Acercándonos Confiadamente al Trono

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Acercándonos Confiadamente al Trono

Hebreos 4:16

POR JOHN F. MACARTHUR

Jesús nos comprende perfectamente. Cualquiera que sea la lucha o el desafío que estemos enfrentando, podemos estar seguros de que Él comprende plenamente y se compadece de nuestra situación: "Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado." (Hebreos 4:15).

Además, la naturaleza comprensiva de Cristo no es una especie de simpatía pasiva por su pueblo. El autor de Hebreos continúa diciendo que el Salvador nos ha concedido pleno acceso a su trono como una reserva ilimitada de gracia y misericordia. "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (Hebreos 4:16)

Aquel que nos comprende perfectamente, también nos proveerá perfectamente.

No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar. (1 Corintios 10:13).

Jesucristo conoce nuestras tentaciones y nos sacará de ellas.

La mayoría de los gobernantes antiguos eran inaccesibles para el pueblo. Algunos ni siquiera permitían que sus funcionarios de mayor rango se presentaran ante ellos sin permiso. La reina Ester arriesgó su vida al acercarse al rey Asuero sin invitación, aunque era su esposa (Ester 5:1-2). Sin embargo, cualquier persona arrepentida, por muy pecadora e inmerecida que sea, puede acercarse al trono de Dios en cualquier momento para pedir perdón y salvación, con la seguridad de que será recibida con misericordia y gracia.

Por el sacrificio de Cristo, el trono de juicio de Dios se convierte en un trono de gracia para los que confían en Él. Así como durante siglos los sumos sacerdotes judíos rociaban una vez al año sangre sobre el propiciatorio por los pecados del pueblo, Jesús derramó su sangre una vez y para siempre por los pecados de todo aquel que cree en Él. Esa es Su perfecta provisión.

Para los judíos, la idea de tener acceso directo a Dios era impensable, porque ver a Dios cara a cara era morir. Cuando Dios dio Su ley a Israel en el Sinaí, “… dijo a Moisés: He aquí, yo vengo a ti en una nube espesa, para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo, y también para que te crean para siempre.” (Éxodo 19:9). Pero después de que el pueblo se había purificado de acuerdo con Sus instrucciones,

Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte; y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió. Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos. (Éxodo 19:20-21)

Después de la construcción del Tabernáculo, y más tarde del Templo, se establecieron límites estrictos. Un gentil sólo podía entrar en los confines exteriores y no más allá. Las mujeres judías podían ir más allá del límite gentil, pero no mucho más lejos. Y lo mismo ocurría con los hombres y los sacerdotes regulares. Cada grupo podía acercarse al Lugar Santísimo, donde se manifestaba la presencia divina de Dios, pero ninguno podía entrar realmente allí. Sólo el sumo sacerdote podía entrar, y eso sólo una vez al año y muy brevemente. E incluso él podía perder la vida si entraba indignamente. Se cosían campanas en las vestimentas especiales que usaba en el Día de la Expiación, y si el sonido de las campanas se detenía mientras estaba ministrando en el Lugar Santísimo, sabían que había sido muerto por Dios (Éxodo 28:35).

Pero la muerte de Cristo puso fin a eso. A través de su sacrificio expiatorio, Dios el Padre es ahora accesible a cualquier persona, judía o gentil, que confíe en ese sacrificio.

Para ilustrar esta verdad, cuando Jesús fue crucificado "el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo" por el poder de Dios (Mateo 27:51). Su muerte eliminó para siempre la barrera que el velo del Templo representaba para la santa presencia de Dios. Comentando esa sorprendente verdad, el escritor de Hebreos dice:

Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. (Hebreos 10:19–22)

¿Cómo puede alguien rechazar a tal Sumo Sacerdote, a tal Salvador, que no sólo nos permite acudir a su trono en busca de gracia y ayuda, sino que nos ruega que acudamos con confianza? Su Espíritu dice: "Acércate confiadamente al trono de Dios, un trono de gracia por causa de Jesús. Acércate hasta arriba; recibe libremente un suministro interminable de gracia y misericordia siempre que lo necesites".

(Adaptado de The MacArthur New Testament Commentary: Hebrews y The MacArthur New Testament Commentary: Romans 1–8)


Disponible en línea en: https://www.gty.org/library/blog/B210319
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