El Amor de Dios por el Mundo Inconverso

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El Amor de Dios por el Mundo Inconverso

Por John Macarthur

Estoy convencido por la Escritura que el odio de Dios hacia los perversos, no es un odio no mezclado con compasión, misericordia o amor. Sabemos por la experiencia humana que ese amor y odio son mutuamente exclusivos. No es un poco inusual tener sentimientos concurrentes de amor y odio dirigidos hacia la misma persona. Hablamos a menudo de personas que tienen relaciones de amor y odio. No existe razón de negar esto en un sentido más infinitamente más puro y noble, el odio de Dios hacia el impío es acompañado por un sincero y amor compasivo para ellos también.[1]

El hecho que Dios envía al eterno infierno a todos los pecadores que persisten en el pecado y en no creer prueba su odio hacia ellos. Por el otro lado, el hecho de que Dios promete perdonar y traer a su eterna gloria a todos los que confían en Cristo como Salvador –y aun llama los pecadores arrepentirse- prueba su amor hacia ellos.

Tenemos que entender que está en la naturaleza de Dios el amar. La razón por la que Dios nos manda amar a nuestros enemigos es “para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mat 5:45). Este pasaje y los versos en el contexto inmediato refuta lo que Arthur Pink dice que Jesús nunca dijo a los pecadores que Dios los amaba. Aquí Jesús claramente caracteriza a su Padre como uno quien ama aun a aquellos que se proponen a sí mismos en enemistad contra él.

Mientras nosotros somos impacientes al preguntar porque un Dios amoroso permite que le sucedan cosas malas a sus hijos, seguramente deberíamos preguntar porque un Dios santo permite que le sucedan cosas buenas a gente mala. La respuesta es que Dios es misericordioso aun con aquellos quienes no son suyos.

En este punto, sin embargo, una distinción importante de hacerse: Dios ama a los creyentes con un amor particular. Es un amor familiar, el amor primordial para un padre eterno por sus hijos. Es un eterno amor que garantiza su salvación del pecado y su horrenda penalidad. Este amor especial es reservado solamente a los creyentes. Restringiendo esta salvación y su amor eterno hacia sus escogidos no hace que vierta Dios su compasión, misericordia, bondad y amor para el resto de la humanidad insincera y sin sentido. Cuando Dios invita a los pecadores y arrepentirse y recibir perdón (Isa. 1:18; Mat. 11:28-30) Su petición es de un sincero corazón de amor genuino. “Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” (Ezeq. 33:11). Claramente Dios no ama a todos aquellos que rechazan su tierna misericordia, pero es una diferente calidad de amor, y diferente en grado de su amor para Si.

Un paralelo en la esfera humana seria este: Yo amo a mis semejantes. Tengo orden por numerosos pasajes a amarlos así como a mí mismo. (Lev. 19:18, Matt 22:39; Luc 10:29-37). También amo a mi esposa. Eso, también, es de acuerdo a la Escritura (Ef. 5:25-28; Col. 3:19). Pero claramente mi amor por mi esposa es superior, ambos en excelencia y en grado, a el amor hacia mis semejantes. Yo escogí a mi esposa; pero no escogí a mis semejantes. Voluntariamente traje a mi esposa dentro de mi familia a vivir conmigo por el resto de nuestras vidas. No hay razón para concluir que no dándoles el mismo privilegio a mis vecinos, mi amor hacia ellos no es real y genuino. Asimismo es con Dios. El ama a los elegidos en una manera especial reservada solo hacia ellos. Pero eso no hace que su amor sea menos verdadero hacia el resto de la humanidad.

Además, aun en la esfera humana, el amor hacia mi cónyuge y el amor hacia mis vecinos no agotan las diferentes maneras de amor que compartimos. También amo a mis hijos con mucha fervencia; también los puedo amar con una calidad diferente de amor que el amor hacia mi esposa. Y amor a mis vecinos cristianos en una manera que sobrepone al amor hacia mis vecinos no cristianos. Obviamente el amor genuino viene en diferentes maneras y tipos. ¿Porque es difícil para nosotros de concebir que el mismo Dios ame de diferente manera y con diferentes efectos?

El amor de Dios es infinito eterno, y amo salvífico. Sabemos por al Escritura que si gran amor fue la gran causa para nuestra elección (Ef. 2:4). Tal amor claramente no es dirigido hacia toda la humanidad indiscriminadamente, peor si concedido únicamente e individualmente en aquellos a quienes Dios escogió en el pasado.

Por esto, no se deduce que la actitud de Dios hacia aquellos que Dios no elige debe ser un odio sin mitigar. Seguramente su petición hacia el perdido, su ofrecimiento hacia el reprobado y el llamado del evangelio hacia aquellos que oyen son todas expresiones sinceras del corazón de un Dios amoroso. Recordemos, el no tiene placer en la muerte del impío, pero tiernamente llama a los pecadores a que se vuelvan de sus malos caminos y viva. El libremente ofrece el agua de vida a todos (Isa. 55:1, Apoc. 22:17) Estas verdades no son incompatibles con la verdad de la soberanía divina.

La teología reformada ha sido históricamente la rama del evangelicalismo más fuerte comprometida con la soberanía de Dios. Al mismo tiempo, la corriente de teólogos reformados han afirmado siempre el amor de Dios parta todos los pecadores. El mismo Juan Calvino escribió acerca de Juan 3:16: “Dos puntos son distintivamente establecidos a nosotros, es decir, la fe en Cristo trae vida a todos, y Cristo trajo vida, porque el Padre ama la raza humana y desea que no perezca nadie” (Juan Calvino, Comentario en una armonía a los evangelios). Calvino agrega esto:

“(En Juan 3;16) ha utilizado el término “mundo”, ambos para invitar a todos indiscriminadamente a participar de la vida, y para quitar cualquier excusa de los inconversos. Es también la importancia del término “mundo”, que el usa prácticamente para que nadie quien se encuentre en el mundo se resista y sea alejado del favor de Dios, él se muestra asimismo para reconciliarse con todo el mundo, cuando el invita a todos sin excepción a la fe en Cristo, el cual no es otra cosa que la entrada a la vida. Recordemos, en la otra mano, la vida es prometida universalmente a todos aquellos que creen en Cristo, la fe sola no es común a todos, pero la elección sola es hacia aquellos a quienes Dios abre los ojos, que hacen que le busquen en fe”

El comentario de Calvino, es tanto bíblicos como equilibrado. El hace ver que la invitación del evangelio y “el mundo” que Dios ama no se limita solo a los elegidos. Pero el también reconoce la elección de Dios, y su amor salvador es únicamente concedido a sus elegidos.

Estas son las mismas verdades que han sido vigorosamente defendidas por un sin fin de reformadores incondicionales, incluyendo Thomas Boston, John Brown, Andrew Fuller, W.G.T. Sheed, R.L. Dabney, B.B. Warfield, John Murray, R.B. Kuiper y muchos otros. En ningún sentido creyeron en una regla soberana divina fuera del amor de Dios hacia toda la humanidad.

Podemos ver hoy en día un casi improcedente interés en las doctrinas reformadas y la era puritana. Estoy muy animado por esto en muchos aspectos. Yo regresé a estas históricas verdades, estoy convencido que es absolutamente necesario, si es que la iglesia quiere sobrevivir, y hay un peligro cuando se cela demasiado el alma de esta doctrina como la soberanía divina para negar así la caridad de Dios al ofrecer la misericordia hacia todos los pecadores.

Debemos mantener equilibrado cuidadosamente la perspectiva al continuar el estudio del amor de Dios. El amor de Dios no puede ser aislado de su Ira y viceversa. Ni su amor ni su Ira están en oposición uno a otro como un principio místico de ying-yang ambos atributos con constantes, perfectos, sin flujo y reflujo. Dios mismo es inmutable e incambiable. Su Ira coexiste con Su amor, por tanto, los dos nunca se contradicen. Tales son las perfecciones de Dios que nunca podremos comprender estas cosas. Sobre todo, no debemos poner una contra la otra como si hubiera de alguna manera una discrepancia en Dios. Dios es siempre verdadero así mismo y verdadero a su Palabra. (Rom 3:4; 2ª Tim 2:13)

La Ira y el amor de Dios ambas trabajan hacia el mismo último fin: Su gloria. Dios es glorificado en la condenación de los malvados, y él es glorificado en la salvación de su pueblo. La expresión de Su ira y la expresión de Su Amor son ambas necesarias para mostrar Su completa gloria. Desde que Su gloria es el gran diseño de su plan eterno, y desde que todo lo que el ha revelado acerca de sí mismo es esencial para Su gloria, no debemos ignorar ningún aspecto de Su carácter. No podemos magnificar Su amor para excluir a los otros atributos.

Sin embargo, aquellos quienes verdaderamente conocen a Dios van a testificar que el más profundo deleite espiritual es derivado del conocimiento de Su amor. Su amor es lo que nos lleva hacia El en primer lugar: “le amamos, porque El nos amó primero” (1ª Jn. 4:19). Su amor (ciertamente nada digno en nosotros) es la razón por la que El nos salvó y nos concedió a nosotros tales privilegios espirituales: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:4-6)


[1] Esto no sugiere que Dios es ambivalente. Dios es perfectamente consistente consigo mismo (2ª Tim 2:13). Contradecirse asimismo no puede existir en su mente. Lo que estoy diciendo es esto: Dios en un real y sincero sentido odia al impío por causa de su pecado, también en un sentido real y sincero el también tiene compasión, piedad, paciencia y real afecto por ellos por causa de su propia naturaleza amadora.

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