Rendición Incondicional

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ESJ-2018 1217-002

Rendición Incondicional

Por Steven J. Lawson

¿O qué rey, cuando sale al encuentro de otro rey para la batalla, no se sienta primero y delibera si con diez mil hombres es bastante fuerte como para enfrentarse al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando el otro todavía está lejos, le envía una delegación[a] y pide condiciones de paz
(Lucas 14:31-32).

La decisión de seguir a Jesucristo requiere la entrega incondicional de nuestras vidas a Él. Si vamos a ser Sus discípulos, debemos someternos a la autoridad como suprema sobre nosotros. Debemos reconocer Su derecho de gobernar nuestras vidas y buscar complacerlo. Venir tras Él requiere que lleguemos al final de nosotros mismos y le entreguemos el control de nuestras vidas. Debemos renunciar a todos los derechos personales al poder gobernante de Cristo. Esto es lo que es necesario para seguirlo.

En la multitud de ese día, había quienes no estaban informados sobre el alto precio de seguir a Cristo. Fueron arrastrados por la emoción del momento. No tenían idea de las demandas de Cristo, que requerían que entregaran sus vidas a su señorío. Además, no tenían ni idea de las peligrosas condiciones en las que se encontraban. Sin que ellos lo supieran, estaban en guerra con Aquel a quien seguían. Aún más grave que esto, ellos no sabían que Cristo estaba en guerra con ellos.

En la siguiente parábola, Jesús se refirió a estas verdades contundentes. Aquel que es ‘la verdad’ (Juan 14:6) ilustró perfectamente las consecuencias de no seguirle en sus términos. Él contó esta historia que implicaba un conflicto militar entre dos reyes adversarios. Cada monarca tiene dos ejércitos marchando bajo su mando. Estos dos gobernantes están en guerra entre sí. Pero la confrontación es un terrible desajuste, ya que el rey que se acerca dirige a soldados muy superiores a este conflicto. Su fuerza militar muy superior resultará en la derrota segura del rey menor. Este gobernante superdotado debe rendirse ante el rey que avanza antes de que sea demasiado tarde. Al examinar esta parábola, la aplicación para nuestras vidas será obvia.

Cuando Dos Reyes Hacen Guerra

Jesús comenzó preparando la escena: “¿O qué rey, cuando sale al encuentro de otro rey para la batalla…” (v. 31). Aquí, Él habló de estos dos reyes que están en guerra entre sí. Cada monarca reinaba sobre su propio reino. Estos dos soberanos entraban en batalla el uno con el otro, liderando sus respectivas fuerzas. Había una amarga oposición entre ellos, y una lucha por la construcción se había intensificado hasta un punto de ruptura. Son dos potencias en intenso conflicto que involucran a cada uno de sus reinos. Esta rivalidad era tan intensa que pronto se produciría una batalla inevitable.

En este choque acalorado, solo un rey saldrá victorioso. Estos no son dos poderes iguales. Un gobernante es muy superior al otro. El soberano más fuerte ganará fácilmente la dominación sobre su enemigo más débil y, a su vez, ganará el botín de la victoria. El rey menor lo perderá todo y se convertirá en el esclavo del otro. El que sufre la derrota perderá incluso su vida. Esta es una batalla del ganador se lleva todo.

El Cálculo Necesario

En esta parábola, Jesús explica además que cuando el rey inferior se da cuenta de que está siendo amenazado por el monarca superior, …no se sienta primero y delibera si con diez mil hombres es bastante fuerte como para enfrentarse al que viene contra él con veinte mil?‘ (v. 31). Este rey en peligro de extinción debe considerar lo que significará para él entrar en batalla con este déspota dominante. Debe calcular si sus fuerzas pueden resistir tal ataque. Debe sopesar sus posibilidades contra estas fuerzas en avance. El gobernante de menor tamaño debe determinar si es lo suficientemente fuerte con la mitad de los soldados para resistir el ataque de este gran rey.

La única conclusión racional es la siguiente: no hay manera de que el rey, superado en número, pueda prevalecer contra la amenaza que representa el monarca mayor. Si entra en este conflicto, seguramente será derrotado y destruido. No hay posibilidad de que el gobernante superado pueda resistir la agresión despiadada del gobernante superior. Este rey falto de mano de obra debe recobrar el sentido común y darse cuenta de que se encuentra en una situación de grave desventaja. Debe actuar inmediatamente antes de que sea demasiado tarde.

El Rey Confrontado

Para entender correctamente esta parábola, es necesario identificar estos dos poderes. Mientras Jesús contaba esta historia, ambos monarcas guerreros estaban allí de pie ese día. El rey menor representaba a cada persona no convertida en la multitud ese día. Por esta analogía, cada persona -como un rey- tiene la responsabilidad de presidir los asuntos de su reino. Un gobernante entronizado reina sobre los negocios de sus dominios. Un gobernante debe pensar cuidadosamente sobre los problemas que enfrenta. Sus decisiones afectarán el futuro de su reino.

Así fue con cada persona no comprometida en la multitud. Estos seguidores no comprometidos eran muy parecidos a un rey que gobernaba sobre un reino. En este caso, presidían los asuntos de su propia vida. El asunto de seguir a Cristo requería su cuidadosa deliberación, como un rey cuando se le presenta una crisis. Lo que decidan con respecto a Jesús no sólo afectará a sus condiciones actuales, sino que, en última instancia, determinará su destino eterno. Ninguna decisión podrá compararse con la importancia de ésta ante ellos.

El Rey Que Se Acerca

En esta parábola, el otro rey es el que está contando esta historia. Este monarca que se acerca es el mismo Jesucristo, que posee un poder infinitamente mayor. Él es el Todopoderoso, el Rey de reyes y Señor de señores (Apc. 19:16). Él posee y ejerce soberanía absoluta sobre cada persona viviente. Su autoridad es incomparable y ningún enemigo puede resistir sus avances. Él dice: Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra’ (Mateo 28:18). La autoridad incomparable le pertenece sólo a Él.

Sobre este Rey, la Biblia dice: “Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. Su dominio es un dominio eterno que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (Dan. 7:14). Pablo sostenía que Dios el Padre le resucitó de entre los muertos y le sentó a su diestra en los lugares celestiales, muy por encima de todo principado, autoridad, poder, dominio y de todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo sino también en el venidero. Y todo sometió bajo sus pies” (Efesios 1:20-22). Esta declaración anuncia la soberanía ilimitada de Jesucristo sobre todo el universo y esto incluye a cada persona en la tierra.

Toda vida humana está sometida a la omnipotencia de Jesucristo. Cada persona está subordinada a sus decisiones. Pablo escribió: “Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al[a] nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:9-11). Esta declaración revela Su posición exaltada sobre todo el cielo y la tierra.

El Conflicto De Las Epocas

Esta parábola enseña la guerra hostil que existe entre el hombre pecador y Dios santo. No están en paz entre sí, pero, de hecho, se encuentran en un conflicto grave. El rey menor está en guerra con el mayor. Esto representa la enemistad espiritual que toda persona no convertida tiene con Jesucristo. Aquellos en la multitud ese día no se dieron cuenta del estado de guerra en el que se encontraban. Pero es su incredulidad lo que los ha puesto en esta guerra espiritual contra Dios. No estaban en condiciones de paz con Él, sino en un estado de guerra declarado.

El resto de la Biblia confirma esta verdad. Todo incrédulo se encuentra en una rebelión cósmica contra el Rey del cielo. Jesús dijo: “El que no está conmigo, está contra mí” (Mateo 12:30). Pablo declara que todos los incrédulos son “enemigos” de Dios (Rom. 5:10). Además, son “vosotros antes estabais alejados y erais de ánimo hostil” (Col. 1:21). Esta es la traición espiritual de la raza humana contra Dios todopoderoso.

Cristo En Guerra

Esta parábola, sin embargo, enseña algo aún más aleccionador. Representa a Jesucristo en guerra con los pecadores que se niegan a arrepentirse y rendirse a él. Al hablar de “la ira venidera,” Juan el Bautista advirtió que el juicio irreversible era inminente: “Y el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego” (Mateo 3:10). Jesucristo mismo será el Ejecutor de esta ira divina contra todos los incrédulos.

Jesús es el que “juzga y hace la guerra” (Apoc. 19:11). La Escritura dice: “Y los ejércitos que están en los cielos, vestidos de lino fino, blanco y limpio, le seguían sobre caballos blancos. De su boca sale una espada afilada para herir con ella a las naciones, y las regirá con vara de hierro; y El pisa el lagar del vino del furor de la ira de Dios Todopoderoso.” (Apoc. 19:14-15).

La aplicación era inconfundible. Jesús dio esta advertencia a aquellos en la multitud que no estaban en un estado neutral con Él. No hay un estado neutral con Cristo. Estamos de Su lado o en guerra con Él. Y sin embargo, Él ofrece paz a través de Sus términos a todos Sus enemigos, pero ellos deben aceptarlos en su totalidad. Él les concedió gracia en esta invitación, pero ellos deben responder con su entrega porque Él se está acercando en el juicio final. Esta es una dura verdad, pero no obstante, la verdad.

Términos de Paz

Al concluir esta parábola, Jesús explicó la misericordia que ofreció a la multitud. Se encontró en la forma de este rey superior que ofrecía términos de paz: `O si no, mientras el otro está todavía lejos, envía una delegación y pide términos de paz’ (v. 32). El rey invasor con fuerzas muy superiores ofrece la posibilidad de reconciliación. La única decisión racional que podía tomar el rey inferior era rendirse. Si el rey superdotado no acepta esta tregua, perderá la batalla. Cualquier gobernante cuerdo volvería a sus cabales y aceptaría su oferta de paz. Este rey menor no puede resistir a este rey mayor. Este rey superior viene pero ofrece terminar la guerra con sus términos de paz.

En esta parábola, los términos de la paz se encuentran en la cruz del Señor Jesucristo. Sólo Cristo hace la paz entre Dios y el hombre. La Biblia dice: “Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1). Esta paz se encuentra exclusivamente en Jesucristo, que es “nuestra paz” (Ef. 2:14). En Su primera venida el apóstol Pablo declara: Y vino y anuncio paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca (Efesios 2:17). Por Su muerte sustitutiva, Jesús “hizo la paz por la sangre de Su cruz” (Col. 1:20). Esta es la oferta libre del “evangelio de paz” (Efesios 6:15) a los que están bajo la ira de Dios. La buena noticia es que Dios en Cristo perdonará las ofensas de sus enemigos, no importa cuán inmensas sean.

Los Términos De La Paz

Jesucristo les extiende sus términos de paz. Él terminará la guerra entre Dios y usted. Esta es la oferta de reconciliación con Dios. Ninguna persona que piensa correctamente querrá entrar en conflicto con Jesucristo en el último día. Usted debe responder a Su invitación que requiere su completa rendición. No puede hacer su propio trato con Él. No va a negociar. La invitación es a aceptar sus términos de paz.

Jesús está pidiendo su veredicto. Acepte Su oferta antes de que sea demasiado tarde. Debe entregarle su vida incondicionalmente a Él.

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