Bendita Seguridad

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ESJ-2019 0214-001

Bendita Seguridad

Apocalipsis 1:17-18

Por John F. Macarthur

Dios es santo y nosotros somos pecadores. Esas dos verdades ineludibles deberían enmarcar toda nuestra cosmovisión. También explican el terror que los santos de Dios siempre sintieron durante los encuentros divinos registrados en las Escrituras. No debe sorprendernos que incluso el apóstol Juan se derrumbó “como un hombre muerto” a los pies del Señor cuando se encontró cara a cara con el Cristo glorificado (Apocalipsis 1:17).

A lo largo de la Escritura, ese tipo de temor intenso y abrumador fue la reacción consistente de aquellos que experimentaron una visión o encuentro celestial. Cuando apareció el Ángel del Señor y anunció el nacimiento de Sansón, “Y Manoa dijo a su mujer: Ciertamente moriremos, porque hemos visto a Dios” (Jueces 13:22). Abrumado por su visión de Dios en el templo, Isaías gritó: “¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque han visto mis ojos al Rey, el Señor de los ejércitos.” (Isaías 6:5). Después de que un ángel se le apareció, Daniel escribe: “Me quedé solo viendo esta gran visión; no me quedaron fuerzas, y mi rostro se demudó, desfigurándose, sin retener yo fuerza alguna.” (Daniel 10:8). Al ver una luz brillante del cielo en el camino a Damasco, Saulo de Tarso y sus compañeros de viaje cayeron al suelo (Hch. 26:13-14). Juan, junto con Pedro y Santiago, cayeron al suelo al son de la voz de Dios durante la transfiguración de Cristo (Mateo 17:6). Y un día, el mundo que no se arrepiente se dará cuenta del terror del juicio de Dios y clamará “y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros y escondednos de la presencia del que está sentado en el trono y de la ira del Cordero, porque ha llegado el gran día de la ira de ellos, ¿y quién podrá sostenerse?” (Apocalipsis 6:16-17).

La Escritura es clara: A diferencia de los frívolos y jactanciosos relatos de hombres y mujeres de hoy que afirman falsamente haber visto a Dios, la respuesta inmediata de todos los que genuinamente vieron al Señor desvelado fue el temor. Los pecadores -incluso los redimidos- tienen derecho a ser aterrorizados en la presencia de un Dios Santo. Siempre hay temor en una verdadera visión de Cristo, porque vemos Su gloria y Él ve nuestro pecado.

Juan se desmoronó por el trauma de su visión. En la presencia del Señor, mirando sus pies de bronce de juicio (Apocalipsis 1:15) y la espada de doble filo de su Palabra (Apocalipsis 1:16), nosotros también colapsaríamos sin vida.

Pero ese terror se convirtió en consuelo y seguridad a medida que la visión continuaba: “Y El puso su mano derecha sobre mí, diciendo: No temas, yo soy el primero y el último, y el que vive, y estuve muerto; y he aquí, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades” (Apocalipsis 1:17-18).

Esas simples palabras transmitieron un poderoso mensaje de tremendo aliento para Juan, y para todos los creyentes: el Señor no es nuestro verdugo. Aunque Cristo administra el castigo y el juicio contra la iglesia, la deuda por nuestros pecados ya ha sido pagada. “Estaba muerto” y está “vivo para siempre”. Esa simple verdad debe animar perpetuamente nuestros corazones en la agradecida seguridad de nuestra salvación. Juan proclamó esta gran seguridad en su saludo inicial: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,” (Apocalipsis 1:5). Sólo Cristo tiene “las llaves de la muerte y del Hades”. Los redimidos no tienen nada que temer. Jesús proclama: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, 26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás.” (Juan 11:25-26). Esta fue la seguridad y el consuelo que trajo a Juan en medio de su temor: Tu deuda ya ha sido pagada. Tú me perteneces, y nada -ni siquiera tu pecado- puede cambiar eso.

Juan no había malinterpretado su visión; Cristo se movía en juicio contra su iglesia. Pero el justo Juez no venía por Juan. Él tenía trabajo que cumplir para su amado apóstol. Él dijo: “Escribe, pues, las cosas que has visto, y las que son, y las que han de suceder después de estas cosas” (Apocalipsis 1,19). La comisión de Juan aún no estaba completa. Tenía el deber de registrar lo que ya había visto, lo que el Señor todavía tenía que decir a las iglesias de Asia Menor, y las visiones proféticas que se desarrollan a lo largo del resto del libro. En otras palabras, “Levántate. Desempólvate. Y ponte a trabajar.”

Esa misma seguridad y aliento se extiende a cada creyente. El terror inicial de ver a Dios moverse en juicio contra Su iglesia se convierte en consuelo cuando reflexionamos sobre lo que Él ha hecho por nosotros. No tenemos nada que temer porque Cristo ha muerto y resucitado por nosotros. Él nos ha redimido, y siempre está intercediendo por nosotros, protegiendo nuestra pureza, y proveyendo pastores fieles para guardar su rebaño. Sorprendentemente, a pesar de nuestra indignidad, Él tiene trabajo que realizar para nosotros. No vamos a escribir otro libro de la Biblia. Pero hemos sido llamados a proclamar la gloria de Su evangelio hasta los confines de la tierra. Es hora de ponerse a trabajar.

(Adaptado de Christ’s Call to Reform the Church)


Disponible en línea en: https://www.gty.org/library/blog/B190213
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