¿Es Realmente La Predicación Una Necedad?

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ESJ-2020 0219-004

¿Es Realmente La Predicación Una Necedad?

Por James M. Boice

Una vez pregunté a varias personas qué versículos les venían a la mente cuando pensaban en predicación. Ya había recurrido a una de las concordancias y busqué versículos donde aparecen las palabras “predicar“, “predicador” o “predicación“, y encontré que, incluso en estos casos, que no reflejan todas las apariciones de las palabras raíz griegas y hebreas (también se traducen como “proclamar”, “dar a conocer”, “hablar”, etc.), hay 150 versículos. Pero cuando empecé a hacer mi pregunta, la gente se refirió una y otra vez a un versículo, 1 Corintios 1:21, que dice: “agradó a Dios, mediante la necedad de la predicación, salvar a los que creen.”

Creo que eso dice algo sobre la forma en que muchas personas consideran lo que escuchan desde el púlpito. Lo consideran una necedad. En la mente de muchos, el contenido de la predicación, y tal vez incluso la entrega del sermón mismo, es una cosa muy tonta.

¿Es realmente una necedad predicar? Obviamente lo es en algún sentido porque Pablo usa esa palabra. De hecho, los predicadores a menudo dirán que hay momentos en los que se sienten necios al tratar de llevar una palabra de Dios a aquellos que viven en medio de una cultura secular. Sin embargo, cuando miramos el pasaje del que proviene esa palabra, es perfectamente evidente, incluso en una lectura muy superficial, que el apóstol está usando esta palabra necedad en un sentido especializado. Está hablando de lo que es una necedad a los ojos del mundo, pero que en realidad es la sabiduría de Dios para la salvación.

Pablo hace esta declaración en un contexto muy interesante. En este pasaje, no sólo habla de la necedad y la sabiduría, sino también de la debilidad y el poder (un contraste paralelo) y de los señales frente a lo que probablemente llamaríamos la piedra angular de la religión revelada.

Pablo era uno de esos raros individuos que se movían con bastante facilidad entre diversas culturas. Era judío, pero había crecido en una ciudad romana y estaba muy influenciado por la cultura griega. Así que se movía igual de bien entre las comunidades judía, griega y romana. Dondequiera que iba predicaba a Cristo. Descubrió que no tenía exactamente el mismo problema cuando se movía entre los griegos que cuando se movía entre los romanos, o cuando se movía entre los romanos que cuando se movía entre los judíos. Cada una de estas culturas tenía su propia dificultad particular en lo que respecta al evangelio.

La dificultad de los romanos era que estaban orgullosos de su poder. Ellos gobernaban el mundo. Sus legiones mantenían a raya a los bárbaros. Su poder naval había traído el orden al Mediterráneo. Sus soldados mantenían los caminos abiertos y los bandidos en su lugar. Controlaban el mayor imperio que el mundo había visto. Estaban orgullosos de su poder. Cuando el apóstol habló a los romanos en el contexto de la cultura romana, era natural que el Jesús que predicaba (crucificado bajo un gobernador romano) pareciera la personificación de la debilidad. Cuando Pablo habló a los romanos, con su gran preocupación por el poder, tuvo que mostrar que, aunque Jesús es en cierto modo la debilidad de Dios, esta debilidad de Dios era en realidad un poder capaz de transformar a hombres y mujeres. En Romanos dice, “El evangelio… es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).

Con los judíos la situación no era la misma. Si la mentalidad romana era la de un militar que cree que lo más importante es la fuerza, la mentalidad judía era la que podríamos comparar con las sectas de nuestros días. Es decir, los judíos querían una señal; querían demostraciones visibles. Por eso siempre le pedían a Jesús milagros. No les gustaban las señales que les daba porque El no les agradaba, así como a la gente de hoy en día no le gustan las palabras de la Biblia porque no les agrada el Dios de la Biblia. Dicen, “Si sólo Dios dijera algo; si sólo Dios me hablara”. Pero Dios ha hablado. No lo aceptan porque no les agrada.

De la misma manera, los judíos pedían milagros. Para los judíos, Jesús era una piedra de tropiezo. Pero Pablo sostenía que lejos de ser una piedra de tropiezo, el evangelio de Cristo era en realidad un fundamento, una piedra con la que se podía tropezar pero que en realidad era la piedra angular de la religión revelada.

Este es el contexto en el que Pablo habla de la necedad. Pero al escribir a la iglesia de Corinto, tiene una mentalidad griega en mente. Grecia había perdido el poder que una vez tuvo bajo Filipo de Macedonia y Alejandro Magno. Ese dominio había desaparecido. Pero lo que sí tenían los griegos (y los romanos no, al menos no en el mismo grado) era sabiduría. Grecia produjo los grandes filósofos. Grecia proporcionó los maestros. En la mayoría de los hogares romanos ricos, había un esclavo que era responsable de la educación de los niños, y nueve de cada diez veces era un griego. Los griegos estaban orgullosos de esta sabiduría. Cuando llegaron los primeros embajadores del evangelio, proclamando que el inefable Dios se había hecho hombre en carne humana para morir por nuestra salvación, eso contradecía todo lo que los griegos entendían de filosofía. El principio básico de su filosofía era que la mente estaba separada de la materia, que el espíritu estaba separado de la carne. Para los griegos era inconcebible que pudiera haber una encarnación. Entonces, ¿qué pasó cuando Pablo predicó en Atenas? Se rieron, porque su mensaje parecía tonto. Lo que Pablo tenía que decir a los griegos era que este mensaje, que parece una tontería, y que se comunica de una manera que se concibe como el colmo de la necedad, es en realidad la sabiduría de Dios.

Sobre la base de 1 Corintios 1:21, podemos decir que la predicación es ese sabio medio de Dios por el cual la sabiduría del mundo se muestra como una necedad, y la necedad del evangelio, tal como el mundo la concibe, se muestra como la verdadera sabiduría.

Este extracto está tomado de la contribución de James Montgomery Boice en  Feed My Sheep: A Passionate Plea for Preaching.

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