¿Qué enseña Hechos sobre el bautismo?
¿Qué enseña Hechos sobre el bautismo?
por Robb Brunansky
Una de las razones principales de la confusión sobre el bautismo en la iglesia es un malentendido de este tema en el libro de Hechos.
Sin embargo, comprender Hechos es un desafío porque las narrativas ocurren durante un período de transición histórica, a medida que nos movemos del antiguo al nuevo pacto. Como tal, no todo lo que está dentro de Hechos es normativo para la iglesia a lo largo de su historia. Un desafío relacionado es separar lo descriptivo de lo prescriptivo en el libro. Algo descriptivo simplemente significa que Lucas, bajo la inspiración del Espíritu Santo, nos está contando lo que sucedió. Algo prescriptivo significa que Lucas nos está diciendo lo que la iglesia debe imitar en todo lugar y en todo tiempo.
Si resolvemos correctamente estos desafíos, veremos que los ejemplos en Hechos nos ayudan a comprender la importancia del bautismo y cómo la iglesia primitiva obedeció el mandato de Jesús de hacer discípulos. Hechos muestra que el bautismo es por inmersión, para creyentes, y es una manifestación externa de arrepentimiento, fe en Jesús, limpieza del pecado y la recepción del Espíritu Santo.
Para reconocer estas verdades sobre el bautismo en Hechos, debemos comenzar con el encargo final.
Lucas, el autor de Hechos, asume que Teófilo, el lector original, está familiarizado con todo lo que hay en su Evangelio, incluyendo el bautismo (Hechos 1:1-2). Teófilo entiende, por lo tanto, que el bautismo comenzó con Juan el Bautista como una demostración externa de arrepentimiento para el perdón de los pecados; que el bautismo era por inmersión mientras la gente confesaba sus pecados y su necesidad de perdón; y que el bautismo de Jesús estableció el estándar para el bautismo cristiano en el futuro. También entiende que Jesús tenía un bautismo que sufrir en la cruz, y que el bautismo es una metáfora del juicio divino. Este fundamento nos da una mejor comprensión del bautismo en Hechos.
El libro de Hechos comienza con el encargo final de Jesús a Sus discípulos: la Gran Comisión (Hechos 1:4-5; cf. Mateo 28:18-20). Jesús no les da claridad a Sus discípulos sobre la consumación del reino porque ellos tienen un encargo final que cumplir, el cual es dar testimonio de Él a todas las naciones (Hechos 1:7-8). Los apóstoles deben ir hasta los confines de la tierra para hacer discípulos, y el primer paso en el proceso de aprender a obedecer a Cristo para un nuevo discípulo es ser bautizado. Nada en este pasaje indica que alguien más, aparte de los discípulos, deba ser bautizado.
Con ese fundamento, pasamos a cómo se relaciona el bautismo con los primeros cristianos.
En Pentecostés, Pedro dice: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2:38). Quienes se han arrepentido deben ser bautizados en agua para demostrar el perdón de los pecados. Juan el Bautista también bautizaba a las personas como señal de arrepentimiento (Mateo 3:11).
Pedro añade: «Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hechos 2:39). Esta promesa proviene del versículo anterior: el perdón de los pecados y el don del Espíritu, los cuales eran pilares clave de la promesa del nuevo pacto profetizada en el Antiguo Testamento. Esa promesa era para los oyentes de Pedro, sus hijos, los que están lejos y para tantos como Dios llamara para Sí mismo.
Entonces, ¿cómo se aplica esta promesa a los hijos de estas personas? ¿Está indicando Pedro que los hijos incrédulos deben ser bautizados? La respuesta debe ser un rotundo «no», porque eso significaría que no solo debemos bautizar a los hijos de estas personas, sino también a todos los que están lejos (haciendo referencia a los gentiles). La promesa llega solo a aquellos que Dios llama para Sí, lo cual se demuestra mediante el arrepentimiento. No deberíamos bautizar a niños incrédulos de la misma manera que no bautizaríamos a gentiles incrédulos. Los miembros de ambos grupos tienen el mismo evangelio y la misma promesa de salvación si se arrepienten y creen.
El texto también es claro en que las personas que fueron bautizadas fueron aquellas que recibieron la Palabra de Dios (Hechos 2:41). Los apóstoles no bautizaron a niños, sino solo a quienes se arrepintieron y reconocieron que Jesús es Señor y Cristo. Vemos, entonces, que las personas en Pentecostés fueron bautizadas como señal de limpieza, que recibieron el Espíritu Santo al arrepentirse, y que solo aquellos que recibieron la Palabra fueron bautizados.
Una segunda escena más adelante en el libro es más enigmática (Hechos 8:4-24). Felipe viaja a Samaria, predicando a Cristo y haciendo señales milagrosas, lo que llevó a que muchos creyeran en Jesús (Hechos 8:12). La indicación nuevamente es que solo aquellos que creyeron en el evangelio debían ser bautizados. Aunque la mención del arrepentimiento se omite en gran medida en este relato, vemos en Hechos que Lucas ofrece varias declaraciones resumidas usando una o ambas palabras, «arrepentimiento» y «fe», enseñando que estas dos siempre están vinculadas en la predicación apostólica del evangelio.
Hay una tercera escena, que es la conversión del eunuco etíope (Hechos 8:26-40). El texto refleja la creencia de la iglesia primitiva de que el bautismo requería fe en Cristo, lo cual el eunuco demostró claramente. Este relato coincide con la descripción en los relatos de los Evangelios, de que el bautismo se realiza por inmersión en agua.
También debemos considerar cómo se relaciona el bautismo con las conversiones familiares (o bautismos de hogares), que son algunos de los argumentos más utilizados por los defensores del paidobautismo (bautismo de niños).
Los primeros bautismos de hogares registrados ocurren con Cornelio y su casa, quienes fueron los primeros conversos gentiles (Hechos 10-11). Mientras Pedro predicaba el evangelio, el Espíritu cayó sobre los que escuchaban, lo cual fue una evidencia irrefutable de que Dios estaba salvando a judíos y gentiles de la misma manera, limpiando sus corazones por la fe en Cristo. Una vez que Pedro vio a estos gentiles recibir el Espíritu, concluyó que necesitaban ser bautizados en agua. Pedro no sugiere que alguien que no tenga el Espíritu deba ser bautizado, sino solo aquellos que han recibido el Espíritu Santo. Este evento demostró la conversión y, por lo tanto, el bautismo de toda la casa.
El segundo episodio es con Lidia, donde no sabemos exactamente cómo estaba compuesta su casa (Hechos 16:14-15). Debido a que este episodio está resumido, es mejor permitir que los otros bautismos de hogares informen nuestro entendimiento, en lugar de verlo como una excepción o derivar doctrina de los espacios en blanco.
El tercer episodio informa al segundo con mayor claridad, con el carcelero de Filipos (Hechos 16:25-34). Después de que Pablo y Silas evangelizaron al carcelero y a su casa, los destinatarios del mensaje del evangelio creyeron en Dios y fueron bautizados (Hechos 16:34). Es una obra asombrosa de gracia que no solo el carcelero, sino todos los demás en su casa, llegaran a la fe salvadora en Cristo. Si tenía hijos, estos tenían la edad suficiente para comprender y creer el evangelio, ya que el texto es claro en que todos en su casa recibieron la salvación.
Iniciando desde estos relatos, estos bautismos de hogares se describen mejor como conversiones familiares, porque cada miembro de la unidad se convierte y luego es bautizado. Los bautismos enseñados en los Evangelios siguen siendo la práctica a lo largo de Hechos: de creyentes, por inmersión, como una señal externa de recibir el Espíritu y recibir el perdón a través de la fe en Jesús como el Mesías.
Debemos considerar un último aspecto en Hechos, que es el bautismo en relación con el Pacto que estaba desapareciendo.
Uno de los relatos más extraños relacionados con el bautismo ocurre cuando Pablo se encontró con discípulos de Juan el Bautista en Éfeso (Hechos 19:1-7). Estos hombres no tenían conocimiento del Espíritu, ni presumiblemente del Mesías, por lo que Pablo los dirigió a Jesús. Los hombres creyeron en Cristo y fueron bautizados. Para simplificar este pasaje: Hechos 19 le cierra la puerta al antiguo pacto.
Como mencionamos al principio, Hechos es un libro de transiciones. Este relato demuestra que el antiguo pacto estaba desapareciendo y era insuficiente para salvar. No bastaba con creer en Moisés o en el ministerio o bautismo de Juan el Bautista. No bastaba con ser parte del pueblo del antiguo pacto de Dios. El antiguo pacto había terminado. La única manera de ser aceptado por Dios ahora era pasar a formar parte del pueblo de Su nuevo pacto a través de la fe en Jesús el Mesías. El bautismo en agua, entonces, es una identificación externa con Cristo y el pueblo de Su nuevo pacto, la iglesia.
Es por eso que el bautismo en agua es tan importante y se menciona repetidamente a lo largo del libro de Hechos. No es porque sea salvífico; más bien, el bautismo en agua es una declaración pública de que nuestra confianza para la salvación de la ira de Dios está únicamente en Cristo. Hechos nos muestra que el bautismo es una declaración de que solo Cristo nos salva de nuestros pecados, y que hemos creído en Él para salvación.