La Necesidad de un Cambio Interno

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por Jay Adams

Cuando un matrimonio se convierte en una pelea de box, cuando un hombre tiene dificultad en conservar un trabajo, cuando una persona es tan temerosa que no quiere salir de su recámara, o cuando un niño trata de envenenar a sus padres, todos estarán de acuerdo en que es necesario un cambio. Me doy cuenta de que R.D. Laing de Gran Bretaña, y algunos otros como él, sostienen que los llamados esquizofrénicos no son anormales y que es el resto de nosotros quienes necesitamos cambiar (al menos en nuestra evaluación de la esquizofrenia); pero esa perspectiva rara e insignificante es la excepción a la regla. Cuando alguien encuentra difícil llevarse bien con otros, la mayoría están de acuerdo que algo debe cambiar, y por lo tanto la consejería esta a la orden.

El cristiano consejero esta de acuerdo. Pero a diferencia de su contraparte secular, el cristiano considera la incapacidad de una persona de llevarse bien con Dios y ser aun una causa más básica para la consejería. Cualesquiera que sean los problemas de uno, no puede haber ningún cambio que sea aceptable a Dios y a la larga, para el aconsejado, hasta que el cambio positivo y fundamental hacia Dios haya ocurrido. La mayoría de los consejeros aun muchos de los consejeros cristianos, pasan por alto este factor crucial. Preocupados por los problemas en el plano horizontal, ignoran u olvidan que los problemas primero deben establecerse sobre la vertical. Los dos van juntos. La suma de los mandamientos es el amor hacia Dios y el amor hacia el prójimo. Vinculando estos dos grandes mandamientos, Jesús dejó en claro que debemos considerar completamente ambas dimensiones. Juan, en su primera carta, de la misma manera demostró como usted no puede tener una cosa sin tener la otra (1 Juan 4:8; 5:1, 2). El cambio bíblico debe darse completamente a la cuenta de ambos conjuntos de obligaciones.

Tomando seriamente la dimensión vertical se hace imposible llamar simplemente al hogar convertido en arena de box un problema de inmadurez o incompatibilidad o alguna otra dificultad horizontal. Si la pareja persiste en una inapropiada relación ante Dios, no pueden mantener por mucho tiempo una relación apropiada hacia el otro. Por el contrario, las malas relaciones sin resolver del uno hacia el otro impiden una buena relación con Dios. (Vea, e.g., 1 Pedro 3:7: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo) Las relaciones humanas son de tres caminos, y no un asunto de dos. Esto significa que el cambio bíblico aceptable, toma en consideración las relaciones de uno tanto de Dios como del hombre. A esa extensión es complicado, a diferencia de los esfuerzos simplistas para efectuar el cambio sin referencia a Dios. Cualquier consejero que desee aconsejar bíblicamente debe contar con la complejidad del cambio.

No deseo entrar profundamente en materia aquí porque lo he tratado detalladamente en otro lugar[1]. Pero no puedo evitar notar aquí cuan lamentable es que muchos cristianos han asumido prácticas y teorías de consejería simplistas, ideadas por incrédulos, que no tienen lugar para Dios, permitiéndole su centralidad. Cuando los consejeros aceptan con eclecticismo estos enfoques, aun sus resultados aparentemente positivos son malos. Sus mejores resultados son solo aparentemente buenos. Si Dios ha sido ignorado en el proceso de consejería, no hay manera en que los resultados aparentemente buenos puedan durar a la larga. El tiempo lo dirá.

¿Cómo es que tales resultados son aparentemente buenos? Si los temores de alguien son aliviados, si uno que no pudiera tener un trabajo aprende como hacerlo, y si un niño deja de envenenar a sus padres, ¿Qué hay de malo con eso? La pregunta es fundamental y merece una respuesta minuciosa.

A los ojos de un judío común, el fariseo era un buen hombre. El guardaba la ley, era un ciudadano modelo, y observaba los rituales religiosos necesarios escrupulosamente. En apariencia el era un hombre recto, cuya vida estaba en orden y cuyos problemas no se le salían de la mano. Y como el joven rico, que pensaba que era bueno. El fariseo común debía estar bastante satisfecho consigo mismo. Pero Jesús lo veía muy diferente: “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mat. 5:20). Al señalarlos, la justicia del escriba (maestro religioso) y el fariseo (un miembro de la estricta secta religiosa de los judíos) era puro espectáculo sin sustancia, porque no era de corazón (vea Mat. 6:1-5, 16-18, 15:1-20, etc.). No agradaban a Dios.

Y aun toda esta religiosidad externa y socialmente estimada, la cual seguía a las tradiciones de los ancianos, era aparentemente satisfactoria para aquellos que la buscaban. Sabemos esto porque Jesús presenta al fariseo como una persona autosuficiente y satisfecha consigo mismo en Su parábola del fariseo y el recolector de impuestos (Lucas 18:9-14) y en otra ocasión declaró “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Lucas 5:31). Los fariseos no se arrepentían de sus pecados precisamente porque pensaban que ya eran buenos. En su opinión, ellos no estaban “enfermos” como las “otras” personas. ¡No veían la necesidad de un Gran Medico!

¿Qué tiene que ver todo esto con el cambio? Simplemente esto: el cambio externo puede parecer bueno para los demás, aun para uno mismo, pero a los ojos de Dios no. Si, por ejemplo, usted deja de robar a las personas, ellos tienen su dinero y usted no va a la cárcel: los resultados son socialmente buenos. Pero, si ese cambio externo no incluye un cambio de corazón hacia Dios, creará una persona satisfecha consigo misma quien, que hasta ese punto, se ha hecho un fariseo. Los cambios externos que no son seguidos por un cambio interno hacia Dios siempre alejan más a la persona del Señor. Así que el cambio socialmente bueno puede resultar religiosamente malo.

“¿Pero no es bueno para las personas dejar de robar a los demás?” Ciertamente, y el cristiano debe apoyar las leyes que hagan más difícil el robo. Pero esto difiere de la consejería diseñada para traer un cambio aceptable para Dios en la vida del ladrón[2]. Contener el mal no es lo mismo que promover el bien.

Hay dos clases de “bienes” compitiendo en este mundo. Jesús tenía esto en mente cuando El reprendió al joven rico diciéndole “No llames a nadie bueno”. Debido a que tenía una perspectiva humanística de la bondad, el joven pensaba que se había hecho bueno guardando los mandamientos aparentemente y juzgó a Jesús por el mismo estándar. Por lo tanto, al llamar a Jesús “bueno”, el quiso decir lo opuesto de lo que quiso decir con esa palabra. “A menos que estés dispuesto a llamarme bueno como Dios es bueno.” Jesús implicó “no me debes llamar bueno en absoluto”. Jesús insistió en la diferencia aguda entre la bondad aparente, externa, social, farisaica y humanista del joven y la bondad que fluía de Su propio corazón sin pecado. Asimismo, los consejeros deben distinguir entre el cambio justo, el cual viene de Cristo, y el cambio farisaico de los escribas y fariseos de hoy en día.

Es absolutamente esencial para el consejero optar por el cambio que es satisfactorio para Dios, y no meramente un bien social. Claro, es mejor para las personas no robar a los demás – ¡Especialmente para los “otros”! Pero cuando da consejería, el cristiano consejero no hace ni impone las leyes. El esta ministrando la Palabra de Dios a los corazones de las personas. Dios no lo llamó para producir fariseos, quienes se conforman solo con las apariencias. El consejero cristiano ministra la Palabra de Dios en una manera que transforme la vida, de manera que Dios mismo cambia al aconsejado –de corazón hacia fuera. El consejero es un ministro no de reforma sino del evangelio, el cual es siempre un ministerio de transformación. El cambio que el busca debe ser sustancial, en el cual Dios lleva al aconsejado a acercarse más a El.

La consejería simplista, superficial y sin sustancia enseña a las personas a depender en ellas o de otros hombres ignorando así a Dios. Los aconsejados pueden ser guiados a pensar: “estamos bien sin el Espíritu Santo, gracias.” Dios no ha llamado a los consejeros cristianos a fabricar más fariseos; ya hay los suficientes. Entre más exitoso sea la consejería no cristiana en aliviar los infortunios y las miserias del aconsejado ayudándoles a caer en la línea con su cultura, más fariseos producirá.

Si tuviera que escoger poner una taberna o una iglesia liberal en una esquina, escogería la taberna todo el tiempo. Las personas que beben el cheque del salario son menos propensas a que se hagan fariseos pensando que no necesitan un Gran Medico, que aquellos que beben semanalmente la doctrina soporífera de la bondad del hombre. Es por esto que los “pecadores” y los “recaudadores de impuestos” se reunían con Jesús y los líderes religiosos no. Debido a que El expuso la falsedad del estilo de vida perverso continuamente, que estos líderes socialmente aceptables finalmente lo llevaron a la muerte (vea Mat. 23).

Muchos predicadores nunca se imaginarían predicar un cambio mediante una reforma; ellos entienden bien que la regeneración es esencial para el cambio piadoso. Enseñan igualmente que ese cambio aceptable en la vida regenerada de una persona debe venir por la obra santificadora del Espíritu dentro de ella. Sin embargo, muchos de estos mismos hombres se bajan de sus púlpitos y se ponen una gorra completamente diferente cuando entran al cuarto de consejería. Allí se conforman con un proceso de cambio que causa solamente resultados exteriores y sociables.

La inconsistencia obvia entre estas dos prácticas parece absurda hasta que usted reconoce o que ha sucedido. Estos predicadores han vendido una mercancía falsa en el seminario o en los libros “cristianos” que promueven teorías y procesos de consejería ecléctica. Este eclecticismo cuando es marinado en lenguaje religioso a menudo pasa como si fuera cristiano. Pero, una vez más su semejanza a la consejería genuinamente cristiana, en donde la obra del Espíritu es primordial, es solo aparente. Si alguien era religioso, era el fariseo. Sin embargo Jesús llamó a una justicia que “excediera” la justicia farisaica la cual es como trapos de inmundicia a los ojos de Dios.

Los fariseos, “ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Rom. 10:3). Los aconsejados no deben ser guiados al mismo patrón de perversidad de aquellos que debe conocer mejor. Dios ha nombrado a los consejeros cristianos como guías para un cambio que es dirigido hacia la piedad. Tal cambio:

  1. Proviene de un cambio interno de corazón.
  2. Es logrado por el Espíritu Santo.
  3. Es por lo tanto enteramente aceptable a Dios.

Nada menos hará.

Como usted puede ver, el proceso del cambio que debe ser seguido por los consejeros cristianos, por la naturaleza de las cosas, difiere radicalmente de todos los procesos que guían al cambio solo en el nivel horizontal. Es un cambio sustancial porque Dios mismo lo ha provocado. Es por esto que debemos estudiar cuidadosamente lo que Dios ha dicho acerca del proceso del cambio, conocerlo a profundidad y estar listos y dispuestos a seguirlo todo el tiempo en la consejería.


[1] Vea Competent to Counsel (1970), The Christian Counselor’s Manual (1973) y More Than Redemption (1980).

[2] Intentar hacer tal cambio es lo mismo que echar “perlas a los cerdos” (Mat. 7:6)

Un comentario sobre “La Necesidad de un Cambio Interno

    JULIO M escribió:
    24 enero 2014 en 5:09 pm

    AMEN

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