerza. En lugar de estar resentida, Patricia debería alegrarse.
Parte de la tarea de Patricia consistía en memorizar estos importantes versículos y estar preparada para explicar lo que significaban en el contexto en el que aparecían en las Escrituras. Esta memorización fue crucial para ayudar a Patricia a cambiar su forma de pensar. Un versículo que le resultó especialmente útil fue 1 Timoteo 4:4: “Todo lo creado por Dios es bueno, y nada hay que rechazar si se recibe con acción de gracias.” Este fue el versículo que Patricia inscribió cuidadosamente en papel pergamino con caligrafía y colgó en la pared de su dormitorio y en el espejo de su cuarto de baño. Sabía que tenía que negarse a creer en la falsa filosofía de la transexualidad y sustituirla por pensamientos de agradecimiento hacia su cuerpo femenino.
3. Debes rechazar la noción impía de que el bien supremo de la vida está impulsado por el imperativo moral de ser fiel a uno mismo.
Este imperativo moral es radicalmente distinto del pensamiento de las generaciones anteriores. Stacey ayudó a Patricia a ver que antes la gente vivía según el ideal de “cumple con tu deber.” Pero ese ya no es el objetivo en la generación actual. En su lugar, es “expresa tu verdadero yo.” Semejante ideal revela una grave falsedad: Puedes y debes confiar en ti mismo como guía fiable hacia la verdad y la felicidad. Una filosofía resultante es que ser fiel a ti mismo significa que actúas de acuerdo con lo que eres: la esencia de ser genuino o auténtico.
Por el contrario, negar tus sentimientos e impresiones personales y vivir según una norma externa a ti mismo se considera una falta de sinceridad. Esa falta de sinceridad no se tolera en el mundo transexual. Si no tienes el valor de aceptar quién crees que eres, independientemente de tus cromosomas y genitales femeninos, nunca serás fiel a ti mismo. Y si no puedes serte fiel a ti mismo, nunca serás fiel a nadie más. Esto es lo que le habían enseñado a Patricia en sus clases del instituto y en sus sesiones con su orientadora. A primera vista, ese pensamiento parecía razonable, pero está lleno de falsedades y suposiciones engañosas.
“Esas ideas no sólo son falsas, sino anticristianas,” le dijo Stacey a Patricia. “Se basan en dos peligrosos conceptos erróneos. Primero, que se puede confiar en uno mismo. Segundo, que no se puede confiar en nada fuera de uno mismo.”
Stacey continuó explicando que, para confiar en uno mismo, hay que creer que el yo es esencialmente digno de confianza o bueno. Pero la Biblia enseña que el yo es indigno de confianza y esencialmente malo en sus pensamientos y deseos (Génesis 6:5; Salmo 14:1-3; 36:1-12; Proverbios 6:18; 16:2; 21:2; Mateo 15:19; Romanos 1:28-32). Esto sigue siendo cierto incluso después de que una persona se convierta en cristiana; todos los pensamientos y deseos personales deben someterse a la crítica de la Palabra de Dios. Incluso el apóstol Pablo reveló desconfianza en sí mismo como cristiano cuando dijo: “Porque no estoy consciente de nada en contra mía; mas no por eso estoy sin culpa, pues el que me juzga es el Señor” (1 Corintios 4:4; véase también Salmo 143:2; Eclesiastés 7:20). El apóstol Juan se incluye a sí mismo en esta declaración y confirma el hecho de que los pensamientos, motivaciones y acciones pecaminosos son un factor para el creyente: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1:8).
No se puede confiar en uno mismo. El yo no es algo que deba ser amado o estimado. De hecho, Jesús enseñó que el yo debe ser tratado como un vil criminal. Dijo a todos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9:23; véase también Mateo 16:24; Marcos 8:34). En el siglo I, los romanos sólo colgaban de las cruces a los peores criminales. Jesús dijo que cualquiera que lo siga debe negarse a sí mismo y colgarse de la cruz, no sólo una vez, sino todos los días.
Cuando el yo se deja a un lado voluntariamente, la persona está preparada para depositar su confianza en alguien externo a ella. Stacey le recordó a Patricia un versículo que había memorizado de niña: “Confía en Yahveh de todo corazón, y no te apoyes en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas” (Proverbios 3:5-6). Esto era algo que Patricia había dejado de hacer cuando permitió que la influencia de sus amigos y de los administradores de su instituto hicieran que dejara de confiar en sí misma. Tuvo que aprender de nuevo la fiabilidad de la Palabra de Dios. Era una norma justa de la que podía depender con absoluta certeza. La Palabra de Dios en la que confiaba tenía que ser la luz de la verdad que moldeara sus decisiones y dirigiera su vida (Salmo 119:42, 105).
4. Debes rechazar la norma cultural pseudosofisticada del “yo que se define a sí mismo” y aprender a estar agradecido por la forma en que Dios ha creado tu cuerpo.
El planteamiento epistemológico de dejar que uno mismo se defina a sí mismo es una forma de egocentrismo extremo. Se denomina solipsismo, y significa que el yo es lo único existente verdadero y fiable. Dice que los estados mentales de una persona son los únicos estados mentales que existen. Implica una preocupación por los sentimientos, deseos y pensamientos personales.
Solipsismo es una palabra que viene del latín solus (“solo”) combinado con ipse (“yo”). Esto era nuevo para Patricia; nunca lo había oído antes. Pero las explicaciones de Stacey tenían mucho sentido. En realidad, el solipsismo era una forma extrema de ensimismamiento que permitía a una joven como Patricia definir su propia realidad. Su realidad solipsista le había concedido la libertad de definir su propio género. Ella era su propio dios; ella era su propia fuente de verdad.
En el antiguo Israel, durante la época de los Jueces, la Escritura dice: “En aquellos días no había rey en Israel. Cada uno hacía lo que le parecía bien” (Jueces 17:6; 21:25; véase también Deuteronomio 12:8). En la mente del solipsista no hay ningún dios al que rendir cuentas, excepto el dios del yo. El grito del transgenerismo emergente es “sólo yo” (solus ipse), pero el grito de la Reforma protestante eran las cinco solas: “sólo fe” (sola fide), “sóla Escritura” (sola Scriptura), “sólo Cristo” (solus Christus), “sólo Gracia” (sola gratia) y “sólo gloria a Dios” (soli Deo gloria). A Patricia le resultaba obvio que había sido influenciada por un pensamiento muy impío.
Mientras que al mundo le encanta hablar de ser libre para ser fiel a uno mismo, la Biblia dice que seguir al yo es un tipo de esclavitud. El yo es un amo de esclavos engañoso. El solipsismo es un mito miserable. Los transexuales sufren tasas de depresión y suicidio mucho más elevadas que la media de la población.
Stacey ayudó a Patricia a ver que todos los enfoques de la vida que rechazan la verdad bíblica acaban en esclavitud y miseria. “Les prometen libertad, pero ellos mismos son esclavos de la corrupción. Porque todo lo que vence al hombre, a eso se esclaviza” (2 Pedro 2:19). Stacey continuó señalando este pasaje como un análisis descriptivo de cómo los falsos maestros “seducen mediante las pasiones sensuales de la carne” (2:18). Enseñan a la gente a seguir las pasiones de la carne, es decir, lo que les parece bien, en lugar de seguir la verdad. Pero al hacerlo, en realidad ponen a la gente en cautiverio de sus deseos.
Esto puede ser especialmente cierto para aquellos que dicen ser cristianos. Pero los que persisten en seguir sus pasiones carnales (2:20-21) demuestran que tenían un “conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2:20) pero no eran verdaderos creyentes. “Les ha sucedido lo que dice el proverbio verdadero: El perro vuelve a su vómito, y la puerca, después de lavarse, vuelve a revolcarse en el cieno” (2:22; véase también Proverbios 26:11). ¿Por qué el perro vuelve a su vómito o la cerda al fango? Porque sus naturalezas esenciales nunca han cambiado.
Por el contrario, cuando una persona se salva de verdad, su naturaleza esencial ha cambiado fundamentalmente, y no volverá ni permanecerá revolcándose en los caminos del mundo. Seguir el solipsismo transgénero eleva los sentimientos y deseos personales por encima de la fidelidad y los deseos de Dios.
El descontento y el desagradecimiento son los factores críticos que contribuyen a la angustia personal del transgénero. Comienza con el descontento, el deseo de ser de otro sexo, y conduce a un desagradecimiento asentado, a una visión general de la vida miserable y deprimente. Odio mi cuerpo era un pensamiento perturbador que se había repetido innumerables veces en la mente de Patricia. No era algo que proviniera de una mala opinión de sí misma. Tampoco era una falta de amor propio. Al contrario, tanto Stacey como Patricia tenían claro que Patricia se apreciaba mucho. Lo que había ocurrido era lo siguiente: Patricia se había elevado a un nivel de importancia impío. Era una visión elevada de sí misma lo que le hacía tener una visión baja de un aspecto de su vida: su cuerpo. Patricia creía que necesitaba un cuerpo mejor, un cuerpo masculino. El hecho de que creyera que necesitaba un cuerpo mejor provenía de la suposición de que se merecía un cuerpo mejor. Esto revela un intenso amor por sí misma, no una visión disminuida de sí misma. Se amaba a sí misma, pero no a su cuerpo.
Jesús advirtió que ésta sería la gran lucha del hombre cuando repasó el gran mandamiento de la ley de Dios. El hombre sería propenso a amarse a sí mismo: “Y [Jesús] le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mateo 22:37). Es el amor a Dios lo que debe suscitar en la mujer todos sus afectos y pasiones.
Jesús continúa diciendo: “Este es el grande y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (22,38-39). “Amarás a tu prójimo como a ti mismo» no significa que tengas que amarte a ti mismo. Si Jesús estuviera diciendo que la gente necesita amar a Dios, al prójimo y a sí misma, habría dicho que son tres mandamientos. Pero en el versículo 40 Jesús dejó claro que estaba hablando sólo de dos mandamientos, no de tres: “De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.”
Jesús estaba diciendo que una persona debe aprender a amar a Dios y a su prójimo con un amor mayor que la tendencia natural a amarse a sí misma. Patricia comprendió rápidamente cómo sus afectos habían cambiado a un profundo amor a sí misma en lugar de un profundo amor a Dios y a los demás. Además, se dio cuenta de cómo este profundo amor a sí misma había producido en ella un miserable descontento y desagradecimiento por su cuerpo.
Stacey y Patricia dedicaron un tiempo considerable a elaborar una «Lista personal de agradecimiento», que estuviera en consonancia con la exhortación de Filipenses 4:6 de dar gracias «en todo». Se trataba de una lista exhaustiva de las muchas maneras en que Dios había bendecido a Patricia con una buena vida y un buen cuerpo. Patricia utilizó una aplicación especial para su teléfono móvil y creó tarjetas electrónicas con una lista de todas las cosas por las que tenía que estar agradecida. Las tarjetas aparecían aleatoriamente en su teléfono móvil a lo largo del día para recordarle que debía dar gracias a Dios por la forma en que la había creado.
Patricia también memorizó Colosenses 3:16 y se lo repetía cada vez que se desanimaba: «Que la palabra de Cristo habite abundantemente en vosotros, enseñándoos y amonestándoos unos a otros con toda sabiduría, cantando salmos e himnos y cánticos espirituales, con gratitud en vuestros corazones a Dios.» A medida que Patricia se comprometía fielmente a renovar su mente, su descontento fue sustituido por alegría.
5. Debes estar plenamente comprometido con la verdad de que tu género biológico creado glorifica a Dios.
El transgenerismo niega la bondad de la creación de Dios. Dios creó ambos géneros como válidos y buenos. Él no crea basura y no comete errores (Romanos 3:4). Una vez más, las Escrituras dicen claramente: “Porque todo lo creado por Dios es bueno, y nada hay que rechazar si se recibe con acción de gracias” (1 Timoteo 4:4). Patricia reconoció a Stacey que este era uno de los supuestos más difíciles de cambiar en su forma de pensar, especialmente cuando había leído tantos libros seculares sobre transexualidad y había escuchado a antiguos profesores y amigos durante tanto tiempo. En esencia, no negaban abiertamente a Dios ni su existencia, pero sí cuestionaban su bondad. ¿Cómo podía un Dios bueno meter a un hombre como Patrick en un cuerpo de mujer y llamarla Patricia? O había cometido un terrible error, o disfrutaba viendo sufrir a Patricio. Aunque Patricia se daba cuenta ahora de lo absurdo de esta suposición, le iba a costar un gran esfuerzo eliminar sus efectos persistentes en su forma de pensar.
Stacey se dio cuenta de que era importante abordar eficazmente esta lucha en la vida mental de Patricia. Así que hizo que Patricia consultara en su Biblia el Salmo 119:73: «Tus manos me hicieron y me modelaron; dame entendimiento para que aprenda tus mandamientos». Le explicó el versículo haciendo que Patricia se fijara en su redacción. El salmista habla del acto personal de creación de Dios: «Tus manos me han hecho…». En el texto original hebreo, la afirmación sobre el acto personal de Dios de crear a una persona desde su concepción está en pasado (véase también Salmo 100:3; 138:8; 139:15).
Pero Dios no había terminado: el salmista dijo entonces: “Tus manos… me modelaron.” Este es un tiempo hebreo diferente, el imperfecto, que significa que Dios continúa moldeándolo. En otras palabras, Dios no había terminado con Patricia, sino que continuaba usando una variedad de circunstancias en su vida para moldearla en una mujer que le traería gloria. Después de crearla, Su obra continua en su vida se vio al salvarla. Después de salvarla, Su obra continua en su vida se vio en santificarla. De hecho, ¡Dios la había salvado y santificado para siempre! “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10). Los propósitos de Dios van más allá de que te conformes con tu género. Él desea que seas un activo para la bondad y la gloria.
Mientras que el transgenderismo busca la satisfacción y el contentamiento personales, Dios le pedía a Patricia que se centrara en el bien de los demás y en glorificarlo (1 Corintios 10:31; Colosenses 3:17; 1 Pedro 4:11). El contentamiento y la satisfacción personal son metas efímeras que Dios nunca quiso que fueran el centro de la búsqueda de nadie. De hecho, cuanto más se buscan, más difíciles se vuelven.
La verdadera satisfacción personal es el resultado de buscar primero a Dios y Su reino (Mateo 6:33). Como Stacey había mencionado antes, la cuestión no era si Patricia se amaba a sí misma. La cuestión era cuánto amaba a Dios y a los demás. Si su amor por Dios y por los demás hubiera estado donde tenía que estar, entonces su atención ya no se habría centrado en sí misma y en sus deseos. En su lugar, estaría en Dios y en cuidar de los demás para honrarle (Isaías 8:13; Juan 5:23; Apocalipsis 5:13).
6. La «distinción binaria de género» diseñada por Dios modela una realidad espiritual aún mayor que no debe perderse con el transgenerismo.
Existe un diseño intencionado de Dios en la creación. En la naturaleza misma de la creación y de la humanidad está arraigado un sexismo binario (doble). El hombre fue creado como varón y mujer (Génesis 1:27; 2:22-23), un hecho que ha sido oscurecido por las redefiniciones sexuales de las generaciones actuales. Dios creó a Adán masculino a nivel cromosómico (XY) y con genitales externos masculinos. Creó a Eva femenina a nivel cromosómico (XX) y con genitales externos femeninos.
Stacey quería que Patricia entendiera que este diseño binario en realidad sirve a propósitos mayores en los planes cósmicos de Dios que simplemente proveer para el matrimonio humano y la procreación. El diseño de género binario de Dios es simple, fuerte y claro. La especulación de género no binario, por el contrario, es confusa, debilitante y engañosa. En esencia, el diseño binario de Dios, sin complicaciones, tiene la intención de traer realidades espirituales más complejas y elusivas a una mayor claridad.
Esto se ve mejor en la relación de Dios con su pueblo. La profundidad del amor y la intimidad que Dios disfruta con los Suyos se ilustra mejor en la relación hombre-mujer en el matrimonio. No hay mayor nivel de intimidad disfrutado a nivel humano que el de marido y mujer. Fueron creados originalmente como complementos de género, un varón y una mujer en una relación de alianza matrimonial. La estrecha intimidad de Dios con Su pueblo puede entenderse más plenamente por el vínculo hombre-mujer en el matrimonio.
En Jeremías 31:31-32, Dios dijo a Israel: “He aquí, vienen días —declara el Señor— en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto, no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, mi pacto que ellos rompieron, aunque fui un esposo para ellos —declara el Señor.” El amor de Dios por su pueblo se entiende más claramente debido a la relación binaria de los géneros. Incluso el dolor y la ira de Dios se comprenden mejor cuando la falta de fidelidad de Israel a su Esposo divino se revela a través de la relación que el profeta Oseas mantuvo con su esposa adúltera, Gomer (Oseas 1-4).
Más adelante en el Nuevo Testamento, la analogía hombre-mujer vuelve a utilizarse al describir la relación de la Iglesia con Jesucristo. Por ejemplo, el apóstol Pablo escribió: “El marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, su cuerpo, y él mismo es su Salvador. Así como la Iglesia se somete a Cristo, también las mujeres deben someterse en todo a sus maridos” (Efesios 5:23-24). Más adelante, en el mismo capítulo, Pablo escribe: “Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio, pero hablo con referencia a Cristo y a la iglesia.” (versículos 31-32). Dios utilizó la distinción de géneros masculino/femenino como medio para describir la naturaleza de Su estrecha relación con Su pueblo (véase también Apocalipsis 19:9).
Cuando las ideologías lesbiana, gay, bisexual y transgénero confunden o anulan la naturaleza binaria de los dos géneros, perdemos un punto de referencia crítico y experiencial para Dios. Mientras Patricia tomaba notas durante su discusión con Stacey, observó: “Es como si Satanás hubiera proporcionado un engaño falsificado con el transgenerismo para destruir nuestro conocimiento de Dios.” Ella misma había sido seducida por tal engaño.
7. Es imperativo que reconozcas que todo lo que Dios creó es bueno y debe disfrutarse, lo que incluye los atributos específicos de género de tu cuerpo.
El cerebro de Patricia le decía una y otra vez que era hombre, mientras que su cuerpo le recordaba una y otra vez que era mujer. Era la disparidad entre ambos lo que le causaba tanta angustia. Pero no era su cuerpo lo que había que arreglar, sino su forma de pensar. Afectaba negativamente a su forma de pensar sobre Dios y sobre si Él se había equivocado al hacerla como la hizo. Su consejera, Stacey, sabía que parte de su transformación completa tenía que implicar una nueva comprensión de la bondad de Dios. Patricia necesitaba resolver en su mente que el Señor era bueno y que siempre había hecho el bien por ella.
Stacey y Patricia se comprometieron a comprender y estudiar a fondo los atributos de Dios, especialmente Su bondad. Stacey envió a Patricia a casa con un trabajo para hacer sobre varios pasajes que hablaban de la bondad de Dios. Ella debía buscar cada pasaje y contestar las siguientes preguntas:
· ¿Qué dice este texto en el contexto en el que fue pronunciado? (Patricia necesitó estudiar detenidamente el contexto circundante para estar segura de que entendía los versículos correctamente).
· ¿Qué circunstancias (sociales, culturales, pactadas) eran diferentes en los tiempos bíblicos que en la actualidad? (No todo lo que se menciona en el texto debe aplicarse hoy).
· ¿Qué verdades universales encontradas en este texto son aplicables a mí hoy? (Estas verdades deben enunciarse de tal manera que sean verdaderas para cualquier creyente, en cualquier momento de la historia y para cualquier situación).
· ¿Cómo debe cambiar mi corazón y mi forma de pensar para que mis pensamientos, motivaciones, deseos y expectativas sean más bíblicos? (Este es el nivel en el que se produce el verdadero cambio bíblico).
He aquí una muestra de los muchos pasajes bíblicos que Patricia y Stacey estudiaron juntas:
Salmo 16:2-«Digo a Yahveh: ‘Tú eres mi Señor; nada bueno tengo fuera de ti’. «
Salmo 25:8-«Bueno y recto es Yahveh; por eso instruye a los pecadores en el camino».
Salmo 34:8, 10-«¡Gustad y ved que Yahveh es bueno! Dichoso el hombre que se refugia en él… Los leoncillos padecen necesidad y hambre; pero a los que buscan a Yahveh no les falta nada bueno.»
Salmo 84:11-«El Señor Dios es sol y escudo; el Señor concede favor y honor. Ningún bien niega a los que caminan rectamente.»
Salmo 100:5-«Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su fidelidad por todas las generaciones.»
Salmo 106:1 (véase también 107:1; 118:1)-«¡Alabad a Yahveh! Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterna su misericordia».
Salmo 119:68-«Tú eres bueno y haces el bien; enséñame tus estatutos».
Salmo 135:3-«¡Alabad a Yahveh, porque Yahveh es bueno; cantad a su nombre, porque es agradable!»
Una vez que Patricia hubo estudiado lo que dicen las Escrituras sobre Dios y su bondad, tuvo que identificar cuidadosamente los momentos en los que volvía a caer en sus pensamientos negativos y pesimistas sobre Dios. Aprendió que, independientemente de su opinión sobre las dificultades de su vida, Dios siempre era bueno. Su bondad era la esencia misma de Su naturaleza (Salmo 119:68).
¿Cuándo estuvo Patricia más tentada de negar la bondad de Dios? Esta pregunta iba mucho más allá de su lucha contra la transexualidad. Se dio cuenta de que se sentía tentada a negar la bondad de Dios cuando disfrutaba de su codiciada posición como «hijo» de su padre. También se sentía tentada a negar la bondad de Dios cuando luchaba por vestirse de forma femenina.
Stacey ayudó a Patricia a desarrollar un plan para identificar los momentos de lucha como momentos en los que no veía la bondad de Dios. Patricia aprendió a dejar de lado los pensamientos y deseos impíos, y a tener pensamientos piadosos sobre su cuerpo y la bondad de Dios al crearla como mujer. También empezó a ver que cuando tenía problemas, no era Dios quien le había fallado, sino que era ella quien le había fallado a Dios. Así que sus luchas no eran ocasiones para cuestionar la bondad de Dios, sino más bien para cuestionar su propia bondad (139:23).
8. Resistirse a la transexualidad es una cuestión de pureza, no de prejuicios.
La orientadora del instituto de Patricia le había dicho que cualquiera que se opusiera a su deseo de ser masculino era intolerante, prejuicioso e incluso odioso. Incluso en el momento en que Patricia recibió este consejo de su orientadora del instituto, le pareció bastante sentencioso pintar a todas las personas que se oponían a la transexualidad con una brocha tan ancha. Patricia sabía que había muchas personas que no eran intolerantes ni odiosas, incluidos sus padres, de quienes sabía que la querían y querían hacer lo mejor para ella. Así que Patricia había optado por creer que sus padres eran ignorantes y poco ilustrados, no intolerantes ni prejuiciosos. Tales calificativos le parecían extremos e injustos, sobre todo ahora.
Stacey explicó que ser intolerante y prejuicioso es ser obstinado, ignorar hechos evidentes para mantener una opinión firmemente creída. Sin embargo, no es el cristiano el que ignora hechos evidentes, sino el defensor de la transexualidad. Desde la perspectiva de los cromosomas y los genitales, los transexuales son un género definitivo. Pero deciden, por cualquier razón que les parezca persuasiva, que no quieren ser del género de su cuerpo, y ninguna cantidad de pruebas objetivas cambiará su obstinada opinión. Parece que la mayor parte del fanatismo de opinión, la intolerancia de puntos de vista alternativos y las conclusiones prejuiciosas recaen en ellos.
Desde una perspectiva cristiana informada, una mujer podría pensar que puede decidir ser quien quiera o lo que quiera ser, especialmente si no es cristiana. Por ejemplo, algunas personas deciden vivir su vida como un perro o un gato. No se consideran seres humanos porque quieren ser animales. Esas personas son libres de hacerlo y no están bajo ninguna coacción por parte de los cristianos para ser algo que no quieren ser (1 Pedro 4:3). Sin embargo, para el cristiano esto no es así. ¿Por qué? Porque los cristianos no deben negar la verdad y la realidad (Romanos 1:20). Por el contrario, deben creer que la creación de Dios de su género es buena, y que los géneros binarios son buenos (Marcos 10:6).
Stacey añadió que hay una razón aún mayor para que los creyentes respeten el género que Dios les ha dado: Cuando una mujer se hace cristiana, se entrega por completo a Dios. Los cristianos no son dueños de su cuerpo, sino Dios; y deben comprometerse a hacer la voluntad de Dios con su cuerpo (1 Corintios 6:19; 1 Pedro 4:1-2). No pueden negar la realidad de su género y hacer lo que quieran con sus cuerpos. Al someterse al señorío de Cristo, una verdadera cristiana está contenta con el sexo de su cuerpo; sus actitudes, comportamientos y pensamientos permanecen puros y satisfechos con esta realidad (Mateo 5:8; Filipenses 4:8).
9. La susceptibilidad a las suposiciones transgénero errantes debería mostrarle cuán quebrantada está su vida cuando no confía en Jesucristo.
Poco después de que Patricia hubiera confesado sus sentimientos al orientador de su instituto, éste había empezado a presionarla para que acudiera a un psicólogo especializado en cuestiones de género. El orientador del instituto consiguió concertar una cita con este psicólogo en el instituto de Patricia sin que sus padres lo supieran.
Durante la primera sesión con este psicólogo, Patricia fue diagnosticada de disforia de género y se le recomendó un procedimiento médico para cambiar de sexo. El psicólogo le aseguró que esa sería la cura. Al principio Patricia se mostró abierta a la idea; seguramente sería la respuesta para unir sus sentimientos y su cuerpo. Pero cuanto más se planteaba la operación, más le incomodaba la idea. Tanto su orientador como el psicólogo del instituto insistieron en presionarla para que se sometiera a la operación. Sin embargo, su conciencia no se lo permitía, aunque estuvo peligrosamente cerca de hacerlo.
Al recordar esta experiencia, Patricia pudo ver cómo el Espíritu Santo había estado obrando en su vida para evitar que diera un paso tan drástico. Con lágrimas en los ojos le confesó a Stacey que ahora podía ver cómo Dios había sido misericordioso con ella incluso en su rebelión (Salmo 86:15; 103:8; 116:5; 145:8). Patricia fue aún más lejos y reconoció que la realización y confesión de su pecaminosidad le demostró cuánto necesitaba confiar en Cristo.
Era importante que Patricia comprendiera esta lección crítica sobre la confianza diaria en Cristo. Ella había sido autosuficiente, no dependiente de Cristo. Fue durante sus dos años de escuela secundaria que su relación personal con Jesucristo había disminuido. En ese momento, ella creía que podía mantener el status quo espiritual y seguir persiguiendo sus propios deseos, pero se dio cuenta de que esto la hacía muy vulnerable a la persuasión y la creencia perversas.
Stacey señaló a Patricia Proverbios 19:27: «Deja de oír la instrucción, hijo mío, y te extraviarás de las palabras del conocimiento». La posición espiritual de Patricia con el Señor nunca fue algo estático. O progresaba o declinaba. Como un barco sin sus amarras, su corazón naturalmente se alejaría de Dios y de Su Palabra si ella no era decidida en su devoción a Cristo.
Patricia había pasado por un período rebelde de su vida durante el cual se había desviado y la pecaminosidad de su propio corazón se había dejado llevar por las corrientes de una cosmología mundana. Era una cosmología que le enseñaba que los géneros binarios creados eran un error y que era necesario añadir una multitud de géneros no binarios. Pero Dios tuvo misericordia de ella y la salvó de este malvado sistema de creencias que no le produciría más que una vida de penurias y miseria. Y, afortunadamente, se arrepintió antes de que el daño fuera permanente.
Con la ayuda de Stacey, Patricia identificó un ídolo que había dirigido su corazón a exigir: «¡Debo ser masculino!». Le pidió perdón a Dios y luego buscó el perdón de sus padres. En palabras del apóstol Pedro, el cambio de Patricia fue como el de los primeros cristianos: «Estabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas» (1 Pedro 2:25).
10. Cuando no se sigue la verdad de Dios, el resultado es un sufrimiento humano y una miseria personal incalculables.
Sólo la hipermodernidad superpondría a la humanidad una cosmología transgénero no binaria confusa y sentenciosa: confusa porque la identidad de género está sujeta a las vacilantes impresiones de los sentimientos y emociones humanos, y sentenciosa porque cualquiera que se niegue a aceptar la «normalidad» del transgenerismo es tachado de intolerante de mente estrecha.
Pero siempre hay un precio que pagar cuando la gente decide rebelarse contra los límites creados por Dios. El resultado es un sufrimiento y un dolor incalculables. Escuche el testimonio de un hombre de 56 años que se sometió a una operación de reasignación sexual para convertirse en mujer: “Sabía que no era una mujer de verdad, dijeran lo que dijeran mis documentos de identidad. Había tomado medidas extremas para resolver mi conflicto de género, pero cambiar de género no había funcionado. Estaba claro que era una mascarada. Sentía que me habían mentido. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo me había convertido en una falsa mujer?” 34
Este hombre, en su desesperación y desesperación, acabó entregándose al abuso del alcohol y contempló el suicidio hasta que volvió a ser un hombre completo. Existe un legado cada vez más espantoso de otros testimonios trágicos que describen los estragos personales que el transgenerismo ha causado en las vidas de muchas personas.
Las Escrituras advierten a los creyentes de que los que voluntariamente practican la impiedad cosecharán lo que siembran (Proverbios 22:8; Oseas 10:12-15; Gálatas 6:7). Stacey ayudó a Patricia a ver que así es como Dios ha diseñado toda la vida. La rebelión abierta tiene consecuencias inevitables y miserables.
Sin embargo, lo contrario es igualmente cierto. Cuando una persona como Patricia decide seguir el camino de la rectitud, puede decirse que le seguirán buenas consecuencias. Salomón lo afirma en Proverbios 13:21: «El desastre persigue a los pecadores, pero los justos son recompensados con el bien» (véase también 13:15). Esto no significa que todos los justos tengan una vida buena y despreocupada, ni que todos los malvados tengan una vida difícil y miserable. Este proverbio es una amplia generalización que indica que, en la mayoría de los casos, esto es lo que les sucede a los justos y a los malvados, aunque hay excepciones a este principio, y Dios tiene el control de esas excepciones.
Lo que sí sabemos con certeza es que, finalmente, todos los que siguen caminos perversos recibirán el juicio divino (Hebreos 9:27). Se enfrentarán a una miseria eterna. Por otro lado, los que se arrepientan escaparán del juicio y encontrarán misericordia, gracia y paz (Ezequiel 18:21-23).
Preguntas de Reflexión
1. Lee los dos primeros capítulos del Génesis. Escribe, con tus propias palabras, una descripción de la creación por Dios del varón y la mujer -lo que el mundo llama «género binario».
2. Lee Salmo 18:30-31, Deuteronomio 32:3-4, Isaías 45:5-6. Piensa en las perfecciones del Dios Altísimo, tanto en lo que creó (varón y mujer) como en Su esencia y carácter. Cómo responderías a la objeción de Patricia: “Entonces, ¿por qué Dios me dio los deseos y sentimientos de un varón y me puso en el cuerpo de una mujer?”
3. Con frecuencia, a las mujeres cristianas les cuesta relacionarse con alguien que tiene tendencias transgénero u homosexuales. Les parece tan ajeno a su forma de pensar y a su experiencia que se resisten a entablar amistad con ellos. Lee Colosenses 3:12-17 y escribe tres maneras prácticas en las que podrías hacerte amiga de un cristiano que esté luchando con tendencias transgénero u homosexuales. Incluye las formas en las que tu propio pensamiento necesitaría cambiar con respecto a la compasión, humildad, mansedumbre, etc.
4. De nuevo leyendo Colosenses 3:12-17, describe las formas en que una mujer cristiana puede animar a los padres de un niño que está luchando con el transgenerismo.
5. ¿De qué maneras puedes animar a una madre cristiana a influenciar a su hija hacia una visión piadosa de la feminidad? Proporcione ejemplos de cómo manejar las elecciones de ropa, la participación doméstica en el hogar y la influencia de los medios sociales.