El Pecado Original y la Consejería

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El Pecado Original y la Consejería

POR DAVE DUNHAM

La Biblia habla del pecado en dos formas diferentes. Cada categoría es parte de una teología más grande del pecado que nos ayuda a entendernos a nosotros mismos y al mundo. Una teología cristiana del pecado debe hacer justicia tanto a las categorías del pecado original como al pecado real. Comenzamos a ver particularmente la doctrina del pecado original, y enfatizamos la importancia de entender esta doctrina a fin de responder y tratar adecuadamente la cuestión del pecado real. Los consejeros bíblicos, en particular, necesitan comprender la doctrina del pecado original o no podremos ayudar a las personas a abordar adecuadamente los síntomas de su corazón.

Es fácil hablar de pecados reales, pero es importante comenzar con el fundamento teológico de la pecaminosidad humana: el pecado original. El pecado original se refiere a la naturaleza pecaminosa heredada que se ha transmitido a todos los hombres desde que Adán pecó por primera vez. Esta naturaleza de pecado deja al hombre en un estado de pecaminosidad que resultará en obras de pecado y, finalmente, muerte (Romanos 6:23).

La Biblia nos enseña que no somos pecadores principalmente porque pecamos, sino que pecamos porque ya somos pecadores. Tenemos una naturaleza pecaminosa que nos predispone hacia los actos pecaminosos. La Biblia nos enseña que todos somos pecadores en virtud de que somos herederos espirituales de Adán. Las Escrituras nos enseñan esto a través de tres medios diferentes: (1) versículos sobre la integridad del pecado; (2) versículos sobre la naturaleza inherente del pecado; (3) versículos sobre la permanencia del pecado. Miremos cada juego de versículos brevemente.

La Amplitud Del Pecado

Varios pasajes apuntan a la amplitud del pecado en términos de su universalidad. Entonces, por un lado, aprendemos que el pecado ha impactado a todos en todas partes. Pablo dice que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), que no hay “ninguno que es justo” (Romanos 3:10). El pecado nos ha infectado a todos desde Adán. Pablo afirma este punto profundo en su discusión de la relación entre el pecado y la ley en Romanos 5. Leemos:

Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron; pues antes de la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa cuando no hay ley. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán, el cual es figura[b] del que había de venir. (Romanos 5:12-14)

Pablo declara que sin la ley para identificar actos específicos de pecado, entonces el pecado no puede ser contado. Sin embargo, la muerte es una consecuencia del pecado y la muerte reinó desde Adán hasta Moisés (el dador de la ley). El punto de Pablo, entonces, es que el pecado tenía su influencia en todos nosotros, aparte de cualquier violación moral específica. La presencia de la muerte incluso antes de la entrega de la ley evidencia que el pecado todavía estaba en el trabajo en todos nosotros. El pecado se ha extendido a todos los hombres, como lo demuestra el hecho de que todos los hombres experimentarán la muerte. Todos nos hemos alejado de Dios (Isaías 53:6).

La Naturaleza Inherente Del Pecado

Las Escrituras también hablan claramente de que nacimos en pecado. David, en el Antiguo Testamento, confiesa humildemente a la realidad de que nació en pecado (Sal. 51:5; Sal. 58:3).Pablo nos dice en el Nuevo Testamento que somos “por naturaleza hijos de ira” (Efesios 2: 3), lo que significa que estamos bajo el juicio de Dios por el pecado. Juan se hace eco de ese sentimiento al afirmar que, aparte de la fe en la intervención de Cristo, la ira de Dios “permanece” sobre nosotros, lo que significa que ya está presente y es nuestro lugar de partida natural (Juan 3:36).

El pecado habita en nosotros y es nuestro lugar de partida natural como personas. De hecho, Pablo utiliza el lenguaje de “carne” y “cuerpo” para describir nuestro estado natural de pecado. Tenemos “carne pecaminosa” (Romanos 8:3), un “cuerpo de pecado” (Romanos 6:6) y una “naturaleza terrenal” que produce el pecado (Col 3:5). Somos pecadores nacidos y permaneceremos en un estado de pecado aparte de la obra misericordiosa de Dios para redimirnos.

La Permanencia Del Pecado

Finalmente, las Escrituras señalan nuestra incapacidad para vencer esta naturaleza de pecado. Es parte de nosotros que deshacerse de nuestra pecaminosidad se compara con un leopardo que cambia sus manchas, o una persona que cambia su etnia (Jeremías 13:23). Al igual que estos hechos inalterables de la realidad, no podemos cambiar nuestra pecaminosidad. Pablo declara claramente que solo Cristo puede liberarnos de este cuerpo de pecado y muerte (Romanos 7:24). Eso es porque debemos nacer del Espíritu, no simplemente nacer de la carne (Juan 3: 5), porque “lo que es nacido de la carne, carne es, pero lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:6). Es solo en Cristo que podemos ser convertidos en una “nueva creación” (2 Corintios 5:17). No hay cantidad de buenas obras que puedan cambiar esta naturaleza de pecado, ninguna cantidad de actividad piadosa, ni cantidad de autorreforma. A menos que creamos en Cristo, todos moriremos en nuestros pecados (Juan 8:24). El pecado es un problema permanente, solo Cristo puede alterar esa realidad.

Este estado de pecado original es muy importante para nuestra comprensión de la doctrina del pecado. Sin un conocimiento de la raíz de nuestra enfermedad trataremos de tratar solo los síntomas y las manifestaciones a nivel de superficie. Hay mucho, mucho trabajo que debe hacerse en ese nivel, y una división demasiado fuerte entre estas categorías de pecado nos dejará anémica teológica y éticamente. Sin embargo, debemos comenzar desde la base para hacer una diferencia real y duradera en nuestras propias vidas y las vidas de los demás.

Los consejeros bíblicos deben conocer la teología porque da forma a la manera en que abordamos los problemas y las personas. Si no captamos la gravedad del pecado original, trataremos de modificar el comportamiento. La conducta debe ser alterada, pero sin entender las raíces de nuestro problema de pecado, le enseñaremos a la gente a esconder mejor su pecado o cambiarlo por formas de pecado más aceptables. Es como enseñar a un hombre abusivo técnicas para controlar su enojo, o comunicarse con cuidado. Puede aprender a ser más educado en su control y manipulación, pero el abuso en su corazón aún reside. Debemos entender la realidad del Pecado Original mientras buscamos ayudar a los demás, especialmente a los no cristianos. La modificación del comportamiento puede hacerles algún bien, pero no hará nada para ayudarlos a abordar el estado fundamental de su corazón y el futuro destructivo que les espera. La doctrina es importante para el asesoramiento, y esta doctrina en cuestiones particulares para abordar los problemas.

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