La Norma de Vida para los Cristianos

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ESJ-015 2016 1107-001

La Norma de Vida para los Cristianos

Por Alva J. McClain

La norma de vida es la voluntad de Dios, en el contexto de su gracia, dada por medio de nuestro Señor Jesucristo y revelada perfectamente en toda la palabra de Dios. Esto es tan importante que se debe aprender de memoria. Los elementos principales son:

a. La voluntad de Dios

b. En el contexto de su gracia

c. Dada por medio de nuestro Señor Jesucristo

d. Revelada en la completa y escrita palabra de Dios.

Hay tres pasajes que se deben leer y estudiar en relación con este tema. El primero es Romanos 12:1-2 en el cual Pablo pone delante de nosotros, los cristianos, lo que él llama "la voluntad de Dios". Pero, se debe notar que esta "voluntad" está dentro de "las misericordias de Dios". Las "misericordias" son primero. Para el pecador salvado este es la orden para acercarse a la "voluntad de Dios". Los primeros once capítulos de Romanos están dedicados a la exposición de las "misericordias" de la gracia divina. Después, el apóstol habla de la voluntad de Dios para los salvos y la pone en el mero centro de las "misericordias". Exhortándonos a reconocer la "voluntad de Dios", él escribe: "os ruego por las misericordias de Dios". Esto es lo que queremos decir por "la voluntad de Dios en el contexto de su gracia".

El segundo pasaje es Juan 5:39 donde nuestro Señor Jesucristo presenta a sí mismo como el objeto central y el tema de toda revelación escrita. A los judíos de su día, hombres que se enorgullecían por su ahínco al estudiar la palabra escrita, él les dice, "Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna". Y luego los recuerda que estas mismas Escrituras "son las que dan testimonio de mí". Si no encuentran a Cristo, todo su fervoroso estudio es sin valor. Porque el regalo de la vida eterna viene sólo por gracia divina, y la gracia de Dios viene solamente por medio de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Así, la voluntad de Dios, en el contexto de su gracia se halla en Cristo solamente, "la gracia . . . (vino) por medio de Jesucristo" (Jn 1:17).

El tercer pasaje es 2 Timoteo 3:16-17, en el cual el Espíritu Santo, por medio de Pablo, afirma que "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil" para llevar a los cristianos a la perfección y prepararlos para toda buena obra.

Ahora, consideremos estas verdades importantes halladas en las citas ya mencionadas:

1. La completa palabra de Dios escrita puede hacernos "sabios" en cuanto a la salvación que tenemos por fe en Cristo. Indudablemente, es verdad que uno que lee con cuidado las Escrituras puede, bajo la dirección del Espíritu Santo, llegar a tener fe en el Señor Jesucristo.

Pero, también, es verdad que uno puede, con fe sencilla, recibir la vida eterna e ignorar muchas facetas de esta salvación. Por esta razón, Dios nos ha dado su palabra para hacernos "sabios" en cuanto a la grandeza de nuestra salvación.

2. Toda la palabra de Dios es "útil" en todas sus facetas para todo cristiano. Notemos el carácter comprensivo de la declaración del apóstol: "Toda la Escritura . . . es útil". O mejor traducido, "Cada Escritura . . . es útil". Por lo tanto, cuidémonos, entonces, del error de suponer que existen cosas en el libro de Dios que podemos poner a un lado o descuidar. Todo el libro – cada parte por pequeña que sea – será "útil". No podemos hacer caso omiso de algo sin sufrir pérdida. Es necesario enfatizar, sin compromiso alguno, que "toda la Escritura" incluye la ley de Moisés y no sólo esto, sino que abarca todos los elementos de esa ley – moral, ceremonial y civil junto con sus penalidades. Nosotros como ya salvos no estamos bajo la ley, pero ella es una parte de la palabra escrita y entonces nos es "útil". ¿En qué manera es útil "toda la Escritura"? La respuesta es: (a) "para enseñar", (b) "para redargüir, (c) "para corregir", (d) "para instruir en justicia". En 1 Corintios 10:1-14 encontramos una lección instructiva en cómo Pablo usó la ley mosaica del Pentateuco en las diversas maneras dadas arriba para el bien de los creyentes de su día. No estamos bajo la ley; pero ya que la ley es parte de la Escritura inspirada, está llena de valiosas doctrinas y de lecciones útiles para nuestras vidas.

3. La Biblia sirve como "espejo" para el cristiano. Ella es el espejo perfecto donde podemos vernos a nosotros mismos. Hablando de esta relación entre la palabra de Dios y el cristiano, Santiago describe al hombre "que considera en un espejo su rostro natural . . . y se va, y luego olvida cómo era" (Stg. 1:23-24). Esto lo contrasta con la persona que no solamente "se considera a sí mismo" en el espejo sino que "hace" algo para corregir lo que ve (1:25) . Al principio, la diferencia entre los dos no es un simple asunto de hacer o no hacer, sino, más bien está en la manera en como se miran en el espejo de la palabra. El verbo griego en el versículo 24 sugiere una mirada ligera, mientras el verbo del versículo 25 indica una mirada cuidadosa. Es esta mirada cuidadosa y continua que produce el "hacedor de la obra" con las bendiciones resultantes.

Sin embargo, considerarnos nosotros mismos en el espejo de la palabra no debe divorciarse de mirar allí mismo la imagen de nuestro Señor. Ya que el mirarse uno mismo no es suficiente y sólo puede llevar a la completa desesperación. Tenemos que ver al Señor. Y las Sagradas Escrituras en su totalidad, componen el espejo perfecto para percibir al Señor en toda su gracia y gloria. Como Pablo escribe, "Nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos trasformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor" (2Co 3:18). Vale la pena verse en el espejo de la palabra pero es el mirar al Señor en éste que trae los cambios morales y espirituales que tanto necesitamos. Y es significante que el apóstol, al escribir la importancia del espejo de la palabra, tenía en mente el Antiguo Testamento, especialmente los cinco libros del Pentateuco (vea vs. 14 y 15).

Esto nos lleva al carácter maravilloso de la verdad enseñada en 2 Corintios 3. En los primeros trece versículos, Pablo declara que la ley de Moisés había perecido y había sido "abolida" (vs. 11, 13) para el cristiano. Sin embargo, esta misma ley permanece como parte del espejo de la palabra escrita en el cual vemos la gloria del Señor. Como "ley" ha sido abolida; como creyente, no estamos bajo ella. Pero, al ser parte de las Escrituras, es "útil" para nosotros porque da testimonio de Jesucristo. De modo que borrar o quitar algo de la palabra escrita, sea ley moral o ceremonial, es dañar y desfigurar el único y autorizado retrato del Señor Jesucristo, e impedir la obra perfecta del Espíritu de santificación. La importancia de esto se muestra en el ministerio de nuestro Señor Jesús después de su resurrección. "Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían" (Lc. 24:27, 44).

4. La plena palabra de Dios revelada nos señala el ejemplo perfecto de Cristo. Al mirar la gloria de él en el espejo de la palabra, consideramos:

a. Lo que como creyentes debemos ser. Recordaremos que tenemos que "andar como él anduvo" (1Jn 2:6). No olvidaremos que "para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas" (1P 2:21). Si esperamos tener el mismo "sentir que hubo también en Cristo Jesús" (Fil 2:5), tenemos que encontrar este "sentir" en el record de lo que él era y lo que él hizo. Para esto necesitamos más que los cuatro evangelios, o aun los escritos del Nuevo Testamento. Necesitamos todas las Escrituras desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Además, al apreciar a Cristo en su palabra, aprendemos:

b. Lo que seremos cuando él venga. Comprenderemos que, a pesar de nuestra apariencia o de las condiciones adversas, "cuando él se manifieste, seremos semejantes a él" (1Jn 3:2). Y con esta bendita esperanza en nuestro corazón, llegaremos a ser hombres y mujeres más puros ahora, aun antes de que él venga (1Jn 3:3). Entonces, no compararemos "las aflicciones del tiempo presente . . . con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse" (Ro 8:18). Si Dios nos ha predestinado a ser "hechos conformes a la imagen de su Hijo" (Ro 8:29), él también ha predestinado la manera en que esta bendita transformación se llevará a cabo. Todo esto es por medio de la completa palabra de Dios escrita e inspirada, la cual da testimonio de su Hijo.

5. Toda esta "palabra de Dios escrita" nos ha sido dada para concentrar nuestra atención en Cristo, quién es él, lo que él ha hecho, y lo que él dijo. Para el creyente verdadero, Cristo tiene que ser el centro y el circuito de todas las cosas. "Tú, oh Cristo, eres todo lo que quiero; más que todo hallo en ti".

a. La palabra escrita enfoca la atención a Cristo. Existen otros grandes personajes en las Escrituras. Piense en Moisés y Elías, sin duda los dos más grandes y famosos en del Antiguo Testamento. Pero, aún estos desaparecen de la vista ante la gloria del Hijo eterno. Si entendemos la voluntad de Dios, guiados correctamente por el Espíritu, no veremos "a nadie . . .

sino a Jesús solo" (Mt 17:8). ¡Presten atención todos los que enseñan la palabra! Si hablan de Moisés, de Elías o de otros, tengan cuidado de hablar de estas "luces inferiores", de tal modo que los ojos de los oyentes estén puestos en él quien es el Señor de ellos y el nuestro.

b. La palabra escrita enfoca la atención al amor de Cristo. Aún el mundo perdido reconoce el valor del amor y sus dirigentes hablan de él. Pero la mayoría lo expresan en términos abstractos, llegando a ser un mero ídolo verbal. Sin embargo, en la Biblia encontramos algo completamente diferente. Aquí de verdad leemos que "Dios es amor" (1Jn 4:8), pero no nos deja especulando sobre la verdadera naturaleza del "amor" en la invisible deidad inefable. La misma oración que nos dice que "Dios es amor" dirige nuestra atención al hecho histórico: "En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él" (1Jn 4:9). ¿Luchamos intelectualmente para entender la naturaleza verdadera del amor divino? Entonces, "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él no amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados" (1Jn 4:10). Mientras más contemplemos el amor de Dios encarnado en el Hijo, nuestros oídos estarán más atentos a la exhortación que sigue: "Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros" (1Jn 4:11).

c. La palabra escrita enfoca nuestra atención a la obra de Cristo. No importa en qué parte la abrimos, si tenemos ojos para entender, veremos la sangre de expiación. El último de los grandes profetas del Antiguo Testamento, Juan el Bautista, al mirar al Hijo encarnado, dio este testimonio, "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1:29). Y estas palabras de los labios de Juan hablaban de la muerte, porque un "cordero" no puede expiar el pecado sin morir.

A través de toda la Biblia, donde quiera que abrimos sus páginas "vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos" (Hebreos 2:9). Y percibiendo en el Calvario "el amor (de Dios), en que él puso su vida por nosotros", entendemos que "nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos" (1Jn 3:16).

d. Las Escrituras abren nuestros ojos a las palabras y los mandamientos de Cristo. Nuestro Señor dice, "El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama" (Jn 14:21), y nuevamente: "El que me ama, mi palabra guardará" (v. 23). Necesitamos tener la Biblia en su totalidad para poder oír la voz del Señor en un aspecto total. Tenemos que entender que la voz del Dios infinito llega al hombre siempre por medio del Hijo, el logos eterno.

Por consiguiente, es un error rechazar el Antiguo Testamento, o prescindir de alguna parte de él, o poner a un lado las epístolas como si fueran inferiores a los cuatro evangelios, o tratar a las profecías como si tuvieran poca importancia para la vida cristiana. Al leer la palabra, si somos entendidos, oiremos la voz del Hijo preexistente hablándonos en el Antiguo Testamento, la voz del Hijo encarnado hablándonos en los evangelios en los días de su vida sobre la tierra, y la voz del Hijo exaltado y glorificado hablándonos desde el cielo en los otros libros del Nuevo Testamento.

Es cierto que hay un aumento en la revelación de Dios por medio del Hijo. En el transcurso de la historia, algunas cosas son reemplazadas; otras pueden ser abolidas. Algunas son más importantes que otras. Tenemos que leer el libro de Dios, no como cosa rutinaria, sino bajo la dirección del Espíritu Santo.

A veces nos preguntan: "¿Qué significa ‘guardar’ las palabras y los mandamientos del Señor Jesucristo"? Podemos contestar que por lo menos no quiere decir estar otra vez bajo algún sistema legalista. Pero, por el lado positivo, hay unos textos que dan luz al problema. Uno es 1 Reyes 14:8 en donde el Señor habla del Rey David como uno "que guardó mis mandamientos y anduvo en pos de mí con todo su corazón haciendo solamente lo recto delante de mis ojos". Esta es la declaración de Dios sobre la vida entera de David, un hombre que fracasó terriblemente más que una vez.

Otro pasaje se halla en el Nuevo Testamento en Juan 17:6. Aquí oímos la comunión de la Deidad, el Hijo comunicando y orando al Padre. Refiriéndose a los hombres que le habían seguido durante su vida terrenal, él comenta una cosa maravillosa: "han guardado tu palabra". Al reflexionar sobre la vida de ellos, pensamos en sus ambiciones egoístas, su falta frecuente de recibir la verdad, su contienda en la última cena, la inminente negación de Pedro y las dudas de Tomás. Sin embargo, el Señor, quien conoce el corazón, mira con amor a estos hombres débiles y vacilantes, y señala: "han guardado tu palabra".

Indudablemente, esta opinión no está basada en un balance legalista entre las cosas hechas y no hechas, sino más bien en la actitud del corazón y la dirección de su vida. Ellos amaban al Señor, atesoraban sus palabras e iban en el buen camino.

6. Tenemos que ver la voluntad de Dios revelada en la palabra en el contexto de la gracia de Dios. Ya he tocado este punto, pero ahora lo discutiremos más ampliamente. Nada puede ser más crucial. A menos que consideremos la voluntad de Dios "en el contexto de su gracia", siempre estaremos en peligro de regresar a algún sistema legalista o de hacer uno nuevo. Si nos concentramos en "la voluntad de Dios" pero ignoramos el "contexto de gracia", es posible aun construir un sistema de legalismo sobre los libros de Romanos y Gálatas.

Por otro lado, analicemos la manera cuidadosa en que las Escrituras ponen la voluntad de Dios en el contexto de su gracia. Romanos 12:1-2 nos implora que reconozcamos la "voluntad de Dios", pero la exhortación nos llega por "las misericordias de Dios". 1 Corintios 8:7-11 nos enseña con cuánto cuidado debemos de tratar al "hermano débil", y el argumento final es que él es uno "por quien Cristo murió". El escritor de Filipenses 2:2-5 nos exhorta a tener una vida de amor y paciencia, a preocuparnos por el bien de los demás en lugar de sólo lo nuestro.

¿Y cómo se puede alcanzar este ideal tan alto? El apóstol llama a los lectores por medio del amor y las misericordias que han hallado en Cristo (Fil 2:1), y termina su llamamiento poniendo delante de sus ojos la condescendencia misericordiosa del Hijo de Dios al dejar su gloria, hacerse hombre, y entregarse a la muerte y muerte de cruz (Fil 2:5-8).

En Filipenses 4:1-3 Pablo les escribe a dos mujeres en la iglesia con el fin de que se reconcilien. Les anima a "que sean de un mismo sentir", pero esto no es todo. Ellas tienen que ser del mismo sentir "en el Señor", y el apóstol concluye recordándoles que sus "nombres están en el libro de la vida". ¡Qué argumento! Dos mujeres por la gracia de Dios tienen sus nombres escritos en el libro de la vida, pero han fracasado en mostrar gracia una para con otra a pesar de tener sus nombres en la lista de membresía de la misma iglesia local. Como esto podemos hallar centenares de ejemplos en el Nuevo Testamento.

Por supuesto, en el desarrollo de la revelación se hallarán contrastes bien definidos entre la edad de la ley y la edad presente. Así en Deuteronomio 6:5, la obligación grande del hombre se presenta en forma severa, sin recurso a la gracia: "Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas". Note el contraste con el lenguaje de gracia: "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero" (1Jn 4:19). El pasaje en Deuteronomio nos lleva a la presencia de un "gran trono blanco", mientras el escrito por la pluma de Juan pone "un arco iris alrededor del trono". Si somos sabios, siempre leeremos los dos pasajes juntos.

Tomando otro ejemplo, hablando de la obligación del hombre hacia su prójimo, nuestro Señor Jesucristo da el segundo gran mandamiento, "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22:39). Esta es la ley – la ley de Dios. No nos atrevemos ni podemos cambiarla. Pero después del Calvario, oímos la voz del mismo Señor por medio de Juan, "Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros" (1Jn 4:11). Es el mismo deber, pero ahora puesto en el contexto de gracia. Otro ejemplo, esta vez del Sermón del Monte, "Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos, porque esto es la ley y los profetas" (Mateo 7:12). Es una buena ley, pero hay algo más sublime, "estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo" (Fil 2:3).

La ley nos da el balance exacto de justicia, pero la exhortación de la gracia es superlativa en sus demandas. La gracia funciona porque se despliega en un "contexto de gracia": el bendito Hijo de Dios poniendo a un lado su gloria preexistente, despojándose de sí mismo, tomando forma de siervo, humillándose a la muerte por nosotros que no merecemos nada (Fil 2:3-8) . Este es el argumento de la gracia, y es irresistible para los que han sido salvos y que conocen al Señor. No hay otra respuesta a la gracia aparte de la sumisión humilde.

Aunque las distinciones dispensacionales son genuinas y se pueden ver claramente, no debemos suponer que el "contexto de gracia" está ausente en las Escrituras más antiguas. Hablando del tiempo de la ley, Pablo observa, "Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase". Luego añade, "mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia" (Ro 5:20). Si desea saber la manera en cómo abundó la gracia en el tiempo de la ley, solamente necesita leer el record de la ley ceremonial de los sacrificios. Es allí donde encontramos el "contexto de gracia" en medio de la ley. Considere, por ejemplo, la entrega del Decálogo, aquellos "Diez Mandamientos", los cuales constituyen el mero centro de la ley (Éx 20). Por desgracia, la mayor parte de los sermones sobre este tema sólo llegan hasta el versículo 17 y el resultado es, por lo general, la misma reacción de Israel: "el pueblo . . . se pusieron de lejos (v. 18). Este es el resultado de la predicación de la ley fuera del contexto de gracia.

Pero, en versículo 24, el Dios de Sinaí continua hablando, "Altar de tierra harás para mí, y sacrificarás sobre él tus holocaustos . . . y te bendeciré". El altar fue hecha de "tierra", un material al alcance de todos. Pero si lo hacían de "piedra" no debían usar ningún herramienta, ya que sería "profanación". Además, no debían subir por gradas al altar. ¡Ciertamente este es el lenguaje de la gracia de Dios! Y qué tristeza que tantos predicadores, pensando que todavía estamos bajo la ley "moral" pero no bajo la "ceremonial", siguen enseñando los mandamientos de Dios fuera del contexto de la gracia, excluyendo así el único elemento que puede asegurar el cumplimiento del ideal de la ley moral.

Por supuesto, la verdad es que el cristiano no está bajo la ley en ningún sentido, sea moral o ceremonial. Sin embargo, estos dos elementos siguen siendo partes esenciales de la completa palabra de Dios, hasta la última "jota y tilde", y por lo tanto, es "útil" a todos los hijos de Dios en cada edad.

Quisiera animar a los creyentes quienes se gozan en hallar al Señor Jesucristo en cada página de las Escrituras. Por favor, no se sientan atemorizados por los que gritan "demasiada tipología". Es cierto que existen cosas que se pueden llamar "tipos" y otras no. Pero, es el privilegio y el deber de uno mismo descubrir y mirar la faz del Señor Jesús en su palabra – dondequiera que sea. Es preferible quebrantar unas reglas de la hermenéutica clásica que perder la visión de su bendita faz.

Solamente debemos prevenirnos de una cosa – tenemos que estar seguros que lo que encontramos esté relacionado en forma verdadera con la revelación histórica del Hijo en el Nuevo Testamento. Teniendo esto en mente, no hay fin a lo que podemos encontrar respecto al infinito Hijo de Dios encarnado en el record inspirado. Y al verlo en toda la Escritura, encontraremos la perfecta voluntad de Dios en el maravilloso contexto de su gracia: "la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro" (Ro 5:21).

7. El contexto de la gracia es el único ambiente en donde la voluntad de Dios se puede realizar en la vida cristiana. Es en este contexto que crecemos (2P 3:18); estamos firmes (1P 5:12); somos edificados (Hch 20:32); tenemos fuerza (2Ti 2:1); somos perfeccionados (1P 5:10); somos librados del dominio del pecado (Ro 6:14); encontramos la completa libertad de la esclavitud legalista (Gá. 5:1-4); encontramos un sublime motivo para hacer la voluntad de Dios (2Co 8:9); encontramos el poder para vivir la vida cristiana (2Co 12:9); encontramos la manera de recuperarnos al caer (He 4:16); encontramos la seguridad en cuanto al fin de la vida cristiana (Hch 20:32).

Atendamos el consejo de Pablo dado a los creyentes en medio del conflicto con los alborotadores legalistas, "que perseverasen en la gracia de Dios" (Hch 13:43). Cuidémonos de los que ofrecen otro consejo. El mismo apóstol Pablo escribe con profunda indignación contra aquellos que enseñaban una divergencia, aunque muy pequeña, del evangelio de la gracia de Dios (Gá. 4:9-12).

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