Estad Quietos y Conoced que soy Dios

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Estad quietos, y conoced que yo soy Dios

 

(Salmo 46.10)

 

por Jonathan Edwards

 

ESTE salmo suena como un himno de la iglesia en tiempos de grandes convulsiones y desolaciones en el mundo. Es por eso que la iglesia se gloría en Dios como su amparo, su fortaleza y su pronto auxilio, aun en tiempos de las mayores tribulaciones y dificultades. “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y borboteen sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su ímpetu” (versículos 1, 2, 3).

 

La iglesia se enorgullece en Dios, no sólo por ser Él su ayudador, que la defiende cuando el resto del mundo se ve envuelto en desgracias y catástrofes, sino porque, como río refrescante, le da aliento y gozo, aun en medio de la calamidad pública. “Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo. Dios está en medio de ella; no será conmovida. Dios la ayudará al clarear la mañana” (vv. 4, 5). En los versículos 6 y 8 se declaran los cambios profundos y las calamidades que agitaban al mundo: “Braman las naciones, se tambalean los reinos; lanza él su voz, y se derrite la tierra. Venid, ved las obras de Jehová, que ha puesto asolamiento en la tierra”. En el texto que sigue se expresa de manera admirable la manera en que Dios libra a la iglesia de estas desgracias, especialmente de los desastres de la guerra y la furia de sus enemigos: “Que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra. Que quiebra el arco, rompe las lanzas y quema los carros en el fuego”. Es decir, Él hace que cesen las guerras cuando son contra su pueblo; Él quiebra el arco cuando se dobla contra sus santos.

 

Siguen entonces estas palabras: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. La soberanía de Dios se manifiesta en sus grandes obras, las cuales aparecen descritas en los versículos anteriores. Esas mismas terribles desolaciones que Él desató en su designio de librar a su pueblo utilizando medios terribles muestran también su grandeza y su señorío. A través de todo eso demuestra su poder y soberanía, y así ordena a todos estar quietos, y conocer que Él es Dios. Porque, dice: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”.

 

De esto se pueden derivar observaciones interesantes:

 

1. El deber de estar tranquilos delante de Dios, bajo las mercedes de su providencia. Esto implica que debemos mantener quietud de palabras, sujetándonos de hablar o de quejarnos contra los designios de la Providencia; no oscureciendo la razón con palabras de ignorancia, ni empleando el lenguaje pomposo de la vanidad. Debemos mantener quietud en nuestras acciones y en nuestra conducta, de modo que no contrariemos a Dios en sus designios. Y en lo tocante a la disposición interior de nuestros corazones, hemos de cultivar la calma y una serena sumisión de espíritu a la soberana voluntad de Dios, cualquiera que esta sea.

 

2. Podemos tener en cuenta el fundamento de este deber, esto es, la divinidad de Dios. El hecho de ser Dios es razón de sobra para que debamos estar quietos delante de Él, sin murmurar en lo más mínimo, sin objetar, sin oposición, sino tranquilamente y con humildad sometiéndonos a Él. ¿Cómo hemos de cumplir este deber de estar quietos delante de Dios? Sencillamente con un sentido de su divinidad, comprendiendo que el fundamento de ese deber es el conocimiento de que Él es Dios. Nuestra sumisión es la que corresponde a seres racionales. Dios no requiere que nos sometamos a Él a contrapelo de lo razonable, sino como viendo la razón y el fundamento de hacerlo así. De ahí que, la mera realización de que Dios es Dios puede ser suficiente para acallar toda objeción y oposición a sus divinos y soberanos designios.

 

Todo esto puede verse considerando lo siguiente:

 

1. Por cuanto Él es Dios, es un ser absoluta e infinitamente perfecto, siendo imposible que pudiera incurrir en error o maldad. Y como es eterno y no debe su existencia a ningún otro, no puede en medida alguna tener limitaciones en su ser ni en ninguno de sus atributos. Si algo tiene límites en su naturaleza, debe haber alguna causa o razón por la que esos límites están allí. De lo cual se deduce que toda cosa limitada debe tener alguna causa. Por lo tanto, aquello que no tenga causa tiene que ser ilimitado. Las obras de Dios demuestran con toda evidencia que su sabiduría y su poder son infinitos, pues quien hizo todas las cosas de la nada, que las sustenta, gobierna y maneja en todo momento y en todas las edades, sin cansarse, tiene que poseer un poder infinito. Tiene asimismo que ser infinito en el conocimiento; porque si Él hizo todas las cosas, y sin cesar las sustenta y gobierna todas, se sigue que él, continuamente y de una sola mirada, ve y conoce a la perfección todas las cosas, así las grandes como las pequeñas.

 

Lo cual no es posible sin un conocimiento infinito. Siendo, pues, infinito en conocimiento y poder, Dios tiene que ser también perfectamente santo. La falta de santidad supone siempre defecto y pobreza de visión. Donde no hay oscuridad ni engaño, no puede faltar la santidad. Es imposible que la maldad pueda coexistir con la infinita luz. Dios, siendo infinito en poder y conocimiento, tiene que ser totalmente autosuficiente. Es por lo tanto imposible que Él pueda caer en cualquier tentación o cometer alguna falta. No hay motivo por el cual pueda incurrir en nada semejante. Siempre que alguien es tentado a ceder a lo incorrecto, es por fines egoístas.

 

Entonces, ¿cómo podría un Ser todopoderoso —que no necesita de nada— ser tentado a hacer algo malo por fines egoístas? Es, pues, imposible que Dios, que es esencialmente santo, pudiera en ningún sentido incurrir en el mal.

 

2. Por el hecho de ser Dios, Él es tan grande que está infinitamente más allá de toda

 

comprensión. Por tanto, es irrazonable de nuestra parte pretender juzgar sus decisiones, ya que las mismas son misteriosas. Si fuera un ser al cual nosotros pudiéramos comprender, no sería Dios. Sería irrazonable suponer nada más allá del hecho de que hay muchas cosas en la naturaleza de Dios, así como en sus obras y gobierno, que son para nosotros un misterio que jamás podremos discernir.

 

¿Qué somos y qué idea tenemos de nosotros mismos si esperamos que Dios y sus designios puedan estar al nivel de nuestro entendimiento? Somos infinitamente incapaces de tal cosa como comprender a Dios. Para nosotros sería menos irrazonable concebir que una cáscara de nuez pudiera contener al océano. Dice en Job 11.7ss: “¿Descubrirás tú las  profundidades de Dios? ¿Alcanzarás el límite de la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? Su dimensión es más extensa que la tierra, y más ancha que el mar”. Si pudiéramos tener sentido de la distancia que existe entre Dios y nosotros, entenderíamos lo razonable de la interrogación del apóstol Pablo en Romanos 9.20: “…oh, hombre, ¿quién eres tú para que alterques con Dios?”

 

Si creemos encontrarle faltas al gobierno de Dios, estamos virtualmente suponiéndonos capaces de ser sus consejeros; cuando en realidad más bien nos convendría, con gran humildad y adoración, clamar con el apóstol (Ro 11.33ss): “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios, e insondables sus caminos! Porque ¿quién penetró en el pensamiento del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos de los siglos”.

 

Si hubiera niños que alzaran la voz para criticar a los cuerpos legislativos de su país o para poner en tela de juicio las decisiones del poder ejecutivo, ¿no se estimaría que se estaban entrometiendo en cosas demasiado elevadas para ellos? ¿Y qué somos nosotros sino bebés? Pues nuestras inteligencias son infinitamente menores que las de los bebés en comparación con la sabiduría de Dios. Lo sensato para nosotros es tener esto en cuenta y ajustar a ello nuestra conducta. Dice en el Salmo 131.1,2: “Jehová, no está envanecido mi corazón, ni mis ojos son altivos; no ando tras grandezas, ni tras cosas demasiado sublimes para mí. Sino que me he calmado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre”.

 

Esta sola comprensión de la infinita distancia entre Dios y nosotros, y entre el

 

entendimiento de Dios y el nuestro, debería ser suficiente para acallarnos y para acatar con serenidad todo lo que Dios hace, no importa cuán ininteligible o misterioso nos parezca. Ni tampoco tenemos derecho alguno a esperar que Dios nos explique en particular la razón de sus actos o sus designios. Está más que justificado que Dios no nos dé a nosotros, gusanos del polvo que somos, razón de sus asuntos, que así podamos captar la distancia que nos separa de Él, y le adoremos y nos sometamos a Él en humildad y reverencia.

 

Podemos ver a este respecto por qué, cuando Job padecía sufriendo por designio divino crueles penalidades, Dios le respondió no explicándole las razones de su misteriosa providencia, sino haciéndole ver su condición de miserable gusano, de nada, y cuán lejos estaba él de la altura de Dios. Esta actitud divina estaba más en consonancia con Dios que haber entrado en algún debate con Job, o haberle revelado el misterio de sus dificultades.

 

Y para Job fue bueno someterse a Dios en aquellas cosas que no podía entender, a lo cual quiso traerle la respuesta divina.

 

Conviene que Dios habite en profunda oscuridad, o en luz que ningún ser humano puede resistir, la cual ninguno ha visto ni puede ver. Nada hay de extraño en que un Dios de infinita gloria resplandezca con una brillantez demasiado viva y potente para el ojo humano. Porque los mismos ángeles, esos espíritus poderosos, aparecen cubriendo sus rostros ante esta luz (Isaías 6).

 

3. Siendo que Él es Dios, todas las cosas son suyas, por lo cual tiene derecho a disponer de ellas a su antojo y placer. Todas las cosas de este mundo inferior son suyas. “…Todo lo que hay debajo del cielo es mío” (Job 41.11). “He aquí, de Jehová tu Dios son los cielos, y los cielos de los cielos, la tierra, y todas las cosas que hay en ella” (Dt 10.14). Todas las cosas son suyas porque todas proceden de Él; son totalmente de Él y de solamente de Él.

 

Aquellas cosas hechas por los hombres no son enteramente de ellos. Cuando un hombre edifica una casa, no es completamente suya; ninguno de los materiales con que fue hecha le debe su origen. Todas las criaturas son total y completamente fruto del poder de Dios.

 

Es lógico, por lo tanto, que todas sean para él y estén sujetas a su voluntad (Pr 16.4). Así pues, como todas las cosas vienen de Dios, así todas se sostienen por Él, y se hundirían en la nada en un instante si Él no las sostuviera. Y todas son para Él. “Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas” (Ro 11.36). “Porque por él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, las visibles y las invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas tienen consistencia en él” (Colosenses 1.16,17). Toda la humanidad es suya: sus vidas, su aliento, su ser; “porque en él vivimos y nos movemos y somos”. Nuestras almas y nuestras capacidades le pertenecen.

 

“He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía” (Ez 18.4).

 

4. Comoquiera que Él es Dios, es digno de ser soberano sobre todas las cosas. A veces los hombres poseen más de lo que son dignos de poseer. Pero Dios es no solamente dueño de todo el universo, siendo que todo procede y depende de Él, sino que tal es su perfección, la excelencia y dignidad de su naturaleza, que es digno de ser soberano por sobre todo. Nadie deberá osar oponerse a que Dios ejerza la soberanía del universo como si no fuera digno de ello, pues el ser soberano absoluto del universo no es gloria ni honor demasiado grandes para Él.

 

Todas las cosas en el cielo y en la tierra, ángeles y hombres, son nada en comparación con Él; todas son como la gota de agua en el balde o como el grano de arena en la playa. Es así adecuado que cada cosa esté en sus manos, para que Él disponga según le plazca. Su voluntad y su deseo son de infinitamente mayor importancia que los de las criaturas. Es correcto que su voluntad se cumpla, aunque fuere contraria a la de todos los demás seres; que Él haga de sí mismo su propio fin; y que disponga todas las cosas para sí. Dios está dotado de tales perfecciones y excelencias que tiene título a ser el soberano absoluto del mundo.

 

Ciertamente, conviene mucho más que todas las cosas estén bajo la dirección de una sabiduría irreprochable y perfecta que expuestas a caer en confusión o sujetas a causas sin control. Más aun, no es bueno que ningún negocio dentro del gobierno de Dios pueda quedar sin la dirección de su sabia providencia, muy especialmente aquellas cosas de mayor importancia.

 

Es absurdo suponer que Dios pudiera estar obligado a prevenir a cualquier criatura de pecar y de exponerse a castigo adecuado. De ser así, resultaría que no puede haber tal cosa como un gobierno moral de Dios sobre individuos razonables, y sería arbitrario para Dios dar mandamientos ya que Él mismo sería la parte comprometida a observar la conducta y estarían fuera de lugar las promesas o las amenazas. Pero si Dios puede dejar que alguien peque y se exponga a castigo, entonces resulta mucho más apropiado y mejor que el asunto sea tratado con sabiduría —quién en justicia debe a causa del pecado quedar expuesto a castigo y quién no— que permitir que venga por la confusión o el azar.

 

No es digno del Gobernador del universo dejar las cosas al azar; lo natural para Él es gobernar todas las cosas por medios de sabiduría. Y así como Dios posee sabiduría que lo autoriza para ser soberano, así también tiene el poder que lo capacita para ejecutar lo que aconseja la sabiduría. Más aun, Él es esencial e invariablemente santo y justo, e infinitamente bueno, por lo que está perfectamente calificado para gobernar el mundo de la mejor manera posible.

 

Por lo tanto, cuando actúa como soberano del mundo, lo indicado para nosotros es estar quietos y someternos de buen grado, sin objetar en manera alguna que Él tenga la gloria de su soberanía; por el contrario, conscientes de su dignidad, reconocerla con gozo, diciendo: “Tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos”, y repetir con aquellos en Apocalipsis 5.13: “Al que está sentado en el trono … sea la alabanza, el honor, la gloria, y el dominio…”

 

 

 

5. Por cuanto Él es Dios, será soberano y actuará como tal. Él se sienta en el trono de su soberanía y su reino rige sobre todos. En su soberano poder y dominio será exaltado, como Él mismo declara: “Seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”. Él hará saber a todos que es el supremo Señor de toda la tierra. Él efectúa su voluntad entre las huestes del cielo y entre los habitantes de la tierra, y nadie puede detener su mano. No puede haber tal cosa como frustrar, entorpecer o invalidar sus designios, pues Él es grande en el pensamiento y maravilloso en la acción. Su consejo prevalecerá, y Él hará todo lo que le plazca.

 

No hay sabiduría, ni inteligencia, ni talento que pueda ir contra el Señor. Cualquier cosa que Él quiera hacer será para siempre; nada le será añadido ni quitado. Cuando Él actúe, ¿quién le opondrá reparos? Él puede, si quiere, hacer trizas a sus enemigos. Si los hombres se juntan contra Él para estorbar u oponerse a sus designios, Él “quiebra el arco, rompe las lanzas, y quema los carros en el fuego”. Él mata y hace vivir, derriba y levanta, todo según el consenso de su voluntad. Dice en Isaías 45.6,7: “Para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo soy Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo soy Jehová, el que hago todo esto”.

 

Ni los eminentes, ni los ricos, ni los sabios pueden impedir o torcer la voluntad de Dios. Él despacha chasqueados a los doctos y no rinde pleitesía a los aristócratas ni concede privilegio a los ricos sobre los pobres. Hay muchos subterfugios en el corazón humano; pero el consejo del Señor y los pensamientos de su corazón permanecerán a través de todas las generaciones. Cuando Él concede paz, ¿quién puede crear problemas? Y si oculta su rostro, ¿quién puede contemplarlo? Lo que Él derriba no puede ser reconstruido y al que silencie así se queda. Cuando Él se proponga algo, ¿quién se lo estorbará? Y cuando extienda su mano, ¿quién hará que la recoja? No hay por lo tanto manera de impedir a Dios ser soberano ni que actúe como tal. “De quien quiere tiene compasión y al que quiere endurecer, endurece” (Ro 9.18). Él tiene las llaves del infierno y de la muerte: abre, y no hay quien cierre; cierra, y no hay quien abra. Esto puede hacernos ver la insensatez de ponernos en contra de los soberanos designios de Dios; y cuán sabios son aquellos que quietamente y de buen ánimo se someten a su soberana voluntad.

 

6. Como que Él es Dios, está en posición de vengarse de aquellos que se opongan a su soberanía. Él es sabio de corazón y poderoso en fortaleza; ¿quién podrá endurecerse contra Dios y salir airoso? A esto tiene que responder todo el que intente contender con Él. Y ay del miserable que quiera pelear contra Dios, ¿podrá defender su posición delante de Él? A cualquiera de sus enemigos al que mueva el orgullo, el Señor le mostrará que está por encima de ellos. Vendrán a ser como la paja en el viento, o como grasa de carneros; el fuego los consumirá y desaparecerán. “Quién pondrá contra mí en batalla espinos y zarzas? Yo los hollaré, los quemaré a una” (Isaías 27.4).

Las Resposbailidades Especiales de los Hijos hacia Sus Padres

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LAS RESPONSABILIDADES ESPECIALES DE LOS HIJOS HACIA SUS PADRES

 

Por Richard Baxter

 

De las Obras Prácticas de Baxter, Vol. 1, Un Directorio Cristiano,

 

Sobre la Economía Cristiana, Cap. XI., pp. 454-457

 

Aunque los preceptos a los hijos no tienen tanta fuerza para ellos cuando son de edad más madura, debido a su incapacidad natural, y sus pasiones y placeres infantiles que adormecen su débil grado de razón; no obstante, algo ha de decírseles, porque esa medida de razón que tienen ha de ejercitarse, y por el ejercicio han de mejorar: y debido a que incluso aquellos de años más maduros, aunque tengan padres, deben conocer y cumplir sus responsabilidades para con ellos; y porque Dios acostumbra bendecir incluso a los niños mientras realizan sus responsabilidades.

 

Directriz I. Asegúrate de que amas mucho a tus padres; deléitate de estar en su compañía; no seas como esos hijos antinaturales, que prefieren mejor la compañía de sus frívolos compañeros de juego que la de sus padres, y estar dedicados a sus deportes en algún campo alejado de casa que a la vista de sus padres. Recuerda que tienes tu ser desde y por ellos, y has salido de sus lomos: recuerda cuánta pena les has costado, y cuanto cuidado tienen por tu educación y provisión; y recuerda cuán tiernamente te han amado, y cuanta pena sería para sus corazones si te descarrías, y cuánto tu felicidad les hará a ellos estar contentos: recuerda cuánto amor les debes tanto por naturaleza como por justicia, por todo su amor para ti, y por todo lo que han hecho por ti: ellos toman tu felicidad o miseria como una de las partes más grandes de la felicidad o miseria de sus propias vidas. No los prives entonces de su felicidad, al privaros vosotros mismos de la vuestra; no hagas sus vidas miserables, arruinándote a ti mismo. Aunque ellos te reprendan, y te restrinjan, y te corrijan, no minimices, por lo tanto, tu amor por ellos. Pues esta es su responsabilidad, la cual Dios requirió de ellos, y la hacen para vuestro bien. Es señal de un niño malvado el que ama menos a sus padres debido a que le corrigen, y no le dejan hacer su propia voluntad. Sí, aunque vuestros padres tienen ellos mismos muchas faltas, no obstante debes amarles todavía como tus padres.

 

Directriz II. Honra a tus padres, tanto en tus pensamientos, como en tu forma de hablar y conducta. No pienses de manera deshonrosa o desdeñosa acerca de ellos en vuestros corazones. No hables deshonrosamente, o de forma grosera, irreverente o descarada ya sea a ellos o acerca de ellos. No os comportéis de forma grosera o irreverente ante ellos. Sí, aunque vuestros padres nunca sean tan pobres en el mundo, o débiles de entendimiento, sí, aunque sean impíos, debes honrarles a pesar de todo esto; pues aunque no puedas honrarles como ricos, o sabios, o piadosos, debéis honrarles como vuestros padres. Recordad que el quinto mandamiento tiene una promesa especial de bendición temporal; “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra.” Y consecuentemente quienes deshonran a los padres tienen una maldición especial aún en esta vida: y la justicia de Dios se ve ordinariamente en la ejecución de ella; quienes desprecian y deshonran a sus padres raras veces prosperan en el mundo. Hay cinco clases de pecadores que Dios acostumbra tomar con venganza incluso en esta vida.

 

Quienes cometen perjurio y falso testimonio.

 

Los asesinos

Los perseguidores

Los sacrílegos, y

Quienes abusan y deshonran a sus padres.

 

Recordad la maldición de Cam, Gén. 9:22, 25. Es algo espantoso ver y escuchar como algunos hijos malcriados hablan con desdén y con rudeza a sus padres, y riñen y contienden con ellos, y les contradicen, y les hablan como si fueran sus iguales: (y es bastante común que los padres mismos les hayan criado de esta manera) y por último crecerán incluso hasta abusar de ellos y denigrarles. Lee Prov. 30:17, “El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila.”

 

Directriz III. Obedeced a vuestros padres en todas las cosas (las que Dios no prohíba). Recordad que como la naturaleza les ha hecho a vosotros no aptos para gobernarse a vosotros mismos, así Dios, en lo natural, ha provisto afortunadamente gobernadores para vosotros. Aquí primero os voy a decir qué es la obediencia, y luego decirles porqué debéis ser obedientes.

 

Obedecer a vuestros padres es hacer lo que ellos os manden, y abstenerse de aquello que ellos os prohíban, porque es la voluntad de ellos que vosotros hagáis así. Debéis,

 

Tened en vuestras mentes un deseo por complacerles, y estad contentos cuando podáis complacerles, y sentid pena cuando les ofendieren; y entonces,

 

No debéis colocar vuestro ingenio o vuestra voluntad en contra de la de ellos, sino obedecer de buena gana sus mandamientos, no de mala gana, murmurando o disputando: aunque penséis que vuestro propio camino es el mejor, y que vuestros propios deseos son razonables, no obstante vuestro ingenio y voluntad han de estar sujetos a los de ellos, o sino, ¿cómo les obedecéis?

 

Y para las razones de vuestra obediencia:

 

Considera que es la voluntad de Dios que esto deba ser así, y que Ėl les ha hecho a ellos como sus oficiales para gobernaros; y al desobedecerles, le desobedeces a Ėl. Lee Efesios 6:1-3, “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.” Col. 3:20, “Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor.” Prov. 23:22, “Oye a tu padre, a aquel que te engendró; y cuando tu madre envejeciere, no la menosprecies.” Prov. 13:1, “El hijo sabio recibe el consejo del padre; mas el burlador no escucha las reprensiones.” Prov. 1:8, 9, “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre; porque adorno de gracia serán a tu cabeza, y collares a tu cuello.”

 

Considera también que el gobierno de tus padres como necesario para tu propio bien; es un gobierno de amor: como vuestros cuerpos hubieran perecido, si vuestros padres o algunos otros no os hubiesen cuidado, cuando no podíais ayudaros a vosotros mismos; de la misma forma vuestras mentes permanecerían ingenuas e ignorantes, incluso como los brutos, si no tuvieseis a otros para enseñaros y gobernaros. La naturaleza enseña a los pollitos a seguir a la gallina, y a todas las cosas cuando son jóvenes, a ser guiadas o dirigidas por sus madres; o sino, ¿qué sería de ellos?

 

Considerad también que ellos deben rendir cuentas a Dios por vosotros; y si ellos os dejan a vosotros mismos, puede ser su destrucción lo mismo que la vuestra, como el triste ejemplo de Elí les recuerda. Por lo tanto, no os rebeléis contra aquellos que Dios por naturaleza y por la Escritura ha establecido sobre vosotros; aunque el quinto mandamiento requiere obediencia a los príncipes, y a los maestros, a los pastores, y a otros superiores, no obstante nombró solamente a vuestro padre y madre, porque ellos son los primeros de todos vuestros gobernadores, a quienes por naturaleza estáis más obligados.

 

Pero quizás digáis, que aunque los niños pequeños deben ser gobernados por sus padres, no obstante vosotros ya estáis creciendo hacia una edad más madura, y sois lo suficientemente sabios para gobernaros vosotros mismos. Respondo, Dios no piensa así; de otra forma se hubiera desmandado al establecer gobernadores sobre vosotros. ¿Y eres tan sabio como debieras? No son sino pocos en el mundo quienes son lo suficientemente sabios como gobernarse a sí mismos; de otra forma Dios no hubiese establecido príncipes, y magistrados, y pastores, y maestros sobre ellos, como lo ha hecho. Los sirvientes de la familia son de tanta edad como vosotros, y no obstante son incapaces de ser gobernantes de ellos mismos. Dios les ha amado tanto como para no dejarles sin maestros, sabiendo que la juventud es precipitada y sin experiencia.

 

Pregunta. Pero, ¿por cuánto tiempo han de estar los hijos bajo el mandamiento y gobierno de sus padres?

 

Respuesta. Hay muchos actos y grados del gobierno de los padres, según los varios fines y usos de él. Algunos actos de su gobierno no son sino para enseñaros a ir y hablar, y algunos para enseñaros vuestro trabajo y llamado, y algunos para enseñaros buenas maneras, y el temor del Señor, o el conocimiento de las Escrituras, y algunos son para estabilizaros en un curso de vida tal, en el que ya no necesitaréis su más cercana supervisión. Cuando cualquiera de estos fines sea plenamente alcanzado, y tengáis todo aquello que el gobierno de vuestros padres pueda ayudaros a tener, entonces has pasado esa parte de su gobierno. Pero todavía les debéis, no solo amor, y honor y reverencia; sino obediencia en todas las cosas en las que están todavía asignados para tu ayuda y guía: incluso cuando ya estéis casados, aunque tengáis una propiedad en vuestra propia hacienda, y ya no estén tan estrictamente a cargo tuyo como antes; no obstante, si te ordenan hacia tus responsabilidades para con Dios o ellos, todavía estáis obligados a obedecerles.

 

Directriz IV. Estad contentos con la provisión de vuestros padres para vosotros, y con lo que ellos dispongan. No murmuréis rebeldemente en contra de ellos, ni os quejéis de cómo os utilicen; mucho menos toméis alguna cosa contra sus voluntades. Es la parte de un rebelde carnal, y no la de un hijo obediente, estar descontento y murmurar porque no gozan de una fortuna mejor, o porque se les restringe de los deportes y el juego, o porque no tienen mejores ropas, o porque no se les proporciona dinero, para gastar o usar a su propia discreción. ¿No estáis vosotros bajo gobierno? ¿Y el gobierno de los padres, y no de los enemigos? ¿Son vuestras pasiones y placeres más aptas para gobernaros, que la discreción de vuestros padres? Sed agradecidos por lo que tenéis, y recuerda que no lo merecéis, sino que lo tenéis libremente: es vuestro orgullo o vuestra sensualidad carnal lo que los hace murmurar de esta manera, y no alguna sabiduría o virtud que halla en vosotros. Rebajad ese orgullo y mente carnal, y entonces no seréis tan impacientes para hacer vuestras voluntades. ¿Qué si vuestros padres os hayan tratado con demasiada rudeza, en vuestros alimentos, o vestidos, o gastos? ¿Qué mal les ha hecho esto? Nada sino una mente egoísta y sensual haría de esto un asunto de gran importancia. Es cien veces más peligroso para vuestras almas y cuerpos el ser criados de manera suntuosa, y alimentados demasiado y exquisitamente, que el ser criados con privaciones, y alimentados con limitaciones. Uno tiende al orgullo, a la glotonería, a la testarudez, al derribo de la salud y la vida; y lo otro tiende hacia una vida humilde, mortificada, a la auto-negación, y a la salud y buena condición del cuerpo. Recordad como la tierra se abrió, y se tragó a todos aquellos rebeldes murmuradores que sintieron envidia de Moisés y de Aarón, Núm. 16; leedlo, y aplicadlo a vuestro caso; y recordad la historia del rebelde Absalón; y la necesidad del pródigo, Lucas 15; y no desead estar a vuestra propia disposición; ni en mostraros apasionados por tener cumplidos los vanos deseos de vuestros corazones. Mientras os sometáis con contentamiento a vuestros padres, estáis en el camino de Dios, y puedes esperar su bendición; pero cuando por vuestra voluntad queráis ser escultores de vosotros mismos, podéis esperar el castigo de los rebeldes.

 

Directriz V. Humillaos a vosotros mismos y someteos a cualquier trabajo que vuestros padres os asignen. Ten en cuenta, en tanto améis vuestras almas, no vaya a ser que un corazón orgulloso os haga murmurar y decir, este trabajo es demasiado bajo, infame y monótono para mí; o que no pase que una mente y un cuerpo perezosos les hagan decir, este trabajo es demasiado duro y fatigante para mi; o que una mente tonta y simple os haga cansarse de vuestro libro y trabajo, de manera que preferiríais estar en vuestros deportes, y decir, esto es demasiado tedioso para mi. Es poco o ningún daño el que probablemente os ocurra por vuestro trabajo y diligencia; pero es una cosa peligrosa el obtener un hábito o costumbre de holgazanería y voluptuosidad en vuestra juventud.

Directriz VI. Estad dispuestos y agradecidos de ser instruidos por vuestros padres, o por alguno de vuestros maestros, pero especialmente acerca del temor de Dios, y los asuntos de vuestra salvación. Estos son los asuntos para los cuales nacisteis y vivís; estas son las cosas que vuestros padres tienen primero a cargo en enseñaros. Sin conocimiento y santidad todas las riquezas y los honores del mundo no valen de nada; y todos vuestros placeres no harán mas que destruiros.1 ¡Oh, qué alivio es para los padres entendidos el ver a sus hijos dispuestos a aprender, y a amar la palabra de Dios, y a guardarla en sus corazones, y hablar de ella, y obedecerla, y prepararse temprano en la vida para la vida eterna! Si tales hijos mueren antes que sus padres, cuán gozosamente pueden partir con ellos hacia los brazos de Cristo, quien ha dicho, “De los tales es el reino de los cielos,” Mat. 19:14. Y si los padres mueren primero, cuán gozosamente pueden dejar tras de ellos una simiente santa, que servirá a Dios en su generación, y les seguirá al cielo, y vivirá con ellos para siempre. Pero, sea que vivan o mueran, que angustiantes para los padres son los hijos impíos, que no aman la palabra y el camino de Dios, y no aman ser enseñados o restringidos de sus propios rumbos licenciosos.

 

Directriz VII. Someteos pacientemente a la corrección que vuestros padres os apliquen. Tened en cuenta que Dios les ha mandado a hacer esto, y a salvar vuestras almas del infierno; y que les odian si no les corrigen cuando haya una causa; y que no deben pasar por alto la corrección por causa de vuestro llanto, Prov. 13:24; 22:15; 29:15; 23:13, 14; 19:18. No es su deleite, sino para vuestra propia necesidad. Evita la falta, y podrás escapar de la corrección. ¡Cuánto mejor es que vuestros padres os vean obedientes, que oírles llorar! No es el deseo de ellos, sino de vosotros mismos, el que seáis corregidos. Enojaos con vosotros mismos, y no con ellos. Es un hijo malo, aquel que en lugar de ser mejor por la corrección, odia a sus padres por ello, y se hace peor. La corrección es un medio para el equipamiento de Dios; por lo tanto, id a Dios sobre vuestras rodillas en oración, y suplicadle que os bendiga y santifique, para que pueda la corrección haceros bien.

 

Directriz VIII. No escojáis vuestras propias compañías, sino usa tales compañías como tus padres lo señalen. La mala compañía es la primera ruina de un niño. Cuando por el amor al deporte escogéis tales compañeros de juegos, que son holgazanes, y licenciosos, y desobedientes, y que os enseñarán a maldecir, a decir palabrotas, a mentir, a hablar de manera obscena, y a alejaros de tus libros y responsabilidades, esta es la carretera del diablo al infierno. Vuestros padres son los más aptos para escoger vuestra compañía.

 

Directriz IX. No escojáis vuestro propio llamado u oficio en la vida, sin la selección o consentimiento de vuestros padres. Podéis decirles hacia qué estáis más inclinados, pero pertenece más a ellos que a tí el hacer la escogencia; y es vuestra parte el traer vuestras voluntades a las de ellos. A menos que vuestros padres escojan un llamado para vosotros que sea ilegal; entonces podéis (con humilde sumisión) rehusarlo. Pero si fuese solamente inconveniente, tenéis la libertad después de cambiarlo por uno mejor, si podéis, cuando estéis bajo su disposición y gobierno.

 

Directriz X. No os caséis sin el consentimiento de vuestros padres. Y, si se puede, deja que su elección determine primero a la persona, y no por vosotros mismos: los jóvenes inexpertos escogen por el capricho y la pasión, en tanto que vuestros experimentados padres seleccionan por el juicio. Pero si ellos os forzaran a unirse a aquellos que son impíos, y gustan de hacer vuestras vidas o pecaminosas o miserables, puedes humildemente rehusarles. Pero debéis permanecer sin casaros, mientras por el uso de los medios correctos podéis vivir en castidad, hasta que vuestros padres tengan un mejor espíritu. Pero si en verdad tenéis una necesidad llana de casaros, y vuestros padres no consentirán a nadie excepto alguno de una religión falsa, o alguien que es totalmente no idóneo para ti, en tal caso pierden su autoridad en ese punto, que les es dada para su edificación, y no para vuestra destrucción; entonces debieseis tomar consejo con otros amigos que sean más sabios y fieles: pero si experimentáis un gran sufrimiento en vuestros afectos por contradecir la voluntad de vuestros padres, y fingís una necesidad, (que no podéis cambiar vuestros afectos), como si vuestra locura fuera incurable; esto no es sino entrar pecaminosamente en aquel estado de vida, que debiese haber sido santificado para Dios, para que Él la haya bendecido para ti.

 

Directriz XI. Si vuestros padres estuviesen en necesidad, es vuestra responsabilidad proveerles alivio según sea vuestra habilidad; sí, y hasta mantenerles totalmente, si hubiese necesidad. Pues no es posible que por medio de todo lo que podéis hacer, que incluso les pongáis estipulaciones, o condiciones con respecto a pagos; o que alguna vez les pidáis devolución por lo que habéis recibido de ellos. Es inhumanidad infame, cuando los padres se hunden en la pobreza, el que los hijos les hagan a un lado con alguna subvención escasa, o que les hagan vivir casi como sus sirvientes, cuando tenéis riquezas y abundancia para vosotros mismos. Vuestros padres debiesen todavía ser considerados por vosotros como vuestros superiores, y no como inferiores. Aseguraos de que se alimenten bien; sí, aunque no obtengáis vuestras riquezas por sus medios, pues incluso para vuestro ser vosotros sois sus deudores por más que eso.

 

Directriz XII. Imitad a vuestros padres en todo lo que es bueno, tanto cuando están vivos o cuando estén muertos. Si fueron amantes del Señor, y de su palabra y su servicio, y de aquellos que le temen, que su ejemplo os incite, y que el amor que les tenéis, os estimule a ocuparos en esta imitación. Un hijo malvado de padres piadosos es una de las miserias más deplorables en el mundo. ¡Con qué horror miro a tal persona! ¡Cuán cerca del infierno está ese miserable! Cuando el padre o la madre fueron eminentes por la piedad, y diariamente le instruían en los asuntos de su salvación, y oraban con ellos, y les amonestaban, y oraban por ellos, y después de todo esto los hijos prueban ser codiciosos o borrachos, o lascivos, o profanos, y enemigos de los siervos de Dios, y se mofan o desatienden el camino de sus religiosos padres, le debe poner a temblar a uno el ver a tales miserables a la cara. Pues aunque hay alguna esperanza para ellos, ¡ay!, es tan poca, que están próximos a la desesperación; cuando son como una mecha endurecida2 a los medios más excelentes, y la luz les ha cegado, y su conocimiento de los caminos del Señor no ha sido vuelto sus corazones en Su contra, ¿qué medios quedan para hacer el bien a tales resistidores de la gracia de Dios como estos? Lo más probable es algún juicio pesado y espantoso. ¡Oh, qué día más lamentable será para ellos, cuando todas las oraciones, y lágrimas, y enseñanzas, y buen ejemplo de sus religiosos padres testifiquen en su contra! ¡Cómo serán confundidos delante del Señor! ¡Y cuán triste – pensamos que es para el corazón de los padres santos y diligentes, pensar que todas sus oraciones y dolores deban testificar en contra de sus hijos carentes de gracia, y hundirles más profundo en el infierno! Y no obstante, ¡cuántos son ya un lamentable espectáculo ante nuestros ojos! ¡Y cuán profundamente sufre la iglesia de Dios por la malicia y maldad de los hijos cuyos padres les enseñaron bien, y caminaron delante de ellos con una vida santa y ejemplar! Pero si los padres fuesen ignorantes, supersticiosos, idólatras, papistas, o profanos, los hijos están lo suficientemente dispuestos a imitarlos. Entonces pueden decir, ‘nuestros antepasados fueron de este parecer, y esperamos que sean salvos’; más bien les imitaremos, antes que a innovadores reformadores como vosotros. Como le dijeron a Jeremías, Cap. 44:16-18, “La palabra que nos has hablado en nombre de Jehová, no la oiremos de ti; sino que ciertamente pondremos por obra toda palabra que ha salido de nuestra boca, para ofrecer incienso a la reina del cielo, derramándole libaciones, como hemos hecho nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros príncipes, en las ciudades de Judá y en las plazas de Jerusalén, y tuvimos abundancia de pan, y estuvimos alegres, y no vimos mal alguno. Mas desde que dejamos de ofrecer incienso a la reina del cielo y de derramarle libaciones, nos falta todo, y a espada y de hambre somos consumidos.” De esta forma caminaron “tras la imaginación de su corazón, y en pos de los Baales (la falsa adoración), según les enseñaron sus padres.” Jer. 9:14. “¿No piensan cómo hacen que mi pueblo se olvide de mi nombre con sus sueños que cada uno cuenta a su compañero, al modo que sus padres se olvidaron de mi nombre por Baal?” Jer. 23:27. “ellos y sus padres se han rebelado contra mí hasta este mismo día.” Eze. 2. “pero no me oyeron ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su cerviz, e hicieron peor que sus padres.” Jer. 7:26. De esta manera pueden imitar a sus antepasados en el error y el pecado, cuando debiesen más bien recordar, I Ped. 1:18, 19, que le costó a Cristo su sangre “sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres.” Y debiesen confesar de manera penitente, como Dan. 9:8, “Oh Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos,” ver. 16. Y como el Salmo 106:6, “Pecamos nosotros, como nuestros padres,” Dijo el Señor, Jer. 16:11-13, “Porque vuestros padres me dejaron, dice Jehová, y anduvieron en pos de dioses ajenos, y los sirvieron, y ante ellos se postraron, y me dejaron a mí y no guardaron mi ley; y vosotros habéis hecho peor que vuestros padres; porque he aquí que vosotros camináis cada uno tras la imaginación de su malvado corazón, no oyéndome a mí. Por tanto, yo os arrojaré de esta tierra.” Jer. 44:9, 10, “¿Os habéis olvidado de las maldades de vuestros padres, de las maldades de los reyes de Judá, de las maldades de sus mujeres, de vuestras maldades y de las maldades de vuestras mujeres, que hicieron en la tierra de Judá y en las calles de Jerusalén? No se han humillado hasta el día de hoy.” Véase el ver. 21, y Zac. 1:4, “No seáis como vuestros padres, a los cuales clamaron los primeros profetas, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras; y no atendieron, ni me escucharon, dice Jehová.” Mal. 3:7, “Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros.” Eze. 20:18, “No andéis en los estatutos de vuestros padres.” Así también los ver. 27, 30, 36. No sigáis a vuestros padres en su pecado y error, sino seguidles donde ellos sigan a Cristo, I Cor. 11:1.

 

1 Léase el pequeño libro de Thomas White para los niños pequeños. Marcos 9:36; 10:14, 16.

 

2 Queriendo significar que esta mecha no se encenderá a pesar del combustible de excelente calidad. (N. del T.)

 

La Salvación Bíblica y la Proclamación del Evangelio

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La Salvación Bíblica y la Proclamación del Evangelio.

 

por J.I.Packer.

 

“Nadie puede venir a mi si el Padre que me envió no le trajere”

 

Este estudio de J.I.Packer, profesor de teología en el Regent College de Vancouver (Canadá), fue publicado primeramente como prefacio al célebre libro sobre la muerte de Cristo del gran teólogo inglés del siglo XVII John Owen. Fue retomado en un reciente libro del autor (Among God’s Giants; Kingsway Publications, 1991 cap. 8). El texto siguiente es una traducción abreviada del prefacio; las alusiones a la teología de Owen han sido suprimidas, pero todo aquello que es de un interés esencial para la noción bíblica de la salvación y la manera de proclamar el evangelio ha sido conservado. La traducción (al francés) ha sido realizada por André Coste y revisada por el equipo de redacción.            

 

I. El Evangelio bíblico olvidado.                                       

 

Su objetivo principal no es, como manifiesta demasiado frecuentemente la predicación. Una de las tareas más urgentes que los cristianos, y en particular los “evangélicos”, tienen que llevar a cabo hoy día, es el regreso al Evangelio bíblico. Esta afirmación, que puede sorprender, se desprende, sin embargo, del examen de los hechos.                            

 

En efecto, parece evidente que el movimiento “evangélico” manifiesta incertidumbres e interrogantes en bastantes áreas: la evangelización, la santificación, el desarrollo de la vida como iglesia local, la relación de asistencia por el pastor, la práctica de la disciplina. La situación no puede prolongarse, sin embargo el camino a seguir no aparece claro.

 

¿De donde viene ese malestar? Yendo al fondo de la cuestión, se descubre que ya no estamos anclados en el Evangelio bíblico. Sin darnos cuenta lo hemos cambiado, en el siglo XIX, por un sucedáneo, que se le parece en el aspecto, pero que en su totalidad se diferencia profundamente. Este sucedáneo no produce los efectos poderosos que el Evangelio bíblico ha producido en otras ocasiones. Es manifiestamente incapaz de producir, con la calidad requerida, el respeto, el arrepentimiento, la humildad, el espíritu de adoración y el interés por la iglesia local.

 

¿Por qué?

 

En razón de la naturaleza y del contenido de este otro Evangelio, su primera preocupación no es colocar a Dios en el centro de los pensamientos, ni de poner su temor en el corazón. Dicho de otra manera, este Evangelio se preocupa demasiado por ser “útil” al hombre, proporcionándole paz, satisfacción, felicidad, contentamiento de si mismo, pero poniendo insuficientemente el acento en la gloria de Dios. El Evangelio bíblico es igualmente “útil” al hombre; su primer objetivo es siempre rendir gloria a Dios proclamando la soberanía de Dios tanto cuando hace misericordia como cuando ejerce su juicio, recordando la actitud obligatoria de sumisión y de adoración que el hombre debe manifestar frente a ese Dios Todopoderoso del que depende por entero. Dios está en el centro y no el hombre, como puede observarse tras haberse producido la desviación, en el siglo XIX, mencionado anteriormente, no “evangélica” de nuestros días, el bienestar del hombre y la ayuda que Dios pueda aportarle. Su punto es Dios y su proyecto con los hombres. Entre las dos perspectivas existe una distancia inconmensurable que manifiesta una reformulación del mensaje bíblico destinado, se piensa, a hacer este más “útil”. Es así que los temas que tratan la incapacidad del hombre para creer, la elección como causa última de la salvación y la muerte de Cristo solo por sus ovejas han dejado de ser predicados. Se cree que estas doctrinas no pueden más que hundir a los pecadores en la desesperación al mostrarles que no tienen nada que ver con respecto a su salvación en Jesucristo. La idea de que esta desesperación pudiera ser saludable ni siquiera se tiene en consideración, en tanto que aparece evidente que constituye un atentado insostenible contra el amor propio.

 

Esta práctica tiene como resultado que el Evangelio es presentado de forma mutilada como si no lo estuviera, y esta verdad a medias confiere a la verdad integral la apariencia de error. Es así que se expresa como si cualquiera tuviese la posibilidad de recibir a Cristo en todo momento, como si la redención adquirida en la cruz no fuese eficaz sino por la fe del creyente, como si el amor de Dios no fuese mas que una benevolencia general hacia cualquiera que crea y ponga su confianza en Jesús. En otros términos, el Padre y el Hijo están presentes, no como atrayendo hacia ellos a los pecadores en un acto soberano, sino como esperando pasivamente a que ellos les abran “la puerta de su corazón”.

 

Tal es la predicación de hoy en muchas iglesias “evangélicas”. Tal es posiblemente la fe de muchos. Por eso es urgente decir con fuerza que este conjunto de medias verdades, de verdades torcidas, está bien lejos del Evangelio bíblico. Proclamándolas uno se coloca en oposición a la Biblia, y el hecho de que esto se convierta en práctica corriente muestra hasta que punto es importante que se opere un redireccionamiento rápido y redescubrir el Evangelio auténtico y bíblico a fin de predicarlo y ponerlo en práctica de nuevo.

 

 

1. El Evangelio bíblico y “los cinco puntos” del calvinismo.

 

Puede ser que se objete: Al evocar la redención limitada solamente a las ovejas, uno de los “cinco puntos” del calvinismo, como siendo una de las características del Evangelio bíblico ¿no se aboga más bien por el calvinismo?

 

Conviene no eludir esta objeción elevada por muchos, señalando así al mismo tiempo prejuicios e ignorancia, como si el Evangelio se limitase a eso para un calvinista o como si, igualmente, el calvinismo fuese la expresión refinada de la perversión teológica sin ninguna relación con el Evangelio. Pero antes de hacer frente directamente a esta objeción, recordemos pues, a fin de restar todo fundamento a los prejuicios, en qué consiste el calvinismo en general y “los cinco puntos” en particular, a partir de los hechos históricos y teológicos siguientes.

 

Lo que se llama “los cinco puntos” del calvinismo es simplemente la respuesta a una petición en cinco puntos (“La remonstance”= “La protesta”) redactada, en el siglo XVIII, por los “semipelagianos” protestantes.

 

A.”La Remonstrance” (“La Protesta”) o arminianismo.

 

 

La teología de “La Remonstrance”, conocida bajo el nombre de arminianismo (que toma el nombre de su principal promotor, Arminio, 1560-1609), tiene como fundamento dos principios filosóficos:

 

a) La soberanía de Dios no es compatible con la libertad humana y, por consiguiente, con la responsabilidad del hombre.

 

b) Aquella (la soberanía divina) reduce las obligaciones de esta (la responsabilidad del hombre).

 

 

El calificativo de “semipelagianos” está así plenamente justificado. De esos principios los arminianos extraen dos conclusiones:

 

a) Siendo la fe, según la Biblia, un acto del hombre realizado libremente y de forma responsable, no puede tener a Dios por autor; surge independientemente de Dios.

 

b) Siendo la fe, según la Biblia, obligatoria por parte de aquellos que aceptan el Evangelio, el creer es una posibilidad universal y una oferta a todos los seres humanos.

 

 

El arminianismo sostiene hoy, como anteriormente, que la enseñanza bíblica se formula de la siguiente manera:

 

1. El hombre jamás ha sido afectado por el pecado hasta el punto de ser incapaz de aceptar la salvación que se le presenta.

 

 

2. O, aún bajo el control de Dios, que no puedan rechazarla.

 

3. Dios elige y salva a las personas que sabe han de aceptar la salvación voluntariamente.

 

4. La muerte de Cristo hace posible la salvación solo de aquellos que creen; esta no garantiza la salvación de nadie, pues no asegura el don de la fe (tal don no existe).

 

5. Pertenece a los creyentes el mantenerse en estado de gracia guardando la fe; si esta desfallece son rechazados y se pierden.

 

Así, para el arminiano la salvación depende en última instancia del hombre mismo, siendo considerada la fe, de alguna manera, como su obra y no, por consiguiente, la obra de Dios en el.

 

 

B. El sínodo de Dordrecht (1618).

 

El sínodo de Dordrecht (Países Bajos) fue convocado para pronunciarse sobre esta teología (el arminianismo). “Los cinco puntos del calvinismo” constituyen una refutación; están basados en un principio bíblico diferente, a saber, que “la salvación viene solo de Dios”. He aquí una breve evocación:

 

1. El hombre desechado es incapaz, por si mismo, de creer al Evangelio, de la misma manera que es incapaz de obedecer a la Ley, a pesar de la claridad de sus disposiciones.

 

2. La elección de Dios es un acto libre, soberano e incondicional, de Dios quien elige a los pecadores para salvarlos por medio de Cristo, darles la fe y conducirlos a la gloria.

 

3. La obra de redención de Cristo tiene por objeto la salvación de los elegidos.

 

4. La obra del Espíritu Santo, que es la de conducir al hombre a la fe, jamás es frustrada.

 

5. Los creyentes son preservados en la fe y bajo la gracia, por el poder ilimitado de Dios, hasta su entrada en la gloria.

 

Estas cinco proposiciones son conocidas, en los países anglófonos, bajo las siglas TULIP (TULIPÁN en español), una alusión al origen geográfico (los países de las flores) de “los cinco puntos” (Total depravity, Unconditional election; Limited atonement, Irresistible grace, Perseverance of the saints), que significa: Corrupción absoluta, Elección incondicional, Expiación limitada, Gracia irresistible y Perseverancia de los santos.

 

Existen, pues, dos interpretaciones del Evangelio bíblico, coherentes ambas, pero en indudable oposición. La diferencia entre las dos no es una diferencia de énfasis sobre tal o cual punto, sino más bien una diferencia de contenido.

 

Una (la interpretación calvinista) proclama un Dios que salva; otra (la interpretación arminiana) un Dios que hace al hombre capaz de salvarse a si mismo. Una presenta los tres grandes actos de la Santa Trinidad en vista de la restauración de la humanidad perdida, a saber: la elección por el Padre, la redención por el Hijo y el llamamiento por el Espíritu Santo, enfocados los tres hacia las mismas personas asegurando infaliblemente su salvación. La otra confiere a cada uno de sus actos un objetivo diferente, a saber: que la redención por el Hijo ha sido adquirida para toda la humanidad, el llamamiento del Espíritu Santo se dirige a todos aquellos a quienes se ha anunciado el Evangelio y la elección del Padre no concierne más que a las personas que responden “si” – negando a cualquiera la seguridad de su salvación.

 

Los planes de salvación presentados por estas dos teologías son por completo diferentes. Para la una, la salvación es obra de Dios; para la otra, es obra del hombre. Para la una, la fe con vista a la salvación es un don de Dios; para la otra, constituye la contribución del hombre a su salvación. Para la una, en la salvación de los creyentes toda la gloria revierte en Dios; para la otra, la alabanza esta repartida entre Dios, quien, por así decir, a construido la maquinaria de la salvación y el hombre, quien, mediante su fe, la hace funcionar. Estas diferencias son en verdad muy grandes. Precisar bien la naturaleza, la extensión y la intensidad, constituyen el interés permanente de los “cinco puntos”, esta especie de resumen del calvinismo.

 

2. El calvinismo como interpretación del mensaje de la Biblia.

 

A decir verdad, el calvinismo desborda ampliamente lo que se evoca en los “cinco puntos”.

 

a) El calvinismo presenta una visión global del mundo a partir de Dios Creador y Rey del cosmos. Propone un paso lógico en el que el Creador es reconocido Señor, dirigiendo todas las cosas como él lo ha decidido soberanamente. El calvinismo es una concepción teocéntrica de la vida, es decir, completamente sometida a la Palabra de Dios. En otros términos, es una teología construida bajo una perspectiva bíblica, siendo Dios la fuente, el instrumento y el fin de todas las cosas que edifican el orden, la naturaleza y la gracia. El calvinismo es a la vez y en la forma más pura y elevada, un teísmo (la fe en Dios es el fundamento de todo), una religión (el hombre depende de Dios quien le da todo lo que posee) y un movimiento “evangélico” (marcado por una confianza en Dios, mediante Jesucristo, en toda circunstancia).

 

El calvinismo es igualmente una filosofía unificadora de la historia, según la cual todos los principios en vigor en el mundo creado por Dios y todos los acontecimientos que se producen, forman parte, ni más ni menos, que del plan preordenado por Dios para sus criaturas y para su Iglesia. Si los “cinco puntos” se limitan a afirmar que Dios es soberano en la salvación del individuo, el calvinismo va más allá al reconocer su soberanía en todos los campos.

 

b) A diferencia de los “cinco puntos” que presentan la soteriología calvinista

 

En forma negativa y bajo un tono polémico, el calvinismo es didáctico, pastoral y constructivo. Expone la enseñanza de la Escritura sin tener necesidad de posicionarse en comparación con el arminianismo y no tiene ninguna necesidad de cortar de un tajo a este para existir. El calvinismo no tiene ningún interés en expresarse de modo negativo; su combate es en favor de los valores “evangélicos” positivos.

 

El carácter negativo de los “cinco puntos” es fuente de malentendidos, notoriamente en el punto tercero (la expiación limitada, o redención particular), si el acento se pone, como sucede con frecuencia, en el adjetivo para señalar que los calvinistas sacarían ventaja limitando la misericordia de Dios. De hecho, esta terminología está destinada, como veremos, a salvaguardar la afirmación central del Evangelio: Cristo es el Redentor que rescata verdaderamente. Por lo mismo, el rechazo de una elección condicional y de una gracia a la que se le pudiera resistir, corresponde al deseo de preservar la verdad positiva de que es Dios quien salva. Las únicas proposiciones realmente negativas son aquellas que formulan los arminianos al rehusar reconocer que la elección, la redención y el llamamiento son actos de Dios Salvador. El calvinismo rechaza estas negaciones a fin de proclamar el contenido positivo del Evangelio desde la base positiva de fortalecer la fe y edificar la Iglesia.

 

c) La exposición de la soteriología en cinco puntos (cifra correspondiente, como ya hemos visto, a las proposiciones arminianas a las que el Sínodo de Dordrecht respondió), tiende a oscurecer la estructura coherente del pensamiento calvinista sobre este asunto. Las cinco proposiciones presentadas por separado son, de hecho, inseparables. Se sostienen unas a otras; es imposible rechazar una sin rechazar a las demás, al menos desde la perspectiva del Sínodo. Para el calvinismo, “los cinco puntos” no vienen a ser más que uno:

 

Dios salva a los pecadores.

 

* Dios, el Dios trino y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas obrando juntos de forma soberanamente sabia, poderosa y amorosa en vistas a la salvación de un pueblo elegido: el Padre elige, el Hijo cumple la voluntad del Padre mediante la redención, y el Espíritu concreta el plan del Padre y del Hijo mediante la regeneración.

 

* Salva, Dios realiza, desde el principio al fin, todo aquello que es necesario para la salvación, conduciendo al pecador de la muerte en el pecado a la vida en la gloria; él programa, ejecuta y aplica la redención; él llama, guarda, justifica, santifica y glorifica.

 

* A los pecadores, es decir los hombres culpables, malvados, débiles, sin fuerza, ciegos, incapaces de hacer la voluntad de Dios o de mejorar su situación espiritual.

 

* Dios salva a los pecadores. La fuerza de esta afirmación no debe ser atenuada quebrando la unidad de la obra de la Trinidad, o repartiendo la realización de la salvación entre Dios y el hombre, quien se aseguraría una parte decisiva, o poniendo sordina a la incapacidad del pecador a fin de que pueda compartir la gloria de la salvación con su Salvador. El único aspecto de la soteriología calvinista que “los cinco puntos” se esfuerzan por expresar, y que el arminianismo rechaza, puede ser formulado así: los pecadores no tienen modo alguno de salvarse ellos mismos; su salvación ha sido, es y será, en su totalidad, la obra del Señor en quien revierte la gloria por siempre. Amén.

 

d) La formulación de “los cinco puntos” disimula la diferencia profunda que existe entre las soteriologías calvinista y arminiana. Muchos se han dejado prender. Poner el énfasis sobre los adjetivos (incondicional, definida, irresistible) en esta formulación, conduce a pensar que el desacuerdo no está más que en el papel del hombre con respecto a la salvación, pero que el acuerdo existe sobre los tres grandes actos de Dios:

 

la elección, la redención y el don de la gracia. ¿Condiciona la fe la elección, o no? ¿Tiene la redención por objeto la salvación de todo hombre, o no? ¿Puede ser rechazado el don de la gracia? Según que la respuesta sea “si” o “no”, se tienen conceptos opuestos sobre la elección, la redención y el don de la gracia.

 

En el siglo XVII esta oposición era percibida con claridad; es importante que hoy hagamos lo mismo. Para ello coloquemos juntas las definiciones y comparémoslas.

 

3. La noción de la salvación cuestionada.

 

a). La elección.

 

Los arminianos definen la elección como la decisión de Dios de recibir como sus hijos a las personas que, a su debido tiempo, creen en Cristo.

 

En otras palabras, Dios escoge a aquellos que él sabe, mediante su presciencia, van a decidir creer por su propia voluntad. Nada en el decreto de elección asegura que habrá creyentes en él. Dios no decide que un hombre tenga la fe.

 

Los calvinistas, a la inversa, definen la elección como la elección de personas particulares, sin ningún mérito, hecha por Dios a fin de salvarlos de sus pecados y de conducirlos a la gloria, es decir, rescatarlos mediante la muerte de Cristo y darles la fe mediante la llamada y la acción del Espíritu Santo.

 

El arminiano dice: “yo debo mi elección a mi fe”, y el calvinista dice: “yo debo mi fe a mi elección”. Estos dos conceptos están, evidentemente, muy lejos el uno del otro.

 

b). La redención.

 

Los arminianos consideran la redención como la remoción de un obstáculo (la exigencia insatisfecha de justicia) colocado en el camino donde Dios, según su deseo, ofrece el perdón a los pecadores, si al menos estos creen. Así la redención le da a Dios el derecho de ofrecer la salvación, pero no comporta en si misma la seguridad de que alguien acepte este ofrecimiento, puesto que la fe, siendo una obra propia del hombre, no es un don que le viene del Calvario.

 

La muerte de Cristo le ha dado a la fe salvadora la ocasión de ejercitarse, y nada más.

 

En cuanto a los calvinistas consideran la redención como el acto por el cual Cristo a cargado con las consecuencias del pecado ocupando el lugar de un cierto número de pecadores bien determinado, reconciliándoles así con Dios, suprimiendo su culpabilidad y asegurándoles la vida eterna. En consecuencia, estos pecadores perdonados tienen derecho, a los ojos de Dios, al don de la fe, que es el instrumento que les permite tomar posesión de su herencia. En otros términos, la cruz no hace simplemente posible la salvación de aquellos por quienes Cristo ha muerto, también les asegura que recibirán la fe y que su salvación se ha realizado. La cruz salva.

 

El arminiano dice: “yo no habría podido obtener mi salvación sin el Calvario”, y el calvinista dice: “Cristo ha obtenido mi salvación en el Calvario”. Para el primero, la cruz es la condición sine qua non de mi salvación; para el segundo, ella es la causa, en virtud del acuerdo entre el Padre y el Hijo, hecho concreto en el monte Calvario; la cruz es también la fuente de todas las bendiciones espirituales que el recibe, entre las cuales se encuentra la fe.

 

Estos dos conceptos son, evidentemente, muy diferentes entre si.

 

c). El don de la gracia.

 

Los arminianos definen el don de la gracia eterna llevado a cabo por el Espíritu Santo, como “una acción sobre la conciencia”, un simple acceso a la comprensión de la verdad de Dios, pero que, insisten, no asegura la respuesta de la fe.

 

Los calvinistas, por su parte, ven en este don no simplemente una iluminación, sino la obra de la regeneración que Dios opera en el hombre. “El les quita su corazón de piedra y les da un corazón de carne; renueva su voluntad y, por su poder infinito, les orienta hacia el bien; les lleva eficazmente hacia Jesucristo; y entretanto, produciendo Dios su querer por su gracia, los elegidos van hacia él libremente”. Esta gracia es irresistible porque aniquila toda tendencia que se le resiste.

 

El arminiano se contenta con decir: “yo me he decidido por Cristo” o “he decidido ser cristiano”; el calvinista prefiere hablar de su conversión en términos más teológicos y llamar la atención sobre lo que le ha sucedido. Estos dos conceptos son, es evidente, netamente opuestos entre si.

 

d). Comparación.

 

El calvinista rechaza la idea del arminiano respecto de la elección, la redención y el llamamiento, considerados por este último como actos de Dios que no salvan, en contra de lo que es el corazón de la enseñanza bíblica. Afirmar, como lo hace el arminiano, que Dios elige a los creyentes, que Cristo murió por todos los hombres y que el Espíritu Santo renueva a aquellos que reciben la Palabra, viene a decir, si nos atenemos al verdadero sentido bíblico de los términos, que Dios no elige a nadie, que Cristo no ha muerto por nadie, y que el Espíritu no renueva a nadie. En esta controversia, el debate se establece sobre el sentido que se da a los términos bíblicos y a algunos otros relativos a la salvación, tales como: el amor de Dios, el pacto de gracia y el mismo verbo “salvar” con sus sinónimos. El arminiano los interpreta todos desde la perspectiva de que la salvación depende directamente, no de un decreto o de un acto de Dios, sino de un acto de fe en el que el hombre toma la iniciativa.

 

El calvinista considera este concepto como no escritural, que descansa sobre una interpretación peligrosa que mina la substancia del Evangelio.

 

Tal es el punto central de la controversia arminianismo – calvinismo.

 

4. Origen y naturaleza del arminianismo y del calvinismo.

 

La formulación negativa de los “cinco puntos” da la impresión de que el calvinismo es un arreglo o ajuste del arminianismo, el cual tiene una cierta supremacía natural y que el calvinismo es, con respecto el, una ramificación.

 

A pesar de que esto es históricamente inexacto, este criterio está en la mente de muchos. El arminianismo surge como la forma simple y llana de leer las Escrituras, y el calvinismo como un producto artificial, no extraído de los propios textos bíblicos, sino el resultado de un trabajo intelectual profano sobre los textos, torciendo su verdadero sentido, a fin de hacerlos entrar en un sistema que les es extraño. Aún si esto ha podido ser cierto con algunos calvinistas, no se debe generalizar.

 

En efecto, el arminianismo es “natural”, al menos en un sentido, puesto que presenta la enseñanza bíblica como puede hacerlo el hombre caído que, incluso para su salvación, no quiere renunciar a la ilusión de ser el dueño de su destino y el guía de su alma. Esta desviación apareció primeramente con el pelagianismo y el semipelagianismo del período patrístico, luego con el período escolástico; más tarde resurgió, a la vez, en el siglo XVII en la teología católico romana y en el protestantismo, en la enseñanza de los liberales racionalistas con el buen nombre de “Evangélicos”, como aún hoy se puede observar. Al espíritu del hombre caído, siendo lo que es, el arminianismo representa una clase de error que corresponde bien a su naturaleza.

 

Más bien es el calvinismo quien comprende la Escritura en su sentido natural y permanente. Expone lo que ciertamente dice. El calvinismo toma en serio la afirmación bíblica de que Dios salva. Dios salva a aquellos a quienes ha escogido para salvarlos, lo hace por pura gracia sin exigir ninguna obra de la que se pudieran vanagloriar. El calvinismo afirma que Cristo es un Salvador perfecto; su salvación proviene de la cruz sobre la cual su redención a sido cumplida. El calvinismo reconoce a la cruz el honor que le es debido.

 

El plan de salvación de Dios llevado a cabo mediante la muerte de su Hijo, no

 

es un simple deseo en el que la realización dependa de la buena voluntad del hombre que ha de creer. De otro modo pudiera suceder que Cristo muera y que ninguna persona se salve. El calvinismo enseña que la cruz revela el poder de Dios para salvar y no a la inversa. Cristo no ha adquirido una hipotética salvación para unos hipotéticos creyentes, una simple posibilidad de salvación para aquellos que eventualmente creyesen; él obtuvo una salvación efectiva para el pueblo que él ha elegido. Su sangre preciosa “nos salva a todos” con seguridad, a consecuencia de su ofrenda en la cruz. Este poder salvífico no debe nada a la fe. Esta no ha de ser añadida para que sea efectivo; su origen es anterior. La cruz garantiza la salvación de aquellos por quienes murió Cristo. “En nada me gloriaré, salvo en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”.

 

Es así que la naturaleza de la soteriología calvinista se hace evidente. No se trata de una extravagancia artificiosa, ni del fruto de una lógica más que audaz. El punto clave de esta soteriología, a saber, que Dios salva a los pecadores y Cristo nos rescata por su sangre, es a la vez el testimonio de la Biblia y el del corazón del creyente. El calvinista es un cristiano que confiesa ante los hombres, desde su teología, aquello que cree en su corazón cuando ruega a Dios. La gracia soberana de Dios está constantemente presente en sus pensamientos y en sus palabras, particularmente cuando ruega por la salvación de otras almas o cuando obedece a un fuerte impulso de adoración en su corazón, manifestando así que, por su salvación, ninguna alabanza merece, sino que toda la gloria pertenece a Dios.

 

El calvinismo es la teología que, de manera natural, se inscribe en el corazón del hombre regenerado por Cristo. El arminianismo, marcado por la falta de firmeza de una inteligencia dañada por el pecado, es natural como lo son los pecados, incluso aquellos que cometen los cristianos regenerados.

 

El pensamiento calvinista es el del cristiano intelectualmente realista; el pensamiento arminiano es el del cristiano claudicando bajo el imperio de la debilidad de la carne.

 

El calvinismo es lo que la Iglesia cristiana siempre ha creído y proclamado, cuando no se ha entregado a controversias o se ha sometido a tradiciones alejadas de las enseñanzas de las Escrituras. En los escritos de los Padres de la Iglesia hay frecuentes referencias testimoniales a “los cinco puntos”.

 

Calificar esta soteriología de “calvinista” induce a error; no fue hecha ni por Juan Calvino ni por el Sínodo de Dordrecht, sino que constituye una parte de la verdad revelada por Dios y de la fe de la Iglesia universal. El término “calvinista” es uno de esos términos negativos que ha visto como, con el correr de los siglos, se deteriora su estatuto a pesar de no contener otra cosa más que el Evangelio bíblico.

 

II – ¿CÓMO SE HA DE PREDICAR EL EVANGELIO HOY COMO AYER?

 

1. ¿Qué Evangelio?

 

“¿Reencontrar el Evangelio significa convertirse en calvinista?” La palabra importa poco. Lo que importa, en cambio, es el Evangelio histórico que el calvinismo ha presentado. Elegir otra forma de expresarse conduce a torcer y a no entender el Evangelio bíblico.

 

Hemos señalado al empezar, que el Evangelio que se predica en muchas Iglesia y Comunidades, incluidas las “evangélicas”, se aparta de la predicación de antaño y tuerce el mensaje bíblico. Ahora es posible discernir lo que no va bien. En efecto, nuestros valores teológicos han sido devaluados: nos hemos puesto a pensar que la redención obtenida en la cruz no es de hecho una redención, que Cristo no es de hecho un Salvador, que el amor de Dios es insuficiente a menos que sea ayudado para salvar a alguien del infierno y que la fe constituye la ayuda humana de la que Dios tiene necesidad para llevar a cabo su plan de salvación.

 

Esta lamentable evolución tiene como resultado el impedir creer y predicar el Evangelio bíblico.

 

Ya no se puede creer más en el Evangelio bíblico porque los espíritus han caído en las redes del sinergismo. Se está obsesionado por la idea arminiana de que la fe y la incredulidad son actitudes que emanan de la responsabilidad de cada uno; son actitudes independientes. Se hace así imposible de creer en la salvación total por la pura gracia de Dios, por medio de la fe que es un don de Dios que fluye del Calvario. En su lugar aceptamos una especie de enredo de sistema doble relativo a la salvación, considerando, en ciertos momentos, que esta depende solo de Dios, y en otros que depende de nosotros. Esta posición confusa priva a Dios de una buena parte de la gloria que le es debida por haber efectuado nuestra salvación de principio a fin; también nos priva del bienestar que se experimenta al saber que Dios es por nosotros.

 

Así, al predicar el Evangelio, este concepto erróneo de la salvación hace decir lo contrario de lo que quisiera. Se desea proclamar (correctamente) que Cristo es Salvador y se acaba por decir que, habiendo Cristo entregado toda la salvación posible, los hombres pueden llegar a ser sus propios salvadores.

 

La deducción siguiente llega enseguida. Para exaltar la gracia salvadora de Dios y el poder salvador de Cristo, se viene a decir que el amor redentor de Dios se extiende a todos los hombres y que Cristo murió para salvar a cada uno de ellos, pensando que esto muestra una justa medida de la gloria que va unida a la misericordia divina. Y a fin de evitar el universalismo, se hace necesario infravalorar aquello que antes se ha exaltado y explicar que de hecho lo que ha sido realizado por Dios y por Cristo, en orden a la salvación, debe ser completado por el hombre; así el elemento decisivo que asegura verdaderamente nuestra salvación es nuestra propia fe.

 

En otros términos, Cristo nos salva con nuestra ayuda; lo que viene a significar que nosotros nos salvamos con la ayuda de Cristo. He ahí una profunda desilusión. Cuando se comienza afirmando que el amor salvador de Dios se extiende a todos los hombres y que Cristo ha muerto por todos, mientras se rechaza el universalismo, se impone esta conclusión. Seamos lúcidos a propósito de la evolución habida después de más de un siglo. La gracia y la cruz no han sido exaltadas; han sido devaluadas. La expiación se encuentra más reducida que en el calvinismo, el cual afirma que la muerte de Cristo salva a aquellos que debe salvar: esta muerte no sería ni siquiera suficiente para ello.

 

Los pecadores impenitentes están ilusionados por la esperanza de que en su propio poder pueden arrepentirse y creen que Dios no puede atraerlos hacia si.

 

Es dar poca importancia al arrepentimiento y a la fe (en vez de) hacerlas plausibles (“es muy sencillo: abre tu corazón al Señor…”).

 

Ciertamente, la soberanía de Dios es negada y la base de la verdadera religión socavada, a saber: que el hombre está siempre en la mano de Dios. En verdad el déficit es enorme. Es ocioso preguntarse por qué una tal predicación suscita tan poco respeto y humildad, y por qué los inconversos están tan satisfechos consigo mismos, inconscientes de su propio estado y deficientes en buenas obras que la Escritura considera como frutos de arrepentimiento.

 

2. La predicación del Evangelio bíblico.

 

Los reformadores nos han liberado de este tipo de predicación y de fe, y nos enseñan cómo creer al Evangelio escritural y cómo predicarlo.

 

Desde el principio están de acuerdo en inclinarse ante el Salvador Soberano que salva realmente y en alabarle por su muerte redentora que asegura a aquellos por quienes tuvo lugar su gloriosa resurrección. No se ha llegado a percibir suficientemente, como lo hizo el Sínodo de Dordrecht, la importancia y el sentido de la cruz, su lugar en el corazón del Evangelio junto a, por un lado la total incapacidad del hombre y la elección incondicional, y por el otro la gracia irresistible y la perseverancia asegurada. El significado pleno de la cruz aparece si la expiación se expone desde la perspectiva de estas cuatro verdades: Cristo murió para salvar a un pueblo de pecadores miserables a quienes Dios otorga su amor salvífico y gratuito. El llamamiento y la perseverancia, desde ahora y hasta el retorno de Cristo, son aseguradas a todos aquellos por quienes Cristo llevó los pecados en la cruz. Tal ha sido, y sigue siendo, el significado del Calvario: la cruz ha salvado, la cruz sigue salvando. Tal es el meollo de la verdadera fe bíblica predicada en otros tiempos conforme a toda la enseñanza del Nuevo Testamento completo.

 

Tal afirmación puede parecer paradójica a aquellos que se imaginan que si no se predica que Cristo ha muerto por cada hombre, no se predica el Evangelio.

 

¡Es todo lo contrario! ¿Qué significa predicar el Evangelio de la gracia de Dios? Con toda seguridad eso no significa afirmar a la asamblea dominical que Dios ama a cada uno de sus miembros (de la asamblea) y que Cristo ha muerto por cada uno de ellos, pues, según la Biblia, eso implicaría que todos serán salvos, lo que es imposible de decir.

 

La seguridad de salvación, que no es anterior a la fe que salva, permite saber que se es objeto del amor de Dios gracias a la muerte redentora de Cristo. Este conocimiento viene de aquello que se ha creído, pero no es la razón de nuestra fe.

 

Según la Escritura, predicar el Evangelio consiste en exponer, como verdad proveniente de Dios para ser recibida y puesta en práctica, las cuatro afirmaciones siguientes:

 

1. Todos los hombres son pecadores e incapaces de salvarse a si mismos.

 

2. Jesucristo, el Hijo de Dios, es un Salvador perfecto, aún para los peores pecadores.

 

3. El Padre y el Hijo han prometido que todos aquellos que se reconocen pecadores y ponen su fe en Cristo como Salvador serán acogidos y no rechazados; esta promesa es cierta y está fundada en el sacrificio eficaz y suficiente de Cristo sea cual sea el número (grande o pequeño) de beneficiarios.

 

4. Dios ha hecho de la fe y del arrepentimiento un deber que requiere de aquellos que oyen el Evangelio una actitud de humildad y de dependencia frente a Cristo quien, según las promesas del Evangelio, es un Salvador en el pleno sentido del término, capaz de librar y de salvar a todos aquellos que vienen a Dios mediante él. Cristo esta dispuesto, deseoso y es capaz, por su sangre preciosa y a causa del rescate suficiente que él ha pagado, de salvar a toda alma que viene a él libremente con tal propósito.

 

En otros términos, la tarea del predicador es exponer quien es Cristo explicando que él responde a la necesidad del hombre, que él salva verdaderamente, que él mismo se ofrece para ser el Salvador de todos aquellos que en verdad se vuelven hacia él. Y no le corresponde al predicador decir, ni a sus oyentes preguntarse, por quienes murió Jesús.

 

No hay nadie que, interpelado por el Evangelio, no busque algún día, discernir el proyecto y la intención de Dios con respecto a el, a saber, ser beneficiario de la muerte de Cristo, estando plenamente seguro de que esta muerte es provechosa a todos aquellos que creen en él y le obedecen.

 

Esa fe así establecida, y nunca antes, le da al creyente la seguridad de su salvación; ve los frutos de esta muerte en el y en lo que le sucede; reconoce la benevolencia y el amor eterno de Dios de que es objeto, puesto que el Hijo vino a morir en su lugar. El Evangelio le llama y pone en práctica su fe según

 

lo establecido por Dios, y fundado en Sus promesas.

 

He aquí ahora algunas observaciones:

 

a) Primera observación.

 

La manera antigua de anunciar el Evangelio comportaba, al igual que hoy, una oferta plena y completa de salvación con su fundamento (el carácter suficiente del sacrificio de Cristo y las promesas de Dios) y su atracción irresistible (la necesidad que tiene el pecador, el mandato del Señor que es también la invitación del Redentor). En este punto, afirmar que Cristo murió por todos los hombres no añade nada. El Evangelio bíblico no da lugar, en efecto, al sentimentalismo barato que transformaría la libre gracia de Dios hacia los pecadores en ternura seguramente impregnada de debilidad; no ofrece jamás la imagen de un Salvador burlado y contrariado en su plan a causa de la incredulidad humana; con toda certeza no se dedica a hacer un llamamiento dramático invitando a los creyentes a dejarse salvar por Cristo. Ignora al Salvador lastimoso y al Dios patético que presentan tantas predicaciones de hoy en día.

 

El Evangelio bíblico afirma que son los hombres quienes tienen necesidad de Dios y no a la inversa (¡fábula engañosa!); invita no a compadecerse de Cristo, sino a entender que es Cristo quien se compadece de los hombres aunque estos estén lejos de merecerlo. Tiene siempre en perspectiva la majestad divina y el poder soberano de Cristo; rechaza toda presentación que ensombrezca la libertad y el poder absoluto del Señor.

 

¿Significa esto que los predicadores del Evangelio bíblico, tal como lo predicaron los reformadores, lo empequeñecen limitándose a presentar a la persona de Cristo invitando a todos a reconocerla? En absoluto.

 

Porque admiten la gracia libre y soberana de Dios, su predicación es mucho más rica que aquella que del Evangelio hace la interpretación arminiana, puesto que este ofrecimiento es, desde el principio, bastante más maravilloso que aquel para el que el amor de Dios hacia todos los pecadores forma parte de la naturaleza misma de Dios y cae por su peso.

 

En efecto, el Dios santo, que jamás ha tenido necesidad de los hombres para su gozo y que habría podido rechazar por siempre a nuestra raza caída, ciertamente ha elegido rescatar a algunos en favor de los cuales su Hijo murió y descendió a los infiernos. Y ahora, desde lo alto de su trono de gloria, habla a los hombres impíos a través del Evangelio, les urge, con una inmensa compasión, a arrepentirse, a tener compasión de ellos mismos y escoger la vida. Estos hechos nutren la predicación del Evangelio bíblico.  Lo maravilloso es que todo responde a la sabiduría divina.

 

Pero lo más maravilloso de todo, el punto más santo del Santo Evangelio, es la invitación gratuita que el Señor Jesús dirige, de forma repetida, a los pecadores para que vengan a él y hallen el descanso para su alma. Lo glorioso de estas invitaciones es el hecho de ser dirigidas por un Rey todopoderoso, como si formase parte de la gloria de Cristo sobre su trono el condescender a formularlas. Y es la gloria del ministro del Evangelio, en tanto que embajador de Cristo encargado de entregar personalmente la invitación del Rey, predicar a los pecadores presentes ante el y urgirles a convertirse y vivir.

 

  

 

“Consideremos el amor y la misericordia infinita de Cristo en las invitaciones y llamamientos que nos hace a venir a él para obtener la vida, la liberación, la misericordia, la gracia, la paz y una salvación eterna. Un gran número de estas invitaciones y llamamientos están consignadas en las Escrituras e incluyen todos las benditas incitaciones que la sabiduría divina sabe aplicar a los pecadores perdidos, culpables… Durante la proclamación y la predicación del Evangelio, Jesucristo se presenta ante ellos y les llama, les invita, les anima a venir ante él: ¿Por qué morir? ¿Por qué perecer? ¿Por qué no tener compasión de vuestras propias almas? ¿Estarán preparados vuestros corazones y fortalecidas vuestras manos en el día de la ira que se acerca? ¡Mirad a mi y sed salvos! Venid a mi y yo os aliviaré de todos vuestros pecados, tristezas, temores, cargas; daré descanso a vuestras almas. Os suplico que vengáis.

 

Rechazad toda dilación, toda demora; no me desechéis más, la eternidad está próxima. No me aborrezcáis hasta el punto de preferir la muerte antes que aceptar mi salvación.

 

El Señor Jesucristo no cesa de dirigirse a los pecadores, de abogar a favor de ellos y de exhortarlos. Lo hace mediante la predicación de la Palabra, como si él mismo estuviera presente en medio de la asamblea, hablando personalmente a cada uno. Esta es la razón por la que él ha designado a los predicadores del Evangelio, que se ocupan de vosotros en su lugar y os hacen la invitación en su nombre (2 Cor 5;19,20)”  (John Owen).

 

Estas invitaciones se dirigen a todos los hombres, son universales. Cristo las dirige a todos los pecadores en tanto que tales, y cada hombre, en tanto que crea que Dios es veraz, debe apropiárselas como la misma Palabra de Dios y aceptar la promesa que les acompaña: que Cristo acogerá a todos aquellos que vienen a él.

 

Estas invitaciones son ciertas. Cristo se ofrece sinceramente a todos aquellos que oyen el Evangelio; él es un Salvador perfecto para todos aquellos que depositan en él su confianza. La cuestión de la extensión del alcance de la expiación no ha de ser evocada en la predicación evangélica, la cual debe precisar solamente que Jesucristo, el Señor Soberano, murió por los pecadores a los que ahora invita a venir a él libremente. Dios ordena que todos se arrepientan y crean. Cristo promete la vida y la paz a todos aquellos que lo hagan.

 

Estas invitaciones son, por demás, maravillosamente gratuitas. Los hombres las desprecian y las rechazan y en ningún caso son dignos. Por tanto Cristo aún las renueva; no tiene ninguna necesidad de hacerlo, pero lo hace: “Venid a mi… y yo os haré descansar” permanece su palabra en el mundo, jamás anulada, siempre actual por la predicación.

 

El, cuya muerte a asegurado la salvación de todo su pueblo, debe ser predicado en todo lugar como Salvador perfecto; todos los hombres han de ser invitados y urgidos a creer en él, quienes quiera que sean, lo que quiera que hayan sido.

 

Tales son los tres aspectos del anuncio del Evangelio bíblico.

 

Es una suposición carente de fundamento pensar que la proclamación del Evangelio, desde esta perspectiva, es anémica y carece de entusiasmo en comparación con la de los arminianos. Para persuadirse es suficiente con leer los sermones de predicadores tales como Bunyan, Whitefield o Spurgeon para ver que ellos ensalzaban al Salvador y exhortaban, con sencillez y con ardor, a los pecadores a venir a él con una intensidad y un vigor inigualables en la literatura protestante. Al analizar estos sermones, uno queda impactado al ver como su gozo profundo, debido a las riquezas de la gracia de Dios, tenía fuerza para subyugar a sus oyentes; la insistencia puesta en la libre gracia de Dios, hay que decirlo, aún tiene este mismo poder sobre los lectores de corazón endurecido de hoy día.

 

Aquellos predicadores sabían que la inmensidad del amor de Dios no había sido comprendida ni en su mitad, tanto cuanto no se había apercibido que a él no le era necesario ni haber escogido para salvar, ni haber entregado a su Hijo para morir. Dios no tenía necesidad, ni tampoco Cristo, de haber tomado sobre si la condenación de los hombres a fin de rescatarlos, ni de invitar a todos los pecadores sin distinción, como hace. En efecto, es necesario llegar a entender bien que todos los actos de pura gracia de Dios dependen enteramente de su libre voluntad.

 

Porque sabían esto, aquellos predicadores lo recalcaban con fuerza; aquella fuerza hacía de su anuncio del Evangelio una categoría aparte.

 

Otros  evangelistas, con una teología de la gracia más superficial y menos correcta, han puesto el acento, en sus predicaciones del Evangelio, sobre las necesidades de perdón, paz o poder de los pecadores, preocupándose de la forma de hacerles “decidirse por Cristo”. Que su predicación ha tenido buenos efectos es incuestionable (pues Dios utiliza su verdad aunque sea proclamada con imperfección y mezclada con error), bien que ese tipo de evangelización sea criticable por estar demasiado centrada en el hombre y ser demasiado sentimental. Mas ha de volverse a los calvinistas y a aquellos que, como los hermanos Wesley, adoptan la manera de pensar calvinista como principio de su predicación a los inconversos, de predicar con mucha claridad el amor infinito, la misericordia, el sufrimiento inmenso y paciente, así como la ternura sin límites del Señor Jesucristo. Tal es con seguridad la forma más escritural y más edificante de llevarla a cabo. En efecto, las invitaciones evangelísticas dirigidas a los pecadores no honran a Dios ni exaltan a Cristo tanto como cuando poniendo un fuerte énfasis destilan la misericordia todopoderosa y libre de Dios. Su poder para despertar y confirmar la fe es igualmente mayor.

 

Ciertamente parece como si los predicadores del Evangelio bíblico fueran los únicos en hacer justicia a la revelación de la misericordia divina, en el ofrecimiento que hacen de Cristo a los pecadores.

 

b) Segunda observación.

 

El Evangelio bíblico salvaguarda los valores que ha perdido la manera arminiana de predicar. Hemos visto que la afirmación del alcance universal de la redención y el deseo de Dios de que todos los hombres sean salvos, conduce a empequeñecer la gracia de Dios y a infravalorar la cruz, porque se niega la soberanía del Padre y del Hijo en su obra de salvación. Dicho de otra manera, después de que Dios y Cristo hubieron hecho todo lo que pudieron y quisieron, la salvación depende de la elección personal de cada hombre, independientemente del proyecto de Dios: que sea o no salvo.

 

Este concepto arminiano produce dos resultados enojosos. El primero es el de empujar y tropezar en el sentido verdadero de las invitaciones del Evangelio, de las que hemos hablado anteriormente. Estas invitaciones no son consideradas como manifestaciones de la tierna paciencia de un Soberano poderoso, sino como la expresión de un deseo despojado de poder. De tal suerte que el Señor sobre su trono sufre de repente una metamorfosis, convirtiéndose en un personaje débil y mediocre que llama tristemente a la puerta de un corazón que es incapaz de abrir.

 

¡Que escandaloso deshonor para el Cristo del Nuevo Testamento!

 

El segundo resultado, tan enojoso también, consiste en rechazar nuestra dependencia de Dios, cuando se ha de tomar una decisión vital, colocándonos

 

fuera de sus manos y convenciéndonos de que después de todo (a lo que nos hemos de acomodar voluntariamente en razón del pecado que habita en nosotros) somos dueños de nuestro destino y guías de nuestras almas. ¿Cómo extrañarse entonces, siendo esta la orientación general dada sobre tal enseñanza, de que las personas convertidas por este tipo de evangelización arminiana carezcan muy frecuentemente de reverencia ante Dios y de piedad?

 

El Evangelio bíblico tiene otras características. Por un lado, expone la necesidad que el hombre tiene de Cristo, insiste sobre un punto que descuida el arminianismo, a saber, que los pecadores no pueden decir “si” al Evangelio, ni obedecer la Ley de Dios, si su corazón no ha sido regenerado. Por otro lado, afirma que Cristo tiene el poder de salvar, el Evangelio bíblico le reconoce como el autor y el principal agente de la conversión, que mediante la acción del Espíritu Santo, renueva el corazón del hombre y lo atrae hacia si.

 

Así, dicho de otra manera, el Evangelio bíblico, aunque afirma que la fe es el deber del hombre, también afirma que tener fe no entra dentro de sus propias posibilidades, sino que Dios da aquello que ordena. No proclama simplemente que el hombre debe venir a Cristo para ser salvo, sino también que esto le es imposible a menos que Cristo mismo no lo atraiga hacia si. El Evangelio bíblico obra aniquilando todo orgullo humano, para convencer a los pecadores de que su salvación está totalmente fuera de sus manos y colocarles, conscientes de su completa incapacidad, ante el beneficio de la gracia soberana y gloriosa del Salvador, no solamente para su justificación, sino también para su fe.

 

Un predicador del Evangelio bíblico no puede sentirse satisfecho de la formula utilizada corrientemente de “hacer una decisión por Cristo”. En efecto, desde el principio esta expresión ofrece una imagen falsa, como la de una elección para un cargo político, acto en el que el candidato no hace otra cosa más que presentarse a la votación, dependiendo finalmente de la elección de los votantes. No vamos a colocar al Hijo de Dios, en su labor de Salvador, permaneciendo pasivo mientras que los predicadores se apresuran en su favor.

 

Por otro lado, la expresión “decidirse por Cristo” obscurece aquello que es esencial en el arrepentimiento y en la fe, a saber, el enfrentamiento del “yo” ante el acercamiento personal de Cristo. Ni que decir tiene que decidirse por Cristo significa venir a él, reposar en él, volverse del pecado y renunciar a las obras meritorias. Esta formulación sugiere mucho menos y valora nociones inexactas en cuanto a lo que el Evangelio exige realmente de los pecadores.

 

Sea cual sea la manera en que se estudie, esta expresión es defectuosa.

 

A la pregunta “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, el Evangelio bíblico responde:

 

“cree en el Señor Jesucristo”. A la pregunta siguiente “¿Qué significa creer en el Señor Jesucristo?”, la respuesta es: “reconocerse pecador y saber que Cristo ha muerto por los pecadores como tu; abandonar toda justicia propia y confianza en si mismo y abandonarse totalmente a él para recibir el perdón y la paz; cambiar su naturaleza enemiga de Dios y de rebelión contra él, por un espíritu de reconocimiento sumiso a la voluntad de Cristo, gracias a la renovación del corazón operado por el Espíritu Santo”.

 

Y a la última pregunta “¿Cómo estoy en el camino de la fe en Cristo y del arrepentimiento si no poseo aptitud natural alguna para estas cosas?”, la respuesta es “mira a Cristo, háblale, clama ante él tal como tu eres; confiésale tu pecado, tu rebelión, tu incredulidad y sométete a su misericordia; pídele un corazón nuevo que suscite en ti un verdadero arrepentimiento y una fe inconmovible; ruégale que te quite tu corazón malvado e incrédulo y que escriba su Ley en ti a fin de que jamás te extravíes lejos de él”. Volverse a Cristo y confiar en él; pedirle que se haga su voluntad, que es siempre lo mejor; utilizar los “medios de gracia” sin esperar más, mirar a Cristo para que se acerque a ti mientras buscas acercarte a él; considerar, orar, leer, escuchar la Palabra de Dios, adorar en comunión con el pueblo de Dios, y todo esto hasta que estés convencido de que has sido realmente cambiado, que eres un creyente arrepentido y que has recibido el corazón nuevo que deseabas. En la primera etapa de esta andadura, el acento está puesto en la necesidad de clamar a Cristo.

 

No hay que dejar esto para un mejor momento; es conveniente confesar pronto y honestamente su miseria, de abandonarse, rendirse, aquí y ahora, a Cristo, y esperar en él hasta que su luz brille en nuestro corazón, como lo prometen las Escrituras. Toda otra actitud que no sea esta relación directa con Cristo, es desobediencia al Evangelio. Tal es el ejercicio espiritual al que el Evangelio bíblico llama a sus oyentes, y en el que la oración debe ser: “Creo, ayuda mi incredulidad”.

 

El Evangelio bíblico, que da testimonio de Cristo, es proclamado correctamente, como por Cristo mismo, si las invitaciones de la Escritura que siguen son trasmitidas, no como un discurso en el que la aplicación debe esperar la decisión del hombre, sino como un mensaje poderosamente activo para suscitar la fe. La predicación del Evangelio es demasiado frecuentemente entendida como teniendo por objetivo el “conducir a Cristo”, siendo solo los hombres susceptibles de moverse mientras Cristo se contenta con esperar. La predicación del Evangelio bíblico consiste primero en presentar a Cristo, colocándole ante los ojos de los oyentes, a él el Salvador poderoso que obra a través de las palabras de los predicadores, actuando para la salvación de los pecadores, despertándolos a la fe y llevándolos hacia él por su gran misericordia.

 

El Evangelio bíblico que debe ser predicado es el de la gracia soberana de Dios en Cristo, quien es el autor de la fe y de la salvación, y el que conduce a la perfección. Cuando se ha gustado no se desea otro. En lo que concierne a la fe y a la predicación del Evangelio, como en otros aspectos, tomemos las palabras de Jeremías:

 

“Así dijo el Eterno:

 

Paraos en los caminos, y mirad,  Informaos sobre las sendas antiguas, ¿Donde está el buen camino? Andad por el. Y hallad el descanso para vuestras almas.”

 

Volvamos al Evangelio bíblico. Aquel que lo ha substituido, y que se oye con demasiada frecuencia, no es bienhechor ni para las personas, ni para la Iglesia.

 

                             

 

FINAL

Un Bautista de la Convención Bautista del Sur Analiza la Doctrina Bíblica de la Elección

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Un Bautista de la Convención

 

 

 

Bautista del Sur analiza la Doctrina

 

 

 

Bíblica de la Elección

 

La Elección es el propósito de la Gracia de Dios, de acuerdo al cual El regenera, santifica, y glorifica a los pecadores…”

[Mensaje y Fe de los Bautistas, Artículo V – (1850)]

Por ERNEST C. REISINGER 521 WILDWOOD PARKWAY CAPE CORAL, FLORIDA 33904

 

Capítulo 1

 

La Importancia de la Doctrina

J. James L. Sullivan, escribió en Abril de 1975:

Las doctrinas Bautistas son más importantes de lo que nos damos cuenta. No solamente expresan nuestras creencias, sino que también determinan hacia dónde vamos. Hasta le dan forma a nuestros planes ya sean locales o nacionales. La Doctrina es para la iglesia lo que es la columna vertebral en el cuerpo humano. Le da unidad y estabilidad; y provee de fortaleza para soportar los ataques de la oposición, y aun de la persecución.

Las doctrinas son de suma importancia ya sean de forma oral o escrita. Las doctrinas sistematizan las expresiones de fe. Expresan nuestra experiencia en una forma entendible. Proclaman a otros nuestro testimonio Cristiano. Las doctrinas constituyen el marco dentro del cual llevamos a cabo nuestras actividades diarias.

La iglesia que se rehúsa a enseñar doctrina debilita a sus miembros, trabaja contra su unidad, invita a la inestabilidad en su congregación, merma convicción dentro de sus miembros e inhabilita su progreso futuro. Es imposible que exageremos la importancia de la doctrina. Esta verdad es necesaria que se exponga constantemente delante de cada creyente. (Florida Baptist Witness, April 17, 1975).

Resumen de Principios

Las siguientes son extracciones de las reglas fundamentales del Seminario Teológico Bautista del Sur escritas en Abril 30, 1858: “ Cada Profesor de la Institución debe ser un miembro regular de una iglesia Bautista; y todo aquel que acepte un profesorado en este Seminario, se considerará por su aceptación, como de acuerdo con y nunca en contra del Resumen de Principios que se exponen” (Mueller: Historia del Seminario Bautista del Sur, BROADMAN PRESS: p 238).

I. LAS ESCRITURAS

Las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamentos fueron dadas por inspiración de Dios, y constituyen la única y suficiente regla autoritativa del conocimiento, de la fe y de la obediencia salvadores.

 

II. DIOS

Hay un único Dios, el Creador, Preservador y Gobernador de todas las cosas, que tiene en y por sí mismo, todas las perfecciones, siendo además infinito en ellas; y todas las criaturas le deben su amor, reverencia y obediencia.

III. LA TRINIDAD

Dios se revela a nosotros como Padre, Hijo y Espíritu Santo cada uno con atributos personales distintos, pero sin división de naturaleza, esencia o ser.

IV. PROVIDENCIA

Dios desde la eternidad, decreta o permite todas las cosas que suceden, y sostiene, dirige, y gobierna perpetuamente todas las criaturas y todos los eventos; pero sin ser de modo alguno el autor o cómplice del pecado de modo que se destruyese la libre voluntad y la responsabilidad de las criaturas inteligentes.

V. ELECCION

La Elección es la selección eterna que Dios hace de personas para vida eterna

– no por causa de algún mérito que Dios haya visto de antemano en ellos, sino por causa de su misericordia en Cristo – como consecuencia de lo cual son llamados, justificados y glorificados.

VI. LA CAIDA DEL HOMBRE

Dios originalmente creó al hombre a Su propia imagen, y libre del pecado; pero, por la tentación de Satanás, el hombre transgredió el mandamiento de Dios, cayó de sus estado original de santidad y justicia; con el resultado que su posteridad heredó una naturaleza corrupta y completamente opuesta a Dios y a Su ley, bajo condenación, y tan pronto como tienen capacidad de acción moral, son transgresores.

VII. EL MEDIADOR

Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, es el mediador divino designado entre Dios y el hombre. Habiendo tomado en Si mismo la naturaleza humana, pero sin pecado, El cumplió perfectamente la ley, sufrió y murió en la cruz por la salvación de los pecadores. Fue sepultado, y resucitó al tercer día, y ascendió a Su Padre, a cuya diestra está para interceder por los Suyos. El es el único Mediador, el Profeta, Sacerdote y Rey de la Iglesia y Soberano del Universo.

VIII. REGENERACION

La Regeneración es un cambio de corazón, producido por el Espíritu Santo, que da vida al que está muerto en delitos y pecados alumbrando sus mentes espiritualmente y salvíficamente para entender la Palabra de Dios, y renovando toda su naturaleza, de modo que pueden amar y practicar la santidad. Esto es obra únicamente de la libre y especial gracia de Dios.

IX. ARREPENTIMIENTO

El Arrepentimiento es una gracia evangélica, dentro de una persona que por el Espíritu Santo, que le sensibiliza con respecto a su naturaleza impía y de su pecado, para que se humille por esta causa, con dolor genuino, aborrecimiento de ello, y auto-aversión, con un propósito y meta de caminar delante de Dios para agradarle en todas las cosas.

X. FE

La fe que salva es el creer, en todo aquello que por la autoridad de Dios está revelado en Su Palabra concerniente a Cristo; aceptando y confiando solamente en El para la justificación y la vida eterna. Esta fe es forjada en el corazón por el Espíritu Santo, y viene acompañada por todas las otras gracias salvadoras, y lleva a una vida de santidad.

XI. JUSTIFICACION

La justificación es la completa absolución por gracia que Dios da a los pecadores, que creen en Cristo, de todo pecado, por medio de la satisfacción que Cristo ha hecho; no por cosa alguna que ellos hayan hecho o que haya sido logrado en ellos; sino por causa de la obediencia y satisfacción de Cristo, recibiendo ellos esta justificación pero descansando en El y en Su justicia por la fe.

XII. SANCTIFICACION

Aquellos que han sido regenerados también son santificados, por la palabra de Dios y el Espíritu que habita en ellos. Esta santificación es progresiva por medio de la fortaleza Divina, la cual todos los santos buscan obtener, esperando una vida celestial en cordial obediencia a todos los mandamientos de Cristo.

XIII. PERSEVERANCIA DE LOS SANTOS

Aquellos a quienes Dios ha aceptado en el Amado, y santificado por Su Espíritu, nunca caerán totalmente o finalmente del estado de gracia, sino que ciertamente perseverarán hasta el fin; y aunque pueden caer en pecado, por negligencia y tentación, contristar al Espíritu y deteriorar sus gracias y consuelo, traer reproche a la Iglesia, y juicio temporal sobre sí mismos, serán traídos de nuevo al arrepentimiento, y mantenidos por el poder de Dios por medio de la fe para salvación.

XIV. LA IGLESIA

El Señor Jesús es la Cabeza de la Iglesia, la cual está compuesta de todos sus verdaderos discípulos, y en El hay supremo poder para su gobierno. De acuerdo con este mandamiento, los Cristianos deben asociarse en sociedades particulares o iglesias; y a cada una de estas iglesias El ha dado la autoridad necesaria para administrar este orden, disciplina y la adoración que El ha encomendado. Los oficiales regulares de una Iglesia son Obispos o Ancianos, y Diáconos.

XV. BAUTISMO

El Bautismo es una ordenanza del Señor Jesús, obligatoria para cada creyente, en la cual el creyente es inmerso en agua en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, como una señal de su participación en la muerte y resurrección de Cristo, de la remisión de pecados, y del ofrecimiento de su vida al Señor, para vivir y caminar en vida nueva. Es un prerrequisito para poder entrar en la comunión de la Iglesia y participar de la Cena del Señor.

XVI. LA CENA DEL SEÑOR

La Cena del Señor es una ordenanza de Jesucristo, para ser administrada con los elementos de pan y vino, y que debe ser observada por sus iglesias hasta el fin del mundo. No es de ningún modo un sacrificio, sino que está designada para conmemorar su muerte, para confirmar la fe y otras gracias de los Cristianos, y para ser un medio de unión y renovación de su comunión con El y también con su iglesia.

XVII. EL DIA DEL SEÑOR

El día del Señor es una institución Cristiana de observancia regular, y debe ser empleada en la adoración y la devoción espiritual, tanto pública como privada, descansando de las actividades mundanas y diversiones, exceptuando las obras de misericordia y necesidad.

XVIII. LIBERTAD DE CONCIENCIA

Dios solamente es Señor de la conciencia, y El la ha dejado libre de las doctrinas y mandamientos de hombres, que sean de alguna forma contrarias a Su palabra, o que no estén contenidos en ella. Como los magistrados civiles son ordenados por Dios, se les debe sujeción en todo lo que sea legal, no solamente por ira sino por causa de la conciencia.

XIV. LA RESURRECCION

Los cuerpos de los hombres después de la muerte vuelven al polvo, pero sus espíritus vuelven inmediatamente a Dios – los justos para descansar con El; los impíos, para ser reservados en oscuridad para el juicio. En el día final, los cuerpos de los muertos, tanto justos como injustos, serán resucitados.

XX. EL JUICIO

Dios ha determinado un día, en el cual juzgará al mundo por Jesucristo, cuando cada uno recibirá de acuerdo a sus obras: los impíos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.

 

Capítulo 2

 

Lo que dicen los Principios con respecto a la Elección

Consideremos de nuevo el Artículo V del Resumen de Principios:

“La Elección es la selección eterna que Dios hace de personas para vida eterna – no por causa de algún mérito previsto en ellos de antemano, sino por pura misericordia en Cristo – en consecuencia de lo cual ellos son llamados, justificados, y glorificados” (énfasis agregado).

 

¿Qué tan importante es esta Doctrina de la Elección????? Así de Importante: SI NO FUERA POR LA DOCTRINA DE LA ELECCIÓN, NADIE SE SALVARÍA!!!!!

LO QUE LA ELECCIÓN NO ES

o        No ocurre después de la Salvación, sino que es Para Salvación. II Tes. 2:13, 14; Efes. 1:4; Rom. 8:29, 30.

o        No es excluyente de los medios con que se ofrece la Salvación. II Tes. 2:14; Efes. 1:5, 13; II Tim. 2:10; I Ped. 1:2.

o        No hace acepción de personas. Rom. 9:18-24.

o        La Fama, riqueza, sabiduría, posición, etc, no hizo que Dios se inclinara por algunos y los eligiera (Job 34:19).

o       

Al ser Todos culpables, nadie podría ser salvo si Dios no hubiese
mostrado gracia a algunos.

 

 

o        No significa “elección para salvación sin considerar nada más”, sino que es para salvación por medio de la redención de Cristo, aplicada por el Espíritu por medio del Evangelio. Juan 6:37; Rom. 10:17; I Tes. 1:4, 5; II Tes. 2:13, 14; Hech 13:48.

o        No es opuesta al Evangelio, sino que el Evangelio es el medio para completar el propósito de la elección.

o        No es un enemigo de la justicia, sino que con el uso de los medios designados hace que los que una vez eran impíos vivan piadosamente.

 

Efes. 1:4; I Tes. 1:4-10.

o        No está basada en fe o en obras que Dios haya visto de anticipado en alguien, más bien produce fe y obras. Rom. 9:11-16; 11:5, 6; Filip. 1:6; II Tim. 1:9; Efes. 2:8-10; Hech 13:48; I Cor. 3:5; Rom. 12:3; Efes 4:7; Hech 5:31; II Tim. 2:25.

o        No cierra la puesta de la salvación, sino que abre la puerta a todos los que vengan a Cristo. Juan 6:37, 44, 63, 65; 10:9; 14:6.

o        No es un estorbo para la predicación del evangelio, sino que asegura el éxito del evangelio. Isa. 55:11; Juan 10:27; 6:37, 45; 17:20, 21;Hech 15:14; 16:14; 18:27; II Tim. 2:9, 10.

o        No [es] solamente de los Judíos. Rom. 9:24; 11:5-8, 11, 12, 25; Jn 11:52.

o        No [es] solamente para servicio, sino para salvación. II Tes. 2:13, 14; II Tim. 2:10.

o        No es fatalismo, sino que es la obra de Dios. I Tes. 1:4; Rom. 8:28, 30.

o        No destruye el llamado “libre albedrío”. El albedrío del hombre es su deseo, intención o selección. Su selección es el pecado. Jn 3:19, 20; 5:40; 3:11; 2:2, 3; 4:17-19; Jer. 17-9; 13:23; etc. El hombre en su estado natural escoge “libremente” el pecado y por la gracia de Dios, los elegidos son habilitados para escoger libremente a Cristo — Salm. 65:4; 110:3; Jn 6:44, 65; Hechs 13:48.

o        No es anti-misionera, sino que da fundamento a las misiones. Jn 6:37; 17:20,21; II Tim. 2:10; Isa. 55:11; II Ped. 3:9, 15.

o        No destruye la responsabilidad del hombre. Los hombres son responsables sea cual sea la cantidad de luz que posean, sea la conciencia (Rom. 2:15), la naturaleza (Rom. 1:19, 20), la ley escrita (Rom. 2:1727), o el evangelio (Marc 16:15, 16). La incapacidad del hombre para hacer justicia no le exime de su responsabilidad, del mismo modo que a Satán no le exime su incapacidad de hacer el bien.

o        No hace a Dios injusto. Su bendición hacia un gran número de pecadores indignos con la salvación no es injusticia para con el resto de pecadores igualmente indignos. Si un juez perdona algún convicto, ¿es esto injusticia para el resto de convictos? I Tes. 5:9.

o        No desalienta a los pecadores convencidos, sino que les invita a acercarse a Cristo. “el que tenga sed, venga y beba” (Apoc. 17:17).  El mismo Dios que hace que haya convicción de pecado es el mismo Dios que salva al convicto. El Dios que salva es el Dios que ha elegido para salvación, y es el mismo que hace la invitación.

o        No desalienta la oración. Por el contrario, nos acerca a Dios, porque solamente es El quien salva. La oración verdadera es el clamor del Espíritu; y de esta manera está en armonía con la voluntad de Dios..

 

Rom. 8:26.

o        No es de los hombres. Algunos dicen: “Dios puede votar, el diablo puede votar, y el hombre puede votar” La Biblia enseña que la elección no es del diablo ni de los hombres, sino “de Dios.” I Tes. 1:4; Jn 10:16; I Jn 4:10, 19.

o        No es por razonamiento, sino por Revelación. Al principio no es grata a la razón humana, pero cuando se acepta la Palabra de Dios, entonces se vuelve la única forma “razonable.” Mat. 20:15.

 

Estoy perplejo de que muchas personas no sepan que la ELECCION está en la Biblia. Y estoy más asombrado aún de que no se discuta o se enseñe o se predique con respecto a la ELECCION. Pero pienso que en la antigüedad a algunos debió parecerles importante, puesto que está presente dentro de las Confesiones Bautistas a lo largo de los siglos.

Ahora bien, no solamente está dentro de nuestros ARTICULOS DE FE, sino que está presente en muchos de nuestros himnos…

En este capítulo, solamente quiero tratar un solo punto, que es: que todo aquel que crea en la Biblia debe creer en la elección. Puede ser que no entiendan lo que la Biblia enseña acerca de esto. Puede ser que no estén de acuerdo con respecto a lo que la Biblia enseña con respecto a esto, pero no pueden negar que está en la Biblia.”

Las palabras Elegir – Elección – Predestinación – Escogidos – Predestinar y Presciencia demandan que creamos que la Biblia enseña de alguna forma la doctrina de la elección.

Escrituras donde lo encontramos:

Mateo 24:22 ” Y si aquellos días no fuesen acortados, ninguna carne sería salva; mas por causa de LOS ESCOGIDOS, aquellos días serán acortados ”

Mateo 24:24 “. . de tal manera que engañarán, si es posible, aun á los ESCOGIDOS. ”

Mateo 24:31 “. . . y juntarán SUS ESCOGIDOS de los cuatro vientos, de un cabo del cielo hasta el otro. ”

Marcos 13.20, 22, 27

Romanos 8.28-33 ” ¿Quién acusará á LOS ESCOGIDOS DE DIOS? Dios es el que justifica. ”

Romanos 9:11 ” Porque no siendo aún nacidos, ni habiendo hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme á LA ELECCIÓN, no por las obras sino por el que llama, permaneciese”

Romanos 11:5, 7 ” Así también, aun en este tiempo ha quedado un remanente por LA ELECCIÓN DE GRACIA. ¿Qué pues? Lo que buscaba Israel aquello no ha alcanzado; mas LOS ELEGIDOS lo han alcanzado: y los demás fueron endurecidos ”

Romanos 11:28 “. . . mas cuanto á LA ELECCIÓN, son muy amados por causa de los padres. ”

Col. 3.12 ” Vestíos pues, como ESCOGIDOS DE DIOS, santos y amados… ”

I Tes. 1:4 ” Conociendo, hermanos amados de Dios, vuestra ELECCIÓN: ”

II Tes. 2:13 “. . . de que DIOS OS HAYA ESCOGIDO desde el principio para salvación. . . ”

II Tim. 2:10 ” Por tanto, todo lo sufro por amor de LOS ESCOGIDOS, para que ellos también consigan la salud que es en Cristo Jesús con gloria eterna. ”

Titus 1 “. . . según la fe de los ESCOGIDOS DE DIOS. . . ”

II Peter 1:10 “. . . procurad tanto más de hacer firme vuestra vocación y ELECCIÓN . . .”

Ver también Isaías. 42:1; 45:4; 65:9; 65:22.

Los pasajes anteriores establecen el hecho de que la Biblia está llena de la bendita doctrina de la elección. Puede decirse lo mismo de la palabra “escogidos”. (Efesios 1:4, Salmos 65:4). El punto es este: cualquiera que crea en la Biblia tiene entonces que creer que la elección nos ha sido revelada por Dios. En capítulos posteriores consideraremos:

                        Los beneficios y la bendición de esta verdad

                        El impulso que da al evangelismo

                        Cómo asegura el éxito del evangelio

                        Cómo honra a Dios y hace humilde al hombre

 

Advertencias

1                    No haga comentarios derogatorios con respecto a lo que está en la Biblia, ya sea que lo entienda o no.

2                    No rechace lo que la Biblia enseña con respecto a este tema, especialmente si usted no ha estudiado a fondo lo que la Biblia enseña acerca de esto.

3                    No se haga aficionado de ninguna doctrina en especial. Aunque esta doctrina es de vital importancia, es solamente una doctrina y no debe tomarse de forma separada al resto de las verdades Cristianas.

4                    No rechace ninguna doctrina por el hecho de que haya sido mal utilizada y mal entendida. Todas las doctrinas cristianas han sido pervertidas antes.

 

Capítulo 3

Antinomia (¿Qué significa?)

Muchas enseñanzas en la Biblia que parecen ser contradictorias unas de otras son en realidad antinomias. Aquí hay una Hechos 2:23:

” A éste, entregado por determinado consejo y providencia de Dios -­100% Soberanía de DIOS prendisteis y matasteis por manos de los inicuos, crucificándole;” 100% Responsabilidad Humana

Ni todos los demonios del infierno, ni hombre alguno en la tierra podía evitar que Jesús muriera en la Cruz – ¿Por qué? Porque estaba determinado por el consejo y providencia de Dios – Esto es 100% Soberanía Divina Y a la vez al hombre se culpa de la muerte de Cristo: ” prendisteis y matasteis por manos de los inicuos, crucificándole ” Esto es -­100% Responsabilidad Humana

Estas dos cosas son igualmente ciertas – ambas están en la Biblia – y no tenemos ningún problema en nuestra mente si las consideramos de forma separada, PERO, no podemos (en nuestra mente) poner estas dos cosas juntas.

NO LO INTENTE – estos dos conceptos son amigos y no necesitamos reconciliarlos nosotros. No podemos reconciliar LA SOBERANIA DIVINA y la RESPONSABILIDAD HUMANA, pero Dios sí puede hacer lo que nosotros no podemos hacer. La ANTINOMIA reside con nosotros- no con Dios.

Providencia

Consideremos el Articulo IV del Resumen de Principios:

“Dios desde la eternidad decreta o permite todas las cosas que suceden, y mantiene dirige y gobierna todas las criaturas y todos los eventos; aunque no es en ningún sentido ni el autor ni propiciador del pecado como para destruir el libre albedrío y la responsabilidad del hombre”

Es aquí cuando la mayoría de personas encuentran un gran problema, y especialmente los predicadores, puesto que estamos llamados a predicar todo el consejo de Dios. ¿Qué vemos en las Escrituras? Un Dios que es Absolutamente Soberano en Creación – Redención y Providencia. Y justamente acabamos de ver que la Biblia claramente enseña que el hombre es 100% responsable. Debemos evitar los siguiente errores:

1                    Tratar estos temas muy superficialmente, es decir no darles la importancia debida. Si usted hace esto, usted predica a un Dios que es algo menos que Soberano (no el Dios de la Biblia) y un hombre que es algo menos que responsable. Ambas cosas son ciertas en un 100% – así que créalas – enséñelas y predíquelas. Muchas veces aparecen hasta en un mismo versículo. Ejemplo: Juan 6:37 “Todo lo que el Padre me da, vendrá á mí; y al que á mí viene, no le hecho fuera.” II Tim 2:19. ” Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor á los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo ”

2                    Otro error es no estar dispuesto a ir hasta donde la Biblia va en estos asuntos, utilizando razonamientos humanos, lógica o especulación, tratando de explicar más allá de lo que la Biblia revela. Deut. 29:29 es un buen lugar para acampar. ” Las cosas secretas pertenecen á Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley “ .

3                    Tercero, y probablemente el error más común es tratar de reconciliar estos temas para que no parezcan contradictorias la Soberanía de Dios y la Responsabilidad del hombre.

 

Lo que tenemos aquí es un antinomia (puede ser que esta sea una palabra nueva en su vocabulario). ¿Qué es antinomia? El Diccionario dice: “una contradicción entre dos conclusiones que parecen igualmente lógicas, razonables o necesarias”. En el caso de la teología bíblica deberíamos decir “una apariencia de contradicción”. Para ponerlo de otra forma – Una antinomia es cuando miramos a dos enunciados diferentes, ambos bien claros e igualmente verdaderos, cuando los consideramos por separado, pero que no podemos unirlos o reconciliarlos. Este es el caso de la Soberanía de Dios y la responsabilidad humana. Ambas están en la Biblia – ambas son verdaderas – pero no podemos hacer que haya concordancia entre ellas.

El gran predicador bautista Charles Haddon Spurgeon, fue cuestionado una vez si él podía reconciliar estas dos doctrinas de la Soberanía de Dios y la Responsabilidad del hombre. Respondió: “Yo no lo intentaría, no tengo por qué reconciliar a dos amigos.” Amigos? Sí, amigos. Están en el mismo libro, La Biblia.

Literatura recomendada sobre este tópico:

A Southern Baptist Looks at Predestination, by P. H. Mell Abstract of Systematic Theology, by James P. Boyce Manual of Theology by John L. Dagg Election, by Charles H. Spurgeon Evangelism and the Sovereignty of God, by J. I. Packer The Sovereignty of God, by A. W. Pink The Reformed Doctrine of Predestination, by Loraine Boettner

 

Capítulo 4

El Amor de la Elección de Dios expresado en un Himno

 

“Escogido fui de Dios”

 

 

 

Escogido fui de Dios en el Amado
En lugares Celestiales su protección me da
Antes de la creación el plan fue hecho
Por Su Santa Voluntad

 

 

Escondido en Cristo estoy nadie me apartará
Y las fuerzas de este mundo, no me podrán dañar
Vivo y ando en este mundo con seguridad
Porque me escogió mi Dios
Himno Nº 326 del Himnario Bautista

-Victor Garrido­

 

La Elección es una doctrina tan importante que si no fuera por la doctrina de la ELECCION nadie podría ser salvo, la muerte de Cristo no tendría efecto alguno, no podría salvar a alguno.

Deseo mostrar que esta doctrina no solo está en la Biblia, sino que nuestros antepasados Bautistas la creyeron, la enseñaron y la predicaron.

“Del lado divino, vemos que las Escrituras enseñan una elección eterna de hombres para vida eterna basada simplemente en el beneplácito de Dios.”

 

John A. Broadus, antiguo presidente de
The Southern Baptist Theological Seminary

 

 

“Todo aquel que Dios escogió en Cristo es traído por el Espíritu de Cristo. Todo el que es predestinado es llamado por el Espíritu en un momento dado, justificado en un momento dado, y será glorificado cuando el Señor regrese.”

 

B. H. Carroll, fundador y primer presidente del
Southwestern Baptist Theological Seminary

 

 

“Dios, de Su propósito, ha determinado desde la eternidad salvar a un número definido de individuos de la humanidad, no por causa de mérito alguno en ellos o por sus obras, ni por algún valor de ellos, sino por Su propia Buena Voluntad.”

 

James P. Boyce, fundador y primer presidente de
The Southern Baptist Theological Seminary

 

 

“La doctrina de la elección significa que Dios salva de acuerdo a un propósito eterno. Esto incluye toda la influencia del evangelio, la obra del Espíritu y así, esto lleva al hombre al arrepentimiento de sus pecados y a aceptar a Cristo. En cuanto a la libertad del hombre se refiere, la doctrina de la elección no significa que Dios decreta salvar al hombre en irrespeto de su voluntad. Más bien significa que Dios se ha propuesto llevar al hombre de tal forma que él pueda aceptar libremente el evangelio que se ofrece y ser salvo.”

 

W. T. Conner, profesor de teología,
Southwestern Baptist Theological Seminary

 

 

“No dudo en decir que seguida a la doctrina de la crucifixión y la resurrección de nuestro bendito Señor – ninguna doctrina tenía tanta importancia en la iglesia primitiva como la doctrina de la elección por gracia.”

Charles Haddon Spurgeon, llamado el “príncipe de los predicadores,” en un sermón sobre Mateo 24:24 (Abril 22, 1860)

 

Si Spurgeon estaba en lo cierto (y lo está) han habido muchísimos predicadores que han evitado una verdad bíblica muy importante y prominente. Spurgeon dijo: “Hay un prejuicio en la mente del hombre contra esta doctrina, y a pesar de que muchas otras doctrinas son bien recibidas por los que profesan ser Cristianos, algunos con cautela, otros con gran placer, parece ser que esta doctrina en particular es de las menos cómodas y se ignora o se desecha”.

Si estuviéramos en los tiempos de Spurgeon, me pregunto qué diría al saber que los púlpitos guardan silencio con respecto a esto, y los que están en las bancas permanecen ignorantes del asunto.

Las antiguas Confesiones Bautistas, tales como, la Confesión Bautista de 1689 (Confesión de Londres): La Confesión de Filadelfia de 1742; La Confesión de New Hampshire – todas estas confesiones son muy claras con respecto a esta bendita doctrina de la Elección Soberana.

No hay otra doctrina tan cruelmente rechazada y mal interpretada en toda la Biblia. Uno de nuestros ancestros dijo, “De labios hostiles nunca escucharemos una opinión favorable con respecto a la doctrina de la elección”

La forma en que se trata la doctrina de la elección por parte de manos de sus enemigos es muy similar a la que recibían los Cristianos primitivos de los Emperadores Romanos paganos. Los Cristianos primitivos eran vestidos con pieles de animales y lanzados a las fieras salvajes para que los despedazaran. Así se hace con la doctrina de la elección frecuentemente, dejándola en ridículo y presa de ataques erróneos.

 

Capítulo 5

 

 

La Elección de Gracia Divina
Expresada en un Himno

 

 

Grande amor sublime eterno,
Más profundo es que la mar;
Y más alto que los cielos,
Insondable es y sin par.

 

 

 

El me abrirá la puerta y así entrar podré
Redención El ha comprado y perdón me da por fe

 

 

 

Grande amor sublime eterno,
Soy indigno pecador;
Más el Hijo incomparable,
dio su vida en mi favor

 

 

 

Nº 177 del Himnario Bautista
Frederick A. Blom; 1930

 

 

En este capítulo quiero hacer algunos comentarios generales para desechar

prejuicios que tienen aquellos que nunca han ido a la Biblia para buscar lo

que dice concerniente a esto.

1. LA ELECCION PRECEDE A LA SALVACION.

La Elección no es posterior a la salvación sino que es para salvación. ‘¿Qué pues? Lo que buscaba Israel aquello no ha alcanzado; mas LOS ELEGIDOS LO HAN ALCANZADO: y los demás fueron endurecidos; ‘ (Rom. 11:7).

‘Mas nosotros debemos dar siempre gracias á Dios por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación… ‘ (II Tes. 2:13).

Conclusión – si los elegidos obtienen la salvación, y como la elección es

para salvación – la elección es anterior a la salvación.

2. LA ELECCION NO DAÑA A NADIE

La Elección no debe analizarse desde el punto de los que van a la perdición, porque la elección es PARA salvación. Ni tampoco la no­elección es responsable de la condenación de los pecadores. El pecado lleva al hombre al infierno, y todos los hombres son pecadores por naturaleza y por práctica.

No ayuda en nada pensar que como la elección es para salvación, la no­elección es para condenación. El PECADO es la causa de la condenación; la Elección, entonces, no daña sino que trae salvación a muchos.

3. LA ELECCION ES LA MADRE DE UNA VIDA SANTA.

La Elección no impide la salvación de alguno que quiera ser salvo. Pero debe hacerse la importante diferencia entre simplemente desear escapar del infierno y un deseo verdadero de ser salvo del pecado. El deseo de librarse del infierno es un deseo natural – nadie quiere castigo. El deseo de ser salvo del pecado es un deseo espiritual y es un resultado de la obra de convicción del Espíritu Santo – la gracia electora de Dios es la causa de este deseo de ser salvo del pecado.

‘. . . Según nos escogió en él (en Cristo) antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; ‘Efes. 1:4.

Si no fuera por la obra redentora de Cristo, no existiría el banquete del evangelio; si no fuera porque el Espíritu Santo hace una obra de convicción y conversión, no habría invitados. Una simple invitación presentada por un hombre no trae a nadie a los pies de Cristo, sino la obra del Espíritu Santo.

4. LA ELECCION ES EL FUNDAMENTO DE LA GRACIA.

El amor elector pertenece al método de gracia. En la epístola a los Romanos que un remanente de entre los judíos fue salvado ‘. . . de acuerdo a la elección de GRACIA. ‘ La actitud de los hombres hacia la elección es realmente la verdadera prueba de su creencia en la salvación por gracia. Aquellos que niegan la elección no pueden afirmar de forma consistente que creen en la salvación por gracia. Una prueba simple está en los Credos de la Cristiandad. Las denominaciones que creen en salvación por obras, en ceremonias religiosas o rituales no tienen un buen lugar para la doctrina de la Elección. Pero aquellos que creen en la salvación por pura gracia, sin méritos humanos, también han fallado a veces en incluir esta bendita doctrina en sus Credos escritos o Confesiones. Por esto es que nosotros lo tenemos como Artículo Quinto en nuestros ARTICULOS DE FE y por eso es que estoy llamando nuestra atención – nosotros creemos en la salvación por Gracia Soberana.

 

Los Elegidos son manifiestos

Los elegidos se llegan a manifestar al final por medio de su arrepentimiento, fe y buenas obras. Estas gracias, siendo forjadas en el hombre por Dios, no son la causa de su salvación, sino que son evidencias de la elección. (Vea I Tes. 1:3-10; II Pedro 1:5-10).

‘Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; Porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad ‘(Filip 2:12, 13).

‘¿Y Dios no hará justicia á sus escogidos, que claman á él día y noche, aunque sea longánime acerca de ellos? ‘ (Lucas 18:7).

El hombre que no ora a Dios, que no se arrepiente de sus pecados, confiando en la Persona y obra de Cristo, y el hombre que no tiene deseos de hacer el bien no puede afirmarse que sea uno de los elegidos de Dios.

 

Capítulo 6

 

 

La Cadena Dorada de la Teología
Va desde la pasada eternidad (predestinados)
a la eternidad futura (glorificados)

 

“Y Á LOS QUE PREDESTINÓ, Á ÉSTOS TAMBIÉN LLAMÓ; Y Á LOS QUE LLAMÓ, Á ÉSTOS TAMBIÉN JUSTIFICÓ; Y Á LOS QUE JUSTIFICÓ, Á ÉSTOS TAMBIÉN GLORIFICÓ.”

ROMANOS 8:30

Elección y Destino

I.    ¿ESTÁ EL DESTINO EN MANOS DEL CRISTIANO ANTES DE QUE SEA SALVO? La frase que escuchamos tan frecuentemente – que el destino de cada hombre está en sus propias manos – es una negación de la tónica [¿?] y enseñanza bíblicas. La Biblia enseña claramente que de ningún modo el destino de un Cristiano estaba en sus propias manos, ni antes ni después de ser salvo. Si su destino estuviera en sus propias manos, entonces quiere decir que el creyente se considera regenerado por sí mismo de la MUERTE espiritual y, si eso es cierto, la salvación es por mérito humano y no por gracia. Si el destino del creyente estaba en sus manos, entonces él es su propio benefactor y puede estar agradecido consigo mismo por su propia sabiduría que le permitió determinar correctamente su propio destino. Eso ni siquiera lo pensemos!

Juan 1:13 ” Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios. ” Esta escritura pone en silencio un pensamiento como el que se ha expuesto. (Lea Efes. 2:1-10; I Tim. 1:9; Santiago 1:18).

II. ¿ESTÁ EL DESTINO EN MANOS DEL CRISTIANO UNA VEZ QUE ES SALVO? Si fuera así, entonces le correspondería al cristiano mismo mantener su salvación o perderla. La Biblia dice que los Cristianos son sostenidos por el poder de Dios por medio de la fe (lea I Pedro 1:15; Salmo 37:28; Juan 10:27-29; Filipl. 1:6′ Heb. 13:5).

Y si el destino de un Cristiano no está seguro en sus propias manos después de haber sido salvo, ¿cómo puede pensarse que sí lo estuviera antes de su conversión? Mat. 24:24 “Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y darán señales grandes y prodigios; de tal manera que engañarán, si fuera posible, aun á los escogidos.” Este versículo por sí mismo nos responde la pregunta. Nos enseña que los escogidos no pueden ser engañados de forma definitiva Mat. 24:22 “Y si aquellos días no fuesen acortados, ninguna carne sería salva; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados. ” Este texto nos enseña que el rigor del castigo divino se ve afectado- ¿POR QUÉ? Por causa de los escogidos. En ambos versículos se puede notar que el destino está controlado por Dios.

III.   ¿ESTÁ EL DESTINO EN LAS MANOS DEL CRISTIANO DESPUÉS DE LA MUERTE? El Cristiano muere, su cuerpo se consigna en una tumba y se vuelve polvo. ¿Está el destino ahora en sus manos? Si fuera así, qué esperanza tendría de salir de la tumba con un cuerpo inmortal e incorruptible?? Ninguna.

La teoría de que el destino está en las manos del hombre engendra auto­confianza y auto-justificación; la creencia de que el destino está en las manos de Dios engendra AUTO-ABNEGACION y Fe en Dios.

La Cadena Dorada de la Teología prueba que el destino está en las manos del OMNISCIENTE – TODOPODEROSO DIOS del cielo y de la tierra. Esta Cadena Dorada está expresada en nuestro versículo bíblico, Romanos 8:30 “Y á los que predestinó, á éstos también llamó; y á los que llamó, á éstos también justificó; y á los que justificó, á éstos también glorificó.” Por favor notemos que este versículo empieza en la eternidad pasada y se extiende hasta la eternidad futura. Con razón el gran apóstol dijo en el versículo 33 “¿Quién acusará á los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ”

 

Capítulo 7

 

 

Evangelismo y Elección
¿Dónde está la esperanza de éxito del evangelismo?

 

LA DOCTRINA DE LA ELECCION es lo que asegura que la obra evangelizadora tendrá éxito. Es el FUNDAMENTO y ESPERANZA de la labor MISIONERA

Si la esperanza de los misioneros y predicadores estuviera puesta en su propio poder y habilidad para convertir pecadores, o, si nuestra esperanza estuviera en el poder de que los que están muertos en su pecado puedan revivir por sí mismos, no tendríamos esperanza alguna. Pero cuando la esperanza del trabajador está en la obra del Espíritu Santo, que es el único que puede despertar, trabajamos con esperanza y expectación … de lo que Dios hará, y seguros de que El efectivamente llamará a Sus ovejas por Su propio poder y POR MEDIO de la oración y la predicación.

Dios eligió los medios de salvación así como eligió a las personas para salvación. Su Palabra revela que El quiso salvar a los Suyos por medio de la predicación y el testimonio: “Id y haced discípulos a todas las naciones…” (Mateo 28:19–20).

Debemos siempre recordar que la predicación y la oración son los medios y no la causa de la salvación de nadie. La causa es el amor elector de Dios— “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a Su Hijo unigénito para que todo aquel que en El cree no se pierda mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

¿Quién “todo aquel”?

“Todo lo que el Padre me da, vendrá á mí; y al que á mí viene, no le hecho fuera” (Juan 6:37).

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen” (Juan 10:27).

¿Por qué hay algunos que No Creen?

“Mas vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho.” (Juan 10:26).

El Padre dio a Su Hijo las ovejas, y nos ha enviado a nosotros a predicar y testificar porque El ha determinado esta forma para llamarlos.

“. . . Como le has dado la potestad de toda carne, para que dé vida eterna á todos los que le diste” (Juan 17:2).

Sus ovejas vendrán—Cristo rogó por ellos

“Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son:” (Juan 17:9).

Jesús rogó por las futuras ovejas que vendrían.

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos.” (Juan 17:20).

“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado: por cuanto me has amado desde antes de la constitución del mundo.” (Juan 17:24).

¿Por qué es tan importante el amor de la elección de Dios para el predicador y el misionero?

 

Esta es la doctrina que nos asegura el éxito de nuestros esfuerzos misioneros.

 

 

 

Los más grandes predicadores y evangelistas en la Historia del Cristianismo
en el pasado, creían en la doctrina bíblica de la Elección:

 

 

John Bunyan, autor de El Progreso del Peregrino, y un gran predicador.George Whitefield, el gran evangelista, que jamás puso sus pies en sueloAmericano.John Paton – Misionero a New Hebrides.Jonathan Edwards – William Carey – Charles Haddon Spurgeon y otros.

Fue la esperanzadora doctrina de la elección la que Dios usó para animar al
Apóstol Pablo cuando tenía miedo de ir a Corinto, Dios le dijo, “… Tengo mucho
pueblo en esta ciudad” (Hechos 18:9,10)

No, la doctrina de la Elección no impide el evangelismo si se entiende correctamente, más bien, garantiza el éxito del mismo y debe ser el mayor incentivo que tenemos.

 

Capítulo 8

 

Sublime Gracia

Si usted no cree en la doctrina bíblica de la ELECCIÓN, es porque usted no ha entendido lo que significa ser salvado por GRACIA SOBERANA. Tendrá entonces que componer otro himno para en vez de cantar OH GRACIA ADMIRABLE dulce es, decir OH DECISIÓN dulce es! Tenemos que entender que ó es por GRACIA ó es por alguna otra cosa, y , como es SOLO POR GRACIA, tiene entonces que ser por AMOR QUE DIOS HA ELEGIDO.

 

¡Sublime Gracia de Su amor!
Que un infeliz salvó,
Fui ciego mas hoy miro yo,
Perdido y El me halló

 

 

 

Su gracia me enseñó a temer,
Mis dudas ahuyentó,
¡Oh, cuán precioso fue a mi ser
Cuando El me transformó!

 

 

 

–John Newton (1779)
Y cuando en Sión por siglos mil
Brillando esté cual sol;
Yo cantaré por siempre allí,
Su amor que me salvó.

 

 

(añadido luego)

 

 

RESUMEN

 

 

 

¿QUÉ TAN IMPORTANTE ES LA DOCTRINA BÍBLICA DE LA
ELECCIÓN DE LOS SANTOS?

 

1                    Si no fuera por la Elección amorosa de Dios nadie se podría salvar, es decir, si al hombre se le deja elegir por sí mismo, el hombre no elige buscar a Dios.

2                    Nadie se convence claramente, como debe ser, de que nuestra salvación fluye de la Fuente de Misericordia Gratuita hasta que se da cuenta del Amor Incondicional y Soberano de Dios. Cuando se ignora esta verdad bíblica se disminuye la gloria divina y la verdadera humildad. Por otra parte, el entendimiento de la Elección honra a Dios y hace al hombre humilde. De esta forma, un punto de vista bíblico de la Elección trae Alabanza, Reverencia, Admiración y Adoración a Dios; y trae humildad, diligencia, consolación y seguridad a los creyentes.

 

¿QUIEN HACE LA ELECCIÓN Y CUANDO?

La Biblia responde con mucha claridad: II Tes. 2:13 “DIOS OS HA ESCOGIDO DESDE EL PRINCIPIO. Efesios 1:4 dice, ““Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; La expresión, “antes de la fundación del mundo” se encuentra en Juan 17:24, cuando Jesús habla del amor eterno del Padre por Su Hijo. Está también en I Pedro 1:20, donde se refiere a la determinación eterna de la mente divina con respecto a la muerte de Cristo. Hay otras muchas expresiones similares (ver Apocalipsis 13:8; 2 Tes 2:13; 2 Timoteo 1:9). La Elección es definitiva!

¿POR QUÉ FUE HECHA LA ELECCIÓN?

La respuesta en las Escrituras se da en Efes. 1:5, “Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo á sí mismo, SEGÚN EL PURO AFECTO DE SU VOLUNTAD.” Y, Efes. 1:11, ” En él digo, en quien asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados CONFORME AL PROPÓSITO DEL QUE HACE TODAS LAS COSAS según el consejo de su voluntad,.”

Una cosa es cierta: Dios NO eligió porque haya previsto fe y arrepentimiento en aquellos que escogió. Esto no puede ser porque la elección precede a la fe y al arrepentimiento. [Afirmar que la elección se debe a la fe que los pecadores tendrían equivale a decir que el hombre es el que da el primer paso. La Biblia dice que nosotros le amamos porque El nos amó primero y no a la inversa.] “Porque á los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes á la imagen de su Hijo”

Por favor notemos bien que este versículo no dice lo que Dios conoció de antemano, sino a quienes conoció. Al decir que desde antes los conoció significa que los amó; y no que esto dependía de que El sabía lo que ellos iban a hacer, en vez de esto se dice que los amó desde antes.

Gracias a Dios los fundadores de iglesias bautistas de antaño reconocieron la importancia de esta doctrina y así lo expresaron:

La Elección es la selección eterna que Dios hizo de algunas personas para vida eterna – no por causa de algún mérito visto de antemano en ellos, sino por su pura misericordia en Cristo – en consecuencia de lo cual son llamados, justificados y glorificados.

Para aquellos que deseen estudiar más acerca de este tema, les sugiero leer a Charles H. Spurgeon, Arthur W. Pink y James P. Boyce.

¿Qué es un Cristiano Bíblico?

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¿QUE ES UN CRISTIANO BIBLICO?

Albert N. Martin

Hay muchos asuntos respecto a los cuales la ignorancia total y la indiferencia completa no son  trágicas ni fatales. Estoy seguro de que hay pocos de nosotros que pueden explicar todos los  procesos por los que una vaca color café come hierba verde y produce leche blanca-¡pero aún así podemos disfrutar de la leche! Muchos de nosotros ignoramos completamente la teoría de la  relatividad de Einstein, y si se nos pide que la expliquemos estaríamos realmente en dificultades. Pero no sólo ignoramos la teoría de Einstein, sino que también la mayoría de nosotros somos bastante indiferentes a ella, y sin embargo nuestra ignorancia e indiferencia no son trágicas ni fatales.

No obstante, hay otros asuntos respecto a los cuales la ignorancia y la indiferencia son tanto trágicas como fatales. Uno de ellos es la respuesta a la pregunta: “¿Qué es un cristiano bíblico?” En otras palabras, ¿cuándo tiene un hombre o una mujer el derecho, según las Escrituras, de llamarse ”cristiano”?

Uno no puede asumir ligeramente que él o ella es un verdadero cristiano. Una conclusión falsa sobre esto es trágica y fatal. Es por esto que quiero presentarles cuatro aspectos de la respuesta que la Biblia ofrece a la pregunta: “¿Qué es un cristiano bíblico?”

De acuerdo a la Biblia, un cristiano es una persona que ha enfrentado auténticamente el problema de su propio pecado. Una de las muchas cosas que distingue la fe cristiana de las otras religiones del mundo es que el cristianismo es esencial y fundamentalmente una religión de pecadores. Cuando el ángel le anunció a José el nacimiento venidero de Jesucristo, lo hizo con las siguientes palabras: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). El apóstol Pablo escribió en 1 Timoteo 1:15: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” El Señor Jesucristo mismo dijo en Lucas 5:31-32: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.” Un cristiano es uno que ha enfrentado auténticamente el problema de su propio pecado.

Cuando nos dirigimos a las Escrituras, hallamos que cada uno de nosotros tiene un problema  personal doble con respecto al pecado. Por un lado, tenemos el problema de un expediente o archivo malo; y por el otro, el problema de un corazón malo. Si comenzamos en Génesis 3 con el  trágico relato de la rebelión del hombre contra Dios y su caída, y luego rastreamos la doctrina bíblica del pecado hasta el libro de Apocalipsis, veremos que no es una simplificación excesiva decir que todo lo que la Biblia enseña acerca de la doctrina del pecado se puede reducir a estas dos categorías fundamentales-el problema de un expediente malo y el problema de un corazón malo.

¿A qué me refiero con “el problema de un expediente o archivo malo”? Estoy utilizando esa terminología para describir lo que las Escrituras nos presentan como la doctrina de la culpa humana debida al pecado. Las Escrituras nos dicen con claridad que obtuvimos un expediente malo mucho antes de nosotros existiéramos en la tierra: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos
pecaron (Romanos 5:12).

¿Cuándo pecaron “todos”? Todos nosotros pecamos en Adán. El fue señalado por Dios para  representar a toda la raza humana. Cuando él pecó, nosotros pecamos en él y caímos con él en su primera transgresión. Es por esto que el apóstol Pablo escribe en 1 Corintios 15:22: “Porque así  como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” El hombre fue creado sin pecado en el huerto de Edén; pero desde el momento en que Adán pecó, nosotros también fuimos
acusados con culpa. Caímos en él en su primera transgresión y somos parte de una raza que se encuentra bajo condenación.

Más aún, las Escrituras enseñan que después que nacemos nuestras transgresiones personales acarrean culpa adicional. La Palabra de Dios enseña que “ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Eclesiastés 7:20); cada pecado cometido incurre en culpa adicional. Nuestro expediente en los cielos está echado a perder. El Dios Todopoderoso juzga la totalidad de nuestra experiencia humana por un criterio que es absolutamente inflexible. Este criterio toca no sólo nuestras obras externas, sino también nuestros pensamientos y las inclinaciones de nuestro corazón, de tal manera que el Señor Jesús dijo que el albergar ira injusta es la esencia misma del asesinato, y la mirada con intención lujuriosa es adulterio (Mateo 5:22,28).

Dios está guardando un expediente detallado. Ese expediente se encuentra entre “los libros” que serán abiertos en el día del juicio (Apocalipsis 20:12). En esos libros están registrados todos los pensamientos, inclinaciones, intenciones, obras y aspectos de la experiencia humana que sean contrarios al criterio de la ley santa de Dios, ya sea por quedarnos cortos al mismo o por transgredirlo. Tenemos el problema de un expediente malo-según tal expediente nosotros somos culpables. Somos en verdad culpables de pecados reales cometidos en contra del Dios vivo y verdadero. Es por esta razón que las Escrituras nos dicen que toda la raza humana es culpable delante del Dios Todopoderoso (Romanos 3:19). ¿Alguna vez se ha convertido el problema de tu propio expediente malo en una preocupación apremiante y urgente? ¿Has enfrentado la verdad de que el Dios Todopoderoso te juzgó culpable cuando tu padre Adán pecó, y que te considera culpable de cada palabra que has hablado contraria a la santidad, justicia y pureza perfecta? El conoce todo objeto que has tocado y tomado contrario a la santidad de la propiedad. El conoce cada palabra pronunciada en contra de la verdad perfecta y absoluta. ¿Alguna vez te ha quebrantado esto, de tal manera que has reconocido el hecho de que el Dios Todopoderoso tiene todo el derecho de llamarte a su presencia y requerir que le des cuenta de cada acción contraria a su ley que ha traído culpa a tu alma?

Pero el problema de un expediente malo no es nuestro único problema. Tenemos un problema adicional-el problema de un corazón malo. La Biblia enseña que el problema de nuestro pecado surge no solamente de lo que hemos hecho, sino también de lo que somos. Cuando Adán pecó, él no sólo se hizo culpable delante de Dios, sino que también se contaminó y corrompió en su naturaleza.

Esta contaminación se describe en Jeremías 17:9: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Jesús la describe en Marcos 7:21: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos”; y luego El menciona los diversos pecados que pueden verse en cualquier periódico a diario-asesinato, adulterio, blasfemia, orgullo. Jesús dijo que estas cosas proceden de una fuente viva de corrupción, el corazón humano. Nota cuidadosamente que El no dijo: “Porque de fuera, por la presión de la sociedad y sus influencias negativas, viene el asesinato, el adulterio, el orgullo y el hurto.” Esto es lo que los llamados sociólogos expertos nos dicen. Ellos afirman que es “la condición de la sociedad” lo que produce el crimen y la rebelión; Jesús dice que es la condición del corazón humano.

Cada uno de nosotros tiene por naturaleza un corazón que las Escrituras describen como

“perverso”, una fuente de todas las formas de iniquidad. Romanos 8:7 afirma: “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden.” Pablo no dice que los designios de la carne, es decir, los designios de una mente que nunca ha sido regenerada por Dios, tienen algo de enemistad; él los llama enemistad. “Los designios de la carne son enemistad contra Dios.” La disposición natural de cada corazón humano puede ilustrarse como un puño alzado contra el Dios vivo. Este es el problema interno de un corazón malo-un corazón que ama el pecado, un corazón que es la fuente del pecado, un corazón que es enemistad contra Dios.

¿Alguna vez se ha convertido el problema de tu corazón malo en una apremiante preocupación personal para ti? No estoy preguntando si crees o no en la pecaminosidad humana en teoría. Tú puedes estar de acuerdo en que hay tales cosas como una naturaleza y un corazón pecaminosos. Mi pregunta es: ¿alguna vez han venido a ser tu expediente y tu corazón malos asuntos de profunda, interna y apremiante preocupación para ti? ¿Has conocido lo que es una conciencia real, personal e interna del horror de tu culpa en la presencia de un Dios santo? ¿Has visto el carácter espantoso de un corazón que es “engañoso… mas que todas las cosas, y perverso”?

Un cristiano bíblico es una persona que ha tomado en serio su problema personal del pecado.

El grado en que podemos sentir el terrible peso del pecado difiere de una persona a otra. El tiempo que toma que una persona sea llevada a concientizarse de su expediente y corazón malos, varía. Hay muchas variables, pero Jesucristo, como el gran Médico, nunca ha traído su virtud sanadora sobre alguien que no se reconozca a si mismo pecador. El dijo: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento” (Mateo 9:13). ¿Eres tú un cristiano bíblico-uno que ha tomado en serio su propio problema del pecado?Un cristiano bíblico es aquel que ha considerado seriamente el único remedio divino para el pecado.

En la Biblia se nos dice una y otra vez que el Dios Todopoderoso ha tomado la iniciativa de hacer algo por el hombre, el pecador. Los versículos que algunos de nosotros aprendimos en nuestra juventud enfatizan la iniciativa de Dios en proveer un remedio para la pecaminosidad del hombre: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito”; “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”; “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó” (Juan 3:16; 1 Juan 4:10; Efesios 2:4).

Un aspecto único de la fe cristiana es que ésta no es un esquema religioso de auto-ayuda en el que te arreglas a ti mismo con la ayuda de Dios. De la misma manera como uno de los principios exclusivos de la fe cristiana es que Cristo es el único Salvador de pecadores, así también es un principio exclusivo de la fe cristiana que toda nuestra ayuda viene de arriba y nos encuentra donde estamos. No podemos levantarnos a nosotros mismos por las orejas; en misericordia, Dios interviene en la situación humana y hace algo que nunca hubiéramos podido hacer por nosotros mismos.

Cuando vamos a las Escrituras, hallamos que el remedio divino tiene por lo menos tres simples pero profundamente maravillosos puntos focales: (a) En primer lugar, el remedio de Dios para el pecado está unido a una persona. Cualquiera que comience a tomar en serio el remedio divino para la pecaminosidad humana notará en las Escrituras que el remedio no se encuentra en un conjunto de ideas, como si fuera simplemente otra filosofía, ni se encuentra en una institución, sino que está unido a una persona ‘Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito”; dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Juan 3:16; Mateo 1:21). Jesús mismo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mi” (Juan 14:6).

El remedio divino para el pecado está unido a una pérsona, y esa persona no es otra que nuestro Señor Jesucristo-el Verbo eterno que se hizo hombre, uniendo una naturaleza humana real, a su naturaleza divina. Aquí está la provisión de Dios para el hombre con su expediente y corazón malos: un Salvador que es tanto Dios como hombre, con las dos naturalezas unidas en una persona para siempre. Si tu problema personal del pecado ha de ser remediado de una manera bíblica, será  remediado únicamente teniendo tratos personales con la persona de Jesucristo. Tal es un aspecto  único de la fe cristiana: el pecador en toda su necesidad, unido al Salvador en toda la plenitud de su gracia; el pecador en su miserable necesidad, y el Salvador en su poder omnipotente, unidos  directamente en el evangelio. ¡Tal realidad es la gloria de las buenas nuevas de Dios para los  pecadores!

(b) En segundo lugar, el remedio de Dios para el pecado está centrado en la cruz sobre la cual Jesucristo murió. Cuando vamos a las Escrituras hallamos que el remedio divino está centrado de manera exclusiva en la cruz de Jesucristo. Cuando Juan el Bautista señala a Jesús haciendo uso de la imagen del Antiguo Testamento del cordero sacrificial, él dice: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Jesús mismo dijo: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:28).

La verdadera predicación del evangelio está tan centrada en la cruz que Pablo llama la palabra o mensaje de la cruz. La predicación de la cruz es “locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 Corintios 1:18). Cuando Pablo fue a Corinto-un centro de intelectualismo y filosofía griega pagana-él no siguió sus patrones prescritos de retórica, sino que dijo que se había propuesto “no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1 Corintios 2:2).

No se debe pensar de la cruz como una idea abstracta o un símbolo religioso; el significado de la cruz es lo que Dios declara que significa. La cruz fue el lugar en el que Dios, por imputación, apiló los pecados de su pueblo sobre su Hijo. En la cruz la maldición fue cargada sustitutivamente. Usando el lenguaje del apóstol Pablo: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gálatas 3:13), y “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

La cruz no es un símbolo nebuloso e indefinible de amor desprendido; por el contrario, la cruz es el despliegue monumental de cómo Dios puede ser justo y aún perdonar pecadores culpables. Dios, habiendo imputado los pecados de su pueblo a Cristo en la cruz, pronuncia juicio sobre su Hijo como el representante de su pueblo. Allí en la cruz, Dios derrama las copas de su ira sin misericordia hasta que su Hijo clama: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1; Mateo 27:46).

En el Calvario, Dios está mostrando en el mundo visible lo que está ocurriendo en el mundo invisible y espiritual. El cubre los cielos con oscuridad total para dar a conocer a toda la humanidad que está sumergiendo a su Hijo en las tinieblas de afuera, en el infierno que tus pecados y los míos merecen. Jesús queda suspendido en la cruz con la postura de un criminal culpable; la sociedad sólo tiene un veredicto para él: “Fuera con éste”-“Crucifícale”-“Entréguenle a la muerte”-y Dios no interviene. Dios está demostrando en el teatro de lo que los hombres pueden ver, lo que El está haciendo en el reino de lo que no pueden ver. El está tratando a su Hijo como un criminal. Está haciendo a su Hijo sentir en las profundidades de su alma toda la furia de la ira que estaba dirigida a nosotros.

(c) En tercer lugar, el remedio de Dios para el pecado es adecuado para todos los hombres, y se ofrece a todos los hombres sin discriminación. Antes de nosotros tener conciencia alguna de nuestro pecado, es muy fácil pensar que Dios puede perdonar pecadores. Pero cuando tú y yo comenzamos a tener idea de todo lo que el pecado es, nuestros pensamientos cambian. Nos vemos a nosotros mismos como pequeños gusanos del polvo, criaturas cuya vida y aliento mismo, están sostenidos en las manos de Dios, en quien “vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28).

Empezamos a tomar en serio el que nos atrevimos a desafiar al Dios que encerró a ángeles en tinieblas eternas cuando se rebelaron contra El. Confesamos que este Dios santo ve las efusiones de nuestros corazones humanos horribles y corruptos. Entonces decimos: “Oh Dios, ¿cómo puedes Tú ser algo más que justo? Si me das lo que mis pecados merecen, ¡no hay para mi otra cosa que ira y juicio! ¿Cómo puedes perdonarme y seguir siendo justo? ¿Cómo puedes ser un Dios de justicia y hacer otra cosa que no sea confinarme a castigo eterno con esos ángeles que se rebelaron?”

Cuando empezamos a sentir la realidad de nuestro pecado, el perdón se convierte en el problema más difícil con el cual nuestra mente ha tenido que luchar. Es entonces que necesitamos conocer que en una persona, y tal persona crucificada, Dios ha provisto el remedio adecuado para todos los hombres, el cual es ofrecido a todos los hombres sin discriminación.

Si fueran dadas condiciones para la disponibilidad de Cristo entonces diríamos: “Seguramente yo no satisfago tales condiciones; de seguro que no califico.” La maravilla de la provisión de Dios es que viene con estos términos y sin trabas: “A todos los sedientos:

Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche” (Isaías 55:1); “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).

¡Contempla la belleza de la libre oferta de misericordia en Jesucristo! No necesitamos que Dios venga de los cielos y nos diga que nosotros, por nombre, tenemos libertad de venir; tenemos una oferta de misericordia libre de trabas en las palabras de su propio Hijo: “Venid a mí todos los que
estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Un cristiano bíblico es aquel que se ha conformado de todo corazón a las condiciones para obtener la provisión de Dios para el pecado.

Las condiciones divinas son dos: arrepiéntete y cree. Acerca de los inicios del ministerio de Jesús encontramos lo siguiente: “Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentios, y creed en el evangelio” (Marcos 1:14-15). Después de su resurrección, Jesús le dijo a sus discípulos “que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:47). El apóstol Pablo testificó “a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos 20:21).

¿Cuáles son las condiciones divinas para obtener la provisión divina? Debemos arrepentimos y debemos creer. Aunque sea necesario discutir éstos como conceptos separados, no debemos pensar que el arrepentimiento está siempre divorciado de la fe o que la fe está siempre divorciada del arrepentimiento. La verdadera fe está permeada de arrepentimiento, y el verdadero arrepentimiento está permeado de fe. Los dos están interconectados entre sí de tal manera que, donde quiera que haya una verdadera apropiación de la provisión divina, hallarás un penitente con fe y un creyente arrepentido.

¿Qué es el arrepentimiento? La definición del Catecismo Menor de Westminster es excelente: “El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, por la cual un pecador, con un verdadero sentimiento de su pecado, y comprendiendo la misericordia de Dios en Cristo, con dolor y aborrecimiento de su pecado, se aparta del mismo para ir a Dios, con pleno propósito y esfuerzo para una nueva obediencia.”

El arrepentimiento es el hijo pródigo volviendo en sí en un país lejano. En lugar de permanecer en casa bajo el gobierno de su padre, le pidió tempranamente su herencia a su padre y se fue a un país lejano, donde ésta fue desperdiciada. Reducido a la miseria por sus pecados, volvió en si y dijo: “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros” (Lucas 15:17-19).

Cuando el hijo pródigo reconoció su pecado, él no se sentó y pensó sobre el asunto, ni escribió una poesía sobre ello o envió telegramas a su padre. La Escritura dice que “levantándose, vino a su padre” (v.20). Dejó a aquellos compañeros que fueron sus amigos en el pecado; aborreció todo lo que perteneció a ese estilo de vida y le volvió la espalda. ¿Y qué le atrajo de nuevo a casa? Fue la confianza en que había un padre misericordioso con un gran corazón y con un gobierno justo para su hogar feliz y amoroso. El no escribió diciendo: “Padre, las cosas se me están poniendo difíciles aquí; mi conciencia me está atacando por las noches. ¿Por qué no me envías dinero para ayudarme o vienes a visitarme para hacerme sentir bien?” ¡De ninguna manera! El no necesitaba simplemente sentirse bien; necesitaba él mismo venir a ser bueno. Por ello dejó aquel país lejano.

Fue una bella pincelada en el cuadro de nuestro Señor cuando El dijo: “Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (v.20). El hijo pródigo no vino orgulloso hacia su padre, hablando acerca del tomar la decisión de regresar a su casa.

Hoy nos encontramos con la idea de que las personas pueden “pasar al frente”, hacer una pequeña oración y hacerle un favor a Dios tomando una decisión. Esto no tiene nada que ver con la verdadera conversión. El verdadero arrepentimiento involucra el reconocimiento de que he pecado contra el Dios del cielo, Aquel que es grande y misericordioso, santo y amoroso, y que no soy digno de ser llamado su hijo. No obstante, en el momento en que estoy preparado para dejar mi pecado y darle la espalda, dispuesto a regresar humildemente, preguntándome si habrá alguna misericordia para mi, entonces, ¡maravilla de maravillas!-el Padre me encuentra, me echa sus brazos de amor reconciliador y misericordia. Y aclaro, esto lo hace no de una manera sentimental, sino que El cubre a los pecadores penitentes con amor -perdonador y redentor.

Pero el padre no echó sus brazos alrededor del cuello del hijo pródigo cuando éste todavía estaba atendiendo cerdos y en ¡OS brazos de rameras. ¿Estoy hablando a algunos cuyos corazones están casados con el mundo y que aman los caminos del mundo? Quizás tú muestras quién eres en realidad con tu vida personal, o en tu relación con tus padres, o en tu vida social, en la cual tomas tan ligeramente la santidad del cuerpo.

Quizás algunos de ustedes están involucrados en fornicación, o en tocarse los unos a los otros, o en mirar aquello en la televisión y en el cine que alimenta sus pasiones, y sin embargo invocan el nombre de Cristo. Vives con un hato de cerdos y luego el domingo vas a la casa de Dios. ¡Qué vergüenza! Deja la hacienda de los cerdos y tus guaridas de pecado. Abandona tus prácticas y hábitos de indulgencia carnal. El arrepentimiento es estar lo suficientemente dolido como para dejar tu pecado. Nunca conocerás la misericordia perdonadora de Dios mientras estés casado a tus pecados.

El arrepentimiento es el divorcio del alma del pecado, pero siempre estará unido a la fe. ¿Qué es la fe? La fe es echar el alma sobre Cristo tal y como El es ofrecido en el evangelio. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). La fe es comparada con el beber de Cristo, porque en mi sed del alma yo bebo de El. La fe es comparada con el mirar a Cristo, el seguir a Cristo y el huir a Cristo. La Biblia usa muchas analogías, y el resumen de todas ellas es éste: en la miseria de mi necesidad me lanzo sobre el Salvador, confiando en El para que sea todo lo que ha prometido ser a pecadores necesitados.

La fe no lleva nada a Cristo, sino sólo una mano vacía que toma a Cristo y todo lo que hay en El. ¿Qué hay en Cristo? ¡Pleno perdón de todos mis pecados! Su obediencia perfecta es puesta a mi cuenta. Su muerte es tomada como la mía. En El se encuentra el don del Espíritu. La adopción, la santificación y finalmente la glorificación están todas en El; y la fe, al tomar a Cristo, recibe todo lo que está en El. “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1:30).

¿Qué es un cristiano bíblico? Un cristiano bíblico es aquel que ha obedecido de todo corazón las condiciones para obtener la provisión divina para el pecado. Esas condiciones son el arrepentimiento y la fe. Me gusta pensar en ellas como la bisagra sobre la que se mueve la puerta de la salvación. La bisagra tiene dos placas, una está atornillada a la puerta, y la otra lo está al marco de la puerta. Estas están unidas entre sí por un perno, y sobre esta bisagra la puerta gira. Cristo es esa puerta, pero ninguno entra a través de El si no se arrepiente y cree.

No hay bisagra hecha exclusivamente de arrepentimiento. El arrepentimiento que no está unido a la fe es un arrepentimiento legalista. Termina en ti mismo y tu pecado. De la misma manera, no hay verdadera bisagra hecha exclusivamente de fe. Una fe confesada que no esté unida al arrepentimiento es una fe espuria, porque la verdadera fe es una fe en Cristo para salvarme no en el pecado, sino del pecado. El arrepentimiento y la fe son inseparables, y “si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3). Se nombra a los incrédulos entre aquellos que “tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8).

Un cristiano bíblico es una persona que manifiesta en su vida que sus declaraciones de arrepentimiento y fe son reales.

Pablo predicó que los hombres debían arrepentirse y volverse a Dios haciendo obras dignas de arrepentimiento (Hechos 26:20). Dios se propuso que haya tales obras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8-10).

Pablo dice en Gálatas que la fe obra a través del amor. Donde haya verdadera fe en Cristo, el amor genuino a Cristo será implantado. Y donde haya amor a Cristo, allí habrá obediencia a Cristo. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama… El que no me ama, no guarda mis palabras” (Juan 14:21-24). Somos salvos confiando en Cristo, no por amarle y obedecerle; pero una confianza que no produzca amor y obediencia no es verdadera fe salvadora.

La verdadera fe obra por el amor, y lo que el amor produce no es la habilidad de sentarse en una noche estrellada y escribir poesía acerca de lo excitante de ser un cristiano. La fe verdadera trabaja moviéndote a regresar a tu hogar y a obedecer a tus padres, guiándote a amar a tu cónyuge y a los hijos como la Biblia te dice que lo hagas, a regresar a tu escuela o trabajo adoptando una actitud firme por la verdad y la justicia en contra de toda la presión de tus compañeros.

La fe verdadera te hace estar dispuesto a ser tomado como un tonto o loco-dispuesto a ser considerado anticuado o fuera de moda-porque crees que hay criterios morales y éticos que son eternos e inmutables. Estás dispuesto a creer en la castidad y la santidad de la vida humana, y a permanecer firme contra el sexo prematrimonial y el asesinato de los bebés en el vientre de sus madres. Porque Jesús dijo: “el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Marcos 8:38).

¿Qué es un cristiano bíblico? No es uno que simplemente dice: “Oh, sí, yo sé que soy pecador, con un expediente y un corazón malos. Sé que la provisión de Dios para los pecadores se halla en Cristo y en su cruz, y que es adecuado y ofrecido libremente a todos. Yo sé que viene a todos los que se arrepienten y creen.” Eso no es suficiente.

¿Te has TU arrepentido y creído? Y si profesas arrepentimiento y fe, ¿puedes hacer que esa profesión sea comprobada-no por una vida de perfección, sino-por una vida de propósito y esfuerzo para la obediencia a Jesucristo?

“No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Fadre que está en los cielos” (Mateo 7:21). En Hebreos 5:9 leemos: “Vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.” 1 Juan 2:4 declara: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él.”

¿Puedes hacer que tu pretensión de ser cristiano se compruebe con la Biblia? ¿Manifiesta tu vida los frutos del arrepentimiento y la fe? ¿Posees una vida de unión a Cristo, obediencia a Cristo y confesión de Cristo? ¿Está tu conducta marcada por adherencia a los caminos de Cristo? No de manera perfecta-¡no! Cada día debes orar: “Perdóname mis transgresiones, como perdono a aquellos que pecan contra mí.” Pero al mismo tiempo puedes también orar: “Porque para mi el vivir es Cristo” o, en las palabras del himno:

Jesús, mi cruz he tomado
para dejarlo todo y seguirte a ti.

Un verdadero cristiano sigue a Jesús. ¿Cuántos de nosotros somos cristianos bíblicos y verdaderos? Te dejo a ti que respondas en las recámaras profundas de tu propia mente y corazón.

Pero recuerda, responde con aquella respuesta con la que estarás dispuesto a vivir por toda la eternidad. No te conformes con ninguna otra respuesta que no sea aquella que te hallará confortable en la muerte, y seguro en el día del juicio.

La Verdadera Iglesia

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  LA VERDADERA IGLESIA

 

Yo deseo que pertenezcas a la única Iglesia Verdadera: a la Iglesia fuera de la cual no hay salvación. No pregunto a dónde asistes los domingos sino pregunto si ‘¿Perteneces a la única Iglesia Verdadera?” 

 

¿Dónde se encuentra esta única Iglesia verdadera? ¿Cómo es esta Iglesia? ¿Cuáles son las características por las cuales se puede reconocer esta única Iglesia verdadera? Quizás me hagas tales preguntas. Escucha bien y te daré algunas respuestas al respecto. 

 

La única Iglesia verdadera se compone de todos los creyentes del Señor Jesús. Se compone de todos los elegidos de Dios -de todos los hombres y mujeres convertidos -de todos los cristianos verdaderos. A cualquier persona que se le manifiesta la elección de Dios el Padre, la sangre vertida de Dios el Hijo, la obra santificadora de Dios el Espíritu, lo consideramos como un miembro de la Iglesia verdadera de Cristo. 

 

Es una Iglesia en la cual todos los miembros poseen las mismas características. Todos son nacidos del Espíritu; todos poseen “un arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo,” y santidad de vida y conversación. Todos odian el pecado y todos aman a Cristo. Adoran en diferentes maneras; algunos adoran con una forma de oración, y otros sin ninguna; otros adoran hincados y otros en pie; pero todos adoran con un sólo corazón. Todos son guiados por un mismo Espíritu; todos edifican sobre el mismo cimiento; todos derivan su religión de un sólo libro la Biblia. Todos están unidos a un mismo eje-Jesucristo. Todos aun ahora pueden decir con un corazón, “Aleluya;” y todos pueden responder con un corazón y una sola voz, “Amén y Amen. 

 

Es una Iglesia que no depende de ningún ministro aquí en la tierra, aunque sí estima mucho a aquellos que predican el evangelio a sus miembros. La vida de sus miembros no depende de la membresía oficial de la Iglesia, ni del bautismo ni de la cena del Señor aunque también estiman mucho estas cosas cuando, se pueden practicar. Pero sólo posee un Líder Supremo un Pastor, un obispo principal -y ese es, Jesucristo. Sólo Él, por medio de su Espíritu, da la entrada a los miembros de esta Iglesia, aunque los ministros les pueden indicar la entrada. Hasta que Él abra la puerta ningún hombre en la tierra la puede abrir-ni obispos, ni presbíteros, ni convocaciones, ni sínodos. Una vez que un hombre se arrepiente y cree en el evangelio, se convierte en ese momento en un miembro de esta Iglesia. Es posible que como el ladrón penitente no tenga la oportunidad de bautizarse, pero él sí tiene aquello que es mucho mejor que el bautismo en el agua eI bautismo del Espíritu. Puede ser que no pueda recibir el pan y el vino en la Cena del Señor; pero él come del cuerpo de Cristo y bebe de la sangre de Cristo todos los días de su vida, y ningún ministro en la tierra se lo puede impedir. Puede ser excomulgado por hombres ordenados y cortado de las ordenanzas externas de la Iglesia protestante: pero ni todos los hombres ordenados en el mundo lo pueden sacar de la única verdadera Iglesia. 

 

Es una Iglesia cuya existencia no depende de formas, ceremonias, catedrales, iglesias, capillas, púlpitos, bautismales, vestimentas, órganos, fundaciones, dinero, reyes, gobiernos, magistrados ni de ningún favor de parte del hombre. Muchas veces ha sobrevivido y continuado cuando todas estas cosas le han sido quitadas. Muchas veces se ha escapado de aquellos que debían de ser sus amigos al desierto y a las cuevas en la tierra. Su existencia no depende de nada sino la presencia de Cristo y de su Espíritu; y como éstos estarán siempre con ella, la Iglesia no puede morir. 

 

Esta es la Iglesia a la cual pertenecen los títulos bíblicos de honra y privilegio presentes, y sus promesas de gloria futura; éste es el cuerpo de Cristo; éste es el rebaño de Cristo; ésta es la casa de fe y la familia de Dios; éste es el edificio dc Dios, el cimiento de Dios, y el templo del Espíritu Santo. Esta es la Iglesia de los primogénitos, cuyos nombres están escritos en el cielo; éste es el sacerdocio real, la generación escogida, el pueblo escogido, la posesión adquirida, la habitación de Dios, la luz del mundo, la sal y el trigo de la tierra; ésta es “la santa Iglesia Católica” del Credo de los Apóstoles; ésta es la “única Iglesia Católica y Apostólica” de Credo de Nicea; esta es la Iglesia a la cual Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella,” 5 y a la cual dice, “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 16:18; 28:) 

 

Esta es la única Iglesia que posee una verdadera unidad Sus miembros están completamente de acuerdo respecto a los asuntos más importantes de la religión, porque todos son enseñados por un mismo Espíritu. En cuanto a Dios, a Cristo, el Espíritu, al pecado, a sus propios corazones, a la fe, al arrepentimiento, a la necesidad de la santidad, al valor de la Biblia, a la importancia de la oración, a la resurrección y al juicio venidero están de acuerdo. Escoge a tres o a cuatro de ellos, sin conocerse, de las regiones más aisladas de la tierra y examínalos individualmente sobre estos puntos y verás que serán de un mismo corazón. 

 

Esta es la única Iglesia que posee la verdadera santidad. Todos sus miembros son santos. No sólo son santos en palabra, en nombre o en el sentido de caridad; todos son santos en acto y hecho, en realidad, en su vida diaria y en la verdad. Todos están más o menos conforrnados a la imágen de Jesucristo. Ningún hombre impío pertenece a esta Iglesia. 

 

Esta es la única Iglesia que es verdaderamente católica. No es la Iglesia nacional de alguna nación o raza: sus miembros se encuentran en cada región del mundo donde el evangelio es recibido y creído. No está limitada a las fronteras de cierto país ni encerrada dentro de la estructura de formas particulares ni de un gobierno externo. En ella no hay diferencia entre judío o griego, negro o blanco, piscopaliano o Presbiteriano pero la fe en Cristo es todos. Sus miembros serán juntados del norte, del sur, y del oriente y del occidente, y todos tendrán dife rentes nombres y lenguas-pero todos serán uno en Jesucristo. 

 

Esta es la única Iglesia que es verdaderamente apostólica. Está edificada sobre los cimientos echados por los Apóstoles, y sostiene las doctrinas que ellos predicaban. Las dos metas que sus miembros; procuran realizar son, la fe y la práctica apostólicas; y ellos consideran que el hombre que sólo habla de seguir a los apóstoles sin poseer estas cosas, no es mejor que un metal que resuena o címbalo que retiñe. 

 

Esta es la única Iglesia que con certeza perdurará hasta el final. Nada puede vencerla o destruirla del todo. Sus miembros pueden ser perseguidos, oprimidos, encarcelados, golpeados, decapitados, y quemados, pero la verdadera Iglesia nunca es eliminada; vuelve a surgir nuevamente de sus aflicciones sobrevive el fuego y el agua. Cuando la aplastan en un país brota en otro. Los Faraones, los Herodes, los Neros, las Marías sangrientas, han luchado por eliminar esta Iglesia; ellos matan sus miles y luego se mueren y van a su lugar. La verdadera Iglesia dura más que todos ellos, y es testigo de la muerte de éstos. Es un yunque que ha quebrado muchos martillos en este mundo, y aún seguirá quebrando más. Es una zarza que arde muchas veces pero no se consume. 

 

Esta es la única Iglesia de la cual ningún miembro perecerá. Una vez que uno se matricula en’ esta Iglesia, sus pecados están perdonados por la eternidad; nunca son echados fuera. La elección de Dios el Padre, la intercesión continua de Dios el Hijo, la renovación diaria y el poder santificador de Dios el Espíritu Santo, los rodea y los encierra como en un jardín. Ningun hueso del cuerpo místico de Cristo será roto; ningún cordero del rebaño de Cristo le será arrebatado de la mano. 

 

Esta es la Iglesia que desempeña el trabajo de Cristo en la tierra. Sus miembros son un pequeño rebaño y pocos en número, comparados con los hijos del mundo: uno cuantos aquí, otros tantos allá-unos cuantos en esta parroquia y otros tantos allá. Pero estos son los que sacuden el universo; éstos son los que cambian el destino de gobiernos con sus oraciones; éstos son los que son los obreros activos para difundir el conocimiento de la religión pura y sin mácula; éstos son los que son la misma vida de un país, el escudo, la defensa, la resistencia y el apoyo de cualquier nación a la cual pertenecen. 

 

Esta es la Iglesia que será verdaderamente gloriosa al final Cuando toda la gloria terrenal se termine entonces esta Iglesia será presentada sin mancha delante del trono de Dios el Padre. Los tronos, los principados, y los poderes en la tierra llegarán a la nada todos los dignatarios, los oficios y las fundaciones pasarán; pero la Iglesia de los primogénitos brillará como las estrellas al fin y será presentada con gozo delante del trono del Padre en el día de la apariencia de Cristo. Cuando las joyas del Señor se preparen y suceda la manifestación de los Hijos de Dios, no se mencionarán el Episcopalianismo ni el Presbiterianismo ni el Congregacionalismo sino una sola Iglesia y ésa será la Iglesia de los elegidos. 

 

Lector, esta es la iglesia verdadera a la cual uno necesita pertenecer si has de ser salvo. Hasta que pertenezcas a ésta no eres nada mas que un alma perdida. Puedes tener la forma, la cáscara, la piel y la semblanza de la religión pero no posees la substancia y la vida. Sí, puedes gozar de muchos privilegios y puede ser que estés dotado con mucha luz y conocimiento pero sino perteneces al Cuerpo de Cristo, tu luz y tu conocimiento y privilegios no salvarán tu alma. ¡Ay, cómo hay ignorancia sobre este punto! Los hombres se imaginan que si se unen a esta iglesia o a aquella y se convierten en miembros y hacen ciertos ritos que sus almas están bien. Es un engaño total y es un error muy grave. No todos aquellos que se Ilamaban Israel eran de Israel, ni tampoco todos aquellos que profesan ser cristianos son miembros del cuerpo de Cristo. 

 

Nota bien; puede ser que seas Episcopaliano, Presbiteriano Independiente, Bautista, Metodista o Pentecostal y aún un pertenecer a la iglesia verdadera. Y si no perteneces, al final seria mejor que no hubieras nacido. 

 

-por J.C. Ryle, Obispo de Liverpool

 

 

 

 

 

 

La Soledad de Dios

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LA SOLEDAD DE DIOS

        

           El titulo de este articulo quizá no sea suficientemente explicito para indicar su tema. Ello es debido, en parte, al hecho de que muy pocas personas, hoy en día, están acostumbradas a meditar sobre las perfecciones personales de Dios. Relativamente pocos de aquellos que leen la Biblia ocasionalmente, saben de la grandeza del carácter Divino, que inspira temor e incita a la adoración. Que Dios es grande en sabiduría, maravilloso en poder, y, sin embargo, lleno de misericordia, es tenido por muchos como algo casi del dominio publico; pero tomar en consideración algo parecido a un conocimiento adecuado de su Ser, su Naturaleza, sus Atributos, tal como se revelan en la Santa Escritura, es cosa que poquísimas personas han alcanzado en estos degenerados tiempos. Dios es único en su excelencia. “¿Quién como Tú, Jehová, entre los dioses? ¿Quién como Tú, magnifico en santidad, terrible en loores, hacedor de maravillas? (Éxodo 15:11).

 

           “En el principio, Dios (Génesis 1:1). Hubo un tiempo, si “tiempo” puede llamársele, cuando Dios, en la unidad de su naturaleza (aunque existiendo igualmente en tres Personas divinas), habitaba solo. “En el principio, Dios.” No habla cielo, donde su gloria es manifestada particularmente ahora. No había tierra que ocupara su atención. No había ángeles que cantaran sus alabanzas, ni universo que se sostuviese par la palabra de su poder. No habla nada ni nadie sino Dios; y esto, no durante un día, un año, o una época, sino “desde el siglo”. Durante una eternidad pasada, Dios estuvo solo: completo, suficiente, satisfecho en si mismo, no necesitando nada. Si un universo, o ánge1es, o seres humanos le hubiesen sido necesarios en alguna manera, hubiesen sido llamados a la existencia desde toda la eternidad. Nada añadieron esencialmente a Dios al ser creados. Él no cambia (Malaquías 3:6), por lo que su gloria substancial no puede ser aumentada ni disminuida.

 

Dios no estaba bajo coacción, obligación, ni necesidad alguna de crear. El hecho de que quisiera hacer lo fue puramente un acto soberano de su parte, no producido por nada fuera de si mismo; no determinado por nada sino por su propia buena voluntad, ya que El “hace todas las cosas según el consejo de su voluntad” (Efesios 1:11). Que El creara fue simplemente para su gloria manifestativa. ¿Cree alguno de nuestros lectores que hemos ido más allá de lo que la Escritura nos autoriza? Entonces, nuestra apelación será a la Ley y al Testimonio: “Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios desde el siglo hasta el siglo: y bendigan el nombre tuyo, glorioso y alto sobre toda bendición y alabanza” (Nehemías 9:5). Dios no sale ganando nada ni siquiera con nuestra adoración. El no necesitaba esa gloria externa de su gracia que procede de su redimidos, porque es suficientemente glorioso en si mismo sin ella. ¿Qué fue lo que le movió a predestinar a sus elegidos para la alabanza de la gloria de su gracia? Fue, como nos dice Efesios 1:5, “el puro afecto de su voluntad.”

 

Sabemos que el elevado terreno que estamos pisando es nuevo y extraño para casi todos nuestros lectores; por esta razón, haremos bien en movernos despacio. Recurramos de nuevo a las Escrituras. Al final de Romanos 11, donde el apóstol concluye su larga argumentación sobre la salvación par la pura y soberana gracia, pregunta: “Porque, ¿quién entendió la mente del Señor?  ¿Quién fue su consejero? ¿O quién le dio a Él primero, para que le sea pagado?” (vs. 34, 35).  La importancia de esto es que es imposible someter al Todopoderoso a obligación alguna hacia la criatura; Dios no sale ganando nada con nosotros. “Si fueres justo, ¿qué le darás a Él? ¿O qué recibirá de tu mano? Al hombre como tú dañará tu impiedad, y al hijo del hombre aprovechará tu justicia” (Job 35:7, 8), pero no pude, en verdad, afectar a Dios, quien es bendito en sí mismo. “Cuando hubiereis hecho todo lo que as es mandado, decid: Siervos inútiles somos” (Lucas 17:10), nuestra obediencia no ha aprovechado en absoluto a Dios. 

 

Es más, nuestro Señor Jesucristo no añadió nada al ser y a la gloria esencial de Dios, ni par lo que hizo, ni par la que sufrió. Es verdad, bendita y gloriosa verdad, que nos manifiesto la gloria de Dios, pero no añadió nada a Dios. El mismo lo declara explícitamente y sin apelación posible al decir: “Mi bien a ti no aprovecha” (Salmo 16:2). Todo este salmo es de Cristo. La bondad a justicia de Cristo aprovechó a sus santos en la tierra (Salmo 16:3), pero Dios estaba par encima y más allá de todo ella, pues es “el Bendito” (Marcos 14:61). 

 

Es absolutamente cierto que Dios es honrado y deshonrado par los hombres; no en su ser substancial, sino en su carácter oficial. Es igualmente cierto que Dios ha sido “glorificado” par la creación, la providencia y la redención. Esto no lo negamos, ni nos atrevemos a hacerlo. Pero todo ella tiene que ver con su gloria manifestativa, y nuestro reconocimiento de ella. Con todo, si Dios así lo hubiera deseado, habría podido continuar solo par toda la eternidad, sin dar a conocer su gloria a criatura alguna. El que la hiciera así o no, fue determinado solamente par su propia voluntad. El era perfectamente bendito en sí mismo antes de que la primera criatura, fuera llamada a la vida. Y, ¿qué son para Dios todas las obras de sus manos, incluso ahora?  Dejemos otra vez que la Escritura conteste:

 

“He aquí que las naciones son reputadas coma la gota de un acetre, y como el orín del peso; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las gentes delante de El; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es. ¿A qué pues haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?” (Isaías 40:15-18). Este es el Dios de la Escritura; si, todavía es “el Dios no conocido” (Hechos 17:23) para las multitudes descuidadas. “El esta asentado sobre el globo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; El extiende los cielos como una cortina, tiéndelos como una tienda para morar; El torna en nada los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana (Isaías 40:22, 23). ¡Cuán infinitamente distinto es el Dios de la Escritura del “dios” del pulpito corriente!

 

El testimonio del Nuevo Testamento no difiere en nada del que hallamos en el Antiguo: no podría ser de otro modo, teniendo ambos el mismo Autor. También ahí leemos: “La cual a su tiempo mostrará el Bienaventurado y solo Poderoso, Rey de reyes, y Señor de señores; quien solo tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver; al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amen” (I Timoteo 6:15,16). El tal debe ser reverenciado, glorificado y adorado. É1 está solo en su majestad, es único en su excelencia, incomparable en sus perfecciones. Él lo sostiene todo, pero, en sí mismo, es independiente de todo. El da a todos, pero no es enriquecido par nadie. 

 

Un Dios tal no puede ser conocido mediante la investigación; Él sólo puede ser conocido tal como el Espíritu Santo lo revela al corazón, par medio de la Palabra.  Es verdad que la creación revela un Creador, y que los hombres son totalmente “inexcusables”;  sin embargo, todavía tenemos que decir con Job: “He aquí, éstas son partes de sus caminos; ¡mas cuán poco hemos oído de El! Porque el estruendo de sus fortalezas, ¿quién lo detendrá?” (26:14). Creemos que el llamado argumento según designio, usado par algunos “apologistas” sinceros, ha producido mucho más daño que beneficio, ya que ha intentado bajar al gran Dios al nivel de la comprensión finita, y de este modo ha perdido de vista su excelencia única.

 

Se ha trazado una analogía con el salvaje que encuentra un reloj en la selva, quien, después de un examen detenido, deduce que existe un relojero. Hasta aquí está muy bien. Pero intentemos ir más lejos: supongamos que el salvaje trata de formarse una concepción de ese relojero, sus afectos personales y maneras; su disposición, conocimientos y carácter moral; todo lo que, en conjunto, forma una personalidad. ¿Podría nunca pensar o imaginar un hombre real – el hombre que hizo el reloj – y decir: “Yo le conozco?” Tal pregunta parece fútil pero, ¿está el Dios eterno e infinito mucho más al alcance de la razón humana? Ciertamente, no. El Dios de la Escritura puede ser conocido solamente por aquellos a los cuales El mismo se da a conocer.

 

Tampoco el intelecto puede conocer a Dios. “Dios es Espíritu” (Juan 4:24), y, por lo tanto, sólo puede ser conocido espiritualmente. El hombre caído no es espiritual, sino carnal. Está muerto a todo lo que es espiritual. A menos que nazca de nuevo, que sea llevado sobrenaturalmente de la muerte a la vida, milagrosamente trasladado de las tinieblas a la luz, no puede siquiera ver las cosas de Dios (Juan 3:3), y mucho menos entenderlas (I Corintios 2:14). El Espíritu Santo ha de resplandecer en nuestros corazones (no en el intelecto) para darnos “el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (II Corintios 4:6). E incluso el conocimiento espiritual es solamente fragmentario. El alma regenerada ha de crecer en la gracia y conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (II Pedro 3:18).

 

La oración y propósito principales de los cristianos han de ser el “andar como es digno del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios” (Colosenses 1:10).

 

Arthur W. Pink

¿A Dónde Vas?

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El tiempo vuela. Los días, las semanas, los meses y los años se deslizan con una velocidad increíble, y se van antes que nosotros nos demos cuenta. Tal parece como si ellos tan pronto han comenzado, ya se acabaron; pasaron a la eternidad. Así, también, los sucesos del día pronto preceden a una distancia pasada. Todo en este mundo es pasajero, nada es estable y duradero. “Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un pensamiento” (Sal. 90:9). Estando absorbidos cuidadosamente con las ocupaciones, labores y esfuerzos de la vida, somos más o menos insensibles a la ligereza del tiempo que pasa, del solemne hecho que la vida misma se nos va rápido, y que el fin de nuestra peregrinación terrenal se aproxima veloz y segura. Si nosotros fuéramos conscientes de que nuestro tiempo se vuelve corto, sea que nos deshagamos del pensamiento o consideramos que de alguna u otra manera todo estará bien al final.

 

            Cuán importante es que mantengamos en nuestra mente, que nuestra muerte esta siempre en el horizonte, que nosotros estamos separados sólo por un latido del corazón, y que cuando morimos, seremos introducidos a la eternidad de la cual no hay regreso ni escape. Ya que la muerte es tan común, no dedicamos suficiente pensamiento a esto. Parece que hemos desarrollado un sentido de inmunidad para tal experiencia. Porque la muerte parece ser tan vaga, irreal e improbable, fracasamos al considerarla seriamente. Al contrario, vivimos como si estuviéramos muy seguros de tener muchos años de vida, cuando la Palabra de Dios fielmente nos advierte: “No te jactes del día de mañana; porque no sabes qué dará de si el día” (Proverbios 27: 1).

 

            Escuchamos y leemos del gran número de muertos en guerras y en accidentes, de miles de los que se mueren de hambre en el Africa y la India. Pero a esto no le dedicamos ningún pensamiento; no significa mucho para nosotros ya que no estamos personalmente envueltos. Un vecino de nuestra calle muere, o una de nuestros seres queridos fallece. Esto pueda ser que nos cause detenernos a pensar por un momento, pero pronto se nos olvida y continuamos nuestro camino día tras día. Muchos se preocupan por sus cuerpos pero descuidan totalmente los intereses por sus almas inmortales. Pero “¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Marcos 8:36-37). Muchos se dejan llevar sin propósito a través de la vida sin ninguna preocupación en cuanto a lo que esta delante de ellos, aparentemente presuponen que de alguna u otra manera todo les saldrá bien al final. Esto es lo que esperan; y ellos se dan el beneficio de cualquier duda.

 

            Muchos no están conscientes de su condición perdida. Aunque ellos no se consideran ser perfectos, todavía no están enterados de que hay algo muy serio con ellos. Son respetables, ciudadanos obedientes a la ley, y se consideran no ser peores que sus vecinos; y aunque apenas leen la Biblia o entran a una iglesia, ellos esperan totalmente ir al cielo cuando mueran. Algunos admitirán que son pecadores, pero piensan que sus buenas obras sobrepasarán sus malas acciones. Algunos se imaginan que todo estará muy bien con ellos porque se unieron a “la iglesia de su selección,” fueron bautizados y toman parte de la Cena del Señor. Por el contrario, la Palabra de Dios nos informa que somos salvos, “no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho” (Tito 3:5). Nuevamente se nos dice que “ninguno hay bueno sino uno: Dios” (Mateo 19:17); que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23), y que la ira de Dios está sobre tales (Juan 3:36). Esta es la condición de cada pecador no salvo a la vista de Dios, sea él rey o mendigo, alto o bajo, rico o pobre. Oh amigo mío. Pon atención a la amonestación divina, “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que esta cercano, deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de é1 misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isa. 55:6-7). Mira por fe al Cristo exaltado mientras el tiempo y la oportunidad son tuyas. “porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Rom. 10: 13). Tú tienes Su promesa, “Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar” (Mat 11:28), y “al que a mi viene, no le hecho fuera” (Juan 6:37).

 

            Cristo recibe a los pecadores- “porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Mat. 9:13). ¿Vendrás tú a El? “He aquí ahora el día de salvación” (2 Cor. 6:2). “Bienaventurados todos los que en Él confían”. (Sal. 2:12).

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I.C. Herendeen

La Elección

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La Elección

Es verdad que no se puede convertir en un discurso sobre el libre albedrío (eso lo sabemos muy bien) pero sí se puede convertir en un discurso sobre la gracia inmerecida: y el tema de la gracia inmerecida es de resultados prácticos, cuando las verdaderas doctrinas del amor inmutable de Dios son presentadas para que obren en los corazones de los santos y de los pecadores.

Ahora, yo confío que hoy, algunos de ustedes que se asustan con el simple sonido de esta palabra, dirán: “voy a escucharla con objetividad; voy a hacer a un lado mis prejuicios; voy a oír simplemente lo que este hombre tiene que decir.” No cierren sus oídos ni digan de entrada: “es doctrina muy elevada.” ¿Quién te ha autorizado a que la llames muy alta o muy baja? ¿Por qué te quieres oponer a la doctrina de Dios? Recuerda lo que les ocurrió a los muchachos que se burlaban del profeta de Dios, exclamando: “¡Calvo, sube! ¡Calvo, sube!” No digas nada en contra de las doctrinas de Dios, para evitar que salga del bosque una fiera y te devore a ti también. Hay otras calamidades además del manifiesto juicio del cielo: ten cuidado que no caigan sobre tu cabeza.

Haz a un lado tus prejuicios: escucha con calma, escucha desapasionadamente: oye lo que dice la Escritura. Y cuando recibas la verdad, si a Dios le place revelarla y manifestarla a tu alma, que no te dé vergüenza confesarla. Confesar que ayer estabas equivocado, es solamente reconocer que hoy eres un poco más sabio. Y en vez de que sea algo negativo para ti, da honor a tu juicio, y demuestra que estás mejorando en el conocimiento de la verdad. Que no te dé vergüenza aprender, y hacer a un lado tus viejas doctrinas y puntos de vista, y adoptar eso que puedes ver de manera más clara en la Palabra de Dios. Pero si no ves que esté aquí en la Biblia, sin importar lo que yo diga, o a qué autoridades hago referencia, te suplico, por amor de tu alma, que rechaces lo que digo. Y si desde este púlpito alguna vez oyes cosas contrarias a la Sagrada Palabra, recuerda que la Biblia debe ser lo primero, y el ministro de Dios debe estar sometido a Ella.

Nosotros no debemos estar por sobre la Biblia cuando predicamos, sino que debemos predicar con la Biblia sobre nuestras cabezas. Después de todo lo que hemos predicado, estamos muy conscientes que la montaña de la verdad es más alta de lo que nuestros ojos pueden discernir. Nubes y oscuridad rodean su cima, y no podemos distinguir su pico más elevado. Sin embargo, vamos a tratar de predicar lo mejor que podamos.
Pero como somos mortales y sujetos a equivocarnos, ustedes mismos deben juzgarlo todo. “Probad los espíritus si son de Dios;” y si estando de rodillas reflexionando maduramente, ustedes son guiados a rechazar la elección (cosa que yo considero totalmente imposible) entonces deséchenla. No escuchen a quienes predican la elección, sino crean y confiesen aquello que ven que es la Palabra de Dios. No puedo agregar nada más a manera de introducción.
 

 

Entonces, en primer lugar, voy a referirme a la veracidad de esta doctrina: “de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación.” En segundo lugar, voy a tratar de demostrar que esta elección es absoluta: “Él os haya escogido desde el principio para salvación,” no para santificación, sino “mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.” En tercer lugar, esta elección es eterna porque el texto dice: “de que Dios os haya escogido desde el principio.” En cuarto lugar, es personal: “Él os haya escogido.” Y luego vamos a reflexionar sobre los efectos de esta doctrina: ver lo que produce; y finalmente, conforme la capacidad que nos dé Dios, vamos a intentar considerar sus consecuencias, y ver si en efecto es una doctrina terrible que conduce a una vida licenciosa. Tomaremos la flor, y como verdaderas abejas, vamos a comprobar si hay algo de miel allí; si algo bueno está contenido en ella, o si es un mal concentrado y sin mezcla.
I. En primer lugar debo demostrar que la doctrina es VERDADERA. Permítanme comenzar con un argumentum ad hominem (argumento al hombre); voy a hablarles de acuerdo a sus diferentes posiciones y cargos. Algunos de ustedes pertenecen a la Iglesia de Inglaterra, y me da gusto ver que hay muchos presentes hoy aquí. Aunque ciertamente digo de vez en cuando cosas muy duras acerca de la Iglesia y el Estado, sin embargo yo amo a la vieja Iglesia, pues hay en esa denominación muchos ministros piadosos y santos eminentes. Ahora, yo sé que ustedes son grandes creyentes en lo que los Artículos declaran como doctrina correcta. Les voy a dar una muestra de lo que los Artículos afirman en lo relativo a la elección, de tal forma que si creen en los Artículos, no pueden rechazar esta doctrina de la elección. Voy a leer un fragmento del Artículo 17 que se refiere a la Predestinación y a la Elección:
 

 

“La predestinación para vida es el propósito eterno de Dios, por medio del cual (antes que los cimientos del mundo fueran puestos) Él ha decretado de manera permanente por Su consejo secreto para nosotros, liberar de la maldición y condenación a aquellas personas que Él ha elegido en Cristo de entre toda la humanidad, y traerlos por medio de Cristo a la salvación eterna, como vasos hechos para honra. De donde quienes han sido dotados con bendición tan excelente de Dios, son llamados de acuerdo al propósito de Dios por Su Espíritu que obra en el momento debido; ellos obedecen el llamado por la gracia; son justificados gratuitamente; son hechos hijos de Dios por adopción; son conformados a la imagen del Unigénito Hijo Jesucristo; ellos caminan religiosamente en buenas obras, y al final, por la misericordia de Dios, alcanzan la dicha eterna.”

Entonces, pienso que cualquier miembro de esa denominación, si en efecto es un creyente sincero y honesto en su Madre Iglesia, debe ser un pleno creyente de la elección. Es verdad que si ve otras partes del Ritual anglicano, encontrará cosas contrarias a las doctrinas de la gracia inmerecida, y totalmente ajenas a la enseñanza de la Escritura. Pero si mira a los Artículos, no puede dejar de ver que Dios ha elegido a Su pueblo para vida eterna. Sin embargo no estoy tan perdidamente enamorado de ese libro como pueden estarlo ustedes; y sólo he utilizado este Artículo para demostrarles que si pertenecen a la iglesia oficial de Inglaterra no deberían objetar de ninguna manera esta doctrina de la predestinación.

Otra autoridad humana por la cual puedo confirmar la doctrina de la elección, es el antiguo credo de los Valdenses. Si leen el credo de los antiguos Valdenses, que elaboraron en medio del ardiente fuego de la persecución, verán que estos renombrados profesantes y confesores de la fe cristiana, recibieron y abrazaron muy firmemente esta doctrina, como parte de la verdad de Dios. He copiado de un viejo libro un de los Artículos de su fe:

“Que Dios salva de la corrupción y de la condenación a aquellos que Él ha elegido desde la fundación del mundo, no a causa de ninguna disposición, fe, o santidad que Él hubiera previsto de antemano en ellos, sino por su pura misericordia en Cristo Jesús Su Hijo, dejando a un lado a todos los demás, según la irreprensible razón de Su soberana voluntad y justicia.”

Entonces no es una novedad lo que yo predico; no es una doctrina nueva. Me encanta proclamar estas viejas doctrinas poderosas, que son llamadas con el sobrenombre de Calvinismo, pero que son segura y ciertamente la verdad revelada de Dios en Cristo Jesús. Por esta verdad yo hago una peregrinación al pasado, y conforme avanzo, veo a un padre tras otro, a un confesor tras otro, a un mártir tras otro, ponerse de pie para darme la mano. Si yo fuera un pelagiano, o un creyente de la doctrina del libre albedrío, tendría que caminar por muchos siglos completamente solo. Aquí y allá algún hereje de carácter no muy honorable podría levantarse y llamarme hermano. Pero tomando estas cosas como la norma de mi fe, yo veo la tierra de los antepasados poblada por mis hermanos; veo multitudes que confiesan lo mismo que yo, y reconocen que esta es la religión de la propia iglesia de Dios.

También les doy un extracto de la antigua Confesión Bautista. Nosotros somos Bautistas en esta congregación (por lo menos la mayoría de nosotros) y nos gusta ver lo que escribieron nuestros propios antecesores. Hace aproximadamente unos doscientos años los Bautistas se reunieron, y publicaron sus artículos de fe, para poner un fin a ciertos reportes en contra de su ortodoxia que se habían difundido por el mundo. Voy a referirme ahora a este viejo libro (que yo acabo de publicar) y puedo leer lo siguiente:
Artículo Tercero: “Por el decreto de Dios, para manifestación de Su gloria, algunos hombres y algunos ángeles son predestinados o preordenados para vida eterna por medio de Jesucristo, para alabanza de Su gracia gloriosa; otros son dejados para actuar en sus pecados para su justa condenación, para alabanza de Su justicia gloriosa. Estos hombres y estos ángeles que son así predestinados y preordenados son particularmente e inmutablemente designados, y su número es tan exacto y definido, que no puede ser ni aumentado ni disminuido. Aquellas personas que están predestinadas para vida, Dios, desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo a Su eterno e inmutable propósito, y al secreto consejo y buen agrado de Su voluntad, los ha elegido en Cristo para gloria eterna por Su gracia inmerecida y amor, sin que haya ninguna cosa en la criatura como una condición o causa que haya movido a Dios para esa elección.”
En lo que concierne a estas autoridades humanas, la verdad, no les doy mucha importancia. No me importa lo que digan, ya sea a favor o en contra de esta doctrina. Solamente me he referido a ellas como un tipo de confirmación de la fe de ustedes, para mostrarles que a pesar de que me tachen de hereje y de hipercalvinista, tengo el respaldo de la antigüedad. Todo el pasado está de mi lado. El presente no me importa. Déjenme el pasado y tendré esperanza en el futuro. Si el presente me ataca, no me importa. Aunque un sinnúmero de iglesias aquí en Londres hayan olvidado las grandes y fundamentales doctrinas de Dios, no importa. Si tan sólo un pequeño grupo de nosotros nos quedamos solos manteniendo firmemente la soberanía de nuestro Dios, si nuestros enemigos nos atacan, ¡ay! y aun nuestros propios hermanos, que debieran ser nuestros amigos y colaboradores, no importa. Basta con que podamos contar con el pasado; el noble ejército de mártires, el glorioso escuadrón de los confesores, son nuestros amigos; los testigos de la verdad vienen a defendernos. Si ellos están de nuestro lado, no podremos decir que estamos solos, sino que podemos exclamar: “Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal.” Pero lo mejor de todo es que Dios está con nosotros.

 

 

La única gran verdad es siempre la Biblia, y únicamente la Biblia. Queridos lectores, ustedes no creen en ningún otro libro que no sea la Biblia ¿no es cierto? Si yo pudiera demostrar esto basándome en todos los libros de la cristiandad; si yo pudiera recurrir a la Biblioteca de Alejandría, para comprobar su verdad, no lo creerían más de lo que ustedes creen porque está en la Palabra de Dios.

He seleccionado unos cuantos textos para leerlos. Me gusta citar abundantemente los textos cuando temo que ustedes pueden desconfiar de una verdad, a fin de que estén lo suficientemente convencidos para que no haya lugar a dudas, si es que en verdad no creen. Permítanme entonces mencionar un catálogo de textos en los que el pueblo de Dios es llamado elegido. Naturalmente, si el pueblo es llamado elegido, debe haber una elección. Si Jesucristo y Sus apóstoles estaban acostumbrados a describir a los creyentes por medio del título de elegidos, ciertamente debemos creer que lo eran, pues de lo contrario el término no significa nada.
Jesucristo dice: “Y si el Señor no hubiese acortado aquellos días, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos que él escogió, acortó aquellos días.” “Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar, si fuese posible, aun a los escogidos.” “Y entonces enviará sus ángeles, y juntará a sus escogidos de los cuatro vientos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.” (Marcos 13: 20, 22, 27) “¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? (Lucas 18: 7) Podríamos seleccionar muchos otros textos, que contienen la palabra “elegido,” o “escogido,” o “preordenado,” o “designado,” o la frase “mis ovejas,” o alguna descripción similar, mostrando que el pueblo de Cristo es diferente del resto de la humanidad.
 

 

Pero ustedes tienen sus concordancias, y no los voy a importunar con más textos. A través de las epístolas, los santos son constantemente llamados “los elegidos.” En su carta a los Colosenses, Pablo dice: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia.” Cuando le escribe a Tito, se llama a sí mismo: “Pablo, siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, conforme a la fe de los escogidos.” Pedro dice: “Elegidos según la presciencia de Dios Padre.” Y si vamos a Juan, encontraremos que le gusta mucho esa palabra. Dice: “El anciano a la señora elegida;” y habla de: “tu hermana, la elegida.” Y sabemos dónde está escrito: “La iglesia que está en Babilonia, elegida juntamente con vosotros.” Ellos no se avergonzaban de esa palabra en aquellos días; no tenían miedo de hablar de ella.

En nuestros días esa palabra ha sido revestida con una diversidad de significados, y las personas han mutilado y desfigurado la doctrina, de tal forma que la han convertido en una verdadera doctrina de demonios, lo confieso. Y muchos que se llaman a sí mismos creyentes, se han pasado a las filas del antinomianismo. Pero a pesar de esto, ¿por qué he de avergonzarme de eso, si los hombres la pervierten? Nosotros amamos la verdad de Dios aun en medio del tormento, de la misma manera que cuando es ensalzada. Si hubiera un mártir que nosotros amáramos antes de que fuera llevado al suplicio, lo amaríamos todavía más mientras está siendo atormentado.

Cuando la verdad de Dios está siendo atormentada, no por eso la vamos a catalogar como una falsedad. No nos gusta verla en el suplicio, pero la amamos aun cuando es martirizada, pues podemos discernir cuáles deberían haber sido sus justas proporciones si no hubiera sido atormentada y torturada por la crueldad e invenciones de los hombres. Si ustedes leen muchas de las epístolas de los padres de la antigüedad, encontrarán que siempre escriben al pueblo de Dios como “elegido.” Ciertamente, el término conversacional común usado por los primitivos cristianos entre sí, en muchas de las iglesias, era el de “elegido.” A menudo usaban el término para llamarse entre sí, mostrando que era una creencia general que todo el pueblo de Dios era manifiestamente “elegido.”

Ahora vamos a unos textos que prueban positivamente esta doctrina. Abran sus Biblias en el evangelio de Juan 15: 16, y allí verán que Jesucristo ha elegido a Su pueblo, pues Él dice: “No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé.” Y luego en versículo 19: “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.” Luego en el capítulo 17, versículos 8 y 9: “Porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son.” Leemos en Hechos 13: 48: “Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.” Pueden intentar retorcer este versículo, pero dice: “ordenados para vida eterna” tan claramente, que no cabe ninguna duda en su interpretación; y nos tienen sin cuidado los diferentes comentarios que se hacen sobre él. Creo que casi no es necesario que les recuerde el capítulo 8 de Romanos, pues confío que ustedes conocen muy bien ese capítulo y lo entienden. En el versículo 29 y siguientes, dice: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios?” Tampoco sería necesario leer todo el capítulo 9 de Romanos. En tanto que ese capítulo permanezca en la Biblia, ningún hombre será capaz de probar el arminianismo; mientras eso esté escrito allí, ni las más violentas contorsiones de esos textos podrán exterminar de la Escritura, la doctrina de la elección.

Leamos algunos versículos como éstos: “(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor.” Luego pasemos al versículo 22: “¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria. Luego pasemos a Romanos 11:7: “¿Qué pues? Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero los escogidos sí lo han alcanzado, y los demás fueron endurecidos,” y en el versículo 5 del mismo capítulo, leemos: “Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia.” Sin duda todos ustedes recuerdan el pasaje de 1 Corintios 1: 26-29: “Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.” También recuerden el pasaje en 1 Tesalonicenses 5: 9: “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo.” Y luego tienen el texto que estamos analizando, el cual, pienso, sería suficiente. Pero, si necesitan más textos, pueden encontrarlos buscándolos con calma, si no hemos logrado eliminar sus sospechas de que esta doctrina no es verdadera.

Me parece, amigos míos, que esta sobrecogedora cantidad de versículos debería hacer temblar a quienes se atreven a burlarse de esta doctrina. ¿Qué diremos de aquéllos que a menudo la han despreciado, y han negado su divinidad, que han atacado su justicia, y se han atrevido a desafiar a Dios y lo llaman un tirano Todopoderoso, cuando han escuchado que Él ha elegido a un número específico para vida eterna? ¿Puedes tú, que rechazas esa doctrina, quitarla de la Biblia? ¿Puedes tú tomar el cuchillo de Jehudí y extirparla de la Palabra de Dios? ¿Quieres ser como la mujer a los pies de Salomón que aceptó que el niño fuera dividido en dos mitades, para que puedas tener tu mitad? ¿Acaso no está aquí en la Escritura? ¿Y no es tu deber inclinarte ante ella, y mansamente reconocer que no la entiendes: recibirla como la verdad aunque no puedas entender su significado?

No voy a intentar demostrar la justicia de Dios al haber elegido a algunos y haber pasado por alto a otros. No me corresponde a mí, vindicar a mi Señor. Él hablará por Sí mismo y en efecto lo hace: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” ¿Quién es aquél que dirá a su padre: “qué has engendrado?” O a su madre: “¿qué has traído al mundo?” “Yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto.” ¿Quién eres tú para que alterques con Dios? Tiembla y besa Su vara; inclínate y sométete a Su cetro; no impugnes Su justicia, ni denuncies Sus actos ante tu propio tribunal, ¡oh, hombre!

Pero hay quienes dicen: “Dios es cruel cuando elige a uno y pasa por alto a otro.” Entonces, yo les preguntaría: ¿Hay alguien el día de hoy que desea ser santo, que desea ser regenerado, que desea abandonar el pecado y caminar en santidad? “Sí, hay,” dice alguien, “Yo quiero.” Entonces Dios te ha elegido a ti. Sin embargo otro dice: “No; yo no quiero ser santo; no quiero dejar mis pasiones ni mis vicios.” ¿Por qué te quejas, entonces, de que Dios no te haya elegido a ti? Pues si hubieras sido elegido, no te gustaría, según lo estás confesando. Si Dios te hubiera elegido hoy a la santidad, tú dices que no te importa. ¿Acaso no estás reconociendo que prefieres la borrachera a la sobriedad, la deshonestidad a la honestidad?
Amas los placeres de este mundo más que la religión; ¿entonces, por qué te quejas que Dios no te haya elegido para la religión? Si amas la religión, Él te ha elegido para la religión. Si la deseas, Él te ha elegido para ella. Si no la deseas, ¿qué derecho tienes de decir que Dios debió haberte dado aquello que no deseas? Suponiendo que tuviera en mi mano algo que tú no valoras, y que yo dijera que se lo voy a dar a tal o cual persona, tú no tendrías ningún derecho de quejarte de que no te lo estoy dando a ti. No podrías ser tan necio de quejarte porque alguien más ha obtenido aquello que a ti no te importa para nada.
De acuerdo a la propia confesión de ustedes, hay muchos que no quieren la religión, no quieren un nuevo corazón y un espíritu recto, no quieren el perdón de sus pecados, no quieren la santificación; no quieren ser elegidos a estas cosas: entonces, ¿por qué se quejan? Ustedes consideran todo esto como cosas sin valor, y entonces ¿por qué se quejan de Dios, que ha dado esas cosas a quienes Él ha elegido? Si consideras que esas cosas son buenas y tienes deseos de ellas, entonces están disponibles para ti. Dios da abundantemente a todos aquellos que desean; y antes que nada, Él pone el deseo en ellos, de otra forma nunca lo desearían. Si amas estas cosas, Él te ha elegido para ellas, y puedes obtenerlas; pero si no es así, quién eres tú para criticar a Dios, cuando es tu propia voluntad desesperada la que te impide amar estas cosas. ¿Cuando es tu propio yo el que te hace odiarlas?

 

 

Supongan que un hombre que va por la calle dice: “Qué lástima que no haya un asiento disponible para mí en la capilla, para poder oír lo que este hombre tiene que decir.” Y supongan que dice: “Odio a ese predicador; no puedo soportar su doctrina; pero aún así, es una lástima que no haya un asiento disponible para mí.” ¿Esperarían ustedes que alguien diga eso? No: de inmediato dirían: “a ese hombre no le importa. ¿Por qué habría de preocuparle que otros alcancen lo que valoran y que él desprecia?”

No amas la santidad, no amas la justicia; si Dios me ha elegido para estas cosas, ¿te ha ofendido por eso? “¡Ah! Pero,” dice alguien, “yo pensé que eso significa que Dios ha elegido a unos para ir al cielo y a otros para ir al infierno.” Eso es algo totalmente diferente de la doctrina evangélica. Él ha elegido a unos hombres a la santidad y a la justicia y por medio de ellas, al cielo. No debes decir que los ha elegido simplemente para ir al cielo y a los otros para ir al infierno. Él te ha elegido para la santidad, si amas la santidad. Si cualquiera de ustedes quiere ser salvado por Jesucristo, Jesucristo le ha elegido para ser salvado. Si cualquiera de ustedes desea tener la salvación, ese ha sido elegido para la salvación, si la desea sinceramente y ardientemente. Pero si tú no la deseas, ¿por qué habrías de ser tan ridículamente tonto de quejarte porque Dios da eso que no quieres a otras personas?

II. De esta forma he tratado de decir algo en relación a la verdad de la doctrina de la elección. Y ahora, rápidamente, déjenme decirles que la elección es ABSOLUTA: esto es, no depende de lo que nosotros somos. El texto dice: “de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación;” pero nuestros oponentes afirman que Dios elige a unos hombres porque son buenos, que los elige a causa diversas obras que han hecho. Ahora, en respuesta a esto, nosotros preguntamos, ¿qué obras son esas por las que Dios elige a Su pueblo? ¿Acaso es lo que llamamos comúnmente “obras de la ley,” obras de obediencia que la criatura puede llevar a cabo? Si es así, nosotros les respondemos: “si los hombres no pueden ser justificados por las obras de la ley, no parece muy claro que puedan ser elegidos por las obras de la ley; si no pueden ser justificados por sus buenas obras, tampoco pueden ser salvados por esas obras.” Por tanto el decreto de la elección no pudo haber sido formado sobre la base de buenas obras.

“Pero,” dicen otros, “Dios lo eligió porque conocía de antemano su fe.” Ahora, Dios es el que da la fe, por tanto no pudo haberlos elegido a causa de su fe, que Él conocía de antemano. Supongamos que hubiera veinte mendigos en la calle, y yo determinara darle dinero a uno de ellos. ¿Podría alguien decir que yo decidí darle a ese dinero, que yo elegí dárselo, porque conocía de antemano que él aceptaría ese dinero? Eso sería una tontería. De igual manera, decir que Dios eligió a unos hombres porque conocía de antemano que ellos habrían de tener la fe, que es la salvación en germen, sería tan absurdo que no vale la pena ni escucharlo.
La fe es el don de Dios. Toda virtud viene de Él. Por tanto, la fe no pudo haberlo llevado a elegir a los hombres, porque es Su don. La elección, estamos convencidos de ello, es absoluta, y completamente independiente de las virtudes que adornan a los santos posteriormente. Aunque un hombre fuera tan santo y devoto como Pablo; aunque fuera tan valiente como Pedro, o tan amante como Juan, aun así no podría exigirle nada a su Hacedor. Todavía no he conocido a ningún santo de ninguna denominación, que haya pensado que Dios lo salvó porque vio de antemano que tendría estas virtudes y méritos.
 

 

Ahora, mis queridos hermanos, las mejores joyas que un santo puede lucir jamás, si son joyas elaboradas por su propio diseño, no son de purísima calidad. Hay siempre un poco de barro mezclado en ellas. La gracia más elevada que pudiéramos poseer, tiene algo de mundano mezclado en ella. Sentimos esto en la medida que nos refinamos más, cuando tenemos mayor santificación, y nuestro lenguaje debe ser siempre:

“Yo soy el primero de los pecadores; Jesús murió por mí.”


Nuestra única esperanza, nuestro único argumento, pende de la gracia manifestada en la persona de Jesucristo. Y tengo la certeza que debemos rechazar y desechar completamente cualquier pensamiento que nuestras virtudes, que son dones de nuestro Señor, sembradas por su diestra, pudieran ser la causa de Su amor. Y debemos cantar en todo momento:

“¿Qué había en nosotros que mereciera la estima O que produjera deleite en el Creador?
Fue únicamente, Padre, y siempre debemos cantar, Porque pareció bueno a Tus ojos.”


“Tendré misericordia del que tendré misericordia:” Él salva porque quiere salvar. Y si me preguntaran por qué me ha salvado a mí, sólo puedo decir, porque Él quiso hacerlo. ¿Acaso había algo en mí que me pudiera recomendar ante Dios? No, hago a un lado todo, no había nada recomendable en mí. Cuando Dios me salvó, yo era el más bajo, perdido y arruinado de la raza. Estaba ante Él como un bebé desnudo bañado en mi propia sangre. Verdaderamente, yo era impotente para ayudarme a mí mismo. ¡Oh, cuán miserable me sentía y me reconocía! Si ustedes tenían algo que los hiciera aceptables a Dios, yo nunca lo tuve. Yo estaré contento de ser salvado por gracia, por pura gracia, sin ninguna otra mezcla. Yo no puedo presumir de ningún mérito. Si tú puedes hacerlo, muy bien, yo no puedo. Yo debo cantar:

“Gracia inmerecida únicamente de principio a fin, Ha ganado mi afecto y mantenido mi alma muy firme.”


III. En tercer lugar, esta elección es ETERNA. “De que Dios os haya escogido desde el principio para salvación. ¿Puede decirme alguien cuándo fue el principio? Hace años creíamos que el principio de este mundo fue cuando Adán fue creado; pero hemos descubierto que miles de años antes de eso, Dios estaba preparando la materia caótica para hacerla una adecuada morada para el hombre, poniendo razas de criaturas sobre la tierra, que murieron y dejaron tras sí las marcas de Su obra y Su maravillosa habilidad, antes de crear al hombre. Pero eso no fue el principio, pues la revelación apunta a un período cuando este mundo fue formado, a los días cuando las estrellas matutinas fueron engendradas; cuando, como gotas de rocío de los dedos de la mañana, las estrellas y las constelaciones cayeron goteando de la mano de Dios; cuando, de Sus propios labios, salió la Palabra que puso en marcha a las pesadas órbitas; cuando con Su propia mano envió a los cometas, que como rayos, vagaron por el cielo, hasta encontrar un día su propia esfera. Regresaremos a edades remotas, cuando los mundos fueron hechos y los sistemas formados, pero ni siquiera nos hemos acercado al principio todavía. Hasta que no hayamos ido al tiempo cuando todo el universo dormía en la mente de Dios y no había nacido todavía, hasta que entremos en la eternidad donde Dios el Creador vivía solo, y todas las cosas dormían dentro de Él, toda la creación descansaba en Su omnipotente pensamiento gigantesco, no habremos todavía adivinado el principio. Podemos caminar hacia atrás, y atrás, y atrás, a lo largo de todas las edades. Podemos volver, si se nos permite usar esas extrañas palabras, a lo largo de eternidades enteras, y sin embargo nunca llegar al principio. Nuestras alas se podrían cansar, nuestra imaginación se podría extinguir; y aunque pudiera superar al rayo que brilla majestuosamente, con poder y velocidad, pronto se cansaría mucho antes de poder alcanzar el principio.
Pero Dios eligió a Su pueblo desde el principio; cuando el intocado éter no había sido sacudido por el aleteo del primer ángel, cuando el espacio no tenía orillas, o más aún, cuando no existía, cuando reinaba el silencio universal, y ni una sola voz ni ningún susurro turbaba la solemnidad del silencio, cuando no había ningún ser, ni movimiento, ni tiempo, ni nada sino sólo Dios, solo en Su eternidad; cuando no se escuchaba el himno de ningún ángel, y no se tenía la asistencia de los querubines, mucho antes que nacieran los seres vivientes, o que las ruedas de la carroza de Jehová fueran formadas, aún antes, “en el principio era el Verbo,” y en el principio el pueblo de Dios era uno con el Verbo, y “en el principio Él los escogió para vida eterna.” Entonces nuestra elección es eterna. No me voy a detener para demostrar esto, solamente paso por estos pensamientos de manera rápida para beneficio de los jóvenes principiantes, para que puedan entender lo que queremos decir por elección eterna y absoluta.
 

 

IV.

A continuación, la elección es PERSONAL. Aquí también, nuestros oponentes han intentado derribar la elección diciéndonos que es una elección de naciones y no de personas. Pero aquí el apóstol nos dice: “Dios os ha escogido desde el principio.” Decir que Dios no ha elegido a personas sino a naciones es la tergiversación más miserable que se haya hecho sobre la tierra, pues la mismísima objeción que se presenta en contra de la elección de personas, se puede presentar en contra de la elección de una nación. Si no fuera justo elegir a una persona, sería todavía más injusto elegir a una nación, puesto que las naciones no son sino la unión de multitudes de personas, y elegir a una nación parecería todavía un crimen mayor y gigantesco (si la elección fuera un crimen) que elegir a una persona. Ciertamente elegir a diez mil sería considerado algo peor que elegir a uno; distinguir a toda una nación del resto de la humanidad, parece una mayor extravagancia en los actos de la divina soberanía, que elegir a un pobre mortal y pasar por alto a otro.
Pero ¿qué son las naciones sino hombres? ¿Qué son los pueblos enteros sino combinaciones de diferentes unidades? Una nación está constituida por ese individuo, y por ese otro, y por aquél otro. Y si me dices que Dios eligió a los judíos, yo respondo entonces, que Él eligió a este judío, y a ese judío y a aquel judío. Y si tú dices que Él elige a Inglaterra, entonces yo digo que Él elige a este hombre inglés, y a ese hombre inglés y a aquel hombre inglés. Así que después de todo se trata de la misma cosa. Entonces, la elección es personal: así debe ser. Cualquiera que lea este texto, y otros textos similares, verá que la Escritura continuamente habla del pueblo de Dios, considerando a cada individuo, y habla de todos ellos como siendo los sujetos especiales de la elección.
 

 

“Hijos somos de Dios por la elección, Los que creemos en Jesucristo; Por un designio eterno
Gracia soberana recibimos aquí.”


Sabemos que es una elección personal.

V. El otro pensamiento es (pues mi tiempo vuela muy rápidamente y me impide detenerme sobre estos puntos) que la elección produce BUENOS RESULTADOS. “De que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.” ¡Cuántos hombres confunden completamente la doctrina de la elección! ¡Y cómo hierve mi alma cuando recuerdo los terribles males que se han acumulado por la perversión y el rechazo de esa gloriosa porción de la verdad gloriosa de Dios! ¡Cuántos no hay por ahí que se han dicho a sí mismos: “yo soy un elegido,” y se han sentado perezosamente, y peor aún han dicho: “yo soy el elegido de Dios,” y con ambas manos han hecho la maldad! Rápidamente han corrido a todo tipo de inmundicia, porque han dicho: “yo soy el hijo escogido de Dios, y por tanto independientemente de mis obras, puedo vivir como se me dé la gana, y hacer lo que yo quiera.” ¡Oh, amados! Permítanme solemnemente advertir a cada uno de ustedes que no lleven esa muy lejos; o más bien, que no conviertan esa verdad en un error, pues no la podemos estirar mucho. Podemos pasar por sobre los límites de la verdad; podemos convertir eso que tenía la intención de ser dulce para nuestro consuelo, en una terrible mezcolanza para nuestra destrucción.

Les digo que ha habido miles de personas que han ido a la ruina por entender de manera equivocada la elección; que han dicho: “Dios me ha elegido para el cielo y para vida eterna;” pero a ellos se les ha olvidado que está escrito que Dios los ha elegido: “mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.” Esta es la elección de Dios: una elección para santificación y para fe. Dios elige a Su pueblo para que sea santo, y para que sea un pueblo de creyentes. ¿Cuántos de mis lectores son creyentes? ¿Cuántos miembros de mi congregación pueden poner su mano en el corazón y decir: “Yo confío en Dios que he sido santificado?” ¿Hay alguien entre ustedes que pueda decir: “yo soy un elegido” mientras yo pueda recordarle cómo blasfemó la semana pasada?

Uno de ustedes dice: “yo confío ser uno de los elegidos” pero yo le recuerdo acerca de un acto de depravación cometido dentro de los últimos seis días. Alguien más dice: “yo soy un elegido” pero yo puedo mirarle a la cara y decirle: “¡elegido!” ¡tú no eres mas que un maldito hipócrita! Otros dirán: “yo soy elegido” pero yo puedo recordarles que ellos se olvidan del propiciatorio y no oran. ¡Oh, amados hermanos! Nunca piensen que son elegidos a menos que sean santos. Pueden venir a Cristo como pecadores, pero no pueden venir a Cristo como personas elegidas mientas no puedan ver su santidad. No malinterpreten lo que estoy diciendo; no digan “yo soy un elegido,” pensando que pueden vivir en pecado. Eso es imposible. Los elegidos de Dios son santos. No son puros, no son perfectos, no son sin mancha; pero tomando su vida en su conjunto, son personas santas. Son marcados y son distintos de los demás: y ninguna persona tiene el derecho de considerarse elegido excepto en su santidad. Puede ser elegido, y estar todavía en las tinieblas, pero no tiene derecho de creerse elegido; nadie puede verlo, no hay ninguna evidencia. Puede ser que el hombre viva algún día, pero por lo pronto está muerto. Si ustedes caminan en el temor de Dios, tratando de agradarlo y obedeciendo Sus mandamientos, no tengan la menor duda que el nombre de ustedes está escrito en el libro de la vida del Cordero, desde antes de la fundación del mundo.

Y para que esto no resulte muy elevado para ti, considera la otra señal de la elección, que es la fe, “creer la verdad.” Quienquiera que crea la verdad de Dios, y crea en Jesucristo, es un elegido. Con frecuencia me encuentro con pobres almas, que tiemblan y se preocupan en relación a este pensamiento: “¡Cómo, y si yo no soy un elegido!” “Oh, señor,” dicen ellos, “yo sé que he puesto mi confianza en Jesús; sé que creo en Su nombre y confío en Su sangre; pero ¿y si a pesar de eso no soy un elegido?” ¡Pobre criatura querida! No sabes mucho acerca del Evangelio, pues de lo contrario jamás hablarías así, pues todo aquel que cree es elegido. Quienes son elegidos, son elegidos para santificación y fe; y si tú tienes fe, tú eres uno de los elegidos de Dios; puedes saberlo y debes saberlo, pues es una certeza absoluta. Si tú, como un pecador, miras a Jesucristo el día de hoy, y dices:

“Nada en mis manos traigo, Simplemente a Tu cruz me aferro,”


tú eres un elegido. No tengo miedo que la elección asuste a los pobres santos o a los pecadores. Hay muchos teólogos que le dicen a la persona que pregunta: “la elección no tiene nada que ver contigo.” Eso es muy malo, porque la pobre alma no debe ser callada de esa manera. Si pudieras silenciar esa alma, podría estar bien, pero va a seguir pensando al respecto, y no lo podrá evitar. Díganle más bien: si tú crees en el Señor Jesucristo, tú eres un elegido. Si te abandonas a Él, tú eres un elegido. Yo te digo hoy, (yo, el primero de los pecadores) yo te digo en Su nombre, si vienes a Dios sin ninguna obra de tus manos, entrégate a la sangre y a la justicia de Jesucristo; si quieres venir ahora y confiar en Él, tú eres un elegido: has sido amado por Dios desde antes de la fundación del mundo, pues no podrías haber hecho eso a menos que Dios no te hubiera dado el poder de hacerlo y no te hubiera elegido para que lo hicieras.

Ahora pues eres salvo y estás seguro si sólo vienes y te entregas a Jesucristo, y deseas ser salvo y ser amado por Él. Pero no pienses de ninguna manera que algún hombre puede ser salvo sin fe y sin santidad. No piensen, queridos oyentes, que algún decreto, promulgado en las oscuras edades de la eternidad, va a salvar sus almas, a menos que crean en Cristo. No se queden ahí tranquilos imaginando que ustedes van a ser salvos, sin fe y sin santidad. Esa es la herejía más abominable y maldita, que ha llevado a la ruina a miles de personas. No utilicen la elección como una almohada sobre la que pueden recostarse y dormir, pues eso los llevará a la ruina. Dios no lo quiera que yo les prepare almohadas muy confortables para que ustedes puedan descansar cómodamente en sus pecados. ¡Pecador! No hay nada en la Biblia que pueda atenuar tus pecados. Pero si estás condenado ¡oh, hombre! Si estás perdida ¡oh, mujer! Tú no vas a encontrar en esta Biblia ni una gota que refresque tu lengua, ni una doctrina que disminuya tu culpa; tu condenación será enteramente por tu culpa, y tu pecado será merecidamente recompensado, porque tú crees que no estás condenado. “Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas.” “Y no queréis venir a mí para que tengáis vida.”

No se imaginen que la elección excusa el pecado (no sueñen con eso) ni se arrullen en la dulce complacencia del pensamiento de su irresponsabilidad. Ustedes son responsables. Debemos proclamar ambas cosas. Debemos aceptar la soberanía divina, y debemos reconocer la responsabilidad humana. Debemos aceptar la elección, pero debemos hablar a sus corazones, debemos proclamar la verdad de Dios ante ustedes; debemos hablarles a ustedes, y recordarles esto, que si bien es cierto que está escrito: “En Mí está tu ayuda;” también está escrito: “Te perdiste, oh Israel.”

VI.

Ahora, finalmente, cuáles son las verdaderas y legítimas tendencias de un correcto concepto de la doctrina de la elección. Primero, les diré cómo moverá a los santos la doctrina de la elección bajo la bendición de Dios; y en segundo lugar, qué hará por los pecadores si Dios bendice esa doctrina a favor de ellos.
Primero, yo pienso que para un santo es una de las doctrinas más despojadoras de todo el mundo, para quitar toda la confianza en la carne, y toda seguridad en cualquier otra cosa excepto en Jesucristo. Cuán a menudo nos envolvemos en nuestra justicia propia, y nos adornamos con falsas perlas y las piedras preciosas de nuestras propias obras y logros. Comenzamos a decir: “Ahora voy a ser salvo, porque poseo esta evidencia y la otra.” En vez de eso, solamente la fe desnuda salva. Esa fe, y únicamente ella nos une al Cordero sin tomar en cuenta las obras, aunque la fe produce obras. Cuán a menudo nos recargamos en alguna obra, que no es la de nuestro Amado, o confiamos en algún poder que no es el poder que viene de lo alto. Entonces si queremos despojarnos de este falso poder, debemos considerar la elección.
Haz una pausa, alma mía, y considera esto. Dios te ha amado antes de que tuvieras un ser. Dios te amó cuando estabas muerto en tus delitos y pecados, y envió a Su Hijo para que muriera por ti. Él te compró con Su preciosa sangre antes de que pudieras balbucear Su nombre. ¿Acaso, entonces, puedes estar orgulloso?

Repito, no conozco nada, nada, que sea más humillante para nosotros que esta doctrina de la elección. A veces me he postrado ante ella, mientras trato de comprenderla. He abierto mis alas, y como el águila, me he remontado hacia el sol. Mi ojo ha sido firme, y mi ala vigorosa, durante un tiempo; pero, conforme me acercaba a ella, un pensamiento se adueñaba de mí: “Dios os ha escogido desde el principio para salvación,” y me he perdido en su resplandor, he sentido vértigo ante ese poderoso pensamiento y de esa altura que marea se ha desplomado mi alma, postrada y quebrantada, balbuciendo: “Señor, yo no soy nada, soy menos que nada. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo?

 

 

Queridos amigos, si quieren ser humillados, estudien la elección, pues los hará humildes bajo la influencia del Espíritu de Dios. Aquel que está orgulloso de su elección no es un elegido; y aquel que es humillado por ella, puede creer que es elegido. Tiene todas las razones para creer que lo es, pues es uno de los efectos más benditos de la elección, que nos ayuda a humillarnos ante Dios.

De nuevo. La elección en el cristiano debe hacerlo muy intrépido y muy osado. Nadie será tan intrépido como aquel que cree que es un elegido de Dios. ¿Qué le importan a él los hombres, si es elegido por su Hacedor? ¿Qué le importan los gorjeos despreciables de algunos gorrioncitos cuando sabe que él es un águila de categoría real? ¿Acaso le importará que el mendigo lo señale, cuando corre por sus venas la sangre real del cielo? Si toda la tierra se levanta en armas, él habita en perfecta paz, pues él está en el lugar secreto del tabernáculo del Todopoderoso. “Yo soy de Dios,” afirma, “yo soy diferente a los demás hombres. Ellos son de una raza inferior. ¿Acaso no soy noble? ¿Acaso no soy uno de los aristócratas del cielo? ¿Acaso no está escrito mi nombre en el libro de Dios?” ¿Le preocupa el mundo? De ninguna manera: como el león que no se preocupa por el ladrido del perro, él sonríe frente a sus enemigos; y cuando estos se le acercan demasiado, se mueve y los hace pedazos. ¿Qué le importan sus enemigos? “Se mueve entre sus adversarios como un gigante; mientras los hombrecillos caminan mirándolo hacia arriba sin entenderlo.”
Su rostro es de hierro, su corazón es de pedernal: ¿qué le importan los hombres? Más aun, si una rechifla universal se levantara desde todo el mundo, él se sonreiría de eso, pues diría:
 

 

“El que ha hecho de Dios su refugio, Encontrará su más segura morada.”


“Soy uno de Sus elegidos. Soy escogido de Dios y estimado; y aunque el mundo me aborrezca, no tengo miedo.” ¡Ah! Ustedes que confiesan la fe pero que están con el mundo, algunos de ustedes son tan flexibles como los sauces. Hay pocos cristianos como robles hoy día, que pueden resistir la tormenta; y les diré por qué. Es porque ustedes mismos no creen que son elegidos. El hombre que sabe que es elegido, será demasiado orgulloso para pecar; no se humillará para cometer los actos que hace la gente común. El creyente de esta verdad dirá: “¿Que yo comprometa mis principios? ¿Que yo cambie mi doctrina? ¿Que haga a un lado mis puntos de vista? ¿Que esconda lo que creo que es cierto? ¡No! Puesto que yo sé que soy uno de los elegidos de Dios, aun ante los ataque de los hombres voy a decir la verdad de Dios, sin importarme lo que digan los hombres.” Nada puede hacer a un hombre más osado que sentir que es un elegido de Dios. Quien sabe que ha sido elegido de Dios, no temblará ni tendrá miedo.

Más aún, la elección nos hace santos. Nada puede hacer a un cristiano más santo, bajo la influencia llena de gracia del Espíritu Santo, que el pensamiento que él es elegido. “¿Pecaré yo, dice, sabiendo que Dios me ha elegido a mí? ¿Acaso voy a transgredir después de tanto amor? ¿Acaso me apartaré después de tanta misericordia y tierna bondad? No, mi Dios; puesto que Tú me has elegido, yo te amaré; yo viviré para Ti:

“Ya que Tú, mi Dios eterno, Te has convertido en mi Padre.”


Yo me voy a entregar a Ti para ser tuyo para siempre, por la elección y por la redención, entregándome a Ti, y consagrándome solemnemente a tu servicio.”


Y ahora, por último, para los inconverso. ¿Qué les dice la elección a ustedes? Primero, ustedes, impíos, los voy a excusar por un momento. Hay muchos de ustedes a quienes no les gusta la elección, y yo no puedo culparlos por ello, pues he escuchado a muchos predicadores predicar sobre la elección, que han terminado diciendo: “No tengo ni una sola palabra que decir al pecador.” Ahora, yo digo que ustedes deben sentir desagrado por una predicación así, y yo no los culpo por eso. Pero, yo digo, tengan ánimo, tengan esperanza, oh ustedes pecadores, porque hay una elección. Lejos de desanimarse y perder la esperanza, es una cosa muy alentadora y llena de gozo que haya una elección. ¿Qué pasaría si yo les dijera que nadie puede ser salvo, que nadie está ordenado para vida eterna? ¿Acaso no temblarían, torciendo sus manos con desesperación, diciendo: “entonces, cómo seremos salvos, si no somos elegidos?”


Pero, yo les digo, que hay una multitud de elegidos, incontables. Todo un ejército que ningún mortal puede contar. Por lo tanto ¡ten ánimo, tú pobre pecador! Desecha tu abatimiento. ¿Acaso no puedes tú ser elegido como cualquier otro? Pues hay innumerables muchedumbres de elegidos. ¡Hay gozo y consuelo para ti! Por tanto no sólo te pido que tengas ánimo, sino que vayas y pruebes al Señor. Recuerda que si no fueras elegido, no perderías nada al hacerlo. ¿Qué dijeron los cuatro leprosos? “Vamos pues ahora, y pasémonos al ejército de los sirios; si ellos nos dieren la vida, viviremos; y si nos dieren la muerte, moriremos.”
¡Oh, pecador! Ven al trono de la misericordia que elige. Puedes morir en este instante. Ve a Dios; y aun suponiendo que Él te rechazara, suponiendo que con Su mano en alto te ordenara que te vayas (algo imposible) aun así no perderías nada con ir; no estarás más condenado por eso. Además, suponiendo que estás condenado, tendrías por lo menos la satisfacción de alzar tus ojos desde el infierno y decir: “Dios, yo te pedí misericordia y Tú no quisiste dármela; la busqué pero Tú rehusaste otorgarla.” ¡Eso nunca lo dirás, oh pecador! Si tú vinieras a Él y le pidieras, tú vas a recibir lo que pides; ¡porque nunca ha rechazado a nadie! Pero aunque hay un número definido de elegidos, sin embargo es cierto que todos los que buscan, pertenecen a ese número.
 

 


Debes ir y buscar; y si sucede que tú resultes ser el primero en ir al infierno, diles a los demonios que pereciste de esa manera; diles a los diablos que tú eres uno rechazado, después de haber venido como un pecador culpable a Jesús. Te digo que eso deshonraría al Eterno (con todo respeto a Su nombre) y Él no permitiría que tal cosa sucediera. Él es muy celoso de Su honor y no podría permitir que un pecador dijera algo como eso.


Pero, ¡ah, pobre alma! No basta con que pienses así, que no vas a perder nada si vienes; hay todavía un pensamiento más: ¿amas la elección el día de hoy? ¿Estás dispuesto a admitir su justicia? Dices: “siento que estoy perdido; lo merezco; si mi hermano es salvo yo no puedo murmurar al respecto. Si Dios me destruye, lo merezco; pero si Él salva a la persona que está sentada junto a mí, Él tiene todo el derecho de hacer lo que le plazca con lo suyo, y yo no he perdido nada por eso.” ¿Puedes decir eso con toda honestidad desde lo profundo de tu corazón? Si es así, entonces la doctrina de la elección ha tenido su efecto correcto en tu espíritu, y tú no estás lejos del reino de Dios. Estás siendo traído donde debes estar, donde el Espíritu quiere que estés; y siendo esto así el día de hoy, puedes irte en paz; Dios ha perdonado tus pecados.
No sentirías así si no hubieras sido perdonado; no sentirías así si el Espíritu de Dios no estuviera haciendo Su obra en ti. Entonces, regocíjate en esto. Deja que tu esperanza descanse en la cruz de Cristo. No pienses en la elección, sino en Jesucristo. Descansa en Jesús: Jesús al inicio, en todo momento, y por toda la eternidad.
 

 

 

Tomado de www.spurgeon.com.mx

 

 

 

Sermón predicado el Domingo 2 de Septiembre, 1855

por Charles Haddon Spurgeon

En la Capilla New Park Street, Southwark, Londres.

“Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.” 2 Tesalonicenses 2: 13, 14.
–>Si no hubiera ningún otro texto en la sagrada Palabra excepto éste, pienso que todos deberíamos estar obligados a recibir y reconocer la verdad de esta grandiosa y gloriosa doctrina de la eterna elección que Dios ha hecho de Su familia. Pero parece que hay un prejuicio muy arraigado en la mente humana en contra de esta doctrina. Y aunque la mayoría de las otras doctrinas son recibidas por los cristianos profesantes, algunas con cautela, otras con gozo, sin embargo esta doctrina parece ser despreciada y descartada con frecuencia.

En muchos de nuestros púlpitos se consideraría gran pecado y alta traición, predicar un sermón sobre la elección, porque no podrían convertir su sermón en lo que ellos llaman un discurso “práctico.” Creo que ellos se han apartado de la verdad en este asunto. Cualquier cosa que Dios ha revelado, la ha revelado con un propósito. No hay absolutamente nada en la Escritura que no se pueda convertir, bajo la influencia del Espíritu de Dios, en un discurso práctico: pues “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil” para algún propósito de provecho espiritual.

 

 

El Camino de la Salvación

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El Camino De La Salvación

 

Por Arthur Pink

 

¿Qué debo hacer para ser salvo? ¿Salvo de qué? De Qué deseas ser salvo? Del infierno? Eso no prueba nada. Nadie quiere ir allá. El asunto entre Dios y el hombre es EL PECADO. ¿Quieres ser salvo de ésto?

¿Qué es el pecado? El pecado es una especie de rebelión en contra de Dios. Es auto-complacencia; es ignorar los reclamos de Dios, y ser indiferente por completo al hecho de que nuestra conducta puede agradar o desagradar a Dios.

Antes que Dios salve a un hombre, Él lo convence de su pecaminosidad. No quiero decir con esto que él diga como muchos dicen, -Si, todos somos pecadores, ya lo sabemos.- Más bien, quiero decir que el Espíritu Santo me hace sentir en el corazón que he estado toda mi vida en rebelión contra Dios, y que mis pecados son tantos, tan grandes, tan negros, que temo haber transgredido fuera del alcance de la misericordia divina.

¿Has tenido esta experiencia alguna vez? ¿Te has sentido total- mente indigno para el cielo y alelado de la presencia de un Dios Santo? ¿Percibes que en tí hay nada bueno, ni nada bueno acredi- tado a tu cuenta; y que siempre has amado las cosas que Dios odia y odiado las cosas que Dios ama?

¿Al pensar en estas cosas no se te ha quebrantado el corazon ante Dios? ¿No te lamentas tu por haber hecho mal uso de Sus mis- ericordias, de Sus bendiciones, por haber abusado del Dia del Señor, por haber desechado Su Palabra, y por no haberle dado un verdadero lugar en tus pensamientos, en tus afecciones y en tu vida? Si no has visto ni sentido esto personalmente, entonces actualmente no hay esperanza para tí, pues Dios dice, “Antes si no os arrepintiereis, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:3). Y si mueres en tu condición actual, estarás perdido para siempre.

Pero si has llegado al lugar donde el pecado es tu mayor plaga, donde ofender a Dios es tu mayor pesar, y donde tu mayor anhelo es agradarle y honrarlo a Él; entonces tienes esperanza. “Porque el Hijo del Hombre vino á buscar y á salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Él te salvará, si estás listo y dispuesto a abandonar las armas de tu rebelión en contra de Él, te inclinas a Su Señorio, y te rindes a Su control.

Su sangre puede limpiar la mancha más obscura. Su gracia puede sostener al más débil. Su poder puede librar al que sufre con pruebas y tentaciones. “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salud” (2 Co.6:2). Cede ante los reclamos de Dios.

Dále el trono de tu corazón. Confiá en Su muerte expiatoria. Amalo con toda tu alma. Obedécelo con todas tus fuerzas, y Él te guiará al cielo. “Cree en el Senor Jesucristo, y seras salvo tu, y tu hogar” (Hechos 16:31).

 

¿Ha Nacido Usted de Nuevo?

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¿Ha nacido usted de nuevo?

J. C. Ryle

 

Jesucristo dijo, “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Esta es una de las cuestiones más importantes en la vida de todo ser humano.

 

No es suficiente responder “Soy miembro de una iglesia; supongo que soy cristiano”. Miles de cristianos nominales no muestran señal alguna de haber nacido de nuevo, las cuales se mencionan en las Sagradas Escrituras, principalmente en la Primera Epístola de Juan.

 

 

No practica el pecado

En primer lugar, el apóstol Juan escribió: “Todo aquel que es nacido de Dios no comete pecado” (1 Juan 3:9). “Todo aquel que ha nacido de Dios no practica el pecado” (5:18).

 

Aquella persona que ha nacido de nuevo, que ha sido regenerada, habitualmente no comete pecado. No exhibe una inclinación total hacia el pecado. Probablemente hubo algún tiempo en que dicha persona no se detenía a pensar si sus acciones eran pecaminosas o no, y no siempre sentía aflicción tras hacer el mal. No había una lucha entre el y el pecado; ambos eran amigos. Pero un verdadero cristiano odia el pecado, huye de el, lucha en su contra, lo considera su mayor calamidad, resiente la carga de su presencia, sufre cuando cae bajo su influencia, y anhela liberarse completamente de el. El pecado ya no le place; se ha convertido en algo horrible y que odia. Sin embargo, no puede eliminar su presencia dentro de el.

 

Si dijese que en él no hay pecado estaría mintiendo (1 Juan 1:8). Pero sí puede decir que odia el pecado y que el mayor deseo de su alma es no cometer pecado en absoluto. No puede evitar tener malos pensamientos, omisiones y defectos tanto en sus palabras como en sus acciones. El sabe que “en muchas cosas ofendemos” (Santiago 3:2). Pero puede decir con certeza, delante de Dios, que estas cosas le ocasionan dolor y pena, y que su ser no se complace en ellas. Que diría el apóstol de usted? Ha nacido usted de nuevo?

 

Cree en Cristo

En segundo lugar, San Juan escribió: “Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios” (1 Juan 5:1).

 

Un hombre que ha nacido de nuevo, que ha sido convertido, cree que Jesucristo es el único Salvador que puede perdonar su alma, que El es la persona divina designada por Dios Padre para dicho propósito, y que fuera de El no hay salvación alguna. En sí mismo no encuentra valor alguno. Pero tiene confianza plena en Cristo, en que todos sus pecados le han sido perdonados. Puesto que ha aceptado la obra completa y muerte de Cristo en la cruz, el cree que es considerado justo delante de Dios, y puede esperar la muerte y el juicio final sin miedo.

 

Podrá tener temores y dudas. Inclusive decir que a veces siente como si no tuviera fe en absoluto. Pero pregúntele si está dispuesto a confiar en cualquier cosa o persona en vez de Cristo, y verá lo que le responderá. Pregúntele si depositaría su esperanza de vida eterna en su propia bondad, sus propias obras, sus oraciones, su guía espiritual, o su iglesia, y escuche su respuesta. Que diría el apóstol de usted? Ha nacido usted de nuevo?

 

 

Hace justicia

En tercer lugar, Juan escribió: “Todo el que hace justicia es nacido de El” (1 Juan 2:29).

 

El hombre que ha nacido de nuevo, o se ha regenerado, es un hombre santo. El busca vivir acorde a la voluntad de Dios, hacer las cosas que agradan a Dios y evitar aquellas que Dios aborrece. El desea mirar continuamente a Cristo como ejemplo a seguir y como su Salvador, y demostrar ser su amigo guardando sus mandamientos. El sabe que no es perfecto. Es consciente de su corrupción inherente. Percibe un principio de maldad dentro de si mismo que lucha constantemente por separarle de la gracia de Dios. Pero el no lo consiente, aunque no puede prevenir su presencia.

 

Aunque a veces puede sentirse tan despreciable al punto de cuestionarse si en verdad es cristiano o no, aun así será capaz de decir, como John Newton, “no soy lo que debería ser, no soy lo que quiero ser, no soy lo que espero ser en otro mundo; pero aun así no soy lo que fui alguna vez, y por gracia de Dios soy lo que soy”. Que diría el apóstol de usted? Ha nacido usted de nuevo?

 

Ama a otros cristianos

En cuarto lugar, Juan escribió: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida en que amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14).

 

Un hombre que ha nacido de nuevo tiene un amor especial por todos los discípulos verdaderos de Cristo. Ama a todos los seres humanos con gran amor general, pero tiene un amor especial por quienes comparten su fe en Cristo. Al igual que su Señor y Salvador, el ama a los peores pecadores y se aflige por ellos; pero el siente un amor peculiar por aquellos que son creyentes. Nunca se siente tanto en casa como cuando se encuentra en su compañía.

 

El los considera a todos como miembros de una misma familia. Son sus compañeros de batalla, luchando contra el mismo enemigo. Son sus compañeros de viaje, marchando a lo largo del mismo camino. El los comprende, y ellos lo comprenden. Podrían ser muy diferentes a el en muchos sentidos – en rango, en riqueza. Pero eso no importa. Ellos son hijos e hijas de su Padre y el no puede evitar amarlos. Que diría el apóstol de usted? Ha nacido usted de nuevo?

 

 

Vence al mundo

En quinto lugar, Juan escribió: “Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo” (1 Juan 5:4).

 

Un hombre que ha nacido de nuevo es cuidadoso de su propia alma. No solo intenta evitar el pecado sino también todo aquello que pueda conducirle a el. Es cuidadoso respecto a quienes le acompañan. El sabe que la comunicación perversa corrompe el corazón y que la maldad atrae más que la bondad, así como la enfermedad es más contagiosa que la salud. Es cuidadoso sobre el empleo de su tiempo; su principal deseo es usarlo en forma provechosa.

 

El desea vivir como un soldado en país enemigo – portando su armadura en forma continua y siempre preparado para las tentaciones. Es diligente siendo un hombre de oración, vigilante y humilde. Que diría el apóstol de usted? Ha nacido usted de nuevo?

 

 

La Prueba

Estas son las cinco características principales de un cristiano que ha nacido de nuevo.

 

La notoriedad de las mismas es muy variable entre diferentes personas. En algunas apenas son perceptibles. En otras son muy marcadas, inequívocas, de tal manera que todos pueden percatarse de ellas. Algunas de estas características sobresalen más que otras en diferentes individuos. Es raro que sean igualmente evidentes en cualquier persona.

 

Pero aun después de tomar en cuenta posibles diferencias, tenemos aquí cinco aspectos que marcan a un sujeto que ha nacido de Dios.

 

Como debemos reaccionar ante estas cuestiones? Lógicamente solo podemos concluir una cosa – sólo aquellos que han nacido de nuevo muestran estas cinco características, y quienes no las tienen no han nacido de nuevo. Esta es la conclusión a la cual el apóstol nos quiere hacer llegar. Posee usted estas características? Ha nacido usted de nuevo?.

 

 

ESTA USTED LISTO PARA ENCONTRARSE CON DIOS?

 

¿Cómo Puedo Saber que la Biblia es la Verdad?

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¿COMO PUEDO SABER QUE LA BIBLIA ES LA VERDAD?

Hay muy buenas razones para confiar en la Biblia. Tanto las evidencias externas como las internas apoyan la declaración de que la Biblia “es toda verdadera y justa” (Salmo 19:9).

 

EVIDENCIAS EXTERNAS.

 

En primer lugar, existen evidencias externas. En otras palabras, hay datos fuera de la Biblia que demuestran que ella es una fuente de información seria y digna de confianza.

 

1. Evidencia Científica.

 

No existe ningún dato científico que haya jamás refutado a la Biblia en manera alguna. Quizá algunos dirán: “La Biblia no es un libro científico, sino que su propósito es dar una explicación religiosa o espiritual del universo”. La implicación de tal declaración es que debido a que las descripciones físicas sirven a un propósito religioso, no se puede esperar que tales descripciones sean absolutamente exactas. Por tanto, se nos dice que no confiemos en sus detalles científicos, sino que solamente extraigamos sus enseñanzas morales o religiosas.

 

Tal línea de pensamiento es incorrecta porque es ilógica. ¿Cómo vamos a decidir cuáles declaraciones son ciertas y cuáles no lo son? Si no podemos confiar en algunas declaraciones de la Biblia, entonces tampoco podemos confiar en su mensaje espiritual. La razón por qué no podríamos confiar en su mensaje espiritual es porque no contamos con un patrón por el cual podamos saber qué cosas son atinadas e importantes para nuestras vidas y cuáles no lo son y no deben ser tomadas en cuenta.

 

Tal línea de pensamiento está equivocada porque es un insulto desleal hacia Dios quien es el autor de la Biblia. La exactitud de los relatos, los personajes, y los lugares en la Biblia son un reflejo de la integridad de Dios, del mismo modo que cuando Dios presenta declaraciones que deben tomarse literalmente y que son un reflejo de la capacidad divina de conservar exacto el contenido de la Biblia a través de los siglos. Jamás tendremos un aprecio lo suficientemente profundo por la descripción tan exacta del mundo físico tal como se presenta en la Biblia porque refleja al Dios que la escribió.

 

Un Ejemplo tomado de la Geografía

 

Si bien es cierto que la Biblia no pretende deliberadamente educar a sus lectores en principios y datos científicos, todo asunto que discute lo relacionado con la creación de Dios es exacto y verdadero. Veamos por ejemplo, en el libro de Job, capítulo 26, versículo 7, donde leemos una descripción moderna de la tierra en su giro sobre el espacio vacío. Esto fue escrito unos 3.000 años antes de Cristo. Tal descripción hace un contraste agudo con las nociones fantásticas imaginarias que el resto del mundo enseñaba o creía en ese tiempo. En apoyo de Job 26:7, Isaías 40:22 señala que Dios se sienta sobre “el círculo de la tierra”. La tierra aparecería como un “círculo” a aquellos que viviesen sobre ella solamente si se trata de una esfera. Isaías 40 concuerda con la descripción dada en Job 26 y apoya su exactitud, cualidad que debemos esperar de la Biblia. Después de todo, ¿quién sabe mejor que el Creador cómo fue diseñado y construido el universo?

 

Un Ejemplo tomado de la Arqueología.

 

Las más antiguas copias existentes hoy en día de los poemas y ensayos griegos más famosos, tienen todas de 800 a 1000 años más nuevas que sus originales. Sin embargo, ningún erudito aceptaría el argumento de que los escritos clásicos griegos son falsos y de que deberían ser descartados. En contraste con esto, las copias más antiguas de muchos libros del Antiguo Testamento son tan sólo 200 años más nuevas que sus originales. Y las copias más antiguas de algunos libros del Nuevo Testamento están fechadas entre 50 y 80 años más tarde que los originales autografiados. En base a esta información, entonces, la Biblia debería tener al menos el mismo nivel de aceptación que tiene la literatura griega, tan reverenciada hoy en día.

 

En efecto, descubrimientos recientes han confirmado la integridad histórica de la Biblia, causando que muchos arqueólogos que antes la habían tenido en muy poca estima, ahora hayan cambiado su disposición contraria a las Escrituras, por un respeto científico hacia ella. Por ejemplo, en Génesis 15:20 un pueblo llamado “Heteos” está mencionado. Por años, muchos se mofaron de la Biblia por hacer mención de esa raza de personas. Pero hace sólo unas pocas décadas fueron descubiertas las ruinas de una ciudad en el país de Turquía, al norte del Israel actual, que probó ser una ciudad principal de los Heteos.

 

2. Evidencia Histórica

 

La Biblia nos declara los acontecimientos antes de que estos sucedan. El profeta Isaías, en el capítulo 45 de su libro, versículo 1, habla acerca de Ciro, rey de Persia, quien eventualmente restauraría la nación de Judá. Persia era un reino espléndido que estaba ubicado en lo que hoy llamamos Irán. Ahora bien, Isaías escribió durante el reinado del rey Ezequías en Judá. Ezequías murió en el año 687 A.C.(antes de Cristo), pero Ciro no comenzó a reinar como rey del imperio persa hasta después del año 600 A.C., más de 80 años después de que Isaías dejara la escena de los acontecimientos. Sólo Dios podía saber el nombre del hombre que sería el rey de Persia casi un siglo antes de que éste ascendiera al trono.

 

En adición a esto encontramos que muchas de las profecías históricas que anunciaban al Señor Jesucristo fueron declaradas 1,000 años antes de su nacimiento. Cada uno de los libros del Antiguo Testamento se refieren claramente a Jesús en una manera u otra. Por ejemplo, nótense los detalles del Salmo 22, Isaías 53 ó Miqueas 5:2. Enfrentándonos a estas evidencias históricas, tenemos solamente las opciones siguientes: Una de dos, ó bien la Biblia fue escrita por Dios, para quien el tiempo no constituye barrera alguna, ó se trata de una broma, ó peor aún, una mentira tramada por personas que posteriormente escribieron la profecía con el único objeto de hacer aparecer a la Biblia como un libro de Dios. La opción correcta es que solo la Biblia es la palabra santa y verdadera de Dios.

 

3. Evidencia de la Experiencia Personal.

 

Otra fuente de evidencias externas de la veracidad de las Escrituras está dada por la experiencia de todos los que han sido transformados por ella. Hay diferencias notables en la vida de una persona que ha puesto su confianza en el Señor Jesucristo y que se conduce conforme a Su Palabra, la Biblia. Dicho de otra manera, la Biblia puede hacer por los creyentes, lo que ella dice que puede hacer.

 

La Biblia promete quitar el castigo del juicio y da seguridad de que no hay más condenación para todo aquel que confíe en ella (Juan 5:24, Romanos 8:1,16, I Juan 4:18). La Biblia promete que puede limpiar la vida interior del cristiano (Salmo 119:9,11; Juan 15:3). La Biblia promete liberación de la esclavitud del pecado y darnos la sabiduría y poder para vencerlo exitosamente (Juan 8:34-36, Romanos 6:18, Colosenses 3:1,2).La Biblia da significado y propósito a la vida, lo cual motiva a los cristianos a servir a su Señor (I Pedro 2:9).

 

Todas estas cosas son parte de la experiencia del cristiano. Los creyentes experimentan una vida que nunca habían tenido antes, una vida nueva que se evidencia por el hecho de que ya no continúan llenos de amargura por sus pecados pasados, desde que leyeron en Hebreos 10:16-17 acerca del perdón de Dios. Ellos ahora pueden sacrificarse por los demás, vencer sus temores, y ser personas reales, porque hallan su descanso en el Señor y no en la esperanza vana de que en alguna manera las cosas van a salir bien. Una persona que confía en la Biblia cuenta con la experiencia espiritual personal de saber que las promesas de la Biblia, en vez de ser mera poesía, son reales y dan testimonio a su corazón de que su confianza en la Biblia no es en vano.

 

EVIDENCIAS INTERNAS

 

Habiendo examinado las evidencias externas, ahora consideremos brevemente las evidencias internas, las cuales nos dan buenas razones para confiar en la Biblia. En otras palabras, existen hechos dentro de la Biblia que demuestran que ella es una fuente de información fiel y confiable.

 

1. El Testimonio de la Biblia.

 

La Biblia reclama ser de Dios. Por ejemplo: en II Samuel 23:2 David, quien escribió la mayoría de los Salmos, afirma que lo que él escribió proviene de Dios. Jeremías afirma lo mismo. (Jeremías 1:4). Lo mismo acontece con el apóstol Pablo (I Tesalonicenses 2:13). Pedro dice que las epístolas de Pablo son “Escrituras”, incluyéndolas como escritos sagrados(II de Pedro 3:16). El mismo Señor Jesucristo hace toda clase de declaraciones sobre la veracidad de la Biblia (Lucas 16:17, 24:44 y Juan 17:17), y El siempre consideró como reales las narraciones históricas del Antiguo Testamento. (Lucas 11:51 y 17:26-33).

 

2. La Unidad de la Biblia.

 

La Biblia fue escrita en un período que comprende aproximadamente 1500 años, desde el tiempo de Moisés (1400 años A.C.) hasta el apóstol Juan (aproximadamente 100 años D.C.). El número total de los autores humanos es por lo menos 40. Con todo, no obstante diferentes hombres escribiendo en diferentes épocas, el mensaje que escribieron es siempre el mismo, sin ninguna contradicción. La razón es que Dios es su Autor, y El usó hombres para asentar lo que El quiso decir. Los escritores humanos vivieron y murieron en épocas diferentes, pero el Dios que vive para siempre dijo a cada uno de ellos qué escribir. Por esa razón, estamos habilitados para comparar las diferentes partes de la Biblia y descubrir que ellas concuerdan y se aclaran unas con las otras (I Cor. 2:13). Podemos acudir a cualquier parte de la Biblia con la certeza de que es digna de confianza.

 

3. El Contenido de la Biblia.

 

Pero las evidencias internas más asombrosas de la veracidad de la Biblia son los asuntos que ella expone. El contenido de la Biblia, las cosas sobre las que habla, son temas que la Biblia podría decir solamente si ella fue escrita en realidad por Dios. Por ejemplo, la Biblia declara que Jesús reclama ser el Hijo de Dios (Juan 10:30); la Biblia declara que sus apóstoles reclaman que Jesús es Dios (Juan 20:28); la Biblia declara que el Padre confirma que Jesús es Dios (Hebreos 1:8). Entonces, la conclusión de este testimonio es una de dos: o la Biblia narra locuras o algo peor, o es verdad lo que dice, siendo el único libro de su clase.

 

Otro importante ejemplo es que sólo la Biblia habla del pecado. Ningún hombre tiene la valentía de escribir de la condición degradante de la raza humana de la manera como lo narra la Biblia. Es realmente un cuadro horrible. Nos ofende y no nos sentimos nada felices al leerlo. Esto explica el por qué se nos hace tan difícil creer que la Biblia dice la verdad. El problema no es la falta de evidencias, sino con nuestros corazones. ¿A quién le gusta saber que es un miserable y terrible pecador corrupto? ¿Quién se regocija después de haber escuchado que está sentenciado para ir al infierno y sufrir la ira eterna de Dios? ¿Quién se complace en saber que no hay nada de bueno en él, y que está en rebeldía contra Dios su Creador?

 

Sólo Dios puede ser honesto con nosotros, porque solamente El conoce la verdad. Y solamente El está dispuesto a ser honesto con nosotros como una manifestación de Su amor. El amor verdadero no se expresa con palabras humanas que nos tratan de hacer sentir bien por un momento, usando adulaciones vanas, para luego dejarnos en la misma situación, porque no tienen una esperanza real qué ofrecernos. El amor verdadero se expresa por medio de la verdad, porque esto es lo único que nos puede ayudar.

 

La descripción fiel de la humanidad que la Biblia presenta no es atractiva. Sin embargo, constituye el consejo de un Amigo verdadero. Dios sabe que nosotros estamos caminando al borde de un abismo, listos para caer de un momento a otro en el mismo infierno. El nos dice exactamente qué es lo que necesitamos saber para escapar de ese peligro.

 

La Biblia no está apareciendo en la lista de los diez libros más populares del año, pero sólo la Biblia puede hacer una promesa y cumplirla, tal como: “Venid á mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

 

4. El Mensaje de la Biblia.

 

Hay un aspecto final que todavía debemos enfrentar cuando consideramos si se puede confiar en la Biblia. Supongo que la mayoría de las personas tienen al menos la idea de que existe un Dios. Pero si Dios en verdad es Dios, entonces El le hablará al hombre con autoridad absoluta y debemos someternos a su Palabra. Dicho de otra manera, lo que pensamos de la Palabra de Dios, y cómo reaccionamos a ella, refleja lo que pensamos de Dios. No podemos separar a Dios y a su Palabra. Ahora bien, no tenemos que creer en la Biblia, pero debemos atenernos a las consecuencias. Si la gente no cree en el Dios de la Biblia, se entiende entonces que se comporten como lo hacen, porque el fruto amargo de sus vidas egoístas ha venido a ser la cosecha que la Biblia dice que tendrán(Gálatas 6:7-8). Esta es la evidencia más alarmante de todas. Y por encima de todo esto, tendrán que enfrentar a un Dios de ira, que los perseguirá hasta someterlos a Su Palabra en el Día del Juicio, como lo predice la Biblia.

 

Es una buena cosa preguntarnos si podemos confiar en la Biblia. La Biblia está dispuesta a que le tomemos nuestro examen, desde el principio al fin, y defenderse. Como Santiago 1:6 expone, nunca nos debemos de sentir renuentes de pedirle a Dios la capacidad de confiar en Su Palabra y la sabiduría necesaria para extraer de la Biblia las cosas que deseamos saber. Sin embargo, estudiar la Biblia es una investigación santa. Solamente si nos acercamos a la Biblia humildemente y con una mente abierta, preparada para la verdad, encontraremos las respuestas que necesitamos.

 

“TU PALABRA ES VERDAD”. Juan 17:17