El Enfoque Correcto de la Ambición

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El Enfoque Correcto de la Ambición

Por John MacArthur

La última vez examinamos la ambición como una rama del deseo egoísta, algo que busca sus propios objetivos a expensas de los principios y las personas. Al ver todas las posibles trampas de ser impulsado, es fácil preguntarse si la ambición puede ser algo bueno. Sin embargo, sabemos por las Escrituras que sí puede serlo. Mira estas palabras que Pablo escribió a la iglesia de Corinto:

Por eso, ya sea presentes o ausentes, ambicionamos serle agradables. Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo[a], de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo.. (2 Corintios 5:9-10)

Si la ambición es realmente siempre pecaminosa, entonces ¿por qué Pablo usa esa palabra aquí? De hecho, creo que Pablo era tan ambicioso como cualquiera que haya vivido. La naturaleza de Pablo era extrema. Incluso antes de que se convirtiera, era celoso en la persecución de la iglesia, y se necesitó un acto extremo de Dios para redirigirlo. Y después de que Cristo se apoderó de él, Pablo siguió viviendo la vida sin tomar medias tintas.

¿Se equivocó Pablo al vivir así? ¿Era culpable de transgredir Jeremías 45:5? ¿Se equivocó Pablo al "buscar grandes cosas" para sí mismo?

Creo que podemos resolver este problema entendiendo que Jeremías no estaba condenando toda la ambición como pecaminosa. En cambio, estaba mostrando que el egoísmo es siempre pecaminoso y corruptor. No es la ambición en sí lo que es pecaminoso; más bien, el pecado surge del egoísmo que tan a menudo acompaña a la ambición.

Al observar la ambición de Pablo, entonces, vemos que sus metas no estaban corrompidas por el enfoque egoísta. Veo tres aspectos de desinterés en su ambición en 2 Corintios, y hoy examinaré el primer aspecto: la dirección de su ambición.

Pablo dice que su ambición es "ser agradable a [Dios]". Y esto marca una fuerte separación entre la ambición espiritual y la ambición pecaminosa. Pablo nunca buscó grandes cosas para sí mismo; siempre buscó grandes cosas para Dios. El apóstol es como un violinista que no se preocupa por el aplauso del público, sino sólo por la sonrisa del maestro que le enseñó. Vivía para complacer al Señor.

Pablo lo expresó de forma muy clara en unas palabras anteriores que escribió a los corintios:

En cuanto a mí, es de poca importancia que yo sea juzgado por vosotros, o por cualquier tribunal[a] humano; de hecho, ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque no estoy consciente de nada en contra mía; mas no por eso estoy sin culpa, pues el que me juzga es el Señor. Por tanto, no juzguéis antes de tiempo[b], sino esperad hasta que el Señor venga, el cual sacará a la luz las cosas ocultas en las tinieblas y también pondrá de manifiesto los designios de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de parte de Dios. (1 Corintios 4:3-5)

A Pablo le importaba poco la opinión de los hombres sobre él. Aunque se preocupaba por la gente, al fin y al cabo su labor no tenía como objetivo ganarse su aprobación. Reconocía que, en última instancia, no debía rendir cuentas a los hombres, sino a Dios. Por esta misma razón, la propia opinión de Pablo sobre sí mismo tenía poco peso.

En otras palabras, Pablo decía: "Me importa poco lo que ustedes piensen, y me importa poco lo que yo piense. Tú no conoces la verdad de mi corazón, y aunque me conozca mejor que tú, ni siquiera conozco la verdad de mi propio corazón, porque el corazón del hombre es engañoso."

Por lo tanto, la ambición de Pablo no era para complacer a los demás. Y tampoco era para satisfacerse a sí mismo. Por el contrario, tenía como objetivo complacer al Señor.

Esto es lo que impulsó a Pablo. Y esta es la realidad omnipresente de la vida cristiana. El principio básico de todo lo que somos y todo lo que hacemos debe ser el deseo de agradar al Señor, no sólo por fuera, sino también por dentro. Nuestro impulso es ofrecer nuestros cuerpos como sacrificios vivos, santos y aceptables a Dios (Romanos 12:1). Sea lo que sea que hagamos en la vida, las carreras que elijamos, los ministerios que elijamos, los caminos que sigamos, esto debe ser lo que impulsa nuestras ambiciones.

Esta dirección dirigida por Dios es el primer aspecto de la santa ambición de Pablo. La próxima vez veremos el segundo: el hecho de que su ambición se formó a la luz del cielo.

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