Una Raza, Un Remedio

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ESJ-2019 0508-002

Una Raza, Un Remedio

por Darrell B. Harrison y Cameron Buettel

La mayoría de nosotros hemos oído hablar de la obra emblemática de Charles Darwin, El origen de las especies. Pero su título completo expone la oscura filosofía y motivación detrás de las teorías de Darwin: Sobre El Origen De Las Especies Por Medio De La Selección Natural O La Preservación De Las Razas Favorecidas En La Lucha Por La Vida.

Una Humanidad

Darwin creía que cada grupo étnico descendía de diferentes primates y que algunos de estos grupos eran más “favorecidos” que otros. La idea de que la humanidad debería ser dividida en varias “razas” sólo se arraigó con el advenimiento de la teoría evolutiva de Darwin a mediados del siglo XIX.

Esa cosmovisión divisiva no tiene cabida en el pueblo de Dios. Tampoco lo hace la actual búsqueda santurrona de la diversidad racial dentro de la iglesia, que ignora la realidad de la ascendencia común de la humanidad: que Dios “y de uno hizo todas las naciones [etnia] del mundo para que habitaran sobre toda la faz de la tierra,” (Hechos 17:26, énfasis añadido). En otras palabras, todos somos hijos de Adán.

Sólo hay una raza. Una. Cualquiera que trate de decirle lo contrario no está hablando bíblicamente.

Una Depravación

El subproducto de nuestra herencia compartida es que cada miembro de la raza humana tiene el mismo problema: ” Por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió a todos los hombres, porque todos pecaron” (Romanos 5:12). La depravación del hombre nivela el campo de juego. ” por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Aunque no todos somos tan malos como podríamos ser, no hay ninguna parte de nuestro ser que no haya sido corrompida por el pecado, y todos somos igualmente culpables ante nuestro justo y santo Juez.

Además, la verdad de nuestra corrupción pone de relieve la única línea divisoria que importa: el muro de enemistad y separación entre el santo Dios y los hombres pecadores. Desde la perspectiva del cielo, la identidad fundamental de la humanidad no es la de las víctimas, sino la de perpetradores. A la luz de esa realidad, cualquier forma de favoritismo perjudicial es una obscenidad y un absurdo. Aún las afirmaciones más legítimas de victimización se evaporan a la luz de nuestras ofensas contra Dios. El profeta Jeremías planteó una pregunta importante: “¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado.” (Lamentaciones 3:39). Y sin embargo, la depravada humanidad sigue buscando una excusa para defender su argumento.

La iglesia no debe alentar tal miopía cósmica. Somos llamados a acusar a los pecadores e invitarlos al arrepentimiento y a la fe, no a armarlos con excusas que no logren convencer al Juez.

Esta fijación actual por tabular la injusticia y la injusticia temporal percibida sólo nos ciega del hecho de que todos estamos en el mismo barco, y se está hundiendo rápidamente.

Un Remedio

A R. C. Sproul le preguntaron una vez por qué las cosas malas le suceden a la gente buena. Sproul respondió: “Eso sólo pasó una vez, y El se ofreció”.

Dios ve una raza de la humanidad con un problema universal: el pecado. Y en la persona de Cristo, Dios provee el único pago aceptable por nuestros pecados. Como explica el apóstol Pablo: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

En su comentario sobre 2 Corintios, John MacArthur explica la profundidad de ese versículo.

Cristo no fue hecho pecador, ni fue castigado por ningún pecado suyo. En cambio, el Padre lo trató como si fuera un pecador, cargando a Su cuenta los pecados de todo aquel que creyera. Todos esos pecados fueron acusados contra Él como si los hubiera cometido personalmente, y fue castigado con la pena por ellos en la cruz, experimentando la furia plena de la ira de Dios desatada contra todos ellos. . . . Nuestra vida inicua fue legalmente cargada a Él en la cruz, como si Él la hubiera vivido, para que Su vida justa pudiera ser acreditada a nosotros, como si nosotros la hubiéramos vivido. [John MacArthur, The MacArthur New Testament Commentary: 2 Corinthians(Chicago, IL: Moody Publishers, 2003), 215–17.]

De hecho, la unidad de la iglesia debe desafiar tales distinciones sociales egoístas. En Cristo hemos sido liberados de vernos unos a otros a través de lentes que acentúan los conflictos étnicos, la desigualdad económica y otras disparidades sociales percibidas que ocupan la atención del mundo. No necesitamos atender la parcialidad institucionalizada de este mundo miserable. No necesitamos pensar en términos de oprimidos y opresores, desfavorecidos y privilegiados, en blanco y negro. No necesitamos suscribir el valor que el mundo le da a la condición de víctima. Y no debemos seguir el ejemplo del mundo en el intento inútil de combatir la parcialidad con más parcialidad.

Esto no quiere decir que los creyentes deben hacer la vista gorda a los casos reales de injusticia; las Escrituras no excusan la ignorancia voluntaria y la inacción (Deuteronomio 10:18; Levítico 19:15; Salmo 82:2-4). En cambio, significa que no debemos confundir la injusticia temporal con la preocupación primordial de Dios. Necesitamos cultivar la perspectiva del cielo sobre las enfermedades del mundo, entendiendo que los casos de injusticia no son necesariamente males que hay que curar, sino síntomas de la corrupción integral del cáncer espiritual del pecado. La iglesia necesita salir del negocio de poner curitas en las extremidades cortadas y en las heridas en el pecho.

Como creyentes, sabemos que el evangelio de Jesucristo es la única cura para lo que aflige a este mundo. Tenemos conocimiento de primera mano de su poder regenerador, y debemos poner todo nuestro esfuerzo en entregar la verdad del evangelio a aquellos que se pierden y mueren sin él.

Debido a la obra redentora de Cristo, sólo hay una distinción que vale la pena hacer ahora: los que están en Adán y los que están en Cristo (Romanos 5:12-21). Y los que están en Adán no son nuestros enemigos; son nuestro campo de misión. Nuestro trabajo es no acariciar sus heridas percibidas. Es predicarles fielmente el evangelio y llamarlos al arrepentimiento, la fe y la unidad con el resto de los redimidos de Dios.


Disponible en línea en: https://www.gty.org/library/blog/B190509
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