Mucho Antes de Lutero

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Mucho Antes de Lutero

por John MacArthur

Nada es más importante que entender correctamente el evangelio. Es la diferencia entre la verdad y el error, la vida y la muerte, el cielo y el infierno. El asunto es tan crucial que la Biblia pronuncia una maldición sobre cualquiera que predique una versión falsa de él. El apóstol Pablo dijo a sus lectores: «Si alguien les anuncia un evangelio contrario al que recibieron, sea anatema» (Gá 1:9).

Ese es un lenguaje severo. Es lo más duro que llega a ser la Palabra de Dios: pronuncia condenación eterna sobre cualquiera que distorsione el evangelio. En una época de tolerancia posmoderna, esas palabras pueden sonar inquietantes o divisivas. Pero son absolutamente necesarias, porque la salvación está en juego. Si los pecadores han de ser perdonados y reconciliados con Dios, se les debe predicar el verdadero evangelio. Las buenas nuevas de la salvación solo por gracia, solo por medio de la fe, solo en Cristo, son el único camino por el cual alguien puede escapar del infierno y entrar al cielo.

En el siglo XVI, Martín Lutero y sus compañeros reformadores se levantaron contra la corrupción que dominaba el catolicismo romano. La principal de sus preocupaciones era la distorsión que Roma había hecho del evangelio. El catolicismo romano había socavado el evangelio de la gracia al establecer en su lugar un sistema sacramental de justicia por obras. El estudio que Lutero hizo del Nuevo Testamento, y en especial de la frase «el justo por la fe vivirá» (Ro 1:17; Gá 3:11; Heb 10:38; ver Hab 2:4), dio origen a su comprensión del evangelio y lo animó a oponerse al sistema falso de su tiempo. Y Dios usó a Lutero como una parte clave de la gran recuperación del evangelio conocida como la Reforma.

Pero antes de ser un teólogo lúcido, Lutero fue un monje confundido. Antes de ser una fuerza poderosa para el avance del evangelio, fue un fracasado atormentado que vivía en constante dolor espiritual. Aun después de ingresar a un monasterio, estaba profundamente deprimido y abrumado por tanta culpa que vivía en continua ansiedad y temor.

Como muchos en el siglo XVI, Lutero creía que el camino a la salvación dependía de su propio esfuerzo. Descubrió que ese camino era imposiblemente difícil. Hiciera lo que hiciera, no podía vencer la realidad de su propia pecaminosidad. Convencido de que tenía que alcanzar cierto grado de mérito para recibir la gracia de Dios, Lutero llegó a los extremos: ayunos hasta la inanición, ascetismo, noches sin dormir. Se castigaba a sí mismo en un esfuerzo por pagar por sus pecados y aplacar la ira de Dios. Aun así, no tenía paz, ni tampoco salvación.

Porque entendía la realidad del juicio divino, deseaba desesperadamente estar bien con Dios. El temor de Dios lo impulsaba a buscar reconciliación y perdón. Anhelaba una manera de escapar del infierno y entrar al cielo. Sin embargo, aun como monje que hacía todo lo que le era posible hacer, no podía encontrar alivio para su temor y su culpa. «¿Cómo puedo estar a cuentas con Dios?». Esa era la pregunta que atormentaba a Lutero. Es una pregunta que todo pecador debe hacerse. Pero es una pregunta a la que solo el evangelio da la respuesta verdadera.

La religión falsa invariablemente da la respuesta equivocada: «Sé bueno. Esfuérzate más. Procura establecer tu propia justicia». El apóstol Pablo criticó esa perspectiva en Romanos 10:3-4: «Porque desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree». La religión falsa enfatiza el esfuerzo humano y establece su propio estándar superficial de justicia.

En contraste, el verdadero evangelio enfatiza la bancarrota del esfuerzo humano. La salvación viene únicamente por creer en el Señor Jesús, quien pone fin a la tiranía de la ley. Por tanto, los pecadores son salvos por gracia por medio de la fe, aparte de sus propias obras. Son perdonados, no por lo que ellos han logrado, sino únicamente por lo que Dios realizó por medio de Cristo, una vez y para siempre.

Ese es el evangelio de Pablo, y eso es lo que Lutero encontró cuando comenzó a enseñar Romanos y Gálatas. Cuando el evangelio de la gracia irrumpió en el alma de Lutero, el Espíritu Santo le dio vida, y la paz y el gozo inundaron su corazón. Fue perdonado, aceptado, reconciliado, convertido, adoptado y justificado, solamente por gracia por medio de la fe. La verdad de la Palabra de Dios iluminó su mente, y las cadenas de la culpa y el temor cayeron de él.

Lutero fue salvo de la misma manera en que es salvo cualquier pecador. Como el recaudador de impuestos de Lucas 18, reconoció su absoluta indignidad y clamó a Dios pidiendo misericordia. Como el ladrón en la cruz, sus pecados fueron perdonados aparte de cualquier obra que hubiera hecho. Como el antiguo fariseo llamado Pablo, abandonó su confianza en los esfuerzos de su propia justicia y descansó, en cambio, en la justicia perfecta de Cristo. Como todo verdadero creyente, abrazó la persona y la obra del Señor Jesús con fe salvadora. Y habiendo sido justificado por la fe, por primera vez en su vida disfrutó de paz con Dios.

Es importante señalar que el asunto del evangelio no se resolvió hace 500 años en la historia de la iglesia. Se resolvió mucho antes de Lutero. Los reformadores respondían a la verdad clara y resonante de la Escritura, sometiéndose al mensaje del evangelio expresado en las páginas del Nuevo Testamento. Siguiendo los pasos de Cristo y de los apóstoles, proclamaron el evangelio bíblico con valentía y convicción.


Este extracto es una adaptación de Long Before Luther(Mucho antes de Lutero), de Nathan Busenitz, copyright © 2017.
Usado con permiso de Moody Publishers.

[Nota del editor: Este artículo se publicó originalmente en octubre de 2020 y ha sido actualizado].

Fuente


John MacArthur (1939–2025) fue rector de The Master’s University and Seminary; pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California; y maestro principal del ministerio de medios Grace to You.

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