Contendiendo por la Fe

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Contendiendo Por la Fe

Tomado del libro: Mas Alla de la Seducción

Dave Hunt

 

Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos. (Judas v .3)

Con los muchos recursos del mundo moderno a nuestro alcance,  nos es muy fácil contentarnos con poner en marcha un programa de la televisión cristiana o con hojear una revista o un libro cristiano para consultar las opiniones de expertos en lugar de reflexionar cuidadosamente las  cuestiones por nosotros mismos. El cristianismo nunca tuvo la intención de devenir una secta en la que se siga ciegamente al guía. Es responsabilidad y privilegio del cristiano individual sumergirse en la Palabra de Dios, estudiarla diligentemente, meditar acera de ella, y vivir por ella. La vida cristiana es una entrega de veinticuatro horas diarias y de siete días a la semana, no un juego que jugar parte del tiempo. No es un club al que unirse y que tenga sus rutinas en ciertas horas de días especiales en unas propiedades designadas y exentas de impuestos para que aquellos que asiste de manera constante (o incluso esporádica) puedan sentir la satisfacción de haber cumplido con su deber y luego volver a vivir la vida en el mundo real.

Un depósito sagrado

Nunca fue la intención de Dios que un cuerpo de especialistas de élite fuesen los únicos propietarios de la verdad bíblica, sino que cada cristiano conociese por sí mismo lo que cree y por qué lo cree, sobre la base de sus estudio personal de la Palabra de Dios. «La Biblia,» ha dicho con razón Carl F. Henry, «ha de llegar a ser la lectura prioritaria para nosotros y para esta generación»[1]. La fe es una cuestión individual. Y no han de ser los pastores, evangelistas o teólogos los únicos «defensores de la fe»; esta es la solemne responsabilidad de cada creyente.

 Es la Palabra de Dios la que ministra una verdadera fe a nuestros corazones: «la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Rom. 10:17). Esta Palabra que Dios ha hablado al hombre, que no osaríamos descubrir ni malinterpretar, comprende la fe que todos han de creer a fin de conocer a Dios y de ser salvados de su juicio sobre los pecadores.

 Los «santos» a los que ha sido dada esta fe para que la guarden y diseminen no son una clase especial que haya recibid este honroso título por voto oficial después que hayan muerto. Las epístolas Nuevo Testamento fueron escritas a los santos que entonces vivían en Roma, Corinto, Efeso, y también a nosotros en la actualidad, porque «llamados a ser santos» es la designación de cada cristiano (Rom. 1:7; 1 Cor. 1:2; Efes. 1:1, etc.). Nosotros, por tanto, hemos de vivir vidas  santificadas, consagradas totalmente a Dios. Como nos lo recuerda J.I. Packer: “La santidad esta ordenada: Dios la quiere, Cristo la demanda, las Escrituras la prescriben. Hay un huracán de textos y una andanada de argumentos teológicos dispuestos a demostrar este punto”[2]. Y se nos ha dado a cada uno de nosotros, como santos, el sagrado depósito de defender la fe no solo del ataque de los de fuera de la Iglesia, sino también de la más peligrosa subversión de los que están dentro (Hech. 20:28-32; Apoc. 2:12-29; 2 Ped. 2:1-3).

 

Al cuestión fundamental

Todos los cristianos estarían de acuerdo en la importancia suprema que se le da la fe. La Biblia nos asegura que somos «salvos por la fe» (Efes. 2:8) y que el justo «por la fe vivirá» (Rom. 1:17), y nos recuerda que «sin fe es imposible agradar a Dios» (Heb. 11:6). Finalmente, se nos manda que tomemos «el escudo de la fe», la defensa esencial del cristiano contra todas las armas del enemigo de su alma (Efes. 6:16). Evidentemente, para el cristianismo bíblico es esencial tener una visión correcta de qué es la fe. Por consiguiente, errar o confundirse en el área de la fe es algo muy grave.

De modo que es comprensible que en sus planes para seducir a la raza humana, Satanás haga de la fe el objetivo  primordial de su ataque, intentando destruirla o al menos desacreditarla en las mentes de algunas personas, o, como el Sumo Engañador que es, adormilar a otros en una falsa seguridad, o que es ciertamente un engaño mortífero. Desafortunadamente, mucha de la actual enseñanza acerca de la fe que se da en la Iglesia ha venido a facilitar las cosas a Satanás. A menudo aquellos que ponen el énfasis sobre la fe parecen ser los menos bíblicos, y tuercen las Escrituras para que concuerden con sus ideas peculiares. El resultado de esto es que muchos cristianos están tan confundidos acerca de la fe que son incapaces tanto de ayudar a los buscadores sinceros como de refutar a los críticos.

 

Uno de los errores más básicos que se acepta no sólo en el mundo sino también dentro de la Iglesia es que la fe es una especie de fuerza. Un autor de gran difusión y maestro bíblico muy popular declara: «La Palabra de Dios en tu boca produce una fuerza llamada “fe”… genera una fuerza espiritual llamada fe.»[3] Muchos cristianos que buscan el poder de Dios para bendecirles no dejan que su Palabra les corrija y se preocupan poco de la pureza doctrinal. Chuck Swindoll se lamenta de que «La sustancia -el contenido bíblico que ha resistido el paso del tiempo – esta más y más brillando por su ausencia.»[4]

 

La idea de una fuerza impersonal es atrayente porque la podemos emplear para nuestros propios fines; pero el Dios personal de la Biblia quiere usarnos a nosotros: para nuestro bien y para su gloria. La primera gracia interior que produce la fe genuina es la obediencia, la sumisión al señorío de Cristo, y no una obsesión con el poder. David Wilkerson nos advierte: «¡Cristo es hecho un extraño en medio de nosotros, cuando queremos su poder más que su pureza!»[5] Uno de los más populares “maestros de la fe” pervierte la Gran Comisión de Cristo de ir y, bajo su autoridad, enseñar a todos los que crean «que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mat. 28:18-20) parafraseándolo de manera que diga: «Jesús dijo: “Todo poder me ha sido dado: por tanto, tomadlo y empleadlo.”»[6] Este “maestro de la fe” que dice que “la fe es vuestra sierva” también dice que la fe es “una fuerza como la gravedad”[7] que podemos usar porque somos “parte de Dios” y tenemos todas sus “capacidades”[8]. Para reprender este error, Tozer escribió:

 

Si solo creemos con suficiente intensidad, lo conseguiremos de alguna manera. Esa es a letra de la popular canción. Lo que creas o es importante. Solamente cree.

Subyaciente a esto está la idea nebulosa de que la fe es un poder omnipotente flotando por el universo y que cualquiera puede conectarse a voluntad. Cuando entra la fe, salen el pesimismo, el temor, la derrota y el fracaso; entran el optimismo, la confianza, el dominio personal y un éxito infalible en la guerra, el amor, los deportes, los negocios y la política.

Lo que pasa por alto en todo esto es que la fe es buena sólo cuando comprende la verdad…[9]

 

El punto central es la verdad: qué y en quién  uno cree determina si la fe ha sido mal dirigida o no. “Vivir una vida de fe implica el no saber nunca a donde vas a ser llevado -dijo Oswald Chambers. Pero significa, además, amar y conocer a Aquel que está guiándote.”[10] La verdadera fe reposa  en el amor y el cuidado de Dios, y nos alivia de toda carga y produce «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento» (Fil. 4:7). La falsificación secular de la fe recibe el nombre de «actitud mental positiva». La influencia del movimiento de AMP y de motivación al éxito ha sido potenciada con libros que han sido éxitos de librería como The Power of Positive Thinking [11](Norman Vincent Pale, Facwcett Crest, 1983), The Magic of Believing[12] (Claude Bristol, Prentice-Hall, 1948), Success Through a Posiive Mental Attitude[13] (Napoleón Hill y W. Clamen Stone, Prentice-Hall, 1960), y una multitud de otros libros del mismo género. Desafortunadamente, esta seductora mezcla de verdades y errores ha invadido la Iglesia, y la fe ha sido confundida con una actitud mental positiva. Tomemos por ejemplo los «12 Principios Mágicos» de Norman Vincent Pale:

 

Cuando venga un pensamiento negativo, practica su cancelación con un pensamiento y afirmación positivas.

Practica grandes afirmaciones: «La vida es buena.» «Creo.» «La gente es maravillosa.» «Dios me ama.» Afirmaciones como estas te elevan a un área de poder infinito.[14]

 

En esta clase de razonamiento la verdad no es un factor. Todos, tanto santos como pecadores, paganos o cristianos, sin distinción de creencias religiosas, son apremiados a «afirmar y meditar acerca de ti origen divino. Di a ti mismo… “soy hijo de Dios”»[15] en lugar de basarse en la verdad de la Palabra de Dios y de la realidad objetiva, la “magia” de Peale parece querer crear aquello que se afirma. La enseñanza de que la ferviente creencia o afirmación de que algo sucederá hace que suceda (o que no suceda) ha conducido a muchas personas a confundir el poder metafísico de la mente con la fe. Y desde luego esto es lo que Peale dice claramente: «El pensamiento positivo es sencillamente otro nombre para la fe»[16]. No es sorprendente que Charles Colson condene «el abaratado evangelio actual que nos asegura que nuestra actitud mental puede introducir significado y orden» y lo compare con la herejía de los «gnósticos del primer siglo».[17]

 

Una fe que mueve montañas

 

Muchos cristianos sinceros se imaginan que la fe es creer que aquello que piden en oración sucederá. Esto no es fe, sino presunción. Si lo que pedimos en oración acontece porque hemos creído que sucedería, entonces e realidad Dios no ha tenido parte verdadera alguna en la respuesta  a nuestra oración, sino que hemos producido los resultados por el poder de nuestra propia creencia. Hay una inmensa diferencia entre creer que aquello que pido en oración sucederá porque creo que sucederá y creer que Dios lo hará suceder como respuesta a mi fe en El. El reconocimiento de esta diferencia es de crucial importancia si vamos a comprender qué quería decir Jesús cuando declaró:

 

Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá. (Marcos 11:22-24).

 

Muchos cristianos concluyen erróneamente que la fe es un poder que capacita a aquellos que lo poseen a mover montañas con solo ordenarlo y a conseguir cualquier deseo sencillamente por medio de una confesión positiva. Que esto no es así debería quedar claro en base del hecho de que Cristo introduce toda esta declaración con estas palabras: «Tened fe en Dios». En lugar de tratarse de un poder que nosotros dirigimos, la fe es confianza en Dios y en lo que El hará. El elemento clave en la fe es conocer la voluntad de Dios. Desde luego, nadie querría llevar a cabo por medio del poder de la fe nada contrario a la voluntad de Dios, aunque fuese posible. Ni daría Dios fe a nadie para creer lo que es contrario a su voluntad. El intentar creer lo que o estamos seguros que sea su voluntad sería una presunción. Evidentemente, no puedo tener fe en Dios para mandar en su nombre a una montaña que se mueva de sitio, excepto si sé cuando y a dónde es la voluntad de Dos moverla, y que yo soy su instrumento escogido para ello. Tampoco puedo creer que recibiré aquello por lo cual oro excepto si sé que es la voluntad de Dios y que estoy en una relación de pureza y obediencia que le permitirá bendecirme de esta manera (1 Jn. 3:22; 5:14, 15). Dave Wilkerson escribe: «La iglesia antes confesaba sus pecados, ahora confiesa sus derechos»[18]. Totalmente de acuerdo con esta reprensión. Charles Colson añade:

 

Un popular devocionario cita el Salmo 65:9: “El río de Dios esta lleno de aguas”, y lo parafrasea así: “Lleno mi mente hasta rebosar con pensamientos de prosperidad y éxito. Afirmo que Dios es mi fuente y Dios es ilimitado.”

Esta es solo una adaptación religiosa de la perspectiva del evangelio de nuestra cultura (se el número uno, el ganador se lo lleva todo, Dios ayuda a los que se ayudan); es una herejía.[19]

 

La fe y los medios cristianos de comunicación

 

El mortífero error de que la fe es una fuerza que explotar y emplear está ampliamente diseminado no solo en los medios de comunicación seculares, como la serie de películas de Guerra de las Galaxias, sino, sorprendentemente en la radio y televisión y en libros y revistas de línea cristiana. En toda consideración acerca de cómo la Iglesia puede volver a un cristianismo bíblico, se ha de hacer frente al enorme potencial de los medios cristianos de comunicación, bien para ayudar en este proceso de corrección, bien para acelerar en la diseminación de la herejía.

 

La televisión es la rama más poderosa de los medios de comunicación. Por ello, es alarmante observar que la mayor parte de los medios cristianos de comunicación, en lugar de estar bajo la dirección de un grupo representativo de líderes eclesiales, están controlados por un puñado de individuos. Y ellos tienen una total autoridad sobre este medio sin precedentes para diseminar bien la verdad, bien la apostasía, y están aislados de toda corrección procedente del cuerpo de Cristo. Los que querrán confrontar las posturas de estos líderes son por lo general excluidos de las redes y emisoras. (Con esto no se quiere negar que haya también excelente programación en la televisión cristiana, con un sólido contenido bíblico que alienta a los televidentes, que impulsa a la verdadera adoración y que anima a los cristianos a andar más de cerca con Dios.) Naturalmente, es responsabilidad de cada televidente individual – o del lector de libros como este – discernir por sí mismos que es de Dios y conforme a su Palabra, y qué no es de Dios.

 

Con independencia de cuanto o cuan poco tiempo pase el televidente medio mirando la televisión cristiana, ahí esta el potencial para influir sobre el cuerpo de Cristo de una manera mucho más poderosa que cualquier otro medio de comunicación. Esta es la única «iglesia» a la que asisten muchas personas, y para los que sí frecuentan un centro local de comunión, el pastor y los ancianos difícilmente pueden competir con el espectáculo de la televisión o corregir en un sermón de treinta minutos e un domingo las falsas enseñanzas que se están absorbiendo durante horas a diario. En menor grado, pero todavía significativo, la radio, los libros, las revistas y las películas de línea cristiana contribuyen a este grave problema. Si la iglesia cristiana como un todo ha de regresar al cristianismo bíblico, este regreso deberá tener lugar tanto dentro de los medios cristianos de comunicación como en las congregaciones locales.

 

La televisión cristiana y la carismanía

 

La mayoría de los televidentes no son conscientes de que la Confesión Positiva y la enseñanza del Rhema, que dominan tanto en la televisión cristiana, bien lejos de ser representativos del cristianismo bíblico, no son aceptadas por ninguna denominación principal. Además, esta falsa enseñanza ha sido también rechazada por las principales denominaciones pentecostales (como las Asambleas de Dios)[20]. La fe es desde luego predicada, pero casi siempre como un poder para conseguir salud, riqueza y bendición personal. La fe que tiene un contenido moral – que demanda santidad y obediencia y que produce paz y gozo – es demasiadas veces descuidada. Y aunque la Palabra es enfatizada, también es a menudo retorcida y maltratada por aquellos que pretenden ser sus principales proponentes.

 

La enseñanza carismática extremista que domina en la mayor parte de la televisión cristiana no debería ser confundida con el pentecostalismo de la línea antigua, que generalmente se opone a ella. En su excelente tesis para obtener el grado de maestría en la Universidad Oral Roberts, Daniel Ray McConell explicaba el meollo del problema:

 

Uno busca en vano la llamada «teología carismática». Sencillamente, no existe (ni jamás ha existido). Se ha cortado el cordón umbilical con la Madre iglesia y el bebé carismático esta yendo de acá para allá, buscando en lugares extraños y peligrosos y de algunos individuos bastante peculiares el sostenimiento doctrinal necesario para su propia supervivencia. Innecesario es decir que el proceso de destete podría ser verdaderamente peligroso[21].

 

Cuando las exóticas enseñanzas y prácticas de lo que Chuck Smith ha dado en Lamar «Carismanía»[22] dominan las ondas, la situación se vuelve extremadamente peligrosa para toda la iglesia. Mucha de la televisión cristiana sigue derramando a diario un diluvio de enseñanza que la mayoría de los líderes eclesiales consideran que está en un serio error. Las protestas de preocupados pastores y televidentes no han dado lugar a ningún cambio. Y reina la confusión en el cuerpo de Cristo a nivel mundial. Se trata de una cuestión tan importante que exige una cuidados consideración de las principales herejías involucradas. Para ello, será necesario examinar unas enseñanzas específicas de los que pretenden adherirse tanto a la Biblia que se llaman a sí mismos maestros de la «Palabra». El propósito de esta breve pero necesaria digresión que quiere documentar estos errores es el de potenciar nuestra consideración del cristianismo bíblico, que destacará  una forma mucho más delineada en contraste con las erróneas interpretaciones de las Escrituras que predominan en el movimiento de la Confesión Positiva.

 

La «confesión positiva de la Palabra de Dios»

 

El segmento del cristianismo de crecimiento más rápido en los últimos años ha tenido lugar entre las iglesias relacionadas con el movimiento de la Confesión Positiva o el Movimiento de Fe. No constituye todavía una nueva denominación, pero desde luego representa enseñanzas innovadoras fuera de la corriente central del cristianismo. McConell señala que «cualquier nuevo movimiento religioso [dentro del protestantismo] ha de soportar el escrutinio en base de dos criterios: la fidelidad bíblica y la ortodoxia histórica»[23]. Lamentablemente, el movimiento de la Confesión Positiva falla en ambos criterios. Las raíces históricas de este movimiento (designados por Charles Farah como «Teología de la Fórmula de la Fe»[24]) arrancan del ocultismo y más recientemente en el Nuevo Pensamiento y su brote, las sectas de la Ciencia de la Mente. Su base bíblica se encuentra solo en las peculiares interpretaciones de sus propios líderes, o en la teología cristiana generalmente aceptada. Sus creencias básicas se pueden resumir de forma breve tal como sigue:

 

  1. La fe es una fuerza que tanto Dios como el hombre pueden usar. «La fe es una fuerza como la electricidad o la gravedad»[25] y es la sustancia de la que Dios crea todo lo que existe[26]. Dios usa la fe, y el mismo modo nosotros podemos, exactamente de la misma manera producir los mismos resultados obedeciendo las mismas «leyes de la fe»[27] que Dios aplicó en la creación. «Tú tienes la misma capacidad [que Dios] morando o residiendo en tu interior.»[28] «Tenemos todas las capacidades de Dios. Tenemos su fe.»[29]
  2. La fuerza de la fe se libera pronunciando palabras. «Las palabras son la cosa más poderosa del universo»[30] porque son  que «transportan fe o temor y producen conforme a su naturaleza».[31] Dios opera por medio de estas mismas leyes. «Dios tenía fe en sus propias palabras… Dios tenía fe en su fe, porque El pronunció palabras de fe y se cumplieron.»[32] «Esta fuerza de fe fue transportada por palabras…»[33] «…la fe como la de Dios… es liberada por las palabras de tu boca.»[34] «El poder creativo estaba en boca de Dios. Está también en la tuya.»[35]
  3. El hombre es un «pequeño dios» de la especie de Dios. «El hombre fue designado o creado por Dios para que fuese el dios de este mundo.»[36] «Adán era el dios de este mundo… [pero] se vendió a Satanás, y Satanás vio a serlo en su lugar.»[37] «Fuimos creados para ser dioses sobre la tierra, pero recordad que se debe escribir con una “d” minúscula.»[38] «Adán fue creado de la especie de Dios… para gobernar como un dios… pronunciando palabras.»[39] «El hombre fue creado en la clase de Dios… Somos una clase de Dios… Dios mismo nos engendró de lo más interior de su ser.»[40] «Estamos en Dios; de modo que esto nos hace parte de Dios (2 Cor. 5:17).»[41]
  4. Cualquiera, sea ocultista o cristiano, puede emplear la fuerza de la fe. Debido a que el hombre es un pequeño dios «de la especie de Dios: muy capaz de operar al mismo nivel de fe que Dios»[42] y «debido a que todos los hombres son seres espirituales,»[43] por ello cualquiera, sea cristiano o pagano, puede liberar esta «fuerza de la fe» pronunciando palabras si tan sólo cree en sus palabras tal como Dios cree las suyas[44]. «Dios es un Dios de fe. Dios liberó su fe en Palabras»[45] y nosotros debemos hacer lo mismo: «Todo lo que tu digas [positivo o negativo] acontecerá»[46] «Las cosas espirituales son creadas mediante palabras. Incluso  las cosas naturales, físicas, son creadas mediante palabras.»[47]
  5. Consigues lo que confiesas. La clave vital es la confesión, o hablar en voz alta, y por ello liberar la fuerza de la fe. «Recibes lo que dices»[48]. «Solo por la confesión de la boca puede liberarse el poder de la fe, permitiendo que sucedan cosas tremendas»[49]. «Recuerda, la clave para recibir los deseos de tu corazón es hacer que las palabras de tu boca concuerdan con lo que deseas.»[50] «Todo lo que salga de tu boca se producirá en tu vida»[51]. «Son [sus dos hijos] de unos treinta y pico de años en la actualidad, y no creo haber orado por ellos más de una docena de veces en todo estos años. ¿Por qué? Porque puedes tener lo que digas -¡y yo lo había dicho!»[52]
  6. Nunca hagas una confesión negativa. Le lengua «puede matarte, o puede liberar en ti la vida de Dios… tanto, si crees correcta como incorrectamente, sigue siendo la ley.»[53] Hay poder en «la diabólica cuarta dimensión.»[54] Si confiesas enfermedad, la recibes, si confiesas salud, la recibes; todo aquello que dices, recibes.[55] «La fe es como una semilla… las plantas pronunciándola.» [56]«La palabra hablada… libera poder -poder para bien o poder para mal.» [57]Por ello, es muy importante no decir nunca nada negativo sino sólo hacer una confesión positiva; de ahí el nombre del movimiento de la Confesión Positiva.

 

Puntos de vista distorsionados.

 

Aunque los líderes de la Confesión Positiva parece ser sinceros cristianos y en ocasiones predican un evangelio claro y bíblico, no puede abrigarse duda alguna de que sus errores son sumamente graves y que podrían ciertamente ser fatales, si no para ellos, ciertamente entonces para algunos de sus seguidores que los llevan a sus conclusiones lógicas. Tienen una perspectiva falsa de la fe: en lugar de confiar en Dios como su objeto, se trata de una fuerza metafísica. Tienen una perspectiva falsa de Dios: el no es suficiente en Sí mismo, sino que sólo puede hacer lo que hace empleando esta fe-fuerza universal en obediencia a ciertas leyes cósmicas. Tienen una perspectiva errada del hombre: es un pequeño dios  de la especia de Dios y que tiene los mismos poderes que Dios y que puede emplear  la misma fuerza de la fe obedeciendo las mismas leyes que Dios también ha de obedecer. Tienen también una perspectiva errada de la redención y de la cruz de Cristo, como veremos más adelante. Evidentemente, es cosa sumamente grave estar errado en unas cuestiones tan vitales. Lloyd-Jones nos recuerda:

 

El hombre como una doctrina inestable será inestable en toda su vida. Uno descubre casi invariablemente que si un hombre está errado en las grandes verdades centrales de la fe, está errado en todos los demás puntos.[58]

                                  

La enseñanza de que somos diese está creciendo entre los evangélicos y está dejando en su estela una devastadora confusión. Aunque algunos de los que enseñan esta doctrina parecen a la vez proclamarla y rechazarla, otros líderes del movimiento de la Confesión Positiva afirman esta enseñanza más y más abiertamente en la radio y en la televisión[59]. En su último libro, uno de los autores de más venta en este movimiento declara:

 

¿De donde sacó Satanás el título de ser el dios de este mundo? Lo consiguió de Adán… Adán era dio sobre la tierra, pero lo escribimos con una “d” minúscula…

Algunas personas tienen una imagen de Dios como de más de cien metros de altura y con los brazos tan grandes como un edificio. Pero, ¿por qué iba Dios a hacer al hombre de un tamaño diferente al suyo? Estoy convencido de que El hizo al hombre tal como El es…

Fuimos creados para ser dioses sobre la tierra, pero recordad que se debe escribir con una “d” minúscula.[60]

 

Solo hay un Dios verdadero. El ha dicho: «Yo soy Dios, y o hay más» (Isa. 45:22). Naturalmente, hay muchos falsos dioses. Esto es lo que se significa cuando se escribe dios con una «d» minúscula. Y ninguno de ellos escapará al juicio de Dios, porque El ha dicho de todos los dioses:

 

Los dioses que no hicieron los cielos ni la tierra, desaparezcan de la tierra y de debajo de los cielos (Jer. 10:11)

 

Torcimiento de las Escrituras y universalismo

 

¿Cómo puede ser posible un error así cuando los líderes en este movimiento afirman poner tanto énfasis en la Palabra de Dios? Ello se ha conseguido torciendo la Palabra de Dios para hacer que se acomode a sus creencias. Por ejemplo, la frase «dijo Dios», que aparece con cada acto de creación (GN. 1:3, 6, 9, 11, 14, 20, 24, 26) es citada como prueba de que hay poder en la pronunciación de las palabras.[61] Al contrario, lo que Dios dijo (“Sea la luz… Produzca la tierra hierba verde”, etc.) sucedió no porque Dios  lo dijera, sino porque fue Dios quien lo dijo. Cualquiera otro que no fuese Dios podría repetir estas palabras todas las veces que quisiera y no se crearía nada. Además, Dios podría crear o llevar a la acción simplemente ordenándolo; El no tiene siquiera que decirlo. El poder está en Dios, no en las palabras. Pero al poner el énfasis en las palabras, se sigue que el hombre podría emular las poderosas obras de Dios. Si Dios lo hace todo por la fe en el poder de las palabras que El pronuncia, entonces claro que el hombre puede hacer lo mismo, porque igualmente tiene a disposición palabras que pronunciar con « fe ». El líder reconocido del movimiento de la Confesión Positiva escribe:

 

Dios tenía fe en sus propias palabras… Jesús tenía fe también en sus propias palabras….

El tenía aquella fe de la clase de Dios, y luego les dijo a los discípulos -y a nosotros -: Tened vosotros esa clase de fe.[62]

 

Salomón escribió: “La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Pro. 18:21). Un rey como Salomón -y él estaba escribiendo a su hijo, que llegaría ser rey en su puesto -tenían el poder de condenar o de perdonar. A menudo, un testigo ante el tribunal tiene el mismo poder un chismoso puede hacer la vida desgraciada e incluso destruir matrimonios y empleos. Sin embargo, los “maestros de la fe” interpretan las palabras de Salomón como significando que hay algún poder metafísico inherente en as palabras que es liberado cuando son pronunciadas, y que inevitablemente llevarán a su cumplimiento lo que se diga, sea positivo o negativo.

 

En el mundo del ocultismo, el «poder mental» metafísico de la propia creencia se refuerza pronunciándolo en voz alta. Este acto libera lo que los ocultistas denominan el «poder creativo de la palabra hablada» y trae a la existencia todo lo que uno dice o decreta., esta idea ocultista es la base de los mantras, encantamiento y maleficios. No obstante, los maestros de la fe siguen exponiendo esta tesis antibíblica y oculista y la hacen pasar como enseñanza de las Escrituras en sus ministerios en el púlpito, la radio y la televisión, y en libros como The Tongue -A Creative Force[63] y You Can Have What You Say.[64]

 

Hebreos 11:3 dice: «Por al fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios», peor los maestros de la fe tuercen esta declaración así: «Entendemos que fue por la fe que Dios  constituyó el universo» Con este simple retorcimiento, la fe deja de ser la creencia del hombre en Dios y en lo que El ha revelado, y se transforma en una fuerza que Dios empleó para hacer el universo, fuerza que el hombre también puede emplear siguiendo la misma «le de la fe». La atención s e aparta sutilmente de Dios dirigiéndola hacia la fe, y los resultados son devastadores. Entre las miles de cartas recibidas de lectores de La Seducción de la Cristiandad, la siguiente es típica:

 

No es sorprendente que mi Confesión Positiva fallase. Pasé tantos años de mi vida cristiana intentando conseguir la fe que moviese una montaña, cuando todo el tiempo lo que necesitaba era ¡fe en el Dios que mueve montañas![65]

 

El elemento más herético involucrado es la enseñanza de que el poder de la fe es una fuerza universal que funciona para cualquiera que siga “la ley de la fe”. Que uno tenga o no una relación con Dios por medio de Jesucristo es irrelevante cuando se trata de obrar “milagros” por medio de las “leyes de la cuarta dimensión (esto es, del espíritu).” Así, los no cristianos, e incluso los ocultistas, [66]pueden enseñar esta universal “ley de fe” del mismo modo que se pretende que lo hizo Dios al crear el cosmos. El líder reconocido de la Confesión Positiva escribe:

 

Jesús dijo que tenía la clase divina de fe; alentó a sus discípulos a que ejercieran esta clase de fe; y dijo que “cualquiera” podría hacerlo.

¿Porqué dijo “cualquiera“?… La razón es que los hombres son eres espirituales…

Solía inquietarme cuando veía a la gente inconversa consiguiendo resultados, y los miembros de mi iglesia no los conseguían. Luego me di cuenta de qué era lo que estaban haciendo los pecadores. Estaban cooperando con esta ley de Dios, la ley de la fe.[67]

 

Depositando fe en tu fe

 

Esta versión carismática de la metafísica de la Ciencia de la Mente está logrando una creciente credibilidad en la Iglesia. Es una herejía sumamente grave. El objeto de la fe viene a ser la fe misma como fuerza cósmica. Se centra la atención en depositar la fe en la fe y se desarrollan técnicas para ello en lugar de tener fe en Dios, que es lo que enseñó Jesús. Para funcionar como los dioses que Dios quiso  fuésemos, hemos de desarrollar fe en nuestra fe tal como Dios, según se afirma, tienen fe en su fe.

 

En ninguna parte de la Biblia se nos dice que  tengamos «fe en nuestra fe». Tenemos fe en Dios -una confianza total absoluta, incuestionable -debido a que El es digno de confianza y todo poderoso. Tal como dice W.H. Griffith Thomas en su excelente comentario sobre Romanos: «No hay valor ni mérito en la fe, porque deriva su eficacia no de la persona que confía sino de la persona en quien se confía»[68]. La “fe en la fe” no es sólo un concepto antibíblico y un absurdo carente de lógica, sino que además destruye la fe en Dios. A. W. Tozer advirtió:

 

La fe en la fe es una fe desviada. Esperar el cielo por medio de una fe así es conducir en las tinieblas para atravesar un profundo abismo por un puente que no llega al otro lado.[69]

 

En un libro de 1986 titulado How to Have Faith in Your Faith (Como tener fe en su Propia Fe), uno de los líderes del movimiento de la fe explica que debido a que “la fe en Dios viene por el oír la palabra de Dios”, así “la fe en tu fe viene de oírte a ti mismo hablar tu fe”[70]. En  su folleto titulado Having Faith in Your Faith (Teniendo fe en tu fe), el principal líder en el movimiento de la Confesión Positiva escribe:

 

Esto es lo que has de aprender a hacer para conseguir cosas de Dios Tener fe en tu fe.

Para conseguir fe en tu espíritu te serviría de ayuda decir en voz alta: “Fe en mi fe”. Sigue diciéndolo hasta que penetre en tu corazón. Se que sonará a extraño la primera vez que lo digas; tu mente casi se rebela en contra de ello[71].

 

¡Naturalmente que nuestra mente debería rebelarse contra esta enseñanza! Pero se nos apremia que echemos a un lado la razón y el sentido común y la clara verdad de la Palabra de Dios, y que en lugar de ello comencemos a repetir esta frase hasta que por fin la aceptemos. Esto es una técnica de lavado de cerebro que ha llevado a miles de cristianos al engaño y al desencanto final, y que ha llevado a muchos  a una negación de Dios y a una total pérdida de fe en El. Los tales han “confesado” una y otra vez su curación y prosperidad, no ha  recibido ni lo uno ni lo otro, se han sentido condenados por su falta de fe, y finalmente lo han abandonado todo. Muchos, en cambio, se han librado de este pernicioso engaño volviéndose de la fe en la fe a la fe en Dios. Cosa típica es el siguiente extracto de una carta que fue recibida hace poco tiempo:

 

Como anterior seguidor de las enseñanzas de la Palabra de Fe, mi vida fue un infierno sobre la tierra durante tres años. Esto quedó complicado por el hecho de que durante este tiempo estuve bajo una especie de “niebla” mística: totalmente fuera de contacto de la realidad…

Hace tres años, cuando abandoné la iglesia “de la Palabra” donde era organista, me encontraba en una librería de libros usados y compré un viejo himnario de Ciencia Cristiana. Me quedé asombrado al ver que sus cánticos serían perfectamente apropiados para una iglesia “de la Palabra”.

Desde entonces, siempre que veo a mis viejos amigos de aquella iglesia, no dudo en decirles que su religión es una forma pentecostalizada de la Ciencia Cristiana, que es la contrapartida americana del brahmanismo (hinbduismo)…[72]

 

La conexión de la ciencia cristiana

 

En ocasiones, los principales maestros de la fe enseñan el sencillo evangelio de que Cristo murió por nuestros pecados. Es esta mezcla de aparente ortodoxia y de error directo lo que hace que su enseñanza sea tan conducente a la confusión. Aunque parece ser una dura acusación designar el movimiento de la Confesión Positiva como una forma carismática de la Ciencia Cristiana, que a su vez es una versión americanizada del hinduismo, esta acusación la han hecho muchos y puede ser documentada comparando sencillamente las similitudes en las creencias que les son comunes. Los líderes en este movimiento son conscientes de estas similitudes y niegan la acusación:

 

¿Saben algo? A veces, cuando comienzo a enseñar acerca de esto, hay gente que dice que suena a Ciencia Cristiana. Una señora dio un apalmada a su marido durante un servicio en Texas y dijo (mi mujer les oyó): «Eso suena a Ciencia Cristiana…»

No es Ciencia Cristiana. Me gusta lo que dice el Hermano Hagin: ¡«Es sentido cristiano»[73]

 

La Confesión Positiva es básicamente el Nuevo Pensamiento enfervorizado y revestido de lenguaje evangélico/carismático. El Nuevo Pensamiento, que surgió en América a fines del siglo pasado, puede ser remontado a su vez a Phineas P. Quimby (1802-1866), cuyos “estudios en mesmerismo (hipnosis), espiritismo y fenómenos semejantes… constituyeron la base para una nueva estructura en el mundo del pensamiento”[74] y que “fue considerado como el fundador del movimiento  (del Nuevo Pensamiento).”[75] Este mesmerista de Nueva Inglaterra, que sanó a Mary Baker Patterson (posteriormente Hedí) en 1862[76], debe ser reconocido como el genio que revistió al antiguo chamanismo (hechicería) con términos científicos para formar lo que el llamó “La Ciencia de Cristo o Verdad”[77] y que más adelante llamó “Ciencia Cristiana”[78].

 

No puede dudarse de que la señora Hedí no solo tomó el término de “ciencia cristiana” de Quimby, sino que también derivó de él la mayoría de las ideas que más adelante pretendió haber recibido por “revelación”. Estas, posteriormente, llegaron a ser la base de la secta Ciencia de la Mente que formó que hoy día se conoce como Ciencia Cristiana.

 

La influencia de Quimby se mantiene en las muchas iglesias de la Ciencia de la Mente que ahora forman la Alianza Internacional del Nuevo Pensamiento., en su Congreso Nacional de  1986, el presidente de la Alianza, el ministro de la Iglesia Cristiana de la Unidad Blaine C. Mays, declaró:

 

Finalmente esta saliendo. Cuando un va a oírles (a Norman Vincent Peale y a Robert Schuller), lo que dan es el mensaje del Nuevo Pensamiento.

El enfoque de Schuller del pensamiento posibilista no es más que la religión del Nuevo Pensamiento, aunque el líder de la Catedral d Cristal de California del Sur no lo reconozca[79].

 

No es una mera coincidencia que la Confesión Positiva, lo mismo que el pensamiento Positivo/Posibilista, suene de una manera tan semejante a la Ciencia Cristiana. Sus raíces son innegablemente las mismas. Como lo observa McConnel, E.W. Kenyon, el verdadero fundador de la Confesión Positiva, “se adherió a un cientificismo religioso peligrosamente cercano a la Ciencia Cristiana”[80]. No solo Charles Capps, sino también Frederick Price [81]y Kenneth Hagin admiten también las perturbadoras similitudes, pero no parecen comprender la razón., Hagin escribe:

 

Cuando predico acerca de la mente, algunas congregaciones se asustan. Inmediatamente piensan en la Ciencia Cristiana.[82]

 

Contendiendo por la fe

 

En tanto que busquemos la fe como un poder que podemos emplear para lograr bendiciones para nosotros y para otros, estamos negando la verdadera fe y poniéndonos a merced de aquel que vendrá “con gran poder y señales y prodigios mentirosos” (2 Ts. 2:9).

 

Pablo nos advierte de que la oposición a la verdad de Dios contra la que tenemos que guardarnos y confrontar en los últimos días no provendrá  primariamente de los que rechazan lo sobrenatural, sino de los que parecen obrar milagros. Refiriéndose a Janes y Jambres, los magos de faraón que “resistían a Moisés” duplicando con poderes satánicos los milagros que Dios hacía por medio de Moisés y Aarón, Pablo afirma que habrá similares obradores de milagros que “residen a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe” (2 Tim. 3:8).

 

Es evidente por las Escrituras que los milagros genuinos también continuarán en los últimos años. En caso contrario, lo que pareciese milagroso sería automáticamente  identificado como procedente de Satanás, por cuando los milagros han cesado, se nos ha advertido que necesitaremos discernimiento parta distinguir entre los verdaderos milagros de Dios y las astutas falsificaciones de Satanás., esta advertencia es solemne, y no osaremos ignorarla. Una vez más Pablo nos recuerda que la verdad es primordial. La cuestión es lo que creemos, no simplemente que creamos. Esto nos debe a que causemos que ocurra o que venga a existir aquello que creemos, sino porque o bien creeremos la  verdad de Dios (la fe), o la mentira de Satanás.

 

Hemos de ser muy cuidadoso en no torcer la Palabra de Dios para ajustarla a nuestros deseos o teoría egoístas o incluso bienintencionadas, sino que debemos dejar que ella nos esneñe y conduzca. Y debemos apartarnos de todo aquel mensaje que centre su mensaje primario en el hombre y no en Dios, que busque más conseguir bendiciones para el yo que crucificar el yo y glorificar a Dios. Con pasión, Charles Colson escribe lo siguiente:

 

Para la iglesia, ésta debería ser una hora de oportunidad. Solo la iglesia puede dar una visión moral a unas personas sin rumbo; sólo la iglesia puede llenar el vacío y demostrar que hay un Dios viviente y soberano que es la fuente de la Verdad.

Pero, la iglesia presenta casi tantos problemas como la cultura, porque la iglesia ha comprado el mismo sistema de valores: fama, éxito, materialismo y celebridad… El ensimismamiento en estos valores ha pervertido también el mensaje de la iglesia. El ayudante de un célebre pastor de los medios de comunicación dijo sin vacilar, al preguntársele la clave del éxito de su director: “Les damos a la gente lo que quieren”.

Esta herejía se encuentra en la raíz del más peligroso mensaje que se predica en la actualidad: el evangelio de lo que a mí me conviene.[83]

 

No osaremos mantenernos en silencio -¡no debemos! -, ni nos dejaremos llevar del miedo a hablar por temor a ofender o a causar divisiones, mientras se falsea la fe una vez dada a los santos. No debemos contemporizar, porque ello no ayuda sino que estorba la causa de la verdad. Dejar de contender ardientemente por la fe deshonra a Dios, y aunque puede evitar que surjan sentimientos heridos y egos dañados, destruye almas por las que Cristo murió. Si el amor de Cristo gobierna nuestros corazones, entonces contendremos ardientemente por la fe que El nos ha dado.

 


[1] “Shall We Fear God?”, Una entrevista con el teólogo Carl F, Henry en Cornestone Vol. 12, no. 69, p. 13.

[2] J.I. Packer, “Put Holiness First”, en Christian Life, mayo, 1985, p. 47.

[3] Charles Capps, Seedtime and Harvest (Harrison House, 1986), p. 23.

[4] Charles R. Swindoll, Growing Deep in the Christian Life (Multnomah Press, 1986), p. 406.

[5] David Wilkerson, Last Day Ministries, Tratado LD #45, Lindale, TX.

[6] Kenneth Copeland, “Questions and Ansers, n Believer’s Voice of Victory, junio 1986, p. 14.

[7] Kenneth Copeland, en una entrevista en Trinity Broadcasting Network (TBN) con Paul y Jan Crouch, 5 de febrero de 1986.

[8] Kenneth Copeland, Believer’s Voice, op. cit.

[9] Tozer, Gems From Tozer (Christian Publications, 1969), p. 54.

[10] Oswald Chambers, En Pos de lo Supremo (Terrasa: Editorial CLIE, 1993), lectura para el 19 de marzo.

[11] Norman Vincent Peale The Power of Positive Thinking (Fawcett Crestm 1983).

[12] Charles Bristol, The Magiz Of Believing (Prentice-Hall, 1948).

[13] Napolen Hill y W. Clement Stone, Success Through a Positive Mental Attitude (Prentice-Hall, 1960).

[14] Norman Vincent Peale, “Confident Living”, en Salesman-s Opportunity, mayo, 1974, p. 63.

[15] Ibid.

[16] Norman Vincet Pale, “What Dies It Take to Be a Christian?”, en Plus. The Magazine of Positive Thinking, abril, p. 3.

[17] Charles Colson¸ Who Speaks for God?, (Crossway, 1985), p. 36.

[18] Wilkerson, Last Days.

[19] Colson, Who Speaks?, p. 36.

[20] The Believer and Positive Confession, publicado en 1980 por Las Asambleas de Dios (Springfield, MO: Gospel Publishing House).

[21] Daniel Ray McConell, “The Kenyon Connection: A Theological and Historical análisis of the Cultic Origin of the Faith Movement” (tesis sometida a la Facultad de Teología, Oral Roberts University, Tulsa, Oklahoma, mayo de 1982), p. 2.

[22] Check Smith, Charisma vs Charismania (Harvest House, 1983).

[23] McConell, Connection, p. 1.

[24] Charles Farah, Jr., «A Critical Análisis: The “Roots and Fruits” of Faith-Formula Theology» (trabajo leído ante la Society of Pentecostal Studies [Sociedad de Estudios Pentecostales], otoño de 1980).

[25] Kenneth Copeland en una entrevista en Trinity Broadcasting Network (TB) con Paul y Jan Crouch, 5 de febrero de 1986.

[26] Charles Capps, The TongueA Creative Force (Harrison House, 1976), pp. 12, 19, 129; Kenneth Copeland, The Power of the Tongue (KCP Publications, 1980), pp. 4, 5.

[27] Capps, The Tongue, pp. 131, 132.

[28] Ibid., pp, 17, 26.

[29] Coppeland, Believer’s Voice, op. cit.

[30] Capps, The Tongue, pp. 7, 129.

[31] Ibid., p. 135; Copeland, The Power, p. 3.

[32] Kenneth Hagin, Having Faith in Your Faith (Rhema, 1980), pp. 2, 4; Keneth Copeland’s Reference Bible, pp. XLVII, LVI; Capps, The Tongue, pp. 131, 132. etc.

[33] Capps, Seedtime, p. 53.

[34] Capps, The Tongue, p. 30.

[35] Ibid., p. 56.

[36] Robert Milton, God’s Laws of Success (Word of Faith Publishing, 1983), pp. 170, 171; Kenneth E. Hagin, Plead Your Case (Tulsa, 1985), p. 3. Charles Capps, God’s Image of You (Harrison House, 1985), p. 34; y muchos otros.

[37] Hagin, Faith, p. 3.

[38] Capps, Image, p. 34.

[39] Copeland, The Power, pp. 5, 7.

[40] Kennet Copeland en una entrevista en Trinity Broadcasting Network (TBN) con Paul y Jan Crouch, 5 de febrero de 1986.

[41] Copeland, Believer’s Voice, op., cit.

[42] Capps, The Tongue, p. 130.

[43] Hagin, Faith, p. 3; Paul Yonggi Cho, The Fourth Dimension, Volume Two (Brisge Publishing, 1983), pp. 37-39.

[44] Hagin, Faith, p. 3, 4.

[45] Capps, The Tongue, p. 132.

[46] Ibid., p. 24.

[47] Kenneth E. Hagin, Words (Faith Library, 1979), p. 12.

[48] Hagin, Words, p.10; Don Gossett, What You Say Is What Yu Get (Revell, 1976), pp. 12, 13, etc.: Frances Hunter, How to Develop Your Faith (Hunter Books, 1979), pp. 17-20; Capps, Tongue, pp. 139-143.

[49] Cho, Fourth, Volume Two, p. 32.

[50] Gloria Copeland, God’s Will Is Prosperity (Harrison House, 1976), p. 85.

[51] Milton, Laws, p. 114.

[52] Hagin, Words, pp. 9, 10.

[53] Capps, The Tongue, pp. 128, 141.

[54]Cho, Fourth, Volume Two, p. 36; Capps, Tongue, p. 137.

[55] Kenneth E. Hagin, New Thresholds of Faith (Kenneth Hagin Ministries, 1974), p. 51; Capps, The Tongue, pp. 55-78; 90-92; Capps, Seedtime, pp. 18-21, etc.

[56] Capps, Seedtime, p. 16.

[57] Don Basham, “On the Tip of My Tongue: How your words can curse and destroy, or bless and restore”, en New Wine, junio, 1986, p. 6.

[58] «The Wisdom of Martín-Lloyd Jones» (seleccionado por Dick Alderson), en The Banner of Truth, agosto/septiembre, 1986, p. 7.

[59] Kenneth Copeland, programa «Praise the Lord» d ela Trinity Broadcasting Network (TBN), 5 de febrero de 1986.

[60] Capps, Image, p. 28-34.

[61] New Wine, junio de 1986. este número completo de esta revista fue dedicado a promover este error; Capps, The Tongue, pp. 13-16, etc.

[62] Hagin, Faith in Faith, pp. 2, 3.

[63] Capps The Tongue

[64] Kenneth  E. Hagin, You Can Have What You Say (Faith Library Publications, 1980).

[65] Carta en Archivo

[66] Cho, Fourth, Volume Two, pp. 36-41, 64.

[67] Hagin, Faith in Faith, pp.3 ,4.

[68] W.H. Griffith-Thomas, St. Paul´s Epistle to the Romans (Eerdmans, 1974), p.64.

[69] Tozer, Of God and Men (Christian Publications, 1960), p.57.

[70] Charles Capps, How To Have Faith in Your Faith (Harrison House, 1986), p. 64.

[71] Hagin, Faith in Faith, p. 5

[72] Carta en archivo

[73] Capps, The Tongue, p. 27.

[74] Horatio W. Dresse, ed., The Quimby Manuscrits (Citadel, 1980), p.9.

[75] Charles S. Braden, Spirits in rebellion: The Rise and Development of New Though (SMU Pres, 1966), p. 20.

[76] Edwin Franden Dakin, Mrs. Hedí: The Biography of a Virginal MInfçd (Scribner, edición 1929-1968), pp. 35-37, 43, 44.

[77] Dresser, Quimby, p. 131.

[78] Ibid, pp. 388-391.

[79] Houston Chronicle, 2 agosto 1986, Sección 6, p.2.

[80] McConnell, Connection, p. 95.

[81] Frederick Price, Faith, Foolishness or Presumption? (Tulsa, 1979), p.16.

[82] Hagin, Right and Wrong Thinking (Tulsa, 19866), p.30.

[83] Colson, Who Speaks?, p. 36.

¿Cuando Debe una Persona Dejar una Iglesia?

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La Siguiente pregunta fue hecha a John Macarthur, Jr, pastor de Grace Community Church, Sun Valley, California.

 

Pregunta

 

¿Cuando debe una persona dejar una iglesia?

 

Respuesta

 

El salir de una iglesia no es algo que deba hacer a la ligera. Demasiadas personas abandonan las iglesias para razones insignificantes. Los desacuerdos sobre asuntos sencillos de preferencia nunca son una razón buena para retirarse de una iglesia sana y que cree en la Biblia. A los cristianos se les ordena respetar, honrar, y  obedecer a aquellos a quienes Dios ha colocado en posiciones de liderazgo en la iglesia (Heb.13:7, 17). Sin embargo, a veces llega a ser necesario dejar una iglesia por conciencia propia  o fuera deber de obedecer a Dios antes que a los hombres. Tales circunstancias incluirían:

 

  • Si una herejía en alguna verdad fundamental es enseñada desde el púlpito (Gal. 1:7-9).
  • Si los líderes de la iglesia toleran seriamente doctrina errada de cualquiera que se le haya dado autoridad para enseñar la confraternidad (Rom. 16:17).
  • Si la iglesia es caracterizada por una indiferencia insensible por la Escritura, tales como el negarse a disciplinar a miembros que han estado pecando evidentemente (1 Cor. 5:1-7)
  • Si una vida sin santidad es tolerada en la iglesia (1 Cro. 5:9-11).
  • Si la iglesia esta seriamente fuera del paso de un modelo bíblico para la iglesia (2 Tes. 3:5, 14)
  • Si la iglesia esta marcada por una gran hipocresía, dando servicio de labios a un cristianismo bíblico pero negándose a reconocer su poder verdadero (2 Tim. 3:5)

 

Esto no es sugerir que estas son solo las únicas circunstancias bajo las cuales las personas son permitidas a dejar una iglesia. Ciertamente o hay nada malo en moverse su membresía solo porque otra iglesia ofrece mejor enseñanza y más oportunidades para crecer y servir. Pero aquellos quienes transfieren su membresía por tales razones deben tener un gran cuidado en no sembrar discordia o división en la iglesia que están dejando. Y tales cambios deben hacerse escasamente. La membresía en la iglesia es una comisión que debe tomarse muy seriamente.

 

 

Tomado de:

www.biblebb.com y

www.gospelgems.com

 

Los Decretos De Dios

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LOS DECRETOS DE DIOS

A.W. Pink

 

“Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito” (Rom. 8:28) “conforme al propósito eterno que realizó en Cristo Jesús, nuestro Señor”.

 

(Efe. 3:11). EL decreto de Dios es su propósito o su determinación respecto a las cosas futuras. Aquí hemos usado el singular, como hace la Escritura, porque sólo hubo un acto de su mente infinita acerca del futuro.

 

Nosotros hablamos como si hubiera habido muchos, porque nuestras mentes sólo pueden pensar en ciclos sucesivos, a medida que surgen los pensamientos y ocasiones; o en referencia a los distintos objetos de su decreto, los cuales, siendo muchos, nos parece que requieren un propósito diferente para cada uno.

 

Pero el conocimiento Divino no procede gradualmente, o por etapas: (Hech. 15:18;). “Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras” Las Escrituras mencionan los decretos de Dios en muchos pasajes y usando varios términos.

 

La palabra “decreto” se encuentra en el Sal. 2:7, (Yo publicaré el decreto;). En Efe. 3:11, leemos acerca de su “determinación eterna”. En Hech. 2:23, de su “determinado consejo y providencia”. En Efe. 1:9, el misterio de su “voluntad”. En Rom. 8:29, que él también “predestinó”. En Efe. 1:9, de su “beneplácito”.

Los decretos de Dios son llamados sus “consejos” para significar que son perfectamente sabios. Son llamados su “voluntad para mostrar que Dios no está bajo ninguna sujeción, sino que actúa según su propio deseo, en el proceder Divino, la sabiduría está siempre asociada con la voluntad, y por lo tanto, se dice que los decretos de Dios son “el consejo de su voluntad”. Los decretos de Dios están relacionados con todas las cosas futuras, sin excepción: todo lo que es hecho en el tiempo, fue predeterminado antes del principio del tiempo. El propósito de Dios afectaba a todo, grande o pequeño, bueno o malo, aunque debemos afirmar que, si bien Dios es el Ordenador y controlador del pecado, no es su Autor de la misma manera que es el Autor del bien.

 

El pecado no podía proceder de un Dios Santo por creación directa o positiva, sino solamente por su permiso, por decreto y su acción negativa. El decreto de Dios es tan amplio como su gobierno, y se extiende a todas las criaturas y eventos. Se relaciona con nuestra vida y nuestra muerte; con nuestro estado en el tiempo y en la eternidad.

 

De la misma manera que juzgamos los planos de un arquitecto inspeccionando el edificio levantado bajo su dirección, así también, por sus obras, aprendemos cual es (era) el propósito de Aquel que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad.

Dios no decretó simplemente crear al hombre, ponerle sobre la tierra, y entonces dejarle bajo su

propia guía incontrolada; sino que fijó todas las circunstancias de la muerte de los individuos, y todos los pormenores que la historia de la raza humana comprende, desde su principio hasta su fin. No decretó solamente que debían ser establecidas leyes para el gobierno del mundo, sino que dispuso la aplicación de las mismas en cada caso particular. Nuestros días están contados, así cómo también los cabellos de nuestra cabeza. (Mat. 10:30).

 

Podemos entender el alcance de los Decretos Divinos si pensamos en las dispensaciones de la Providencia en las cuales aquellos son cumplidos. Los cuidados de la Providencia alcanzan a la más insignificante de las criaturas y al más minucioso de los acontecimientos, tales como la muerte de un gorrión o la caída de un cabello. (Mat. 10:30).

 

Consideremos ahora algunas de las características de los Decretos Divinos. Son, en primer lugar, eternos. Suponer que alguno de ellos fue dictado dentro del tiempo, equivale a decir que se ha dado un caso imprevisto o alguna combinación de circunstancias que ha inducido al Altísimo a tomar una nueva resolución.

 

Esto significaría que los conocimientos de la Deidad son limitados, y con el tiempo va aumentando en sabiduría, lo cual sería una blasfemia horrible. Nadie que crea que el entendimiento Divino es infinito, abarcando el pasado, presente y futuro, afirmará la doctrina de los decretos temporales.

Dios no ignora los acontecimientos futuros que serán ejecutados por voluntad humana; los ha predicho en innumerables ocasiones, y la profecía no es otra cosa que la manifestación de su presencia eterna.

 

La Escritura afirma que los creyentes fueron escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo (Efe. 1:4), más aun, que la gracia les fue “dada” ya entonces: (2Tim. 1:9). “Fue él quien nos salvó y nos llamó con santo llamamiento, no conforme a nuestras obras, sino conforme a su propio propósito y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo”. En segundo lugar, los decretos de Dios son sabios. La sabiduría se muestra en la selección de los mejores fines posibles, y de los medios más apropiados para cumplirlos. Por lo que conocemos de los Decretos de Dios, es evidente que les corresponde tal característica. Se nos descubre en su cumplimiento; todas las muestras de sabiduría en las obras de Dios que son prueba de la sabiduría del plan por el que se llevan a cabo.

Como declara el salmista: (Sal. 104:24). “¡Cuán numerosas son tus obras, oh Jehová! A todas las hiciste con sabiduría; la tierra está llena de tus criaturas”. Sólo podemos observar una pequeñísima parte de ellas, pero, como en otros casos, conviene que procedamos a juzgar el todo por la muestra; lo desconocido por lo conocido.

 

Aquel que, al examinar parte del funcionamiento de una máquina, percibe el admirable ingenio de su construcción, creerá, naturalmente, que las demás partes son igualmente admirables. De la misma manera, cuando las dudas acerca de las obras de Dios asaltan nuestra mente, deberíamos rechazar las objeciones sugeridas por algo que no podemos reconciliar con nuestras ideas (Rom. 11:33). “¡Oh la profundidad de las riquezas, y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos!” En tercer lugar, son libres. (Isa. 40:13,14). “¿Quién ha escudriñado al Espíritu de Jehová, y quién ha sido su consejero y le ha enseñado? ¿A quién pidió consejo para que le hiciera entender, o le guió en el camino correcto, o le enseñó conocimiento, o le hizo conocer la senda del entendimiento?” Cuando Dios dictó sus decretos, estaba solo, y sus determinaciones no se vieron influidas por causa externa alguna.

 

Era libre para decretar o dejar de hacerlo, para decretar una cosa y no otra. Es preciso atribuir esta libertad a Aquel que es supremo, independiente, y soberano en todas sus acciones. En cuarto lugar, los decretos de Dios son absolutos e incondicionales. Su ejecución no esta supeditada a condición alguna que se pueda o no cumplir. En todos los casos en que Dios ha decretado un fin, ha decretado también todos los medios para dicho fin. El que decretó la salvación de sus elegidos, decretó también darles la fe, (2Tes. 2:13). “Pero nosotros debemos dar gracias a Dios siempre por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, por la santificación del Espíritu y fe en la verdad” (Isa. 46:10); “Yo anuncio lo porvenir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no ha sido hecho. Digo: Mi plan se realizará, y haré todo lo que quiero”.

 

Pero esto no podría ser así si su consejo dependiese de una condición que pudiera dejar de cumplirse. Dios “hace todas las cosas según el consejo de su voluntad” (Efe. 1:11).

 

Junto a la inmutabilidad e inviolabilidad de los decretos de Dios. La Escritura enseña claramente que el hombre es una criatura responsable de sus acciones, de las cuales debe rendir cuentas. Y si nuestras ideas reciben su forma de la Palabra de Dios, la afirmación de una enseñanza de ellas no nos llevará a la negación de la otra.

 

Reconocemos que existe verdadera dificultad en definir dónde termina una y donde comienza la otra. Esto ocurre cada vez que lo divino y lo humano se mezclan. La verdadera oración está redactada por el Espíritu, no obstante, es también clamor de un corazón humano.

 

Las Escrituras son la Palabra inspirada de Dios, pero fueron escritas por hombres que eran algo más que máquinas en las manos del Espíritu. Cristo es Dios, y también hombre. Es omnisciente, más crecía en sabiduría, (Luc. 2:52). “Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres” Es Todopoderoso y sin embargo, fue (2Cor. 13:4 “crucificado en debilidad”). Es el Espíritu de vida, sin embargo murió. Estos son grandes misterios, pero la fe los recibe sin discusión.

 

En el pasado se ha hecho observar con frecuencia que toda objeción hecha contra los Decretos Eternos de Dios se aplica con la misma fuerza contra su eterna presciencia. “Tanto si Dios ha decretado todas las cosas que acontecen como si no lo ha hecho, todos los que reconocen la existencia de un Dios, reconocen que sabe todas las cosas de antemano. Ahora bien, es evidente que si El conoce todas las cosas de antemano, las aprueba o no, es decir, o quiere que acontezcan o no. Pero querer que acontezcan es decretarlas”.

 

Finalmente trátese de hacer una suposición, y luego considérese lo contrario de la misma. Negar los Decretos de Dios sería aceptar un mundo, y todo lo que con él se relaciona, regulado por un accidente sin designio o por destino ciego.

 

Entonces, ¿qué paz, que seguridad, qué consuelo habría para nuestros pobres corazones y mentes? ¿Qué refugio habría al que acogerse en la hora de la necesidad y la prueba? Ni el más mínimo. No habría cosa mejor que las negras tinieblas y el repugnante horror del ateísmo. ¡Cuán agradecidos deberíamos estar porque todo está determinado por la bondad y sabiduría infinitas!

 

¡Cuánta alabanza y gratitud debemos a Dios por sus decretos! Es por ellos que “Sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito” (Rom. 8:28). Bien podemos exclamar como Pablo: “Porque de él y por medio de él y para él son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amen”. (Rom. 11:36).

Demonios: Una Perspectiva Bíblicamente Fundamentada

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¿HACIA DÓNDE NOS DIRIJIMOS?

El año 1973  no fue un buen año. América estaba profundamente dividida al continuar la guerra de Vietnam. La presidencia estaba siendo tratada por el escándalo llamado “Watergate”. Spiro T. Agnew renunció a la vicepresidencia en desgracia. Gerald Ford, el hombre que lo reemplazó, sería presidente dentro de un año. La nación aparentemente rebasó en drogas ilícitas e inmoralidad y estaba punto de reventar.

En la mitad de su política vorágine y moral vino una película de Hollywood de éxito de taquillas. Millones de personas se reunieron en las salas de cine, paralizándose al ver el gruñido de una niña de doce años de edad, vomitando y gritando obscenidades durante un simulacro de posesión demoníaca. El nombre de la niña era Regan y la película se llamaba El Exorcista, basada en la novela del mismo nombre escrita por William Peter Blatty. Los héroes en El Exorcista son dos sacerdotes Católicos quienes realizaron el rito del exorcismo en una niña, liberándola de una posesión demoníaca. Desde su lanzamiento en 1973, El Exorcista ha tenido ingresos brutos de mas de $89 millones de dólares, y ha venido a ser mas popular que filmes como El Sonido de la Música, Superman y Rocky.

Parece ser que con el lanzamiento de El Exorcista, los americanos comenzaron a exhibir una fascinación fresca con el ocultismo y lo demoníaco (una fascinación que tiene que disminuir). Algunos factores claves han contribuido a esta preocupación por lo demoníaco.

Primero, un vacío espiritual ha sido creado por una combinación fatal de liberalismo teológico y materialismo secular. El liberalismo teológico socava la autoridad de la Biblia, rechazando la deidad de Cristo a través de Su expiación sustitutoria. Esto deja a muchos sin esperanza o sin absolutos. Espiritualmente personas muertas de hambre miran al secularismo material y a la tecnología para encontrar satisfacción en su vida y para resolver sus problemas, pero ellos encontraron que estas soluciones a los problemas de la vida estaban arruinadas también. El ocultismo fue visto por algunos como una alternativa a su vacío espiritual.

Segundo, la industria del cine no era la única que estaba persiguiendo el ocultismo, pero también lo promovía activamente. Filmes como Poltergeist, La Profecía, El Príncipe de Las Tinieblas y Los Creyentes habían introducido a muchos adultos y jóvenes al ámbito terrorífico de la posesión demoníaca, los sacrificios satánicos y a los rituales ocultistas.

La música Rock ha tomado también una vuelta decididamente al ocultismo. Ahora tenemos “rock satánico”, el cual ha introducido los atavíos del satanismo a una generación de juventud a tientas. Símbolos satánicos son usados en un escenario y en portadas de discos de grupos de rock con nombres como “Black Sabbath”, “Coven”, “Slayer” y “Venom”. Aun el reportero Tom Jarred dijo en 20/20 de ABC: “El mensaje satánico es claro, tanto en portadas de discos como en las letras, las cuales están alcanzando impresionablemente a mentes jóvenes”.

Después, ciertos juegos de sala han desafiado una franqueza al ámbito de lo espiritual. Muchos han jugado ignorantemente con la tabla de la Ouija o con cartas de tarot, sin darse cuenta de que estos llamados “juegos inofensivos” pueden en realidad colocar a los jugadores en contacto con espíritus demoníacos. Tipper Gore, un co-fundador del Centro de Recursos de la Música de los Padres, escribió lo siguiente acerca de otro juego popular: Dungeons and Dragons (Calabozos y Dragones):

El popular juego Dungeons and Dragons  ha vendido ocho millones de juegos. El juego es basado en diagramas de ocultismo, imágenes y personajes en los cuales los jugadores “se convierten” al participar en el juego. De acuerdo a la Sra. Pat Pulling, fundadora de la organización Preocupación por los Dungeons and Dragons, el juego ha sido ligado a casi cincuenta suicidios y homicidios de adolescentes. El propio hijo de Pulling se suicidó en 1982 después de estar profundamente involucrado en el juego a través de un programa de regalos de su escuela. Un jugador como él, lo amenazó con una “maldición de muerte” y se mató en respuesta.

Aun más alarmante es la adoración abierta a Satanás, acompañado de sus extraños derechos, perversiones sexuales y sacrificios ritualistas. Los cultos satánicos parecen ir en incremento, junto con los crímenes que a menudo son asociados con ellos, causando un aumento de preocupación entre los agentes de policía, educadores y pastores.

Finalmente, el movimiento de la Nueva Era comenzó a crear una nueva apertura de actitud hacia el ámbito espiritual. Dave Hunt identifica los siguientes nueve artículos como formas de influencia de la Nueva Era: Psicoterapia, Técnicas de Visualización, Meditación Oriental, Bioretroalimentación, confesión positiva o pensamiento de posibilidad, hipnosis, medicina holística y muchos de la auto-superación moderna y técnicas de éxito/motivación.

Cercanamente conectado con el movimiento de la Nueva Era es el fenómeno de la “canalización”. Canalización es la adaptación moderna de el antiguo espiritualismo, en el cual los mediums y los clarividentes tiene una sesión de espiritismo con intentos de contactar a los muertos. Un “canal” es un nombre contemporáneo para un médium, alguien quien dice tener la capacidad de deliberar con los llamados entes espirituales. El día de hoy en California, uno puede consultar a un “espíritu reencarnado” por $10 dólares o $1500 dólares por hora. Muchos hacen esto cada semana.

Estas tendencias alarmantes no han fallado en impactar a la iglesia. Una generación atrás, los encuentros con personas quienes se pensaban que tenían “problemas demoníacos” eran relativamente raros en nuestra cultura. Por contraste, no es inusual el día de hoy en una escuela cristiana o iglesia tenga dentro de sus filas a alguien que tiene un contacto en el pasado con actividades ocultistas. Aumentan los números de personas que están preocupados acerca de la actividad demoníaca y la posibilidad de posesión, y más de estos han estado en un cuarto de consejería.

La comunidad cristiana ha reaccionado con un amplio rango de respuestas a todo esto. Algunos, particularmente en el movimiento carismático, han ido a extremos raros, diciendo echar fuera demonios de no solo de individuos sino también de congregaciones locales y aun de edificios de iglesias. Los evangélicos conservadores han correctamente condenado tales extremos. Muchos han sostenido que la posesión demoníaca ha sido no común en nuestra cultura, y por lo tanto la necesidad de echar fuera demonios de las almas preocupadas es rara.

Sin embargo, es digno de atención que los evangélicos han comenzado a cuestionar este punto de vista a la luz del entretenimiento de nuestra cultura con el ocultismo. De hecho, un número creciente de pastores y maestros de la Biblia están aun diciendo que algunos creyentes están siendo posesionados por demonios en cierto sentido. El brillante estudioso Merrill F. Unger escribió su clásico Demonología Bíblica en 1952. En ese volumen provechoso, el dice que los creyentes no puede ser posesionados por un demonio. El establece: “Podemos tener una confianza segura de que el creyente,… es protegido del enemigo dentro de sus puertas”. Pero en su libro del 1971 Demons In The World Today, el Dr. Unger cambió su posición, diciendo que su anterior interpretación estaba en un error. La razón de su cambio fue debido en parte al numero de misioneros quienes desafiaron su posición, así como su propias experiencias de consejería con los llamados creyentes poseídos por demonios. El escribió en aquel tiempo: “El verdadero buscador de la verdad debe estar preparado para renovar su interpretación para que esté en conformidad con los hechos tal y como lo son.”. El último libro sobre esto del Dr. Unger es: What Demons Can Do to Saints, fue publicado en  1977. Contiene numerosos casos de estudios de lo que el cree son creyentes genuinos con posesión demoníaca.

Mas recientemente, C. Fred Dickason escribió un libro titulado Demons Possession and the Christian. El Dr. Dickason es un respetado maestro de la Biblia, habiendo enseñado teología y en Nuevo Testamento por más de veintiséis años. El dice que desde 1974 hasta 1987 encontró al menos 400 casos de creyentes endemoniados.

Un extenso ministerio de consejería a oprimidos diabólicamente ha sido también partícipe por Mark I. Bubeck. El Dr. Bubeck ha escrito dos libros “best seller”: El Adversario (1975) y Overcoming The Adversary (1984). El establece su convicción de que la posesión voluntaria de individuos por demonios es un problema creciente y una situación extremadamente peligrosa. El también ha relatado la historia de la posesión demoníaca de su hija mas joven y como él exitosamente ordenó a los espíritus dejarla.

Por el otro lado de este tema esta Peter Masters, un escritor cristiano y pastor del Tabernáculo Metropolitano de Londres (la iglesia de Spurgeon) desde 1970. Masters rotundamente condena la idea de que una verdadera posesión demoníaca se ha difundido el día de hoy y sus citas de lo que él cree son seis razones Escriturales del porque los demonios no pueden ocupar a personas a su voluntad. El rechaza la noción de que los demonios puedan esconderse en sus víctimas y descarta la posibilidad de que cualquier creyente pueda estar posesionado por un demonio. Afirma aún, que dirigirse a demonios en cualquier manera es expresamente prohibido en la Biblia y aquellos que practican tales cosas pueden de hecho dañar seriamente a las personas que intentan ayudar.

Cuando se acude a la pregunta de: ¿Quién esta en lo correcto? ¿Cómo podemos evaluar las declaraciones de muchos que están echando fuera demonios de numerosas desafortunadas personas? ¿Tienen los creyentes en verdad la autoridad de echar fuera demonios? ¿Existe en realidad un don de “exorcismo bíblico”? ¿Puede una persona en realidad estar posesionada por demonios y no darse cuenta? ¿Cómo puede uno tratar con una persona verdaderamente posesionada, o existe tal cosa? O, para decirlo en otra manera, ¿Hacia donde nos dirigimos de aquí?

Afortunadamente, Dios ha dado una cantidad sustanciosa de información segura acerca de la posesión demoníaca y del exorcismo en Su Palabra. Para los creyentes en Jesucristo quienes están comprometidos a formar sus vidas a los patrones de pensamiento según esa Palabra, este material Bíblico debe formar la base para cualquier respuesta a estas preguntas.

Es por esta razón que este libro ha sido escrito. Es tiempo de tratar totalmente con la evidencia bíblica y  permitir a la revelación divina interpretar las experiencias. La Escritura debe determinar la verdad. Y si las experiencias no encajan con tal verdad, ellas deben ser reinterpretadas.

En consecuencia, cuatro principios básicos gobiernan este libro. (1) Las Escrituras se asumen ser la inspirada e inerrante Palabra de Dios. Por tanto los incidentes registrados en la Biblia incluyendo el ámbito demoníaco son aceptados en sentido literal y basado en hechos. (2) Las Escrituras son totalmente suficientes para darnos toda la suficiente información que necesitamos en esta área. Siendo que Dios nos ha dado “todas las cosas que pertenecen a la vida a ya la piedad” (2ª Ped. 1:3), se asume que todo lo que necesitamos para conocer la vida piadosa, incluyendo el tratar con lo demoníaco, se encuentra dentro de las páginas de la Sagrada Escritura. (3) Los datos serán limitados a las declaraciones de la Escritura. Siendo que el exorcismo incluye el tratar con un enemigo que es astuto, engañador, depravado e invisible; malinterpretar las experiencias puede ser una posibilidad real. Estas experiencias deben ser medidas por la verdad, por la objetividad y por un estándar totalmente seguro (y el único estándar que conoce estas calificaciones totalmente es la Palabra de Dios) (4) El desacuerdo con otros creyentes en el área de la posesión demoníaca y del exorcismo no se debe interpretar en ninguna manera como si se cuestionara su fe, integridad y amor por Cristo y Su pueblo. Cada esfuerzo ha sido hecho con el fin de tratar los temas en una manera respetuosa.

Se espera que este libro lleve al lector a pensar cuidadosamente a través de los pasajes del Nuevo Testamento que relatan la posesión demoníaca y el exorcismo, para construir un sistema de creencias basadas sobre una base doctrinal y luego evaluar la escena presente a la luz de los datos bíblicos.

¿QUE ES LA POSESION DEMONIACA?

Las palabras Bíblicas para posesión demoníaca dan una escena terrible de verdadera posesión demoníaca. Involucra un demonio o varios demonios residiendo dentro del cuerpo de una persona, con el demonio viviendo y ejerciendo control soberano sobre su victima, la cual no puede resistir exitosamente. Esta característica de demonios residiendo y controlando dentro de ellas distingue la demonización de formas menores de influencia demoníaca.

La ilustración de Jesús en Mateo 12:43-45 claramente muestran que los demonios desean residir dentro de las personas. La posesión de una víctima es más difícil, sin embargo, de lo que muchos creen.  Una vez que un demonio ha residido dentro de una persona, él también puede dejarla voluntariamente. Este hecho debe causar que los creyentes sean cuidadosos acerca de aceptar la validez de experiencias de exorcismos basadas solo en los resultados.

La característica primaria de posesión demoníaca en el Nuevo Testamento era el tormento físico y mental. Otras marcas de posesión demoníaca fueron la manifestación de otra personalidad racional y consciente y la clarividencia. Siendo que los síntomas de la demonización eran tan obvios y únicos, ninguna “prueba” o “test” eran utilizados para determinar si una persona estaba endemoniada. Aun los incrédulos podían a menudo correctamente reconocer la condición en que estaban. Las personas no se asumían como posesionadas a menos que la condición era obvia.

La responsabilidad del endemoniado por su situación comprometida no es enfatizada en el Nuevo Testamento. Insinúa, sin embargo, que el involucrarse con la idolatría y el ocultismo podía abrir la puerta a la posesión demoníaca. Esto puede ayudar a proveer una explicación para el gran numero de reportes de posesión relatadas por misioneros sirviendo en culturas idolatras y ocultistas, así como el incremento en reportes de posesión en este país. Sin embargo, aun el involucrarse con el ocultismo y la idolatría no es garantía de una posesión demoníaca.

JESUCRISTO: LIBERTADOR DE LO DEMONIACO

Debemos rechazar las negativas de que Jesús echó fuera demonios durante su ministerio terrenal. Si Jesús no echó fuera demonios como la Biblia dice que lo hizo, uno es dejado con solo opciones sombrías de decir que Jesús deliberadamente mintió, que el no conocía algo mejor o que los registros de los Evangelios simplemente no pueden ser confiables.

Las expulsiones de demonios de Jesús contrastan con los métodos de sus contemporáneos. Ellos usaban encantamientos elaborados, conjuros y ceremonias religiosas. Mientras que los métodos de Jesús variaban, su palabra era prominente y poderosa en echar fuera demonios. Su acercamiento era siempre sencillo y solemne, y este estilo causó gran asombro entre los testigos de estos eventos.

Las expulsiones de demonios  por parte de Jesús eran significativas en tres maneras. Primero, eran  específicamente milagros de sanidad. Encajan en el criterio de milagros, eran reconocidos así por el pueblo y tenían una similitud de patrón y terminología con otros milagros que Jesús realizó. Segundo, eran señales relacionadas al reino, apuntaban a la autoridad y poder del Rey. También autentificaban el mensaje del evangelio del reino y demostraban que el reino de Satanás estaba siendo fuertemente sacudido y era una manera para preparar el reino mesiánico que comenzaba. Este suceso causó choques violentos entre Jesús y las fuerzas de Satanás, las cuales gráficamente se demostró cuando Jesús forzó a los demonios a dejar a sus víctimas. Esta demostración también explica el inusual brote de posesión demoníaca en los días de Jesús y el gran número de expulsiones que Jesús realizó. Tercero, las palabras de los demonios mismos subrayaban la identidad de Jesús como Mesías e Hijo de Dios y mostraba su absoluta autoridad sobre el ámbito demoníaco.

LOS  APOSTOLES: EN LOS PASOS DEL MAESTRO

Los apóstoles oficialmente representan a Jesucristo en un sentido único. Se les dio autoridad, y ellos hablaron por él para autentificar su posición y mensaje, ellos manifestaron ciertas señales y milagros, conocidos como “señales de apóstol”. Una de estas señales consistía en echar fuera demonios. Siendo una de muchas señales de apóstol, las expulsiones demoníacas no pueden ser separadas de otras señales tales como sanidad de enfermos, resucitar muertos, hablar en lenguas y protección sobrenatural. Aunque un debate serio textual existe sobre la autenticidad de Marcos 16:9-20, el pasaje en realidad confirma otras enseñanzas del Nuevo Testamento de que echar fuera demonios era una señal apostólica. “Los que creyeron” en Marcos 16:17 son cualquiera de los apóstoles o aquellos que directamente ministraron con los apóstoles. En cada caso, las expulsiones de demonios son llamadas “señales” que “confirmaron” el mensaje apostólico (Marcos 16:20).

La práctica apostólica de expulsiones de demonios fue caracterizada por (1) éxito inmediato, (2) sin patrón alguno; y (3) sorprendentemente paralelo a algunos milagros de Jesús. El fracaso de Marcos 9:14-29 no proporciona ninguna contradicción a esta declaración, sino que muestra que circunstancias particularmente difíciles una oración corta acompañada de fe, fue necesaria para tener éxito en la comisión dada por Cristo. Siendo que echar fuera demonios fue una señal milagrosa apostólica, la practica cesó con la muerte de los apóstoles. Varias referencias precisan el dato en algún tiempo entre el año 56 y 68 d.C.

OTROS QUE ECHARON FUERA DEMONIOS

Mientras que los apóstoles y Jesús no eran los únicos que echaban fuera demonios, un vistazo cuidadoso a otros ejemplos reales de presuntas expulsiones demoníacas en el Nuevo Testamento, tienden a reforzar la idea de que echar fuera demonios era un don-señal autentificador que era peculiar de los evangelios y del período apostólico. En algunos presuntos ejemplos de exorcismo exitoso; los demonios podían salir por sí solos con el fin de avanzar la doctrina falsa, las ideas erróneas en relación a los demonios y los ministerios falsificados. Los colegas de los fariseos (Mat. 12:27), los hijos de Esceva (Hech. 19:13, 14) y aquellos en el juicio (Mat. 7:21-23) pueden caer en esta categoría. El hombre a quienes los apóstoles reprendieron (Mar. 9:38-40) es en cierto modo un misterio. No existe suficiente información para determinar exactamente lo que él hizo, si en realidad echó fuera demonios o si solo intentó hacerlo. La Biblia solo da dos claros ejemplos que testifican a algunos otros aparte de Jesús y los doce que echaron fuera demonios (los ejemplos del ministerio de los setenta y Felipe). Los setenta fueron en efecto “apóstoles temporales”, y Felipe recibió la capacidad después de que los apóstoles les impusieron las manos. Todos estos hechos refuerzan la idea de que la principal razón para echar fuera demonios era con el fin para autentificar el mensaje de Cristo y los apóstoles.

EXORCISMO Y EL PRESENTE

Cuando es examinado el Nuevo Testamento de cerca, ningún don específico de “exorcismo bíblico” puede encontrarse. Debido a su cercana asociación con los milagros de sanidad, es probable que el “don” de echar fuera demonios era un aspecto del don general de sanidades, el cual era uno de la “señales de apóstol”. Las señales de apóstol y los dones de sanidad, cesaron al cierre de la era apostólica. Las experiencias del presente día de liberaciones de demonios son en una manera diferente en naturaleza del fenómeno del Nuevo Testamento.

La asociación que es a menudo hecha entre echar fuera demonios y el don de discernimiento de espíritus (1ª Cor. 12:10), así como el probar a los espíritus (1ª Juan. 4:1-4), es invalido. Estos pasajes, cuando se examinan de cerca en su contexto, no tienen nada que ver con la posesión demoníaca. De hecho, no existe una enseñanza directa en ningún lugar del Nuevo Testamento en relación a como determinar la posesión demoníaca. La Biblia solo da ejemplos históricos.

Experiencias modernas de echar fuera demonios no pueden usarse para probar cualquier posición doctrinal debido a la posibilidad de que los demonios puedan “falsificar” exorcismos a través de salidas voluntarias de sus victimas y debido a la naturaleza engañadora de los demonios mismos. Algunas otras explicaciones de modernos exorcismos existen. Algunos llamados exorcismos bíblicos pueden de hecho ser mejor entendidas como oraciones de coacción divina para sacar a los demonios de sus víctimas. Mientras que estas experiencias son a veces validas, ellas no son las mismas del fenómeno del Nuevo Testamento de echar fuera demonios.

Finalmente, mirando a las experiencias y los casos de estudio para desarrollar una metodología para aconsejar sobre lo demoníaco, implica al menos que la sola Escritura es insuficiente para instruir y equiparnos para vivir santamente. Siendo que los pasajes tales como 2ª Timoteo 3:16, 17 y 2ª Pedro 1:3 claramente dicen lo contrario, debemos rechazar tal metodología de consejería.

TRATANDO CON EL DEMONIO

El exorcismo no provee la única respuesta para la liberación de lo demoníaco; la Biblia no da ninguna instrucción paulina en relación a como diagnosticar una posesión demoníaca o echar fuera demonios. Existe, sin embargo, una discusión extensa en Efesios 6:10-20 en relación a como el creyente puede obtener victoria sobre fuerzas demoníacas. El plan de Dios para la victoria incluye tres cosas: dependencia en la fuerza de Dios, poniéndose toda la armadura de Dios y librar una estrategia de defensa. El creyente debe andar llevando los mandamientos del Señor, y debe mantenerse firme cuando es atacado por Satanás. Su atención debe estar centrada en Cristo y su voluntad más que en buscar entrar en batalla con Satanás. El enemigo nunca debemos tomarlo a la ligera. Satanás y sus demonios son inteligentes, poderosos y llenos de recursos. Si algún creyente pretende la victoria sobre él con sus propias fuerzas o métodos, seguramente fracasará. Por tanto, el creyente necesita ataviarse en la armadura de Dios. De acuerdo a Efesios 6:11 al compararse con Romanos 13:12 y 14, la armadura es Cristo.

Ponerse a Cristo puede entenderse en doble manera. Primero, incluye la idea de que el individuo ha confiado en Cristo como su Salvador personal. Esto es posicional el ponerse a Cristo. Segundo, incluye, una apropiación práctica de Cristo en el diario vivir del creyente. Esta apropiación incluye la rendición activa de los miembros de uno como instrumentos de justicia a Dios, y afirmando un conocimiento de la posición en Cristo y un uso práctico de la Escritura para poner a adversario en fuga. Una vez que Cristo ha sido “puesto” por fe, ningún lugar y oportunidad puede darse al enemigo. Por tanto todas las asociaciones o artículos ocultistas o idólatras deben ser desechados o destruidos, en su lugar, una identificación y participación con el pueblo de Dios, a través de la iglesia local debe practicarse al ir creciendo en la gracia y el conocimiento del Señor.

Las grandes expulsiones demoníacas que Cristo cumplió dramáticamente en su ministerio público muestran su total autoridad sobre los poderes de las tinieblas. El es la gran armadura de protección del creyente; ¡y ninguna armadura más suficiente es necesaria! En El los creyentes tienen victoria, y los creyentes rendidos no deben temer a su enemigo.

por Alex Konya

Resumen del libro

Demons: Una Perspectiva Bíblicamente Fundamentada

Alex Konya se convirtió  en cristiano en 1970, en 1974 se graduó del Cedarville College. Su trabajo de posgrado incluye grados de M.Div. (1977) y Th. M. (1985) del Grace Theological Seminary, Winona Lake, Indiana y estudios del Institute Of Holy Land Studies en Jerusalén en 1984.

Konya pastoreó iglesias por 16 años, incluyendo pastor de Mayflower Baptist Church en South Bend, Indiana. El también sirvió en Indiana Fellowship of Baptist Regular Churches Council of Twelve y fue un oficial del Cristal Lake Fellowship of Regular Baptist Churches. El ahora sirve al Señor en un ministerio internacional.




Roger K. Bufford, Counseling and the Demonic, Resources for Christian Counseling, ed. Gary R. Collins (Dallas: Word Books, 1988).

Tipper Gore, Raising PG Kids in an X-Rated Society (Nashville: Abingdon Press, 1987), p. 118.

Ibid., p. 119.

Buffod,Counseling, p. 18.

Gore, PG Kids, p. 118.

Dave Hunt y T.A. McMahon, La Seducción de la Cristiandad: Discernimiento Espiritual para los Últimos Días (Eugene, OR: Harvest House Publishers, 1985), p.8. (hay edición en español por Editorial Unilit)

Bufford, Counseling, p. 18.

Ibid, p. 17.

Para ejemplos de esto, vea Kenneth E. Hagin, Series de Satanás, Demonios y Posesión Demoníaca, 4 vol. (Tulsa, OK: Kenneth Hagin Ministries, 1983).

Merrill Frederick Unger; Biblical Demonolgy (Wheaton, IL.: Van Kampen Press, 1952), p. 100..

Merrill Frederick Unger; Demons In The World Today (Wheaton, IL: Tyndale House Publishers, 1971), p. 59.

C. Fred Dickason, Demon Posesión and The Chsristian: A New Perspective(Chicago: Moody Press, 1987), p. 175.

Mark I. Bubeck, The Adversary: The Christian Verses Demonic Activity (Chicago: Moody Press, 1975), p. 86.

Ibid,. Pp. 117-22.

Peter Masters, The Healing Epidemic (London: The Wakeman Trust, 1988), pp. 100-11.

Ibid., pp. 87, 88.

Ibid., pp. 89-93.

Ibid., pp. 94-98.

Ibid., pp. 91, 92.

Estad Quietos y Conoced que soy Dios

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Estad quietos, y conoced que yo soy Dios

 

(Salmo 46.10)

 

por Jonathan Edwards

 

ESTE salmo suena como un himno de la iglesia en tiempos de grandes convulsiones y desolaciones en el mundo. Es por eso que la iglesia se gloría en Dios como su amparo, su fortaleza y su pronto auxilio, aun en tiempos de las mayores tribulaciones y dificultades. “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y borboteen sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su ímpetu” (versículos 1, 2, 3).

 

La iglesia se enorgullece en Dios, no sólo por ser Él su ayudador, que la defiende cuando el resto del mundo se ve envuelto en desgracias y catástrofes, sino porque, como río refrescante, le da aliento y gozo, aun en medio de la calamidad pública. “Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana” (vv. 4, 5). En los versículos 6 y 8 se declaran los cambios profundos y las calamidades que agitaban al mundo: “Braman las naciones, se tambalean los reinos; lanza él su voz, y se derrite la tierra. Venid, ved las obras de Jehová, que ha puesto asolamiento en la tierra”. En el texto que sigue se expresa de manera admirable la manera en que Dios libra a la iglesia de estas desgracias, especialmente de los desastres de la guerra y la furia de sus enemigos: “Que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra. Que quiebra el arco, rompe las lanzas y quema los carros en el fuego”. Es decir, Él hace que cesen las guerras cuando son contra su pueblo; Él quiebra el arco cuando se dobla contra sus santos.

 

Siguen entonces estas palabras: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. La soberanía de Dios se manifiesta en sus grandes obras, las cuales aparecen descritas en los versículos anteriores. Esas mismas terribles desolaciones que Él desató en su designio de librar a su pueblo utilizando medios terribles muestran también su grandeza y su señorío. A través de todo eso demuestra su poder y soberanía, y así ordena a todos estar quietos, y conocer que Él es Dios. Porque, dice: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”.

 

De esto se pueden derivar observaciones interesantes:

 

1. El deber de estar tranquilos delante de Dios, bajo las mercedes de su providencia. Esto implica que debemos mantener quietud de palabras, sujetándonos de hablar o de quejarnos contra los designios de la Providencia; no oscureciendo la razón con palabras de ignorancia, ni empleando el lenguaje pomposo de la vanidad. Debemos mantener quietud en nuestras acciones y en nuestra conducta, de modo que no contrariemos a Dios en sus designios. Y en lo tocante a la disposición interior de nuestros corazones, hemos de cultivar la calma y una serena sumisión de espíritu a la soberana voluntad de Dios, cualquiera que esta sea.

 

2. Podemos tener en cuenta el fundamento de este deber, esto es, la divinidad de Dios. El hecho de ser Dios es razón de sobra para que debamos estar quietos delante de Él, sin murmurar en lo más mínimo, sin objetar, sin oposición, sino tranquilamente y con humildad sometiéndonos a Él. ¿Cómo hemos de cumplir este deber de estar quietos delante de Dios? Sencillamente con un sentido de su divinidad, comprendiendo que el fundamento de ese deber es el conocimiento de que Él es Dios. Nuestra sumisión es la que corresponde a seres racionales. Dios no requiere que nos sometamos a Él a contrapelo de lo razonable, sino como viendo la razón y el fundamento de hacerlo así. De ahí que, la mera realización de que Dios es Dios puede ser suficiente para acallar toda objeción y oposición a sus divinos y soberanos designios.

 

Todo esto puede verse considerando lo siguiente:

 

1. Por cuanto Él es Dios, es un ser absoluta e infinitamente perfecto, siendo imposible que pudiera incurrir en error o maldad. Y como es eterno y no debe su existencia a ningún otro, no puede en medida alguna tener limitaciones en su ser ni en ninguno de sus atributos. Si algo tiene límites en su naturaleza, debe haber alguna causa o razón por la que esos límites están allí. De lo cual se deduce que toda cosa limitada debe tener alguna causa. Por lo tanto, aquello que no tenga causa tiene que ser ilimitado. Las obras de Dios demuestran con toda evidencia que su sabiduría y su poder son infinitos, pues quien hizo todas las cosas de la nada, que las sustenta, gobierna y maneja en todo momento y en todas las edades, sin cansarse, tiene que poseer un poder infinito. Tiene asimismo que ser infinito en el conocimiento; porque si Él hizo todas las cosas, y sin cesar las sustenta y gobierna todas, se sigue que él, continuamente y de una sola mirada, ve y conoce a la perfección todas las cosas, así las grandes como las pequeñas.

 

Lo cual no es posible sin un conocimiento infinito. Siendo, pues, infinito en conocimiento y poder, Dios tiene que ser también perfectamente santo. La falta de santidad supone siempre defecto y pobreza de visión. Donde no hay oscuridad ni engaño, no puede faltar la santidad. Es imposible que la maldad pueda coexistir con la infinita luz. Dios, siendo infinito en poder y conocimiento, tiene que ser totalmente autosuficiente. Es por lo tanto imposible que Él pueda caer en cualquier tentación o cometer alguna falta. No hay motivo por el cual pueda incurrir en nada semejante. Siempre que alguien es tentado a ceder a lo incorrecto, es por fines egoístas.

 

Entonces, ¿cómo podría un Ser todopoderoso —que no necesita de nada— ser tentado a hacer algo malo por fines egoístas? Es, pues, imposible que Dios, que es esencialmente santo, pudiera en ningún sentido incurrir en el mal.

 

2. Por el hecho de ser Dios, Él es tan grande que está infinitamente más allá de toda

 

comprensión. Por tanto, es irrazonable de nuestra parte pretender juzgar sus decisiones, ya que las mismas son misteriosas. Si fuera un ser al cual nosotros pudiéramos comprender, no sería Dios. Sería irrazonable suponer nada más allá del hecho de que hay muchas cosas en la naturaleza de Dios, así como en sus obras y gobierno, que son para nosotros un misterio que jamás podremos discernir.

 

¿Qué somos y qué idea tenemos de nosotros mismos si esperamos que Dios y sus designios puedan estar al nivel de nuestro entendimiento? Somos infinitamente incapaces de tal cosa como comprender a Dios. Para nosotros sería menos irrazonable concebir que una cáscara de nuez pudiera contener al océano. Dice en Job 11.7ss: “¿Descubrirás tú las  profundidades de Dios? ¿Alcanzarás el límite de la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? Su dimensión es más extensa que la tierra, y más ancha que el mar”. Si pudiéramos tener sentido de la distancia que existe entre Dios y nosotros, entenderíamos lo razonable de la interrogación del apóstol Pablo en Romanos 9.20: “…oh, hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios?”

 

Si creemos encontrarle faltas al gobierno de Dios, estamos virtualmente suponiéndonos capaces de ser sus consejeros; cuando en realidad más bien nos convendría, con gran humildad y adoración, clamar con el apóstol (Ro 11.33ss): “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios, e insondables sus caminos! Porque ¿quién penetró en el pensamiento del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos de los siglos”.

 

Si hubiera niños que alzaran la voz para criticar a los cuerpos legislativos de su país o para poner en tela de juicio las decisiones del poder ejecutivo, ¿no se estimaría que se estaban entrometiendo en cosas demasiado elevadas para ellos? ¿Y qué somos nosotros sino bebés? Pues nuestras inteligencias son infinitamente menores que las de los bebés en comparación con la sabiduría de Dios. Lo sensato para nosotros es tener esto en cuenta y ajustar a ello nuestra conducta. Dice en el Salmo 131.1,2: “Jehová, no está envanecido mi corazón, ni mis ojos son altivos; no ando tras grandezas, ni tras cosas demasiado sublimes para mí. Sino que me he calmado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre”.

 

Esta sola comprensión de la infinita distancia entre Dios y nosotros, y entre el

 

entendimiento de Dios y el nuestro, debería ser suficiente para acallarnos y para acatar con serenidad todo lo que Dios hace, no importa cuán ininteligible o misterioso nos parezca. Ni tampoco tenemos derecho alguno a esperar que Dios nos explique en particular la razón de sus actos o sus designios. Está más que justificado que Dios no nos dé a nosotros, gusanos del polvo que somos, razón de sus asuntos, que así podamos captar la distancia que nos separa de Él, y le adoremos y nos sometamos a Él en humildad y reverencia.

 

Podemos ver a este respecto por qué, cuando Job padecía sufriendo por designio divino crueles penalidades, Dios le respondió no explicándole las razones de su misteriosa providencia, sino haciéndole ver su condición de miserable gusano, de nada, y cuán lejos estaba él de la altura de Dios. Esta actitud divina estaba más en consonancia con Dios que haber entrado en algún debate con Job, o haberle revelado el misterio de sus dificultades.

 

Y para Job fue bueno someterse a Dios en aquellas cosas que no podía entender, a lo cual quiso traerle la respuesta divina.

 

Conviene que Dios habite en profunda oscuridad, o en luz que ningún ser humano puede resistir, la cual ninguno ha visto ni puede ver. Nada hay de extraño en que un Dios de infinita gloria resplandezca con una brillantez demasiado viva y potente para el ojo humano. Porque los mismos ángeles, esos espíritus poderosos, aparecen cubriendo sus rostros ante esta luz (Isaías 6).

 

3. Siendo que Él es Dios, todas las cosas son suyas, por lo cual tiene derecho a disponer de ellas a su antojo y placer. Todas las cosas de este mundo inferior son suyas. “…Todo lo que hay debajo del cielo es mío” (Job 41.11). “He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella” (Dt 10.14). Todas las cosas son suyas porque todas proceden de Él; son totalmente de Él y de solamente de Él.

 

Aquellas cosas hechas por los hombres no son enteramente de ellos. Cuando un hombre edifica una casa, no es completamente suya; ninguno de los materiales con que fue hecha le debe su origen. Todas las criaturas son total y completamente fruto del poder de Dios.

 

Es lógico, por lo tanto, que todas sean para él y estén sujetas a su voluntad (Pr 16.4). Así pues, como todas las cosas vienen de Dios, así todas se sostienen por Él, y se hundirían en la nada en un instante si Él no las sostuviera. Y todas son para Él. “Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas” (Ro 11.36). “Porque por él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, las visibles y las invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas tienen consistencia en él” (Colosenses 1.16,17). Toda la humanidad es suya: sus vidas, su aliento, su ser; “porque en él vivimos y nos movemos y somos”. Nuestras almas y nuestras capacidades le pertenecen.

 

“He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía” (Ez 18.4).

 

4. Comoquiera que Él es Dios, es digno de ser soberano sobre todas las cosas. A veces los hombres poseen más de lo que son dignos de poseer. Pero Dios es no solamente dueño de todo el universo, siendo que todo procede y depende de Él, sino que tal es su perfección, la excelencia y dignidad de su naturaleza, que es digno de ser soberano por sobre todo. Nadie deberá osar oponerse a que Dios ejerza la soberanía del universo como si no fuera digno de ello, pues el ser soberano absoluto del universo no es gloria ni honor demasiado grandes para Él.

 

Todas las cosas en el cielo y en la tierra, ángeles y hombres, son nada en comparación con Él; todas son como la gota de agua en el balde o como el grano de arena en la playa. Es así adecuado que cada cosa esté en sus manos, para que Él disponga según le plazca. Su voluntad y su deseo son de infinitamente mayor importancia que los de las criaturas. Es correcto que su voluntad se cumpla, aunque fuere contraria a la de todos los demás seres; que Él haga de sí mismo su propio fin; y que disponga todas las cosas para sí. Dios está dotado de tales perfecciones y excelencias que tiene título a ser el soberano absoluto del mundo.

 

Ciertamente, conviene mucho más que todas las cosas estén bajo la dirección de una sabiduría irreprochable y perfecta que expuestas a caer en confusión o sujetas a causas sin control. Más aun, no es bueno que ningún negocio dentro del gobierno de Dios pueda quedar sin la dirección de su sabia providencia, muy especialmente aquellas cosas de mayor importancia.

 

Es absurdo suponer que Dios pudiera estar obligado a prevenir a cualquier criatura de pecar y de exponerse a castigo adecuado. De ser así, resultaría que no puede haber tal cosa como un gobierno moral de Dios sobre individuos razonables, y sería arbitrario para Dios dar mandamientos ya que Él mismo sería la parte comprometida a observar la conducta y estarían fuera de lugar las promesas o las amenazas. Pero si Dios puede dejar que alguien peque y se exponga a castigo, entonces resulta mucho más apropiado y mejor que el asunto sea tratado con sabiduría —quién en justicia debe a causa del pecado quedar expuesto a castigo y quién no— que permitir que venga por la confusión o el azar.

 

No es digno del Gobernador del universo dejar las cosas al azar; lo natural para Él es gobernar todas las cosas por medios de sabiduría. Y así como Dios posee sabiduría que lo autoriza para ser soberano, así también tiene el poder que lo capacita para ejecutar lo que aconseja la sabiduría. Más aun, Él es esencial e invariablemente santo y justo, e infinitamente bueno, por lo que está perfectamente calificado para gobernar el mundo de la mejor manera posible.

 

Por lo tanto, cuando actúa como soberano del mundo, lo indicado para nosotros es estar quietos y someternos de buen grado, sin objetar en manera alguna que Él tenga la gloria de su soberanía; por el contrario, conscientes de su dignidad, reconocerla con gozo, diciendo: “Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos”, y repetir con aquellos en Apocalipsis 5.13: “Al que está sentado en el trono … sea la alabanza, el honor, la gloria, y el dominio…”

 

 

 

5. Por cuanto Él es Dios, será soberano y actuará como tal. Él se sienta en el trono de su soberanía y su reino rige sobre todos. En su soberano poder y dominio será exaltado, como Él mismo declara: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”. Él hará saber a todos que es el supremo Señor de toda la tierra. Él efectúa su voluntad entre las huestes del cielo y entre los habitantes de la tierra, y nadie puede detener su mano. No puede haber tal cosa como frustrar, entorpecer o invalidar sus designios, pues Él es grande en el pensamiento y maravilloso en la acción. Su consejo prevalecerá, y Él hará todo lo que le plazca.

 

No hay sabiduría, ni inteligencia, ni talento que pueda ir contra el Señor. Cualquier cosa que Él quiera hacer será para siempre; nada le será añadido ni quitado. Cuando Él actúe, ¿quién le opondrá reparos? Él puede, si quiere, hacer trizas a sus enemigos. Si los hombres se juntan contra Él para estorbar u oponerse a sus designios, Él “quiebra el arco, rompe las lanzas, y quema los carros en el fuego”. Él mata y hace vivir, derriba y levanta, todo según el consenso de su voluntad. Dice en Isaías 45.6,7: “Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo soy Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo soy Jehová, el que hago todo esto”.

 

Ni los eminentes, ni los ricos, ni los sabios pueden impedir o torcer la voluntad de Dios. Él despacha chasqueados a los doctos y no rinde pleitesía a los aristócratas ni concede privilegio a los ricos sobre los pobres. Hay muchos subterfugios en el corazón humano; pero el consejo del Señor y los pensamientos de su corazón permanecerán a través de todas las generaciones. Cuando Él concede paz, ¿quién puede crear problemas? Y si oculta su rostro, ¿quién puede contemplarlo? Lo que Él derriba no puede ser reconstruido y al que silencie así se queda. Cuando Él se proponga algo, ¿quién se lo estorbará? Y cuando extienda su mano, ¿quién hará que la recoja? No hay por lo tanto manera de impedir a Dios ser soberano ni que actúe como tal. “De quien quiere tiene compasión y al que quiere endurecer, endurece” (Ro 9.18). Él tiene las llaves del infierno y de la muerte: abre, y no hay quien cierre; cierra, y no hay quien abra. Esto puede hacernos ver la insensatez de ponernos en contra de los soberanos designios de Dios; y cuán sabios son aquellos que quietamente y de buen ánimo se someten a su soberana voluntad.

 

6. Como que Él es Dios, está en posición de vengarse de aquellos que se opongan a su soberanía. Él es sabio de corazón y poderoso en fortaleza; ¿quién podrá endurecerse contra Dios y salir airoso? A esto tiene que responder todo el que intente contender con Él. Y ay del miserable que quiera pelear contra Dios, ¿podrá defender su posición delante de Él? A cualquiera de sus enemigos al que mueva el orgullo, el Señor le mostrará que está por encima de ellos. Vendrán a ser como la paja en el viento, o como grasa de carneros; el fuego los consumirá y desaparecerán. “Quién pondrá contra mí en batalla espinos y zarzas? Yo los hollaré, los quemaré a una” (Isaías 27.4).

Las Resposbailidades Especiales de los Hijos hacia Sus Padres

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LAS RESPONSABILIDADES ESPECIALES DE LOS HIJOS HACIA SUS PADRES

 

Por Richard Baxter

 

De las Obras Prácticas de Baxter, Vol. 1, Un Directorio Cristiano,

 

Sobre la Economía Cristiana, Cap. XI., pp. 454-457

 

Aunque los preceptos a los hijos no tienen tanta fuerza para ellos cuando son de edad más madura, debido a su incapacidad natural, y sus pasiones y placeres infantiles que adormecen su débil grado de razón; no obstante, algo ha de decírseles, porque esa medida de razón que tienen ha de ejercitarse, y por el ejercicio han de mejorar: y debido a que incluso aquellos de años más maduros, aunque tengan padres, deben conocer y cumplir sus responsabilidades para con ellos; y porque Dios acostumbra bendecir incluso a los niños mientras realizan sus responsabilidades.

 

Directriz I. Asegúrate de que amas mucho a tus padres; deléitate de estar en su compañía; no seas como esos hijos antinaturales, que prefieren mejor la compañía de sus frívolos compañeros de juego que la de sus padres, y estar dedicados a sus deportes en algún campo alejado de casa que a la vista de sus padres. Recuerda que tienes tu ser desde y por ellos, y has salido de sus lomos: recuerda cuánta pena les has costado, y cuanto cuidado tienen por tu educación y provisión; y recuerda cuán tiernamente te han amado, y cuanta pena sería para sus corazones si te descarrías, y cuánto tu felicidad les hará a ellos estar contentos: recuerda cuánto amor les debes tanto por naturaleza como por justicia, por todo su amor para ti, y por todo lo que han hecho por ti: ellos toman tu felicidad o miseria como una de las partes más grandes de la felicidad o miseria de sus propias vidas. No los prives entonces de su felicidad, al privaros vosotros mismos de la vuestra; no hagas sus vidas miserables, arruinándote a ti mismo. Aunque ellos te reprendan, y te restrinjan, y te corrijan, no minimices, por lo tanto, tu amor por ellos. Pues esta es su responsabilidad, la cual Dios requirió de ellos, y la hacen para vuestro bien. Es señal de un niño malvado el que ama menos a sus padres debido a que le corrigen, y no le dejan hacer su propia voluntad. Sí, aunque vuestros padres tienen ellos mismos muchas faltas, no obstante debes amarles todavía como tus padres.

 

Directriz II. Honra a tus padres, tanto en tus pensamientos, como en tu forma de hablar y conducta. No pienses de manera deshonrosa o desdeñosa acerca de ellos en vuestros corazones. No hables deshonrosamente, o de forma grosera, irreverente o descarada ya sea a ellos o acerca de ellos. No os comportéis de forma grosera o irreverente ante ellos. Sí, aunque vuestros padres nunca sean tan pobres en el mundo, o débiles de entendimiento, sí, aunque sean impíos, debes honrarles a pesar de todo esto; pues aunque no puedas honrarles como ricos, o sabios, o piadosos, debéis honrarles como vuestros padres. Recordad que el quinto mandamiento tiene una promesa especial de bendición temporal; “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra.” Y consecuentemente quienes deshonran a los padres tienen una maldición especial aún en esta vida: y la justicia de Dios se ve ordinariamente en la ejecución de ella; quienes desprecian y deshonran a sus padres raras veces prosperan en el mundo. Hay cinco clases de pecadores que Dios acostumbra tomar con venganza incluso en esta vida.

 

Quienes cometen perjurio y falso testimonio.

 

Los asesinos

Los perseguidores

Los sacrílegos, y

Quienes abusan y deshonran a sus padres.

 

Recordad la maldición de Cam, Gén. 9:22, 25. Es algo espantoso ver y escuchar como algunos hijos malcriados hablan con desdén y con rudeza a sus padres, y riñen y contienden con ellos, y les contradicen, y les hablan como si fueran sus iguales: (y es bastante común que los padres mismos les hayan criado de esta manera) y por último crecerán incluso hasta abusar de ellos y denigrarles. Lee Prov. 30:17, “El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila.”

 

Directriz III. Obedeced a vuestros padres en todas las cosas (las que Dios no prohíba). Recordad que como la naturaleza les ha hecho a vosotros no aptos para gobernarse a vosotros mismos, así Dios, en lo natural, ha provisto afortunadamente gobernadores para vosotros. Aquí primero os voy a decir qué es la obediencia, y luego decirles porqué debéis ser obedientes.

 

Obedecer a vuestros padres es hacer lo que ellos os manden, y abstenerse de aquello que ellos os prohíban, porque es la voluntad de ellos que vosotros hagáis así. Debéis,

 

Tened en vuestras mentes un deseo por complacerles, y estad contentos cuando podáis complacerles, y sentid pena cuando les ofendieren; y entonces,

 

No debéis colocar vuestro ingenio o vuestra voluntad en contra de la de ellos, sino obedecer de buena gana sus mandamientos, no de mala gana, murmurando o disputando: aunque penséis que vuestro propio camino es el mejor, y que vuestros propios deseos son razonables, no obstante vuestro ingenio y voluntad han de estar sujetos a los de ellos, o sino, ¿cómo les obedecéis?

 

Y para las razones de vuestra obediencia:

 

Considera que es la voluntad de Dios que esto deba ser así, y que Ėl les ha hecho a ellos como sus oficiales para gobernaros; y al desobedecerles, le desobedeces a Ėl. Lee Efesios 6:1-3, “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.” Col. 3:20, “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor.” Prov. 23:22, “Oye a tu padre, a aquel que te engendró; y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies.” Prov. 13:1, “El hijo sabio recibe el consejo del padre; mas el burlador no escucha las reprensiones.” Prov. 1:8, 9, “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello.”

 

Considera también que el gobierno de tus padres como necesario para tu propio bien; es un gobierno de amor: como vuestros cuerpos hubieran perecido, si vuestros padres o algunos otros no os hubiesen cuidado, cuando no podíais ayudaros a vosotros mismos; de la misma forma vuestras mentes permanecerían ingenuas e ignorantes, incluso como los brutos, si no tuvieseis a otros para enseñaros y gobernaros. La naturaleza enseña a los pollitos a seguir a la gallina, y a todas las cosas cuando son jóvenes, a ser guiadas o dirigidas por sus madres; o sino, ¿qué sería de ellos?

 

Considerad también que ellos deben rendir cuentas a Dios por vosotros; y si ellos os dejan a vosotros mismos, puede ser su destrucción lo mismo que la vuestra, como el triste ejemplo de Elí les recuerda. Por lo tanto, no os rebeléis contra aquellos que Dios por naturaleza y por la Escritura ha establecido sobre vosotros; aunque el quinto mandamiento requiere obediencia a los príncipes, y a los maestros, a los pastores, y a otros superiores, no obstante nombró solamente a vuestro padre y madre, porque ellos son los primeros de todos vuestros gobernadores, a quienes por naturaleza estáis más obligados.

 

Pero quizás digáis, que aunque los niños pequeños deben ser gobernados por sus padres, no obstante vosotros ya estáis creciendo hacia una edad más madura, y sois lo suficientemente sabios para gobernaros vosotros mismos. Respondo, Dios no piensa así; de otra forma se hubiera desmandado al establecer gobernadores sobre vosotros. ¿Y eres tan sabio como debieras? No son sino pocos en el mundo quienes son lo suficientemente sabios como gobernarse a sí mismos; de otra forma Dios no hubiese establecido príncipes, y magistrados, y pastores, y maestros sobre ellos, como lo ha hecho. Los sirvientes de la familia son de tanta edad como vosotros, y no obstante son incapaces de ser gobernantes de ellos mismos. Dios les ha amado tanto como para no dejarles sin maestros, sabiendo que la juventud es precipitada y sin experiencia.

 

Pregunta. Pero, ¿por cuánto tiempo han de estar los hijos bajo el mandamiento y gobierno de sus padres?

 

Respuesta. Hay muchos actos y grados del gobierno de los padres, según los varios fines y usos de él. Algunos actos de su gobierno no son sino para enseñaros a ir y hablar, y algunos para enseñaros vuestro trabajo y llamado, y algunos para enseñaros buenas maneras, y el temor del Señor, o el conocimiento de las Escrituras, y algunos son para estabilizaros en un curso de vida tal, en el que ya no necesitaréis su más cercana supervisión. Cuando cualquiera de estos fines sea plenamente alcanzado, y tengáis todo aquello que el gobierno de vuestros padres pueda ayudaros a tener, entonces has pasado esa parte de su gobierno. Pero todavía les debéis, no solo amor, y honor y reverencia; sino obediencia en todas las cosas en las que están todavía asignados para tu ayuda y guía: incluso cuando ya estéis casados, aunque tengáis una propiedad en vuestra propia hacienda, y ya no estén tan estrictamente a cargo tuyo como antes; no obstante, si te ordenan hacia tus responsabilidades para con Dios o ellos, todavía estáis obligados a obedecerles.

 

Directriz IV. Estad contentos con la provisión de vuestros padres para vosotros, y con lo que ellos dispongan. No murmuréis rebeldemente en contra de ellos, ni os quejéis de cómo os utilicen; mucho menos toméis alguna cosa contra sus voluntades. Es la parte de un rebelde carnal, y no la de un hijo obediente, estar descontento y murmurar porque no gozan de una fortuna mejor, o porque se les restringe de los deportes y el juego, o porque no tienen mejores ropas, o porque no se les proporciona dinero, para gastar o usar a su propia discreción. ¿No estáis vosotros bajo gobierno? ¿Y el gobierno de los padres, y no de los enemigos? ¿Son vuestras pasiones y placeres más aptas para gobernaros, que la discreción de vuestros padres? Sed agradecidos por lo que tenéis, y recuerda que no lo merecéis, sino que lo tenéis libremente: es vuestro orgullo o vuestra sensualidad carnal lo que los hace murmurar de esta manera, y no alguna sabiduría o virtud que halla en vosotros. Rebajad ese orgullo y mente carnal, y entonces no seréis tan impacientes para hacer vuestras voluntades. ¿Qué si vuestros padres os hayan tratado con demasiada rudeza, en vuestros alimentos, o vestidos, o gastos? ¿Qué mal les ha hecho esto? Nada sino una mente egoísta y sensual haría de esto un asunto de gran importancia. Es cien veces más peligroso para vuestras almas y cuerpos el ser criados de manera suntuosa, y alimentados demasiado y exquisitamente, que el ser criados con privaciones, y alimentados con limitaciones. Uno tiende al orgullo, a la glotonería, a la testarudez, al derribo de la salud y la vida; y lo otro tiende hacia una vida humilde, mortificada, a la auto-negación, y a la salud y buena condición del cuerpo. Recordad como la tierra se abrió, y se tragó a todos aquellos rebeldes murmuradores que sintieron envidia de Moisés y de Aarón, Núm. 16; leedlo, y aplicadlo a vuestro caso; y recordad la historia del rebelde Absalón; y la necesidad del pródigo, Lucas 15; y no desead estar a vuestra propia disposición; ni en mostraros apasionados por tener cumplidos los vanos deseos de vuestros corazones. Mientras os sometáis con contentamiento a vuestros padres, estáis en el camino de Dios, y puedes esperar su bendición; pero cuando por vuestra voluntad queráis ser escultores de vosotros mismos, podéis esperar el castigo de los rebeldes.

 

Directriz V. Humillaos a vosotros mismos y someteos a cualquier trabajo que vuestros padres os asignen. Ten en cuenta, en tanto améis vuestras almas, no vaya a ser que un corazón orgulloso os haga murmurar y decir, este trabajo es demasiado bajo, infame y monótono para mí; o que no pase que una mente y un cuerpo perezosos les hagan decir, este trabajo es demasiado duro y fatigante para mi; o que una mente tonta y simple os haga cansarse de vuestro libro y trabajo, de manera que preferiríais estar en vuestros deportes, y decir, esto es demasiado tedioso para mi. Es poco o ningún daño el que probablemente os ocurra por vuestro trabajo y diligencia; pero es una cosa peligrosa el obtener un hábito o costumbre de holgazanería y voluptuosidad en vuestra juventud.

Directriz VI. Estad dispuestos y agradecidos de ser instruidos por vuestros padres, o por alguno de vuestros maestros, pero especialmente acerca del temor de Dios, y los asuntos de vuestra salvación. Estos son los asuntos para los cuales nacisteis y vivís; estas son las cosas que vuestros padres tienen primero a cargo en enseñaros. Sin conocimiento y santidad todas las riquezas y los honores del mundo no valen de nada; y todos vuestros placeres no harán mas que destruiros.1 ¡Oh, qué alivio es para los padres entendidos el ver a sus hijos dispuestos a aprender, y a amar la palabra de Dios, y a guardarla en sus corazones, y hablar de ella, y obedecerla, y prepararse temprano en la vida para la vida eterna! Si tales hijos mueren antes que sus padres, cuán gozosamente pueden partir con ellos hacia los brazos de Cristo, quien ha dicho, “De los tales es el reino de los cielos,” Mat. 19:14. Y si los padres mueren primero, cuán gozosamente pueden dejar tras de ellos una simiente santa, que servirá a Dios en su generación, y les seguirá al cielo, y vivirá con ellos para siempre. Pero, sea que vivan o mueran, que angustiantes para los padres son los hijos impíos, que no aman la palabra y el camino de Dios, y no aman ser enseñados o restringidos de sus propios rumbos licenciosos.

 

Directriz VII. Someteos pacientemente a la corrección que vuestros padres os apliquen. Tened en cuenta que Dios les ha mandado a hacer esto, y a salvar vuestras almas del infierno; y que les odian si no les corrigen cuando haya una causa; y que no deben pasar por alto la corrección por causa de vuestro llanto, Prov. 13:24; 22:15; 29:15; 23:13, 14; 19:18. No es su deleite, sino para vuestra propia necesidad. Evita la falta, y podrás escapar de la corrección. ¡Cuánto mejor es que vuestros padres os vean obedientes, que oírles llorar! No es el deseo de ellos, sino de vosotros mismos, el que seáis corregidos. Enojaos con vosotros mismos, y no con ellos. Es un hijo malo, aquel que en lugar de ser mejor por la corrección, odia a sus padres por ello, y se hace peor. La corrección es un medio para el equipamiento de Dios; por lo tanto, id a Dios sobre vuestras rodillas en oración, y suplicadle que os bendiga y santifique, para que pueda la corrección haceros bien.

 

Directriz VIII. No escojáis vuestras propias compañías, sino usa tales compañías como tus padres lo señalen. La mala compañía es la primera ruina de un niño. Cuando por el amor al deporte escogéis tales compañeros de juegos, que son holgazanes, y licenciosos, y desobedientes, y que os enseñarán a maldecir, a decir palabrotas, a mentir, a hablar de manera obscena, y a alejaros de tus libros y responsabilidades, esta es la carretera del diablo al infierno. Vuestros padres son los más aptos para escoger vuestra compañía.

 

Directriz IX. No escojáis vuestro propio llamado u oficio en la vida, sin la selección o consentimiento de vuestros padres. Podéis decirles hacia qué estáis más inclinados, pero pertenece más a ellos que a tí el hacer la escogencia; y es vuestra parte el traer vuestras voluntades a las de ellos. A menos que vuestros padres escojan un llamado para vosotros que sea ilegal; entonces podéis (con humilde sumisión) rehusarlo. Pero si fuese solamente inconveniente, tenéis la libertad después de cambiarlo por uno mejor, si podéis, cuando estéis bajo su disposición y gobierno.

 

Directriz X. No os caséis sin el consentimiento de vuestros padres. Y, si se puede, deja que su elección determine primero a la persona, y no por vosotros mismos: los jóvenes inexpertos escogen por el capricho y la pasión, en tanto que vuestros experimentados padres seleccionan por el juicio. Pero si ellos os forzaran a unirse a aquellos que son impíos, y gustan de hacer vuestras vidas o pecaminosas o miserables, puedes humildemente rehusarles. Pero debéis permanecer sin casaros, mientras por el uso de los medios correctos podéis vivir en castidad, hasta que vuestros padres tengan un mejor espíritu. Pero si en verdad tenéis una necesidad llana de casaros, y vuestros padres no consentirán a nadie excepto alguno de una religión falsa, o alguien que es totalmente no idóneo para ti, en tal caso pierden su autoridad en ese punto, que les es dada para su edificación, y no para vuestra destrucción; entonces debieseis tomar consejo con otros amigos que sean más sabios y fieles: pero si experimentáis un gran sufrimiento en vuestros afectos por contradecir la voluntad de vuestros padres, y fingís una necesidad, (que no podéis cambiar vuestros afectos), como si vuestra locura fuera incurable; esto no es sino entrar pecaminosamente en aquel estado de vida, que debiese haber sido santificado para Dios, para que Él la haya bendecido para ti.

 

Directriz XI. Si vuestros padres estuviesen en necesidad, es vuestra responsabilidad proveerles alivio según sea vuestra habilidad; sí, y hasta mantenerles totalmente, si hubiese necesidad. Pues no es posible que por medio de todo lo que podéis hacer, que incluso les pongáis estipulaciones, o condiciones con respecto a pagos; o que alguna vez les pidáis devolución por lo que habéis recibido de ellos. Es inhumanidad infame, cuando los padres se hunden en la pobreza, el que los hijos les hagan a un lado con alguna subvención escasa, o que les hagan vivir casi como sus sirvientes, cuando tenéis riquezas y abundancia para vosotros mismos. Vuestros padres debiesen todavía ser considerados por vosotros como vuestros superiores, y no como inferiores. Aseguraos de que se alimenten bien; sí, aunque no obtengáis vuestras riquezas por sus medios, pues incluso para vuestro ser vosotros sois sus deudores por más que eso.

 

Directriz XII. Imitad a vuestros padres en todo lo que es bueno, tanto cuando están vivos o cuando estén muertos. Si fueron amantes del Señor, y de su palabra y su servicio, y de aquellos que le temen, que su ejemplo os incite, y que el amor que les tenéis, os estimule a ocuparos en esta imitación. Un hijo malvado de padres piadosos es una de las miserias más deplorables en el mundo. ¡Con qué horror miro a tal persona! ¡Cuán cerca del infierno está ese miserable! Cuando el padre o la madre fueron eminentes por la piedad, y diariamente le instruían en los asuntos de su salvación, y oraban con ellos, y les amonestaban, y oraban por ellos, y después de todo esto los hijos prueban ser codiciosos o borrachos, o lascivos, o profanos, y enemigos de los siervos de Dios, y se mofan o desatienden el camino de sus religiosos padres, le debe poner a temblar a uno el ver a tales miserables a la cara. Pues aunque hay alguna esperanza para ellos, ¡ay!, es tan poca, que están próximos a la desesperación; cuando son como una mecha endurecida2 a los medios más excelentes, y la luz les ha cegado, y su conocimiento de los caminos del Señor no ha sido vuelto sus corazones en Su contra, ¿qué medios quedan para hacer el bien a tales resistidores de la gracia de Dios como estos? Lo más probable es algún juicio pesado y espantoso. ¡Oh, qué día más lamentable será para ellos, cuando todas las oraciones, y lágrimas, y enseñanzas, y buen ejemplo de sus religiosos padres testifiquen en su contra! ¡Cómo serán confundidos delante del Señor! ¡Y cuán triste – pensamos que es para el corazón de los padres santos y diligentes, pensar que todas sus oraciones y dolores deban testificar en contra de sus hijos carentes de gracia, y hundirles más profundo en el infierno! Y no obstante, ¡cuántos son ya un lamentable espectáculo ante nuestros ojos! ¡Y cuán profundamente sufre la iglesia de Dios por la malicia y maldad de los hijos cuyos padres les enseñaron bien, y caminaron delante de ellos con una vida santa y ejemplar! Pero si los padres fuesen ignorantes, supersticiosos, idólatras, papistas, o profanos, los hijos están lo suficientemente dispuestos a imitarlos. Entonces pueden decir, ‘nuestros antepasados fueron de este parecer, y esperamos que sean salvos’; más bien les imitaremos, antes que a innovadores reformadores como vosotros. Como le dijeron a Jeremías, Cap. 44:16-18, “La palabra que nos has hablado en nombre de Jehová, no la oiremos de ti; sino que ciertamente pondremos por obra toda palabra que ha salido de nuestra boca, para ofrecer incienso a la reina del cielo, derramándole libaciones, como hemos hecho nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros príncipes, en las ciudades de Judá y en las plazas de Jerusalén, y tuvimos abundancia de pan, y estuvimos alegres, y no vimos mal alguno. Mas desde que dejamos de ofrecer incienso a la reina del cielo y de derramarle libaciones, nos falta todo, y a espada y de hambre somos consumidos.” De esta forma caminaron “tras la imaginación de su corazón, y en pos de los Baales (la falsa adoración), según les enseñaron sus padres.” Jer. 9:14. “¿No piensan cómo hacen que mi pueblo se olvide de mi nombre con sus sueños que cada uno cuenta a su compañero, al modo que sus padres se olvidaron de mi nombre por Baal?” Jer. 23:27. “ellos y sus padres se han rebelado contra mí hasta este mismo día.” Eze. 2. “pero no me oyeron ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su cerviz, e hicieron peor que sus padres.” Jer. 7:26. De esta manera pueden imitar a sus antepasados en el error y el pecado, cuando debiesen más bien recordar, I Ped. 1:18, 19, que le costó a Cristo su sangre “sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres.” Y debiesen confesar de manera penitente, como Dan. 9:8, “Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos,” ver. 16. Y como el Salmo 106:6, “Pecamos nosotros, como nuestros padres,” Dijo el Señor, Jer. 16:11-13, “Porque vuestros padres me dejaron, dice Jehová, y anduvieron en pos de dioses ajenos, y los sirvieron, y ante ellos se postraron, y me dejaron a mí y no guardaron mi ley; y vosotros habéis hecho peor que vuestros padres; porque he aquí que vosotros camináis cada uno tras la imaginación de su malvado corazón, no oyéndome a mí. Por tanto, yo os arrojaré de esta tierra.” Jer. 44:9, 10, “¿Os habéis olvidado de las maldades de vuestros padres, de las maldades de los reyes de Judá, de las maldades de sus mujeres, de vuestras maldades y de las maldades de vuestras mujeres, que hicieron en la tierra de Judá y en las calles de Jerusalén? No se han humillado hasta el día de hoy.” Véase el ver. 21, y Zac. 1:4, “No seáis como vuestros padres, a los cuales clamaron los primeros profetas, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras; y no atendieron, ni me escucharon, dice Jehová.” Mal. 3:7, “Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros.” Eze. 20:18, “No andéis en los estatutos de vuestros padres.” Así también los ver. 27, 30, 36. No sigáis a vuestros padres en su pecado y error, sino seguidles donde ellos sigan a Cristo, I Cor. 11:1.

 

1 Léase el pequeño libro de Thomas White para los niños pequeños. Marcos 9:36; 10:14, 16.

 

2 Queriendo significar que esta mecha no se encenderá a pesar del combustible de excelente calidad. (N. del T.)

 

La Salvación Bíblica y la Proclamación del Evangelio

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La Salvación Bíblica y la Proclamación del Evangelio.

 

por J.I.Packer.

 

“Nadie puede venir a mi si el Padre que me envió no le trajere”

 

Este estudio de J.I.Packer, profesor de teología en el Regent College de Vancouver (Canadá), fue publicado primeramente como prefacio al célebre libro sobre la muerte de Cristo del gran teólogo inglés del siglo XVII John Owen. Fue retomado en un reciente libro del autor (Among God’s Giants; Kingsway Publications, 1991 cap. 8). El texto siguiente es una traducción abreviada del prefacio; las alusiones a la teología de Owen han sido suprimidas, pero todo aquello que es de un interés esencial para la noción bíblica de la salvación y la manera de proclamar el evangelio ha sido conservado. La traducción (al francés) ha sido realizada por André Coste y revisada por el equipo de redacción.            

 

I. El Evangelio bíblico olvidado.                                       

 

Su objetivo principal no es, como manifiesta demasiado frecuentemente la predicación. Una de las tareas más urgentes que los cristianos, y en particular los “evangélicos”, tienen que llevar a cabo hoy día, es el regreso al Evangelio bíblico. Esta afirmación, que puede sorprender, se desprende, sin embargo, del examen de los hechos.                            

 

En efecto, parece evidente que el movimiento “evangélico” manifiesta incertidumbres e interrogantes en bastantes áreas: la evangelización, la santificación, el desarrollo de la vida como iglesia local, la relación de asistencia por el pastor, la práctica de la disciplina. La situación no puede prolongarse, sin embargo el camino a seguir no aparece claro.

 

¿De donde viene ese malestar? Yendo al fondo de la cuestión, se descubre que ya no estamos anclados en el Evangelio bíblico. Sin darnos cuenta lo hemos cambiado, en el siglo XIX, por un sucedáneo, que se le parece en el aspecto, pero que en su totalidad se diferencia profundamente. Este sucedáneo no produce los efectos poderosos que el Evangelio bíblico ha producido en otras ocasiones. Es manifiestamente incapaz de producir, con la calidad requerida, el respeto, el arrepentimiento, la humildad, el espíritu de adoración y el interés por la iglesia local.

 

¿Por qué?

 

En razón de la naturaleza y del contenido de este otro Evangelio, su primera preocupación no es colocar a Dios en el centro de los pensamientos, ni de poner su temor en el corazón. Dicho de otra manera, este Evangelio se preocupa demasiado por ser “útil” al hombre, proporcionándole paz, satisfacción, felicidad, contentamiento de si mismo, pero poniendo insuficientemente el acento en la gloria de Dios. El Evangelio bíblico es igualmente “útil” al hombre; su primer objetivo es siempre rendir gloria a Dios proclamando la soberanía de Dios tanto cuando hace misericordia como cuando ejerce su juicio, recordando la actitud obligatoria de sumisión y de adoración que el hombre debe manifestar frente a ese Dios Todopoderoso del que depende por entero. Dios está en el centro y no el hombre, como puede observarse tras haberse producido la desviación, en el siglo XIX, mencionado anteriormente, no “evangélica” de nuestros días, el bienestar del hombre y la ayuda que Dios pueda aportarle. Su punto es Dios y su proyecto con los hombres. Entre las dos perspectivas existe una distancia inconmensurable que manifiesta una reformulación del mensaje bíblico destinado, se piensa, a hacer este más “útil”. Es así que los temas que tratan la incapacidad del hombre para creer, la elección como causa última de la salvación y la muerte de Cristo solo por sus ovejas han dejado de ser predicados. Se cree que estas doctrinas no pueden más que hundir a los pecadores en la desesperación al mostrarles que no tienen nada que ver con respecto a su salvación en Jesucristo. La idea de que esta desesperación pudiera ser saludable ni siquiera se tiene en consideración, en tanto que aparece evidente que constituye un atentado insostenible contra el amor propio.

 

Esta práctica tiene como resultado que el Evangelio es presentado de forma mutilada como si no lo estuviera, y esta verdad a medias confiere a la verdad integral la apariencia de error. Es así que se expresa como si cualquiera tuviese la posibilidad de recibir a Cristo en todo momento, como si la redención adquirida en la cruz no fuese eficaz sino por la fe del creyente, como si el amor de Dios no fuese mas que una benevolencia general hacia cualquiera que crea y ponga su confianza en Jesús. En otros términos, el Padre y el Hijo están presentes, no como atrayendo hacia ellos a los pecadores en un acto soberano, sino como esperando pasivamente a que ellos les abran “la puerta de su corazón”.

 

Tal es la predicación de hoy en muchas iglesias “evangélicas”. Tal es posiblemente la fe de muchos. Por eso es urgente decir con fuerza que este conjunto de medias verdades, de verdades torcidas, está bien lejos del Evangelio bíblico. Proclamándolas uno se coloca en oposición a la Biblia, y el hecho de que esto se convierta en práctica corriente muestra hasta que punto es importante que se opere un redireccionamiento rápido y redescubrir el Evangelio auténtico y bíblico a fin de predicarlo y ponerlo en práctica de nuevo.

 

 

1. El Evangelio bíblico y “los cinco puntos” del calvinismo.

 

Puede ser que se objete: Al evocar la redención limitada solamente a las ovejas, uno de los “cinco puntos” del calvinismo, como siendo una de las características del Evangelio bíblico ¿no se aboga más bien por el calvinismo?

 

Conviene no eludir esta objeción elevada por muchos, señalando así al mismo tiempo prejuicios e ignorancia, como si el Evangelio se limitase a eso para un calvinista o como si, igualmente, el calvinismo fuese la expresión refinada de la perversión teológica sin ninguna relación con el Evangelio. Pero antes de hacer frente directamente a esta objeción, recordemos pues, a fin de restar todo fundamento a los prejuicios, en qué consiste el calvinismo en general y “los cinco puntos” en particular, a partir de los hechos históricos y teológicos siguientes.

 

Lo que se llama “los cinco puntos” del calvinismo es simplemente la respuesta a una petición en cinco puntos (“La remonstance”= “La protesta”) redactada, en el siglo XVIII, por los “semipelagianos” protestantes.

 

A.”La Remonstrance” (“La Protesta”) o arminianismo.

 

 

La teología de “La Remonstrance”, conocida bajo el nombre de arminianismo (que toma el nombre de su principal promotor, Arminio, 1560-1609), tiene como fundamento dos principios filosóficos:

 

a) La soberanía de Dios no es compatible con la libertad humana y, por consiguiente, con la responsabilidad del hombre.

 

b) Aquella (la soberanía divina) reduce las obligaciones de esta (la responsabilidad del hombre).

 

 

El calificativo de “semipelagianos” está así plenamente justificado. De esos principios los arminianos extraen dos conclusiones:

 

a) Siendo la fe, según la Biblia, un acto del hombre realizado libremente y de forma responsable, no puede tener a Dios por autor; surge independientemente de Dios.

 

b) Siendo la fe, según la Biblia, obligatoria por parte de aquellos que aceptan el Evangelio, el creer es una posibilidad universal y una oferta a todos los seres humanos.

 

 

El arminianismo sostiene hoy, como anteriormente, que la enseñanza bíblica se formula de la siguiente manera:

 

1. El hombre jamás ha sido afectado por el pecado hasta el punto de ser incapaz de aceptar la salvación que se le presenta.

 

 

2. O, aún bajo el control de Dios, que no puedan rechazarla.

 

3. Dios elige y salva a las personas que sabe han de aceptar la salvación voluntariamente.

 

4. La muerte de Cristo hace posible la salvación solo de aquellos que creen; esta no garantiza la salvación de nadie, pues no asegura el don de la fe (tal don no existe).

 

5. Pertenece a los creyentes el mantenerse en estado de gracia guardando la fe; si esta desfallece son rechazados y se pierden.

 

Así, para el arminiano la salvación depende en última instancia del hombre mismo, siendo considerada la fe, de alguna manera, como su obra y no, por consiguiente, la obra de Dios en el.

 

 

B. El sínodo de Dordrecht (1618).

 

El sínodo de Dordrecht (Países Bajos) fue convocado para pronunciarse sobre esta teología (el arminianismo). “Los cinco puntos del calvinismo” constituyen una refutación; están basados en un principio bíblico diferente, a saber, que “la salvación viene solo de Dios”. He aquí una breve evocación:

 

1. El hombre desechado es incapaz, por si mismo, de creer al Evangelio, de la misma manera que es incapaz de obedecer a la Ley, a pesar de la claridad de sus disposiciones.

 

2. La elección de Dios es un acto libre, soberano e incondicional, de Dios quien elige a los pecadores para salvarlos por medio de Cristo, darles la fe y conducirlos a la gloria.

 

3. La obra de redención de Cristo tiene por objeto la salvación de los elegidos.

 

4. La obra del Espíritu Santo, que es la de conducir al hombre a la fe, jamás es frustrada.

 

5. Los creyentes son preservados en la fe y bajo la gracia, por el poder ilimitado de Dios, hasta su entrada en la gloria.

 

Estas cinco proposiciones son conocidas, en los países anglófonos, bajo las siglas TULIP (TULIPÁN en español), una alusión al origen geográfico (los países de las flores) de “los cinco puntos” (Total depravity, Unconditional election; Limited atonement, Irresistible grace, Perseverance of the saints), que significa: Corrupción absoluta, Elección incondicional, Expiación limitada, Gracia irresistible y Perseverancia de los santos.

 

Existen, pues, dos interpretaciones del Evangelio bíblico, coherentes ambas, pero en indudable oposición. La diferencia entre las dos no es una diferencia de énfasis sobre tal o cual punto, sino más bien una diferencia de contenido.

 

Una (la interpretación calvinista) proclama un Dios que salva; otra (la interpretación arminiana) un Dios que hace al hombre capaz de salvarse a si mismo. Una presenta los tres grandes actos de la Santa Trinidad en vista de la restauración de la humanidad perdida, a saber: la elección por el Padre, la redención por el Hijo y el llamamiento por el Espíritu Santo, enfocados los tres hacia las mismas personas asegurando infaliblemente su salvación. La otra confiere a cada uno de sus actos un objetivo diferente, a saber: que la redención por el Hijo ha sido adquirida para toda la humanidad, el llamamiento del Espíritu Santo se dirige a todos aquellos a quienes se ha anunciado el Evangelio y la elección del Padre no concierne más que a las personas que responden “si” – negando a cualquiera la seguridad de su salvación.

 

Los planes de salvación presentados por estas dos teologías son por completo diferentes. Para la una, la salvación es obra de Dios; para la otra, es obra del hombre. Para la una, la fe con vista a la salvación es un don de Dios; para la otra, constituye la contribución del hombre a su salvación. Para la una, en la salvación de los creyentes toda la gloria revierte en Dios; para la otra, la alabanza esta repartida entre Dios, quien, por así decir, a construido la maquinaria de la salvación y el hombre, quien, mediante su fe, la hace funcionar. Estas diferencias son en verdad muy grandes. Precisar bien la naturaleza, la extensión y la intensidad, constituyen el interés permanente de los “cinco puntos”, esta especie de resumen del calvinismo.

 

2. El calvinismo como interpretación del mensaje de la Biblia.

 

A decir verdad, el calvinismo desborda ampliamente lo que se evoca en los “cinco puntos”.

 

a) El calvinismo presenta una visión global del mundo a partir de Dios Creador y Rey del cosmos. Propone un paso lógico en el que el Creador es reconocido Señor, dirigiendo todas las cosas como él lo ha decidido soberanamente. El calvinismo es una concepción teocéntrica de la vida, es decir, completamente sometida a la Palabra de Dios. En otros términos, es una teología construida bajo una perspectiva bíblica, siendo Dios la fuente, el instrumento y el fin de todas las cosas que edifican el orden, la naturaleza y la gracia. El calvinismo es a la vez y en la forma más pura y elevada, un teísmo (la fe en Dios es el fundamento de todo), una religión (el hombre depende de Dios quien le da todo lo que posee) y un movimiento “evangélico” (marcado por una confianza en Dios, mediante Jesucristo, en toda circunstancia).

 

El calvinismo es igualmente una filosofía unificadora de la historia, según la cual todos los principios en vigor en el mundo creado por Dios y todos los acontecimientos que se producen, forman parte, ni más ni menos, que del plan preordenado por Dios para sus criaturas y para su Iglesia. Si los “cinco puntos” se limitan a afirmar que Dios es soberano en la salvación del individuo, el calvinismo va más allá al reconocer su soberanía en todos los campos.

 

b) A diferencia de los “cinco puntos” que presentan la soteriología calvinista

 

En forma negativa y bajo un tono polémico, el calvinismo es didáctico, pastoral y constructivo. Expone la enseñanza de la Escritura sin tener necesidad de posicionarse en comparación con el arminianismo y no tiene ninguna necesidad de cortar de un tajo a este para existir. El calvinismo no tiene ningún interés en expresarse de modo negativo; su combate es en favor de los valores “evangélicos” positivos.

 

El carácter negativo de los “cinco puntos” es fuente de malentendidos, notoriamente en el punto tercero (la expiación limitada, o redención particular), si el acento se pone, como sucede con frecuencia, en el adjetivo para señalar que los calvinistas sacarían ventaja limitando la misericordia de Dios. De hecho, esta terminología está destinada, como veremos, a salvaguardar la afirmación central del Evangelio: Cristo es el Redentor que rescata verdaderamente. Por lo mismo, el rechazo de una elección condicional y de una gracia a la que se le pudiera resistir, corresponde al deseo de preservar la verdad positiva de que es Dios quien salva. Las únicas proposiciones realmente negativas son aquellas que formulan los arminianos al rehusar reconocer que la elección, la redención y el llamamiento son actos de Dios Salvador. El calvinismo rechaza estas negaciones a fin de proclamar el contenido positivo del Evangelio desde la base positiva de fortalecer la fe y edificar la Iglesia.

 

c) La exposición de la soteriología en cinco puntos (cifra correspondiente, como ya hemos visto, a las proposiciones arminianas a las que el Sínodo de Dordrecht respondió), tiende a oscurecer la estructura coherente del pensamiento calvinista sobre este asunto. Las cinco proposiciones presentadas por separado son, de hecho, inseparables. Se sostienen unas a otras; es imposible rechazar una sin rechazar a las demás, al menos desde la perspectiva del Sínodo. Para el calvinismo, “los cinco puntos” no vienen a ser más que uno:

 

Dios salva a los pecadores.

 

* Dios, el Dios trino y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas obrando juntos de forma soberanamente sabia, poderosa y amorosa en vistas a la salvación de un pueblo elegido: el Padre elige, el Hijo cumple la voluntad del Padre mediante la redención, y el Espíritu concreta el plan del Padre y del Hijo mediante la regeneración.

 

* Salva, Dios realiza, desde el principio al fin, todo aquello que es necesario para la salvación, conduciendo al pecador de la muerte en el pecado a la vida en la gloria; él programa, ejecuta y aplica la redención; él llama, guarda, justifica, santifica y glorifica.

 

* A los pecadores, es decir los hombres culpables, malvados, débiles, sin fuerza, ciegos, incapaces de hacer la voluntad de Dios o de mejorar su situación espiritual.

 

* Dios salva a los pecadores. La fuerza de esta afirmación no debe ser atenuada quebrando la unidad de la obra de la Trinidad, o repartiendo la realización de la salvación entre Dios y el hombre, quien se aseguraría una parte decisiva, o poniendo sordina a la incapacidad del pecador a fin de que pueda compartir la gloria de la salvación con su Salvador. El único aspecto de la soteriología calvinista que “los cinco puntos” se esfuerzan por expresar, y que el arminianismo rechaza, puede ser formulado así: los pecadores no tienen modo alguno de salvarse ellos mismos; su salvación ha sido, es y será, en su totalidad, la obra del Señor en quien revierte la gloria por siempre. Amén.

 

d) La formulación de “los cinco puntos” disimula la diferencia profunda que existe entre las soteriologías calvinista y arminiana. Muchos se han dejado prender. Poner el énfasis sobre los adjetivos (incondicional, definida, irresistible) en esta formulación, conduce a pensar que el desacuerdo no está más que en el papel del hombre con respecto a la salvación, pero que el acuerdo existe sobre los tres grandes actos de Dios:

 

la elección, la redención y el don de la gracia. ¿Condiciona la fe la elección, o no? ¿Tiene la redención por objeto la salvación de todo hombre, o no? ¿Puede ser rechazado el don de la gracia? Según que la respuesta sea “si” o “no”, se tienen conceptos opuestos sobre la elección, la redención y el don de la gracia.

 

En el siglo XVII esta oposición era percibida con claridad; es importante que hoy hagamos lo mismo. Para ello coloquemos juntas las definiciones y comparémoslas.

 

3. La noción de la salvación cuestionada.

 

a). La elección.

 

Los arminianos definen la elección como la decisión de Dios de recibir como sus hijos a las personas que, a su debido tiempo, creen en Cristo.

 

En otras palabras, Dios escoge a aquellos que él sabe, mediante su presciencia, van a decidir creer por su propia voluntad. Nada en el decreto de elección asegura que habrá creyentes en él. Dios no decide que un hombre tenga la fe.

 

Los calvinistas, a la inversa, definen la elección como la elección de personas particulares, sin ningún mérito, hecha por Dios a fin de salvarlos de sus pecados y de conducirlos a la gloria, es decir, rescatarlos mediante la muerte de Cristo y darles la fe mediante la llamada y la acción del Espíritu Santo.

 

El arminiano dice: “yo debo mi elección a mi fe”, y el calvinista dice: “yo debo mi fe a mi elección”. Estos dos conceptos están, evidentemente, muy lejos el uno del otro.

 

b). La redención.

 

Los arminianos consideran la redención como la remoción de un obstáculo (la exigencia insatisfecha de justicia) colocado en el camino donde Dios, según su deseo, ofrece el perdón a los pecadores, si al menos estos creen. Así la redención le da a Dios el derecho de ofrecer la salvación, pero no comporta en si misma la seguridad de que alguien acepte este ofrecimiento, puesto que la fe, siendo una obra propia del hombre, no es un don que le viene del Calvario.

 

La muerte de Cristo le ha dado a la fe salvadora la ocasión de ejercitarse, y nada más.

 

En cuanto a los calvinistas consideran la redención como el acto por el cual Cristo a cargado con las consecuencias del pecado ocupando el lugar de un cierto número de pecadores bien determinado, reconciliándoles así con Dios, suprimiendo su culpabilidad y asegurándoles la vida eterna. En consecuencia, estos pecadores perdonados tienen derecho, a los ojos de Dios, al don de la fe, que es el instrumento que les permite tomar posesión de su herencia. En otros términos, la cruz no hace simplemente posible la salvación de aquellos por quienes Cristo ha muerto, también les asegura que recibirán la fe y que su salvación se ha realizado. La cruz salva.

 

El arminiano dice: “yo no habría podido obtener mi salvación sin el Calvario”, y el calvinista dice: “Cristo ha obtenido mi salvación en el Calvario”. Para el primero, la cruz es la condición sine qua non de mi salvación; para el segundo, ella es la causa, en virtud del acuerdo entre el Padre y el Hijo, hecho concreto en el monte Calvario; la cruz es también la fuente de todas las bendiciones espirituales que el recibe, entre las cuales se encuentra la fe.

 

Estos dos conceptos son, evidentemente, muy diferentes entre si.

 

c). El don de la gracia.

 

Los arminianos definen el don de la gracia eterna llevado a cabo por el Espíritu Santo, como “una acción sobre la conciencia”, un simple acceso a la comprensión de la verdad de Dios, pero que, insisten, no asegura la respuesta de la fe.

 

Los calvinistas, por su parte, ven en este don no simplemente una iluminación, sino la obra de la regeneración que Dios opera en el hombre. “El les quita su corazón de piedra y les da un corazón de carne; renueva su voluntad y, por su poder infinito, les orienta hacia el bien; les lleva eficazmente hacia Jesucristo; y entretanto, produciendo Dios su querer por su gracia, los elegidos van hacia él libremente”. Esta gracia es irresistible porque aniquila toda tendencia que se le resiste.

 

El arminiano se contenta con decir: “yo me he decidido por Cristo” o “he decidido ser cristiano”; el calvinista prefiere hablar de su conversión en términos más teológicos y llamar la atención sobre lo que le ha sucedido. Estos dos conceptos son, es evidente, netamente opuestos entre si.

 

d). Comparación.

 

El calvinista rechaza la idea del arminiano respecto de la elección, la redención y el llamamiento, considerados por este último como actos de Dios que no salvan, en contra de lo que es el corazón de la enseñanza bíblica. Afirmar, como lo hace el arminiano, que Dios elige a los creyentes, que Cristo murió por todos los hombres y que el Espíritu Santo renueva a aquellos que reciben la Palabra, viene a decir, si nos atenemos al verdadero sentido bíblico de los términos, que Dios no elige a nadie, que Cristo no ha muerto por nadie, y que el Espíritu no renueva a nadie. En esta controversia, el debate se establece sobre el sentido que se da a los términos bíblicos y a algunos otros relativos a la salvación, tales como: el amor de Dios, el pacto de gracia y el mismo verbo “salvar” con sus sinónimos. El arminiano los interpreta todos desde la perspectiva de que la salvación depende directamente, no de un decreto o de un acto de Dios, sino de un acto de fe en el que el hombre toma la iniciativa.

 

El calvinista considera este concepto como no escritural, que descansa sobre una interpretación peligrosa que mina la substancia del Evangelio.

 

Tal es el punto central de la controversia arminianismo – calvinismo.

 

4. Origen y naturaleza del arminianismo y del calvinismo.

 

La formulación negativa de los “cinco puntos” da la impresión de que el calvinismo es un arreglo o ajuste del arminianismo, el cual tiene una cierta supremacía natural y que el calvinismo es, con respecto el, una ramificación.

 

A pesar de que esto es históricamente inexacto, este criterio está en la mente de muchos. El arminianismo surge como la forma simple y llana de leer las Escrituras, y el calvinismo como un producto artificial, no extraído de los propios textos bíblicos, sino el resultado de un trabajo intelectual profano sobre los textos, torciendo su verdadero sentido, a fin de hacerlos entrar en un sistema que les es extraño. Aún si esto ha podido ser cierto con algunos calvinistas, no se debe generalizar.

 

En efecto, el arminianismo es “natural”, al menos en un sentido, puesto que presenta la enseñanza bíblica como puede hacerlo el hombre caído que, incluso para su salvación, no quiere renunciar a la ilusión de ser el dueño de su destino y el guía de su alma. Esta desviación apareció primeramente con el pelagianismo y el semipelagianismo del período patrístico, luego con el período escolástico; más tarde resurgió, a la vez, en el siglo XVII en la teología católico romana y en el protestantismo, en la enseñanza de los liberales racionalistas con el buen nombre de “Evangélicos”, como aún hoy se puede observar. Al espíritu del hombre caído, siendo lo que es, el arminianismo representa una clase de error que corresponde bien a su naturaleza.

 

Más bien es el calvinismo quien comprende la Escritura en su sentido natural y permanente. Expone lo que ciertamente dice. El calvinismo toma en serio la afirmación bíblica de que Dios salva. Dios salva a aquellos a quienes ha escogido para salvarlos, lo hace por pura gracia sin exigir ninguna obra de la que se pudieran vanagloriar. El calvinismo afirma que Cristo es un Salvador perfecto; su salvación proviene de la cruz sobre la cual su redención a sido cumplida. El calvinismo reconoce a la cruz el honor que le es debido.

 

El plan de salvación de Dios llevado a cabo mediante la muerte de su Hijo, no

 

es un simple deseo en el que la realización dependa de la buena voluntad del hombre que ha de creer. De otro modo pudiera suceder que Cristo muera y que ninguna persona se salve. El calvinismo enseña que la cruz revela el poder de Dios para salvar y no a la inversa. Cristo no ha adquirido una hipotética salvación para unos hipotéticos creyentes, una simple posibilidad de salvación para aquellos que eventualmente creyesen; él obtuvo una salvación efectiva para el pueblo que él ha elegido. Su sangre preciosa “nos salva a todos” con seguridad, a consecuencia de su ofrenda en la cruz. Este poder salvífico no debe nada a la fe. Esta no ha de ser añadida para que sea efectivo; su origen es anterior. La cruz garantiza la salvación de aquellos por quienes murió Cristo. “En nada me gloriaré, salvo en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”.

 

Es así que la naturaleza de la soteriología calvinista se hace evidente. No se trata de una extravagancia artificiosa, ni del fruto de una lógica más que audaz. El punto clave de esta soteriología, a saber, que Dios salva a los pecadores y Cristo nos rescata por su sangre, es a la vez el testimonio de la Biblia y el del corazón del creyente. El calvinista es un cristiano que confiesa ante los hombres, desde su teología, aquello que cree en su corazón cuando ruega a Dios. La gracia soberana de Dios está constantemente presente en sus pensamientos y en sus palabras, particularmente cuando ruega por la salvación de otras almas o cuando obedece a un fuerte impulso de adoración en su corazón, manifestando así que, por su salvación, ninguna alabanza merece, sino que toda la gloria pertenece a Dios.

 

El calvinismo es la teología que, de manera natural, se inscribe en el corazón del hombre regenerado por Cristo. El arminianismo, marcado por la falta de firmeza de una inteligencia dañada por el pecado, es natural como lo son los pecados, incluso aquellos que cometen los cristianos regenerados.

 

El pensamiento calvinista es el del cristiano intelectualmente realista; el pensamiento arminiano es el del cristiano claudicando bajo el imperio de la debilidad de la carne.

 

El calvinismo es lo que la Iglesia cristiana siempre ha creído y proclamado, cuando no se ha entregado a controversias o se ha sometido a tradiciones alejadas de las enseñanzas de las Escrituras. En los escritos de los Padres de la Iglesia hay frecuentes referencias testimoniales a “los cinco puntos”.

 

Calificar esta soteriología de “calvinista” induce a error; no fue hecha ni por Juan Calvino ni por el Sínodo de Dordrecht, sino que constituye una parte de la verdad revelada por Dios y de la fe de la Iglesia universal. El término “calvinista” es uno de esos términos negativos que ha visto como, con el correr de los siglos, se deteriora su estatuto a pesar de no contener otra cosa más que el Evangelio bíblico.

 

II – ¿CÓMO SE HA DE PREDICAR EL EVANGELIO HOY COMO AYER?

 

1. ¿Qué Evangelio?

 

“¿Reencontrar el Evangelio significa convertirse en calvinista?” La palabra importa poco. Lo que importa, en cambio, es el Evangelio histórico que el calvinismo ha presentado. Elegir otra forma de expresarse conduce a torcer y a no entender el Evangelio bíblico.

 

Hemos señalado al empezar, que el Evangelio que se predica en muchas Iglesia y Comunidades, incluidas las “evangélicas”, se aparta de la predicación de antaño y tuerce el mensaje bíblico. Ahora es posible discernir lo que no va bien. En efecto, nuestros valores teológicos han sido devaluados: nos hemos puesto a pensar que la redención obtenida en la cruz no es de hecho una redención, que Cristo no es de hecho un Salvador, que el amor de Dios es insuficiente a menos que sea ayudado para salvar a alguien del infierno y que la fe constituye la ayuda humana de la que Dios tiene necesidad para llevar a cabo su plan de salvación.

 

Esta lamentable evolución tiene como resultado el impedir creer y predicar el Evangelio bíblico.

 

Ya no se puede creer más en el Evangelio bíblico porque los espíritus han caído en las redes del sinergismo. Se está obsesionado por la idea arminiana de que la fe y la incredulidad son actitudes que emanan de la responsabilidad de cada uno; son actitudes independientes. Se hace así imposible de creer en la salvación total por la pura gracia de Dios, por medio de la fe que es un don de Dios que fluye del Calvario. En su lugar aceptamos una especie de enredo de sistema doble relativo a la salvación, considerando, en ciertos momentos, que esta depende solo de Dios, y en otros que depende de nosotros. Esta posición confusa priva a Dios de una buena parte de la gloria que le es debida por haber efectuado nuestra salvación de principio a fin; también nos priva del bienestar que se experimenta al saber que Dios es por nosotros.

 

Así, al predicar el Evangelio, este concepto erróneo de la salvación hace decir lo contrario de lo que quisiera. Se desea proclamar (correctamente) que Cristo es Salvador y se acaba por decir que, habiendo Cristo entregado toda la salvación posible, los hombres pueden llegar a ser sus propios salvadores.

 

La deducción siguiente llega enseguida. Para exaltar la gracia salvadora de Dios y el poder salvador de Cristo, se viene a decir que el amor redentor de Dios se extiende a todos los hombres y que Cristo murió para salvar a cada uno de ellos, pensando que esto muestra una justa medida de la gloria que va unida a la misericordia divina. Y a fin de evitar el universalismo, se hace necesario infravalorar aquello que antes se ha exaltado y explicar que de hecho lo que ha sido realizado por Dios y por Cristo, en orden a la salvación, debe ser completado por el hombre; así el elemento decisivo que asegura verdaderamente nuestra salvación es nuestra propia fe.

 

En otros términos, Cristo nos salva con nuestra ayuda; lo que viene a significar que nosotros nos salvamos con la ayuda de Cristo. He ahí una profunda desilusión. Cuando se comienza afirmando que el amor salvador de Dios se extiende a todos los hombres y que Cristo ha muerto por todos, mientras se rechaza el universalismo, se impone esta conclusión. Seamos lúcidos a propósito de la evolución habida después de más de un siglo. La gracia y la cruz no han sido exaltadas; han sido devaluadas. La expiación se encuentra más reducida que en el calvinismo, el cual afirma que la muerte de Cristo salva a aquellos que debe salvar: esta muerte no sería ni siquiera suficiente para ello.

 

Los pecadores impenitentes están ilusionados por la esperanza de que en su propio poder pueden arrepentirse y creen que Dios no puede atraerlos hacia si.

 

Es dar poca importancia al arrepentimiento y a la fe (en vez de) hacerlas plausibles (“es muy sencillo: abre tu corazón al Señor…”).

 

Ciertamente, la soberanía de Dios es negada y la base de la verdadera religión socavada, a saber: que el hombre está siempre en la mano de Dios. En verdad el déficit es enorme. Es ocioso preguntarse por qué una tal predicación suscita tan poco respeto y humildad, y por qué los inconversos están tan satisfechos consigo mismos, inconscientes de su propio estado y deficientes en buenas obras que la Escritura considera como frutos de arrepentimiento.

 

2. La predicación del Evangelio bíblico.

 

Los reformadores nos han liberado de este tipo de predicación y de fe, y nos enseñan cómo creer al Evangelio escritural y cómo predicarlo.

 

Desde el principio están de acuerdo en inclinarse ante el Salvador Soberano que salva realmente y en alabarle por su muerte redentora que asegura a aquellos por quienes tuvo lugar su gloriosa resurrección. No se ha llegado a percibir suficientemente, como lo hizo el Sínodo de Dordrecht, la importancia y el sentido de la cruz, su lugar en el corazón del Evangelio junto a, por un lado la total incapacidad del hombre y la elección incondicional, y por el otro la gracia irresistible y la perseverancia asegurada. El significado pleno de la cruz aparece si la expiación se expone desde la perspectiva de estas cuatro verdades: Cristo murió para salvar a un pueblo de pecadores miserables a quienes Dios otorga su amor salvífico y gratuito. El llamamiento y la perseverancia, desde ahora y hasta el retorno de Cristo, son aseguradas a todos aquellos por quienes Cristo llevó los pecados en la cruz. Tal ha sido, y sigue siendo, el significado del Calvario: la cruz ha salvado, la cruz sigue salvando. Tal es el meollo de la verdadera fe bíblica predicada en otros tiempos conforme a toda la enseñanza del Nuevo Testamento completo.

 

Tal afirmación puede parecer paradójica a aquellos que se imaginan que si no se predica que Cristo ha muerto por cada hombre, no se predica el Evangelio.

 

¡Es todo lo contrario! ¿Qué significa predicar el Evangelio de la gracia de Dios? Con toda seguridad eso no significa afirmar a la asamblea dominical que Dios ama a cada uno de sus miembros (de la asamblea) y que Cristo ha muerto por cada uno de ellos, pues, según la Biblia, eso implicaría que todos serán salvos, lo que es imposible de decir.

 

La seguridad de salvación, que no es anterior a la fe que salva, permite saber que se es objeto del amor de Dios gracias a la muerte redentora de Cristo. Este conocimiento viene de aquello que se ha creído, pero no es la razón de nuestra fe.

 

Según la Escritura, predicar el Evangelio consiste en exponer, como verdad proveniente de Dios para ser recibida y puesta en práctica, las cuatro afirmaciones siguientes:

 

1. Todos los hombres son pecadores e incapaces de salvarse a si mismos.

 

2. Jesucristo, el Hijo de Dios, es un Salvador perfecto, aún para los peores pecadores.

 

3. El Padre y el Hijo han prometido que todos aquellos que se reconocen pecadores y ponen su fe en Cristo como Salvador serán acogidos y no rechazados; esta promesa es cierta y está fundada en el sacrificio eficaz y suficiente de Cristo sea cual sea el número (grande o pequeño) de beneficiarios.

 

4. Dios ha hecho de la fe y del arrepentimiento un deber que requiere de aquellos que oyen el Evangelio una actitud de humildad y de dependencia frente a Cristo quien, según las promesas del Evangelio, es un Salvador en el pleno sentido del término, capaz de librar y de salvar a todos aquellos que vienen a Dios mediante él. Cristo esta dispuesto, deseoso y es capaz, por su sangre preciosa y a causa del rescate suficiente que él ha pagado, de salvar a toda alma que viene a él libremente con tal propósito.

 

En otros términos, la tarea del predicador es exponer quien es Cristo explicando que él responde a la necesidad del hombre, que él salva verdaderamente, que él mismo se ofrece para ser el Salvador de todos aquellos que en verdad se vuelven hacia él. Y no le corresponde al predicador decir, ni a sus oyentes preguntarse, por quienes murió Jesús.

 

No hay nadie que, interpelado por el Evangelio, no busque algún día, discernir el proyecto y la intención de Dios con respecto a el, a saber, ser beneficiario de la muerte de Cristo, estando plenamente seguro de que esta muerte es provechosa a todos aquellos que creen en él y le obedecen.

 

Esa fe así establecida, y nunca antes, le da al creyente la seguridad de su salvación; ve los frutos de esta muerte en el y en lo que le sucede; reconoce la benevolencia y el amor eterno de Dios de que es objeto, puesto que el Hijo vino a morir en su lugar. El Evangelio le llama y pone en práctica su fe según

 

lo establecido por Dios, y fundado en Sus promesas.

 

He aquí ahora algunas observaciones:

 

a) Primera observación.

 

La manera antigua de anunciar el Evangelio comportaba, al igual que hoy, una oferta plena y completa de salvación con su fundamento (el carácter suficiente del sacrificio de Cristo y las promesas de Dios) y su atracción irresistible (la necesidad que tiene el pecador, el mandato del Señor que es también la invitación del Redentor). En este punto, afirmar que Cristo murió por todos los hombres no añade nada. El Evangelio bíblico no da lugar, en efecto, al sentimentalismo barato que transformaría la libre gracia de Dios hacia los pecadores en ternura seguramente impregnada de debilidad; no ofrece jamás la imagen de un Salvador burlado y contrariado en su plan a causa de la incredulidad humana; con toda certeza no se dedica a hacer un llamamiento dramático invitando a los creyentes a dejarse salvar por Cristo. Ignora al Salvador lastimoso y al Dios patético que presentan tantas predicaciones de hoy en día.

 

El Evangelio bíblico afirma que son los hombres quienes tienen necesidad de Dios y no a la inversa (¡fábula engañosa!); invita no a compadecerse de Cristo, sino a entender que es Cristo quien se compadece de los hombres aunque estos estén lejos de merecerlo. Tiene siempre en perspectiva la majestad divina y el poder soberano de Cristo; rechaza toda presentación que ensombrezca la libertad y el poder absoluto del Señor.

 

¿Significa esto que los predicadores del Evangelio bíblico, tal como lo predicaron los reformadores, lo empequeñecen limitándose a presentar a la persona de Cristo invitando a todos a reconocerla? En absoluto.

 

Porque admiten la gracia libre y soberana de Dios, su predicación es mucho más rica que aquella que del Evangelio hace la interpretación arminiana, puesto que este ofrecimiento es, desde el principio, bastante más maravilloso que aquel para el que el amor de Dios hacia todos los pecadores forma parte de la naturaleza misma de Dios y cae por su peso.

 

En efecto, el Dios santo, que jamás ha tenido necesidad de los hombres para su gozo y que habría podido rechazar por siempre a nuestra raza caída, ciertamente ha elegido rescatar a algunos en favor de los cuales su Hijo murió y descendió a los infiernos. Y ahora, desde lo alto de su trono de gloria, habla a los hombres impíos a través del Evangelio, les urge, con una inmensa compasión, a arrepentirse, a tener compasión de ellos mismos y escoger la vida. Estos hechos nutren la predicación del Evangelio bíblico.  Lo maravilloso es que todo responde a la sabiduría divina.

 

Pero lo más maravilloso de todo, el punto más santo del Santo Evangelio, es la invitación gratuita que el Señor Jesús dirige, de forma repetida, a los pecadores para que vengan a él y hallen el descanso para su alma. Lo glorioso de estas invitaciones es el hecho de ser dirigidas por un Rey todopoderoso, como si formase parte de la gloria de Cristo sobre su trono el condescender a formularlas. Y es la gloria del ministro del Evangelio, en tanto que embajador de Cristo encargado de entregar personalmente la invitación del Rey, predicar a los pecadores presentes ante el y urgirles a convertirse y vivir.

 

  

 

“Consideremos el amor y la misericordia infinita de Cristo en las invitaciones y llamamientos que nos hace a venir a él para obtener la vida, la liberación, la misericordia, la gracia, la paz y una salvación eterna. Un gran número de estas invitaciones y llamamientos están consignadas en las Escrituras e incluyen todos las benditas incitaciones que la sabiduría divina sabe aplicar a los pecadores perdidos, culpables… Durante la proclamación y la predicación del Evangelio, Jesucristo se presenta ante ellos y les llama, les invita, les anima a venir ante él: ¿Por qué morir? ¿Por qué perecer? ¿Por qué no tener compasión de vuestras propias almas? ¿Estarán preparados vuestros corazones y fortalecidas vuestras manos en el día de la ira que se acerca? ¡Mirad a mi y sed salvos! Venid a mi y yo os aliviaré de todos vuestros pecados, tristezas, temores, cargas; daré descanso a vuestras almas. Os suplico que vengáis.

 

Rechazad toda dilación, toda demora; no me desechéis más, la eternidad está próxima. No me aborrezcáis hasta el punto de preferir la muerte antes que aceptar mi salvación.

 

El Señor Jesucristo no cesa de dirigirse a los pecadores, de abogar a favor de ellos y de exhortarlos. Lo hace mediante la predicación de la Palabra, como si él mismo estuviera presente en medio de la asamblea, hablando personalmente a cada uno. Esta es la razón por la que él ha designado a los predicadores del Evangelio, que se ocupan de vosotros en su lugar y os hacen la invitación en su nombre (2 Cor 5;19,20)”  (John Owen).

 

Estas invitaciones se dirigen a todos los hombres, son universales. Cristo las dirige a todos los pecadores en tanto que tales, y cada hombre, en tanto que crea que Dios es veraz, debe apropiárselas como la misma Palabra de Dios y aceptar la promesa que les acompaña: que Cristo acogerá a todos aquellos que vienen a él.

 

Estas invitaciones son ciertas. Cristo se ofrece sinceramente a todos aquellos que oyen el Evangelio; él es un Salvador perfecto para todos aquellos que depositan en él su confianza. La cuestión de la extensión del alcance de la expiación no ha de ser evocada en la predicación evangélica, la cual debe precisar solamente que Jesucristo, el Señor Soberano, murió por los pecadores a los que ahora invita a venir a él libremente. Dios ordena que todos se arrepientan y crean. Cristo promete la vida y la paz a todos aquellos que lo hagan.

 

Estas invitaciones son, por demás, maravillosamente gratuitas. Los hombres las desprecian y las rechazan y en ningún caso son dignos. Por tanto Cristo aún las renueva; no tiene ninguna necesidad de hacerlo, pero lo hace: “Venid a mi… y yo os haré descansar” permanece su palabra en el mundo, jamás anulada, siempre actual por la predicación.

 

El, cuya muerte a asegurado la salvación de todo su pueblo, debe ser predicado en todo lugar como Salvador perfecto; todos los hombres han de ser invitados y urgidos a creer en él, quienes quiera que sean, lo que quiera que hayan sido.

 

Tales son los tres aspectos del anuncio del Evangelio bíblico.

 

Es una suposición carente de fundamento pensar que la proclamación del Evangelio, desde esta perspectiva, es anémica y carece de entusiasmo en comparación con la de los arminianos. Para persuadirse es suficiente con leer los sermones de predicadores tales como Bunyan, Whitefield o Spurgeon para ver que ellos ensalzaban al Salvador y exhortaban, con sencillez y con ardor, a los pecadores a venir a él con una intensidad y un vigor inigualables en la literatura protestante. Al analizar estos sermones, uno queda impactado al ver como su gozo profundo, debido a las riquezas de la gracia de Dios, tenía fuerza para subyugar a sus oyentes; la insistencia puesta en la libre gracia de Dios, hay que decirlo, aún tiene este mismo poder sobre los lectores de corazón endurecido de hoy día.

 

Aquellos predicadores sabían que la inmensidad del amor de Dios no había sido comprendida ni en su mitad, tanto cuanto no se había apercibido que a él no le era necesario ni haber escogido para salvar, ni haber entregado a su Hijo para morir. Dios no tenía necesidad, ni tampoco Cristo, de haber tomado sobre si la condenación de los hombres a fin de rescatarlos, ni de invitar a todos los pecadores sin distinción, como hace. En efecto, es necesario llegar a entender bien que todos los actos de pura gracia de Dios dependen enteramente de su libre voluntad.

 

Porque sabían esto, aquellos predicadores lo recalcaban con fuerza; aquella fuerza hacía de su anuncio del Evangelio una categoría aparte.

 

Otros  evangelistas, con una teología de la gracia más superficial y menos correcta, han puesto el acento, en sus predicaciones del Evangelio, sobre las necesidades de perdón, paz o poder de los pecadores, preocupándose de la forma de hacerles “decidirse por Cristo”. Que su predicación ha tenido buenos efectos es incuestionable (pues Dios utiliza su verdad aunque sea proclamada con imperfección y mezclada con error), bien que ese tipo de evangelización sea criticable por estar demasiado centrada en el hombre y ser demasiado sentimental. Mas ha de volverse a los calvinistas y a aquellos que, como los hermanos Wesley, adoptan la manera de pensar calvinista como principio de su predicación a los inconversos, de predicar con mucha claridad el amor infinito, la misericordia, el sufrimiento inmenso y paciente, así como la ternura sin límites del Señor Jesucristo. Tal es con seguridad la forma más escritural y más edificante de llevarla a cabo. En efecto, las invitaciones evangelísticas dirigidas a los pecadores no honran a Dios ni exaltan a Cristo tanto como cuando poniendo un fuerte énfasis destilan la misericordia todopoderosa y libre de Dios. Su poder para despertar y confirmar la fe es igualmente mayor.

 

Ciertamente parece como si los predicadores del Evangelio bíblico fueran los únicos en hacer justicia a la revelación de la misericordia divina, en el ofrecimiento que hacen de Cristo a los pecadores.

 

b) Segunda observación.

 

El Evangelio bíblico salvaguarda los valores que ha perdido la manera arminiana de predicar. Hemos visto que la afirmación del alcance universal de la redención y el deseo de Dios de que todos los hombres sean salvos, conduce a empequeñecer la gracia de Dios y a infravalorar la cruz, porque se niega la soberanía del Padre y del Hijo en su obra de salvación. Dicho de otra manera, después de que Dios y Cristo hubieron hecho todo lo que pudieron y quisieron, la salvación depende de la elección personal de cada hombre, independientemente del proyecto de Dios: que sea o no salvo.

 

Este concepto arminiano produce dos resultados enojosos. El primero es el de empujar y tropezar en el sentido verdadero de las invitaciones del Evangelio, de las que hemos hablado anteriormente. Estas invitaciones no son consideradas como manifestaciones de la tierna paciencia de un Soberano poderoso, sino como la expresión de un deseo despojado de poder. De tal suerte que el Señor sobre su trono sufre de repente una metamorfosis, convirtiéndose en un personaje débil y mediocre que llama tristemente a la puerta de un corazón que es incapaz de abrir.

 

¡Que escandaloso deshonor para el Cristo del Nuevo Testamento!

 

El segundo resultado, tan enojoso también, consiste en rechazar nuestra dependencia de Dios, cuando se ha de tomar una decisión vital, colocándonos

 

fuera de sus manos y convenciéndonos de que después de todo (a lo que nos hemos de acomodar voluntariamente en razón del pecado que habita en nosotros) somos dueños de nuestro destino y guías de nuestras almas. ¿Cómo extrañarse entonces, siendo esta la orientación general dada sobre tal enseñanza, de que las personas convertidas por este tipo de evangelización arminiana carezcan muy frecuentemente de reverencia ante Dios y de piedad?

 

El Evangelio bíblico tiene otras características. Por un lado, expone la necesidad que el hombre tiene de Cristo, insiste sobre un punto que descuida el arminianismo, a saber, que los pecadores no pueden decir “si” al Evangelio, ni obedecer la Ley de Dios, si su corazón no ha sido regenerado. Por otro lado, afirma que Cristo tiene el poder de salvar, el Evangelio bíblico le reconoce como el autor y el principal agente de la conversión, que mediante la acción del Espíritu Santo, renueva el corazón del hombre y lo atrae hacia si.

 

Así, dicho de otra manera, el Evangelio bíblico, aunque afirma que la fe es el deber del hombre, también afirma que tener fe no entra dentro de sus propias posibilidades, sino que Dios da aquello que ordena. No proclama simplemente que el hombre debe venir a Cristo para ser salvo, sino también que esto le es imposible a menos que Cristo mismo no lo atraiga hacia si. El Evangelio bíblico obra aniquilando todo orgullo humano, para convencer a los pecadores de que su salvación está totalmente fuera de sus manos y colocarles, conscientes de su completa incapacidad, ante el beneficio de la gracia soberana y gloriosa del Salvador, no solamente para su justificación, sino también para su fe.

 

Un predicador del Evangelio bíblico no puede sentirse satisfecho de la formula utilizada corrientemente de “hacer una decisión por Cristo”. En efecto, desde el principio esta expresión ofrece una imagen falsa, como la de una elección para un cargo político, acto en el que el candidato no hace otra cosa más que presentarse a la votación, dependiendo finalmente de la elección de los votantes. No vamos a colocar al Hijo de Dios, en su labor de Salvador, permaneciendo pasivo mientras que los predicadores se apresuran en su favor.

 

Por otro lado, la expresión “decidirse por Cristo” obscurece aquello que es esencial en el arrepentimiento y en la fe, a saber, el enfrentamiento del “yo” ante el acercamiento personal de Cristo. Ni que decir tiene que decidirse por Cristo significa venir a él, reposar en él, volverse del pecado y renunciar a las obras meritorias. Esta formulación sugiere mucho menos y valora nociones inexactas en cuanto a lo que el Evangelio exige realmente de los pecadores.

 

Sea cual sea la manera en que se estudie, esta expresión es defectuosa.

 

A la pregunta “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, el Evangelio bíblico responde:

 

“cree en el Señor Jesucristo”. A la pregunta siguiente “¿Qué significa creer en el Señor Jesucristo?”, la respuesta es: “reconocerse pecador y saber que Cristo ha muerto por los pecadores como tu; abandonar toda justicia propia y confianza en si mismo y abandonarse totalmente a él para recibir el perdón y la paz; cambiar su naturaleza enemiga de Dios y de rebelión contra él, por un espíritu de reconocimiento sumiso a la voluntad de Cristo, gracias a la renovación del corazón operado por el Espíritu Santo”.

 

Y a la última pregunta “¿Cómo estoy en el camino de la fe en Cristo y del arrepentimiento si no poseo aptitud natural alguna para estas cosas?”, la respuesta es “mira a Cristo, háblale, clama ante él tal como tu eres; confiésale tu pecado, tu rebelión, tu incredulidad y sométete a su misericordia; pídele un corazón nuevo que suscite en ti un verdadero arrepentimiento y una fe inconmovible; ruégale que te quite tu corazón malvado e incrédulo y que escriba su Ley en ti a fin de que jamás te extravíes lejos de él”. Volverse a Cristo y confiar en él; pedirle que se haga su voluntad, que es siempre lo mejor; utilizar los “medios de gracia” sin esperar más, mirar a Cristo para que se acerque a ti mientras buscas acercarte a él; considerar, orar, leer, escuchar la Palabra de Dios, adorar en comunión con el pueblo de Dios, y todo esto hasta que estés convencido de que has sido realmente cambiado, que eres un creyente arrepentido y que has recibido el corazón nuevo que deseabas. En la primera etapa de esta andadura, el acento está puesto en la necesidad de clamar a Cristo.

 

No hay que dejar esto para un mejor momento; es conveniente confesar pronto y honestamente su miseria, de abandonarse, rendirse, aquí y ahora, a Cristo, y esperar en él hasta que su luz brille en nuestro corazón, como lo prometen las Escrituras. Toda otra actitud que no sea esta relación directa con Cristo, es desobediencia al Evangelio. Tal es el ejercicio espiritual al que el Evangelio bíblico llama a sus oyentes, y en el que la oración debe ser: “Creo, ayuda mi incredulidad”.

 

El Evangelio bíblico, que da testimonio de Cristo, es proclamado correctamente, como por Cristo mismo, si las invitaciones de la Escritura que siguen son trasmitidas, no como un discurso en el que la aplicación debe esperar la decisión del hombre, sino como un mensaje poderosamente activo para suscitar la fe. La predicación del Evangelio es demasiado frecuentemente entendida como teniendo por objetivo el “conducir a Cristo”, siendo solo los hombres susceptibles de moverse mientras Cristo se contenta con esperar. La predicación del Evangelio bíblico consiste primero en presentar a Cristo, colocándole ante los ojos de los oyentes, a él el Salvador poderoso que obra a través de las palabras de los predicadores, actuando para la salvación de los pecadores, despertándolos a la fe y llevándolos hacia él por su gran misericordia.

 

El Evangelio bíblico que debe ser predicado es el de la gracia soberana de Dios en Cristo, quien es el autor de la fe y de la salvación, y el que conduce a la perfección. Cuando se ha gustado no se desea otro. En lo que concierne a la fe y a la predicación del Evangelio, como en otros aspectos, tomemos las palabras de Jeremías:

 

“Así dijo el Eterno:

 

Paraos en los caminos, y mirad,  Informaos sobre las sendas antiguas, ¿Donde está el buen camino? Andad por el. Y hallad el descanso para vuestras almas.”

 

Volvamos al Evangelio bíblico. Aquel que lo ha substituido, y que se oye con demasiada frecuencia, no es bienhechor ni para las personas, ni para la Iglesia.

 

                             

 

FINAL