Guardados de la Hora: No Destinados Para Ira

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ESJ-2020 0726-001

No Destinados Para Ira

POR GERALD STANTON

Uno de los temas más importantes e interesantes de la profecía, que ocupa un gran lugar tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es el de la gran Tribulación. Es un tema que cautivó la atención de un amplio segmento del pueblo de Dios, y ha resultado en la producción de decenas de libros y miles de sermones, por no hablar de muchas interpretaciones extravagantes y mucha diferencia de opinión. Hay muchos problemas que no tienen cabida en este capítulo, pero se espera que se pueda decir lo suficiente para demostrar que cuando esta hora temible comience en la tierra, la verdadera Iglesia estará con su Salvador. Afortunadamente, las Escrituras sobre este tema son abundantes y suficientemente claras como para justificar algunas conclusiones definitivas, aunque en cada investigación profética las palabras de Fairbairn pueden ser recordadas con provecho:

El tema de la profecía es uno que exige, para su tratamiento exitoso, un espíritu de cuidadosa discriminación. Por la naturaleza misma del tema, la falta de tal espíritu debe inevitablemente conducir a opiniones erróneas, e incluso a resultados peligrosos… Porque la profecía no es en absoluto uniforme, ni en cuanto a la forma en que vino, ni en cuanto a la forma que asumió… Hay partes que están escritas en un lenguaje comparativamente sencillo; mientras que otras están revestidas de las más ricas imágenes, o envueltas en el misterio de los símbolos.[1]

I. EL PERÍODO DE TRIBULACIÓN EN LA PROFECÍA DEL ANTIGUO TESTAMENTO

El período de la tribulación es objeto de muchas profecías del Antiguo Testamento, como lo demostrará un rápido repaso:

En los postreros días, cuando estés angustiado y todas esas cosas te sobrevengan, volverás al Señor tu Dios y escucharás su voz. Pues el Señor tu Dios es Dios compasivo; no te abandonará, ni te destruirá, ni olvidará el pacto que Él juró a tus padres. (Deut. 4:30, 31).

Se meterán los hombres en las cuevas de las rocas y en las hendiduras de la tierra, ante el terror del Señor y ante el esplendor de su majestad, cuando Él se levante para hacer temblar la tierra (Isa. 2:19; cf. 2:21; 4:1, 2).

Ven, pueblo mío, entra en tus aposentos y cierra tras ti tus puertas; escóndete por corto tiempo hasta que pase la indignación. Porque he aquí, el Señor va a salir de su lugar para castigar la iniquidad de los habitantes de la tierra, y la tierra pondrá de manifiesto su sangre derramada y no ocultará más a sus asesinados. (Isa. 26:20, 21).

Así dice el Señor de los ejércitos: He aquí, el mal va de nación en nación, y una gran tempestad se levanta de los confines de la tierra. Y los muertos por el Señor en aquel día estarán desde un extremo de la tierra hasta el otro. No los llorarán, ni los recogerán, ni los sepultarán; serán como estiércol sobre la faz de la tierra. (Jer. 25:32, 33; cf. 25:15-38).

Porque así dice el Señor: «He oído voces de terror, de pánico, y no de paz. Preguntad ahora, y ved si da a luz el varón. ¿Por qué veo a todos los hombres con las manos sobre sus lomos, como mujer de parto y se han puesto pálidos todos los rostros? ¡Ay! porque grande es aquel día, no hay otro semejante a él; es tiempo de angustia para Jacob, mas de ella será librado (Jer. 30:5-7).

Y él hará un pacto firme con muchos por una semana, pero a la mitad de la semana pondrá fin al sacrificio y a la ofrenda de cereal. Sobre el ala de abominaciones vendrá el desolador, hasta que una destrucción completa, la que está decretada, sea derramada sobre el desolador (Dan. 9:27).

En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que vela sobre los hijos de tu pueblo. Será un tiempo de angustia cual nunca hubo desde que existen las naciones hasta entonces; y en ese tiempo tu pueblo será librado, todos los que se encuentren inscritos en el libro. (Dan. 12:1).

Y sucederá en toda la tierra —declara el Señor— que dos partes serán cortadas en ella, y perecerán; pero la tercera quedará en ella. Y meteré la tercera parte en el fuego, los refinaré como se refina la plata, y los probaré como se prueba el oro. Invocará él mi nombre, y yo le responderé; diré: «Él es mi pueblo», y él dirá: «El Señor es mi Dios» (Zac. 13:8, 9).

El hilo profético del Nuevo Testamento, como algunos versículos servirán para ilustrar:

porque habrá entonces una gran tribulación, tal como no ha acontecido desde el principio del mundo hasta ahora, ni acontecerá jamás. Y si aquellos días no fueran acortados, nadie se salvaría; pero por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados. (Mat. 24:21, 22; cf. Marcos 13:19, 20).

Y habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y sobre la tierra, angustia entre las naciones, perplejas a causa del rugido del mar y de las olas, desfalleciendo los hombres por el temor y la expectación de las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las potencias de los cielos serán sacudidas (Lucas 21:25, 26).

Y entonces será revelado ese inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuya venida es conforme a la actividad de Satanás, con todo poder y señales y prodigios mentirosos, … Por esto Dios les enviará un poder engañoso, para que crean en la mentira, a fin de que sean juzgados todos los que no creyeron en la verdad sino que se complacieron en la iniquidad. (II Tes. 2:8, 9, 11, 12).

A partir de estos pasajes no es difícil reunir varios hechos destacados sobre la Tribulación

(1) Es un período único, ya que “grande es aquel día, no hay otro semejante a él.”

(2) Se trata del juicio de Dios sobre las naciones gentiles impías, con el mal saliendo “de nación en nación”.

(3) También concierne vitalmente a Israel, pues es “el tiempo de angustia de Jacob”. Israel sufrirá mucho, siendo perseguido por la Bestia, pero algunos serán liberados.

(4) Señales y maravillas en los cielos y en la tierra acompañarán los juicios de Dios.

(5) La tribulación será culminada por el resplandor de la venida del Señor desde la gloria.

Se podrían reunir fácilmente hechos adicionales de los pasajes citados, pero es más importante pasar a la cuestión de determinar la duración del período de la Tribulación y si sus temibles juicios se encuentran todavía en el futuro.

En la importante profecía de Daniel sobre las setenta semanas están las respuestas a estas preguntas. El texto, Daniel 9:24-27, dice lo siguiente:

24 Setenta semanas han sido decretadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad, para poner fin a la transgresión, para terminar con el pecado, para expiar la iniquidad, para traer justicia eterna, para sellar la visión y la profecía, y para ungir el lugar santísimo. 25 Has de saber y entender que desde la salida de la orden para restaurar y reconstruir a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas y sesenta y dos semanas; volverá a ser edificada, con plaza y foso, pero en tiempos de angustia. 26 Después de las sesenta y dos semanas el Mesías será muerto y no tendrá nada, y el pueblo del príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario. Su fin vendrá con inundación; aun hasta el fin habrá guerra; las desolaciones están determinadas. 27 Y él hará un pacto firme con muchos por una semana, pero a la mitad de la semana pondrá fin al sacrificio y a la ofrenda de cereal… …

En resumen, aquí está la clave del período desde la restauración de Israel desde su cautiverio hasta la muerte de Cristo, el “Mesías será muerto” y la clave de la duración de los días de la Tribulación. Setenta “semanas” de años están a la vista. Sir Robert Anderson[2] y otros eruditos bíblicos han demostrado con razonable acuerdo y exactitud que las setenta semanas representan 490 años, y que las sesenta y nueve “semanas” (usando un año profético de 360 días) comenzaron con el decreto emitido para la reconstrucción de Jerusalén dado a Nehemías en el 445 a.C. y terminaron en el 32 d.C., el año más probable para la muerte de Cristo. La última “semana” de siete años evidentemente se cumplirá después de la separación del Mesías, y la cronología y el cumplimiento literal de los detalles de las sesenta y nueve semanas dan la seguridad de que la última semana seguirá el mismo patrón cronológico, y se cumplirá tan literalmente como antes. El problema es: ¿ese cumplimiento ya es futuro?

Al menos cinco teorías han circulado con respecto al cumplimiento de esta última semana profética.[3] Hay quienes encuentran su cumplimiento, como el de las sesenta y nueve semanas, en los acontecimientos de la persecución de los Macabeos dos siglos antes de Cristo. La opinión de los Judíos es que la semana se cumplió en los eventos que rodearon la destrucción de Jerusalén en el 70 d.C. Ambas opiniones rechazan una interpretación literal de la profecía, y no intentan encajar el cumplimiento sugerido en la cronología indicada por Daniel. Un tercer punto de vista sugiere que la septuagésima semana es un período indefinido que comienza con la muerte de Cristo y se extiende hasta la consumación de todas las cosas. Este punto de vista, aunque extiende el cumplimiento de la septuagésima semana al futuro, debe ser rechazado sobre la misma base que los dos primeros puntos de vista. La muerte de Cristo estableció el patrón de cumplimiento literal de las setenta semanas, y descarta una interpretación “espiritualizada” de la semana final. Sin embargo, como señala Walvoord, “aunque no podemos aceptar esta interpretación espiritualizada del pasaje, es una confesión interesante por parte de los que la aceptan que la historia no registra los eventos que se corresponden con la profecía de la septuagésima semana”[4].

La opinión de Philip Mauro, expuesta en su libro, Las Setenta Semanas Y La Gran Tribulación, es que no puede haber interrupción entre el cumplimiento de las sesenta y nueve semanas y el de la septuagésima semana. Según Mauro, las sesenta y nueve semanas datan del decreto de Ciro en el 536 a.C. hasta el bautismo de Cristo, aunque esto supone un error de unos ochenta años en la cronología. Para Mauro, el bautismo de Jesús y el consiguiente descenso del Espíritu Santo cumple la profecía de “ungir al santo de los santos”, la muerte de Cristo cumple los sacrificios de animales judíos, haciendo así que “el sacrificio y la oblación cesen”, mientras que el “príncipe que vendrá” es el romano Tito. Aunque este punto de vista no puede ser tratado aquí en detalle, debería ser suficiente para notar que:

(1) Daniel no habla de la venida de un príncipe, sino del “pueblo de un príncipe”, mientras que Tito dirigió su ejército en persona;

(2) no es la primera venida, sino la segunda venida de Cristo la que “traerá la justicia eterna”;

(3) la muerte de Cristo no puso fin a los sacrificios de animales, ya que continuaron hasta la destrucción del templo en el año 70 d.C.

(4) Apocalipsis 13 todavía espera la venida del Príncipe, y como esto fue escrito después del 70 D.C., no puede ser cumplido en Tito;

(5) Si las sesenta y nueve semanas eran semanas de años y se cumplieron literalmente en el bautismo de Cristo, como sostiene Mauro, la última “semana” debe ser de siete años literales. Pero siete años desde el bautismo de Cristo no nos lleva al año 70 d.C. La interpretación es tensa en cada punto.

La única interpretación de las setenta semanas de la profecía de Daniel que tiene sentido y es segura de sí misma es que hay una brecha en la profecía (un fenómeno no poco común en las Escrituras proféticas) y que mientras que las sesenta y nueve se cumplieron en Cristo, la septuagésima semana está todavía en el futuro. En común con la interpretación literal de las semanas anteriores, esta “semana setenta” será una semana de siete años reales. No hay ningún período previsto en las Escrituras proféticas con el que esta parte de la visión de Daniel pueda armonizar, salvo la Tribulación, que ha sido objeto de debate. Este es el mismo período de Tribulación que describe Juan en el libro del Apocalipsis, allí identificado también por meses y días, y no es hasta que se reconozca un futuro período de siete años de Tribulación que todas estas diversas profecías encajan en un patrón unificado. Volviendo, pues, a las características del período de la Tribulación, se concluye que la duración del período será de siete años y que el tiempo de la Tribulación está todavía en el futuro. Con la mayoría de estas conclusiones, los hermanos de la mid-tribulación y la postribulación estarán de acuerdo. Están siendo ensayadas en este punto como la base necesaria para las discusiones que seguirán.[5]

A los cristianos se les promete tribulación, se afirma, así que naturalmente Dios les permitirá pasar por toda o parte de la tribulación venidera. Tanto los tribulacionistas medios como los postribulacionistas usan este argumento y evidentemente lo consideran vital para su forma de pensar, ya que lo defienden a capa y espada. Pero que no se reciba con demasiada prontitud, porque aquí hay una premisa y una conclusión que no se puede hacer para mantenerse juntos. Primero, sin embargo, dejemos que los hermanos opuestos hablen:

Las antiguas profecías de bendición universal deben tener su pleno cumplimiento, pero eso no puede ser hasta que el Señor tome el dominio manifiestamente en su propia mano. Durante esta dispensación el camino ancho es atestado por muchos, mientras que pocos encuentran el angosto; todos los que viven piadosamente en Cristo Jesús deben esperar persecución, al menos en principio.[6]

“A través de muchas tribulaciones” todos deben entrar en el Reino de Dios. En todo el Nuevo Testamento se enseña que sufrir por Cristo es uno de los más altos honores que los cristianos pueden haberles otorgado. El deseo de evitar el sufrimiento por Cristo es una señal de degeneración.[7]

Todo esto es manifiestamente cierto, pero esto es sólo una reafirmación de la promesa de que a los cristianos se les promete tribulación y sufrimiento en esta vida. McPherson va más allá cuando da cuatro razones por las que cree que hay tantos pretribulacionistas:

Una segunda razón por la que muchos han enseñado que la Iglesia no pasará por la Tribulación es un excesivo deseo de satisfacer la demanda popular del tipo de enseñanza más reconfortante. Por ejemplo, el Dr. H. C. Thiessen cierra su libro, “¿La Iglesia Pasará Por La Tribulación?”, con las palabras: “Podemos entonces consolarnos unos a otros con el pensamiento de que la Iglesia no pasará por la Tribulación.”[8]

Esto, sin embargo, no es caritativo, ya que los de la persuasión pretribulacional no dirigen su ministerio a enseñanzas cómodas. Entre ellos se encuentran los más poderosos y convincentes predicadores del pecado, el juicio y el infierno, y predican estas cosas porque están en el Libro. Los mismos hombres predican el consuelo de una esperanza pretribulacional, no porque apele a la carne, sino porque esto, también, lo encuentran en la Palabra de Dios. La idea de consolarse unos a otros con estas verdades se originó en 1 Tesalonicenses 4:18, no en Thiessen, aunque le encantaba proclamarlo. McPherson continúa citando a Reese en este sentido:

El hecho mismo de que el esquema sea tan reconfortante y agradable a la carne es una consideración que revela su carácter no bíblico: porque no es el camino de las Escrituras hacer fácil el camino de los santos.[9]

No hace falta decir que las Escrituras advierten al santo de su conflicto diario con el mundo, la carne y el diablo, y es parte del camino de Cristo tomar la cruz y seguirlo. Cristo sufrió, y el siervo no es más grande que su Señor. Pero estos sufrimientos vienen de fuera; tienen su origen en el mundo, en el calor de la batalla, y no en ninguna reticencia por parte de Cristo o de las Escrituras para hacer menos pesado el camino del cristiano. Cristo dijo: “Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:30). Pablo le dijo a los creyentes gentiles: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias” (Hechos 15:28; cf. Apocalipsis 2:24).

La venida de Cristo es para el creyente una esperanza bendita y una esperanza reconfortante, y seguramente no es comprometerse en la indolencia de la carne para descansar en aquellas cosas que estaban destinadas a dar esperanza y consuelo en medio de los esfuerzos del viaje. Sería una presunción hacer lo contrario. ¿Reese obtiene consuelo de la seguridad del santo y la seguridad del cielo? Con Cristo, el Padre nos ha dado gratuitamente todos los bienes (Rom. 8:32), sin embargo, usando el mismo razonamiento, ¿no se nos podrían quitar también éstos? El postribulacionista Scruby escribe:

Temo la doctrina del Rapto Pre-Tribulacional de la Iglesia porque está de acuerdo con los deseos del corazón humano. La inclinación natural es “seguir la línea de la menor resistencia”, para evitar pruebas, problemas, sufrimientos, etc…[10]

Scruby está tan convencido de que el cristiano no debe sentirse cómodo que hace la asombrosa afirmación en dos de sus subtítulos: “Rapto Post-Tribulación-Beneficioso Aunque Resulte Ser erróneo” y “Rapto Pre-Tribulación-Perjudicial Aunque Sea Cierto”.[11] ¡Deje que el lector juzgue estas palabras por sí mismo! Incluso Reese, hablando de la expectativa pretribulacional, admite: “Sería una verdad muy reconfortante si fuera verdad,” pero añade, “como no lo es, estamos seguros de descartarla.”[12]

Nadie negará que el sufrimiento y la tribulación se le prometen al creyente en esta vida. Las Escrituras son explícitas y numerosas:

Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí de entre el mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de la palabra que yo os dije: «Un siervo no es mayor que su señor». Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros; si guardaron mi palabra, también guardarán la vuestra. (Juan 15:19, 20).

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo (Juan 16:33).

Ellos, pues, salieron de la presencia del concilio, regocijándose de que hubieran sido tenidos por dignos de padecer afrenta por su Nombre (Hechos 5:41).

fortaleciendo los ánimos de los discípulos, exhortándolos a que perseveraran en la fe, y diciendo: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios. (Hechos 14:22).

Y nuestra esperanza respecto de vosotros está firmemente establecida, sabiendo que como sois copartícipes de los sufrimientos, así también lo sois de la consolación. (II Cor. 1:7).

Porque a vosotros se os ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él, (Filip. 1:29).

Y en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos (II Tim. 3:12).

antes bien, en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, regocijaos, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gran alegría. (1 Ped. 4:13).

En el versículo que precede a este último pasaje, Pedro habla de “la prueba de fuego que debe probarte”, y no hay más que pensar en los cristianos que son arrojados a los leones en una arena romana, o en los cristianos que son desgarrados en los bastidores de la Inquisición española, o en los cristianos de hoy en día que son asesinados en tierras comunistas impías para darse cuenta de que los creyentes han sufrido pruebas de fuego a través de los años desde los días de la iglesia primitiva. Tales persecuciones con su indecible agonía, no importa cuán severa sea, no son sin embargo “la gran tribulación”. Si lo fueran, uno difícilmente podría leer el Libro de los Mártires de Fox sin concluir que ha habido dos o tres “grandes tribulaciones” cada siglo desde el tiempo de Cristo!

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Tal como está escrito: Por causa tuya somos puestos a muerte todo el día; somos considerados como ovejas para el matadero. Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. (Rom. 8:35-37).

A través de los siglos, los creyentes han sufrido, sangrado y muerto por su fe en Cristo, sin considerarla una pérdida el sellar su testimonio con su sangre. No es demasiado suponer que si la persecución y el juicio ardiente llegaran a algunas de nuestras vidas más protegidas, los que sostienen que el rapto precederá a la Tribulación darían tan buena cuenta de su testimonio como los que sostienen una posición teológica diferente.

Todo esto, sin embargo, no va directamente al grano. El quid del problema es que los postribulacionistas sostienen que la tribulación del próximo período de siete años es la misma en especie que los sufrimientos de los santos en esta época, difiriendo sólo en intensidad (aunque algunos no están dispuestos a conceder ni siquiera esto). Los pretribulacionistas sostienen que la razón por la que este período se designa especialmente como “la Gran Tribulación,” no es sólo que sea de mayor intensidad, sino también que difiere en su tipo, en su naturaleza esencial, de todo lo que se ha visto o experimentado hasta ahora. La Tribulación no será principalmente un momento en que la amarga ira de Satanás y los pecadores afligirá a los santos de Dios, tan dura como se prevé que será su persecución. Más bien será principalmente y sobre todo un período de juicio de Dios, un tiempo en el que el soberano Señor del universo finalmente habla con una terrible ira y su vara punitiva cae sobre las naciones vivas que han despreciado al Hijo de su amor y rechazado el gracioso regalo de su “tan grande salvación”. Claramente corroborado en las Escrituras es el hecho de que el período de la Tribulación difiere de la actual era de gracia en su naturaleza esencial. La “gran tribulación” de ese día es diferente en su propósito y fuente de cualquier “tribulación” que pueda ser la suerte del pueblo de Dios durante esta presente era de gracia. O, para poner el asunto más simple, los sufrimientos impuestos por los hombres malvados y la ira derramada por un Dios enfadado no son de ninguna manera lo mismo, simplemente porque la Biblia los designa a ambos con el término general de “tribulación”.

II. CINCO CARACTERÍSTICAS DE LA TRIBULACIÓN

Ayudará a aclarar esta importante cuestión el hecho de que se examinen los rasgos distintivos del período de la tribulación. De hecho, se puede observar fácilmente que la Tribulación de ese día difiere de los sufrimientos de la Iglesia en al menos dar detalles, a saber, su propósito, alcance, duración, intensidad y fuente.

(1) El propósito de la Tribulación. Los postribulacionistas han argumentado una y otra vez que, dado que Dios no perdonó a su Iglesia del segundo y tercer siglo la sangrienta persecución de la Roma pagana, y de nuevo durante la Edad Media la cruel inquisición de la Roma papal, no perdonará a la última generación de la Iglesia los sufrimientos y martirios de la “gran tribulación”. Scruby incluso se detiene en el método de ejecución a utilizar, diciendo:

Es significativo que la única forma de martirio mencionada en relación con la Tribulación sea la decapitación, que es uno de los modos de ejecución más rápidos y menos dolorosos, ya que provoca una muerte instantánea; especialmente cuando es infligida por la guillotina, como muy probablemente será el caso: siguiendo el ejemplo dado durante esa Tribulación en miniatura, el “Reinado del Terror” durante la época de la Comuna Francesa.[13]

Todo lo cual puede ser dolorosamente cierto, pero no está calculado para animar incluso al más piadoso creyente a mirar con esperanza y gozo la venida de Cristo que sigue a tan inigualable sufrimiento. En lugar de orar, “Aún así, ven, Señor Jesús”, estaría tentado a decir con Barnhouse:

Si la Iglesia va a pasar por la Tribulación, entonces adiós bendita esperanza, entonces bienvenido el ataúd, entonces tres veces bienvenido el enterrador![14]

Los postribulacionistas han pasado por alto los propósitos claramente revelados del período de la Tribulación, mientras que se centran en el supuesto hecho de que Dios está purificando su Iglesia. La Tribulación no trata con la Iglesia en absoluto,[15] sino con la purificación de Israel. No es el “tiempo de angustia de la Iglesia”, sino el “tiempo de angustia de Jacob”. El énfasis de la Tribulación es principalmente judío. Este hecho es confirmado por las Escrituras del Antiguo Testamento (Dt. 4:30; Jer. 30:7; Ez. 20:37; Dn. 12:1; Zac. 13:8, 9), por el Discurso del Olivar de Cristo (Mt. 24:9-26), y por el mismo libro del Apocalipsis (Ap. 7:4-8; 12:1, 2, 17, etc.). Se trata del “pueblo de Daniel”, la venida de “falsos Mesías”, la predicación del “evangelio del reino”, la huida en “sábado”, el templo y el “lugar santo”, la tierra de Judea, la ciudad de Jerusalén, las doce “tribus de los hijos de Israel”, el “canto de Moisés”, “señales” en los cielos, el “pacto” con las Bestias, el “santuario”, el “sacrificio y la ofrenda” del ritual del templo. Todos ellos hablan de Israel y demuestran claramente que la Tribulación es en gran medida un tiempo de trato de Dios con su antiguo pueblo antes de su entrada en el reino prometido. Las muchas profecías del Antiguo Testamento que aún no se han cumplido para Israel indican además un tiempo futuro en el que Dios tratará expresamente con esta nación (Dt. 30:1-6; Jer. 30:8-10, etc.).

Además, es evidente que la Tribulación también se refiere al juicio de Dios sobre las naciones gentiles que rechazan a Cristo. Babilonia, que “la que ha hecho beber a todas las naciones del vino de la pasión de su inmoralidad.” (Apocalipsis 14:8), será “será quemada con fuego; porque el Señor Dios que la juzga es poderoso” (Apocalipsis 18:8). Las “ciudades de las naciones” caerán, después de lo cual Satanás será atado “para que no engañe más a las naciones, hasta que se cumplan los mil años” (Apc. 20:3). El juicio de Dios recae igualmente sobre el individuo malvado, los reyes de la tierra, los grandes, los ricos y los poderosos, todo esclavo y todo hombre libre (Apc. 6:15-17). Cae sobre todos los que blasfeman el nombre de Dios y no se arrepienten para darle gloria (Ap. 16:9). Hombres malvados, naciones impías, Israel sufriente – todos ellos pueden encontrarse en Apocalipsis 6-18; pero uno busca en vano la Iglesia de Cristo, que es su cuerpo, hasta que llega al capítulo diecinueve. Allí se la ve como la novia celestial de Cristo, y cuando Él regresa a la tierra para poner a sus enemigos en el estrado, se la ve regresar con Él (I Tesalonicenses 3:13).

(2) La extensión de la Tribulación. Como se ha indicado, la Tribulación alcanza a las ciudades y naciones de la tierra, y será mundial en su alcance. Lucas 17:26-32 compara la Tribulación con el juicio de Dios sobre el mundo en los días de Noé, y sobre las ciudades de la llanura en los días de Lot.

(3) La duración de la Tribulación. Aunque hay algunos que creen que habrá una temporada no designada de paz y prosperidad después del rapto de la Iglesia, durante la cual el Anticristo tendrá su ascenso y el templo de la Tribulación será reconstruido, el período real de la Tribulación será de siete años de duración. Esto es en cumplimiento de la profecía de la septuagésima semana de Daniel (Dan. 9:24-27), y cualquier extensión de este tiempo está en el ámbito de las conjeturas. Daniel 9:27 indica que la “semana” se dividirá en dos mitades, cuando “en medio de la semana”, el Anticristo hará que el templo quede desolado con sus abominaciones. Daniel 11:31 es una referencia al acto de Antíoco Efifanes, que entró en el santuario y sacrificó una cerda en el altar del templo, convirtiéndose así en el prototipo del hombre de pecado que vendrá. Que la “semana” se dividirá en dos mitades de tres años y medio se indica además por la fórmula “un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo” (Ap. 12:14; Dan. 12:7); por la medida de “cuarenta y dos meses” (Ap. 11:2, 13:5); y por la designación de “mil doscientos sesenta días” (Ap. 11:3; 12:6). Mateo 24:22 parece indicar que debido a la severidad de la Tribulación, el número de sus días se acortará un poco.

(4) La intensidad de la Tribulación. Es innecesario elaborar aquí mucho sobre la severidad de los juicios de la Tribulación. Uno podría comenzar con las poderosas plagas que Moisés invocó sobre Egipto, y desde allí estudiar todas las guerras, revoluciones, persecuciones, inquisiciones, y el resto de la terrible historia de la raza humana hasta las cámaras de gas de la moderna Dachau, y aún no encontrar con qué comparar los juicios de los sellos y trompetas y las siete ampollas de las plagas de Dios. Apocalipsis 16:2, comparado con el versículo 11, indica que las plagas continúan y son acumulativas, Dios colocando su marca sobre aquellos que recibieron la marca de la Bestia. Apocalipsis 10:4 cuenta que las cosas pronunciadas por los siete truenos fueron selladas. Son tan terribles que Dios en su misericordia las retiene. Apocalipsis 16:10 habla de hombres que “se mordieron la lengua por el dolor”. ¿Pero por qué enumerar más? Suficiente para el día es su maldad. Basta con que Dios estime este terrible período para que haya ” porque habrá entonces una gran tribulación, tal como no ha acontecido desde el principio del mundo hasta ahora, ni acontecerá jamás. Y si aquellos días no fueran acortados, nadie se salvaría; pero por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.” (Mateo 24:21, 22).

Es una de las peculiaridades de algunos de los escritores postribulacionales, que, habiendo llevado a la Iglesia a la Tribulación insistiendo vehementemente en que una Iglesia carnal necesita ser purgada de su escoria por el fuego de la tribulación, ahora se esfuerzan en desestimar la intensidad de sus juicios. Es típico de los escritores de la tribulación media y post tribulación que traten de atenuar la severidad de sus plagas, o insistan en que aunque la Iglesia esté en la Tribulación, tiene después de todo muy poco que ver con ella. Alexander Fraser escribe:

Gran parte de la escena en el Apocalipsis tiene que ver sólo con los juicios de Dios sobre el hombre rebelde y no hay ninguna razón bíblica para creer que el pueblo de Dios estará directamente involucrado en ese sufrimiento.[16]

Scruby sigue el mismo patrón:

La mayoría de la gente piensa que la Gran Tribulación es un período de sufrimiento sin precedentes, y en cierto sentido lo será. Es decir: Será un período de sufrimiento sin paralelo a escala internacional o mundial. Pero no se deduce necesariamente de esto que será un período de sufrimiento sin paralelo para el creyente individual.[17]

Nótese que Scruby es el escritor que intenta hacer más vívido el horror de la Tribulación comparando sus mártires con los guillotinados durante el “reino del terror” de la Comuna Francesa. Luego invierte completamente la fuerza de su argumento al ilustrar cuán indolora puede ser esta clase de muerte. Parece que había un impresor británico que, supuestamente, cortaba papel bajo una hoja de afeitar. Una chica de la oficina, por error, puso en marcha la máquina. El impresor se giró para ver si se había hecho algún daño a su papel, y “se asombró al ver los dedos cortados de su mano derecha yaciendo sobre el palo de corte… No había sentido el equivalente a un pinchazo de alfiler cuando ocurrió el accidente”[18]. A continuación, ofrece varias ilustraciones aún más extrañas de cómo el cuerpo tiende a entumecerse bajo la tortura para que los mayores sufrimientos resulten en la mayor reducción del dolor! Todo esto forma una ilustración patética del hecho de que incluso los postribulacionistas no pueden alejarse del pensamiento de que es incongruente que los hijos de Dios sufran grandes tribulaciones.

La ira de Satanás será contra la mujer: Israel, pero Dios preparará para ella un lugar de refugio en el desierto donde será protegida de la cara de la serpiente (Apocalipsis 12:13-16). Si en ese mismo día, la Iglesia, el mismo cuerpo de Cristo, estuviera en la tierra, ¡cuánto más sería objeto del ataque de Satanás! Cuán grandes serían sus estragos, ya que el Apocalipsis no registra ningún lugar de refugio para la Iglesia durante los días de la Tribulación. Afortunadamente, ella estará en el cielo, alejada de las artimañas de Satanás (Apocalipsis 12:9). Cuánto más provechoso es mirar con alegre expectativa el rapto pretribulacional de la Iglesia, que ocuparse de comparar la “bendita esperanza” con el Reino Francés del Terror, o tratar de reconciliar los sufrimientos de ese día con la “muerte indolora” de la guillotina! La Tribulación sigue siendo la peor hora de la tierra, por mucho que algunos intenten aguarla, y aunque es cierto que Dios podría proteger a su Iglesia en ella, ha prometido hacer lo que es mucho mejor. Ha prometido salvar a su Iglesia de ella.

(5) La fuente de la Tribulación. Una consideración cuidadosa en este punto es de vital importancia. Aquellos que sostienen que la Iglesia pasará por la próxima Tribulación afirman que el período es de intensa persecución, pero no un tiempo de juicio. Citando a Fraser: “La Gran Tribulación no es un juicio, sino una persecución.”[19] Frost piensa lo mismo, porque dice:

Para la iglesia, por lo tanto, ir a los días del Anticristo, y ser llamada a soportar su odio y acosos, no es más que para ella pasar de una fase de una experiencia a otra, la diferencia no es de tipo, sino de grado.[20]

Sin embargo, los que creen que la Iglesia no pasará por la Tribulación, sostienen que el período es principalmente un tiempo de juicio. La tribulación infligida a la Iglesia en esta época viene de los hombres y de Satanás. La tribulación que vendrá será de Dios. En esta era, la tribulación viene sobre aquellos que dan testimonio del Señor Jesucristo. La tribulación que vendrá principalmente será sobre aquellos que rechazan a Cristo y que no tendrán a Dios para gobernarlos. La tribulación de esta era puede llamarse mejor persecución. La tribulación del período venidero es designada legítimamente como la ira de Dios. La principal diferencia entre la persecución y la ira se encuentra en la fuente de la que proviene, y esta obvia distinción cancela el argumento postribulacionalista de que la Iglesia pasará por la Tribulación porque siempre ha tenido tribulación.

Sin duda Dios tendrá sus santos en la tribulación, hombres que se arrepientan y aseguren la salvación después de alcanzar a la Iglesia. Este grupo será considerado más a fondo en un momento posterior de la discusión. Satanás odia a estos individuos tan plenamente como odia a los hombres de Dios hoy en día, y sobre ellos se esforzará por derramar su ira. Apocalipsis 12:12-17 revela la ira de Satanás contra el remanente judío (Isaías 1:9; 10:20; 11:11; 37:32 etc.). Apocalipsis 13:7 registra: “Se le concedió hacer guerra contra los santos y vencerlos; y se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación.” Como era de esperar, Reese aprovecha al máximo estos versículos, diciendo:

Según Darby y sus seguidores, la Gran Tribulación es la ira de Dios contra el pueblo judío por su rechazo a Cristo. De acuerdo con las Escrituras, es la ira del Diablo contra los santos por su rechazo al Anticristo, y su adhesión a Cristo.

Dejemos que el lector vea una vez la verdad de las Escrituras sobre este punto, y todo el argumento Darbista será expuesto como una campaña de suposiciones, declaraciones erróneas y sentimientos.[21]

Pero Reese pasa por alto el hecho de que el Dios que puede hacer que incluso la ira de los hombres le alabe; también puede usar a Satanás, como lo hace a menudo en su voluntad permisiva (Job 1:12, etc.), para ser su instrumento de castigo o de juicio. Muchas veces en el Antiguo Testamento, Dios usó a las naciones paganas para azotar a Israel y hacerla volver al Señor. Dios sigue siendo soberano durante los días de la Tribulación, y mientras que Satanás no puede moverse ni una pulgada más allá de lo que permite, la ira de Satanás contra el remanente es usada por Dios para purificarla (Zacarías 13:9) y expulsarla del reino de la Bestia a su lugar de protección. En todo el encuentro, Satanás es derrotado, pues el Señor hace que la tierra se abra y se trague a los ejércitos que persiguen a Israel (Apocalipsis 12:16).

Reese también pasa por alto el hecho de que los pretribulacionistas reconocen libremente la presencia de cierta persecución, manteniendo al mismo tiempo que el carácter primario del período es la ira. Se queja de que los “Darbistas” no pueden ser llevados a probar que la gran tribulación es la ira de Dios, y por lo tanto esta “parte de su silogismo por la que se apresuran hábilmente es completamente falsa”. Es un error que la Gran Tribulación consiste en la ira de Dios. …”[22] En lugar de discutir el punto, debería bastar con mirar las Escrituras:

y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros y escondednos de la presencia del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero , porque ha llegado el gran día de la ira de ellos, ¿y quién podrá sostenerse? (Apoc. 6:16, 17; cf. Deut. 7:9, 10; Hosea 10:8).

diciendo a gran voz: Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas (Apoc. 14:7).

Y las naciones se enfurecieron, y vino tu ira y llegó el tiempo de juzgar a los muertos y de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra. (Apoc. 11:18).

Entonces los siguió otro ángel, el tercero, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe una marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino del furor de Dios, que está preparado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y en presencia del Cordero. (Apoc. 14:9, 10).

El ángel blandió su hoz sobre la tierra, y vendimió los racimos de la vid de la tierra y los echó en el gran lagar del furor de Dios. (Apoc. 14:19).

Y vi otra señal en el cielo, grande y maravillosa: siete ángeles que tenían siete plagas, las últimas, porque en ellas se ha consumado el furor de Dios. (Apoc. 15:1; cf. 15:4).

Entonces uno de los cuatro seres vivientes dio a los siete ángeles siete copas[a] de oro llenas del furor de Dios, que vive por los siglos de los siglos. (Apoc. 15:7).

Y oí una gran voz que desde el templo decía a los siete ángeles: Id y derramad en la tierra las siete copas del furor de Dios. (Rev. 16:1; cf. 16:7).

La gran ciudad quedó dividida en tres partes, y las ciudades de las naciones cayeron. Y la gran Babilonia fue recordada delante de Dios para darle el cáliz del vino del furor de su ira. (Apoc. 16:19).

mirando de pie desde lejos por causa del temor de su tormento, y diciendo: «¡Ay, ay, la gran ciudad, Babilonia, la ciudad fuerte!, porque en una hora ha llegado tu juicio». (Apoc. 18:10; cf. 17:1; 19:2).

Estas muchas Escrituras se dan aquí sin disculparse por su número, no sólo porque lo que Dios tiene que decir es más importante que lo que el hombre puede decir, sino también porque prueban de manera concluyente el punto: el carácter distintivo del período de la Tribulación es que es un tiempo de ira divina. A Satanás se le puede dar un poco de margen antes de que sea encadenado, pero la fuente principal de la ira en la Tribulación no es ni Satanás ni los hombres malvados, sino Dios. Él la derrama “sin diluir”. No hay ni una gota de agua para enfriar su calor. No se mezcla con la esperanza o la gracia. Es la ira no diluida de Dios en un mundo que ha rechazado a su propio Hijo glorioso.

Reese ignora todas estas Escrituras, argumentando su caso sólo en base a Apocalipsis 12:12-17 y 13:7. Todo lo cual puede servir para ilustrar un punto: Cuando un escritor inteligente hace un gran alboroto por un argumento débil, es de buen juicio buscar las Escrituras independientemente y sacar las conclusiones directamente de ellas. Se sostiene aquí que las persecuciones de esta época son los esfuerzos de los hombres malvados para exterminar la Iglesia, mientras que las tribulaciones de ese período futuro serán principalmente la ira y el juicio de un Dios enojado sobre los rechazadores de Cristo. Todo lo demás no es más que un incidente en el programa de Dios. La ira, los juicios y las plagas son del Señor, y en las palabras de Hebreos 10:31, será “horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo”.

A la Iglesia se le promete expresamente la liberación de la ira de Dios. Por supuesto, la Biblia no sale con tantas palabras y dice, “El rapto de la Iglesia será pretribulacional.” Ni, por ejemplo, la Biblia dice directamente: “El bautismo debe ser por inmersión”, ni “La forma representativa de gobierno de la iglesia es la más acorde con la Iglesia Apostólica”. La mayoría de las principales doctrinas de la Biblia están confirmadas por tales declaraciones directas e inexpugnables, pero algunas no lo están. Muchas preciosas verdades bíblicas no quedan expuestas en la superficie inmediata. Por lo tanto, hay diferencias de opinión incluso en las filas de los piadosos estudiantes de la Biblia. Sin duda, el Señor lo ordenó así para que Su pueblo siga escudriñando las Escrituras.

Hay que dudar antes de ser demasiado dogmático en temas en los que los hermanos han acordado no estar de acuerdo. Sin embargo, parece que con respecto al tiempo del rapto de la Iglesia, hay suficientes Escrituras para llegar a una conclusión positiva, oponiéndose los hermanos que no están de acuerdo sólo porque han construido sus conclusiones sobre premisas equivocadas. Fraser se ve obligado a admitir que “Dios puede preservar a los suyos de los juicios que envía sobre los impíos”[23], pero argumenta que “es muy posible, entonces, que la verdadera Iglesia pase por la tribulación sin experimentar los juicios de Dios sobre los malvados”[24]. Dios podría llevar a la Iglesia a través de la gran tribulación, y todo el tiempo protegerla de sus juicios, así como protegió a los israelitas de las grandes plagas derramadas sobre Egipto. Pero la pregunta no es si Dios puede, sino si Dios permitirá que Su Iglesia entre en un período manifiestamente diseñado como un tiempo de Su ira sobre los pecadores. Las Escrituras, y no la especulación, deben proporcionar la respuesta.

No es necesario demostrar aquí que Cristo proporcionó, a través de su obra en la cruz, una salvación completa y eterna para todos los que confían en él. La salvación que Dios ofrece al pecador es completa (Hebreos 7:25); es gratuita (Romanos 6:23); es para siempre (Juan 10:28). Incluye la justificación pasada, la santificación presente y la glorificación futura. Redime y salvaguarda al creyente de la ira de Dios en todas sus formas.

Romanos 8:1 asegura que no hay condenación o juicio para los que están en Cristo Jesús. Romanos 5:9 declara claramente: “Mucho más, pues, estando ya justificados por su sangre, por él seremos salvos de la ira“. Aquí, ser salvado de la ira se refiere principalmente a la salvación del castigo eterno, del infierno. ¿Pero no incluye también la liberación de ese tiempo de juicio en la tierra que se caracteriza principalmente por el derramamiento de las copas de la ira de Dios? I Tesalonicenses 5:9 confirma el hecho de que la ira de la tribulación también está a la vista, cuando habla de la aparición de Cristo por los suyos en las nubes, y cuando declara de los que se han puesto el yelmo de la salvación: “Dios no nos ha destinado para la ira, sino a obtener la salvación (liberación) por nuestro Señor Jesucristo.” El sufrimiento es a menudo la porción del cristiano (Rom. 8:17; II Tim. 2:12; Fil. 1:29), ¡pero no la ira! La ira está reservada para los incrédulos:

Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad; (Rom. 1:18; cf. 2:3).

Mas por causa de tu terquedad y de tu corazón no arrepentido, estás acumulando ira para ti en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios (Rom. 2:5).

pero a los que son ambiciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia: ira e indignación. Habrá tribulación y angustia para toda alma humana que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego; (Rom. 2:8-9).

La tribulación y la venganza caen sobre los que no conocen a Dios:

Porque después de todo, es justo delante de Dios retribuir con aflicción a los que os afligen, y daros alivio a vosotros que sois afligidos, y también a nosotros, cuando el Señor Jesús sea revelado desde el cielo con sus poderosos ángeles en llama de fuego, dando retribución a los que no conocen a Dios, y a los que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesús. (II Tes. 1:6-8).

Los cristianos, sin embargo, deben servir al Dios vivo y verdadero, y “esperar [no a la tribulación, sino] a su Hijo del cielo” (I Tes. 1:10). Pablo exhortó a los creyentes de Tesalónica:

Finalmente , hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor se extienda rápidamente y sea glorificada, así como sucedió también con vosotros; y para que seamos librados de hombres perversos y malos, porque no todos tienen fe. Pero fiel es el Señor quien os fortalecerá y protegerá del maligno. Y tenemos confianza en el Señor respecto de vosotros, de que hacéis y haréis lo que ordenamos. Que el Señor dirija vuestros corazones hacia el amor de Dios y hacia la perseverancia de Cristo. (II Tes. 3:1-5).

Algunos de los escritores posttribulacionalistas se ven obligados, por el propio peso de estas Escrituras, a conceder que la Iglesia no puede estar en la tierra durante el “día de la ira de Dios”, pero como no están dispuestos a reconocer que la Iglesia no tiene cabida en Apocalipsis 6-18, se ven obligados a referir la ira de Dios al final de todo el período después de que Cristo regrese a la tierra con sus santos. Esta es la posición de Rose:

“El día de la venganza de nuestro Dios” debe ser interpretado como diferente de “La gran tribulación”. Los santos sufren tribulación mientras Cristo está ausente de la tierra, pero cuando regrese Sus santos serán liberados; y Dios recompensará su tribulación con la Ira sobre los impíos en El Gran Día de la Ira. Esa ira no tocará a los santos; “porque Dios no nos ha destinado para ira, sino a obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo.”[25]

Esta declaración es un reconocimiento no solicitado de un escritor postribulacionalista de que 1 Tesalonicenses 5:9 habla de la ira de la tribulación así como de la ira eterna. La conclusión de Rose, sin embargo, es definitivamente errónea, porque ya se ha demostrado que la ira se encuentra en Apocalipsis 6:16, 17; 11:18; 14:9, 10; 14:19; 15:1, 7; 16:1, 19, y encuentra, no su comienzo, sino su consumación en Apocalipsis 19:15.

Tampoco debe perderse la fuerza de la tipología del Antiguo Testamento en relación con el propósito de Dios de salvar a los suyos de las temporadas particulares de la ira divina. Raahab fue salvada por Josué y sacada de Jericó antes de que la ciudad fuera conquistada y destruida (Josué 6:16, 25; Hebreos 11:31). Lot debe ser primero removido de Sodoma, antes de que la ira de Dios pueda ser derramada sobre las ciudades malvadas de la llanura (Gen. 19:14). Recordemos la intercesión de Abraham ante Dios, cuando pidió: “¿Destruirás también al justo con el malvado?” y cuando recibió la respuesta de Dios: “¿No hará bien el Juez de toda la tierra?” (Gen. 18:23, 25). La clara respuesta de Dios es dada a Lot por su mensajero celestial: “Date prisa, escapa allá, porque nada puedo hacer hasta que llegues allí.” (Gen. 19:22). Así será cuando Dios se prepare para derramar su ira en una gran tribulación sobre la tierra.

Se ha objetado que Dios permitió a Noé y su familia pasar por el diluvio, en lugar de retirarlos por completo de la escena del juicio. Noé no puede ser entonces un tipo de la Iglesia, sino más bien un tipo de Israel en el futuro día del juicio, en la Tribulación pero protegido de la serpiente y el diluvio que arrojó de su boca (Apocalipsis 12:14, 15). La Iglesia puede ser prefigurada, más bien, por Enoc, que fue arrebatado directamente a la presencia de Dios antes de que el juicio del diluvio se derramara sobre la tierra (Gen. 5:24). Que esos eventos estaban destinados a ser una señal para el pueblo de Dios y una advertencia para los pecadores es claramente revelado por las palabras de Pedro:

4 Porque si Dios no perdonó a los ángeles cuando pecaron, sino que los arrojó al infierno y los entregó a fosos de tinieblas, reservados para juicio; 5 si no perdonó al mundo antiguo, sino que guardó a Noé, un predicador de justicia, con otros siete, cuando trajo el diluvio sobre el mundo de los impíos; 6 si condenó a la destrucción las ciudades de Sodoma y Gomorra, reduciéndolas a cenizas, poniéndolas de ejemplo para los que habrían de vivir impíamente después; 7 si rescató al justo Lot, abrumado por la conducta sensual de hombres libertinos 8 (porque ese justo, por lo que veía y oía mientras vivía entre ellos, diariamente sentía su alma justa atormentada por sus hechos inicuos), 9 el Señor, entonces, sabe rescatar de tentación a los piadosos, y reservar a los injustos bajo castigo para el día del juicio, (II Pedro 2:4-9).

Lot era un hombre de muchas imperfecciones y compromisos, pero como adorador del verdadero Dios, se le consideraba un “alma justa”. “No puedo hacer nada”, dijo el ángel, “hasta que tú llegues allí”. Aun así, la verdadera Iglesia, a pesar de sus muchas imperfecciones, será apartada como aquellos que son justos ante Dios. La ira no será derramada hasta que sea eliminada. Porque hemos sido salvados de la ira, Dios no podrá derramar sus frascos hasta que la Iglesia sea quitada del camino.

Una promesa más a la Iglesia debe ser considerada antes de pasar a otros asuntos. Se encuentra en Apocalipsis 3:10, y es parte del mensaje de Dios a la Iglesia de Filadelfia: “Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la tentación que vendrá sobre todo el mundo, para probar a los que habitan en la tierra.” En estas palabras, los pretribulacionistas encuentran una promesa específica de que la Iglesia será removida antes del comienzo de la Tribulación. Reese, sin embargo, se apresura a señalar que el versículo ha sido traducido de otra manera, y cita con aprobación la traducción liberal de Moffatt: “Porque has guardado la palabra de mi paciente resistencia, te mantendré a salvo a través de la hora de la prueba que viene sobre el mundo entero para probar a los moradores de la tierra.”[26] Aquí, entonces, está el problema: ambos lados afirman Apocalipsis 3:10 como texto de prueba. Para que los lectores apresurados no consideren esto un callejón sin salida, los siguientes hechos se someten a consideración:

(1) Esta promesa es dada a toda la Iglesia de Jesucristo, no sólo a una asamblea local existente en los días del Apóstol Juan. Estas siete cartas a las iglesias tienen un significado múltiple. Fueron dirigidas en primer lugar a las siete iglesias existentes en la provincia más occidental de Asia Menor, y muy probablemente cada carta cuando a las siete (cf. Apocalipsis 2:29, “lo que el Espíritu dice a las iglesias”). El hecho de que hubiera siete revela que las iglesias eran representativas, ya que había más de siete asambleas locales en Asia Menor. De la misma manera, los siete candelabros de oro parecen ser representativos de todas las iglesias (Apocalipsis 1:20). Estas primeras asambleas bien pueden reflejar siete tipos diferentes de iglesias (y también de cristianos individuales) que se pueden encontrar en cualquier lugar en cualquier siglo. Se ha pensado que también representan una visión profética del curso de la Iglesia visible a través de su larga y variada historia. Thiessen ha resumido esta última idea como sigue:

Las características de estas iglesias encajan cronológicamente en sus respectivos lugares en la historia de la Iglesia. La Iglesia de Éfeso corresponde a la Iglesia Apostólica. La Iglesia de Esmirna encuentra su contraparte en la Iglesia Mártir de los siglos II y III. La Iglesia de Pérgamo representa la Iglesia del Estado, comenzando con Constantino y continuando hasta el final. La Iglesia de Tiatira tiene los rasgos de la Iglesia Papal, comenzando con Gregorio el Grande y continuando hasta el final. La Iglesia de Sardis representa la Iglesia de la Reforma, comenzando con el siglo XVI. La Iglesia de Filadelfia establece las características de la Iglesia Misionera, comenzando con el surgimiento de las misiones modernas bajo William Carey. Y la Iglesia de Laodicea retrata la Iglesia Apóstata de los últimos días … Para el que cree en la inspiración plenaria de las Escrituras y estudia las descripciones detalladas, las correspondencias entre estas iglesias y los períodos sucesivos de la historia de la iglesia parecen demasiado marcadas para ser meramente incidentales. Sale con la convicción de que cuando una llave encaja tan completamente en los diversos pabellones de una cerradura como los detalles de estas Cartas, debe haber encontrado la llave correcta y la verdadera interpretación.[27]

Es evidente que la carta a la iglesia de Filadelfia tiene más que una aplicación local. Si la interpretación anterior es aceptada, entonces se deduce que el mensaje a la iglesia de Filadelfia contiene importantes enseñanzas sobre el tiempo del rapto, y que la Iglesia de Laodicea habla de un tipo de cristiandad apóstata que entrará en la Tribulación después de la eliminación de la verdadera Novia de Cristo.

(1) El juicio que se promete no es local, pues ha de venir “sobre todo el mundo”. Este hecho se suma a la convicción de que la Tribulación es aún futura, y no es histórica. Las persecuciones del pasado, aunque temerosas y repugnantes, se limitaron sin embargo a un grupo, y por lo general a un país o zona. Pero en la Tribulación venidera, todo el mundo se maravillará después de la Bestia (Apocalipsis 13:3), y todos los que la adoren se someterán a la ira feroz de un Dios justo (Apocalipsis 13:8; 14:9-11).

(2) ¿Sobre quién recaerá esta hora de prueba? El texto dice que vendrá sobre “los que habitan en la tierra”. Con respecto a estos “moradores de la tierra”, Thiessen señala: “Es significativo notar que la palabra para morar no es el oikeo ordinario, sino la forma reforzada de la palabra, katoikeo, que significa aquellos que se han establecido en la tierra, que se han identificado con ella”[28] La palabra transmite la idea de permanencia y la completa identificación con el mundo. Como tal, difícilmente sería adecuado si describiera o incluso incluyera a los miembros de la Iglesia, que en la tierra son extranjeros y peregrinos (Hebreos 11:13) y cuya ciudadanía está en el cielo (Fil. 3:20).

(3) Es generalmente aceptado que la Tribulación está a la vista en Apocalipsis 3:10. El problema es determinar si las palabras “desde la hora de la tentación” denotan pasar por la Tribulación, o ser sacado de ella. En este punto hay una gran división de opiniones. Reese debe presentar tres textos para apoyar su opinión de que la preposición έκ permite la traducción “a través de la hora”, mientras que Pollock escribe con el mismo énfasis:

Es notable que de las más de 890 veces que la preposición, ek, se encuentra en el Nuevo Testamento, sólo una vez, Gálatas iii. 8, se traduce a través, y allí el sentido si evidentemente por, “Dios justificaría a los paganos a través de o por la fe.” …La palabra es traducida docenas y docenas de veces por la palabra, por, y muchas veces por las dos palabras, de. Pero ser “alejado de“, no es estar “a salvo en“. Un niño puede ver la diferencia entre desde y dentro.[29]

Thiessen cita a Alford, Buttmann-Thayer y otros en el sentido de que έκ y άπό a menudo sirven para denotar una misma relación, y que el término τηρείυ έκ puede significar o bien “resistencia exitosa” o “inmunidad absoluta a”. Aunque algunos insistan en la primera connotación, la gramática permite ciertamente la segunda, que la Iglesia está prometida a llevar el peso del argumento cuando concluya:

Es preciso señalar que la promesa no sólo se mantiene desde el juicio, sino desde la hora del juicio, es decir, que se mantiene la exención del período de prueba, no sólo del juicio durante ese período. Y finalmente, cuando hubiera sido tan fácil escribir ευ τη ωρα, si el escritor hubiera querido decir preservación en esa hora, ¿por qué debería escribir εκ της ωρας, como lo hizo? Seguramente, esto no es un accidente.[30]

Se puede concluir que la gramática, si no es concluyente, al menos favorece la eliminación de la hora del juicio[31]. Esta interpretación está más en armonía con el contexto, “la palabra de mi paciencia”, que sugiere paciente esperando a Cristo. La “hora de la tentación” es caer sobre los “moradores de la tierra”, una designación que ocurre constantemente a lo largo de la porción de la Tribulación del libro del Apocalipsis, pero que nunca sugiere un pueblo celestial (Apocalipsis 6:10; 8:13; 11:10; 12:12; 13:8, 12, 14; 14:6; 17:2, 8). En las palabras “vengo pronto” se puede ver el rapto, y la referencia a “tu corona” sugiere el juicio del asiento de Bema a seguir. “Porque has guardado la palabra de mi perseverancia, yo también te guardaré de la hora de la prueba, esa hora que está por venir sobre todo el mundo para poner a prueba a los que habitan sobre la tierra.” Aquí, entonces, hay una promesa que indica claramente el rapto pretribulacional de la Iglesia. Cuando se añade a las promesas ya consideradas que la Iglesia nunca sufrirá la ira de Dios, se debe admitir un fuerte apoyo escritural a la posición pretribulacional.

En cuanto a la afirmación de que la Iglesia pasará por la Tribulación porque siempre ha tenido tribulación, se ha demostrado que el propósito, la extensión, la duración, la intensidad y la fuente de la tribulación en el período venidero difiere en casi todos los particulares de la persecución que en esta época todavía recae en diversos grados sobre el pueblo de Dios. Dejemos que el lector juzgue por sí mismo la fuerza y la seguridad de estas conclusiones. Que se alegre de que se prometa a la Iglesia, no la ira, sino el arrebatamiento. Que considere bien que la perspectiva de la Iglesia en relación con la Tribulación está expresada con precisión por la frase bíblica, “Guardado de la Hora”.


[1] Patrick Fairbairn, Prophecy Viewed in Respect. To its Distinctive Nature, its Special Function, and Proper Interpretation, pp. 1, 2.

[2] Sir Robert Anderson, The Coming Prince.

[3] John F. Walvoord, “Is the Seventieth Week of Daniel Future?”  Bibliotheca Sacra, CI (January-March, 1944), 30-49.

[4] Ibid., p. 36.

[5] Sin embargo, no todos están de acuerdo. George L. Rose, in Tribulation Till Translation, p. 247, es un posttribulacionalista que encuentra conveniente aceptar el “punto de vista histórico”. De los pretribulacionistas, dice, “Teniendo estos supuestos siete años a la mano, naturalmente deben hacer algo al respecto, así que se unen a la idea equivocada sobre ‘la gran tribulación'”. Rose sostiene que “las setenta semanas se cumplieron hace más de 1500 años.”

[6] S. P. Tregelles, The Hope of Christ’s Second Coming, p. 30.

[7] Robert Cameron, Scriptural Truth About the Lord’s Return, p. 18.

[8] Norman S. McPherson, Triumph Through Tribulation, pp. 2, 3.

[9] Alexander Reese, The Approaching Advent of Christ, p. 255.

[10] John J. Scruby, The Great Tribulation:  The Church’s Supreme Test, p. 132.

[11] Ibid., pp. 140, 141.

[12] Reese, op. cit., p. 294.

[13] Scruby, op. cit., pp. 153, 154.

[14] Donald Grey Barnhouse, “Some Questions About Our Lord’s Return,” Revelation, XII (November, 1942), 498, 526-28.

[15] La iglesia, y los “elegidos” de Mateo 24 y el libro del Apocalipsis, serán discutidos en el siguiente capítulo.

[16] Alexander Fraser, Is There But One Return of Christ?, p. 63.

[17] Scruby, op. cit., p. 152.

[18] Ibid., p. 154.

[19] Fraser, op. cit., p. 63.

[20] Henry W. Frost, Matthew Twenty-four and the Revelation, p. 64.

[21] Reese, op. cit., p. 284.

[22] Reese, op. cit., p. 283.

[23] Fraser, op. cit., p. 65.

[24] Ibid., p. 67.

[25] Rose, op. cit., p. 204.

[26] Reese, op. cit., p. 201, italics his.

[27] Henry C. Thiessen, “Will the Church Pass Through the Tribulation? Bibliotheca Sacra, SCII (April-June, 1935), 199, 200.

[28] Henry C. Thiessen, Lectures in Systematic Theology, p. 479.

[29] A. J. Pollock, Will the Church Go Through the Great Tribulation?, p. 11.

[30] Henry C. Thiessen, Bibliotheca Sacra, op. cit., XCII, 202, 203.

[31] Nótese también que el único otro uso de τηρεω εκ en el Nuevo Testamento griego ocurre en Juan 17:15, donde Cristo ora por la liberación de los suyos del maligno. El pensamiento es que no se nos permitirá caer en las garras de Satanás, y no que él nos agarre y nos haga ser liberados por la fuerza. De manera similar, Apocalipsis 3:10 no tiene en cuenta que el creyente ha sido liberado de las garras de la tribulación

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