Qué Hacer Cuando Pecas

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Qué Hacer Cuando Pecas

POR RANDY ALCORN

En la iglesia no se suele abordar con claridad cómo manejar el pecado de una manera que honre a Dios. Entonces, ¿qué pasos debo dar para enfrentarme al pecado? Primero, debo admitir mi pecado ante mí mismo. Tengo que llamar al pecado por lo que es: pecado, no sólo un error o un pequeño desliz. Debo dejar de racionalizar y de poner excusas. Jesús murió por nuestros pecados, no por nuestras excusas.

En segundo lugar, debo confesar mi pecado a Dios. Como Él ya lo sabe, el propósito no es informarle. Es para acordar verbalmente con Dios que lo que he hecho es, de hecho, pecado. Proverbios 28:13 dice: “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”

Aunque somos perdonados por Cristo de nuestros pecados pasados, incluso de algunos que no recordamos, estamos llamados a confesar nuestros pecados cuando nos damos cuenta de ellos: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9). (Este artículo supone que quienes lo lean ya han aceptado la oferta de salvación de Cristo. Si no lo han hecho, les animo a leer más aquí).

Puede parecer confuso que debamos seguir confesando los pecados recientes para experimentar un nuevo y fresco perdón. Pero si bien tenemos un perdón establecido de una vez por todas en Cristo, también tenemos una relación actual con Él que se ve obstaculizada por el pecado no confesado.

Recuerda que Dios nos ha visto en nuestro peor momento, y todavía nos ama. Con los brazos abiertos, nos invita a confesarnos y a arrepentirnos, y siempre nos responde con su gracia y su perdón.

Tercero, como parte de mi admisión y confesión, debo arrepentirme genuinamente. La verdadera confesión no es una admisión de mala conducta a regañadientes o con ligereza, sino una expresión de culpa, arrepentimiento y deseo e intención de cambiar. Siempre nos señala a Jesús, nuestro Salvador.

He tenido personas que me han dicho que se arrepienten del adulterio, pero se niegan a dejar de ver a su pareja en el adulterio. En realidad, su dolor es por las consecuencias del pecado, no por el pecado. Admitieron algo, pero no confesaron nada.

En cuarto lugar, hay un lugar en la familia y en la iglesia para confesar mis pecados no sólo a Dios sino también a los demás (Santiago 5:16). Hay que tener dos precauciones en dicha confesión: primero, se hace a los que realmente han sido perjudicados por el comportamiento (esto puede o no incluir a todo el cuerpo de la iglesia), y segundo, los detalles deben ser compartidos sólo cuando sea necesario. Dios no tiene problema en olvidar los detalles, pero la gente sí. ¿Por qué grabar en sus mentes imágenes que serán difíciles o imposibles de olvidar?

Pero una vez confesado y arrepentido, el pecado debe quedar atrás. Debemos aceptar el perdón de Dios. David lo describió de esta manera: "Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño" (Salmo 32:2).

Cuando era niño, tenía un golden retriever llamado Champ. Cada vez que le dábamos un hueso, lo masticaba hasta dejarlo pelado y luego se iba a enterrarlo. Pero una vez enterrado, no lo dejaba descansar. Todos los días, a veces varias veces al día, hacía su ronda, yendo a cada hueso enterrado -decenas de ellos- y desenterrándolos para masticarlos un poco más. Luego los volvía a enterrar, para repetir el proceso hasta el día de su muerte.

A diferencia de mi perro, Dios entierra nuestros pecados y los deja reposar; nunca los desentierra (Miqueas 7:18-19). Sin embargo, al igual que mi perro, a veces lo hacemos. Desenterramos los viejos pecados, los masticamos, los confesamos de nuevo y los enterramos, pero en una tumba poco profunda cuya ubicación memorizamos para poder acceder a ellos.

No sólo nos lo hacemos a nosotros mismos, sino también a los demás. Decimos piadosamente: "Te perdono", pero desenterramos viejos pecados para masticarlos en nuestras fiestas de compasión, los agitamos frente a otros como chismes, o los usamos como armas de venganza o herramientas de trueque y manipulación. Al hacerlo, nos obsesionamos con el pecado en lugar de con el Salvador. Le damos más crédito a su poder que al suyo.

(Una aclaración: la Biblia no sólo enseña el perdón de nuestros pecados, sino también las consecuencias de nuestras elecciones. El perdón significa que Dios elimina nuestra condena y culpa eternas. Pero no significa que nuestras acciones en esta vida no tengan consecuencias en la tierra. Las personas perdonadas pueden contraer una enfermedad de transmisión sexual o ir a la cárcel por conducir ebrios, por ejemplo. Y perdonar a quienes nos han hecho daño no significa darles la oportunidad de hacernos daño o impedirles que experimenten las consecuencias incorporadas del pecado).

Una vez confesados, nuestros pecados deben ser olvidados. Deberíamos elegir no seguir insistiendo en ellos:

Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús (Filipenses 3:13-14).

En la transgresión del hombre malo hay lazo; Mas el justo cantará y se alegrará. (Proverbios 29:6).

¿Qué seguridad tenemos en el amor de Dios? Jesús dijo: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano" (Juan 10:27-28).La verdadera felicidad sólo puede venir al darse cuenta del pecado, admitirlo y buscar la única solución: el perdón de Jesús basado en su obra redentora. Sólo en el perdón podemos tener la unidad relacional con Dios y, por lo tanto, la felicidad duradera.


Para más información sobre el perdón y la felicidad, consulte el libro de Randy Does God Want Us to Be Happy? Vea también sus blogs What If You Struggle to Forgive Yourself for a Past Sin? y What Is True Repentance?

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