La Lógica Defectuosa del Bautismo de Niños
La Lógica Defectuosa del Bautismo de Niños
Por Robb Brunansky
¿Qué deben pensar los cristianos sobre el bautismo? Hace poco me encontré con este artículo en X que defiende el bautismo de niños:
1. Los hijos del pueblo de Israel debían ser circuncidados (Gn 17:12) 2. La Iglesia es el nuevo Israel (Gal 3:29) 3. El bautismo es la nueva circuncisión (Col 2,11-12) 4. Por tanto, los hijos de los miembros de la iglesia deben ser bautizados.
Aunque el argumento es breve, resume bien el pensamiento de quienes defienden el bautismo de niños. La lógica podría parecer que funciona en la superficie, pero cuando se profundiza en lo que estos textos realmente dicen, y lo que realmente es el bautismo, se ve cómo la lógica del bautismo de niños se rompe, y la única posición viable que un cristiano debe tomar en el bautismo es el bautismo de creyentes.
El primer punto que expone es que «los hijos del pueblo de Israel debían ser circuncidados». Este punto tiene algún mérito, aunque es terriblemente anacrónico. En Génesis 17:12, Israel todavía no había nacido, no había «pueblo de Israel» en existencia todavía, y la señal fue dada a Abraham. La señal de la circuncisión en la carne se convirtió más tarde en parte del Pacto Mosaico (Levítico 12:3 )con la nación de Israel. Aunque esto pueda parecer una división, las distinciones entre los pactos son vitales, como veremos.
Citando Gálatas 3:29, el segundo punto de su argumento es que «la iglesia es el nuevo Israel». Como nota al margen, saltarse por completo el pacto mosaico es un movimiento extraño. La circuncisión era parte de ese pacto, y los creyentes que quieran entender los pactos y las señales del pacto deberían estudiar cada pacto en su contexto y no pasar alegremente por alto un pacto que ocupa una porción significativa de la Biblia (por no mencionar una porción significativa de Gálatas 3). Pero más concretamente, en ninguna parte de las Escrituras leemos que la iglesia sea el «nuevo Israel». Gálatas 3:29 dice que los que están en Cristo son descendientes de Abraham, lenguaje que es bastante específico y significativo. La Biblia no dice nada de un «nuevo Israel».
En Romanos 11, tenemos el capítulo más claro de la Biblia sobre la relación de judíos y gentiles con el pacto abrahámico, y Pablo deja claro que la raíz es la misma. Dios no abandonó ni reemplazó a Israel, y la raíz del pacto permanece intacta. Dios no plantó un nuevo árbol ni estableció un nuevo pueblo. Dios separó a los judíos incrédulos a causa de su incredulidad e injertó a los gentiles por la fe. En lugar de crear un nuevo Israel, Dios estableció un nuevo pacto a través de la muerte de Su Hijo. El nuevo pacto no reemplaza a Israel con un nuevo Israel, pero sí reemplaza el antiguo pacto con un nuevo pacto. Aquellos que eran el pueblo de Dios bajo el pacto mosaico ya no son Su pueblo por medio de ese pacto, puesto que ese pacto ya no está en vigor. Aunque mucho se podría decir aquí para desenredar las relaciones de los diversos pactos bíblicos, baste decir para nuestros propósitos que la Biblia no indica que la iglesia es el nuevo Israel, sino que la iglesia es el pueblo de Dios en Cristo bajo el nuevo pacto.
Una vez que el segundo punto se desmorona, el resto no puede sostenerse. El tercer argumento es que el bautismo es la nueva circuncisión. El texto citado es Colosenses 2:11-12. El problema con este argumento es que la Escritura en ninguna parte describe el bautismo con manos humanas, es decir, el bautismo en agua, como la señal de membresía del nuevo pacto, y ciertamente nunca reemplaza la circuncisión física con el bautismo en agua. Colosenses 2:11 hace este punto exacto. Pablo dice que en Cristo fuimos «circuncidados con una circuncisión hecha sin manos» (énfasis añadido). Eso significa que la circuncisión que experimentamos como creyentes en el nuevo pacto no fue nada que el hombre nos hizo, sino algo que Dios nos hizo. Pablo usa esta misma terminología para describir la circuncisión del nuevo pacto en Romanos 2:28-29.
La verdadera circuncisión no es el bautismo en agua con las manos, sino la circuncisión del corazón por el Espíritu de Dios.
Por lo tanto, podemos concluir que la circuncisión sigue siendo la señal de pacto, pero no la circuncisión física en la carne hecha con las manos, que era una prefiguración externa de la verdadera circuncisión del corazón en el nuevo pacto, sino la circuncisión del corazón por el Espíritu. La circuncisión como señal de pacto no fue sustituida, sino llevada a su plenitud en el nuevo pacto.
Cuando Pablo menciona el bautismo en Colosenses 2:12, es obvio que no se refiere al bautismo en agua realizado por manos humanas. Lo compara con la circuncisión porque, así como el Espíritu circuncida nuestros corazones, el Espíritu también nos bautiza en el cuerpo de Cristo. Ambos eventos son «sin manos». No fuimos sepultados con Cristo en el bautismo de agua, sino en el bautismo del Espíritu. No fuimos resucitados con Cristo en el bautismo de agua sino en el bautismo del Espíritu. No fuimos hechos parte de la iglesia a través del bautismo en agua sino a través del bautismo en el Espíritu (1 Cor 12:13). Pablo indica esto de nuevo al notar que fuimos resucitados con Cristo a través de la fe, no a través del agua. Entonces, es apropiado equiparar la circuncisión con el bautismo, pero sólo en este sentido: el bautismo y la circuncisión bajo el nuevo pacto son ambos actos que Dios realiza sobre Su pueblo sin manos humanas sino simple y únicamente por el poder del Espíritu. Estos son las señales del nuevo pacto, la circuncisión del corazón realizada por el Espíritu y la inmersión en el cuerpo de Cristo realizada por el Espíritu.
Por lo tanto, sólo deben bautizarse los que han recibido la señal del nuevo pacto, es decir, la obra salvadora del Espíritu en el corazón. El bautismo en agua es una señal externa de lo que el Espíritu ha obrado en nosotros. Como Efesios 1:13 aclara, el Espíritu es dado como la señal y el sello del nuevo pacto en Cristo. Como aclara Gálatas, prescindimos de la circuncisión de la carne no porque haya sido sustituida por el bautismo en agua, sino porque por la fe hemos recibido el Espíritu, que nos señala como descendientes de Abraham (Gal 3:2, 14, 29).
Puesto que la señal y el sello de pertenencia al nuevo pacto es la presencia del Espíritu, que circuncida nuestros corazones y nos bautiza en el cuerpo de Cristo, sólo los que tienen el Espíritu de Dios deben ser bautizados en agua.