Todos los Artículos

El Amor de Dios

Posted on Actualizado enn

EL AMOR DE DIOS

En las Sagradas Escrituras se nos dicen tres cosas acerca de la naturaleza de Dios. Primero, que “Dios es Espíritu” (Juan 4:24). En el griego no hay artículo indeterminado, por lo que decir “Dios es un espíritu» sería en extremo censurable, puesto que le igualaría a otros seres. Dios es “Espíritu” en el sentido más elevado.

Por ser “Espíritu” no tiene sustancia visible, es incorpóreo. Si Dios tuviera un cuerpo tangible, no sería omnipresente, y estaría limitado a un lugar; al ser “Espíritu” llena los cielos y la tierra. Segundo, que “Dios es luz” (1Juan 1:5) lo cual es lo opuesto a las tinieblas.

Las tinieblas, en las Escrituras, representan el pecado, el mal, la muerte; la luz representa la santidad, la bondad, la vida. Que “Dios es luz” significa que es la suma de todas las excelencias. Tercero, que “Dios es amor” (1Juan 4:5). No es simplemente que Dios “ama”, sino que es el Amor mismo. El amor no es simplemente uno de sus atributos, es su misma naturaleza. Muchos hoy en día hablan del amor de Dios, pero son ajenos por completo al Dios de amor. El amor divino es considerado comúnmente como una especie de debilidad afectuosa, una cierta indulgencia cariñosa; es reducido a un simple sentimiento enfermizo, copiado de las emociones humanas. Sin embargo, la verdad es que en esto, como en todo lo demás, nuestras ideas han de ser reguladas de acuerdo con lo que las Sagradas Escrituras nos revelan.

Esta es una urgente necesidad que se hace evidente, no sólo por la ignorancia general que prevalece, sino también por el estado tan bajo de espiritualidad que, triste es decirlo, es característica general de muchos de los que profesan ser cristianos.

¡Qué poco amor genuino hay hacia Dios! Una de las razones principales es que nuestros corazones se ocupan muy poco de su maravilloso amor hacia los suyos. Cuanto mejor conozcamos su amor -su carácter, plenitud, bienaventuranza más fuerte será el impulso de nuestros corazones en amor hacia él.

1. El amor de Dios es inherente. Queremos decir que no hay nada en los objetos de su amor que pueda provocarlo, ni nada en la criatura que pueda atraerlo o impulsarlo. El amor que una criatura siente por otra es producido por algo que hay en ésta; pero el amor de Dios es gratuito, espontáneo, inmotivado. La única razón de que Dios ame a alguien reside en su voluntad soberana.

“no por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová, y os ha escogido; porque vosotros erais los más pocos de todos los pueblos; sino porque Jehová os amó” (Deut. 7:7,8). Dios ha amado a los suyos desde la eternidad, y, por lo tanto, nada que sea de la criatura puede ser la causa de lo que se halla en Dios desde la eternidad. El ama por sí mismo “según el intento suyo” (2Tim. 1:9).

“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1Juan 4:19). Dios no nos amó porque nosotros le amábamos, sino que nos amó antes de que tuviésemos una sola partícula de amor hacia él. Si Dios nos hubiera amado correspondiendo a nuestro amor, no hubiera sido espontáneo; pero, porque nos amó cuando no había amor en nosotros, es evidente que nada influyó en su amor. Si Dios ha de ser adorado, y el corazón de sus hijos probado, es importante que tengamos ideas claras acerca de esta verdad preciosa.

El amor de Dios hacia cada uno de “los suyos» no fue movido en absoluto por nada que hubiera en ellos. ¿Qué había en mí que atrajera al corazón de Dios? Nada absolutamente. Al contrario, todo lo que le repele, todo lo que le haría aborrecerme -pecado, depravación, corrupción estaba en mi corazón; en mí no había ninguna cosa buena.

2. Es eterno. Necesariamente ha de ser así. Dios mismo es eterno, y Dios es amor; por tanto, como él no tuvo principio, tampoco su amor lo tiene. Es cierto que este concepto trasciende el alcance de nuestra mente finita; sin embargo, cuando no podemos comprender, podemos adorar. ¡Qué claro es el testimonio de Jeremías 31:3 “Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia!”

¡Qué bendito conocimiento el saber que el Dios grande y santo amó a sus hijos antes de que el cielo y la tierra fuesen creados, y que había puesto su corazón en ellos desde la eternidad! Esto es prueba clara de que su amor es espontáneo, porque él les amó innumerables siglos antes de que tuviesen el ser.

La misma maravillosa verdad queda expuesta en Efesios 1:4,5: “Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; habiéndonos predestinado”. ¡Qué de alabanzas debería producir el corazón al pensar que si el amor de Dios no tuvo principio tampoco puede tener fin! Si es verdad que “desde el siglo hasta el siglo” El es Dios y es “amor” entonces es igualmente verdad que ama a su pueblo “desde el siglo y hasta el siglo”.

3. Es soberano. Esto, también, es evidente en sí mismo. Dios es soberano, no está obligado para con nadie; Dios es su propia ley, actúa siempre de acuerdo con su propia voluntad real. Así, pues, si Dios es soberano, y es amor, se desprende necesariamente que su amor es soberano. Porque Dios es Dios, actúa como le agrada; porque es amor, ama a quien quiere.

Tal es su propia explícita afirmación: “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Rom. 9:13). No había más objeto de amor en Jacob que en Esaú. Ambos habían tenido los mismos padres, habían nacido al mismo tiempo, puesto que eran gemelos; con todo, ¡Dios amó al uno y aborreció al otro! ¿Por qué? Porque le agradó hacerlo así.

La soberanía del amor de Dios se desprende necesariamente del hecho de que no es influido por nada que haya en la criatura. De ahí que el afirmar que la causa de su amor reside en El mismo es sólo otra manera de decir que ama a quien quiere. Supongamos, por un momento, lo contrario. Supongamos que el amor de Dios fuera regulado por algo externo a su voluntad.

En tal caso su amor se regiría por unas reglas, y, siendo así, El estaría bajo una regla de amor, de manera que, lejos de ser libre, sería gobernado por una ley. “En amor; habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo a sí mismo, según” -¿qué? ¿Algún mérito que vio en nosotros? No; sino, “según el puro afecto de su voluntad” (Efe. 1:4,5).

4. Es infinito. Todo lo referente a Dios es infinito. Su sustancia llena los cielos y la tierra. Su sabiduría es ilimitada, porque él conoce todo el pasado, el presente y el futuro. Su poder es inmenso, porque no hay nada difícil para él. Asimismo, su amor no tiene límite. Tiene una profundidad que nadie puede sondear; una altura que nadie puede escalar; una longitud y una anchura que están más allá de toda medida humana.

Esto se nos indica en Efe. 2:4: “Sin embargo, Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó”; la palabra “mucho” aquí es sinónima de “de tal manera amó Dios” en Juan 3:16. Nos habla de un amor tan sobresaliente que no puede ser calculado.

“Ninguna lengua puede expresar fielmente la infinitud del amor de Dios, ni ninguna mente comprenderla: “excede a todo conocimiento” (Efe. 3:19). Las más vastas ideas que la mente finita puede formarse del amor divino están muy por debajo de su verdadera naturaleza. 5. Es inmutable. Del mismo modo que en Dios “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17), tampoco su amor conoce cambio o disminución. El indigno Jacob ofrece un ejemplo poderoso de esta verdad: “A Jacob amé”, declaró Jehová, y, a pesar de toda su incredulidad y desobediencia, El nunca dejó de amarle.

En Juan 13:1 se nos da otra hermosa ilustración. Aquella misma noche, uno de los apóstoles diría: “Muéstranos al Padre”; otro le negaría con juramentos, todos iban a ser escandalizados y le abandonarían. Así y todo, “como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. El amor divino no está sujeto a vicisitudes de ninguna clase. El amor divino “fuerte es como la muerte… las muchas aguas no podrán apagarlo” (Cant. 5:6,7). Nada puede apartarnos del mismo (Rom. 8:35-39).

6. Es santo. El amor de Dios no lo regula el capricho, ni la pasión, ni el sentimiento, sino un principio. Del mismo modo que su gracia no reina a expensas de la misma, sino “por la justicia” (Rom. 5:21), así su amor nunca choca con su santidad. “Dios es luz” (1Juan 1:3) se encuentra antes que “Dios es amor” (1Juan 4:5).

El amor de Dios no es una simple debilidad afectuosa, ni una especie de muelle ternura. La Escritura declara que “el Señor al que ama castiga, y azota a cualquiera que recibe por hijo” (Heb. 12:6). Dios no cerrará los ojos al pecado, ni siquiera al de sus hijos. Su amor es puro, sin mezcla de sentimentalismo sensiblero.

7. Es benigno. El amor y el favor de Dios son inseparables. Esto se pone de relieve en Romanos 8:32-39. Por la idea y alcance del contexto se percibe claramente que es este amor, el cual no puede haber separación: es la buena voluntad y la gracia de Dios que le determinaron a dar a su Hijo por los pecadores. Ese amor fue el poder impulsor de la encarnación de Cristo: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16),

Cristo no murió para hacer que Dios nos amara, sino porque amaba a su pueblo. El Calvario es la demostración suprema del amor divino. Siempre, que seamos tentados a dudar del amor de Dios, recordemos el Calvario. He aquí, abundante motivo para confiar en Dios, y para soportar con paciencia las aflicción que envía, Cristo era el amado del Padre, y aun así no estuvo exento de pobreza, afrenta y persecución. Sufrió hambre y sed. De ahí que, al permitir que los hombres le escupieran y le hirieran, el amor de Dios hacia Cristo no sufrió menoscabo.

Así pues, que ningún cristiano dude del amor de Dios al ser sometido a pruebas y aflicciones dolorosas. Dios no enriqueció a Cristo con prosperidad temporal en este mundo, ya que “no tenía donde recostar su cabeza”. Pero sí le dio el Espíritu sin medida. Siendo así, aprendamos que las bendiciones espirituales son los dones principales del amor divino. ¡Qué bendición es el saber que, aunque el mundo nos odie, Dios nos ama!

La Misericordia de Dios

Posted on Actualizado enn

LA MISERICORDIA DE DIOS

“Alabad a Jehová, porque es bueno; porque para siempre es su misericordia” (Sal. 136:1)

Dios merece ser muy alabado por esta perfección de su divino carácter. El salmista exhorta a los santos, tres veces en otros tantos versículos, a dar gracias a Dios por este adorable atributo. Y, en verdad, esto es lo menos que puede pedirse a los que se han beneficiado tan grandemente del mismo.

Cuando consideramos las características de esta excelencia divina, no podemos dejar de bendecir a Dios. Su misericordia es “grande” (1Reyes 3:6), “mucha” (Sal. 119:156), “desde el siglo y hasta el siglo sobre los que le temen” (Sal. 103:17) bien podemos decir con el salmista: “Loaré de mañana tu misericordia” (Sal. 59:16).

“Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente” (Exo. 33:19). ¿En qué se diferencian la “misericordia” y la “gracia” de Dios? La misericordia nace de la bondad de Dios.

La primera consecuencia de la bondad de Dios es su benignidad o merced, por la cual da libremente a sus criaturas como tales; por eso ha dado el ser y la vida a todas las cosas. La segunda consecuencia de la bondad de Dios es su misericordia, la cual denota la pronta inclinación de Dios a aliviar la miseria de las criaturas caídas. Así, pues, la, “misericordia” presupone la existencia del pecado.

Aunque no pueda ser fácil a primera vista percibir una diferencia real entre la gracia y misericordia de Dios, nos ayudará a ello el estudio detenido de su proceder con los ángeles. El nunca ha ejercido misericordia en éstos, porque nunca han tenido necesidad de ella al no haber pecado ni caído bajo los efectos de la maldición. Aun así, son objeto de la gracia soberana y gratuita de Dios. En primer lugar porque los escogió de entre la raza entera angélica (1Tim. 5:21). En segundo lugar, y a consecuencia de su elección, porque Dios los preservó de la apostasía cuando Satanás se rebeló y se llevó consigo una tercera parte de las huestes celestiales (Apoc. 12:4).

En tercer lugar, al hacer de Cristo su Cabeza (Col. 2:10 y 1Ped. 3:22), por lo que están asegurados eternamente en la condición santa en la que fueron creados en Cuarto lugar, debido a la elevada presencia inmediata de Dios (Dan. 7:10), servirle constantemente en el templo celestial, y recibir cometidos honorables de él (Heb. 1:14). Esto representa gracia abundante hacia ellos, pero no “misericordia”.

Al tratar de estudiar la misericordia de Dios según se nos presenta en las Escrituras, necesitamos hacer una distinción triple para “trazar bien la palabra de verdad”. Primeramente, hay una misericordia general de Dios, que se extiende, no sólo a todos los hombres, creyentes y no creyentes, sino también a la creación entera: “Sus misericordias sobre todas sus obras” (Sal. 145:9). “El da a todos vida, y respiración, y todas las cosas” (Hech. 17:25).

Dios tiene compasión de la creación irracional en sus necesidades y las suple con la provisión apropiada. Segundo, hay una misericordia especial que Dios ejerce en los hijos de los hombres, ayudándoles y socorriéndoles a pesar de sus pecados. A éstos, también, Dios da lo que necesitan: “hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos” (Mat. 5:45). Tercero, hay una misericordia soberana que está reservada para los herederos de la salvación, y que les es comunicada por el camino del pacto, a través del Mediador.

Si nos fijamos un poco más en la diferencia entre las distinciones segunda y tercera que hemos mencionado, notaremos que las misericordias que Dios otorga a los impíos son de naturaleza puramente temporal; es decir, se limitan estrictamente a la vida presente. La misericordia no se extenderá, para ellos, más allá de la tumba: “Aquél no es pueblo de entendimiento; por tanto su Hacedor no tendrá de él misericordia, ni se compadecerá de él el que lo formó” (Isa. 27:11). Pero, en este punto, puede presentarse una dificultad a algunos, a saber: ¿No dice la Escritura que “para siempre es su misericordia”? (Sal. 136:1).

Hay dos cosas a tener en cuenta con referencia a esto. Dios no puede dejar jamás de ser misericordioso porque ésta es una cualidad de la esencia divina (Sal. 116:5); pero el ejercicio de su misericordia es regulado por su voluntad soberana. Esto ha de ser así, porque no hay nada ajeno a sí mismo que le obligue a actuar de una forma u otra; si hubiese algo, ese “algo” sería supremo, y Dios dejaría de ser Dios.

Es sólo la gracia soberana la que determina el ejercicio de la misericordia divina. Dios lo afirma categóricamente en Romanos 9:15: “Mas a Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia”. No es la desdicha de la criatura la causa de la misericordia de Dios, ya que nada ajeno a sí mismo puede influir en él. Si Dios fuese influido por la degradante miseria de los pecadores leprosos, los limpiaría y salvaría a todos.

Pero no lo hace así. ¿Por qué? Simplemente, porque no es su agrado y propósito el hacerlo. menos aún pueden ser los méritos de la criatura los que hagan que él conceda sus misericordias sobre ella, porque el hablar de ‘misericordias’ merecidas sería una contradicción. “No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por su misericordia nos salvó” (Tito 3:5); una es directamente opuesta a la otra.

Ni son tampoco los méritos de Cristo los que mueven a Dios a otorgar sus misericordias sobre los elegidos: “a través” o a causa de la tierna misericordia de Dios, que Cristo fue enviado a su pueblo (Lucas 1:78). Los méritos de Cristo hicieron posible que Dios, justamente, concediera misericordias espirituales a sus escogidos, al haber sido satisfecha plenamente la justicia por el Fiador. No, la misericordia proviene solamente de la propia voluntad soberana de Dios. Por otra parte, aunque sea verdad, bendita y gloriosa verdad, que la misericordia de Dios “permanece para siempre”,

Debemos observar detenidamente a quienes es mostrada su misericordia. Aun el arrojar a los reprobados al lago de fuego es un acto de misericordia. Debemos considerar el castigo de los impíos desde tres puntos de vista.

Desde el punto de vista de Dios, es un acto de justicia, que vindica su honor. La misericordia de Dios nunca se muestra en perjuicio de su santidad y justicia. Para los impíos, será un acto de equidad el hacerles sufrir el castigo debido a sus iniquidades. Pero, desde el punto de vista de los redimidos, el castigo de los impíos es un acto de misericordia indecible.

¡Qué terrible sería si el presente estado de cosas continuara para siempre; si los hijos de Dios tuvieran que vivir rodeados de los hijos del diablo! Si los oídos de los santos tuvieran que escuchar el lenguaje sucio y blasfemo de los reprobados, el cielo dejaría de ser cielo al momento. ¡Qué misericordia muestra el hecho de que en la Nueva Jerusalén no entrará “ninguna cosa sucia, o que hace abominación y mentira” (Apoc. 21.27).

Para quien escuche, no piense que en lo dicho al último hemos dejado volar nuestra imaginación, apelemos a las Sagradas Escrituras como prueba de lo que hemos dicho. En el Salmo 143:12 encontramos a David orando así: “Y por tu misericordia disiparás mis enemigos, y destruirás todos los adversarios de mi alma: porque yo soy tu siervo”.

También en el Salmo 136:15 leemos que Dios “arrojó a Faraón y a su ejército en el mar Rojo, porque para siempre es su misericordia”. Fue un acto de venganza sobre Faraón y los suyos, pero, para los Israelitas, fue un acto de “misericordia”. Y otra vez, en Apoc. 19:1-3, leemos: “Oí una gran voz de gran compañía en el cielo, que decía: Aleluya; Salvación y honra y gloria y potencia al Señor Dios nuestro. Porque sus juicios son verdaderos y justos; porque él ha juzgado a la grande ramera, que ha corrompido la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella. Y otra vez dijeron: Aleluya. Y su humo subió para siempre jamás”.

Por lo que acabamos de ver, notemos qué vana es la esperanza presuntuosa de los impíos, quienes, a pesar de su constante desafío a Dios, cuentan con que El será misericordioso. Cuántos de éstos hay que dicen: “No creo que Dios me eche jamás al infierno; es demasiado misericordioso”. Tal esperanza es como una víbora que, se anida en el pecho, les causará la muerte.

Dios es un Dios de justicia tanto como de misericordia, que ha declarado de forma categórica que “de ningún modo justificará al malvado” (Exo. 34:7). Sí, él ha dicho que “los malos serán trasladados al infierno, todas las gentes que se olvidan de Dios” (Sal. 9:17). No importa que los hombres digan: No creo. Es igualmente cierto que los que descuidan las leyes de la salud espiritual sufrirán para siempre la segunda muerte.

Es muy grave ver cuántos hay que abusan de esta perfección divina. Continúan despreciando la autoridad de Dios, pisoteando sus leyes, viviendo en pecado, y, así y todo, se precian de su misericordia. Sin embargo, Dios no será injusto para consigo mismo. El muestra misericordia para el impenitente (Luc. 13:3). Es diabólico seguir en pecado, y, aun así, contar con que la misericordia divina perdona el castigo sin arrepentimiento.

Es como decir: “Hagamos males para que vengan bienes”; de los que así hablan, está escrito: “La condenación de los cuales es justa” (Rom. 3:6). Tal presunción será frustrada; leamos cuidadosamente Deut. 29:18-20. Cristo es el propiciador espiritual, y todos los que desprecian y rechazan su autoridad perecerán “en el camino, cuando se encendiere un poco su furor” (Sal. 2:12).

Sea nuestro último pensamiento el de las misericordias espirituales de Dios para su propio pueblo. “Grande es hasta los cielos tu misericordia” (Sal. 57:10). Las riquezas de la misma trascienden nuestros pensamientos más sublimes. “Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen” (Sal. 103:11). Nadie puede medirla.

Los elegidos son llamados “vasos de misericordia” (Rom. 9:23). Fue la misericordia la que los vivificó cuando estaban muertos en pecado (Efe. 2:4,5). La misericordia los salvó (Tito. 3:5). Su grande misericordia los regeneró para una herencia eterna (1Ped. 1:3). Y, por último, el tiempo nos faltaría para hablar de la misericordia que conserva, sostiene, perdona y provee. Para los suyos, “Dios es el Padre de misericordias” (2Cor. 1:3).

La Gracia de Dios

Posted on Actualizado enn

LA GRACIA DE DIOS

“Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”. (Rom. 11:6)

Esta perfección del carácter divino es ejercida sólo para con los elegidos. Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se menciona jamás la gracia de Dios en relación con el género humano en general, y mucho menos en relación con otras de sus criaturas. En esto se distingue de la “misericordia”, porque ésta es “sobre todas sus obras” (Sal. 145:9).

La gracia es la única fuente de la cual fluye la buena voluntad, el amor y la salvación de Dios para sus escogidos. Abraham Booth, en su libro “El Reino de la Gracia”, describe así este atributo del carácter divino: “Es el favor eterno y totalmente gratuito de Dios, manifestado en la concesión de bendiciones espirituales y eternas a las criaturas culpables e indignas”.

La gracia divina es el favor soberano y salvador de Dios, ejercido en la concesión de bendiciones a los que no tienen mérito propio, y por las cuales no se les exige compensación alguna. Más aún; es el favor que Dios muestra a aquellos que, no sólo no tienen méritos en sí mismos, sino que, además, merecen el mal y el infierno.

Es completamente inmerecida, y nada que pueda haber en aquellos a quienes se otorga puede lograrla. La gracia no puede ser comprada, lograda ni ganada por la criatura. Si lo pudiera ser, dejaría de ser gracia. Cuando se dice de una cosa que es de “gracia”, se quiere decir que el que la recibe no tiene derecho alguno sobre ella, que no se le adeudaba. Le llega como simple caridad, y, al principio, no la pidió ni la deseó.

La exposición más completa que existe de la asombrosa gracia de Dios se halla en las epístolas del apóstol Pablo. En sus escritos, la gracia se muestra en directo contraste con las obras y méritos, todas las obras y méritos, de cualquier clase o grado que sean. Esto aparece claro y concluyente en Rom. 11:6: “Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”.

La gracia y las obras no pueden mezclarse, como tampoco pueden la luz con las tinieblas “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efe. 2:8,9). El favor absoluto de Dios no es compatible con el mérito humano; ello sería tan imposible como mezclar el agua y el aceite: veamos Rom. 4:4,5. “Al que obra, no se le considera el salario como gracia, sino como obligación. Pero al que no obra, sino que cree en aquel que justifica al impío, se considera su fe como justicia.” La gracia divina tiene tres características principales.

En primer lugar, es eterna. Fue ideada antes de ser empleada, propuesta antes de ser impartida: “Que nos salvó y llamó con vocación santa, no conforme a nuestras obras, mas según el intento suyo y gracia, la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2Tim. 11:9).

En segundo lugar, es gratuita, ya que nadie jamás la adquirió: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia” (Rom. 3:4).

En tercer lugar es soberana, puesto que Dios la ejerce y la otorga a quien él quiere: “Para que… la gracia reine” (Rom. 5:21). Si la gracia “reina”, es que está en el trono, y el que ocupa el trono es soberano. De ahí “el trono de gracia” (Heb. 4:16).

La gracia, al ser un favor inmerecido, ha de ser concedida de una manera soberana. Por ello declara el Señor: “Tendré misericordia del que tendré misericordia” (Efe. 33:19). Si Dios mostrara su gracia para con todos los descendientes de Adán, éstos llegarían en seguida a la conclusión de que Dios estaba obligado a llevarles al cielo como compensación por haber permitido que la raza humana cayera en pecado. Pero el gran Dios no está obligado para con ninguna de sus criaturas, y mucho menos hacia las que le son rebeldes.

La vida eterna es una dádiva, y por, lo tanto, no puede conseguirse por las obras, ni reclamarse como un derecho. Si, pues, la salvación es una dádiva, ¿quién tiene derecho alguno para decir a Dios a quien debería concederla? Y no es que el bendito Dador niegue este don a quien lo busca con todo el corazón, y según las reglas que él ha prescrito. No, él no rechaza a nadie que vaya con manos vacías y por el camino que ha establecido.

Pero si Dios decide ejercer su derecho soberano de escoger de entre un mundo lleno de pecadores e incrédulos un número limitado para salvación, ¿quién puede sentirse perjudicado? ¿Está obligado Dios a dar por la fuerza su dádiva a aquellos que no la aprecian? ¿Está obligado a salvar a los que han resuelto seguir sus propios caminos?

Así y todo, nada hay que ponga más furioso al hombre natural y que más saque a la superficie su enemistad innata arraigada contra Dios, que el hacerle ver que su gracia es eterna, gratuita y absolutamente soberana. Para el corazón no quebrantado es demasiado humillante el aceptar que Dios formó su propósito desde la eternidad, sin consultar para nada a la criatura. Para el que se cree recto es demasiado duro el creer que la gracia no puede conseguirse ni ganarse por el propio esfuerzo.

Y el hecho de que la gracia separa a los que quiere para hacerles objeto de sus favores provoca las protestas acaloradas de los rebeldes orgullosos. El barro se levanta contra el Alfarero y pregunta: “¿Por qué me has hecho tal?” El rebelde desaforado se atreve a disputar la justicia de la soberanía divina.

La gracia distintiva de Dios se muestra al salvar a los que él, en su soberanía, ha separado para ser sus predilectos. Por “distintiva” entendemos la gracia que distingue, que hace diferencia, que escoge a algunos y pasa por alto a otros. Fue esta gracia la que sacó a Abraham de entre sus vecinos idólatras, e hizo de él “el amigo de Dios”.

Fue esta gracia la que salvó a “publicanos y pecadores”, y dijo de los fariseos religiosos “dejadlos” (Mat. 15:14). La gloria de la gracia gratuita y soberana de Dios brilla de manera visible más que en ninguna otra parte, en la indignidad y diversidad de los que la reciben. “La ley entró para agrandar la ofensa, pero en cuanto se agrandó el pecado, sobreabundó la gracia” Rom 5:20.

Manases fue un monstruo de crueldad porque pasó a su hijo por fuego y llenó a Jerusalén de sangre inocente, fue un maestro de iniquidad porque, no sólo multiplicó, y hasta extremos extravagantes, sus impiedades sacrílegas, sino que corrompió los principios y pervirtió las costumbres de sus súbditos, haciéndoles obrar peor que los idólatras paganos más detestables; véase 2Crónicas 33. Con todo, por esta gracia superabundante, fue humillado, fue regenerado, y vino a ser un hijo perdonado por amor, un heredero de la gloria inmortal.

“Consideremos el caso de Saulo, el perseguidor cruel y encarnizado que vomita amenazas, dispuesto a hacer una carnicería, acosando a las ovejas y matando a los discípulos de Jesús. La desolación que había causado y las familias que había arruinado no eran suficientes para calmar su espíritu vengativo.

Eran sólo como un sorbo que, lejos de saciar al sabueso, le hacía seguir el rastro más de cerca y suspirar más ardientemente por la destrucción. Estaba sediento de violencia y muerte. Tan ávida e insaciable era su sed que incluso respiraba amenazas y muerte (Hech. 9:1). Sus palabras eran como lanzas y flechas, y su lengua como espada afilada. Amenazar a los cristianos era para él natural como el respirar. En los propósitos de su corazón rencoroso no había sino deseo de exterminio. Y sólo la falta de más poder impedía que cada sílaba y cada aliento que salía de su boca no esparcieran más muerte, y no hiciera caer más discípulos inocentes. ¿Quién, según los principios de justicia humana, no le hubiera declarado vaso de ira preparado para una condenación inevitable?

Más aun: ¿quién no hubiera llegado a la conclusión de que, para este enemigo implacable de la verdadera santidad, estaban reservadas forzosamente las cadenas más pesadas y la mazmorra más oscura y angustiosa? Con todo, admiremos y adoremos los tesoros insondables de la gracia; este Saulo fue admitido en la compañía bendita de los profetas, fue contado entre el noble ejército de los mártires, y llegó a ser figura destacada entre la gloriosa comunión de los apóstoles.

Veamos otro ejemplo: “La maldad de los corintios era proverbial. Algunos de ellos se revolcaban en el cieno de vicios tan abominables, y estaban acostumbrados a actos de injusticia tan violentos, que eran reprochables incluso para la naturaleza humana. Con todo, aun estos hijos de violencia, estos esclavos de la sensualidad, fueron lavados, santificados y justificados (1Cor. 6:9-11). “Lavados” en la preciosa sangre del Redentor; “santificados” por la operación poderosa del Espíritu bendito; “justificados” por las misericordias infinitas y tiernas del buen Dios. Los que en otro tiempo eran aflicción de la tierra, fueron hechos la gloria del cielo, la delicia de los ángeles.”

La gracia de Dios se manifiesta en el Señor Jesucristo, por él y a través de él. “Porque la ley por Moisés fue dada; más la gracia y la verdad por Jesucristo fue hecha” (Juan 1:17). Ello no quiere decir que Dios hubiera actuado sin gracia para con nadie antes de que su Hijo se encarnara; Génesis 6:8, Éxodo 33:19, etc., muestran claramente lo contrario. Pero la gracia y la verdad fueron reveladas plenamente y declaradas perfectamente cuando el Redentor vino a esta tierra, y murió por los suyos en la cruz.

La gracia de Dios fluye para sus elegidos sólo a través de Cristo el Mediador. “Mucho más abundó la gracia de Dios a los muchos, y el don por la gracia de un hombre, Jesucristo… mucho más reinarán en vida por Jesucristo los que reciben la abundancia de la gracia, y del don de la justicia… la gracia reine por la justicia para vida eterna por Jesucristo Señor nuestro” (Rom. 5:15-17,21).

La gracia de Dios es proclamada en el Evangelio (Hech. 20:24), que es “piedra de tropiezo” para el judío que se cree justo, y “locura” para el griego vano y filósofo. ¿Cuál es la razón? La de que en el Evangelio no hay nada en absoluto que halague el orgullo del hombre. Anuncia que no podemos ser salvos si no es por gracia. Declara que, fuera de Cristo, don inefable de la gracia de Dios, la situación de todo hombre es terrible, irremediable, sin esperanza. El evangelio habla a los hombres como a criminales culpables, condenados y muertos. Declara que el más honesto de los moralistas está en la misma terrible condición que el más voluptuoso libertino; que el religioso más vehemente, con todas sus obras, no está en mejor situación que el infiel más profano.

El Evangelio considera a todo descendiente de Adán como pecador caído, contaminado, merecedor del infierno y desamparado. La gracia que anuncia es su única esperanza. Todos aparecen delante de Dios convictos de trasgresión de su santa ley, y, por lo tanto, como criminales culpables y condenados; no esperando a que se dicte la sentencia, sino aguardando la ejecución de la sentencia dictada ya contra ellos (Juan 3:18).

Quejarse de la parcialidad de la gracia es suicida. Si el pecador persiste en valerse de su propia justicia, su porción eterna será en el lago de fuego. Su única esperanza consiste en inclinarse a la sentencia que la justicia divina ha dictado contra él, reconocer la absoluta rectitud de la misma, abandonarse a la misericordia de Dios, y presentar las manos vacías para asirse de la gracia de Dios que el Evangelio le presenta. La tercera Persona de la divinidad es el comunicador de la gracia, por lo cual se le denomina el “Espíritu de gracia” (Zac. 12:10).

Dios Padre es la fuente de toda gracia, porque designó el pacto eterno de redención. Dios Hijo es el único canal de la gracia. El Evangelio es el promulgador de la gracia. El Espíritu es dador o aplicador. El es quien aplica el Evangelio con poder salvador al alma: vivificando a los elegidos cuando todavía están muertos, conquistando sus voluntades rebeldes, ablandando sus corazones duros, abriendo sus ojos enceguecidos, limpiándoles de la lepra del pecado.

De ahí que podamos decir, como G.S. Bishop: “La gracia es la provisión para hombres que están tan caídos que no pueden levantar el hacha de justicia, tan corrompidos que no pueden cambiar sus propias naturalezas, tan opuestos a Dios que no pueden volverse a él, tan ciegos que no le pueden ver, tan sordos que no le pueden oír, tan muertos que él mismo ha de abrir sus tumbas y levantarlos a la resurrección”.

La Paciencia de Dios

Posted on Actualizado enn

LA PACIENCIA DE DIOS

“Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira” (Sal. 145:8)

Se ha escrito mucho menos sobre ésta que sobre las demás excelencias del carácter Divino. No pocos de los que se han extendido sobre sus atributos, han dejado de comentar la paciencia de Dios. No es fácil hallar la razón, ya que la longanimidad de Dios es, ciertamente, una de las perfecciones divinas, tanto como puedan serlo su sabiduría, poder o santidad, y es, por nuestra parte, tan digna de admiración y reverencia como las demás.

Es verdad que este término no se encuentra en la concordancia tan frecuentemente como los otros, pero la gloria de esta gracia brilla en casi cada una de las páginas de las Escrituras. ¡Cuánto bien nos perdemos al no meditar con frecuencia sobre la paciencia de Dios, y al no orar fervientemente para que nuestros corazones y caminos sean hechos conforme a la misma.

Con toda probabilidad, la razón principal de que tantos escritores hayan dejado de ofrecernos algo, separadamente, sobre la paciencia de Dios, ha sido la dificultad en distinguir entre este atributo y la bondad y misericordia, particularmente esta última. La longanimidad de Dios se menciona una y otra vez en relación a su gracia y misericordia, como puede comprobarse en Exo. 34:6; Núm. 14:18; Sal. 86:15.

Que la paciencia de Dios es, en realidad, una manifestación de su misericordia, es algo que no puede negarse (al menos ésta es una manera en la cual se manifiesta frecuentemente) ; pero lo que no podemos aceptar es que sean una misma excelencia, y que no pueda separarse la una de la otra. Puede que el distinguir entre ellas no sea fácil; no obstante, la Escritura nos autoriza plenamente a atribuir a la una lo que no podemos atribuir a la otra.

El puritano Stephen Charnock definía la paciencia de Dios del modo siguiente: “Es una parte de la bondad y misericordia de Dios, y, sin embargo, difiere de ambas. Dios, siendo la bondad más grande, tiene la mayor benignidad; la benignidad es siempre la compañera de la verdadera bondad, y cuanto mayor la bondad, mayor la benignidad.

¿Quién tan santo como Cristo? ¿Y quién tan manso? La lentitud de Dios para la ira es una consecuencia de su misericordia: “Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira” (Sal. 145:8). Difiere de la misericordia en la consideración formal del tema: la misericordia concierne a la criatura como miserable, la paciencia como criminal; la misericordia se apiada de ella en su miseria, la paciencia sufre el pecado que engendró la miseria, y da lugar a más.”

Ahora personalmente, definiríamos la paciencia divina como el poder de control que Dios ejerce sobre sí mismo haciéndole ser indulgente con el impío y que detiene por tanto tiempo el castigarle.

En Nah. 1:3, leemos: “Jehová es tardo para la ira, y grande en poder”, acerca de lo cual decía Charnock: “Los hombres grandes según el mundo son irascibles, y no perdonan tan fácilmente las ofensas que les infligen como los de más humilde condición. Es la falta de poder sobre sí mismos lo que hace a estos hombres reaccionar impropiamente a la provocación.

El príncipe que puede dominar sus pasiones es el Rey, no sólo para sus súbditos, sino también para si mismo. Dios es tardo para la ira porque es grande en poder. El no tiene menos poder sobre si mismo que sobre sus criaturas.”

Creemos que es en este punto que la paciencia de Dios se distingue más claramente de su misericordia. Aunque beneficie a la criatura, la paciencia de Dios concierne principalmente a él; es la limitación que ha impuesto a sus actos por su propia voluntad; mientras que su misericordia acaba enteramente en la criatura.

La paciencia de Dios es la excelencia que le hace soportar graves ofensas sin vengarlas inmediatamente. El tiene el poder de la paciencia así como también el de la justicia. De ahí que la palabra hebrea usada para describir la longanimidad divina, sea traducida como “tardo para la ira” en Neh. 9:17, Sal. 103:8. No es que haya pasiones en la naturaleza divina, sino que Dios, en su sabiduría y voluntad, se complace en actuar con la nobleza y sobriedad propias de su sublime majestad.

Hagamos notar, en apoyo de la anterior definición, que fue a esta excelencia del carácter divino que Moisés apeló cuando Israel pecó gravemente en Cades barnea, provocando la ira vehemente de Dios. El Señor dijo a su siervo: “Yo le heriré de mortandad, y lo destruiré”. Fue entonces que el característico mediador apeló: “Te ruego que sea magnificada la fortaleza del Señor, como lo hablaste, diciendo: Jehová, tardo de ira”, (Núm. 14:17,18). Así pues, su “longanimidad” es su “poder” de autosujeción.

Además, en Rom. 9:22, leemos: “¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar la ira y hacer notoria su potencia, soportó con mucha mansedumbre (paciencia) los vasos de ira preparados para muerte?” Si Dios rompiera inmediatamente esos vasos reprobados, su poder de dominio propio no sería tan notable; al sobrellevar su impiedad por tanto tiempo sin castigarla, queda demostrado gloriosamente el poder de su paciencia.

Es verdad que el impío interpreta su longanimidad de manera muy diferente “Porque no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos lleno para hacer mal” (Ecl. 8:11) -pero, con todo, el ojo del ungido adora lo que ellos agravian.

“El Dios de la paciencia” (Rom. 15:5) es uno de los títulos divinos. La Deidad es así denominada porque, en primer lugar, Dios es el autor y el objeto de la gracia de la paciencia en la criatura. En segundo lugar, porque esto es lo que El es en sí mismo: la paciencia es una de sus perfecciones. En tercer lugar, como modelo para nosotros: “Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia” (Col. 3:12). “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Efe. 5:1). Cuando seamos tentados a sentirnos disgustados por la torpeza de alguien o a vengarnos del que nos ha ofendido, recordemos la paciencia y longanimidad de Dios para con nosotros.

La paciencia de Dios se manifiesta en su trato con los pecadores. Cuán sorprendentemente se puso de manifiesto para con los hombres antediluvianos. Cuando la humanidad estaba totalmente degenerada, y toda carne había corrompido sus caminos, Dios no la destruyó sin antes advertirlo. Dios “esperó” (1Ped. 3:20), probablemente, no menos de ciento veinte años (Gén. 6:3), durante los cuales Noé fue “pregonero de justicia” (2Ped. 2:5).

Del mismo modo, más tarde, cuando los gentiles no sólo adoraban más a la criatura que al Creador, sino que cometían las abominaciones más viles, contrarias incluso a los dictados de la naturaleza (Rom. 1:1926), llenando así la medida de su iniquidad, Dios, en lugar de usar su espada para exterminarlos, dejó “a todas las gentes andar en sus caminos”, y dio “lluvias del cielo y tiempos fructíferos” (Hech. 14:16,17).

La paciencia de Dios fue maravillosamente ejercida y manifestada para con Israel. Primero “por tiempo como de cuarenta años soportó sus costumbres en el desierto” (Hech. 13:18). Más tarde, cuando ya habían entrado en Canaán, los israelitas siguieron las costumbres impías de los pueblos que les rodeaban, volviéndose a la idolatría; y aunque entonces Dios les castigó severamente, no los destruyó por completo, sino que, en su angustia, levantó para ellos libertadores.

Cuando su iniquidad alcanzó extremos tales que sólo un Dios de paciencia infinita podía tolerarles, El, con todo, aplazó el castigo durante muchos años antes de permitir que fueran transportados a Babilonia. Finalmente, cuando su rebelión contra El alcanzó el clímax al crucificar a su Hijo, Dios esperó cuarenta años antes de enviar a los romanos contra ellos y eso no antes de haberlos juzgado “indignos de la vida eterna” (Hech. 13:46).

¡Qué maravillosa es la paciencia de Dios para con el mundo de hoy día! Por todos lados las gentes pecan audazmente. La ley divina es pisoteada, y Dios mismo es despreciado. Es verdaderamente asombroso que no fulmine al instante a quienes le retan tan descaradamente. ¿Por qué no extermina de golpe al arrogante infiel y al blasfemo vociferante, como hizo con Ananías y Safira?

¿Por qué no hace que la tierra se abra y devore a los perseguidores de su pueblo, de modo que, como Dathán y Abiram, desciendan vivos al abismo? ¿Y qué de la cristiandad apóstata, donde toda forma posible de pecado se tolera y practica al abrigo del nombre Santo de Cristo? ¿Por qué la justa ira del cielo no pone fin a tanta abominación? Sólo es posible una explicación: porque Dios soporta “con mucha mansedumbre los vasos de ira preparados para muerte”.

¿Y qué del que esto predica y del que oye? Examinemos nuestra vida. No hace mucho que seguíamos a la multitud haciendo lo malo, y no teníamos interés alguno en Dios ni en su gloria, viviendo sólo para agradarnos a nosotros mismos. ¡Cuán paciente e indulgente fue para con nuestra conducta impía! Y ahora que la gracia nos ha arrebatado como tizones del fuego, nos ha dado un lugar en la familia de Dios y nos ha engendrado para un herencia eterna en gloria, que miserablemente le correspondemos.

¡Qué superficial es nuestra gratitud, qué lenta nuestra obediencia, qué frecuentes son nuestras reincidencias! Una de las razones por las que Dios permite al creyente permanecer en la carne es para manifestar cuán “paciente es para con nosotros” (2Ped. 3:9). Puesto que este atributo divino se revela solamente en el presente mundo, Dios lo usa para extenderlo a “los suyos”.

Ojalá que la meditación de esta excelencia divina ablandara nuestros corazones, enterneciera nuestras conciencias, e hiciera que aprendiésemos en la escuela de la experiencia santa la “paciencia de los santos”, es decir, la sumisión a la voluntad de Dios y la perseverancia en el bien hacer.

Busquemos fervientemente gracia para imitar esta excelencia divina. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mat. 5:45); en el inmediato contexto, Cristo nos exhorta a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, y hacer bien a los que nos aborrecen. Dios es paciente con el impío, no obstante la multitud de sus pecados; ¿desearemos nosotros vengarnos por una sola ofensa?

La Bondad de Dios

Posted on Actualizado enn

LA BONDAD DE DIOS

“Alabad a Jehová, porque es bueno” (Sal. 136:1)

La “bondad” de Dios corresponde a la perfección de su naturaleza: “Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas” (IJuan. 1:5). La perfección de la naturaleza de Dios es tan absoluta que no hay nada en ella que sea incompleta o defectuosa, ni nada pueda serle añadida o mejorarla.

Sólo El es originalmente bueno, en sí mismo; las criaturas pueden ser buenas sólo por la participación y comunicación que viene de Dios. El es bueno esencialmente, y no sólo bueno, sino la bondad misma; la bondad de la criatura es sólo una cualidad sobre añadida, mientras que en Dios es su misma esencia.

El es infinitamente bueno; la bondad en la criatura es como una gota, en Dios es como un océano infinito. El es bueno eterna e inmutablemente, porque no puede ser menos bueno de lo que es. En Dios no cabe la adición ni la substracción. Dios es “summum bonum”, el sumo bien.

Dios es, no sólo el más grande de todos los seres sino también el mejor. Todo el bien que puede haber en una criatura le ha sido impartido por el creador, pero la bondad es propia en Dios porque es la esencia de su naturaleza eterna. Dios era eternamente bueno antes de que hubiera ninguna manifestación de su gracia, y antes de que existiera ninguna criatura a la cual impartirla o con la cual ejercitarla, del mismo modo que era infinito en poder desde toda la eternidad, antes de que hubiera uso de su omnipotencia.

De ahí que la primera manifestación de su perfección divina fuera dar el ser a todas las cosas. “Bueno eres tú, y bienhechor” (Sal. 119,68). Dios tiene, en sí mismo, un tesoro infinito e inagotable de bendición que es suficiente para llenarlo todo.

Todo lo que emana de Dios -sus decretos, sus leyes, su providencia, la creación- no puede ser sino bueno, como está escrito: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1; 31). Así, que, la bondad de Dios se revela, en primer lugar, en la creación. Cuando más detenidamente estudiamos a la criatura, más evidente es la bondad de Dios.

Tomemos al hombre, la suprema entre las criaturas terrestres, como ejemplo. Todo, en la Escritura de nuestros cuerpos, atestigua la bondad de su Creador. ¡Cuán adecuadas son las manos para llevar a cabo su trabajo! ¡Cuán benévolo al proveer de párpados y cejas a los ojos para su protección! Y así podríamos seguir indefinidamente.

Sin embargo, la bondad del creador no se limita al hombre, sino que es ejercitada para con todas las criaturas. “Los ojos de todos esperan en ti, y Tú les das su comida en su tiempo. Abres tu mano, y colmas de bendición a todo viviente” (Sal. 145;15,16). Podrían escribirse volúmenes enteros, -más de los que ya se han escrito- para ampliar esta verdad.

Dios ha hecho abundante provisión para suplir las necesidades de los pájaros del aire, los animales del bosque y los peces del mar. “El da mantenimiento a toda carne, porque para siempre es su misericordia” (Sal. 33:5). Verdaderamente, “de la misericordia de Jehová está llena la Tierra” (Sal. 136:25).

La bondad de Dios es notoria en la variedad de placeres naturales que ha provisto para sus criaturas. Dios podía haberse contentado satisfaciendo nuestra hambre sin que la comida fuera agradable a nuestro paladar. ¡Qué evidente es su bondad en la variedad de gustos que ha dado a la carne, las verduras y las frutas! Dios nos ha dado, no sólo los sentidos, sino también aquello que lo satisface; y esto, también, revela su bondad.

La tierra podía haber sido igualmente fértil sin que su superficie fuera tan satisfactoriamente variada. Nuestra vida física podría haberse mantenido sin las flores hermosas que regalan nuestra vista y que exhalan dulces perfumes. Podríamos haber andado sin que los oídos nos trajeran la música de los pájaros. ¿De dónde proviene, pues, esta hermosura, este encanto tan generosamente vertido sobre la faz de la naturaleza? Verdaderamente, “las misericordias de Jehová sobre todas sus obras” (Sal. 145:9).

La bondad de Dios se manifiesta en el hecho de que, cuando el hombre quebrantó la ley de su creador, no comenzó en seguida una dispensación de pura ira. Dios podía muy bien haber privado a las criaturas caídas de toda bendición, consuelo y placer. En lugar de hacerlo así, introdujo un régimen mixto, de misericordia y de juicio.

Si consideramos debidamente este hecho, notaremos qué maravilloso es; y cuando mas detenidamente lo estudiemos, más claramente aparecerá que “la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg. 2; 13). A pesar de todos los males que acompañan nuestro estado caído, la balanza del bien prevalece grandemente. Con relativamente raras excepciones, los hombres y mujeres conocen muchísimos más días de buena salud que de enfermedad y dolor. En la creación hay mucha más felicidad que desdicha. Incluso para nuestras penas hay considerable alivio, y Dios ha dado a la mente humana una flexibilidad que le permite adaptarse a las circunstancias y sacar el mejor provecho posible de ellas.

La bondad de Dios no puede ser puesta en entredicho porque haya sufrimiento y dolor en el mundo. Si el hombre peca contra la bondad de Dios, si menosprecia las riquezas de su benignidad, y paciencia, y longanimidad, y después, por su dureza y por su corazón no arrepentido, atesora para sí ira para el día de la ira (Rom. 2:4,5), ¿a quién puede culpar si no a sí mismo?

Si Dios no castigara a los que hacen mal uso de sus bendiciones, abusan de su benevolencia y pisotean sus misericordias, ¿sería El “bueno»? Cuando Dios libre la tierra de los que han quebrantado sus leyes, desafiando su autoridad, escarnecido a sus mensajeros, despreciado a su Hijo y perseguido a aquellos por los que Cristo murió, la bondad de Dios no sufrirá, sino que, por el contrario, ello será el ejemplo más brillante de la misma.

La bondad de Dios apareció más gloriosa que nunca cuando “envió a su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo de la ley, a fin de qué recibiésemos la adopción de hijos” (Gál. 4:4,5). Fue entonces cuando una multitud de las huestes celestes alabó a su Creador y dijo: “Gloria en las alturas a Dios y en la tierra paz, Buena voluntad para con los hombres” (Luc. 2:14).

Sí, en el Evangelio, “la gracia (en el original griego “bondad”) de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó” (Tito 2:11). Tampoco la bondad de Dios puede ser puesta en entredicho porque no hiciera objeto de su gracia redentora a todas las criaturas pecadoras. Tampoco lo hizo así con los ángeles caídos.

Si Dios hubiera dejado que todos perecieran, ello no se hubiera reflejado en su bondad. Al que discuta tal afirmación le recordamos la soberana prerrogativa de nuestro Señor: “¿No me es lícito a mí hacer lo que quiero con lo mío? o ¿es malo tu ojo, porque yo soy bueno” (Mat.. 20:15).

“Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (Sal. 107:8). La gratitud es la respuesta justamente requerida de los que son objeto de su benevolencia; pero, porque su bondad es tan constante y abundante, a nuestro gran Benefactor le es negada a menudo esta gratitud.

Es tenida en poca estima porque es ejercida hacia nosotros en el curso normal de los eventos. No es sentida porque la experimentamos diariamente. “¿Menosprecias las riquezas de su benignidad?” (Rom. 2:4). Su bondad es “menospreciada” cuando no es perfeccionada como medio de llevar a los hombres al arrepentimiento, sino que, por el contrario, sirve para endurecerlos al suponer que Dios pasa por alto su pecado.

La bondad de Dios es la esencia de la confianza del creyente. Esta excelencia de Dios es la que más apela a nuestros corazones. Su bondad permanece para siempre, y, por ello nunca deberíamos desanimarnos: “Bueno es Jehová para fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían” (Nah. 1:7).

Cuando otros se portan mal con nosotros, ello debería llevarnos a dar gracias al Señor, porque él es bueno; y, cuando somos conscientes de estar lejos de ser buenos, deberíamos bendecirle más reverentemente, porque El es bueno. No debemos permitirnos ni un momento de incredulidad acerca de la bondad de Dios; aunque todo lo demás sea puesto en duda, esto es absolutamente cierto: Jehová es bueno; sus privilegios pueden variar, pero su naturaleza es siempre la misma.

La Fidelidad de Dios

Posted on Actualizado enn

LA FIDELIDAD DE DIOS

“Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel” (Deut. 7:9)

La infidelidad es uno de los pecados más predominantes de estos días malos. En el mundo de los negocios, salvo excepciones cada vez más raras, los hombres no se sienten ligados ya a la palabra empeñada. En la esfera social, la infidelidad conyugal abunda por todos lados; los sagrados lazos del matrimonio son quebrantados con la misma facilidad con que se desecha una prenda vieja.

En el reino eclesiástico, miles que prometieron solemnemente predicar la verdad, la atacan y niegan sin escrúpulo alguno. Ningún lector o escritor puede pretender ser inmune a este terrible pecado; ¡de cuántas maneras diferentes hemos sido infieles a Cristo y a la luz y privilegios que Dios nos ha confiado!

Esta cualidad es esencial a su ser, sin ella no sería Dios. Para Dios, ser infiel sería obrar en contra de su naturaleza, lo cual es imposible: “Si fuéremos infieles él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo” (2Tim. 2:13). La fidelidad es una de las gloriosas perfecciones de su ser.

Es como si estuviera vestido de ella: “Oh Jehová, Dios de los ejércitos, ¿quién como tú? Poderoso eres, Jehová, y tu verdad está en torno de ti” (Sal. 89:8). Asimismo, cuando Dios fue encarnado, fue dicho: “La justicia será el cinturón de sus lomos, y la fidelidad lo será de su cintura.” (Isa. 11:5).

¡Qué palabra la del Salmo 36:5: “Jehová, hasta los cielos es tu misericordia; tu verdad hasta las nubes!” La fidelidad inmutable de Dios está muy por encima de la comprensión finita. Todo lo concerniente a Dios es vasto, grande, incomparable. El nunca olvida, ni falta a su Palabra; nunca la pronuncia con vacilación, nunca renuncia a ella. El Señor se ha comprometido a cumplir cada promesa y profecía, cada pacto establecido y cada amenaza, porque “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta. El dijo, “¿y no lo hará?; habló ¿y no lo ejecutará?” (Núm. 23:19). Por ello exclama el creyente: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad” (Lam. 3:22,23).

Las ilustraciones sobre la fidelidad de Dios son muy abundantes en las Escrituras. Hace más de cuatro mil años, El dijo: “Mientras exista la tierra, no cesarán la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche” (Gén. 8:22). Cada año que pasa es una nueva prueba del cumplimiento de esta promesa por parte de Dios.

En Génesis 15 leemos que Jehová declaró a Abraham: “Entonces Dios dijo a Abram: “Ten por cierto que tus descendientes serán extranjeros en una tierra que no será suya, y los esclavizarán y los oprimirán 400 años. Pero yo también juzgaré a la nación a la cual servirán, y después de esto saldrán con grandes riquezas. Pero tú irás a tus padres en paz y serás sepultado en buena vejez. En la cuarta generación volverán acá,” (vs. 13-16).

Los siglos siguieron su curso, y los descendientes de Abraham gemían mientras cocían ladrillos en Egipto. ¿Había olvidado Dios su promesa? No, por cierto. Leamos (Exo. 12:41): Pasados los 430 años, en el mismo día salieron de la tierra de Egipto todos los escuadrones de Jehová. Dios, hablando por el profeta Isaías, declaró: “Por tanto, el mismo Señor os dará la señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emmanuel” (Isa. 7:14). De nuevo Pasaron los siglos, “pero venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió su Hijo, nacido de mujer” (Gál. 4:4).

Dios es veraz. Su palabra de promesa es segura. En todas sus relaciones con su pueblo Dios es fiel. En El, él hombre puede confiar. Nadie ha confiado jamás en Dios en vano. Esta verdad preciosa la encontramos expresada en cualquier lugar de la Escritura, porque su pueblo necesita saber que la fidelidad es una parte esencial del carácter divino.

Este es el fundamento de nuestra confianza. Pero una cosa es aceptar la fidelidad de Dios como una verdad divina, y otra muy distinta actuar de acuerdo con ella. Dios nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, pero ¿contamos realmente con su cumplimiento? ¿Esperamos, en realidad, que haga por nosotros todo lo que ha dicho? ¿Descansamos con seguridad absoluta en las palabras: “Fiel es el que prometió”? (Heb. 10:23).

Hay épocas en la vida de todos los hombres, incluso en la de los cristianos, cuando no es fácil creer que Dios es fiel. Nuestra fe es penosamente probada, nuestros ojos oscurecidos por las lágrimas, y no podemos acertar a ver la obra de su amor. Los ruidos del mundo aturden nuestros oídos perturbados por los susurros ateos de Satanás, que nos impiden oír los acentos dulces de su tierna y queda voz.

Los planes que acariciábamos han sido desbaratados, algunos amigos en los cuales confiábamos nos han abandonado, alguien que profesaba ser nuestro hermano en Cristo nos ha traicionado. Nos tambaleamos. Intentamos ser fieles a Dios, pero una oscura nube le esconde de nosotros. Encontramos que, para el entendimiento carnal, es difícil, mejor dicho, imposible armonizar los reveses de la providencia con sus gratas promesas.

“¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios” (Isa. 50:10). Cuando seamos tentados a dudar de la fidelidad de Dios gritemos: “¡Vete, Satanás!

Aunque no podamos armonizar el proceder misterioso de Dios con las declaraciones de su amor, espera en él, y pídele más luz. El te lo mostrará a su debido tiempo. “Lo que yo hago, tú no entiendes ahora; mas lo entenderás después” (Juan. 13:79.

Los resultados mostrarán que Dios no ha olvidado ni defraudado a los suyos. “Empero Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto será ensalzado teniendo de nosotros misericordia: porque Jehová es Dios de juicio; bienaventurados todos los que le esperan” (Isa. 30:18). “Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles” (Sal. 129:36). Dios no sólo ha hecho saber lo mejor, sino que no nos ha escondido lo peor. Nos ha descrito fielmente la ruina que la caída trajo consigo.

Ha diagnosticado fielmente el estado terrible que ha producido el pecado. Nos ha hecho conocer su oído arraigado hacia el mal, y que éste debe ser castigado. Nos ha prevenido fielmente que El es “fuego consumidor” (Heb. 12:29). Su palabra no sólo abunda en ilustraciones de su fidelidad en el cumplimiento de sus promesas, sino que también registra numerosos ejemplos de su fidelidad en el cumplimiento de sus amenazas. Cada etapa de la historia de Israel ejemplifica este hecho solemne.

Lo mismo sucede en lo referente a los individuos: Faraón, Acán y otros muchos son otras tantas pruebas; a menos que hayamos acudido ya, o que acudamos a Cristo en busca de refugio, el tormento eterno del lago de fuego será el que nos espere. Dios es fiel. Dios es fiel al proteger a su pueblo. “Fiel es Dios, por el cual sois llamados a la participación de su Hijo” (1Cor. 1:9). En el versículo precedente se promete que Dios confirmará a los suyos hasta el fin. La fe del apóstol en la absoluta seguridad de la salvación de los creyentes se basaba, no en el poder de sus resoluciones ni en su capacidad para perseverar, sino en la veracidad de Aquel que no puede mentir.

Dios no permitirá que perezca ninguno de los que forman parte de la herencia que ha dado a su Hijo, sino que ha prometido librarles del pecado y la condenación, y hacerles participes de la vida eterna en gloria. Dios es fiel al disciplinar a los suyos. Es tan fiel en lo que retiene como en lo que da. Fiel al enviar penas, tanto como al dar alegrías. La fidelidad de Dios es una verdad que debemos reconocer, no sólo cuando estamos en paz, sino también cuando sufrimos la más severa reprensión.

Este reconocimiento debe estar en nuestro corazón, no debe ser de labios solamente. Es la fidelidad de Dios la que maneja la vara con la que nos hiere. Reconocerlo así equivale a humillarnos delante de El y confesar que merecemos su corrección, y, en lugar de murmurar, darle gracias. Dios nunca aflige sin razón: “Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros” (1Cor. 11:30), ilustra este principio. Cuando su vara cae sobre nosotros digamos con Daniel: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión de rostro” (Dan. 9:7).

“Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justicia, y que conforme a tu fidelidad me afligiste” (Sal. 119:75). La pena y la aflicción son no sólo compatibles con el amor prometido en el pacto eterno, sino partes de la administración del mismo. Dios es fiel, no solamente a pesar de las aflicciones, sino también al enviarlas. “Entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad” (Sal. 89:32,33).

El castigo es, no sólo reconciliable con su misericordia, sino el efecto y la expresión de la misma. ¡Cuánta más paz de espíritu tendría el pueblo de Dios si cada uno recordara que su pacto de amor le obliga a enviar corrección cuando es conveniente! Las aflicciones nos son necesarias: “En su angustia madrugarán a mí” (Oseas 5:15). Dios es fiel al glorificar a sus hijos. “Fiel es el que os ha llamado; el cual también lo hará” (1Tes. 5:24). Aquí se refiere a los santos que son guardados enteros sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Dios no nos trata según nuestros méritos (pues no tenemos ninguno), sino según su propio gran nombre.

Dios es fiel a sí mismo y a su propio propósito de gracia: “A los que llamó… a estos también glorificó” (Rom. 5:30). Dios da una demostración plena de la permanencia de su bondad eterna hacia sus escogidos al llamarlos eficazmente de las tinieblas a su luz admirable; y esto debería asegurarles plenamente de la certeza de su perseverancia. “El fundamento de Dios está firme” (2Tim. 2:19). Pablo descansaba en la fidelidad de Dios cuando dijo: “Yo sé a quien he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2Tim. 1:12).

La comprensión de esta bendita verdad nos librará de la inquietud. Cuando estamos llenos de ansiedad, cuando vemos nuestra situación con temor, cuando miramos al mañana con pesimismo, estamos rechazando la fidelidad de Dios. El que ha cuidado de su hijo a través de los años no lo abandonará cuando sea viejo. El que ha oído tus oraciones en el pasado, no dejará de suplir tus necesidades en el momento de apuro. Descansa en Job 5:19: “En seis tribulaciones te librará, y en la séptima no te tocará el mal”.

La comprensión de esta bendita verdad refrenará nuestra murmuración. El Señor sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros, y el descansar en esta verdad acallará nuestras quejas impacientes. Dios será grandemente honrado si, cuando pasamos por la prueba y la reprensión, tenemos buena memoria de El, vindicamos su sabiduría y justicia, y reconocemos su amor incluso en la misma reprobación.

La comprensión de esta bendita verdad aumentará nuestra confianza en Dios. “Por eso los que son afligidos según la voluntad de Dios, encomiéndenle sus almas, como fiel Creador, haciendo bien” (1Ped. 4:19). Cuando depositemos confiadamente nuestras vidas y nuestras cosas en las manos de Dios, plenamente persuadidos de su amor y fidelidad, pronto nos contentaremos con sus provisiones, y nos daremos cuenta que “Dios lo hace todo bien”.

La Soberanía de Dios

Posted on Actualizado enn

LA SOBERANÍA DE DIOS

Arthur W. Pink

“Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quisiere” (Isa. 46:10)

La Soberanía de Dios puede definirse como el ejercicio de su supremacía. Dios es el Altísimo, el Señor del cielo y de la tierra está exaltado infinitamente por encima de la más eminente de las criaturas. El es absolutamente independiente; no está sujeto a nadie, ni es influido por nadie. Dios actúa siempre y únicamente como le agrada.

Nadie puede frustrar ni detener sus propósitos. Su propia Palabra lo declara explícitamente: “En el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay quien estorbe su mano” (Dan. 4:35). La soberanía divina significa que Dios lo es de hecho, así como de nombre, y que está en el Trono del universo dirigiendo y actuando en todas las cosas “según el consejo de su voluntad” (Efe. 1:11).

Con gran razón decía el predicador bautista del siglo pasado Carlos Spurgeon, en un sermón sobre Mat. 20:15, que:

“No hay atributo más confortador para Sus hijos que el de la Soberanía de Dios. Bajo las más adversas circunstancias y las pruebas más severas, creen que la Soberanía los gobierna y que los santificará a todos.

Para ellos, no debería haber nada por lo que luchar más celosamente que la doctrina del Señorío de Dios sobre toda la creación -el reino de Dios sobre todas la obras de sus manos- El trono de Dios, y su derecho a sentarse en el mismo. Por otro lado, no hay doctrina más odiada por la persona mundana, ni verdad que haya sido más maltratada, que la grande y maravillosa, pero real, doctrina de la Soberanía del infinito Jehová.

Los hombres permitirán que Dios esté en todas partes, menos en su trono. Le permitirán formar mundos y hacer estrellas, dispensar favores, conceder dones, sostener la tierra y soportar los pilares de la misma, iluminar las luces del cielo, y gobernar las incesantes olas del océano; pero cuando Dios asciende a su Trono sus criaturas rechinan los dientes.

Pero nosotros proclamamos un Dios entronizado y su derecho a hacer su propia voluntad con lo que le pertenece, a disponer de sus criaturas como a él le place, sin necesidad de consultarlas. Entonces se nos maldice y los hombres hacen oídos sordos a lo que les decimos, ya que no aman a un Dios que está sentado en su Trono. Pero es a Dios en su Trono que nosotros queremos predicar. Es en Dios, en su Trono en quien confiamos”.

Sí, tal es la Autoridad revelada en las Sagradas Escrituras. Sin rival en Majestad, sin límite en Poder, sin nada, fuera de sí misma, que le pueda afectar. “Todo lo que quiso Jehová, ha hecho en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos” (Sal. 135:6).

No obstante, vivimos en unos días en los que incluso los más “ortodoxos” parecen temer el admitir la verdadera divinidad de Dios. Dicen que reconocer la soberanía de Dios significa excluir la responsabilidad humana; cuando la verdad es que la responsabilidad humana se basa en la Soberanía Divina, y es el resultado de la misma. “Y nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (Sal. 115:3).

En su soberanía escogió colocar a cada una de sus criaturas en la condición que pareció bien a sus ojos. Creó ángeles: a algunos los colocó en un estado condicional, a otros les dio una posición inmutable delante de él (1Tim. 5:21), poniendo a Cristo como su cabeza (Col. 2:10). No olvidemos que los ángeles que pecaron (2Ped. 2:4). Con todo, Dios previó que caerían y, sin embargo, los colocó en un estado alterable y condicional, y les permitió caer, aunque El no fuera el autor de su pecado.

Asimismo, Dios, en su soberanía colocó a Adán en el jardín del Edén en un estado condicional. Si lo hubiera deseado podía haberle colocado en un estado incondicional, en un estado tan firme como el de los ángeles que jamás han pecado, en uno tan seguro e inmutable como el de los santos en Cristo.

En cambio, escogió colocarle sobre la base de la responsabilidad como criatura, para que se mantuviera o cayera según se ajustase o no a su responsabilidad: la de obedecer a su Creador. Adán era responsable ante Dios (Dios es ley en sí mismo) por el mandamiento que le había sido dado y la advertencia que le había sido hecha. Esa era una responsabilidad sin menoscabo y puesta a prueba en las condiciones más favorables.

Dios no colocó a Adán en un estado condicional y de criatura responsable porque fuera justo que así lo hiciera. No, era justo porque Dios lo hizo. Ni siquiera dio el ser a las criaturas porque eso fuera lo justo, es decir, porque estuviera obligado a crearlas; sino que era justo porque El lo hizo así.

Dios es soberano. Su voluntad es suprema. Dios, lejos de estar bajo una ley, es ley en sí mismo, así es que cualquier cosa que él haga, es justa. Y ¡ay del rebelde que pone su soberanía en entredicho! “Ay del que pleitea con su Hacedor, siendo nada mas un pedazo de tiesto entre los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces?” (Isa. 45:9).

Además, Dios es Señor, como soberano, colocó a Israel sobre una base condicional. Los capítulos 19, 20 y 24 de Éxodo ofrecen pruebas claras y abundantes de ello. Estaban bajo el pacto de las obras. Dios les dio ciertas leyes e hizo que las bendiciones sobre ellos, como nación, dependieran de la observancia de las tales. Pero Israel era obstinado y de corazón incircunciso. Se rebelaron contra Jehová, desecharon su ley, se volvieron a los dioses falsos y apostataron. En consecuencia, el juicio divino cayó sobre ellos y fueron entregados en las manos de sus enemigos, dispersados por toda la tierra, y hasta el día de hoy, permanecen bajo el peso del disfavor de Dios.

Fue Dios, quien en el ejercicio de su soberanía, puso a Satanás y a sus ángeles, a Adán y a Israel en sus respectivas posiciones de responsabilidad. Pero, en el ejercicio de su soberanía, lejos de quitar la responsabilidad de la criatura, la puso en esta posición condicional, bajo las responsabilidades que él creyó oportunas; y, en virtud de esta soberanía, El es Dios sobre todos. De este modo, existe una armonía perfecta entre la soberanía de Dios y la responsabilidad de la criatura. Muchos han sostenido equivocadamente que es imposible mostrar donde termina la soberanía de Dios y empieza la responsabilidad de la criatura. He aquí donde empieza la responsabilidad de la criatura: en la ordenación soberana del creador. En cuanto a su soberanía, ¡no tiene ni tendrá jamás “terminación»!

Vamos aprobar aún más, que la responsabilidad de la criatura se basa en la soberanía de Dios. ¿Cuántas cosas están registradas en la Escritura que eran justas porque Dios las mandó, y que no lo hubieran sido si no las hubiera mandado?

¿Qué derecho tenía Adán de comer de los árboles del jardín del Edén? ¡El permiso de su Creador (Gén. 2:16), sin el cual hubiera sido un ladrón! ¿Qué derecho tenía el pueblo de Israel a demandar de los egipcios joyas y vestidos (Ex. 12:35)? Ninguno, sólo que Jehová lo había autorizado (Ex. 3:22).

¿Qué derecho tenía Israel a matar tantos corderos para el sacrificio? Ninguno, pero Dios así lo mandó. ¿Qué derecho tenía el pueblo de Israel a matar a todos los cananeos? Ninguno, sino que Dios les habían mandado hacerlo. ¿Qué derecho tenía el marido a demandar sumisión por parte de su esposa? Ninguno, si Dios no lo hubiera establecido. ¿Qué derecho tuviera la esposa de recibir amor, atención y cuidados, ninguno, si Dios no lo hubiera establecido. Podríamos citar muchos más ejemplos para demostrar que la responsabilidad humana se basa en la Soberanía Divina.

He aquí otro ejemplo del ejercicio de la absoluta soberanía de Dios: colocó a sus elegidos en un estado diferente al de Adán o Israel. Los puso en un estado incondicional. En un pacto eterno, Jesucristo fue hecho su cabeza, tomó sobre sí sus responsabilidades y actuó para ellos con justicia perfecta, irrevocable y eterna.

Cristo fue colocado en un estado condicional, ya que fue “hecho súbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo de la ley” (Gál. 4:4,5), sólo que con esta diferencia infinita: los hombres fracasaron, pero él no fracasó ni podía hacerlo. Y, ¿quién puso a Cristo en este estado condicional? El Dios Trino. Fue ordenado por la voluntad soberana, enviado por el amor soberano y su obra le fue asignada por la autoridad soberana.

El mediador tuvo que cumplir ciertas condiciones. Había de ser hecho en semejanza de carne de pecado; había de magnificar y honrar la ley; tenía que llevar todos los pecados del pueblo de Dios en su propio cuerpo sobre el madero; tenía que hacer expiación completa por ellos; tenía que sufrir la ira de Dios, morir y ser sepultado.

Por el cumplimiento de todas esas condiciones, le fue ofrecida una recompensa: (Isa. 53:10-12). Había de ser el primogénito de muchos hermanos; había de tener un pueblo que participaría de su gloria. Bendito sea su nombre para siempre porque cumplió todas esas condiciones; y porque las cumplió, el Padre está comprometido en juramento solemne a preservar para siempre y bendecir por toda la eternidad a cada uno de aquellos por los cuales hizo mediación su Hijo Encarnado. Porque El tomó su lugar, ellos ahora participan del Suyo. Su justicia es la Suya, su posición delante de Dios es la Suya, y su vida es la Suya. No hay ni una sola condición que ellos tengan que cumplir, ni una sola responsabilidad con la que tengan que cargar para alcanzar la gloria eterna. “Porque con una sola ofrenda hizo Perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14).

He aquí pues que la soberanía de Dios expuesta claramente ante todos en las distintas formas en que él se ha relacionado con sus criaturas. Algunos de los ángeles, Adán e Israel fueron colocados en una posición condicional en la que la bendición dependía de su obediencia y fidelidad de Dios. Pero, en marcado contraste con estos, a la “manada pequeña” (Luc. 12:32) le ha sido dada una posición incondicional e inmutable en el pacto de Dios, en sus consejos y en su Hijo; su bendición depende de lo que Cristo Hizo Por ellos. “El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: conoce el Señor a los que son suyos” (2Tim. 2:19).

El fundamento sobre el cual descansan los elegidos de Dios es perfecto: nada puede serle añadido, ni nada puede serle quitado (Ecl. 3:14). He aquí, pues, el más alto y grande exponente de la absoluta soberanía de Dios. En verdad, El “del que quiere tiene misericordia; y al que quiere endurece” (Rom 9:18).

La Supremacía de Dios

Posted on Actualizado enn

LA SUPREMACÍA DE DIOS

A.W. Pink

“Pensabas que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21)

En una de sus cartas a Erasmo, Lutero decía: “Vuestro concepto de Dios es demasiado humano”. El renombrado erudito probablemente se ofendió por tal reproche que procedía del hijo de un minero; sin embargo, lo tenía perfectamente merecido.

Nosotros, también, aunque no tengamos lugar entre los líderes religiosos de esta era degenerada, presentamos la misma denuncia contra la mayoría de los predicadores de nuestros días y contra quienes, en lugar de escudriñar las Escrituras por sí mismos, aceptan perezosamente las enseñanzas de sus denominaciones.

En la actualidad, y casi en todas partes, se sostienen los más deshonrosos y degradantes conceptos acerca de la autoridad y el Reino del Todopoderoso. Para incontables millares, incluso entre los que profesan ser cristianos, el Dios de las Escrituras es completamente desconocido.

En la antigüedad, Dios se quejó a un Israel apóstata: “Pensabas que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21). Tal ha de ser ahora su acusación contra una cristiandad apóstata. Los hombres imaginan que al Altísimo le mueven, no los principios, sino los sentimientos. Suponen que su Omnipotencia es una invención vacía y que Satanás puede desbaratar Sus designios a su antojo. Creen que si en realidad El se ha forjado un plan o propósito, ha de ser como los suyos, constantemente sujetos a cambios. Declaran abiertamente que sea el que fuere el poder que posee, ha de ser restringido, no sea que invada el territorio del “libre albedrío” del hombre y lo reduzca a una “maquina”.

Rebajan la eficaz expiación, la cual redimió a todos aquellos por los cuales fue hecha, hasta hacer de ella una simple “medicina” que las almas enfermas por el pecado pueden usar si se sienten dispuestas a ello; y desvirtúan la obra invencible del Espíritu Santo, convirtiéndola en una “oferta” del Evangelio que los pecadores pueden aceptar o rechazar a su agrado.

El “dios” del presente siglo veinte no se parece más al Soberano Supremo de la Sagrada Escritura de lo que la confusa y vacilante llama de una vela se parece a la gloria del sol de mediodía. El “dios” del cual suele hablarse desde el púlpito, el que se menciona en gran parte de la literatura religiosa actual, el que se predica en la mayoría de las llamadas conferencias Bíblicas, es una invención de la imaginación humana, una ficción del sentimentalismo sensiblero.

Los idólatras que se encuentran fuera de la cristiandad se hacen “dioses” de madera o de piedra, mientras que los millones de idólatras que se hallan dentro de la cristiandad se elaboran “dioses” producto de sus propias mentes. En realidad, no son otra cosa que ateos, ya que no hay otra alternativa posible sino creer en un Dios absolutamente supremo o no creer en Dios. Un “dios” cuya voluntad puede ser resistida, cuyos designios pueden ser frustrados, y cuyos propósitos pueden ser derrotados, no posee derecho alguno a la deidad, y lejos de ser objeto digno de adoración, merece solamente desprecio.

La distancia infinita que existe entre las más poderosas criaturas y el Creador Todopoderoso es prueba de la supremacía del Dios viviente y verdadero. El es el Alfarero, ellas no son más que barro en sus manos, que pueden ser transformadas en vasos de honra, o desmenuzadas (Sal. 2:9) a su gusto.

Como alguien decía, si todos los ciudadanos del cielo y todos los habitantes de la tierra se unieran en rebelión contra El, no le ocasionarían inquietud alguna, y ello tendría menos efecto sobre su trono eterno e invencible del que tiene sobre la elevada roca de Gibraltar la espuma de las olas del Mediterráneo. Tan pueril e impotente para afectar al Altísimo es la criatura, que la Escritura misma nos dice que cuando los príncipes gentiles se unan con Israel apóstata para desafiar a Jehová y su Cristo, “él que mora en los cielos se reirá” (Sal. 2:4)

La supremacía absoluta y universal de Dios está positivamente declarada en muchos lugares de la Escritura que no admite duda. “Tuya es, oh Jehová, la magnificencia, y el poder, y la gloria, la victoria, y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y la altura sobre todos los que están por cabeza… Y Tú señorearás a todos” (1Crón. 19:11,12).

Nótese que dice “señorearás” ahora, no “señorearás en el Futuro”. “Jehová Dios de nuestros padres, ¿no eres Tú Dios en los cielos, y te enseñorearás en todos los reinos de las Gentes? ¿No está en tu mano toda fuerza y poder, que no hay quien (ni siquiera el diablo) te resista?” (2Crón. 20:6).

Pero él es Único; ¿quién le hará desistir? Lo que su alma desea, El lo hace”. El Dios de la Escritura no es un monarca falso, ni un simple soberano imaginario, sino Rey de reyes y Señor de señores. “Yo conozco que todo lo puedes y que no hay pensamiento que se esconda de ti” (Job 42:2), o como alguien ha traducido, “ningún propósito tuyo puede ser frustrado”. El hace todo lo que ha designado. Cumple todo lo que ha decretado. “Nuestro Dios está en los cielos: Todo lo que quiso ha hecho” (Sal. 115:3); y, ¿por qué? Porque “no hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo contra Jehová” (Prov. 21:30).

La supremacía de Dios sobre las obras de sus manos está descrita de manera vívida en la Escritura. La materia inanimada y las criaturas irracionales cumplen los mandatos de su Creador. A su mandato el mar Rojo se dividió, y sus aguas se levantaron como muros (Exo. 14); la tierra abrió su boca y los rebeldes descendieron vivos al abismo (Núm. 16). Cuando El lo ordenó, el sol se detuvo (Jos. 10); y en otra ocasión volvió diez grados atrás en el reloj de Acaz (Isa. 38:8).

Para manifestar su supremacía, hizo que los cuervos llevaran comida a Elías (1Rey. 17), que el hierro nadara sobre el agua (2Rey. 6), cerró la boca de los leones cuando Daniel fue arrojado al foso, e hizo que el fuego no quemara cuando los tres jóvenes hebreos fueron echados a las llamas. Así que, “todo lo que quiso Jehová, ha hecho en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos” (Sal. 135:6).

` La Supremacía de Dios se demuestra también en su gobierno perfecto sobre la voluntad de los hombres. Estudiemos cuidadosamente Éxodo 34:24. Tres veces al año, todos los varones de Israel debían dejar sus hogares e ir a Jerusalén, vivían rodeados de pueblos hostiles que les odiaban por haberse apropiado de sus tierras. Siendo así, ¿qué impedía que los cananitas, aprovechando la ausencia de los hombres, mataran a las mujeres y los niños, y tomaran opresión de sus posesiones?

Si la mano del todopoderoso no estuviera incluso sobre la voluntad de los impíos, ¿cómo podía prometer que nadie ni siquiera “desearía” sus tierras? “Como los repartimientos de las aguas, así está el corazón del rey en la mano de Jehová: a todo lo que quiere lo inclina” (Prov. 21:1). Habrá sin embargo quien ponga en duda una y otra vez esto, leemos en la Escritura, cómo aquellos hombres desafiaron a Dios, resistieron su voluntad, quebrantaron sus mandamientos, desestimaron sus amonestaciones, e hicieron oídos sordos a sus exhortaciones.

Sí, es cierto; pero, ¿anula esto lo que hemos dicho anteriormente? Si es así, entonces la Biblia se contradice manifiestamente a sí misma. Pero esto no puede ser. El que hace esta objeción se refiere únicamente a la impiedad del hombre contra la palabra externa de Dios, mientras que lo que hemos mencionado es lo que Dios se ha propuesto en sí mismo. La norma de conducta que El nos ha dado no es cumplida perfectamente por ninguno de nosotros; sin embargo, sus propios “consejos” eternos son cumplidos hasta el más minucioso de los detalles.

La Supremacía absoluta y universal de Dios se afirma con igual claridad y certeza en el Nuevo Testamento. Ahí se nos dice que Dios “hace todas las cosas según el consejo de su voluntad” (Efe. 1:11), “hace” en griego, significa “hacer efectivo”. Por esta razón, leemos: “Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amen”. (Rom. 11:36). Los hombres pueden jactarse de ser agentes libres, con voluntad propia, y de que son libres de hacer lo que les plazca, pero a aquellos que, jactándose, dicen: “Iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y compraremos mercadería y ganaremos…”, la Escritura advierte: “En lugar de los cual deberías decir: Si el Señor quisiere” (Stgo. 4:13,15).

He aquí, pues, lugar de descanso para el corazón. Nuestras vidas no son el producto de un destino ciego, ni el resultado de la suerte caprichosa, sino que cada detalle de las mismas fue ordenado por el Dios viviente y soberano. Ni un solo cabello de nuestras cabezas puede ser tocado sin su permiso. “El corazón del hombre piensa su camino: mas Jehová endereza sus pasos” (Prov. 16:9). ¡Qué certeza, poder y consuelo debería de proporcionar esto al verdadero cristiano! “En tu mano están mis tiempos” (Sal. 31:15). Así, permítanme decir: “Calla delante de Jehová, y espera en él” (Sal. 37:7).

La Presciencia de Dios

Posted on Actualizado enn

LA PRESCIENCIA DE DIOS

Arthur W. Pink

“Pedro, apóstol de Jesucristo; a los expatriados de la dispersión en Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos conforme al previo conocimiento de Dios Padre por la santificación del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: Gracia y paz os sean multiplicadas”. (1Ped. 1,2).

Muchas controversias ha engendrado este tema en el pasado. Pero, ¿qué verdad hay en la Santa Escritura que no haya sido tomada como ocasión de batallas teológicas y eclesiásticas?

La Deidad de Cristo, su nacimiento virginal, su muerte expiatoria, su segunda venida; la justificación del creyente por la fe, su santificación, su seguridad; la iglesia, su organización, oficiales y disciplina; el bautismo, la cena del Señor, y muchísimas otras verdades preciosas que podríamos mencionar.

Con todo, las controversias sostenidas en torno a estas no cerraron la boca de los siervos fieles a Dios. Hay dos cosas, acerca de la presciencia de Dios, que muchos ignoran: el significado del término, y su alcance bíblico. Debido a que esta ignorancia está tan extendida, le resultará fácil a un predicador o maestro el defraudar con perversiones de este tema aun al pueblo de Dios.

Sólo hay una salvaguardia contra el error; estar confirmados en la fe; y para ello ha de haber estudio diligente y oración, y una recepción humilde de la asimilación de la Palabra de Dios, ya que algunos falsos maestros de la Biblia pervierten su presciencia con el fin de desechar su absoluta elección para vida eterna Sólo entonces seremos fortalecidos contra los ataques de aquellos que nos asaltan.

Cuando se expone el tema bendito y solemne de la predestinación, y el de la eterna elección por parte de Dios de ciertas personas para ser hechas conformes a la imagen de su Hijo, el enemigo envía algún hombre a contradecir que la elección se basa en la presciencia de Dios y esta “presciencia” se interpreta significando que previo que algunos serían más dóciles que otros, que responderían más prontamente a los esfuerzos del Espíritu, y que, debido a que Dios sabía que creerían, El, en consecuencia, los predestinó para salvación.

Pero tal declaración es radicalmente errónea. Repudia la verdad de la depravación total, ya que argumenta que hay algo bueno en algunos hombres. Quita a Dios su independencia, ya que hace que sus decretos descansen en lo que El descubre en la criatura. Trastorna las cosas completamente, ya que decir que Dios previo que ciertos pecadores creerían en Cristo, y que, en consecuencia, El los predestinó para salvación, es lo contrario a la verdad.

La Escritura afirma que Dios, en su absoluta soberanía, separó a algunos para que fueran recipientes de sus favores distintivos “Al oír esto, los gentiles se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron cuantos estaban designados para la vida eterna”. (Hech. 13:48), y, por tanto, determinó otorgarles el don de la fe.

La falsa teología hace del conocimiento previo que Dios tiene de nuestra fe la causa de su elección para salvación; mientras que la elección de Dios es la causa, y nuestra fe en Cristo es el efecto. Antes de seguir debatiendo este tema, hagamos una pausa y definamos los términos. ¿Qué quiere decir la palabra “presciencia”? “Conocer de antemano”, es la pronta respuesta de muchos. Pero no debemos juzgar precipitadamente, ni tampoco aceptar como definitiva la definición del diccionario, ya que esto no es un asunto de etimología del término empleado.

El uso que el Espíritu Santo hace de una expresión define siempre su significado y alcance. Lo que causa tanta confusión y error es el dejar de aplicar esta regla tan sencilla. Hay muchas personas que piensan conocer el significado de una palabra determinada usada en la escritura, pero que son reacias a poner a prueba sus suposiciones por medio de una concordancia. Ampliemos este punto.

Tomemos la palabra “carne”. Su significado parece ser tan obvio que muchos considerarán que el examinar sus varias conexiones en la Escritura es una pérdida de tiempo. Se supone precipitadamente que la palabra es un sinónimo del cuerpo físico, y no se procura indagar más. Pero, en realidad, la “carne” en la Escritura frecuentemente incluye mucho más de lo que es corporal. Sólo por medio de la comparación atenta de cada caso, y el estudio de cada contexto por separado, puede descubrirse todo lo que el término abarca.

Tomemos la palabra “mundo”. El lector de la Biblia imagina frecuentemente que esta palabra equivale a la raza humana, y, en consecuencias interpreta equivocadamente los pasajes en los que la misma aparece. Tomen la palabra “inmortalidad”. ¡Sin duda alguna, ésta no requiere estudio! Es obvio que hace referencia a la indestructibilidad del alma.

Cuando se trata de la Palabra de Dios, el dar por sentado algo sin comprobarlo es locura y error. Si ustedes se toman la molestia de examinar cuidadosamente cada pasaje en el que se encuentran las palabras “mortal” e “inmortal”, se dará cuenta que estas nunca se aplican al alma, sino al cuerpo.

Todo lo dicho acerca de “carne”, “mundo”, o “inmortalidad”, es aplicable con igual fuerza a los términos “conocer” y “preconocer” (conocer desde antes). Lejos de bastar con la simple suposición de que estas palabras no significan otra cosa que simple conocimiento, veremos que los diferentes pasajes en los que se encuentran requieren ser considerados cuidadosamente.

La palabra “preconocimiento” (traducida en la versión española por “conocer de antes») no se encuentra en el A.T., pero si que se da frecuentemente el término “conocer”. Cuando éste es usado en relación con Dios significa a menudo mirar con favor, comunicando, no un simple conocimiento, sino un afecto por el objeto mirado. “Te he conocido por tu nombre” (Exo. 33:17). “Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día que yo os conozco” (Deut. 9:24). “A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra” (Amós 3:2). En estos pasajes “conocer” significa amar o bien designar.

Asimismo en el N.T., se usa frecuentemente la palabra “conocer” en el mismo sentido que en el Antiguo. “Entonces yo les declararé: Nunca os he conocido. ¡Apartaos de mí, obradores de maldad!” (Mat. 7:23). “Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas, y las mías me conocen”. (Juan 10:14). “Pero si alguien ama a Dios, tal persona es conocida por él”. (1Cor. 8:3). “Conoce el Señor a los que son suyos” (2Tim. 2:19).

El término “Preconocer”, o “presciencia”, tal como se usa en el Nuevo testamento, es menos ambiguo que en su simple forma “conocer”. Si todos los pasajes en los que aparece son estudiados cuidadosamente, se descubrirá que es muy discutible que el término haga referencia a una simple percepción de eventos que han de tener lugar. En realidad, este término nunca es usado en la Escritura en relación con sucesos o acciones, sino que, por el contrario, siempre se refiere a personas. Dios “conoció por anticipado” a las personas, no a sus acciones. Para demostrarlo, citaremos los pasajes en los que se encuentra esta expresión.

El primero es hechos 2:23, donde leemos de Jesús: “Entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendísteis y matásteis por manos de inicuos, crucificándole”. Si nos fijamos con atención en las palabras de este versículo, veremos que el apóstol no estaba hablando del conocimiento anticipado de Dios del acto de la crucifixión, sino de la Persona crucificada: “este, entregado por…”, etc.

El segundo es en Rom. 8:29,30. “Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a estos también llamó.” Fíjense bien en el pronombre que se usa aquí. No es lo que, sino los que antes conoció. Lo que se nos muestra no es la sumisión de la voluntad, ni la fe del corazón, sino las personas mismas. “No ha desechado Dios a su pueblo, el cual antes conoció” (Rom. 11:22). Una vez más, la referencia es claramente a personas solamente.

La última cita es 1Ped. 1:2: “Elegidos según la presciencia de Dios Padre” ¿Quienes son ellos? El versículo anterior nos lo dice: la referencia es a los “extranjeros esparcidos”, es decir, la Diáspora, los judíos creyentes de la dispersión. Aquí, también, la referencia es a personas, no a sus hechos previstos. En vista de estos pasajes ¿qué base bíblica hay para decir que Dios “Previo” los hechos de algunos, a saber, su “arrepentimiento y fe”, y que, a causa de los mismos, los eligió para salvación? Absolutamente ninguna.

La Escritura jamás habla del arrepentimiento y la fe como algo previsto o preconocido por Dios. Es verdad que Dios conocía desde toda la eternidad que algunos se arrepentirían y creerían, pero la Escritura no se refiere a esto como objeto de la “presciencia” de Dios. El término se refiere invariablemente a Dios preconociendo a personas; así pues, “retengamos la forma de las sanas palabras” (2Tim. 1:13).

Otra cosa sobre la que deseamos llamar particularmente la atención es que los dos primeros pasajes citados, muestran de manera clara, y enseñan implícitamente, que la presciencia de Dios no es cautiva, sino que, detrás de ella precediéndola, hay algo más: su propio decreto soberano. Cristo fue “entregado por el (1) determinado consejo y (2) anticipado conocimiento de Dios” (Hech. 2:23). Su “consejo” o decreto fue la base de su anticipado conocimiento.

Asimismo en Romanos 8:29. Este versículo empieza con la palabra “porque”, lo cual nos habla de lo que precede inmediatamente. ¿Qué es, entonces, lo que dice el versículo anterior? “Todas las cosas les ayudan a bien… a los que conforme al propósito son llamados” Así pues, “el anticipado conocimiento” de Dios se basa en su “propósito” o decreto (véase Salmo 2:7)

Dios conoce por anticipado lo que será, porque él ha decretado que sea. Afirmar, por lo tanto que Dios elige porque preconoce es invertir el orden de la Escritura, es como poner el carro delante del caballo. La verdad es que preconoce porque ha elegido. Esto elimina la base o causa de la elección como algo de la criatura, y la coloca en la soberana voluntad de Dios.

Dios se propuso elegir a ciertas personas, no porque hubiera algo bueno en ellas, ni porque previera algo bueno en las mismas, sino solamente, a causa de su pura buena voluntad. El por qué escogió a éstos no lo sabemos; lo único que podemos decir es: “Así, Padre, porque así te agradó”. La verdad clara de Romanos 8:29, es que Dios, antes de la fundación del mundo, separó a ciertos pecadores y los escogió para salvación (2Tes. 2:13).

Esto se ve claro en las últimas palabras del versículo: los “predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo”, etc. Dios no predestinó a aquellos que él preveía que “eran hechos conformes…”, sino que, por el contrario, predestinó a aquellos a los que “antes conoció” (es decir, amó y eligió) “para que fuesen hechos conformes…”. Su conformidad a Cristo no es la causa, sino el efecto de la presciencia y predestinación de Dios.

Dios no eligió a ningún pecador porque viera que creería, por la razón sencilla pero suficiente, de que ningún pecador cree jamás hasta que Dios le da fe; de la misma manera que ningún hombre puede ver antes de que Dios le de la vista. Ya que la vista es el don de Dios, y ver es la consecuencia del uso de su don.

Asimismo, la fe es el don de Dios “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras para que nadie se gloríe” (Efe. 2:8), y creer es la consecuencia del uso de este don. Si fuera cierto que Dios eligió a algunos para ser salvos porque a su debido tiempo éstos creerían, eso convertiría el creer en un acto meritorio, y, en este caso, el pecador tendría razón de jactarse, lo cual la Escritura niega enfáticamente, (Efe. 2:9).

En verdad la Palabra de Dios es suficientemente clara al enseñar que creer no es un acto meritorio. Afirma que los cristianos son aquellos que “por la gracia han creído” (Hech. 18:27). Por lo tanto, si han creído “por gracia”, no hay absolutamente nada meritorio, el mérito no puede ser la base o causa que movió a Dios a escogerlos.

No, la elección de Dios no procede de nada que haya en nosotros, o de nada que proceda de nosotros, sino únicamente de su propia y soberana buena voluntad. Una vez más, en Romanos 11:5, leemos de “un remanente escogido por gracia”. Ahí está suficientemente claro; la misma elección es por gracia, y gracia es favor inmerecido, algo a lo que no tenemos derecho alguno.

Precisamente, se ve la importancia para nosotros, de tener ideas claras y bíblicas sobre la presciencia de Dios. Quien no solamente conoció el final desde el principio, sino que planeó, fijó y predestinó todo desde el principio. Ya que, si ustedes son cristianos verdaderos, lo son porque Dios los escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, (Efe. 1:4), y lo hizo, no porque previo que creería, sino porque, simplemente, así le agradó hacerlo; te escogió a pesar de tu incredulidad natural.

Siendo así, toda la gloria y la alabanza le pertenece solo a El. No tienes base alguna para atribuirte ningún mérito. Has creído “por la gracia”, y eso porque tu misma elección fue “de gracia” (Rom. 11:5).

La Omnisciencia de Dios

Posted on Actualizado enn

LA OMNISCIENCIA DE DIOS

Arthur W. Pink

“No existe cosa creada que no sea manifiesta en su presencia. Más bien, todas están desnudas y expuestas ante los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”. (Heb. 4:13).

Dios es omnisciente, lo conoce todo: todo lo posible, todo lo real, todos los acontecimientos y todas las criaturas del pasado, presente y futuro. Conoce perfectamente todo detalle en la vida de todos los seres que están en el cielo, en la tierra y en el infierno (Dan. 2:22). “Conoce lo que hay en las tinieblas”.

Nada escapa a su atención, nada puede serle escondido, no hay nada que pueda olvidar. Bien podemos decir con el salmista: (Sal. 139:6). “Tal conocimiento me es maravilloso; tan alto que no lo puedo alcanzar” Su conocimiento es perfecto; nunca se equivoca, ni cambia, ni pasa por alto alguna cosa. ¡Sí, tal es Dios al que tenemos que dar cuenta!

Sal. 139:2-4; “Tú conoces cuando me siento y cuando me levanto; desde lejos entiendes mi pensamiento. Mi caminar y mi acostarme has considerado; todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y tú, oh Jehová, ya la sabes toda”. ¡Qué maravilloso ser es el Dios de la Escritura! Cada uno de sus gloriosos atributos debería de honrarle en nuestra estimación.

La comprensión de su omnisciencia debería de inclinarnos ante El en adoración. Con todo ¡Cuán poco meditamos en su perfección divina! ¿Es ello debido a que, aun el pensar en ella, nos llena de inquietud?

¡Cuán solemne es este hecho; nada puede ser escondido a Dios, (Eze. 11:5). “Diles yo he sabido los pensamientos que suben de vuestros espíritus” Aunque sea invisible para nosotros, nosotros no lo somos para él. Ni la oscuridad de la noche, ni la más espesa cortina, ni la más profunda prisión pueden esconder al pecador de los ojos de la Omnisciencia. Los árboles del huerto fueron incapaces de esconder a nuestros primeros padres.

Ningún ojo humano vio a Caín cuando asesinó a su hermano, pero su Creador fue testigo del crimen. Sara podía reír por su incredulidad oculta en su tienda, mas Jehová la oyó. Acán robó un lingote de oro que escondió cuidadosamente bajo la tierra pero Dios lo sacó a la luz (Jos. 7). David se tomó mucho trabajo en esconder su iniquidad, pero el Dios que todo lo ve no tardó en mandar uno de sus siervos a decirle: (2Sam. 12). “Tú eres aquel hombre”. Y a las tribus que quedaban al oriente del Jordán se les dice: (Núm. 32:23). “Pero si no lo hacéis así, he aquí que habréis pecado contra Jehová, y sabed que vuestro pecado os alcanzará”.

Si pudieran los hombres despojarían a la Deidad de su omnisciencia; ¡Qué prueba esta de que “la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Rom. 8:7). Los hombres impíos odian esta perfección divina que, al mismo tiempo, se ven obligados a admitir.

Desearían que no existiera el Testigo de sus pecados, el Escudriñador de sus corazones, el Juez de sus acciones. Intentan quitar de sus pensamientos a un Dios tal: (Os. 7:2).“Y no dicen en su corazón que tengo en la memoria toda su maldad” ¡Cuán solemne es el octavo versículo del Salmo 90! Todo aquel que rechaza a Cristo tiene buenas razones para temblar ante él: “Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro.

Pero la omnisciencia de Dios es una verdad llena de consolación para el creyente. En la perplejidad, dice a Job: “Más él conoció mi camino” (Job 23:10). Esto puede ser profundamente misterioso para mí, completamente incomprensible para mis amigos pero, ¡él conoce nuestra condición; “se acuerda que somos polvo” (Sal. 103:14).

Cuando nos asalten la duda y la desconfianza acudamos a este mismo atributo, diciendo: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí camino de perversidad y guíame por el camino eterno” Sal. 139:23,24.

En el tiempo de triste fracaso, cuando nuestros actos han desmentido a nuestro corazón, nuestras obras repudiado a nuestra devoción, y hemos oído la pregunta escrutadora que escuchó Pedro: “¿Me amas?», hemos dicho como Pedro: “Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo” (Juan 21:17). Ahí hallamos estímulo para orar. No hay razón para temer que las peticiones de los justos no sean oídas, ni que sus lágrimas y suspiros escapen a la atención de Dios, ya que él conoce los pensamientos e intenciones del corazón.

No hay peligro de que un santo sea pasado por alto en la multitud de aquellos que cada día y cada hora presentan sus peticiones, porque la Mente infinita es capaz de prestar la misma atención a millones, que a uno solo de los que buscan su atención. Asimismo la falta de un lenguaje apropiado y la incapacidad de dar expresión al más profundo de los anhelos del alma no comprometerá nuestras oraciones, porque “Y sucederá que antes que llamen, yo responderé; y mientras estén hablando, yo les escucharé”. (Isa. 65:24). “Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; su entendimiento es infinito”. (Sal. 147:5).

Dios, no solamente conoce todo lo que sucedió en el pasado en cualquier parte de sus vastos dominios, y todo lo que ahora acontece en el universo entero, sino que, además, El sabe todos los hechos, desde el más insignificante hasta el más grande, que tendrán lugar en el porvenir. El conocimiento del futuro por parte de Dios es tan completo como completo es su conocimiento del pasado y el presente; y esto es así porque el futuro depende enteramente de él. Si algo pudiera en alguna manera ocurrir sin la directa agencia o el permiso de Dios, ello sería independiente de él, y Dios dejaría, por tanto, de ser Supremo.

El conocimiento Divino del futuro no es una simple idealización, sino algo inseparablemente relacionado con su propósito y acompañado del mismo. Dios mismo ha designado todo lo que ha de ser, y lo que él ha designado debe necesariamente efectuarse. Como su Palabra infalible afirma: “él hace según su voluntad con el ejército del cielo y con los habitantes de la tierra. No hay quien detenga su mano ni quien le diga: ¿Qué haces?” (Dan. 4:35), Y (Prov. 19:21): “Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá”.

El cumplimiento de todo lo que Dios ha propuesto está absolutamente garantizado, ya que su sabiduría y poder son infinitos. Que los consejos Divinos dejen de ejecutarse es una imposibilidad tan grande como lo es que el Dios tres veces Santo mienta. En lo relativo al futuro, nada hay incierto en cuanto a la realización de los consejos de Dios. Ninguno de sus decretos, tanto los referentes a criaturas como a causas secundarias, es dejado a la casualidad. No hay ningún suceso futuro que sea solo una simple posibilidad, es decir, algo que pueda acontecer o no: “Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras” (Hech. 15:18). Todo lo que Dios ha decretado es inexorablemente cierto, “porque en él no hay mudanza ni sombra de variación” (Stg. 1:17). Por tanto, en el principio de aquel libro que nos descubre tanto del futuro, se nos habla de “cosas que deben suceder pronto” (Apoc. 1:1).

El perfecto conocimiento por Dios de todas las cosas es ejemplificado e ilustrado en todas las profecías registradas en su Palabra. En el A.T., se encuentran docenas de predicciones relativas a la historia de Israel que fueron cumplidas hasta en los más pequeños detalles siglos después de que fueran hechas. Ahí, también, se hayan docenas prediciendo la vida de Cristo en la tierra, y estas también fueron cumplidas literal y perfectamente. Tales profecías sólo podían ser dadas por Uno que conocía el final desde el principio, y cuyo conocimiento descansaba sobre la certeza absoluta de la realización de todo lo preanunciado.

De la misma manera, tanto el Antiguo como el N.T., contienen muchos anuncios todavía futuros, los cuales deben cumplirse porque fueron dados por Aquel que los decretó. Pero debe señalarse que ni la omnisciencia de Dios ni su conocimiento del futuro, considerados en si mismos, son la causa. Jamás, sucedió o sucederá, algo simplemente porque Dios lo sabía. La causa de todas las cosas es la voluntad de Dios.

El hombre que realmente cree las Escrituras sabe de antemano que las estaciones continuarán sucediéndose con segura regularidad hasta el final de la tierra: (Gén. 8:22), “Mientras exista la tierra, no cesarán la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche.” pero su conocimiento no es la causa de esta sucesión.

Así, el conocimiento de Dios no proviene del hecho de que las cosas son o serán, sino de que él las ha ordenado de ese modo. Dios conocía y predijo la crucifixión de su Hijo mucho siglos antes de que se encarnara, y esto era así porque, en el propósito Divino, El era el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, de ahí que leamos que fue “entregado por determinado consejo y providencia de Dios” (Hech. 2:23). El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de asombro.

¡Cuán ilimitadamente superior al más sabio de los hombres es el eterno! Ninguno de nosotros conoce lo que el día de mañana nos traerá; pero el futuro entero está abierto a su mirada omnisciente. El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de santo temor. Nada de lo que hacemos, decimos, o incluso pensamos, escapa a la percepción de Aquel a quien tenemos que dar cuenta: “Los ojos de Jehová están en todo lugar mirando a los malos y a los buenos” (Prov. 15:3) ¡Que freno significaría esto para nosotros si meditáramos más a menudo sobre ello!

En lugar de actuar indiferentemente, diríamos, con Agar: “Tú eres un Dios que me ve” (Gén. 16:13). La comprensión del infinito conocimiento de Dios debe llenar al cristiano de adoración y decir: Mi vida entera ha permanecido abierta a su mirada desde el principio.

El previo todas mis caídas, mis pecados, mis reincidencias; sin embargo, así y todo, fijó su corazón en mi. La comprensión de este hecho, ¡cómo debe postrarme en admiración y adoración delante de él!

La Estrategia de Satanás: El Engañador

Posted on

LA ESTRATEGIA DE SATANAS

El Engañador

 

Juan 8:44, Apocalipsis 12:9, 2ª Corintios 11:3; 2ª Juan 7; Genesis 3:1-7

 

1) El Objetivo de Satanás: Tu Mente

 

Cuando Satanás quiso conducir al primero hombre y a la primera mujer al pecado, comenzó atacando la mente de la  mujer. Esto queda claro en 2ª Corintios 11:3.

 

Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad Cristo.

 

¿Por qué le interesa a Satanás atacar tu mente? Porque la mente que tienes es la parte de la imagen de Dios mediante la cual El se comunica contigo, revelándote su voluntad. Es lamentable que algunos cristianos hayan restado importancia al papel de la mente, porque la Biblia destaca su importancia.

 

Leer: Colosenses 3:9-10;  Efesios 4:17-24; Romanos 12:2

 

Dios renueva nuestra vida mediante la renovación de nuestra mente, que a su vez se renueva mediante la verdad. Esa verdad es la Palabra de Dios. 

 

Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. (Juan 17:17)

 

Si Satanás consigue que tú creas una mentira, podrá comenzar a trabajar en tu vida para conducirte al pecado. Es por eso por lo que ataca a la mente, y por eso debemos proteger nuestra mente de los ataques del maligno.

 

Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo que justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad. (Filipenses 4:8)

 

Tus pensamientos afectan tus sentidos y tu voluntad.

El medico te dice «tu eres lo que comes», La Biblia dice. «Tu eres lo que piensas»

 

Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. (Proverbios 23:7)

 

Satanás buscará tu mente, porque tu mente afecta todo tu ser. Si Satanás captura tu mente, el podrá trabajar en tu vida.

 

Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.  Isaías 26:3

 

 

 

2) El Arma de Satanás: Las Mentiras

 

Satanás se acercó a Eva como la serpiente, el sutil engañador.

 

… la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero. (Apocalipsis 12:9)

 

Es importante notar los pasos que Satanás siguió para convencer a Eva de que creyera su mentira.

 

  1. Cuestionó la Palabra de Dios. «Así que Dios os ha dicho…» No negó que Dios les había hablado; se limitó a cuestionar si Dios había dicho realmente lo que Eva pensaba que había dicho. La sugerencia de Satanás era: «A lo mejor habéis malentendido lo que ha dicho Dios. Tienes derecho a volver a pensar en lo que dijo.» Vale la pena darse cuenta de que mediante esta sugerencia, Satanás está también poniendo en tela de juicio la bondad  de Dios. «Si Dios te amara de verdad, no te privaría de nada». Esta fue la misa técnica que intentó con el Señor cuando estaba en el desierto: «Si eres el Hijo amado de Dios, ¿cómo es que tienes tanta hambre?»

 

  1. Negó la Palabra de Dios. «¡No moriréis!» Hay un solo pequeño paso entre cuestionar la Palabra de Dios y negarla. Por supuesto, ni Adán ni Eva sabía por experiencia lo que era la muerte. Lo único a que podían aferrarse era la Palabra de Dios, pero eso era todo lo que necesitaban. Si Eva no hubiera escuchado a Satanás cuestionando la Palabra de Dios, jamás habría caído en la trampa, cuando éste dio el siguiente paso: negarla.

 

  1. Proporcionó una mentira sustituta. «¡Seréis como Dios!» Adán y Eva había sido creados a imagen de Dios, pero Satanás les tentó con un privilegio aún mayor: ¡ser iguales a Dios! Esta fue, por supuesto, la gran ambición de Satanás cuando aún era Lucifer, el siervo angélico de Dios.

 

Leer: Isaías 14:12-14

 

Satanás es un ser creado, una criatura, pero quería ser adorado y servido como el Creador. Fue esa actitud la que le llevó a rebelarse contra Dios e intentar establecer su propio reino. «Seréis como Dios» es la mentira gigantesca que ha controlado a la humanidad desde la caída del hombre.

 

«… ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrado y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén.» Romanos 1:25

 

Satanás anhela adoración y servicio, ¡y Jesucristo no le iba a conceder una cosa ni la otra!

 

Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito esta: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás» (Mateo 4:8-10)

La mentira de Satanás: «seréis como Dios», motiva y controla buena parte de nuestra civilización actual. El hombre está intentando elevarse, aunque sea tirándose de los cordones de los zapatos. Intenta construir una utopía en este mundo trasladándola quizá al espacio exterior. Por medio de la educación la psiquiatría, las religiones de uno u otro tipo (la mayoría de las cuales ignoran a Jesucristo, el pecado y la salvación), por medio de un mejor entorno natural, el hombre desafía a Dios y así mismo. Está siguiéndole el juego a  Satanás.

 

¿Cómo respondió Eva a la sugerencia de Satanás? Lo hizo cometiendo tres errores que llevaron a pecar.

 

•1)      Se apartó de la Palabra de Dios. En el versículo 2, Eva omitió la expresión «de todo». Lo que Dios había dicho, en Génesis 2:16 fue: «De todo árbol del huerto podrás comer». Parece ser que Eva le iba atrayendo la sugerencia de Satanás, la que decía que Dios les estaba negando ciertas cosas. Cuando comenzamos a cuestionar u olvidar la gracia de Dios. Y su bondad, nos resultará mucho más sencillo desobedecer su voluntad.

 

•2)      Añadió algo ala Palabra de Dios. En el mandamiento original de Dios no encontramos la expresión «ni le tocaréis». Puede que sí las pronunciara, pero desde luego no están registradas en el texto. Eva no sólo redujo la gracia contenida en las palabras de Dios, omitiendo el «de todo», sino que convirtió el mandamiento en algo más insoportable añadiéndole el «ni le tocaréis». «Y sus mandamientos no son gravosos» (1ª Jn. 5:3). Satanás quiere convencernos de que so lo son, y que él tienen algo mejor que ofrecernos.

 

•3)      Cambió la Palabra de Dios. Dios no había dicho: «para que no muráis», Dijo: «porque el día que de él  comieres, ciertamente morirás» (Gn. 2:17). El castigo por la desobediencia, tal y como lo presentó el enemigo, no parecía tan severo; por consiguiente, Eva podía considerar la posibilidad de desobedecer a la voluntad de Dios, obedeciendo ala de Satanás.

 

Una vez que hemos tratado de este modo a la Palabra de Dios estamos abiertos de par en par para que el enemigo llevo a cabo su última jugarreta,. Se limitó permitir a que Eva pensara en aquel árbol aparte de la Palabra de Dios. «¡Échale un buen vistazo! ¡Aprécialo como es realmente!» Era «bueno para comer…codiciable para alcanzar la sabiduría» (Gn. 3:6). Eva tenía que tomar una decisión: ¿la Palabra de Dios o la palabra de Satanás? Rechazó la Palabra divina, creyó a Satanás y pecó. Usted y yo hemos estado padeciendo toda la vida las consecuencias de ese pecado, igual que el resto de la raza humana.

 

Dios cumple sus propósitos para este mundo por medio de la verdad, y Satanás los suyos por medio de las mentiras.

 

Cuando el hijo de Dios cree la verdad divina, el Espíritu de Dios puede obrar con poder; porque el Espíritu Santo es «el Espíritu de verdad» (Jn. 16:13). Pero cuando una persona se cree una mentira, Satanás comienza a trabajar en esa vida, «porque es mentiroso y padre de mentira» (Jn. 8:44). La fe en la verdad divina conduce a la victoria, la fe puesta en las mentiras de Satanás nos lleva a la derrota.

Sin embargo Satanás nunca dirá a nadie: «¡Esto es mentira!» El es la serpiente,  el engañador, y siempre disfraza sus mentiras como si fueran verdades de Dios.

 

Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. (2ª Cor, 11:13-14)

 

Satanás no se acercó a Eva manifestando su verdadera naturaleza, sino que s disfrazó usando a la serpiente. Satanás es un falsificador, un imitador

También existen:

 

  • * Cristianos falsificadores.

 

«en caminos muchas veces; en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos» (2ª Corintios 11:26)

 

«El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo.» (Mateo 11:38)

 

«Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.» (Juan 8:44)

 

  • * Imitaciones del evangelio

 

«Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.» (Galatas 1:8)

 

  • * Falsos ministros del evangelio

 

Y no es maravilla, porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras. (2ª Corintios 11:14-15)

 

  • * Imitación de la justicia (Romanos 10:3)

 

Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios (Romanos 10:3)

 

  • * Iglesia falsa «Iglesia de Satanás»

 

Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás. (Apocalipsis 2:9)

 

  • * Doctrinas falsificadas (1ª Timoteo 4:1)

 

«Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino,» (2ª Timoteo 4:1)

 

Todo esto acabará, por supuesto, cuando entre en escena un imitador de Cristo, el anticristo, que acaparará para Satanás la adoración y servicio de todo el mundo.

 

Y entonces se manifestará aquel inicuo… cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentiroso, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden. (2ª Tesalonicenses 2:8-10)

 

Y la adoraron a la bestia, el anticristo todos los moradores de la tierra. Apocalipsis 13:8

El objetivo de Satanás es su mente, y su arma son las mentiras ¿Cuál es su propósito?

 

3. El Propósito de Satanás: que tú ignores la voluntad de Dios.

 

 

Satanás ataca la Palabra de Dios porque ésta manifiesta la voluntad divina.

 

Lámpara es mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino. (Salmo 119:105)

 

El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón. (Salmo 40:8)

 

Alejados de la Palabra de Dios, no podemos comprender bien su voluntad. Y la voluntad divina es la expresión de su amor hacia nosotros.

 

El consejo de Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos de sus corazón por todas las generaciones. (Salmo 33:11)

 

La voluntad de Dios nace de sui propio corazón. No se trata de algo impersonal, sino de algo que para el Señor es muy personal. El tiene una comprensión personal de cada uno de sus hijos e hijas, de su naturaleza, sus nombres, sus actos, en función de la cual obra sus planes en ellos.

 

  • * Dios desea que conozcamos su voluntad. (Hechos 22:14)
  • * Dios desea que comprendamos su voluntad. (Efesios 5:17)
  • * Dios quiere que esa comprensión de su voluntad nos llene y nos dirija, (Colosenses 1:9)

 

El resultado de todo esto es que los creyentes viven de corazón haciendo la voluntad de Dios (Efesios 6:6)

La voluntad de Dios no es una obligación, sino una delicia. El cristiano se goza en descubrir la voluntad de Dios, obedeciéndola luego de todo corazón., la voluntad de Dios es lo que nutre.

 

Mi comida es  que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. (Juan 4:34)

 

Tú y yo debemos  orar (como hizo Epafras) para que estemos:

 

Firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere (Colosenses 4:12)

 

Si Satanás consigue que tú no conozcas la voluntad de Dios, te arrebatará todas las gloriosas bendiciones que Dios ha preparado para tu vida. Tomarás decisiones equivocadas, te verás inmerso en actividades pecaminosas, y llevarás un tipo de vida erróneo. Y, por triste que sea decirlo, ¡influirás a otros para que también practiquen lo malo!

 

Los cristianos ignorantes de la voluntad de Dios se perderán de disfrutar la paz y el poder de Dios. No crecerán a su máxima potencialidad, ni podrán conseguir lo que Dios ha planeado para ellos. En lugar de viajar en primera clase, acabarán en segunda o en tercera, quejándose durante todo el viaje. Viven como mendigos, porque se han aislado de la gran riqueza de Dios. Y ven pasar sus vidas (peor aún, ¡la malgastan!) en lugar de invertirlas.

 

Pero el que hace la voluntad de Dios permanecerá para siempre (1ª Juan 2:17)

 

 

4. Tu defensa: La Palabra inspirada de Dios

 

Solo la Palabra inspirada de Dios puede revelar y derrotar las mentiras del diablo. Nosotros no podemos razonar con Satanás, ni (como Eva descubrió) conversar con él sin que nos influya. La sabiduría del hombre no es rival  para la astucia de Satanás. Nuestra única defensa es la Palabra inspirada de Dios.

 

Fue esta arma la que empleó nuestro Señor cuando fue tentado por Satanás en el desierto.

 

1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo.(A)  2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.  3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.   4 El respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.(B) 5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo,  6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está:  A sus ángeles mandará acerca de ti,(C) y,  En sus manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra.(D)  7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.(E)  8 Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, 9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. 10 Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.(F)  11 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían. (Mateo 4:1-11)

 

Nuestro Señor no utilizó su divino poder para derrotar a Satanás. Usó la misma arma que nosotros tenemos disponible hoy en día: La Palabra de Dios.

Si tú y yo pretendemos derrotar las mentiras de Satanás, debemos depender de la Palabra divina, este hecho nos hace asumir ciertas responsabilidades.

 

  • 1) Debemos conocer la Palabra de Dios. No existe ningún motivo por el que el creyente deba ignorar el contenido de su Biblia. Hoy día la Palabra de Dios esta disponible para todos. Tenemos al Espíritu Santo que nos enseña las verdades de la Palabra (Juan 16:13-15) Esto significa que debemos dedicar tiempo para estudiar, leer y profundizar en la Biblia. Nadie podría dominar al cien por ciento la Palabra de Dios a pesar de dedicarle toda una vida de estudio, pero deberíamos a prender todo lo que podamos. Debemos buscar voluntariamente tiempo para ello. Del mismo modo que un mecánico estudia los manuales, o el cirujano sus textos de medicina, el cristiano debe estudiar la Palabra de Dios. El estudio bíblico no es un lujo, sino una necesidad.

      Disponemos de una cantidad enorme de recursos para estudiar la Biblia:

  • * La Iglesia local, (pastores y maestros)
  • * Comentarios Bíblicos y libros de estudio de la Biblia
  • * Expositores de la Radio
  • * Seminarios
  • 2) Debemos memorizar la Palabra de Dios. Nuestro Señor cuando estuvo en el desierto, ¡no tenía a mano una concordancia! Pero recordó los libros de Moisés, seleccionó Deuteronomio y citó tres versículos de ese libro para hacer callar a Satanás.

 

En mi corazón he guardado tus dichos para no pecar contra ti. (Salmo 119:11)

 

La ley de su Dios está en su corazón; por tanto, sus pies no resbalarán. (Salmo 37:31)

 

El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón. (Salmo 40:8)

 

Si no tienes un programa sistemático para memorizar la Biblia, ¡comienza a hacerlo ya!

 

  • 3) Debemos meditar en la Palabra de Dios. La meditación es para el hombre interior lo que la digestión para el exterior. Si tú no fueras capaz de digerir tus alimentos, enfermarías y morirías.

 

Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. (Josué 1:8)

 

Sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche. (Salmo 1:2)

 

¿Realmente te deleitas en la Palabra de Dios, o la lees solo por obligación? ¿Pasas tiempo leyéndola? Reflexiona en los siguientes versículos:

 

¿Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Mas que la miel en a mi boca (Salmo 119:103)

 

Me anticipé al alba, y clamé, esperé en tu palabra. Se anticiparon mis ojos a las vigilias de la noche, para meditar en  tus mandatos. (Salmo 119:114)

 

Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata (Salmo 119:72)

 

Por eso he amado tus mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro. (Salmo 119:127)

 

¡Aquí tenemos a un santo que prefería tener la Palabra de Dios antes que comida, sueño o dinero! Temprano por la mañana, y por la noche, meditaba en la Palabra y enriquecía su alma. Este tipo de cristiano es el que es capaz de usar la Palabra de Dios para derrotar a Satanás y a sus mentiras.

 

  • 4) Debemos usar la Palabra de Dios. La mente del creyente debería ser como una «computadora espiritual». Debería estar tan saturada de las Escrituras que, cada vez que se enfrentara a una tentación, recordara automáticamente la porción de la Biblia que trata sobre este tema. El ministerio del Espíritu Santo es traer a nuestra mente la Palabra cuando lo necesitamos.

 

Mas el Consolador, El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho. (Juan 14:26)

 

¡PERO EL ESPIRITU SANTO NO NOS PUEDE RECORDAR ALGO QUE NO HEMOS APRENDIDO!

 

Debemos permitirle que, antes que nada, nos enseñe la Palabra. Debemos memorizar la Escrituras que El nos abra. Entonces el Espíritu divino podrá recordarnos lo que hemos aprendido., usando esas verdades para derrotar a Satanás. Por favor, recuerda que  ¡Satanás conoce la Biblia mejor que nosotros! ¡Y que es capaz de citarla!

            El Espíritu de Dios te ayudará a utilizar la Palabra en la lucha contra el diablo. El Espíritu te mostrará cuando Satanás esta «usando» la Biblia para promocionar sus propias mentiras, como hizo con Jesús en el desierto. Satanás citó el Salmo 91:11,12, pero adaptándolo a su propias intenciones, omitiendo el «en todos tus caminos». Dios promete protegernos cuando estemos en sus caminos. Si nosotros, por pura tontería, nos apartamos de ellos, Dios no esta obligado a cuidar de nosotros. Esto explica porqué Jesús respondió: «También esta escrito…» (Mat. 4:7)

Jesús comparaba un pasaje de las Escrituras con otro. Tomaba en consideración el mensaje global de la Biblia, y no se ceñía (como hacia Satanás) a un `pasaje determinado. A Satanás le encanta sacar versículos fuera de su contexto y usarlos para «corroborar» sus falsas pretensiones. Usted y yo debemos tener una visión global de las Escrituras, si queremos detectar las mentiras de Satanás y superarlas.

 

También es importante que contemplemos el mundo que nos rodea usando «los ojos» de la Biblia. Debemos poder decir:

 

Porque por fe andamos, no por vista (2ª Cor. 5:7)

 

Es posible que la propuesta de un negocio «parezca buena» a la mente natural, pero si no se basa en las verdades de la Palabra de Dios, fracasará.

El matrimonio «puede estar bien» desde el punto de vista humano, pero si contradice a la Palabra de Dios, es incorrecto.

 

Haz un inventario:

 

  • 1) ¿Dedico un tiempo cada día a leer la Palabra de Dios y meditar en ella?
  • 2) ¿Intento memorizar las Escrituras de una forma sistemática?
  • 3) ¿Pienso automáticamente en algún pasaje bíblico cuando me siento tentado o cuando debo tomar alguna decisión, o cuando debo telefonear a mis amigos cristianos par a obtener una guía celestial?
  • 4) ¿Creo que soy más capaz que antes de detectar las mentiras de Satanás?
  • 5) Ahora que soy creyente ¿sigue habiendo mentira en mi mente?
  • 6) ¿Conozco la voluntad de Dios para mi vida? ¿de verdad deseo conocerla?
  • 7) ¿Me deleito en la ley de Dios y la practico de corazón?
  • 8) ¿Soy culpable de mentir? ¿Por qué lo hago?
  • 9) ¿Estoy dispuesto a aceptar como verdad todo lo que dice la Palabra de Dios sobre mi vida? ¿O pregunto de vez en cuando «¿De verdad ha dicho Dios eso?» ¿Discuto su Palabra?
  • 10) La Palabra de Dios, ¿me resulta cada día más maravillosa? ¿La disfruto más que los placeres naturales de la vida, incluyendo la comida y el sueño?

 

 Adaptado de La Estrategia de Satanás de Warren W. Wiersbe

 

 

La Vida Guiada por un Propósito

Posted on

La Vida Guiada por un Propósito
(Una Vida con Propósito – Título del libro original)

Artículo escrito por:

Paul Alexander, Ministerios 9Marks. http://www.9marks.org

 

I. Introducción 

Los libros sobre cómo vivir la vida cristiana están a diez centavos la docena. Los tramos de librerías cristianas se doblan por el peso de miríadas de títulos prometiendo liberación de la esclavitud, secretos para vivir libre de deudas, llaves para amar a otras personas y todo un conglomerado de otros asuntos prácticos. Pero el que ha penetrado más profundamente en la actualidad es la reciente publicación de Rick Warren ‘Una Vida con Propósito’. Aún más que su predecesor «Una Iglesia con Propósito». El libro sobre La Vida se ha vuelto un fenómeno popular lleno de plumas, casi hasta el punto de volverse un movimiento en sí mismo. Así como el de la Iglesia vendió más de un millón de copias en menos de diez años, el de la vida ha reportado ventas de 11 millones de copias en menos de dos años- ¡eso es 15,068 copias todos los días por dos años! Los pastores le dan el visto bueno desde el púlpito, citándolo ampliamente y exhortando a los grupos de estudio bíblico que lo lean juntos. Pero el de La Vida ha trascendido la comunidad evangélica, elevándose a ambas listas de los bestsellers tanto del New York Times como de Wall Street Journal, y siendo presentado en las mesas de distribución de Barnes & Nobles e incluso en los pasillos de Wal-Mart. Si hay algún libro cristiano que ha sido espectacularmente popular entre ambos círculos, el evangélico y la cultura en general, es éste. 

 

II. Sumario del libro

 

‘Una vida con propósito’ está diseñado como un diario espiritual de 40 días- un capítulo por día- con la meta de contestar la pregunta «¿Para qué rayos estoy aquí?» (Pág.15). La pregunta es lo suficientemente amplia como para ser dirigida tanto al creyente como al no creyente por igual, lo que podría explicar en parte la amplitud de su atracción. La primera sección de Warren sirve como un detonador para la pregunta. Su meta es preparar al lector para responder las dos preguntas que Dios le formulará en el último día: ¿Qué hiciste con Jesús, y qué hiciste con lo que Dios te dió (p34)? Ya que la vida se trata de darle la gloria a Dios (p53), la pregunta a ser contestada es «¿Cómo puedo darle la gloria a Dios?» (Pág. 55). La respuesta es adorándolo, amando otros creyentes, ser como Cristo, servir a otros con nuestros dones y hablarles de El a otros ( Pág. 55-57). El resto de las cinco secciones encarnan estas ideas respectivamente. El sumario más útil lo da el mismo Warren en la Pág. 306, extraído del gran mandamiento (Mat. 22:37-40) y la gran comisión (Mat. 28:18-20). 

1.      

 «Ama a Dios con todo tu corazón»- Tú fuiste planificado para el placer de Dios, así que tu propósito es amar a Dios a través de la adoración.

2.       «Ama a tu prójimo como a ti mismo»- Tú fuiste formado para servir, así que tu propósito es mostrar amor a otros a través del ministerio.

3.       «Ve y haz discípulos»- Tú fuiste hecho para una misión, así que tu propósito es compartir el mensaje de Dios a través del evangelismo.

4.       «Bautizándolos…»- Tú fuiste formado para la familia de Dios, así que tu propósito es identificarte con Su iglesia a través de la confraternidad.

5.       «Enseñándoles que guarden todas las cosas…»- Tú fuiste creado para ser como Cristo, así que tu propósito es crecer hasta madurar a través del discipulado (todos los énfasis son suyos). 

La adoración no se trata de lo que nos agrada, sino de lo que hace a Dios sonreír. Dios sonríe cuando le amamos, confiamos, obedecemos y alabamos, y cuando usamos nuestras habilidades para Su gloria ( Pág. 70-76). «El corazón de la adoración es la rendición… Ofrecerte a ti mismo a Dios, de eso es que se trata la adoración» (Pág. 78, citando Rom. 12:1-2). Ya que «Dios quiere ser tu mejor amigo», Warren da algunas sugerencias prácticas para desarrollar esa amistad a través de la oración, meditación, honestidad y obediencia ( Pág. 85-113). 

 

La confraternidad es simbolizada por el bautismo y diseñada para enseñarnos cómo amar ( Pág. 117-129). Como la vida de un cuerpo está contenida en las células, «todo cristiano necesita estar envuelto en un pequeño grupo dentro de su iglesia… Es aquí que la verdadera comunidad se lleva a cabo, no en las grandes reuniones» (p139). La verdadera confraternidad está caracterizada por autenticidad, mutualidad, simpatía y misericordia (p143). Pero cultivar este tipo de comunidad requiere honestidad, humildad, cortesía, confidencialidad y frecuencia (Pág. 145-151). También requiere una habilidad para restaurar las relaciones rotas y proteger la unidad de la iglesia (Pág. 152-167). 

 

El discipulado se trata de «tomar en serio los valores, actitudes y carácter de Dios» (Pág.172). Crecemos tomando buenas decisiones (Pág.174), permitiéndole a Dios que transforme nuestra forma de pensar a través de Su Espíritu y nuestro arrepentimiento (Pág.182), aguardando en la palabra de Dios (Pág.185-192) y perseverando a través de problemas y tentaciones (Pág.192-223).  

 

El ministerio es nuestro servicio a creyentes (ver p281). No es un extra opcional de la vida cristiana (Pág. 233), y en gran parte es lo que da sentido y significado a nuestras vidas (Pág. 228, 232). Empezamos a entender cómo Dios pretende que nosotros sirvamos cuando entendemos nuestra CONFIGURACION (forma, perfil): nuestros dones espirituales, corazón, habilidades, personalidad y experiencia (Pág. 236-256). Sin embargo, el servicio cristiano maduro entiende que Dios a menudo nos llama a ministerios secundarios basado en «donde sea que nos necesiten en el momento» más que en nuestra CONFIGURACION (Pág. 257-270). 

 

El evangelismo es nuestro servicio a los inconversos (p281). Llenar a plenitud el mandato evangelístico que Dios te ha dado requerirá abandonar tu agenda de vida por la de Dios (p286). Pero fracasar en hacerlo significará desperdiciar tu vida (p285). El evangelismo personal, entonces, debe ser acometido compartiendo el mensaje de tu vida, que incluye tu testimonio, las lecciones de tu vida, tus pasiones piadosas, y las buenas nuevas (Pág. 289-295); y debe ser acompañado por una preocupación global creciente por el inconverso, que es idealmente alcanzable participando de un corto viaje misionero. 

 

Balancear estos cinco propósitos es la clave para perseverar y tener éxito en la vida cristiana. «Bienaventurados son los balanceados; ellos durarán más que todo el mundo» (Pág. 305). Para alcanzar ese balance, necesitamos discutir estas ideas con otras, registrar las lecciones de nuestra vida a través de la disciplina de la escritura en diarios y escribir una declaración de un propósito específico en la vida que incluya cada uno de estos cinco propósitos bíblicos (Pág. 305-319). 

 

III. Datos adicionales de ayuda

 

Warren incluso da al lector cristiano cuidadoso, muchos argumentos para estar de acuerdo con él.  

 

Primero, él combate el egocentrismo y el individualismo errado, característico de los americanos hoy día. La primera oración de su primer capítulo es: «No es acerca de usted» (Pág. 17), es un respiro de aire fresco, especialmente en medio del humo de métodos evangelísticos y estrategias de mercadeo de la iglesia que vende el evangelio como baratija apelando a las masas. El señala correctamente más adelante que por naturaleza estamos absortos en nosotros y casi toda la propaganda nos anima a pensar en nosotros mismos (Pág. 299). Su prescripción de «dependencia momento-a-momento de Dios» nos exhorta a que nuestra mirada fija en el yo sea redirigida hacía Cristo. 

 

En segundo lugar, Warren se cuida de mantener la autoridad de la Escritura. El explica desde el mismo comienzo que el discernir nuestro propósito en la vida debe venir de una revelación y no de especulación (Pág.19-20). El día 24 de este diario espiritual, titulado «Transformado por la Verdad», expone la importancia de la absorción de la Biblia para avanzar en la santificación progresiva, clamando en términos no inciertos que «la verdad me transforma» (Pág.192).  

 

Tercero, Warren muestra un nivel alentador en centralizarlo todo en Dios diciendo al lector que «la última meta del universo es mostrar la gloria de Dios» (Pág. 53) 

 

Cuarto, Warren recuerda al lector que «la adoración no es para su beneficio» (Pág. 66) ¡Tantas divisiones en la iglesia local de hoy serían enmendadas si esta verdad fuera expuesta más ampliamente! Warren promulga una visión universal bíblica que dice que «cada actividad humana, excepto el pecado, puede ser hecho para el agrado de Dios si se hace con una actitud de alabanza» (Pág. 74). El también acierta cuando dice que «el error más común que los cristianos hacen en la adoración hoy es buscar una experiencia en vez de buscar a Dios. Ellos buscan un sentimiento, y si sucede, ellos concluyen que ellos han adorado. ¡Error! De hecho, Dios muchas veces remueve nuestros sentimientos para que no dependamos de ellos. Buscar un sentimiento, aún el sentimiento de cercanía a Cristo, no es adoración» (Pág. 10). ¡Amén! 

 

Quinto, Warren entiende correctamente la centralidad de la congregación local para el crecimiento del creyente individual cuando él afirma que «el amor no puede ser aprendido en el aislamiento» (Pág. 124). Y él entiende correctamente la prioridad de la iglesia local en el plan evangelístico de Dios cuando él dice que «La iglesia es la agenda de Dios para el mundo» (Pág. 132). Sexto, en una cultura donde el confort es el rey, Warren es de ayuda al recordarnos que «La última meta de Dios para su vida en la tierra no es el confort, sino el desarrollo del carácter» (Pág. 173). Y finalmente, Warren es grandioso en la naturaleza y necesidad de una actitud de siervo en los creyentes maduros (Pág. 257-264). El explota el mito de que el servicio sin egoísmo es una parte opcional de la madurez cristiana, y despierta el lector a entender que «cumplir con su misión evangelística requerirá que usted abandone su agenda y acepte la agenda de Dios para su vida… Usted doblega sus derechos, expectaciones, sueños, planes y ambiciones delante de El» (Pág. 286). 

 

IV. Dificultades 

 

Pero hay algunos puntos de vulnerabilidad, unos pocos que podrían probar ser peligrosos al lector o dañinos al argumento de Warren. 

 

A) Dificultades Interpretativas 

 

Para comenzar por el principio, necesitamos leer el último capítulo de Warren, donde él comenta sobre Hch. 13:36 como el versículo de motivación primario para el libro. Hch. 13:36-37 es parte del argumento evangelístico de Pablo para entender a Jesús como el Mesías, que él presentó en la sinagoga judía en Antioquía de Pisidia en su primer viaje misionero. Y dice así «David, después de haber servido el propósito de Dios en su propia generación, durmió y fue puesto con sus padres y sufrió descomposición; pero Aquel a quien Dios levantó no sufrió descomposición.» Warren usa la primera parte del versículo 36 para señalar que él dedicó su vida a cumplir los propósitos de Dios sobre la tierra. ¡No hay mayor epitafio que esta declaración! Imagínelo esculpido en su tumba: Que usted sirvió al propósito de Dios en su generación. Mi oración es que las personas pueda decir esto de mí cuando yo muera. También es mi oración que las personas pueda decir lo mismo de usted. Por eso escribí este libro para usted. Esta frase es la definición última de una vida bien vivida. Usted hace lo eterno e infinito (el propósito de Dios) en una forma contemporánea (en su generación). De esto se trata una vida con propósito» (Pág. 318). 

 

Es cierto, David sirvió a los propósitos de Dios en su generación. Pero el punto del pasaje no es «David era bueno, así que sean como él.» El punto es la supremacía de Cristo sobre David como se muestra en Su resurrección, la cual probó que Jesús es el Mesías- el verdadero y eterno Rey de Israel. La aplicación, entonces, no es que nosotros debemos imitar a David, sino que debemos exaltar a Cristo. El versículo motivador se malinterpreta como un moralismo. 

 

B) Dificultades Evangelísticas

 

1. Ambiguedad de la audiencia.

 

La dificultad más significante tiene que ver con la ambigüedad de la audiencia de Warren y la manera en que él busca evangelizar al lector inconverso. Warren parece dirigir su libro a ambos, creyentes y no creyentes por igual. La pregunta «¿Para qué rayos estoy aquí?» es igualmente dirigida a cristianos y no cristianos; el hecho de que Warren intente dirigirse por lo menos a inconversos está claro partiendo de la oración para recibir a Cristo que él ofrece en Pág. 58-59. Sin embargo, Warren le dice al lector en la Pág. 44 que «la buena nueva es que Dios quiere que usted pase las pruebas de la vida, de manera que El nunca permite que las pruebas que usted enfrente sean más grandes que la gracia que El le da para manejarlas.» ¿A quién le habla Warren aquí- creyentes, no creyentes o ambos? Warren continúa: «Cada vez que usted pasa una prueba, Dios se da cuenta y hace planes para recompensarle en la eternidad.» Pero Dios no hace eso para los no creyentes, ¿o sí? U otra vez, «Si usted trata cada día como algo de mucho valor, Dios le promete tres recompensas en la eternidad» (Pág. 45). Pero esto simplemente no es cierto para aquéllos que no se han arrepentido ni han creído en el evangelio. El carruaje parece estar en frente del caballo. 

 

2. El evangelio no es claramente presentado

 

La presentación del evangelio en las Pags. 58-59 sirve de punto de apoyo para el libro, donde Warren termina su compendio sobre la pregunta del propósito de la vida en el capítulo siete y comienza exponiendo los cinco propósitos bíblicos de La Vida con Propósito en los capítulos que restan. Lo que queremos ver en este punto fundamental, entonces, es una articulación clara de ambos, tanto del evangelio como de la respuesta de salvación al mismo (arrepentimiento y fe) de manera que el no creyente continúe leyendo bajo la asunción moralísta de que ser un niño bueno llevando a cabo estos cinco propósitos, es lo que lo salvará del poder y penalidad de su pecado. Pero el arrepentimiento es tibiamente presentado en los siguientes términos: «Vivir el resto de su vida para la gloria de Dios requerirá un cambio de sus prioridades, su horario, sus relaciones, y todo lo demás. A veces significará escoger un sendero difícil en vez de uno fácil» (Pág. 57). Todo esto es cierto, por supuesto. Pero aquí no se menciona ni el pecado ni el arrepentimiento. Es cierto, Warren sí requiere el cambio. Pero el arrepentimiento bíblico es siempre apartarse específicamente del pecado, no sólo de prioridades amorales o relaciones de valores neutrales. El continúa diciéndole al inconverso que «La verdadera vida comienza por comprometerse completamente a Jesucristo. Si usted no está seguro de que lo ha hecho, todo lo que necesita hacer es recibir y creer {cita Juan 1:12}» (Pág. 58). Todavía no hay arrepentimiento. Warren puede intentar comunicar la necesidad de arrepentimiento del pecado hablando de un cambio en las prioridades y relaciones, pero el socava esa intención diciendo «TODO lo que necesita hacer es creer.» Eso no es todo- usted necesita arrepentirse también. 

 

Creer es presentado en los siguientes términos: «Crea que Dios le ha escogido para tener una relación con Jesús, quien murió en la cruz por usted. Crea que no importa lo que usted haya hecho, Dios quiere perdonarle» (Pág. 58). Sin embargo, no se hace ninguna conexión clara entre la muerte de Cristo y el perdón del lector. De hecho, no hay ni siquiera explicación alguna de por qué el no creyente necesitaría el perdón. Una vez dado, Warren dice claramente que «Jesús murió en la cruz por usted.» Pero un no creyente bíblicamente analfabeto ni siquiera sabe todavía que él merece morir por sus pecados. El todavía queda en el aire haciéndose las preguntas fundamentales del evangelio. «¿De qué necesito yo que me perdonen?» ¿Quién es Jesús? ¿Por qué Jesús tuvo que morir por mí en la cruz? ¿Realmente merezco la muerte por mis pecados? ¿Cómo pudo Jesús morir la muerte que yo merecía? ¿Por qué Dios acepta la muerte de Jesús como la mía? ¿Por qué no podía morir otra persona en vez de Jesús?» Sin responder esas preguntas, la frase «Jesús murió en la cruz por usted» queda abierta a ser interpretada por el lector post-moderno en cualquier forma que él escoja. El evangelio todavía no ha sido identificado bíblicamente. 

 

Recibir a Cristo es presentado de la siguiente manera: «Reciba a Jesús en su vida como su Señor y Salvador. Reciba Su perdón por sus pecados. Reciba Su Espíritu, quien le dará el poder de cumplir el propósito de su vida {citando Juan 3:36 MSG}» (Pág. 58). Aquí el pecado y el perdón son verbalmente mencionados, lo cual es magnífico, pero todavía no hay una explicación clara de quién es Jesús, ni por qué nuestro pecado sin arrepentimiento ofende a Dios e impide nuestra relación con El (i.e., por Su santidad), ni de la ira santa que nuestro pecado sin arrepentimiento saca de El, ni la muerte como consecuencia de esa ira, y de la penalidad por nuestro pecado, ni de la relación de la muerte de Cristo con el perdón de los pecados de otra persona para su reconciliación con Dios.  

 

Con el evangelio dejado al olvido y no arrepentimiento requerido, el resto del libro está construido en la precaria asunción de la conversión del lector. «Usted es un hijo de Dios y usted da gozo (placer) a Dios como ninguna otra cosa que El haya creado» (Pág. 63). 

 

A este punto alguien muy bien podría objetar: «¡Dale un chance al hermano, por favor! ¡El les dijo que Jesús murió por ellos! ¿Qué más tú quieres que haga, sentar al inconverso en una clase de seminario antes de que pueda convertirse?» Quizás nuestro amigo tan franco tiene algo de razón. Después de todo, nadie realmente entiende todas las implicaciones de tomar la decisión de seguir a Cristo al momento de arrepentirse y creer. Sin embargo, la persona y obra de Jesucristo son exactamente los objetos donde el inconverso debe poner su fe. La fe que salva no es ciega. No, de hecho, es una forma de fe que tiene sus ojos bien abiertos- abiertos por el Espíritu Santo a la santidad innegociable y a la indoblegable justicia de Dios; a la realidad y atrocidad de mi pecado a los ojos de Dios; a la ira justa y aterrorizante de Dios hacia mi pecado; a la necesidad de un eterno  otro que sufriera mi sentencia eterna de condenación, de modo que yo pudiera ser absuelto para siempre; y a mi necesidad de arrepentirme de mis pecados y confiar en la muerte de Cristo como la provisión de Dios para mi perdón y reconciliación con El. La presentación de Warren del evangelio simplemente no le da al inconverso suficiente para continuar. 

 

3. La seguridad de salvación es insinuada prematuramente.

 

Warren continúa: «Donde sea que usted esté leyendo esto, yo le invito a inclinar su cabeza y susurrar quietamente la oración que cambiará su eternidad. ‘Jesús, yo creo en Ti y yo Te recibo.’ Adelante. Si usted sinceramente dijo esa oración en serio, ¡felicidades! ¡Bienvenido a la familia de Dios! Usted está listo ahora para descubrir y comenzar a vivir el propósito de Dios para su vida» (Pág. 58-59). 

 

El resto del libro, entonces, asume que el lector inconverso elevó la oración y hecho esto ahora es un cristiano bona fide.  

 

Aún si el evangelio y su respuesta requerida han sido suficientemente explicados, al inconverso ahora se le dice que su seguridad interna de salvación y la afirmación de su conversión por otros dependen en la mera sinceridad de su oración. «Si usted sinceramente dijo esa oración en serio, ¡felicidades! ¡Bienvenido a la familia de Dios! Usted está listo ahora para descubrir y comenzar a vivir el propósito de Dios para su vida» (Pág. 58-59). Pero nunca se nos dice en la Escritura que si hacemos una oración una vez, debiéramos sentirnos seguros de nuestra salvación (esto no es lo que 1 Juan 1:9 enseña). Ni se nos dice jamás que una oración «cambiará nuestra eternidad.» Elevar una oración no debe ser la exhortación que demos a las personas para su seguridad de salvación. Conoceremos a otros y a nosotros mismos por nuestros frutos (Mat. 7:15-27; 1 Juan 2:3-6, Santiago 2:14-26; 2 Pedro 1:10-11). La conversión genuina sólo se discierne por el fruto que el verdadero arrepentimiento produce con el tiempo. 

 

4. Los propósitos degeneran en moralismos

 

Si todo esto es cierto, entonces el resto del libro es mero moralismo para el lector inconverso, aunque los propósitos son claramente bíblicos, porque la persona que oró la oración de Warren no está realmente convertida. El no ha escuchado una clara presentación del evangelio. El no ha escuchado cómo responder «salvíficamente» al evangelio por las gracias del arrepentimiento de pecado y confianza en Cristo. Sin embargo, está siendo invitado a que haga  de «el agradar a Dios, la meta de su vida» (Pág. 76), habiéndosenos dicho que «vivir con un propósito es la única manera de vivir» (Pág. 312). Warren le dice al inconverso cómo él debe vivir, pero no le dice claramente lo que debe hacer para ser salvo o dónde él puede encontrar el poder para vivir semejante vida. Tal ambigüedad oscurece el evangelio de la gracia y confunde a los inconversos en lo que se refiere a ser un cristiano. Hacer una oración, aunque incluya una articulación de arrepentimiento, no es lo que salva. Es la persona y el trabajo redentor de Cristo lo que salva; nuestro continuo arrepentimiento y creencia, ambos regalos de Dios (Hch. 11:18; Efe. 2:9-9; 2 Ped. 1:1), son los que nos sumergen en la corriente de la gracia redentora de Dios. Una oración- incluso una sincera- puede o no ser evidencia de la fe salvadora de la que escribe Santiago en Stgo. 2. 

 

Ciertamente, Warren está en lo correcto en su intento de compartir el evangelio antes de comenzar a exponer los propósitos de la vida cristiana. Pero, animando la seguridad de salvación, donde no hay ni siquiera el botón, mucho menos el fruto de arrepentimiento, es uno de los mayores problemas en el evangelismo americano de hoy. Los propósitos que Warren propaga son propósitos solidamente bíblicos y cada cristiano debería preocuparse con los mismos. El problema es que se convierten en moralismos en la ausencia de una presentación clara del evangelio.  

 

5. La conversión es confundida con vivir con propósito.

 

Porque la presentación del evangelio es nebulosa, la conversión es confundida facilmente con vivir con un propósito. «No hay habilidades no-espirituales, sólo mal usadas. Empiece a usar las suyas para el placer de Dios» (Pág. 75). Yo estoy seguro que Warren no intenta comunicar que usar nuestras habilidades para el placer de Dios es la esencia de la salvación, pero así es que se lee a los ojos de un inconverso sin una estructuración del evangelio más transparente. Empezando a usar mis habilidades para el placer de Dios no es una respuesta de salvación al evangelio si no está acompañada por arrepentimiento. Esto es justicia por obras. U otra vez, «¿Hará usted el agradar a Dios la meta de su vida?» (Pág. 76). Es una buena pregunta, pero porque el evangelio no ha sido presentado claramente, podría ser fácilmente entendido como implicando que yo seré salvo y mi vida mejorará si yo sólo hago del agradar a Dios la meta de mi vida, a pesar de mi corazón no arrepentido. Aún antes de su presentación del evangelio, Warren confunde la idea de vivir con propósito con la realidad de la conversión. «Nada importa más que saber los propósitos de Dios para su vida y nada puede compensar que no conozcamos estos propósitos… La peor tragedia no es la muerte, sino la vida sin propósito» (Pág. 30). Pero, ciertamente, la peor tragedia no es la muerte ni la vida sin propósito, sino ambas vida y muerte sin responder al evangelio en arrepentimiento y fe. 

Sin embargo alguien podría todavía decir, «¿No es la vida con propósito como Warren la define- adoración, evangelismo, comunión, discipulado y ministerio- realmente lo mismo que arrepentimiento? Si alguien está haciendo todas esas cosas, ¿cómo puede usted decir que no están teniendo un estilo de vida de arrepentido? ¡Deje el juego de palabras y proceda con el cumplimiento de la Gran Comisión!» Quizás nuestro amigo bocón está en lo correcto otra vez. Quizás todo esto es simplemente un asunto de terminología, y Warren solamente no está usando el vocabulario que a mí me gustaría que él usara. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que cada uno de esos propósitos puede ser llevado a cabo hipócritamente. Las personas lo hacen todos los días. Ellos leen sus biblias, cantan himnos en la iglesia con lágrimas en sus ojos, dan dinero para las misiones, tal vez incluso comparten su fe en el trabajo y van a cortos viajes misioneros, mientras albergan y esconden años de pecados sin arrepentimiento debajo del piso de sus corazones. El arrepentimiento no es solamente hacer todas las cosas externamente. También es apartarse de todo lo malo internamente. 

 

El arrepentimiento no se trata más hasta la página 182, como parte de la santificación progresiva. «Para ser como Cristo usted debe desarrollar la mente de Cristo. El NT le llama a esto arrepentimiento de transformación mental, que en griego literalmente significa ‘cambiar su mente.’ «Usted se arrepiente cada vez que usted cambia su manera de pensar y adopta la manera de pensar de Dios» (Pág.182). Ciertamente ésta es una presentación más correcta del arrepentimiento, aunque todavía le hace falta la conexión específica con el pecado. Ahora bien ¿el arrepentimiento sólo debe suceder después de la conversión? No, el arrepentimiento es parte de la conversión; significa que llamar a los inconversos a salvación es fundamental para la fiel predicación del evangelio de Cristo (Marcos 1:14-15). El pastor cristiano, por lo tanto, está sobre terreno peligroso al seguir a Warren cuando espera llamar claramente a las personas al arrepentimiento del pecado, después que los haya convencido de que se arrepintieron sin el arrepentimiento. Cuando dilatamos el llamado al arrepentimiento, confundimos el significado de ambos, evangelismo y conversión; inconscientemente, engañando personas con la que ellos han compartido el evangelio fielmente sin requerir arrepentimiento, o que ellos han respondido moderadamente al evangelio sin entregarlo.  

 

6. La conversión es confundida con un profundo deseo de agradar a Dios.

 

«Lo que Dios mira es la actitud de tu corazón- ¿complacerlo a El es tú más profundo deseo?… ¿Harías de complacer a Dios la meta de tu vida? No hay nada que Dios no haga por la persona totalmente absorta con esta meta» (Pág. 76). Esto suena grandioso, y yo estoy de acuerdo con que Dios no mira meras apariencias externas, pero a El sí le importan nuestros afectos y actitudes. La integridad o sinceridad de mi deseo de agradar a Dios no es fundamentalmente lo que Dios busca cuando salva- de lo contrario la salvación no sería totalmente por gracia, como Warren afirmaría apasionadamente, y millones de musulmanes devotos estarían camino al cielo, lo que Warren negaría apasionadamente. Una persona puede tener un profundo deseo de agradar a Dios, pero sin arrepentimiento del pecado y la creencia en Jesucristo solamente como el único Quien ha pagado la penalidad por ese pecado, nadie es convertido. 

 

También a veces cuando Dios mira mi corazón El ve pecado- orgullo, codicia, amargura, ira, lujuria- las nueve yardas completas, a pesar de que soy un cristiano. Los elementos de mi vieja naturaleza todavía están todos dentro de mí, a pesar de que me entristece y a veces me avergüenza tener que admitirlo, y a pesar de que Dios ha dado el tiro final a mi vieja naturaleza en la muerte y resurrección de Cristo. Entonces, ¿y qué si agradar a Dios no es siempre mi más profundo deseo? ¿Qué piensa Dios de mí entonces? Lo que Dios mira en mi corazón no puede ser solamente mis deseos. Si ése fuera el caso, sería imposible para cualquier persona ser salvo. Pero gloria a Dios, lo que El mira es la justicia de Su propio Hijo perfecto, que El acreditó a mi cuenta por gracia a través de la fe, para que yo pueda ser absuelto ante la vara de Su indoblegable justicia (2Cor. 5:21). Eso es lo que significa ser convertido. Solamente ahora podemos nosotros comenzar a pensar acerca de vivir con un propósito, a la luz del evangelio de la gracia de Dios en Cristo. 

 

C) Peligros del Discipulado

 

1. Sólo el evangelio tiene el poder de empuje para el individuo cristiano.

 

El objetivo primario de Warren es mostrar al lector «cómo vivir una vida con propósito- una vida guiada, controlada y dirigida por los propósitos de Dios» (Pág. 30). La definición asume que el propósito tiene poder para llevar al creyente hacia delante en la vida cristiana. Sin embargo, aún los propósitos de Dios no tienen poder de empuje para cumplirse ellos mismos. Dios cumple sus propósitos a través del instrumental de Su palabra efectiva. Así lo leemos en Isa. 55:10-11.

 

Porque así como la lluvia y la nieve caen del cielo y no se devuelven sin mojar la tierra y hacerla concebir y germinar, y proveyendo de semilla al sembrador y de pan al que come; así será Mi palabra que sale de mi boca; no volverá a Mí vacía, sin cumplir lo que Yo deseo y sin tener éxito en los asuntos para los que Yo la envío. 

 

Este pasaje de Isaías es la razón por la que no podemos resolver la dificultad simplemente igualando los propósitos de Dios con el evangelio: la distinción entre los dos es clarificada aquí en que la palabra de Dios es lo que cumple los propósitos de Dios. Los dos son claramente distintos en la misma mente de Dios- Dios envía Su palabra para cumplir Sus propósitos. Vemos el mismo instrumental activo del evangelio en el NT (Hch. 20:32; Rom. 1:16; 1 Cor. 1:18; Col. 1:5-6; Heb. 4:12; Stgo. 1:18; 1 Ped. 1:23-25). 

 

Lo que esto significa, sin embargo, es que el evangelio es lo que habilita nuestra participación en los propósitos de Dios. La vida cristiana no es, por lo tanto, llevada (guiada) por propósito; es llevada (guiada) por el evangelio. 

 

2. La primacía del evangelio es sustituida por la primacía del propósito.

 

La definición de La Vida con Propósito (la vida guiada por propósito) (Pág. 30) también asume que no hay nada más fundamental por lo que un cristiano debe ser guiado que los propósitos de Dios como los entiende y define Warren. Sin embargo, detrás de todos esos propósitos está el evangelio. 

 

El evangelio no solamente capacita nuestra participación en los propósitos de Dios; también regula e informa nuestra participación en esos propósitos, determinando con quién buscamos unidad, por quién somos discipulados, con quién cooperamos en el evangelismo, cómo andamos en la tarea del evangelismo, y la forma en que vamos cumpliendo ambos el Gran Mandamiento y la Gran Comisión. Cuando la primacía del evangelio es sustituida (reemplazada) por el propósito, el evangelio cesa de regular nuestra participación en esos propósitos. Nos arriesgamos a adquirir esa clase de ecumenismo errado que viene de unirnos con otras iglesias alrededor del propósito del evangelismo, sin asegurarnos primero que se comparte un entendimiento bíblico común, ambos dentro de las iglesias que cooperan con los asuntos de nuestro evangelismo.  

 

Nos arriesgamos a ofrecer una adoración que desagrada a Dios porque viene ante Su presencia con la mala percepción de nuestro mérito más que con el reconocimiento de nuestra rebelión. Nos arriesgamos a tener una comunión basada más en asuntos demográficos comunes o incluso metas en común que en un entendimiento y experiencia comunes en el poder transformador del evangelio. Nos arriesgamos a llevar a cabo un discipulado que enseña santidad a través del esfuerzo en vez de la gracia. Nos arriesgamos a adquirir un amor que es demasiado tolerante para ofender. 

 

Nada de esto es para insinuar en lo más mínimo que ya sea Warren o Saddleback ha cometido cualquiera de estos errores haciendo el propósito primario. Pero no es difícil ver el potencial por estos errores en comentarios como éste: «Si nos concentramos en amarnos el uno al otro y cumplir los propósitos de Dios, tenemos como resultado la armonía» (p162). Hasta cierto punto esto es verdad; pero es reduccionista. Warren obviamente intenta fomentar la unidad aquí, pero ni el amor ni la unidad es distintivamente cristiano si no está regulada por un entendimiento correcto y común de lo que el evangelio cristiano es y de la respuesta que éste acarrea. 

 

3. La adoración se malinterpreta como rendición.

 

Warren articula una vista fuertemente activa de la adoración en la Pág.74. Pero en la Pág. 75 él iguala ofrecerse uno mismo a Dios con rendición, y en Pág. 77 él dice «El corazón de la adoración es la rendición» (citando Rom. 12:1-2). Sin embargo, ofrecerse uno mismo como específicamente un sacrificio vivo es diferente a la idea totalmente pasiva de la rendición. Warren clama que «rendirse a Dios no es una resignación pasiva, fatalismo, o una excusa para la holgazanería» (Pág. 80). Pero sólo una página más adelante él elabora que «Usted déjelo todo y permita que Dios trabaje» (Pág. 81), como un sumario de lo que significa depender (confiar en) del Señor sin sentir como si usted necesitara sentirse en control. Warren sí dice al final del capítulo que a veces la rendición significará «hacer tareas inconvenientes, desagradables, con un alto costo o aparentemente imposibles» (Pág. 84). Pero usar el lenguaje de rendición para hablar acerca de cosas que requieren actividad es más confuso que de ayuda. 

 

4. «La verdadera comunión» se descentraliza de la congregación reunida.

 

«El cuerpo de Cristo, como su propio cuerpo, es en realidad una colección de muchas células pequeñas. La vida del cuerpo de Cristo, como su cuerpo, está contenida en las células. Por esta razón, cada cristiano necesita estar involucrado en un pequeño grupo dentro de su iglesia… Aquí es donde la verdadera comunión toma lugar, no en las grandes reuniones» (Pág.139). Sin embargo ekklesia, la palabra griega para iglesia, significa «reunión». La iglesia es la comunidad de Dios, el programa de Dios para ambos evangelismo y discipulado. Jesús pudo haber reunido doce discípulos, pero no se nos manda en ningún sitio en la escritura a formar pequeños grupos, ni se nos dice que la «verdadera comunión» sucede en ningún otro sitio que no sea donde se reúne la iglesia, la ekklesia. La participación en pequeños grupos puede ser sabia y de ayuda, pero la estructura de estos grupos no es mandada bíblicamente. La ekklesia es donde crecemos, en parte, tal vez, porque es ahí donde aprendemos a amar personas muy diferente a nosotros, personas con quien tal vez hemos compartido poca cosa fuera del evangelio. Cuando rompemos la iglesia en células o pequeños grupos, son casi siempre basados en afinidad o geográficamente. Pero fomentar la idea de que la «verdadera» comunión sólo pasa en grupos basados en afinidad o geografía ignora y casi parece contradecir el poder de unidad del evangelio en medio del pueblo que comparte poco o nada en común excepto la fe salvadora en Cristo.  

 

La autenticidad, mutualidad, simpatía y misericordia son todas ingredientes indispensables de la comunidad cristiana. Pero la responsabilidad- confrontación y confesión de pecado conocido, junto con la exhortación a arrepentirse y crecer- está extrañamente ausente. Entonces se nos dice que la comunidad requiere compromiso, honestidad, humildad, cortesía, confidencialidad y frecuencia     (Pág. 145-151); pero nunca se nos dice que nuestra comunión es distintivamente en el evangelio de Jesucristo. Puedo encontrar lo que sea desde autenticidad hasta frecuencia en un club rotario si yo quisiera. Sin el evangelio- sin el arrepentimiento perseverante del pecado y creencia continua en la muerte y resurrección expiatoria sustitutiva como la que me absuelve de mi pecado delante de Dios- no hay nada distintivamente cristiano acerca de ninguna comunidad- o aún acerca de aquéllos que la hacen. 

 

5. El discipulado es reducido a decisiones.

 

«Permitimos a Cristo que viva a través de nosotros. ‘Este es el secreto: Cristo vive en ti.’ ¿Cómo sucede esto en la vida real? A través de las decisiones que tomamos. Escogemos hacer lo correcto en situaciones y entonces confiamos en el Espíritu de Dios para que nos dé Su poder, amor, fe y sabiduría para hacerlo… Dios espera que usted actúe primero» ( Pág. 174, 175). Estoy de acuerdo que las buenas decisiones son parte de nuestro avance en la santificación progresiva. Pero si Dios esperara que nosotros actuemos primero, El estuviera esperando un tiempo bien largo. Nosotros necesitamos la gracia hasta para tomar la decisión, y la gracia viene de Dios que actúa primero en y para nosotros. Dios nunca espera que usted actúe primero (Eze. 36:26-27; Rom. 5:8-10; Efe. 2:1-6; Fil. 2:12-13). 

 

6. El ministerio es identificado erróneamente como el sendero al significado (o a la importancia).

 

«En el reino de Dios, usted tiene un lugar, un propósito, un rol y una función qué cumplir. Esto le da a su vida un gran significado y valor» (Pág. 228). «El servicio es el sendero para el verdadero significado» (Pág. 232). Warren parece estar insinuando que vivir una vida centrada en los demás es la manera de vivir que más vale la pena. Sin embargo hablando en términos de significado personal es engañoso. El significado personal en la vida cristiana viene de nuestro estatus inmutable como hijos de Dios, no de la tarea que Dios nos da para hacer o el éxito cambiante con que nos topamos. Una vez empezamos a buscar nuestro sentido o significado en nuestro ministerio, somos más susceptibles a un orgullo nauseabundo o un profundo desaliento. El significado personal viene del evangelio y de lo que Dios ha hecho por nosotros- perdón, reconciliación a Dios, Su amor sacrificial por nosotros- no de lo que Dios nos da para que «hagamos por El» en el ministerio. 

 

7. Los dones son identificados como garantías de los deseos de Dios para nosotros.

 

«Lo que yo puedo hacer, Dios quiere que yo lo haga… Dios nunca le pedirá que dedique su vida a una tarea para la cual no tiene talento. Por otra parte, las habilidades que usted sí tiene son un fuerte indicativo de lo que Dios quiere que usted haga con su vida» (Pág. 243-244). «Usar su ‘forma’ es el secreto para ambos plenitud de frutos y realización en el ministerio… Usted será lo más efectivo cuando usted use sus dones y habilidades espirituales en el área que su corazón desee, y de la manera que mejor exprese su personalidad y experiencias. Mientras mejor le quede, más exitoso será usted» (Pág. 248). Tal vez, pero ¿y qué de Moisés y Jeremías (Ex. 3:11; 4:10; Jer. 1:6)? De seguro que ellos eran buenos haciendo otras cosas. Pero esas cosas no eran a las que Dios los había llamado para hacer. Yo entiendo lo que Warren quiere decir- usualmente Dios trabaja de acuerdo a los dones y pasiones que El nos hadado; de acuerdo. Pero decir sin calificación que Dios quiere que yo haga lo que yo puedo hacer es engañoso- no deja lugar ya sea para esperar en el tiempo de Dios para hacer aquello en lo que soy bueno, o hacer algo en lo que me siento totalmente incapacitado pero que como quiera tiene que ser hecho. A veces Dios nos llama a hacer precisamente esas cosas en las que nos sentimos totalmente incapacitados sólo para probar que El es El Unico que merece el crédito. 

 

8. El evangelismo es separado de la predicación.

 

Warren dice que «su testimonio personal es más efectivo que un sermón, porque los inconversos ven pastores como vendedores profesionales, pero lo ven a usted como un ‘cliente satisfecho’, así que le dan a usted más credibilidad. Las historias personales también son más fáciles de relatar que principios (o reglamentos) y a las personas le encanta escucharlas. Ellas capturan nuestra atención y las recordamos por más tiempo… Otro valor de su testimonio es que traspasa la defensa intelectual» (p290). Sin embargo, Pablo no puede concebir el compartir el evangelio fuera de la predicación del evangelio (Rom. 10:14). El testimonio personal bien podría ser una manera efectiva de compartir el evangelio, si de hecho el evangelio es la parte más prominente de nuestro testimonio, si es explicado suficientemente para que sea entendido por el inconverso de una manera bíblicamente inerrante, y si la respuesta apropiada de arrepentimiento y creencia es tanto explicada como implicada. Pero si el testimonio personal es apenas una historia personalizada de cómo mi vida mejoró después de que yo oré una oración ambigua, o si el evangelio no es explicado y el arrepentimiento y la creencia no son traídos, entonces el testimonio es tan ineficaz como golpear las personas en la cabeza con una biblia de estudio. 

 

Warren también lamenta aquí que «los inconversos ven los pastores como vendedores profesionales.» Sin embargo el mismo Warren perpetúa esta percepción presentando todos los beneficios de la Vida Guiada por Propósito y siendo ligero con el arrepentimiento. La introducción es representante del libro, prometiendo al inconverso que la perspectiva de la Vida Guiada por Propósito «reducirá su estrés, simplificará sus decisiones, aumentará su satisfacción, y lo más importante, lo preparará para la eternidad» (Pág. 9). Un poco más adelante, en una sección titulada «Los Beneficios de una Vida con Propósito,» Warren anuncia el paradigma de ser guiado por propósito como capaz de dar significado a su vida, simplificar su vida, enfocar su vida, motivar su vida y prepararlo para la eternidad (Pág. 30-33). Al final del día, el acercamiento al evangelismo se trata de vender a los inconversos el evangelio mostrándoles cómo suplir a sus necesidades a medida que ellos las perciben y las definen, en vez de predicarles la cruz de Cristo y llamar a las personas al arrepentimiento y a la fe. 

 

V. Conclusión

 

Otra vez, nada de esto es para menospreciar los cinco propósitos que Warren promueve. Los propósitos mismos son sólidamente bíblicos. Ni tampoco es nada de esto para impugnar los motivos de Warren para escribir el libro {1}. La dificultad es que a pesar de que el evangelio no es presentado claramente al lector inconverso que Warren presume alcanzar, cualquier persona que «ore la oración» is después de todo inmediatamente afirmado en su conversión y exhortado en su seguridad. Sin embargo aún si el evangelio ha sido presentado claramente, el efecto del método evangelístico de Warren es producir convertidos cuestionables, y el efecto del modelo ser guiado por propósito es reemplazar la primacía del evangelio con la primacía del propósito. El resultado es una confusión de conversión con vivir con propósito, dando al libro entero un sabor moralizado que encaja con la hermenéutica que lo dio a luz. 

 

El evangelio solo capacita e informa nuestra participación en los propósitos de Dios. Solamente el evangelio, entonces, debe ser proclamado como el que tiene el poder de guiar la vida cristiana y solamente el evangelio debe gozar la primacía en la vida cristiana. Lo que necesitamos es una Vida Guiada por el Evangelio

 

{1} En sus palabras, él quiere «explicar los propósitos de Dios para nuestras vidas en las maneras más simples» («Una Fenómeno con Propósito: Una Entrevista con Rick Warren» {ModRef: Enero/Febrero 2004, vol. 13, #1}).