Conexiones de Pacto en Pablo (1)

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Por Paul M,. Henebury

Desde la dramática conversión de Pablo en Hechos 9, fue llamado a representar a Yahvé ante los gentiles. Sin embargo, nunca olvidó a su pueblo. A menudo comenzaba su estancia en una ciudad yendo a las sinagogas y exponiendo a Cristo a los judíos (por ejemplo, Hechos 13:14; 14:1; 17:1-3). Aunque no escribió exposiciones sistemáticas, las cartas ocasionales de Pablo lo califican como el mayor teólogo de la Iglesia cristiana. Su pensamiento es profundo y de múltiples capas, y no puedo hacerle justicia aquí. Mi interacción con Pablo es más modesta. Me interesa la investigación de cómo los pactos de Dios afectaron a su pensamiento. Y también me interesa saber cómo entendía la doctrina de la Iglesia con el trasfondo de los pactos del Antiguo Testamento, y el papel que desempeña la persona de Jesucristo en esa comprensión.

Pablo como Apóstol del Pacto(s)

Al igual que los demás escritores del NT, Pablo no habla explícitamente de los pactos bíblicos en muchos lugares. Dicho esto, la presencia del lenguaje de los pactos es fácil de encontrar, y la influencia de los pactos no es difícil de detectar. Basta con considerar los siguientes ejemplos para verlo con claridad:

Y esta confianza tenemos hacia Dios por medio de Cristo: 5 no que seamos suficientes en nosotros mismos para pensar que cosa alguna procede de nosotros, sino que nuestra suficiencia es de Dios, el cual también nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida.– 2 Corintios 3:4-6 (Mi énfasis).

Lo que digo es esto: La ley, que vino cuatrocientos treinta años más tarde, no invalida un pacto ratificado anteriormente por Dios, como para anular la promesa.. – Galatas 3:17.

Esto contiene una alegoría, pues estas mujeres son dos pactos; uno procede del monte Sinaí que engendra hijos para ser esclavos; este es Agar. Ahora bien, Agar es el monte Sinaí en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, porque ella está en esclavitud con sus hijos. Pero la Jerusalén de arriba es libre; esta es nuestra madre. – Gálatas 4:24-26.

Por supuesto, examinaré estas y otras escrituras a su debido tiempo, pero permítanme señalar uno o dos asuntos para empezar. En 2 Corintios 3 (56 d.C.), Pablo nos dice que comprende su ministerio en términos del Nuevo Pacto, y, al estilo del Nuevo Pacto, destaca la obra del Espíritu en este ministerio. En Gálatas 3 se refiere al «pacto [abrahámico] que fue confirmado antes [de la Ley] por Dios en Cristo». Mientras que en Gálatas 4 habla del simbolismo de dos pactos; el significado de Ismael y la esclavitud a la carne; el significado de Isaac y la libertad a través de la promesa de la gracia; la promesa del pacto con Abraham (de la que Ismael no formaba parte) trascendía los requisitos de la Ley.

Al tratar las Epístolas de Pablo, he decidido seguir un esquema temático en lugar de un esquema cronológico. El motivo es que quiero tratar a Pablo como un autor como he tratado a Lucas o a Isaías. No soy de la opinión de que el Apóstol inspirado pensara una vez de una manera y diez años después de otra. Por decirlo de otro modo, no creo que la inspirada carta a las iglesias de Galacia (c. 48-50 d. C.) muestre una mente teológica menos madura que la que encontramos en Romanos (56 d. C.) o en 2 Timoteo (c. 65 d. C.). Al fin y al cabo, estamos hablando de apenas quince años, y el carácter ocasional de la correspondencia de Pablo no permite obtener suficientes datos para teorizar sobre el estado de su doctrina mediante la comparación de sus cartas entre sí. Lo mismo ocurre con Pablo en el libro de los Hechos; sólo hay una teología de Pablo, no una teología ingenua y una teología madura.

También debo decir que no me impresiona la insistencia de muchos estudiosos críticos modernos como N. T. Wright y J. Christian Beker que nos instan a un «Pablo apocalíptico». Con este término tienen en mente la doctrina de Pablo sobre la intervención radical de Dios en los asuntos del mundo a través de su resurrección y el nuevo nacimiento y luego con su segunda venida. Por las razones que he expuesto en otro lugar, rechazo el uso de la noción de apocalíptico de esta manera, ya que siempre acaba interponiéndose en lo que dice el texto. Así, por ejemplo, acabamos teniendo un «evangelio apocalíptico»[1], no un evangelio directo con elementos teleológicos y escatológicos naturales. Lo que quiero tratar de mostrar es que Pablo pensaba de forma pactual. Una vez más, tengo que decir eso, Jesucristo había venido, se lleva el protagonismo, pero los pactos nunca se olvidan. Los pactos de Dios, especialmente los de Abraham y David, siempre han sido la base del mensaje. Es hora de volver a los pactos en Pablo.


[1] E.g., Anthony C. Thiselton, The Living Paul: An Introduction to the Apostle’s Life and Thought, Downers Grove, IL: IVP, 2009, 17.

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