¿Qué Enseñan los Apóstoles Acerca del Bautismo?
¿Qué Enseñan los Apóstoles Acerca del Bautismo?
por Robb Brunansky
En las cartas del Nuevo Testamento, los apóstoles enseñan que el bautismo es un recordatorio poderoso y vívido de quiénes somos en Cristo y de cómo tenemos el poder para vivir para la gloria de Cristo y ser más que vencedores por medio del Señor (Romanos 8).
Lo primero que vemos sobre el bautismo en las cartas del Nuevo Testamento es que nos recuerda nuestra conciencia limpia (1 Pedro 3:21-22).
Existe una conexión en este pasaje entre el bautismo y el arca de Noé. El bautismo es el arca del creyente frente al juicio de Dios. Sin embargo, esta conclusión nos lleva a una pregunta importante: ¿cómo nos salva el bautismo del juicio eterno de Dios?
Algunos, como los católicos romanos, los ortodoxos orientales o la Iglesia de Cristo, enseñan que el bautismo en agua nos salva del juicio de Dios; no obstante, esta interpretación es contraria al evangelio mismo (versículo 21). Lo que nos salva no es mojarnos en las aguas del bautismo, sino clamar a Dios para que limpie nuestras conciencias. Pedro usa la palabra bautismo aquí porque el agua es un agente limpiador, y el bautismo en agua representa la limpieza del pecado. Sin embargo, el agua solo puede limpiarnos externamente. Nuestras conciencias deben ser limpiadas, no nuestros cuerpos; y ninguna cantidad de agua externa puede borrar la culpa del pecado. La resurrección de Cristo es la única base de nuestra petición a Dios para que limpie nuestras conciencias, perdone nuestros pecados y borre nuestra culpa.
Jesús no solo ha resucitado de entre los muertos, sino que está a la diestra de Dios, reinando soberanamente sobre todo con toda autoridad y poder (versículo 22). Somos salvos cuando invocamos el nombre del Señor con fe, rogando por el perdón de nuestros pecados sobre la base de la muerte y resurrección de Jesús, porque Dios siempre acepta a quienes se acercan con una fe sincera en su Hijo.
Cuando analizamos este pasaje, vemos que el bautismo en agua es algo exclusivo para los creyentes que han hecho una petición a Dios para ser limpios de sus pecados por la fe en Cristo. El bautismo en agua es una señal de que hemos invocado el nombre del Señor, lo cual excluye a los bebés, ya que ellos no tienen la capacidad de comprender su pecado, su necesidad de limpieza o la resurrección de Cristo, sin mencionar que no pueden invocar al Señor.
Un segundo pasaje del Nuevo Testamento muestra que el bautismo representa un cambio de vestidura (Gálatas 3:26-27).
El libro de Gálatas responde a la pregunta de cómo una persona se convierte en descendiente de Abraham y, por lo tanto, hereda las promesas que Dios le hizo a este patriarca. En este pasaje, Pablo dice que sus lectores, de quienes se asume que han puesto su fe en Cristo, son hijos de Dios por medio de esa fe.
¿Se refiere Pablo al bautismo del Espíritu o al bautismo en agua cuando dice que los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo (versículo 27)? Aquí, Pablo se refiere al bautismo del Espíritu. La fe, y no el bautismo en agua, es la forma en que nos convertimos en hijos de Dios, y la obra de inmersión del Espíritu es lo que produce la realidad fundamental de que ahora estamos revestidos de Jesús. Esa transformación se representa en el bautismo en agua, pero no se lleva a cabo allí. Incluso podríamos decir que no podemos discernir adecuadamente si alguien ha sido revestido de Cristo si se niega a ser bautizado en agua; no porque el bautismo salve, sino porque la obediencia es una marca de arrepentimiento y fe genuinos.
Al reflexionar en este pasaje, debemos notar nuevamente que el bautismo por el Espíritu, y posteriormente en agua, no es para bebés. El bautismo de infantes significaría, por lo tanto, que estos bebés se han revestido de Cristo, lo que equivale a decir que los bebés serían salvos a causa de su bautismo. La mayoría de los paidobautistas rechazan este razonamiento, pero es el final lógico de su sistema. Las personas se bautizan en agua porque ya han sido bautizadas en el Espíritu, no para ser bautizadas en el Espíritu ahora o más adelante.
En tercer lugar, las cartas del Nuevo Testamento demuestran que el bautismo significa una conexión transformadora (Romanos 6:3-4).
Los creyentes no buscan hacer morir el pecado habitual porque estemos tratando de ganar el favor de Dios. Más bien, nos apartamos de los pecados repetitivos porque ahora tenemos una conexión con Cristo que nos conforma a su muerte, sepultura y resurrección. Esta conexión se representa bajo la figura del bautismo, la cual no admite excepciones. Los creyentes somos bautizados en la muerte de Cristo, hemos sido sepultados con Él y ahora caminamos en una vida nueva fortalecida por nuestro Señor resucitado. El bautismo que Pablo tiene en mente es, sin duda, el bautismo del Espíritu, porque este realiza las realidades espirituales que describió. Sin embargo, debemos recordar que el bautismo en agua era la representación externa de estas realidades internas, por lo que cada creyente aquí podría describirse como bautizado en el Espíritu y en agua.
Al considerar las declaraciones de Pablo, debemos reconocer, entonces, que el bautismo en el Espíritu corta nuestro vínculo con Adán y crea una nueva conexión, de modo que estamos unidos a la resurrección de Cristo. Una vez más, vemos que el bautismo no es algo que ocurra en la infancia ni que sea aplicable a los incrédulos. El propósito fundamental del bautismo es mostrar nuestra conexión con Cristo, y por lo tanto, cualquiera que no haya muerto, sido sepultado y resucitado con Cristo, no debería ser bautizado.
In nuestro pasaje final de este recorrido por el Nuevo Testamento, vemos que el bautismo significa una conversión completa (Colosenses 2:11-12).
Este pasaje ha sido durante mucho tiempo un argumento central del paidobautismo, porque es el único lugar en la Escritura donde la circuncisión y el bautismo se colocan uno al lado del otro. ¿Qué hacemos con este texto?
Primero debemos responder a qué se refiere Pablo cuando habla de la circuncisión (versículo 11). Es evidente que Pablo no está hablando de la circuncisión física, sino de algo realizado por el Espíritu. Esta circuncisión no hecha por manos transforma el corazón para que ya no esté inclinado hacia los deseos carnales. La circuncisión de Cristo es una referencia a su muerte en la cruz. Cuando Cristo murió en la cruz, nosotros morimos con Él, y nuestro viejo hombre fue cortado.
Después de referirse a la obra del Espíritu que circuncida nuestros corazones sobre la base de la cruz de Cristo, Pablo pasa a decir que fuimos sepultados con Cristo. Ahora, sin embargo, la metáfora adecuada ya no es la circuncisión por el Espíritu sino el bautismo por el Espíritu, dado que el bautismo era una figura idónea del juicio divino. Así como Cristo murió y fue sepultado, así, por la obra del Espíritu, el creyente muere con Cristo y es sepultado con Cristo.
Ni el bautismo ni la circuncisión en este contexto se refieren a actividades físicas, sino a obras internas del Espíritu de Dios. Estos actos del Espíritu de Dios no se realizan en los hijos de los creyentes, sino en los creyentes mismos. Solo a aquellos que han puesto su fe en Cristo se les ha dado un corazón nuevo y están tan unidos a Cristo que Pablo puede decir que han sido sepultados y resucitados con Él (versículo 12).
Por lo tanto, Pablo está diciendo que el Espíritu ha hecho una obra dramática: circuncidar nuestros corazones al unirnos a Cristo en su muerte, e sumergirnos en Jesús de modo que somos sepultados con Él. El Espíritu, entonces, nos ha dado nueva vida al resucitarnos de entre los muertos con Cristo por la fe, donde nos unimos a Él. Así, como creyentes, hemos sido completamente convertidos, por lo que ya no somos lo que antes éramos.
El bautismo en agua es, entonces, una representación de nuestra muerte, sepultura y vida de resurrección con Cristo. Todas estas realidades les corresponden a los creyentes, quienes se han vuelto de sus pecados y han puesto su fe en Cristo. Nada en este pasaje insinúa siquiera que el bautismo se aplique a alguien que no esté completo y vivo en Cristo, bautizado por el Espíritu y perdonado de sus pecados. La única postura que puede dar sentido a estos pasajes cruciales del Nuevo Testamento es el bautismo del creyente (credobautismo).
Esta verdad es sumamente gloriosa porque el bautismo en agua nos recuerda quiénes somos en Cristo por la fe. A veces la vida cristiana se siente cuesta arriba porque Satanás nos abruma con nuestros pecados pasados. Sin embargo, el bautismo nos recuerda que vinimos al Señor basados en la resurrección de Jesús y rogamos a Dios que nos perdonara y nos diera una buena conciencia; nos recuerda que estamos revestidos con las ropas de justicia de Cristo y que nuestras vestiduras pecaminosas fueron incineradas en la cruz. En nuestra carne, a menudo no sentimos que estas cosas sean ciertas, y sin embargo lo son, y debemos caminar por fe. El bautismo es una ayuda del Señor, porque allí recordamos lo que Él ha hecho por nosotros en Cristo, y somos renovados en nuestras fuerzas por la gracia de Dios para pelear la buena batalla de la fe a través del Espíritu que habita en nosotros.