¿Qué tiene de malo el evangelio de la prosperidad?

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Image Credit: rgbstock¿Qué tiene de malo el evangelio de la prosperidad?

Alberto Solano  

 

A lo largo de la historia podemos observar movimientos los cuales tratan de manipular a Dios para que haga lo que ellos quieren. En esencia buscan que el el texto bíblico respalde sus ideales, sin importar cuan erróneas sean, y por ende terminan abusando la Biblia buscando que diga lo que ellos quieren que diga. Uno de estos esfuerzos recientemente ha sido el “evangelio de la prosperidad”, el cual es altamente peligroso, engañoso y los ejemplos de aquellos que lo practican van desde feo, triste, horrible, peores, hasta pastores que ganan salarios excesivos y predicadores que sólo aceptan donaciones que sean mayores a $100 dólares.

Este movimiento promueve una doctrina falsa que esclaviza a la gente a pensar que seguir a Jesús significa prosperidad y riquezas materiales, alegría terrenal, felicidad momentánea y el cumplimiento de sueños y aspiraciones. Da a la gente falsas esperanzas de salvación al igualar una buena vida física para una vida espiritual saludable. Pero cuando vemos la Escritura, fácilmente podemos ver que el evangelio de la prosperidad no es el evangelio de Cristo por las siguientes tres razones:

Jesús no vino a prometer prosperidad material o abundancia terrenal

Minimiza el poder del evangelio

Si las ganancias materiales fuesen un componente esencial para nuestra salvación y redención de pecados, si posiciones y riquezas terrenales fuesen parte del objetivo de Cristo en salvarnos y si nuestra esperanza estuviera puesta en nuestro comfort y éxito en esta tierra, entonces “somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres” (1 Corintios 15:19). El evangelio de la prosperidad, al dar falsas esperanzas de éxito de acuerdo a los estándares humanos, reduce el impacto del evangelio al convertirlo en algo mundano y perteneciente, visible y temporal, como si se pudiese comprar con beneficios terrenales. Tal idea es completamente contraria a la verdadera prosperidad bíblica y las riquezas espirituales, pues son cosas como el perdón y la redención de lo cual la Biblia habla como parte de las riquezas de su gracia que nosotros como creyentes disfrutamos en Cristo, no materiales terrenales (Efesios 1:7). Jesús no vino a prometer prosperidad material o abundancia terrenal.

La principal piedra de tropiezo en las mentes de los Judíos a la hora de tratar de aceptar a Jesucristo como su Mesías prometido, fue el hecho de que Jesús constantemente enseñaba: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Palabras como “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mateo 10:34) no asentaban bien en sus mentes, mas bien les enfurecía, ya que esperaban que Jesús estableciera un reino aquí en la tierra ahora. Buscaron en Jesús su felicidad y comodidad temporal y nunca reconciliación espiritual. Esta fue la expectativa de los Judíos y por desilusión a sus expectativas crucificaron a su Mesías. Jesús no era suficiente para ellos. Su muerte expiatoria en la cruz y la justificación ante Dios no era suficiente para ellos. Ellos querían tener un Mesías que les diera paz y prosperidad material.

La alegría en la pobreza, la gratitud incondicional y el dar generosamente son algunos de los rasgos que vemos en la iglesia primitiva, y lo mismo espera Dios de nosotros el día de hoy (Hechos 20:25; Filipenses 4:12; 1 Tesalonicenses 5:18). Estas son características que marcan a un verdadero creyente. Al buscar hacer esto e ir completamente en contra del paradigma mundano de buscar riqueza materiales, elevamos el nombre de Cristo, damos toda la gloria a Dios y proclamamos la belleza y suficiencia del evangelio. Mas, cuando elevamos los dones por encima del dador de ellos, deshonramos a Dios, ofendemos al que murió para satisfacer la ira del Padre y ofendemos la obra del Espíritu Santo en nuestra santificación.

Por eso mismo es que el autor del libro de Hebreos exhorta a una iglesia que había perdido todo, a poner sus ojos “en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2), y no en materiales terrenales.

Maximiza la carne

La Biblia advierte enfáticamente que los creyentes no deberían buscar ser ricos o económicamente prósperos a costa de seguir a Cristo. Pablo nos advierte sobre aquellos que se “extraviaron de la fe”, por causa de ir tras riquezas materiales y reconocimiento de hombres (1 Timoteo 6:9-11). No sólo eso, sino que en Efesios 5:5 Pablo llama este tipo de deseo idolatría:

Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.

Ir en pos de las cosas que su carne desea maximizará el apetito de su carne y las inclinaciones pecaminosas de su voluntad. Cuando nos fijamos en cómo se ve el verdadero evangelio en la Escritura, no encontramos el evangelio de la prosperidad. No vemos creyentes enriquecerse por medio de seguir la cruz de Cristo y no leemos acerca de apóstoles encontrando bienestar por seguir a Jesús. Vemos lo opuesto. Vemos el encarcelamiento y sufrimiento de líderes de la iglesia por causa de seguir a Jesús, vemos a gente morir por causa de Cristo (Hechos 7), vemos una iglesia en constante tribulaciones en este mundo e inclusive creyentes completamente despojados de todos sus bienes terrenales (Hebreos 10:34), pero sobre todo vemos un anhelo en la iglesia por la eternidad y estar con Cristo completamente libres del pecado, de sufrimiento, de calamidades y de muerte. Nota el testimonio de una iglesia fiel la cual no creía en el evangelio de la prosperidad:

Pero traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, sostuvisteis gran combate de padecimientos; por una parte, ciertamente, con vituperios y tribulaciones fuisteis hechos espectáculo; y por otra, llegasteis a ser compañeros de los que estaban en una situación semejante. Porque de los presos también os compadecisteis, y el despojo de vuestros bienes sufristeis con gozo, sabiendo que tenéis en vosotros una mejor y perdurable herencia en los cielos. No perdáis, pues, vuestra confianza, que tiene grande galardón; porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. … Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (Hebreos 10:32-36, 39).

Bueno… ¿y qué de 3 Juan 2 el cual dice: “Deseo que tú seas prosperado en todas las cosas“? Una simple búsqueda en internet revela que este versículo ha sido tomado cientos de veces como base para proponer que Dios promete nuestra prosperidad completa en esta tierra. Algunos inclusive mencionan que si no es usted rico, prospero y disfrutando de excelente salud, entonces usted probablemente está en pecado o tiene falta de fe. Después de todo, ¿no es esto exactamente lo que Juan le desea a Gayo en 3 Juan?

Primeramente, Juan no nos está dando licencia para desear cualquier cosa y después decir que tal deseo viene de parte de Dios. Es interesante estudiar la conexión que el autor da al alma, como si el punto principal no fuese en lo material sino en lo espiritual. Segundo, debemos recordar que nuestro estándar de prosperidad no es el mismo que el de Dios, por lo que debemos buscar cual es su voluntad revelada en la Escritura para entender las palabras de Juan. Y en tercer lugar, es muy probable que Juan utilizó estas palabras simplemente como un saludo cualquiera, no sólo porque era común en el mundo grecorromano del siglo I saludarse de esa forma, sino también porque conceptualmente estas palabras se encuentran dentro de su saludo inicial (versículos 1-4). Tristemente mucho han mal interpretado estas palabras como una promesa para hacerse ricos o tener cualquier cosa que uno quiera.

Neutraliza la búsqueda de santidad

Como creyentes tenemos la tarea de no dar lugar a la carne o inclinaciones pecaminosas (Romanos 13:14), sino que debemos ser transformados por medio de la renovación de nuestra mente (Romanos 12:1-2). En Cristo somos nuevas criaturas (Galatas 2:20), y como nuevas criaturas, poseedoras de una nueva naturaleza, Dios nos manda a despojarnos del viejo hombre y revestirnos del nuevo hombre según Cristo (Efesios 4). Por lo tanto, si esto es lo que estamos llamados a buscar y anhelar, ¿qué lugar tiene llamar santo aquello que fue diseñado para satisfacer nuestra carne?

Dar nuestra lealtad a Dios significa confiar en que él proveerá para nuestras necesidades físicas

Dios promete satisfacer nuestras necesidades y proveer lo que necesitamos de acuerdo a su voluntad (1 Timoteo 3:8). Pero la falsa expectativa de que Dios va a derramar sobre nosotros abundantes bendiciones materiales más allá de nuestras necesidades, no sólo va contra la Palabra revelada de Dios, sino también va en contra de la experiencia de innumerables santos a través de la historia. Mateo 6:24 concluye con autoridad asombrosa: “No se puede servir a Dios y al dinero.” Este versículo nos quita cualquier lugar para explicar o excusar el evangelio de la prosperidad. Servir el dinero es traición a Dios. No podemos servir los dos a la vez. Dar nuestra lealtad a Dios significa confiar en que él proveerá para nuestras necesidades físicas, pero dar nuestra lealtad a las riquezas y posiciones materiales no es para nada bíblico, por más que quieran algunos disfrazarlo como algo espiritual.

Publicado originalmente aquíaquí

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Alberto Solano, graduado con una Maestría en Divinidad (M.Div.) en The Master’s Seminary, actualmente estudia una Maestría en Teología (Th.M.) con énfasis en el Nuevo Testamento. Aparte de servir en el ministerio hispano de Grace Community Church, Alberto trabaja en el departamento de admisiones del seminario.

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